Tuesday, October 13, 2009

EDICIÓN OCTUBRE 2009

*

A veces
de la tinta brotan sólo blancos y negros;

otras
un arcoiris resulta insuficiente
y se combinan
y caen
y germinan…

*de Ana Lía Gattás.   analia_gattasz@speedy.com.ar

acorazada*

 
            
  palabras
lloro que no digo
me traigo cada vez más
hacia dentro
recuerdos de la lluvia
de agostos del olvido
    he callado con palabras
la tristeza     el dolor
la renuncia a la piel
y a los sentidos
voy de fuera hacia dentro
viajando una semilla
que cosecho en palabras
de otro oscuro silencio
    lo renuevo en un pacto
que he cerrado conmigo
en secreto y olvido
   desconozco esperanzas
justicia   lucha   brillo
   desentiendo mi sangre
de unos sueños que tuve
en piel  en miedo  en grito
    han caído mis credos
de a poco    sin sentido
                miro desde estar quieta
recuerdo
         que me he visto
correr   pelear   gritar
pasiones de otras voces
que ya callo
        vuelvo inquieta a estar quieta
               hago palabras
lloro que no digo
 
 
                 
*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com

 CAMINOS*

 
          
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar        

 Hasta  donde la vista daba era un cielo cada vez más bajo, cada vez más débil y más desteñido como si Dios se hubiera ido cansando con su brocha pintada de celeste y se hubiera ido mutando en gris pálido o en blanco conforme se alejaba y se hacía todo horizonte hasta que el crepúsculo lo hiciera crepitar en rojos, violetas y amarillos. Era el instante en que aquel monte de coníferas inflamaran sus troncos con esa luz que le iría creciendo desde los pastos.
            Si uno mira ahora desde el confín del pueblo, si está parado en la punta de ese camino sinuoso que la inventiva popular bautizó “Camino del Diablo” porque su fama de luces malas persiste en la memoria de los antiguos pobladores, digo si uno se para allí en el principio de ese camino es como dominar una franja que se expande todo lo que permite la mirada. Los pisaderos de barro para cocer ladrillos que rodean el pueblo con sus veredoncitos de pasto en los costados, allí por donde aquella barrita bullanguera pasaba con sus tramperas para pájaros, desde allí, desde ese lugar podemos dominar todo el movimiento de varios kilómetros a la redonda y admirar aquel vuelo libre, altísimo y sereno que ejercen las cigüeñas y que parecen impolutas sábanas suspendidas en el aire. También ensucian ese celeste claro algunos pocos teros que vuelan, muy bajo, haciendo círculos y observando hacia la tierra arada donde el sol muestra de distintos coloración veteada según la antigüedad del arado en su incursión roturadora.
            El movimiento, como cabe suponer en tan bucólico paisaje, es mínimo.
            Algunos tordos, como pesados carbones cruzan el aire hacia la nada, o vuela una bandada de bandurrias en formación marcial hacia las cañadas, tal vez uno gorriones rápidos, o un casal de tijeretas solitario, o aquel grupo de golondrinas en lo más alto, con evidente signos de haber perdido el rumbo.
            Estamos a media tarde, entonces todo es casi quietud. Al atardecer, un insólito revuelo de aves acuáticas irán a buscar bañados que los juncos esconden.
            Pasarán inmensas bandadas de patos, en formación perfecta, haciendo una ve con el vértice a vanguardia: siriríes crestones, maiceros zambullidores, a dormir entre esos yuyos húmedos. Pero todavía estamos aquí, observando como si fuéramos un Dios hierático y fatal, un Dios pequeño, omnisciente bajo la media tarde de mayo, de un mayo más que cordial.
            Y vemos entonces algo que allá a lo lejos se acerca por el “Camino del Diablo”, mejor dicho viene transitándolo al parecer con toda tranquilidad, y no percibimos si es una persona que viene a pie, en bicicleta o, por la lentitud con que se mueve, está quieta, decidió pasar o descansar o si avanza y lo hace tan lentamente que no se puede percibir si avanza aunque sea unos metros, al menos,  hacia donde estamos parados, observando.
            Giramos el cuerpo hacia el pueblo y vemos que desde la ruta toman por las calles de acceso unos cuantos vehículos que vienen o bien del campo o de las localidades vecinas, ingresan con un estrépito de hierro y una implosión de polvillo, si viene del campo, que al traqueteo sobre el asfalto, se libera y expande hacia los costados, enrareciendo el aire estático.
            Como hemos tardado un tanto el rostro vuelto hacia el pueblo y nos hemos distraído mirando cómo cada vehículo que cruza la ruta y se interna por esa calle de acceso espanta un grupo de palomas sedentarias que picotean el resto de una carga de maíz que se volcó en el costado cubierto de gramilla. Pasado el ruido del vehículo y el susto consiguiente, vuelvan a posarse como si nada hubiese sucedido y reinician su sistemático picoteo, grano a grano,  ingresan por sus picos y pasan en instantes directamente al buche, que engrosa debajo de esas plumas suaves que lo cubren.
            Al volver el rostro hacia el “Camino del Diablo”, ya vemos que el viandante es un solo individuo, camina cabizbajo tal vez, o tal vez lo haga suponer la lejanía, ese moverse  lento, porque algo es seguro; no se le ve el rostro y desde aquí, la ropa más que ver sus colores, uno la imagina.
            Ha transcurrido un largo rato desde que estamos aquí, a falta de algo importante que hacer, mirando. Sólo observar casi sin sacar conclusiones, porque como sabemos, la mente humana tiende a relacionar, deducir, asocian, y aunque uno no se lo proponga (como en este caso concreto). Saca al fin sus conclusiones
            El hombre que seguimos observando caminar, que venimos viendo con una pasión y una curiosidad de entomólogo ha llegado ya cerca de la ruta donde termina el camino, el que una convención antigua y popular –por la razón que fuere- llama desde siempre, el “Camino del Diablo”. Se para allí, duda si seguir la calle donde viene y que cruzando la ruta ingresa al pueblo, o, si dobla hacia derecha o izquierda lleva hacia los pueblos vecinos.
            El hombre ni nos  saluda, simplemente no nos tiene en cuenta, está, como quien dice, en lo suyo. Como lo tenemos bien cerca –apenas nos separa de él la ruta, y el paso raudo de los vehículos que la transitan-podemos observarlo a nuestras anchas. Tiene encima el cansancio y el peso de todos los caminos, y, una rápida consulta entre nosotros, con la mirada solamente, da con la certeza de coincidir que nunca antes lo vimos. Tiene la mirada huidiza, viste con humildad, con cierto decoro y no parece haber hecho algún trabajo manual en su vida. Lleva un bolsito terciado al hombro, y cuando levanta la vista hacia nosotros que lo observamos sin ningún disimulo, mete los dedos en el bolsillo superior de la camisa, saca un atado  de cigarrillos y una cajita de fósforos, enciende uno, aspira  con verdadera fruición el humo que, desaprensivamente, echa al aire chato y casi nulo, parece dudar, al final tuerce hacia el oeste,  hacia donde está el pueblo más cercano. Lo hace por la banquina tal vez porque puede ver los autos que vienen de frente, y así con ese paso cansino se aleja quedamente, como vino y nos deja impávidos, porque no sabemos ni de donde viene ni si tiene algún destino prefijado, o es un triste vagabundo sin objetivo aparente y lleva sobre sí la triste decisión de recoger el polvo de cada uno y todos los caminos.

ARVEJAS DE PRIMAVERA*

     Estoy abriendo las vainas para sacar las arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas, esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin embase ni marca. Venidas de las quintas estas arvejas de la primavera.
     Miro mis dedos transparentándose por detrás de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma el montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro.
     De niña le dije alguna vez a mi madre que para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado.
     No era sólo la textura incomparable, el sabor más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera.
     Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño, que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas, espárragos, alcauciles.
     Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va.
     Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones.
     Los días se regían por la luz, los meses por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién llovido.
     Hizo falta que se perdieran lo ritos y las iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios.
     Frente a la fría asepsia de los refrigeradores de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto.
     Y recupero las manos de mis antepasados, y celebro que hemos vivido un año más.

                                                                         

*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com

 

RUTINA*

 
El ronroneo de las ruedas
me acuna como mi Ama
cuando noches fantasmales
soplaban con fuerza el sueño.
Un día más, la rutina,
el tren que parte, gente apurada.
Siempre en el mismo asiento
como dueño de mi trono…
Después dejarse llevar
mirando por la ventana,
volando sobre el paisaje
que se esfuma a bocanadas.
Me quedan trozos de árbol
incrustados en la mirada,
una casa solitaria
o mil casas con fantasmas
vivos aún pero ausentes
ganados por la rutina
que parte al nacer el alba…

*de Emilse Zorzut.  zurmy@yahoo.com.ar

 

La sala de espera*

   A veces la vida misma se transforma en una sala de espera, pero en ese caso ya sabemos qué estamos esperando y qué habrá de suceder, aunque no sepamos cómo ni cuándo.
   En las salas de espera hay secretarias que no guardan secretos.
   Hay revistas que no merecen ni revisarlas, porque su única posible destilación es la de los microbios de la saliva que cada uno de los enfermos, pacientes o impacientes, añeja en el ángulo inferior derecho de la hoja de dios. La del diablo nadie la mira y se sospecha que no acumula microbios debido a que no posamos nuestro dedo mayor en ella, aunque, es cierto,  pueden llegar a traspasarse los mismos mediante la humedad conducente de haber hojeado la página de dios.
  Hay caras a la espera de ser captadas por alguna incauta con el fin de desenfrenar por fin la lengua, esa lengua lenguaraz que no tiene permitido soltarse en la mesa del almuerzo ni en la tarde de mate con hijos ni marido.
   Hay sonidos de teléfonos celulares que han olvidado la intimidad de las personas y suenan, por ejemplo, cuando uno está sacando el boleto del colectivo, o pagándole al tachero, o en medio del abrazo en la calle con un amigo que hace tiempo que no vemos, o en el momento álgido de la conversación en la que nos estamos animando a contarle a nuestra amiga la parte más conmovedora de la historia que nos llevó a reunirnos esa nochecita.
   Y suenan, y suenan, independientemente de nuestra espera en la sala.
   Hay personas que esperan al odontólogo y huelen a épico, mal que me pese lo delatador de mi edad en este recuerdo. Digamos, en el genérico, a desodorante bucal, como negando los efluvios que irrumpen desde interiores inasequibles.

   Hay gente que espera al alergista disimulando la rascadura de sus escozores histéricos, insomnes y frustrados, hasta que se torna inevitable y en una compostura prefabricada e in disimulable extienden, casi en contorsión, su brazo derecho hasta el omóplato infinito izquierdo y en un vaivén del antebrazo va tornándose esa cara en un muestrario de viñetas animadas que pasan del ardor al placer al goce a la molestia al alivio a la incomodidad al pudor a la simulación pero un poquito más abajo qué placer es justo ahí donde me pica me están mirando todos qué vergüenza qué me importa después de todo para eso vengo estoy enfermo me rasco y que se vayan todos a la concha de su madre.
   La gama de perfumes importados se entremezcla en el aire saturado de fracaso.
   Algunos están ya rancios de no hallar oportunidad que valga la pena el gasto.
   No hay salida al teatro, ni cena a luz tenue de las velas, ni sexo eventual y apasionado sino el reglado por la inevitable compañía de acceder al mismo lecho de la monogamia que nuestro capitalismo supo conseguir, y nosotros defender a costa de la depresión, la rutina y la tristeza.
   Pobre ginecólogo lo que ha de ver y oler.
   Y una los ve. Como ve todo.
   Y también nos miran con esa cara de y a esta qué le pasará.
  Si supieran…
  
   Ir al ginecólogo es, en cada momento particular de la vida, un fotograma de los simbolismos que desplegamos en nuestro itinerario de mujer.
   No hablaré por todas, sólo por mí.

   A mis dieciocho, diecinueve, ni siquiera iba, a excepción de la aparición amenazante de un atraso.
   Yo era una inconsciente y el ginecólogo, el mago.

   Entre mis casi treinta y mis apenas pasados los treinta, las visitas eran las de futura mamá y el ginecólogo era Sócrates.

   Desde la última mayéutica hasta los cuarenta y cinco, recuperé la inconsciencia y el ginecólogo pasó a ser un cartelito de bronce que aparecía en algunos departamentos re coquetos y distantes.

   Ahora, que ni Sócrates me hace parir, atravieso esos portales de blindex y las molduras de madera que simulan el grasa y fracasado buen gusto burgués de nuevo rico, mezclado con aromas desodorantes que me hacen picar la nariz y una música funcional que da ganas de tirarse debajo del tren.
   Ya no puede uno ni suicidarse a piacere.  La pérdida del tren nos arrebató hasta esa mística tan morbosa y tan temida.

   Mientras la secretaria chusmea a viva voce  por teléfono y una esposa le dice por celular a su marido que vaya pelando las papas, si no es mucha molestia, porque el médico va atrasado, y  el otro se rasca ya sin pudor, yo ya estoy allí, formando parte de la miscelánea inefable de un escenario decadente en busca de calidad de vida.
   Entonces me veo. Me miro. Me huelo. Me ausento del entorno en mi viaje introspectivo de la sala de espera.

   Qué fácil, y sin necesidad de alambiques, resultaba en la juventud, hasta tardía ella, recibir una mano cálida entre los muslos o dejarse recorrer con unos labios húmedos y susurrantes en la entrega absoluta de esa frescura vigente y turgente.
   Los tabúes y el pudor eran cosa de otro siglo.
   La risa a carcajadas y el pasearse sin recato de la cama al living, buscando algo de comer en la heladera y poniendo música era el tiempo presente continuo de un pasado pluscuamperfecto y un porvenir imperfecto que es este hoy lleno de cambios en degradé.

