Monday, May 31, 2010

ESTACIÓN MARCELINO FREIRE

InvenTren.

TIEMBLAN LAS FOTOS*

“…Quedan los rostros como sombras
las voces como ausencias
la memoria de un último día…”
ANA MARÍA CUE

Tiemblan las fotos amarillas.
Trepan en infancias con rodillas de greda.
Algo duro me golpea la frente.
Un martillo. Un tambor. Un tormento.
Abren compuertas. Vasijas. Preguntas  sin respuestas.
¿Por qué la aurora boreal yace trizada?
¿Por qué la telaraña no sostiene la noche?
¿Por qué la piedra quiere ser arcilla, y la arcilla piedra?
¿Por qué la semilla no ha germinado en pájaro?
¿Por qué canta la alondra cuándo la noche llora?

Fotos amarillas. Si las toco, se disuelven.
Como una blasfema. Una burbuja. Un beso.
Y me tiemblan y me hablan y me observan.
Colgados los mandatos  en viejos almanaques.
Señales: No doblar. Frenar. No avanzar. Peligro.
Ceden las vértebras que sostienen mi silla.
Cede el hueco del ojo de la aguja.
Bengalas apagadas. Astrágalos.
Apunarse en el llano.
Largar las bridas en caminos de cornisa.
Tropezar. Una y otra vez. Y otra vez.
Cuerpo arqueado por el amor, el odio y el espanto.

Olor a madreselvas amarillas.

Y un temblor de fotos que acarician mis manos.
Mis manos extendidas… abiertas, elevadas.
Tembladeral de soles.
Mis manos, peregrinas del viento.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

AUSENCIAS*

Otra Virginia escapó nuevamente.
Le pidió a Pandora que le guarde sus vituallas y trepó al ferrocarril. Otra
vez, otra Virginia puso por delante su vocación.
Una se conchabó de azafata del tren fantasma y creo que anda noviando con el
motorman.
La otra, tiempo atrás se voló la azotea en la cocina de casa.
No dejan de parirse y de huir.
Una me dejó a dos estaciones de ser padre, la otra a mil años de ser hijo.
Plantígrado resignado y triste; absurdamente canto y bailo mientras camino
por las vías pensando en las madres y en las progenies.
Juego a la rayuela en los durmientes, desde el cementerio de Morón al
Atlántico.
Espero que ningún puto tren me pase por encima pues debo llegar hasta aquel
andén.
Seguro Virginia me aguarda.
Para no besarme y seguir escapando.

*De Beto Casquero. beto_casquero@hotmail.com

ESTACIÓN CORONEL MARCELINO FREIRE

Una ausencia rodeada de escombros*

Helado era aquel amanecer de invierno, allá por el ’77, cuando las siluetas
de los tanques aparecieron en el horizonte. Pocos fueron los vecinos que
ignoraron lo que ocurriría a partir de entonces. La mayor parte del pueblo
había aguardado aquel instante montando guardia durante toda la noche,
calentándose debajo de gruesas frazadas y mateando hasta el hartazgo,
iluminados los torvos semblantes por el resplandor de los Primus, gauchitos
por siempre, compañeros en las casillas y en la vía.
         La noticia había llegado hacía ya varios días, aunque el clima de
desasosiego se perfilaba desde hacía meses. El ramal ferroviario que otrora
pertenecía al Midland iba a dejar de cumplir su servicio habitual. La ley de
Martínez de Hoz decretaba que “los ramales que presentaran baja densidad de
tráfico ferroviario serán levantados antes del fin de septiembre del año
1977″. Aquellas palabras habían resonado en los oídos de los habitantes de
los pueblos interconectados por el ramal como una filosa caída de
guillotina. Su principal fuente de comunicación y transporte desaparecería
para siempre. Y entonces, ¿qué sería de ellos?

