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	<title>LOS ESCRITOS DE URBANO</title>
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	<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 01:48:20 +0000</pubDate>
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		<title>ESTACIÓN EDUARDO CASEY</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 01:48:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[<p>InvenTren.</p>
<p>TODA ELLA UNA ESPERA*</p>
<p>Serpentina de plata, te anunciabas.
Y ella llegaba con su piel de primavera.
Y yo esperaba .Con mi infancia a cuestas.
Traías el misterio de tréboles en círculos.
También la angustia de líneas paralelas.
Y sobre todo un sueño de otros horizontes
De los poblados pobres. Del hambre.
Eras una esperanza que avanzaba.
Llevabas y traías golondrinas.</p>
<p>Lento y seguro paso [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>InvenTren.</p>
<p>TODA ELLA UNA ESPERA*</p>
<p>Serpentina de plata, te anunciabas.<br />
Y ella llegaba con su piel de primavera.<br />
Y yo esperaba .Con mi infancia a cuestas.<br />
Traías el misterio de tréboles en círculos.<br />
También la angustia de líneas paralelas.<br />
Y sobre todo un sueño de otros horizontes<br />
De los poblados pobres. Del hambre.<br />
Eras una esperanza que avanzaba.<br />
Llevabas y traías golondrinas.</p>
<p>Lento y seguro paso de mi madre.<br />
Beso de padre hundido en las tinieblas.<br />
El tren que se marchaba y la luna quedaba.<br />
Aun recuerdo sus ojos de amapolas.<br />
La vi llorar, pero no dije nada<br />
Compartía la espera, el sueño, la distancia.<br />
Solía sentarme en un banco de niebla.<br />
Saludaba con corazón hecho pañuelo en alta.</p>
<p>Se han ido los caminos. La luna se ha marchado.<br />
Lo yuyales han cubierto su rostro.<br />
Pero ella ,toda una espera,  raíz y bruma.<br />
Y su oído se vuelve lluvia mansa.<br />
Le musita secretos. Recónditos. Profundos.<br />
Ya se acerca, el grito triunfal de la locomotora.<br />
Yo, la acompaño, con mi adultez a cuestas.</p>
<p>*de Amelia Arellano. <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p>
<p>EL BREVE ESPACIO DE UN INSTANTE*</p>
<p>A la memoria de Héctor Forés</p>
<p>         Las cabras del guardagujas huyeron ante el silbido. El tren se<br />
detuvo para una corta parada, apenas quince minutos para bajar a estirar las<br />
piernas. La humedad y el calor eran tales que hacían germinar las líneas<br />
férreas, de donde brotaban helechos que las cabras  venían mansamente a<br />
mordisquear entre tren y tren.</p>
<p>         Una niña escudriñaba los rostros de los pasajeros&#8230; Finalmente le<br />
vio.</p>
<p>-        ¡Diego! ¡Diego! ¡Aquí! - gritó, saltando y agitando el sombrerito<br />
de paja.<br />
-        ¡Chely! - respondió sin poder ocultar la sorpresa - ¿Qué haces<br />
aquí? ¿Cómo llegaste?</p>
<p>         Ella corrió a abrazarlo. Él correspondió con afecto.</p>
<p>-        Vine en la bici, no es tan largo el trayecto. No te preocupes,<br />
nadie lo sabe y volveré a tiempo para la cena. Quedará como un día de<br />
escuela en las estadísticas maternales.<br />
-        Loquita&#8230; - dijo él revolviendo los cabellos que el viento se<br />
había encargado de destejer a su antojo - ¿qué te hizo seguirme?<br />
-        Sé que mamá y tú rompieron - suspiró ella -, la vecina de al lado<br />
lo dijo delante de mí&#8230; me dolió enterarme así. No entiendo por qué me<br />
tuvieron que inventar todo eso del viaje a la capital por asuntos de<br />
trabajo.<br />
-        ¿Quieres que te busque una soda?</p>
<p>         Ella asintió y él se internó de regreso al vagón. &#8220;Va a esconderse.<br />
No sé por qué esa manía de ocultar las emociones. Mientras le hablaba apenas<br />
me sostenía la mirada. A veces pienso que la madurez se pierde con los años.<br />
Ahí viene con su mejor sonrisa&#8230; ¿cuánto le habrá costado fabricarla? ¡Ay,<br />
Diego, si no fueras tan genial!&#8221;</p>
<p>-        Tu soda, Chelín, bien fría, debes estar seca con tanto pedaleo bajo<br />
este solazo.<br />
-        ¿Quieres que nos sentemos afuera o prefieres que hablemos adentro,<br />
para aprovechar el aire acondicionado?<br />
-        Ya veo, no tengo escapatoria&#8230; adentro entonces, con tal que<br />
escuches el silbido y te bajes a tiempo. Creo que tu madre me mata si te<br />
rapto.</p>
<p>         Entraron y se acomodaron en una mesita de dos, él pidió un café y<br />
se entretuvo removiéndolo, con la vista fija en la cucharilla. &#8220;Está<br />
haciendo tiempo&#8221;, pensó ella sin arredrarse, si había llegado hasta ese<br />
punto no lo iba a dejar pasar.</p>
<p>-        No me importa mucho lo de la separación, sé que mamá se<br />
acostumbrará pronto. No vine tampoco a preguntarte los motivos.<br />
-        Geniecillo perverso, no sé cómo de esa familia has salido tú,<br />
diamante entre el carbón. Cuando hablas, parece que tienes cien años, y<br />
cuando te miro, lo que veo es una niñita con dos trenzas que nunca están<br />
derechas. Eres el único recuerdo que quiero conservar, si quieres que sea<br />
sincero.<br />
-        La sinceridad es algo que se ve poco - respondió entre buches de<br />
refresco -&#8230; La pasábamos bien, nuestras conversaciones sobre la vida<br />
después de la muerte, las otras dimensiones, los poderes de la mente,<br />
¿recuerdas?<br />
-        ¿Cómo lo voy a olvidar? Sepultada en un pueblito cuyo único<br />
acontecimiento es ver pasar el tren cada día, llevándose a los afortunados<br />
que logran escapar, hay una niña que se preocupa por los destinos del<br />
universo&#8230; Es un regalo que te han hecho y que debes conservar. No dejes<br />
que te roben tu singularidad, Chely, vas a llegar muy lejos, los dos lo<br />
sabemos&#8230;<br />
-        Si no tengo con quién hablar perderé mis facultades. No me pongas<br />
esa cara, no he venido a pedirte que regreses, sé que no hay vuelta atrás.<br />
Venía a hacerte una proposición: ¿Quieres ser mi padre?</p>
<p>         Diego derramó parte del café. Chely no pudo menos que sonreír, pero<br />
se detuvo cuando vio que no era correspondida.</p>
<p>-        Chely, no puedo ser tu padre. Ni aunque estuviera aún con tu madre.<br />
No puedo sustituir a quien te creó, ni usurpar su lugar. Te quiero mucho, me<br />
duele lo que te estoy diciendo, pero te reconozco lo suficientemente<br />
inteligente como para superar este mal rato. Hay vacíos que no puede llenar<br />
nadie y éste es uno de ellos&#8230; Por favor&#8230; ¡cambia esa cara!<br />
-        No estoy llorando - porfió la niña, enjugándose las lágrimas con la<br />
manga -. ¡He pedaleado tanto para escuchar una respuesta que debía haberme<br />
imaginado!</p>
<p>         La primera llamada de advertencia se dejó escuchar en la estación.</p>
<p>-        ¿Vuelves con tu familia, verdad, Diego?<br />
-        Así es, y lo del empleo en la capital es parte de la verdad. Ahora<br />
escucha, te propongo algo - habló él tomándola de la mano y escoltándola<br />
hacia la puerta.</p>
<p>         Quedó en el primer peldaño, asido al pasamanos. La niña bajó al<br />
andén. Desde allí se veía más pequeña e indefensa.</p>
<p>-        Te propongo ser tu amigo. No será necesario que nos llamemos o me<br />
escribas a diario. Existe un tipo especial de amigos, más allá de las<br />
diferencias, de las distancias&#8230; Son aquellos que cuando tienes un<br />
problema, cuando estás triste - el segundo silbido le obligó a subir el tono<br />
de voz - puedes decir: &#8220;Él está ahí para mí, siempre va a estar&#8221;&#8230; - la<br />
frase vibró en medio del silencio que retornaba, algunos pasajeros se<br />
voltearon para mirarlo.<br />
-        ¿Y a partir de cuándo empieza a funcionar esto de la amistad? -<br />
preguntó ella mientras el ferrocarril iniciaba su marcha rumbo a otro<br />
pueblo, hasta que la línea infinita lo adentrase en la urbe superpoblada.<br />
-        ¡Ya está funcionando! - gritó él, agitando la mano en señal de<br />
despedida - ¡Adiós, Chely!<br />
-        Estoy sola - dijo ella sabiendo que nadie la escuchaba, sin ocultar<br />
las lágrimas, teniendo por únicos testigos a las cabras que regresaban,<br />
lerdas, a mordisquear los helechos -. Soy especial, tal vez soy única en el<br />
mundo&#8230; ¿De qué me sirve? El hombre que había escogido para ser mi padre,<br />
no tuvo el valor de aceptarlo.</p>
<p>*de Marié Rojas.<br />
La Habana. Cuba.</p>
<p>ESTACIÓN EDUARDO CASEY&#8230;</p>
<p>*</p>
<p>Me dijiste que un tren es cosa hecha para llegar, me dijiste que los arribos<br />
y las bienvenidas y los festones tricolores y las bandas de música siempre<br />
desafinadas. Me dijiste hace mucho que los niños correteando en los andenes,<br />
que las señoras repintadas que las muchachas anhelantes. Me hablaste de<br />
soldados regresando a casa, de trabajadores golondrina (golondrinas,<br />
trabajadores con alitas oscuras tal vez, muchachos de cuerpos enjutos), de<br />
trabajadores golondrina que retornan y los abrazan los brazos de sus mujeres<br />
de mucho niño y olla de hierro.<br />
     Que los trenes unen acortan distancias, que los trenes corren de una<br />
ternura a un beso, de un suspiro de pañuelo bordado a un caserío perdidito<br />
en el campo vasto. De los trenes me hablabas te acordás, de esas máquinas de<br />
vapores y truenos, de nostalgias y pasados, de durmientes quietos y las vías<br />
relucientes a fuerza de rueda abrasadora.<br />
     Entonces llegamos a esa estación, y la estación estaba dormida, y el<br />
campo estaba dormido, y el cielo ardiente del verano no reaccionaba. En la<br />
estación entonces de pronto. Entonces de pronto tu cara, esa mirada que<br />
detenía las ruedas y los pistones, De pronto tu cara y la mirada y el<br />
silencio. Y entonces en la estación Casey se nos detuvieron los trenes y se<br />
congelaron las gotas en las canillas, las arañas en las telas, se fundieron<br />
los pájaros en el azul del cielo, las vacas en el verde, los humos en las<br />
nubes inalcanzables.<br />
     Mal decorado, pintura descascarada, estaciones donde no hay ni arribos<br />
ni risas ni lágrimas de las que lloran alegrías.<br />
     De pronto en la estación Casey se detuvo el tren y se detuvo para<br />
siempre.</p>
<p>*De Mónica Russomanno <a href="mailto:russomannomonica@hotmail.com">russomannomonica@hotmail.com</a></p>
<p>CON LA PIEL ESCRITA EN GOLONDRINAS (*)</p>
<p>&#8220;Nadie estuvo en su ropa, en su patria, en sus raíces.<br />
Un silencio de lobo avanzó y corcoveó por estas calles.<br />
El terror derribó puertas y espió por las mirillas&#8230;&#8221;<br />
 EDUARDO DALTER</p>
<p>He escrito cada una de las puertas de la que fue mi casa.<br />
Me he escrito la piel en golondrinas.<br />
En ojos de carbón. En turmalina negra.<br />
Teñí la patria de trigo desgranado.</p>
<p>Ahora me encuentro en un país con fauces.<br />
Atlas de desamores.<br />
Doblo la esquina del deseo y encuentro casas, puertas.<br />
De todas esas casas, una me ha de habitar.<br />
De  esas puertas, alguna, ha de ser la mía.<br />
¿Se han borrado las huellas?<br />
¿Acaso somos Hansel o Gretel?<br />
¿Me han escondido los caminos?<br />
¿Han huido los niños y los nidos?</p>
<p>¿Qué hacer con este temblor de rosedales?<br />
¿Con estas vísceras de toro, en amarillo?<br />
¿Con esta puerta ojival que no me nombra?</p>
<p>Una larga avenida y un grito, me responden.<br />
En bermellón, en azul lirio, en jade.<br />
En sepia. No entiendo lo que dicen.<br />
Pero sé, con la piel escrita en golondrinas.<br />
Que solo soy, una mas, inquilina de amores.<br />
Y un reflejo, una foto, un espejo, de la inmortal palabra.</p>
<p>*de Amelia Arellano. <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a><br />
 (*) Poema basado en fotografías de Pedro Martínez Exposición 2010. ESPAÑA</p>
<p>El invisible*</p>
<p>Cuando Silvia, la mamá de Matías, dijo en la puerta de la escuela:<br />
-Mi hijo puede ver seres invisibles.<br />
Escuche asombrado. Quede en silencio.<br />
Pasaron días. Seguimos esperando cada cual a sus hijos.<br />
Volví a preguntar. Ella me invito a que lo comprobara con mis propios ojos.<br />
Así que los seguí con mi hija de la mano rumbo a la estación de tren.<br />
Antes de cruzar la calle que separa del acceso a la estación hay muro alto<br />
blanqueado, luego una carnicería situada por debajo de la escalera que eleva<br />
los pasos para poder cruzar sobre las vías y acceder a los andenes. Por allí<br />
muchas personas desconocidas se entrecruzan a toda hora.</p>
<p>Matías, señalo al hombre sentado sobre un cajón de madera.<br />
Era evidentemente visible. Podía verlo, aunque siendo este mi camino<br />
habitual de retorno a casa nunca antes lo había visto. Observe a la gente<br />
que pasaba apurada, que como en un hormiguero entra o sale de la estación.<br />
Era invisible. O la muchedumbre fingía no verlo.<br />
Estuvimos un rato haciendo comentarios. Los chicos con una paciencia<br />
inusual.<br />
Al final cruzamos.<br />
El hombre parecía un ejecutivo u oficinista caído en desgracia de los que<br />
hay durmiendo en las plazas de Barrio Norte o Recoleta. Unos ojos muy claros<br />
en un rostro que podría ser galés, escosés, irlandés, quizá celta. Portaba<br />
una mirada perdida en lejanías, como buscando un horizonte inexistente.<br />
Sólo le habló a Matías.<br />
El niño y ese hombre casi anciano parecían conocerse desde siempre y no por<br />
saludos de minutos a la salida de la escuela.<br />
-Viste que hermoso es Eduardo. -Dijo Matías a su madre.<br />
Sólo la mirada de un niño de 8 años podía transformar a ese hombre<br />
arruinado, sucio y seguramente maloliente en alguien hermoso.</p>
<p>En el invierno, Matías le llevo un gorro rojo de lana tejida.<br />
Un día, cuando pasaba por la estación pude verlo por una vez del otro lado<br />
del muro. El hombre estaba al costado de la vía de maniobras y saludaba<br />
inclinando el cuerpo, quitándose la gorra con una reverencia de caballero<br />
antiguo al paso majestuoso de una locomotora. El maquinista le respondió con<br />
un toque de sirena de cortesía.<br />
Cada tanto me llegaron noticias. Un día me contaron que llevaba el apellido<br />
Casey.<br />
El hombre les había contado que un antepasado suyo pasó de amasar una<br />
fortuna con buenos negocios a la miseria. Toda su familia había quedado<br />
marcada por ese destino. El mismo lo había perdido todo en la crisis del<br />
2001. Desde entonces eran él y su sombra sobre el muro blanco.</p>
<p>Cómo suele ocurrir a cada paso que se da en la vida, esta historia quedo<br />
inconclusa.<br />
Creo que fue en noviembre. Llegaron unos vendedores de películas piratas,<br />
pusieron su puesto allí donde se sentaba el viejo Eduardo Casey, y de un día<br />
para otro lo echaron del único lugar que él había elegido para compartir con<br />
su sombra a la intemperie.</p>
<p>Matías preguntó, lo busco por estación y aledaños. Volvió a ser invisible.<br />
Después finalizó el año escolar, a Matías lo cambiaron de escuela. Cerca de<br />
su casa, sin tanto viaje ni estación de tren.  Creo que mantendrá por donde<br />
vaya su sorprendente sensibilidad para descubrir seres invisibles.</p>
<p>*De Eduardo Francisco Coiro. <a href="mailto:inventivasocial@hotmail.com">inventivasocial@hotmail.com</a></p>
<p>*</p>
<p>El arquitecto Eduardo Casey se encontraba tan orgulloso de la elegante casa<br />
de dos plantas que había diseñado cinco años atrás para vivir con su familia<br />
que, cuando el clima de creciente inseguridad en que se veía sumida gran<br />
parte de la población se volvió intolerable para él, impulsándolo a mudarse<br />
de barrio, lejos del conurbano bonaerense, no le cupo mejor idea que<br />
llevarse consigo la mismísima casa y emplazarla en el lote que había<br />
comprado en fecha muy reciente, aprovechando una impostergable ocasión, en<br />
terrenos pertenecientes a supuestos antepasados suyos, de apellido Casey,<br />
pero a quienes él desconocía.<br />
         Existía un detalle más que obvio, por supuesto: el traslado no<br />
resultaría nada fácil. Sin embargo, el arquitecto había invertido decenas de<br />
horas de cruel insomnio elucubrando hasta los últimos detalles de tan<br />
portentosa empresa. Y la única manera viable de ejecutarla era montando su<br />
propia casa a bordo de una serie de sólidos vagones ferroviarios, diseñados<br />
a tal efecto por él mismo.<br />
         En primer lugar, debió repasar sus olvidados estudios de Diseño<br />
Industrial -iniciados tres años antes de embarcarse en la gloriosa carrera<br />
de Arquitectura-, a fin de ultimar contingencias. Luego, navegar por<br />
Internet en busca de los planos necesarios -casi imposibles de conseguir,<br />
impulsándolo a dudar acaso de su existencia- para adaptar los vagones de<br />
trocha angosta al formato requerido para sostener la casa. Como paso<br />
siguiente, calcular el nivel de resistencia de los materiales de la<br />
construcción al momento de iniciar la excavación en el terreno a fin de<br />
emplazar las guías que sostendrían las vigas maestras y con ellas los<br />
cimientos, para luego izarla fuera de su ubicación original. Más tarde,<br />
investigar si existían grúas de dimensiones colosales, o bien cuántas serían<br />
necesarias para izar la edificación con la suficiente firmeza y suavidad<br />
como para no causar daño alguno durante el trayecto y posterior localización<br />
definitiva. Finalmente, conseguir los permisos municipales de traslado,<br />
catastro, sindicalismo y afinidades diversas, con el objetivo de tener<br />
cubierta la base obrera y funcionaria de la empresa.<br />
         Y a fin de concretar todo eso, le era indispensable contar con una<br />
cuantiosa suma de dinero, que cautelosamente había conseguido a través de un<br />
crédito hipotecario, adjudicado con una rapidez sorprendente. (Alguien le<br />
supo deslizar la subversiva idea de concretar con tal suma una nueva<br />
edificación, respetando los planos originales, idea que fue inmediatamente<br />
descartada por el arquitecto con una irrepetible expresión de asco y desdén)<br />
    Un enorme alivio había resultado el hecho de que su flamante morada<br />
estuviese construida a orillas del recorrido vial, ahorrándose así el<br />
engorroso trámite intermedio de montar la casa sobre un descomunal camión de<br />
carga -o una consistente serie de los mismos, alineados de costado- para<br />
luego emplazarla sobre los vagones. (Aunque, de haber resultado así, ¿de qué<br />
le hubiera servido semejante desarrollo ferroviario, si podía liquidar la<br />
empresa en tal paso intermedio? El traslado en tren hubiese sido superfluo,<br />
pudiendo desarrollar el proyecto por completo sobre neumáticos)<br />
    Su señora esposa, Lucía Gahan, enamorada incondicional, no le objetaba<br />
ni un solo detalle, y le cebaba mate tras mate, mientras él protestaba a<br />
viva voz delante del monitor de su computadora al emplear el AutoCad para<br />
intentar resolver sus dilemas cuasi-metafísicos de diseño. Podría afirmarse<br />
que la mujer del arquitecto, cuanto menos, era una cónyuge inusual; otra<br />
esposa, en la misma situación, ya hubiera tomado a sus dos hijos de un brazo<br />
y lo hubiese abandonado a su suerte con sus faraónicos delirios.<br />
         Las semanas fueron pasando, los trámites se fueron concretando, y<br />
finalmente llegó el tan ansiado &#8220;Día T&#8221; (Día de Traslado). Cientos de<br />
vecinos de la zona se congregaron para contemplar tamaña empresa, filmados<br />
muy de cerca por las voraces cámaras de televisión, que se aglomeraban junto<br />
al fenómeno como laboriosas abejas en torno a la miel. El proyecto tuvo<br />
alcances internacionales: los ojos del mundo estaban depositados sobre el<br />
arquitecto Casey, quien supervisaba todo con un enorme megáfono, sin<br />
alejarse demasiado de las enormes grúas que había contratado para la<br />
ocasión.<br />
Hasta el Señor Intendente del Municipio improvisó un discurso antes de que<br />
la flamante construcción comenzase a ser removida, ensalzando la<br />
trascendencia de contar con una iniciativa popular que jamás descansaba, el<br />
importante nivel académico de los profesionales argentinos, el hito<br />
histórico que representaba este precedente de ribetes casi científicos para<br />
el desarrollo del venidero Polo Industrial en el Municipio -cierto genuflexo<br />
asesor tuvo que admitir luego del discurso que el Señor Intendente quizá<br />
había exagerado un poco, entusiasmado ante la gloria con que el evento lo<br />
insuflaba, aunque..nadie sabe cuáles pueden ser las potencialidades de<br />
nuestra administración; hay que confiar en estas autoridades<br />
democráticamente elegidas, que saben interpretar las voluntades populares.-.<br />
Las cámaras de televisión, por supuesto, no perdieron detalle alguno en<br />
tales declaraciones.<br />
El arquitecto, habiendo revisado hasta el último detalle, dio la orden<br />
esperada por todos, y con un crujido inicial que estremeció a la totalidad<br />
de los presentes, incluido el mismo arquitecto Eduardo Casey, la Casa<br />
Movediza (como comenzaron a mal llamarla los cronistas, para irritación de<br />
su diseñador) se izó en el aire gracias al impulso de enormes cadenas,<br />
rociando tierra al despegarse del suelo. Las grúas giraron morosas hasta<br />
ubicar la construcción encima de los tres únicos vagones de la formación<br />
ferroviaria -encargados a Fabricaciones Militares, quienes publicitaron la<br />
construcción de los mismos desde mucho tiempo antes de que los planos del<br />
arquitecto estuvieran terminados-, y luego de afirmar los cimientos a dichos<br />
vagones con las cadenas, las grúas se retiraron y la locomotora alimentada a<br />
GNC, valioso emblema de la reconstrucción ferroviaria encarada por el<br />
Gobierno, hizo sonar su claxon y comenzó a avanzar, arrastrando las varias<br />
toneladas edificadas, ganándose el merecido aplauso de todos los presentes.<br />
El viaje fue lento y penoso para el arquitecto Casey, quien sufría ante cada<br />
detalle imprevisto, atento a cualquier sonido extraño que pudiese generarse<br />
en la estructura de la casa. Bramaba todo tipo de órdenes escudado detrás<br />
del megáfono, enloquecido ante la -supuesta, para él- inoperancia de los<br />
obreros que había contratado. Su señora esposa, Lucía Gahan, contemplaba<br />
todo con sonrisa beatífica, exhibiendo una elegante capelina blanca sobre su<br />
cabeza, mientras se hallaba cómodamente sentada junto a sus hijos en el<br />
asiento trasero de la camioneta de la televisora que la llevaba a destino al<br />
marchar junto a la formación, a través de un delgado sendero de tierra,<br />
paralelo a las vías. Las grúas se desplazaban por un camino asfaltado, a<br />
unos cien metros de distancia, intentando llegar a destino antes que la<br />
comitiva principal.<br />
Todo parecía estar saliendo a la perfección. Hasta no faltaron quienes se<br />
sumaron al brillo de la proeza y se adjudicaron no sólo ser íntimos amigos<br />
del arquitecto Casey, sino haberlo instigado además a concretar la aventura,<br />
siendo los verdaderos cerebros detrás del profesional municipal. Y al llegar<br />
al lote prefijado, ya se preparaban para degustar el preciado sabor del<br />
champagne que descorcharían en cuanto se hubiese completado el descenso de<br />
la construcción, cuando ocurrió lo que nadie hubiese podido esperar. Ni<br />
siquiera el arquitecto Eduardo Casey en sus más tenebrosas pesadillas.<br />
Las grúas se aprestaban a volver a izar la casa, luego de enganchar las<br />
cadenas que sostenían los cimientos, cuando de pronto un crujido<br />
estremecedor y sostenido los inmovilizó a todos. El arquitecto contempló<br />
horrorizado aquello que jamás se le hubiese ocurrido que pasaría; inmerso en<br />
cálculos edilicios, ni siquiera llegó a considerar el efecto que podía haber<br />
causado la Naturaleza sobre su preciada casa.<br />
Con el paso de los años, escasos pero contundentes, los cimientos habían<br />
sido invadidos por las hormigas y las termitas. Y antes de que las grúas<br />
pudieran elevar la edificación apenas unos centímetros, ruidosas grietas se<br />
abrieron paso velozmente a lo largo de la estructura, provocando que en<br />
cuestión de escalofriantes segundos la casa se rajara en varios fragmentos y<br />
se desmoronara sobre los flamantes vagones como si fuese un mal entrazado<br />
juguete de arcilla y cartón.<br />
El silencio posterior a la ovación de sorpresa fue aterrador. La palidez<br />
invadió los rostros de todos, haciendo desvanecer las variadas ilusiones de<br />
cada uno de los presentes, tanto funcionarios como periodistas, e incluso<br />
vecinos arribistas, que deseaban sacar una buena tajada con el asunto. La<br />
situación pareció eternizarse en un caos de incredulidad, hasta que por fin<br />
un agudo chillido de dolor hizo que los presentes escaparan del estupor en<br />
que el desastre los había sumido, haciéndolos sentir incómodos en exceso.<br />
Era el arquitecto Casey, quien caído de rodillas sobre el suelo, aferrando<br />
entre sus crispadas manos los terrones de los cimientos de lo que hasta<br />
hacía escasos instantes fuera su casa, desahogaba en amargas lágrimas el<br />
hondo sufrimiento que le causaba el desvanecimiento de su más contundente<br />
ilusión.<br />
Una persistente brisa comenzó a soplar desde el Norte. Y la carcomida tierra<br />
de los cimientos los fue cubriendo lentamente a todos.</p>
<p>***</p>
<p>En las ruinas de la antigua Estación Casey, vive actualmente una pareja de<br />
ancianos. Sus hijos los han abandonado hace tiempo, pero ellos se niegan a<br />
dejar atrás este improvisado hogar que los ha cobijado desde hace ya muchos<br />
años. El anciano continúa diseñando, como en sus años mozos -pero ahora<br />
sobre una vulgar mesa de madera y con mirada extraviada-, decenas y decenas<br />
de planos, que con la confusión en la que vive sumido luego del desastre que<br />
lo llevó a la ruina, ahora resultan por completo inservibles.<br />
         Mientras tanto, su señora esposa continúa cebándole mate,<br />
embelesada ante esos erráticos trazos sobre el papel que apenas comprende.<br />
Aunque su mirada, como la de él, también parezca vacía.</p>
<p>*de ALDIMA. <a href="mailto:licaldima@yahoo.com.ar">licaldima@yahoo.com.ar</a></p>
<p>No carecer*</p>
<p>Aturde como todo<br />
lo que aturde:<br />
con carácter irreversible</p>
<p>para los que no<br />
carecemos de carácter ni de<br />
irreversibilidad</p>
<p>ni de pronunciada propensión<br />
al aturdimiento.</p>
<p>*de Rolando Revagliatti <a href="mailto:revadans@yahoo.com.ar">revadans@yahoo.com.ar</a></p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 7 de marzo del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg<br />
(107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro<br />
programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la compositor<br />
argentino Gabriel Senanes. Las poesías que leeremos pertenecen a Marga López<br />
Díaz (Colombia) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos<br />
una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar<br />
online en el sitio <a href="http://www.radiofabrik.at/">www.radiofabrik.at</a> (Link: MP3 Live-Stream).<br />
Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!<br />
(Recomendamos usar <a href="http://24timezones.com/">http://24timezones.com/</a>  para conocer las diferencias<br />
horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se<br />
repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en<br />
la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
<a href="http://www.euroyage.com/">www.euroyage.com</a><br />
Schießstattstr. 37     A-5020 Salzburg   AUSTRIA<br />
Tel.: 0043 662 825067</p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: Andant.<br />
Colaboraciones a <a href="mailto:inventivasocial@yahoo.com.ar">inventivasocial@yahoo.com.ar</a></p>
<p><a href="http://inventren.blogspot.com/">http://inventren.blogspot.com/</a></p>
<p>InventivaSocial<br />
&#8220;Un invento argentino que se utiliza para escribir&#8221;<br />
Plaza virtual de escritura</p>
<p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p>
<p>Blog: <a href="http://inventivasocial.blogspot.com/">http://inventivasocial.blogspot.com/</a></p>
<p>Edición Mensual de Inventiva.<br />
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		</item>
		<item>
		<title>EDICIÓN DICIEMBRE 2009</title>
		<link>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/12/31/edicion-diciembre-2009/</link>
		<comments>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/12/31/edicion-diciembre-2009/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 31 Dec 2009 13:03:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[1]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Letanía*</p>
<p>Será porque estoy sola,
Será porque es invierno,
Será que te deseo.</p>
<p>Será por este encierro.</p>
<p>Será que anhelo verte,
Será que me desmiento.
Será, tal vez, ¿quién sabe si sería?</p>
<p>Será porque no duermo,
Será porque te sueño,
Será porque despierto.</p>
<p>Será porque ahora llueve,
Será porque no vuelo,
Será que aquí no nieva.</p>
<p>Será porque estás lejos,
Será que escapa el tiempo,
Será que siento miedo.</p>
<p>Será, porque te [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Letanía*</p>
<p>Será porque estoy sola,<br />
Será porque es invierno,<br />
Será que te deseo.</p>
<p>Será por este encierro.</p>
<p>Será que anhelo verte,<br />
Será que me desmiento.<br />
Será, tal vez, ¿quién sabe si sería?</p>
<p>Será porque no duermo,<br />
Será porque te sueño,<br />
Será porque despierto.</p>
<p>Será porque ahora llueve,<br />
Será porque no vuelo,<br />
Será que aquí no nieva.</p>
<p>Será porque estás lejos,<br />
Será que escapa el tiempo,<br />
Será que siento miedo.</p>
<p>Será, porque te amo.</p>
<p>Será porque estoy triste,<br />
Será por no saberlo,<br />
Será, alguna vez, ¡quién lo supiera!</p>
<p>Será que nada espero,<br />
Será porque no sabes,<br />
Será porque estoy viva.</p>
<p>Será porque no sé cómo decirte que te quiero.</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>De LA PALOMA PERDIDA</p>
<p>POEMA I*</p>
<p>El principio<br />
está en algún lugar<br />
aun que unido a otro principio.<br />
Raros malabares<br />
construyen cruces con ellos,<br />
se tocan, se sienten.<br />
El sentir contornea un nido<br />
que arrulla lágrimas reprimidas<br />
que se mueven medrosas buscando un hombro<br />
donde reposar tristezas.<br />
A veces son esperanzas encarceladas<br />
que invocan la libertad<br />
bajo algún signo.<br />
Por una cruz surgió la coincidencia nueva<br />
creando entre dos el infortunio.<br />
Largo camino fue la búsqueda<br />
de la puerta abierta<br />
al infinito.</p>
<p>POEMA II*</p>
<p>Una enorme caja de Pandora<br />
fue necesario abrir<br />
para explicar los signos.<br />
Pero no estaban todas las verdades,<br />
sólo algunos credos<br />
y otros mitos.<br />
Pudimos entender que la existencia<br />
valía la pena,<br />
por mí, por ti,<br />
tal vez por sí misma.<br />
Debíamos bañar en mar las dudas,<br />
tostar al sol egoísmos troquelados,<br />
blandir una bandera sin fronteras,<br />
al abismo arrojar resentimientos.<br />
¡Qué difícil ocultar las llagas,<br />
secar la sangre con salitre líquido!</p>
<p>*de Emilse Zorzut. <a href="mailto:zurmy@yahoo.com.ar">zurmy@yahoo.com.ar</a></p>
<p>Saliendo de la escuela nocturna*</p>
<p>El frío ganó las calles<br />
                        habita el silencio<br />
roto por asincrónicos ronroneos de vehículos<br />
                        rumbo a mejor cobijo.<br />
La ciudad duerme.</p>
<p>Unas muchachas ofrecen sus servicios<br />
            -no estoy excluido del ofrecimiento-<br />
en esquinas precisas de la urbe.<br />
Años que paso y están.<br />
            ¿Qué habrá sido de aquellas, hace 20/<br />
años?<br />
            ¿Qué será de estas en 20 años?</p>
<p>Un grupo de niños, sobrevivientes<br />
            anudan la noche y el frío<br />
            inhalando el espíritu oculto en bolsitas<br />
¿Qué cuántos son? Quince, uno más o menos.<br />
Y yo en medio de ellos<br />
                        ¿Qué puedo hacer?</p>
<p>La ciudad, duerme.</p>
<p>*de Oscar A. Agú. <a href="mailto:cachoagu@yahoo.com.ar">cachoagu@yahoo.com.ar</a></p>
<p>La caricia*</p>
<p>Estaba en la cama con el camisón blanco de seda que era el preferido de su<br />
marido. Le gustaba esperarle mientras se lavaba los dientes, completaba su<br />
higiene  y se ponía el pijama en el cuarto de baño. Reconocía cada uno de<br />
los sonidos y mentalmente los iba identificando como si de un ritual se<br />
tratara.</p>
<p>El hombre asomaba por la puerta y se acercaba a la cama, la besaba<br />
dulcemente en la frente y bordeaba el lecho hasta su lado que tenía las<br />
sábanas primorosamente abiertas en un triangulo perfecto. Se introducía en<br />
la cama y se acercaba a ella con aquel aplomo y sensualidad que le hacía<br />
desearlo y entregarse.</p>
<p>Una vez compartido su amor, se retiraba a su lado y apoyaba suavemente el<br />
codo sobre ella. Este gesto la complacía tanto que no hubiera podido dormir<br />
sin que lo hiciera. Tener el brazo de su marido sobre ella la confortaba<br />
porque entendía que era algo natural, íntimo y que establecía una<br />
complicidad entre los dos.</p>
<p>El hombre cerraba los ojos descansando el cuerpo sobre el mullido colchón, y<br />
pensaba en la suerte que tenía de estar casado con aquella mujer que nunca<br />
había protestado porque le apoyara el codo en su vientre. Se lo agradecía en<br />
silencio cada noche porque era la única manera de calmar los dolores de<br />
aquella lesión que se hizo en el codo jugando a tenis con su amante.</p>
<p>*de Joan Mateu. <a href="mailto:joan@cimat.es">joan@cimat.es</a></p>
<p>Acaso fuera otoño*</p>
<p>*Por Eduardo Pérsico. <a href="mailto:epersic@ciudad.com.ar">epersic@ciudad.com.ar</a></p>
<p>Mi soledad hoy convoca al color de unos ojos,<br />
y a un húmedo paisaje de arroyo y arboleda.<br />
Inicial abordaje entre cuerpos flamantes<br />
de pieles imbatibles y una fuga de pájaros.</p>
<p>Las voces que dijimos son pasado perpetuo<br />
porque el ayer no otorga ni el más leve latido.<br />
Después, habremos sonreído al abrochar tu falda<br />
y jamás olvidarnos, tomados de la mano.</p>
<p>Quizá la noche seguiría detrás de nuestro paso<br />
y tal vez fuera otoño. Tampoco lo recuerdo.</p>
<p>Cada inicial acorde del &#8216;amor para siempre&#8217;,<br />
lo mismo que tu nombre se ha vuelto desmemoria.<br />
Esa despótica más cruel que el mismo olvido,<br />
que a veces nos apiada y nos perdona.</p>
<p>(dic.2009)</p>
<p>*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.</p>
<p>DESMURAMOS*</p>
<p>&#8220;La poesía empieza allí, donde la última palabra<br />
no la tiene la muerte&#8221;<br />
ODYSSEAS ELITIS</p>
<p>Ya no quiero más muros, corazón<br />
Pircas, de ideas, de silencios ¡Tantos muros, tantos!<br />
Condenada al muro de lamentos:<br />
A un campo santo de ausencias y distancias.<br />
A una horda de olvidos. A manos separadas, a un pañuelo negro.<br />
A la esquizofrenia. A un basilisco multicéfalo.<br />
A la placidez embriagada de la adormidera verde.<br />
A un yacuzi sin agua, con algas babosas y ojos de pescado.<br />
A un galeote. Sin remos. Sin rumbo.<br />
Sin bandera.<br />
A un buitre con cara de rectángulo.<br />
Convidada a comer entre los muertos.<br />
A un viejo verso aprendido en mi infancia<br />
&#8220;Piden pan, no le dan; piden queso, les dan hueso<br />
y les cortan el pescuezo&#8221;<br />
A una torre de Babel. Ignorado. Ignorante. Ignoto.<br />
A un león domesticado, con su lacia melena peinada por Giordano.<br />
A una vaca cansina con sus ubres repletas y el ternero muerto.<br />
A una actual Sodoma en el mar muerto.<br />
Sin Viagra. Sin Champagne. Sin siliconas.<br />
A un pastor sin rebaño. A una noche sin luna.<br />
A un poeta sin versos.</p>
<p>Desmuremos, mi sol.<br />
Desmuramos.</p>
<p> *de Amelia Arellano.  <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p>
<p>Olvidados del Límite Central*</p>
<p>Mi mascota es una col.<br />
Todos los días le saco a pasear<br />
Y a ella parece agradarle.</p>
<p>Mi mascota,<br />
Que es una col,<br />
Gusta el recordarme tu piel<br />
Cuando le encuentro<br />
Dormida sobre mi cama.</p>
<p>Luego la bajo a reprimendas<br />
Y se esconde detrás del sillón<br />
Donde algún día ella escribió<br />
Tomando un crayón con sus hojitas tiernas:<br />
&#8220;Así son las cosas&#8221;</p>
<p>Pero yo sé que un día alguien las entenderá<br />
Y podremos decir:<br />
Hay quien las entiende.<br />
Y mi col y yo<br />
Iremos a visitarle.</p>
<p>Mi mascota,<br />
Una col,<br />
Conoce tu nombre de memoria<br />
Y al escucharlo el corazón verduzco<br />
Parece salírsele entre saltos:<br />
¿Qué sería de ella<br />
si conociera tu etéreo aroma moreno?</p>
<p>Mi col sabe leer los libros del estante<br />
Que está al fondo de la morada.<br />
Sabe lo básico del Comunismo,<br />
Y cree en la generación espontánea.</p>
<p>Para mi col,<br />
Toda una vida cabe en una semana.<br />
Aunque desconoce los detalles del primer día<br />
Que resbaló de tus manos,<br />
Por haber llegado al día siguiente.</p>
<p>*de hugo ivan cruz-rosas. <a href="mailto:quetzal.hi@gmail.com">quetzal.hi@gmail.com</a></p>
<p>SOY *</p>
<p>&#8220;Dios dijo: Ama a tu prójimo, como a ti mismo.<br />
En mi país el que ama a su prójimo se juega la vida.&#8221;<br />
GIOCONDA BELLI -Nicaragua</p>
<p>Soy mi Dios.<br />
El que decide los tiempos de mi lengua.<br />
Tiempos de bonanza. Tiempos de sequía.<br />
El que permite mi preñez de oveja negra.<br />
El que ve más allá de los silencios.<br />
El que rompe los breteles de la silueta ingrávida.<br />
El que todo lo puede cuando no puedes nada.<br />
El que enciende, implacable, los cirios de la aurora.<br />
El que da vuelta el rostro cuando tu miedo implora.<br />
El que corta cabezas.<br />
Sandías recostadas a la vera del sueño.<br />
El que tira cenizas donde duerme la lluvia.<br />
El que corta la mano y el anillo.<br />
El que lo engarza en un muñón de jade.<br />
El que patea el último perro, en su última noche de agonía.<br />
El que copula con la extranjera muerte.<br />
Y la besa y la ensalza y la vuelve ventisca.<br />
El que tira el tarot con los santos evangelios.<br />
El que sabe que soy bruja, prostituta y madre bendecida.<br />
El que deletrea los signos de mi nombre.</p>
<p>Soy mi Dios. Mi único Díos&#8230;y mi único Demonio.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p>
<p>Etimología*</p>
<p>Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las<br />
palabras. Saber porque al huevo se le llama &#8220;huevo&#8221;, a la tortilla,<br />
&#8220;tortilla&#8221; y a Don José &#8220;Don Pepe&#8221;, es imprescindible en estos tiempos.</p>
<p>Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las<br />
palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática,<br />
ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a<br />
una de sus innumerables conferencias.</p>
<p>En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al<br />
público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas<br />
relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen<br />
en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les<br />
hablara del Ogro.</p>
<p>Su voz resonaba en el claustro: &#8220;En Çatalhöyük, una ciudad que data del<br />
período neolítico,  fue encontrado lo que se considera el comienzo de la<br />
historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que<br />
presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán<br />
humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco,<br />
actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo<br />
con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les<br />
tapaba la luz del sol.&#8221;</p>
<p>&#8220;El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo,  nos da el<br />
censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro&#8221; - Siguió<br />
Plumkier - &#8220;Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba<br />
Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse<br />
un objeto sólido entre un punto y un foco de luz&#8221;</p>
<p>La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el<br />
escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció<br />
automáticamente.</p>
<p>*de Joan Mateu. <a href="mailto:joan@cimat.es">joan@cimat.es</a></p>
<p>no dicha*</p>
<p> y si alguna vez</p>
<p>una palabra no dicha</p>
<p>nunca dicha</p>
<p>que no sea dicha</p>
<p>hallara el intersticio entre silencio y milagro</p>
<p>del segundo antes de decirlo</p>
<p>de la hora precedente al impulso</p>
<p>del siglo antecesor de la desgracia</p>
<p>del infinito ancestral de todos los tiempos humanos</p>
<p>que andamos errando?</p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi  <a href="mailto:luciaguionbajo@gmail.com">luciaguionbajo@gmail.com</a></p>
<p>*</p>
<p>¿Vendrás a buscarme<br />
en barco de papel<br />
o en nube rosada?<br />
Tal vez me separes<br />
de mi ensueño nocturno<br />
con prepotente gesto.<br />
No puedo imaginarte<br />
aunque a veces llorando<br />
reclamo tu presencia,<br />
tu rostro está vedado<br />
por designio del Supremo<br />
que te ordena y te oculta.<br />
Quisiera te anunciaras<br />
con la flor negra del rito<br />
tiempo antes, sin apuro</p>
<p>*de EMILSE ZORZUT. <a href="mailto:zurmy@yahoo.com.ar">zurmy@yahoo.com.ar</a></p>
<p>PLUMAS EN LA LUNA*</p>
<p>   Vivía yo con mi familia en un clásico barrio, cercano a las vías del<br />
tren.</p>
<p>   Todas las tardes, al volver de la escuela y después de la merienda, nos<br />
juntábamos los chicos de la cuadra.<br />
    Todos guardábamos en algún bolsillo un pedazo de torta, algún bizcocho,<br />
o simplemente un pedazo de pan. Y para allá corríamos a la tapera de Pancho,<br />
debajo de un árbol al lado de las vías.</p>
<p>    Pancho era el linyera, el &#8220;croto&#8221;, como le decíamos en mi infancia, que<br />
todos queríamos y   para él vaciábamos nuestros bolsillos.<br />
Debajo de una descuidada barba, que podría ser blanca, sus mandíbulas, con<br />
increíble y buena dentadura, trituraban con fruición los dulces, mientras<br />
convidaba trocitos a sus cinco compinches, cinco perros flacos y pulguientos<br />
que lo acompañaban en sus aventuras por las calles de la ciudad y cuidaban<br />
de las estrafalarias pertenencias de Pancho.</p>
<p>    Alto, flaco, algo encorvado, de caminar lento, ojos claros casi<br />
escondidos bajo las tupidas cejas, de largos cabellos atados a la espalda<br />
con un piolín, Pancho tenía una mágica atracción para nosotros. Sentados en<br />
rueda a su alrededor, escuchábamos sus relatos y nuestra imaginación se<br />
regocijaba con las aventuras que nunca pusimos en duda. Si el tema era estar<br />
frente a un león, en plena selva, creíamos en sus poderes de hacerlo volver<br />
a su guarida sin chistar.</p>
<p>Antes que oscureciera, nos despedíamos de Pancho, asintiendo a su orden de<br />
portarnos bien y hacer los deberes.<br />
  Una tarde, lo encontramos ocupado en raros artefactos de alambre que, nos<br />
dijo, serían alas para volar hacia la luna. Nos pidió le lleváramos plumas,<br />
y al otro día, todos los chicos aportamos una buena cantidad de ellas.</p>
<p>   Las gallinas se habían alarmado de nuestro ahínco en limpiar de plumas<br />
los rincones, y alguna de las pasaban cerca, sintieron los manotazos.<br />
En mi casa no había gallinero, pero abuela Sofía, como buena idish, tenía un<br />
acolchado de plumas que trajo de su país, que misteriosamente quedó menos<br />
abultado.</p>
<p>     Durante una semana asistimos y aportamos a la realización de las<br />
grandes alas que ya tenían buenas formas.<br />
     Una fuerte tormenta nos mantuvo en nuestra casa, y al otro día, cuando<br />
llegamos a la tapera, sólo encontramos algunas plumitas embarradas y los<br />
perros, que nos saludaron con alegres ladridos, mientras comían lo que había<br />
en nuestros bolsillos. Pancho no estaba, tampoco las alas.<br />
   Volvimos durante unos días, en especial llevando algo de comer a los<br />
perros, que ya no eran cinco. Algunos también nos habían abandonado.<br />
   Mamá, notando mi tristeza, una noche de luna llena me invitó a mirarla, y<br />
descubrimos las barbas de Pancho. Me alegró mucho saber que había llegado.<br />
   Hoy, ya hombre, intactas mis emociones infantiles, levanto mis ojos hacia<br />
la luna y mi corazón se comunica con Pancho, alejando por unos minutos los<br />
ingratos sucesos de este siglo XXI, cada vez más agobiante.</p>
<p>    Comparto la ilusión con mis dos hijos que olvidan sus guerreros y<br />
monstruos electrónicos y apaciguan sus fantasías escuchando, por enésima<br />
vez, alguna de las aventuras de Pancho, que ya incorporaron a sus recuerdos.<br />
Por supuesto que conocen de los cráteres de la luna y su gaseoso entorno,<br />
pero nos entibiamos el espíritu y por unos minutos vemos las barbas, y tal<br />
vez, algún guiño de Pancho, que todavía, a pesar de los años, deja deslizar<br />
alguna plumita, que encuentro debajo de un árbol o posada, etérea, sobre las<br />
violetas del jardín.</p>
<p>*de Elsa Hufschmid.  <a href="mailto:elsahuf@hotmail.com">elsahuf@hotmail.com</a></p>
<p>HISTORIAS*</p>
<p>El arcón de las ausencias</p>
<p>deja asomar historias,</p>
<p>pequeñas y largas historias</p>
<p>inconclusas en el tiempo.</p>
<p>Contarlas no tiene objeto,</p>
<p>serían olvidos negados</p>
<p>por quienes nunca partieron</p>
<p>en busca de un unicornio blanco.</p>
<p>Y echarlas a volar al viento,</p>
<p>se confundirían con palomas</p>
<p>pero al volver no habría nido</p>
<p>que protegiera su insomnio.</p>
<p>Así que cierro mi arca</p>
<p>y acuno historias de olvido.</p>
<p>*de Emilse Zorzut. <a href="mailto:zurmy@yahoo.com.ar">zurmy@yahoo.com.ar</a></p>
<p>LO INEVITABLE DEL OFICIO DE POETA*</p>
<p>A Tolo Adrover</p>
<p>Alguien sueña con un amor que dejó en Praga,<br />
La vieja ciudad ha olvidado ya sus pasos;<br />
Un suicida echa un poema en una botella,<br />
Sin saber que un día, un fragmento de su botella será perla.</p>
<p>Una amiga habla con Dios, allá en su cuarto<br />
Y Dios no la escucha, está dormido,<br />
Cansado de tanto error de sus criaturas, duerme&#8230;<br />
Yo batallo contra un verso que me acosa:<br />
Leer poesía contagia a escribir poesía.</p>
<p>Me persigue una historia de pozos, brocales,<br />
La imagen de dos que se juran amor bajo la luna.<br />
Cuando parte la diosa tras la nube,<br />
Permanecen abrazados junto al brocal.<br />
El reflejo que se ausenta del pozo, no lo sabe:<br />
La luna es sólo un astro inhabitado.</p>
<p>No cuenten esto a los amantes,<br />
Dejen que esta oscuridad les pertenezca,<br />
Porque el mañana pertenece a dioses sordos&#8230;</p>
<p>Permanezco atada al poema, no quiero saber<br />
Qué fue de los amantes, no siempre los finales son felices.</p>
<p>Es demasiado amplio el cielo para el vuelo de un ave<br />
El alma abarca más cuando se pierde.<br />
Ansío volver a aquella página&#8230;</p>
<p>Si no hubiera un Dios. sin Praga, sin la Luna,<br />
Nos queda la vida, el insomnio, el hábito, el oficio,<br />
El &#8220;no saber qué hacer si no hago un verso&#8221;.</p>
<p>Y aún si marchasen los recuerdos,<br />
Si no quedaran siquiera nuestros nombres,<br />
Tomemos un poema, uno cualquiera:<br />
Leer poesía es buen remedio.</p>
<p>*de Marié Rojas.<br />
(2004)</p>
<p>EL GRINGO*</p>
<p>a la memoria de don Lorenzo Tossini<br />
a Fanny y Edgardo</p>
<p>El hombre dejó la lapicera de pluma cucharita sobre el tintero de mármol que<br />
reproducía un motivo mitológico, pasó el papel secante sobre las últimas<br />
cifras escritas y cerró ese inmenso libro de tapas duras donde con letra<br />
perfecta y números parejitos asentaba a diario, desde hacía cincuenta años,<br />
los movimientos comerciales de la casa cerealista .<br />
Tomó de la percha su sombrero oscuro y se lo calzó, verificó que todo<br />
estuviera en orden, apagó las luces, atravesó el gran salón donde funcionaba<br />
un almacén de &#8220;ramos generales&#8221;, totalmente en sombras ahora, apenas<br />
iluminado magramente por los haces intermitentes de la lamparita que<br />
bailoteaba en el centro de la esquina y salió al exterior.<br />
Era siempre el último en irse, cuando ya el resto del personal hacía por lo<br />
menos dos o tres horas que lo había hecho.<br />
Al salir a la calle, un viento helado le cortó la cara y lamentó no haber<br />
traído un sobretodo, aunque más no fuera esa manta de vicuña que le había<br />
regalado para un cumpleaños doña Celia, su esposa a quien había conocido<br />
púber y le había dado dos hijos: una mujer y un varón.<br />
Enfrente de la cerealera estaban las vías y si cruzaba sesgado y a la<br />
izquierda, se toparía con la estación de trenes, bajo la sombra cerrada.<br />
Va a pisar entonces ese inmenso durmiente que oficia de escalón para<br />
ascender a la plataforma cubierta de granza rojiza, y luego sí, el ruido<br />
agradable que harán sus zapatos sobre el piso que luego de la granza se<br />
transforma en silencio de grandes baldosas grisáceas.<br />
Sorteará el molinillo, desembocará en la pequeña plazoleta de palmeras<br />
escuálidas que rodean un aguaribay coposo, cruzará la calle desierta del<br />
invierno y sin mirar los grandes letreros de la tienda Blanco y Negro,<br />
haciendo ochava con la ferretería de Titín Pozzi, caminará cincuenta metros<br />
y allí estará su destino: el Club.<br />
Como no tiene sino que cruzar la calle para estar en su casa, a la hora de<br />
cenar, su esposa mandará a alguien a buscarlo o ella misma se llegará hasta<br />
allí y lo distraerá de su partida de truco, para decirle que la cena se<br />
enfría.<br />
Luego de cenar volverá a hacerse otra partida -esta vez de póker- y por<br />
dinero fuerte.<br />
Es proverbial su frialdad para el juego: nunca lleva más que un billete de<br />
los grandes, si gana se queda y si lo pierde se va a dormir. Es una<br />
conducta. Nunca insistió frente a la suerte esquiva. Puede por lo tanto,<br />
quedarse  cinco minutos, cinco horas o cinco días jugando.<br />
Cultiva un nada deliberado  perfil bajo: no fuma, no bebe, no tiene<br />
automóvil, ni sabe siquiera conducir, pero todos saben que es un caudillo<br />
respetado en el pueblo.<br />
En su vida sostuvo tres pasiones: el peronismo, el club del que fue fundador<br />
y el juego de azar. En el 46 fue electo presidente comunal por el Partido<br />
Laborista, y del club fue varias veces presidente y su principal aportante<br />
de dinero. Pagaba de su propio bolsillo algunos jugadores en cada<br />
campeonato, cuando era menester reforzar el equipo.<br />
Nosotros, de chicos, deliberadamente merodeábamos al heladero en la<br />
cancha -el inefable &#8220;Chelita&#8221;, cuyo apellido se me perdió en la memoria-.<br />
Era un muchachón rubio, de cara redonda, siempre vestía de blanco como<br />
compete a un auténtico &#8220;heladero&#8221;. Llegaba con su triciclo también blanco<br />
voceando sus &#8220;cremas heladas Laponia&#8221;.<br />
Cuando el hombre entraba y nos veía arracimados ahí, sin una triste moneda,<br />
nos preguntaba con aire inocente:<br />
- ¿Y pibes, de quién son hinchas ustedes?<br />
 -¡De Huracán, don Lorenzo! Gritábamos casi al unísono, sin vacilar.<br />
Y él,  sonreía, feliz.<br />
-         A ver pibe,  - ordenaba a Chelita - una vuelta para todos!<br />
La tarde estaba salvada y aunque suene a herejía, era casi una anécdota el<br />
resultado del partido ese día. Nosotros estábamos hechos.<br />
Su gusto más grande era ver la sede del club siempre llena de gente, aunque<br />
eso afectara su propio bolsillo. Y las anécdotas llueven a la hora de<br />
graficar su generosidad.<br />
Cinco colegios de los pueblos vecinos vienen al club al desarrollar una<br />
competencia de voley femenino. Delegaciones de chicas del último año de la<br />
antigua &#8220;escuela media&#8221; se arremolinan con sus ropas chillonas, sus<br />
cuerpitos perfectos, sus gritos y sus risas llenando la cancha de básket.<br />
Llega don Lorenzo y pregunta al conserje que tiene la concesión del bar del<br />
club:<br />
- ¡Qué pasa Carluncho?<br />
- Juegan un campeonato de voley, don Lorenzo&#8230;<br />
- Bueno. Yo invito a la merienda.<br />
- Mire que son casi ciento cincuenta las pibas, don Lorenzo&#8230;<br />
- ¿ Y qué? Vamos a andar con chiquitas en el club acaso?<br />
- Está bien, don Lorenzo, como usted diga.<br />
Y mi amigo el Nene Croatto me cuenta otra. Cuando pasaban películas o había<br />
función de teatro en la sala y él estaba vendiendo entradas en la boletería,<br />
se le aparecía siempre don Lorenzo, a última hora, a veces en pijama y le<br />
preguntaba:<br />
- Y pibe, cómo anda el &#8220;borderó&#8221;?<br />
- Y, medio flojón, don Lorenzo<br />
- Bueno, sumalo a lo que hay entonces.<br />
Y sacando la billetera ahí nomás arrimaba una suma a veces mucho mayor que<br />
la que mi amigo había recaudado.<br />
Juan Carlos Lallana, un crack internacional que salió de nuestro club me<br />
refirió esta anécdota.<br />
Se avecinaba un clásico y el Gringo (o el &#8220;Tigre&#8221; como lo apodaban algunos)<br />
lo llamó aparte.<br />
- ¿ Y, Lallana? ¿ Ganamos el domingo? Mirá que yo le juego fuerte al<br />
equipo&#8230;<br />
- Métale don Lorenzo, somos fija.<br />
El resultado nos fue grato. Les hicimos tres goles -dos Lallana y uno el<br />
Negro Duran - a los albiazules.<br />
Ya en el vestuario, el gringo se le acercó a Lallana con un puñado de<br />
billetes que puso en una de sus manos.<br />
- ¿Y esto, don Lorenzo?<br />
- Es para vos. Te los merecés.<br />
- ¡ Pero no se lo puedo aceptar, es mucha plata!<br />
- Mirá pibe - le dijo, paternal, el Gringo - yo gané mucho más, así que<br />
agarrá y no se hable más del asunto.<br />
Eran cinco billetes de 500 pesos de entonces. Lo que Lallana ganaba jugando<br />
todo un campeonato.<br />
Corrían los últimos meses del aciago año 1955, grupos contrarios a Perón y<br />
obviamente al Gringo, presentaron una lista opositora en las elecciones a<br />
presidente del club.<br />
El Gringo les ganó las elecciones con más de 600 votos contra 72. La cosa<br />
estaba muy álgida, la política separaba las familias y hasta se metía con<br />
sus pasiones en las internas de los clubes del pueblo (nuestro caso no fue<br />
el único).<br />
Ellos se fueron, y como era gente más pudiente del club, le compraron un<br />
local a don Bernardino Giglio, quien acababa de cerrar su almacén de ramos<br />
generales. Se había jubilado y se iría a radicar a Rosario. No era cualquier<br />
local, allí había funcionado un hermoso teatro, el primero que tuvo el<br />
pueblo, en la década del veinte.<br />
Pero no crecieron nunca y además en el pueblo durante décadas se los llamó<br />
&#8220;El club de los setenta y dos&#8221;. Hoy el teatro sigue inactivo y solo funciona<br />
el bar, donde algunos van a jugar a las cartas y a comer la mejor pizza del<br />
pueblo, que a la sazón cocina uno de los hijos de Omar Bellini y de mi amiga<br />
María Elena Paggi.<br />
Después de treinta años hubo algún acercamiento que truncó la muerte del<br />
Gringo.<br />
No se pudo dar el último gusto: reunir otra vez en el club de sus  amores,<br />
pasión de su vida, a los fieles y a  los díscolos.<br />
Sólo esa gran alegría le faltó para morirse tranquilo, a este hombre que<br />
pudiendo gozar del dinero que ganaba como socio gerente de la Casa Arregui<br />
Hermanos y Cía, prefirió  hacerlo rodar como una gracia que dan los hombres<br />
a la generosidad.<br />
La misma que hoy hace imborrable su recuerdo en todos los que lo conocimos.</p>
<p>*de Jorge Isaías. <a href="mailto:jisaias46@yahoo.com.ar">jisaias46@yahoo.com.ar</a></p>
<p>CASBAS*</p>
<p>     En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado<br />