   Me pregunté de qué se trataba ese deseo ligado al erotismo. Cómo había sucedido todo aquello en el otro entonces de la carne firme, sin desinencias, sin desgaste, sin cansancio, sin vergüenzas.
   Pensé en las parejas que se aparean desde temprano y van equiparando y cotejando sus arrugas, sus pancitas y sus achaques al unísono de la vida en común, día tras día, despertar tras despertar.
   “El problema de ustedes, me dijo un amigo machista hace poco, es que se empeñan en seguir teniendo orgasmos a esta edad”.
   Qué turro, pensé. Pero ahora, entre esta colección de hilachas que encuentro frente a mí en esta sala, hacen resonancia esas palabras hostiles, provocadoras y mediocres, en expresión hiperrealista.
   ¿Por qué habría un hombre de desear a una mujer que empieza a recorrer el tramo de salida de la autopista, el descenso de su turgencia y el retiro discreto del desparpajo de ese arrebato impúdico de un cuerpo que se sabía fresco, sin remilgos?
   El amor…, ah sí, el amor…
   Pero el amor del otro no sabe nada de los fantasmas que rodean a una mujer que se desnuda y ya no tiene en su haber el perfecto cuerpo incólume que encaja en cualquier prenda de la moda pret à porter, cuando nos preguntábamos cómo le irá ese jean a mi cola y no, como ahora, enhorabuena los elastizados, que ayudan a defender algo de nuestra memoria.
   Y cuando las musculosas tan frescas del verano de Voleibol, ahora dejarían entrever algo alicaídos los bíceps que ostentaba la juventud.
   Y, sobre todo, ese entonces en que la muerte nos quedaba mucho más lejos.
   El esfuerzo y puesta a prueba de gustar desequilibra la mayor parte del tiempo, con la soltura que se requiere para preguntarnos con franqueza si a nosotras nos gusta.
   Pienso mientras pienso que, tal vez, este escrito tenga excesivo contenido de frivolidad y fruslería, pero aseguro que no es fácil para una mujer que se piense a sí misma, intentar ser objeto de tentación, más allá de las reales y contundentes declaraciones de amor, en una era de plástica insolencia sin arrugas ni pancita.
   ¿Por qué habría yo de seguir deseando orgasmos desencadenados por la pasión y el fervor que se encendía en un juego de espejos donde una se sentía tan deseable que era capaz de flagrar el encuentro sin fantasmas ni pudores?
   Cuando el ginecólogo me vio y me dijo, estás bárbara Lú,  ¿qué bicho te picó?, pensé que no podía cargarlo de tanto pensamiento y tanto rollo.
   Caminé una cuadra, activé mi celular y le pedí un turno a mi psicóloga.

   Tal vez ella me ayude a recorrer el camino de ya no ser una pendeja y me invite a un mundo de realidad donde no termine rascándome lo que no me pica ni deseando ser o parecer lo que imagino que otros esperan de mí.
   Tuve ganas de reírme de mí, pero todavía no estaba lista.

*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com

Las nuevas tecnologías*

 
Estaba haciendo cortinas y cristales como cada viernes cuando sonó el teléfono
 
- Diga…
- Buenos días, Le llamo de Telefónica para una información.
- Bueno, pero el señor no está en este momento.
- Está bien, pero ¿Tienen ustedes ordenador?
 - Si, un ordenador con procesador AMD Sempron Dual Core 2100.
- ¿Qué memoria tiene?
- 2GB de RAM,  250GB de disco duro, una tarjeta gráfica NVIDIA GeForce 6150 de 831MB dedicada.
- ¿Podría decirme el sistema operativo?
- Es un Windows Vista Home Premium
 
- ¿Cree usted que estarían interesados en una línea ADSL?
- Depende ¿Qué ancho de banda?
- 15 Mbps
- Si, eso está muy bien, pero ¿cuántos megas reales llegan, porque con la caída de la línea…?
- Bueno, reales llegarán la mitad…
- ¿Y accediendo a través de Wi-fi?
- Eso hay que comprobarlo en cada caso.
- Bien, pues ya le comentaré al señor.
 
A la media hora llegó Plumkier a su casa y ella le dijo:
 
- Han llamado de telefónica ofreciendo no se qué.
- ¿Qué cosa?
- No sé señorito, ya sabe usted que una servidora no entiende nada de las nuevas tecnologías…

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

ELLA ESTABA ROTA.*

                                    

*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com

              Ella estaba rota en realidad y aparentaba que no lo sabía; yo estudiaba en la facultad de filosofía y ella en la de arquitectura. Supe de su estado fragmentario desde el primer día en que la vi andando cabizbaja por uno de los pasillos de la universidad; a partir de tal instante no pude olvidar su rostro cual reflejaba ante mis ojos la ruptura, por que uno suele darse cuenta a quien se la ha caído el alma en la acera y se le ha hecho pedazos, no quedando más que levantarlos  e intentar volver a colocarlos lo más cerca de donde late la esencia que nos permite dormir y despertar al día siguiente; más sin embargo nada suele ser igual.
A la fémina rota le veía muy a menudo y cuando me percaté de tal constancia era por el hecho de verle a diario en la cafetería, ella ahí, siempre acompañada de una taza de café y un cigarrillo cual por lo regular era seguido por otros cuatro más. Siempre despertó en mí bastante curiosidad pero nunca pude acercarme lo suficiente, nunca pude explicarme porqué, la timidez nunca fue una característica mía, más sin embargo había algo que parecía una barrera, sentía que algo estaba roto y ello me detenía. Hay
cosas que uno jamás terminará de comprender, y una de ellas fue el hecho de que no pude contener esa extraña necesidad por verla, aunque fuese a la distancia, las once treinta de la mañana y ella estaba siempre en la misma mesa de la cafetería, dando pausados sorbos a su taza humeante mientras se
acorazaba en una nube de cigarrillos, por mi parte no me importaba faltar a mis clases para estar a esa hora, de la misma manera bebiendo café, abrumado por la distancia, aturdido por las pláticas banales de decenas de personajes que atiborraban aquel espacio de la universidad. A pesar el alboroto constante de las mesas, las sillas, los platos, los ceniceros y demás, parecía en cierto momento, que la vaciedad nos conectaba a ella y a mí. Ella se percataba de mi presencia, al parecer no le incomodaba, tal vez me veía
como a  uno de tantos que estaba ahí sólo para escapar de las aulas. Con el pasar de los días no tuve más que admitir que era ella demasiado atrayente para mí, a pesar de su tristeza, a pesar de su soledad, a pesar de la ruptura que yo podía admirar en su persona; era la mujer que yo había perseguido en mis sueños, era a quien le había dedicado mis escritos antes de conocerla de manera tangible. Por casualidad supe su nombre, Luisa, y el mismo tuvo eco en mi cabeza durante bastante tiempo. Las cosas, sentí, se me estaban saliendo de control, no podía seguir atormentándome sin siquiera estar seguro si para ella yo existía, de tal manera un día planeé esperarla al final de sus clases, la esperé en la calle, me sudaban las manos, fumaba un cigarro e intentaba calmar mi ansiedad dando ligeros golpes con mi zapato izquierdo al suelo. Ella por fin salió, pero justo y había dado unos cuantos pasos cuando un tipo muy blanco, alto y bien parecido la interceptó, Luisa lo abrazó pero él la apartó de sí bruscamente, le dio un tirón del brazo, comenzaron a andar mientras el sujeto le gritaba, ella sólo asentía con la cabeza, creí a lo lejos verle llorar. Esta vez  no tomé el metro para regresar a casa, caminé perdiéndome en la enormidad y soledad de la gran urbe repleta de almas que iban y venían.
No importándome lo ocurrido, al día siguiente estuve a la misma hora en la cafetería, pero la mujer rota nunca llegó. Esa tarde llegué a casa y comencé a sentir que algo se rompía también dentro de mi ser. Un día más, no perdí la fe, mismo lugar, mismo café y mismo cenicero sucio frente a mí; un poco tarde pero entró al fin Luisa a la cafetería, esta vez no se sentó en la misma mesa, buscó otra dándome la espalda, intuí que algo no estaba nada bien; guardé luto por espacio de veinte minutos, me incorporé de mi asiento y con todo ánimo me dirigí hasta su lugar para pedirle un cigarrillo, a lo que ella respondió a penas audible: -¡no tengo!-, dichas palabras no me dolieron, lo que me dañó fue ver su rostro golpeado que fungía enmarcando a resonancia extrema un ojo totalmente morado; se agachó, comprendí que era
ilógico y estúpido preguntar si estaba bien. Salí a paso lento del lugar aquel que a pesar de su algarabía se me antojaba salvajemente silente.
Aquel día volví a regresar andando a casa, el caminar se había vuelto una terapia para mí, mientras caminaba podía conversar conmigo mismo y pensé en tales circunstancias por que Luisa estaba rota, si acaso esa era la razón, maldije al mundo mientras me interrogaba sobre las circunstancias que uno
jamás podrá comprender, mientras,  nunca escuché unos pasos tras de mí que apresuradamente me hacían compañía, volteé para encontrarme con el rostro gris por dentro y moreteado por fuera de la fémina rota. -¿Porqué me sigues siempre?- Me cuestionó, no supe que decir, seguí caminando, ella a mi lado y
junto a nosotros un silencio que traduje como un grito de auxilio por parte de ella. -¿Cómo le permites.?- No pude culminar mi interrogación pues me lo impidió, comenzó a llorar, nos sentamos a las afueras de una muda puerta, los transeúntes simplemente nos vadeaban sin darnos importancia, cada uno de ellos reflejaba tanta indiferencia al seguramente cargar sus propias maletas llenas con sus propios problemas. Luisa no podía parar el llanto, en medio del mismo me dijo que aquello sobre lo que fui testigo aquel día no era nada, me habló sobre José Adrián, su novio o verdugo, no sabía en realidad que era, pero me dijo que lo amaba a pesar de sus gritos, de sus golpes salvajes que comenzaban en su rostro, después en el estómago para doblarla, sofocarla y una vez en el suelo propinarle una tanda de patadas; obviamente no se limitaba a los golpes físicos pues también tenía que soportar los que le propinaba en el alma: sus infidelidades, humillaciones y reproches.
Cuando creyó ella descargar todo lo que tenía que expeler, limpió sus ojos, se puso de pie, me pido disculpas dando media vuelta; por un par de segundos lo dudé, pero sabía que ya no podía callar, prácticamente salté alcanzando su hombro, ella giró, le dije que yo la amaba, quería ayudarla. Ella
contestó que estaba rota, que yo nada podía hacer para unir los pedazos. Se marchó perdiéndose entre la gente, yo permanecí inmóvil hasta que la perdí de vista entre la multitud, el smog y mi rabia.
Esa noche no pude dormir, tenía que hacer algo o terminaría por romperme yo también. Al siguiente día no quise ir a la cafetería, me sentía muy mal, al salir de clases me dirigí firmemente hacia la  puerta de salida, salí corriendo, ahí estaba Luisa y José Adrián, a media banqueta discutiendo, pasé por un lado de él, casi rocé su brazo con el mío, me llené de impotencia, apresuré mi paso, alcancé a escuchar como él subía su tono de voz, continué andando, deseaba alejarme lo más rápido de ahí, mi corazón latía tan fuerte que creí me ensordecería, los ojos se me inundaron de lágrimas, contuve el llanto, avancé tan sólo cinco cuadras cuando me sacó del trance el ulular de una ambulancia cual me encontró  en sentido
contrario a mi andar, me detuve, pensé en Luisa, intuí que algo le había ocurrido, no vacilé, regresé corriendo lo mas rápido que pude, pensaba en ella, sólo en ella, me aproximé a unos metros sobre la entrada de la universidad y pude ver que hasta ahí había parado su curso la ambulancia, había un tumulto, la gente se amotinaba, aun no alcanzaba a ver que ocurría exactamente, me aproximé aun más, por fin vi un taxi sobre la acera, según la gente, había atropellado a una persona quitándole la vida, me acerqué, como pude me abrí paso entre los curiosos, mientras murmuraba el nombre de Luisa llegué al primer plano, un enorme charco de sangre relucía y marcaba una trayectoria que culminaba en la rejilla de una alcantarilla, el cadáver yacía expuesto boca arriba, y yo no podía dar crédito a lo que veía: era yo, ahí silente, tendido sobre el asfalto sin vida, a final de cuentas estaba roto como algún día lo predije; Luisa estaba junto al taxi y lloraba admirando mis restos, José Adrián dio un fuerte jalón  a su cabello, y preguntó: -¿lo conoces?-. Ella simplemente lo negó, y a empujones él la retiro del lugar.
Me subieron a una camilla, yo ya no sentía absolutamente nada, mi sangre continuaba fugándose por la alcantarilla, mi alma le acompañó, sólo comprendí por último que ella, solamente ella, fue quien decidió romperse para el resto de su vida.
 

Cómo Colocar sus Cortinas*

¡Qué agua tan amable!
Que las rocas las convierte en peces,
Y los peces se hacen de agua
Para evaporarse y condensarse en el cielo.

La lluvia cae con ojitos de pez brillantes
Y corren los ríos,
Se llenan los lagos y lagunas
Con tanta roca convertida en pez
Que todo se llena de agua.

Saltan con ira cuando se les atrapa
En alguna presa o estanque,
Vuelan con júbilo
Cuando se lanzan por las montañas
Y, hoy en día,
Se les encuentra embotellados
En los aparadores de las tiendas.

¡Qué agua tan amable!
Que en otros tiempos se dedicaba a convertir
A las astillas de roca, en las primeras células.
Hizo lo propio con las plantas
Y la receta secreta para convertir
Rocas alargadas en gusanos
Se ha perdido en el tiempo.

