Wednesday | July 30, 2008

EN LA BOCA DEL COCODRILO...

Pesadilla*




Estaba en el Circo Plumkier, dentro de una jaula con 10 tigres que se acercaban y tuve que saltar la reja de la jaula para escapar. La desgracia fue caer en el recinto de los cocodrilos. Inmediatamente dos de ellos, enormes y con la fauces muy abiertas, se lanzaron sobre mi con ánimo de comerme. Me zafé del primero mediante un escorzo y del segundo lanzándome al agua. Lamentablemente en el agua estaban los otros tres compañeros que al verme chapotear, nadaron hacia a mí a toda velocidad. Tuve la suerte de poder agarrarme al trapecio y salir volando por los aires. Dando una pirueta extraña uno de mis pies quedó enrollado en la cuerda y caí a plomo desde una altura de 15 metros; reboté en la cama elástica y caí dentro del carromato de los osos. Un oso enorme y peludo se acercó a mí con la fauces abiertas y moviendo las zarpas en actitud agresiva. Parecía enloquecido y rabioso.
En todo este tiempo puedo asegurar que no sentí miedo. Cuando realmente me aterroricé fue al despertar y darme cuenta de que la pesadilla había acabado. A partir de ahí debía enfrentarme con el mundo real.


*de Joan Mateu. joan@cimat.es







EN LA BOCA DEL COCODRILO...





Palito*



Un palito en la boca del cocodrilo. Es lo que me dicen.
Me dicen que lo dijo lacan.
El cocodrilo es la madre.
Los hijos. -Mis hijos y los hijos de cada cual- están en sus bocas.
El palito es el padre. No queda claro si es su voz, su presencia, su diferencia, el límite sutil o no que hace que la madre no se trague a los hijos en su puro mundo-vientre.


A veces me duelen un poco los colmillos de mi ex-mujer -son muy filosos-
En la espalda que por momentos se tuerce un poco.
O en el pecho que no tiene heridas definitivas.
Pero por ahora aguanto.



*De Eduardo F. Coiro inventivasocial@hotmail.com


 




El jardín encantado*

 
*de Italo Calvino


Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel. Jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.
¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.
-Está a punto de llegar un tren -dijo Giovannino.
Serenella no se movió de la vía.
-¿Por dónde? -preguntó.
Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
-Por allí -dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
-¿Dónde vamos, Giovannino?
Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
-Por ahí.
Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
-¡Dame la mano, Giovannino!
Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?
Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señores y señoras aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
-Esa -decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
-¿Nos zambullimos? -preguntó Giovannino a Serenella.
Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no veía más que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping-pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. Jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.
Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.
Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.
El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas y cómodas, como una antigua injusticia.
El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.



*Fuente: Ciudad Seva
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/calvino/jardin.htm








 PELOTA DE TRAPO*


 