un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato,<br />
este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado<br />
pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.<br />
     En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria<br />
trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal<br />
que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un<br />
expreso de medianoche.<br />
     Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte<br />
viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando<br />
oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la<br />
del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el<br />
destino aplazado del protagonista.<br />
     Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el<br />
andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén<br />
sin trenes.<br />
     Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte<br />
que ha de venir. No lo sabemos aun. Todavía hace falta mirarla un poco,<br />
descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.<br />
     En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va<br />
desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que<br />
ahora se que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos<br />
sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.<br />
     La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin<br />
trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va<br />
despidiendo de sí.<br />
No necesita transporte para escapar hacia adentro.</p>
<p>*de Mónica Russomanno <a href="mailto:russomannomonica@hotmail.com">russomannomonica@hotmail.com</a></p>
<p>Exilio y metáfora*</p>
<p>(Los puentes de Fayad)</p>
<p>*Por  Julio Pino Miyar. <a href="mailto:isla_59_1999@yahoo.com">isla_59_1999@yahoo.com</a><br />
<a href="http://juliopinomiyar.blogspot.com/">http://juliopinomiyar.blogspot.com</a></p>
<p>El poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875 - 1926) escribió que &#8220;lo hermoso no<br />
es otra cosa que el comienzo de lo terrible&#8221;. Saber ver, contemplar hasta el<br />
fin, allí donde cada primavera nos revela su misión, aquí donde las cosas<br />
nos muestran su horror, es la tarea esencial que hace de la poesía un modo<br />
de estar en el mundo y de entregarle una justificación a la existencia. Por<br />
eso el poeta necesita de los versos, son vehículo de algo que de otra forma<br />
jamás podría ser expresada, y donde se hace visible su extraordinario<br />
periplo en vías del lejano sueño de sí mismo.<br />
El poeta católico cubano Cintio Vitier (1921 - 2009), escribió que, &#8220;en<br />
todas las teogonías el hombre es siempre el expulsado&#8221;. Existe un credo<br />
milenario sobre la condición humana que nos fue remitido mediante un plano<br />
simbólico -¿literario?-, el cual relata el origen dramático del cosmos y la<br />
vida. El cielo, en su inaccesibilidad, se convierte así en la suprema<br />
metáfora concebida por el hombre; entre tanto, todo expulsado es un buscador<br />
de significados, alguien a quien el extravío de su existencia no le ha hecho<br />
olvidar completamente la antigua condición de su naturaleza. Es la<br />
experiencia del exilio la que mayor concomitancia posee con ese hondo<br />
sentimiento metafísico, con esa alegórica caída al abismo que en El Antiguo<br />
Testamento se representa como la pérdida del paraíso, la devastación<br />
sucesiva del templo en Jerusalén y el éxodo varias veces repetido. Las<br />
piedras de Jerusalén que son lanzadas sobre los cuerpos de los inocentes,<br />
configuran la memoria cristalizada de esa excomunión original; la metáfora<br />
devuelta a su realidad primordial de guijarro.<br />
Hay un exilio nuclear para los poetas que se establece como escenario<br />
providencial de la Modernidad literaria y artística: París. Pero obviamente,<br />
París no es Jerusalén, podría ser, incluso, su antípoda. La Ciudad de los<br />
profetas resuelve su significado como resolución en la tierra del cometido<br />
del cielo; allí se va a orar y a acercarse al sentido ulterior, transmundano<br />
de las metáforas, mientras se hace patente la ausencia que dejaran siglos de<br />
silencio y de muerte. Si Jerusalén sobrevive en el sueño abstracto de las<br />
tres grandes religiones monoteístas, París, sensual y pagana, disfruta, por<br />
su parte, de ese politeísmo típico de una profana Modernidad cultural. Sin<br />
embargo, hay un modo especial de sensibilidad que, en ocasiones, colinda con<br />
el sentimiento metafísico propio de las religiones y, a veces, no hay nada<br />
más significativo que el contexto en el que el artista ha decidido inscribir<br />
su sensibilidad y sus búsquedas estéticas más originales. De esta manera,<br />
las persistentes lloviznas sobre los rojos tejados y la frialdad de las<br />
brumosas mañanas parisinas, evocan la fe nacida en los días inclementes de<br />
Jerusalén. Julio Cortázar definió la Ciudad de un modo con el que puede ser<br />
también definida la Ciudad de las tres religiones: &#8220;una inmensa metáfora&#8221;.<br />
La simetría es exacta: Jerusalén es el mítico lugar de la expulsión; París,<br />
ese no menos mítico lugar en el mundo donde van los expulsados. La Ciudad<br />
del Sena es un lugar fundamental porque en ella nada -ni siquiera el dolor-<br />
es ajeno. Por eso, cuanto se dice de París deviene en expresión alegórica,<br />
incluyendo las formas más simples y elementales de la vida; un sitio donde<br />
la mirada moderna reconoce en cada signo los designios de su propia<br />
conciencia cultural, de la misma manera que la llegada de las primeras<br />
lluvias y la caída de las últimas nieves, anuncian el retorno invariable de<br />
la primavera.<br />
En París uno de los más importantes poetas cubanos de la segunda mitad del<br />
siglo XX, Fayad Jamís (1930 - 1988), escribió en su poemario Los puentes, lo<br />
que podría ser tomado como una anotación efímera, casi circunstancial, pero<br />
que revela el espíritu mismo de su relación personal con la Ciudad y que fue<br />
expuesto en el más elemental y mundano de los versos: &#8220;(.) alguna vez la<br />
lluvia arrastrará las hojas secas&#8221;. Un verso como este parece anunciar la<br />
aparición de los poetas conversacionales, coloquiales, en el sentido que lo<br />
pedía Antonio Machado: la más simple y, a la vez, la más íntima de las<br />
alocuciones. Vuelve a decirnos Fayad a la manera de un paseante solitario<br />
que anota en su cartera de estudiante sus visiones, como un boceto<br />
perdurable del vasto cosmorama en el que se inserta por derecho su poesía:<br />
&#8220;Esta mañana el Sena corría/ bajo los puentes como un camino solitario/ las<br />
flores de los álamos caían sobre el agua gris/ Los mendigos dormían al sol<br />
en la orilla (.)&#8221;<br />
Fayad, nacido en Zacatecas, México, de origen libanés, cubano por adopción y<br />
convicción, poeta y pintor, en los años 50&#8242; del pasado siglo vivió una larga<br />
temporada en Francia. La escritura de un texto de características tan poco<br />
frecuentes como Los puentes, contextualizado en París y publicado en La<br />
Habana en una fecha tan temprana como 1962, coloca al poeta, y a su poesía,<br />
en una peculiar situación, preámbulo, o antecedente literario, quizás de un<br />
exilio mucho más definitivo, ya que el poemario posee la maleabilidad que<br />
permite una doble interpretación. Si bien en primera instancia, Los puentes<br />
en su momento histórico fue una evidente alusión al fin del exilio<br />
intelectual, en vías de un compromiso efectivo con la nueva sociedad<br />
emergida a partir de la Revolución de 1959, el carácter abiertamente exógeno<br />
del poemario brinda una segunda lectura: Las visiones de la capital francesa<br />
evocan con demasiada fuerza un mundo paralelo al nuestro, a veces transido,<br />
pródigo en su inevitable lejanía, promiscuo en su culta naturaleza,<br />
tolerante y ameno en sus divagaciones ociosas, disfrutable en sus constantes<br />
ejercicios de soledad, aunque no por ello menos inusual: en ese mundo que el<br />
poeta nos dibuja se puede vivir asombrosamente solo, sintiéndose sumergido<br />
en la marea de los accidentes culturales, encontrarse descifrando hermosos<br />
deslizamientos de sentido, porque otros soles y estaciones nos acompañan<br />
siempre, dormitando desnudo sobre el puro placer de la expresión. Hay mucho<br />
de estas cosas en Los puentes, que, como su nombre lo indica, ponen en<br />
riesgo lo preestablecido al tender caminos, puentes entre ambas riveras,<br />
entre lo conocido y lo por conocer; Cuba y el resto del mundo: Los puentes<br />
es quizás el texto más foráneo de la llamada literatura cubana de la<br />
Revolución. A pesar de esto, los fundamentos éticos que permean desde el<br />
principio la escritura le imponen a Fayad el retorno y la conciliación con<br />
esa sustancia rugosa y medular que está más allá del lenguaje, y para eso no<br />
importa que el instante que el poeta le dedica a las palabras abarque toda<br />
una vida, singularmente son lo accidental de esa vida, el cultivado hito<br />
entre la reflexión y la realidad.<br />
Vuelve de nuevo a decirnos Fayad: &#8220;Hay que decir la verdad aún cuando en la<br />
noche terrible/ no sabemos si el amor el olvido o la muerte nos esperan (.)<br />
como las velas de los barcos/ desgarrándose en la furia del aire&#8221;. ¿Pudiera<br />
Los puentes ser leído como una experiencia límite de la existencia, acaso de<br />
la palabra? Si Jerusalén conserva entre sus anales el Libro de Job no es<br />
porque sea el más bello de los textos, sino porque pocos documentos en la<br />
historia expresan con tanto vigor el grado de desertificación a que puede<br />
llegar la conciencia humana; ese apartamiento insustancial que priva al<br />
hombre de naturaleza y omite de paso sus significados. El miedo milenario al<br />
desierto, -padecido por Job ciego- &#8220;es el miedo a quedarse sin imágenes&#8221;;<br />
cuando el poeta José Lezama quiso hablar del horror vacui lo expresó de esa<br />
forma. El Sáhara se vuelve así en la otra &#8220;inmensa metáfora&#8221; que rodea<br />
peligrosamente las ciudades de los hombres, y se refleja en la paradójica<br />
historia de un pueblo del desierto -el judío- que se prohibió a sí mismo las<br />
imágenes. Por eso, si como exilio se entendiese la des-realización de la<br />
conciencia y esa tenaz despersonalización de los afectos que nos obliga a<br />
buscar pobres sucedáneos en las cosas más heteróclitas, y donde la vida se<br />
fija a un antes y un después cardinal, indiscutiblemente, ese no sería nunca<br />
el exilio experimentado por Fayad. Ya que para cada palabra París guardaba<br />
una resonancia, pues allí toda expresión encontraba su objeto y cada objeto<br />
su poética inevitable. De este modo nos corrobora el poeta, estableciendo la<br />
indisoluble unidad entre la Ciudad y el hombre; la imagen y el calor del<br />
fuego: &#8220;en la ciudad y el corazón arde la misma llama&#8221;.<br />
&#8220;Frente a uno de esos puentes escogeré mi casa/ tal vez aquella de la<br />
cortina roja en la ventana&#8221;. Leyendo esta última línea se podría preguntar,<br />
¿no es acaso la búsqueda de un domicilio definitivo la tarea capital de la<br />
poesía? ¿La llegada al hogar después de años de éxodo y desamparo,<br />
felizmente dispuesto para una nueva comunión con la palabra? ¿Pudiera<br />
significar París el fin del exilio? Responde el poeta: &#8220;(.) Yo regresaré a<br />
La Habana en una bicicleta/ Las mujeres que pasan por la acera/ van dejando<br />
una estela de fuego blanco&#8221;. Lo excepcional es que el retorno que propone<br />
Fayad, es un retorno lúdico, irreverente, sin concesiones porque él se ha<br />
ido a París a vivir una de las más intensas experiencias poéticas, y el<br />
regreso no estaría justificado si no trajese de vuelta las porciones más<br />
irreductibles de esa estancia. En los largos paseos por senderos citadinos<br />
que reavivaban la experiencia pura de la poesía, la sensibilidad ha<br />
descubierto bifurcaciones que alteraban sus visiones, y en cada accidente<br />
del paisaje el poeta hallaba los dones siempre en gestación de la insólita<br />
subrealidad: &#8220;Aquel que no había dormido/ porque andaba buscando el delgado<br />
cristal/ que se extiende como una daga entre el sueño/ y la realidad/ se<br />
detuvo por un instante en la puerta del café (.)&#8221;<br />
Fayad, extraviado entre los puentes y los bulevares, supo poner tasa a su<br />
lejanía por medio de las palabras. El poeta nos habla de un París donde la<br />
irremediable soledad del artista tenía el contenido de una gran misión, y en<br />
el que lo asistía un estado de gracia que le permitía ofrecer sosegado<br />
testimonio a través de sus más variadas visiones. Mas, ¿es ciertamente el<br />
poeta el gran ingenuo de la palabra? Si la vida como la historia fuesen<br />
saharizadas, desvirtuadas en sus postulados más intrínsecos, nunca se nos<br />
facilitaría una salida inocente, debido a que el ángel que pudo vislumbrar<br />
nuestra mirada era el más terrible, aquel que los poetas intuyeron en la<br />
inopia de las tardes vacías. &#8220;A los asesinos es fácil descubrirlos&#8221;, nos<br />
recuerda Rilke, como queriendo expresar lo pavoroso e incierto que se<br />
oculta, y nos acecha, en los intersticios en sombra de la poesía.</p>
<p>(.)</p>
<p>De visita en La Habana hace escasos años tuve la ocasión de darle a leer a<br />
un amigo un poemario personal, el cual tenía como exergo unos versos de Los<br />
puentes. Mi amigo me miró dubitativo y escéptico, y me hizo la observación<br />
crítica que mi experiencia del exilio en nada se asemejaba a la de Fayad.<br />
Redactando este ensayo pude constatar la diferencia abismal que separan mis<br />
años vividos en los Estados Unidos, del París de las grandes remembranzas y<br />
las hondas experiencias poéticas. Entonces, ¿por qué ese empeño en pensar y<br />
repasar Los puentes? Hacer o leer poesía es un modo legítimamente humano de<br />
luchar contra la alienación, mas, sobre todo, se lee y se escribe para saber<br />
que no estamos solos, que hay algo irreductible que busca darle sentido<br />
incluso a la más aviesa soledad. El exilio no es sólo el más largo viaje, es<br />
un estado de conciencia, a veces una mala conciencia; un prolongado<br />
sentimiento de abandono y expiación. Pero las lluvias más inclementes son<br />
las que mejor alimentan el pensar metafórico, no importando en qué región<br />
del mundo nos encontremos. Vagando ocioso por las calles y los puentes de<br />
una de las barriadas más pintorescas y tranquilas de Miami Beach, la callada<br />
contemplación del paisaje me hizo evocar algunos de los versos más cercanos<br />
de Fayad:</p>
<p>&#8220;Allá arriba cantan los niños/ el viento huele a pan fresco (.)&#8221;/ &#8220;Tú no<br />
oirás el último sollozo del mendigo (.)&#8221;/ &#8220;Tú no oirás el ruido de ese tren<br />
que se aleja&#8221;</p>
<p>DE LA FUERZA DEL NOMBRE*</p>
<p>I</p>
<p>El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: &#8220;¿Podés<br />
escribirme algo sobre Casbas?&#8221;. El nombre no me suena de nada, por lo que<br />
abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un<br />
pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia<br />
limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el<br />
este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca<br />
antes he estado allí, me digo: &#8220;¿Por qué no?&#8221;, pensando que lo que mi amigo<br />
argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y<br />
nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca<br />
del sitio en cuestión.</p>
<p>Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me<br />
echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro,<br />
un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor,<br />
casi un adolescente, me pregunta: &#8220;¿Te llevo?&#8221;. Por supuesto, acepto. Él<br />
tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa<br />
franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por<br />
ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos,<br />
aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no<br />
resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un<br />
papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen<br />
más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El<br />
primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña<br />
explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que<br />
llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo<br />
llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando<br />
estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay<br />
algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo<br />
inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa<br />
visita. Por último, escribo: Selva de Oza. &#8220;¿Qué es?&#8221;, me pregunta. Es un<br />
valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La<br />
vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de<br />
describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir<br />
cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en<br />
cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el<br />
sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se<br />
pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le<br />
gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante,<br />
reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo<br />
otros, que él no oyó jamás. &#8220;Te gustarán&#8221;, le digo.</p>
<p>Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más<br />
adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta<br />
de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en<br />
un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han<br />
compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos<br />
encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo<br />
reconozca.</p>
<p>Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso<br />
una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces<br />
cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que<br />
quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un<br />
minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni<br />
siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape<br />
en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria,<br />
unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso<br />
en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he<br />
metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en<br />
Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me<br />
impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del<br />
Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan).<br />
Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy<br />
cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un<br />
poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un<br />
alma por las calles.</p>
<p>Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de<br />
una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan<br />
tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso<br />
lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un<br />
letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que<br />
el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal<br />
iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por<br />
una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y<br />
pregunta si deseo tomar algo.</p>
<p>II</p>
<p>Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro<br />
como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un<br />
espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más<br />
despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No<br />
sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el<br />
apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir<br />
una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto<br />
porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de<br />
esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son,<br />
en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros<br />
pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí<br />
afuera, sin embargo, esa ausencia.). Al preguntarle dónde estoy, él me mira<br />
de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente<br />
pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal<br />
y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis<br />
muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por<br />
el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me<br />
volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: &#8220;Pero ¿Casbas de España o de<br />
Argentina?&#8221; digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido,<br />
y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en<br />
realidad.</p>
<p>Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento<br />
estaba lavando unos cubiertos y dice: &#8220;¿Acaso quieres tomarme el pelo?&#8221;.<br />
Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y<br />
algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. &#8220;¡Poeta!&#8221; dice él.<br />
&#8220;¡Poeta!&#8221; repite. &#8220;No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo<br />
que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza&#8221;. Yo insisto. Mi<br />
sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra<br />
de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo<br />
que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá<br />
tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una<br />
sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden<br />
comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de<br />
reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador,<br />
levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: &#8220;Ahora<br />
lo veremos&#8221;. Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre,<br />
encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he<br />
mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y<br />
sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la<br />
otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a<br />
hablar convulsiva y nostálgicamente.</p>
<p>Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es<br />
extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que<br />
creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No<br />
hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la<br />
voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de<br />
su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan<br />
dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa<br />
el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el<br />
eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal<br />
vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar<br />
la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla<br />
de la barra, de una novia que tuvo y perdió, &#8220;¡qué linda era!&#8221;, exclama.<br />
Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu<br />
buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo.<br />
La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no<br />
sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier<br />
momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el<br />
obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos<br />
conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca<br />
de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde<br />
remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo<br />
inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su<br />
memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me<br />
habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último<br />
tren&#8230; Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo<br />
mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a<br />
continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi<br />
entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: &#8220;&#8230;yo me fui en<br />
él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años,<br />
se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes.<br />
En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi<br />
lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi<br />
patria&#8230; Nuestra patria&#8221; se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando<br />
las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. &#8220;Y,<br />
entonces, de pronto, llegué aquí&#8221; dice mientras vacía en los vasos lo que<br />
queda de la segunda botella. &#8220;De alguna manera, sentí que mi deriva había<br />
terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me<br />
llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue<br />
ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo<br />
en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora.<br />
Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana<br />
siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo<br />
explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces&#8221;.</p>
<p>No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí<br />
mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio<br />
de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi<br />
mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy<br />
pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera,<br />
en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón<br />
incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico<br />
donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.</p>
<p>*de Sergio Borao Llop.  <a href="mailto:sergiobllop@yahoo.es">sergiobllop@yahoo.es</a><br />
<a href="http://sbllop.blogia.com/">http://sbllop.blogia.com</a></p>
<p>De la vieja Suiza*</p>
<p>Mientras corto, prolija, las rodajas de pan que había sobrado estos últimos<br />
días, la cocina se inunda del  aroma de la manteca en la sartén. Uno a uno<br />
voy dorando los redondeles mientras por la ventana del departamento, se<br />
desliza el anémico sol invernal.<br />
En una ollita está hirviendo un buen vino tinto con el azúcar de un<br />
desbordado tazón y dos preciosas y enigmáticas ramitas de canela. Disuelvo<br />
cuidadosamente tres gordas cucharadas de harina en una taza de agua y la<br />
agrego a la pócima de vino, convirtiendo todo en una inquietante jalea del<br />
color de las violetas. Acomodo los dorados pancitos en una fuente honda y<br />
les zampo la crema caliente. Primero se resisten, pero, luego, alertados del<br />
perfume y sabor del regalo, van absorbiendo, conformando un exquisito Budín<br />
de pan borracho.<br />
                                             ¡Que rico, el postre de la Oma!<br />
                         -Dirán mis niños, mientras guardan sus útiles<br />
escolares.<br />
 Y  volverán, rápido, a sus vasos de leche y al dulce trozo que les espera.<br />
Sé que por aquí cerca, un duende menudo e inquieto, de blanco rodete y ojos<br />
celestes, detendrá su andar y sonreirá feliz.<br />
Su nieta, como su madre allá en las montañas suizas, gozaba en recibir a sus<br />
pequeños con aquel dulce. Ya no recordaba como lo llamaba, el idioma natal<br />
se escapó tras la nebulosa de los años, pero el olorcito la atraía del más<br />
allá, y compartía en espíritu la reunión familiar. Mientras recogía las<br />
migas, una tibia brisa olor a manzana y lavanda rozó mi cara.</p>
<p>Chau, Oma, ya nos encontraremos, lo sé, estarás sentada en aquel sillón de<br />
mimbre leyendo, debajo del limonero.</p>
<p>                                                             Espérame.</p>
<p>Dedicado a mi bisabuela Elizabetta Haas</p>
<p>*de Elsa Hufschmid. <a href="mailto:elsahuf@hotmail.com">elsahuf@hotmail.com</a></p>
<p>Olivia*</p>
<p>         Desde su infancia, Olivia escuchaba dos voces, una masculina y una<br />
femenina, conversando con ella, haciéndole sugerencias, aconsejándola&#8230; a<br />
veces no se ponían de acuerdo entre ellas y tenía que esperar a que<br />
terminaran de discutir. También intervenían en sus sueños, pero era<br />
agradable no estar sola en aventuras y pesadillas.</p>
<p>         Se considera aceptable que un niño hable solo, tenga compañeros<br />
imaginarios&#8230; mas cuando creció y siguió conversando con algo invisible,<br />
sus padres se alarmaron. Olivia descubrió que aquello que consideraba muy<br />
normal era una aberración de su mente. Intentó acallarlas y, reconociendo su<br />
impotencia, se dejó arrastrar de psicólogos en psiquiatras, asesorar,<br />
hipnotizar, entrevistar, medicar&#8230; hasta que al fin pudo silenciarlas, con<br />
lo cual fue considerada apta para reincorporarse a la sociedad.</p>
<p>         Pretendió entablar conversación con sus padres y amigos, pero<br />
estaban muy ocupados; trató de hacerse escuchar por los médicos que la<br />
habían ayudado, pero ya estaba considerada cuerda; procuró nuevas amistades,<br />
mas cada cual estaba inmerso en sus problemas&#8230; Todo ser humano parecía<br />
estar demasiado atareado para hablar con nadie. Comprendió que estaba sola.</p>
<p>         Los demás siempre lo habían estado, no parecían entender su<br />
desesperación, lo raro era buscar compañía en un grado tan profundo como<br />
para compartir el alma&#8230; Con hablar del clima, la obligada pregunta de<br />
¿cómo van las cosas? y algún otro comentario banal cuya respuesta ni<br />
siquiera era atendida, parecía bastar entre ellos. Ella siempre tuvo dos<br />
amigos, que si bien a veces eran atorrantes, no la dejaban abandonada como<br />
ahora lo estaba haciendo el mundo que le había impulsado a alejarlos.</p>
<p>         Se sintió triste, arrepentida de haberlas expulsado, pero no había<br />
remedio. Aprendió a vivir con ella misma, dejándose acompañar por los demás<br />
en el modo en que podían. Se volvió una joven melancólica&#8230; &#8220;Estuvo loca,<br />
es normal que le cueste adaptarse&#8221;, decían los que la rodeaban.</p>
<p>         Años después, las voces regresaron sin previo aviso. Su alegría fue<br />
tan grande que casi les grita un saludo. Pero miró hacia fuera, ahí estaba<br />
ese mundo de personas solas, distantes, que no consideraban aceptable estar<br />
todo el tiempo compartiendo el alma&#8230; Prudentemente, calló su voz externa y<br />
con la voz de su interior, les dio la bienvenida. Desde entonces conversa<br />
con ellas, en silencio, y puede contarles lo que sea, pues siempre le<br />
prestan atención, le dan consejos, le cuentan historias y la escoltan hasta<br />
en sueños.</p>
<p>         Olivia ha vuelto a sonreír, a veces ríe a solas. Pero ya no habla<br />
en voz alta y si le preguntan por las voces, niega su existencia. &#8220;Al fin se<br />
ha recuperado del todo&#8221;, dicen los que la rodean, satisfechos, y continúan<br />
sus vidas de soledad en compañía.</p>
<p>*de Marié Rojas Tamayo.</p>
<p>Escribir*</p>
<p>escribir<br />
es tener a quién decirle<br />
a quién contarle esta noche<br />
pero no contarle algo esta noche<br />
sino contar la noche misma<br />
porque hay sueños que se duermen temprano<br />
y no ven el resplandor<br />
de la luna demorada<br />
que pinta rojos<br />
en la estrella más temprana<br />
perezosa<br />
que se viste todavía de crepúsculo<br />
y antares desafiando brillo a brillo<br />
le presta un guiño a la maría<br />
de las tres marías más despierta<br />
y marca un juego de elástico de niñas<br />
con el extremo sur más sur<br />
de la cruz del sur<br />
y es el día que parece más temprano<br />
o la noche que parece menos tarde<br />
o el silencio<br />
que parece menos solo<br />
solo<br />
sólo por escribir</p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi  <a href="mailto:luciaguionbajo@gmail.com">luciaguionbajo@gmail.com</a></p>
<p>DE GRANDES Y PEQUEÑAS LLUVIAS*</p>
<p>Entonces vi caer la lluvia violenta, como grandes hilachas de sábana<br />
líquida.<br />
Caía sobre el campo mudo, con una violencia desmedida y corría desde la<br />
canaleta del techo con un chorro interminable y potente sobre el patio de<br />
ladrillos brillantes.<br />
El ruido sobre la galería de chapas era ensordecedor, pero grato. Nunca supe<br />
qué insondables misterios nos mueven -algo oscuro, arcaico- cuando en esa<br />
soledad sentimos lo que debió el primer hombre que la observó atónito,<br />
atemorizado desde la boca de la caverna.<br />
Los anillos caían hasta juntarse en el jardín llevándose las hojas secas,<br />
las pequeñas hierbas, los pétalos caídos del rosal que la madre cuidaba.<br />
Los teros, guarecidos bajo el ceibo troncoso, espinudo, hacían coraza con<br />
sus plumas acostumbradas desde siempre a la intemperie.<br />
Las gallinas -pensé- buscarán refugio arracimándose bajo esas tres coposas<br />
plantas de granada, viendo pasar indiferentes un brilloso ejército de sapos,<br />
únicos seres contentos con este diluvio.<br />
Lo bueno vendría al escampe, cuando reunidos sin previa cita en la esquina<br />
de esa cortada rica en gramillas, estrenaríamos los extraños barcos que<br />
fabricábamos con restos de maderas, corchos o cualquier otra materia<br />
flotante.<br />
La lluvia sin embargo nos ponía contentos. Andar descalzos entre el barro<br />
que prometía porrazos a cada tranco no omitía las carreras al costado del<br />
hondo zanjón donde las improvisadas embarcaciones competían tratando de<br />
llegar a la otra esquina donde se juntaban varios desaguaderos hacia el<br />
canal y los campos.<br />
Ganar una competencia no dependía tanto de la habilidad para armar un objeto<br />
más o menos flotante solamente, sino de otras muchas razones, como ser el<br />
azar de la corriente o una mata imprevista o inoportuna de gramilla que la<br />
fatalidad pusiera en el camino (ese camino de agua transitoriamente<br />
tumultuosa).<br />
Quitar el barquichuelo, posarlo nuevamente en el centro del cauce era perder<br />
el tiempo y puntaje, porque se consideraba una trampa elegir el centro<br />
rápido de la corriente para ganar el tiempo perdido.<br />
De todos modos la ansiedad nos ponía incansables y era cosa de volver a<br />
empezar luego de la primera carrera, volviendo al punto de partida, esa<br />
curva donde el agua venía con una fuerza considerable.<br />
Muy pocas veces parábamos y era para saltar el cerco de tejido y espinas de<br />
la quinta de don Clemente Gerlo y hurtarle alguna fruta para la merienda.<br />
Ninguna otra fruta tuvo en la vida el sabor inigualable de aquéllas que le<br />
sacábamos al pobre italiano que vivía de esa magra venta por las calles<br />
indiferentes del pueblo.<br />
¿Qué sadismo especial, qué inoportuna travesura nos hacía robarle frutas a<br />
ese pobre hombre que vivía con su mujer -doña Marianna- en esa humilde casa<br />
hecha de sombras y sombras de recuerdos y de olvidos de una península cada<br />
vez más lejana?. No lo sé.<br />
Tal vez -lo digo para defender a aquellos niños de entonces- la propia<br />
inocencia nos hacía tan crueles.<br />
Cuánta maldad inocente cometimos en esas vandálicas incursiones, que a<br />
veces -muy pocas- se organizaban de forma más &#8220;científica&#8221;. Y era, entrando<br />
de a uno para llenar los bolsillos y repartir luego equitativamente. O más<br />
bien diremos, casi equitativamente, porque se sabe que el riesgo es como una<br />
victoria que no da derechos pero sí prebendas.<br />
Bueno, eso creo yo, porque además nosotros aún no habíamos leído La guerra<br />
de las Galias.<br />
Esa actitud, o mejor esa actividad de pequeños depredadores nos ponía<br />
siempre en desventaja con respecto a las acciones futuras, ya que una<br />
infidencia a los padres nos valdría una paliza. ¡Y qué palizas pegaban los<br />
padres de entonces!.<br />
De todos modos la tentación era grande y lo peor es que esas mismas frutas<br />
estaban en nuestras casas, pero como el lector sabe, no tenían el mismo<br />
sabor que las que le hurtábamos al pobre don Clemente.<br />
Esas brevas goteando su miel delicada, dulce y ambarina. Esas naranjas con<br />
su jugo para la extenuación de los juegos, esas tunas tan ricas y pulposas,<br />
los melones que sonaban contra el suelo y una vez partido era el elixir<br />
amarillo seccionando en dos las siestas caniculares de diciembre.<br />
Y en invierno era la delatadora mandarina, sus cáscaras que tirábamos en el<br />
hueco musgoso de las alcantarillas que no guardaban el grillo cantor de la<br />
noche.<br />
Pero los días de lluvia tenían un encanto muy particular, porque tal vez<br />
vendrían mis primas con una fuente repleta de empanadas que hacía tía Ita,<br />
tan buena. O mi madre reinando entre hojaldres y azúcares nos pondría pronto<br />
en la cima más extática del mundo: en la perfección y la armonía que ya<br />
perdimos para siempre: esos pastelitos de dulces membrillescos, con su poca<br />
o su abundosa azúcar impalpable caída como nievecilla preciada.<br />
En el ámbito de la pequeña y humosa cocina donde la Istilart Nº 1 consumía<br />
sus marlos blanquísimos o su leño seco de acacia y déle crepitar aventando<br />
los malos humores que podrían sobrevolar en esas tardes de reunión holgazana<br />
en la humilde vivienda de mi más humilde familia.<br />
Convoco hoy ese espacio  -único, impoluto, irrepetible- tal vez para<br />
parapetarme del caos del tiempo, de la corrosión de los años y para que este<br />
recuerdo sea una moneda brillante entre el barro que nos tapa las paredes<br />
del alma.</p>
<p>*de Jorge Isaías. <a href="mailto:jisaias46@yahoo.com.ar">jisaias46@yahoo.com.ar</a></p>
<p>RÉQUIEM PARA UN ÁNGEL NIÑO*</p>
<p>Para Roberto Rojas Vergara</p>
<p>Pequeño rey en trono de rueditas,<br />
Niño eterno, Peter Pan,<br />
¿Es suficiente un verso para cantar tu despedida?</p>
<p>Que la última hora en este mundo<br />
De bandidos y princesas<br />
Te sea leve.</p>
<p>Que la oscura mensajera llegue,<br />
Tan sutil como tu sombra<br />
En el castillo sin almenas ni banderas.</p>
<p>Que el arco iris matutino,<br />
Reciba tu alma pura.<br />
Que no lloren las estrellas,<br />
Los caracoles que escondimos.<br />
Que canten los unicornios,<br />
Las flores que sembramos.<br />
Que no gima el mar tu ausencia,<br />
Navegante en barcazas de corcho.<br />
Que no te cubra la noche una vez más.</p>
<p>Parte en calma, dulce amigo,<br />
Mi alma volará esta noche en sueños<br />
Para dejar en tu frente el beso<br />
Que aún te debo.</p>
<p>*de Marié Rojas.<br />
(2005)</p>
<p>PROTOHISTORIA*</p>
<p>&#8220;Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces.&#8221;<br />
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA</p>
<p>Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.<br />
Cuanto daría, cuanto.<br />
Pajonal jadeante. Oscuridad.<br />
Abrumadora soledad del médano.<br />
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.<br />
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.</p>
<p>Aullido martillo. Viento pujante.<br />
Jano mira hacia el Este.<br />
Desnudez fecundada.<br />
Rosa abierta, desangrada y expuesta.<br />
Morir / nacer / penumbra / luz.<br />
Pájaros de papel buscan el crepúsculo  sangrante<br />
del día.<br />
La muerte no tiene futuro.<br />
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.</p>
<p>Han partido los huéspedes de sombra.<br />
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?<br />
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?<br />
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.<br />
El cardal y una rama de sauce.<br />
Un país desconocido aguarda<br />
Cuánto daría por que vuelva esa noche.<br />
Cuánto daría, cuánto.</p>
<p> *de Amelia Arellano.  <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p>
<p>Aquella luz de abril*</p>
<p>*de Jorge Isaías. <a href="mailto:jisaias46@yahoo.com.ar">jisaias46@yahoo.com.ar</a></p>
<p>Antes los crepúsculos rodaban como peñones violetas sobre todas las<br />
conciencias en los atardeceres íntimos, quietos y un poco desolados. Era<br />
cuando el mundo comenzaba y, no era entonces importante un poco o mucho de<br />
tristeza, porque siempre había un motivo cierto de alegría, y también el<br />
sueño de uno que se inscribía en otro más alto, más grande, que abarcaría<br />
todo el futuro, donde los niños volverían a nacer perfectos, diremos<br />
parafraseando a César Vallejo.<br />
De todos modos, optimismo y juventud iban de la mano, aunque Borges supo<br />
decir no sin razón que a cierta edad temprana de la vida se sienta la<br />
vocación del sufrimiento, cuanto más gratuito y cuanto más pegado a los<br />
ideales, mejor.<br />
No era entonces raro -no podía serlo que tras una ilusión no importa si<br />
lejana, no importa que irrealizable, lo bueno era que una circunstancia<br />
feliz nos ponía con la energía a mil. Podía ser -según la edad una promesa,<br />
la de un juguete, por ejemplo, que nunca teníamos, o una salida al cine a<br />
ver una película esperada, o un viaje, o, ya más grandes, una fiesta, un<br />
baile, lo posible ponerse de poder mirar unos ojos anhelados y que, en lo<br />
posible, esos ojos nos miraran. Aunque sea, un poco, nada más.<br />
Todo esto nos serviría para esperar el sueño blando con una sonrisa que<br />
nuestra madre adivinaba en la profunda oscuridad.<br />
También estaba aquella pasión excluyente de entonces, el fútbol.<br />
Ya como meros espectadores, como hinchas o también como protagonistas de los<br />
picados de potrero o con los equipos: camisetas, pantaloncito y botines, se<br />
entiende.<br />
También estaba aquello de cierta luz evanescente, que subía en los<br />
atardeceres del mismísimo pasto ya expuestos o expectantes de rocío, que<br />
vendría en poco tiempo a fecundar esas hojitas verdísimas, alegres de tanto<br />
sol, de tanta luz, la misma luz que encendía hasta las más oscuras<br />
conciencias y las haría despertar.<br />
Era la luz sin embargo la que iba cambiando la ilusión de las cosas y a<br />
veces las trasportaba en mera ilusión de los sentidos, sobre todo en las<br />
siestas, cuando la luz densa de octubre filtraba ese polvillo que el poder<br />
de las flores diseminaba en el aire, y el polvillo que los vehículos<br />
esparcían sobre los seres, las plantas y las cosas mismas lograban un ámbito<br />
de inusitada rareza, algo que nosotros percibíamos aún sin observar<br />
demasiado.<br />
Esa es la luz que llevo conmigo, la misma luz que envolvía a mi madre, a sus<br />
quehaceres humildes pero fundamentales para que toda la casa funcionara como<br />
una pequeña orquesta, pero en esa misma pequeñez oficiaba de orden para que<br />
el universo funcionara, los animales parieran y los pájaros cantaran en su<br />
plena testarudez, con o sin sentido, con alegría obcecada, porque sí, porque<br />
obedecen a un orden que está por encima de la estupidez humana como esa<br />
pequeña florcita de malvón que no llega a rojo, pero se le aproxima cuasi<br />
pálido, no ostentoso, humilde, pero pleno en su esplendor que arrasa toda<br />
prevención, y alienta todo desatino, desde esas ollas viejas que ofician de<br />
macetas, y que mi madre dejó al pie del ceibo que sus manos plantaron y las<br />
dejó allí, con intenciones de seguir regándolas todas las mañanas, pero un<br />
día no pudo, y no por olvido voluntario, sino porque de improviso emprendió<br />
ese camino que le quitó de nuestro amor para siempre, aunque duela y no haya<br />
resignación posible y uno deba recordarla -como era- en un pasado que se<br />
torna irremediable a fuerza de ser inquirido.<br />
Pero así son las cosas. Así deberemos aceptarlas.<br />
Sin embargo, otro día, otra tarde se apea en mi recuerdo y no en octubre<br />
sino abril y media tarde. El perro ladra, un sulky se aproxima lentamente<br />
por esa cortada cubierta de gramilla donde nunca llega nadie, sólo tía<br />
Argía, muy de vez en cuando y lo hace en sus viajes al pueblo desde aquella<br />
chacra lejana, más lejana y sola en mi memoria.<br />
El caballo se detiene al chasquido seco de su látigo que golpea el aire<br />
seco, duro, como una lámina estática de aceite.<br />
Yo estoy feliz, y no sé por qué. Tal vez alguna víspera de un encuentro<br />
futbolístico, tal vez alguna expectativa de una salida al cine ya que rara<br />
vez me concedían ese esperado permiso.<br />
No sé, no sé.<br />
A veces vuelve esa tarde y vuelve esa luz que no eludía mariposas porque no<br />
era la época, pero sí los pájaros que en ese tiempo eran numerosos y<br />
esquivaban limpiamente los temibles gomerazos que dirigíamos a esa felicidad<br />
desprevenida que ostentaban un evidente desenfado, y, de vez en cuando uno<br />
caía con el piquito en sangre, asesinado.<br />
¿Pagaré alguna vez aquella punta de gorriones que se transformaban en<br />
almuerzos de mi gato?<br />
Hoy, adulto, apelo a mi inconciencia de niño, para dar una razón, a tanto<br />
daño inútil, evitable. Pero muchas veces uno -más en ese tiempo actúa por<br />
mera imitación, lo cual no quita la culpa, tal vez la morigera.<br />
Con esto quiero dejar constancia que un día de abril pudo ser confundido con<br />
el día de un octubre cualquiera, por la confusión de aquella luz que ponía<br />
vida, esplendor y alegría sobre las cosas.<br />
O, a lo mejor, digo, la alegría en mí por alguna cosa que ya no recuerdo,<br />
seguramente fútil, o no, tal vez son importantes en ese tiempo y hoy ya he<br />
olvidado, como tantas cosas en la vida.</p>
<p>EVOCACIÓN DE LA TIERRA MEDIA*</p>
<p>When Bilbo opened his eyes, he wondered if he had.</p>
<p>The Hobbit<br />
J. R. R. Tolkien</p>
<p>Soñoliento, el sol se iba tras las colinas.<br />
Las hogueras comenzaban a llenar los agujeros negros<br />
Dejados por el éxodo de la claridad.</p>
<p>Enormes mariposas sobrevolaban los rosales.<br />
El trigo, al ser mecido por el viento,<br />
Generaba una melodía plena de nostalgia.</p>
<p>Alguien se preparaba para contar una antigua romanza<br />
Con palabras siempre nuevas.</p>
<p>Al calor de las llamaradas, nos prestábamos a escucharle<br />
Con oídos siempre nuevos.</p>
<p>Una historia es como un río: irrepetible,<br />
Única,<br />
Aunque cambie de nombre al pasar de pueblo en pueblo.</p>
<p>Pensé: &#8220;Si pudiese retener una imagen<br />
Eterna en mis pupilas, sería ésta.<br />
Si me fuera dado elegir el momento<br />
Para abandonar el mundo, sería<br />
Este atardecer perfecto, rodeado de alas,<br />
rosas, trigo, brisa,<br />
De palabras en fuga al compás de la danza de las flamas&#8221;.</p>
<p>Cerré los ojos, aspiré el humo de mi pipa.<br />
Y los abrí naciendo en esta vida.</p>
<p>*de Marié Rojas</p>
<p>PALOMA NEGRA*</p>
<p>&#8220;&#8230;tengo miedo de buscarte y encontrarte&#8230;&#8221;<br />
CHABELA VARGAS</p>
<p>Traigo una paloma negra.<br />
Sangrándome en el pecho.<br />
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.<br />
Aletea. Cae. Garabatea mi inocencia con minúscula. Se levanta.<br />
Evita los abismos de mi carne.<br />
Sabe. No se improvisa el vuelo. Tampoco, hay cumbres imposibles.</p>
<p>Hay un afuera que golpea. Golpea, muy  adentro.<br />
Hay mujeres con zodíacos truncados.<br />
Dioses de cenizas. Pórticos cerrados.<br />
Manos con anillos, zurcidoras de azahares.<br />
Vientre  madre sandía, mente padre lenteja.<br />
Cleopatra copula en los andamios.<br />
Blanca nieve  es supervivencia. No enloquecer, enloqueciendo.<br />
Isadora aun no emprende el vuelo.<br />
El letargo tiene sabor amargo.<br />
La &#8220;casa del hornero&#8221; está vacía.<br />
Barby vive en un hospicio de 10 pisos.<br />
Tanto mides. Tanto pesas. Tanto vales.<br />
María soledad vende su hambre.<br />
Mitos y mordazas hacen olas.<br />
Un solo  hombre. Un solo bote.<br />
Solo cabe una. Arriba o abajo.<br />
Una sola: Eva o Lilith. Lilith o Eva.</p>
<p>Hay un adentro afuera.<br />
Un adentro que se desborda en verde.<br />
Un silencio de máscaras mayas.<br />
Una alborada fecundada en la sed y en la lluvia.<br />
Un hechizo de vuelos de caballos.<br />
Un pájaro en la mano de una rama.<br />
Un pulso de saliva y greda.<br />
Pezones tibios. Sangre leche.<br />
Una niña, un niño,  una huella.<br />
Que pronuncia tu nombre y el Nombre de tu nombre.<br />
Un secreto sabor. Un coloquio entre tres.<br />
Un as de bastos, una espada.<br />
Un oro y una copa. Un grial que se derrama.</p>
<p>Traigo amorosas palomas en mis siete mares.<br />
Vuelos. Tenues galopes, entrañables hiedras.<br />
Pero mi madera memoriosa,  no es velamen  de olvido.<br />
Traigo una paloma negra.<br />
Sangrándome en el pecho.<br />
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p>
<p>CUANDO NO TE PERTENEZCA*</p>
<p>Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada.<br />
Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece<br />
lo mismo pero no es igual.<br />
     Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud,<br />
por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya<br />
definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura,<br />
sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz<br />
cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.<br />
     No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel<br />
desgarrada.<br />
     Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por<br />
un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y<br />
las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.<br />
     Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer<br />
de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un<br />
cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es<br />
aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada<br />
de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una<br />
cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para<br />
quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de<br />
felicidad.<br />
     Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que<br />
fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan<br />
levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la<br />
palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a<br />
todos, y a todos los sigo queriendo.<br />
     No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio,<br />
esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro<br />
bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e<br />
inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni<br />
pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una<br />
caricia lejana.<br />
     Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras<br />
cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me<br />
aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta<br />
adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos<br />
perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la<br />
espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.<br />
     Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo<br />
disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar<br />
sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te<br />
negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.</p>
<p>*de Mónica Russomanno. <a href="mailto:russomannomonica@hotmail.com">russomannomonica@hotmail.com</a></p>
<p>LOS GANSOS Y EL RUISEÑOR*</p>
<p>Un ganso que se enriquecía vendiendo plumas, enseñó a sus hijos desde muy<br />
pequeños el mismo oficio, enriquecerse desplumando a los demás.<br />
Una tarde de verano, después de haber comido hasta más no poder, tomaban el<br />
fresco soltando algún que otro graznido insulso sobre los negocios, cuando<br />
oyeron los melodiosos trinos del ruiseñor.<br />
El padre ganso lo llamó al cantor y le dijo que estaba muy deseoso de<br />
proteger el arte y que tenía suficiente fortuna para hacerlo, Le ofreció un<br />
puesto de maestro de música de sus hijos, la remuneración sería generosa y<br />
le daría casa y comida todo el tiempo que el aprendizaje durara.<br />
El ruiseñor no necesitaba mucha casa ni mucha comida, pero, artista<br />
incipiente, era tan pobre que aceptó.<br />
Al día siguiente empezó a querer dar lecciones a los gansos, pero por mucho<br />
que se esforzara nunca pudo conseguir que sus discípulos soltaran otra cosa<br />
que espantosos graznidos de ganso.<br />
El maestro, desanimado, probó un día y otro hasta que se fue a ver al padre<br />
de los gansos y le dijo:<br />
-Mire, señor, usted tendrá las mejores intenciones de fomentar el arte pero<br />
yo renuncio aquí mismo.<br />
-Pero, escúcheme, maestro ruiseñor, por qué va a renunciar? ¿No le conviene?<br />
-No hay caso, señor. Prefiero renunciar antes de perder mi garganta con esos<br />
alumnos. Sus hijos, como usted, han nacido sólo para ganar plata, no trate<br />
de hacer de ellos artistas.</p>
<p>*de Rubén Vedovaldi. <a href="mailto:RubenVedovaldi@netcoop.com.ar">RubenVedovaldi@netcoop.com.ar</a></p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: EDUARDO CASEY.<br />
Colaboraciones a <a href="mailto:inventivasocial@yahoo.com.ar">inventivasocial@yahoo.com.ar</a></p>
<p><a href="http://inventren.blogspot.com/">http://inventren.blogspot.com/</a></p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 3 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg<br />
(107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro<br />
programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor<br />
colombiano Jesús Pinzón Urrea. Las poesías que leeremos pertenecen a Flora<br />
Chavarry (Guatemala) y la música de fondo será de Rubén Carrasco<br />
(Argentina). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar<br />
online en el sitio <a href="http://www.radiofabrik.at/">www.radiofabrik.at</a><br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede<br />
bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia<br />
horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar<br />
<a href="http://24timezones.com/">http://24timezones.com/</a>  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se<br />
repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en<br />
la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
<a href="http://www.euroyage.org/">www.euroyage.org</a></p>
<p>Schießstattstr. 37    A-5020 Salzburg     AUSTRIA<br />
Tel.: 0043 662 825067</p>
<p>InventivaSocial<br />
&#8220;Un invento argentino que se utiliza para escribir&#8221;<br />
Plaza virtual de escritura</p>
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Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p>
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<p>Edición Mensual de Inventiva.<br />
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<p>Respuesta a preguntas frecuentes</p>
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Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p>
<p>Cuales son sus contenidos ?<br />
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y<br />
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<p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p>
<p>Es gratuito publicar ?<br />
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de<br />
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cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de<br />
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		<title>EDICIÓN OCTUBRE 2009</title>
		<link>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/10/13/edicion-octubre-2009/</link>
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		<pubDate>Tue, 13 Oct 2009 18:25:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>*</p>
<p>A veces
de la tinta brotan sólo blancos y negros;</p>
<p>otras
un arcoiris resulta insuficiente
y se combinan
y caen
y germinan&#8230;</p>
<p>*de Ana Lía Gattás.   analia_gattasz@speedy.com.ar</p>
<p>acorazada*</p>
<p> 
            