Pero lo de hoy
Es convertir rocas en peces;
Y así se hace:
Cuando llueve,
Los edificios del Parlamento
Se mojan,
Las casas de lámina
También lo hacen;
Y la manera de cómo convertir
A los volcanes en algo más que peces
Sigue siendo un enigma constante.

¡Qué agua tan amable!
Que a pesar de todo
Nos sigue mojando,
Que se escapa por las tuberías
Y que es,
A su vez,
Agua y pez.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal-hi@gmail.com

LUCIA CARMONA BARRE*

Por el callejón de las tristezas
con una pena antigua enredada en su pelo
en desvelos descalzos, avanza Lucía Carmona.
Entre sus brazos, un niño ausente
y una carga de pichanas frescas
Carga también un mundo de destierros
 

¡Ah! ¿Porqué partir?
Al irse se ha llevado el canto luminoso de la noche.
No se escucha el grito silencioso de la casa. Ha callado sus voces.
Un rocío oscuro y fantasmal languidece la flor de los naranjos.
Hunde su rostro en el manojo fresco
–  el olor es más dulce que la vida –
¿Es el niño, la casa o la amarilla flor de la pichana?
Con ellas barrerá no solo el patio de su casa sino esa congoja que le aprieta el pecho
Barre su casa Lucía Carmona e insomne, va encendiendo
testimonios de estrellas en su noche
Habrá otros niños, otros naranjales
Y al lado de su sombra custodiando
Como lluvia de luz, allí estará la casa.
 

-Lucía Carmona-Poeta riojana-
       Del Libro “La Voz del Cuyun”

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

La señora denfrente*

   La señora denfrente era muy gorda. O ancha, no sé. O el cuerpo le había ido creciendo desparejo por los esfuerzos de agacharse, levantar cosas pesadas, y dormir poco. Saludaba siempre y hablaba mucho y muy fuerte, con una voz aguda muy sudada que le marcaba las líneas del cuello y se sumaba a la obligación de abandonar su italiano precario y sustituirlo por un argentino bonaerense más precario aún.
   Por la noche, tarde, yo volvía de estudiar o de noviar y veía la luz siempre encendida de la cocina.
   Algo me hacía saber que ella estaba despierta y, no, que necesitaba iluminación para dormir.
   No era de esas mujeres que tengan miedo alguno.
   A la mañana temprano, yo tomaba el tren de las seis y diez para ir al trabajo y a la facultad.
    Para ganarle a las doce cuadras que me separaban de la estación, salía de casa apenitas pasadas las cinco y media.
   La luz de la cocina de la señora denfrente ya estaba encendida.
   Alguna vez decidí demorarme sólo para no perderme ese pedazo de vida que todavía quedaba vivo y la escuché: ma, pero vení acá gayinnitta remolona ¿o te tenco que dar de comer alla bocca?
   ¿Vos no te mestarás poniendo tristona, no?, le decía a la rosa de un color que nunca pude saber exactamente cuál era, porque sólo ella lo tenía y nunca más volví a verlo.
   Tomaba la flor desde el cáliz como cuando uno acaricia un hijo desde debajo de las orejas para que sienta todas las cosquillas y el estremecimiento que sube recorriendo toda la belleza y el calor, y le fabrica una sonrisa.
   Desde en frente parecía sentirse el aroma de sus ensaladas y salsas con albahaca y oliva o el dulce de frutas que dedicaba a ese hijo, un poco mayor que yo, que se había encontrado con la epidemia de polio justo en el momento en que su cuerpecito salía a levantar un pie para darle impulso al otro. Y caminar.
   No pudo hasta muy entraditos sus años.
   Pero pudo gracias a una madre, la señora denfrente, que le puso vida a sus huesos, su mielina y su deseo.
   Él, Juan Carlos,  empezó a andar y a animarse, sin miedo, hijo propio de esa mujer.
   A la nochecita, a esa hora de los bichitos de luz y las escondidas, yo la había escuchado: mirá cuanqui, ¡que se no te decá de codderr te  cjuro que ti agarro e ti colgo!
  
   Con mi hermana, que salía a fumar a escondidas convencida de adulterar el olor a pucho con Siete Brujas o Charlie de Revlon, nos reíamos, más cerca de la ternura que de la burla.
   La señora denfrente contaba con todos los elementos que se requieren para que uno pueda burlarse, pero con ella era imposible.
    La primavera emanaba música y colores en esa casa, pero no música envasada sino esa que nace de los acordes de los paraísos y los ciruelos, las gallinas y los pájaros que iban a comer a su patio.
    Colores de la vida misma.
    Del verano salía una sombra fresca que restituía la dignidad de las siestas e invitaba a despertar las madrugadas con olor a frutillas maduras y caca de gallina que se mezclaba con el arte hiperrealista en ese escenario incomparable.
    El invierno de esa esquina inconmensurable rompía la pereza de cuando mami me pedía: ¿vas a buscar un par de huevos a lo de Nélida?
   Yo, que estaba desparramada entre mis fantasías acompasada por Génesis o Pink Floyd, devanándome entre la culpa y el deber, con Los Miserables o Crimen y Castigo, y atizando los leños de la estufa de nonno, salía rauda hacia la casa de la señora denfrente, para empaparme de esa energía que le daba a la vida su verdadero significado.
 
 -Vení que ti mostro ¿viste lo pimpoyyitto nuevo que le salieron al conejitto? Con este frío, è incredibbile. La culecca se me quiere ir, pero yo no la decco, mirála poveretta, mà pero eyya è l’allegría desta casa, no la puedo deccar ir así nomás.
 
  Yo miraba como distraída hacia la mandarina y ella me llenaba una bolsa al instante.
   Alguna vez me he olvidado los huevos y tuve que volver a ir, con timidez y torpeza, porque mi trofeo era volver con ese olor impregnado y esa bolsa que guardaba el enigma de la fuerza de vivir, y no con los mandados mandados.
   Juan Carlos, el cuanqui, era todavía muy tímido pero se acercaba a veces, creo, a disfrutar de mi sonrisa llena de lágrimas que nunca pude aprender a evitar.

  
    Había un marido allí. Un hombre taciturno y abnegado.
    Conformaban una de esas parejas a las que uno no puede atribuirles sensualidad alguna, pero se los veía fuertes en eso de llevar una casa y la familia adelante.
    El señor, el marido de la señora denfrente, le había dicho a mi madre una tarde, siendo yo muy pequeña: Lucy es muy noble, no conozco otra persona así.
    Lucy era yo, en ese entonces, y me llenó de desconcierto esa expresión que no comprendía. Como un día de la fiesta de la primavera que me eligieron reina por unanimidad, y tampoco comprendí qué quería decir.
   Asimilé con los años que la decisión había sido por una nimiedad, algo sin demasiada importancia que era difícil definir.
   Mi autoestima nunca fue mi fuerte.

 
  Transcurrieron años.
   Yo me fui de allí, como se van todos los que creen que, para crecer, deben partir, parir, plantar y seguir partiendo.
    Me fui.
    Volví a volver cada vez que algún aniversario, vacación o festividad me acercaba a la cocina de mi madre y a ese mundo pulpo del que había necesitado desprenderme.

    Miré de nuevo el patio de mi madre. Había también allí mucha vida que yo había distraído buscando originales sensaciones.
   Qué cosa esa que la comida siempre parece más rica en la casa de otros… y uno queda, ante los anfitriones, como un subalimentado que se desenfrena por una milanesa como si hiciera meses que no come…

   ¿Será ese el origen de la envidia? ¿O será su consecuencia?
  
    Cuando volví con otros años de sensaciones más encima que adentro, fue urgente buscar el aroma de la casa de la señora denfrente, pero no olía.
No olía a nada.
    Los paraísos y los ciruelos seguían tañendo  un ritmo cadencioso que abrazaba una ausencia inexplicable.
   Mi madre, ocultada detrás de un puñado inefable de prejuicios tuvo que contármelo: La dejó ese pelotudo del marido y está trabajando en una parrilla como cocinera. Viene a la casa solamente un ratito a la siesta.
   Mi pregunta, también pacata y retrógrada: ¿a esta edad? obtuvo la respuesta acorde: y… se le cruzó una porquería de mierda, una atorranta que le está sacando toda la plata… ese viejo verde…
    Aquel que había tenido alguna vez el parámetro para calificar la nobleza se transformaba repentinamente en un pusilánime.
   Mi ánimo perezoso concluyó repentinamente que esa sensualidad inexistente que me había parecido percibir de niña, lo había llevado a ese marido  detrás de unas caderas ardientes y un cuerpo que no estaba deformado de agacharse y hacer fuerza.
   Tal vez tuve flojera de pensar que en realidad los maridos siempre se van con otra y necesité encontrar una mirada aldeana que contrarrestara todas las contradicciones de la monogamia inventada por un sistema.
    O, tal vez, vaya uno a saber qué mierda pasó, la cuestión es que la tristeza y el abandono habían inundado esa inmensa esquina sin gallinas culecas, sin pimpollos acariciados, y repleta de mandarinas caídas a la buena o a la mala de algún dios.
   
   Aún así transcurrido el mal tiempo, y gracias a que la jubilación en esta perversa sistematización de nuestro deseo, llega, no por júbilo sino por vejez y desgaste, el patio volvió a habitar la vida de la señora denfrente.
   Me llamaba, al veme llegar con mi prole, de visita a los nonnos, para regalarme ropita tejida por ella con rezagos que heredaba de sobrantes del mismo perverso sistema. Me narraba las peripecias de una batita o una mañanita que tejía para una especie de asilo al que, también, iba a cocinar solidariamente cuatro veces por semana.
   Las mandarinas y los conejitos resucitaron al compás de las rosas y los capullos de gusano, las gatas peludas y los bichos canasto.
   Todo convivía en ese pequeño atolón que no había sido alcanzado por la perversión a pesar de su tanta presencia.
  
   Me llamó mi madre un día, desde toda la distancia que yo había generado al partir de allí, para contarme que, además de los sudores omnipresentes de la señora denfrente, un color amarillo rancio y un olor penetrante se habían puesto a vivir en su ancho y extenso cuerpo, y la habían internado.
   A la mañana siguiente, ya estaba muriéndose, sin más explicaciones y consuelos que la vida es así.
   Había sido la única amiga de mi madre, esta madre, mujer, que había dejado a sus amigas hacía cincuenta años del otro lado del océano de la guerra y las mezquinas disputas de poder.

   Los hijos de la señora denfrente, miserables, como la mayor parte del género humano, que es el único capaz de alambicar tanta miseria y desidia, debatieron sobre su cadáver fresco, pero nadie recordó regar las flores ni dar de comer a las gallinas y a los pájaros.
   Yo, hace mucho que no ando por allí, pero practico cada mañana el saludo a la vida en su nombre y su recuerdo.

   Ya hay un pájaro que come de mi mano y no me teme.
   Tal vez he aprendido algo.

                                           

* de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
- 16 de septiembre 2009.
 

INCERTEZA*

 

La persuasión avanza. Lentamente.
Hora a día. Día a gota. Gota a hora.
Carga una maleta  pesada como el mundo.
Infecta los octubres con su dardo inmortal.
La angustia crece  en hojas macilentas.
Se elevan y caen como mariposas muertas.
El patio de mi casa es una alfombra negra.
Por dentro tapian las ventanas  lirios de luto.
La congoja  es un vampiro ciego.
En un lago sin agua beben los peces su ceguera.
Una mujer pasa a mi lado con su vela blanca.
Un niño mira un perro.
Un hombre ojo  carga el luto del monte.
Nadie parece verme.
¿Qué hacer?
¿Crucificar al hombre? ¿Matar la bestia?
¿Vaciar las ánforas?
¿Elegir el dulce tormento del amor?
¿El exilio de la lágrima?
¿El sutil beso de la rosa?
¿Acaso  elegir el tormento, el exilio, lo impalpable de la rosa?
¿No es una forma absurda, ciega, cierta, segura  de incerteza?
 
La persuasión avanza y cubre de polvo, el polvo

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

EN LA TIERRA DE LOS  VIENTOS*

 
  
Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los  ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir.
   Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme.  Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo  a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor.  Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: “unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas”. Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara  “para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente”.  Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. “Los vientos son La Ira”, dice, “son La Ira que me reclama”.
   Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: “los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían…”. “Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos”.”Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo”. “Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta”. “No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes…”. “Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo, fue como que enloquecieron”. “Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos”. “Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones”. “Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín”.”No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo…”. “No fue difícil para ellos dar vuelta todo”. “El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos…”. “Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de  Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora”. “La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos”. “A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos… pero son La Ira”.
 
La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo.   Uno se pudre.  De ella y de los vientos.  Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega  y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo.  Yo no creo nada. Pero me canso.
 
Hace mucho calor, como siempre.  Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba… La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño… aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos … y es  que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban,  son como  miles, prendidos en su cuerpo… ¿cómo es que los vientos no se los llevan volando?
 