*Por Eduardo Pavlovsky



El día 25 de julio, Página/12 denunciaba que un adolescente de 16 años que estudiaba en la fundación Pelota de Trapo fue secuestrado por un auto en Gerli por cuatro encapuchados –que lo amenazaron con un arma mientras le decían: “déjense de joder porque les vamos a quemar la imprenta, la panadería y la casa de los niños”. La amenaza se refiere a tres proyectos que desarrolla la fundación en Avellaneda. Allí acude el adolescente todos los días para terminar la escuela primaria.
Anteriormente el 25 de abril, un grupo de ocho personas entró a la Escuela Gráfica Manchita y amenazaron a los chicos que estaban allí. “Es evidente que a alguien le molesta, y mucho, que denunciemos que nuestros chicos se mueren de hambre. Sabemos que el Estado es el máximo responsable, pero si desde él no pueden defender a nuestros pibes de la fundación, tendremos que salir nosotros a hacerlo” (Espósito, sacerdote y director del hogar).
Decía yo hace poco en estos días: el hambre no tiene tiempo. El hambre tiene hambre.
“El hambre es un crimen. Hay que detenerlo. Sí o sí. En nuestro país no faltan alimentos ni platos ni madres ni médicos ni maestros. Falta en cambio la voluntad política, la imaginación institucional, la comprensión cultural y las ganas de construir una sociedad de semejantes que asegure a nuestros hijos las oportunidades vitales para que puedan crecer con dignidad. Es imperativo terminar con un sistema económico que en la mayoría de los casos no da hijos sino hambre, que no da futuro sino paco, que talla caricias olvidadas en cuerpos olvidados. Niños hermosos nacen a la muerte; sin una infancia sana, amasada y entera es impensable una Argentina mejor. Porque un país que mutila a sus niños es un país que se condena a sí mismo” (Alberto Morlachetti, coordinador del movimiento Pelota de Trapo).
“Según el barómetro de la Deuda Social de la Infancia desarrollado por la fundación Arcor y la Universidad Católica, más de cuatro de cada diez chicos entre 0 y 17 años viven en hogares que no pueden acceder a una adecuada alimentación. Tres generaciones de chicos vienen sufriendo la desocupación y la marginalidad y quedaron fuera de la red social en todos sus aspectos: alimentación, salud y educación” (Taffetini. Movimiento Nacional de los chicos del Pueblo – Rev. Tercer Sector).
Los que tienen hambre son invisibles en nuestra vida cotidiana; esta invisibilidad los condena definitivamente a las sombras (Juan Carr de la Red Solidaria).
Pero volvamos por fuera de las estadísticas, a la denuncia inicial, dos veces en menos de tres meses han sido amenazados, a través de “grupos de tarea”, los participantes de la fundación Pelota de Trapo de Morlachetti. Con capuchas y revólveres.
Yo creo que las organizaciones de derechos humanos, que han sido víctimas de las capuchas y las armas, deberían pronunciarse a riesgo de dejar estos hechos en la invisibilidad que menciona Juan Carr. La invisibilidad de las vidas desperdiciadas.
Cada desaparecido era un crimen de Estado durante la dictadura. Pero cada niño muerto por desnutrición en la Argentina es otra perspectiva del crimen de Estado. La indiferencia es criminal también.
Ayer murió en La Rioja un nene que pesaba menos de ocho kilos y tenía 4 años, vivía en Nonogasta, una localidad con otros 400 chicos diagnosticados de desnutrición. En septiembre de 2007, el gobierno le había cortado la ayuda alimentaria de 50 pesos. Esa muerte y las otras son de absoluta responsabilidad del Estado.
No le niego a la Sra. Presidenta sus deseos de lograr un bienestar general para la mayoría de la población. Pero nunca le oí nombrar la palabra indigencia.
La población en general frente al problema de la pobreza e indigencia infantil está bastante indiferente, ha creado una malla social intersticial de complicidad civil. De negación. Como con los desaparecidos del ’76, ’77, ’78.
No puede haber niños desnutridos en la Argentina. No podemos distraernos con el problema de Messi, el psicólogo pedófilo, la pareja presidencial o el carácter de Moreno.
Hablemos de contradicciones fundamentales y la prioridad que ya nos debería dar vergüenza es la falta de respuesta frente a los nuevos encapuchados, a los nuevos criminales que están apareciendo. ¿Quién puede haber atacado a la fundación Pelota de Trapo? ¿Qué grupo? ¿Qué paragrupo?
Como dice el padre Espósito: “Es evidente que a alguien le molesta y mucho que denunciemos que nuestros chicos se mueren de hambre”.
Pensemos y actuemos hoy. No mañana.



-Fuente:  CONTRATAPA Página/12.
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar






DE LUNA A SOL*
 


En el peaje de la ruta que une Buenos Aires con Rosario, ella ya empieza a sentir el agobio de este trabajo a la hora de haber tomado su puesto. El peso del automatismo en un puesto laboral cualquiera se hace sentir casi de inmediato. Su mano izquierda entra y sale de la ventana. Ella puede verse una y otra vez abriendo la palma de la mano para recibir monedas o haciendo pinza con el pulgar y el índice para tomar un billete.  Luego viene imprimir el ticket, dar el cambio, y ese sentir un roce azaroso con manos anónimas en su piel cuando se recibe el dinero y se da vuelto.
 
Sopla entonces el último beso del día al chofer del Flecha Bus.
Algunos pasajeros llegan a ver en el aire como desde el contorno de sus labios ese beso se hace visible en un estallido de brillos y estrellas fugaces que se disipan en el parabrisas del ómnibus. Así, de forma tan efímera y tan eterna, ese beso se clava en el iris del chofer dejando estelas de vuelo mágico como el que dejan las hadas de Disney.
 
Cierra la cabina del peaje. Esa ruta al norte o al sur se abre en largas distancias, en enormes desconocimientos. Se va a buscar su auto después de saludar a la gente de oficina. Ella cumplió con su rito semanal, la hora que dedica a su voluntariado de seducción y fantasía en la ruta. Se da cuenta que olvido el cartel de la ventanilla pero no vuelve por él. Todavía se puede leer en la ventanilla lateral
-ahora a oscuras- de la cabina nº4: Autopistas de Luna a Sol.