Coronel Marcelino Freire era un típico pueblo de campo, constituido por los
Cornero, los Boeri y los Martello, entre otras familias. Todas ellas oteaban
el horizonte a través de las pequeñas ventanas de sus cocinas aquella
infausta mañana en que llegó el Ejército. Y todos, a paso lento y amargado,
resignados ante el peso implacable de la ley dictada por las autoridades,
salieron de a uno al frío de la mañana, a ponerle el pecho al destino que
los aguardaba, implacable, a pocas horas de distancia.
La amenazante silueta de los tanques ya rodaba a la entrada del pueblo
cuando sus habitantes pisaron las calles de ripio. Los motores ronroneaban y
tosían al acercarse, desplazando unas moles blindadas que no daban señales
alguna de vida aparente. Como si los emisarios del corte del servicio no
fuesen hombres sino máquinas, insensibles engranajes de una cruel estructura
de poder. Al frente de ellos, un jeep con la cabina cerrada por una sucia
lona verde lideraba la lenta marcha.
Sólo al detenerse la formación sobre la calle Ayacucho, cuando las puertas
se abrieron, los pobladores consiguieron identificar a las fuerzas del
orden. El oficial a cargo, con la gorra encasquetada en la cabeza hasta las
cejas y las solapas del abrigo levantadas, bajó del jeep, hizo sonar un
silbato que alertó a todos los presentes, estremeciendo a las mujeres, y
gritó hacia la improvisada muchedumbre:
-¡Soy el Mayor Oscar Tomeo, y busco al Señor Jefe de Estación! ¡¿Saben Uds.
dónde se encuentra?!
Hacía ya varios días que por allí había circulado el último tren, llevándose
consigo las ilusiones de todos. Con él, transido por la inapelable noticia
de su despido, se había marchado Don Agustín Camardón, histórico Jefe de
Estación, munido por sus pocos enseres, incapaz de hablar y despedirse,
demolido por la angustia. Ya nadie se haría cargo del funcionamiento de su
otrora prestigioso lugar de trabajo. Desde entonces, la estación quedaría en
pie como absurdo monumento a la ineficiencia política.
Aunque la cadena de absurdos no hubiese hecho más que comenzar.
-Se fue hace rato -respondió José Martello, dando un paso al frente, un
tanto atemorizado por el uniforme y los galones. -No hay autoridad
ferroviaria en Coronel Marcelino Freire. Parece que ya no la necesitamos.
-¡Entonces -continuó el Mayor Tomeo a los gritos -se retiran todos de las
inmediaciones de la estación! ¡En nombre del Gobierno de la Provincia vamos
a dar comienzo a las tareas de saneamiento y demolición!
Demolición. La sola idea estremeció a los presentes. Un débil sollozo
femenino, consciente de la imposibilidad de sostener una ilusión que negara
aquella equivocación, se dejó oír entre la variedad de apagados murmullos.
Alguien quiso protestar cuando el Mayor Tomeo se volvió hacia los tanques,
pero otro vecino lo llamó a silencio de un empujón.
Las puertas superiores de los blindados se fueron abriendo con chasquidos
metálicos. Varios cascos verdes se asomaron y contemplaron el perfil del
edificio que se elevaba hacia su izquierda. Amplios ventanales y gruesos
muros les devolvieron la mirada.
Con espartana precisión pero sin apuro, los uniformados comenzaron a
desarrollar sus tareas, bajo la asustada mirada de los pobladores, que a
poco de permanecer allí, calados de frío hasta los huesos, dedujeron que la
aparente amenaza de la caballería blindada podía llegar a resultar
simplemente eso.
Los soldados derribaron la puerta de la boletería, de la oficina principal y
de la sala de espera, además de abrir con varios culatazos de máuser los
pesados postigos de los ventanales. Luego, ataron unos gruesos cables de
acero a las estructuras metálicas de sus tanques, mediante sólidos ganchos
de amarre, y tendieron el otro extremo hacia los mudos ventanales,