 
                       
*de Verónica  M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
-En “Cuentos del Litoral”- S.A.D.E –Sta. Fe-  y Lux;  1988
y Revista “Puro Cuento” Nº 26. Enero-Feb. 1991
 

    

UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR*

 
       
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar        

 
   
 Lo que nunca sabremos es exactamente en qué momento comienza esta historia, porque como sabemos, los hechos a veces se producen por azar y no entran en los cálculos o no quedan registrados como a conciencia en la cabeza de la gente. Lo que sí sabemos, al día de hoy, es el final, pero mejor no adelantarse, porque para eso existe la cronología, aunque bien sabemos que la literatura tiene otros códigos y puede quedar adscripto a la mirada ya desvalorizadora que se llamó “realista”, y los críticos más duros insisten en llamar “la ilusión del realismo”.
            Esta historia es una historia de amor, pero los más cáusticos, lo que están más cerca del positivismo llaman un “platonismo acorde a los tiempos”, o un “romanticismo rancio que no debe tenerse en cuenta”.
            Cuando esta historia sucedió, -si es que sucedió alguna vez- mi abuelo estaba por cruzar el mar Tenebroso, el Atlántico inmenso en un barco que lo dejó en Buenos Aires, con quince años y sin saber una palabra del espléndido español (que él luego denominaría “la castilla”) con el nombre de un pariente lejano o amigo de su padre o apenas un paisano de la aldea europea desde donde se largó, con el coraje, coraje con que lo impulsaba el hambre, como tantos miles en su situación, o peor, porque eran ya padres de familia.
            Quiero poner entonces la distancia necesaria como para no hacerme enteramente cargo de esta historia, pongamos  provisoriamente “de amor”, ya que las sucesivas veces que yo fui oyendo el relato de los mayores, todos lo hacían –en mayor o menor grado- no exentos de ironía, que podía ser fina o grosera según correspondiera al temperamento de cada uno.
            La historia que relato (que trato de relatar) sucedió en mi pueblo en los fines de la primera década del siglo XX y está protagonizado por un hombre muy bueno, italiano, no recuerdo de qué lugar, y certificar esa marca de origen  se me vuelve difícil porque hoy tendría ciento veinte años, lo cual hace imposible encontrarle algún contemporáneo.
            La primera historia que oí de don Juan Galli –de él se trata- refiere al más contundente romanticismo y lo hace inmigrante, chacarero arrendatario en principio, y luego asociado con sus dos hermanos tan solteros y atravesados en el habla “de Castilla” como el comprar una panadería, que a la postre lo dejará dueño único previo pago de la parte a sus hermanos quienes regresan a la Península para no volver.
            Están los paseos entonces con esa niña cuasi púber o adolescente o demasiado joven y más delgada y pálida que lo acostumbrado, esos largos paseos por el Veredón del Ferrocarril: ella toda de blanco, con capellina del mismo color, breves botitas oscuras y una sombrilla celeste. Él tieso, envarado, de traje impecable, botín con polainas y un leve bombín en la testa de lacio pelo rubión y muy fino, un bastón de caña y los dedos de la mano libre encastrado en los bolsillos del breve chaleco azul. Iría recitándole a Páscoli o D´Annunzio en italiano.
            En la esquina, él descendía, muy caballeresco, le tomaba las manos enguantadas a la señorita delgada y entonces ella saltaba sonriendo y ruborosa, hacia la calle cargada de un fino y fastidioso polvillo.
            Esta leyenda, lo advertí, termina con la muerte de ella, muy joven, hecho que, antes de producirse, provoca la promesa de él de permanecer en soltería perpetua. Se dedicó a las lecturas silenciosas cuando el arduo trabajo de la panadería se lo permitía, y de grande -ya pasados largamente los setenta– emprendió el aprendizaje de la guitarra, no recuerdo si con maestro o provisto de un manual con lecciones, cuando algún vecino (molesto tal vez por sus prácticas con las cuerdas lloronas del amanecer) le inquiriera, indiscreto, por qué siendo tan mayor le daba por la música, él muy jovial y pedagógico, explicó que Sócrates tomó lecciones de flauta hasta su último día.
            Recuerdo todavía, ya adolescente, trabajando en su panadería, alquilada a Alfredo Paggi, oía su guitarra monótona, ya que él ocupaba una de las habitaciones del fondo.
            Era,  un hombre tranquilo, minucioso, hablaba bastante bien el castellano y hacía un esfuerzo por pronunciar bien las palabras aprendidas no sólo en el trato cotidiano sino en los libros que consultaba constantemente y leía en idioma español, amén de los diarios o revistas italianas que se hacía traer.
            Tenía –lo recuerdo –una transparente mirada cariñosa en esos pequeños ojos celestes.
            La otra versión, que puede incluir todas estas  conjeturas y aproximaciones y la salvedad hecha que sólo oí siempre por referencias de terceros esta historia, es que en la relación con esta señorita de quien nadie recuerda su nombre o apellido, no tuvo otra relación que el de clienta, en su tarea cotidiana de vender el pan y las facturas y los bizcochos, casa por casa, con esa alta jardinera que arrastraba un caballo moro que don Juan Galli manejaba con silbidos.
            Y tal vez él le escribiera cartas de amor que no se animaría nunca a hacerle llegar, y que en ese tal vez podríamos conjeturar alguna serenata, con su desafinada guitarra, homenajeándola con un valsecito o un fox-trot melancólico, a ella y a su indiferencia de las persianas cerradas.
            Dicen que ni una vez –ni una sola vez- la señorita se dignó mirar a ese gringo, que se deshacía en galanterías lejanas y que ella consideraba ridículas.
            Y él, tan discreto, jamás habló de ella, o de su desolado amor sin compartir con ella y ese fracaso con ningún ser de este, para él, desolado planeta.
            Y sin embargo, nunca perdió ese modo caballeresco y atento, casi ceremonioso con todos los que lo conocieron, tan buena persona, tan pintoresco.
            A mi me queda la imagen de su jardinera cuando con su silbido distinto detenía el moro frente a mi casa y mi madre salía con la cesta para comprarle el pan del día y él antes de partir con otro silbido, (era el momento más esperado por mis cuatro años ansiosos) introducía la mano en un pequeño canasto y alcanzaba a mi niñez asombrada esa rica jesuita azucarada como auténtica y nunca tan bien preciada yapa.

HABRÍA DE ABRIR*

Habría de abrir
como quien no quiere
como quien detesta

Habría de abrir
con impremeditada delicadeza
lo que no atinaría a repudiar

Habría de abrir
sin abrirse.

*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar

PANDEMONIUM*

La noche
que la muerte
me arrastre
a su agujero infinito
de sarcasmo
yo pondré todo lo mío
en su garganta

Seré el libamen mismo
en una ceremonia solitaria
de pecados e incuria
y de ironía inútil

Vendrá todo el dolor
por mí
y por las dudas
                las que no tuve
                        las que pude dudar especialmente
las que a veces
ni he sabido que dudaba

Me rodearán
manos esquivas de mis íncubos
que no han sabido
ni las dudas que he dudado

Un remolino
desprolijo y negligente
va a sumergirme
en el final desesperado
a bocanadas de ardor y de perdones
en el eco atormentado
de la nada
Y el fuego
equivocado
de todas mis pasiones
arderá en el recuerdo
de mi nombre en el aire

Por fin no escucharé
nunca más el latido
ni el viento ni tu voz
ni las tormentas
ni el llanto disfrazado
                 del que implora
ni el tiempo del reloj
                 en mi cabeza
ni el rezongo tedioso de la histeria
ni los gritos de amor
                 y otros quejidos

Habrá nadie para nadie
                                    como siempre
Nada distinto de la vida distraída

                        

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Los huesos al sol*

El hombre va caminando por aquel terreno pedregoso interminable. Un desierto sin arena, lleno de piedras y matojos que se extiende hasta más allá de donde alcanza la vista. Consulta una especie de plano detenidamente y busca a su alrededor. Está seguro que se encuentra en el lugar correcto.

Se dirige con paso decidido a su derecha donde se alza un pequeño promontorio de rocas, en un lugar algo desplazado de donde indica el plano, y ve el esqueleto recostado entre unas rocas que tienen una extraña forma de sillón sin patas. Le observa con las piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo.

Sin perder un instante empieza a cavar una fosa ignorando el tremendo calor y concentrándose únicamente en su cometido. En cuanto la acaba traslada el esqueleto al agujero y lo cubre con la misma tierra que ha sacado, disimulando cuidadosamente el lugar y su trabajo. Seguidamente se va al promontorio y se tiende entre las rocas, sentado en aquella especie de sillón sin patas, y mentalmente repasa la postura: piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo. Cierra los ojos lentamente y se abandona.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Una obra de teatro en Saturno*

Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma.
Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga.
Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros.
En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo  de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo.
Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado:
Urbano, amigooo¡¡¡¡
Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos.
-Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo.
Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar.
Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro.
Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas, hoy sábado y el domingo.
Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje.
No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que lleva prendido en su chaqueta que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-.
Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo curiosidad:
 

¿Dolor de cabeza?
 
Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza.
Cualquier dolor de cabeza
se corta con un geniol.
30 centavos.
 
-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante.
Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo-
Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos.
-¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián.
-Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático.
No nos dejaron ir de la estación hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto.
Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo.
-Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones.
-Es la universidad…
El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas:
“Universidad del viento de Saturno”
y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés.
-UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE
-GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM
-GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.
 
-Que quiere decir?
-No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad.
-Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado unas pocas cuadras.
-Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana…
Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo.
-Viste al Ingeniero Williams?
-Si, un anciano de una energía y convicción envidiable.
-Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia.
-Me estás jodiendo.
-No, es el mismo.
¿Pero cuantos años tiene?
-El 29 de agosto cumplió 136 años.
-No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años.
-Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador?
-Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años.
-Bueno, en Saturno la gente no envejece.
-Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
-Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables.
-Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato?
-Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario.
 -Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico.
-Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película.
-Exacto.
-Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad.
-Una versión muy libre de Saverio el cruel.
Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron.
Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las entradas, lo llevan a uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital.
-No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto?
Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto.
-Y de donde es…? -me pregunta.
-De Lomas de Zamora.
Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo.
Y de memoria recita
 
Miro al passato, a i nostri bei vent’anni,
Quando, venendo a te, l’anima allegra,
Vergine ancor a tanti disinganni,
Per i sogni piú belli popolata,
Cercando un ragazza per un valzer
Trovammo quí la sposa
Madre dei nostri figli insuperata…
 
(Me dice que olvido al autor, que la poesía era más larga…)
-Pero usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente.

-No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente quedo afuera e io también. Pedíamos a los gritos a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto para nosotros: “Cuesta abajo”, “El día que me quieras”, “Arrabal amargo” y otras que ya no recuerdo.

Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo.
El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil.
Sólo entiendo y retengo el estribillo:
¡Io sono Pinocchioooo!
 
Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal.
Y es un fiscal que se preocupa por pequeños hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos.
Se para otra paciente e interrumpe:

-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó.
(Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, ella es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo.
-El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada.
la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino.
La obra continua. Estoy en una especie de limbo que no me permite prestarle demasiada atención.

Me parece que esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse.
Por descubrir la trama del engaño.

Ahí comienza a cantar otro anciano:
¡caprichoso garibaldino trulalaaaa!

No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez.
Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano cantor y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:
 
-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. Abrazo  U. Powell.
 
Según el horario que tengo el tren debe llegar en pocos minutos, asi que camino casi corriendo hacia la estación. Me parece escuchar a lo lejos el ruido de la locomotora y su silbato de vapor.
Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento.
Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.

En el andén esta Hércules, el jefe de estación.
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo… -Me dice,
 y cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés “Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs” y luego traduce: “Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires”.
 
Dígame Don Hércules, ¿Que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?

¿Eso?
-Si.
-Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Pequeño Larus no ilustrado*

Alero:   lugarcito del techo acogedor de golondrinas.

Bandera: trapo de diversos colores, simulado emblema de patria.

Blasfemia: recurso infame del incapaz.

Bravura: postura que debe imperar ante la vida.

Critica: opinión rechazada por nuestro ego.

Cuerpo: caja de huesos y arterias guardadora de emociones.

Culpa: falta suave si es propia, terrible si es ajena.

Despecho: sentimiento hecho negro pozo al que nunca deseo caer.

Destrucción: acción del hombre contra el bosque propiciando desastre futuro

Dignidad: calidad de vida que dejo como única herencia.

Dolor: sensación en la piel cuando el amor te abrasa.

Esperanza: alimento diario del alma.

Espiga: amarilla calmadora del hambre.

Fatiga: estado que me producen los imbéciles.

Gotas: gemas con interior de rocío.

Humo: combustión de fabricas, ya casi olvidado.

Lejos: medida del espacio del enamorado.

Llanto: efusión salada que sazona las penas.

Lluvia: desagüe de las arcas del cielo.

Mujer: ser fabricado en roca con mezcla de seda y perfume.

Perdón: regalo muy difícil de hacer.

Rumbo: camino escabroso si el espíritu no halla paz.

Sed: hambre de agua.

Sol: alimento insoslayable de la vida.

*de Elsa Hufschmid  elsahuf@hotmail.com

LA FORTALEZA*

 
         
 (I)
 

La tierra del viento norte
tiene su fortaleza
una casa-fortín
de toscas almenas,
soldados de yeso,
puente de madera.
Es delirio de artesano
con mala siesta.
Tal como la soñó,
junto a la puerta verdadera
una falsa puerta de argamasa
abría goznes a utopías niñas
que salían a rodar
en bicicleta.
Se derrumba, también, la Fortaleza
de tanta mala siesta.
Pero la puerta
espera.