UD. esta siendo atendido por Neumann Nicole.
 
 

*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

 
 




DESCUBRIR*


 
¿Dónde están los pájaros
que despiertan con la aurora?
¿A dónde se fueron
los sonidos todos?

¿Porqué ya nadie
pronuncia mi nombre?
¿A qué se debe tanto silencio?
¿Será que paulatinamente el mundo
se fue extinguiendo, sin darme yo cuenta?

No...los pájaros están ahí
las personas, las cosas, los movimientos...
el silencio.

De pronto lo veo claro,
lo siento claro, pero no lo oigo claro;
es eso: "el sonido"

De pronto descubrí que
no era el mundo el que agonizaba...,
era a mí a quien
se me iban extinguiendo paulatinamente
los sonidos del mundo



*Poema de la artista plástica salteña Stella Maris Farfán (1972).

-Comenzó a perder la audición gradualmente a los 8 años. En la adolescencia se fue haciendo más pronunciado hasta devenir en sordera profunda. El poema se encuentra en el libro "El clamor silencioso". http://www.artistas.org.ar/


-Fuente: Luna no conquistada. hijasdelviento@hotmail.com
http://www.metroflog.com/lunanoconquistada/20080730/?pos=#Msg





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Posted by URBANOPOWELL at 22:50:03 | Permanent Link | Comments (0) |

Sunday | July 20, 2008

EL MINUTO POR UN INSTANTE


La elefanta*




Aún no sabía como se había presentado voluntario pero ahí estaba, en el centro de la pista del Circo Plumkier, escoltado por una señorita en mallas, un domador con libreta roja y seis enormes elefantes.

Sin apenas darse cuenta y con la ayuda de aquella belleza sonriente, se encontró tumbado sobre una manta con la cabeza apoyada en el suelo. "Usted tranquilo que lo hacemos todos los días" susurró mientras el domador acercaba al proboscidio más grande.

"Ahora, pedimos la colaboración del público para que guarde mucho silencio, ya que el número que vamos a realizar es sumamente peligroso y cualquier ruido podría atentar contra la vida del artista" retumbaban los altavoces dando emoción al espectáculo.

Mamuta, la elefanta de más de seis toneladas, se acercó conducida por el señor del látigo y siguiendo sus instrucciones, alzó la pata delantera derecha y la puso delicadamente sobre mi cabeza. Debo reconocer que no tuve miedo hasta que vi a mi mujer en nuestras localidades de la primera fila a punto de estornudar.
El crujido me impidió escuchar el estornudo, pero recuerdo que pensé en lo raro que era que estornudara sin estar resfriada.




*de Joan Mateu. joan@cimat.es


 




EL MINUTO POR UN INSTANTE...






ANOCHECER DE GIRASOLES NEGROS*



I  GÉNESIS
 
Lecho y cielo de piedra.
Mirra. Sándalo Incienso.
Aguay lluvia
Toc-toc-
¿Quién es? El sol
Girasoles!!!!!!!! Amarillos. Rojos Púrpura.
Goce, tallo y semilla  se inclinan reverentes.
Tres soles y la tierra los reciben.


II   CONQUISTA I


Viracocha esta triste ¿que tendrá Viracocha?
Los  tres soles girando ¿Adonde Irán los soles?
El cuarto sol…   oscuro alumbramiento
de  girasoles negros, en el sol en la luna, en el cielo en la tierra
 
 Toc-toc
¿Quién es? El pícaro portugués
Por la otra puerta que por esta no es
Agua. Tierra!!!!!!
“La princesa esta triste ¿que tendrá la princesa?
Ha perdido la risa ha perdido el color”
“Poncio Pilato las bolas te ato “
Si no me das joyas no te desato
Cuatro soles alumbran el despojo de América.
Lunas de pluma y plata .Un cielo de turquesas.
Alfombra de girasoles rojos
 