  palabras
lloro que no digo
me traigo cada vez más
hacia dentro
recuerdos de la lluvia
de agostos del olvido
    he callado con palabras
la tristeza     el dolor
la renuncia a la piel
y a los sentidos
voy de fuera hacia dentro
viajando una semilla
que [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>*</p>
<p>A veces<br />
de la tinta brotan sólo blancos y negros;</p>
<p>otras<br />
un arcoiris resulta insuficiente<br />
y se combinan<br />
y caen<br />
y germinan&#8230;</p>
<p>*de Ana Lía Gattás.   analia_gattasz@speedy.com.ar</p>
<p>acorazada*</p>
<p> <br />
            <br />
  palabras<br />
lloro que no digo<br />
me traigo cada vez más<br />
hacia dentro<br />
recuerdos de la lluvia<br />
de agostos del olvido<br />
    he callado con palabras<br />
la tristeza     el dolor<br />
la renuncia a la piel<br />
y a los sentidos<br />
voy de fuera hacia dentro<br />
viajando una semilla<br />
que cosecho en palabras<br />
de otro oscuro silencio<br />
    lo renuevo en un pacto<br />
que he cerrado conmigo<br />
en secreto y olvido<br />
   desconozco esperanzas<br />
justicia   lucha   brillo<br />
   desentiendo mi sangre<br />
de unos sueños que tuve<br />
en piel  en miedo  en grito<br />
    han caído mis credos<br />
de a poco    sin sentido<br />
                miro desde estar quieta<br />
recuerdo<br />
         que me he visto<br />
correr   pelear   gritar<br />
pasiones de otras voces<br />
que ya callo<br />
        vuelvo inquieta a estar quieta<br />
               hago palabras<br />
lloro que no digo<br />
 <br />
 <br />
                 <br />
*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p> CAMINOS*</p>
<p> <br />
          <br />
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar        </p>
<p> Hasta  donde la vista daba era un cielo cada vez más bajo, cada vez más débil y más desteñido como si Dios se hubiera ido cansando con su brocha pintada de celeste y se hubiera ido mutando en gris pálido o en blanco conforme se alejaba y se hacía todo horizonte hasta que el crepúsculo lo hiciera crepitar en rojos, violetas y amarillos. Era el instante en que aquel monte de coníferas inflamaran sus troncos con esa luz que le iría creciendo desde los pastos.<br />
            Si uno mira ahora desde el confín del pueblo, si está parado en la punta de ese camino sinuoso que la inventiva popular bautizó “Camino del Diablo” porque su fama de luces malas persiste en la memoria de los antiguos pobladores, digo si uno se para allí en el principio de ese camino es como dominar una franja que se expande todo lo que permite la mirada. Los pisaderos de barro para cocer ladrillos que rodean el pueblo con sus veredoncitos de pasto en los costados, allí por donde aquella barrita bullanguera pasaba con sus tramperas para pájaros, desde allí, desde ese lugar podemos dominar todo el movimiento de varios kilómetros a la redonda y admirar aquel vuelo libre, altísimo y sereno que ejercen las cigüeñas y que parecen impolutas sábanas suspendidas en el aire. También ensucian ese celeste claro algunos pocos teros que vuelan, muy bajo, haciendo círculos y observando hacia la tierra arada donde el sol muestra de distintos coloración veteada según la antigüedad del arado en su incursión roturadora.<br />
            El movimiento, como cabe suponer en tan bucólico paisaje, es mínimo.<br />
            Algunos tordos, como pesados carbones cruzan el aire hacia la nada, o vuela una bandada de bandurrias en formación marcial hacia las cañadas, tal vez uno gorriones rápidos, o un casal de tijeretas solitario, o aquel grupo de golondrinas en lo más alto, con evidente signos de haber perdido el rumbo.<br />
            Estamos a media tarde, entonces todo es casi quietud. Al atardecer, un insólito revuelo de aves acuáticas irán a buscar bañados que los juncos esconden.<br />
            Pasarán inmensas bandadas de patos, en formación perfecta, haciendo una ve con el vértice a vanguardia: siriríes crestones, maiceros zambullidores, a dormir entre esos yuyos húmedos. Pero todavía estamos aquí, observando como si fuéramos un Dios hierático y fatal, un Dios pequeño, omnisciente bajo la media tarde de mayo, de un mayo más que cordial.<br />
            Y vemos entonces algo que allá a lo lejos se acerca por el “Camino del Diablo”, mejor dicho viene transitándolo al parecer con toda tranquilidad, y no percibimos si es una persona que viene a pie, en bicicleta o, por la lentitud con que se mueve, está quieta, decidió pasar o descansar o si avanza y lo hace tan lentamente que no se puede percibir si avanza aunque sea unos metros, al menos,  hacia donde estamos parados, observando.<br />
            Giramos el cuerpo hacia el pueblo y vemos que desde la ruta toman por las calles de acceso unos cuantos vehículos que vienen o bien del campo o de las localidades vecinas, ingresan con un estrépito de hierro y una implosión de polvillo, si viene del campo, que al traqueteo sobre el asfalto, se libera y expande hacia los costados, enrareciendo el aire estático.<br />
            Como hemos tardado un tanto el rostro vuelto hacia el pueblo y nos hemos distraído mirando cómo cada vehículo que cruza la ruta y se interna por esa calle de acceso espanta un grupo de palomas sedentarias que picotean el resto de una carga de maíz que se volcó en el costado cubierto de gramilla. Pasado el ruido del vehículo y el susto consiguiente, vuelvan a posarse como si nada hubiese sucedido y reinician su sistemático picoteo, grano a grano,  ingresan por sus picos y pasan en instantes directamente al buche, que engrosa debajo de esas plumas suaves que lo cubren.<br />
            Al volver el rostro hacia el “Camino del Diablo”, ya vemos que el viandante es un solo individuo, camina cabizbajo tal vez, o tal vez lo haga suponer la lejanía, ese moverse  lento, porque algo es seguro; no se le ve el rostro y desde aquí, la ropa más que ver sus colores, uno la imagina.<br />
            Ha transcurrido un largo rato desde que estamos aquí, a falta de algo importante que hacer, mirando. Sólo observar casi sin sacar conclusiones, porque como sabemos, la mente humana tiende a relacionar, deducir, asocian, y aunque uno no se lo proponga (como en este caso concreto). Saca al fin sus conclusiones<br />
            El hombre que seguimos observando caminar, que venimos viendo con una pasión y una curiosidad de entomólogo ha llegado ya cerca de la ruta donde termina el camino, el que una convención antigua y popular –por la razón que fuere- llama desde siempre, el “Camino del Diablo”. Se para allí, duda si seguir la calle donde viene y que cruzando la ruta ingresa al pueblo, o, si dobla hacia derecha o izquierda lleva hacia los pueblos vecinos.<br />
            El hombre ni nos  saluda, simplemente no nos tiene en cuenta, está, como quien dice, en lo suyo. Como lo tenemos bien cerca –apenas nos separa de él la ruta, y el paso raudo de los vehículos que la transitan-podemos observarlo a nuestras anchas. Tiene encima el cansancio y el peso de todos los caminos, y, una rápida consulta entre nosotros, con la mirada solamente, da con la certeza de coincidir que nunca antes lo vimos. Tiene la mirada huidiza, viste con humildad, con cierto decoro y no parece haber hecho algún trabajo manual en su vida. Lleva un bolsito terciado al hombro, y cuando levanta la vista hacia nosotros que lo observamos sin ningún disimulo, mete los dedos en el bolsillo superior de la camisa, saca un atado  de cigarrillos y una cajita de fósforos, enciende uno, aspira  con verdadera fruición el humo que, desaprensivamente, echa al aire chato y casi nulo, parece dudar, al final tuerce hacia el oeste,  hacia donde está el pueblo más cercano. Lo hace por la banquina tal vez porque puede ver los autos que vienen de frente, y así con ese paso cansino se aleja quedamente, como vino y nos deja impávidos, porque no sabemos ni de donde viene ni si tiene algún destino prefijado, o es un triste vagabundo sin objetivo aparente y lleva sobre sí la triste decisión de recoger el polvo de cada uno y todos los caminos.</p>
<p>ARVEJAS DE PRIMAVERA*</p>
<p>     Estoy abriendo las vainas para sacar las arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas, esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin embase ni marca. Venidas de las quintas estas arvejas de la primavera.<br />
     Miro mis dedos transparentándose por detrás de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma el montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro.<br />
     De niña le dije alguna vez a mi madre que para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado.<br />
     No era sólo la textura incomparable, el sabor más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera.<br />
     Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño, que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas, espárragos, alcauciles.<br />
     Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va.<br />
     Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones.<br />
     Los días se regían por la luz, los meses por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién llovido.<br />
     Hizo falta que se perdieran lo ritos y las iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios.<br />
     Frente a la fría asepsia de los refrigeradores de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto.<br />
     Y recupero las manos de mis antepasados, y celebro que hemos vivido un año más.</p>
<p>                                                                         </p>
<p>*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com</p>
<p> </p>
<p>RUTINA*</p>
<p> <br />
El ronroneo de las ruedas<br />
me acuna como mi Ama<br />
cuando noches fantasmales<br />
soplaban con fuerza el sueño.<br />
Un día más, la rutina,<br />
el tren que parte, gente apurada.<br />
Siempre en el mismo asiento<br />
como dueño de mi trono&#8230;<br />
Después dejarse llevar<br />
mirando por la ventana,<br />
volando sobre el paisaje<br />
que se esfuma a bocanadas.<br />
Me quedan trozos de árbol<br />
incrustados en la mirada,<br />
una casa solitaria<br />
o mil casas con fantasmas<br />
vivos aún pero ausentes<br />
ganados por la rutina<br />
que parte al nacer el alba&#8230;</p>
<p>*de Emilse Zorzut.  zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p> </p>
<p>La sala de espera*</p>
<p>   A veces la vida misma se transforma en una sala de espera, pero en ese caso ya sabemos qué estamos esperando y qué habrá de suceder, aunque no sepamos cómo ni cuándo.<br />
   En las salas de espera hay secretarias que no guardan secretos.<br />
   Hay revistas que no merecen ni revisarlas, porque su única posible destilación es la de los microbios de la saliva que cada uno de los enfermos, pacientes o impacientes, añeja en el ángulo inferior derecho de la hoja de dios. La del diablo nadie la mira y se sospecha que no acumula microbios debido a que no posamos nuestro dedo mayor en ella, aunque, es cierto,  pueden llegar a traspasarse los mismos mediante la humedad conducente de haber hojeado la página de dios.<br />
  Hay caras a la espera de ser captadas por alguna incauta con el fin de desenfrenar por fin la lengua, esa lengua lenguaraz que no tiene permitido soltarse en la mesa del almuerzo ni en la tarde de mate con hijos ni marido.<br />
   Hay sonidos de teléfonos celulares que han olvidado la intimidad de las personas y suenan, por ejemplo, cuando uno está sacando el boleto del colectivo, o pagándole al tachero, o en medio del abrazo en la calle con un amigo que hace tiempo que no vemos, o en el momento álgido de la conversación en la que nos estamos animando a contarle a nuestra amiga la parte más conmovedora de la historia que nos llevó a reunirnos esa nochecita.<br />
   Y suenan, y suenan, independientemente de nuestra espera en la sala.<br />
   Hay personas que esperan al odontólogo y huelen a épico, mal que me pese lo delatador de mi edad en este recuerdo. Digamos, en el genérico, a desodorante bucal, como negando los efluvios que irrumpen desde interiores inasequibles.</p>
<p>   Hay gente que espera al alergista disimulando la rascadura de sus escozores histéricos, insomnes y frustrados, hasta que se torna inevitable y en una compostura prefabricada e in disimulable extienden, casi en contorsión, su brazo derecho hasta el omóplato infinito izquierdo y en un vaivén del antebrazo va tornándose esa cara en un muestrario de viñetas animadas que pasan del ardor al placer al goce a la molestia al alivio a la incomodidad al pudor a la simulación pero un poquito más abajo qué placer es justo ahí donde me pica me están mirando todos qué vergüenza qué me importa después de todo para eso vengo estoy enfermo me rasco y que se vayan todos a la concha de su madre.<br />
   La gama de perfumes importados se entremezcla en el aire saturado de fracaso.<br />
   Algunos están ya rancios de no hallar oportunidad que valga la pena el gasto.<br />
   No hay salida al teatro, ni cena a luz tenue de las velas, ni sexo eventual y apasionado sino el reglado por la inevitable compañía de acceder al mismo lecho de la monogamia que nuestro capitalismo supo conseguir, y nosotros defender a costa de la depresión, la rutina y la tristeza.<br />
   Pobre ginecólogo lo que ha de ver y oler.<br />
   Y una los ve. Como ve todo.<br />
   Y también nos miran con esa cara de y a esta qué le pasará.<br />
  Si supieran…<br />
  <br />
   Ir al ginecólogo es, en cada momento particular de la vida, un fotograma de los simbolismos que desplegamos en nuestro itinerario de mujer.<br />
   No hablaré por todas, sólo por mí.</p>
<p>   A mis dieciocho, diecinueve, ni siquiera iba, a excepción de la aparición amenazante de un atraso.<br />
   Yo era una inconsciente y el ginecólogo, el mago.</p>
<p>   Entre mis casi treinta y mis apenas pasados los treinta, las visitas eran las de futura mamá y el ginecólogo era Sócrates.</p>
<p>   Desde la última mayéutica hasta los cuarenta y cinco, recuperé la inconsciencia y el ginecólogo pasó a ser un cartelito de bronce que aparecía en algunos departamentos re coquetos y distantes.</p>
<p>   Ahora, que ni Sócrates me hace parir, atravieso esos portales de blindex y las molduras de madera que simulan el grasa y fracasado buen gusto burgués de nuevo rico, mezclado con aromas desodorantes que me hacen picar la nariz y una música funcional que da ganas de tirarse debajo del tren.<br />
   Ya no puede uno ni suicidarse a piacere.  La pérdida del tren nos arrebató hasta esa mística tan morbosa y tan temida.</p>
<p>   Mientras la secretaria chusmea a viva voce  por teléfono y una esposa le dice por celular a su marido que vaya pelando las papas, si no es mucha molestia, porque el médico va atrasado, y  el otro se rasca ya sin pudor, yo ya estoy allí, formando parte de la miscelánea inefable de un escenario decadente en busca de calidad de vida.<br />
   Entonces me veo. Me miro. Me huelo. Me ausento del entorno en mi viaje introspectivo de la sala de espera.</p>
<p>   Qué fácil, y sin necesidad de alambiques, resultaba en la juventud, hasta tardía ella, recibir una mano cálida entre los muslos o dejarse recorrer con unos labios húmedos y susurrantes en la entrega absoluta de esa frescura vigente y turgente.<br />
   Los tabúes y el pudor eran cosa de otro siglo.<br />
   La risa a carcajadas y el pasearse sin recato de la cama al living, buscando algo de comer en la heladera y poniendo música era el tiempo presente continuo de un pasado pluscuamperfecto y un porvenir imperfecto que es este hoy lleno de cambios en degradé.</p>
<p>   Me pregunté de qué se trataba ese deseo ligado al erotismo. Cómo había sucedido todo aquello en el otro entonces de la carne firme, sin desinencias, sin desgaste, sin cansancio, sin vergüenzas.<br />
   Pensé en las parejas que se aparean desde temprano y van equiparando y cotejando sus arrugas, sus pancitas y sus achaques al unísono de la vida en común, día tras día, despertar tras despertar.<br />
   “El problema de ustedes, me dijo un amigo machista hace poco, es que se empeñan en seguir teniendo orgasmos a esta edad”.<br />
   Qué turro, pensé. Pero ahora, entre esta colección de hilachas que encuentro frente a mí en esta sala, hacen resonancia esas palabras hostiles, provocadoras y mediocres, en expresión hiperrealista.<br />
   ¿Por qué habría un hombre de desear a una mujer que empieza a recorrer el tramo de salida de la autopista, el descenso de su turgencia y el retiro discreto del desparpajo de ese arrebato impúdico de un cuerpo que se sabía fresco, sin remilgos?<br />
   El amor…, ah sí, el amor…<br />
   Pero el amor del otro no sabe nada de los fantasmas que rodean a una mujer que se desnuda y ya no tiene en su haber el perfecto cuerpo incólume que encaja en cualquier prenda de la moda pret à porter, cuando nos preguntábamos cómo le irá ese jean a mi cola y no, como ahora, enhorabuena los elastizados, que ayudan a defender algo de nuestra memoria.<br />
   Y cuando las musculosas tan frescas del verano de Voleibol, ahora dejarían entrever algo alicaídos los bíceps que ostentaba la juventud.<br />
   Y, sobre todo, ese entonces en que la muerte nos quedaba mucho más lejos.<br />
   El esfuerzo y puesta a prueba de gustar desequilibra la mayor parte del tiempo, con la soltura que se requiere para preguntarnos con franqueza si a nosotras nos gusta.<br />
   Pienso mientras pienso que, tal vez, este escrito tenga excesivo contenido de frivolidad y fruslería, pero aseguro que no es fácil para una mujer que se piense a sí misma, intentar ser objeto de tentación, más allá de las reales y contundentes declaraciones de amor, en una era de plástica insolencia sin arrugas ni pancita.<br />
   ¿Por qué habría yo de seguir deseando orgasmos desencadenados por la pasión y el fervor que se encendía en un juego de espejos donde una se sentía tan deseable que era capaz de flagrar el encuentro sin fantasmas ni pudores?<br />
   Cuando el ginecólogo me vio y me dijo, estás bárbara Lú,  ¿qué bicho te picó?, pensé que no podía cargarlo de tanto pensamiento y tanto rollo.<br />
   Caminé una cuadra, activé mi celular y le pedí un turno a mi psicóloga.</p>
<p>   Tal vez ella me ayude a recorrer el camino de ya no ser una pendeja y me invite a un mundo de realidad donde no termine rascándome lo que no me pica ni deseando ser o parecer lo que imagino que otros esperan de mí.<br />
   Tuve ganas de reírme de mí, pero todavía no estaba lista.</p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p>Las nuevas tecnologías*</p>
<p> <br />
Estaba haciendo cortinas y cristales como cada viernes cuando sonó el teléfono<br />
 <br />
- Diga…<br />
- Buenos días, Le llamo de Telefónica para una información.<br />
- Bueno, pero el señor no está en este momento.<br />
- Está bien, pero ¿Tienen ustedes ordenador?<br />
 - Si, un ordenador con procesador AMD Sempron Dual Core 2100.<br />
- ¿Qué memoria tiene?<br />
- 2GB de RAM,  250GB de disco duro, una tarjeta gráfica NVIDIA GeForce 6150 de 831MB dedicada.<br />
- ¿Podría decirme el sistema operativo?<br />
- Es un Windows Vista Home Premium<br />
 <br />
- ¿Cree usted que estarían interesados en una línea ADSL?<br />
- Depende ¿Qué ancho de banda?<br />
- 15 Mbps<br />
- Si, eso está muy bien, pero ¿cuántos megas reales llegan, porque con la caída de la línea…?<br />
- Bueno, reales llegarán la mitad…<br />
- ¿Y accediendo a través de Wi-fi?<br />
- Eso hay que comprobarlo en cada caso.<br />
- Bien, pues ya le comentaré al señor.<br />
 <br />
A la media hora llegó Plumkier a su casa y ella le dijo:<br />
 <br />
- Han llamado de telefónica ofreciendo no se qué.<br />
- ¿Qué cosa?<br />
- No sé señorito, ya sabe usted que una servidora no entiende nada de las nuevas tecnologías&#8230;</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>ELLA ESTABA ROTA.*</p>
<p>                                    </p>
<p>*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com</p>
<p>              Ella estaba rota en realidad y aparentaba que no lo sabía; yo estudiaba en la facultad de filosofía y ella en la de arquitectura. Supe de su estado fragmentario desde el primer día en que la vi andando cabizbaja por uno de los pasillos de la universidad; a partir de tal instante no pude olvidar su rostro cual reflejaba ante mis ojos la ruptura, por que uno suele darse cuenta a quien se la ha caído el alma en la acera y se le ha hecho pedazos, no quedando más que levantarlos  e intentar volver a colocarlos lo más cerca de donde late la esencia que nos permite dormir y despertar al día siguiente; más sin embargo nada suele ser igual.<br />
A la fémina rota le veía muy a menudo y cuando me percaté de tal constancia era por el hecho de verle a diario en la cafetería, ella ahí, siempre acompañada de una taza de café y un cigarrillo cual por lo regular era seguido por otros cuatro más. Siempre despertó en mí bastante curiosidad pero nunca pude acercarme lo suficiente, nunca pude explicarme porqué, la timidez nunca fue una característica mía, más sin embargo había algo que parecía una barrera, sentía que algo estaba roto y ello me detenía. Hay<br />
cosas que uno jamás terminará de comprender, y una de ellas fue el hecho de que no pude contener esa extraña necesidad por verla, aunque fuese a la distancia, las once treinta de la mañana y ella estaba siempre en la misma mesa de la cafetería, dando pausados sorbos a su taza humeante mientras se<br />
acorazaba en una nube de cigarrillos, por mi parte no me importaba faltar a mis clases para estar a esa hora, de la misma manera bebiendo café, abrumado por la distancia, aturdido por las pláticas banales de decenas de personajes que atiborraban aquel espacio de la universidad. A pesar el alboroto constante de las mesas, las sillas, los platos, los ceniceros y demás, parecía en cierto momento, que la vaciedad nos conectaba a ella y a mí. Ella se percataba de mi presencia, al parecer no le incomodaba, tal vez me veía<br />
como a  uno de tantos que estaba ahí sólo para escapar de las aulas. Con el pasar de los días no tuve más que admitir que era ella demasiado atrayente para mí, a pesar de su tristeza, a pesar de su soledad, a pesar de la ruptura que yo podía admirar en su persona; era la mujer que yo había perseguido en mis sueños, era a quien le había dedicado mis escritos antes de conocerla de manera tangible. Por casualidad supe su nombre, Luisa, y el mismo tuvo eco en mi cabeza durante bastante tiempo. Las cosas, sentí, se me estaban saliendo de control, no podía seguir atormentándome sin siquiera estar seguro si para ella yo existía, de tal manera un día planeé esperarla al final de sus clases, la esperé en la calle, me sudaban las manos, fumaba un cigarro e intentaba calmar mi ansiedad dando ligeros golpes con mi zapato izquierdo al suelo. Ella por fin salió, pero justo y había dado unos cuantos pasos cuando un tipo muy blanco, alto y bien parecido la interceptó, Luisa lo abrazó pero él la apartó de sí bruscamente, le dio un tirón del brazo, comenzaron a andar mientras el sujeto le gritaba, ella sólo asentía con la cabeza, creí a lo lejos verle llorar. Esta vez  no tomé el metro para regresar a casa, caminé perdiéndome en la enormidad y soledad de la gran urbe repleta de almas que iban y venían.<br />
No importándome lo ocurrido, al día siguiente estuve a la misma hora en la cafetería, pero la mujer rota nunca llegó. Esa tarde llegué a casa y comencé a sentir que algo se rompía también dentro de mi ser. Un día más, no perdí la fe, mismo lugar, mismo café y mismo cenicero sucio frente a mí; un poco tarde pero entró al fin Luisa a la cafetería, esta vez no se sentó en la misma mesa, buscó otra dándome la espalda, intuí que algo no estaba nada bien; guardé luto por espacio de veinte minutos, me incorporé de mi asiento y con todo ánimo me dirigí hasta su lugar para pedirle un cigarrillo, a lo que ella respondió a penas audible: -¡no tengo!-, dichas palabras no me dolieron, lo que me dañó fue ver su rostro golpeado que fungía enmarcando a resonancia extrema un ojo totalmente morado; se agachó, comprendí que era<br />
ilógico y estúpido preguntar si estaba bien. Salí a paso lento del lugar aquel que a pesar de su algarabía se me antojaba salvajemente silente.<br />
Aquel día volví a regresar andando a casa, el caminar se había vuelto una terapia para mí, mientras caminaba podía conversar conmigo mismo y pensé en tales circunstancias por que Luisa estaba rota, si acaso esa era la razón, maldije al mundo mientras me interrogaba sobre las circunstancias que uno<br />
jamás podrá comprender, mientras,  nunca escuché unos pasos tras de mí que apresuradamente me hacían compañía, volteé para encontrarme con el rostro gris por dentro y moreteado por fuera de la fémina rota. -¿Porqué me sigues siempre?- Me cuestionó, no supe que decir, seguí caminando, ella a mi lado y<br />
junto a nosotros un silencio que traduje como un grito de auxilio por parte de ella. -¿Cómo le permites.?- No pude culminar mi interrogación pues me lo impidió, comenzó a llorar, nos sentamos a las afueras de una muda puerta, los transeúntes simplemente nos vadeaban sin darnos importancia, cada uno de ellos reflejaba tanta indiferencia al seguramente cargar sus propias maletas llenas con sus propios problemas. Luisa no podía parar el llanto, en medio del mismo me dijo que aquello sobre lo que fui testigo aquel día no era nada, me habló sobre José Adrián, su novio o verdugo, no sabía en realidad que era, pero me dijo que lo amaba a pesar de sus gritos, de sus golpes salvajes que comenzaban en su rostro, después en el estómago para doblarla, sofocarla y una vez en el suelo propinarle una tanda de patadas; obviamente no se limitaba a los golpes físicos pues también tenía que soportar los que le propinaba en el alma: sus infidelidades, humillaciones y reproches.<br />
Cuando creyó ella descargar todo lo que tenía que expeler, limpió sus ojos, se puso de pie, me pido disculpas dando media vuelta; por un par de segundos lo dudé, pero sabía que ya no podía callar, prácticamente salté alcanzando su hombro, ella giró, le dije que yo la amaba, quería ayudarla. Ella<br />
contestó que estaba rota, que yo nada podía hacer para unir los pedazos. Se marchó perdiéndose entre la gente, yo permanecí inmóvil hasta que la perdí de vista entre la multitud, el smog y mi rabia.<br />
Esa noche no pude dormir, tenía que hacer algo o terminaría por romperme yo también. Al siguiente día no quise ir a la cafetería, me sentía muy mal, al salir de clases me dirigí firmemente hacia la  puerta de salida, salí corriendo, ahí estaba Luisa y José Adrián, a media banqueta discutiendo, pasé por un lado de él, casi rocé su brazo con el mío, me llené de impotencia, apresuré mi paso, alcancé a escuchar como él subía su tono de voz, continué andando, deseaba alejarme lo más rápido de ahí, mi corazón latía tan fuerte que creí me ensordecería, los ojos se me inundaron de lágrimas, contuve el llanto, avancé tan sólo cinco cuadras cuando me sacó del trance el ulular de una ambulancia cual me encontró  en sentido<br />
contrario a mi andar, me detuve, pensé en Luisa, intuí que algo le había ocurrido, no vacilé, regresé corriendo lo mas rápido que pude, pensaba en ella, sólo en ella, me aproximé a unos metros sobre la entrada de la universidad y pude ver que hasta ahí había parado su curso la ambulancia, había un tumulto, la gente se amotinaba, aun no alcanzaba a ver que ocurría exactamente, me aproximé aun más, por fin vi un taxi sobre la acera, según la gente, había atropellado a una persona quitándole la vida, me acerqué, como pude me abrí paso entre los curiosos, mientras murmuraba el nombre de Luisa llegué al primer plano, un enorme charco de sangre relucía y marcaba una trayectoria que culminaba en la rejilla de una alcantarilla, el cadáver yacía expuesto boca arriba, y yo no podía dar crédito a lo que veía: era yo, ahí silente, tendido sobre el asfalto sin vida, a final de cuentas estaba roto como algún día lo predije; Luisa estaba junto al taxi y lloraba admirando mis restos, José Adrián dio un fuerte jalón  a su cabello, y preguntó: -¿lo conoces?-. Ella simplemente lo negó, y a empujones él la retiro del lugar.<br />
Me subieron a una camilla, yo ya no sentía absolutamente nada, mi sangre continuaba fugándose por la alcantarilla, mi alma le acompañó, sólo comprendí por último que ella, solamente ella, fue quien decidió romperse para el resto de su vida.<br />
 </p>
<p>Cómo Colocar sus Cortinas*</p>
<p>¡Qué agua tan amable!<br />
Que las rocas las convierte en peces,<br />
Y los peces se hacen de agua<br />
Para evaporarse y condensarse en el cielo.</p>
<p>La lluvia cae con ojitos de pez brillantes<br />
Y corren los ríos,<br />
Se llenan los lagos y lagunas<br />
Con tanta roca convertida en pez<br />
Que todo se llena de agua.</p>
<p>Saltan con ira cuando se les atrapa<br />
En alguna presa o estanque,<br />
Vuelan con júbilo<br />
Cuando se lanzan por las montañas<br />
Y, hoy en día,<br />
Se les encuentra embotellados<br />
En los aparadores de las tiendas.</p>
<p>¡Qué agua tan amable!<br />
Que en otros tiempos se dedicaba a convertir<br />
A las astillas de roca, en las primeras células.<br />
Hizo lo propio con las plantas<br />
Y la receta secreta para convertir<br />
Rocas alargadas en gusanos<br />
Se ha perdido en el tiempo.</p>
<p>Pero lo de hoy<br />
Es convertir rocas en peces;<br />
Y así se hace:<br />
Cuando llueve,<br />
Los edificios del Parlamento<br />
Se mojan,<br />
Las casas de lámina<br />
También lo hacen;<br />
Y la manera de cómo convertir<br />
A los volcanes en algo más que peces<br />
Sigue siendo un enigma constante.</p>
<p>¡Qué agua tan amable!<br />
Que a pesar de todo<br />
Nos sigue mojando,<br />
Que se escapa por las tuberías<br />
Y que es,<br />
A su vez,<br />
Agua y pez.</p>
<p>*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal-hi@gmail.com</p>
<p>LUCIA CARMONA BARRE*</p>
<p>Por el callejón de las tristezas<br />
con una pena antigua enredada en su pelo<br />
en desvelos descalzos, avanza Lucía Carmona.<br />
Entre sus brazos, un niño ausente<br />
y una carga de pichanas frescas<br />
Carga también un mundo de destierros<br />
 </p>
<p>¡Ah! ¿Porqué partir?<br />
Al irse se ha llevado el canto luminoso de la noche.<br />
No se escucha el grito silencioso de la casa. Ha callado sus voces.<br />
Un rocío oscuro y fantasmal languidece la flor de los naranjos.<br />
Hunde su rostro en el manojo fresco<br />
–  el olor es más dulce que la vida –<br />
¿Es el niño, la casa o la amarilla flor de la pichana?<br />
Con ellas barrerá no solo el patio de su casa sino esa congoja que le aprieta el pecho<br />
Barre su casa Lucía Carmona e insomne, va encendiendo<br />
testimonios de estrellas en su noche<br />
Habrá otros niños, otros naranjales<br />
Y al lado de su sombra custodiando<br />
Como lluvia de luz, allí estará la casa.<br />
 </p>
<p>-Lucía Carmona-Poeta riojana-<br />
       Del Libro “La Voz del Cuyun”</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>La señora denfrente*</p>
<p>   La señora denfrente era muy gorda. O ancha, no sé. O el cuerpo le había ido creciendo desparejo por los esfuerzos de agacharse, levantar cosas pesadas, y dormir poco. Saludaba siempre y hablaba mucho y muy fuerte, con una voz aguda muy sudada que le marcaba las líneas del cuello y se sumaba a la obligación de abandonar su italiano precario y sustituirlo por un argentino bonaerense más precario aún.<br />
   Por la noche, tarde, yo volvía de estudiar o de noviar y veía la luz siempre encendida de la cocina.<br />
   Algo me hacía saber que ella estaba despierta y, no, que necesitaba iluminación para dormir.<br />
   No era de esas mujeres que tengan miedo alguno.<br />
   A la mañana temprano, yo tomaba el tren de las seis y diez para ir al trabajo y a la facultad.<br />
    Para ganarle a las doce cuadras que me separaban de la estación, salía de casa apenitas pasadas las cinco y media.<br />
   La luz de la cocina de la señora denfrente ya estaba encendida.<br />
   Alguna vez decidí demorarme sólo para no perderme ese pedazo de vida que todavía quedaba vivo y la escuché: ma, pero vení acá gayinnitta remolona ¿o te tenco que dar de comer alla bocca?<br />
   ¿Vos no te mestarás poniendo tristona, no?, le decía a la rosa de un color que nunca pude saber exactamente cuál era, porque sólo ella lo tenía y nunca más volví a verlo.<br />
   Tomaba la flor desde el cáliz como cuando uno acaricia un hijo desde debajo de las orejas para que sienta todas las cosquillas y el estremecimiento que sube recorriendo toda la belleza y el calor, y le fabrica una sonrisa.<br />
   Desde en frente parecía sentirse el aroma de sus ensaladas y salsas con albahaca y oliva o el dulce de frutas que dedicaba a ese hijo, un poco mayor que yo, que se había encontrado con la epidemia de polio justo en el momento en que su cuerpecito salía a levantar un pie para darle impulso al otro. Y caminar.<br />
   No pudo hasta muy entraditos sus años.<br />
   Pero pudo gracias a una madre, la señora denfrente, que le puso vida a sus huesos, su mielina y su deseo.<br />
   Él, Juan Carlos,  empezó a andar y a animarse, sin miedo, hijo propio de esa mujer.<br />
   A la nochecita, a esa hora de los bichitos de luz y las escondidas, yo la había escuchado: mirá cuanqui, ¡que se no te decá de codderr te  cjuro que ti agarro e ti colgo!<br />
  <br />
   Con mi hermana, que salía a fumar a escondidas convencida de adulterar el olor a pucho con Siete Brujas o Charlie de Revlon, nos reíamos, más cerca de la ternura que de la burla.<br />
   La señora denfrente contaba con todos los elementos que se requieren para que uno pueda burlarse, pero con ella era imposible.<br />
    La primavera emanaba música y colores en esa casa, pero no música envasada sino esa que nace de los acordes de los paraísos y los ciruelos, las gallinas y los pájaros que iban a comer a su patio.<br />
    Colores de la vida misma.<br />
    Del verano salía una sombra fresca que restituía la dignidad de las siestas e invitaba a despertar las madrugadas con olor a frutillas maduras y caca de gallina que se mezclaba con el arte hiperrealista en ese escenario incomparable.<br />
    El invierno de esa esquina inconmensurable rompía la pereza de cuando mami me pedía: ¿vas a buscar un par de huevos a lo de Nélida?<br />
   Yo, que estaba desparramada entre mis fantasías acompasada por Génesis o Pink Floyd, devanándome entre la culpa y el deber, con Los Miserables o Crimen y Castigo, y atizando los leños de la estufa de nonno, salía rauda hacia la casa de la señora denfrente, para empaparme de esa energía que le daba a la vida su verdadero significado.<br />
 <br />
 -Vení que ti mostro ¿viste lo pimpoyyitto nuevo que le salieron al conejitto? Con este frío, è incredibbile. La culecca se me quiere ir, pero yo no la decco, mirála poveretta, mà pero eyya è l’allegría desta casa, no la puedo deccar ir así nomás.<br />
 <br />
  Yo miraba como distraída hacia la mandarina y ella me llenaba una bolsa al instante.<br />
   Alguna vez me he olvidado los huevos y tuve que volver a ir, con timidez y torpeza, porque mi trofeo era volver con ese olor impregnado y esa bolsa que guardaba el enigma de la fuerza de vivir, y no con los mandados mandados.<br />
   Juan Carlos, el cuanqui, era todavía muy tímido pero se acercaba a veces, creo, a disfrutar de mi sonrisa llena de lágrimas que nunca pude aprender a evitar.</p>
<p>  <br />
    Había un marido allí. Un hombre taciturno y abnegado.<br />
    Conformaban una de esas parejas a las que uno no puede atribuirles sensualidad alguna, pero se los veía fuertes en eso de llevar una casa y la familia adelante.<br />
    El señor, el marido de la señora denfrente, le había dicho a mi madre una tarde, siendo yo muy pequeña: Lucy es muy noble, no conozco otra persona así.<br />
    Lucy era yo, en ese entonces, y me llenó de desconcierto esa expresión que no comprendía. Como un día de la fiesta de la primavera que me eligieron reina por unanimidad, y tampoco comprendí qué quería decir.<br />
   Asimilé con los años que la decisión había sido por una nimiedad, algo sin demasiada importancia que era difícil definir.<br />
   Mi autoestima nunca fue mi fuerte.</p>
<p> <br />
  Transcurrieron años.<br />
   Yo me fui de allí, como se van todos los que creen que, para crecer, deben partir, parir, plantar y seguir partiendo.<br />
    Me fui.<br />
    Volví a volver cada vez que algún aniversario, vacación o festividad me acercaba a la cocina de mi madre y a ese mundo pulpo del que había necesitado desprenderme.</p>
<p>    Miré de nuevo el patio de mi madre. Había también allí mucha vida que yo había distraído buscando originales sensaciones.<br />
   Qué cosa esa que la comida siempre parece más rica en la casa de otros… y uno queda, ante los anfitriones, como un subalimentado que se desenfrena por una milanesa como si hiciera meses que no come…</p>
<p>   ¿Será ese el origen de la envidia? ¿O será su consecuencia?<br />
  <br />
    Cuando volví con otros años de sensaciones más encima que adentro, fue urgente buscar el aroma de la casa de la señora denfrente, pero no olía.<br />
No olía a nada.<br />
    Los paraísos y los ciruelos seguían tañendo  un ritmo cadencioso que abrazaba una ausencia inexplicable.<br />
   Mi madre, ocultada detrás de un puñado inefable de prejuicios tuvo que contármelo: La dejó ese pelotudo del marido y está trabajando en una parrilla como cocinera. Viene a la casa solamente un ratito a la siesta.<br />
   Mi pregunta, también pacata y retrógrada: ¿a esta edad? obtuvo la respuesta acorde: y… se le cruzó una porquería de mierda, una atorranta que le está sacando toda la plata… ese viejo verde…<br />
    Aquel que había tenido alguna vez el parámetro para calificar la nobleza se transformaba repentinamente en un pusilánime.<br />
   Mi ánimo perezoso concluyó repentinamente que esa sensualidad inexistente que me había parecido percibir de niña, lo había llevado a ese marido  detrás de unas caderas ardientes y un cuerpo que no estaba deformado de agacharse y hacer fuerza.<br />
   Tal vez tuve flojera de pensar que en realidad los maridos siempre se van con otra y necesité encontrar una mirada aldeana que contrarrestara todas las contradicciones de la monogamia inventada por un sistema.<br />
    O, tal vez, vaya uno a saber qué mierda pasó, la cuestión es que la tristeza y el abandono habían inundado esa inmensa esquina sin gallinas culecas, sin pimpollos acariciados, y repleta de mandarinas caídas a la buena o a la mala de algún dios.<br />
   <br />
   Aún así transcurrido el mal tiempo, y gracias a que la jubilación en esta perversa sistematización de nuestro deseo, llega, no por júbilo sino por vejez y desgaste, el patio volvió a habitar la vida de la señora denfrente.<br />
   Me llamaba, al veme llegar con mi prole, de visita a los nonnos, para regalarme ropita tejida por ella con rezagos que heredaba de sobrantes del mismo perverso sistema. Me narraba las peripecias de una batita o una mañanita que tejía para una especie de asilo al que, también, iba a cocinar solidariamente cuatro veces por semana.<br />
   Las mandarinas y los conejitos resucitaron al compás de las rosas y los capullos de gusano, las gatas peludas y los bichos canasto.<br />
   Todo convivía en ese pequeño atolón que no había sido alcanzado por la perversión a pesar de su tanta presencia.<br />
  <br />
   Me llamó mi madre un día, desde toda la distancia que yo había generado al partir de allí, para contarme que, además de los sudores omnipresentes de la señora denfrente, un color amarillo rancio y un olor penetrante se habían puesto a vivir en su ancho y extenso cuerpo, y la habían internado.<br />
   A la mañana siguiente, ya estaba muriéndose, sin más explicaciones y consuelos que la vida es así.<br />
   Había sido la única amiga de mi madre, esta madre, mujer, que había dejado a sus amigas hacía cincuenta años del otro lado del océano de la guerra y las mezquinas disputas de poder.</p>
<p>   Los hijos de la señora denfrente, miserables, como la mayor parte del género humano, que es el único capaz de alambicar tanta miseria y desidia, debatieron sobre su cadáver fresco, pero nadie recordó regar las flores ni dar de comer a las gallinas y a los pájaros.<br />
   Yo, hace mucho que no ando por allí, pero practico cada mañana el saludo a la vida en su nombre y su recuerdo.</p>
<p>   Ya hay un pájaro que come de mi mano y no me teme.<br />
   Tal vez he aprendido algo.</p>
<p>                                           </p>
<p>* de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com<br />
- 16 de septiembre 2009.<br />
 </p>
<p>INCERTEZA*</p>
<p> </p>
<p>La persuasión avanza. Lentamente.<br />
Hora a día. Día a gota. Gota a hora.<br />
Carga una maleta  pesada como el mundo.<br />
Infecta los octubres con su dardo inmortal.<br />
La angustia crece  en hojas macilentas.<br />
Se elevan y caen como mariposas muertas.<br />
El patio de mi casa es una alfombra negra.<br />
Por dentro tapian las ventanas  lirios de luto.<br />
La congoja  es un vampiro ciego.<br />
En un lago sin agua beben los peces su ceguera.<br />
Una mujer pasa a mi lado con su vela blanca.<br />
Un niño mira un perro.<br />
Un hombre ojo  carga el luto del monte.<br />
Nadie parece verme.<br />
¿Qué hacer?<br />
¿Crucificar al hombre? ¿Matar la bestia?<br />
¿Vaciar las ánforas?<br />
¿Elegir el dulce tormento del amor?<br />
¿El exilio de la lágrima?<br />
¿El sutil beso de la rosa?<br />
¿Acaso  elegir el tormento, el exilio, lo impalpable de la rosa?<br />
¿No es una forma absurda, ciega, cierta, segura  de incerteza?<br />
 <br />
La persuasión avanza y cubre de polvo, el polvo</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>EN LA TIERRA DE LOS  VIENTOS*</p>
<p> <br />
  <br />
Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los  ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir.<br />
   Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme.  Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo  a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor.  Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: &#8220;unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas&#8221;. Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara  &#8220;para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente&#8221;.  Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. &#8220;Los vientos son La Ira&#8221;, dice, &#8220;son La Ira que me reclama&#8221;.<br />
   Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: &#8220;los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían&#8230;&#8221;. &#8220;Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos&#8221;.&#8221;Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo&#8221;. &#8220;Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta&#8221;. &#8220;No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes&#8230;&#8221;. &#8220;Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo, fue como que enloquecieron&#8221;. &#8220;Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos&#8221;. &#8220;Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones&#8221;. &#8220;Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín&#8221;.&#8221;No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo&#8230;&#8221;. &#8220;No fue difícil para ellos dar vuelta todo&#8221;. &#8220;El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos&#8230;&#8221;. &#8220;Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de  Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora&#8221;. &#8220;La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos&#8221;. &#8220;A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos&#8230; pero son La Ira&#8221;.<br />
 <br />
La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo.   Uno se pudre.  De ella y de los vientos.  Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega  y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo.  Yo no creo nada. Pero me canso.<br />
 <br />
Hace mucho calor, como siempre.  Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba&#8230; La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño&#8230; aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos &#8230; y es  que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban,  son como  miles, prendidos en su cuerpo&#8230; ¿cómo es que los vientos no se los llevan volando?<br />
 <br />
 <br />
                       <br />
*de Verónica  M. Capellino. veroaleph@hotmail.com<br />
-En &#8220;Cuentos del Litoral&#8221;- S.A.D.E –Sta. Fe-  y Lux;  1988<br />
y Revista &#8220;Puro Cuento&#8221; Nº 26. Enero-Feb. 1991<br />
 </p>
<p>    </p>
<p>UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR*</p>
<p> <br />
       <br />
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar        </p>
<p> <br />
   <br />
 Lo que nunca sabremos es exactamente en qué momento comienza esta historia, porque como sabemos, los hechos a veces se producen por azar y no entran en los cálculos o no quedan registrados como a conciencia en la cabeza de la gente. Lo que sí sabemos, al día de hoy, es el final, pero mejor no adelantarse, porque para eso existe la cronología, aunque bien sabemos que la literatura tiene otros códigos y puede quedar adscripto a la mirada ya desvalorizadora que se llamó “realista”, y los críticos más duros insisten en llamar “la ilusión del realismo”.<br />
            Esta historia es una historia de amor, pero los más cáusticos, lo que están más cerca del positivismo llaman un “platonismo acorde a los tiempos”, o un “romanticismo rancio que no debe tenerse en cuenta”.<br />
            Cuando esta historia sucedió, -si es que sucedió alguna vez- mi abuelo estaba por cruzar el mar Tenebroso, el Atlántico inmenso en un barco que lo dejó en Buenos Aires, con quince años y sin saber una palabra del espléndido español (que él luego denominaría “la castilla”) con el nombre de un pariente lejano o amigo de su padre o apenas un paisano de la aldea europea desde donde se largó, con el coraje, coraje con que lo impulsaba el hambre, como tantos miles en su situación, o peor, porque eran ya padres de familia.<br />
            Quiero poner entonces la distancia necesaria como para no hacerme enteramente cargo de esta historia, pongamos  provisoriamente “de amor”, ya que las sucesivas veces que yo fui oyendo el relato de los mayores, todos lo hacían –en mayor o menor grado- no exentos de ironía, que podía ser fina o grosera según correspondiera al temperamento de cada uno.<br />
            La historia que relato (que trato de relatar) sucedió en mi pueblo en los fines de la primera década del siglo XX y está protagonizado por un hombre muy bueno, italiano, no recuerdo de qué lugar, y certificar esa marca de origen  se me vuelve difícil porque hoy tendría ciento veinte años, lo cual hace imposible encontrarle algún contemporáneo.<br />
            La primera historia que oí de don Juan Galli –de él se trata- refiere al más contundente romanticismo y lo hace inmigrante, chacarero arrendatario en principio, y luego asociado con sus dos hermanos tan solteros y atravesados en el habla “de Castilla” como el comprar una panadería, que a la postre lo dejará dueño único previo pago de la parte a sus hermanos quienes regresan a la Península para no volver.<br />
            Están los paseos entonces con esa niña cuasi púber o adolescente o demasiado joven y más delgada y pálida que lo acostumbrado, esos largos paseos por el Veredón del Ferrocarril: ella toda de blanco, con capellina del mismo color, breves botitas oscuras y una sombrilla celeste. Él tieso, envarado, de traje impecable, botín con polainas y un leve bombín en la testa de lacio pelo rubión y muy fino, un bastón de caña y los dedos de la mano libre encastrado en los bolsillos del breve chaleco azul. Iría recitándole a Páscoli o D´Annunzio en italiano.<br />
            En la esquina, él descendía, muy caballeresco, le tomaba las manos enguantadas a la señorita delgada y entonces ella saltaba sonriendo y ruborosa, hacia la calle cargada de un fino y fastidioso polvillo.<br />
            Esta leyenda, lo advertí, termina con la muerte de ella, muy joven, hecho que, antes de producirse, provoca la promesa de él de permanecer en soltería perpetua. Se dedicó a las lecturas silenciosas cuando el arduo trabajo de la panadería se lo permitía, y de grande -ya pasados largamente los setenta– emprendió el aprendizaje de la guitarra, no recuerdo si con maestro o provisto de un manual con lecciones, cuando algún vecino (molesto tal vez por sus prácticas con las cuerdas lloronas del amanecer) le inquiriera, indiscreto, por qué siendo tan mayor le daba por la música, él muy jovial y pedagógico, explicó que Sócrates tomó lecciones de flauta hasta su último día.<br />
            Recuerdo todavía, ya adolescente, trabajando en su panadería, alquilada a Alfredo Paggi, oía su guitarra monótona, ya que él ocupaba una de las habitaciones del fondo.<br />
            Era,  un hombre tranquilo, minucioso, hablaba bastante bien el castellano y hacía un esfuerzo por pronunciar bien las palabras aprendidas no sólo en el trato cotidiano sino en los libros que consultaba constantemente y leía en idioma español, amén de los diarios o revistas italianas que se hacía traer.<br />
            Tenía –lo recuerdo –una transparente mirada cariñosa en esos pequeños ojos celestes.<br />
            La otra versión, que puede incluir todas estas  conjeturas y aproximaciones y la salvedad hecha que sólo oí siempre por referencias de terceros esta historia, es que en la relación con esta señorita de quien nadie recuerda su nombre o apellido, no tuvo otra relación que el de clienta, en su tarea cotidiana de vender el pan y las facturas y los bizcochos, casa por casa, con esa alta jardinera que arrastraba un caballo moro que don Juan Galli manejaba con silbidos.<br />
            Y tal vez él le escribiera cartas de amor que no se animaría nunca a hacerle llegar, y que en ese tal vez podríamos conjeturar alguna serenata, con su desafinada guitarra, homenajeándola con un valsecito o un fox-trot melancólico, a ella y a su indiferencia de las persianas cerradas.<br />
            Dicen que ni una vez –ni una sola vez- la señorita se dignó mirar a ese gringo, que se deshacía en galanterías lejanas y que ella consideraba ridículas.<br />
            Y él, tan discreto, jamás habló de ella, o de su desolado amor sin compartir con ella y ese fracaso con ningún ser de este, para él, desolado planeta.<br />
            Y sin embargo, nunca perdió ese modo caballeresco y atento, casi ceremonioso con todos los que lo conocieron, tan buena persona, tan pintoresco.<br />
            A mi me queda la imagen de su jardinera cuando con su silbido distinto detenía el moro frente a mi casa y mi madre salía con la cesta para comprarle el pan del día y él antes de partir con otro silbido, (era el momento más esperado por mis cuatro años ansiosos) introducía la mano en un pequeño canasto y alcanzaba a mi niñez asombrada esa rica jesuita azucarada como auténtica y nunca tan bien preciada yapa.</p>
<p>HABRÍA DE ABRIR*</p>
<p>Habría de abrir<br />
como quien no quiere<br />
como quien detesta</p>
<p>Habría de abrir<br />
con impremeditada delicadeza<br />
lo que no atinaría a repudiar</p>
<p>Habría de abrir<br />
sin abrirse.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>PANDEMONIUM*</p>
<p>La noche<br />
que la muerte<br />
me arrastre<br />
a su agujero infinito<br />
de sarcasmo<br />
yo pondré todo lo mío<br />
en su garganta</p>
<p>Seré el libamen mismo<br />
en una ceremonia solitaria<br />
de pecados e incuria<br />
y de ironía inútil</p>
<p>Vendrá todo el dolor<br />
por mí<br />
y por las dudas<br />
                las que no tuve<br />
                        las que pude dudar especialmente<br />
las que a veces<br />
ni he sabido que dudaba</p>
<p>Me rodearán<br />
manos esquivas de mis íncubos<br />
que no han sabido<br />
ni las dudas que he dudado</p>
<p>Un remolino<br />
desprolijo y negligente<br />
va a sumergirme<br />
en el final desesperado<br />
a bocanadas de ardor y de perdones<br />
en el eco atormentado<br />
de la nada<br />
Y el fuego<br />
equivocado<br />
de todas mis pasiones<br />
arderá en el recuerdo<br />
de mi nombre en el aire</p>
<p>Por fin no escucharé<br />
nunca más el latido<br />
ni el viento ni tu voz<br />
ni las tormentas<br />
ni el llanto disfrazado<br />
                 del que implora<br />
ni el tiempo del reloj<br />
                 en mi cabeza<br />
ni el rezongo tedioso de la histeria<br />
ni los gritos de amor<br />
                 y otros quejidos</p>
<p>Habrá nadie para nadie<br />
                                    como siempre<br />
Nada distinto de la vida distraída</p>
<p>                        </p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p>Los huesos al sol*</p>
<p>El hombre va caminando por aquel terreno pedregoso interminable. Un desierto sin arena, lleno de piedras y matojos que se extiende hasta más allá de donde alcanza la vista. Consulta una especie de plano detenidamente y busca a su alrededor. Está seguro que se encuentra en el lugar correcto.</p>
<p>Se dirige con paso decidido a su derecha donde se alza un pequeño promontorio de rocas, en un lugar algo desplazado de donde indica el plano, y ve el esqueleto recostado entre unas rocas que tienen una extraña forma de sillón sin patas. Le observa con las piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo.</p>
<p>Sin perder un instante empieza a cavar una fosa ignorando el tremendo calor y concentrándose únicamente en su cometido. En cuanto la acaba traslada el esqueleto al agujero y lo cubre con la misma tierra que ha sacado, disimulando cuidadosamente el lugar y su trabajo. Seguidamente se va al promontorio y se tiende entre las rocas, sentado en aquella especie de sillón sin patas, y mentalmente repasa la postura: piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo. Cierra los ojos lentamente y se abandona.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>Una obra de teatro en Saturno*</p>
<p>Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma.<br />
Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga.<br />
Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros.<br />
En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).<br />
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo  de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo.<br />
Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado:<br />
Urbano, amigooo¡¡¡¡<br />
Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos.<br />
-Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo.<br />
Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar.<br />
Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro.<br />
Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas, hoy sábado y el domingo.<br />
Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje.<br />
No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que lleva prendido en su chaqueta que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-.<br />
Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo curiosidad:<br />
 </p>
<p>¿Dolor de cabeza?<br />
 <br />
Venga del aire o del sol<br />
Del vino o de la cerveza.<br />
Cualquier dolor de cabeza<br />
se corta con un geniol.<br />
30 centavos.<br />
 <br />
-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante.<br />
Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo-<br />
Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos.<br />
-¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián.<br />
-Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático.<br />
No nos dejaron ir de la estación hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto.<br />
Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo.<br />
-Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones.<br />
-Es la universidad&#8230;<br />
El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas:<br />
&#8220;Universidad del viento de Saturno&#8221;<br />
y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés.<br />
-UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE<br />
-GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM<br />
-GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.<br />
 <br />
-Que quiere decir?<br />
-No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad.<br />
-Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado unas pocas cuadras.<br />
-Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana&#8230;<br />
Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo.<br />
-Viste al Ingeniero Williams?<br />
-Si, un anciano de una energía y convicción envidiable.<br />
-Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia.<br />
-Me estás jodiendo.<br />
-No, es el mismo.<br />
¿Pero cuantos años tiene?<br />
-El 29 de agosto cumplió 136 años.<br />
-No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años.<br />
-Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador?<br />
-Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años.<br />
-Bueno, en Saturno la gente no envejece.<br />
-Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡<br />
-Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables.<br />
-Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato?<br />
-Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario.<br />
 -Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico.<br />
-Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película.<br />
-Exacto.<br />
-Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad.<br />
-Una versión muy libre de Saverio el cruel.<br />
Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron.<br />
Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las entradas, lo llevan a uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital.<br />
-No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto?<br />
Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto.<br />
-Y de donde es&#8230;? -me pregunta.<br />
-De Lomas de Zamora.<br />
Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo.<br />
Y de memoria recita<br />
 <br />
Miro al passato, a i nostri bei vent’anni,<br />
Quando, venendo a te, l’anima allegra,<br />
Vergine ancor a tanti disinganni,<br />
Per i sogni piú belli popolata,<br />
Cercando un ragazza per un valzer<br />
Trovammo quí la sposa<br />
Madre dei nostri figli insuperata&#8230;<br />
 <br />
(Me dice que olvido al autor, que la poesía era más larga&#8230;)<br />
-Pero usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente.</p>
<p>-No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente quedo afuera e io también. Pedíamos a los gritos a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto para nosotros: &#8220;Cuesta abajo&#8221;, &#8220;El día que me quieras&#8221;, &#8220;Arrabal amargo&#8221; y otras que ya no recuerdo.</p>
<p>Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo.<br />
El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil.<br />
Sólo entiendo y retengo el estribillo:<br />
¡Io sono Pinocchioooo!<br />
 <br />
Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal.<br />
Y es un fiscal que se preocupa por pequeños hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos.<br />
Se para otra paciente e interrumpe:</p>
<p>-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó.<br />
(Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).<br />
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, ella es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo.<br />
-El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada.<br />
la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino.<br />
La obra continua. Estoy en una especie de limbo que no me permite prestarle demasiada atención.</p>
<p>Me parece que esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse.<br />
Por descubrir la trama del engaño.</p>
<p>Ahí comienza a cantar otro anciano:<br />
¡caprichoso garibaldino trulalaaaa!</p>
<p>No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez.<br />
Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano cantor y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:<br />
 <br />
-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. Abrazo  U. Powell.<br />
 <br />
Según el horario que tengo el tren debe llegar en pocos minutos, asi que camino casi corriendo hacia la estación. Me parece escuchar a lo lejos el ruido de la locomotora y su silbato de vapor.<br />
Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento.<br />
Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.</p>
<p>En el andén esta Hércules, el jefe de estación.<br />
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo&#8230; -Me dice,<br />
 y cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés &#8220;Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs&#8221; y luego traduce: &#8220;Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires&#8221;.<br />
 <br />
Dígame Don Hércules, ¿Que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?</p>
<p>¿Eso?<br />
-Si.<br />
-Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.</p>
<p>*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar</p>
<p>Pequeño Larus no ilustrado*</p>
<p>Alero:   lugarcito del techo acogedor de golondrinas.</p>
<p>Bandera: trapo de diversos colores, simulado emblema de patria.</p>
<p>Blasfemia: recurso infame del incapaz.</p>
<p>Bravura: postura que debe imperar ante la vida.</p>
<p>Critica: opinión rechazada por nuestro ego.</p>
<p>Cuerpo: caja de huesos y arterias guardadora de emociones.</p>
<p>Culpa: falta suave si es propia, terrible si es ajena.</p>
<p>Despecho: sentimiento hecho negro pozo al que nunca deseo caer.</p>
<p>Destrucción: acción del hombre contra el bosque propiciando desastre futuro</p>
<p>Dignidad: calidad de vida que dejo como única herencia.</p>
<p>Dolor: sensación en la piel cuando el amor te abrasa.</p>
<p>Esperanza: alimento diario del alma.</p>
<p>Espiga: amarilla calmadora del hambre.</p>
<p>Fatiga: estado que me producen los imbéciles.</p>
<p>Gotas: gemas con interior de rocío.</p>
<p>Humo: combustión de fabricas, ya casi olvidado.</p>
<p>Lejos: medida del espacio del enamorado.</p>
<p>Llanto: efusión salada que sazona las penas.</p>
<p>Lluvia: desagüe de las arcas del cielo.</p>
<p>Mujer: ser fabricado en roca con mezcla de seda y perfume.</p>
<p>Perdón: regalo muy difícil de hacer.</p>
<p>Rumbo: camino escabroso si el espíritu no halla paz.</p>
<p>Sed: hambre de agua.</p>
<p>Sol: alimento insoslayable de la vida.</p>
<p>*de Elsa Hufschmid  elsahuf@hotmail.com</p>
<p>LA FORTALEZA*</p>
<p> <br />
         <br />
 (I)<br />
 </p>
<p>La tierra del viento norte<br />
tiene su fortaleza<br />
una casa-fortín<br />
de toscas almenas,<br />
soldados de yeso,<br />
puente de madera.<br />
Es delirio de artesano<br />
con mala siesta.<br />
Tal como la soñó,<br />
junto a la puerta verdadera<br />
una falsa puerta de argamasa<br />
abría goznes a utopías niñas<br />
que salían a rodar<br />
en bicicleta.<br />
Se derrumba, también, la Fortaleza<br />
de tanta mala siesta.<br />
Pero la puerta<br />
espera.</p>
<p>           <br />
                        </p>
<p>(II)<br />
                                           <br />
    <br />
   La estatua, dura como ninguna, apoyada en su lanza, atisbaba el microcosmos de la calle reverberante, polvorienta, un enigma seco que se estiraba hasta el horizonte candente de la siesta. El sol se ensañaba ahora con su cuerpo de piedra, lo horadaba con zarpazos de fuego. Hervía ahora en una calentura llena de vapores que formaban casi un aura en sus contornos “¡Y pensar que mi piel nunca conoció ese otro fuego, el del amor!”. Le dolía la cabeza pero no podía bajar la guardia, debía vigilar, desde el techo de la vieja casa, junto a los cañones también de piedra, debía vigilar.<br />
   La casa dormía su lenta siesta veraniega con despreocupada mansedumbre, aceptaba su aspecto tosco y sensual, como de hembra que muestra su humanidad maciza en un desnudo ingenuamente lujurioso. ¡Así fue siempre ella!, dos puertas al frente: una, verdadera, otra, falsa, pero para alcanzarlas, el portoncito de madera, y el arco con los pájaros de piedra que ocupaban eternamente su territorio mirados con intriga por los pájaros auténticos “Ah, pobres aves condenadas a no volar jamás!”; enseguida, el puentecito, el pequeño arroyo artificial, abajo, y los patos detenidos en su sueño de argamasa, peleando con el enano de jardín que estaba un poco más lejos, a quien siempre molestaron sus graznidos sordos, nostalgiosos de vida verdadera, hartos de no ser escuchados más que por otras estatuas, ávidos de respuesta en su antiguo soliloquio… Cada tanto el enano olvidaba sus empozados rencores para cuchichear con ellos y con los pájaros del portón, las claves secretas de una revolución libertadora, pero el hombre del techo no se descuidaba nunca,  y las intrigas se destejían antes de un primer ensayo. Jamás dormía, ni siquiera reparaba en el avance de la carcoma, el despojo en el que se convertía con el paso de las estaciones. La única molestia era el sol de las siestas veraniegas, pero lo soportaba estoicamente, que para eso era un soldado. Vigilaría la puerta falsa hasta el fin de los tiempos, la vigilaría aún cuando de él no quedara más que una masa informe de piedra erosionada, y entonces, ya no quedarían, seguro, ni los pájaros, ni los malditos patos, ni el revolucionario enano tozudo, ya no habría peligro de que alguien transpusiera la puerta.<br />
   Mientras tanto, para los cautivos eran un consuelo las visitas de los niños del pueblo. La casa los excitaba, tan diferente a las de ellos, a todas las casas que habían visto. ¡Hasta tenía un nombre: “La Fortaleza”! Su misterio les erizaba la piel; intentaban abrir la puerta falsa con la seguridad que sólo un niño puede tener, de que  detrás había algo más que pared. “¡Ábrete, sésamo!”-jugaban, y simulaban conversar con las estatuas,  las acariciaban bajo la mirada del hombre del techo que, descubrieron, los seguía hacia todos los ángulos, “Qué raro, ¿no?”.<br />
   Quizá alguna de esas veces, desde sus alturas, él sintió la soledad amarga de su destino de verdugo. Pero ahora no había niños, ni siquiera un perro vagabundo, todo era calor en esa siesta demoledora, la más ardiente que recordara desde que estaba ahí, vigía celoso de la puerta prohibida. La cabeza le dolía más y más, se sentía débil. Entrecerró los párpados y se dejó  llevar por el sopor que lo viajaba por dentro… Se fue al garete hasta la infancia que nunca tuvo y se soñó una madre, un vientre redondo y rumoroso, un cordón de vientrenauta, un rosado pezón tibio… una…<br />
 <br />
   Cuando despertó la vio sentada en el puente con la mirada perdida en los patos pero con un cuerpo contundente, todo determinación. Y supo que era la elegida. Un calor diferente lo consumió. Venía desde adentro, emergía pintando con nuevos colores a su piel  de estatua.<br />
   Todo fue el torbellino de un instante: ella que se supo observada, que se levantó sin prisa pero con firmeza, ella que fue hacia la puerta,  los pájaros de piedra que batieron las alas, luego los patos graznando con cadencias nuevas, el enano  loco y él, él mismo, el soldado herido, herido de amor, que la seguían, que transponían con ella la puerta falsa en busca de la otredad, de un cielo tal vez vacío, del otro lado de las cosas.<br />
 <br />
                                                     </p>
<p>*de Verónica  M. Capellino. veroaleph@hotmail.com</p>
<p>-&#8221;La Fortaleza&#8221;, poema y cuento, en: “Así SEA”- Antología de poesía y cuentos. Edit. Lux y U.N.L-Fundación  pre-textos. 1997<br />
 </p>
<p>MANCHAS Y ARRUGAS*<br />
 <br />
                    </p>
<p>Las manos unidas<br />
                    <br />
sin culpa ninguna.<br />
                   <br />
 Una luz fugáz<br />
                   <br />
 casi imperceptible<br />
                   <br />
 entre tanta bruma.<br />
                   </p>
<p> Charla,café,un poema,<br />
                   <br />
 una buena música.<br />
                   <br />
 Se encontraron tarde<br />
                  <br />
  que es mejor que nunca.<br />
 <br />
                   <br />
 Hablan de sus vidas<br />
                   <br />
 y sin darse cuenta,<br />
                  <br />
  se estrechan las manos<br />
                   <br />
 que pintó don tiempo<br />
                   <br />
 con manchas y arrugas.<br />
 <br />
                   <br />
 Caminan sonrientes<br />
                   <br />
 libres de premura.<br />
                   <br />
 El compra claveles<br />
                    <br />
y se los ofrece<br />
                    <br />
junto a su ternura.<br />
                    <br />
Se encontraron tarde&#8230;<br />
                     que es mejor que nunca.</p>
<p>*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com</p>
<p>DESCANSO*</p>
<p>“Nada se compara a esa leyenda de semillas<br />
que deja tu presencia”</p>
<p>VICENTE HUIDOBRO<br />
 </p>
<p>Cansa el viento zonda, amor,<br />
Tu ausencia mucho más.<br />
Languidece la luna desteñida,<br />
Jazmín del aire, en aire marchitado.<br />
Tenuemente ilumina<br />
El relincho cansado del caballo.<br />
 </p>
<p>Cansa la sequía, amor,<br />
Tu ausencia mucho más.<br />
Magullados los cardos,<br />
Siguen las huellas vacilantes<br />
De los perros flacos.<br />
 </p>
<p>Cansa la vigilia del carancho,<br />
Tu ausencia mucho más.<br />
Las penumbras vacilantes de la noche<br />
Huyen, tras un lagarto azul.<br />
Mi corazón muere de sed.<br />
 </p>
<p>Cansa la soledad, amor.<br />
Despojados, la rosa y el espejo<br />
De presencias errantes,<br />
Buscan la plenitud del aire.<br />
Las semillas.<br />
Del agua, del fuego y de la tierra.<br />
 </p>
<p>Cansa el olvido, amor<br />
Tu ausencia, mucho más.<br />
El caldén, tan callado,<br />
Con destino de poste,<br />
Con sus vainas preñadas de agorera savia.<br />
Camina lentamente sumándose<br />
A mis pasos.<br />
Enciende la lámpara y la luna.<br />
Trayéndome el descanso<br />
Profundo de tus ojos.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>Viento de fuego*</p>
<p>Me hieren el frío y la indiferencia<br />
en esta noche clara.<br />
Los latidos de un hijo<br />
asoman del vientre de una madre anónima<br />
que revuelve la basura<br />
en busca de alguna esperanza.<br />
Camino por la lengua del destino<br />
cerrándole los ojos<br />
a cada luna que muere.</p>
<p>*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com</p>
<p>&#8220;Al borde de la Palabra&#8221; www.arinfo.com.ar<br />
-Los martes de 18 a 19 hs. Liliana Varela / Patricia Ortiz<br />
http://albordedelapalabra.blogspot.com</p>
<p>Italia*</p>
<p>                                                                     <br />
 a mis viejos</p>
<p>nadie supo ser más libre<br />
entre sus miedos<br />
ni el ignorante y solitario miedo<br />
a no sé qué<br />
pudo anegar la marca de ser libre<br />
ni todos los destierros<br />
ni la ausencia<br />
ni la muerte inminente<br />
y la miseria<br />
ni el noble sacrificio depredador de tiempo<br />
a la espera de un después inalcanzable</p>
<p>vi escurrir cada sueño<br />
entre sus manos<br />
deshacerse en el instante mismo<br />
del ya estaba listo<br />
los vi esperar    callar     desesperar<br />
pude verlos bordeando los ocasos<br />
en cada corte repentino de la escala<br />
así los vi vivir desde su tierra errante<br />
sellando paso firme en el vacío<br />
quedándose vacíos a cada rato<br />
fabricando otro sueño<br />
a cada sueño roto<br />
esperando en silencio<br />
el famoso tributo a cada esfuerzo<br />
la vuelta de la vida que te paga<br />
la redención de todos los pecados</p>
<p>vi iluminar sus rostros<br />
en el momento mismo de cada alumbramiento<br />
disolviéndome en abrazos más seguros<br />
que el sol que me gobierna<br />
yo deshice su dios y sus esquemas<br />
yo desandé sus sueños y sus mitos<br />
para crecer mis alas<br />
y empezar de nuevo<br />
me enojé con su amor y sus misterios<br />
les negué más placeres que fracasos<br />