perforando con taladros sobre las paredes a fin de colocar las gubias donde
amarrarían el cabo restante de los cables. Una vez realizada la maniobra,
avanzada la mañana, entibiados rostros y manos por el tímido sol invernal,
volvieron a trepar a los tanques y encendieron los motores.
-¿Qué van a hacer? -preguntó por lo bajo Raimundo Boeri, a medio camino
entre la resignación y la curiosidad, incapaz de comprender la efectividad
de la operación.
-Una gran cagada -sentenció a su lado Eustaquio Cornero, deseoso de unos
mates, pero temeroso de perder algún detalle del espectáculo que ya había
congregado hasta al último de sus vecinos frente a la tradicional estación,
tumultuoso centro de reuniones a la hora en que solían llegar los expresos
de pasajeros, mucho tiempo atrás.
-Mejor así -masculló José Martello, atesorando una débil sonrisa de
esperanza. -Que les cueste derribar el esfuerzo de quienes vinieron antes
que nosotros a levantar nuestro humilde medio de vida.
Los blindados giraron sobre sus orugas hasta ponerse de espaldas a la
estación. Una vez alineados, aguardaron la orden de salida. El Mayor Tomeo,
trepado al estribo de su jeep, supervisó la disposición de las máquinas y
pitó con su silbato. Los tanques aceleraron, haciendo rodar en falso las
orugas, tensando los cables hasta su máxima expresión, levantando densas
nubes de polvo y ripio.
Varias respiraciones se contuvieron. Manos crispadas se taparon la boca,
evitando soltar un grito de angustia. Alguien sintió que se le derrumbaba la
presión.
Los poderosos motores bufaban y chillaban, hasta que de pronto la mañana se
estremeció con el latigazo del primer cable cortado. Uno de los tanques se
precipitó a toda velocidad sobre la casa emplazada frente a la estación,
derribando la cerca de alambre y torciendo un limonero contra la medianera,
mientras se oían estridentes alaridos de sorpresa. El segundo cable se cortó
antes de que los vecinos se repusieran de la anterior conmoción, originando
estampidas y chillidos. El segundo tanque, con menor fortuna que su
predecesor, colisionó contra la camioneta Ika de Raimundo Boeri,
reduciéndola a chatarra.
-¡Pero qué hacen, manga de ignorantes! -chilló Boeri, agitando las manos
delante de su antiguo vehículo, aplastado bajo las orugas. -¡Voy a demandar
al Estado por lo que acaban de hacer! ¡Esta es su responsabilidad! -increpó
al Mayor Tomeo, apuntándolo con el índice.
-¡Cállese la boca, ciudadano! -exclamó el oficial a cargo, rojo de furia
ante la ineptitud de sus subordinados, quienes contemplaban azorados el
desastre ocurrido. -¡Sol-daaaaaaa-dos!!! ¡Repetir la maniobra!
El silbatazo los puso en movimiento otra vez, como si allí no hubiese pasado
nada. Los vecinos alzaban sus quejas por encima del sonido de los tanques,
protestando en vano ante la indiferencia uniformada. La señora Irma
Respinghi, dueña del limonero vencido bajo el peso de la oruga, protestaba y
lloraba al mismo tiempo. Eustaquio Cornero parecía mantenerse ajeno a la
conmoción general, observando la escena a distancia, a la manera de un
cronista periodístico, registrando en detalle el segundo intento de la
caballería por apostar un nuevo juego de cables contra las paredes.
El esfuerzo les demandó un tiempo mayor al empleado la vez anterior,
supervisando cada uno de los detalles. Finalmente, pasado el mediodía, con
los vecinos acalorados por el sol y la indignación generalizada, los tanques
volvieron a apostarse de espaldas a la estación, listos para el silbato de
largada.
El Mayor Tomeo trepó nuevamente a su jeep y dio la orden. Los motores
aceleraron, la nube de ripio y polvo se elevó en el aire otra vez, y los
cables se tensaron, tal como ya lo habían hecho.
Y la escena volvió a repetirse.