CONQUISTA II

Una rosa de sílice. Arena y agua.
Encerrada en la mezquita trasparente.
Cerrazón. Herrajes acoplados.
Las rejas no se ven pero se escuchan.
Entre las redes entramadas. Busco
El nudo de la telaraña azul  del miedo.
Es la primera noche,
Talvez la última.
Quiero escapar
El tenebroso amor del carcelero
Se refleja  como sombra siniestra en mi ventana.
Asoman azoradas las hilachas de  girasoles negros.
Los golpes en las rejas invisibles
 son tan duros tan duros, ay tan duros
 como la argamasa del amor y el odio.
Quiero escapar, en mi barco de papel
en el cometa con cola de ratón
o en la parsimoniosa baba del caracol errante
Otra vez la masacre.
Exterminio. Alfombras de girasoles negros.
Genocidio. En masa. Uno a uno caen los girasoles negros
Chorros de sangre. “nanas de la cebolla”
Percepciones negadas, burladas, cercenadas.
Ay como duelen los  invisible golpes.
Hay que mojar las toallas
Que no queden huellas, que solo muera el alma


ESPERA

Quiero escapar…
 Me aletargo en el patio central de la mezquita
Y ronroneo como un gato al sol de un crudo invierno.
Esta es la última noche,
talvez la primera
Comienzo de nuevo a desandar la telaraña azul del miedo
Elijo de nuevo la sombra siniestra
del tenebroso amor del carcelero.
Amor, amor no temas a las sombras de la noche
 
A lo lejos, muy lejos verde de girasoles y otra espera.



*De Amelia Arellano.  amelia.arellano@yahoo.com.ar

 
 



*


Ella dice:
«la luna acaricia el alma
de los demonios».

Si
el mundo
es un lento simulacro de sí mismo,
no le importa.

Levantará  un rascacielos
                       de sal
en el centro
del
silencio.

Vivirá libre.



*de Carlos Cuccaro carloscuccaro68@yahoo.com.ar




 



*


Despierta, con las pestañas anudadas al cansancio, esperó conocer la sentencia que dividiría las aguas.
Cuando comenzó a cantar y contar la lluvia, el cielo se puso grande, se apagó el silencio treinta y seis segundos que fueron treinta y siete y se dividieron las aguas.



*de Ana Lia Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar







El minuto por un instante‏*



Era un minuto tan intenso, tan bello,  que quería acapararlo para siempre.
En ese  instante  voraz  deseaba apropiarme de los  de perfiles  de la seguridad. Presagiaba que  iba a volar a terceros, como así  “debe ser”. Pero quería quedarme con esa sensación de frescura y plenitud. Qué egoísta me sentí.
Como en una burbuja de las historietas, tenía secuestrado a ese minuto tan dulce, tan tierno. No  deseaba que se disipara de mí.



*De Nora Azul del Rosario Akimenco azulaki@hotmail.com

 





LA AMISTAD EN EL PLANETA LEJANO*




"Ellos vivían en un lejano planeta, en comarcas muy distintas y distantes; bajo las luces de dos grandes soles refulgentes que hacían que hubiera una noche cada dos días, y las sombras se cruzaban entre ellas. En ese mundo a veces había dos atardeceres, o dos amaneceres en un mismo día, y a veces hasta un amanecer y un atardecer al mismo tiempo; y de tanto en tanto eclipses entre los mismos soles, o entre las lunas, o mezclados, en una espectacular orgía celestial. Había seis lunas, y la gente era o muy lunática o bien muy romántica.
      En ese entorno la locura de ellos eran una normalidad; ser amigos durante siglos y nunca llegar a conocerse.
                   No se conocieron porque temían decepcionarse entre sí.
Temían ser especies distintas, como reptiles y aves, o siendo incompatibles, o enemigos, y terminar comiéndose entre ellos, como los animales salvajes que poblaban las selvas extensas que aún quedaban, después de la última glaciación y el reciente recalentamiento global; que venían una y otra vez después del gran cataclismo que provocó la caída de la luna mayor, que hizo rotar al planeta al revés durante varios siglos.
                   La gente primero se volvió loca, y luego moría aparentemente sin motivo. Murieron casi todos. Quienes quedaron se temían unos a otros, y se fueron retirando a lo más profundo de esas selvas húmedas y oscuras. Los animales salvajes proliferaron y se fueron adueñando de lo que quedaba del mundo. La naturaleza cubrió rápidamente de leñosas enredaderas, plantas gigantescas y marañas espinosas, todos los signos de las grandes obras de la antigua civilización. Llovía a torrentes con
aterradoras tormentas casi todos los días y los arroyos se hicieron ríos y los ríos verdaderos mares.
Sobrevivir fue un verdadero milagro.
Pero ellos siguieron siendo amigos; aun que no se conocieron nunca.
Dentro de poco, en este mes, en aquel planeta tan soleado y lunático; perdura la antiquísima tradición de celebrar el día del amigo.
Espero que ellos sigan siéndolo".