           
                        

(II)
                                           
    
   La estatua, dura como ninguna, apoyada en su lanza, atisbaba el microcosmos de la calle reverberante, polvorienta, un enigma seco que se estiraba hasta el horizonte candente de la siesta. El sol se ensañaba ahora con su cuerpo de piedra, lo horadaba con zarpazos de fuego. Hervía ahora en una calentura llena de vapores que formaban casi un aura en sus contornos “¡Y pensar que mi piel nunca conoció ese otro fuego, el del amor!”. Le dolía la cabeza pero no podía bajar la guardia, debía vigilar, desde el techo de la vieja casa, junto a los cañones también de piedra, debía vigilar.
   La casa dormía su lenta siesta veraniega con despreocupada mansedumbre, aceptaba su aspecto tosco y sensual, como de hembra que muestra su humanidad maciza en un desnudo ingenuamente lujurioso. ¡Así fue siempre ella!, dos puertas al frente: una, verdadera, otra, falsa, pero para alcanzarlas, el portoncito de madera, y el arco con los pájaros de piedra que ocupaban eternamente su territorio mirados con intriga por los pájaros auténticos “Ah, pobres aves condenadas a no volar jamás!”; enseguida, el puentecito, el pequeño arroyo artificial, abajo, y los patos detenidos en su sueño de argamasa, peleando con el enano de jardín que estaba un poco más lejos, a quien siempre molestaron sus graznidos sordos, nostalgiosos de vida verdadera, hartos de no ser escuchados más que por otras estatuas, ávidos de respuesta en su antiguo soliloquio… Cada tanto el enano olvidaba sus empozados rencores para cuchichear con ellos y con los pájaros del portón, las claves secretas de una revolución libertadora, pero el hombre del techo no se descuidaba nunca,  y las intrigas se destejían antes de un primer ensayo. Jamás dormía, ni siquiera reparaba en el avance de la carcoma, el despojo en el que se convertía con el paso de las estaciones. La única molestia era el sol de las siestas veraniegas, pero lo soportaba estoicamente, que para eso era un soldado. Vigilaría la puerta falsa hasta el fin de los tiempos, la vigilaría aún cuando de él no quedara más que una masa informe de piedra erosionada, y entonces, ya no quedarían, seguro, ni los pájaros, ni los malditos patos, ni el revolucionario enano tozudo, ya no habría peligro de que alguien transpusiera la puerta.
   Mientras tanto, para los cautivos eran un consuelo las visitas de los niños del pueblo. La casa los excitaba, tan diferente a las de ellos, a todas las casas que habían visto. ¡Hasta tenía un nombre: “La Fortaleza”! Su misterio les erizaba la piel; intentaban abrir la puerta falsa con la seguridad que sólo un niño puede tener, de que  detrás había algo más que pared. “¡Ábrete, sésamo!”-jugaban, y simulaban conversar con las estatuas,  las acariciaban bajo la mirada del hombre del techo que, descubrieron, los seguía hacia todos los ángulos, “Qué raro, ¿no?”.
   Quizá alguna de esas veces, desde sus alturas, él sintió la soledad amarga de su destino de verdugo. Pero ahora no había niños, ni siquiera un perro vagabundo, todo era calor en esa siesta demoledora, la más ardiente que recordara desde que estaba ahí, vigía celoso de la puerta prohibida. La cabeza le dolía más y más, se sentía débil. Entrecerró los párpados y se dejó  llevar por el sopor que lo viajaba por dentro… Se fue al garete hasta la infancia que nunca tuvo y se soñó una madre, un vientre redondo y rumoroso, un cordón de vientrenauta, un rosado pezón tibio… una…
 
   Cuando despertó la vio sentada en el puente con la mirada perdida en los patos pero con un cuerpo contundente, todo determinación. Y supo que era la elegida. Un calor diferente lo consumió. Venía desde adentro, emergía pintando con nuevos colores a su piel  de estatua.
   Todo fue el torbellino de un instante: ella que se supo observada, que se levantó sin prisa pero con firmeza, ella que fue hacia la puerta,  los pájaros de piedra que batieron las alas, luego los patos graznando con cadencias nuevas, el enano  loco y él, él mismo, el soldado herido, herido de amor, que la seguían, que transponían con ella la puerta falsa en busca de la otredad, de un cielo tal vez vacío, del otro lado de las cosas.
 
                                                     

*de Verónica  M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

-”La Fortaleza”, poema y cuento, en: “Así SEA”- Antología de poesía y cuentos. Edit. Lux y U.N.L-Fundación  pre-textos. 1997
 

MANCHAS Y ARRUGAS*
 
                    

Las manos unidas
                    
sin culpa ninguna.
                   
 Una luz fugáz
                   
 casi imperceptible
                   
 entre tanta bruma.
                   

 Charla,café,un poema,
                   
 una buena música.
                   
 Se encontraron tarde
                  
  que es mejor que nunca.
 
                   
 Hablan de sus vidas
                   
 y sin darse cuenta,
                  
  se estrechan las manos
                   
 que pintó don tiempo
                   
 con manchas y arrugas.
 
                   
 Caminan sonrientes
                   
 libres de premura.
                   
 El compra claveles
                    
y se los ofrece
                    
junto a su ternura.
                    
Se encontraron tarde…
                     que es mejor que nunca.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

DESCANSO*

“Nada se compara a esa leyenda de semillas
que deja tu presencia”

VICENTE HUIDOBRO
 

Cansa el viento zonda, amor,
Tu ausencia mucho más.
Languidece la luna desteñida,
Jazmín del aire, en aire marchitado.
Tenuemente ilumina
El relincho cansado del caballo.
 

Cansa la sequía, amor,
Tu ausencia mucho más.
Magullados los cardos,
Siguen las huellas vacilantes
De los perros flacos.
 

Cansa la vigilia del carancho,
Tu ausencia mucho más.
Las penumbras vacilantes de la noche
Huyen, tras un lagarto azul.
Mi corazón muere de sed.
 

Cansa la soledad, amor.
Despojados, la rosa y el espejo
De presencias errantes,
Buscan la plenitud del aire.
Las semillas.
Del agua, del fuego y de la tierra.
 

Cansa el olvido, amor
Tu ausencia, mucho más.
El caldén, tan callado,
Con destino de poste,
Con sus vainas preñadas de agorera savia.
Camina lentamente sumándose
A mis pasos.
Enciende la lámpara y la luna.
Trayéndome el descanso
Profundo de tus ojos.

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Viento de fuego*

Me hieren el frío y la indiferencia
en esta noche clara.
Los latidos de un hijo
asoman del vientre de una madre anónima
que revuelve la basura
en busca de alguna esperanza.
Camino por la lengua del destino
cerrándole los ojos
a cada luna que muere.

*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com

“Al borde de la Palabra” www.arinfo.com.ar
-Los martes de 18 a 19 hs. Liliana Varela / Patricia Ortiz
http://albordedelapalabra.blogspot.com

Italia*

                                                                     
 a mis viejos

nadie supo ser más libre
entre sus miedos
ni el ignorante y solitario miedo
a no sé qué
pudo anegar la marca de ser libre
ni todos los destierros
ni la ausencia
ni la muerte inminente
y la miseria
ni el noble sacrificio depredador de tiempo
a la espera de un después inalcanzable

vi escurrir cada sueño
entre sus manos
deshacerse en el instante mismo
del ya estaba listo
los vi esperar    callar     desesperar
pude verlos bordeando los ocasos
en cada corte repentino de la escala
así los vi vivir desde su tierra errante
sellando paso firme en el vacío
quedándose vacíos a cada rato
fabricando otro sueño
a cada sueño roto
esperando en silencio
el famoso tributo a cada esfuerzo
la vuelta de la vida que te paga
la redención de todos los pecados

vi iluminar sus rostros
en el momento mismo de cada alumbramiento
disolviéndome en abrazos más seguros
que el sol que me gobierna
yo deshice su dios y sus esquemas
yo desandé sus sueños y sus mitos
para crecer mis alas
y empezar de nuevo
me enojé con su amor y sus misterios
les negué más placeres que fracasos
y ellos lo saben
porque saben del miedo
y ahí siguen impasibles   secos   quietos
esperando un regocijo de alto vuelo
el júbilo y la risa a carcajadas
que todavía llevo
embutida en mis huecos                            

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
 -abril del 1998.

LA GLORIOSA DE BOEDO*

 
Mis ojos no aceptaban otro rostro.
El escenario elevaba su estampa hasta la línea de la luna.
Su magnificencia danzaba entre batucada sanguínea y trajes de brillo dispar.
Su voz se incorporaba a mi piel apunando emociones.
Y la escuchaba cantar… y la descubría bailar.
La adivinaba cerca y estaba tan lejos.
Contemplarla pronosticaba garúa en mis retinas.
Y en mi adentro se establecía el carnaval de su guapeza, su hermosura, su esplendor…
Como olvidar los modales de sus ojos, la silueta de su cabellera,
el perfil de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tono de sus movimientos.
Que ganas de abrazarla hasta lo inagotable.
Que ganas de ofrendarle mi amor todas las mañanas en el altar de sabanas y bostezo.
Que ganas de extender mi mano y obtener la seda de sus dedos.
El carnaval dijo hasta pronto. Las comparsas iniciaron el exilio.
Los estandartes, las fantasías, la percusión, dejan en el cielo su mueca.
Las desinhibidas coreografías, los pasos discontinuos y las caminatas desalineadas
mudan su algarabía a otros suburbios.

Mi mirada quedo absorta enfocando el escenario, buscando su luminosidad,
su semblante único, sus rasgos incomparables, su rostro inmejorable.

Y allí permanezco, en la esquina indicada, esperando el colectivo de la alegría,
ese que ella conduce cada Febrero haciendolo rodar por Boedo y mis recuerdos….

*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com

LA ESPERANZA*
 

Era un refugio la esperanza.
Que el sol reverenciara la mañana,
que alguien me diera su sonrisa,
que entendiera el trino de los pájaros,
que flotara en la nube, que brincara
sobre buenos deseos y promesas.
 

El refugio era la esperanza…
Pero un pájaro murió sin dar su trino
y el sol enlutó su sentimiento;
por eso amaneció un poco tarde.
No hubo ni promesas ni reencuentros…
¡Qué desnuda quedé ante la vida
cuando enterré en el jardín mis esperanzas!
 

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

 

*

Inventren Próxima estación: CASBAS.
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

*
LA JIRIBILLA.
-Revista de cultura cubana.-
http://www.lajiribilla.cu/

*
Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

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Tel. + Fax: 0043 662 825067

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Sunday, October 11, 2009

ESTACIÓN SAN FERMÍN

INVENTREN…

 NUDOS*

Raro letargo amor, raro letargo.
Remotas lejanías desnudas, llaman desde la piel dormida.
Amordazan, anudan.
Loco acróbata loco, mi corazón,
Intenta desasir lo imposible.
 

Los nudos. Allí están.  Acechantes.  Alertas.
Rama de mimbre, cadena, cordón umbilical.
La piel oscura de mi padre
y la penumbra- intacta- de mi madre.
Lágrimas de piedra, bebe sediento el clavel del aire.
 

Raro letargo amor, raro letargo.
El agua al alcance de la mano,
El árbol genuflexo, con los brazos cruzados.
A su sombra, descansa, rendida, la muñeca de trapo.
Cabalga la distancia, en sus trenzas de humo
En sus piernitas flacas, gime, anudada
Una pena de nácar.
 

Raro letargo amor, raro letargo.
Nudos de nácar,  nudos, desnudos.

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

A cada tano le llega su San Fermín*

   Mi madre y mi padre nacieron en Europa y se casaron en siete de julio, pero no en Pamplona.
   El arroz se dispersó entre sus cabellos jóvenes y su risa vital en un pequeño pueblo de la zona sur del Gran Buenos Aires, cuando todavía el tren hacía vibrar las juntas de brea y el adoquinado y, al traqueteo de sus desniveles ladeaban hasta la adrenalina los carros del lechero.
    Y el pan llegaba a la mañana con el olor de la levadura caliente servido por el semblante trasnochado del propio panadero que lo había amasado.
   A la fecha no he podido descubrir por qué Gran ni por qué Buenos, y menos, Aires, pero serán de las tantas preguntas que acompasan mi desconcierto frente a la dinámica y la taxonomía de la realidad.
   El cuerpo menudo de mi madre, que sostenía un rostro bello como pocas veces he visto, se envolvía de pañuelos para contrarrestar la intemperie de ese paraje hostil de mediados de siglo que reemplazaba los paseos en la pradera con sus amigas, por el acarreo de baldes y la huida ante la furia y la amenaza del gallo en celo en los fondos de aquella construcción incipiente, poblada de proyectos más que de paredes.
   La gallardía de mi padre, recién llegado de su intermezzo entre la Italia del Adriático y ese mismo paraje desavenido, intermezzo recalado en un Sao Paulo con olor al mar de este sur, café intenso y garotas; pues, esa gallardía iba tornasolándose en un degradé lento, en el overol de la fábrica de plásticos y los kilómetros de bicicleta en espiral para abarcar en su totalidad los turnos alternados de esa misma fábrica.

   Pero, eso sí, el día de reyes había regalos para todos los hijos de los operarios, y allá íbamos a recibir la bienaventuranza de un capitalismo laxante que se cobró la vida en vida de toda la vida.
   El augurio de alimento y trabajo que vaticinaba aquel arroz del siete de julio de San Fermín no había fallado, era innegable, indiscutible.
   Quién tiene el coraje y las agallas de ponerse a discutir con un tano y con una tana acerca de la importancia de tener un trabajo digno.
   Discusión fútil.

    Pasó mucho tiempo desde ese entonces, claro.
    Pasó el medio siglo que casi llevo viviendo.

    Y la vida me condujo inocentemente, tal vez, si es que hay algo inocente en cada paso que impulsamos, a este otro paraje de los confines de otros Inmensos Malos Aires, ya no sé darme cuenta si peores o no tanto.

   Un lugar donde todo está por hacerse pero no veo a nadie haciendo.
   Un tiempo en el que habría que deshacer pero no encuentro a nadie que tenga algo hecho.
   Un mundo de quehacer que no sabe qué hacer.

   Me distraje un momento con un gorrión chozno de Sarmiento, o eso dicen, alimentándose en el compost de mi huerta y bebiendo las escasas acumulaciones de la lluvia mínima en esta tierra yerma de sueños y de ímpetu.

   Vi dos chiquilines bamboleándose en un subibaja inventado con un poste, esperando seguramente por otro destino, el poste, digo, no sé los niños, debajo de la llovizna de la mañana casi helada de este oeste.