El primer tanque casi arrolla a José Martello y Raimundo Boeri, quienes se
arrojaron hacia un costado, salvando sus vidas milagrosamente, ya prestos a
desempolvar sus escopetas de caza para echar a los tiros a los militares
incapaces. El segundo tanque volvió a arrollar la Ika de Boeri, pero además
torció el rumbo y derribó de una vez el limonera de Doña Irma, quien se
desvaneció ante la impotencia en brazos de Eustaquio Cornero.
El Mayor Tomeo, irascible, pitaba su silbato a diestra y siniestra.
-¡Media vuelta! -vociferaba, gesticulando como loco. -¡Arremetan contra esa
estación! ¡Que no quede una sola pared en pie!!!
Los blindados giraron sobre sus orugas y embistieron las macizas paredes,
teniendo la precaución de calcular que el extremo de sus cañones ingresara
al edificio a través del hueco de los ventanales. Pero ni aún así, a pesar
del sacudón que sufrió la estructura, de las tejas que cayeron o los
baldosones que se partieron bajo el peso blindado, consiguieron derribar un
solo ladrillo.
-Ya no se hacen estas paredes, Mayor -se animó a aclarar Eustaquio
Cornero. -Las construyó un Estado diferente al actual.
-¡Cállese la boca!!! -lo increpó Tomeo a la distancia. -¡O lo hago arrestar
por obstrucción de tareas militares!
-¿Qué tareas? -murmuró Martello, manteniéndose alejado.
Los tanques arremetieron varias veces contra la estación, y el pueblo,
aunque ofuscado, iba y volvía de la escena, yéndose a almorzar o a dormir
una siesta. Lo que parecía irremediable, al final terminaba aburriendo.
Atardecía cuando se oyó por última vez el silbatazo del Mayor Tomeo,
indicando la retirada. No hubo discursos pertinentes, ni tampoco nadie bajó
de los vehículos a recoger los fragmentos de cable seccionado. Los blindados
se retiraron, cerrando la marcha el jeep, insultado por los vecinos, quienes
esgrimían sus puños en alto, maldiciendo y festejando a la vez.
-¡Los echamos, los echamos! -exclamaba José Martello, exultante.
-Yo no estaría muy seguro -observó Eustaquio Cornero.
Y no se equivocaba. Tres días más tarde, liderados por un parco teniente
llamado Funes, dos camiones del Ejército arribaron a la estación con las
primeras luces del día. Algunos vecinos se agolparon suponiendo que habría
una nueva escena de humillación para las Fuerzas Armadas. Sin embargo, los
soldados que bajaron de la caja, con los máuseres cruzados contra el pecho,
los retiraron hasta media cuadra de distancia. Desde allí vieron cómo
trabajaba un reducido equipo de hombres, técnicos en apariencia, quienes no
dieron mayores precisiones al respecto, y se retiraron a resguardo antes de
llegar la media mañana.
La implosión conmocionó al pueblo y sus alrededores. Los cartuchos de
dinamita colocados en los cimientos del edificio arrasaron con las vigas y
derribaron las paredes como si fuesen de arena seca, cayendo hacia dentro y
causando una enorme montaña de polvo que se expandió rápidamente sobre las
calles aledañas. El paisaje se desdibujó durante unos instantes, y cuando el
polvo en suspensión terminó de caer, la realidad del pueblo había dejado de
ser la que conocieran durante tantos años.
Cornero, Martello y Boeri, azorados, tosiendo y lagrimeando, a causa del
polvo y la emoción, por fin veían materializarse su mayor temor. El
monumento al trabajo de toda una vida se había transformado en una ausencia
rodeada de escombros. Y la oscura silueta de la tropa se recortaba en el
horizonte, mientras recogía sus últimas cosas, antes de marcharse
definitivamente de allí.
Doña Irma Respinghi, cubriéndose la boca con una mano, volvió a
desvanecerse. Y los tres mosqueteros del riel, Cornero, Martello y Boeri,
sin ponerse previamente de acuerdo, llevaron su mano derecha junto al
corazón y comenzaron a entonar, entre la furia y la congoja, nuestro Himno
Nacional.