*De Celso H Agretti.  celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda, S.Fe; 19/07/08






Carta Póstuma*

 
En memoria de Juan Rulfo,
Y al estilo de su "Pedro Páramo"



Querido amigo, te digo así porque te fuiste siéndolo, lo fuiste y así será por este tiempo. No se ha de extrañar la vida como a un amigo, aunque sigue siendo la misma: Siempre tan impredecible.

Sabes, acá las cosas en realidad no han cambiado: el Sol sale y se esconde aún por los mismos sitios, y yo lo observo de vez en cuando aquí acostado, tú lo debes saber bien que llevas tiempo aquí tirado…  Aún sigue el olor a tierra mojada y ese sabor que solo la buena lluvia sabe dar al campo, que cuando uno habla parece metérsele entre los dientes, pero de eso debes saber más tú, que llevas tiempo aquí enterrado.

Anoche pasé frente de ti, te saludé de lejos y me detuve para ver si respondías: No lo hiciste… Al principio creí que estuvieras enojado, después entendí que no debo malinterpretar tu silencio, que se trata solo de eso, que solo es que sigues sepultado. Por eso me dije que las cosas aquí no han cambiado: la lluvia sigue cayendo del mismo modo, a veces tanto que aunque uno no se mueva se moja por todos lados, pero eso tú lo debes saber mejor que yo, pues llevas tiempo así acomodado.

La sopa se sigue sirviendo en tu plato, las "mañanitas" aún se cantan en tu cumpleaños… Y cuando el frío llega en invierno, hasta te espero con tu cobija, a veces toda la noche, despierto y sintiendo cómo se me congelan los huesos, aunque de eso tú debes saber más que yo, que llevas tiempo siendo huesos.

Por eso estoy ahora aquí a tu lado, porque las cosas aún no han cambiado: te dejo recados con tus vecinos, me paso las horas hablando contigo... Hasta he dejado mi número telefónico anotado aquí en tu lápida, junto al "Descanse en Paz" y hasta el momento no has respondido... Por eso ahora escribo para asegurarme recibas mi saludo, que te fuiste sin despedir, y espero te comuniques conmigo. Es solo que no se ha de extrañar la vida como se ha de extrañar a un amigo... Aunque aún no sé si el correo llegue allá abajo, me despido.


                                                    

*de hugo ivan cruz-rosas.  quetzal.hi@gmail.com
     ... Porque no solo de Pan Vive el Hombre... Sino de Sueños y Esperanzas...
 







LA CLAVE NIPONA



*de ROBERTO FONTANARROSA

 
 
Acallados los fragores de la Segunda Guerra, comenzaron a tomar conocimiento público diversas versiones demostrativas de que el feroz ataque a Pearl Harbour, se hubiese podido evitar.
Desde aquellos que afirman que dos meses antes del traidor golpe japonés la base norteamericana estaba a punto de cerrarse para ser convertida en un gigantesco parque de diversiones, hasta la versión que sostiene que una semana antes del fatídico domingo 7 de diciembre de 1941 estaba a la firma del presidente Roosevelt el proyecto de vender los predios de Pearl Harbour al consorcio de las hamburguesas Mc Donald, han desfilado innumerables suposiciones que atribuyeron a la fatalidad o a la desidia, el escarnio que sufrió la flota americana aquella trágica madrugada.
Pero recién en estos días sale a la luz el resultado de los prolijos estudios llevados a cabo durante cuatro décadas por el científico holandés Théodore Leendert, apasionado por el suceso bélico, quizás debido a que uno de sus hijos (para ser más precisos, el tercero) lleva el nombre de Pearl.
A continuación, pasamos a las conclusiones de Leendert, publicadas el 8 de junio del actual año, en el periódico "Chicago Voice" de Boston, dentro del suplemento familiar que, todos los domingos, este medio dedica al rubro "Catástrofes".
 