   Casi con un grosero pensamiento me pregunté si no sería todo más sencillo, si aquel San Fermín del ’56, mis padres se hubiesen dejado correr por un toro en Pamplona.     
    

                                        
*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
–Septiembre casi fines del 2009.-

ESTACIÓN SAN FERMÍN

*

Ellos cada tanto huyen a una vida anónima.
Viajan en trenes comunes, con ropa sencilla y anteojos oscuros.
Ella oculta pudorosamente sus múltiples tatuajes.
Ahora cumplen el deseo de viajar en un tren de época recientemente reciclado.
Viajan en un tren tirado por una locomotora Garrat -fabricada originalmente por Beyer Peacock-  que tiene 116 toneladas. La más pesada de la dotación original del Midland.
 
 El tren corta la llanura pampeana rumbo a Carhue. A los dos les gusta hacer el amor en ese camarote estrecho que los obliga a dormir acurrucados. En ese tren cuyo traqueteo se convierte por momentos en un suave vaivén de barco.
Van al pequeño pueblo de San Fermín.
Donde se anuncia una corrida de toros, sin toro.
Muchachos y muchachas vestidos con sus ropas blancas correrán por las vías.
El toro será un gigante negro y humeante que ha sido caracterizado a partir de una locomotora North British recientemente puesta a nuevo.
En una de las fotos que les enviaron puede verse al toro que tiene una boca gigante de utilería que raspa los durmientes de madera y debe devorar a varios de los corredores en los casi 1000 metros que dura la carrera.
 
 
 El tren llega a San Fermín envuelto en sus nubes de humo y atravesando una densa niebla.
Bajan. Ven partir presurosos a los recién llegados que son recibidos por parientes o amigos. A los solitarios que corren a ponerse en la fila de espera para tomar alguno de los pocos taxis disponibles en ese pequeño pueblo.
 
No tienen apuro. Caminan el andén. Se acercan a observar de cerca a una locomotora que no quiere partir. Ni hundirse en la densa niebla que no deja ver mucha más allá del final de la estación.
Es un amanecer. Ese es el primer tren del día que llega antes de que los rayos del sol se impongan a la niebla.
El tren se va. Los envuelve la soledad.  Son una pareja de turistas que no tiene demasiado interés en salir de ese espacio mágico del andén de un pueblo perdido en la llanura.
Del tren queda apenas un sonido que se aleja irremediable.
 
Ellos siguen allí viendo las fotos que revisten las paredes del andén. Un pueblo viejo que se extinguió y volvió a refundarse con la vuelta del tren.
Están las fotos de las celebraciones previas del San Fermín hechas allí.
Caminan de la mano. Mano derecha de él a mano izquierda de ella.
Están, como cuando están juntos y paseando, bastante ajenos al mundo.

Hasta que la tensión en el brazo de ella los puso en guardia. Son esos peligros inminentes que se perciben en la piel antes que en la conciencia.
Esa voz les hablaba en inglés norteamericano.
La voz era de una gitana que se acercaba.

-Hola Brad Pitt.
-Hola Angelina Jolie.

Ahora ambos se sobresaltaron por igual.

-Quiero que se cuiden, hay mucha envidia alrededor de ustedes.
-hay gente mala que asedia la dicha.

Angelina giro bruscamente y le dio la espalda por completo a esa voz a la que no quería unir con el cuerpo que se acercaba.
Brad se quedo enfrentando con su mirada fija en los ojos de la gitana.
Su presencia era la actualización de una antigua pregunta: ¿Hasta que punto lo real esta construido por los malos sueños? ¿Cual es el día en que las pesadillas alcanzan a lo real presente?
Fueron instantes. Apenas instantes.
 
La gitana siguió hablándole a ella, como si él fuese apenas una sombra.
 
-No te vayas. No te escapes.
-Que no te voy a violar.
 
Angelina volvió a estremecerse.
 
-A vos ya te violaron hace rato… -Remató la gitana.

Porque no te cortas la lengua. -Grito Brad con furia, mientras vio la imagen de la espada de Aquiles en el aire. Su espada que buscaba la cabeza de la gitana.
Lo inundo el deseo de verla decapitada. De llevarse esa cabeza. Que jamás sería la de un santo como Fermín de Amiens.
Pero la gitana eludió el corte y salió corriendo hacia el umbral de la estación.
Después, se desvaneció en la niebla.

Ellos se miraron, por un momento se desconocieron. Descubrieron que fácil es ser desconocidos desde siempre y empezar a darse cuenta a un solo golpe del destino.

El no quiso decirle que ella habita en sus sueños desde niño, pero que la ha visto una y otra vez  -Hasta ese día a prudencial distancia- en distintos lugares del mundo.
 
Angelina sintió el corte en su propia memoria de piel.
Se preguntó si aquel suceso tan encapsulado en olvidos, había ocurrido un séptimo día del séptimo mes.
 
De la gitana misma quedaron dudas.

Hasta que vieron ese goteo de sangre, que se espaciaba y desaparecía al atravesar el umbral de la estación.
 
 
 *de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Rumbo a San Fermín*

Diez de la mañana sobre la pampa húmeda. El primer sol primaveral reverdece en las copas de los árboles, el trino de los pájaros adormece la visión del caminante, y la llanura es cortada por la mitad por una tenue línea irregular. Son los restos del antiguo ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, desmantelado desde hace décadas, descomponiéndose en medio del paisaje como el atroz cadáver de un pordiosero sin nombre.

         De pronto, sobre la monotonía del horizonte comienza a distinguirse una silueta que se acerca, sin prisa pero sin pausa. Al comienzo se asemeja a una aparición espectral, difusa, intangible. Pero a poco de avanzar, se concretiza, sólida, oscura, con una vaga oscilación que recuerda al rítmico sube y baja de los pistones de un motor de combustión. Sobre aquel paisaje desolado se materializa una zorra ferroviaria manual, impulsada por un par de siluetas, esforzadas y persistentes.

         Poco a poco van delineándose las figuras: son un par de hombres, vestidos con deslucidos mamelucos grises, moviéndose con una monotonía tan decidida como sudorosa. De espaldas a la vía, con la vista fija en el ayer, Eduardo Coiro –alias “Educoiro”- mueve la palanca arriba y abajo, con un brillo alucinado en la mirada y un peso inimaginable sobre ambos brazos, ya casi acalambrados. De cara al futuro, dejando atrás un pasado que ya no volverá, Alberto Di Matteo –alias “Aldima”- reproduce el movimiento alternado de su compañero, resoplando mientras hombros y espalda se le contracturan, y deja vagar la imaginación como una sutil manera de que el impulso cobre mayor fuerza.

         -¡Vamos, Di Matteo, no me afloje! -, exclama Coiro. -¡Hay que volver a fundar estos ramales ferroviarios, olvidados por la desidia de los prostitutos de siempre!

         -No sé cómo vamos a llegar hasta el final -, replica Di Matteo, con un quejoso murmullo y la vista fija en la palanca. -¿Quién más va a sumarse en esta patriada?

         -¡Eso no importa, compañero! ¡Hay que trazar un camino, crear con sentimiento, desplegar el sueño y la fantasía sobre este bendito país!-. Y de pronto, suelta la mano derecha, eleva la vista al cielo, y apunta hacia arriba con el dedo índice, cual si pontificara sobre una tribuna política: -¡Hagamos el esfuerzo, carajo! ¡Claro que vale la pena! ¡Nos cansaremos de triunfar!

         Di Matteo también suelta su mano derecha, pero para tomar un marcador que lleva sobre el bolsillo superior izquierdo, y con él comenzar a garabatear las inspiradas frases de su amigo sobre la manga izquierda de su mameluco, que luego transcribirá oportunamente, elaborando inspirados textos que los movilicen a soñar a ambos –y a sus lectores- con estar dando los primeros pasos para el lanzamiento de una revolución cultural que rescate aquellas antiguas glorias de un país que quizá ya no exista, pero que bien vale la pena homenajear. Resopla agotado, guarda el marcador en el bolsillo, y continúa impulsando la zorra hacia delante, inclinando la cabeza.

Sólo entonces descubre el singular detalle, incrédulo por no haber reparado en ello antes. Lo que se extiende a espaldas de Coiro, en esa porción de llanura que aún no han recorrido pero que se les avecina a gran velocidad, son las carcomidas ruinas de lo que otrora fuese una vía: fragmentos de rieles oxidados, tacos de durmientes comidos por las termitas, pajonales por doquier… ¿Cómo es posible que se lancen hacia semejante incertidumbre, sin sucumbir en el intento? Sin embargo, al hundir la cabeza entre los hombros y espiar a través de sus piernas flexionadas, advierte que debajo del paso de la zorra, por detrás del impulso que van desgranando sobre la pampa húmeda, los rieles brillan con una intensidad inusual, como si los hubiesen acabado de fijar al suelo, aunque relucientes por el uso continuo.

-¡Refundemos un proyecto ferroviario, aunque sólo sea en el plano de nuestros sueños, con la mágica potencia de la literatura!-, vocifera Coiro por delante suyo, a espaldas del mañana.

         Entonces Di Matteo fija la mirada sobre la oscilante palanca y cree estar viendo algo muy distinto al acero habitual con el que ignotos ingenieros europeos han construido estos vehículos. La barra parece estar conformada por un material extraño, parecido a una red, un tejido, un entramado de elementos misteriosos. Presta mayor atención, entrecerrando los párpados que le arden a causa de las densas gotas de sudor, y sorpresivamente cae en la cuenta de su propio delirio: aquello no es una red de filamentos metálicos, ni siquiera la fragmentación atómica de los elementos, sino un macizo conglomerado de frases, letras y palabras, unidas entre sí…

         Inmediatamente, ambos escuchan un estridente silbato, imposible de confundir, proveniente del lugar que acaban de abandonar.

         -¡ES EL (Inven) TREN!-, aúlla Coiro, agotado pero inmensamente feliz, espiando hacia atrás por sobre el hombro de su compañero. -¡LO HEMOS CONSEGUIDO, DI MATTEO! ¡EL (Inven) TREN VUELVE A CORRER CON INDUDABLE DIGNIDAD SOBRE ESTAS VÍAS!

         Di Matteo vuelve la cabeza y contempla en pleno día el nítido faro de una locomotora diesel a unos trescientos metros de distancia, que se acerca a una velocidad mucho más intensa que la que ellos desarrollan manualmente, sin intención alguna de detenerse al alcanzarlos, en una suerte de criollo remedo de la horrible criatura generada por el Profesor Víctor Frankenstein.

         -¡Va a pasarnos por arriba!-, exclama, con un último aliento.

         -¡Por eso mismo, Di Matteo: ponga huevo y siga adelante! ¡Hay que llegar a San Fermín antes de que nos aplaste! ¡El (Inven) tren se ha convertido en una fuerza imposible de parar!!! ¡Síííííííííííi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

         “¿Quién me obligó a meter en este quilombo?”, piensa Di Matteo, bufando y sin dejar de agilizar esa barra manual que ya casi parece moverse sola, aunque todavía necesite del impulso humano para darle impulso.

         Coiro comienza a reírse de felicidad, con genuina satisfacción. El cuerpo le estalla en una dolorosa contractura, el sudor se le adhiere sobre la piel, y el aire le quema los pulmones. Pero a pesar de todo, se siente tan contento como si volviese a tener siete u ocho años, y su padre le hubiese regalado un lujoso tren Lima, con decenas de vagones y tres modelos de locomotoras diferentes, acompañados por maquetas de estaciones y demás construcciones aledañas, todo ello dispuesto para establecer sobre una amplia mesa y dejarla allí, para jugar hasta muy tarde por las noches, o alegrar una borrascosa tarde de lluvia con el cautivante hechizo de un circuito ferroviario de juguete.

         El sudor les chorrea a mares desde las frentes, descendiendo por los cuellos, creando enormes aureolas oscuras bajo las axilas, afincándose en las palmas, asidas con obstinada firmeza a la barra de la palanca, mientras la locomotora Werkspoor 4613 se les abalanza voraz, cada vez más cercana. Y aunque cada uno resopla por causas diferentes, aunque las motivaciones sean tan variadas para cada uno de los dos, algo los une en una misma empresa: el placer por inventar, por divertirse, por delirar juntos de manera creativa…

         -¡No afloje, Di Matteo, no afloje!!!

         -Sos un dictador, Coiro… Siempre decidís por tu cuenta…

         Así es como la zorra parece adquirir una velocidad autónoma al impulso manual que ejercen sobre ella, aunque ello no impida que el parachoques a rayas rojas y blancas de la locomotora les dé un topetazo por detrás, sólo para impulsarlos unos metros más, hasta llegar a destino.

Irrumpen de manera tan vertiginosa en los terrenos aledaños a la Estación San Fermín, que hasta por un segundo les parece que allí no existía nada hasta ese preciso instante. La zorra se desmaterializa en forma inmediata, mientras ambos caen rodando sobre un andén muy pulcro, y a su alrededor se esparce una caótica lluvia de fragmentos de frases sin utilizar, ideas sin desarrollar y comentarios al margen. La locomotora a vapor ensordece el espacio con un silbido en extremo estridente, como el primer chillido emitido por un recién nacido, urgido de alimento, y avanza desbocada hacia el horizonte sobre unos rieles recién estrenados, dejando a su paso un ardiente halo de carbón quemado que les inunda la nariz.

Coiro incorpora a medias el tronco sobre el andén, mientras Di Matteo aún intenta recuperar el aliento del último impulso, con la mente agotada de tanto delinear frases dignas y coherentes, cuando contemplan azorados algo que jamás hubieran podido imaginar por cuenta propia.