*de Aldima.  licaldima@yahoo.com.ar

*

Largo el horizonte agrupa en la distancia
el sueño de todo niño, y el pasar aireado a caballo sin rebenque.
Largo el horizonte para una sola mano, para alambrar el cosmos
de metales y pactos.
Los caminos sin la geometría, son los que nos ponen alegres,
y los que, como en mi pueblo, bajan todos al río.
Largo el horizonte, templo y rezo.
Los vuelos inevitables del ardor del verano,
cuando a las tres de la tarde dormita en la estación,
el último tren.
Cuando gravitan los otoños, y dejan un manto de guitarras en la noche,
cuando duermen los acordes.
Queda luego, lo que el silbido de la vida se lleva,
no son los llantos por un rato, ni las cajas con recuerdos,
ni las piedras, ni las partituras, no . . .
Son los espacios de aire que el cuerpo deleitó
delante del inacabable horizonte.
Porque eso sí, es diferente . . .

*de ricardo d. mastrizzo.

La fuerza del destino*

Noche cerrada. Una hermosa luna llena cubre con su brillo indiferente la
totalidad de la pampa. El intenso frío congela la escena en la retina del
posible testigo ocular, quien temblaría sin remedio ante la presencia de
este viento implacable.
         Sólo que no hay un alma por estos parajes, junto al cruce
ferroviario y la Cruz de San Andrés, que testifique respecto de lo que está
a punto de ocurrir.
         Allá en el horizonte surge un par de faros, acercándose solitarios
y morosos, brillando tenues sobre los pulidos rieles del tendido vial. El
apagado rumor del motor de la estanciera se deja oír hasta que el vehículo
se detiene, a escasos centímetros de los erosionados durmientes de
quebracho. Dentro, un hombre mayor se recuesta contra la butaca, cansado de
conducir, quizá hasta fatigado de su propia existencia. Enciende un
cigarrillo con extrema cautela, más por agotamiento que con prudencia. La
llama del encendedor ilumina durante un segundo aquel semblante duro, de
líneas firmes, aunque dueño de una expresión funesta. Apenas baja un poco la
ventanilla al exhalar el humo, mirando hacia el frente, sin fijar la vista
en nada concreto. Fuma con movimientos ausentes y pausados.
Y espera.
         Sus ojos se pierden entre los recuerdos de las horas pasadas. Los
momentos vividos durante aquella noche lo confunden. ¿Cómo puede ser que
haya ocurrido algo así? Si hasta esta misma tarde había estado mateando con
ella. La imagen de Norma, imperecedera en su cotidianeidad, irrumpe dolorosa
por encima del volante. Y el tiempo parece retroceder.
         ¿Cómo empezó? Algo lo confunde. Sólo sabe que le entregó el amargo,
ya medio lavado y se llevó una torta frita a la boca cuando ella le comentó
algo y lo alteró. Fue algo acerca de. ¿Qué había sido? Una estupidez, de
seguro; nada importante. Norma no es de hacer comentarios trascendentes. Si
por eso le gustó tanto cuando la conoció, y esa misma cualidad fue la que lo
decidió para casarse, “allá lejos y hace tiempo”, como rezaba G. E. Hudson
en aquel clásico literario de otras épocas. Esa virtud de saber callar a
tiempo, Norma la traía de la cuna; o la había desarrollado a su lado, quién
sabe. Sólo que esta noche, por única vez, había hablado de más.
         Trata de recordar el diálogo mantenido, mientras exhala el humo y
arroja la colilla por la ventana, pero es inútil. Las palabras se han
alejado, huyendo hacia el olvido, ocultándose detrás del muro. Mierda, otra
vez aparece esa maldita imagen, y esta noche más intensa que nunca. Un muro
que separa dos propiedades, que mantiene alejados a sus propietarios. Una
barrera imposible de cruzar, salvo en determinadas ocasiones, cuando la
furia lo enceguece, el mundo se oculta bajo una densa cortina roja, y
entonces.
         ¡No! ¿En qué está pensando? No pasa nada. Está todo tranquilo. Y si
algo raro pudiera salirse de cauce lo resolverá enseguida. No hay nada que
temer. Mira distraído su reloj. Ya no falta mucho. Enciende otro cigarrillo.
Tiene que estar calmo. Lo hecho, hecho está. Nada de locuras.
         Pero los recuerdos regresan, muy a su pesar. Norma cebaba mate,
aunque estuviese lavado, y le comentaba. Acerca de una vecina. ¿O era sobre
el marido? Se habían mudado hacía poco, ¿no? Muy lentamente, como en sueños,
las palabras y las imágenes regresan. Una pareja de mediana edad, sin hijos,
que alquilaban una casita en las afueras. Y Norma había hablado con la
mujer, varias veces. Le había contado que venían de Buenos Aires, de haber
tenido una mejor posición, de sostener un pasado intelectual, y que luego de
la crisis se habían conformado con lo poco que pudieron encontrar. Pero lo
que más le llamó la atención a Norma fue cuando le confesó, ya entradas en
confianza, acerca de la huída.
         Le tiembla la mano que sostiene el cigarrillo, y no precisamente a
causa del chiflete helado que se filtra desde afuera. Él había juramentado
no hablar al respecto, ni siquiera pensarlo; que nadie supiese lo que hacía
durante sus horas extras en el trabajo, algunos años atrás. Y sin embargo,