 
El Ministerio de Marina, bajo la tutela del almirante Frank Knok, conocía, a los siete días del mes de marzo de 1941, la clave empleada por la marina imperial nipona. Se había dilucidado algo fundamental: cada letra que conformaba una palabra irradiada tenía su correspondencia en un número. La suma de los números que totalizaban una palabra daba la ubicación de una nueva palabra en un libro cualquiera,  elegido  al  azar por el alto mando japonés.
Para el espionaje yanqui, este logro revestía una importancia vital, ya que alcanzarlo le había sido sumamente engorroso. Desde los comienzos de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), se había empecinado el almirantazgo americano en descifrar los mensajes nipones, sin éxito.
Ese afán lo llevó a escrutar minuciosamente la guerra austro-húngara, incluso sin que hasta el día de hoy pueda entenderse tal desvelo.
Durante casi una década sus estudiosos en hermenéutica estuvieron descifrando, tomando anotaciones y fatigando una clave que, al final, descubrieron, pertenecía a la flota pesquera coreana y no a los japoneses. Llegaron a tal conclusión al descubrir, por casualidad, que "Chin-tien" significaba "atún" y no "destróyer".
Pero tal vez el recuerdo de ese mismo traspié dio al Centro de Inteligencia Naval, casi una década luego, la punta del ovillo para conseguir la clave de las naves del Sol Naciente, poco tiempo antes de que los Estados Unidos fuesen impelidos a entrar de lleno en la Segunda Gran Guerra.
No se debió el éxito a ninguno de los cerebros más relevantes de los Servicios de Inteligencia, sino a Grover B. Hayes, natural de Delaware y cocinero de la dotación del buque patrulla "Here we go II". Hacía tiempo que el espionaje yanqui había llegado, al menos, a una conclusión importante dentro del desaliento y la confusión que lo atenaceaban: la clave japonesa naval estaba relacionada con un libro de la propia literatura nipona. Aquella precisión se obtuvo tras haber detectado varios mensajes emanados desde el buque-escuela "Hideiyoshi Makura", en los cuales el telegrafista acotaba tras cada frase: "página 8" o "página 27" o bien "Prólogo". La duda cundió entre los especialistas americanos cuando cayeron en la cuenta que el "Hideiyoshi Makura" no sólo era un buque-escuela, sino que era de escuela primaria e incluso hacía las veces de jardín de infantes, cosa que estaba en consonancia con el significado de su nombre: "Dragoncito Picarón" en japonés. Eso hizo pensar a los marinos de Husband E. Kimmel que los mensajes sólo podrían encerrar consignas elementales como "El samurai me ama", "El perro come el arroz" o nimiedades semejantes.
La duda vino a ser despejada por el ya citado cocinero Grover B. Hayes, quien afirmó, ante el reunido alto mando naval aliado, que el libro sobre el cual se descifraba la clave interceptada no era otro que "Cocina nipona para principiantes", del monje budista y maestro repostero Togukawa Okuma.
Hayes, contrito, confesó que él estaba al tanto de dicho detalle desde hacía cuatro años, ya que solía incluir en sus comidas algunas especies recetadas por Okuma, pero que no lo había expuesto ante sus superiores temeroso de ser acusado de simpatizar con el enemigo.
De cualquier manera, el aporte de Hayes (quien fue ascendido a Cocinero Alférez en la prisión militar de Promontory, Utah) tranquilizó al Superior Comando de Asuntos Marítimos, ya que, desde el momento en que habían olfateado que el dilema podía hallar su solución en la literatura nipona, habían estado analizando a fondo toda la obra de Pearl S. Buck, hasta caer en la cuenta de que dicha autora, a pesar de escribir asiduamente sobre las costumbres orientales (chinas, para ser más exactos) era norteamericana.
A partir de este hallazgo y durante casi dos años, la marina norteamericana logró mantener un prudencial control sobre los mensajes cruzados por los navios japoneses, ya éstos en operaciones bélicas. Pero el 3 de octubre de 1941, el almirante Nimitz fue notificado de que los nipones habían cambiado la clave. El Servicio de Prevención Costera había llegado a esa comprobación debido a dos hechos, uno de ellos fortuito: por un lado, la infidencia de un residente japonés radicado en San Francisco, quien propaló la noticia a grito vivo en un local de Burger King adonde se había puesto en total estado de ebriedad al mezclar una bebida cola con "Doctor Pepper"; y por otro, el simple hecho práctico de que en los mensajes interceptados no se entendía absolutamente nada.
Esto perturbó al Comando Estratégico de Operaciones Navales, el que se abocó, de inmediato, a conseguir la nueva clave de la flota de Yamamoto. Como si esto no fuese suficiente, algo más sumó nueva preocupación al ya inquieto Estado Mayor americano: había vestigios, indicios, rumores, de que algo grave estaba por abatirse sobre alguna de las más importantes bases navales yanquis. Desde Hawaii, por ejemplo, se había copiado un radiograma del teniente Calvin K. Polk, donde informaba, entre otros datos: ". . . las gallinas mantienen una conducta extraña. Se ocultan bajo los blindados anfibios, picotean las cargas de profundidad y se la pasan observando el cielo. Los perros se ven inquietos y desasosegados, aullando lúgubremente sin razón aparente. Los pájaros se han retirado desde hace días y las cabras insisten en comerse los carteles indicadores del asentamiento de submarinos".
Mientras algunos observadores atribuían tales señales a la tal vez próxima amenaza del tifón María Elena de los Angeles, los investigadores del Centro de Inteligencia Naval se zambulleron de cabeza sobre las pocas pistas que permitirían alcanzar la flamante clave japonesa.
Y el 28 de octubre de 1941 (a sólo 25 días del cambio de clave) lo consiguieron. Nuevamente gracias a una infidencia y nuevamente debido al residente japonés que volvió a embriagarse, esta vez con cereales Quaker fermentados. El nuevo libro en donde se basaba la clave japonesa era un compendio de poemas de Taisho Satsuma, mandarín de Sapporo, titulado: "La grulla me mira y no sé qué quiere".
No tuvo el Alto Mando casi tiempo de abocarse a estudiar el nuevo sistema cuando una noticia sacudió sus cuadros. La boya espía N-82 "Unsinkable Inkstand III", flotante en aguas del Pacífico cercanas a las islas Marianas, había interceptado un mensaje cifrado. De inmediato la boya radió el descubrimiento al portaaviones "Enterprise", desde donde también detectaron el mensaje que salía al aire, matemáticamente, cada cinco minutos y decía así: "El día domingo 8 de diciembre (1) de 1941, a las 07 de la mañana, atacaremos la base norteamericana de Pearl Harbour y la haremos benkei-go(2)".
Febrilmente, la Inteligencia Naval se lanzó a la intrincada tarea de descifrar el extraño mensaje. Sin duda alguna, encerraba algún comunicado importante y perentorio dado lo obsesivo de su repetición.
Finalmente, a las 2 de la mañana del día 6 de diciembre, los catorce hombres seleccionados para arrancar del libro de Taisho Satsuma la verdadera lectura del misterioso mensaje, habían logrado transcribir un nuevo texto, siguiendo los mecanismos correspondientes. El texto decía así:
                                             El paso                                            
del tigre en la
sombra del lago
triza
el sonido suave de una caña
y
el rostro
de la mujer
de Roosevelt
parece el culo
de un mono
tailandés.
Los componentes del cuerpo investigador comprendieron que se hallaban ante una patraña urdida por la Flota nipona. Era la única posibilidad que explicaba tan directo agravio inmerso en el poema de caprichosa métrica.
Se descartaba estar frente a una edición pirata y falseada del libro de Satsuma. Esa certeza ganó el espíritu de los hombres del Alto Mando. Sólo un detalle permanecía flotando en el desconocimiento." ¿Cómo era un mono tailandés? Decepcionados y ¿por qué no? ofendidos, los americanos desestimaron el mensaje que, pese a todo, continuó irradiándose desde la Flota japonesa durante aquella noche.
Promediando el día siguiente, la mayor parte de los orgullosos navios de superficie norteamericanos lanzaban llamas y humo hacia el cielo de Pearl Harbour.
El verdadero significado del repetido mensaje nunca fue obtenido.