y ellos lo saben<br />
porque saben del miedo<br />
y ahí siguen impasibles   secos   quietos<br />
esperando un regocijo de alto vuelo<br />
el júbilo y la risa a carcajadas<br />
que todavía llevo<br />
embutida en mis huecos                            </p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com<br />
 -abril del 1998.</p>
<p>LA GLORIOSA DE BOEDO*</p>
<p> <br />
Mis ojos no aceptaban otro rostro.<br />
El escenario elevaba su estampa hasta la línea de la luna.<br />
Su magnificencia danzaba entre batucada sanguínea y trajes de brillo dispar.<br />
Su voz se incorporaba a mi piel apunando emociones.<br />
Y la escuchaba cantar&#8230; y la descubría bailar.<br />
La adivinaba cerca y estaba tan lejos.<br />
Contemplarla pronosticaba garúa en mis retinas.<br />
Y en mi adentro se establecía el carnaval de su guapeza, su hermosura, su esplendor&#8230;<br />
Como olvidar los modales de sus ojos, la silueta de su cabellera,<br />
el perfil de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tono de sus movimientos.<br />
Que ganas de abrazarla hasta lo inagotable.<br />
Que ganas de ofrendarle mi amor todas las mañanas en el altar de sabanas y bostezo.<br />
Que ganas de extender mi mano y obtener la seda de sus dedos.<br />
El carnaval dijo hasta pronto. Las comparsas iniciaron el exilio.<br />
Los estandartes, las fantasías, la percusión, dejan en el cielo su mueca.<br />
Las desinhibidas coreografías, los pasos discontinuos y las caminatas desalineadas<br />
mudan su algarabía a otros suburbios.</p>
<p>Mi mirada quedo absorta enfocando el escenario, buscando su luminosidad,<br />
su semblante único, sus rasgos incomparables, su rostro inmejorable.</p>
<p>Y allí permanezco, en la esquina indicada, esperando el colectivo de la alegría,<br />
ese que ella conduce cada Febrero haciendolo rodar por Boedo y mis recuerdos&#8230;.</p>
<p>*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com</p>
<p>LA ESPERANZA*<br />
 </p>
<p>Era un refugio la esperanza.<br />
Que el sol reverenciara la mañana,<br />
que alguien me diera su sonrisa,<br />
que entendiera el trino de los pájaros,<br />
que flotara en la nube, que brincara<br />
sobre buenos deseos y promesas.<br />
 </p>
<p>El refugio era la esperanza…<br />
Pero un pájaro murió sin dar su trino<br />
y el sol enlutó su sentimiento;<br />
por eso amaneció un poco tarde.<br />
No hubo ni promesas ni reencuentros…<br />
¡Qué desnuda quedé ante la vida<br />
cuando enterré en el jardín mis esperanzas!<br />
 </p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p> </p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: CASBAS.<br />
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar<br />
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<p>*<br />
LA JIRIBILLA.<br />
-Revista de cultura cubana.-<br />
http://www.lajiribilla.cu/</p>
<p>*<br />
Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com<br />
Schießstattstr. 37    A-5020 Salzburg    AUSTRIA<br />
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		<item>
		<title>ESTACIÓN SAN FERMÍN</title>
		<link>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/10/11/estacion-san-fermin/</link>
		<comments>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/10/11/estacion-san-fermin/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 11 Oct 2009 12:39:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losescritosdeurbano.blog.com/?p=4644378</guid>
		<description><![CDATA[<p>INVENTREN&#8230;</p>
<p> NUDOS*</p>
<p>Raro letargo amor, raro letargo.
Remotas lejanías desnudas, llaman desde la piel dormida.
Amordazan, anudan.
Loco acróbata loco, mi corazón,
Intenta desasir lo imposible.
 </p>
<p>Los nudos. Allí están.  Acechantes.  Alertas.
Rama de mimbre, cadena, cordón umbilical.
La piel oscura de mi padre
y la penumbra- intacta- de mi madre.
Lágrimas de piedra, bebe sediento el clavel del aire.
 </p>
<p>Raro letargo amor, raro letargo.
El agua al [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>INVENTREN&#8230;</p>
<p> NUDOS*</p>
<p>Raro letargo amor, raro letargo.<br />
Remotas lejanías desnudas, llaman desde la piel dormida.<br />
Amordazan, anudan.<br />
Loco acróbata loco, mi corazón,<br />
Intenta desasir lo imposible.<br />
 </p>
<p>Los nudos. Allí están.  Acechantes.  Alertas.<br />
Rama de mimbre, cadena, cordón umbilical.<br />
La piel oscura de mi padre<br />
y la penumbra- intacta- de mi madre.<br />
Lágrimas de piedra, bebe sediento el clavel del aire.<br />
 </p>
<p>Raro letargo amor, raro letargo.<br />
El agua al alcance de la mano,<br />
El árbol genuflexo, con los brazos cruzados.<br />
A su sombra, descansa, rendida, la muñeca de trapo.<br />
Cabalga la distancia, en sus trenzas de humo<br />
En sus piernitas flacas, gime, anudada<br />
Una pena de nácar.<br />
 </p>
<p>Raro letargo amor, raro letargo.<br />
Nudos de nácar,  nudos, desnudos.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>A cada tano le llega su San Fermín*</p>
<p>   Mi madre y mi padre nacieron en Europa y se casaron en siete de julio, pero no en Pamplona.<br />
   El arroz se dispersó entre sus cabellos jóvenes y su risa vital en un pequeño pueblo de la zona sur del Gran Buenos Aires, cuando todavía el tren hacía vibrar las juntas de brea y el adoquinado y, al traqueteo de sus desniveles ladeaban hasta la adrenalina los carros del lechero.<br />
    Y el pan llegaba a la mañana con el olor de la levadura caliente servido por el semblante trasnochado del propio panadero que lo había amasado.<br />
   A la fecha no he podido descubrir por qué Gran ni por qué Buenos, y menos, Aires, pero serán de las tantas preguntas que acompasan mi desconcierto frente a la dinámica y la taxonomía de la realidad.<br />
   El cuerpo menudo de mi madre, que sostenía un rostro bello como pocas veces he visto, se envolvía de pañuelos para contrarrestar la intemperie de ese paraje hostil de mediados de siglo que reemplazaba los paseos en la pradera con sus amigas, por el acarreo de baldes y la huida ante la furia y la amenaza del gallo en celo en los fondos de aquella construcción incipiente, poblada de proyectos más que de paredes.<br />
   La gallardía de mi padre, recién llegado de su intermezzo entre la Italia del Adriático y ese mismo paraje desavenido, intermezzo recalado en un Sao Paulo con olor al mar de este sur, café intenso y garotas; pues, esa gallardía iba tornasolándose en un degradé lento, en el overol de la fábrica de plásticos y los kilómetros de bicicleta en espiral para abarcar en su totalidad los turnos alternados de esa misma fábrica.</p>
<p>   Pero, eso sí, el día de reyes había regalos para todos los hijos de los operarios, y allá íbamos a recibir la bienaventuranza de un capitalismo laxante que se cobró la vida en vida de toda la vida.<br />
   El augurio de alimento y trabajo que vaticinaba aquel arroz del siete de julio de San Fermín no había fallado, era innegable, indiscutible.<br />
   Quién tiene el coraje y las agallas de ponerse a discutir con un tano y con una tana acerca de la importancia de tener un trabajo digno.<br />
   Discusión fútil.</p>
<p>    Pasó mucho tiempo desde ese entonces, claro.<br />
    Pasó el medio siglo que casi llevo viviendo.</p>
<p>    Y la vida me condujo inocentemente, tal vez, si es que hay algo inocente en cada paso que impulsamos, a este otro paraje de los confines de otros Inmensos Malos Aires, ya no sé darme cuenta si peores o no tanto.</p>
<p>   Un lugar donde todo está por hacerse pero no veo a nadie haciendo.<br />
   Un tiempo en el que habría que deshacer pero no encuentro a nadie que tenga algo hecho.<br />
   Un mundo de quehacer que no sabe qué hacer.</p>
<p>   Me distraje un momento con un gorrión chozno de Sarmiento, o eso dicen, alimentándose en el compost de mi huerta y bebiendo las escasas acumulaciones de la lluvia mínima en esta tierra yerma de sueños y de ímpetu.</p>
<p>   Vi dos chiquilines bamboleándose en un subibaja inventado con un poste, esperando seguramente por otro destino, el poste, digo, no sé los niños, debajo de la llovizna de la mañana casi helada de este oeste.</p>
<p>   Casi con un grosero pensamiento me pregunté si no sería todo más sencillo, si aquel San Fermín del ’56, mis padres se hubiesen dejado correr por un toro en Pamplona.     <br />
    </p>
<p>                                        <br />
*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com<br />
–Septiembre casi fines del 2009.-</p>
<p>ESTACIÓN SAN FERMÍN</p>
<p>*</p>
<p>Ellos cada tanto huyen a una vida anónima.<br />
Viajan en trenes comunes, con ropa sencilla y anteojos oscuros.<br />
Ella oculta pudorosamente sus múltiples tatuajes.<br />
Ahora cumplen el deseo de viajar en un tren de época recientemente reciclado.<br />
Viajan en un tren tirado por una locomotora Garrat -fabricada originalmente por Beyer Peacock-  que tiene 116 toneladas. La más pesada de la dotación original del Midland.<br />
 <br />
 El tren corta la llanura pampeana rumbo a Carhue. A los dos les gusta hacer el amor en ese camarote estrecho que los obliga a dormir acurrucados. En ese tren cuyo traqueteo se convierte por momentos en un suave vaivén de barco.<br />
Van al pequeño pueblo de San Fermín.<br />
Donde se anuncia una corrida de toros, sin toro.<br />
Muchachos y muchachas vestidos con sus ropas blancas correrán por las vías.<br />
El toro será un gigante negro y humeante que ha sido caracterizado a partir de una locomotora North British recientemente puesta a nuevo.<br />
En una de las fotos que les enviaron puede verse al toro que tiene una boca gigante de utilería que raspa los durmientes de madera y debe devorar a varios de los corredores en los casi 1000 metros que dura la carrera.<br />
 <br />
 <br />
 El tren llega a San Fermín envuelto en sus nubes de humo y atravesando una densa niebla.<br />
Bajan. Ven partir presurosos a los recién llegados que son recibidos por parientes o amigos. A los solitarios que corren a ponerse en la fila de espera para tomar alguno de los pocos taxis disponibles en ese pequeño pueblo.<br />
 <br />
No tienen apuro. Caminan el andén. Se acercan a observar de cerca a una locomotora que no quiere partir. Ni hundirse en la densa niebla que no deja ver mucha más allá del final de la estación.<br />
Es un amanecer. Ese es el primer tren del día que llega antes de que los rayos del sol se impongan a la niebla.<br />
El tren se va. Los envuelve la soledad.  Son una pareja de turistas que no tiene demasiado interés en salir de ese espacio mágico del andén de un pueblo perdido en la llanura.<br />
Del tren queda apenas un sonido que se aleja irremediable.<br />
 <br />
Ellos siguen allí viendo las fotos que revisten las paredes del andén. Un pueblo viejo que se extinguió y volvió a refundarse con la vuelta del tren.<br />
Están las fotos de las celebraciones previas del San Fermín hechas allí.<br />
Caminan de la mano. Mano derecha de él a mano izquierda de ella.<br />
Están, como cuando están juntos y paseando, bastante ajenos al mundo.</p>
<p>Hasta que la tensión en el brazo de ella los puso en guardia. Son esos peligros inminentes que se perciben en la piel antes que en la conciencia.<br />
Esa voz les hablaba en inglés norteamericano.<br />
La voz era de una gitana que se acercaba.</p>
<p>-Hola Brad Pitt.<br />
-Hola Angelina Jolie.</p>
<p>Ahora ambos se sobresaltaron por igual.</p>
<p>-Quiero que se cuiden, hay mucha envidia alrededor de ustedes.<br />
-hay gente mala que asedia la dicha.</p>
<p>Angelina giro bruscamente y le dio la espalda por completo a esa voz a la que no quería unir con el cuerpo que se acercaba.<br />
Brad se quedo enfrentando con su mirada fija en los ojos de la gitana.<br />
Su presencia era la actualización de una antigua pregunta: ¿Hasta que punto lo real esta construido por los malos sueños? ¿Cual es el día en que las pesadillas alcanzan a lo real presente?<br />
Fueron instantes. Apenas instantes.<br />
 <br />
La gitana siguió hablándole a ella, como si él fuese apenas una sombra.<br />
 <br />
-No te vayas. No te escapes.<br />
-Que no te voy a violar.<br />
 <br />
Angelina volvió a estremecerse.<br />
 <br />
-A vos ya te violaron hace rato… -Remató la gitana.</p>
<p>Porque no te cortas la lengua. -Grito Brad con furia, mientras vio la imagen de la espada de Aquiles en el aire. Su espada que buscaba la cabeza de la gitana.<br />
Lo inundo el deseo de verla decapitada. De llevarse esa cabeza. Que jamás sería la de un santo como Fermín de Amiens.<br />
Pero la gitana eludió el corte y salió corriendo hacia el umbral de la estación.<br />
Después, se desvaneció en la niebla.</p>
<p>Ellos se miraron, por un momento se desconocieron. Descubrieron que fácil es ser desconocidos desde siempre y empezar a darse cuenta a un solo golpe del destino.</p>
<p>El no quiso decirle que ella habita en sus sueños desde niño, pero que la ha visto una y otra vez  -Hasta ese día a prudencial distancia- en distintos lugares del mundo.<br />
 <br />
Angelina sintió el corte en su propia memoria de piel.<br />
Se preguntó si aquel suceso tan encapsulado en olvidos, había ocurrido un séptimo día del séptimo mes.<br />
 <br />
De la gitana misma quedaron dudas.</p>
<p>Hasta que vieron ese goteo de sangre, que se espaciaba y desaparecía al atravesar el umbral de la estación.<br />
 <br />
 <br />
 *de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar</p>
<p>Rumbo a San Fermín*</p>
<p>Diez de la mañana sobre la pampa húmeda. El primer sol primaveral reverdece en las copas de los árboles, el trino de los pájaros adormece la visión del caminante, y la llanura es cortada por la mitad por una tenue línea irregular. Son los restos del antiguo ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, desmantelado desde hace décadas, descomponiéndose en medio del paisaje como el atroz cadáver de un pordiosero sin nombre.</p>
<p>         De pronto, sobre la monotonía del horizonte comienza a distinguirse una silueta que se acerca, sin prisa pero sin pausa. Al comienzo se asemeja a una aparición espectral, difusa, intangible. Pero a poco de avanzar, se concretiza, sólida, oscura, con una vaga oscilación que recuerda al rítmico sube y baja de los pistones de un motor de combustión. Sobre aquel paisaje desolado se materializa una zorra ferroviaria manual, impulsada por un par de siluetas, esforzadas y persistentes.</p>
<p>         Poco a poco van delineándose las figuras: son un par de hombres, vestidos con deslucidos mamelucos grises, moviéndose con una monotonía tan decidida como sudorosa. De espaldas a la vía, con la vista fija en el ayer, Eduardo Coiro –alias “Educoiro”- mueve la palanca arriba y abajo, con un brillo alucinado en la mirada y un peso inimaginable sobre ambos brazos, ya casi acalambrados. De cara al futuro, dejando atrás un pasado que ya no volverá, Alberto Di Matteo –alias “Aldima”- reproduce el movimiento alternado de su compañero, resoplando mientras hombros y espalda se le contracturan, y deja vagar la imaginación como una sutil manera de que el impulso cobre mayor fuerza.</p>
<p>         -¡Vamos, Di Matteo, no me afloje! -, exclama Coiro. -¡Hay que volver a fundar estos ramales ferroviarios, olvidados por la desidia de los prostitutos de siempre!</p>
<p>         -No sé cómo vamos a llegar hasta el final -, replica Di Matteo, con un quejoso murmullo y la vista fija en la palanca. -¿Quién más va a sumarse en esta patriada?</p>
<p>         -¡Eso no importa, compañero! ¡Hay que trazar un camino, crear con sentimiento, desplegar el sueño y la fantasía sobre este bendito país!-. Y de pronto, suelta la mano derecha, eleva la vista al cielo, y apunta hacia arriba con el dedo índice, cual si pontificara sobre una tribuna política: -¡Hagamos el esfuerzo, carajo! ¡Claro que vale la pena! ¡Nos cansaremos de triunfar!</p>
<p>         Di Matteo también suelta su mano derecha, pero para tomar un marcador que lleva sobre el bolsillo superior izquierdo, y con él comenzar a garabatear las inspiradas frases de su amigo sobre la manga izquierda de su mameluco, que luego transcribirá oportunamente, elaborando inspirados textos que los movilicen a soñar a ambos –y a sus lectores- con estar dando los primeros pasos para el lanzamiento de una revolución cultural que rescate aquellas antiguas glorias de un país que quizá ya no exista, pero que bien vale la pena homenajear. Resopla agotado, guarda el marcador en el bolsillo, y continúa impulsando la zorra hacia delante, inclinando la cabeza.</p>
<p>Sólo entonces descubre el singular detalle, incrédulo por no haber reparado en ello antes. Lo que se extiende a espaldas de Coiro, en esa porción de llanura que aún no han recorrido pero que se les avecina a gran velocidad, son las carcomidas ruinas de lo que otrora fuese una vía: fragmentos de rieles oxidados, tacos de durmientes comidos por las termitas, pajonales por doquier… ¿Cómo es posible que se lancen hacia semejante incertidumbre, sin sucumbir en el intento? Sin embargo, al hundir la cabeza entre los hombros y espiar a través de sus piernas flexionadas, advierte que debajo del paso de la zorra, por detrás del impulso que van desgranando sobre la pampa húmeda, los rieles brillan con una intensidad inusual, como si los hubiesen acabado de fijar al suelo, aunque relucientes por el uso continuo.</p>
<p>-¡Refundemos un proyecto ferroviario, aunque sólo sea en el plano de nuestros sueños, con la mágica potencia de la literatura!-, vocifera Coiro por delante suyo, a espaldas del mañana.</p>
<p>         Entonces Di Matteo fija la mirada sobre la oscilante palanca y cree estar viendo algo muy distinto al acero habitual con el que ignotos ingenieros europeos han construido estos vehículos. La barra parece estar conformada por un material extraño, parecido a una red, un tejido, un entramado de elementos misteriosos. Presta mayor atención, entrecerrando los párpados que le arden a causa de las densas gotas de sudor, y sorpresivamente cae en la cuenta de su propio delirio: aquello no es una red de filamentos metálicos, ni siquiera la fragmentación atómica de los elementos, sino un macizo conglomerado de frases, letras y palabras, unidas entre sí…</p>
<p>         Inmediatamente, ambos escuchan un estridente silbato, imposible de confundir, proveniente del lugar que acaban de abandonar.</p>
<p>         -¡ES EL (Inven) TREN!-, aúlla Coiro, agotado pero inmensamente feliz, espiando hacia atrás por sobre el hombro de su compañero. -¡LO HEMOS CONSEGUIDO, DI MATTEO! ¡EL (Inven) TREN VUELVE A CORRER CON INDUDABLE DIGNIDAD SOBRE ESTAS VÍAS!</p>
<p>         Di Matteo vuelve la cabeza y contempla en pleno día el nítido faro de una locomotora diesel a unos trescientos metros de distancia, que se acerca a una velocidad mucho más intensa que la que ellos desarrollan manualmente, sin intención alguna de detenerse al alcanzarlos, en una suerte de criollo remedo de la horrible criatura generada por el Profesor Víctor Frankenstein.</p>
<p>         -¡Va a pasarnos por arriba!-, exclama, con un último aliento.</p>
<p>         -¡Por eso mismo, Di Matteo: ponga huevo y siga adelante! ¡Hay que llegar a San Fermín antes de que nos aplaste! ¡El (Inven) tren se ha convertido en una fuerza imposible de parar!!! ¡Síííííííííííi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!</p>
<p>         “¿Quién me obligó a meter en este quilombo?”, piensa Di Matteo, bufando y sin dejar de agilizar esa barra manual que ya casi parece moverse sola, aunque todavía necesite del impulso humano para darle impulso.</p>
<p>         Coiro comienza a reírse de felicidad, con genuina satisfacción. El cuerpo le estalla en una dolorosa contractura, el sudor se le adhiere sobre la piel, y el aire le quema los pulmones. Pero a pesar de todo, se siente tan contento como si volviese a tener siete u ocho años, y su padre le hubiese regalado un lujoso tren Lima, con decenas de vagones y tres modelos de locomotoras diferentes, acompañados por maquetas de estaciones y demás construcciones aledañas, todo ello dispuesto para establecer sobre una amplia mesa y dejarla allí, para jugar hasta muy tarde por las noches, o alegrar una borrascosa tarde de lluvia con el cautivante hechizo de un circuito ferroviario de juguete.</p>
<p>         El sudor les chorrea a mares desde las frentes, descendiendo por los cuellos, creando enormes aureolas oscuras bajo las axilas, afincándose en las palmas, asidas con obstinada firmeza a la barra de la palanca, mientras la locomotora Werkspoor 4613 se les abalanza voraz, cada vez más cercana. Y aunque cada uno resopla por causas diferentes, aunque las motivaciones sean tan variadas para cada uno de los dos, algo los une en una misma empresa: el placer por inventar, por divertirse, por delirar juntos de manera creativa…</p>
<p>         -¡No afloje, Di Matteo, no afloje!!!</p>
<p>         -Sos un dictador, Coiro… Siempre decidís por tu cuenta…</p>
<p>         Así es como la zorra parece adquirir una velocidad autónoma al impulso manual que ejercen sobre ella, aunque ello no impida que el parachoques a rayas rojas y blancas de la locomotora les dé un topetazo por detrás, sólo para impulsarlos unos metros más, hasta llegar a destino.</p>
<p>Irrumpen de manera tan vertiginosa en los terrenos aledaños a la Estación San Fermín, que hasta por un segundo les parece que allí no existía nada hasta ese preciso instante. La zorra se desmaterializa en forma inmediata, mientras ambos caen rodando sobre un andén muy pulcro, y a su alrededor se esparce una caótica lluvia de fragmentos de frases sin utilizar, ideas sin desarrollar y comentarios al margen. La locomotora a vapor ensordece el espacio con un silbido en extremo estridente, como el primer chillido emitido por un recién nacido, urgido de alimento, y avanza desbocada hacia el horizonte sobre unos rieles recién estrenados, dejando a su paso un ardiente halo de carbón quemado que les inunda la nariz.</p>
<p>Coiro incorpora a medias el tronco sobre el andén, mientras Di Matteo aún intenta recuperar el aliento del último impulso, con la mente agotada de tanto delinear frases dignas y coherentes, cuando contemplan azorados algo que jamás hubieran podido imaginar por cuenta propia.</p>
<p>Al otro extremo del andén ven surgir, como otra aparición fantasmal, la solitaria silueta de un ciclista, ataviado por colores absurdos y chillones, como es la costumbre, y un oblongo casco azul con antiparras, quien sin frenar siquiera al ingresar en la Estación, incorpora el torso, alza los brazos y mantiene el equilibrio en los últimos metros del recorrido, mientras exclama:</p>
<p>-¡Sí, señores!!! ¡Treinta y cuatro kilómetros después, he creado la Bicisenda Ferroviaria!!!</p>
<p>Se desliza a su lado como una díscola irrupción “sorianesca”, y desaparece en la primer curva, sin que ellos consigan llamarle la atención y preguntarle siquiera cuál es su nombre.</p>
<p>Ambos se ayudan mutuamente para incorporarse, sucios y maltrechos, y avanzan a los tropezones y en silencio, apoyados uno contra el otro, rodeándose los hombros en un fraternal abrazo, resoplando agitados, hasta salir de la Estación, como un par de ignorados espectros, sin cruzarse con nadie. Al llegar a la calle de tierra, divisan en la vereda de enfrente un boliche de campo. Y hacia allí van, aún con ciertas frases colgándoles del overol, a la espera de tomar algo que los reconforte.</p>
<p>Acodados en la barra, por detrás de la reja que los separa del dependiente a la manera de una pulpería, ambos piden una ginebra “dalmasettiana”. Como el hombre no tiene idea de qué le están hablando, se conforman con un breve vaso de caña. Y una vez servidos, mientras recuperan el aliento y observan el paisaje que los rodea con ojos curiosos, dignos de lingüísticos exploradores, se miran el uno al otro, con un extraño brillo de complicidad, como si se adivinasen el pensamiento.</p>
<p>-Che -, alcanzan a decirse, al mismo tiempo-: ¿Y si proponemos un “InvenTren” en zorra?</p>
<p>*De Aldima.  licaldima@yahoo.com.ar</p>
<p>SAN FERMÍN*</p>
<p>     No hay nada que hacer aquí, ni toros ni plazas atiborradas, ni caballos enjaezados ni toreros de brillo y coleta. Nada de nada aquí. Una estación, vías brillantes, la sombra inexistente de una zorra que se atisba por el rabillo del ojo.<br />
     Una zorra que avanza por los rieles si una está descuidada y mira un poco al costado, un poco al horizonte, un poco así mirando sin mirar con la típica expectación de quien atrapa fantasmas sobre fotografías desvanecidas.<br />
     No multitud, no agitación, no clamores. Sólo dos hombres sudorosos y un tren que eternamente los persigue en un sueño, acaso en una pesadilla, en la zona que es la zona, ese lugar alejado de la realidad y sin embargo tan allí, tan aquí, tan próximo.<br />
     San Fermín y la resonancia del nombre pero ni banderillas ni trajes de luces ni rosas rojas entre los dientes apretados. Ni una trenza moruna, ni un tablao ni un atestado lugar que huela a circo y a muerte roja sobre negro.<br />
     Solamente estos rieles relucientes que trazan las paralelas eternamente unidas en un horizonte imaginario. Sólo esta planicie, esta llanura, estos yuyos repetitivos estos fantasmas que sudan, que mueven la zorra a riesgo de tren y a riesgo de desaparecer finalmente aplastados por el peso, el tremendo peso del firmamento que vira al violeta.<br />
     Por qué San Fermín. Aquí, en medio de la América. Por qué el recuerdo borroso de santos católicos, de iglesias barrocas, de cuerpos torturados de santos de imaginería en madera policromada y ojos vítreos para traer todito el dolor intacto, casi real. Por qué aquí, en medio de la nada es decir en medio de la América, este tren que no existe y esta estación sin toros, hecha de fantasmas y de la única zorra que se apresura en ese viaje eterno de llegar a ninguna parte.<br />
     San Fermín. Reloj detenido de estación abandonada. Fantasmas.<br />
     No hay toros aquí, ni toreros. Hay, si, la sangre en los rieles, la sangre y la agonía del toro es decir la muerte del ferrocarril. Y el inmenso el inabarcable el marítimo clamor de las multitudes rugiendo frente a la ajena muerte.<br />
     Ha muerto el toro de hierros y vapores de ollares sudorosos. San Fermín, señores. El carro lo engancha y arrastrando se lo lleva. Otros se regocijarán en la ignominia de celebrar sangres y derrotas. Cierro los ojos para no ver. Para respetar la muerte de rieles y edificio de cenefas airosas.<br />
     Al cerrar los ojos perdura apenas, allí entre las luces de párpados clausurados, la imagen de la zorra y los fantasmas. Nada queda de más. No hay nada, nada que hacer aquí.</p>
<p>*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>El Tren de mi infancia*</p>
<p>—Lo pensé bien—, decía —y hasta resulta económico, embarcamos la camioneta en Autotren, nosotros cuatro viajamos en un departamento, al otro día, en Concepción, la retiramos felices y descansados. Recorremos el sector y de vuelta hacemos lo mismo. Son hartas horas, manejando perderíamos un día entero, en cambio en el tren nos vamos como a las ocho de la noche, comemos y nos acostamos, nos vamos durmiendo tranquilos y llegamos radiantes. Los niños pueden caminar, jugar, moverse tendremos una habitación para nosotros solos. Creo que sería una bonita experiencia—. Manuel trataba por todos los medios de ser convincente. Su esposa le contestó:<br />
—Tienes razón, pero, me asusta un poco, los descarrilamientos que han ocurrido ahora último, dicen que nunca le han hecho mantención a las vías y que el sistema está colapsado. Su marido arremetió:<br />
—De lo ocurrido no han habido más que demoras, sé que dicen que el servicio está más lento, pero, iremos cómodos—. Tiene razón su esposo, para los niños sería una experiencia novedosa. Y quizá tan cautivadora como lo fue para ella&#8230;</p>
<p>Ese era un día especial, lo supo desde la mañana cuando su madre con inusitada jovialidad, se afanó desde temprano y los vistió. Los bañaría a la tarde les dijo, cuando les pusiera la ropa para el viaje. Este fue el inicio de la aventura, junto a su hermano mayor estuvieron todo el día viendo signos importantes. A la hora acostumbrada su papá llegó a almorzar y preguntaba insistentemente a su madre, ¿estaban listas las maletas?, ¿llevaba pijamas?, ¿también toallas?, a él no le gustaba que usaran las que ponían en el tren; ¿había cocido huevos para los niños? seguro que les daba hambre, ¿había preparado un frasquito con sal?, que no se le olvidara.</p>
<p>—¡Si hombre! no te preocupes, no es la primera vez que viajamos—. Era la respuesta invariable de su madre que hacía gala de su paciencia ante este verdadero inquisidor.<br />
Después de la siesta cuando su padre regresó al trabajo, su madre les bañó y vistió con sus mejores ropas. Ella se sentía encantada con su suave vestido rosado, calcetines blancos y zapatos negros de charol con pulsera, era su tenida para las grandes ocasiones. Sobre la cama la esperaba su adorado abrigo rojo. Al pesote de su hermano le habían puesto un terno corto azul, calcetines blancos, zapatos de cuero color gris y un abrigo azul, para completar ambos atuendos, a ella le tenían una boina roja y a su hermano un jockey gris. Ya no cabía en sí de excitación. Su madre les sirvió onces y a ella le dio un mareamin, esas píldoras picantes que nunca le habían gustado.<br />
—A tomarla calladita, así no se enferma del estómago.<br />
—¿Por qué no le das a Iván?—, farfullo ella, mientras se la tragaba con algo de leche. — Porque él no se marea—. Fue la respuesta inmediata de su madre.<br />
La niña reclamo: — ¡Claro todo lo malo me ocurre a mí!<br />
Al poco rato el enojo se le pasa y con su hermano preguntan a con insistencia cuanto tiempo falta para irse a la estación.<br />
—Más tarde—. Fue la respuesta que repetida por enésima vez por su madre, no hacía sino excitarlos más.</p>
<p>Anochecía cuando llegó su padre en un taxi, subió todas las maletas a la parrilla del mismo. Entretanto su madre comenzó con el discurso previsible.<br />
—No olvides dar de comer al gato; la basura déjala fuera los martes y los jueves; lava los platos no los juntes en el fregadero, porque van a llegar hormigas; no hagas la cama recién levantado, ventilala sino se pondrá hedionda&#8230;<br />
—¡Mujer por Dios!, sólo se van por una semana—. Contesto él poniendo una voz entre dramática y trágica. Impertérrita ella seguía con su letanía.<br />
—Todas las mañanas, dale carne al perro y leche al gato; suspende la entrega de pan, nos vamos a llenar de pan duro y a mi no me gusta comerlo&#8230;</p>
<p>Minutos después estaban instalados en el auto, su padre daba las instrucciones:<br />
—Llévenos a la Estación de Concepción—. El conductor contestó amable:<br />
—Inmediatamente señor, ¿a que hora pasa el tren?<br />
—A las 9:00 de la noche—. Dijo su padre.<br />
—Es bastante temprano todavía—. Respondió el taxista.<br />
Su madre que se había mantenido callada mucho rato refunfuño: —Si es que a éste, le gusta llegar una hora antes a todas partes.<br />
— ¿La señora viaja sola?— Inquirió el chofer, mirándolos por el espejo retrovisor.<br />
—Si, con los niños—, se apresuró a contestar su padre, mientras la sentaba sobre sus piernas y la colocaba al lado de la ventana, bajando un poco el vidrio de la ventana.</p>
<p>El viaje de Talcahuano a Concepción no demoraba más de veinticinco minutos, era bonito el paisaje, después de dejar el caserío se veía el camino todo bordeado de verde, plantas, árboles y cerros se apreciaban de mil tonos distintos, ese año había sido especialmente lluvioso y la vegetación lucía exuberante, al fin a la distancia se vieron las luces encendidas de Concepción.</p>
<p>— ¡Como ha crecido la ciudad— dijo en voz alta su madre.<br />
—Así es señora, fíjese que están construyendo nuevas poblaciones, en las afueras de Concepción, dentro de algunos años no habrá campo entre Talcahuano y Conce, yo creo que ni se van a distinguir.<br />
—Es posible—, contestó ella dubitativa— pero, yo creo que faltan muchos años para ello todavía.<br />
—¡Pero, queridísima señora! eso mismo decían del puente y ya ve, tenemos recién inaugurado el puente nuevo.<br />
—Claro, sin embargo, después de los últimos temporales sin ese puente no habría habido trafico hacia el sur. Bien ya veremos si dentro de unos pocos años, como usted dice, habrán casas y no más peladero entre Conce y Talcahuano.</p>
<p>Habían llegado a la estación, les recibió ese olor indescriptible a maquinas y metal. Su madre la tomaba férreamente de la mano a su hermano, en cambio, le dejaban solo. Mientras su padre averiguaba a que hora llegaría el tren, su madre protestaba,<br />
—¡Este hombre Dios mío!, si hemos llegado casi una hora antes, de aquí a que llegue el tren y nos instalemos&#8230;<br />
Su papá, acostumbrado a sus reclamos, aprovecha de entregarle a su madre unos cartoncitos pequeños de color ocre con letras en tinta verde. —¿Los revisaste?— le pregunta ella.<br />
—¡Por supuesto! Salida: día cinco de octubre; tramo: Concepción a Santiago; hora: nueve de la noche, el tren viene desde Puerto Montt y según dice el Jefe de Estación a la hora.</p>
<p>Papá les avisó que les tenía una sorpresa, la esperarían juntos, el tiempo pasaba y sentados en la banca de madera frente al andén, los niños miraban donde y cual podría ser, papá estaba tan misterioso, él insistía, realmente estaba a punto de llegar. En ese momento ella lo vio, por el andén caminaba rengueando ligeramente: su Tata. Lisa se soltó de la mano de su madre y fue corriendo hacia él, su abuelo inclinándose la alzó en brazos.<br />
—¡Tata! ¡Tatita! ¿Cuándo llegaste?<br />
—Hace un rato me vine en el tren expreso y como ustedes no llegaban me fui al mercado a comer sopaipillas pasadas.<br />
—¿Te vas a quedar con nosotros?—, preguntaba ella, sin recordar que se iban de viaje.</p>
<p>Se reunieron con los demás, ella había tomado posesión del abuelo, ya instalada en sus brazos y cercándole el cuello, él, como podía saludaba afectuosamente a su nieto, hijo y nuera.</p>
<p>—¿Como está papá? ¿Qué tal el viaje? ¿Y mi mamá?— Preguntaba serio su padre.<br />
—Bien hombre sin ninguna novedad, Amelia con sus achaques de siempre, conoces como es ella.<br />
Su madre atino a responder: —¡Suegro!, esta si que es sorpresa.<br />
—¿Hola como está Ester?, lo que pasa es que Ivancito no estaba conforme con que ustedes viajaran solos así que la Amelia me mandó a que me pidiera el día a cuenta de vacaciones y viniera a buscarlos.<br />
—¡Pero, Iván! ¿Cómo se te ocurre molestar a tu papá? yo no necesito que me cuiden.<br />
—Mira fue idea de mi mamá, y además así aprovechó de descansar un día—. Contestó él entre divertido y feliz de tener quién cuidara a su familia durante el viaje.<br />
—¡Uff! ¡Vaya descanso!, se va a pasar todo el día sentado, debe estar cuadrado.<br />
—No Ester no crea, gran parte del viaje dormí y la otra aproveche de caminar por el tren, además el viaje fue muy bueno, no tuvimos que esperar en el cruce de San Rosendo y las vías están de maravillas.<br />
—¿Cuanto demoró el viaje, papá?<br />
— Salimos de Santiago a las siete en punto, pero, tú sabes como es este tren de moderno y se detiene tan poco, estas maquinas Diesel son una maravilla. Llegó aquí como a las seis de la tarde. Claro que en San Rosendo hicieron cambio de máquina por una de carbón.<br />
En ese minuto la conversación fue interrumpida por la voz del altoparlante. “Señores pasajeros hace su arribo el tren proveniente de Puerto Montt con destino a Santiago. Increíble, pero esa última hora había pasado volando”.</p>
<p>—¡Ese es!— Dice papá, indicando una maquina gigantesca que se acerca bufando peligrosamente y despidiendo sus nubarrones de humo, su chirrido al frenar hace que todos se tapen los oídos y alejen de las vías. En cuanto la maquina se detuvo, los vendedores vestidos de blanco y con canastos en uno de sus brazos, se abalanzaron a las ventanas del tren ofreciendo sus productos, sándwich, dulces chilenos, tortas; mientras eso ocurría se bajaron algunos pasajeros. Su hermano se coló en el carro más cercano, ella también quería ir, su madre no se lo permitió.</p>
<p>—¿Cómo él puede ir?, pregunto amoscada.<br />
—Él es hombre— le dijo su madre con su voz autoritaria que además de no admitir replica zanjaba culturalmente la cuestión.<br />
Su padre en tanto, sin prestar importancia a este hecho buscaba entre los números pintados en cada vagón, el código del carro en que estaban los departamentos. Al fin lo encontró, era uno de los coches más cercanos a la maquina, el orden en esta ciudad móvil era máquina, vagones con carbón, carros con departamentos, coches dormitorios, coche comedor, coches de primera, coches de segunda y coches de tercera. Caminar hasta el coche comedor era lo más que se exigía descender en esta micro escala social a los pasajeros vip y la llegada a éste estaba socialmente vedada aún a los más osados de los clientes de tercera. Las mezclas sociales al igual que en todas las otras áreas de la sociedad no eran bien vistas.</p>
<p>Una vez instalados en el Departamento, papá le dijo:<br />
—El Tata los acompañará durante el viaje, cuando les hagan las camas, tu dormirás con tu mamá aquí abajo y tu hermano dormirá arriba, el tata tiene reservada una cama en el coche dormitorio, en el carro de al lado. En la mañana vendrá a tomar desayuno con ustedes. Pórtate bien y sé una señorita, acuérdate de todo lo que te hemos enseñado.<br />
En ese momento apareció la tromba de su hermano, ufanándose de haber recorrido todo el tren.<br />
—¡Hay un baño en la cola de cada vagón!, los nuestros son lindos con artefactos de bronce y limpiecitos; los de tercera son feos y huelen ¡huacala! — dijo poniendo cara de asco—, siguió parloteando —además para pasar de un vagón a otro hay que abrir una puerta, salir a una mampara y ahí otra puerta y sales y entre carro y carro hay un mecanismo como los enganches de mi tren de juguete y hay que estirar la pierna y saltar de un vagón a otro. ¡Yo quiero que el tren se mueva para poder salir a cambiarme de carro! Mamá, ¡tengo hambre!, dame un huevo, o mejor un pan, ¡óptimo un huevito duro y un pan! ¿Qué te parece?<br />
Era bien camote su hermano, tan acelerado para hablar y bueno para intrusear que resulta de veras agotador, pero, ellas no pueden sustraerse a su encanto. Su madre presurosa y sonriente busca los huevos entre los pertrechos traídos para la ocasión, el Tata ríe a voz a en cuello con este nieto tan acelerado y hambriento.<br />
—Ester, ¿le dio onces a este niño?— Consulta haciéndose el serio.<br />
—¿Usted qué cree suegrito? Si este niñito tiene la lombriz solitaria.<br />
—Papá, dónde nos vamos a acostar—. Pregunta Lisa, que en esa pequeña habitación ve dos butacas enfrentadas donde caben sentados apenas dos adultos por lado.<br />
—Mas tarde les van a hacer las camas—. Dijo él sin aclarar mayormente el tema. —Ahora tengo que bajar.<br />
—¡Papi ven con nosotros a Santiago! Dijo Lisa con los ojos húmedos.<br />
—No puedo mi amor, van con mamá y el abuelo. Ellos los van a cuidar.<br />
—Ester cuídese y salude a mi mamá—. Dice, mientras le da un beso imperceptible en los labios.<br />
— Adiós, mi suegro te llamará para avisarte cuando lleguemos.<br />
— Si Ivancito, no te preocupes, yo los cuidaré.<br />
Estaban sentados mirando hacia fuera del tren—. Díganle chao a papá con la mano— les indica el tata. —¡Chao papa!, ¡chao papa!—, gritaban los dos pequeños a voz en cuello.<br />
La maquina comenzó a bufar otra vez y junto con sus resoplidos se mueve lento, primero como si le estuvieran dando empellones, luego adquiere velocidad y una destreza inusitada en el movimiento, se desliza suave y de vez en cuando lanza sus pitazos imponentes, su padre quedó lejos atrás, en el anden, haciendo un gesto de despedida con su mano, cada vez más pequeño, hasta que resulta imposible separarlo del paisaje. El tren avanzaba en la noche apenas distinguían las casas aledañas a las vías las que exhibían la pobreza de la ciudad.</p>
<p>Lisa todavía no entiende dónde van a dormir, la habitación le ha gustado está toda forrada con madera clara, las butacas tienen ese genero peludito llamado felpa y el piso es de madera reluciente. Al rato vino un mozo vestido formalmente con pajarita incluida y le preguntó a su madre si querían ir a cenar al coche comedor, ambos hermanos cruzaron una mirada traviesa ante esta propuesta.<br />
—¡Si mamá! ¡Di que sí! ¡Di que sí!— gritaron al unísono. Como si hubieran estado confabulados, indiferente a sus peticiones su madre respondió al mozo, casi con altanería.<br />
—¡No!, sírvanos aquí.<br />
—Señora: eso tiene recargo—. Explicó el mozo.<br />
—Bien, lo pagaremos, deseo estar tranquila— Fin de la posibilidad de salir a recorrer ese tren y disfrutar de la aventura. Ellos seguían imaginando la emoción de cambiarse de carro.<br />
Fue divertida la cena, El mozo instaló una bandeja con patas que asió del costado del vagón y quedaron sentados frente a una cómoda mesa, comieron carne mechada con fideos, coca cola, y un pan. Los adultos tomaron café, a ellos no quisieron servirles.</p>
<p>Después empezó lo mejor, el mozo regresó a buscar los platos en una bandeja y llegó un auxiliar a hacer las camas, su madre trató de sacarlos del departamento, ellos se negaron rotundamente, observaron como desarmaba los asientos de las butacas, los extendía hacia adelanta, juntaba en el centro y dejaba una cama, paralela al costado del vagón, luego tendía las ropas. Esto que parece sencillo lo es si a uno no se le mueve el piso, el tren dentro de su suavidad adquirida con la velocidad constante que llevaba, de repente daba unos barquinazos, que según la posición del auxiliar y su pericia lo hacían dar rápidos saltitos, como de boxeador, para no perder el equilibrio. La segunda cama simplemente apareció bajando el costado que estaba hacia arriba, recogida sobre sus cabezas, adosada a lo largo del vagón, casi verticalmente, ya estaba con sus ropas listas para ser usada, al costado traía una pequeña baranda, seguramente para que los dormilones no se cayeran. Ellos que nunca habían visto camarotes estaban deseosos de subirse. Su madre les pregunto si querían hacer pipí, ambos contestaron que si, ella les había traído una pelela, protestaron querían ir al baño. Así que su madre les llevó, ella entró con su madre y su tata y hermano se fueron al del coche dormitorio. El baño era tan pequeño que apenas cabían las dos, tenía un precioso espejo con bordes dorados y un lavamanos de bronce con un mueble de madera clara igual que la de su habitación. El carro se movía tanto que costaba usar la taza, cuando Lisa miro hacia dentro vio algo que se movía, instintivamente se encogió.<br />
—No te asustes, lo que pasa es que no tiene fondo.<br />
—¿Y si me caigo?—, fue su pregunta.<br />
—No te preocupes yo te voy a afirmar y no toques los bordes—. Después de toda esta faramalla apenas si pudo orinar algo, es más decidió que la pelela era una excelente solución y que los baños de los trenes no le gustaban.<br />
De regreso en el departamento y metidos en sus camas conversaban acerca de la última experiencia, su hermano consulto:<br />
—¿Mamá y todo cae para abajo?—, ella contestó: —Si hijo todo cae a las vías.<br />
Iván insistió en el tema: —Y entonces… ¿Quién limpia?— nuevamente y con voz somnolienta: —Nadie, se seca con el sol.<br />
—¡Puff que cochinada!— dijo finalmente el pequeño Iván.<br />
La madre les acoto: —¡Ya basta!, ahora a dormir que mañana tenemos que madrugar—. A la par que apagaba la luz y encendía una pequeña lamparilla que iluminaba tenuemente la habitación.</p>
<p>Al otro día, Lisa despertó muy temprano, no había sentido nada del viaje nocturno.<br />
Al poco rato los tres se hallaban vestidos, era temprano, pero, su madre no gustaba de ser vista en paños menores y prefirió ser la primera en usar el baño, así que antes de las siete ya estaban en pie, la madre los dejó a solas con el Abuelo y salió del departamento.</p>
<p>Ese era el momento, estaban a solas y podían hablar libremente:<br />
—Tata queremos conocer el tren… ¡Llevanos! ¡Di que sí! ¡Di que sí!<br />
—¡Umh!— él los miró, se hizo el interesante y dijo concluyente: —Tenemos que convencer a su madre.<br />
Cuando Ester regresó, les sorprendió todavía cuchicheando. Ambos miraron al Tata esperanzados. El dijo como al descuido:<br />
—Ester, ¿Qué le parece que tomemos el desayuno en el coche comedor? así en tanto hacen la habitación y aprovechamos que los niños conozcan&#8230;<br />
—Suegro, ¡veo que ya lo convencieron!— Contesta, mirándolos y sonriendo— De acuerdo, vamos.<br />
Iván y Lisa se miran triunfantes. Aunque arriesgado fue entretenido cambiar de vagón el ruido ensordecedor comenzaba al abrir la puerta de la mampara, se hacia estruendoso cuando se pasaba de un carro al otro y luego se amortiguaba nuevamente cuando cerraban tras de sí la puerta de la mampara del coche siguiente.<br />
Mientras tomaban el desayuno su hermano divertía a todos imitando los sonidos del tren según los momentos del cambio de carro. Era divertido ver como todo en la mesa se movía. Cuando miraban hacía afuera veían pasar los postes con una velocidad sorprendente, lo que más los tenía expectantes era que les parecía que eran ellos en sus butacas los que estaban quietos y los postes avanzaban. Lisa se divertía pensando que a lo mejor era cierto ellos estaban quietos y el resto del mundo se movía, tardaría muchos años antes de entender porque se provocaba ese efecto, en ese momento le pareció casi mágico y se archivó en sus recuerdos junto con el vaivén, los barquinazos y las demás anécdotas del tren.</p>
<p>Después del desayuno su Tata los llevó a caminar por el tren recorrieron todos los carros, la mañana había avanzado y hacía calor, más que en la tarde anterior en Concepción. El abuelo miró hacia fuera en un momento dado, vio la hora y les dijo:<br />
—Ahora a regresar al departamento ya vamos a llegar—. Hicieron el trayecto de regreso, al llegar notaron que ya estaban nuevamente las butacas armadas y todo dispuesto como el día anterior. Escucharon un murmullo, procedía de un pequeño ventilador adosado a una pared, no habían reparado en él antes. Al poco rato el calor molestaba.<br />
—¿Ester, le abro la ventana?— ofrece gentil el Tata. Al asentir ella, los hombres subieron la ventana. El aire enfrió la temperatura de la habitación&#8230;.</p>
<p>La desilusión fue grande, trató de no demostrarla, la habitación seguía pequeña, más chica ahora que ella se empinaba en su metro setenta, con las dos butacas enfrentadas, los maderos claros que forraban las paredes, estaban casi negros y rallados con el paso del tiempo, las elegantes felpas de las butacas, hacia rato habían muerto, en su reemplazo se apreciaban las modernas felpas sintéticas ya peladas con el uso, del fino color café con leche a un mostaza ramplón, su sensibilidad digna de anticuario se sentía avasallada con el trato poco adecuado entregado a esas, en su opinión, verdaderas joyas. Tomó aire se dio cuenta que sus hijos estaban fascinados con todo, trajinaban bajo las butacas, querían ver como se armaban las camas, verificaron el funcionamiento de todos los mecanismos existentes, enciende-apaga el ventilador, enciende-apaga la lámpara, abrir-cerrar la puerta, subir-bajar la ventana, sonrío, pese a la falta de mantención y la perdida de la belleza de antaño el tren seguía siendo una experiencia encantadora para los niños&#8230;</p>
<p>Estaban sentadas en una de las mesitas de afuera del pub, Lisa ha desarrollado talento histriónico para contar chascarros, Juanita escuchaba atentamente a su amiga y se reía de tanto en tanto con los pormenores de su viaje.<br />
—En resumen, no nos descarrilamos, pero, el viaje demoró tanto que casi habríamos ido más rápido si hubiésemos caminado al lado del tren, ¡que terrible!, sabes que desperté como a las seis de la mañana y recién estábamos haciendo el cambio de maquinas en San Rosendo, un bullicio y ruidos, que ni te imaginas, claro que Manuel y los niños dormían como troncos, ellos la pasaron muy bien, sólo por eso el viaje valió la pena.</p>
<p>*de Loreto Silva. l_silva@vtr.net</p>
<p>-Cuento perteneciente al Libro “Chile: Punto de Quiebre y otros Relatos”, año 2000.<br />
 www.loretosilva.com</p>
<p>DESDE CUANDO FUI*</p>
<p>Desde cuando fui<br />
el Recitador Escolar<br />
implacablemente conmovedor<br />
representante de mi sexto grado<br />
ante una audiencia predispuesta<br />
a los versos de inexorable tragedia gauchesca<br />
de mi tío Gerónimo<br />
retorno al escenario de ese éxito<br />
-o fenómeno-<br />
inesperado</p>
<p>Desde cuando fui<br />
El Fotógrafo Cargado<br />
con película sensible<br />
y retrataba compañeras<br />
de estudio, de trabajo<br />
de mortalidad, de inmortalidad<br />
conservo<br />
además de los envases (Kodak, Fuyí)<br />
de los rollitos<br />
las entrañabilísimas<br />
copias de contacto</p>
<p>Desde cuando fui<br />
&#8220;el pueta&#8221; que Rina amaba<br />
no ceso de retornar<br />
al libro de edición bilingüe que ella me obsequió:<br />
a ese otro &#8220;pueta&#8221; que Rina amaba:<br />
Pavese</p>
<p>Desde cuando fui<br />
o pude haber sido<br />
El Cirujano Poetón<br />
conservo<br />
-entre otros instrumentos-<br />
el bisturí<br />
al que eran tan afectos<br />
-y con quien eran afectuosos-<br />
mis Fantasmas.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>Próxima estación: CASBAS.<br />
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar<br />
http://inventren.blogspot.com/</p>
<p>El tren continúa parando en las siguientes estaciones:</p>
<p>EDUARDO CASEY.</p>
<p>ANDANT.</p>
<p>CORONEL M. FREYRE.</p>
<p>ENRIQUE LAVALLE.</p>
<p>CORACEROS.</p>
<p>HENDERSON.</p>
<p>MARÍA LUCILA.</p>
<p>HERRERA VEGA.</p>
<p>HORTENSIA.</p>
<p>ORDOQUI.</p>
<p>CORBETT.</p>
<p>SANTOS UNZUÉ.</p>
<p>MOREA.</p>
<p>ORTIZ DE ROSAS.</p>
<p>ARAUJO.</p>
<p>BAUDRIX.</p>
<p>EMITA.</p>
<p>INDACOCHEA.</p>
<p>LA RICA.</p>
<p>SAN SEBASTIÁN.</p>
<p>J.J. ALMEYRA.</p>
<p>INGENIERO WILLIAMS.</p>
<p>GONZÁLEZ RISOS.</p>
<p>PARADA KM 79.</p>
<p>ENRIQUE FYNN.</p>
<p>PLOMER.</p>
<p>KM. 55.</p>
<p>ELÍAS ROMERO.</p>
<p>KM. 38.</p>
<p>MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.</p>
<p>LIBERTAD.</p>
<p>MERLO GÓMEZ.</p>
<p>RAFAEL CASTILLO.</p>
<p>ISIDRO CASANOVA.</p>
<p>JUSTO VILLEGAS.</p>
<p>JOSÉ INGENIEROS.</p>
<p>MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.</p>
<p>ALDO BONZI.</p>
<p>KM 12.</p>
<p>LA SALADA.</p>
<p>INGENIERO BUDGE.</p>
<p>VILLA FIORITO.</p>
<p>VILLA CARAZA.</p>
<p>VILLA DIAMANTE.</p>
<p>PUENTE ALSINA.</p>
<p>INTERCAMBIO MIDLAND.</p>
<p>*<br />
Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com<br />
Schießstattstr. 37    A-5020 Salzburg    AUSTRIA<br />
Tel. + Fax: 0043 662 825067</p>
<p>*</p>
<p>LA JIRIBILLA.<br />
-Revista de cultura cubana.-<br />
http://www.lajiribilla.cu/</p>
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&#8220;Un invento argentino que se utiliza para escribir&#8221;<br />
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		<title>HE DE TRAERTE A PUNTA DE POEMAS&#8230;</title>
		<link>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/09/28/he-de-traerte-a-punta-de-poemas/</link>
		<comments>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/09/28/he-de-traerte-a-punta-de-poemas/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 28 Sep 2009 17:50:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Quisiera saber*</p>
<p>Me gustaría saber
como sonríe tu boca,
como tiemblas al pensar
que alguien te va a besar
y el corazón se desboca.
 </p>
<p>Quisiera que me contaras
que sientes al coger mi mano
y  pasear junto a mi lado
muy pegada a mi costado
una noche de verano
 </p>
<p>Quiero saber de tus besos,
de tus ilusiones nuevas,
como es tu abrazo y tu risa
cuando te envuelve la [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quisiera saber*</p>
<p>Me gustaría saber<br />
como sonríe tu boca,<br />
como tiemblas al pensar<br />
que alguien te va a besar<br />
y el corazón se desboca.<br />
 </p>
<p>Quisiera que me contaras<br />
que sientes al coger mi mano<br />
y  pasear junto a mi lado<br />
muy pegada a mi costado<br />
una noche de verano<br />
 </p>
<p>Quiero saber de tus besos,<br />
de tus ilusiones nuevas,<br />
como es tu abrazo y tu risa<br />
cuando te envuelve la brisa&#8230;<br />
Como eres cuando te entregas.</p>
<p>*De Joan Mateu joan@cimat.es</p>
<p>Onírico deseo*</p>
<p>Nace el deseo en el sueño<br />
-te alcanza-<br />
como si pudiera<br />
tocar el cielo con los labios.<br />
Sensual / sexual<br />
la noche es apenas<br />
un mordisco tierno<br />
para la avidez de mi boca.</p>
<p>*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com</p>
<p> </p>
<p>HE DE TRAERTE A PUNTA DE POEMAS&#8230;</p>
<p>LAS SUELAS DESTROZADAS*</p>
<p>      Un día voy a calzarme las viejas zapatillas y encuentro que la suela de goma se ha abierto completamente. Y no en una, sino en las dos. Me sorprendo como cada vez que esto me pasa, y pienso en la fatiga del material, en ese instante ya predeterminado desde la fábrica, fijado para la caducidad y el desgarro.<br />
     Recuerdo que usé ayer las zapatillas, y estaban bien. Y de pronto hoy las dos suelas destrozadas. Como las flores del bambú, que se abren en todo el mundo unidas por una red intangible, como las gemelas que se despiertan en el dolor compartido, y una llora, y a la otra la angustia le cierra el pecho.<br />
     Pero encuentro las suelas destrozadas, de pronto. Y ayer no estaban así. Y quién es esa mujer que en el espejo me devuelve una mirada con otro color de ojos, con otra expresión, con unas arrugas que no eran y con esa tristeza de ver un poco más allá, más arriba, un tanto más atrás de las cosas. Si yo sigo haciendo chistes tontos, sigo bailoteando, sigo yendo al baño en puntas de pies y a la carrera. Quién es esa mujer que apareció así, de improviso, tan de un día para otro que hasta mi madre me dice que en las fotos del año pasado todavía estaba esa muchacha con sonrisa abundante. Pero ya no. Pero ahora esta mujer oscura, esta mujer que no se reconoce.<br />
     Me miro y hay un pozo allí. Hay una persona con fatiga de material. Alguien que no permaneció incólume, que finalmente y de un día para otro se rasgó y se le nota.<br />
     No es extraño envejecer. No es inusual que los profundos dolores y las terribles tristezas nos tracen un mapa debajo de la piel y en la escritura de la mirada. Lo que me sorprende es lo súbito, lo extraño de que una imagen nueva y sin embargo tan verdadera se presente en los reflejos.<br />
     Me miro en el espejo. Veo las noches, tantas oscuridades, la cercanía de las muertes, las partidas, los dolores de la traición esperada e inesperada. Veo la acumulación de días, la soledad que hizo muros, la dulzura de los llantos calmos como lloviznas. Veo una mujer triste allí. Menos pronta a juzgar, más pronta a la ternura, pero tan cercana a la melancolía.<br />
     Tomo las zapatillas rotas, las pongo en una bolsa, las desecho. No le servirán a nadie. Me miro en el espejo, le sonrío a esa mujer triste, me visto con una prenda de colores claros y preparo para ella alguna futura felicidad.<br />
     Saludo a la mujer que he venido a ser. Me miro detenidamente para no perderme, para reconocerme entre la multitud.</p>
<p>                                                                                                                   </p>
<p>*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>Árbol de la vida*</p>
<p>(Ginko Biloba)</p>
<p>Miguel nos lo trajo para el patio de la nueva casa.</p>
<p>Se tomó su tiempo<br />
            - el árbol -<br />
            para indicarme el lugar.</p>
<p>Ya en invierno<br />
            cavé su morada.<br />
            Allí lo planté.</p>
<p>Me enseño a esperar. Debía despertar de su sueño.<br />
            Y lo hizo.</p>
<p>Día a día lo observo.<br />
Sin urgencias –de su parte-<br />
            pequeños dedos verdes develan<br />
            lo que el sueño contenía.</p>
<p>*de Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar<br />
27/09/09</p>
<p>A punta de poemas*</p>
<p> </p>
<p>Desde que no estás<br />
huelo la muerte.<br />
El día se oscurece si no llegas.<br />
Cualquier día de estos<br />
he de traerte a punta de poemas.<br />
Cuando no estás<br />
llora la tarde.<br />
El sol reirá a carcajadas si regresas,<br />
dibujando tu imposible sombra<br />
y mi posible llanto<br />
en las veredas.<br />
                                         </p>
<p>*de Matilde. caminandosignosfm@hotmail.com</p>
<p>LA GLORIOSA DE BOEDO*</p>
<p> <br />
Mis ojos no aceptaban otro rostro.<br />
El escenario elevaba su estampa hasta la línea de la luna.<br />
Su magnificencia danzaba entre batucada sanguínea y trajes de brillo dispar.<br />
Su voz se incorporaba a mi piel apunando emociones.<br />
Y la escuchaba cantar&#8230; y la descubría bailar.<br />
La adivinaba cerca y estaba tan lejos.<br />
Contemplarla pronosticaba garúa en mis retinas.<br />
Y en mi adentro se establecía el carnaval de su guapeza, su hermosura, su esplendor&#8230;<br />
Como olvidar los modales de sus ojos, la silueta de su cabellera,<br />
el perfil de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tono de sus movimientos.<br />
Que ganas de abrazarla hasta lo inagotable.<br />
Que ganas de ofrendarle mi amor todas las mañanas en el altar de sabanas y bostezo.<br />
Que ganas de extender mi mano y obtener la seda de sus dedos.<br />
El carnaval dijo hasta pronto. Las comparsas iniciaron el exilio.<br />
Los estandartes, las fantasías, la percusión, dejan en el cielo su mueca.<br />
Las desinhibidas coreografías, los pasos discontinuos y las caminatas desalineadas<br />
mudan su algarabía a otros suburbios.</p>
<p>Mi mirada quedo absorta enfocando el escenario, buscando su luminosidad,<br />
su semblante único, sus rasgos incomparables, su rostro inmejorable.</p>
<p>Y allí permanezco, en la esquina indicada, esperando el colectivo de la alegría,<br />
ese que ella conduce cada Febrero haciendolo rodar por Boedo y mis recuerdos&#8230;.</p>
<p>*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com</p>
<p>Con las mismas manos de acariciarte*</p>
<p>                           </p>
<p>*de Roberto Fernández Retamar</p>
<p>Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.</p>
<p>Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo,<br />
pero los hombres y los muchachos que, en sus harapos esperaban<br />
todavía me dijeron señor.<br />
Están en un caserón a medio derruir,<br />
con unos cuantos catres y palos: allí pasan las noches<br />
ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales.<br />
Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando<br />
supieron que yo tenía biblioteca.<br />
(Es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente rostro mulato).<br />
Pasé por el que será el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata<br />
sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas.<br />
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos<br />
las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una<br />
y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales.<br />
Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre de los trabajadores,<br />
y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez<br />
que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba<br />
como ahora a mí,<br />
¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas,<br />
Amor, qué lejos -como uno de otro!<br />
La conversación y el almuerzo<br />
fueron merecidos, y la amistad del pastor<br />
hasta hubo una pareja de enamorados<br />
que se ruborizaban cuando los señalábamos, riendo,<br />
fumando, después del café.<br />
No hay momento<br />
En que no piense en ti.<br />
Hoy quizás más,<br />
y mientras ayude a construir esta escuela<br />
con las mismas manos de acariciarte.</p>
<p>-Enviado para compartir por Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com</p>
<p>HILO Y UNA*</p>
<p> *Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com</p>
<p>*</p>
<p>Una no tiene por qué contar en público todas las monedas que posee, pero si estuvieras ahogándote acudiría a tu rescate. Te sacaría del agua y te envolvería en una manta. Luego encendería el fuego y escucharíamos Les feuilles mortes custodiados por un ángel poseído.</p>
<p>*</p>
<p>Una tiene derecho a sacar el pasaporte y gozar de una intrépida experiencia como residente ilegal en el primer mundo, aceptando que el primer mundo tiene derecho a todo. Si el primer mundo fuera un espejo y el tercer mundo se empolvara la nariz frente a él como una sirvienta vivaracha, una podría escribir un cuento de hadas.</p>
<p>*</p>
<p>Acaso alguien anega su pellejo lejos del lugar de origen. Si estuvieras en la cúspide del monumento a punto de arrojarte, te anticiparía que el cielo tiene ya demasiadas estrellas. Bajaríamos juntos por el ascensor y pondría mi mano izquierda sobre tu hombro izquierdo. Tomaríamos un taxi y como no seríamos inmigrantes ilegales, no tendríamos temor de dar la dirección y pagaríamos con pesos.</p>
<p>*</p>
<p>Por fortuna, el paraíso siempre está en otro lado. La rapidez espléndida de las nubes barre de un plumazo la memoria y una lava los platos del primer mundo, ávidamente, con antojo irrefrenable de excelencia, obligándose a ignorar que no todos los esmeros resplandecen.</p>
<p>*</p>
<p>Si fueras un pájaro moribundo, agonizando sobre un nido frío, en el más alto nivel de la apariencia, haría un gran trazo floral, con la forma de vida que quisieras. Y por sobre todo, te concedería el milagro: podrías despertar en el mismo lecho en el que copulaste.</p>
<p>*</p>
<p>Una tiene derecho a decir basta y a correr el riesgo de ser una extranjera que recoja la fortuna que chorrea en el primer mundo. Una puede quemar el origen en la casa de la negrura. Disimular con acentos impostados la procedencia. Pararse en dos patas ante el amo y mover la cola extranjera.</p>
<p>*</p>
<p>Si fueras el descuartizado que golpea mi puerta, yo no te confundiría con Picasso aunque de seguro alegrarías las formas. Te reconstruiría con arte, no con funcionalidad. Pondría la noche en el lugar de los ojos, el corazón en el sexo, el sexo en los dedos, las gotas de rocío en la flor macha, la mordedura en el alma. Demás está decir que otra vez un astro está desnudo en mi memoria.</p>
<p>*</p>
<p>Una tiene derecho a equivocarse, a nacer en el tercer círculo del infierno o en esos viejos mapamundis medievales donde aparecen territorios mitad leyenda, mitad verdad, y donde ni una sola cabeza sobresale. Una tiene derecho a nacer por sus propios medios. Ser la semilla y la creación.<br />
Consumar el error que nos distingue y nos anima.</p>
<p>*</p>
<p>Si fueras un mundo futuro que haya sido tomado a ras de suelo o que haya ascendido espontáneamente a posarse sobre mi cabeza; si ese mundo no pudiera ser visible hasta después de hablar con los fantasmas y de leer los libros que leo, si eso fueras, mirando tu cielo me lavaría los ojos.</p>
<p>*</p>
<p>Con las maletas cargadas de escombros, una tiene derecho a partir para decir &#8220;he partido&#8221;. Tiene derecho enviar al diario textos por mail como si fuera una enviada especial a sueldo: &#8220;Título pertinente&#8221;, por Fulana de Tal, desde el Extranjero. Sólo entonces una tendría la oportunidad consagratoria de describir con altura lo intrascendente, porque beber y orinar en otro país, eleva. Una tiene derecho a ser cosmopolita e introducir esas palabras en inglés que le ponen a las cosas un swing que en Argentina no se consigue.</p>
<p>*</p>
<p>Si fueras las plumas del sombrero de Miró, quizás el pájaro amarillo de cromosono siempre perdido y siempre encontrado pudiera posarse en tu hombro.<br />
Mientras tanto, en el jardín de los sueños, los mejores amigos le desearían buen viaje a Joan Miró que nos traería a los de aquí abajo cosas de allá arriba. Si fueras el pajarito de Miró estarías lleno de ojos y me mirarías el nido encrepusculado hasta perder de vista el insomnio.</p>
<p>*</p>
<p>Una tiene derecho a que los amigos la envidien porque hay que irse para allá y no quedarse acá. Cuando una se va para allá, la cabeza se abre. Hay que sacar el pasaporte y cruzar un océano para tomar conciencia de que el mundo no está acá. Una tiene derecho a no ser como los mejores amigos que nunca se<br />
van para allá, porque la conciencia de ellos es conciencia de acá. Cuando una se siente demasiado chiquita acá, tiene que sacarse el pasaporte y embolsar el marido para sentirse grande allá. Al pie de la Sagrada Familia una tiene derecho a sacarse la foto y darse cuenta de que lo que tiene acá es una triste farsa, pero luego se puede volver con la máscara de la felicidad recién maquillada.</p>
<p>*</p>
<p>Si fueras un cuchillo, cortarías todas las amarras y darías un paso hacia nosotros. Primero habría que desenmascarar la razón fúnebre de los esposos, pero de eso se encargarían los hijos del rey Momo. En estos días Venecia no sirve más que de refugio para Aquiles que esconde en el talón y tras la máscara su complejo de inferioridad y su culpa.</p>
<p>*</p>
<p>Una tiene derecho a irse, aunque eso de lo que huye la acompañe a todos lados. Y todo esto es tremendamente complicado para una que no quiere estar extraviada en el pleno Dédalo de los embrollos, como una inocente adúltera en un mundo desamorado, en el que ha perdido el hilo y el asombro.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20364-2009-09-26.html</p>
<p> </p>
<p>¿Y&#8230; CÓMO ANDA LA POESÍA?*</p>
<p>La poesía anda como la astrofísica<br />
la buñuelística<br />
la amparología</p>
<p>La poesía anda como el carterismo<br />
como las especializaciones en sensaciones<br />
como las antípodas</p>
<p>La poesía anda como la Luna de Valencia<br />
y es la valencia de esa luna<br />
perfectible</p>
<p>la poesía</p>
<p>La poesía anda como la mona:<br />
así que, por supuesto:<br />
¡seguid a la mona!</p>
<p>*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>Correo:</p>
<p>Convocatoria para la II Semana del Arte*</p>
<p> <br />
Por segundo año consecutivo Santa Fe tendrá su Semana del Arte. Será en el marco de la V Semana del Arte de Rosario. Está abierta la convocatoria para presentar trabajos. El plazo es el 9 de octubre. Organiza el Gobierno de la ciudad.</p>
<p>En el marco de la quinta edición de la Semana del Arte de Rosario, por segundo año consecutivo nuestra ciudad vivirá su Semana del Arte. En este sentido, la Secretaría de Cultura del Gobierno municipal amplía la apuesta de 2008 y convoca a artistas santafesinos y al público en general interesado en el lenguaje de la fotografía a participar de esta segunda edición consecutiva en nuestra ciudad. La propuesta es pensar la ciudad “Al Borde” y tomar fotografías que obren como “Señalamientos Urbanos”. La fecha límite para enviar los trabajos es el viernes 9 de octubre. </p>
<p>Señalamientos<br />
Los Señalamientos Urbanos de esta edición consisten en señalar mediante una fotografía, algún espacio significativo de las localidades en el que se pueda pensar el concepto de borde, tomas específicas que permitirán descubrir situaciones cotidianas que muchas veces quedan inadvertidas, comprometiendo la mirada para ver la ciudad de otro modo. La propuesta es entonces compartir visiones -entre tantas posibles y diversas-, lugares que alguien ve diariamente y para otro puede resultar maravilloso o sorprendente. Todas las fotografías recibidas hasta el viernes 9 de octubre serán publicadas en el sitio web: www.semanadelarte.org Las mismas deberán ser enviadas por correo electrónico a la dirección arte09@santafeciudad.gov.ar</p>
<p>Condiciones<br />
Se admitirán sólo fotografías en las que aparezcan lugares de Santa Fe. Se recibirán 1 (una) fotografía por persona. Las mismas deberán estar en formato .jpg y tener un máximo de hasta 1800 x 1600 píxeles. Cada una deberá incluir la dirección exacta (ubicación geográfica) de la foto. Además, el autor deberá incluir un comentario acerca de la misma en relación al eje convocante: la ciudad al borde. El comentario deberá tener un máximo de hasta 250 caracteres. El mismo deberá figurar en el cuerpo del e-mail. El envío de las fotografías implicará la aceptación de la utilización de la imagen para promoción y difusión de la Semana del Arte.</p>
<p>Consultas<br />
Para ampliar esta información, dirigirse a la Secretaría de Cultura del Gobierno de la ciudad. Esta dependencia municipal está ubicada en San Martín 2076 -PA- y su teléfono es (0342) 4571885. También se puede escribir un email a las siguientes direcciones: arte09@santafeciudad.gov.ar<br />
 o  proyeccioncultural@santafeciudad.gov.ar</p>
<p> </p>
<p>Trasfondo<br />
La Semana del Arte en Rosario (SAR) es un evento cultural organizado desde 2005 por el Museo Castagnino+macro y la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de esa ciudad, cuyo objetivo principal es llevar el arte a otros ámbitos, desde los museos proyectarlo al espacio urbano. Este año -como ya se hizo en 2008- Rosario invita a participar a otras localidades: Santa Fe, Rafaela, Reconquista, Venado Tuerto, Tostado, Rufino, San Carlos Centro, Los Amores y Helvecia. Cada SAR se plantea desde un eje temático específico, el concepto que en esta ocasión delinea y sustenta la apuesta trata de interrogar la noción de borde. Cuando el límite es puesto en cuestión comienza a desdibujarse, deja entonces de dividir para convertirse en puente. La tarea de esta edición del SAR es, justamente, deslegitimar la geografía, hacer del límite un borde. Se trata de proponer la provincia como un territorio en común, transformarla en una Zona Franca.</p>
<p>Concepto<br />
El concepto que en esta ocasión delinea y sustenta la apuesta de la SAR’09 trata de interrogar la noción de límite. Cuando el límite es puesto en cuestión comienza a desdibujarse, deja entonces de dividir para convertirse en puente. La tarea es, justamente, deslegitimar la geografía, hacer del límite un borde. Bordear es entonces proponer un recorrido, construir un circuito, hacer de la Provincia un mapeo distinto, reubicar lo al margen en el margen. Opuesto al límite, el borde invita a transitarse, a disponer de él como un margen, como posibilidad. Es por esto que la 5SAR09 invita a sumarse a su propuesta a diferentes localidades de Santa Fe para proponerles la configuración conjunta de un territorio en común, transformar la Provincia en una Zona Franca. Pensar la ubicación del Arte en el borde del borde, es pensar al borde como un espejo que se refleja a sí mismo. Es el fin del límite.<br />
El borde demarca, pero lejos de limitar, propone. El borde pide el paso, el movimiento, el cambio. Queremos pensar el evento y la ciudad en el (al) borde. La idea esencial es que las ciudades que protagonizan la Semana del Arte piensen (se piensen en) en el borde.</p>
<p>*CULTURACIUDAD g.antonucci@santafeciudad.gov.ar</p>
<p> </p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos<br />
pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar<br />
http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst,  Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com</p>
<p>Schießstattstr. 37    A-5020 Salzburg    AUSTRIA<br />
Tel. + Fax: 0043 662 825067</p>
<p>*<br />
                          <br />
Inventren&#8230;Próxima estación: SAN FERMÍN.</p>
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http://inventren.blogspot.com/</p>
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&#8220;Un invento argentino que se utiliza para escribir&#8221;<br />
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Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p>
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<p>Respuesta a preguntas frecuentes</p>
<p>Que es Inventiva Social ?<br />
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<p>Cuales son sus contenidos ?<br />
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<p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p>
<p>Es gratuito publicar ?<br />
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		<item>
		<title>QUE ES MEJOR QUE NUNCA&#8230;</title>
		<link>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/09/23/que-es-mejor-que-nunca/</link>
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		<pubDate>Tue, 22 Sep 2009 23:52:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>MANCHAS Y ARRUGAS*
 