el pasado vuelve, infatigable, una y otra vez.
         Huyeron escapando de sus perseguidores, le informó Norma, de
hombres dadores de odio que los buscaban desde hacía tiempo con la única sed
que conocían: sed de sangre y de venganza. Una búsqueda mortal, que los
obligaba a usar identidades diferentes cada vez que se instalaban en un
pueblo, intentando en vano despistarlos. Pero, tarde o temprano, los
sabuesos siempre llegaban. Y la cacería se reiniciaba sin cesar.
         ¿Qué había pasado con Norma? ¿Por qué le había hablado de cosas que
no entendía, cuando ella siempre guardaba silencio, no preguntaba nada,
nunca se salía de su rol? ¿Por qué, después de tantos años, había insistido
con algo que a él lo había irritado casi de inmediato, sobre todo al conocer
los nombres de los nuevos vecinos, esos que se habían desvanecido de la
noche a la mañana un par de semanas atrás? ¿Por qué lo había hecho enojar de
esa manera?
         No sabe cómo comenzó. Sólo recuerda que tenía el mate en la mano, y
un instante después la calabacita volaba por encima de la mesa hacia las
hornallas. Que Norma le dijo algo, entre indignada y asustada. Y que él, sin
poder evitarlo, se había puesto de pie. ¿Él? ¿O había sido otro? Muy de vez
en cuando sentía que no era él quien actuaba, sino otro, un personaje ajeno
y siniestro que aparecía muy a su pesar, sobre todo durante las tareas
realizadas en esas malditas horas extras. Y que aunque este otro personaje
fuera tan distinto a él en su accionar, a la vez se le parecía demasiado.
         Aunque la furia lo encandilaba, irritándolo ante su aparición, pudo
notar que Norma abría los ojos con sumo pavor, incapaz de creer que aquél
excedido que tenía delante y la insultaba sin piedad fuera Marcelino, su
marido. El mismo Coronel Marcelino Freire, militar retirado, para más datos,
con quien convivía desde hacía tantos años. Un hombre de carrera, recto,
virtuoso, y por sobre todo, en extremo honorable. Alguien que jamás
renunciaría a dejar de pensar como pensaba. Que sostendría sus convicciones
hasta la muerte. Pasara lo que pasase.
         ¿Por qué Norma no se quedó callada, como siempre? ¿Por qué le
removió tantos recuerdos, retrotrayéndolo varias semanas atrás, cuando sus
antiguos colegas le pidieron que colaborase localmente en una acción tardía,
para “despuntar el vicio”? Justamente él, que había sido comandante de
Grupos de Tareas, y sabía hacerse cargo de las “horas extras” de manera tan
eficaz.
         El Coronel y el otro, Marcelino y el otro. ¿Quién era ese otro?
¿Tendría identidad., un alias acaso? ¿O sería siempre el mismo, desquiciado
y desbocado? El otro, ese salvaje. cuyo puño cayó sobre Norma, cerrándole
esos ojos desmesurados, rompiéndole la nariz, abriéndole un surco de sangre
en la boca. El otro. Marcelino sería incapaz de cometer semejante
atrocidad., ¿o no?
         El puño cayó una y otra vez, y otra, y una vez más sobre la mujer,
causando chillidos y hematomas, súplicas y heridas, intentando borrar a los
golpes los comentarios desafortunados, esa irrupción de chusmerío y
curiosidad. Y a la vez negando la misma aparición del otro, negando los
hechos ocurridos, negando la desaparición de los intelectuales porteños
recién llegados al pueblo, los eternos perseguidos por los sabuesos. No; él
no era un sabueso. Y su mujer no tenía por qué recordárselo mientras tomaban
mate, muy tranquilos en su casa.
         Para cuando la furia consiguió extinguirse y le permitió ver,
jadeaba inclinado sobre el cuerpo exánime de Norma, los brazos agarrotados y
en posición de ataque, dispuestos a golpear por enésima vez. Pero su mujer
ya no se movería más, amoratada contra las baldosas de la cocina. ¡Norma!
¿Qué carajo pasó? ¡Norma, por Dios, contestame!!!
         A pesar del dolor, del pueril y tardío arrepentimiento, del cruel
impacto de la acción consumada, un hombre de honor y de carrera como él
sabría muy bien qué hacer, aunque no fuese una metodología muy pulcra que
digamos, aunque sus afectos se interpusiesen, y aunque tuviese que cubrir
las huellas de un desconocido criminal.
         Suspira muy hondo al distinguir el potente farol del expreso de
medianoche, acercándose por el horizonte. Abre la puerta de la cabina, sale
de la estanciera al frío nocturno, y camina hacia el portón rebatible de la
caja. Extrae lentamente el cuerpo envuelto en una manta oscura y lo carga en
brazos, con notable esfuerzo, hasta depositarlo sobre la vía, cerca de la
Cruz de San Andrés. El silbato del tren anuncia su llegada. Sus filosas
ruedas de metal extinguirán su peor equivocación. Y la impredecible
irrupción de furia quedará sepultada. ¿para siempre?
             El Coronel Marcelino Freire, se aparta unos metros de los
rieles, sin desviar la mirada de aquel cuerpo inmóvil, con ambas manos en
los bolsillos del camperón gris, aguardando que la fuerza del destino cumpla
con lo que le corresponde, echando un piadoso bálsamo sobre su alma
torturada.