Al otro extremo del andén ven surgir, como otra aparición fantasmal, la solitaria silueta de un ciclista, ataviado por colores absurdos y chillones, como es la costumbre, y un oblongo casco azul con antiparras, quien sin frenar siquiera al ingresar en la Estación, incorpora el torso, alza los brazos y mantiene el equilibrio en los últimos metros del recorrido, mientras exclama:

-¡Sí, señores!!! ¡Treinta y cuatro kilómetros después, he creado la Bicisenda Ferroviaria!!!

Se desliza a su lado como una díscola irrupción “sorianesca”, y desaparece en la primer curva, sin que ellos consigan llamarle la atención y preguntarle siquiera cuál es su nombre.

Ambos se ayudan mutuamente para incorporarse, sucios y maltrechos, y avanzan a los tropezones y en silencio, apoyados uno contra el otro, rodeándose los hombros en un fraternal abrazo, resoplando agitados, hasta salir de la Estación, como un par de ignorados espectros, sin cruzarse con nadie. Al llegar a la calle de tierra, divisan en la vereda de enfrente un boliche de campo. Y hacia allí van, aún con ciertas frases colgándoles del overol, a la espera de tomar algo que los reconforte.

Acodados en la barra, por detrás de la reja que los separa del dependiente a la manera de una pulpería, ambos piden una ginebra “dalmasettiana”. Como el hombre no tiene idea de qué le están hablando, se conforman con un breve vaso de caña. Y una vez servidos, mientras recuperan el aliento y observan el paisaje que los rodea con ojos curiosos, dignos de lingüísticos exploradores, se miran el uno al otro, con un extraño brillo de complicidad, como si se adivinasen el pensamiento.

-Che -, alcanzan a decirse, al mismo tiempo-: ¿Y si proponemos un “InvenTren” en zorra?

*De Aldima.  licaldima@yahoo.com.ar

SAN FERMÍN*

     No hay nada que hacer aquí, ni toros ni plazas atiborradas, ni caballos enjaezados ni toreros de brillo y coleta. Nada de nada aquí. Una estación, vías brillantes, la sombra inexistente de una zorra que se atisba por el rabillo del ojo.
     Una zorra que avanza por los rieles si una está descuidada y mira un poco al costado, un poco al horizonte, un poco así mirando sin mirar con la típica expectación de quien atrapa fantasmas sobre fotografías desvanecidas.
     No multitud, no agitación, no clamores. Sólo dos hombres sudorosos y un tren que eternamente los persigue en un sueño, acaso en una pesadilla, en la zona que es la zona, ese lugar alejado de la realidad y sin embargo tan allí, tan aquí, tan próximo.
     San Fermín y la resonancia del nombre pero ni banderillas ni trajes de luces ni rosas rojas entre los dientes apretados. Ni una trenza moruna, ni un tablao ni un atestado lugar que huela a circo y a muerte roja sobre negro.
     Solamente estos rieles relucientes que trazan las paralelas eternamente unidas en un horizonte imaginario. Sólo esta planicie, esta llanura, estos yuyos repetitivos estos fantasmas que sudan, que mueven la zorra a riesgo de tren y a riesgo de desaparecer finalmente aplastados por el peso, el tremendo peso del firmamento que vira al violeta.
     Por qué San Fermín. Aquí, en medio de la América. Por qué el recuerdo borroso de santos católicos, de iglesias barrocas, de cuerpos torturados de santos de imaginería en madera policromada y ojos vítreos para traer todito el dolor intacto, casi real. Por qué aquí, en medio de la nada es decir en medio de la América, este tren que no existe y esta estación sin toros, hecha de fantasmas y de la única zorra que se apresura en ese viaje eterno de llegar a ninguna parte.
     San Fermín. Reloj detenido de estación abandonada. Fantasmas.
     No hay toros aquí, ni toreros. Hay, si, la sangre en los rieles, la sangre y la agonía del toro es decir la muerte del ferrocarril. Y el inmenso el inabarcable el marítimo clamor de las multitudes rugiendo frente a la ajena muerte.
     Ha muerto el toro de hierros y vapores de ollares sudorosos. San Fermín, señores. El carro lo engancha y arrastrando se lo lleva. Otros se regocijarán en la ignominia de celebrar sangres y derrotas. Cierro los ojos para no ver. Para respetar la muerte de rieles y edificio de cenefas airosas.
     Al cerrar los ojos perdura apenas, allí entre las luces de párpados clausurados, la imagen de la zorra y los fantasmas. Nada queda de más. No hay nada, nada que hacer aquí.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

El Tren de mi infancia*

—Lo pensé bien—, decía —y hasta resulta económico, embarcamos la camioneta en Autotren, nosotros cuatro viajamos en un departamento, al otro día, en Concepción, la retiramos felices y descansados. Recorremos el sector y de vuelta hacemos lo mismo. Son hartas horas, manejando perderíamos un día entero, en cambio en el tren nos vamos como a las ocho de la noche, comemos y nos acostamos, nos vamos durmiendo tranquilos y llegamos radiantes. Los niños pueden caminar, jugar, moverse tendremos una habitación para nosotros solos. Creo que sería una bonita experiencia—. Manuel trataba por todos los medios de ser convincente. Su esposa le contestó:
—Tienes razón, pero, me asusta un poco, los descarrilamientos que han ocurrido ahora último, dicen que nunca le han hecho mantención a las vías y que el sistema está colapsado. Su marido arremetió:
—De lo ocurrido no han habido más que demoras, sé que dicen que el servicio está más lento, pero, iremos cómodos—. Tiene razón su esposo, para los niños sería una experiencia novedosa. Y quizá tan cautivadora como lo fue para ella…

Ese era un día especial, lo supo desde la mañana cuando su madre con inusitada jovialidad, se afanó desde temprano y los vistió. Los bañaría a la tarde les dijo, cuando les pusiera la ropa para el viaje. Este fue el inicio de la aventura, junto a su hermano mayor estuvieron todo el día viendo signos importantes. A la hora acostumbrada su papá llegó a almorzar y preguntaba insistentemente a su madre, ¿estaban listas las maletas?, ¿llevaba pijamas?, ¿también toallas?, a él no le gustaba que usaran las que ponían en el tren; ¿había cocido huevos para los niños? seguro que les daba hambre, ¿había preparado un frasquito con sal?, que no se le olvidara.

—¡Si hombre! no te preocupes, no es la primera vez que viajamos—. Era la respuesta invariable de su madre que hacía gala de su paciencia ante este verdadero inquisidor.
Después de la siesta cuando su padre regresó al trabajo, su madre les bañó y vistió con sus mejores ropas. Ella se sentía encantada con su suave vestido rosado, calcetines blancos y zapatos negros de charol con pulsera, era su tenida para las grandes ocasiones. Sobre la cama la esperaba su adorado abrigo rojo. Al pesote de su hermano le habían puesto un terno corto azul, calcetines blancos, zapatos de cuero color gris y un abrigo azul, para completar ambos atuendos, a ella le tenían una boina roja y a su hermano un jockey gris. Ya no cabía en sí de excitación. Su madre les sirvió onces y a ella le dio un mareamin, esas píldoras picantes que nunca le habían gustado.
—A tomarla calladita, así no se enferma del estómago.
—¿Por qué no le das a Iván?—, farfullo ella, mientras se la tragaba con algo de leche. — Porque él no se marea—. Fue la respuesta inmediata de su madre.
La niña reclamo: — ¡Claro todo lo malo me ocurre a mí!
Al poco rato el enojo se le pasa y con su hermano preguntan a con insistencia cuanto tiempo falta para irse a la estación.
—Más tarde—. Fue la respuesta que repetida por enésima vez por su madre, no hacía sino excitarlos más.

Anochecía cuando llegó su padre en un taxi, subió todas las maletas a la parrilla del mismo. Entretanto su madre comenzó con el discurso previsible.
—No olvides dar de comer al gato; la basura déjala fuera los martes y los jueves; lava los platos no los juntes en el fregadero, porque van a llegar hormigas; no hagas la cama recién levantado, ventilala sino se pondrá hedionda…
—¡Mujer por Dios!, sólo se van por una semana—. Contesto él poniendo una voz entre dramática y trágica. Impertérrita ella seguía con su letanía.
—Todas las mañanas, dale carne al perro y leche al gato; suspende la entrega de pan, nos vamos a llenar de pan duro y a mi no me gusta comerlo…

Minutos después estaban instalados en el auto, su padre daba las instrucciones:
—Llévenos a la Estación de Concepción—. El conductor contestó amable:
—Inmediatamente señor, ¿a que hora pasa el tren?
—A las 9:00 de la noche—. Dijo su padre.
—Es bastante temprano todavía—. Respondió el taxista.
Su madre que se había mantenido callada mucho rato refunfuño: —Si es que a éste, le gusta llegar una hora antes a todas partes.
— ¿La señora viaja sola?— Inquirió el chofer, mirándolos por el espejo retrovisor.
—Si, con los niños—, se apresuró a contestar su padre, mientras la sentaba sobre sus piernas y la colocaba al lado de la ventana, bajando un poco el vidrio de la ventana.

El viaje de Talcahuano a Concepción no demoraba más de veinticinco minutos, era bonito el paisaje, después de dejar el caserío se veía el camino todo bordeado de verde, plantas, árboles y cerros se apreciaban de mil tonos distintos, ese año había sido especialmente lluvioso y la vegetación lucía exuberante, al fin a la distancia se vieron las luces encendidas de Concepción.

— ¡Como ha crecido la ciudad— dijo en voz alta su madre.
—Así es señora, fíjese que están construyendo nuevas poblaciones, en las afueras de Concepción, dentro de algunos años no habrá campo entre Talcahuano y Conce, yo creo que ni se van a distinguir.
—Es posible—, contestó ella dubitativa— pero, yo creo que faltan muchos años para ello todavía.
—¡Pero, queridísima señora! eso mismo decían del puente y ya ve, tenemos recién inaugurado el puente nuevo.
—Claro, sin embargo, después de los últimos temporales sin ese puente no habría habido trafico hacia el sur. Bien ya veremos si dentro de unos pocos años, como usted dice, habrán casas y no más peladero entre Conce y Talcahuano.

Habían llegado a la estación, les recibió ese olor indescriptible a maquinas y metal. Su madre la tomaba férreamente de la mano a su hermano, en cambio, le dejaban solo. Mientras su padre averiguaba a que hora llegaría el tren, su madre protestaba,
—¡Este hombre Dios mío!, si hemos llegado casi una hora antes, de aquí a que llegue el tren y nos instalemos…
Su papá, acostumbrado a sus reclamos, aprovecha de entregarle a su madre unos cartoncitos pequeños de color ocre con letras en tinta verde. —¿Los revisaste?— le pregunta ella.
—¡Por supuesto! Salida: día cinco de octubre; tramo: Concepción a Santiago; hora: nueve de la noche, el tren viene desde Puerto Montt y según dice el Jefe de Estación a la hora.

Papá les avisó que les tenía una sorpresa, la esperarían juntos, el tiempo pasaba y sentados en la banca de madera frente al andén, los niños miraban donde y cual podría ser, papá estaba tan misterioso, él insistía, realmente estaba a punto de llegar. En ese momento ella lo vio, por el andén caminaba rengueando ligeramente: su Tata. Lisa se soltó de la mano de su madre y fue corriendo hacia él, su abuelo inclinándose la alzó en brazos.
—¡Tata! ¡Tatita! ¿Cuándo llegaste?
—Hace un rato me vine en el tren expreso y como ustedes no llegaban me fui al mercado a comer sopaipillas pasadas.
—¿Te vas a quedar con nosotros?—, preguntaba ella, sin recordar que se iban de viaje.

Se reunieron con los demás, ella había tomado posesión del abuelo, ya instalada en sus brazos y cercándole el cuello, él, como podía saludaba afectuosamente a su nieto, hijo y nuera.

—¿Como está papá? ¿Qué tal el viaje? ¿Y mi mamá?— Preguntaba serio su padre.
—Bien hombre sin ninguna novedad, Amelia con sus achaques de siempre, conoces como es ella.
Su madre atino a responder: —¡Suegro!, esta si que es sorpresa.
—¿Hola como está Ester?, lo que pasa es que Ivancito no estaba conforme con que ustedes viajaran solos así que la Amelia me mandó a que me pidiera el día a cuenta de vacaciones y viniera a buscarlos.
—¡Pero, Iván! ¿Cómo se te ocurre molestar a tu papá? yo no necesito que me cuiden.
—Mira fue idea de mi mamá, y además así aprovechó de descansar un día—. Contestó él entre divertido y feliz de tener quién cuidara a su familia durante el viaje.
—¡Uff! ¡Vaya descanso!, se va a pasar todo el día sentado, debe estar cuadrado.
—No Ester no crea, gran parte del viaje dormí y la otra aproveche de caminar por el tren, además el viaje fue muy bueno, no tuvimos que esperar en el cruce de San Rosendo y las vías están de maravillas.
—¿Cuanto demoró el viaje, papá?
— Salimos de Santiago a las siete en punto, pero, tú sabes como es este tren de moderno y se detiene tan poco, estas maquinas Diesel son una maravilla. Llegó aquí como a las seis de la tarde. Claro que en San Rosendo hicieron cambio de máquina por una de carbón.
En ese minuto la conversación fue interrumpida por la voz del altoparlante. “Señores pasajeros hace su arribo el tren proveniente de Puerto Montt con destino a Santiago. Increíble, pero esa última hora había pasado volando”.

—¡Ese es!— Dice papá, indicando una maquina gigantesca que se acerca bufando peligrosamente y despidiendo sus nubarrones de humo, su chirrido al frenar hace que todos se tapen los oídos y alejen de las vías. En cuanto la maquina se detuvo, los vendedores vestidos de blanco y con canastos en uno de sus brazos, se abalanzaron a las ventanas del tren ofreciendo sus productos, sándwich, dulces chilenos, tortas; mientras eso ocurría se bajaron algunos pasajeros. Su hermano se coló en el carro más cercano, ella también quería ir, su madre no se lo permitió.