                    </p>
<p>Las manos unidas
                    
sin culpa ninguna.
                   
 Una luz fugáz
                   
 casi imperceptible
                   
 entre tanta bruma.
 
                   </p>
<p> Charla,café,un poema,
                   
 una buena música.
                   
 Se encontraron tarde
                  
  que es mejor que nunca.
 
                   
 Hablan de sus vidas
                   
 y sin darse cuenta,
                  
  se estrechan las manos
                   
 que pintó don tiempo
                   
 con manchas y arrugas.
 
                   
 Caminan sonrientes
                   
 libres de premura.
                   
 El compra claveles
                    
y se los ofrece
                    
junto a su ternura.
 
                    
Se encontraron tarde&#8230;
                     que es mejor que [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>MANCHAS Y ARRUGAS*<br />
 <br />
                    </p>
<p>Las manos unidas<br />
                    <br />
sin culpa ninguna.<br />
                   <br />
 Una luz fugáz<br />
                   <br />
 casi imperceptible<br />
                   <br />
 entre tanta bruma.<br />
 <br />
                   </p>
<p> Charla,café,un poema,<br />
                   <br />
 una buena música.<br />
                   <br />
 Se encontraron tarde<br />
                  <br />
  que es mejor que nunca.<br />
 <br />
                   <br />
 Hablan de sus vidas<br />
                   <br />
 y sin darse cuenta,<br />
                  <br />
  se estrechan las manos<br />
                   <br />
 que pintó don tiempo<br />
                   <br />
 con manchas y arrugas.<br />
 <br />
                   <br />
 Caminan sonrientes<br />
                   <br />
 libres de premura.<br />
                   <br />
 El compra claveles<br />
                    <br />
y se los ofrece<br />
                    <br />
junto a su ternura.<br />
 <br />
                    <br />
Se encontraron tarde&#8230;<br />
                     que es mejor que nunca.</p>
<p>*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com</p>
<p>QUE ES MEJOR QUE NUNCA&#8230;</p>
<p>El raro libro*<br />
 <br />
 </p>
<p>Me zambulleron en el azogue del negro espejo y aparecí en un planeta atroz, ininteligible, cuyo solo nombre, Tlón, aseguraba incoherencias.<br />
Una “luneciada” que fluía desde algún río, entre riscos grises, bajaba envolviendo sabánas sin árboles ni pájaros.<br />
Bordeaba ciudades en bruma, collados donde la cópula prohibía engendrar negando su verdadero sentido.<br />
Debía encontrar en Tlón un libro cuya escritura revelaría la verdad.<br />
Buscada ansiosamente desde el fondo de los tiempos por filósofos y necios, sabios y simples, habitantes por miles de años del mundo que existió del otro lado del espejo.<br />
Vague anhelante y asustada entre una sucesión de signos y palabras. No me importo ya encontrar ni el libro ni la verdad. Tlón me resulto el fantástico sueño de un escritor “trasoñado”, seguro de remover la imaginación inteligente de cuanto lector lo saboreara.<br />
Salte la onírica frontera del espejo y apoye firme mis pies en la única verdad que confirmo: estoy viva.<br />
                  </p>
<p>*de Elsa Hufschmid  elsahuf@hotmail.com</p>
<p>LOS HOMBRES QUE MIRABAN*<br />
 <br />
           <br />
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>Hacía rato que el hombre  observaba el cielo, sentado en el borde del zanjón seco que la gramilla cubría con un opacado verdor, porque la lluvia era  ausencia que perseguía seres y cosas desde por lo menos ocho meses. Es decir, que el campo el pueblo, y las calles y los árboles, pero también los zanjones hondos y los cañadones magros esperaban la lluvia como un sapo muerto de sed.<br />
            El hombre jugaba con una ramita, golpeándose con suavidad distraída su pierna derecha, lo hacía mecánicamente mientras pensaba  en otra cosa.<br />
            ¿En qué pensaba, o qué pensaría ese hombre que llevabas horas así?  Para nosotros, que lo mirábamos desde la casa, era un insondable misterio y, todo razonamiento estaba sujeto a la conjetura más aventurera. Digamos que el hombre en ese atardecer, en ese rincón perdido del mundo estaba como suspendido en sus propios pensamientos que no sabíamos desde aquí si lo llevaban a alguna parte. Es más, nunca sabríamos si lo llevarían –los pensamientos, digo- a alguna parte y si así fuera nunca tendríamos forma humana de enterarnos. Mientras tanto, dejamos al hombre golpeándose el pie, la pierna y aún el muslo con la inofensiva ramita de sauce y observamos que el vuelo marcial de los siriríes hacia los cañadones también llama su atención. Una polvareda que viene del campo, exactamente del “Camino del Diablo”, avisa que un conductor creyéndose en Monza la emprende con esa chata cero kilómetro a los barquinazos y el apuro que no sabemos a qué se debe, ya que muy pocas cosas pasan en este pueblo que merezcan la urgencia.<br />
            Si bien el hombre está sentado con el “Camino del diablo” a sus espaldas no puede ser que no oiga el ruido del motor ya que desde su posición le impide ver el vehículo ni la tierra que levanta. Por apatía o comodidad –no sabemos y da lo mismo- el hombre no gira la cabeza, ni siquiera hace un gesto de atención o entendimiento cuando el conductor le toca bocina a modo de saludo. Entonces levanta –sin entusiasmo- la mano casi no dirigida hacia el ruido de la bocina que rebota en los trigales próximos y levanta una bandada de pechirrojos ágiles que saltan espantados, sino que esa mano es la mano indiferente de un dios menor que con la lentitud que es levantada más parece un gesto de bendición que de saludo. Es decir un presunto gesto de bendición hacia la nada, hacia el aire seco, percudido por la tierra que viene del camino y cae sobre él con la impiedad de las cosas inanimadas y se va asentando sobre ese grupo breve de sauces que él tiene treinta metros a su derecha.<br />
            Luego vuelve a su casi pétrea inmovilidad. Desde aquí, desde la casa que persiste casi oculta bajo ese grupo de fresnos frondosos, con ese ceibo cercano que estalla en florcitas rojísimas, no parece siquiera respirar; la casa semioculta por ese gran sombrero de paja que se volcó un poco sobre los ojos que seguramente lo protegió del polvillo levantado por el vehículo como lo protege del sol desnucador del verano.<br />
            No sabemos quién es, pero a juzgar por el bocinazo y su mano distraída devolviendo (tratando desganadamente de devolver) el saludo, debe ser del pueblo o alguien no ajeno a su entorno. Campos, o tan siquiera pueblos de la vecindad.<br />
            Tampoco sabemos qué hace, sentado allí desde hace horas con esa ramita golpeándose suavemente la pierna, y ese pie que suponemos calzado con una bota, aunque  es sólo eso, una suposición, porque no se lo vemos desde aquí, pero no sería raro que el pantalón del “yin” se las cubriera.<br />
            Y verlo desde aquí, mientras tomamos mates con parsimonia, ahora mudados al gran patio de tierra  que los fresnos cubren y protegen como un útero, no podemos  relacionar a este hombre solitario con otro, en el más remoto rincón de la memoria fronteriza es decir en “la memoria más antigua” y mi mente viaja hacia aquella fuente de altos tomatales que supo tener la abuela Elisa en el camino a Cañada del Ucle y mientras yo seguía ese trasegar de baldes numerosos con el agua con que ella mimaba esa delicia que pasaría del verde al colorado muy pronto, yo le seguía pisando esos surcos que nunca perdían la humedad.<br />
            Al llegar a la punta del terreno una calle de tierra seguía al alambrado con púas donde posaban los gorriones, y esa misma calle se fundía en lo profundo de los campos. Pero apenas cruzar esa calle estaba la modesta casita de los Fusco, donde Domingo vivía con su madre más vieja que la mismísima injusticia según le oí un día ponderar al “gordo” Francisco Spina, llamado el “peluquero pobre” para siempre.<br />
            Don Domingo, también se quedada inmóvil sentado en una silla bajita y de vez en cuando hacía algún movimiento breve, tan sólo para mover la bombilla de su mate, volcándole con la paciencia más perfecta del planeta ese chorrito de agua caliente, llevarse esa bombilla a la boca que rodeaba una carota lampiña y regordeta.<br />
                        Otro gesto –siempre mínimo- podría ser ese “Fontanares” negro y sin filtro que fumaba chupando con fruición, arrojando el humo que se perdía, entre las hojas ásperas de la acacia que dejaría su gran humanidad del soslayo del Enero asesino y ni se molestaba en contestar a ese grupos de hombres bullangueros  que iban en grupos ruidosos en destartalados  “rastrojeros·” camino a las cosechas. Muy de vez en cuando condescendía en un saludo lejano, indiferente cuando las pullas y los gritos eran demasiados. ¿Pensaría algo, don Domingo Fusco, a quien todos llamábamos “El gordo”? ¿Su cabeza estaría en blanco como el cielo abrasado de ese Enero inolvidable?<br />
            No se si ese hombre se llamaba Domingo Fusco o era un Dios que usaba ese nombre terrenal y sólo estaba allí mudo, impasible, hierático, para reírse muy secretamente de todos los que lo chanceaban creyéndose muy listos.</p>
<p>PROHIBIDO MORIR EN PRIMAVERA*<br />
 <br />
 </p>
<p>       Nadie debería morir en primavera,<br />
       todo en la vida brota, se despierta.<br />
       El aire se viste de domingo y<br />
       recomienza.<br />
       La sangre corre a borbotones<br />
       por arterias.<br />
       Se ensancha el pecho,<br />
       los perfumes penetran sin licencia,<br />
       las glicinas bordan su alfombra lila<br />
       en las veredas,<br />
       hasta la gente pareciera mas buena.<br />
       Lo dicho,<br />
       nadie debería morir en primavera&#8230;<br />
       ni el invierno siquiera.</p>
<p>*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com</p>
<p>Final de juego*</p>
<p>*De Julio Cortázar</p>
<p>Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una<br />
violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas,<br />
prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá, con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde Leticia nos esperaba<br />
leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable.<br />
Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba, repitiendo la misma frase:<br />
-Acabarán en la calle, estas mal nacidas.<br />
Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante.<br />
Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.<br />
Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato -que son los componentes del granito- brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agachábamos a tocar las vías (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso quedarse mucho ahí, no tanto por los trenes como por<br />
los de casa si nos llegaban a ver) nos subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del río era un calor mojado pegándose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de calor, estudiándonos las caras para apreciar la transpiración, con lo cual al rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las vías, o el río al otro lado, el pedacito de río color café con leche.<br />
Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o pegando figuritas, y de noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo<br />
pedía, aparte de la pieza solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez<br />
el endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada, de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y nos dirigía.<br />
La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de<br />
invocaciones a los castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que consistían en que las tres terminaríamos en la calle.<br />
Esto último siempre nos había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante normal.<br />
Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno, imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo<br />
y sorteábamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos.<br />
Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían estudios más detenidos.<br />
Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho más complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles.<br />
Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud,<br />
saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y rebotó hasta mí. Era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de varón y bastante mala, decía: &#8220;Muy lindas las estatuas. Viajo en la tercera ventanilla del segundo coche. Ariel B.&#8221; Nos pareció un poco seco, con todo ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. Sorteamos para saber quién se lo quedaría, y me lo gané. Al otro día ninguna quería jugar para poder ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupción, de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La parálisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza.<br />
Como actitudes elegía siempre la generosidad, la piedad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que tía Ruth llamaba la Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena impresión. Le pusimos un pedazo de<br />
terciopelo verde a manera de túnica, y una corona de sauce en el pelo. Como andábamos de manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensayó un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos asomaríamos también y saludaríamos a Ariel con discreción pero muy amables.<br />
Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un dedo cuando llegó el tren. Como no podía girar la cabeza la echaba para atrás, juntado los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la túnica, era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El tren se lo llevó en un segundo, pero eran las cuatro y media y todavía discutíamos si vestía de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o simpático. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro papelito que decía: &#8220;Las tres me gustan mucho.<br />
Ariel.&#8221; Ahora él sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años (seguras que no tenía más de dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente de algún colegio inglés.<br />
Lo más seguro de todo era el colegio inglés, no aceptábamos un incorporado cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien.<br />
Pasó que Holanda tuvo la suerte increíble de ganar tres días seguidos.<br />
Superándose, hizo las actitudes del desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de bailarina, sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro día gané yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recibí casi en la nariz un papelito de Ariel que al<br />
principio no entendimos: &#8220;La más linda es la más haragana.&#8221; Leticia fue la última en darse cuenta, la vimos que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un idiota, pero no podíamos decirle eso a<br />
Leticia, pobre ángel, con su sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció entender que el papelito era suyo y se lo guardó.<br />
Ese día volvimos bastante calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas.<br />
En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como poniéndola de testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien que le sentaba.<br />
Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y que en una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe. Pero tampoco había que exagerar y la forma en que Leticia se había portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volví a soñar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes, viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que venían, calculando con angustia si el tren pasaría a mi izquierda, y a la vez amenazada por la posible<br />
llegada de un rápido a mi espalda o -lo que era peor- que a último momento uno de los trenes tomara uno de los desvíos y se me viniera encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco arrepentida de lo de ayer y<br />
fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo en su cuarto.<br />
Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mamá contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la espalda. Se lo decía y nos miraba.<br />
Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no<br />
tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y no sabía que él acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche.<br />
El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo que ella se saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa:<br />
&#8220;Saludo a las tres estatuas muy atentamente.&#8221; La firma parecía un garabato aunque se notaba la personalidad.<br />
Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras<br />
guardábamos los ornamentos y volvíamos por la puerta blanca.<br />
Tía Ruth nos pidió a Holanda y a mí que bañáramos a José, se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel, nunca habíamos tenido un amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un tilingo que juntaba figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos nerviosísimas con la expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue más valiente y sacó el tema de Leticia. Yo no sabía que pensar, de un lado me parecía<br />
horrible que Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se aclararan porque nadie tiene por qué perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora con el nuevo tratamiento y tantas cosas.<br />
A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia. Leticia comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pensé ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qué<br />
hacían esas dos ahí solas, pero Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado sin hablar hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. &#8220;Ella no va a ir mañana. Escribió una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos.&#8221; Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre<br />
violeta. Después nos llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el cansancio de bañar a José.<br />
Al otro día me tocó a mi salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi a Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un momento y la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de una abeja que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo le dije que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía tan difícil decírselo bien. &#8220;Si querés podemos<br />
explicarle a Ariel que estabas descompuesta&#8221;, le propuse, pero ella decía que no y se quedaba callada. Yo insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que no tuviese miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce barreras y otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la ventana y parecía como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mamá me precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de tía Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los platos, de repente estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos que decir sobre nuestros<br />
estudios para que Ariel se llevara una buena impresión, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho más que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pasó el tren de las dos y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con nuestros pañuelos estampados le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte minutos después lo vimos llegar por el terraplén, y era más alto de lo que pensábamos y todo de gris.<br />
Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a pesar de haber venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas.<br />
Casi en seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo nos llamábamos y por qué faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no había podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un nombre precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no era un colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él parecía interesarle mucho, y varias veces tomó alguno de los ornamentos y dijo: &#8220;Este lo llevaba Leticia un día&#8221;, o: &#8220;Este fue para la estatua oriental&#8221;, con lo que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y él estaba contento pero distraído, se veía que sólo se<br />
quedaba de bien educado. Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. Él preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró y yo creí que iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba pasando, por eso Holanda<br />
hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y él se quedó sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado mientras le explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita se acabara, aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en esa manera triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había despedido diciendo: &#8220;Hasta siempre&#8221;, una forma que nunca habíamos oído en casa y que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé qué porque ella había cerrado el sobre antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le contamos cómo era Ariel y cuantas veces había preguntado por ella. Esto no era nada fácil de decírselo porque era una cosa<br />
linda y mala a la vez, nos dábamos cuenta que Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas del limonero.<br />
Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: &#8220;Vas a ver que desde mañana se acaba el juego.&#8221; Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro día Leticia nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desvergüenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de perlas de mamá y todos los anillos,<br />
hasta el grande con rubí de tía Ruth. Si las de Loza espiaban y nos veían con las alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en seguida y que nos mataría, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo sucedía ella era la única responsable. &#8220;Quisiera que me dejaran hoy a mí&#8221;, agregó sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe queríamos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavorreal para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en<br />
la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé por qué las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes lagrimones por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras<br />
guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises.</p>
<p>*De Final del juego. Julio Cortázar;<br />
Ceremonias, Barcelona, Seix Barral, 1994</p>
<p>La solución*</p>
<p> <br />
Tenía una abundante cabellera de un tono castaño claro y unas ondulaciones naturales que eran la envidia de todos sus amigos. El cabello era una de sus debilidades.</p>
<p>La otra era que le gustaba la sopa, pero no podía comerla porque siempre que lo hacía se encontraba pelos flotando dentro. Era paradójico que teniendo una de las fabricas de sopas más grandes del país y que le gustara tanto, no pudriera disfrutarla porque el asco que le daban los pelos dentro del plato le hacía enfermar.</p>
<p>Buscó la solución visitando todo tipo de médicos pero cada vez que intentaba un menú con sopa tenía que dejarlo y abandonar el restaurante entre arcadas y toses. No encontraba la solución a su problema y eso le tenía preocupado y de mal humor.</p>
<p>En una de sus chequeos rutinarios le detectaron un cáncer e inmediatamente se puso en tratamiento. La enfermedad acabó con su problema. Después de la quimioterapia pudo volver a comer sopa sin sobresaltos.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>Códigos y símbolos*</p>
<p> *Por Rodrigo Fresán<br />
Desde Barcelona</p>
<p>UNO La semana pasada viajé por primera vez a la nueva terminal del aeropuerto de Barcelona. Digo &#8220;viajé&#8221; y no &#8220;pasé por&#8221; porque, de un tiempo a esta parte -check-in lento, puntual impuntualidad de los vuelos- el aeropuerto ha dejado de ser una zona de tránsito para convertirse en un destino en sí mismo. Cuando uno vive en Europa y vuela por Europa -donde el arrival está tan cerca en la geografía y tan distante en el tiempo- las demoras no demoran en hacerte comprender que vas a pasar mucho más tiempo en el aeropuerto que en el aire.</p>
<p>DOS En cualquier caso, la nueva terminal es muy linda y muy cómoda y consigue reconciliarte por un rato más o menos largo con la especie.<br />
Catedralicia a la vez que cálida, bañada en una luz verde agua, excelente circulación, negocios con buen gusto, restaurantes que sirven comida de verdad y, por fin, algo que se parece más a una ordenada librería que a un caótico puesto de diarios y revistas con algunos best-sellers arrojados encima. Yo estaba muy contento con lo que llevaba en mi bolso (A Gate at the Stairs, de Lorrie Moore), pero eso no impidió que mi buen humor (mi vuelo a J tenía, apenas, media hora de demora) no se dejara tentar por The Believers, de Zoë Heller. Y fue de camino hacia la caja cuando lo vi. Pilas y pilas de las ediciones UK y USA de The Lost Symbol, de Dan Brown. ¿Qué fue lo que hizo que tomara entre mis manos un ejemplar del instantáneo súper-ventas galáctico y lo abriera? Misterio o no tanto. La hipnótica<br />
tentación, supongo, de ser parte de una corriente de miles de viajeros que, en ese momento exacto, hacían lo mismo en diferentes aeropuertos del planeta preguntándose por qué lo hacían, o por qué Dan Brown había demorado tanto en hacer que volvieran a hacerlo, o si no hubiera sido mucho mejor seguir<br />
esperando, como si la vida fuese un aeropuerto.</p>
<p>TRES Todo lector es un viajero y, por supuesto, hay viajes más agradables que otros. El concepto &#8220;libro de aeropuerto&#8221; se ha inventado -se presume- para todos aquellos que desean una lectura ligera, aerodinámica, sin turbulencias y del tipo se usa y se tira y ya está. Dan Brown es eso, pero no nada más que eso. Dan Brown es, también, un enigma terrenal. Dan Brown empieza y termina en sí mismo. Dan Brown es una aberración de la naturaleza y una falla en el sistema. Porque lo de Dan Brown no es la novela de aeropuerto sino la novela de catástrofe aérea. Y ya se sabe: a mucha gente no hay nada que le guste más que acercarse a ver accidentes. Lo supe cuando me paseé, incrédulo, por las páginas de El código Da Vinci y volvía a comprenderlo ahora, leyendo de parado los primeros tres o cuatro capítulos<br />
de The Lost Symbol, con sus páginas rebosantes de diagramitas parecidos a sudokus y signos de antiguas logias y muchas pero muchas itálicas. Y -no demoré en comprenderlo- el verdadero y más apasionante secreto de este &#8220;objeto&#8221; no pasaba tanto por su trama sino por lo que había tramado Dan Brown: otra vez el iconólogo Robert Langdon corriendo por las calles y los pasillos de un argumento que calcaba sin problemas elementos ya presentados en Angeles y demonios y El código Da Vinci. Y, otra vez, el refrito de inverosímiles teorías ya enunciadas hasta el cansancio: porque, al igual que lo sucedido con la verdadera historia de María Magdalena y todo eso, lo que aquí se &#8220;devela&#8221; (a lo largo de unas pocas horas, como en Angeles y demonios) es algo que cualquier aficionado al History Channel o a las absurdas pero divertidas películas de la serie National Treasure (inspiradas por un tan fácil de superar Dan Brown) ya conoce casi de memoria: el trazado masónico de Washington D. C. y los jueguitos urbanísticos de los padres de la patria y&#8230; Por supuesto, en las primeras páginas de The Lost Symbol un antiguo mentor de Langdon es asesinado en extrañas y simbólicas circunstancias y&#8230; por suerte anunciaron que mi avión perdido había sido hallado y estaba listo para salir de allí.</p>
<p>CUATRO Por estos días, en España, José Luis Rodríguez Zapatero es el símbolo perdido. El País abrió el fuego con una primera plana y un editorial reportando descontentos varios: que lo único que hace ZP es improvisar sin consulta previa, que en el mismo PSOE eran muchos los que ya no lo aguantan, que no sabían cómo activar o desactivar sus constantes anuncios de medidas imposibles de medir. El círculo más cerrado del jefe de gobierno de inmediato sonrió algo del tipo &#8220;no es más que una venganza del grupo Prisa porque no les gustó nada cómo se ha resuelto, por real decreto ley, la regulación de la televisión digital terrestre de pago a favor de un operador con el que Prisa mantiene un largo litigio por los derechos de emisión del fútbol, etc.&#8221;. Quién sabe&#8230; ¿Fatiga de materiales o de materialismos?<br />
¿Desilusión o despecho? ¿Otro fin de otro idilio entre un grupo poderoso y un individuo en el poder? Nada nuevo. Política, le dicen. Pero está claro que la cosa no es tan sencilla. Y que, de seguir por estos rumbos, Zapatero va a correr más que Robert Langdon para esquivar los dardos envenenados y los mensajes cifrados y las señas cabalísticas y lo que venga. The Moncloa Paradox. Los diarios del pasado domingo se hacían eco de El País e informaban del cierre de filas socialista, de las sonrisas tensas, del<br />
malestar de puertas para adentro y de los comentarios de comité restándoles importancia a los analistas que señalan a España -con acelerada alza de ese bajón que es el paro y pésimas notas a su sistema educativo- como a la nación extraviada a la que le costará bastante salir del lugar en que se metió y de donde ya van saliendo todos los que allí cayeron. Mientras tanto, Zapatero -beneficiado por la paranoide e infantil oposición que le hacen Rajoy y el PP- insiste en que lo peor ya ha pasado, para -enseguida- advertir que vienen tiempos duros y prevenir, enarcando ceja, contra los embates de &#8220;los poderosos&#8221;. Decodifíquese y léase: empresarios y bancos. Política, otra vez. Y, sí, Zapatero habla como un personaje de Dan Brown. De verdad: lo siento mucho por él. Y por nosotros.</p>
<p>CINCO En el televisor de mi hotel en J, daban otro programa homenaje a Michael Jackson. Ahí fue cuando vi por primera vez la versión completa del video de &#8220;Black or White&#8221;. A saber: Macaulay Culkin, las danzas étnicas, el morphing racial y yo pensaba que terminaba con esa pantera negra<br />
convirtiéndose en el Michael blancuzco. Y de pronto la cosa seguía y el cantante bailarín salía a un callejón oscuro y se ponía a saltar y jadear y agarrarse la entrepierna y lanzar gritos mientras destrozaba un auto, un negocio y un letrero de hotel. La verdad que daba miedo. Y no me extrañó que<br />
MTV y alrededores decidieran emitir el clip sin esa coda destroyer en la que Michael Jackson aparece más Wacko Jacko que nunca. Viéndolo, me dije que ahí había un buen tema para la próxima novela de Dan Brown: The Michael Syndrome. Y pensé, seguro, en que Zapatero -quien alguna vez salió en triunfal campaña montando aquello del talante- ahora se sentía exactamente así cuando nadie lo ve y lo oye, después de haber cantado y sonreído a diestra y siniestra a todo un país en trance. Un país donde cada vez hay más colas de zombis que no bailan porque no les enseñaron a bailar.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-132178-2009-09-22.html</p>
<p> </p>
<p>*</p>
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		<item>
		<title>Hay otros muros ahí afuera&#8230;</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Sep 2009 23:48:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>*</p>
<p>hoy hace quietud</p>
<p>(escucho una música que desentona con la lluvia)</p>
<p>hay otros muros ahí afuera</p>
<p>los indescifrables los imprescindibles</p>
<p>hoy hace agua</p>
<p>(un plato vacío en la cama, mis cigarrillos, Huerque Mapu)</p>
<p>ahi afuera hay otros</p>
<p>que no son muros (y saben que los nombro)</p>
<p>hoy hace pocas palabras de las que se dicen</p>
<p>y muchas de las que se escriben</p>
<p>(cuando era chica, [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>*</p>
<p>hoy hace quietud</p>
<p>(escucho una música que desentona con la lluvia)</p>
<p>hay otros muros ahí afuera</p>
<p>los indescifrables los imprescindibles</p>
<p>hoy hace agua</p>
<p>(un plato vacío en la cama, mis cigarrillos, Huerque Mapu)</p>
<p>ahi afuera hay otros</p>
<p>que no son muros (y saben que los nombro)</p>
<p>hoy hace pocas palabras de las que se dicen</p>
<p>y muchas de las que se escriben</p>
<p>(cuando era chica, muy, le robe el sacapuntas a un<br />
compañero de la escuela -y todavía lo tengo-)</p>
<p>hoy hacen ganas de hacer otras cosas que escribir en este lugar</p>
<p>darle nombre a lo que tengo que no se llama</p>
<p>(hace poco tiempo prometimos regalarnos con amigos, léase regalarnos de hacernos regalos, y sentí una cosa tan  grande, tan mía, como un amor raro por gente que no conozco tanto, que me sentí egoísta)</p>
<p>hoy hace cierta locura y nostalgia y felicidades pequeñas</p>
<p>(lo cierto, lo absolutamente cierto, es que cuando quise verte no te vi, y tenía preparado todo lo que te iba a decir, las posturas, las miradas, los sortilegios hechos la noche anterior)</p>
<p>no importa</p>
<p>ahi afuera hay una lluvia que me espera</p>
<p>y no le debo nada</p>
<p>ni sacapuntas, ni metáforas</p>
<p>ni muros, ni palabras</p>
<p>-A algunos de esos-</p>
<p>*De NATALIA GIGLIOTTI. nataliagigliotti@hotmail.com</p>
<p> </p>
<p>HAY OTROS MUROS AHÍ AFUERA&#8230;</p>
<p>La señora denfrente*</p>
<p>   La señora denfrente era muy gorda. O ancha, no sé. O el cuerpo le había ido creciendo desparejo por los esfuerzos de agacharse, levantar cosas pesadas, y dormir poco. Saludaba siempre y hablaba mucho y muy fuerte, con una voz aguda muy sudada que le marcaba las líneas del cuello y se sumaba a la obligación de abandonar su italiano precario y sustituirlo por un argentino bonaerense más precario aún.<br />
   Por la noche, tarde, yo volvía de estudiar o de noviar y veía la luz siempre encendida de la cocina.<br />
   Algo me hacía saber que ella estaba despierta y, no, que necesitaba iluminación para dormir.<br />
   No era de esas mujeres que tengan miedo alguno.<br />
   A la mañana temprano, yo tomaba el tren de las seis y diez para ir al trabajo y a la facultad.<br />
    Para ganarle a las doce cuadras que me separaban de la estación, salía de casa apenitas pasadas las cinco y media.<br />
   La luz de la cocina de la señora denfrente ya estaba encendida.<br />
   Alguna vez decidí demorarme sólo para no perderme ese pedazo de vida que todavía quedaba vivo y la escuché: ma, pero vení acá gayinnitta remolona ¿o te tenco que dar de comer alla bocca?<br />
   ¿Vos no te mestarás poniendo tristona, no?, le decía a la rosa de un color que nunca pude saber exactamente cuál era, porque sólo ella lo tenía y nunca más volví a verlo.<br />
   Tomaba la flor desde el cáliz como cuando uno acaricia un hijo desde debajo de las orejas para que sienta todas las cosquillas y el estremecimiento que sube recorriendo toda la belleza y el calor, y le fabrica una sonrisa.<br />
   Desde en frente parecía sentirse el aroma de sus ensaladas y salsas con albahaca y oliva o el dulce de frutas que dedicaba a ese hijo, un poco mayor que yo, que se había encontrado con la epidemia de polio justo en el momento en que su cuerpecito salía a levantar un pie para darle impulso al otro. Y caminar.<br />
   No pudo hasta muy entraditos sus años.<br />
   Pero pudo gracias a una madre, la señora denfrente, que le puso vida a sus huesos, su mielina y su deseo.<br />
   Él, Juan Carlos,  empezó a andar y a animarse, sin miedo, hijo propio de esa mujer.<br />
   A la nochecita, a esa hora de los bichitos de luz y las escondidas, yo la había escuchado: mirá cuanqui, ¡que se no te decá de codderr te  cjuro que ti agarro e ti colgo!<br />
  <br />
   Con mi hermana, que salía a fumar a escondidas convencida de adulterar el olor a pucho con Siete Brujas o Charlie de Revlon, nos reíamos, más cerca de la ternura que de la burla.<br />
   La señora denfrente contaba con todos los elementos que se requieren para que uno pueda burlarse, pero con ella era imposible.<br />
    La primavera emanaba música y colores en esa casa, pero no música envasada sino esa que nace de los acordes de los paraísos y los ciruelos, las gallinas y los pájaros que iban a comer a su patio.<br />
    Colores de la vida misma.<br />
    Del verano salía una sombra fresca que restituía la dignidad de las siestas e invitaba a despertar las madrugadas con olor a frutillas maduras y caca de gallina que se mezclaba con el arte hiperrealista en ese escenario incomparable.<br />
    El invierno de esa esquina inconmensurable rompía la pereza de cuando mami me pedía: ¿vas a buscar un par de huevos a lo de Nélida?<br />
   Yo, que estaba desparramada entre mis fantasías acompasada por Génesis o Pink Floyd, devanándome entre la culpa y el deber, con Los Miserables o Crimen y Castigo, y atizando los leños de la estufa de nonno, salía rauda hacia la casa de la señora denfrente, para empaparme de esa energía que le daba a la vida su verdadero significado.<br />
 <br />
 -Vení que ti mostro ¿viste lo pimpoyyitto nuevo que le salieron al conejitto? Con este frío, è incredibbile. La culecca se me quiere ir, pero yo no la decco, mirála poveretta, mà pero eyya è l’allegría desta casa, no la puedo deccar ir así nomás.<br />
 <br />
  Yo miraba como distraída hacia la mandarina y ella me llenaba una bolsa al instante.<br />
   Alguna vez me he olvidado los huevos y tuve que volver a ir, con timidez y torpeza, porque mi trofeo era volver con ese olor impregnado y esa bolsa que guardaba el enigma de la fuerza de vivir, y no con los mandados mandados.<br />
   Juan Carlos, el cuanqui, era todavía muy tímido pero se acercaba a veces, creo, a disfrutar de mi sonrisa llena de lágrimas que nunca pude aprender a evitar.</p>
<p>  <br />
    Había un marido allí. Un hombre taciturno y abnegado.<br />
    Conformaban una de esas parejas a las que uno no puede atribuirles sensualidad alguna, pero se los veía fuertes en eso de llevar una casa y la familia adelante.<br />
    El señor, el marido de la señora denfrente, le había dicho a mi madre una tarde, siendo yo muy pequeña: Lucy es muy noble, no conozco otra persona así.<br />
    Lucy era yo, en ese entonces, y me llenó de desconcierto esa expresión que no comprendía. Como un día de la fiesta de la primavera que me eligieron reina por unanimidad, y tampoco comprendí qué quería decir.<br />
   Asimilé con los años que la decisión había sido por una nimiedad, algo sin demasiada importancia que era difícil definir.<br />
   Mi autoestima nunca fue mi fuerte.</p>
<p> <br />
  Transcurrieron años.<br />
   Yo me fui de allí, como se van todos los que creen que, para crecer, deben partir, parir, plantar y seguir partiendo.<br />
    Me fui.<br />
    Volví a volver cada vez que algún aniversario, vacación o festividad me acercaba a la cocina de mi madre y a ese mundo pulpo del que había necesitado desprenderme.</p>
<p>    Miré de nuevo el patio de mi madre. Había también allí mucha vida que yo había distraído buscando originales sensaciones.<br />
   Qué cosa esa que la comida siempre parece más rica en la casa de otros… y uno queda, ante los anfitriones, como un subalimentado que se desenfrena por una milanesa como si hiciera meses que no come…</p>
<p>   ¿Será ese el origen de la envidia? ¿O será su consecuencia?<br />
  <br />
    Cuando volví con otros años de sensaciones más encima que adentro, fue urgente buscar el aroma de la casa de la señora denfrente, pero no olía.<br />
No olía a nada.<br />
    Los paraísos y los ciruelos seguían tañendo  un ritmo cadencioso que abrazaba una ausencia inexplicable.<br />
   Mi madre, ocultada detrás de un puñado inefable de prejuicios tuvo que contármelo: La dejó ese pelotudo del marido y está trabajando en una parrilla como cocinera. Viene a la casa solamente un ratito a la siesta.<br />
   Mi pregunta, también pacata y retrógrada: ¿a esta edad? obtuvo la respuesta acorde: y… se le cruzó una porquería de mierda, una atorranta que le está sacando toda la plata… ese viejo verde…<br />
    Aquel que había tenido alguna vez el parámetro para calificar la nobleza se transformaba repentinamente en un pusilánime.<br />
   Mi ánimo perezoso concluyó repentinamente que esa sensualidad inexistente que me había parecido percibir de niña, lo había llevado a ese marido  detrás de unas caderas ardientes y un cuerpo que no estaba deformado de agacharse y hacer fuerza.<br />
   Tal vez tuve flojera de pensar que en realidad los maridos siempre se van con otra y necesité encontrar una mirada aldeana que contrarrestara todas las contradicciones de la monogamia inventada por un sistema.<br />
    O, tal vez, vaya uno a saber qué mierda pasó, la cuestión es que la tristeza y el abandono habían inundado esa inmensa esquina sin gallinas culecas, sin pimpollos acariciados, y repleta de mandarinas caídas a la buena o a la mala de algún dios.<br />
   <br />
   Aún así transcurrido el mal tiempo, y gracias a que la jubilación en esta perversa sistematización de nuestro deseo, llega, no por júbilo sino por vejez y desgaste, el patio volvió a habitar la vida de la señora denfrente.<br />
   Me llamaba, al veme llegar con mi prole, de visita a los nonnos, para regalarme ropita tejida por ella con rezagos que heredaba de sobrantes del mismo perverso sistema. Me narraba las peripecias de una batita o una mañanita que tejía para una especie de asilo al que, también, iba a cocinar solidariamente cuatro veces por semana.<br />
   Las mandarinas y los conejitos resucitaron al compás de las rosas y los capullos de gusano, las gatas peludas y los bichos canasto.<br />
   Todo convivía en ese pequeño atolón que no había sido alcanzado por la perversión a pesar de su tanta presencia.<br />
  <br />
   Me llamó mi madre un día, desde toda la distancia que yo había generado al partir de allí, para contarme que, además de los sudores omnipresentes de la señora denfrente, un color amarillo rancio y un olor penetrante se habían puesto a vivir en su ancho y extenso cuerpo, y la habían internado.<br />
   A la mañana siguiente, ya estaba muriéndose, sin más explicaciones y consuelos que la vida es así.<br />
   Había sido la única amiga de mi madre, esta madre, mujer, que había dejado a sus amigas hacía cincuenta años del otro lado del océano de la guerra y las mezquinas disputas de poder.</p>
<p>   Los hijos de la señora denfrente, miserables, como la mayor parte del género humano, que es el único capaz de alambicar tanta miseria y desidia, debatieron sobre su cadáver fresco, pero nadie recordó regar las flores ni dar de comer a las gallinas y a los pájaros.<br />
   Yo, hace mucho que no ando por allí, pero practico cada mañana el saludo a la vida en su nombre y su recuerdo.</p>
<p>   Ya hay un pájaro que come de mi mano y no me teme.<br />
   Tal vez he aprendido algo.</p>
<p>                                           </p>
<p>* de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com<br />
- 16 de septiembre 2009.</p>
<p>La caída de las hojas*</p>
<p> <br />
Los pasillos de la biblioteca aparecieron llenos de hojas esparcidas por el suelo. A medida que pasaban los días, el grosor de las hojas iba en aumento, y solo faltó que alguien abriera las ventanas para que se crearan remolinos de hojas que al final se acumularon en los pasillos de la Z y la V.</p>
<p>El sustituto del bibliotecario titular estaba obnubilado por el suceso y no sabía como reaccionar. Se resistía a tirar las hojas, ya que de hacerlo dejaría ejemplares incompletos, pero por otra parte tenía que hacer algo porque, de seguir así, en una semana sería imposible pasar entre las estanterías.</p>
<p>Se resistió hasta donde pudo porque quería que se reconociera su capacidad para llevar la biblioteca pero llegó el momento en que no tuvo más remedio que llamar al viejo bibliotecario oficial.</p>
<p>No esperaba que el anciano no se sorprendiera y aun resuena la carcajada en sus oídos y aquella respuesta &#8220;¿Pero, acaso no te has dado cuenta de que estamos en otoño?</p>
<p>*De Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>MUJER Y NIÑOS EN LOS BOSQUES DE LA PLATA*</p>
<p>                                                              <br />
 A mis hermanos Marta y Ricardo</p>
<p>   Es invierno en los Bosques de La Plata. Es  el invierno de  1941 en los Bosques de La Plata.  En esta fotografía siempre será invierno de 1941, siempre será joven y hermosa  la mujer  y siempre serán pequeños los niños que la acompañan.<br />
   Ella sonríe suave. Tiene puesto un sombrero. Un sombrero no queda bien en cualquier  cabeza. Hay personas que parece llevaran una torta encima. La mujer, sin dudas, sabe cómo llevar un sombrero. Parece una reina. Sonríe  como una reina.  Los pequeños miran el horizonte. Un varón y una niña. Llevan unos tapaditos de pesada tela y cuellos  prolijamente confeccionados. Los botones de los abrigos son hermosos. Seguro hace mucho frío en los Bosques de la Plata en este invierno tan duro.  Pero  esto no parece acobardarlos. Los tres están felices con la excursión. Los niños miran a la cámara. Están sentados en los peldaños de una  rústica escalera: el varón en el más alto. La mujer no los mira. Tampoco a la cámara. Ella tiene el cuerpo de costado y la cabeza ligeramente vuelta hacia el frente.  Mira al horizonte. Lo mira y sonríe.<br />
   No queda una sola hoja en los árboles y parece como si en todo el bosque,  más allá de lo que se puede ver en la fotografía, no hubiera tampoco ninguna persona. Nadie más que los tres felices paseantes. Sin embargo, alguien tomó la fotografía. Debemos aceptar que en el bosque había una persona más. Pero no en éste de la fotografía. Esa persona tomó la foto y quedó fuera de ella. No está en este invierno que vemos así como no hay nadie en estos Bosques de La Plata. Nadie más que la mujer, mi madre, la mujer hermosa y  distante que mira al horizonte y los pequeños que miran a la cámara: el varón y la niña, mis hermanos mayores, los que  vivieron con mi madre ese día en los Bosques  de La Plata.<br />
   Es una de las  pocas fotografías que mamá conservó de su vida anterior, de su primera familia. La miro  repetidas veces  mientras pienso que ella era muy joven,  muy bella,  y que  seguro fue quien confeccionó los perfectos tapaditos  de los niños y cosió sus botones hermosos  y  pienso que  aunque hace mucho frío en ese invierno de los  Bosques de la Plata  no importa porque ellos tres pasan un día muy lindo y después  madre tuvo otra vida  y  otros hijos  pero siempre será invierno de 1941  en  Los Bosques de la Plata para la bella mujer y sus  hijitos.</p>
<p>                                        <br />
*de Verónica M. Capellino.  veroaleph@hotmail.com</p>
<p>Cuestión de ojo*</p>
<p> *Por Juan Forn</p>
<p>En 1958, John Huston le ofreció a Jean-Paul Sartre 25 mil dólares para que le escribiera un guión sobre Freud. Huston ya había dirigido en Broadway una obra de Sartre (A puerta cerrada) y mostrado interés en filmar otra (El diablo y Dios) y le importaba poco que Sartre tuviera poco respeto por el<br />
psicoanálisis. Lo suyo era un típico pálpito de director de cine: Sartre era el candidato ideal para escribir ese guión porque lo que Huston quería filmar era la historia de cómo Freud se había convertido en Freud (es decir, esos siete años de fracasos sistemáticos desde que empezó con la hipnosis hasta que se internó en la interpretación de los sueños propios y ajenos), y pocas personas, según Huston, encarnaban mejor la máxima sartreana &#8220;El infierno son los otros&#8221; que Freud tratando a sus primeros pacientes ante la mirada hostil de la parentela de esos pacientes, de sus colegas médicos y de toda la sociedad vienesa de su tiempo.<br />
La idea de Huston era bien norteamericana (Freud como detective de la psique, superando mil obstáculos hasta la triunfal develación del enigma).<br />
Sartre mordió el anzuelo por el motivo inverso: el desvelo excluyente de su Freud no era curar las neurosis, sino exponer a la luz del día los secretos y miserias de la burguesía vienesa. Sartre envió una sinopsis de 95 páginas que a Huston le fascinó (aunque las sinopsis de guión no superan nunca las<br />
quince páginas). Tres meses después llegó la primera versión del guión y Huston empezó a preocuparse: &#8220;La copia mecanografiada era más gruesa que mi muslo&#8221;. Así que invitó a Sartre a su castillo en Irlanda para trabajar juntos y de esa manera empezó la amarga comedia que deberían haber escrito y filmado en lugar de la vida de Freud.<br />
No más llegar, Sartre le escribe a Simone de Beauvoir: &#8220;No puedo decir que me aburra, Castor, hay que vivirlo todo al menos una vez. No he salido desde que llegué. La ciudad más cercana está a medio día de viaje. Miro los kilómetros y kilómetros de nada que nos rodean y, si no fuera por el pasto, diría que tiraron la bomba atómica. En cuanto al castillo, cada habitación rebalsa de objetos incongruentes: Cristos mexicanos, lámparas japonesas, el Monet más feo que he visto en mi vida&#8230; H dice que vive aquí por la naturaleza, pero lo hace para evadir impuestos&#8221;.<br />
Huston, por su parte, escribió en su autobiografía: &#8220;Al principio admiré su habilidad para tomar notas mientras hablaba, pero después entendí que era imposible interrumpirlo. No paraba ni siquiera para tomar aire. Más lo miraba y más me convencía de que era el hombre más feo que había visto en mi<br />
vida. A veces me agotaba tanto, que tenía que salir de la habitación, y el murmullo de su voz me seguía por los pasillos, y cuando volvía a entrar él ni se había dado cuenta de mi ausencia&#8221;. Todo el equipo reunido por Huston entendía y hablaba francés, pero después de cada jornada de trabajo salían<br />
del salón con los ojos vidriosos y la mente en blanco. En determinado momento, Huston trató de hipnotizar a Sartre (técnica que había aprendido en el psiquiátrico donde filmó en 1945 el documental Let there Be Light, sobre las secuelas de la guerra en los soldados que volvían del frente). Le fue<br />
imposible. Sartre, por su parte, trató de que el cineasta le confesara qué cosas creía tener en su inconsciente. Le fue imposible (&#8220;Ayer H confesó que en su inconsciente no hay nada, ni siquiera viejos deseos inconfesables. No logro entenderlo. No me habla. No me mira. Huye del pensamiento, dice que le<br />
entristece&#8221;).<br />
Un día, Sartre amaneció con un terrible dolor de muelas. Huston ofreció trasladarlo a la civilización (léase Nueva York: ni en Dublín ni en el Londres de posguerra había odontología decente, según Huston). Sartre dijo que le bastaba un dentista del pueblo. Como Huston no conocía ninguno, Sartre encontró uno por las suyas, se hizo sacar la muela en cuestión de minutos y volvió aliviado al castillo. Cosa que llevó a Huston a comentar a su equipo: &#8220;Un diente de más o de menos es una cuestión intrascendente en el<br />
universo de un existencialista&#8221;.<br />
Finalmente, Sartre volvió a París y prometió enviar una nueva versión del guión. La que había llevado al castillo de Huston tenía cerca de cuatrocientas páginas (está publicada, es una gloria, se llama Freud, a<br />
secas). La que envió dos meses después era más larga aún, Huston optó por encerrarse con Wolfgang Reinhardt y Charles Kaufman (sus dos colaboradores en el documental de 1945) y le mandó a Sartre el guión convenientemente reducido. Este contestó una carta más larga que todo el guión, exigiendo que<br />
retiraran su nombre de los créditos, aunque buena parte del guión siguiera utilizando material suyo, por ejemplo el personaje de Cecily, que Sartre había compuesto basándose en tres de las pacientes iniciales de Freud y que quería que interpretase Marilyn Monroe. La idea era brillante. Pero Anna Freud, que supervisaba el tratamiento psicológico de Marilyn, le prohibió aceptar (además, desacreditó la película cuando se estrenó, razón por la cual, cuando Marilyn murió pocos meses después, Huston declaró: &#8220;No la mató Hollywood: la mataron sus psiquiatras&#8221;).<br />
El papel de Cecily cayó en manos de la inglesa Susannah York y el de Freud fue para Montgomery Clift. Huston creyó que sería útil para la película que ambos actores tuvieran experiencia como pacientes de psicoanálisis. Fue al revés: tanto la York como Monty pretendieron reescribir sus escenas. Con la<br />
York no fue tan grave (Huston la prefería contrariada y se limitó a reducirle al máximo sus parlamentos). Con Monty el problema fue mayor: después del rodaje de The Misfits había tenido un accidente automovilístico que lo había dejado con severas limitaciones corporales y faciales. En su<br />
guión, Sartre había hecho obsesivo hincapié en la mirada penetrante del creador del psicoanálisis, y Monty le aseguró a Huston que podía hacer a Freud casi enteramente con los ojos. Huston pidió a su director de fotografía que hiciera la mayor cantidad posible de primeros planos, cosa que permitió disimular no sólo la torpeza motriz de Clift, sino también los cartelitos con textos auxiliares que sembraban por todos lados, ya que los cócteles de tranquilizantes y alcohol que tomaba Monty para paliar sus dolores corporales le impedían aprenderse sus parlamentos.<br />
El rodaje fue un calvario. La mitad del equipo técnico culpaba a Huston por torturar a sus actores; la otra mitad decía que Monty boicoteaba la película por tener que actuar con la York en lugar de Marilyn. En lo único que coincidían todos era en el extraordinario efecto que tenían aquellos<br />
primeros planos de Clift, y allí depositaron todas sus esperanzas. &#8220;Era imposible no admirar el talento de Monty cuando se le encendían los ojos&#8221;, escribió Huston en su autobiografía. La película se estrenó por fin en 1962 y las críticas no fueron tan malas de entrada&#8230; hasta que la prensa amarilla de Los Angeles se hizo un festín anunciando que Montgomery Clift se operaba de cataratas: a eso se debía en realidad la mirada alucinada que le había dado a su Freud.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-131946-2009-09-18.html</p>
<p>Sexo de cortesía*</p>
<p> *Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com</p>
<p>LA VOZ</p>
<p>Cuando la musa soledad despierta, la vida comienza a tener una voz algo ardiente y triste. Salta una bocacalle, y se nota que es la noche quien la sigue. De pronto se detiene y con gesto delicado descubre la ciudad que, envuelta en celofán, relega el erotismo a los burdeles.<br />
Sus leves pisadas de musa guardan la torsión turbulenta de su flote.<br />
Encendiéndose en púrpuras invocaciones, ella salta más allá y más adentro.<br />
Todo lo agranda con su pensamiento y queda claro que un abrupto puntapié en el velamen no alcanza para declaran que la acción sea la vida.</p>
<p>EL POLVORIN</p>
<p>Cuando el polvorín interior de la musa estalla por la acción corrosiva de una contemplación negra, insensata y devoradora, la desesperación y la fatiga se unen, se engendran y fomentan el amor al peligro. Quien se atreva, podrá abismarse en su propio abismo. Y podría hacerlo a propósito, para no estar en las nubes. Contemplarse en el abismo es peligroso, porque las ideas viven tanto en la fosa como en el aire y por esa acción beligerante del mirarse, la quietud o el matrimonio pueden levantarse en vilo.</p>
<p>LA FUENTE</p>
<p>Cuando la musa soledad se baña desnuda, lindas muchachas vienen a verla y ella sale del agua, se acaricia con la mano, asombrada de dar con su completa feminidad dichosa. Sonríe y no anega su pellejo en el hundimiento abstinente. Vuelve al agua más deslumbrada que juiciosa.<br />
La musa se abstrae y se proyecta. Se lanza desde el interior del espacio alumbrada por una linterna mágica. Cuando se oye la trompeta de Dios, las muchachas se suman a lo que existe. Por un fenómeno de refracción humana, la musa soledad se torna cuerpo accesible a las demás y se ahoga en la fuente<br />
redonda, infantilmente ilusionada.</p>
<p>EL PUÑADO</p>
<p>Cuando la musa llega con un puñado de palabras halladas en los páramos del origen, el asunto de la realidad comienza donde la realidad acaba.<br />
Desaparecen todos los ausentes del sexo dichoso. Patas arriba queda el nadador sumergido en el fulgor de la luna. Es cierto que en este mundo falta el aire y sobran los titulares de los diarios. Falta amor y sobra matrimonio. Tanta dicha embalsamada. Tanto vértigo desperdiciado. Con ánimo de pez, ella trae en su espiritualidad concupiscente una imbricación de cuerpo y alma.</p>
<p>LAS SEÑORAS</p>
<p>Cuando la ven llegar, las señoras tristes saltan solas sobre el lecho. La musa soledad les trae la noticia y ellas quedan a merced de ciertos pensamientos. No respetan a las bailarinas de burdel, sin embargo las<br />
envidian.<br />
La musa soledad les sugiere que no hace falta el lupanar para el deleite.<br />
Pero ellas miran a su lado y otro, se miran a sí mismas y encuentran sólo dos cuerpos domesticados. El hombre, desnudo, sucio de tedio y vencido, en medio de esas rebeldías no sabe si temblar o aplaudir. Se debate entre decir adiós o seguir aullando solo otra vez como el perro le aúlla a la muerte.<br />
Pero el hombre, la musa y las mujeres tristes saben que no será el perro el que tome el lugar del amo.</p>
<p>LA LUZ</p>
<p>Muy simple y natural, la musa soledad se acerca. Trae una luz que hace de toda mujer una figura nueva y prodigiosa. Ayudada por las abre cajas de Pandora, la musa soledad les ofrece a las señoras un leve toque de imaginación por medio del cual el entorno se trastorna. Adentro de la caja hay algo más que ese sexo de cortesía que las agobia. Hay un impúdico goce de mujer. Una fuerza centrífuga en el horizonte. Un tirón de pelos. Un frenesí de lobos rojos. Y ante el amago de su primer movimiento, un lento<br />
tropismo femenino las lleva a concebir un coraje.</p>
<p>LA ELIPSIS</p>
<p>En ocasiones, la musa soledad es el diluvio después del cual, algo comienza.<br />
Sea el manar de náusea o luz lo que ponga las cosas para arriba. Sea el rodar por el temblor de los cariños, o el insospechado resplandor del sexo redivivo. Sea la mujer montada en cardenales, el fetiche de los dedos, el vértice del hombre en las comisuras, el almácigo irisado de asombros. Sea el crispo de la flor en el florero o la prístina ondulación de babas. Sea la tensa envergadura, el titilar de la lengua viva. Sea lo que deba ser pues la vida propia se vuelve totalmente ajena sin la musa soledad y sin la elipsis.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20274-2009-09-19.html</p>
<p> </p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 20 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Pedro Álvarez. Las poesías que leeremos pertenecen a<br />
Cristina Papaleo Soletzki (Argentina) y la música de fondo será de Chimizapagua (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar<br />
http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
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Inventren&#8230;Próxima estación: SAN FERMÍN.</p>
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		</item>
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		<title>EDICIÓN MARZO 2009</title>
		<link>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/03/03/edicion-marzo-2009/</link>
		<comments>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/03/03/edicion-marzo-2009/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 03 Mar 2009 08:24:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<br />
Me abrigo*<br />
<br />
<br />
<br />
Me abrigo en tus besos<br />
<br />
Besos de cielos<br />
No tengo frío<br />
Con caballos en un carrusel<br />
Subo y bajo<br />
Imagino ser<br />
El domador de un circo<br />
Que llena de fantasías<br />
A los grandes<br />
Y a los chicos<br />
Un clown se maquilla<br />
Frente a mí<br />
No me asusta<br />
Delinea una pared de cristal<br />
Sube por un cordel de oro<br />
Y su sonrisa de amistad<br />
Me hace creer<br />
En la fórmula<br />
De la esperanza..-<br />
<br />
<br />
*de Azul. azulaki@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
ES COMO*<br />
<br />
&#160;<br />
Desde muy lejos regresar al hogar,<br />
aunque uno nunca se ha ausentado,<br />
retornar al propio idioma,<br />
en las cuatro paredes propias.<br />
<br />
<br />
Llorar interiormente,<br />
que las muchas vivencias importantes<br />
nada actual traen consigo,<br />
que todas las intimidades,<br />
todo sentir-juntos,<br />
todo pensar-al-mismo-tiempo<br />
se deben contener,<br />
que para el común código-cariño<br />
no existe más un destinatario.<br />
<br />
<br />
Y, sin embargo, queda una alegría<br />
por el regreso al idioma innato,<br />
a las tradiciones y rituales del país innato,<br />
a la gente de la propia etnia.<br />
<br />
<br />
La vida será más fácil.<br />
Pero se ha dejado atrás algo de sí mismo.<br />
Se nota cuando la gente de casa pregona algo malo,<br />
degradado, injusto,<br />
sobre la gente de la otra patria,<br />
entonces se le odia por ello,<br />
se está por la etnia de la segunda patria<br />
aunque ella parece estar inalcanzablemente lejos,<br />
bien porque el dinero no alcanza<br />
o porque el buen sentido parece así ordenarlo.<br />
<br />
<br />
Ha perdido las raíces, dicen a la ligera<br />
y con ello piensan<br />
que se intenta defender<br />
si bien esto parece ser inútil.<br />
Se hace ésto solamente por una,<br />
por aquella que de nuevo ha retrocedido,<br />
a las filas de su pueblo,<br />
se hace ésto por la memoria de ella.<br />
<br />
<br />
Un matrimonio temporal, dicen insensiblemente,<br />
algo que no puedo sacar de mi corazón.<br />
<br />
<br />
* de Wolfgang KAUER. kauer@utanet.at<br />
Salzburgo.<br />
-Traducción: Walkala.<br />
<br />
<br />
<br />
&#160;<br />
<br />
<br />
La máquina más cara del mundo*<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
En una casa de remates, encontré un objeto muy raro. No tenía precio. Cómo toda mujer curiosa tomé con mis manos, una pequeña caja de madera. En su tapa había un relieve vidriado que según por donde enfocaba la luz, el color cambiaba. Del naranja pasaba al amarillo, del amarillo al limón, del limón<br />
al turquesa y&#160; todos los matices más hermosos que mis ojos habían percibido.<br />
Intente trabajosamente abrirla para observar qué había adentro.<br />
Y misteriosamente, (fijándome que el vendedor no se molestara de estar toqueteándola) comenzaron a salir flotando numerosos globitos muy brillantes. Emprendieron a volar por el negocio con una gracia increíble.<br />
Fascinada por el descubrimiento, pude agarrar uno que tenía la cara de Borges, al apartarlo encontré en letras diminutas sus obras completas.<br />
En otro la obra de Einstein y en otro la de Freud.<br />
No podía con mi regocijo, había descubierto en esa cajita de madera, en un lugar muy disimulado, la máquina de los sueños.-<br />
<br />
<br />
<br />
*de Azul. azulaki@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
Pisaba sólo las baldosas pares. Esto le daba un andar concentrado y a veces dubitante, porque las calles no estaban demasiado cuidadas, existían espacios&#160; sin baldosas&#160; o con las baldosas levantadas lo cual le obligaba a mantenerse por momentos como una cigüeña sobre un solo pie, hasta que encontraba el lugar exacto donde posar el otro con cuidado.<br />
Esta costumbre no originaba curiosidad, porque ya nadie sentía curiosidad por el otro. Vivían todos sumergidos en su propia problemática, su propia baldosa par, su propia supervivencia.<br />
Llegaba por fin a su núcleo básico, con su pequeña puerta gris con una amarillenta tarjeta insertada en un recuadro, donde aparecían su apellido, su nombre y su número personal. Se apoyaba sobre un solo pie por un momento, colocaba la mano derecha sobre la mano que aparecía impresa en la madera y cuando la puerta se abría estiraba la pierna doblada y traspasaba el umbral con cuidado. En el pequeño receptáculo-nido se sentía protegido. Observaba a su alrededor con cuidado y&#160; comprobaba que todo conservaba su orden, el orden de las cosas y su propio orden, La cama estrecha con su cobertor gris<br />
estirado prolijamente. La mesa con su pequeña lámpara. El armario para la ropa donde también guardaba algunos objetos valiosos que no estaban prohibidos por el momento, una Biblia que perteneció a su madre, muy gastada porque él la leía repetidamente como una novela, interesándose en las anécdotas que se relataban, en cada personaje; una cartulina pequeña con un paisaje azul que iba volviéndose gris porque los colores se iban desvaneciendo, lo había dibujado&#160; cuando comenzó la escuela, cuando éstas<br />
todavía existían; una esfera de vidrio con un paisaje nevado en su interior, que era su posesión favorita. A veces pasaba toda una tarde sentado en la cama, moviendo suavemente la esfera provocando movimientos muy pequeños, para tener más posibilidades de cambio. Esto realmente le provocaba un<br />
estado de satisfacción que lo separaba de su repetición y de los cambios producidos en las últimas décadas.<br />
También tenía una mesa para comer, adosada a la pared de la cocina. Allí había una ventana,&#160; redonda como un ojo de buey, desde donde se podía contemplar el cielo.<br />
Su soledad no le producía tristeza. Se sentía contenido en su pequeño huevo-casa, casi como en un útero, donde no existían necesidades, donde todo estaba previsto sin que él necesitara anhelarlo ni esforzarse por conseguirlo, Si quería escuchar los comunicados oficiales podía apretar un botón en la pared que iluminaba un aparato con pantalla. Si aparecía una cara de mujer era Ara. Si era un hombre era Holm. Ara mostraba unos dientes muy grandes cuando saludaba antes de comenzar a leer las noticias. Holm<br />
tenía una mirada fija, como si viera más lejos de donde él se encontraba escuchando. De alguna manera eran sus amigos. Podía tenerlos en su casa sin sentirse invadido. Estaban ahí pero no interferían.<br />
Pocas veces se sentía algún ruido desde los núcleos que lo rodeaban. Una vez había escuchado en la noche ruido de pisadas muy fuertes y rápidas, que se detuvieron en el receptáculo pegado al de él. Sintió el crujido de la puerta que se rompía, gritos de mujer, pisadas nuevamente, luego nada.<br />
Se había encogido en ese momento, cubriéndose la cabeza para separarse de los&#160; sonidos. Pensó un momento en la mujer que vivía allí. La había visto una vez cuando volvía, Era una mujer madura, con rostro gastado y ojos celestes todavía luminosos. Ella lo había mirado con más detenimiento que él, como para hablarle, pero él se había negado a ese reconocimiento. Pensó que quizás si hubieran hablado ese día, él también habria desaparecido esa noche. Su precaución lo había protegido, pensó aliviado.<br />
&#160;Una tarde, cuando volvió a su hogar, luego de cenar escuchando a Ara, abrió su armario y sacó la esfera de cristal. Jugó con ella largo rato, formando paisajes nevados con techos rojos&#160; rojos&#160; y pinos verdes. Cuando Ara terminó con las noticias y le sonrió mostrando sus dientes grandes, se levantó de la silla lentamente, tomó el cinturón de su uniforme gris y formando una lazada con cuidado, se colgó del ojo de buey.<br />
<br />
<br />
LAS PEQUEÑAS VIDAS.<br />
CIRCULO.*<br />
<br />
<br />
<br />
*De Sonia Arismendi. soniaris@adinet.com.uy<br />
&#160;<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
HOMENAJE A BERTOLT*<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Brecht detestaba a los poetas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; comediantes<br />
(inclusive a los buenos poetas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; comediantes),<br />
ésos que cantaban (y hasta<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; bailaban)<br />
lejanos de la tan perturbadora<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; vida<br />
que gruñía hosca más allá de<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; la platea.<br />
Brecht prefería el aire abierto<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; o cerrado<br />
y los charcos donde la vida<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; pudiera<br />
reflejarse, y el hombre cierto<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; tuviera<br />
al fin derecho a la palabra<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y al pan<br />
(que no son lo mismo, pero<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; cuando falta<br />
uno escasea el otro). Yo no<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; creo,<br />
no obstante el horizonte, o<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; estas luces,<br />
que el recorrido soberano<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; de su lápiz<br />
haya caído en saco roto.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
<br />
*de Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar<br />
Gran Buenos Aires, enero, 2009.<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Ella a pesar de todo*<br />
<br />
<br />
ella avanza<br />
sin descanso ni sillas en el camino<br />
ella va<br />
atraviesa montes y llanuras<br />
bajo soles incendiados y lunas heladas<br />
y avanza<br />
el poeta se detiene<br />
afloja el ritmo<br />
a veces se confunde<br />
se sienta en la silla del poder<br />
pero ella no transa<br />
llega a la ciudad<br />
camina por calles nocturnas<br />
corre el último colectivo<br />
mira la luna con una mujer ciega<br />
habla con los mudos<br />
juega con niños en el parque<br />
ladra junto a un perro callejero<br />
huele una rosa negra<br />
y sigue<br />
cruza las bocacalles sin mirar<br />
la atropellan<br />
la insultan<br />
la quieren arrestar<br />
pero ella sigue<br />
entra en el alma de un suicida<br />
y lo salva<br />
sube a las alturas<br />
habla con los dioses<br />
y discute con satanás<br />
entra al cuerpo de un menesteroso<br />
y bebe vino barato<br />
se emborracha<br />
y se droga<br />
con los muchachos en la plaza<br />
incendia gomas en la ruta<br />
reclama paz y pan<br />
pan y rosas<br />
verdad y justicia<br />
enfrenta la usura<br />
al poder de los totalitarios<br />
a torturadores y genocidas<br />
no quiere circo<br />
ni hueso<br />
ni vino agrio<br />
ella no se arrodilla<br />
no se vende<br />
grita sueños y libertad<br />
hace amigos sin tiempo<br />
compañeros entrañables<br />
reclama lo imposible<br />
cambia el mundo<br />
lo destruye<br />
y crea<br />
un mundo nuevo<br />
ríe y llora como un niño<br />
como un hombre libre<br />
como un sueño realizable<br />
y sigue adelante<br />
persigue utopías cabalgando unicornios<br />
navega los siete mares de la tempestad<br />
sobrevive<br />
y sigue sin tiempo<br />
para pausas tramposas<br />
para habladurías vulgares<br />
entra a los barriadas marginales<br />
a los barrios abandonados a la mala del diablo<br />
se interpone entre dos contrincantes<br />
y le disparan a la cabeza<br />
pero ella la poesía<br />
no se inmuta<br />
solo sigue<br />
debe llegar al final<br />
de un camino sin fin<br />
debe llegar a destino<br />
a la salvación de todo hombre y mujer<br />
debe llegar al amor fundamental.-<br />
<br />
<br />
<br />
*de aldo luis novelli. aldonovelli@yahoo.com<br />
poeta – narrador – ensayista /neuquén – patagonia - argentina<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
INVENTIVA SOCIAL*<br />
<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Al Lic. Eduardo Francisco Coiro<br />
&#160;<br />
<br />
<br />
La sociedad va a reinventarse a sí misma<br />
en la persona y corazón de una niña<br />
de doce o catorce años<br />
al final de un invierno y de una guerra;<br />
&#160;<br />
<br />
va a inventarse otra vez<br />
hombre por hombre<br />
sin miedos entre el hombre y la víbora<br />
entre la araña y el hombre<br />
entre hombre y tiburón<br />
entre el hombre y su vecino<br />
la plantita venenosa arrancada de raíz<br />
y la rosa sin precio en florería<br />
&#160;<br />
<br />
Mujer por mujer<br />
tiene que reinventarse<br />
en la persona o corazón de un niño<br />
al final de un tornado terrible<br />
donde ya casi nada estaba en pie<br />
&#160;<br />
<br />
Y cada uno nacerá de todas las muertes<br />
menos los peores asesinos<br />
Y cada uno habrá aprendido a amar<br />
desde tanto dolor acumulado.<br />
&#160;<br />
<br />
Cada grano de arena será bello<br />
y se enamorará de la luna<br />
y será para siempre correspondido.<br />
&#160;<br />
<br />
y volverán<br />
a reinventarse el silencio<br />
y la risa<br />
la pelota de fútbol sin dueño<br />
el bastidor para bordar las flores<br />
la bicicleta con luces y timbre<br />
la cocinita para hacer postres en cumpleaños<br />
el lápiz para aprender a no tachar<br />
&#160;<br />
<br />
un país sin bandera ni fronteras<br />
un planeta sin bancos de usura<br />
una mesa redonda y un pan<br />
&#160;<br />
<br />
un aire transparente para verse los ojos<br />
y que sea imposible mentir u odiar<br />
Nunca más plazas de toros<br />
nunca más gallos de humana riña<br />
nunca más caza deportiva<br />
polígonos de tiro,<br />
motines trágicos,<br />
panoplias monederos y cadenas<br />
&#160;<br />
<br />
La humanidad que muere para sembrarse<br />
renacerá en sociales inventivas<br />
donde no tenga su interregno el miedo,<br />
donde ya nadie más secuestre niños<br />
asesine a su novia o esposa<br />
&#160;<br />
<br />
la sociedad donde ganan los malos<br />
que se quede con lo que destruyó;<br />
el mundo en su aritmética de guerras<br />
que se muerda su cola de dragón<br />
&#160;<br />
<br />
Que renazcan el niño que no pudo ser niño<br />
la enamorada que no pudo dar a luz<br />
el poeta fusilado por la espalda<br />
&#160;<br />
<br />
Que no vuelvan dineros ni relojes<br />
ni látigos ni bombas de terror<br />
&#160;<br />
<br />
La humanidad que había en tantos versos<br />
y tantas veces cayó pisoteada<br />
que vuelva a ser lo que no pudo ser hasta hoy.<br />
&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
<br />
*de&#160; Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Los ochenta de Pablo Armando*<br />
<br />
<br />
<br />
*Por Miguel Crispín Sotomayor.<br />
02.03.09<br />
<br />
<br />
&#160;Hoy hemos amanecido con un nuevo octogenario.<br />
<br />
Decir que Pablo Armando Fernández es un gran poeta y narrador ya se han<br />
ocupado y se seguirán ocupando otros más calificados que yo.<br />
<br />
&#160;Que es un patriota, un revolucionario consecuente y un admirador<br />
incondicional de Fidel, lo ha mostrado el mismo.<br />
<br />
&#160;Que ama y es amado por su familia y sus amigos, lo sabemos todos.<br />
<br />
&#160;Que muesta y honra, como pocos, el&#160; pedacito de tierra que lo vió nacer ,<br />
lo sabe "Delicias", y lo reconoce como hijo ilustre.<br />
<br />
&#160;Pablo Armando es modestia, desprendimiento y afecto de padre.<br />
<br />
De su amor por "Delicias" nació mi amor por La Prueba, y éste poema, que<br />
bueno o malo, lo escribí en homenaje a mi pueblo y a él, antes de sus Ochenta.<br />
<br />
Felicidades Pablo Armando.<br />
<br />
<br />
<br />
LA PRUEBA*<br />
<br />
<br />
La Prueba, no es Delicias:<br />
Con humo en chimeneas,<br />
olor a miel de caña y a cachaza.<br />
La Prueba no es poeta,<br />
no tiene a un Pablo Armando<br />
que la ventile al mundo,<br />
con su luz y lealtad.<br />
La Prueba es un pueblo<br />
de caballos y espuelas,<br />
de polvo tras las ancas y casas empolvadas.<br />
De bares y machetes,<br />
de circo y de tiovivo.<br />
La Prueba son tres calles.<br />
<br />
<br />
La Prueba fue rebelde,<br />
lo cuentan sus caminos,<br />
sus vivos y sus muertos.<br />
<br />
<br />
*Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
El Banquero*<br />
<br />
<br />
&#160;<br />
Al fin alcanzó uno de los objetivos su mi vida. El de ser enormemente rico ya lo había conseguido hace años pero tener un Banco, uno de los importantes, de los que marcan las pautas de funcionamiento del mundo financiero, no lo consiguió hasta ayer.<br />
<br />
En su primera reunión general expuso los cambios que durante todos estos años había madurado para que los usuarios puedan utilizar los servicios bancarios de una manera más cómoda, eficaz y transparente.<br />
<br />
La transparencia era una de las virtudes más importantes por lo que a partir de ahora las cuentas de los usuarios serían de colores. De este modo, bastaría ver el color para saber el tipo de titular de la cuenta. Las caras de asombro de los directores no le detuvieron y comunicó que ese cambio era sólo el primero de una larga lista.<br />
<br />
Así pues, el saldo en números rojos quedaba asignado a los vampiros,&#160; asesinos y comunistas, el verde para agricultores y ecologistas, el azul para marineros, navegantes y aviadores, el amarillo para enfermos de ictericia … De esta manera fue enumerando cada uno de los colores y profesiones.<br />
<br />
Al ser preguntado por uno de los directores a quien asignaría el blanco ignoró una posible sorna en la pregunta pero quedó un tanto desconcertado porque no había pensado en esta posibilidad. Meditó durante un largo minuto en el que se podía cortar el aire hasta que expuso claramente "El blanco para los pobres. Saldo en blanco: saldo cero, ¿está claro no?" Y encarándose con el que había hecho la pregunta le miró a los ojos mientras le decía: "Usted será el primero con números en blanco"<br />
<br />
<br />
<br />
*de Joan Mateu. joan@cimat.es<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
SOLEDAD*<br />
<br />
&#160;<br />
<br />
también las golondrinas<br />
gritando ruidosas en el río<br />
hace tiempo no te dicen<br />
quién eres quién eras<br />
el cielo se tine de rojo<br />
muy rojo en esta tarde de verano<br />
la noche traerá frescura<br />
y por fin consolará tu corazón<br />
cuando te despiertas por la mañana<br />
ha pasado un siglo<br />
hecha añicos tu imagen en el espejo<br />
se rompen palabras en el silencio<br />
tantos veranos tantos días<br />
tantos caminos tiempo perdido<br />
un amor tan destrozado<br />
quedas herido para siempre<br />
y la luna creciente espera<br />
segar tu grito de angustia<br />
en sueños ves caer hojas<br />
rojas y amarillas sobre tu tumba<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
AL ATARDECER*<br />
<br />
<br />
muy lejos<br />
en el horizonte<br />
el cielo<br />
desemboca lento<br />
en el mar<br />
la luz<br />
se torna azul sedosa<br />
y sé<br />
que la oscura sombra<br />
eres tú.<br />
<br />
<br />
<br />
*Poemas de Peter Paul Wiplinger. wiplinger@web.de<br />
-Traducción: Jorge YGLESIAS<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
PÁJARO DEL TIEMPO*<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; "Acabo de ver salir un reloj&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160; de dentro de un pajarito&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160; tictaqueando<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; doce campanadas"<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Joan Mateu<br />
<br />
<br />
<br />
El pájaro corazón de reloj<br />
arrastra el péndulo en sus alas<br />
con segundos y minutos<br />
que guardamos en un cofre.<br />
Los libera, lanza al viento<br />
sus designios secretos<br />
y sólo resta esperar<br />
la magia que se esconde<br />
en el tiempo.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
50*<br />
<br />
<br />
<br />
A solas,<br />
Torrente abajo,<br />
Navega leve una barca de juncos.<br />
En ella duerme la inocencia<br />
De los juegos extraviados.<br />
<br />
<br />
<br />
La arcana voz<br />
Que pronuncia mi nombre cada día<br />
Cuando pasa lista entre los vivos,<br />
Me recuerda que tengo aún por delante<br />
Sobrado tiempo<br />
En mis andares.<br />
<br />
<br />
<br />
¿En qué mineral efigie<br />
Iré a dormir mis ilusiones<br />
Cuando me pierda<br />
Del avanzar rutinario hacia la nada?<br />
<br />
<br />
<br />
*de Marié Rojas.<br />
Del poemario "Conjuros y evocaciones"<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
LA MORADA DEL ÍNCUBO*<br />
<br />
<br />
&#160;<br />
No conocí a mi padre ni a mi madre. Tampoco al padre de mi hija.<br />
Nací el 06/06/06<br />
El día a que voy hacer referencia era día era mi cumpleaños.<br />
Vivía sola en medio del monte en un rancho de chorizo. Como únicos mobiliarios había en el cuarto tres sillas con asiento de cuero de vaca y una mesa y un catre y un baúl de latón. Al medio de la pieza un bracero y al lado una silla petisa de algarrobo rústico.<br />
El cielo estaba poblado de negros nubarrones pero el trabajo de campo no respeta campo no tiene horarios, ni clima.<br />
Había tenido que salir a buscar la cabra negra parida.<br />
&#160;No me di cuenta cuando empezó la tormenta de granizo. Caía con tanta furia que los árboles quedaron en un segundo desnudos. Por suerte era conocedora del lugar, la cueva de Diablo estaba muy cerca.<br />
&#160;Buscando reparo entre las salientes rocosas&#160; encontré el lugar.<br />
&#160;Estaba llena de arbustos,&#160; enredaderas y espinas. Cansada y con frío, intenté prender un<br />
fueguito pero los fósforos se habían mojado.<br />
Estaba preocupada, había dejado a la beba en la cuna, sola. O mejor dicho su única compañía era el perro negro.<br />
&#160;El granizo seguía cayendo con furia, sabía que si salía estaba condenada a morir apedreada.<br />
Me acosté en el suelo La cueva olía a orín y a bosta de caballo. Debo haberme quedado dormida. Me desperté con la sensación de una presencia cercana a mi cuerpo. Moví despacito la mano izquierda y me estremecí al tocar algo&#160; helado. Era suave y áspero al mismo tiempo. No tardé mucho en darme cuenta que era un viborón o una serpiente por el&#160; peso que sentía en mi vientre.<br />
Paralizada, mi respiración se entrecortaba, traté de recordar que no era un animal peligroso si no se lo atacaba.<br />
Sentí que seguía ascendiendo y que&#160; intentaba introducirse por debajo de la camiseta. No pude evitar un movimiento brusco y quedé boca arriba. Los pedregullos se incrustaban en mi espalda, se deslizó hacia mi pecho izquierdo. Al no tener corpiño fue fácil encontrar el pezón.<br />
Succionó suavemente, primero de un pecho luego del otro. La sensación era rara, imposible describirla. Tenía la boca seca y el corazón me palpitaba.<br />
Cuando el animal pareció saciado,&#160; con movimientos más lentos se alejó de mi cuerpo. Toda yo, un latido<br />
&#160;Afuera el sol enrojecía suavemente el horizonte, el canto de los gallos anunciaban el final de la tormenta.<br />
Me dirigí a casa, apurada, con sensaciones encontradas. Me preocupaba la nena.<br />
Todo estaba en orden<br />
<br />
Las cosas como por arte de magia comenzaron a mejorarse.<br />
&#160;Me compré un arado nuevo. Después algunas vaquitas y mi tropilla de cabras era la más abundante de la zona.<br />
Aunque la beba nunca caminó, Las cabras parían de a tres y las gallinas solo ponían huevos de dos yemas<br />
No me preocupó que la nena&#160; nunca caminara ni su leve joroba.<br />
Hasta contraté tres peones, a veces los veía murmurar tras mis espaldas pero tampoco eso me interesaba.<br />
&#160;Jamás faltó dinero y hasta alcanzó para construir un cuarto aledaño al que me dirigía todas las nochecitas.<br />
&#160;En la puerta de tablones rústicos sobresalía una cruz de madera, invertida..<br />
<br />
<br />
<br />
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
Que hago si en la vida se me va el alma<br />
Si la sangre estalla en mis&#160; manos<br />
Si se desarticulan mis huesos<br />
Si dentro mío esta la fuerza<br />
Si ensordecen mis oídos<br />
Y callan mis gritos<br />
Para siempre<br />
Si el ruido no es más que<br />
Una suma de silencios.<br />
<br />
<br />
<br />
*De Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
patio*<br />
<br />
¿Quién es esta extraña que habito?<br />
Gioconda Belli<br />
<br />
<br />
en el patio de tus ojos<br />
el pozo<br />
me acerco<br />
me inclino<br />
me miro<br />
y comprendo:<br />
<br />
<br />
el agua<br />
en que me reflejo<br />
esta agua<br />
sólo existe<br />
para que me vea<br />
y que sepa:<br />
<br />
existo<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
*De Christoph JANACS.&#160; christoph.janacs@utanet.at<br />
Salzburgo<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
&#160;ARENGAS DE “NENUCHO”*<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160; a Luis Ángel Faravelli<br />
<br />
<br />
<br />
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
&#160;Los innumerables factores que se asocian para contribuir a una digna victoria futbolística no tienen posibilidad de ser racionalizado. Ni prevista. Los factores en principio son tres: climatológicos, anímicos y de mero azar.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Es como estar con los ojos vendados tratando de dar en el blanco con una flecha torcida. Todo intento fracasará si uno no se abandona al devenir incierto del destino, al fluir errático a un río que no vuelve.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Luego entra a tallar la calidad en el juego, la historia del equipo del club en todo caso y las ganas de ganar, guapeando cuando decae la técnica o la habilidad no es suficiente.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No estoy apelando de ningún modo a la violencia, se entiende. Me refiero a cierta actitud mental que confenza al rival que uno es superior que éste partido precisamente deberá contar con un vencedor seguro, el equipo en el que estamos jugando. Que el juez debió darnos ya el triunfo aunque falten diez minutos, que esa diferencia de un par de goles no es representativa de la realidad, que la escamotea que no lo hace verosímil. Uno con la presencia que lo hace superior de nacimiento no tiene en cuenta que debería haber hecho cuatro goles más para que sepan quien es superior. Pero, somos buenos, y no nos gusta humillar al adversario. Somos caballeros.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Cuando esa tarde entremos a la cancha nuestro capitán el Nenucho Faravelli nos había alertado sobre la posibilidad remota de poder controlar el azar.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Como el día estaba espléndido, digo por supuesto que nuestro ánimo era óptimo solo nos quedaba conjurar al miserable azar, que para siempre parecía haberse aposentado entre nosotros, para que la suerte siempre se nos diera contra. En ese campeonato, los travesaños y los palos laterales parecían que formaban parte de las defensas contrarias. Tantas veces se había interpuesto entre el grito ahogado de nuestras gargantas y esa pelota que no quiere besar la red.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Nenucho no había estado enfático. Nunca lo estaba. Era en ese tiempo un muchacho tranquilo y previsible. Muy respetuoso y correcto. Si hasta se casó con su novia de la primaria, la hermosa rubiecita que se llamaba (y se llama), María Ángela Nicoletti, la popular Maiaia.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Pero aquí quiero rescatar ese momento en que Nenucho nos incitó suavemente a la aspiración de la gloria.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Solo nos preguntó, como quien no quiere la cosa, si a nosotros nos interesaba entrar por la puerta grande del club y sumar la hazaña de ganar ese día, que jugábamos con los punteros de la Tabla, uno de los equipos de Chañar Ladeado. Creo que era Chañarense, eso nos preguntó. Con esa media voz que nunca levantaba, ni cuando la ira lo ganaba.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La verdad&#160; es que nos tocó el amor propio, ya que nosotros no hacíamos esa ecuación surrealista que él sostenía.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Buen tiempo igual buen ánimo, menos azar igual éxito.<br />