*de Aldima.  licaldima@yahoo.com.ar

Antes*

Se poblaba el patio con olor a ropa colgada en la mañana
A jazmin, a limón  a sombras frescas.
Se inundaban de musgos las paredes
Con secretos de hadas y princesas.
Siempre había siempres con dos abuelos y una tarde sentada allá afuera
Tierra mojada, baldosas flojas y blancas
Malvones, paraísos y universos sin tiempo.
Había manos, cumpleaños con guirnaldas de vide s y de higueras.
Había cielo
Mucho cielo
Arriba de todos los malvones
De todos los sueños
De todos los miedos.
Eramos niños sin encierros
De cortas penitencias
Con fantasmas derribados por los rezos.
Y después, los espectros de la noche
Barrían los charcos y el silencio
Y a la mañana otra vez
Al patio.
Le nacían mariposas.

*de María Manetti. dulcemariam6@hotmail.com

La luz mala*

Al paso cansino, el Coronel Marcelino Freire deambulaba a lo largo de la
Pampa sin demasiado interés, casi sin sentido. Sus pensamientos vagaban sin
rumbo, desconcertado ante su nueva situación. ¿Qué podría hacer, ahora que
ya no pertenecía al valeroso ejército del Ministro de guerra Adolfo Alsina?
No se le ocurría otra cosa que vagar montado en su vapuleado matungo.
Errático merodeo que sin percatarse lo ha ido conduciendo hacia los terrenos
que alguna vez le entregaran. Campos familiares que se habían formado dentro
de una gruesa línea de fortines que el gobierno de Avellaneda había mandado
emplazar para detener el avance de los malones. Sin embargo, nada de ello
parecía haberse mantenido en pie. Con el correr de los años, los fortines
habían desaparecido, y lo que alcanzaba a divisar el coronel desde su
cabalgadura eran apenas unas pálidas ruinas de lo que otrora fuera la gran
casa familiar.
Se acercó al tranco lento en las últimas horas de la tarde, intentando
encontrar alguna familiaridad en el terreno; sin embargo, las construcciones
que aún quedaban en pie distaban mucho de parecerse a lo que él alguna vez
hubiera conocido. El casco de estancia se había desintegrado en el aire,
llevándose consigo los recuerdos de toda una familia, y apenas algunos
ranchitos de la servidumbre parecían haberse mantenido en pie, para que con
el tiempo el gobierno de la provincia los apropiara para cederlos al
ferrocarril. A pesar de cierta indignación que intentaba a duras penas
mantener a raya, el Coronel sintió henchirse el pecho al comprobar que
aquello se había convertido en una estación ferroviaria, aparentemente
desierta, y que el cartel blanco y negro que indicaba su paradero ostentaba
su nombre.