(1) N.  del  E.:   8  de diciembre para Japón, según los husos horarios, 7 de diciembre para los EE.UU.
(2) N.   del   E.:    "Benkei-go":   coreanismo   intraducibie.   Algo   relacionado con el excremento humano o animal.


*Incluido en NO SE SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS
  EDICIONES DE LA FLOR. 1985





EL LLANERO SOLITARIO*


Al tío Piruco.


Quizá sea por ese pasaje imperceptible que dan las estaciones, en este día, un 21 de junio donde el calendario impone que ya no es otoño. O es, sólo una pequeña brecha de memoria en el olvido que quedo de las estaciones, umbrales difusos de paso lento e irreversible como ese desvestirse hoja a hoja de los
árboles, en su espera latente para crecer fuerte de primavera.
Veo en el cielo un mar frío, cerrado, y me pregunto a donde va a parar tanta gota evaporada en lágrimas, ausencias esperando un ciclo para llover y renacer sobre las cosas y la gente, recordándoles que están vivos. Nada más fuerte que una lluvia fría en el rostro de cara al cielo para abrir
fisuras de recuerdos.
El invierno, ese gran olvido superficial, máscara lábil de los cambios por venir. O lo antiguo retornando en la mascara de nuevos rostros y brotes verdes. Grandes preguntas en un pasaje imperceptible donde muchos ya no están. Hoy me acorde de aquel invierno donde el tío Aldo se despedía poco a poco, entre ahogos por sus pulmones cerrados al aire, diciendo las verdades que le había dejado toda una vida. A mi me dedicó algunas palabras que no supe entender en ese momento. Ese mismo invierno cuando mi hija que ahora galopa en el patio, nació con su cordón umbilical enroscado al cuello como horca del Far West, sana y salva de la asfixia por una providencial cesárea. Allí estoy en la clínica con mi hijo, sentado en la escalera enfrente de la sala de partos. Chaplin y el Pibe, una misma imagen de indefensión ante cada acontecimiento.
- ¿Me vas a comprar la máscara y el traje...?.
Cuando nazca tu hermanita. -le dije.