Nosotros éramos espantosamente realistas. Sabíamos que ese equipo nos iba a pasar por encima, como efectivamente sucedió.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Aunque aquí el azar se dio vuelta en el segundo tiempo. El primero fue para olvidar: tiros&#160; nuestros&#160; en los palos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Un gol que nos anularon cuando el Tatú García, un petiso que jugaba de nueve y no le hacía un gol ni a la mamá en el día de la madre, aprovechó una distracción de la defensa, le robó una pelota al cinco de ellos y pateó con tanta suerte que al arquero, que le había atajado, se le escapó, oportunidad que Tatú aprovechó y la tocó suave y la&#160; arrimó al fondo de la red. Gol. No lo podíamos creer. Uno a cero. Nuestro arquerito, el inefable Roberto Vega, se tiraba de palo a palo, salía con las rodillas y los botines y los puños casi hasta el extremo de la expulsión, pero milagrosamente mantenía la valla invicta ese día.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La verdad sea dicha, nos baquetearon lindo, corrimos una coneja interesante pero siempre mantuvimos el honor a salvo, aunque sin saber todavía si entraríamos en el libro de las glorias del club. Hasta allí no estábamos muy seguros de que así fuera.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Para colmo en esos tiempos no se permitían los cambios. Llegamos extenuados al final del primer tiempo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; El fidelísimo Tata Barco, nuestro utilero de siempre entró al vestuario a darnos ánimo. Nos habló de garra, de esfuerzo, del color sangre de nuestra camiseta.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Yo no dije nada, pero para mí temía que al nueve de ellos ya no lo podría parar más salvo que lo colgara de una patada a un árbol de la orilla de la cancha.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Yo no dije nada, me limité a comer una gran naranja de ombligo que mi viejo –luego de arrancada de la planta-&#160; ponía en mi bolso, domingo a domingo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Me levanté del suelo donde me había sentado, tiré la cáscara de la naranja a un tacho de lata que juntaba desperdicios, me enjuagué las manos y me mojé la cara. Lo miré a Nenucho,&#160; que ya no hablaba como en el inicio del partido. Estaba como si hubiera perdido el habla. No dijo en ningún momento “esta boca es mía”, siquiera. Ni qué decir que nos empataron apenas comenzando el segundo tiempo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Yo creí que estábamos perdidos pero como dije antes, la suerte nos acompañó más&#160; aún, porque si bien tiraron al arco dos de cada tres pelotas&#160; que consiguieron, ese día muestro arquerito estaba inspirado. El trámite estaba enredado, ellos tenían su orgullo y no se iban a dejar empatar por un equipito humilde como el nuestro.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Así las cosas el partido llego a sus instancias finales, y cuando nosotros nos dábamos por demás de satisfechos con el empate ocurrió el milagro, que como todo milagro que se precie siempre es inesperado.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Hubo una situación confusa fuera del área de ellos, uno de los nuestros fue derribado fieramente y, al réferi no le quedó más remedio que cobrar. Tocó el pito tan suave que nosotros en la otra punta, ni lo oímos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; El encargado de ejecutar el tiro libre fue el Toto Míguez que no tomó carrera, le pegó con el empeine, abajo. La pelota hizo una especie de curva, buscando la altura, pasó sobre la barrera, enfiló hacia el ángulo derecho, lejos del alcance del arquero. Iba como en cámara lenta, hasta que nuestros ojos azorados vieron lo que no podría creerse cierto: que la pelota al fin entrara en ese arco esquivo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Antes que las gargantas gritaran hacia el gol nosotros tardamos unos segundos en comprender que esa alegría era solo nuestra y para siempre.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Que honradamente nos la habíamos ganado y como se decía antes “en buena ley”.<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
LÍMITES*<br />
<br />
&#160;<br />
Quiero contarte&#160; de la casa.<br />
No había otro límite que el horizonte.<br />
Mis ojos niños calzaban zapatillas de lona.<br />
Mis pies miraban hacia el otro lado de la montaña azul<br />
Mis brazos de primate olfateaban el árbol.<br />
El árbol. No cualquiera. Abrazo olor abrazo.<br />
Mi boca oía las voces&#160; durazneros.<br />
Mis oídos mordían los frutos prohibidos.<br />
Nadie me corrió del Paraíso.<br />
Te cuento, que allá las noches, amadas noches.<br />
Tenían ojos&#160; lobo y larga cabellera.<br />
La luna se alcanzaba con&#160; lana vellón oveja.<br />
Todo se compartía en esa casa.<br />
Las palomas de masa. El baño. El rezo.<br />
Las risas, el trabajo, los soles.<br />
El pan, las bananas envueltas en los diarios.<br />
Las leyendas, los mitos, los milagros.<br />
El viento del oeste y la llovizna.<br />
También se compartía la carga de tristeza.<br />
<br />
<br />
Atrás ha quedado la casa y los almendros.<br />
El duraznero, la silla de la abuela y los geranios.<br />
Mis ojos calzan tacos. Los pies miran las huellas que dejaron.<br />
El árbol se ha marchado.<br />
Pero, te cuento.<br />
En mi cuarto aun sopla el viento amada noche.<br />
Se escuchan&#160; latidos de&#160; frutales prohibidos.<br />
Nadie aun me ha corrido del Edén.<br />
El único límite, el Paraíso, en sepia.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
QUÉ HAREMOS MAÑANA*<br />
<br />
<br />
&#160;<br />
Decime si hay vida bajo tus ojos que mienten<br />
Si el vacío tiene sombra<br />
Si el laberinto de cristales se romperá algún día,<br />
Si seremos uno aunque sumemos dos<br />
Si correremos a los perros<br />
Si deambularemos por las calles, con el llanto en la mano<br />
Si coseremos los hilos que sostendrán al gran témpano<br />
Si miraremos el reloj o si lo romperemos.<br />
Si seguiremos oliendo a piel o si seremos frío acero.<br />
¿Tendremos patio?<br />
¿Tendremos pies?<br />
Si nos invadirán las cosas inútiles o si seremos hombres libres,<br />
los mismos libres de siempre,<br />
bajo el sol.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Valeria Marioni maiden-marion@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
&#160;La&#160; mano<br />
&#160;toca como si nunca antes<br />
&#160;la piel se abre,<br />
&#160;dedos palpan visceras ,<br />
&#160;alisan con alguna hermosura<br />
&#160;la tristeza de los órganos,<br />
&#160;la mano penetra<br />
&#160;como una lengua tibia<br />
&#160;arregla raspones<br />
&#160;inventa un ajuar de palabras<br />
&#160;para la carne muda adentro<br />
&#160;&#160; y sale.<br />
&#160; En el bar<br />
&#160;nadie se dio cuenta que ella<br />
&#160;dejó en el cuerpo de él,<br />
&#160;un respiro, una alegría<br />
&#160;un poco más de tiempo.<br />
&#160;él le dice qué caricia profunda<br />
&#160;pero tampoco<br />
<br />
<br />
<br />
*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
ADIÓS, BISABUELO, ADIÓS*<br />
<br />
&#160;<br />
<br />
Nunca sabré el&#160; color de sus sueños inmigrantes.<br />
¿Azul sepia? ¿Verde castaño oscuro?<br />
Nunca sabré si el tiempo de sus ojos<br />
Era del&#160; acre sabor de mis&#160; mareas.<br />
Nunca sabré<br />
Porque vinieron.<br />
Porqué partieron.<br />
¿Los trajo el hambre? ¿La esperanza?<br />
¿Encontraron el pan y los anhelos?<br />
¿Cumplidos fueron sus secretas voluntades?<br />
¿Como fueron barajadas las cartas Mendelianas?<br />
&#160;<br />
<br />
Mi abuela, hija de gringos.<br />
Trenza criolla. Heredera de exilios.<br />
Hasta ahora no he descifrado rompecabezas/raza.<br />
¿Dónde llegarían sus cabellos?<br />
(¿Habrán cruzado el charco, buscándolo?)<br />
Pasos en la noche furtiva.<br />
Lágrimas oscuras de su madre.<br />
&#160;<br />
<br />
Su padre. Hijo expulsado de su amada madre.<br />
Yo, aprendí que él era hijo de la puta madre.<br />
No volvió de la guerra<br />
Ella no ha vuelto de la muerte.<br />
Tampoco ha vuelto la niña de&#160; trenzas coloradas.<br />
Sola. Sin raíz cosmogónica.<br />
Con un calidoscopio ignorado de razas.<br />
No sabiendo a quien amar. A quien odiar<br />
Entre la puta madre patria y la madre América<br />
Entre castañuelas y guitarras.<br />
Entre guitarras y pañuelos.<br />
Con una puta soledad<br />
De tierra doliendome.<br />
&#160;<br />
<br />
En las morenas manos.<br />
Sin rumbo, sin origen, sin madre.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
Apreciadas amigas, queridos amigos,<br />
<br />
El número 86 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante", edición Enero/Marzo/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org<br />
bajo el link:<br />
<br />
http://www.euroyage.org/es/xicoatl-86<br />
<br />
<br />
CONTENIDO:<br />
<br />
·&#160;&#160;&#160; ENSAYO: Onetti: la lección del maestro. Jorge Isaías.<br />
·&#160;&#160;&#160;&#160; NARRATIVA: Los sin nombre. Amelia Arellano.<br />
·&#160;&#160;&#160; - Cuentos cortos. Joan Mateu i Marti.<br />
·&#160;&#160;&#160;&#160; POEMARIO: Poemas. Blanca Helena Muñoz de Escobar.<br />
·&#160;&#160;&#160; AUSTRIA: Poemas. Wolfgang Kauer.<br />
<br />
<br />
La edición impresa de XICóATL # 86 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).<br />
<br />
<br />
Cordial saludo,<br />
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
Me abrigo*</p>
<p>Me abrigo en tus besos</p>
<p>Besos de cielos<br />
No tengo frío<br />
Con caballos en un carrusel<br />
Subo y bajo<br />
Imagino ser<br />
El domador de un circo<br />
Que llena de fantasías<br />
A los grandes<br />
Y a los chicos<br />
Un clown se maquilla<br />
Frente a mí<br />
No me asusta<br />
Delinea una pared de cristal<br />
Sube por un cordel de oro<br />
Y su sonrisa de amistad<br />
Me hace creer<br />
En la fórmula<br />
De la esperanza..-</p>
<p>
*de Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>ES COMO*</p>
<p>&#160;<br />
Desde muy lejos regresar al hogar,<br />
aunque uno nunca se ha ausentado,<br />
retornar al propio idioma,<br />
en las cuatro paredes propias.</p>
<p>
Llorar interiormente,<br />
que las muchas vivencias importantes<br />
nada actual traen consigo,<br />
que todas las intimidades,<br />
todo sentir-juntos,<br />
todo pensar-al-mismo-tiempo<br />
se deben contener,<br />
que para el común código-cariño<br />
no existe más un destinatario.</p>
<p>
Y, sin embargo, queda una alegría<br />
por el regreso al idioma innato,<br />
a las tradiciones y rituales del país innato,<br />
a la gente de la propia etnia.</p>
<p>
La vida será más fácil.<br />
Pero se ha dejado atrás algo de sí mismo.<br />
Se nota cuando la gente de casa pregona algo malo,<br />
degradado, injusto,<br />
sobre la gente de la otra patria,<br />
entonces se le odia por ello,<br />
se está por la etnia de la segunda patria<br />
aunque ella parece estar inalcanzablemente lejos,<br />
bien porque el dinero no alcanza<br />
o porque el buen sentido parece así ordenarlo.</p>
<p>
Ha perdido las raíces, dicen a la ligera<br />
y con ello piensan<br />
que se intenta defender<br />
si bien esto parece ser inútil.<br />
Se hace ésto solamente por una,<br />
por aquella que de nuevo ha retrocedido,<br />
a las filas de su pueblo,<br />
se hace ésto por la memoria de ella.</p>
<p>
Un matrimonio temporal, dicen insensiblemente,<br />
algo que no puedo sacar de mi corazón.</p>
<p>
* de Wolfgang KAUER. kauer@utanet.at<br />
Salzburgo.<br />
-Traducción: Walkala.</p>
<p>&#160;</p>
<p>
La máquina más cara del mundo*</p>
<p>
En una casa de remates, encontré un objeto muy raro. No tenía precio. Cómo toda mujer curiosa tomé con mis manos, una pequeña caja de madera. En su tapa había un relieve vidriado que según por donde enfocaba la luz, el color cambiaba. Del naranja pasaba al amarillo, del amarillo al limón, del limón<br />
al turquesa y&#160; todos los matices más hermosos que mis ojos habían percibido.<br />
Intente trabajosamente abrirla para observar qué había adentro.<br />
Y misteriosamente, (fijándome que el vendedor no se molestara de estar toqueteándola) comenzaron a salir flotando numerosos globitos muy brillantes. Emprendieron a volar por el negocio con una gracia increíble.<br />
Fascinada por el descubrimiento, pude agarrar uno que tenía la cara de Borges, al apartarlo encontré en letras diminutas sus obras completas.<br />
En otro la obra de Einstein y en otro la de Freud.<br />
No podía con mi regocijo, había descubierto en esa cajita de madera, en un lugar muy disimulado, la máquina de los sueños.-</p>
<p>*de Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>*</p>
<p>
Pisaba sólo las baldosas pares. Esto le daba un andar concentrado y a veces dubitante, porque las calles no estaban demasiado cuidadas, existían espacios&#160; sin baldosas&#160; o con las baldosas levantadas lo cual le obligaba a mantenerse por momentos como una cigüeña sobre un solo pie, hasta que encontraba el lugar exacto donde posar el otro con cuidado.<br />
Esta costumbre no originaba curiosidad, porque ya nadie sentía curiosidad por el otro. Vivían todos sumergidos en su propia problemática, su propia baldosa par, su propia supervivencia.<br />
Llegaba por fin a su núcleo básico, con su pequeña puerta gris con una amarillenta tarjeta insertada en un recuadro, donde aparecían su apellido, su nombre y su número personal. Se apoyaba sobre un solo pie por un momento, colocaba la mano derecha sobre la mano que aparecía impresa en la madera y cuando la puerta se abría estiraba la pierna doblada y traspasaba el umbral con cuidado. En el pequeño receptáculo-nido se sentía protegido. Observaba a su alrededor con cuidado y&#160; comprobaba que todo conservaba su orden, el orden de las cosas y su propio orden, La cama estrecha con su cobertor gris<br />
estirado prolijamente. La mesa con su pequeña lámpara. El armario para la ropa donde también guardaba algunos objetos valiosos que no estaban prohibidos por el momento, una Biblia que perteneció a su madre, muy gastada porque él la leía repetidamente como una novela, interesándose en las anécdotas que se relataban, en cada personaje; una cartulina pequeña con un paisaje azul que iba volviéndose gris porque los colores se iban desvaneciendo, lo había dibujado&#160; cuando comenzó la escuela, cuando éstas<br />
todavía existían; una esfera de vidrio con un paisaje nevado en su interior, que era su posesión favorita. A veces pasaba toda una tarde sentado en la cama, moviendo suavemente la esfera provocando movimientos muy pequeños, para tener más posibilidades de cambio. Esto realmente le provocaba un<br />
estado de satisfacción que lo separaba de su repetición y de los cambios producidos en las últimas décadas.<br />
También tenía una mesa para comer, adosada a la pared de la cocina. Allí había una ventana,&#160; redonda como un ojo de buey, desde donde se podía contemplar el cielo.<br />
Su soledad no le producía tristeza. Se sentía contenido en su pequeño huevo-casa, casi como en un útero, donde no existían necesidades, donde todo estaba previsto sin que él necesitara anhelarlo ni esforzarse por conseguirlo, Si quería escuchar los comunicados oficiales podía apretar un botón en la pared que iluminaba un aparato con pantalla. Si aparecía una cara de mujer era Ara. Si era un hombre era Holm. Ara mostraba unos dientes muy grandes cuando saludaba antes de comenzar a leer las noticias. Holm<br />
tenía una mirada fija, como si viera más lejos de donde él se encontraba escuchando. De alguna manera eran sus amigos. Podía tenerlos en su casa sin sentirse invadido. Estaban ahí pero no interferían.<br />
Pocas veces se sentía algún ruido desde los núcleos que lo rodeaban. Una vez había escuchado en la noche ruido de pisadas muy fuertes y rápidas, que se detuvieron en el receptáculo pegado al de él. Sintió el crujido de la puerta que se rompía, gritos de mujer, pisadas nuevamente, luego nada.<br />
Se había encogido en ese momento, cubriéndose la cabeza para separarse de los&#160; sonidos. Pensó un momento en la mujer que vivía allí. La había visto una vez cuando volvía, Era una mujer madura, con rostro gastado y ojos celestes todavía luminosos. Ella lo había mirado con más detenimiento que él, como para hablarle, pero él se había negado a ese reconocimiento. Pensó que quizás si hubieran hablado ese día, él también habria desaparecido esa noche. Su precaución lo había protegido, pensó aliviado.<br />
&#160;Una tarde, cuando volvió a su hogar, luego de cenar escuchando a Ara, abrió su armario y sacó la esfera de cristal. Jugó con ella largo rato, formando paisajes nevados con techos rojos&#160; rojos&#160; y pinos verdes. Cuando Ara terminó con las noticias y le sonrió mostrando sus dientes grandes, se levantó de la silla lentamente, tomó el cinturón de su uniforme gris y formando una lazada con cuidado, se colgó del ojo de buey.</p>
<p>
LAS PEQUEÑAS VIDAS.<br />
CIRCULO.*</p>
<p>*De Sonia Arismendi. soniaris@adinet.com.uy<br />
&#160;</p>
<p>
HOMENAJE A BERTOLT*</p>
<p>
Brecht detestaba a los poetas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; comediantes<br />
(inclusive a los buenos poetas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; comediantes),<br />
ésos que cantaban (y hasta<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; bailaban)<br />
lejanos de la tan perturbadora<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; vida<br />
que gruñía hosca más allá de<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; la platea.<br />
Brecht prefería el aire abierto<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; o cerrado<br />
y los charcos donde la vida<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; pudiera<br />
reflejarse, y el hombre cierto<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; tuviera<br />
al fin derecho a la palabra<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y al pan<br />
(que no son lo mismo, pero<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; cuando falta<br />
uno escasea el otro). Yo no<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; creo,<br />
no obstante el horizonte, o<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; estas luces,<br />
que el recorrido soberano<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; de su lápiz<br />
haya caído en saco roto.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;</p>
<p>*de Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar<br />
Gran Buenos Aires, enero, 2009.</p>
<p>Ella a pesar de todo*</p>
<p>
ella avanza<br />
sin descanso ni sillas en el camino<br />
ella va<br />
atraviesa montes y llanuras<br />
bajo soles incendiados y lunas heladas<br />
y avanza<br />
el poeta se detiene<br />
afloja el ritmo<br />
a veces se confunde<br />
se sienta en la silla del poder<br />
pero ella no transa<br />
llega a la ciudad<br />
camina por calles nocturnas<br />
corre el último colectivo<br />
mira la luna con una mujer ciega<br />
habla con los mudos<br />
juega con niños en el parque<br />
ladra junto a un perro callejero<br />
huele una rosa negra<br />
y sigue<br />
cruza las bocacalles sin mirar<br />
la atropellan<br />
la insultan<br />
la quieren arrestar<br />
pero ella sigue<br />
entra en el alma de un suicida<br />
y lo salva<br />
sube a las alturas<br />
habla con los dioses<br />
y discute con satanás<br />
entra al cuerpo de un menesteroso<br />
y bebe vino barato<br />
se emborracha<br />
y se droga<br />
con los muchachos en la plaza<br />
incendia gomas en la ruta<br />
reclama paz y pan<br />
pan y rosas<br />
verdad y justicia<br />
enfrenta la usura<br />
al poder de los totalitarios<br />
a torturadores y genocidas<br />
no quiere circo<br />
ni hueso<br />
ni vino agrio<br />
ella no se arrodilla<br />
no se vende<br />
grita sueños y libertad<br />
hace amigos sin tiempo<br />
compañeros entrañables<br />
reclama lo imposible<br />
cambia el mundo<br />
lo destruye<br />
y crea<br />
un mundo nuevo<br />
ríe y llora como un niño<br />
como un hombre libre<br />
como un sueño realizable<br />
y sigue adelante<br />
persigue utopías cabalgando unicornios<br />
navega los siete mares de la tempestad<br />
sobrevive<br />
y sigue sin tiempo<br />
para pausas tramposas<br />
para habladurías vulgares<br />
entra a los barriadas marginales<br />
a los barrios abandonados a la mala del diablo<br />
se interpone entre dos contrincantes<br />
y le disparan a la cabeza<br />
pero ella la poesía<br />
no se inmuta<br />
solo sigue<br />
debe llegar al final<br />
de un camino sin fin<br />
debe llegar a destino<br />
a la salvación de todo hombre y mujer<br />
debe llegar al amor fundamental.-</p>
<p>*de aldo luis novelli. aldonovelli@yahoo.com<br />
poeta – narrador – ensayista /neuquén – patagonia - argentina</p>
<p>INVENTIVA SOCIAL*</p>
<p>
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Al Lic. Eduardo Francisco Coiro<br />
&#160;</p>
<p>
La sociedad va a reinventarse a sí misma<br />
en la persona y corazón de una niña<br />
de doce o catorce años<br />
al final de un invierno y de una guerra;<br />
&#160;</p>
<p>va a inventarse otra vez<br />
hombre por hombre<br />
sin miedos entre el hombre y la víbora<br />
entre la araña y el hombre<br />
entre hombre y tiburón<br />
entre el hombre y su vecino<br />
la plantita venenosa arrancada de raíz<br />
y la rosa sin precio en florería<br />
&#160;</p>
<p>Mujer por mujer<br />
tiene que reinventarse<br />
en la persona o corazón de un niño<br />
al final de un tornado terrible<br />
donde ya casi nada estaba en pie<br />
&#160;</p>
<p>Y cada uno nacerá de todas las muertes<br />
menos los peores asesinos<br />
Y cada uno habrá aprendido a amar<br />
desde tanto dolor acumulado.<br />
&#160;</p>
<p>Cada grano de arena será bello<br />
y se enamorará de la luna<br />
y será para siempre correspondido.<br />
&#160;</p>
<p>y volverán<br />
a reinventarse el silencio<br />
y la risa<br />
la pelota de fútbol sin dueño<br />
el bastidor para bordar las flores<br />
la bicicleta con luces y timbre<br />
la cocinita para hacer postres en cumpleaños<br />
el lápiz para aprender a no tachar<br />
&#160;</p>
<p>un país sin bandera ni fronteras<br />
un planeta sin bancos de usura<br />
una mesa redonda y un pan<br />
&#160;</p>
<p>un aire transparente para verse los ojos<br />
y que sea imposible mentir u odiar<br />
Nunca más plazas de toros<br />
nunca más gallos de humana riña<br />
nunca más caza deportiva<br />
polígonos de tiro,<br />
motines trágicos,<br />
panoplias monederos y cadenas<br />
&#160;</p>
<p>La humanidad que muere para sembrarse<br />
renacerá en sociales inventivas<br />
donde no tenga su interregno el miedo,<br />
donde ya nadie más secuestre niños<br />
asesine a su novia o esposa<br />
&#160;</p>
<p>la sociedad donde ganan los malos<br />
que se quede con lo que destruyó;<br />
el mundo en su aritmética de guerras<br />
que se muerda su cola de dragón<br />
&#160;</p>
<p>Que renazcan el niño que no pudo ser niño<br />
la enamorada que no pudo dar a luz<br />
el poeta fusilado por la espalda<br />
&#160;</p>
<p>Que no vuelvan dineros ni relojes<br />
ni látigos ni bombas de terror<br />
&#160;</p>
<p>La humanidad que había en tantos versos<br />
y tantas veces cayó pisoteada<br />
que vuelva a ser lo que no pudo ser hasta hoy.<br />
&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;</p>
<p>*de&#160; Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar</p>
<p>
Los ochenta de Pablo Armando*</p>
<p>*Por Miguel Crispín Sotomayor.<br />
02.03.09</p>
<p>
&#160;Hoy hemos amanecido con un nuevo octogenario.</p>
<p>Decir que Pablo Armando Fernández es un gran poeta y narrador ya se han<br />
ocupado y se seguirán ocupando otros más calificados que yo.</p>
<p>&#160;Que es un patriota, un revolucionario consecuente y un admirador<br />
incondicional de Fidel, lo ha mostrado el mismo.</p>
<p>&#160;Que ama y es amado por su familia y sus amigos, lo sabemos todos.</p>
<p>&#160;Que muesta y honra, como pocos, el&#160; pedacito de tierra que lo vió nacer ,<br />
lo sabe &#8220;Delicias&#8221;, y lo reconoce como hijo ilustre.</p>
<p>&#160;Pablo Armando es modestia, desprendimiento y afecto de padre.</p>
<p>De su amor por &#8220;Delicias&#8221; nació mi amor por La Prueba, y éste poema, que<br />
bueno o malo, lo escribí en homenaje a mi pueblo y a él, antes de sus Ochenta.</p>
<p>Felicidades Pablo Armando.</p>
<p>LA PRUEBA*</p>
<p>
La Prueba, no es Delicias:<br />
Con humo en chimeneas,<br />
olor a miel de caña y a cachaza.<br />
La Prueba no es poeta,<br />
no tiene a un Pablo Armando<br />
que la ventile al mundo,<br />
con su luz y lealtad.<br />
La Prueba es un pueblo<br />
de caballos y espuelas,<br />
de polvo tras las ancas y casas empolvadas.<br />
De bares y machetes,<br />
de circo y de tiovivo.<br />
La Prueba son tres calles.</p>
<p>
La Prueba fue rebelde,<br />
lo cuentan sus caminos,<br />
sus vivos y sus muertos.</p>
<p>
*Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu</p>
<p>El Banquero*</p>
<p>
&#160;<br />
Al fin alcanzó uno de los objetivos su mi vida. El de ser enormemente rico ya lo había conseguido hace años pero tener un Banco, uno de los importantes, de los que marcan las pautas de funcionamiento del mundo financiero, no lo consiguió hasta ayer.</p>
<p>En su primera reunión general expuso los cambios que durante todos estos años había madurado para que los usuarios puedan utilizar los servicios bancarios de una manera más cómoda, eficaz y transparente.</p>
<p>La transparencia era una de las virtudes más importantes por lo que a partir de ahora las cuentas de los usuarios serían de colores. De este modo, bastaría ver el color para saber el tipo de titular de la cuenta. Las caras de asombro de los directores no le detuvieron y comunicó que ese cambio era sólo el primero de una larga lista.</p>
<p>Así pues, el saldo en números rojos quedaba asignado a los vampiros,&#160; asesinos y comunistas, el verde para agricultores y ecologistas, el azul para marineros, navegantes y aviadores, el amarillo para enfermos de ictericia … De esta manera fue enumerando cada uno de los colores y profesiones.</p>
<p>Al ser preguntado por uno de los directores a quien asignaría el blanco ignoró una posible sorna en la pregunta pero quedó un tanto desconcertado porque no había pensado en esta posibilidad. Meditó durante un largo minuto en el que se podía cortar el aire hasta que expuso claramente &#8220;El blanco para los pobres. Saldo en blanco: saldo cero, ¿está claro no?&#8221; Y encarándose con el que había hecho la pregunta le miró a los ojos mientras le decía: &#8220;Usted será el primero con números en blanco&#8221;</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>
SOLEDAD*</p>
<p>&#160;</p>
<p>también las golondrinas<br />
gritando ruidosas en el río<br />
hace tiempo no te dicen<br />
quién eres quién eras<br />
el cielo se tine de rojo<br />
muy rojo en esta tarde de verano<br />
la noche traerá frescura<br />
y por fin consolará tu corazón<br />
cuando te despiertas por la mañana<br />
ha pasado un siglo<br />
hecha añicos tu imagen en el espejo<br />
se rompen palabras en el silencio<br />
tantos veranos tantos días<br />
tantos caminos tiempo perdido<br />
un amor tan destrozado<br />
quedas herido para siempre<br />
y la luna creciente espera<br />
segar tu grito de angustia<br />
en sueños ves caer hojas<br />
rojas y amarillas sobre tu tumba</p>
<p>AL ATARDECER*</p>
<p>
muy lejos<br />
en el horizonte<br />
el cielo<br />
desemboca lento<br />
en el mar<br />
la luz<br />
se torna azul sedosa<br />
y sé<br />
que la oscura sombra<br />
eres tú.</p>
<p>*Poemas de Peter Paul Wiplinger. wiplinger@web.de<br />
-Traducción: Jorge YGLESIAS</p>
<p>PÁJARO DEL TIEMPO*<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; &#8220;Acabo de ver salir un reloj&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160; de dentro de un pajarito&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160; tictaqueando<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; doce campanadas&#8221;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Joan Mateu</p>
<p>El pájaro corazón de reloj<br />
arrastra el péndulo en sus alas<br />
con segundos y minutos<br />
que guardamos en un cofre.<br />
Los libera, lanza al viento<br />
sus designios secretos<br />
y sólo resta esperar<br />
la magia que se esconde<br />
en el tiempo.</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>
50*</p>
<p>A solas,<br />
Torrente abajo,<br />
Navega leve una barca de juncos.<br />
En ella duerme la inocencia<br />
De los juegos extraviados.</p>
<p>La arcana voz<br />
Que pronuncia mi nombre cada día<br />
Cuando pasa lista entre los vivos,<br />
Me recuerda que tengo aún por delante<br />
Sobrado tiempo<br />
En mis andares.</p>
<p>¿En qué mineral efigie<br />
Iré a dormir mis ilusiones<br />
Cuando me pierda<br />
Del avanzar rutinario hacia la nada?</p>
<p>*de Marié Rojas.<br />
Del poemario &#8220;Conjuros y evocaciones&#8221;</p>
<p>
LA MORADA DEL ÍNCUBO*</p>
<p>
&#160;<br />
No conocí a mi padre ni a mi madre. Tampoco al padre de mi hija.<br />
Nací el 06/06/06<br />
El día a que voy hacer referencia era día era mi cumpleaños.<br />
Vivía sola en medio del monte en un rancho de chorizo. Como únicos mobiliarios había en el cuarto tres sillas con asiento de cuero de vaca y una mesa y un catre y un baúl de latón. Al medio de la pieza un bracero y al lado una silla petisa de algarrobo rústico.<br />
El cielo estaba poblado de negros nubarrones pero el trabajo de campo no respeta campo no tiene horarios, ni clima.<br />
Había tenido que salir a buscar la cabra negra parida.<br />
&#160;No me di cuenta cuando empezó la tormenta de granizo. Caía con tanta furia que los árboles quedaron en un segundo desnudos. Por suerte era conocedora del lugar, la cueva de Diablo estaba muy cerca.<br />
&#160;Buscando reparo entre las salientes rocosas&#160; encontré el lugar.<br />
&#160;Estaba llena de arbustos,&#160; enredaderas y espinas. Cansada y con frío, intenté prender un<br />
fueguito pero los fósforos se habían mojado.<br />
Estaba preocupada, había dejado a la beba en la cuna, sola. O mejor dicho su única compañía era el perro negro.<br />
&#160;El granizo seguía cayendo con furia, sabía que si salía estaba condenada a morir apedreada.<br />
Me acosté en el suelo La cueva olía a orín y a bosta de caballo. Debo haberme quedado dormida. Me desperté con la sensación de una presencia cercana a mi cuerpo. Moví despacito la mano izquierda y me estremecí al tocar algo&#160; helado. Era suave y áspero al mismo tiempo. No tardé mucho en darme cuenta que era un viborón o una serpiente por el&#160; peso que sentía en mi vientre.<br />
Paralizada, mi respiración se entrecortaba, traté de recordar que no era un animal peligroso si no se lo atacaba.<br />
Sentí que seguía ascendiendo y que&#160; intentaba introducirse por debajo de la camiseta. No pude evitar un movimiento brusco y quedé boca arriba. Los pedregullos se incrustaban en mi espalda, se deslizó hacia mi pecho izquierdo. Al no tener corpiño fue fácil encontrar el pezón.<br />
Succionó suavemente, primero de un pecho luego del otro. La sensación era rara, imposible describirla. Tenía la boca seca y el corazón me palpitaba.<br />
Cuando el animal pareció saciado,&#160; con movimientos más lentos se alejó de mi cuerpo. Toda yo, un latido<br />
&#160;Afuera el sol enrojecía suavemente el horizonte, el canto de los gallos anunciaban el final de la tormenta.<br />
Me dirigí a casa, apurada, con sensaciones encontradas. Me preocupaba la nena.<br />
Todo estaba en orden</p>
<p>Las cosas como por arte de magia comenzaron a mejorarse.<br />
&#160;Me compré un arado nuevo. Después algunas vaquitas y mi tropilla de cabras era la más abundante de la zona.<br />
Aunque la beba nunca caminó, Las cabras parían de a tres y las gallinas solo ponían huevos de dos yemas<br />
No me preocupó que la nena&#160; nunca caminara ni su leve joroba.<br />
Hasta contraté tres peones, a veces los veía murmurar tras mis espaldas pero tampoco eso me interesaba.<br />
&#160;Jamás faltó dinero y hasta alcanzó para construir un cuarto aledaño al que me dirigía todas las nochecitas.<br />
&#160;En la puerta de tablones rústicos sobresalía una cruz de madera, invertida..</p>
<p>*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>
Que hago si en la vida se me va el alma<br />
Si la sangre estalla en mis&#160; manos<br />
Si se desarticulan mis huesos<br />
Si dentro mío esta la fuerza<br />
Si ensordecen mis oídos<br />
Y callan mis gritos<br />
Para siempre<br />
Si el ruido no es más que<br />
Una suma de silencios.</p>
<p>*De Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com</p>
<p>
patio*</p>
<p>¿Quién es esta extraña que habito?<br />
Gioconda Belli</p>
<p>
en el patio de tus ojos<br />
el pozo<br />
me acerco<br />
me inclino<br />
me miro<br />
y comprendo:</p>
<p>
el agua<br />
en que me reflejo<br />
esta agua<br />
sólo existe<br />
para que me vea<br />
y que sepa:</p>
<p>existo</p>
<p>
*De Christoph JANACS.&#160; christoph.janacs@utanet.at<br />
Salzburgo</p>
<p>
&#160;ARENGAS DE “NENUCHO”*<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160; a Luis Ángel Faravelli</p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>&#160;Los innumerables factores que se asocian para contribuir a una digna victoria futbolística no tienen posibilidad de ser racionalizado. Ni prevista. Los factores en principio son tres: climatológicos, anímicos y de mero azar.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Es como estar con los ojos vendados tratando de dar en el blanco con una flecha torcida. Todo intento fracasará si uno no se abandona al devenir incierto del destino, al fluir errático a un río que no vuelve.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Luego entra a tallar la calidad en el juego, la historia del equipo del club en todo caso y las ganas de ganar, guapeando cuando decae la técnica o la habilidad no es suficiente.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No estoy apelando de ningún modo a la violencia, se entiende. Me refiero a cierta actitud mental que confenza al rival que uno es superior que éste partido precisamente deberá contar con un vencedor seguro, el equipo en el que estamos jugando. Que el juez debió darnos ya el triunfo aunque falten diez minutos, que esa diferencia de un par de goles no es representativa de la realidad, que la escamotea que no lo hace verosímil. Uno con la presencia que lo hace superior de nacimiento no tiene en cuenta que debería haber hecho cuatro goles más para que sepan quien es superior. Pero, somos buenos, y no nos gusta humillar al adversario. Somos caballeros.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Cuando esa tarde entremos a la cancha nuestro capitán el Nenucho Faravelli nos había alertado sobre la posibilidad remota de poder controlar el azar.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Como el día estaba espléndido, digo por supuesto que nuestro ánimo era óptimo solo nos quedaba conjurar al miserable azar, que para siempre parecía haberse aposentado entre nosotros, para que la suerte siempre se nos diera contra. En ese campeonato, los travesaños y los palos laterales parecían que formaban parte de las defensas contrarias. Tantas veces se había interpuesto entre el grito ahogado de nuestras gargantas y esa pelota que no quiere besar la red.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Nenucho no había estado enfático. Nunca lo estaba. Era en ese tiempo un muchacho tranquilo y previsible. Muy respetuoso y correcto. Si hasta se casó con su novia de la primaria, la hermosa rubiecita que se llamaba (y se llama), María Ángela Nicoletti, la popular Maiaia.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Pero aquí quiero rescatar ese momento en que Nenucho nos incitó suavemente a la aspiración de la gloria.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Solo nos preguntó, como quien no quiere la cosa, si a nosotros nos interesaba entrar por la puerta grande del club y sumar la hazaña de ganar ese día, que jugábamos con los punteros de la Tabla, uno de los equipos de Chañar Ladeado. Creo que era Chañarense, eso nos preguntó. Con esa media voz que nunca levantaba, ni cuando la ira lo ganaba.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La verdad&#160; es que nos tocó el amor propio, ya que nosotros no hacíamos esa ecuación surrealista que él sostenía.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Buen tiempo igual buen ánimo, menos azar igual éxito.<br />
Nosotros éramos espantosamente realistas. Sabíamos que ese equipo nos iba a pasar por encima, como efectivamente sucedió.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Aunque aquí el azar se dio vuelta en el segundo tiempo. El primero fue para olvidar: tiros&#160; nuestros&#160; en los palos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Un gol que nos anularon cuando el Tatú García, un petiso que jugaba de nueve y no le hacía un gol ni a la mamá en el día de la madre, aprovechó una distracción de la defensa, le robó una pelota al cinco de ellos y pateó con tanta suerte que al arquero, que le había atajado, se le escapó, oportunidad que Tatú aprovechó y la tocó suave y la&#160; arrimó al fondo de la red. Gol. No lo podíamos creer. Uno a cero. Nuestro arquerito, el inefable Roberto Vega, se tiraba de palo a palo, salía con las rodillas y los botines y los puños casi hasta el extremo de la expulsión, pero milagrosamente mantenía la valla invicta ese día.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La verdad sea dicha, nos baquetearon lindo, corrimos una coneja interesante pero siempre mantuvimos el honor a salvo, aunque sin saber todavía si entraríamos en el libro de las glorias del club. Hasta allí no estábamos muy seguros de que así fuera.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Para colmo en esos tiempos no se permitían los cambios. Llegamos extenuados al final del primer tiempo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; El fidelísimo Tata Barco, nuestro utilero de siempre entró al vestuario a darnos ánimo. Nos habló de garra, de esfuerzo, del color sangre de nuestra camiseta.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Yo no dije nada, pero para mí temía que al nueve de ellos ya no lo podría parar más salvo que lo colgara de una patada a un árbol de la orilla de la cancha.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Yo no dije nada, me limité a comer una gran naranja de ombligo que mi viejo –luego de arrancada de la planta-&#160; ponía en mi bolso, domingo a domingo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Me levanté del suelo donde me había sentado, tiré la cáscara de la naranja a un tacho de lata que juntaba desperdicios, me enjuagué las manos y me mojé la cara. Lo miré a Nenucho,&#160; que ya no hablaba como en el inicio del partido. Estaba como si hubiera perdido el habla. No dijo en ningún momento “esta boca es mía”, siquiera. Ni qué decir que nos empataron apenas comenzando el segundo tiempo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Yo creí que estábamos perdidos pero como dije antes, la suerte nos acompañó más&#160; aún, porque si bien tiraron al arco dos de cada tres pelotas&#160; que consiguieron, ese día muestro arquerito estaba inspirado. El trámite estaba enredado, ellos tenían su orgullo y no se iban a dejar empatar por un equipito humilde como el nuestro.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Así las cosas el partido llego a sus instancias finales, y cuando nosotros nos dábamos por demás de satisfechos con el empate ocurrió el milagro, que como todo milagro que se precie siempre es inesperado.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Hubo una situación confusa fuera del área de ellos, uno de los nuestros fue derribado fieramente y, al réferi no le quedó más remedio que cobrar. Tocó el pito tan suave que nosotros en la otra punta, ni lo oímos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; El encargado de ejecutar el tiro libre fue el Toto Míguez que no tomó carrera, le pegó con el empeine, abajo. La pelota hizo una especie de curva, buscando la altura, pasó sobre la barrera, enfiló hacia el ángulo derecho, lejos del alcance del arquero. Iba como en cámara lenta, hasta que nuestros ojos azorados vieron lo que no podría creerse cierto: que la pelota al fin entrara en ese arco esquivo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Antes que las gargantas gritaran hacia el gol nosotros tardamos unos segundos en comprender que esa alegría era solo nuestra y para siempre.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Que honradamente nos la habíamos ganado y como se decía antes “en buena ley”.</p>
<p>
LÍMITES*</p>
<p>&#160;<br />
Quiero contarte&#160; de la casa.<br />
No había otro límite que el horizonte.<br />
Mis ojos niños calzaban zapatillas de lona.<br />
Mis pies miraban hacia el otro lado de la montaña azul<br />
Mis brazos de primate olfateaban el árbol.<br />
El árbol. No cualquiera. Abrazo olor abrazo.<br />
Mi boca oía las voces&#160; durazneros.<br />
Mis oídos mordían los frutos prohibidos.<br />
Nadie me corrió del Paraíso.<br />
Te cuento, que allá las noches, amadas noches.<br />
Tenían ojos&#160; lobo y larga cabellera.<br />
La luna se alcanzaba con&#160; lana vellón oveja.<br />
Todo se compartía en esa casa.<br />
Las palomas de masa. El baño. El rezo.<br />
Las risas, el trabajo, los soles.<br />
El pan, las bananas envueltas en los diarios.<br />
Las leyendas, los mitos, los milagros.<br />
El viento del oeste y la llovizna.<br />
También se compartía la carga de tristeza.</p>
<p>
Atrás ha quedado la casa y los almendros.<br />
El duraznero, la silla de la abuela y los geranios.<br />
Mis ojos calzan tacos. Los pies miran las huellas que dejaron.<br />
El árbol se ha marchado.<br />
Pero, te cuento.<br />
En mi cuarto aun sopla el viento amada noche.<br />
Se escuchan&#160; latidos de&#160; frutales prohibidos.<br />
Nadie aun me ha corrido del Edén.<br />
El único límite, el Paraíso, en sepia.</p>
<p>*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>
QUÉ HAREMOS MAÑANA*</p>
<p>
&#160;<br />
Decime si hay vida bajo tus ojos que mienten<br />
Si el vacío tiene sombra<br />
Si el laberinto de cristales se romperá algún día,<br />
Si seremos uno aunque sumemos dos<br />
Si correremos a los perros<br />
Si deambularemos por las calles, con el llanto en la mano<br />
Si coseremos los hilos que sostendrán al gran témpano<br />
Si miraremos el reloj o si lo romperemos.<br />
Si seguiremos oliendo a piel o si seremos frío acero.<br />
¿Tendremos patio?<br />
¿Tendremos pies?<br />
Si nos invadirán las cosas inútiles o si seremos hombres libres,<br />
los mismos libres de siempre,<br />
bajo el sol.</p>
<p>*de Valeria Marioni maiden-marion@hotmail.com</p>
<p>*</p>
<p>
&#160;La&#160; mano<br />
&#160;toca como si nunca antes<br />
&#160;la piel se abre,<br />
&#160;dedos palpan visceras ,<br />
&#160;alisan con alguna hermosura<br />
&#160;la tristeza de los órganos,<br />
&#160;la mano penetra<br />
&#160;como una lengua tibia<br />
&#160;arregla raspones<br />
&#160;inventa un ajuar de palabras<br />
&#160;para la carne muda adentro<br />
&#160;&#160; y sale.<br />
&#160; En el bar<br />
&#160;nadie se dio cuenta que ella<br />
&#160;dejó en el cuerpo de él,<br />
&#160;un respiro, una alegría<br />
&#160;un poco más de tiempo.<br />
&#160;él le dice qué caricia profunda<br />
&#160;pero tampoco</p>
<p>*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar</p>
<p>ADIÓS, BISABUELO, ADIÓS*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Nunca sabré el&#160; color de sus sueños inmigrantes.<br />
¿Azul sepia? ¿Verde castaño oscuro?<br />
Nunca sabré si el tiempo de sus ojos<br />
Era del&#160; acre sabor de mis&#160; mareas.<br />
Nunca sabré<br />
Porque vinieron.<br />
Porqué partieron.<br />
¿Los trajo el hambre? ¿La esperanza?<br />
¿Encontraron el pan y los anhelos?<br />
¿Cumplidos fueron sus secretas voluntades?<br />
¿Como fueron barajadas las cartas Mendelianas?<br />
&#160;</p>
<p>Mi abuela, hija de gringos.<br />
Trenza criolla. Heredera de exilios.<br />
Hasta ahora no he descifrado rompecabezas/raza.<br />
¿Dónde llegarían sus cabellos?<br />
(¿Habrán cruzado el charco, buscándolo?)<br />
Pasos en la noche furtiva.<br />
Lágrimas oscuras de su madre.<br />
&#160;</p>
<p>Su padre. Hijo expulsado de su amada madre.<br />
Yo, aprendí que él era hijo de la puta madre.<br />
No volvió de la guerra<br />
Ella no ha vuelto de la muerte.<br />
Tampoco ha vuelto la niña de&#160; trenzas coloradas.<br />
Sola. Sin raíz cosmogónica.<br />
Con un calidoscopio ignorado de razas.<br />
No sabiendo a quien amar. A quien odiar<br />
Entre la puta madre patria y la madre América<br />
Entre castañuelas y guitarras.<br />
Entre guitarras y pañuelos.<br />
Con una puta soledad<br />
De tierra doliendome.<br />
&#160;</p>
<p>En las morenas manos.<br />
Sin rumbo, sin origen, sin madre.</p>
<p>*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>
Apreciadas amigas, queridos amigos,</p>
<p>El número 86 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL &#8220;Estrella Errante&#8221;, edición Enero/Marzo/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org<br />
bajo el link:</p>
<p>http://www.euroyage.org/es/xicoatl-86</p>
<p>
CONTENIDO:</p>
<p>·&#160;&#160;&#160; ENSAYO: Onetti: la lección del maestro. Jorge Isaías.<br />
·&#160;&#160;&#160;&#160; NARRATIVA: Los sin nombre. Amelia Arellano.<br />
·&#160;&#160;&#160; - Cuentos cortos. Joan Mateu i Marti.<br />
·&#160;&#160;&#160;&#160; POEMARIO: Poemas. Blanca Helena Muñoz de Escobar.<br />
·&#160;&#160;&#160; AUSTRIA: Poemas. Wolfgang Kauer.</p>
<p>
La edición impresa de XICóATL # 86 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).</p>
<p>
Cordial saludo,</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst,&#160; Wissenschaft und Kultur<br />
www.euroyage.org</p>
<p>Schießstatt-Str. 37&#160;&#160; A-5020 Salzburg&#160;&#160;&#160; AUSTRIA<br />
Tel: ++43 662 825067</p>
<p>*</p>
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		<title>EDICIÓN FEBRERO 2009</title>
		<link>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/02/06/edicion-febrero-2009/</link>
		<comments>http://losescritosdeurbano.blog.com/2009/02/06/edicion-febrero-2009/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 06 Feb 2009 10:34:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<br />
EDICIÓN FEBRERO 2009<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Alguien llamado Pablo*<br />
<br />
<br />
<br />
Aunque tus pasos se acallaron en la bruma,<br />
y tu voz se embanderó con el silencio,<br />
me pregunto si es posible tu partida<br />
o en un acto de terquedad,<br />
la palabra, con su séquito de luciérnagas,<br />
es lo único en sobrevivir a la muerte.<br />
<br />
<br />
Qué importancia tendría morir,<br />
si en cualquier instante,<br />
en un banco de plaza,<br />
en un colegio bilingüe,<br />
o en un lejano país,<br />
alguien recitará un poema<br />
con tu nombre impreso en los lomos del&#160; libro.<br />
<br />
<br />
Te regresan Pablo,<br />
recuperan, sin siquiera saberlo,<br />
tu esencia intacta.<br />
Sin límites, renacen los torrentes de tu pensamiento,<br />
vuelves a estar ahí, atrapado en cada letra,<br />
expectante como un niño en su primer día de clase.<br />
<br />
<br />
Me pregunto:<br />
cuántos se amaron con tus palabras.<br />
Cuántos trovadores te adeudan&#160; fama.<br />
Cuántos solitarios empedernidos<br />
te aprendieron de memoria.<br />
Cuántos escritores lamentaremos siempre<br />
no haber escrito aquellos versos.<br />
<br />
<br />
La única verdad, Pablo,<br />
es que tus pasos resuenan por&#160; estas calles,<br />
trepan colinas verdes,<br />
deshollinan un&#160; volcán con nombre mapuche,<br />
persiguen un tren de poetas locos abordándolo con prisa fugitiva.<br />
Tus pasos,<br />
trascienden el tiempo ignorando imposibles.<br />
Aquí, en Temuco,<br />
lo intangible de tu presencia se hace música,<br />
tiene sonido a mar,<br />
a caracolas,<br />
a&#160; mascarones de proa<br />
y a poesía trasnochada.<br />
<br />
<br />
Regresas con perfume a lluvia,<br />
ruges en la incontenible rompiente del Pacífico,<br />
murmuras en el viento,<br />
irrumpes con el alba en bosques de araucarias,<br />
invades mis escritos,<br />
asaltándome con el atardecer en una playa solitaria<br />
o en medio de la noche bruna,<br />
descubriendo a tientas tu palabra inalterable, rescatándote de la muerte.<br />
<br />
<br />
Impostergable,<br />
tu&#160; voz, se hace grito,<br />
atravesando invisibles planos metafísicos.<br />
<br />
<br />
Resurgiendo<br />
con potencia de soprano,<br />
urgente como cita postergada,<br />
desempolva poemas olvidados.<br />
<br />
<br />
¿Cómo puedo considerar que te has marchado?<br />
Si has elegido la manera más perfecta de quedarte.<br />
<br />
<br />
Mienten tus pasos acallados en la bruma.<br />
Mienten los diarios.<br />
Mienten los pragmáticos.<br />
Miente tu ausencia.<br />
Lo sabes, comprendo que siempre lo has sabido.<br />
<br />
<br />
Como un aprendiz del suspenso,<br />
develo tu secreto:<br />
creo que nunca has estado tan cercano,<br />
tan nuestro,<br />
tan posible.<br />
Tan&#160; vivo.<br />
<br />
<br />
*de Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar<br />
- del libro Cenizas de Sol<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
LLUEVEN LUCES CIEGAS*<br />
<br />
<br />
<br />
El ancho y ajeno mundo, el de mil rostros<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; -muy mío en ciertas pequeñas cosas-<br />
alucina en una pantalla<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y en otra<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y en otra.<br />
Lo mismo, siempre:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; un misil<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; otro misil<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y otro misil.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Uno que va. Otro que viene.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Y otro más.<br />
Si no fuera por esa manía de explotar<br />
que se reitera en sus conductas<br />
nos preguntaríamos:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Qué festejamos hoy?<br />
<br />
<br />
Llueven luces ciegas en el ancho y ajeno mundo<br />
y a su ceguera final le llaman:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; daños colaterales.<br />
Eufemismo del lenguaje para decir:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; "Los hicimos mierda."<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; "Les metimos miedo."<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; "En la guerra vale todo."<br />
<br />
<br />
Llueven luces ciegas hoy, sobre Gaza<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Mañana?<br />
<br />
<br />
El mundo, el muy mío en ciertas pequeñas cosas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; sostiene el día a día:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; esa planta de calabazas<br />
se extiende largamente en mi pequeño patio:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; lo cubre todo<br />
florece cada mañana puntualmente<br />
sus calabacitas surgen<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; se hinchan<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; crecen .<br />
por mi parte dejo que su áspero verde me atrape, sin resistencia.<br />
<br />
<br />
El ancho y ajeno mundo grita, en tanto,<br />
su dolor:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Caronte, el viejo barquero,<br />
ha gastado ya sus remos en la tarea.<br />
Y va por más.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Ha gastado sus manos<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; su mirada<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; su aliento<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; la barca<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; el atracadero.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Traslada daños colaterales con ojos de niño<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ancianos asustados<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; perros extraviados<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; mujeres violadas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; pájaros sin vuelo<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; albañiles, campesino, choferes, maestros .<br />
algún soldado atontado, algún político descuidado y, de tanto en tanto, a un<br />
general de muerte natural o a un economista, financiero o gerente u operador<br />
de bolsa que no les queda otra que morir.<br />
<br />
<br />
Mientras apunto esto<br />
algunos pájaros detienen su vuelo<br />
en el pequeño patio:<br />
una breva de agua los convoca.<br />
<br />
<br />
Alguien dijo por allí, no hace mucho:<br />
"La guerra es la justificación del crimen". (*)<br />
Es lo que hacen algunos para apagar esta sed que nos devora,<br />
argumentando razones<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ante tamaña irracionalidad:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que la seguridad<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que el estado<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que esto<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que aquello<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que lo otro<br />
pero nunca se habla de la sed que nos devora.<br />
<br />
<br />
Hoy he visto que la planta de calabazas floreció<br />
de un amarillo fuerte y fugaz<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; para dejar lugar a otro fruto.<br />
<br />
<br />
Hoy he visto misiles dibujando estelas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y azorados ojos dolidos<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; en un niño que nada decía<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que todo decía.<br />
Misiles estelares cavando abismos<br />
ahuecando las miradas<br />
haciendo del mundo algo ausente y dolido.<br />
<br />
<br />
Llueven luces ciegas en el ancho y ajeno mundo.<br />
Llueven luces como amanecer último.<br />
Llueven luces ciegas mientras la planta de calabazas<br />
me sostiene en una generosa hoja.<br />
Llueven luces ciegas aullando: sus flases muestran rostros<br />
que se evaporan con la luz.<br />
Estremecimiento leve, volátil, casi imperceptible al ojo humano,<br />
para que, lo que estaba, ya no.<br />
<br />
<br />
Sumido entre el gratificante crecimiento de la planta de calabazas<br />
y esa geografía tan lejanamente cercana, hoy llamada Gaza,<br />
me siento a deletrear lo que puedo<br />
sabedor que ningún misil<br />
ninguna bala<br />
ningún dolor del horror<br />
dejarán de estarlo por que lo haga.<br />
<br />
(*) B. Russell<br />
<br />
<br />
*De Oscar Agú.&#160; cachoagu@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
El Universo es de Trigo*<br />
<br />
<br />
<br />
Somos un viaje continuo,<br />
Orbitando entre los límites<br />
De la calle pavimentada<br />
Y la terracería.<br />
<br />
<br />
En algunos casos tenemos la fortuna<br />
De escuchar a alguien más<br />
Que viaja en el mismo camión que nosotros,<br />
Y somos capaces de romper<br />
El duro armamento que el aire<br />
Construye a su alrededor;<br />
Pero llega tan rápido al lugar planeado<br />
Que baja en la siguiente esquina.<br />
<br />
<br />
Seguimos en el camión<br />
Hasta que el costo de transporte<br />
Iguale al valor,<br />
En moneditas de acero,<br />
Que hemos pagado.<br />
<br />
<br />
Si subimos,<br />
Por descuido o voluntad,<br />
En un camión equivocado,<br />
Terminamos en un lugar también equivocado<br />
Y preguntando cómo regresar.<br />
<br />
<br />
Viajamos entre guajolotes y frutas,<br />
De pie o sentados,<br />
Esperando que el camión nos lleve a algún lado<br />
O, por lo menos,<br />
Que choque contra otro camión<br />
Para no sentirnos tan solos.<br />
<br />
<br />
Somos un viaje continuo,<br />
Y una espera,<br />
Que a veces termina en calles pavimentadas<br />
Y otras tantas en medio de los caminos rurales.<br />
<br />
<br />
<br />
*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
La Gran Llanura*<br />
<br />
<br />
<br />
Le habían contado que había unos monjes a los que llamaban "lamas" que vivían en unos templos en medio de la estepa. Su filosofía de vida, contada por los pocos viajeros que habían estado en el lugar, le era sumamente atractiva: La contemplación de las llanuras infinitas desde el templo, la quietud de una tundra sin fin blanqueada por la escarcha y el hielo, y la meditación dentro de una soledad tranquila.<br />
<br />
Pertrechado con buena ropa de abrigo y renunciando a llevar cualquier animal por temor a que el frío de la estepa lo congelara, se internó en aquel océano inmenso de hielo dispuesto a encontrar el templo de los lamas. Los meses de lento caminar vislumbrando únicamente una raya continua en el horizonte de aquella llanura sin fin, le hacían recordar las montañas de su tierra natal. Pero no quería más montañas, estaba harto de subir y bajar, aquello era el paraíso.<br />
<br />
Apareció su sonrisa cuando en la lejanía vislumbró una loma de apenas 50 metros de alto sobre la que se recorta un templo enorme. Había llegado a su destino.<br />
Lentamente ascendió por el serpenteante camino de tierra que llevaba al enorme portalón, y al alcanzarlo, cerró los ojos dispuesto a darse la vuelta y contemplar, desde aquella atalaya, la llanura inmensa.<br />
<br />
Un rumor ronco pareció brotar del suelo mientras se daba la vuelta. Un rumor que fue creciendo en fuerza e intensidad hasta convertirse en un atronador grito de la tierra. La llanura, a sus pies, empezó a resquebrajarse y el suelo a moverse. Ante su ojos atónitos, vio que del suelo de la gran llanura emergían montañas que se hacían cada vez más altas mientras él, con el templo, inició la misma ascensión que las montañas que se creaban a su alrededor.<br />
<br />
Entendió enseguida que debería renunciar a vivir en las grandes llanuras, para hacerlo en el recién formado Himalaya. Más alto aún que su tierra natal.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Joan Mateu. joan@cimat.es<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
El olor a humedad y a rutina, le pareció acogedor.<br />
Había regresado a su hogar.-<br />
<br />
<br />
<br />
&#160;*de Azul. azulaki@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
DEJÁ VU*<br />
<br />
<br />
<br />
Las mismas copas de vino<br />
Dibujan nuestros rostros en el cristal.<br />
La misma melodía<br />
Viene del fondo<br />
Colmando el vacío que deja el silencio.<br />
<br />
<br />
Las mismas velas<br />
Encubren la tristeza,<br />
Dibujando siluetas en el crepúsculo.<br />
Las mismas promesas,<br />
Los mismos besos,<br />
Las miradas que se cruzan,<br />
Las frases que no se dicen<br />
Y viven a la sombra de la espera...<br />
<br />
<br />
Todo me suena extrañamente familiar.<br />
¿Hemos vivido este momento?<br />
¿Volveremos a vivirlo?<br />
<br />
<br />
Sólo quiero saber<br />
Si al final,<br />
De nuevo,<br />
Partirás.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Marié Rojas.<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
MI HERMANA*<br />
<br />
<br />
<br />
Se fue en diciembre<br />
Y apenas pude decirle adiós bajo los árboles de la memoria<br />
<br />
<br />
Dejó un atado de ropa para sus amigas<br />
Unas pinturas de uña que le compré en Caracas<br />
Un perro<br />
Unas píldoras regadas por el piso<br />
<br />
<br />
Mi hermana venía de un género de tristeza<br />
Y eso que apenas leía mis poemas para no decir los de Vallejo<br />
<br />
<br />
Mi hermana&#160; dejó una carta que nunca pude leer<br />
Pues la policía se la llevó<br />
Y todavía la espero en el buzón del viento<br />
<br />
<br />
Mi hermana dejó un perro<br />
Y un atado de ropas para sus amigas.<br />
<br />
<br />
<br />
*de&#160; Reynaldo García Blanco regabla@cultstgo.cult.cu<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
&#160;<br />
<br />
Mar Dulce (*) **<br />
<br />
(*) Alessi Alfaro<br />
<br />
<br />
---<br />
<br />
<br />
"Es, con frecuencia, deseable reducir el producto,<br />
o el cociente de fracciones a términos mínimos.<br />
Siendo este el caso, el mejor procedimiento es escribir<br />
cada fracción de la forma factorizada. Factores comunes del<br />
numerador y del denominador pueden entonces ser fácilmente<br />
removidos por división." G. Fuller (1977)<br />
<br />
<br />
---<br />
<br />
<br />
<br />
He llorado tu ausencia amargamente<br />
Esperando que estas lágrimas enjuaguen<br />
La sangre que ensucia tu rostro.<br />
<br />
<br />
Las guerras devastan la sonrisa humana<br />
Y evaporan las vidas con el calor de las bombas.<br />
<br />
<br />
¿Es tan difícil entender que una vida es una vida<br />
Que sueña, anhela, siente miedo.<br />
Sin importar si es de aquí o es de allá?<br />
<br />
<br />
Lloramos su ausencia eternamente,<br />
Esperando que lo eterno pase pronto.<br />
Porque no sabemos cómo hacer con los llantos<br />
Una muralla por donde no pase la guerra.<br />
<br />
<br />
¿Quién ha empezado y quién ha terminado?<br />
¿Quién vence y quién es vencido?:<br />
Nos lo dirá la historia.<br />
<br />
<br />
Y a los muertos<br />
¿Quién los cuenta?<br />
¿Quién los extraña?<br />
¿Dónde queda su historia?<br />
Si se pierden entre tanta estadística:<br />
Tantos muertos hoy,<br />
Tantos muertos ayer;<br />
Tantos murieron acá<br />
Y otros tantos lo hicieron allá.<br />
<br />
<br />
¿Quiénes eran?<br />
¿Qué soñaban para el día de mañana?<br />
¿Qué esperaban hacer cuando finalizara la guerra?<br />
¿En quién pensaban? ¿A quién extrañaban?<br />
¿Qué tan fuerte abrazaban las madres a sus hijos,<br />
Los hermanos y las hermanas, amigas, amigos?<br />
<br />
<br />
A la gente común nos toca tan solo llorar<br />
Cuando los esfuerzos no sirven para detener las bombas.<br />
<br />
<br />
Es a la gente común<br />
A la que comúnmente<br />
Se mata en las guerras.<br />
<br />
<br />
¿Quién se preocupa por lo común?<br />
Si estas guerras tan comunes<br />
No resuelven el hambre y la pobreza.<br />
<br />
<br />
La guerra que venga<br />
Para salvarnos de las guerras comunes,<br />
No matará por territorios ni por riquezas,<br />
Ni mucho menos lanzará las bombas sobre la gente común.<br />
<br />
<br />
¿A quiénes les gusta la guerra?:<br />
A los mismos que gustan de oprimir a los demás,<br />
Y que temen a la guerra que nos libre de toda guerra.<br />
<br />
<br />
<br />
** de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Oración*<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
<br />
Creo en la bendición de Ramón.<br />
En el saludo del Zuzo.<br />
Y en la mirada del cura en bicicleta.<br />
&#160;<br />
<br />
Creo en Ramón el ciego.<br />
En Zuzo que es gallego y zapatero.<br />
Y en el cura que va y viene en bicicleta.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
Creo en Ramón que en voz santiagueña<br />
me dice "que Dios lo bendiga",<br />
cuando al subir la escalera de la estación<br />
lo encuentro sentado en su puesto.<br />
Con la palma abierta.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
Creo en el Zuzo que es gallego y zapatero.<br />
Y mientras espera clientes que no llegan<br />
saluda como un vigía.<br />
Como se saludaba a lo antiguo y a lo lejos<br />
moviendo el brazo en 180 grados.<br />
Confirmando que todavía estamos ahí<br />
Para darle alguna persistencia al mundo.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
Creo en el cura que va en bicicleta bajo sol<br />
o lluvia, todos los días a la misma hora<br />
con su mirada hundida de gringo obstinado.<br />
Para dar misa a las internas del psiquiátrico.<br />
&#160;<br />
<br />
<br />
Creo en el saludo del Zapatero sin clientes.<br />
En la bendición del mendigo ciego.<br />
En la mirada sin padre<br />
del cura bueno al que llamamos<br />
-de pura costumbre- "Padre".<br />
&#160;<br />
<br />
No creo en ninguna institución<br />
que administre la palabra "Dios".<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
VIENTRE DE LUCIÉRNAGA*<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Recién ahora. Después de tanto tiempo.<br />
Comprendo<br />
Porque no podía separarme de ti.<br />
Tiempo de durazno en flor.<br />
Vientre de luciérnaga, boca sed de corales.<br />
Límites, territorio de lobo.<br />
Oscuridad plena, roca carbón.<br />
Colmenares de luz, ojos en celo.<br />
Cuando la tormenta apagaba el umbral del canto<br />
En tus manos oía mis riberas de sílice.<br />
Rastrojos en mi piel, palomas en mi sangre.<br />
Cuando hería la escarcha.<br />
Tibia, mí cintura habitaba tu abrazo.<br />
Y tu olor. Ah, tu olor a fragante romero.<br />
Descendía. Vientre, pedernal. Luciérnaga.<br />
Tierna rosa arponeada.<br />
<br />
<br />
Recién ahora. Después de tanto tiempo.<br />
Comprendo.<br />
Aquél a quien amaba tanto.<br />
No eras tú, era yo.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
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SONIA*<br />
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&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Sonia era una muchacha de color canela y ojos verdes de gatito, tenía unos veinte años, pero era tan delgada y pequeñita como una niña.<br />
Estudiaba conmigo en la escuela nocturna de Francés, yo no soy muy buena socializando, pero cuando la veía entrar, tan menuda que nadie parecía advertir su presencia, le hacía una seña con la mano, palmeando el pupitre vacío a mi lado, en eso radicaba la amistad.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Aquel día faltaba una hora para que comenzaran las clases y ningún amigo me había invitado a cenar... me tocaba otra vez arribar al día siguiente con el estómago vacío. Por lo general terminaba mis clases en la universidad a las cinco de la tarde, alguno de mis compañeros me invitaba a su casa - en todas era bien recibida, a pesar de llegar sin previo aviso, para colmo siempre he comido con buen apetito, pero eso parecía alegrar a las madres, que me servían más -, tenían una coreografía casi perfecta para que no pasara el día en blanco, pero a veces fallaba alguno de sus pasos, como hoy, y saltaba la cena, esperando que fueran las siete y comenzaran mis clases de francés.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Me paré frente a un restaurante completamente fuera de mi alcance desde la muerte de mi madre adoptiva, imaginando los platillos que pediría si estuviera sentada adentro. En ese momento una vocecita familiar me sorprendió.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160; ¿Tienes algún plan para hoy?<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No tenía otro que esperar las siete, y se lo dije.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Vamos, te voy a invitar a comer ahí - señaló con el dedo la puerta roja.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No lo podía creer, ¡el estómago me estaba rugiendo y Sonia, con la que nunca intercambié una palabra, me estaba invitando a una cena de lujo!<br />
Aparté de mi mente el regaño que desde el cielo me estaban echando mi madre, no aceptar una invitación de alguien casi desconocido. En vez de inventar una excusa diplomática, subí corriendo las escaleras de la mano de Sonia.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Es una de las cenas más agradables que recuerdo, porque no la esperaba, porque me daba tristeza cuando todos parecían olvidarse de mí, porque el menú era delicioso y porque supe mucho de mi compañera de pupitre: tenía un novio muy alto, para ver si sus hijos salían un poquito más grandes que ella, adoraba a su hermanita, vivía con sus padres y trabajaba de contadora a pocas cuadras de ahí.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Hoy cobré - me contó -, me gusta&#160; hacerme un regalo el día del cobro... pensé en algo especial y te vi... entonces supe que mi regalo sería invitarte. Nunca había comido en un sitio así, ¿y tú?<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Cómo hacerle entender que pasé mi infancia y adolescencia cenando en los mejores restaurantes y ahora vivía cada día de una sazón diferente, la del hogar de turno? Sonreí.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Tú no eres de mucho hablar - me dijo -, por eso puedes pensar que nadie te quiere, pero ya ves, te queremos. Al menos dime si te gustó el regalo.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Asentí porque si hablaba, iba a llorar, no sirvo para expresar emociones. Estaba sintiendo que, más allá del estómago calmado, de la noche de insomnio salvada - me cuesta dormir con hambre -, estábamos viviendo un momento muy importante, algo que recordaríamos con el paso de los años.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Ignoro la razón que me ha llevado a escribir esta historia, tal vez sea mi modo de agradecerle. No he vuelto a ver a Sonia desde mi graduación, hace más de veinte años. Deseo que sea feliz y tenga muchos hijos, altos como su padre, con los colores y el alma de su madre.<br />
<br />
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<br />
*de Marié Rojas.<br />
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No hem deixis dormir*<br />
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No hem deixis dormir, perquè adormit<br />
no podré veure el teu nu vibrant,<br />
i la nit se'n anirà en un instant,<br />
i al clarejar, tu hauràs partit.<br />
<br />
<br />
No hem deixis dormir que quedo mut<br />
i no puc explicar-te com t'estimo.<br />
M'entra la por d'arribar a la matinada,<br />
despertar, i saber que t'he perdut.<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
No me dejes dormir, porque dormido<br />
no podré ver tu desnudez vibrante,<br />
y la noche partirá en un instante,<br />
y al clarear ya habrás partido.<br />
<br />
<br />
No me dejes dormir que quedo mudo<br />
y no puedo explicarte como te amo.<br />
Me entra el miedo de llegar a la madrugada,<br />
despertar, y saber que te he perdido.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Joan Mateu. joan@cimat.es<br />
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<br />
MAR*<br />
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<br />
Bayas de saúco.<br />
Semillas que bostezan.<br />
No se como han llegado a mi boca de arena<br />
A nadie espero. Nadie me espera.<br />
Pero gansos salvajes me llaman y me llaman.<br />
Me llaman y jadean.<br />
Pronuncian un nombre que no es mío.<br />
Traen tabulas rasas.<br />
Carcomidas por los vientos alisios.<br />
También allí está escrito mi nombre.<br />
Un desgastado nombre que no es mío.<br />
Yo, solo quiero mar. Mar en mi. Yo, mar.<br />
Mar abrazo muerte entrega apasionada.<br />
Mar útero henchida soledad.<br />
Mar. Sólo mar. Mío. Yo mar.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
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<br />
Lectora*<br />
<br />
<br />
La lectora sube la apuesta, escenifica el lugar, abre el libro, vuelca las palabras como una leche tibia.<br />
Él corre hacia la voz con avidez. Toma lo que ella derrama, la abre, la deletrea, la descifra, la lee, la articula, la silabea.<br />
Alfabeto, abecedario, música, legado. Busca la piedra primera, en el pelo, como un mar oscuro de peces escondidos, ideas enlazadas, arabescos, lealtades. En el pecho, emociones del borde entre el sentir<br />
y el&#160; pensar. En las manos, en las piernas, en la piel o en la mirada.<br />
La piedra del origen de lo inefable. Esa, anterior a las palabras con las que ella le nombra el mundo. Él como si fuera un cachorro (las lecturas siempre son nuevas, si son ciertas) se amamanta de la voz, encuentra en la boca de ella, entre la boca y el libro, el lugar casi lecho, donde la piedra se deshace en hebras y habla.<br />
<br />
<br />
*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar<br />
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&#160;<br />
EL GUARDIÁN*<br />
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&#160; Supe reconocer al momento que me hallaba dentro de uno de esos sueños especiales que nos parecen tan reales que atemorizan incluso horas después de despertar, donde si corremos se nos corta la respiración y nos late más de prisa el corazón, la comida sabe a comida, la rosa huele a rosa y el frío nos corta la piel. Cierta vez un estudiante de tensegridad intentó enseñarme el modo de despertar, pero no le hice caso, me gusta soñar.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Me hallaba en una enorme roca flotando en el vacío, como esos paisajes imposibles de Magritte. Más allá de ella no se distinguía tierra, ni mar, ni siquiera niebla. fue entonces que lo vi, con su aire cansado, su cetro y aquello que semejaba un perro, durmiendo a sus pies.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No duró mucho esta sensación de reposo que emanaba del conjunto, el perro olfateó mi presencia y comenzó a ladrar. Uno de sus rostros despertó y me escudriñó lleno de curiosidad, el otro continuó su siesta.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Quién eres? - me preguntó.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; La verdadera pregunta es ¿quién eres tú, y por qué estás en mi sueño?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Soy el guardián - respondió, como si eso fuera suficiente.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Guardián. ¿de qué? ¿de un trozo de piedra flotando en la nada?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Del centro de la creación - el segundo rostro despertó a medias, mostrando cierto interés por la conversación -, en este punto exacto convergen todos los universos, los mundos, los reinos, todas las posibles realidades. Yo soy el encargado de velar porque nadie cruce de una a otra, aún desconocemos los resultados de tal mezcla. es mejor evitar aquello cuyo final no se puede siquiera suponer. Mi sola presencia en este sitio es suficiente, soy la variable que rompe el balance de la ecuación.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Pero. - dudé -, yo estoy soñando, ¿de qué realidad hablamos?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Esta es ahora tu realidad, y en este momento forma parte de las que convergen en esta isla.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Claro - pensé en voz alta, en definitiva era mi sueño -, hasta la irrealidad puede ser una realidad alternativa cuando se trata de abarcarlas en su totalidad, seguro incluyen los mundos imaginados en la literatura, en las artes, en la mente de los locos. tiene su encanto saber que en algún sitio está La Tierra Media, el Mundo del Espejo, los Súper Héroes y la Federación Galáctica.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; No vas errada, desde tu punto de vista. Desde el mío, es tan válido el mundo onírico en que estás ahora como aquel en que te mueves cuando despiertas; sucede que has sido condicionada para encontrar uno más real que el otro.<br />
-&#160;&#160;&#160; Imagino que, si lo dices con tanto énfasis, es porque vienes de un mundo que yo consideraría imposible, o fantástico, quizás alguien te soñó, o te imaginó, alguien que ya no existe y de quien fuiste solo una fracción de pensamiento, ¿voy descaminada?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Para nada.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Y, ¿cuánto tiempo llevas aquí?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Una infinitud - suspiró, expresando un cansancio sin límites - si aquí el tiempo se midiera con tus variables.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Es decir, ¿que vives en una suerte de ahora eterno?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Como tú, solo nos diferencia que yo soy consciente de ello.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Es cierto, el futuro no existe hasta que no lo convierto en presente, y el pasado ya no está. pero, más allá de la cuestión temporal, ¿no estás agotado por el peso de la responsabilidad?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No puedo quejarme, no tengo a quién - soltó una risita sardónica -, no creas que todos los días cae alguien en este punto. Ni siquiera sé quiénes son mis superiores, si los hay; me limito a repetir las<br />
palabras de mi predecesor.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Es mucho preguntar si te toca algún relevo?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Lo estoy esperando - respondió lacónicamente.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Recordé aquellos cuentos en que el barquero de la Estigia, el gigante Atlas, o el guardián de alguna caverna piden al incauto que le sostengan por un instante el remo, le ayuden a acomodarse el mundo a sus espaldas, o respondan ciertos acertijos. me cuidaría bien de no caer en la trampa.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160; Puedo leer el pensamiento, en donde vengo es más común que el lenguaje hablado.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; ¡Ah! - me cuidé bien de volver a pensar algo coherente.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; En fin, que no te equivocas. Pero no creas eso de aguantar el cetro o el remo, es demasiado pueril suponer que el hábito hace al monje, no es tan fácil elegir al próximo guardián - me miró de reojo -; si bien lo del acertijo pudiera ser cierto.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Asentí con la cabeza, desviando la mirada para que no adivinara mis temores.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Como tenemos tan pocas visitas, me está permitido evaluar a los postulantes no solo por sus respuestas, sino también por sus preguntas.<br />
Imagina quién acaba de sacar "sobresaliente".<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Se levantó riendo, desplegó las alas, dio dos cachetadas al segundo rostro, que terminó de despertar, y colocó el cetro en el suelo.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160; Te dejo al animal, era viejo ya cuando llegamos, no está para trotes. No confíes mucho en él, pero siempre será mejor que no tener compañía; por lo visto, en tu mundo tienen una sola alma dentro de un solo cuerpo.<br />
-&#160;&#160;&#160; Pero. ¡Oye! ¿Te vas sin más ni más? - le grité a pleno pulmón, sabiendo que no me escuchaba.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Y aquí estoy, en esta ínsula en medio de la nada, o justo en el medio del Todo, ¿qué más da?, comenzando un turno de guardia que puede durar media eternidad, o quizás un poco más. Ni siquiera vale la pena estallar en sollozos.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; En mi mundo dirán que he muerto en sueños, y yo viviré esta infinitud pensando que no voy a morir, precisamente por mi afición a los sueños.<br />
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*de Marié Rojas.<br />
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LA ASUNCIÓN DEL PRESIDENTE NEGRO*<br />
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&#160;&#160;&#160; Empezó con un comentario del periodista argentino que conducía la transmisión del acto de jura presidencial de Obama. Dijo este periodista que Barack Obama es el mejor presidente de la historia de EEUU.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; No era un astrólogo ni un vidente; quien afirmó eso era un señor entusiasta que se dejó llevar por la intensa propaganda que nos está traspasando constantemente desde hace meses, y que ha instalado la idea de que los EEUU pasarán en un minuto, por la mágica jura de un hombre negro sobre la biblia de Lincoln, a ser un país acorde con la fábula de adalid en la lucha de la libertad, igualitario y un lugar donde los sueños se cumplen y defiende las causas humanitarias en los confines más extremos de la<br />
tierra. Todo eso porque la mano de un señor negro se posa por unos segundos en una biblia antigua, y como en los cuentos mágicos, la gente se abraza, los enemigos se reconcilian, y una luz rosada envuelve desde hoy y para siempre al imperio renacido.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; A Hollywood no se le puede negar la suprema capacidad de elaborar discursos sentimentales. Y no ahorran recursos. Estará la invocación a Dios, la canción popular de Aretha Franklin, la música de cámara para darle categoría, la arenga serena de un líder firme y bastante fotogénico, el poema de una poetisa de barrio bajo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Ahora bien.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama recalca la diversidad religiosa del pueblo norteamericano, pero es un pastor el que oficia la bendición, y reza el padre nuestro. Está bien ganarle a la derecha, pero no hay que hacerla enojar demasiado. Nos informan que ese pastor está contra el casamiento gay y contra el aborto. No había un<br />
imán ni un sacerdote ni un monje budista ni un rabino ni nadie más que el pastor. Me pregunto si en un Estado no confesional es necesario o recomendable insertar un pastor rezando.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama, que fue votado por las minorías, que por ser de raza negra uno imagina que conoce las dificultades de las minorías, en su discurso exalta los valores norteamericanos tradicionales como los de los vaqueros que conquistaron el oeste. Horrible ejemplo para alguien que, si representa a las minorías, habrá sido votado por los escasos sobrevivientes de esa conquista del oeste que fue una masacre y una expoliación. O será que las minorías son las de la inmigración y no entran en ellas los aborígenes.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama se inclina por los recursos energéticos limpios, anuncia que se apostará a la energía solar y eólica ya que el petróleo les da poder a sus enemigos. Emociona tanta conciencia ecológica, tanto amor desinteresado por el planeta. Asusta la definición de los enemigos por los recursos que poseen.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama anuncia la retirada de las tropas de Irak. Bien. Será que ya no queda nada más que pérdidas por ese escorial, ese inmenso cementerio derruido. Va a prestarle atención a la India y a Afganistán. Tiemblen por esos lados, porque el imperio lleva la palabra libertad escrita en los tanques, y la igualdad es la de las tumbas, donde por igual se enciman los cadáveres desfigurados de niños y de adultos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama es negro, habla bien, tiene carisma y por alguna razón todos están muy entusiasmados. Yo no soy norteamericana. Ojalá pudiese no importarme en absoluto la suerte de este hombre o de ese país. Pero no soy tan incauta. Pero los sueños y las pesadillas del imperio mueven ejércitos, crean hambrunas o dan un respiro a los miserables del mundo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Me asusta que Obama le haya prometido al pueblo norteamericano la continuidad del estado de bienestar, la no renuncia al american way of life.<br />
Eso se logra sobre la miseria de los subdesarrollados. Nosotros. Para que haya riqueza en EEUU, debe de haber pobreza en las antípodas. Para que algunos coman de más, muchos deben pasar hambre en las noches destempladas.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Me encantaría que Obama sea un mago maravilloso, el héroe de comic que en dos o tres viñetas soluciona todos los problemas. Pero ni el ejército, ni la CIA, ni parte del Congreso, ni las aspiraciones del ciudadano medio, ni siquiera Barak Obama en sus propias palabras hacen suponer tal prodigio.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Ojalá me equivoque y la luz rosada abarque el imperio y todos seamos felices para siempre. Pero no suena muy convincente, la verdad.<br />
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*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com<br />
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&#160;<br />
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"POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS"*<br />
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Han sonado las campanas de mi pueblo.<br />
No han sonado por mi, ay, no por mí.<br />
Tampoco, ay, tampoco han sonado por ti.<br />
<br />
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Concierto y pesadumbre.<br />
<br />
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Ha cubierto:<br />
Plazas .Playas. Calles.<br />
Niños moribundos,&#160; perros flacos.<br />
Desnudez de árbol,&#160; féretros abiertos.<br />
Jarrones sin flores,&#160; atrios.<br />
Cruces&#160; madera anónima.<br />
Cancelas tiempo cosecha salitral.<br />
Escaleras derruidas.<br />
Pechos pasajeros. Frigidez.<br />
Ratas y&#160; flautas rotas.<br />
<br />
<br />
Han sonado las campanas de mi pueblo.<br />
Por un instante, solo por un instante.<br />
Me creí salvada de la luz<br />
Mortal urna de girasoles.<br />
Niebla carne oscura, zafiro caracol.<br />
Rosa invertebrada. Pajonal relincho.<br />
Agua barro. Polvareda.<br />
<br />
<br />
Han sonado las campanas, ay.<br />
No han sonado por mi. No han sonado por mi.<br />
Ay, tampoco corazón, han sonado por ti.<br />
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<br />
<br />
&#160;*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
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La Felipa*<br />
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<br />
A la belleza del lugar nadie le daba importancia por lo habitual. Las trece calas de arena blanca y gorda que componían el litoral del pueblo eran de sobra conocidas por los pocos habitantes, la mayoría pescadores, que componía el censo del pueblo.<br />
<br />
Además no alcanzaba ni la categoría de "pueblo". Se limitaba a ser una de las tres Playas de un pueblo principal que estaba a tres kilómetros en el interior y cuya industria taponera era muy reconocida en todo el país.<br />
<br />
Esta playa, con 17 pescadores era tranquila por obligación. No había en ella un aspaviento y eran tan pocos sus habitantes y tan pobres que no tenían ni las ganas ni las fuerzas para mantener discusiones. Cada uno iba a su interés y nadie negaba la ayuda a nadie. Esas cosas que son tan aceptadas por la gente de mar.<br />
<br />
Las barcas de pesca, ordenadas en la cala del centro, se subían a la arena cada tarde en el mismo sitio y se bajaban a la mar cada mañana por la misma escala, dando después tres paladas de remo y poniendo el viejo motor en marcha.<br />