—¿Cómo él puede ir?, pregunto amoscada.
—Él es hombre— le dijo su madre con su voz autoritaria que además de no admitir replica zanjaba culturalmente la cuestión.
Su padre en tanto, sin prestar importancia a este hecho buscaba entre los números pintados en cada vagón, el código del carro en que estaban los departamentos. Al fin lo encontró, era uno de los coches más cercanos a la maquina, el orden en esta ciudad móvil era máquina, vagones con carbón, carros con departamentos, coches dormitorios, coche comedor, coches de primera, coches de segunda y coches de tercera. Caminar hasta el coche comedor era lo más que se exigía descender en esta micro escala social a los pasajeros vip y la llegada a éste estaba socialmente vedada aún a los más osados de los clientes de tercera. Las mezclas sociales al igual que en todas las otras áreas de la sociedad no eran bien vistas.

Una vez instalados en el Departamento, papá le dijo:
—El Tata los acompañará durante el viaje, cuando les hagan las camas, tu dormirás con tu mamá aquí abajo y tu hermano dormirá arriba, el tata tiene reservada una cama en el coche dormitorio, en el carro de al lado. En la mañana vendrá a tomar desayuno con ustedes. Pórtate bien y sé una señorita, acuérdate de todo lo que te hemos enseñado.
En ese momento apareció la tromba de su hermano, ufanándose de haber recorrido todo el tren.
—¡Hay un baño en la cola de cada vagón!, los nuestros son lindos con artefactos de bronce y limpiecitos; los de tercera son feos y huelen ¡huacala! — dijo poniendo cara de asco—, siguió parloteando —además para pasar de un vagón a otro hay que abrir una puerta, salir a una mampara y ahí otra puerta y sales y entre carro y carro hay un mecanismo como los enganches de mi tren de juguete y hay que estirar la pierna y saltar de un vagón a otro. ¡Yo quiero que el tren se mueva para poder salir a cambiarme de carro! Mamá, ¡tengo hambre!, dame un huevo, o mejor un pan, ¡óptimo un huevito duro y un pan! ¿Qué te parece?
Era bien camote su hermano, tan acelerado para hablar y bueno para intrusear que resulta de veras agotador, pero, ellas no pueden sustraerse a su encanto. Su madre presurosa y sonriente busca los huevos entre los pertrechos traídos para la ocasión, el Tata ríe a voz a en cuello con este nieto tan acelerado y hambriento.
—Ester, ¿le dio onces a este niño?— Consulta haciéndose el serio.
—¿Usted qué cree suegrito? Si este niñito tiene la lombriz solitaria.
—Papá, dónde nos vamos a acostar—. Pregunta Lisa, que en esa pequeña habitación ve dos butacas enfrentadas donde caben sentados apenas dos adultos por lado.
—Mas tarde les van a hacer las camas—. Dijo él sin aclarar mayormente el tema. —Ahora tengo que bajar.
—¡Papi ven con nosotros a Santiago! Dijo Lisa con los ojos húmedos.
—No puedo mi amor, van con mamá y el abuelo. Ellos los van a cuidar.
—Ester cuídese y salude a mi mamá—. Dice, mientras le da un beso imperceptible en los labios.
— Adiós, mi suegro te llamará para avisarte cuando lleguemos.
— Si Ivancito, no te preocupes, yo los cuidaré.
Estaban sentados mirando hacia fuera del tren—. Díganle chao a papá con la mano— les indica el tata. —¡Chao papa!, ¡chao papa!—, gritaban los dos pequeños a voz en cuello.
La maquina comenzó a bufar otra vez y junto con sus resoplidos se mueve lento, primero como si le estuvieran dando empellones, luego adquiere velocidad y una destreza inusitada en el movimiento, se desliza suave y de vez en cuando lanza sus pitazos imponentes, su padre quedó lejos atrás, en el anden, haciendo un gesto de despedida con su mano, cada vez más pequeño, hasta que resulta imposible separarlo del paisaje. El tren avanzaba en la noche apenas distinguían las casas aledañas a las vías las que exhibían la pobreza de la ciudad.

Lisa todavía no entiende dónde van a dormir, la habitación le ha gustado está toda forrada con madera clara, las butacas tienen ese genero peludito llamado felpa y el piso es de madera reluciente. Al rato vino un mozo vestido formalmente con pajarita incluida y le preguntó a su madre si querían ir a cenar al coche comedor, ambos hermanos cruzaron una mirada traviesa ante esta propuesta.
—¡Si mamá! ¡Di que sí! ¡Di que sí!— gritaron al unísono. Como si hubieran estado confabulados, indiferente a sus peticiones su madre respondió al mozo, casi con altanería.
—¡No!, sírvanos aquí.
—Señora: eso tiene recargo—. Explicó el mozo.
—Bien, lo pagaremos, deseo estar tranquila— Fin de la posibilidad de salir a recorrer ese tren y disfrutar de la aventura. Ellos seguían imaginando la emoción de cambiarse de carro.
Fue divertida la cena, El mozo instaló una bandeja con patas que asió del costado del vagón y quedaron sentados frente a una cómoda mesa, comieron carne mechada con fideos, coca cola, y un pan. Los adultos tomaron café, a ellos no quisieron servirles.

Después empezó lo mejor, el mozo regresó a buscar los platos en una bandeja y llegó un auxiliar a hacer las camas, su madre trató de sacarlos del departamento, ellos se negaron rotundamente, observaron como desarmaba los asientos de las butacas, los extendía hacia adelanta, juntaba en el centro y dejaba una cama, paralela al costado del vagón, luego tendía las ropas. Esto que parece sencillo lo es si a uno no se le mueve el piso, el tren dentro de su suavidad adquirida con la velocidad constante que llevaba, de repente daba unos barquinazos, que según la posición del auxiliar y su pericia lo hacían dar rápidos saltitos, como de boxeador, para no perder el equilibrio. La segunda cama simplemente apareció bajando el costado que estaba hacia arriba, recogida sobre sus cabezas, adosada a lo largo del vagón, casi verticalmente, ya estaba con sus ropas listas para ser usada, al costado traía una pequeña baranda, seguramente para que los dormilones no se cayeran. Ellos que nunca habían visto camarotes estaban deseosos de subirse. Su madre les pregunto si querían hacer pipí, ambos contestaron que si, ella les había traído una pelela, protestaron querían ir al baño. Así que su madre les llevó, ella entró con su madre y su tata y hermano se fueron al del coche dormitorio. El baño era tan pequeño que apenas cabían las dos, tenía un precioso espejo con bordes dorados y un lavamanos de bronce con un mueble de madera clara igual que la de su habitación. El carro se movía tanto que costaba usar la taza, cuando Lisa miro hacia dentro vio algo que se movía, instintivamente se encogió.
—No te asustes, lo que pasa es que no tiene fondo.
—¿Y si me caigo?—, fue su pregunta.
—No te preocupes yo te voy a afirmar y no toques los bordes—. Después de toda esta faramalla apenas si pudo orinar algo, es más decidió que la pelela era una excelente solución y que los baños de los trenes no le gustaban.
De regreso en el departamento y metidos en sus camas conversaban acerca de la última experiencia, su hermano consulto:
—¿Mamá y todo cae para abajo?—, ella contestó: —Si hijo todo cae a las vías.
Iván insistió en el tema: —Y entonces… ¿Quién limpia?— nuevamente y con voz somnolienta: —Nadie, se seca con el sol.
—¡Puff que cochinada!— dijo finalmente el pequeño Iván.
La madre les acoto: —¡Ya basta!, ahora a dormir que mañana tenemos que madrugar—. A la par que apagaba la luz y encendía una pequeña lamparilla que iluminaba tenuemente la habitación.

Al otro día, Lisa despertó muy temprano, no había sentido nada del viaje nocturno.
Al poco rato los tres se hallaban vestidos, era temprano, pero, su madre no gustaba de ser vista en paños menores y prefirió ser la primera en usar el baño, así que antes de las siete ya estaban en pie, la madre los dejó a solas con el Abuelo y salió del departamento.

Ese era el momento, estaban a solas y podían hablar libremente:
—Tata queremos conocer el tren… ¡Llevanos! ¡Di que sí! ¡Di que sí!
—¡Umh!— él los miró, se hizo el interesante y dijo concluyente: —Tenemos que convencer a su madre.
Cuando Ester regresó, les sorprendió todavía cuchicheando. Ambos miraron al Tata esperanzados. El dijo como al descuido:
—Ester, ¿Qué le parece que tomemos el desayuno en el coche comedor? así en tanto hacen la habitación y aprovechamos que los niños conozcan…
—Suegro, ¡veo que ya lo convencieron!— Contesta, mirándolos y sonriendo— De acuerdo, vamos.
Iván y Lisa se miran triunfantes. Aunque arriesgado fue entretenido cambiar de vagón el ruido ensordecedor comenzaba al abrir la puerta de la mampara, se hacia estruendoso cuando se pasaba de un carro al otro y luego se amortiguaba nuevamente cuando cerraban tras de sí la puerta de la mampara del coche siguiente.
Mientras tomaban el desayuno su hermano divertía a todos imitando los sonidos del tren según los momentos del cambio de carro. Era divertido ver como todo en la mesa se movía. Cuando miraban hacía afuera veían pasar los postes con una velocidad sorprendente, lo que más los tenía expectantes era que les parecía que eran ellos en sus butacas los que estaban quietos y los postes avanzaban. Lisa se divertía pensando que a lo mejor era cierto ellos estaban quietos y el resto del mundo se movía, tardaría muchos años antes de entender porque se provocaba ese efecto, en ese momento le pareció casi mágico y se archivó en sus recuerdos junto con el vaivén, los barquinazos y las demás anécdotas del tren.

Después del desayuno su Tata los llevó a caminar por el tren recorrieron todos los carros, la mañana había avanzado y hacía calor, más que en la tarde anterior en Concepción. El abuelo miró hacia fuera en un momento dado, vio la hora y les dijo:
—Ahora a regresar al departamento ya vamos a llegar—. Hicieron el trayecto de regreso, al llegar notaron que ya estaban nuevamente las butacas armadas y todo dispuesto como el día anterior. Escucharon un murmullo, procedía de un pequeño ventilador adosado a una pared, no habían reparado en él antes. Al poco rato el calor molestaba.
—¿Ester, le abro la ventana?— ofrece gentil el Tata. Al asentir ella, los hombres subieron la ventana. El aire enfrió la temperatura de la habitación….

La desilusión fue grande, trató de no demostrarla, la habitación seguía pequeña, más chica ahora que ella se empinaba en su metro setenta, con las dos butacas enfrentadas, los maderos claros que forraban las paredes, estaban casi negros y rallados con el paso del tiempo, las elegantes felpas de las butacas, hacia rato habían muerto, en su reemplazo se apreciaban las modernas felpas sintéticas ya peladas con el uso, del fino color café con leche a un mostaza ramplón, su sensibilidad digna de anticuario se sentía avasallada con el trato poco adecuado entregado a esas, en su opinión, verdaderas joyas. Tomó aire se dio cuenta que sus hijos estaban fascinados con todo, trajinaban bajo las butacas, querían ver como se armaban las camas, verificaron el funcionamiento de todos los mecanismos existentes, enciende-apaga el ventilador, enciende-apaga la lámpara, abrir-cerrar la puerta, subir-bajar la ventana, sonrío, pese a la falta de mantención y la perdida de la belleza de antaño el tren seguía siendo una experiencia encantadora para los niños…

Estaban sentadas en una de las mesitas de afuera del pub, Lisa ha desarrollado talento histriónico para contar chascarros, Juanita escuchaba atentamente a su amiga y se reía de tanto en tanto con los pormenores de su viaje.
—En resumen, no nos descarrilamos, pero, el viaje demoró tanto que casi habríamos ido más rápido si hubiésemos caminado al lado del tren, ¡que terrible!, sabes que desperté como a las seis de la mañana y recién estábamos haciendo el cambio de maquinas en San Rosendo, un bullicio y ruidos, que ni te imaginas, claro que Manuel y los niños dormían como troncos, ellos la pasaron muy bien, sólo por eso el viaje valió la pena.

*de Loreto Silva. l_silva@vtr.net

-Cuento perteneciente al Libro “Chile: Punto de Quiebre y otros Relatos”, año 2000.
 www.loretosilva.com

DESDE CUANDO FUI*

Desde cuando fui
el Recitador Escolar
implacablemente conmovedor
representante de mi sexto grado
ante una audiencia predispuesta
a los versos de inexorable tragedia gauchesca
de mi tío Gerónimo
retorno al escenario de ese éxito
-o fenómeno-
inesperado

Desde cuando fui
El Fotógrafo Cargado
con película sensible
y retrataba compañeras
de estudio, de trabajo
de mortalidad, de inmortalidad
conservo
además de los envases (Kodak, Fuyí)
de los rollitos
las entrañabilísimas
copias de contacto

Desde cuando fui
“el pueta” que Rina amaba
no ceso de retornar
al libro de edición bilingüe que ella me obsequió:
a ese otro “pueta” que Rina amaba:
Pavese

Desde cuando fui
o pude haber sido
El Cirujano Poetón
conservo
-entre otros instrumentos-
el bisturí
al que eran tan afectos
-y con quien eran afectuosos-
mis Fantasmas.

*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar

Próxima estación: CASBAS.
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

EDUARDO CASEY.

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.

*
Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37    A-5020 Salzburg    AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

LA JIRIBILLA.
-Revista de cultura cubana.-
http://www.lajiribilla.cu/

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Posted by URBANOPOWELL at 13:39:44 | Permalink | No Comments »