No fue lo único que divisó en el horizonte, cada vez más oscuro. También
llegó a distinguir la oscilante silueta de un jinete, acercándose a los
tumbos hacia la estación, con paso inexperto. El teniente Juan Sosa no tenía
mucho más que hacer, por lo que aguardó, movido por la curiosidad, hasta que
el jinete se acercara.
El jinete resultó ser una mujer, que consiguió dominar al caballo como pudo,
antes de saludarlo en medio de una nube de polvo, despeinada y con expresión
afligida.
-¡Buenas tardes! -saludó ella, a lo que el Coronel Marcelino Freire
respondió con una inclinación de cabeza. -¿Conoce por dónde queda la escuela
rural?
-No le sé decir. Yo también parezco un extraño por estos lugares. Y eso que
durante buena parte de mi vida anduve por estas tierras.
-Soy la nueva maestra rural -informó ella, -y vengo a hacerme cargo del
único grado que existe en esta zona. Si le soy sincera, nunca me tocó
trabajar en un lugar así, pero los cargos últimamente no abundan y la
vocación tira bastante como para no hacer un sacrificio.
Como el Coronel Marcelino Freire se limitaba a mirarla sin comprender
demasiado, ella preguntó:
-¿No sabe dónde podría encontrar a alguien que me informe?
-Lamento no poder ayudarla -se excusó él.
Y estaba a punto de continuar su camino cuando la expresión de ella se
transfiguró, oteando por encima del hombro del soldado.
-¿Qué es esa luz? -chilló ella.
El Coronel volvió la cabeza y divisó a través de los árboles de un monte
cercano un resplandor brillante, que parecía acercarse a gran velocidad. Sin
pensarlo siquiera, experimentando una nueva sensación de extrañeza en los
campos de su familia, respondió alarmado:
-¡La luz mala!
Y espoleó a su matungo, atemorizado de ser alcanzado por lo desconocido. La
nueva maestra rural, asustada ante lo novedoso de la situación, azuzó a su
caballo y se dispuso a seguirlo, siempre peleando con su cabalgadura para
que con sus corcoveos no la dejara de a pie.
No alcanzaron a llegar muy lejos. La imponente luz los cercó muy pronto,
causando la sensación de indefensión más poderosa que hubiera podido
experimentar, mucho más terrorífica que la de enfrentarse a un desatado
malón de la indiada, con sus lanzas al viento y sus aullidos infernales.
Aunque no fueron aullidos lo que escucharon a sus espaldas, cada vez más
cercano, sino el fragor de un continuo traqueteo y una súbita sirena que
chilló en la noche recién llegada.
-¡Hágase a un costado! -le gritó la nueva maestra rural, al tiempo que
reparaba en el terreno irregular sobre el que cabalgaban sus monturas y se
criticaba a sí misma por haber sido tan ingenua.
Ambos jinetes se apartaron del camino que venían sosteniendo por encima de
unos ajados durmientes de madera, rodeados de cantos rodados, para darle
paso a una briosa locomotora que los azotó con sus ardientes ventisqueros de
vapor, a punto de atropellarlos. La estridente sirena se dejó escuchar
durante bastante tiempo, mientras la formación ferroviaria se alejaba
presurosa rumbo al horizonte nocturno, sin detenerse junto a la deteriorada
silueta de la estación.
Ambos jinetes recuperaron gradualmente el aliento luego de semejante susto,
sintiéndose inquietos y extrañados, uno por el desconocimiento, la otra por
su falta de percepción ante los espacios abiertos. Jadeantes y azorados, se
inclinaron sobre las pringosas crines de los animales y suspiraron
aliviados.
-Dígame -comenzó ella, reparando por primera vez en el desgastado uniforme
del soldado. -¿Cómo es posible que Ud., que parece del campo, se asuste con
una situación así? Debería estar curtido ya.
-Es cierto -acotó él, pensativo. -Es que no termino de acostumbrarme a los
cambios. Pasa todo tan rápido, y nada parece tener mucha explicación. Es muy
fuerte para mí.
-¿De dónde viene? ¿Acaso el uniforme que Ud. lleva puesto..es de verdad?
-Claro, señora. Y este sable cubierto de sangre seca, que me ha acompañado
en varias batallas, también. Propiedad del Ejército Argentino.
-Disculpe la ignorancia -comenzó ella, como si tratara de hacerse a la idea
de lo que ocurría a medida que lo iba diciendo. -¿Ud. participó de alguna
campaña militar de importancia.?
-Por supuesto, señora , mis tropas atacaron a Manuel Namuncurá provocándole
más de 200 muertos-exclamó el Coronel Freire, con orgullo.
-Y si ha estado en el frente -intentó comprender ella, razonando como lo
haría en presencia de uno de sus alumnos de nivel inicial o de un lunático
irrecuperable, como le parecía éste: -¿Cómo puede ser que, teniendo
experiencia de batalla, Ud. se asuste ante la presencia de una locomotora?

-Estas cosas me pasan recién ahora, señora -agregó él, como disculpándose…

-Cuando estaba vivo, no.

*de Aldima.  licaldima@yahoo.com.ar

*

cuando vengas,
 tráeme en el labio de tu piel
esa rosa dormida con su lágrima
de lluvia esperanzada

llégate en el zumo de esa zamba
al borde mismo del cielo de tu enagua

tráeme un ábaco interminable de pájaros
 mariposas
y hojas sembradas de tu aire

 dos peldaños menos
de mi muerte no muerte

una calandria libre entre tus manos
 un bastón para la huerta
(una rueda triangular quedará de tutor en la arboleda)

recuerda
cuando vengas
 no separes almohadas
pues mi cabeza queda huérfana de luna y sueño

cuando me llames,
habla con la sonrisa que me piensas
 y al otro día
indefectivamente
 no dejes de sacar boleto
de esos azules
o blancos
o esos color pastel habitando números errados
esos que ruedan tardanza de tren y multitud
a nuestra paciencia en volvernos y vernos
cada vez más pensantes
para quedamos en el andén
como dos pájaros en la vida.

*de ricardo d. mastrizzo.

*

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Posted by URBANOPOWELL in 17:00:39
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