<br />
La "Aurora", adusta, añorada de barnices y de un fondo y quillas que en su días fueron verdes, era de la Felipa (la mujer del Felip) y ocupaba el tercer lugar por la derecha junto a un escaso embarcadero improvisado en su día sobre las rocas negras que la separaban de la otra cala y que se usaba una sola vez al año: Cuando el cura se empeñaba en hacer la procesión de la virgen por mar. En la festividad de la virgen del Carmen.<br />
<br />
La Felipa había olvidado su nombre igual que lo habían hecho los demás componentes de la comunidad, el día de la boda. Las cosas eran así, pero por contrapartida desde aquel momento era la propietaria de todo, porque en este mundo los propietarios de las cosas eran las mujeres y los hombres se limitaban a usarlas y trabajarlas.&#160; Podías ir a casa la Felipa a comprar el pescado que el marido pescaba, los mejores remiendos de redes eran los de La Felipa a pesar de que fuera él quien los hiciera, las reuniones al amor de la lumbre en los largos días de tormenta, cuando no se podía uno hacer a la mar, eran en casa de Felipa, incluso el emigrante que se había ido más lejos era "el hijo de la Felipa" que a la vista de las pocas oportunidades que había en la zona un buen día se fue a Cuba a hacer fortuna.<br />
<br />
Irse a Cuba estaba considerado como el súmmum de las cosas. De la desesperación y de la suerte. De la locura y de la ambición. Irse a Cuba eran promesas de sol y mujeres de amplios y fáciles favores, de mulatas esplendorosas con poca ropa, de palmeras cargadas de dátiles y de noches de ron a la orilla de la playa.&#160; Nadie conocía a ninguno que hubiera estado en Cuba, pero estaba claro que era un paraíso, que era el lugar al que todo el mundo deseaba ir y al que todo el mundo temía ir; por lo lejano y quizás<br />
también porque en el fondo no se acaban de creer estas cosas que nadie había contado pero que todo el mundo sabía a ciencia cierta.<br />
<br />
Hoy he visitado a la Felipa. Han pasado más de veinte años desde la última vez que fui a pescar con el Felip y desde que nos comimos el pescado de roca, aquel que no tiene salida en la plaza, frito después de quitarle las tripas en el rompiente de las olas.<br />
La Felipa estaba igual de vieja, igual de sola e igual de silenciosa.<br />
Sentada a un lado del portalón, en una silla baja y tomando la fresca.<br />
En los pueblos, cuando se oculta el sol, en "la hora baja" la gente saca sus sillas a la calle y calma los calores del día con el frescor del atardecer.<br />
Eso es " tomar la fresca" y mientras lo hace , comenta las cosas del día, hace correr los rumores y saluda a los que aprovechan para dar un paseo.<br />
<br />
Me he puesto delante de ella en cuclillas, y la he mirado a los ojos, grises y un poco aguados. Me ha mirado sin hacer nada que me hiciera pensar que me hubiera reconocido. He entrado en la casa y he sacando otra silla baja la he puesto a su lado y me sentado.<br />
<br />
Hemos tenido una conversación de silencios, interrumpida únicamente con alguna mirada larga, y han pasado las horas. Un mundo. Una vida...<br />
<br />
He puesto mi mano sobre la suya y levantándome, después de una larga mirada a los ojos, he empezado a subir la cuesta.<br />
<br />
A mis espaldas su voz: "No tardes tanto en volver, siempre me gustó hablar contigo".<br />
<br />
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*de Joan Mateu. joan@cimat.es<br />
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EN BUSCA DE ÁFRICA*<br />
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Crónicas del Hombre Alto (nº 46)<br />
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<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Mika tiene 6 años; su novia Anna-Lenna, 7. Ambos viven en Langenhagen, una pequeña localidad alemana situada al norte de Hannover. El pasado 1º de enero decidieron fugarse de sus casas con un objetivo muy preciso: viajar a África, casarse y pasar sus días en un clima más benévolo que el frío<br />
invierno europeo. Convencieron a la hermanita de Anna-Lenna (que tiene 5 años) para que huyera con ellos y fuese testigo de la boda. Previsores, armaron una pequeña valija en la que cargaron anteojos de sol, trajes de baño y algo de comida ligera. Caminaron un kilómetro hasta la parada más cercana, se subieron a un tranvía y recorrieron unos tres kilómetros más, hasta llegar a la Estación Central de Ferrocarriles de Hannover. Una vez allí, quisieron abordar un transporte que los llevaría al aeropuerto, pero los movimientos del trío llamaron la atención de dos policías. La aventura terminó cuando éstos, hechas las averiguaciones del caso, tomaron a su cargo la penosa misión de informar a los jóvenes viajeros que, sin dinero ni pasajes, es imposible llegar a África.<br />
&#160;&#160;&#160; La anécdota, deliciosa como pocas, dio la vuelta al mundo la semana pasada. Prácticamente, no hubo periódico o noticiero que no le dedicara un espacio. El hechizo irresisitible de su candor apabullante generó sonrisas en las más diversas latitudes y permitió compensar, en parte, tantas deprimentes novedades sobre guerras, masacres y accidentes fatales.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Puestos a bosquejar interpretaciones sobre el asunto, una mirada exitista podría llevarnos a pensar que, al fin y al cabo, el simpático episodio no es más que la crónica de un rotundo fracaso, ya que la fuga<br />
quedó trunca y los niños no consiguieron cumplir su cometido. Del mismo modo, una mirada cínica podría llevarnos a especular que el precoz romanticismo de Mika y Anna-Lenna, así como también su espíritu aventurero se irán desvaneciendo a medida que vayan aproximándose a la adultez y la vida los obligue a poner los pies sobre la tierra. Ninguna de estas dos visiones, habrá que reconocerlo, carece de sustento o razonabilidad. Hay, sin embargo, otra lectura posible de los hechos, una mirada que, si bien no<br />
excluye la idea de fracaso, al menos redime a la frustrada huída de esa impresión de derrota que parece desteñir sus cálidos colores. Porque, si es cierto que los niños no pudieron alcanzar el destino deseado, no menos cierto es que fue precisamente su intento por alcanzarlo lo que les permitió llegar hasta donde llegaron. Lo cual, teniendo en cuenta su corta edad y la escasez de medios con que contaban, no es poca hazaña.<br />
&#160;&#160;&#160; Vistas así las cosas, su travesura nos involucra a todos, pues se transforma en una tierna, tiernísima metáfora acerca de la condición humana y sus anhelos. Anhelos que muchas veces -o acaso siempre- resultan lo suficientemente ingenuos o desproporcionados como para despertar la compasión de los dioses. Poco importa si el sueño consiste en filmar una película, instalar un bar en la playa o salvar al mundo. La experiencia indica que casi ninguno de nosotros podrá llegar jamás a sus íntimas y personales Áfricas. Salvo afortunadas excepciones, inevitablemente alguien se encargará de detenernos en la estación de trenes e interrumpirá nuestra alegría recordándonos -casi nunca con amabilidad- que no tenemos el pasaje requerido.<br />
&#160;&#160;&#160; Y sin embargo, lejana y cautivante, África sigue existiendo, oculta detrás de nuestro agrisado horizonte cotidiano. Y lo sabemos. Y, contra todo pronóstico y lógica, nos seguimos moviendo con la intención de acercarnos un poco. Obstinadamente, continuamos modelando nuestra travesía. Tal vez en<br />
forma oblicua o contradictoria, e incluso sin darnos cuenta, pero es lo que hacemos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Puede que, buscando llegar a África, sólo consigamos llegar a Hannover.<br />
Pero ¿quién habrá de quitarnos lo viajado?<br />
<br />
<br />
<br />
*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
ATARDECER*<br />
<br />
<br />
<br />
El atardecer juega con las sombras<br />
al ocultamiento de lo absurdo.<br />
En mi atardecer también juegan<br />
sombras y espejismos.<br />
Soy y no soy en esos juegos,<br />
repito el fanatismo de lo opuesto<br />
pero no me defino.<br />
¡Poseo tantas formas, tantos matices!<br />
Asciendo y desciendo desniveles<br />
por partes, desmembrada<br />
y dejo jirones de mi existencia<br />
colgando en cada plano<br />
pero nunca logro la totalidad.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
&#160;<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
Estas manos azules transmiten caricias<br />
y enloquecen pausados caminos de amor<br />
estas manos que tiemblan y vician<br />
son la causa de mi desazón<br />
Las intuyo en mi piel paseando<br />
como olas de mi amado mar<br />
ellas son las que estaba esperando<br />
en la pausa de mi caminar<br />
<br />
<br />
y se tiñen de azul como el cielo<br />
y se vuelven azul como el mar<br />
son azules como el pensamiento<br />
y el amor, cuando se empieza a amar<br />
<br />
<br />
<br />
*de Joan Mateu. joan@cimat.es<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
&#160;<br />
<br />
El libro que no puedo escribir*<br />
<br />
<br />
<br />
Esta expuesto en un vitral de&#160; manuscritos interesantes y&#160; silvestres. En él, en cada alunizaje gesticulan sueños, ideas, pensamientos y proyectos. No lo puedo escribir tan fácilmente. Si bien está allí&#160; esperándome,&#160; escurre por lo cotidiano y desaparece.<br />
<br />
<br />
&#160;*de Azul. azulaki@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
A veces (y solo a veces) uno corre tal suerte que caer del cielo no es tan desastroso cuando se tiene al menos la esperanza de ser bien recibido en el infierno. Pero cuando uno descubre que donde el cielo tiene hoyos, el infierno ha cerrado sus sucursales, nos damos cuenta que hemos quedado entre<br />
humanos... Y justo uno comienza a creerse dueño de sí cuando nos damos cuenta que donde ningún dios y ningún demonio puede ayudarnos, aparecemos solos, y ni aún así somos salvados por nosotros mismos... Y cuando la humanidad parece aplastarnos sin que podamos hacer algo, llega alguien con los mismos pasos, con sus manos, sus brazos, sus ojos, su sonrisa; y nos abraza, nos mira... La libertad se vuelve mortal, y sale de uno para convertirse en alguien más: y somos salvados por un milagro que escribe, crece y muere como todo lo vivo que nos rodea... Y uno entiende cuando dicen que los sueños también tienen pies, y manos, y ojos, y nariz, y esos etcéteras que con el tiempo se tendrán que descubrir...<br />
<br />
La vida brinca de un lado para otro: los vientos abrazan los polvos que cierran nuestros ojos, las lluvias se despiden de las tierras... Tu, yo, el tiempo: ¿Qué hacer?... ¿Habremos dejado de creer en algo? ¿Habremos olvidado los temores de un mundo olvidado?... Lo descubriremos pronto, y espero estar<br />
lo más cercano a ti posible cuando eso pase.<br />
<br />
<br />
*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
LA VIDA BREVE*<br />
<br />
<br />
<br />
Deja al tiempo pasar, como gaviota.<br />
La vida parte, vuelve y se repite.<br />
Llega el otoño, con sus barcas rotas.<br />
El toro rojo, con su cuerno embiste.<br />
<br />
<br />
¿Dónde quedó aquel bosque de unicornios?<br />
Convertidos en nubes, corren libres.<br />
El viento arremolina los otoños.<br />
Como gaviota, va la vida breve.<br />
<br />
<br />
Granizos de nostalgia se harán perlas,<br />
Deja al cielo llorar hojas de arces.<br />
Tu amado irá contigo a recogerlas.<br />
<br />
<br />
Déjale al pescador echar sus redes,<br />
La barca de los elfos se ha marchado<br />
En su lugar, galopan los corceles.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Marié Rojas<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Las escondidas*<br />
<br />
<br />
En el contacto de la presencia huelo la distancia.<br />
La autoexigencia de ser aceptada obnubila la inmediatez de la comunicación.<br />
Encerrada en una prisión de arquetipos, intento retroceder sin pensarme<br />
Quisiera poder contar lo que nunca pude.<br />
En los entretelones de la inmensidad del lenguaje, hay un individuo que ambiciona ser escuchado.<br />
La ferocidad de la cordura presiona las sienes.<br />
No deja que salga la verdad, esa que tiene la confianza en sus raíces y el valor de no afectarle lo que puedan opinar los demás.<br />
<br />
<br />
&#160;*de Azul. azulaki@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Puede*<br />
<br />
<br />
<br />
Puede que haya un espacio<br />
en el que guardar las palabras.<br />
Puede que sea un secreto<br />
que queden allí guardadas.<br />
Puede que nadie conozca<br />
lo escondidas que se hallan.<br />
Puede que nadie comprenda<br />
que deben estar guardadas.<br />
<br />
Soy dueño de mis silencios<br />
pero no lo soy de mi alma.<br />
<br />
<br />
*de Joan Mateu. joan@cimat.es<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
ESPERANZA*<br />
<br />
<br />
<br />
Una obsidiana<br />
despechada de la entraña<br />
rozó<br />
en sus ínfulas<br />
a tu ultrajada ingle<br />
Pero<br />
una guagua guinda<br />
esplendorosa<br />
ante lirones imperturbables<br />
en palcos impostores<br />
será cosecha<br />
de la siembra del<br />
casal<br />
Epilogando.<br />
<br />
<br />
*de NOELIA JUDITH GUIÑAZÚ.&#160; judith.guinazu@hotmail.com<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
ESTHER*<br />
<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Era mi niñera, me parecía justo que cuando viajáramos la lleváramos con nosotros, como parte del equipaje. De mente muy simple y pensamientos nobles, siempre alegre, dispuesta a abrocharme los zapatos o a esconderse para que yo la buscara. Si de noche tenía miedo, la llamaba y ella iba a<br />
tomar mi mano hasta que volvía el sueño.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Cuando llegamos al pueblo donde había nacido mi madre, tuvo que hacerse cargo de mí más tiempo del usual, mientras mi creadora atendía sus visitas. Una tarde, mientras tomábamos fresco a la sombra de un enorme framboyán, me dijo:<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160; Aquí nací yo también.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; ¿De veras? - le pregunté entusiasmada - ¿Y dónde están tus padres?<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Por toda respuesta tomó mi mano y echamos a andar, si mi madre la hubiera visto alejarse tanto, alcanzar el camino real y seguir más allá, hubiera puesto el grito en el cielo, pero en ese momento estaba muy entretenida en la sala, tomando café con alguna antigua amiga.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Llegamos a la orilla del río. Ella me señaló sus aguas.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Están ahí - dijo muy bajito.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Se ahogaron por accidente o alguien los empujó? - dije inclinándome peligrosamente para contemplar las aguas saltarinas, aferrada a la rama de un árbol.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No.&#160; Ellos sabían nadar muy bien. Les gustaba venir conmigo, me dejaban en la orilla y se iban para la parte honda, yo los esperaba chapoteando y ellos volvían a recogerme. Nunca me dejaron entrar a lo hondo.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Y qué pasó, Esther? - la infancia pone una indiscreción especial en los interrogatorios.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Un día nadaron lejos y se sumergieron. El agua estaba tan rica que no querían salir, así descubrieron que podían respirar debajo del agua.<br />
Ese día no vinieron a recogerme, se quedaron a vivir ahí.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Y qué hiciste?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Lo de siempre, recogí mis ropas y me fui para la casa, me sabía el camino. Yo no sé respirar debajo del agua.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Pero, ¡eras una niña! ¿qué fue de ti?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Era una época de mucha hambre, nadie tenía trabajo. pero Bienestar Social recogía a los niños huérfanos, les daba albergue, comida y les enseñaba un oficio. Todo el mundo lo sabía.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Sólo a los huérfanos? - esta parte llamó mi atención.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Solo a los huérfanos - repitió -, pero mis padres fueron muy inteligentes, se quedaron a vivir en el río. logramos engañar a los de Bienestar. A cada rato me escapaba para venir a verlos. Cuando me fui para la capital les expliqué que iba a cuidar de ti, pero les prometí volver. Si te fijas bien, podrás verlos pasar nadando.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Me pareció ver unas ondas formarse en el agua, como dos rizos.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160; ¡Los veo, Esther, los veo!<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Yo también. pero no le digas a nadie. Ahora diles adiós, Chely, que tenemos que volver.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Dejamos atrás el río con sus misteriosos habitantes. Cuando llegamos a casa comenzaba a caer la noche y llevaban horas buscándome. Mi madre quería pegarle a Esther, que huyó corriendo, cubriéndose la cabecita con las manos.<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Regresamos con una nueva niñera llamada Victoria que me enterraba las uñas cada vez que estaba de mal humor. Nunca me sonrió, tuve que aprender a atarme los zapatos sola y a consolarme de mis propias pesadillas, ni siquiera me pasó por la mente convidarla a jugar. A partir de entonces recé cada noche para que lo que me quedaba de infancia terminara pronto.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Por suerte, cuando cumplí siete, ella quedó embarazada de un militar que visitaba la casa de al lado y mi madre la botó. Yo no entendí nada, pero corrí a dar gracias a Dios. Mi abuelo, que tuvo el tino de seguirme y escucharme, le hizo jurar a mi madre "no más niñeras", ellos se ocuparían de mi tiempo libre.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Volví a ver a Esther cuando cumplí 15 años y regresé al campo. Vino por detrás de la casa, escondiéndose de mi madre. Vi sus ricitos ralos asomarse tímidamente por el borde de la ventana, su manita, mitad oscura, mitad blanca, comenzó a hacerme señas y corrí a abrazarla. Ella me abrazaba,<br />
me separaba para mirarme y reía, alternadamente.<br />
<br />
-&#160;&#160;&#160; ¡Tengo un montón de hijos, Chely, a la mayor le puse como a ti! - me dijo, tomándome ambas manos.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Te quiero mucho, Esther, pero esta vez no me vas a llevar al río - le respondí, riendo también.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; ¿No le contaste a nadie, verdad? - me preguntó.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Negué con la cabeza.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Nunca me sacaron palabra de adónde me habías llevado, nadie sabe el escondite de tus padres.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Sigo yendo a verlos cada vez que puedo - hizo una bocinita en mi oído y rió, con esa risita aguda e inocente que yo le recordaba - Lo que son las cosas. ¡yo me voy poniendo vieja y ellos siguen igualitos!<br />
<br />
<br />
<br />
*de Marié Rojas.<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
PERSISTENCIA*<br />
<br />
<br />
<br />
Es media noche.<br />
Afuera rondan lobisones hambrientos.<br />
El viejo de la bolsa y el hombre sin cabeza.<br />
Las gitanas, el policía. El linyera borracho.<br />
Llanto de lechuzos y de niños.<br />
Chistido campanario.<br />
Se abren lunas brunas y se cierran los ocres.<br />
<br />
<br />
Trenza. Engarces. Torzales colorados.<br />
Rozan. Acarician. Palpan.<br />
Abrazan.<br />
Estrechan. Aprietan. Ciñen.<br />
Amordazan.<br />
Atan. Constriñen Aprietan.<br />
Oprimen. Sofocan.&#160; Asfixian.<br />
Ahogan .Ahorcan.<br />
Desmiembran. Devoran.<br />
Atomizan.<br />
<br />
<br />
El río turbio cubre la sierra madre.<br />
Musita oído niño, palabra ausente.<br />
Extraña y conocida.<br />
Dios levanta su copa y la casa tiembla.<br />
Tiembla en estertores el silencio.<br />
El bramido del rayo atraviesa las tapias.<br />
Piel de cabra, águila. Roble<br />
Trae desnudez acequia, durazno amargo, pala.<br />
Es media noche<br />
Afuera<br />
Persisten en su ronda lobisones hambrientos.<br />
<br />
<br />
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
HAMACANDO DESEOS*<br />
<br />
<br />
<br />
Quisiera medir con mi mirada<br />
el camino que resta<br />
para que mis pasos<br />
impriman sus huellas,<br />
también contar las gotas de la lluvia<br />
que caen en mi cántaro<br />
con la parcimonia<br />
que tiene el dueño del tiempo,<br />
vislumbrar el límite rojo<br />
o negro o verde arboleda<br />
que se alzará cual muralla<br />
en el momento preciso.<br />
No sé por qué, pero lo deseo<br />
como un modo de preparar mi alma<br />
para ser otra forma<br />
en el infinito.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
40*<br />
<br />
<br />
<br />
Están llegando pájaros,<br />
Golpean en mi ventana,<br />
Inundan mi patio,<br />
Ayer nacieron excesivas rosas,<br />
Olvidé conjurar el otoño<br />
Para que se llevara los pétalos caídos<br />
Y, tal vez, algún capullo.<br />
<br />
<br />
Hoy vienen los hijos de la madrugada<br />
A picotear las ramas florecidas<br />
Y no sé qué hacer con tantas rosas,<br />
Tantas aves,<br />
Tanto golpe en mis cristales.<br />
<br />
<br />
<br />
*De Marié Rojas.<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Les fulles caigudes*<br />
<br />
<br />
<br />
Les fulles caigudes<br />
reposen una sobre l'altre<br />
la pluja cau sobre la pluja...<br />
i a la llunyania s'hi veu un salze<br />
amb les fulles al vent de la tarda.<br />
<br />
<br />
La humitat del capvespre alimenta les seves arrels<br />
mentre per l'aire voltejan murmuris d'enyorança<br />
que la foscor embolica a poc a poc,<br />
apaivagant el dia que mor entre les seves branques.<br />
<br />
La nit dibuixa, envoltant la lluna,<br />
la teva cara...<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
Las hojas caídas<br />
reposan una sobre la otra,<br />
la lluvia cae sobre la lluvia...<br />
y en la lejanía se ve un sauce<br />
con las hojas al viento de la tarde.<br />
<br />
La humedad del atardecer alimenta sus raíces<br />
mientras por el aire revolotean murmullos de añoranza<br />
que la oscuridad envuelve poco a poco,<br />
tranquilizando al día, que muere entre sus ramas.<br />
<br />
La noche dibuja, envolviendo la luna,<br />
tu cara...<br />
<br />
<br />
<br />
*de Joan Mateu. joan@cimat.es<br />
<br />
<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
LAS PERENNES LLAGAS*<br />
<br />
<br />
<br />
Has golpeado a la&#160; puerta&#160; del sosiego y se ha abierto<br />
Ay no corazón mío, se ha abierto.<br />
La hembra en celo y el niño muerto se han encontrado.<br />
Mamando ciegamente de mis pechos como la vez primera.<br />
Ay como la vez primera.<br />
Y no hay sustancia material, ni cabalas, ni posibles hechizos.<br />
Un pucho se apaga lentamente.<br />
La desnudez, la tuya, la mía desvelan las perennes llagas.<br />
Solo hay vida en la humedad de mi lengua y de tus ojos.<br />
Vienen desde los cráteres dormidos del deseo<br />
Prendes de nuevo&#160; el pucho, aspiras desesperadamente.<br />
Se apaga, como se acaba el tiempo.<br />
Queda el humo.<br />
El olor a hierba, la humedad y la memoria. Fragmentadas<br />
Restos&#160; del animal y el hombre<br />
Un caracol abandonado, abandonado queda en el lecho vacío.<br />
La puerta del sosiego se cierra lentamente.<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
*<br />
<br />
<br />
Apreciadas amigas, queridos amigos,<br />
<br />
El número 86 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante", edición Enero/Marzo/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org<br />
bajo el link:<br />
<br />
http://www.euroyage.org/es/xicoatl-86<br />
<br />
<br />
CONTENIDO:<br />
<br />
·&#160;&#160;&#160; ENSAYO: Onetti: la lección del maestro. Jorge Isaías.<br />
·&#160;&#160;&#160;&#160; NARRATIVA: Los sin nombre. Amelia Arellano.<br />
·&#160;&#160;&#160; - Cuentos ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
EDICIÓN FEBRERO 2009</p>
<p>
Alguien llamado Pablo*</p>
<p>Aunque tus pasos se acallaron en la bruma,<br />
y tu voz se embanderó con el silencio,<br />
me pregunto si es posible tu partida<br />
o en un acto de terquedad,<br />
la palabra, con su séquito de luciérnagas,<br />
es lo único en sobrevivir a la muerte.</p>
<p>
Qué importancia tendría morir,<br />
si en cualquier instante,<br />
en un banco de plaza,<br />
en un colegio bilingüe,<br />
o en un lejano país,<br />
alguien recitará un poema<br />
con tu nombre impreso en los lomos del&#160; libro.</p>
<p>
Te regresan Pablo,<br />
recuperan, sin siquiera saberlo,<br />
tu esencia intacta.<br />
Sin límites, renacen los torrentes de tu pensamiento,<br />
vuelves a estar ahí, atrapado en cada letra,<br />
expectante como un niño en su primer día de clase.</p>
<p>
Me pregunto:<br />
cuántos se amaron con tus palabras.<br />
Cuántos trovadores te adeudan&#160; fama.<br />
Cuántos solitarios empedernidos<br />
te aprendieron de memoria.<br />
Cuántos escritores lamentaremos siempre<br />
no haber escrito aquellos versos.</p>
<p>
La única verdad, Pablo,<br />
es que tus pasos resuenan por&#160; estas calles,<br />
trepan colinas verdes,<br />
deshollinan un&#160; volcán con nombre mapuche,<br />
persiguen un tren de poetas locos abordándolo con prisa fugitiva.<br />
Tus pasos,<br />
trascienden el tiempo ignorando imposibles.<br />
Aquí, en Temuco,<br />
lo intangible de tu presencia se hace música,<br />
tiene sonido a mar,<br />
a caracolas,<br />
a&#160; mascarones de proa<br />
y a poesía trasnochada.</p>
<p>
Regresas con perfume a lluvia,<br />
ruges en la incontenible rompiente del Pacífico,<br />
murmuras en el viento,<br />
irrumpes con el alba en bosques de araucarias,<br />
invades mis escritos,<br />
asaltándome con el atardecer en una playa solitaria<br />
o en medio de la noche bruna,<br />
descubriendo a tientas tu palabra inalterable, rescatándote de la muerte.</p>
<p>
Impostergable,<br />
tu&#160; voz, se hace grito,<br />
atravesando invisibles planos metafísicos.</p>
<p>
Resurgiendo<br />
con potencia de soprano,<br />
urgente como cita postergada,<br />
desempolva poemas olvidados.</p>
<p>
¿Cómo puedo considerar que te has marchado?<br />
Si has elegido la manera más perfecta de quedarte.</p>
<p>
Mienten tus pasos acallados en la bruma.<br />
Mienten los diarios.<br />
Mienten los pragmáticos.<br />
Miente tu ausencia.<br />
Lo sabes, comprendo que siempre lo has sabido.</p>
<p>
Como un aprendiz del suspenso,<br />
develo tu secreto:<br />
creo que nunca has estado tan cercano,<br />
tan nuestro,<br />
tan posible.<br />
Tan&#160; vivo.</p>
<p>
*de Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar<br />
- del libro Cenizas de Sol</p>
<p>
LLUEVEN LUCES CIEGAS*</p>
<p>El ancho y ajeno mundo, el de mil rostros<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; -muy mío en ciertas pequeñas cosas-<br />
alucina en una pantalla<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y en otra<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y en otra.<br />
Lo mismo, siempre:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; un misil<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; otro misil<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y otro misil.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Uno que va. Otro que viene.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Y otro más.<br />
Si no fuera por esa manía de explotar<br />
que se reitera en sus conductas<br />
nos preguntaríamos:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Qué festejamos hoy?</p>
<p>
Llueven luces ciegas en el ancho y ajeno mundo<br />
y a su ceguera final le llaman:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; daños colaterales.<br />
Eufemismo del lenguaje para decir:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; &#8220;Los hicimos mierda.&#8221;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; &#8220;Les metimos miedo.&#8221;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; &#8220;En la guerra vale todo.&#8221;</p>
<p>
Llueven luces ciegas hoy, sobre Gaza<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Mañana?</p>
<p>
El mundo, el muy mío en ciertas pequeñas cosas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; sostiene el día a día:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; esa planta de calabazas<br />
se extiende largamente en mi pequeño patio:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; lo cubre todo<br />
florece cada mañana puntualmente<br />
sus calabacitas surgen<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; se hinchan<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; crecen .<br />
por mi parte dejo que su áspero verde me atrape, sin resistencia.</p>
<p>
El ancho y ajeno mundo grita, en tanto,<br />
su dolor:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Caronte, el viejo barquero,<br />
ha gastado ya sus remos en la tarea.<br />
Y va por más.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Ha gastado sus manos<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; su mirada<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; su aliento<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; la barca<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; el atracadero.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Traslada daños colaterales con ojos de niño<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ancianos asustados<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; perros extraviados<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; mujeres violadas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; pájaros sin vuelo<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; albañiles, campesino, choferes, maestros .<br />
algún soldado atontado, algún político descuidado y, de tanto en tanto, a un<br />
general de muerte natural o a un economista, financiero o gerente u operador<br />
de bolsa que no les queda otra que morir.</p>
<p>
Mientras apunto esto<br />
algunos pájaros detienen su vuelo<br />
en el pequeño patio:<br />
una breva de agua los convoca.</p>
<p>
Alguien dijo por allí, no hace mucho:<br />
&#8220;La guerra es la justificación del crimen&#8221;. (*)<br />
Es lo que hacen algunos para apagar esta sed que nos devora,<br />
argumentando razones<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ante tamaña irracionalidad:<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que la seguridad<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que el estado<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que esto<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que aquello<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que lo otro<br />
pero nunca se habla de la sed que nos devora.</p>
<p>
Hoy he visto que la planta de calabazas floreció<br />
de un amarillo fuerte y fugaz<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; para dejar lugar a otro fruto.</p>
<p>
Hoy he visto misiles dibujando estelas<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; y azorados ojos dolidos<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; en un niño que nada decía<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; que todo decía.<br />
Misiles estelares cavando abismos<br />
ahuecando las miradas<br />
haciendo del mundo algo ausente y dolido.</p>
<p>
Llueven luces ciegas en el ancho y ajeno mundo.<br />
Llueven luces como amanecer último.<br />
Llueven luces ciegas mientras la planta de calabazas<br />
me sostiene en una generosa hoja.<br />
Llueven luces ciegas aullando: sus flases muestran rostros<br />
que se evaporan con la luz.<br />
Estremecimiento leve, volátil, casi imperceptible al ojo humano,<br />
para que, lo que estaba, ya no.</p>
<p>
Sumido entre el gratificante crecimiento de la planta de calabazas<br />
y esa geografía tan lejanamente cercana, hoy llamada Gaza,<br />
me siento a deletrear lo que puedo<br />
sabedor que ningún misil<br />
ninguna bala<br />
ningún dolor del horror<br />
dejarán de estarlo por que lo haga.</p>
<p>(*) B. Russell</p>
<p>
*De Oscar Agú.&#160; cachoagu@yahoo.com.ar</p>
<p>
El Universo es de Trigo*</p>
<p>Somos un viaje continuo,<br />
Orbitando entre los límites<br />
De la calle pavimentada<br />
Y la terracería.</p>
<p>
En algunos casos tenemos la fortuna<br />
De escuchar a alguien más<br />
Que viaja en el mismo camión que nosotros,<br />
Y somos capaces de romper<br />
El duro armamento que el aire<br />
Construye a su alrededor;<br />
Pero llega tan rápido al lugar planeado<br />
Que baja en la siguiente esquina.</p>
<p>
Seguimos en el camión<br />
Hasta que el costo de transporte<br />
Iguale al valor,<br />
En moneditas de acero,<br />
Que hemos pagado.</p>
<p>
Si subimos,<br />
Por descuido o voluntad,<br />
En un camión equivocado,<br />
Terminamos en un lugar también equivocado<br />
Y preguntando cómo regresar.</p>
<p>
Viajamos entre guajolotes y frutas,<br />
De pie o sentados,<br />
Esperando que el camión nos lleve a algún lado<br />
O, por lo menos,<br />
Que choque contra otro camión<br />
Para no sentirnos tan solos.</p>
<p>
Somos un viaje continuo,<br />
Y una espera,<br />
Que a veces termina en calles pavimentadas<br />
Y otras tantas en medio de los caminos rurales.</p>
<p>*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com</p>
<p>
La Gran Llanura*</p>
<p>Le habían contado que había unos monjes a los que llamaban &#8220;lamas&#8221; que vivían en unos templos en medio de la estepa. Su filosofía de vida, contada por los pocos viajeros que habían estado en el lugar, le era sumamente atractiva: La contemplación de las llanuras infinitas desde el templo, la quietud de una tundra sin fin blanqueada por la escarcha y el hielo, y la meditación dentro de una soledad tranquila.</p>
<p>Pertrechado con buena ropa de abrigo y renunciando a llevar cualquier animal por temor a que el frío de la estepa lo congelara, se internó en aquel océano inmenso de hielo dispuesto a encontrar el templo de los lamas. Los meses de lento caminar vislumbrando únicamente una raya continua en el horizonte de aquella llanura sin fin, le hacían recordar las montañas de su tierra natal. Pero no quería más montañas, estaba harto de subir y bajar, aquello era el paraíso.</p>
<p>Apareció su sonrisa cuando en la lejanía vislumbró una loma de apenas 50 metros de alto sobre la que se recorta un templo enorme. Había llegado a su destino.<br />
Lentamente ascendió por el serpenteante camino de tierra que llevaba al enorme portalón, y al alcanzarlo, cerró los ojos dispuesto a darse la vuelta y contemplar, desde aquella atalaya, la llanura inmensa.</p>
<p>Un rumor ronco pareció brotar del suelo mientras se daba la vuelta. Un rumor que fue creciendo en fuerza e intensidad hasta convertirse en un atronador grito de la tierra. La llanura, a sus pies, empezó a resquebrajarse y el suelo a moverse. Ante su ojos atónitos, vio que del suelo de la gran llanura emergían montañas que se hacían cada vez más altas mientras él, con el templo, inició la misma ascensión que las montañas que se creaban a su alrededor.</p>
<p>Entendió enseguida que debería renunciar a vivir en las grandes llanuras, para hacerlo en el recién formado Himalaya. Más alto aún que su tierra natal.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>
*</p>
<p>
El olor a humedad y a rutina, le pareció acogedor.<br />
Había regresado a su hogar.-</p>
<p>&#160;*de Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>DEJÁ VU*</p>
<p>Las mismas copas de vino<br />
Dibujan nuestros rostros en el cristal.<br />
La misma melodía<br />
Viene del fondo<br />
Colmando el vacío que deja el silencio.</p>
<p>
Las mismas velas<br />
Encubren la tristeza,<br />
Dibujando siluetas en el crepúsculo.<br />
Las mismas promesas,<br />
Los mismos besos,<br />
Las miradas que se cruzan,<br />
Las frases que no se dicen<br />
Y viven a la sombra de la espera&#8230;</p>
<p>
Todo me suena extrañamente familiar.<br />
¿Hemos vivido este momento?<br />
¿Volveremos a vivirlo?</p>
<p>
Sólo quiero saber<br />
Si al final,<br />
De nuevo,<br />
Partirás.</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>
MI HERMANA*</p>
<p>Se fue en diciembre<br />
Y apenas pude decirle adiós bajo los árboles de la memoria</p>
<p>
Dejó un atado de ropa para sus amigas<br />
Unas pinturas de uña que le compré en Caracas<br />
Un perro<br />
Unas píldoras regadas por el piso</p>
<p>
Mi hermana venía de un género de tristeza<br />
Y eso que apenas leía mis poemas para no decir los de Vallejo</p>
<p>
Mi hermana&#160; dejó una carta que nunca pude leer<br />
Pues la policía se la llevó<br />
Y todavía la espero en el buzón del viento</p>
<p>
Mi hermana dejó un perro<br />
Y un atado de ropas para sus amigas.</p>
<p>*de&#160; Reynaldo García Blanco regabla@cultstgo.cult.cu</p>
<p>&#160;</p>
<p>Mar Dulce (*) **</p>
<p>(*) Alessi Alfaro</p>
<p>
&#8212;</p>
<p>
&#8220;Es, con frecuencia, deseable reducir el producto,<br />
o el cociente de fracciones a términos mínimos.<br />
Siendo este el caso, el mejor procedimiento es escribir<br />
cada fracción de la forma factorizada. Factores comunes del<br />
numerador y del denominador pueden entonces ser fácilmente<br />
removidos por división.&#8221; G. Fuller (1977)</p>
<p>
&#8212;</p>
<p>He llorado tu ausencia amargamente<br />
Esperando que estas lágrimas enjuaguen<br />
La sangre que ensucia tu rostro.</p>
<p>
Las guerras devastan la sonrisa humana<br />
Y evaporan las vidas con el calor de las bombas.</p>
<p>
¿Es tan difícil entender que una vida es una vida<br />
Que sueña, anhela, siente miedo.<br />
Sin importar si es de aquí o es de allá?</p>
<p>
Lloramos su ausencia eternamente,<br />
Esperando que lo eterno pase pronto.<br />
Porque no sabemos cómo hacer con los llantos<br />
Una muralla por donde no pase la guerra.</p>
<p>
¿Quién ha empezado y quién ha terminado?<br />
¿Quién vence y quién es vencido?:<br />
Nos lo dirá la historia.</p>
<p>
Y a los muertos<br />
¿Quién los cuenta?<br />
¿Quién los extraña?<br />
¿Dónde queda su historia?<br />
Si se pierden entre tanta estadística:<br />
Tantos muertos hoy,<br />
Tantos muertos ayer;<br />
Tantos murieron acá<br />
Y otros tantos lo hicieron allá.</p>
<p>
¿Quiénes eran?<br />
¿Qué soñaban para el día de mañana?<br />
¿Qué esperaban hacer cuando finalizara la guerra?<br />
¿En quién pensaban? ¿A quién extrañaban?<br />
¿Qué tan fuerte abrazaban las madres a sus hijos,<br />
Los hermanos y las hermanas, amigas, amigos?</p>
<p>
A la gente común nos toca tan solo llorar<br />
Cuando los esfuerzos no sirven para detener las bombas.</p>
<p>
Es a la gente común<br />
A la que comúnmente<br />
Se mata en las guerras.</p>
<p>
¿Quién se preocupa por lo común?<br />
Si estas guerras tan comunes<br />
No resuelven el hambre y la pobreza.</p>
<p>
La guerra que venga<br />
Para salvarnos de las guerras comunes,<br />
No matará por territorios ni por riquezas,<br />
Ni mucho menos lanzará las bombas sobre la gente común.</p>
<p>
¿A quiénes les gusta la guerra?:<br />
A los mismos que gustan de oprimir a los demás,<br />
Y que temen a la guerra que nos libre de toda guerra.</p>
<p>** de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com</p>
<p>
Oración*<br />
&#160;<br />
&#160;</p>
<p>Creo en la bendición de Ramón.<br />
En el saludo del Zuzo.<br />
Y en la mirada del cura en bicicleta.<br />
&#160;</p>
<p>Creo en Ramón el ciego.<br />
En Zuzo que es gallego y zapatero.<br />
Y en el cura que va y viene en bicicleta.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
Creo en Ramón que en voz santiagueña<br />
me dice &#8220;que Dios lo bendiga&#8221;,<br />
cuando al subir la escalera de la estación<br />
lo encuentro sentado en su puesto.<br />
Con la palma abierta.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
Creo en el Zuzo que es gallego y zapatero.<br />
Y mientras espera clientes que no llegan<br />
saluda como un vigía.<br />
Como se saludaba a lo antiguo y a lo lejos<br />
moviendo el brazo en 180 grados.<br />
Confirmando que todavía estamos ahí<br />
Para darle alguna persistencia al mundo.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
Creo en el cura que va en bicicleta bajo sol<br />
o lluvia, todos los días a la misma hora<br />
con su mirada hundida de gringo obstinado.<br />
Para dar misa a las internas del psiquiátrico.<br />
&#160;</p>
<p>
Creo en el saludo del Zapatero sin clientes.<br />
En la bendición del mendigo ciego.<br />
En la mirada sin padre<br />
del cura bueno al que llamamos<br />
-de pura costumbre- &#8220;Padre&#8221;.<br />
&#160;</p>
<p>No creo en ninguna institución<br />
que administre la palabra &#8220;Dios&#8221;.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com</p>
<p>VIENTRE DE LUCIÉRNAGA*</p>
<p>
Recién ahora. Después de tanto tiempo.<br />
Comprendo<br />
Porque no podía separarme de ti.<br />
Tiempo de durazno en flor.<br />
Vientre de luciérnaga, boca sed de corales.<br />
Límites, territorio de lobo.<br />
Oscuridad plena, roca carbón.<br />
Colmenares de luz, ojos en celo.<br />
Cuando la tormenta apagaba el umbral del canto<br />
En tus manos oía mis riberas de sílice.<br />
Rastrojos en mi piel, palomas en mi sangre.<br />
Cuando hería la escarcha.<br />
Tibia, mí cintura habitaba tu abrazo.<br />
Y tu olor. Ah, tu olor a fragante romero.<br />
Descendía. Vientre, pedernal. Luciérnaga.<br />
Tierna rosa arponeada.</p>
<p>
Recién ahora. Después de tanto tiempo.<br />
Comprendo.<br />
Aquél a quien amaba tanto.<br />
No eras tú, era yo.</p>
<p>*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>
SONIA*</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Sonia era una muchacha de color canela y ojos verdes de gatito, tenía unos veinte años, pero era tan delgada y pequeñita como una niña.<br />
Estudiaba conmigo en la escuela nocturna de Francés, yo no soy muy buena socializando, pero cuando la veía entrar, tan menuda que nadie parecía advertir su presencia, le hacía una seña con la mano, palmeando el pupitre vacío a mi lado, en eso radicaba la amistad.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Aquel día faltaba una hora para que comenzaran las clases y ningún amigo me había invitado a cenar&#8230; me tocaba otra vez arribar al día siguiente con el estómago vacío. Por lo general terminaba mis clases en la universidad a las cinco de la tarde, alguno de mis compañeros me invitaba a su casa - en todas era bien recibida, a pesar de llegar sin previo aviso, para colmo siempre he comido con buen apetito, pero eso parecía alegrar a las madres, que me servían más -, tenían una coreografía casi perfecta para que no pasara el día en blanco, pero a veces fallaba alguno de sus pasos, como hoy, y saltaba la cena, esperando que fueran las siete y comenzaran mis clases de francés.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Me paré frente a un restaurante completamente fuera de mi alcance desde la muerte de mi madre adoptiva, imaginando los platillos que pediría si estuviera sentada adentro. En ese momento una vocecita familiar me sorprendió.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160; ¿Tienes algún plan para hoy?</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No tenía otro que esperar las siete, y se lo dije.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160;&#160; Vamos, te voy a invitar a comer ahí - señaló con el dedo la puerta roja.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No lo podía creer, ¡el estómago me estaba rugiendo y Sonia, con la que nunca intercambié una palabra, me estaba invitando a una cena de lujo!<br />
Aparté de mi mente el regaño que desde el cielo me estaban echando mi madre, no aceptar una invitación de alguien casi desconocido. En vez de inventar una excusa diplomática, subí corriendo las escaleras de la mano de Sonia.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Es una de las cenas más agradables que recuerdo, porque no la esperaba, porque me daba tristeza cuando todos parecían olvidarse de mí, porque el menú era delicioso y porque supe mucho de mi compañera de pupitre: tenía un novio muy alto, para ver si sus hijos salían un poquito más grandes que ella, adoraba a su hermanita, vivía con sus padres y trabajaba de contadora a pocas cuadras de ahí.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Hoy cobré - me contó -, me gusta&#160; hacerme un regalo el día del cobro&#8230; pensé en algo especial y te vi&#8230; entonces supe que mi regalo sería invitarte. Nunca había comido en un sitio así, ¿y tú?</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Cómo hacerle entender que pasé mi infancia y adolescencia cenando en los mejores restaurantes y ahora vivía cada día de una sazón diferente, la del hogar de turno? Sonreí.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Tú no eres de mucho hablar - me dijo -, por eso puedes pensar que nadie te quiere, pero ya ves, te queremos. Al menos dime si te gustó el regalo.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Asentí porque si hablaba, iba a llorar, no sirvo para expresar emociones. Estaba sintiendo que, más allá del estómago calmado, de la noche de insomnio salvada - me cuesta dormir con hambre -, estábamos viviendo un momento muy importante, algo que recordaríamos con el paso de los años.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Ignoro la razón que me ha llevado a escribir esta historia, tal vez sea mi modo de agradecerle. No he vuelto a ver a Sonia desde mi graduación, hace más de veinte años. Deseo que sea feliz y tenga muchos hijos, altos como su padre, con los colores y el alma de su madre.</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>No hem deixis dormir*</p>
<p>No hem deixis dormir, perquè adormit<br />
no podré veure el teu nu vibrant,<br />
i la nit se&#8217;n anirà en un instant,<br />
i al clarejar, tu hauràs partit.</p>
<p>
No hem deixis dormir que quedo mut<br />
i no puc explicar-te com t&#8217;estimo.<br />
M&#8217;entra la por d&#8217;arribar a la matinada,<br />
despertar, i saber que t&#8217;he perdut.</p>
<p>
*</p>
<p>
No me dejes dormir, porque dormido<br />
no podré ver tu desnudez vibrante,<br />
y la noche partirá en un instante,<br />
y al clarear ya habrás partido.</p>
<p>
No me dejes dormir que quedo mudo<br />
y no puedo explicarte como te amo.<br />
Me entra el miedo de llegar a la madrugada,<br />
despertar, y saber que te he perdido.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>
MAR*</p>
<p>Bayas de saúco.<br />
Semillas que bostezan.<br />
No se como han llegado a mi boca de arena<br />
A nadie espero. Nadie me espera.<br />
Pero gansos salvajes me llaman y me llaman.<br />
Me llaman y jadean.<br />
Pronuncian un nombre que no es mío.<br />
Traen tabulas rasas.<br />
Carcomidas por los vientos alisios.<br />
También allí está escrito mi nombre.<br />
Un desgastado nombre que no es mío.<br />
Yo, solo quiero mar. Mar en mi. Yo, mar.<br />
Mar abrazo muerte entrega apasionada.<br />
Mar útero henchida soledad.<br />
Mar. Sólo mar. Mío. Yo mar.</p>
<p>*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>
Lectora*</p>
<p>
La lectora sube la apuesta, escenifica el lugar, abre el libro, vuelca las palabras como una leche tibia.<br />
Él corre hacia la voz con avidez. Toma lo que ella derrama, la abre, la deletrea, la descifra, la lee, la articula, la silabea.<br />
Alfabeto, abecedario, música, legado. Busca la piedra primera, en el pelo, como un mar oscuro de peces escondidos, ideas enlazadas, arabescos, lealtades. En el pecho, emociones del borde entre el sentir<br />
y el&#160; pensar. En las manos, en las piernas, en la piel o en la mirada.<br />
La piedra del origen de lo inefable. Esa, anterior a las palabras con las que ella le nombra el mundo. Él como si fuera un cachorro (las lecturas siempre son nuevas, si son ciertas) se amamanta de la voz, encuentra en la boca de ella, entre la boca y el libro, el lugar casi lecho, donde la piedra se deshace en hebras y habla.</p>
<p>
*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar</p>
<p>&#160;<br />
EL GUARDIÁN*</p>
<p>&#160; Supe reconocer al momento que me hallaba dentro de uno de esos sueños especiales que nos parecen tan reales que atemorizan incluso horas después de despertar, donde si corremos se nos corta la respiración y nos late más de prisa el corazón, la comida sabe a comida, la rosa huele a rosa y el frío nos corta la piel. Cierta vez un estudiante de tensegridad intentó enseñarme el modo de despertar, pero no le hice caso, me gusta soñar.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Me hallaba en una enorme roca flotando en el vacío, como esos paisajes imposibles de Magritte. Más allá de ella no se distinguía tierra, ni mar, ni siquiera niebla. fue entonces que lo vi, con su aire cansado, su cetro y aquello que semejaba un perro, durmiendo a sus pies.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No duró mucho esta sensación de reposo que emanaba del conjunto, el perro olfateó mi presencia y comenzó a ladrar. Uno de sus rostros despertó y me escudriñó lleno de curiosidad, el otro continuó su siesta.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Quién eres? - me preguntó.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; La verdadera pregunta es ¿quién eres tú, y por qué estás en mi sueño?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Soy el guardián - respondió, como si eso fuera suficiente.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Guardián. ¿de qué? ¿de un trozo de piedra flotando en la nada?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Del centro de la creación - el segundo rostro despertó a medias, mostrando cierto interés por la conversación -, en este punto exacto convergen todos los universos, los mundos, los reinos, todas las posibles realidades. Yo soy el encargado de velar porque nadie cruce de una a otra, aún desconocemos los resultados de tal mezcla. es mejor evitar aquello cuyo final no se puede siquiera suponer. Mi sola presencia en este sitio es suficiente, soy la variable que rompe el balance de la ecuación.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Pero. - dudé -, yo estoy soñando, ¿de qué realidad hablamos?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Esta es ahora tu realidad, y en este momento forma parte de las que convergen en esta isla.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Claro - pensé en voz alta, en definitiva era mi sueño -, hasta la irrealidad puede ser una realidad alternativa cuando se trata de abarcarlas en su totalidad, seguro incluyen los mundos imaginados en la literatura, en las artes, en la mente de los locos. tiene su encanto saber que en algún sitio está La Tierra Media, el Mundo del Espejo, los Súper Héroes y la Federación Galáctica.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; No vas errada, desde tu punto de vista. Desde el mío, es tan válido el mundo onírico en que estás ahora como aquel en que te mueves cuando despiertas; sucede que has sido condicionada para encontrar uno más real que el otro.<br />
-&#160;&#160;&#160; Imagino que, si lo dices con tanto énfasis, es porque vienes de un mundo que yo consideraría imposible, o fantástico, quizás alguien te soñó, o te imaginó, alguien que ya no existe y de quien fuiste solo una fracción de pensamiento, ¿voy descaminada?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Para nada.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Y, ¿cuánto tiempo llevas aquí?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Una infinitud - suspiró, expresando un cansancio sin límites - si aquí el tiempo se midiera con tus variables.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Es decir, ¿que vives en una suerte de ahora eterno?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Como tú, solo nos diferencia que yo soy consciente de ello.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Es cierto, el futuro no existe hasta que no lo convierto en presente, y el pasado ya no está. pero, más allá de la cuestión temporal, ¿no estás agotado por el peso de la responsabilidad?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No puedo quejarme, no tengo a quién - soltó una risita sardónica -, no creas que todos los días cae alguien en este punto. Ni siquiera sé quiénes son mis superiores, si los hay; me limito a repetir las<br />
palabras de mi predecesor.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Es mucho preguntar si te toca algún relevo?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Lo estoy esperando - respondió lacónicamente.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Recordé aquellos cuentos en que el barquero de la Estigia, el gigante Atlas, o el guardián de alguna caverna piden al incauto que le sostengan por un instante el remo, le ayuden a acomodarse el mundo a sus espaldas, o respondan ciertos acertijos. me cuidaría bien de no caer en la trampa.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160; Puedo leer el pensamiento, en donde vengo es más común que el lenguaje hablado.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; ¡Ah! - me cuidé bien de volver a pensar algo coherente.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; En fin, que no te equivocas. Pero no creas eso de aguantar el cetro o el remo, es demasiado pueril suponer que el hábito hace al monje, no es tan fácil elegir al próximo guardián - me miró de reojo -; si bien lo del acertijo pudiera ser cierto.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Asentí con la cabeza, desviando la mirada para que no adivinara mis temores.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Como tenemos tan pocas visitas, me está permitido evaluar a los postulantes no solo por sus respuestas, sino también por sus preguntas.<br />
Imagina quién acaba de sacar &#8220;sobresaliente&#8221;.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Se levantó riendo, desplegó las alas, dio dos cachetadas al segundo rostro, que terminó de despertar, y colocó el cetro en el suelo.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160; Te dejo al animal, era viejo ya cuando llegamos, no está para trotes. No confíes mucho en él, pero siempre será mejor que no tener compañía; por lo visto, en tu mundo tienen una sola alma dentro de un solo cuerpo.<br />
-&#160;&#160;&#160; Pero. ¡Oye! ¿Te vas sin más ni más? - le grité a pleno pulmón, sabiendo que no me escuchaba.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Y aquí estoy, en esta ínsula en medio de la nada, o justo en el medio del Todo, ¿qué más da?, comenzando un turno de guardia que puede durar media eternidad, o quizás un poco más. Ni siquiera vale la pena estallar en sollozos.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; En mi mundo dirán que he muerto en sueños, y yo viviré esta infinitud pensando que no voy a morir, precisamente por mi afición a los sueños.</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>
LA ASUNCIÓN DEL PRESIDENTE NEGRO*</p>
<p>&#160;&#160;&#160; Empezó con un comentario del periodista argentino que conducía la transmisión del acto de jura presidencial de Obama. Dijo este periodista que Barack Obama es el mejor presidente de la historia de EEUU.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; No era un astrólogo ni un vidente; quien afirmó eso era un señor entusiasta que se dejó llevar por la intensa propaganda que nos está traspasando constantemente desde hace meses, y que ha instalado la idea de que los EEUU pasarán en un minuto, por la mágica jura de un hombre negro sobre la biblia de Lincoln, a ser un país acorde con la fábula de adalid en la lucha de la libertad, igualitario y un lugar donde los sueños se cumplen y defiende las causas humanitarias en los confines más extremos de la<br />
tierra. Todo eso porque la mano de un señor negro se posa por unos segundos en una biblia antigua, y como en los cuentos mágicos, la gente se abraza, los enemigos se reconcilian, y una luz rosada envuelve desde hoy y para siempre al imperio renacido.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; A Hollywood no se le puede negar la suprema capacidad de elaborar discursos sentimentales. Y no ahorran recursos. Estará la invocación a Dios, la canción popular de Aretha Franklin, la música de cámara para darle categoría, la arenga serena de un líder firme y bastante fotogénico, el poema de una poetisa de barrio bajo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Ahora bien.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama recalca la diversidad religiosa del pueblo norteamericano, pero es un pastor el que oficia la bendición, y reza el padre nuestro. Está bien ganarle a la derecha, pero no hay que hacerla enojar demasiado. Nos informan que ese pastor está contra el casamiento gay y contra el aborto. No había un<br />
imán ni un sacerdote ni un monje budista ni un rabino ni nadie más que el pastor. Me pregunto si en un Estado no confesional es necesario o recomendable insertar un pastor rezando.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama, que fue votado por las minorías, que por ser de raza negra uno imagina que conoce las dificultades de las minorías, en su discurso exalta los valores norteamericanos tradicionales como los de los vaqueros que conquistaron el oeste. Horrible ejemplo para alguien que, si representa a las minorías, habrá sido votado por los escasos sobrevivientes de esa conquista del oeste que fue una masacre y una expoliación. O será que las minorías son las de la inmigración y no entran en ellas los aborígenes.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama se inclina por los recursos energéticos limpios, anuncia que se apostará a la energía solar y eólica ya que el petróleo les da poder a sus enemigos. Emociona tanta conciencia ecológica, tanto amor desinteresado por el planeta. Asusta la definición de los enemigos por los recursos que poseen.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama anuncia la retirada de las tropas de Irak. Bien. Será que ya no queda nada más que pérdidas por ese escorial, ese inmenso cementerio derruido. Va a prestarle atención a la India y a Afganistán. Tiemblen por esos lados, porque el imperio lleva la palabra libertad escrita en los tanques, y la igualdad es la de las tumbas, donde por igual se enciman los cadáveres desfigurados de niños y de adultos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Obama es negro, habla bien, tiene carisma y por alguna razón todos están muy entusiasmados. Yo no soy norteamericana. Ojalá pudiese no importarme en absoluto la suerte de este hombre o de ese país. Pero no soy tan incauta. Pero los sueños y las pesadillas del imperio mueven ejércitos, crean hambrunas o dan un respiro a los miserables del mundo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Me asusta que Obama le haya prometido al pueblo norteamericano la continuidad del estado de bienestar, la no renuncia al american way of life.<br />
Eso se logra sobre la miseria de los subdesarrollados. Nosotros. Para que haya riqueza en EEUU, debe de haber pobreza en las antípodas. Para que algunos coman de más, muchos deben pasar hambre en las noches destempladas.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Me encantaría que Obama sea un mago maravilloso, el héroe de comic que en dos o tres viñetas soluciona todos los problemas. Pero ni el ejército, ni la CIA, ni parte del Congreso, ni las aspiraciones del ciudadano medio, ni siquiera Barak Obama en sus propias palabras hacen suponer tal prodigio.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Ojalá me equivoque y la luz rosada abarque el imperio y todos seamos felices para siempre. Pero no suena muy convincente, la verdad.</p>
<p>
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>&#160;</p>
<p>
&#8220;POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS&#8221;*</p>
<p>Han sonado las campanas de mi pueblo.<br />
No han sonado por mi, ay, no por mí.<br />
Tampoco, ay, tampoco han sonado por ti.</p>
<p>
Concierto y pesadumbre.</p>
<p>
Ha cubierto:<br />
Plazas .Playas. Calles.<br />
Niños moribundos,&#160; perros flacos.<br />
Desnudez de árbol,&#160; féretros abiertos.<br />
Jarrones sin flores,&#160; atrios.<br />
Cruces&#160; madera anónima.<br />
Cancelas tiempo cosecha salitral.<br />
Escaleras derruidas.<br />
Pechos pasajeros. Frigidez.<br />
Ratas y&#160; flautas rotas.</p>
<p>
Han sonado las campanas de mi pueblo.<br />
Por un instante, solo por un instante.<br />
Me creí salvada de la luz<br />
Mortal urna de girasoles.<br />
Niebla carne oscura, zafiro caracol.<br />
Rosa invertebrada. Pajonal relincho.<br />
Agua barro. Polvareda.</p>
<p>
Han sonado las campanas, ay.<br />
No han sonado por mi. No han sonado por mi.<br />
Ay, tampoco corazón, han sonado por ti.</p>
<p>&#160;*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>La Felipa*</p>
<p>A la belleza del lugar nadie le daba importancia por lo habitual. Las trece calas de arena blanca y gorda que componían el litoral del pueblo eran de sobra conocidas por los pocos habitantes, la mayoría pescadores, que componía el censo del pueblo.</p>
<p>Además no alcanzaba ni la categoría de &#8220;pueblo&#8221;. Se limitaba a ser una de las tres Playas de un pueblo principal que estaba a tres kilómetros en el interior y cuya industria taponera era muy reconocida en todo el país.</p>
<p>Esta playa, con 17 pescadores era tranquila por obligación. No había en ella un aspaviento y eran tan pocos sus habitantes y tan pobres que no tenían ni las ganas ni las fuerzas para mantener discusiones. Cada uno iba a su interés y nadie negaba la ayuda a nadie. Esas cosas que son tan aceptadas por la gente de mar.</p>
<p>Las barcas de pesca, ordenadas en la cala del centro, se subían a la arena cada tarde en el mismo sitio y se bajaban a la mar cada mañana por la misma escala, dando después tres paladas de remo y poniendo el viejo motor en marcha.</p>
<p>La &#8220;Aurora&#8221;, adusta, añorada de barnices y de un fondo y quillas que en su días fueron verdes, era de la Felipa (la mujer del Felip) y ocupaba el tercer lugar por la derecha junto a un escaso embarcadero improvisado en su día sobre las rocas negras que la separaban de la otra cala y que se usaba una sola vez al año: Cuando el cura se empeñaba en hacer la procesión de la virgen por mar. En la festividad de la virgen del Carmen.</p>
<p>La Felipa había olvidado su nombre igual que lo habían hecho los demás componentes de la comunidad, el día de la boda. Las cosas eran así, pero por contrapartida desde aquel momento era la propietaria de todo, porque en este mundo los propietarios de las cosas eran las mujeres y los hombres se limitaban a usarlas y trabajarlas.&#160; Podías ir a casa la Felipa a comprar el pescado que el marido pescaba, los mejores remiendos de redes eran los de La Felipa a pesar de que fuera él quien los hiciera, las reuniones al amor de la lumbre en los largos días de tormenta, cuando no se podía uno hacer a la mar, eran en casa de Felipa, incluso el emigrante que se había ido más lejos era &#8220;el hijo de la Felipa&#8221; que a la vista de las pocas oportunidades que había en la zona un buen día se fue a Cuba a hacer fortuna.</p>
<p>Irse a Cuba estaba considerado como el súmmum de las cosas. De la desesperación y de la suerte. De la locura y de la ambición. Irse a Cuba eran promesas de sol y mujeres de amplios y fáciles favores, de mulatas esplendorosas con poca ropa, de palmeras cargadas de dátiles y de noches de ron a la orilla de la playa.&#160; Nadie conocía a ninguno que hubiera estado en Cuba, pero estaba claro que era un paraíso, que era el lugar al que todo el mundo deseaba ir y al que todo el mundo temía ir; por lo lejano y quizás<br />
también porque en el fondo no se acaban de creer estas cosas que nadie había contado pero que todo el mundo sabía a ciencia cierta.</p>
<p>Hoy he visitado a la Felipa. Han pasado más de veinte años desde la última vez que fui a pescar con el Felip y desde que nos comimos el pescado de roca, aquel que no tiene salida en la plaza, frito después de quitarle las tripas en el rompiente de las olas.<br />
La Felipa estaba igual de vieja, igual de sola e igual de silenciosa.<br />
Sentada a un lado del portalón, en una silla baja y tomando la fresca.<br />
En los pueblos, cuando se oculta el sol, en &#8220;la hora baja&#8221; la gente saca sus sillas a la calle y calma los calores del día con el frescor del atardecer.<br />
Eso es &#8221; tomar la fresca&#8221; y mientras lo hace , comenta las cosas del día, hace correr los rumores y saluda a los que aprovechan para dar un paseo.</p>
<p>Me he puesto delante de ella en cuclillas, y la he mirado a los ojos, grises y un poco aguados. Me ha mirado sin hacer nada que me hiciera pensar que me hubiera reconocido. He entrado en la casa y he sacando otra silla baja la he puesto a su lado y me sentado.</p>
<p>Hemos tenido una conversación de silencios, interrumpida únicamente con alguna mirada larga, y han pasado las horas. Un mundo. Una vida&#8230;</p>
<p>He puesto mi mano sobre la suya y levantándome, después de una larga mirada a los ojos, he empezado a subir la cuesta.</p>
<p>A mis espaldas su voz: &#8220;No tardes tanto en volver, siempre me gustó hablar contigo&#8221;.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>
EN BUSCA DE ÁFRICA*</p>
<p>Crónicas del Hombre Alto (nº 46)</p>
<p>
&#160;&#160;&#160;&#160; Mika tiene 6 años; su novia Anna-Lenna, 7. Ambos viven en Langenhagen, una pequeña localidad alemana situada al norte de Hannover. El pasado 1º de enero decidieron fugarse de sus casas con un objetivo muy preciso: viajar a África, casarse y pasar sus días en un clima más benévolo que el frío<br />
invierno europeo. Convencieron a la hermanita de Anna-Lenna (que tiene 5 años) para que huyera con ellos y fuese testigo de la boda. Previsores, armaron una pequeña valija en la que cargaron anteojos de sol, trajes de baño y algo de comida ligera. Caminaron un kilómetro hasta la parada más cercana, se subieron a un tranvía y recorrieron unos tres kilómetros más, hasta llegar a la Estación Central de Ferrocarriles de Hannover. Una vez allí, quisieron abordar un transporte que los llevaría al aeropuerto, pero los movimientos del trío llamaron la atención de dos policías. La aventura terminó cuando éstos, hechas las averiguaciones del caso, tomaron a su cargo la penosa misión de informar a los jóvenes viajeros que, sin dinero ni pasajes, es imposible llegar a África.<br />
&#160;&#160;&#160; La anécdota, deliciosa como pocas, dio la vuelta al mundo la semana pasada. Prácticamente, no hubo periódico o noticiero que no le dedicara un espacio. El hechizo irresisitible de su candor apabullante generó sonrisas en las más diversas latitudes y permitió compensar, en parte, tantas deprimentes novedades sobre guerras, masacres y accidentes fatales.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Puestos a bosquejar interpretaciones sobre el asunto, una mirada exitista podría llevarnos a pensar que, al fin y al cabo, el simpático episodio no es más que la crónica de un rotundo fracaso, ya que la fuga<br />
quedó trunca y los niños no consiguieron cumplir su cometido. Del mismo modo, una mirada cínica podría llevarnos a especular que el precoz romanticismo de Mika y Anna-Lenna, así como también su espíritu aventurero se irán desvaneciendo a medida que vayan aproximándose a la adultez y la vida los obligue a poner los pies sobre la tierra. Ninguna de estas dos visiones, habrá que reconocerlo, carece de sustento o razonabilidad. Hay, sin embargo, otra lectura posible de los hechos, una mirada que, si bien no<br />
excluye la idea de fracaso, al menos redime a la frustrada huída de esa impresión de derrota que parece desteñir sus cálidos colores. Porque, si es cierto que los niños no pudieron alcanzar el destino deseado, no menos cierto es que fue precisamente su intento por alcanzarlo lo que les permitió llegar hasta donde llegaron. Lo cual, teniendo en cuenta su corta edad y la escasez de medios con que contaban, no es poca hazaña.<br />
&#160;&#160;&#160; Vistas así las cosas, su travesura nos involucra a todos, pues se transforma en una tierna, tiernísima metáfora acerca de la condición humana y sus anhelos. Anhelos que muchas veces -o acaso siempre- resultan lo suficientemente ingenuos o desproporcionados como para despertar la compasión de los dioses. Poco importa si el sueño consiste en filmar una película, instalar un bar en la playa o salvar al mundo. La experiencia indica que casi ninguno de nosotros podrá llegar jamás a sus íntimas y personales Áfricas. Salvo afortunadas excepciones, inevitablemente alguien se encargará de detenernos en la estación de trenes e interrumpirá nuestra alegría recordándonos -casi nunca con amabilidad- que no tenemos el pasaje requerido.<br />
&#160;&#160;&#160; Y sin embargo, lejana y cautivante, África sigue existiendo, oculta detrás de nuestro agrisado horizonte cotidiano. Y lo sabemos. Y, contra todo pronóstico y lógica, nos seguimos moviendo con la intención de acercarnos un poco. Obstinadamente, continuamos modelando nuestra travesía. Tal vez en<br />
forma oblicua o contradictoria, e incluso sin darnos cuenta, pero es lo que hacemos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160; Puede que, buscando llegar a África, sólo consigamos llegar a Hannover.<br />
Pero ¿quién habrá de quitarnos lo viajado?</p>
<p>*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar</p>
<p>
ATARDECER*</p>
<p>El atardecer juega con las sombras<br />
al ocultamiento de lo absurdo.<br />
En mi atardecer también juegan<br />
sombras y espejismos.<br />
Soy y no soy en esos juegos,<br />
repito el fanatismo de lo opuesto<br />
pero no me defino.<br />
¡Poseo tantas formas, tantos matices!<br />
Asciendo y desciendo desniveles<br />
por partes, desmembrada<br />
y dejo jirones de mi existencia<br />
colgando en cada plano<br />
pero nunca logro la totalidad.</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>
&#160;</p>
<p>*</p>
<p>
Estas manos azules transmiten caricias<br />
y enloquecen pausados caminos de amor<br />
estas manos que tiemblan y vician<br />
son la causa de mi desazón<br />
Las intuyo en mi piel paseando<br />
como olas de mi amado mar<br />
ellas son las que estaba esperando<br />
en la pausa de mi caminar</p>
<p>
y se tiñen de azul como el cielo<br />
y se vuelven azul como el mar<br />
son azules como el pensamiento<br />
y el amor, cuando se empieza a amar</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>
&#160;</p>
<p>El libro que no puedo escribir*</p>
<p>Esta expuesto en un vitral de&#160; manuscritos interesantes y&#160; silvestres. En él, en cada alunizaje gesticulan sueños, ideas, pensamientos y proyectos. No lo puedo escribir tan fácilmente. Si bien está allí&#160; esperándome,&#160; escurre por lo cotidiano y desaparece.</p>
<p>
&#160;*de Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>
*</p>
<p>
A veces (y solo a veces) uno corre tal suerte que caer del cielo no es tan desastroso cuando se tiene al menos la esperanza de ser bien recibido en el infierno. Pero cuando uno descubre que donde el cielo tiene hoyos, el infierno ha cerrado sus sucursales, nos damos cuenta que hemos quedado entre<br />
humanos&#8230; Y justo uno comienza a creerse dueño de sí cuando nos damos cuenta que donde ningún dios y ningún demonio puede ayudarnos, aparecemos solos, y ni aún así somos salvados por nosotros mismos&#8230; Y cuando la humanidad parece aplastarnos sin que podamos hacer algo, llega alguien con los mismos pasos, con sus manos, sus brazos, sus ojos, su sonrisa; y nos abraza, nos mira&#8230; La libertad se vuelve mortal, y sale de uno para convertirse en alguien más: y somos salvados por un milagro que escribe, crece y muere como todo lo vivo que nos rodea&#8230; Y uno entiende cuando dicen que los sueños también tienen pies, y manos, y ojos, y nariz, y esos etcéteras que con el tiempo se tendrán que descubrir&#8230;</p>
<p>La vida brinca de un lado para otro: los vientos abrazan los polvos que cierran nuestros ojos, las lluvias se despiden de las tierras&#8230; Tu, yo, el tiempo: ¿Qué hacer?&#8230; ¿Habremos dejado de creer en algo? ¿Habremos olvidado los temores de un mundo olvidado?&#8230; Lo descubriremos pronto, y espero estar<br />
lo más cercano a ti posible cuando eso pase.</p>
<p>
*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com</p>
<p>LA VIDA BREVE*</p>
<p>Deja al tiempo pasar, como gaviota.<br />
La vida parte, vuelve y se repite.<br />
Llega el otoño, con sus barcas rotas.<br />
El toro rojo, con su cuerno embiste.</p>
<p>
¿Dónde quedó aquel bosque de unicornios?<br />
Convertidos en nubes, corren libres.<br />
El viento arremolina los otoños.<br />
Como gaviota, va la vida breve.</p>
<p>
Granizos de nostalgia se harán perlas,<br />
Deja al cielo llorar hojas de arces.<br />
Tu amado irá contigo a recogerlas.</p>
<p>
Déjale al pescador echar sus redes,<br />
La barca de los elfos se ha marchado<br />
En su lugar, galopan los corceles.</p>
<p>*de Marié Rojas</p>
<p>
Las escondidas*</p>
<p>
En el contacto de la presencia huelo la distancia.<br />
La autoexigencia de ser aceptada obnubila la inmediatez de la comunicación.<br />
Encerrada en una prisión de arquetipos, intento retroceder sin pensarme<br />
Quisiera poder contar lo que nunca pude.<br />
En los entretelones de la inmensidad del lenguaje, hay un individuo que ambiciona ser escuchado.<br />
La ferocidad de la cordura presiona las sienes.<br />
No deja que salga la verdad, esa que tiene la confianza en sus raíces y el valor de no afectarle lo que puedan opinar los demás.</p>
<p>
&#160;*de Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>Puede*</p>
<p>Puede que haya un espacio<br />
en el que guardar las palabras.<br />
Puede que sea un secreto<br />
que queden allí guardadas.<br />
Puede que nadie conozca<br />
lo escondidas que se hallan.<br />
Puede que nadie comprenda<br />
que deben estar guardadas.</p>
<p>Soy dueño de mis silencios<br />
pero no lo soy de mi alma.</p>
<p>
*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>
ESPERANZA*</p>
<p>Una obsidiana<br />
despechada de la entraña<br />
rozó<br />
en sus ínfulas<br />
a tu ultrajada ingle<br />
Pero<br />
una guagua guinda<br />
esplendorosa<br />
ante lirones imperturbables<br />
en palcos impostores<br />
será cosecha<br />
de la siembra del<br />
casal<br />
Epilogando.</p>
<p>
*de NOELIA JUDITH GUIÑAZÚ.&#160; judith.guinazu@hotmail.com</p>
<p>ESTHER*</p>
<p>
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Era mi niñera, me parecía justo que cuando viajáramos la lleváramos con nosotros, como parte del equipaje. De mente muy simple y pensamientos nobles, siempre alegre, dispuesta a abrocharme los zapatos o a esconderse para que yo la buscara. Si de noche tenía miedo, la llamaba y ella iba a<br />
tomar mi mano hasta que volvía el sueño.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Cuando llegamos al pueblo donde había nacido mi madre, tuvo que hacerse cargo de mí más tiempo del usual, mientras mi creadora atendía sus visitas. Una tarde, mientras tomábamos fresco a la sombra de un enorme framboyán, me dijo:</p>
<p>-&#160;&#160;&#160; Aquí nací yo también.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; ¿De veras? - le pregunté entusiasmada - ¿Y dónde están tus padres?<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Por toda respuesta tomó mi mano y echamos a andar, si mi madre la hubiera visto alejarse tanto, alcanzar el camino real y seguir más allá, hubiera puesto el grito en el cielo, pero en ese momento estaba muy entretenida en la sala, tomando café con alguna antigua amiga.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Llegamos a la orilla del río. Ella me señaló sus aguas.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Están ahí - dijo muy bajito.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Se ahogaron por accidente o alguien los empujó? - dije inclinándome peligrosamente para contemplar las aguas saltarinas, aferrada a la rama de un árbol.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; No.&#160; Ellos sabían nadar muy bien. Les gustaba venir conmigo, me dejaban en la orilla y se iban para la parte honda, yo los esperaba chapoteando y ellos volvían a recogerme. Nunca me dejaron entrar a lo hondo.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Y qué pasó, Esther? - la infancia pone una indiscreción especial en los interrogatorios.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Un día nadaron lejos y se sumergieron. El agua estaba tan rica que no querían salir, así descubrieron que podían respirar debajo del agua.<br />
Ese día no vinieron a recogerme, se quedaron a vivir ahí.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Y qué hiciste?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Lo de siempre, recogí mis ropas y me fui para la casa, me sabía el camino. Yo no sé respirar debajo del agua.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Pero, ¡eras una niña! ¿qué fue de ti?<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Era una época de mucha hambre, nadie tenía trabajo. pero Bienestar Social recogía a los niños huérfanos, les daba albergue, comida y les enseñaba un oficio. Todo el mundo lo sabía.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; ¿Sólo a los huérfanos? - esta parte llamó mi atención.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Solo a los huérfanos - repitió -, pero mis padres fueron muy inteligentes, se quedaron a vivir en el río. logramos engañar a los de Bienestar. A cada rato me escapaba para venir a verlos. Cuando me fui para la capital les expliqué que iba a cuidar de ti, pero les prometí volver. Si te fijas bien, podrás verlos pasar nadando.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Me pareció ver unas ondas formarse en el agua, como dos rizos.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160; ¡Los veo, Esther, los veo!<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Yo también. pero no le digas a nadie. Ahora diles adiós, Chely, que tenemos que volver.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Dejamos atrás el río con sus misteriosos habitantes. Cuando llegamos a casa comenzaba a caer la noche y llevaban horas buscándome. Mi madre quería pegarle a Esther, que huyó corriendo, cubriéndose la cabecita con las manos.</p>
<p>&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Regresamos con una nueva niñera llamada Victoria que me enterraba las uñas cada vez que estaba de mal humor. Nunca me sonrió, tuve que aprender a atarme los zapatos sola y a consolarme de mis propias pesadillas, ni siquiera me pasó por la mente convidarla a jugar. A partir de entonces recé cada noche para que lo que me quedaba de infancia terminara pronto.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Por suerte, cuando cumplí siete, ella quedó embarazada de un militar que visitaba la casa de al lado y mi madre la botó. Yo no entendí nada, pero corrí a dar gracias a Dios. Mi abuelo, que tuvo el tino de seguirme y escucharme, le hizo jurar a mi madre &#8220;no más niñeras&#8221;, ellos se ocuparían de mi tiempo libre.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Volví a ver a Esther cuando cumplí 15 años y regresé al campo. Vino por detrás de la casa, escondiéndose de mi madre. Vi sus ricitos ralos asomarse tímidamente por el borde de la ventana, su manita, mitad oscura, mitad blanca, comenzó a hacerme señas y corrí a abrazarla. Ella me abrazaba,<br />
me separaba para mirarme y reía, alternadamente.</p>
<p>-&#160;&#160;&#160; ¡Tengo un montón de hijos, Chely, a la mayor le puse como a ti! - me dijo, tomándome ambas manos.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Te quiero mucho, Esther, pero esta vez no me vas a llevar al río - le respondí, riendo también.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; ¿No le contaste a nadie, verdad? - me preguntó.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Negué con la cabeza.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Nunca me sacaron palabra de adónde me habías llevado, nadie sabe el escondite de tus padres.<br />
-&#160;&#160;&#160;&#160; Sigo yendo a verlos cada vez que puedo - hizo una bocinita en mi oído y rió, con esa risita aguda e inocente que yo le recordaba - Lo que son las cosas. ¡yo me voy poniendo vieja y ellos siguen igualitos!</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>
PERSISTENCIA*</p>
<p>Es media noche.<br />
Afuera rondan lobisones hambrientos.<br />
El viejo de la bolsa y el hombre sin cabeza.<br />
Las gitanas, el policía. El linyera borracho.<br />
Llanto de lechuzos y de niños.<br />
Chistido campanario.<br />
Se abren lunas brunas y se cierran los ocres.</p>
<p>
Trenza. Engarces. Torzales colorados.<br />
Rozan. Acarician. Palpan.<br />
Abrazan.<br />
Estrechan. Aprietan. Ciñen.<br />
Amordazan.<br />
Atan. Constriñen Aprietan.<br />
Oprimen. Sofocan.&#160; Asfixian.<br />
Ahogan .Ahorcan.<br />
Desmiembran. Devoran.<br />
Atomizan.</p>
<p>
El río turbio cubre la sierra madre.<br />
Musita oído niño, palabra ausente.<br />
Extraña y conocida.<br />
Dios levanta su copa y la casa tiembla.<br />
Tiembla en estertores el silencio.<br />
El bramido del rayo atraviesa las tapias.<br />
Piel de cabra, águila. Roble<br />
Trae desnudez acequia, durazno amargo, pala.<br />
Es media noche<br />
Afuera<br />
Persisten en su ronda lobisones hambrientos.</p>
<p>
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>HAMACANDO DESEOS*</p>
<p>Quisiera medir con mi mirada<br />
el camino que resta<br />
para que mis pasos<br />
impriman sus huellas,<br />
también contar las gotas de la lluvia<br />
que caen en mi cántaro<br />
con la parcimonia<br />
que tiene el dueño del tiempo,<br />
vislumbrar el límite rojo<br />
o negro o verde arboleda<br />
que se alzará cual muralla<br />
en el momento preciso.<br />
No sé por qué, pero lo deseo<br />
como un modo de preparar mi alma<br />
para ser otra forma<br />
en el infinito.</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>
40*</p>
<p>Están llegando pájaros,<br />
Golpean en mi ventana,<br />
Inundan mi patio,<br />
Ayer nacieron excesivas rosas,<br />
Olvidé conjurar el otoño<br />
Para que se llevara los pétalos caídos<br />
Y, tal vez, algún capullo.</p>
<p>
Hoy vienen los hijos de la madrugada<br />
A picotear las ramas florecidas<br />
Y no sé qué hacer con tantas rosas,<br />
Tantas aves,<br />
Tanto golpe en mis cristales.</p>
<p>*De Marié Rojas.</p>
<p>Les fulles caigudes*</p>
<p>Les fulles caigudes<br />
reposen una sobre l&#8217;altre<br />
la pluja cau sobre la pluja&#8230;<br />
i a la llunyania s&#8217;hi veu un salze<br />
amb les fulles al vent de la tarda.</p>
<p>
La humitat del capvespre alimenta les seves arrels<br />
mentre per l&#8217;aire voltejan murmuris d&#8217;enyorança<br />
que la foscor embolica a poc a poc,<br />
apaivagant el dia que mor entre les seves branques.</p>
<p>La nit dibuixa, envoltant la lluna,<br />
la teva cara&#8230;</p>
<p>
*</p>
<p>
Las hojas caídas<br />
reposan una sobre la otra,<br />
la lluvia cae sobre la lluvia&#8230;<br />
y en la lejanía se ve un sauce<br />
con las hojas al viento de la tarde.</p>
<p>La humedad del atardecer alimenta sus raíces<br />
mientras por el aire revolotean murmullos de añoranza<br />
que la oscuridad envuelve poco a poco,<br />
tranquilizando al día, que muere entre sus ramas.</p>
<p>La noche dibuja, envolviendo la luna,<br />
tu cara&#8230;</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;</p>
<p>
LAS PERENNES LLAGAS*</p>
<p>Has golpeado a la&#160; puerta&#160; del sosiego y se ha abierto<br />
Ay no corazón mío, se ha abierto.<br />
La hembra en celo y el niño muerto se han encontrado.<br />
Mamando ciegamente de mis pechos como la vez primera.<br />
Ay como la vez primera.<br />
Y no hay sustancia material, ni cabalas, ni posibles hechizos.<br />
Un pucho se apaga lentamente.<br />
La desnudez, la tuya, la mía desvelan las perennes llagas.<br />
Solo hay vida en la humedad de mi lengua y de tus ojos.<br />
Vienen desde los cráteres dormidos del deseo<br />
Prendes de nuevo&#160; el pucho, aspiras desesperadamente.<br />
Se apaga, como se acaba el tiempo.<br />
Queda el humo.<br />
El olor a hierba, la humedad y la memoria. Fragmentadas<br />
Restos&#160; del animal y el hombre<br />
Un caracol abandonado, abandonado queda en el lecho vacío.<br />
La puerta del sosiego se cierra lentamente.</p>
<p>
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>
Apreciadas amigas, queridos amigos,</p>
<p>El número 86 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL &#8220;Estrella Errante&#8221;, edición Enero/Marzo/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org<br />
bajo el link:</p>
<p>http://www.euroyage.org/es/xicoatl-86</p>
<p>
CONTENIDO:</p>
<p>·&#160;&#160;&#160; ENSAYO: Onetti: la lección del maestro. Jorge Isaías.<br />
·&#160;&#160;&#160;&#160; NARRATIVA: Los sin nombre. Amelia Arellano.<br />
·&#160;&#160;&#160; - Cuentos cortos. Joan Mateu i Marti.<br />
·&#160;&#160;&#160;&#160; POEMARIO: Poemas. Blanca Helena Muñoz de Escobar.<br />
·&#160;&#160;&#160; AUSTRIA: Poemas. Wolfgang Kauer.</p>
<p>
La edición impresa de XICóATL # 86 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).</p>
<p>
Cordial saludo,</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst,&#160; Wissenschaft und Kultur<br />
www.euroyage.org</p>
<p>Schießstatt-Str. 37&#160;&#160; A-5020 Salzburg&#160;&#160;&#160; AUSTRIA<br />
Tel: ++43 662 825067</p>
<p>*</p>
<p>
Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>
El domingo 8 de febrero de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Harry Crowl. Las poesías que leeremos pertenecen a Blanca Helena Muñoz de Escobar (Colombia) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!</p>
<p>
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Cordial saludo!</p>
<p>
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur</p>
<p>www.euroyage.org<br />
Schießstatt Str. 37&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; A-5020 Salzburg&#160;&#160; AUSTRIA<br />
Tel: ++43 662 825067</p>
<p>*</p>
<p>Apreciadas amigas, queridos amigos,</p>
<p>YAGE, Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericanos de Austria tiene una nueva página de internet: www.euroyage.org , la(o) invitamos muy cordialmente a visitarla!</p>
<p>También tenemos una nueva dirección postal:</p>
<p>Schießstatt-Str. 37&#160;&#160;&#160;&#160; A-5020 Salzburg<br />
AUSTRIA</p>
<p>Cordial saludo!</p>
<p>Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera<br />
Direktor von YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur<br />
www.euroyage.org<br />
Schießstatt Str. 37&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; A-5020 Salzburg&#160;&#160; AUSTRIA<br />
Tel: ++43 662 825067</p>
<p>
*</p>
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		</item>
		<item>
		<title>DIOS NOS VA A PROTEGER&#8230;</title>
		<link>http://losescritosdeurbano.blog.com/2008/12/28/dios-nos-va-a-proteger/</link>
		<comments>http://losescritosdeurbano.blog.com/2008/12/28/dios-nos-va-a-proteger/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 28 Dec 2008 20:47:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>URBANOPOWELL</dc:creator>
		
		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[DESMONTE*<br />
<br />
<br />
&#160;<br />
Monte, coraza impenetrable. Barroca<br />
fronda adusta<br />
Corazón de espinillo, amor seco, miel de<br />
lechiguanas.<br />
Solamente accesible a la lluvia y<br />
al sol.<br />
<br />
<br />
Mi humanidad me alerta.<br />
Mi sórdido animal, irreductible, avanza.<br />
Mi pollera se engancha en los clavos del talar<br />
que rechazan el hacha.<br />
Frenan el ímpetu bravío.<br />
Se detienen los pasos, el aire se detiene.<br />
Los árboles, inmutables se deslizan,<br />
las nubes acompañan.<br />
Mi pollera cautiva, desafía los cuchillos<br />
del monte.<br />
El grito montaraz se diluye, estremecidamente<br />
en la espesura:<br />
¡Que su belleza no se manche con la sangre!<br />
La sangre es resina que se escurre del cielo,<br />
y no solo tu pollera se mancha,<br />
sino la calma mansedumbre de la tarde.<br />
<br />
<br />
Los árboles avanzan, mi pollera vuelve<br />
en sigilosos pasos:<br />
mi sórdido animal, redomón, descansa.<br />
<br />
<br />
<br />
*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
DIOS NOS VA A PROTEGER...<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
COSAS DE DIABLO*<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La ciudad había sido invadida por una euforia inusual, se festejaba los cien años de su fundación y seguía exhibiendo una planificación excepcional .<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; En realidad fue el sueño de alguien que con un espíritu que volaba alto se colocó ante una gran hoja de papel y soñó diagramando,&#160; midiendo, creando pero siempre soñando. Y un día llevó su proyecto a alguien que también soñaba y sobre una llanura abierta a la espera plantó una ciudad diferente a todas las del mundo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Por supuesto como todos los sueños diferentes despertó sus misterios que comenzaron a sobrevolarla desde sus comienzos. Entre cuchicheos se hablaba de una logia secreta, un cierto pacto con fuerzas extrañas que entraba por sus diagonales que recogían el viento limpiador de tormentas que soplaba del sur, también de ciertos pactos con fuerzas desconocidas que habían inspirado al planificador y de un mensaje secreto que yacía&#160; en una urna en la plaza central junto con una botella de champagne que debía abrirse cuando llegara el centésimo año.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Se comentó, se difundió, hasta se llegó a dejar testimonio escrito, pero todo en tono bajo como para no despertar a los demonios.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Cuando llegó el día tan ansiado todos encaminaron sus pasos hacia la plaza central, las grandes confiterías donaron una torta inmensa para agasajar a la concurrencia, los grupos folclóricos se dispusieron a hacer vibrar su música y la gente, incentivada durante años por la profecía, allá corrieron en busca de la respuesta final.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La hora señalada era a las 4 de la tarde por lo que a los que concurrieron muy temprano acicateados por su impaciencia, se les hizo muy larga la espera porque ya se sabe que esperar algo deseado distiende el tiempo de cada minuto convirtiéndolo en sensación de horas.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; A las 3 de la tarde llegó la comitiva oficial, el Excelentísimo Gobernador acompañado de su séquito se hizo presente en el predio.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Una mujer mayor proclive a asimilar los miedos de los mitos se persignó y juntó sus manos en señal de rezo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; - Tranquila, Raquel, - le dijo por lo bajo su compañera que rondaba la misma edad, - Dios nos va a proteger.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; - Amigos, - vociferó en tono solemne el Excelentísimo Gobernador, - cumplamos con el designio legado por el fundador de nuestra querida ciudad.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Un silencio cubrió el sector como un manto implacable, hasta los pájaros dejaron de trinar, todo se detuvo y una masa humana expectante siguió a las autoridades hasta el lugar donde estaba la misteriosa urna.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Muchos ojos fijaron su mirada en el sur como seguros de que por allí vendría a azote del maleficio.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Dos obreros con mucho cuidado levantaron la tapa de mármol blanco y dejaron ver la urna del pacto; fue la máxima autoridad la encargada de abrirla mientras el silencio total&#160; podía cortarse con un cuchillo. Las ancianitas rezaban&#160; mientras la tapa de hierro era levantada y dejaba a la vista de centenares de ojos azorados un espacio totalmente vacío.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Los que hacían de la lógica su credo diario dijeron que el diablo se había tomado el champagne después de destruir el documento de la profecía.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar<br />
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Como el país...*<br />
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-¡Gordo, sos un pelotudo! ¿Cómo no te diste cuenta que estaba descargada?<br />
Luis corría por el terraplén agarrándose las sangrantes costillas del lado derecho, mientras el Gordo Nacho, resoplando como un caballo, se esforzaba por no tropezar con su bamboleante barriga. La tarde se hacía noche sobre el platense Barrio Los Hornos, y el frío comenzaba a hacerse sentir, implacable, presagiando un crudo invierno.<br />
Había sido una pésima idea; como todas las del Gordo. Luis nunca había sabido por qué le llevaba siempre el apunte. Los negocios que le había propuesto Nacho, su amigo de la más tierna infancia, la mayoría de las veces habían terminado en desastre. Desde los cambios de figuritas a las peleas callejeras por una trampa en la "escondida", como después los porros comprados cerca de la comisaría, o el debut con aquella puta que les contagió hasta lo que no existía, todo había tenido que ver con el Gordo. Habían sabido ganar también, pero la cantidad de bajezas y humillaciones superaban ampliamente las victorias; o al menos el simple hecho de conservar la dignidad.<br />
Esta vez, podrían considerarse afortunados si se mantenían vivos.<br />
"¿Por qué no nos desquitamos con este Gallego hijo de puta, que siempre nos caga con el precio de la birra, y le sacamos unos mangos?", le había dicho el Gordo un par de días antes. Luis estaba harto de escucharlo, pero también lo hastiaba la soberbia de Manolo, el dueño del maxikiosco de la 59 y 140, que los basureaba a más no poder. No eran dueños ni siquiera de gozar del mínimo placer de tomarse una cerveza en paz, sentados en el cordón de la vereda, con los pibes de la barra.<br />
"¡A boludear a otro lado, drogones!", los echaba Manolo, escoba en mano, cada vez que podía. Y Luis, amargado por no encontrar laburo en ningún lado, rencoroso contra su padre por no haberse preocupado de que siguiera algún oficio, o con su madre por haber privilegiado al resto de sus mierdosos hermanos, sentía que cada provocación del Gallego era una puñalada en su propio orgullo. Varias veces lo había puteado de arriba abajo, y hasta una noche se había animado a lanzarle una pedrada, sin éxito. Pero la idea del Gordo, aunque descabellada, le había permitido imaginar, aunque sea por un rato, el método más efectivo de vengarse del Gallego de una buena vez. Pegarle donde más le doliera.<br />
Nacho consiguió pronto un arma. Era un 32 bastante vapuleado, pero que amenazaba con abrir un agujero enorme en el cuerpo de quien tuviera la mala fortuna de cruzarse delante de su cañón. "Es fácil", le dijo el Gordo, "Esperamos a que no haya nadie, y cuando esté desprevenido, vos entrás, lo encañonás, le exigís toda la guita, y salimos corriendo. Yo me quedo afuera haciendo de campana".<br />
"Te llevás la mejor parte", se quejó Luis.<br />
"¡Bueno, fiera! El fierro lo consigo yo, ¿no? Además, la idea es mía. Y a los dos nos hace falta la guita", se atajó Nacho.<br />
Luis protestó por lo bajo, pero estuvo de acuerdo. De un tiempo a esta parte, las cosas se venían poniendo cada vez más densas. No tenía un mango partido al medio, tampoco idea alguna para salir del bajón, y el gallego ya le tenía los huevos llenos. Era justo meterse a afanarle lo que el mismo Manolo les curraba cada vez que les pedía cinco pesos por cada birra.<br />
Lo que no contaban era que el fierro no tenía balas. Luis, aunque anduviera por la calle desde muy pibe, nunca había tenido uno en la mano, y no tenía la menor idea sobre cómo se abría el tambor. Como lo había traído Nacho, se confió en que el Gordo lo hubiera revisado. Así como confiaron en que el Gallego no pudiera defenderse.<br />
Ocurrió todo tan rápido, que ni siquiera tuvo tiempo de ponerse nervioso, hasta que ya fue muy tarde. La escopeta apareció detrás del mostrador como un espectro inesperado. Luis, que acababa de desenfundar y gritar dentro del reducido ámbito del local, ni siquiera se dio cuenta en dónde la tenía escondida. En esa fracción de segundo, mientras gatillaba como un acto reflejo –y en vano- el 32, tan asustado como parecía estarlo el Gallego, recordó haber escuchado días atrás que Manolo charlaba con los vecinos acerca de lo podrido que lo tenía el tema de la inseguridad, que lo que el país necesitaba era un gobierno fuerte que…<br />
La detonación lo dejó sordo. Sólo después –nunca supo cómo fue posible semejante separación entre causa y efecto- sintió el tremendo golpe en el pecho, que afortunadamente lo agarró mal parado, cuando el cañón de la escopeta giró en arco y chocó contra uno de los barrotes de la reja del mostrador. Trastabilló de costado, se aferró del marco de la puerta, dejando caer el fierro, y saltó hacia la calle, manteniendo el equilibrio de milagro, mientras comenzaba a correr a los tumbos. El Gordo, incapaz de creer lo que ocurría delante suyo, lo siguió de cerca, y a los pocos pasos ya había tomado la delantera. Vaciló un segundo, se volvió, y aferró a Luis por el brazo izquierdo, ayudándolo a impulsarse. Ya habían entrado en el baldío, a unos 30 metros, cuando el Gallego salió a la vereda, doblando la escopeta para recargarla.<br />
-¡Vuelvan acá, hijos de puta! ¿Quién mierda se creen que son, que me van a afanar?-, chilló, mientras introducía un nueva cartucho, cerraba la escopeta con un chasquido, y se echaba la culata al hombro para volver a disparar. En la cuadra, las cabezas que se asomaron a chusmear fueron muchas más que las que se agacharon para evitar el tiroteo.<br />
Pero Luis y Nacho ya habían doblado la esquina, evitando el ángulo de tiro, y se refugiaban entre los pastizales, avanzando a los tropezones hacia las vías del antiguo ferrocarril. Se oían gritos dispersos; alguien clamaba por la policía, mientras otros querían saber hacia dónde se habían escapado, para así poder seguirlos y "reventarlos". Luis resoplaba; le dolía mucho el costado, aferrándoselo con su mano derecha, que notaba muy caliente y empapada, a causa de su propia sangre. "Qué mala idea, qué te parió Gordo…", mascullaba.<br />
La estación estaba desierta. Los andenes eran una guarida de suciedad y basura desde hacía años. Oxidados rieles ya no transportaban ningún carguero, menos aún repletos vagones de pasajeros. Pero era el lugar justo para esconderse un rato, descansar, tomar aire, y seguir corriendo.<br />
Luis se desplomó sobre uno de los bancos del andén, quejándose de dolor, sin aire suficiente para insultar al mal parido de su amigo. Nacho resoplaba como una locomotora, con el pecho agitado subiendo y bajando sin tregua. A la distancia, se dejaban oír algunos gritos, furiosos quizá. Se le ocurrió que a cada segundo sonaban más cerca, y quiso volver a correr. Pero al voltear hacia Luis, el semblante dolorido, la sangre derramándose sobre el sucio suelo del andén, no llegó a articular palabra alguna. Se puso muy pálido. La herida se veía muy fea. Demasiada sangre. Y eso que no le había dado de lleno. El tiro desviado lo había salvado de morir en el acto, aunque quizá no durara mucho tiempo más… La idea lo estremeció, obligándolo a arrodillarse junto a Luis.<br />
-¿Cómo estás? -, alcanzó a decir.<br />
-Para la mierda… -, masculló Luis, quien consiguió alzar a cabeza, más allá de la figura del Gordo.<br />
La estación se estaba viniendo abajo. "Como el país", se le ocurrió de pronto, aunque nunca supo de dónde le llegó semejante idea. La humedad y le herrumbre habían hecho estragos sobre las paredes y los escasos herrajes que aún nadie se había llevado para fundir, tal vez de tan oxidados. Sintió un frío que le calaba hasta los huesos, y de alguna manera, por encima del miedo que comenzaba a ganarle la conciencia, intuyó que nada tenía que ver aquello con la temperatura ambiente.<br />
-Me estoy muriendo, Gordo -, balbuceó, y la frase quedó suspendida entre ambos mientras su mano se relajaba sobre la herida, como si su cuerpo comprendiese que ya de nada valía seguir luchando.<br />
-¡No, carajo! -, chilló Nacho, tomándolo por el brazo izquierdo y tironeando sin fuerzas de él. -¡No te vas a morir, mierda!…… ¡Ya te estoy llevando a donde puedan curarte!<br />
Sin embargo, los dos sabían que no era cierto. Luis, porque se estaba muriendo. Nacho, porque no tenía idea sobre cómo hacer para poder ayudar pronto a su amigo. Con la buena voluntad no alcanza para extraer perdigones que se alojan en un pulmón.<br />
Más gritos, cada vez más cerca.<br />
-¡Vámonos! -, le dijo Nacho, pero ya casi para convencerse a sí mismo.<br />
-Anda, Gordo -, murmuró Luis. –Y la puta que te parió……por esa idea de mierda……que tuviste…<br />
Nacho vaciló. Un par de sombras se recortaron sobre el horizonte del terraplén, blandiendo unos palos; o quizá, más escopetas. Ya estaban cerca. Tenía que decidirse. Era cuestión de segundos. Era vivir o morir.<br />
-¡Qué boludo, carajo! ¡Qué boludo que fui! -, sollozó, tomándole una mano, tembloroso.<br />
-Andate, Gordo -, murmuró otra vez Luis, sin mirarlo, incapaz de luchar contra lo inevitable. –Salió todo remal…<br />
Y se soltó del apretón. Su cabeza cayó sobre el banco polvoriento. Su respiración sonaba quebrada. La sangre goteaba cada vez más.<br />
Nacho tembló una vez más, evitó mirar a su amigo por última vez, ahogó las lágrimas, y salió disparado hacia el descampado, dominado por una eterna culpa, bamboleando de nuevo la barriga. Luis se estremeció. Había quedado solo, asustado y muy mal herido. Oyó gritos cerca suyo, corriendo en su busca. Sentía, desamparado, que algo se le escapaba inevitable entre los dedos. Además de que aquello había resultado una idea de mierda.<br />
Y por última vez volvió a pensar que, al igual que la estación, él también se estaba viniendo abajo.<br />
"Como el país".<br />
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&#160;*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar<br />
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Las Navidades de Bongo*<br />
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&#160;*Por José Pablo Feinmann<br />
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Nunca pude decidir si Bongo era judío o católico. Tenía que decidirlo yo, porque él, si lo tenía decidido, difícil que pudiera comunicármelo. Además, seamos francos: ¿cómo iba a decidir Bongo que, al fin de cuentas, aunque fuera el Bongo, era un perro, si era judío o no, si era católico o no, si yo, que no era un perro (aunque tampoco ocupara entre los humanos un lugar tan excepcional como el que Bongo ocupaba entre los perros), aún no lo había resuelto y ya tenía nueve o diez años. Sucede que la cosa era compleja. Bongo y yo vivíamos en medio de una confusión aceptada por toda nuestra familia como normal. Bastará narrar una Navidad en Belgrano R, en nuestra casa de Echeverría y Estomba, para que se entienda qué busco tornar claro.<br />
La cena de Navidad era hermosa, una noche de plenitud, de regalos, de visitas, de familiares que veíamos de tanto en tanto pero que hoy estaban aquí, con nosotros, una noche de amor y de paz y de cohetes, rompeportones y cañitas voladoras. Una noche de Misa de Gallo. Una noche de mucha comida. De<br />
puertas abiertas. Abiertas para los vecinos. Todos abrían sus puertas. Si uno quería visitar a otro podía hacerlo casi sin golpearla. ¿Cómo iba a golpearla si estaba abierta de par en par? Hasta la Sra. Gerlach, que era la villana del barrio, la que vivía justo frente a nosotros, de la vereda paralela, también en Echeverría y Estomba, en un chalet que siempre me pregunté si era o no más lindo que el nuestro, abría esa noche, la de Nochebuena, sus puertas. Y eso que, lo juro, no era buena. La Sra. Gerlach jamás devolvió una pelota que hubiera caído en su jardín, que era muy grande y ella, de egoísta y de engrupida que era, lo tenía protegido por verjas altas, puntiagudas, de madera verde o marrón o bordó oscuro, porque siempre andaba pintándolas de nuevo, como si ningún color le gustara. ¿Qué color iba a gustarle a esa bruja si no habría cosa en el mundo que le gustara? En Nochebuena, no. Hasta ella exhibía a los demás sus puertas abiertas. Si uno miraba hacia adentro podía verlo al Sr. Gerlach sentado en un sillón y leyendo un diario, seguro que en alemán. A nadie, jamás, se le ocurrió decir que el Sr. Gerlach había sido nazi. ¿Qué era eso, cómo iba a ser nazi alguien tan agradable como el Sr. Gerlach? ¿O no era él, nunca ella, el que si estaba en la casa y no en el trabajo, nos devolvía cualquier pelota que cayera en su jardín, con una sonrisa y dándole con ganas, como si supiera, hasta las manos de alguno de nosotros? ¿Un nazi iba a ser eso? Vamos, ¿qué se piensan, que nos chupábamos el dedo?<br />
Nuestra cena de Navidad la presidía -por supuesto- papá. Que se llamaba Abraham y era hijo de Boris Feinmann y Raquel Aranovich. "Yo nunca tuve un problema en este país por ser judío", decía papá. Una frase que, con el paso de los años, cada vez me resultó más extraña, increíble. Pero, ¿por qué no<br />
creerle? No por el país sino por él. Se había recibido de médico en 1917 y siempre había sido un dandy y había ganado buena guita desde el inicio.<br />
¿Quién se habría atrevido a decirle "judío de mierda" al doctor Feinmann?<br />
Era tan suntuoso el viejo, tan seguro de sí y, sobre todo, se sentía tan argentino, tan merecedor de este país, tan dueño de él como, por ejemplo, cualquier cajetilla del Jockey Club, que debía imponer respeto hasta al cura Menvielle. Ahí estaba, entonces. En la cabecera de la mesa. A su derecha, mamá. Mamá era católica: Elena de Albuquerque. Siempre estaba muy linda en Navidad. Preparaba todo. La comida, el árbol (que lo hacíamos en un pino que había en el jardín), el lugar para poner los regalos, la lista de invitados, todo. Pero le era fácil: tenía dos sirvientas. Mi vieja siempre dijo "sirvientas". En los cincuenta todos decían "la sirvienta". Los judíos decían la "jikse". Seguro que lo escribí mal. Pero así suena, cualquiera lo sabe. Las sirvientas eran Rosario, siempre joven y linda, visitada por el calentón de mi hermano si ella le abría la puerta de su cuarto, e Isabel, una gallega gordota, medio torpe pero muy trabajadora. En esta Navidad se agrega una chica que olvidé de dónde venía. Era muy simpática y solía<br />
disfrazarse de Papá Noel. (Santa Claus no existía en los '50. Papá Noel y se acabó.) Le decían Cachirula. Por la historieta Pelopincho y Cachirula, de Fola, que salía en el Billiken. El resto era el batallón semita. Un primo al que llamaban el petiso. Y sobre todo las dos hermanas de papá. Eran<br />
infaltables. Eran maravillosas. Menores que el viejo, se llamaba Sonia la mayor, la más seria o, mejor dicho, la menos loca, y la otra era Rosa, que era un regalo de la vida. Sonia, inteligente, se ganaba la vida jugando al póquer. Y Rosa, que era fea, para qué negarlo, fea sin apelación posible, era una atorranta irresistible. No sé cuánto, no sé qué habré heredado de Rosa, pero si hubo algo de polenta en mi vida, de ganas de vivir, de atorrantear, de aceptar la locura como parte esencial de la existencia, o de la razón, eso vino de ella, de Rosa, la gloriosa tía puta de la familia. No había Navidad en que no trajera un tío nuevo. En esta que hoy evoco se lo trajo al tío Angel, un buen tipo, tranquilo, resignado, feliz por tenerla a Rosa. Cuando Rosa le mostró a su sobrinito, cuando le dijo: "Vení, Angel, éste es el Josecito, el hijito menor de Abraham", el Josecito dijo: "¡Cómo la quiero a la tía Rosa! Todas las Navidades me trae un tío nuevo". Rosa me pateó un tobillo y (sé que no me van a creer) aún recuerdo su frase dura, dicha entre dientes: "No seas pelotudo, nene. No me arruinés la Navidad".<br />
Angel ni se mosqueó. Al contrario, ahí nomás me dio su regalo: ¡una gruesa de cañitas voladoras! En seguida estaban mi hermano y sus amigos sobre mí y me las sacaban y buscaban botellas para arrojarlas sobre la casa de la Sra. Gerlach. Algo que ocurrió después de la cena.<br />
¿Qué busco decir? Que nuestra mesa de Navidad era tan judía como católica y hasta, si se descuidan, ganaban los judíos. Si no lo hacían es porque solían venir Doña Carmen y sus dos hijos, amigos de mi hermano, dos boludos en estado de coma. Uno, creo, terminó como abogado de De la Rúa. El otro hizo<br />
el Liceo Militar. Una vez fuimos todos a verlo cómo saltaba vallas en una contienda entre milicos. Montaba un caballo marrón con manchas blancas, seguro más inteligente que él. Pero ahí estaban: engrosando la mesa navideña. Doña Carmen era la presidenta de la Acción Católica. No sé si necesito agregar algo más. Judío o católico, era papá el que decía su ya tradicional discurso. Nada del otro mundo, creo. O sí: todo del otro mundo.<br />
Porque hablaba de Dios como si se lo hubiera cruzado esa tarde al bajar del colectivo 76, en Echeverría y avenida Forest. Y después de la amistad entre las razas, los pueblos y sus creencias. Mamá no decía nada. Bongo tampoco.<br />
Estaba muy cómodo en un sillón, cerca de la mesa y miraba todo. No era de esos perros que abordan la mesa y andan mendigueando un cacho de comida. No, Bongo no solía comer mucho. Lo suyo era el sexo. No había perra o perrita en 20 cuadras a la redonda que desconociera sus artes de perro cogedor. Porque<br />
eso era. Uno podía ir a Melián a caminar y ver los árboles en lo alto o al puente de Superí a cortar cañas y solía encontrárselo al Bongo atracándose a una perrita. Era un campeón. Yo era un pibe y no sabía casi nada de esas cosas. Pero por el modo en que aullaban las damas que el sexópata penetraba<br />
era claro que ellas no estaban pasando un mal momento. El, mucho menos. Pero no era de expresarlo. Se concentraba en lo suyo. Serio, como si buscara, ante todo, complacer a la dama.<br />
A medianoche, todas las damas iban a "misa de gallo". Mi mamá, católica; Doña Rosa, católica; las dos sirvientas, católicas; Cachirula, católica, y las dos maravillosas tías recontrajudías, la tía Sonia y la tía Rosa.<br />
También íbamos Bongo y yo. Pero nos sentábamos atrás. Cerca de la pila bautismal. A mí no me gustaba verlo de cerca al pobre Jesús, tan estropeado, con todos esos clavos, la sangre, con esa cara de dolor, de derrota. No me gustaba. A Bongo, creo, tampoco. Después la gente salía y nosotros los dejábamos salir. Nos íbamos al final. A quien más quería Bongo era a papá.<br />
Pero después a mí. Eramos buenos amigos. "Vamos, Bongo", dije sin mirarlo.<br />
"Es tarde." Me di vuelta y lo vi, con su pata levantada, con enorme convicción, echándole una meada a la pila bautismal. No tuve, entonces, ninguna duda: era judío el Bongo. Como papá.<br />
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*Fuente: Página/12<br />
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117422-2008-12-28.html<br />
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Día de los Santos Inocentes*<br />
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&#160;*Por Adrián Abonizio abonizio@hotmail.com<br />
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-!Brindemos, sí, pero hagamos silencio por los Santos Inocentes que mandó a matar el terrible Herodes!, explotó poniéndose de pie la tía Eulalia. -Esta boluda siempre arruinando las fiestas, dijo por lo bajo Diácono. -Te escuché. réprobo, oí tu insultante frase, pero sigamos y oremos, terminó con un abatimiento teatral. -!Saquenle el chupi, reclamó alguno. Era la previa del remanente de los festejos con las sobras navideñas: Parva de trozos de pollo, hectolitros de sidra, pilas de turrones yacían tapadas sobre el<br />
mantel de hule de la casa de la Nona, mientras eran las once de la mañána de aquel 28 de diciembre y la tía Eulogía otra vez se había mamado tempranamente -!Soy una catequista de ley, una esclava del Señor!, gemía amparándose en sus fueros celestiales cuando fue arriada hacia una de las reposeras para que se aireara y soltara la copa que tenía en su garra como si fuera el Santo Grial.<br />
Yo ya había tomado la Comunión y se me mezclaban los sentidos: El 8 de diciembre a la vez que era el cumpleaños de mi madre, era algo de la Virgen, ascensión, natalicio o descenso, no recuerdo. Aún tenía la entrepierna paspada pues el trajecito gris que me habían dado era de sarguilla y ningún adulto supuso lo que significaba el calor, los hilos de agua cayendo hacia el culo mismo, la verguenza de estar disfrazado y en el fondo, sentirse un pelotudo. Con mis primos decidimos huir al campito a quemarnos en los pastizales corriendo una pelota, sacudirnos las hilachas de la entrada a la religión y la adultez temida.<br />
Ibamos con la número tres bajo el brazo. Comentábamos con risas el estado mental de la tía Eulalia. Pasamos por una tapicería: Nos debían allí el pago por la limpieza del patio y con él pretendíamos hartarnos de Coca familiar, luego del partido. Entramos; bajo el resplandor solar del mediodía las<br />
pelusitas bailaban entre los chorros de luz que penetraban por las chapas agujereadas. Había ese olor a lustrín y sudor. Entonces lo vimos: El flaco dependiente, el clavador de sillones, sucio como siempre estaba al fondo sumergido en su tarea tan concentradamente que ni nos oyó acercarnos. Uno a uno, extraía de un cajón de manzanas sendos gatitos que iba ahogando en el piletón. Alguien hizo un ruido o una mueca. Se volvió como una fiera sorprendida en pleno asesinato. -!Eh, para afuera, váyanse!...tenía la sonrisa amarronada y el pelo le cubría los ojos. Transpiraba, como en cámara lenta las gotitas de sudor caían sobre el agua del crimen.<br />
Corrimos hasta la canchita y poco dijimos. El sol nos echó una bocanada de dragón y nos expulsó hacia la sombra de los paraísos en un rato. Era imposible jugar. No pudimos tomar la Coca, pedimos agua en un lavadero de remolques y regresamos por las calles de tierra. Al llegar a la puerta, donde la sombra de un gigantesco plátano amparaba del infierno, la tía Eulalia era mecida por una niña vecina, una mano en la Biblia, la otra peinándose los largos cabellos grisados -!Infantes míos! !Santitos inocentes! ¿Habráis visto el pecado de la carne entre las piernas de las negritas que traen esas caras de espanto?. En la galería había un espejo y allí nos miramos. Sofocados, la claridad impedía ver las siluetas. En esas<br />
condiciones nuestras facciones danzaban imperceptiblemente al son de esos gusanitos trasladándose de un punto al otro, aquellos que uno ve en el cielo si se mira mucho y fijamente. La gata barcina, la de nuestra Nona, maulló detrás nuestro, como preguntando algo. Entonces recordamos la matanza de ese<br />
día y nos echamos apesadumbrados bajo la escalera que era el único sitio donde la humedad impedía el calor.<br />
Nos llamaron a comer. En los restos del pollo alguno creyó ver la silueta de un gatito. El ventilador hacía un ruido de motor de avión. Había música de los Wawancó. Comimos con repugnancia, envueltos en el giterío y la alegría salvaje de los mayores disputándose los restos del festín. Tía Eulalia callaba, rezando por lo bajo. Tío Diácono hizo un chiste acerca de su sexualidad dudosa y hasta hubo un instante de descuido para robarse una botella de sidra helada que pasó de mano en mano por debajo nuestro hasta que el Dany la sacó afuera y subió con ella a la terraza. Al rato lo seguimos pero ya se la había tomado toda. Moqueaba, no sé si por el alcohol, por él, por nosotros, por la tía, por la familia entera o el mundo y sus pesares. Nos dió a entender en su lengua de borrachín asoleado que todos éramos como aquellos gatitos, santos inocentes y predijo en el mismo tono que la tía Eulalia las terribles batallas que sobrevendrían. -...por los siglos de los siglos, a todos nos van a ahogar algún día...y eructó después.<br />
Al Dany lo tiraron desde un Hércules al Río de la Plata, cerca del año 1978.<br />
La tía Eulalia seguía insistiendo que un ángel se lo había llevado hasta que se murió de vieja. Pidió ser momificada como una santa y exhibida en la casa de la Nona. Los tíos no lo permitieron.<br />
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*Fuente: Rosario-12<br />
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16623-2008-12-28.html<br />
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&#160;LA OTRA*<br />
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&#160;&#160;&#160;&#160; Camila se deslizaba por sus sueños, estaba expectante porque sabía que noche a noche la iban transportando hacia situaciones que nunca había imaginado. Pero una noche no fue igual que siempre; se había quedado sentada en la cama desafiando al sueño. Todo en ella era resolución, cambio, hambre de devorar la noche porque quería sentir despierta esas sensaciones que conseguía estando dormida.&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Encendió la radio para ahuyentar las ganas de dormir, compenetrándose&#160; en la música que brotaba precisa, atenuante. Se fijó en el reloj, habían pasado dos horas&#160; desde que se había metido en la cama, pero nada. Por fin decidió acostarse y conciliar el sueño; era tarde y tenía que madrugar, no podía seguir pensando y haciendo cosas tan absurdas, se dijo, mientras bajaba el volumen de la radio.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La noche estaba pesada, la luna llena casi formada en su totalidad, era cubierta de a ratos por nubarrones que amenazaban lluvia y se filtraban por la celosía de la ventaba que estaba algo levantada, Camila la miraba desde su lugar.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; De pronto sintió que no estaba sola, alguien se dirigía hacia la puerta del dormitorio. Bajó el volumen de la radio quedándose quieta; no sintió miedo, más bien una complicidad la embargó. Escuchó el ruido del picaporte, los pasos que se alejaban, se levantó, fue hacia la puerta que había quedado abierta y salió. Una brisa suave la envolvió.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Desde ese lugar vio que una persona se alejaba, observó que tenía el mismo pijama, cabello claro como el suyo, todo igual, solo faltaba verle la cara.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; En esta ocasión tampoco sintió miedo, pero tampoco atinó a llamarla y volvió a entrar al dormitorio. Al descuido se encontró delante del espejo pero no se vio, entonces se miró las manos, recorrió&#160; todo su cuerpo pero este no se reflejaba.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Salió corriendo hacia fuera , quiso alcanzar a esa mujer, ella se llevaba su imagen. La radio seguía en la misma programación.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; - Quiero soñar – gritó – y siguió corriendo detrás de esa mujer pero no la alcanzó. La otra iba despacio pero cada vez más lejana,&#160; lentamente se deslizaba hacia la boca de un supuesto túnel&#160; que se abría más adelante.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Camila siguió corriendo, cayéndose varias veces; el dolor que le causaba las heridas de las rodillas por momento se le hacía insoportable. La otra había desaparecido y el túnel se desdibujaba ante sus ojos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Volvió a su cuarto y subió el volumen de la radio; el pronóstico del tiempo indicaba lluvia. Con dificultad se dirigió hasta el espejo y se vio en su totalidad.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; - ¡Qué sueño tonto tuve – se dijo para sí y apagó la radio quedándose dormida.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Por la mañana cuando se levantó sintió un dolor muy fuerte en las rodillas y comprobó el desorden de pisadas con barro sobre la alfombra.<br />
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*de MARTA BEATRIZ MULTINI.<br />
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Convocatoria*<br />
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El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.<br />
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&#160;Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.<br />
<br />
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&#160;Cordial saludo,<br />
<br />
<br />
<br />
*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera<br />
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com<br />
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			<content:encoded><![CDATA[<div>DESMONTE*</p>
<p>
&#160;<br />
Monte, coraza impenetrable. Barroca<br />
fronda adusta<br />
Corazón de espinillo, amor seco, miel de<br />
lechiguanas.<br />
Solamente accesible a la lluvia y<br />
al sol.</p>
<p>
Mi humanidad me alerta.<br />
Mi sórdido animal, irreductible, avanza.<br />
Mi pollera se engancha en los clavos del talar<br />
que rechazan el hacha.<br />
Frenan el ímpetu bravío.<br />
Se detienen los pasos, el aire se detiene.<br />
Los árboles, inmutables se deslizan,<br />
las nubes acompañan.<br />
Mi pollera cautiva, desafía los cuchillos<br />
del monte.<br />
El grito montaraz se diluye, estremecidamente<br />
en la espesura:<br />
¡Que su belleza no se manche con la sangre!<br />
La sangre es resina que se escurre del cielo,<br />
y no solo tu pollera se mancha,<br />
sino la calma mansedumbre de la tarde.</p>
<p>
Los árboles avanzan, mi pollera vuelve<br />
en sigilosos pasos:<br />
mi sórdido animal, redomón, descansa.</p>
<p>*de Amelia Arellano.&#160; arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>
DIOS NOS VA A PROTEGER&#8230;</p>
<p>COSAS DE DIABLO*<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La ciudad había sido invadida por una euforia inusual, se festejaba los cien años de su fundación y seguía exhibiendo una planificación excepcional .<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; En realidad fue el sueño de alguien que con un espíritu que volaba alto se colocó ante una gran hoja de papel y soñó diagramando,&#160; midiendo, creando pero siempre soñando. Y un día llevó su proyecto a alguien que también soñaba y sobre una llanura abierta a la espera plantó una ciudad diferente a todas las del mundo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Por supuesto como todos los sueños diferentes despertó sus misterios que comenzaron a sobrevolarla desde sus comienzos. Entre cuchicheos se hablaba de una logia secreta, un cierto pacto con fuerzas extrañas que entraba por sus diagonales que recogían el viento limpiador de tormentas que soplaba del sur, también de ciertos pactos con fuerzas desconocidas que habían inspirado al planificador y de un mensaje secreto que yacía&#160; en una urna en la plaza central junto con una botella de champagne que debía abrirse cuando llegara el centésimo año.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Se comentó, se difundió, hasta se llegó a dejar testimonio escrito, pero todo en tono bajo como para no despertar a los demonios.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Cuando llegó el día tan ansiado todos encaminaron sus pasos hacia la plaza central, las grandes confiterías donaron una torta inmensa para agasajar a la concurrencia, los grupos folclóricos se dispusieron a hacer vibrar su música y la gente, incentivada durante años por la profecía, allá corrieron en busca de la respuesta final.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La hora señalada era a las 4 de la tarde por lo que a los que concurrieron muy temprano acicateados por su impaciencia, se les hizo muy larga la espera porque ya se sabe que esperar algo deseado distiende el tiempo de cada minuto convirtiéndolo en sensación de horas.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; A las 3 de la tarde llegó la comitiva oficial, el Excelentísimo Gobernador acompañado de su séquito se hizo presente en el predio.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Una mujer mayor proclive a asimilar los miedos de los mitos se persignó y juntó sus manos en señal de rezo.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; - Tranquila, Raquel, - le dijo por lo bajo su compañera que rondaba la misma edad, - Dios nos va a proteger.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; - Amigos, - vociferó en tono solemne el Excelentísimo Gobernador, - cumplamos con el designio legado por el fundador de nuestra querida ciudad.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Un silencio cubrió el sector como un manto implacable, hasta los pájaros dejaron de trinar, todo se detuvo y una masa humana expectante siguió a las autoridades hasta el lugar donde estaba la misteriosa urna.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Muchos ojos fijaron su mirada en el sur como seguros de que por allí vendría a azote del maleficio.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Dos obreros con mucho cuidado levantaron la tapa de mármol blanco y dejaron ver la urna del pacto; fue la máxima autoridad la encargada de abrirla mientras el silencio total&#160; podía cortarse con un cuchillo. Las ancianitas rezaban&#160; mientras la tapa de hierro era levantada y dejaba a la vista de centenares de ojos azorados un espacio totalmente vacío.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Los que hacían de la lógica su credo diario dijeron que el diablo se había tomado el champagne después de destruir el documento de la profecía.<br />
&#160;<br />
&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar<br />
&#160;</p>
<p>Como el país&#8230;*</p>
<p>-¡Gordo, sos un pelotudo! ¿Cómo no te diste cuenta que estaba descargada?<br />
Luis corría por el terraplén agarrándose las sangrantes costillas del lado derecho, mientras el Gordo Nacho, resoplando como un caballo, se esforzaba por no tropezar con su bamboleante barriga. La tarde se hacía noche sobre el platense Barrio Los Hornos, y el frío comenzaba a hacerse sentir, implacable, presagiando un crudo invierno.<br />
Había sido una pésima idea; como todas las del Gordo. Luis nunca había sabido por qué le llevaba siempre el apunte. Los negocios que le había propuesto Nacho, su amigo de la más tierna infancia, la mayoría de las veces habían terminado en desastre. Desde los cambios de figuritas a las peleas callejeras por una trampa en la &#8220;escondida&#8221;, como después los porros comprados cerca de la comisaría, o el debut con aquella puta que les contagió hasta lo que no existía, todo había tenido que ver con el Gordo. Habían sabido ganar también, pero la cantidad de bajezas y humillaciones superaban ampliamente las victorias; o al menos el simple hecho de conservar la dignidad.<br />
Esta vez, podrían considerarse afortunados si se mantenían vivos.<br />
&#8220;¿Por qué no nos desquitamos con este Gallego hijo de puta, que siempre nos caga con el precio de la birra, y le sacamos unos mangos?&#8221;, le había dicho el Gordo un par de días antes. Luis estaba harto de escucharlo, pero también lo hastiaba la soberbia de Manolo, el dueño del maxikiosco de la 59 y 140, que los basureaba a más no poder. No eran dueños ni siquiera de gozar del mínimo placer de tomarse una cerveza en paz, sentados en el cordón de la vereda, con los pibes de la barra.<br />
&#8220;¡A boludear a otro lado, drogones!&#8221;, los echaba Manolo, escoba en mano, cada vez que podía. Y Luis, amargado por no encontrar laburo en ningún lado, rencoroso contra su padre por no haberse preocupado de que siguiera algún oficio, o con su madre por haber privilegiado al resto de sus mierdosos hermanos, sentía que cada provocación del Gallego era una puñalada en su propio orgullo. Varias veces lo había puteado de arriba abajo, y hasta una noche se había animado a lanzarle una pedrada, sin éxito. Pero la idea del Gordo, aunque descabellada, le había permitido imaginar, aunque sea por un rato, el método más efectivo de vengarse del Gallego de una buena vez. Pegarle donde más le doliera.<br />
Nacho consiguió pronto un arma. Era un 32 bastante vapuleado, pero que amenazaba con abrir un agujero enorme en el cuerpo de quien tuviera la mala fortuna de cruzarse delante de su cañón. &#8220;Es fácil&#8221;, le dijo el Gordo, &#8220;Esperamos a que no haya nadie, y cuando esté desprevenido, vos entrás, lo encañonás, le exigís toda la guita, y salimos corriendo. Yo me quedo afuera haciendo de campana&#8221;.<br />
&#8220;Te llevás la mejor parte&#8221;, se quejó Luis.<br />
&#8220;¡Bueno, fiera! El fierro lo consigo yo, ¿no? Además, la idea es mía. Y a los dos nos hace falta la guita&#8221;, se atajó Nacho.<br />
Luis protestó por lo bajo, pero estuvo de acuerdo. De un tiempo a esta parte, las cosas se venían poniendo cada vez más densas. No tenía un mango partido al medio, tampoco idea alguna para salir del bajón, y el gallego ya le tenía los huevos llenos. Era justo meterse a afanarle lo que el mismo Manolo les curraba cada vez que les pedía cinco pesos por cada birra.<br />
Lo que no contaban era que el fierro no tenía balas. Luis, aunque anduviera por la calle desde muy pibe, nunca había tenido uno en la mano, y no tenía la menor idea sobre cómo se abría el tambor. Como lo había traído Nacho, se confió en que el Gordo lo hubiera revisado. Así como confiaron en que el Gallego no pudiera defenderse.<br />
Ocurrió todo tan rápido, que ni siquiera tuvo tiempo de ponerse nervioso, hasta que ya fue muy tarde. La escopeta apareció detrás del mostrador como un espectro inesperado. Luis, que acababa de desenfundar y gritar dentro del reducido ámbito del local, ni siquiera se dio cuenta en dónde la tenía escondida. En esa fracción de segundo, mientras gatillaba como un acto reflejo –y en vano- el 32, tan asustado como parecía estarlo el Gallego, recordó haber escuchado días atrás que Manolo charlaba con los vecinos acerca de lo podrido que lo tenía el tema de la inseguridad, que lo que el país necesitaba era un gobierno fuerte que…<br />
La detonación lo dejó sordo. Sólo después –nunca supo cómo fue posible semejante separación entre causa y efecto- sintió el tremendo golpe en el pecho, que afortunadamente lo agarró mal parado, cuando el cañón de la escopeta giró en arco y chocó contra uno de los barrotes de la reja del mostrador. Trastabilló de costado, se aferró del marco de la puerta, dejando caer el fierro, y saltó hacia la calle, manteniendo el equilibrio de milagro, mientras comenzaba a correr a los tumbos. El Gordo, incapaz de creer lo que ocurría delante suyo, lo siguió de cerca, y a los pocos pasos ya había tomado la delantera. Vaciló un segundo, se volvió, y aferró a Luis por el brazo izquierdo, ayudándolo a impulsarse. Ya habían entrado en el baldío, a unos 30 metros, cuando el Gallego salió a la vereda, doblando la escopeta para recargarla.<br />
-¡Vuelvan acá, hijos de puta! ¿Quién mierda se creen que son, que me van a afanar?-, chilló, mientras introducía un nueva cartucho, cerraba la escopeta con un chasquido, y se echaba la culata al hombro para volver a disparar. En la cuadra, las cabezas que se asomaron a chusmear fueron muchas más que las que se agacharon para evitar el tiroteo.<br />
Pero Luis y Nacho ya habían doblado la esquina, evitando el ángulo de tiro, y se refugiaban entre los pastizales, avanzando a los tropezones hacia las vías del antiguo ferrocarril. Se oían gritos dispersos; alguien clamaba por la policía, mientras otros querían saber hacia dónde se habían escapado, para así poder seguirlos y &#8220;reventarlos&#8221;. Luis resoplaba; le dolía mucho el costado, aferrándoselo con su mano derecha, que notaba muy caliente y empapada, a causa de su propia sangre. &#8220;Qué mala idea, qué te parió Gordo…&#8221;, mascullaba.<br />
La estación estaba desierta. Los andenes eran una guarida de suciedad y basura desde hacía años. Oxidados rieles ya no transportaban ningún carguero, menos aún repletos vagones de pasajeros. Pero era el lugar justo para esconderse un rato, descansar, tomar aire, y seguir corriendo.<br />
Luis se desplomó sobre uno de los bancos del andén, quejándose de dolor, sin aire suficiente para insultar al mal parido de su amigo. Nacho resoplaba como una locomotora, con el pecho agitado subiendo y bajando sin tregua. A la distancia, se dejaban oír algunos gritos, furiosos quizá. Se le ocurrió que a cada segundo sonaban más cerca, y quiso volver a correr. Pero al voltear hacia Luis, el semblante dolorido, la sangre derramándose sobre el sucio suelo del andén, no llegó a articular palabra alguna. Se puso muy pálido. La herida se veía muy fea. Demasiada sangre. Y eso que no le había dado de lleno. El tiro desviado lo había salvado de morir en el acto, aunque quizá no durara mucho tiempo más… La idea lo estremeció, obligándolo a arrodillarse junto a Luis.<br />
-¿Cómo estás? -, alcanzó a decir.<br />
-Para la mierda… -, masculló Luis, quien consiguió alzar a cabeza, más allá de la figura del Gordo.<br />
La estación se estaba viniendo abajo. &#8220;Como el país&#8221;, se le ocurrió de pronto, aunque nunca supo de dónde le llegó semejante idea. La humedad y le herrumbre habían hecho estragos sobre las paredes y los escasos herrajes que aún nadie se había llevado para fundir, tal vez de tan oxidados. Sintió un frío que le calaba hasta los huesos, y de alguna manera, por encima del miedo que comenzaba a ganarle la conciencia, intuyó que nada tenía que ver aquello con la temperatura ambiente.<br />
-Me estoy muriendo, Gordo -, balbuceó, y la frase quedó suspendida entre ambos mientras su mano se relajaba sobre la herida, como si su cuerpo comprendiese que ya de nada valía seguir luchando.<br />
-¡No, carajo! -, chilló Nacho, tomándolo por el brazo izquierdo y tironeando sin fuerzas de él. -¡No te vas a morir, mierda!…… ¡Ya te estoy llevando a donde puedan curarte!<br />
Sin embargo, los dos sabían que no era cierto. Luis, porque se estaba muriendo. Nacho, porque no tenía idea sobre cómo hacer para poder ayudar pronto a su amigo. Con la buena voluntad no alcanza para extraer perdigones que se alojan en un pulmón.<br />
Más gritos, cada vez más cerca.<br />
-¡Vámonos! -, le dijo Nacho, pero ya casi para convencerse a sí mismo.<br />
-Anda, Gordo -, murmuró Luis. –Y la puta que te parió……por esa idea de mierda……que tuviste…<br />
Nacho vaciló. Un par de sombras se recortaron sobre el horizonte del terraplén, blandiendo unos palos; o quizá, más escopetas. Ya estaban cerca. Tenía que decidirse. Era cuestión de segundos. Era vivir o morir.<br />
-¡Qué boludo, carajo! ¡Qué boludo que fui! -, sollozó, tomándole una mano, tembloroso.<br />
-Andate, Gordo -, murmuró otra vez Luis, sin mirarlo, incapaz de luchar contra lo inevitable. –Salió todo remal…<br />
Y se soltó del apretón. Su cabeza cayó sobre el banco polvoriento. Su respiración sonaba quebrada. La sangre goteaba cada vez más.<br />
Nacho tembló una vez más, evitó mirar a su amigo por última vez, ahogó las lágrimas, y salió disparado hacia el descampado, dominado por una eterna culpa, bamboleando de nuevo la barriga. Luis se estremeció. Había quedado solo, asustado y muy mal herido. Oyó gritos cerca suyo, corriendo en su busca. Sentía, desamparado, que algo se le escapaba inevitable entre los dedos. Además de que aquello había resultado una idea de mierda.<br />
Y por última vez volvió a pensar que, al igual que la estación, él también se estaba viniendo abajo.<br />
&#8220;Como el país&#8221;.</p>
<p>&#160;*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar</p>
<p>
Las Navidades de Bongo*</p>
<p>&#160;*Por José Pablo Feinmann</p>
<p>
Nunca pude decidir si Bongo era judío o católico. Tenía que decidirlo yo, porque él, si lo tenía decidido, difícil que pudiera comunicármelo. Además, seamos francos: ¿cómo iba a decidir Bongo que, al fin de cuentas, aunque fuera el Bongo, era un perro, si era judío o no, si era católico o no, si yo, que no era un perro (aunque tampoco ocupara entre los humanos un lugar tan excepcional como el que Bongo ocupaba entre los perros), aún no lo había resuelto y ya tenía nueve o diez años. Sucede que la cosa era compleja. Bongo y yo vivíamos en medio de una confusión aceptada por toda nuestra familia como normal. Bastará narrar una Navidad en Belgrano R, en nuestra casa de Echeverría y Estomba, para que se entienda qué busco tornar claro.<br />
La cena de Navidad era hermosa, una noche de plenitud, de regalos, de visitas, de familiares que veíamos de tanto en tanto pero que hoy estaban aquí, con nosotros, una noche de amor y de paz y de cohetes, rompeportones y cañitas voladoras. Una noche de Misa de Gallo. Una noche de mucha comida. De<br />
puertas abiertas. Abiertas para los vecinos. Todos abrían sus puertas. Si uno quería visitar a otro podía hacerlo casi sin golpearla. ¿Cómo iba a golpearla si estaba abierta de par en par? Hasta la Sra. Gerlach, que era la villana del barrio, la que vivía justo frente a nosotros, de la vereda paralela, también en Echeverría y Estomba, en un chalet que siempre me pregunté si era o no más lindo que el nuestro, abría esa noche, la de Nochebuena, sus puertas. Y eso que, lo juro, no era buena. La Sra. Gerlach jamás devolvió una pelota que hubiera caído en su jardín, que era muy grande y ella, de egoísta y de engrupida que era, lo tenía protegido por verjas altas, puntiagudas, de madera verde o marrón o bordó oscuro, porque siempre andaba pintándolas de nuevo, como si ningún color le gustara. ¿Qué color iba a gustarle a esa bruja si no habría cosa en el mundo que le gustara? En Nochebuena, no. Hasta ella exhibía a los demás sus puertas abiertas. Si uno miraba hacia adentro podía verlo al Sr. Gerlach sentado en un sillón y leyendo un diario, seguro que en alemán. A nadie, jamás, se le ocurrió decir que el Sr. Gerlach había sido nazi. ¿Qué era eso, cómo iba a ser nazi alguien tan agradable como el Sr. Gerlach? ¿O no era él, nunca ella, el que si estaba en la casa y no en el trabajo, nos devolvía cualquier pelota que cayera en su jardín, con una sonrisa y dándole con ganas, como si supiera, hasta las manos de alguno de nosotros? ¿Un nazi iba a ser eso? Vamos, ¿qué se piensan, que nos chupábamos el dedo?<br />
Nuestra cena de Navidad la presidía -por supuesto- papá. Que se llamaba Abraham y era hijo de Boris Feinmann y Raquel Aranovich. &#8220;Yo nunca tuve un problema en este país por ser judío&#8221;, decía papá. Una frase que, con el paso de los años, cada vez me resultó más extraña, increíble. Pero, ¿por qué no<br />
creerle? No por el país sino por él. Se había recibido de médico en 1917 y siempre había sido un dandy y había ganado buena guita desde el inicio.<br />
¿Quién se habría atrevido a decirle &#8220;judío de mierda&#8221; al doctor Feinmann?<br />
Era tan suntuoso el viejo, tan seguro de sí y, sobre todo, se sentía tan argentino, tan merecedor de este país, tan dueño de él como, por ejemplo, cualquier cajetilla del Jockey Club, que debía imponer respeto hasta al cura Menvielle. Ahí estaba, entonces. En la cabecera de la mesa. A su derecha, mamá. Mamá era católica: Elena de Albuquerque. Siempre estaba muy linda en Navidad. Preparaba todo. La comida, el árbol (que lo hacíamos en un pino que había en el jardín), el lugar para poner los regalos, la lista de invitados, todo. Pero le era fácil: tenía dos sirvientas. Mi vieja siempre dijo &#8220;sirvientas&#8221;. En los cincuenta todos decían &#8220;la sirvienta&#8221;. Los judíos decían la &#8220;jikse&#8221;. Seguro que lo escribí mal. Pero así suena, cualquiera lo sabe. Las sirvientas eran Rosario, siempre joven y linda, visitada por el calentón de mi hermano si ella le abría la puerta de su cuarto, e Isabel, una gallega gordota, medio torpe pero muy trabajadora. En esta Navidad se agrega una chica que olvidé de dónde venía. Era muy simpática y solía<br />
disfrazarse de Papá Noel. (Santa Claus no existía en los &#8216;50. Papá Noel y se acabó.) Le decían Cachirula. Por la historieta Pelopincho y Cachirula, de Fola, que salía en el Billiken. El resto era el batallón semita. Un primo al que llamaban el petiso. Y sobre todo las dos hermanas de papá. Eran<br />
infaltables. Eran maravillosas. Menores que el viejo, se llamaba Sonia la mayor, la más seria o, mejor dicho, la menos loca, y la otra era Rosa, que era un regalo de la vida. Sonia, inteligente, se ganaba la vida jugando al póquer. Y Rosa, que era fea, para qué negarlo, fea sin apelación posible, era una atorranta irresistible. No sé cuánto, no sé qué habré heredado de Rosa, pero si hubo algo de polenta en mi vida, de ganas de vivir, de atorrantear, de aceptar la locura como parte esencial de la existencia, o de la razón, eso vino de ella, de Rosa, la gloriosa tía puta de la familia. No había Navidad en que no trajera un tío nuevo. En esta que hoy evoco se lo trajo al tío Angel, un buen tipo, tranquilo, resignado, feliz por tenerla a Rosa. Cuando Rosa le mostró a su sobrinito, cuando le dijo: &#8220;Vení, Angel, éste es el Josecito, el hijito menor de Abraham&#8221;, el Josecito dijo: &#8220;¡Cómo la quiero a la tía Rosa! Todas las Navidades me trae un tío nuevo&#8221;. Rosa me pateó un tobillo y (sé que no me van a creer) aún recuerdo su frase dura, dicha entre dientes: &#8220;No seas pelotudo, nene. No me arruinés la Navidad&#8221;.<br />
Angel ni se mosqueó. Al contrario, ahí nomás me dio su regalo: ¡una gruesa de cañitas voladoras! En seguida estaban mi hermano y sus amigos sobre mí y me las sacaban y buscaban botellas para arrojarlas sobre la casa de la Sra. Gerlach. Algo que ocurrió después de la cena.<br />
¿Qué busco decir? Que nuestra mesa de Navidad era tan judía como católica y hasta, si se descuidan, ganaban los judíos. Si no lo hacían es porque solían venir Doña Carmen y sus dos hijos, amigos de mi hermano, dos boludos en estado de coma. Uno, creo, terminó como abogado de De la Rúa. El otro hizo<br />
el Liceo Militar. Una vez fuimos todos a verlo cómo saltaba vallas en una contienda entre milicos. Montaba un caballo marrón con manchas blancas, seguro más inteligente que él. Pero ahí estaban: engrosando la mesa navideña. Doña Carmen era la presidenta de la Acción Católica. No sé si necesito agregar algo más. Judío o católico, era papá el que decía su ya tradicional discurso. Nada del otro mundo, creo. O sí: todo del otro mundo.<br />
Porque hablaba de Dios como si se lo hubiera cruzado esa tarde al bajar del colectivo 76, en Echeverría y avenida Forest. Y después de la amistad entre las razas, los pueblos y sus creencias. Mamá no decía nada. Bongo tampoco.<br />
Estaba muy cómodo en un sillón, cerca de la mesa y miraba todo. No era de esos perros que abordan la mesa y andan mendigueando un cacho de comida. No, Bongo no solía comer mucho. Lo suyo era el sexo. No había perra o perrita en 20 cuadras a la redonda que desconociera sus artes de perro cogedor. Porque<br />
eso era. Uno podía ir a Melián a caminar y ver los árboles en lo alto o al puente de Superí a cortar cañas y solía encontrárselo al Bongo atracándose a una perrita. Era un campeón. Yo era un pibe y no sabía casi nada de esas cosas. Pero por el modo en que aullaban las damas que el sexópata penetraba<br />
era claro que ellas no estaban pasando un mal momento. El, mucho menos. Pero no era de expresarlo. Se concentraba en lo suyo. Serio, como si buscara, ante todo, complacer a la dama.<br />
A medianoche, todas las damas iban a &#8220;misa de gallo&#8221;. Mi mamá, católica; Doña Rosa, católica; las dos sirvientas, católicas; Cachirula, católica, y las dos maravillosas tías recontrajudías, la tía Sonia y la tía Rosa.<br />
También íbamos Bongo y yo. Pero nos sentábamos atrás. Cerca de la pila bautismal. A mí no me gustaba verlo de cerca al pobre Jesús, tan estropeado, con todos esos clavos, la sangre, con esa cara de dolor, de derrota. No me gustaba. A Bongo, creo, tampoco. Después la gente salía y nosotros los dejábamos salir. Nos íbamos al final. A quien más quería Bongo era a papá.<br />
Pero después a mí. Eramos buenos amigos. &#8220;Vamos, Bongo&#8221;, dije sin mirarlo.<br />
&#8220;Es tarde.&#8221; Me di vuelta y lo vi, con su pata levantada, con enorme convicción, echándole una meada a la pila bautismal. No tuve, entonces, ninguna duda: era judío el Bongo. Como papá.</p>
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*Fuente: Página/12<br />
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117422-2008-12-28.html</p>
<p>Día de los Santos Inocentes*</p>
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&#160;*Por Adrián Abonizio abonizio@hotmail.com</p>
<p>-!Brindemos, sí, pero hagamos silencio por los Santos Inocentes que mandó a matar el terrible Herodes!, explotó poniéndose de pie la tía Eulalia. -Esta boluda siempre arruinando las fiestas, dijo por lo bajo Diácono. -Te escuché. réprobo, oí tu insultante frase, pero sigamos y oremos, terminó con un abatimiento teatral. -!Saquenle el chupi, reclamó alguno. Era la previa del remanente de los festejos con las sobras navideñas: Parva de trozos de pollo, hectolitros de sidra, pilas de turrones yacían tapadas sobre el<br />
mantel de hule de la casa de la Nona, mientras eran las once de la mañána de aquel 28 de diciembre y la tía Eulogía otra vez se había mamado tempranamente -!Soy una catequista de ley, una esclava del Señor!, gemía amparándose en sus fueros celestiales cuando fue arriada hacia una de las reposeras para que se aireara y soltara la copa que tenía en su garra como si fuera el Santo Grial.<br />
Yo ya había tomado la Comunión y se me mezclaban los sentidos: El 8 de diciembre a la vez que era el cumpleaños de mi madre, era algo de la Virgen, ascensión, natalicio o descenso, no recuerdo. Aún tenía la entrepierna paspada pues el trajecito gris que me habían dado era de sarguilla y ningún adulto supuso lo que significaba el calor, los hilos de agua cayendo hacia el culo mismo, la verguenza de estar disfrazado y en el fondo, sentirse un pelotudo. Con mis primos decidimos huir al campito a quemarnos en los pastizales corriendo una pelota, sacudirnos las hilachas de la entrada a la religión y la adultez temida.<br />
Ibamos con la número tres bajo el brazo. Comentábamos con risas el estado mental de la tía Eulalia. Pasamos por una tapicería: Nos debían allí el pago por la limpieza del patio y con él pretendíamos hartarnos de Coca familiar, luego del partido. Entramos; bajo el resplandor solar del mediodía las<br />
pelusitas bailaban entre los chorros de luz que penetraban por las chapas agujereadas. Había ese olor a lustrín y sudor. Entonces lo vimos: El flaco dependiente, el clavador de sillones, sucio como siempre estaba al fondo sumergido en su tarea tan concentradamente que ni nos oyó acercarnos. Uno a uno, extraía de un cajón de manzanas sendos gatitos que iba ahogando en el piletón. Alguien hizo un ruido o una mueca. Se volvió como una fiera sorprendida en pleno asesinato. -!Eh, para afuera, váyanse!&#8230;tenía la sonrisa amarronada y el pelo le cubría los ojos. Transpiraba, como en cámara lenta las gotitas de sudor caían sobre el agua del crimen.<br />
Corrimos hasta la canchita y poco dijimos. El sol nos echó una bocanada de dragón y nos expulsó hacia la sombra de los paraísos en un rato. Era imposible jugar. No pudimos tomar la Coca, pedimos agua en un lavadero de remolques y regresamos por las calles de tierra. Al llegar a la puerta, donde la sombra de un gigantesco plátano amparaba del infierno, la tía Eulalia era mecida por una niña vecina, una mano en la Biblia, la otra peinándose los largos cabellos grisados -!Infantes míos! !Santitos inocentes! ¿Habráis visto el pecado de la carne entre las piernas de las negritas que traen esas caras de espanto?. En la galería había un espejo y allí nos miramos. Sofocados, la claridad impedía ver las siluetas. En esas<br />
condiciones nuestras facciones danzaban imperceptiblemente al son de esos gusanitos trasladándose de un punto al otro, aquellos que uno ve en el cielo si se mira mucho y fijamente. La gata barcina, la de nuestra Nona, maulló detrás nuestro, como preguntando algo. Entonces recordamos la matanza de ese<br />
día y nos echamos apesadumbrados bajo la escalera que era el único sitio donde la humedad impedía el calor.<br />
Nos llamaron a comer. En los restos del pollo alguno creyó ver la silueta de un gatito. El ventilador hacía un ruido de motor de avión. Había música de los Wawancó. Comimos con repugnancia, envueltos en el giterío y la alegría salvaje de los mayores disputándose los restos del festín. Tía Eulalia callaba, rezando por lo bajo. Tío Diácono hizo un chiste acerca de su sexualidad dudosa y hasta hubo un instante de descuido para robarse una botella de sidra helada que pasó de mano en mano por debajo nuestro hasta que el Dany la sacó afuera y subió con ella a la terraza. Al rato lo seguimos pero ya se la había tomado toda. Moqueaba, no sé si por el alcohol, por él, por nosotros, por la tía, por la familia entera o el mundo y sus pesares. Nos dió a entender en su lengua de borrachín asoleado que todos éramos como aquellos gatitos, santos inocentes y predijo en el mismo tono que la tía Eulalia las terribles batallas que sobrevendrían. -&#8230;por los siglos de los siglos, a todos nos van a ahogar algún día&#8230;y eructó después.<br />
Al Dany lo tiraron desde un Hércules al Río de la Plata, cerca del año 1978.<br />
La tía Eulalia seguía insistiendo que un ángel se lo había llevado hasta que se murió de vieja. Pidió ser momificada como una santa y exhibida en la casa de la Nona. Los tíos no lo permitieron.</p>
<p>*Fuente: Rosario-12<br />
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16623-2008-12-28.html</p>
<p>&#160;LA OTRA*</p>
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&#160;&#160;&#160;&#160; Camila se deslizaba por sus sueños, estaba expectante porque sabía que noche a noche la iban transportando hacia situaciones que nunca había imaginado. Pero una noche no fue igual que siempre; se había quedado sentada en la cama desafiando al sueño. Todo en ella era resolución, cambio, hambre de devorar la noche porque quería sentir despierta esas sensaciones que conseguía estando dormida.&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Encendió la radio para ahuyentar las ganas de dormir, compenetrándose&#160; en la música que brotaba precisa, atenuante. Se fijó en el reloj, habían pasado dos horas&#160; desde que se había metido en la cama, pero nada. Por fin decidió acostarse y conciliar el sueño; era tarde y tenía que madrugar, no podía seguir pensando y haciendo cosas tan absurdas, se dijo, mientras bajaba el volumen de la radio.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; La noche estaba pesada, la luna llena casi formada en su totalidad, era cubierta de a ratos por nubarrones que amenazaban lluvia y se filtraban por la celosía de la ventaba que estaba algo levantada, Camila la miraba desde su lugar.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; De pronto sintió que no estaba sola, alguien se dirigía hacia la puerta del dormitorio. Bajó el volumen de la radio quedándose quieta; no sintió miedo, más bien una complicidad la embargó. Escuchó el ruido del picaporte, los pasos que se alejaban, se levantó, fue hacia la puerta que había quedado abierta y salió. Una brisa suave la envolvió.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Desde ese lugar vio que una persona se alejaba, observó que tenía el mismo pijama, cabello claro como el suyo, todo igual, solo faltaba verle la cara.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; En esta ocasión tampoco sintió miedo, pero tampoco atinó a llamarla y volvió a entrar al dormitorio. Al descuido se encontró delante del espejo pero no se vio, entonces se miró las manos, recorrió&#160; todo su cuerpo pero este no se reflejaba.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Salió corriendo hacia fuera , quiso alcanzar a esa mujer, ella se llevaba su imagen. La radio seguía en la misma programación.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; - Quiero soñar – gritó – y siguió corriendo detrás de esa mujer pero no la alcanzó. La otra iba despacio pero cada vez más lejana,&#160; lentamente se deslizaba hacia la boca de un supuesto túnel&#160; que se abría más adelante.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Camila siguió corriendo, cayéndose varias veces; el dolor que le causaba las heridas de las rodillas por momento se le hacía insoportable. La otra había desaparecido y el túnel se desdibujaba ante sus ojos.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Volvió a su cuarto y subió el volumen de la radio; el pronóstico del tiempo indicaba lluvia. Con dificultad se dirigió hasta el espejo y se vio en su totalidad.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; - ¡Qué sueño tonto tuve – se dijo para sí y apagó la radio quedándose dormida.<br />
&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160; Por la mañana cuando se levantó sintió un dolor muy fuerte en las rodillas y comprobó el desorden de pisadas con barro sobre la alfombra.<br />
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<p>*de MARTA BEATRIZ MULTINI.</p>
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Convocatoria*</p>
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El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL &#8220;Estrella Errante&#8221; (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.</p>
<p>Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at<br />
&#160;Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.</p>
<p>Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com<br />
&#160;Cordial saludo,</p>
<p>*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera<br />
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com</p>
<p>Schiessstattstr. 37&#160;&#160;&#160; A-5020 Salzburg&#160;&#160; AUSTRIA<br />
Tel: ++43 662 825067</p>
<p>
InventivaSocial<br />
&#8220;Un invento argentino que se utiliza para escribir&#8221;<br />
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