Estamos en la habitación de la clínica, con la bebe dormida, el nene hace malabares parado en la cama contigua a la de su madre con el disfraz puesto.
Me parece oír ahora y hoy esa pregunta cuando llegamos solos a casa y le dije que iba a cocinar.
¿Vas a hacer comida extraña, papá...?
- No, apenas mezclar pedacitos de recuerdos e incertezas bajo un mismo fuego. (Quisiera responder hoy después de algunos otoños e inviernos, en el fulgor de un atardecer sin velos).


Están todas esas imágenes mezcladas, mientras sigo viendo el galope de mi hija de 4 años en el patio, escucho atentamente y me parece oír el ruido de cascos por debajo del chirrido del secador sobre las baldosas.
Y es otro invierno, lejano, con lamparita de 25 w en el living para gastar poco, me invade olor de la cocina económica mezclado con el tuco. El Berkeley esta encendido en una esquina, sobre la mesa de tres patas con rueditas, y apenas si puedo recordar esas siluetas, surgidas sin duda de la nada, por detrás de una loma, real como pueblo de vaqueros.
Veo a los dos jinetes recortados en ese cielo ceniza permanente de las series en blanco y negro. El más fornido lleva una mascara y monta un caballo blanco. El otro, flaco y ágil, Lleva ropas de indio norteamericano con flecos y costuras a máquina.
Antes de ser El Llanero él era Clayton Moore, nacido bajo el nombre de Jack en un septiembre de 1914, un hábil equilibrista de circo desde los 8 años.
Toro nació en 1919, como el tío Aldo, con el nombre de Harold Smith, fue boxeador y doble de riesgo. Antes de tomar el nombre artístico de Jay Silverheels y ser el indio Tonto para los americanos.
El Llanero y Toro galoparon juntos entre 1949 a 1957. Mientras el tío andaba navegando y mirando horizontes de cielo yéndose al mar.
Luego de terminada la serie ambos siguieron viviendo de sus personajes el resto de sus días, Silverheels haciendo papeles de indio y Moore haciendo giras como El Llanero Solitario, hasta que una compañía dueña de los derechos del personaje para filmar una película le inicio un juicio obligándolo a dejar de usar la mascara y él nombre del Llanero, al que solo pudo recuperar en 1984.


*
Pienso muchas cosas sin poder explicarlas bien, mientras ando, como Llanero sin rumbo en el vértigo de recuerdos que me traspasan.
Serán esas sensaciones absurdas, desprotegidas de cualquier lógica, las que me hacen caminar las calles y solo ver máscaras en los rostros de la gente.
Entiendan bien, veo máscaras delgadas e invisibles casi calcadas sobre esos poros cerrados al aire. Son rostros sobre los rostros humanamente dados, máscaras para verse en el espejo difuso de los demás.
Allí van los rostros circulantes por las vidrieras, encandilados de objetos que brillan como balas de plata y enmascaran exclusiones sociales que matan.
Creo, abrumado, que la gente dejo de sentir el aire en la piel y sueña ser ese objeto inalterable, rostro de maniquí, breve sonrisa del acto de compra contra la incertidumbre...
Niños enmascarados jugando su ilusión de posesión contra cualquier cambio-pérdida. Puerta abierta que no cierra jamás. Allí van los rostros, afirmando malamente su identidad en un anónimo mercado de fantasías, pagando precios por la máscara de ciudadanía del mercado.
Quizá, por debajo de estas máscaras invisibles no hay representación posible para un mundo social que vive negando y ocultando sus verdades elementales, como ocultan los titulares de los diarios, y me repito en silencio -"los poderosos enmascaran horrores y organizan beneficios en cada acontecimiento
repetido".
Fetichismo trascendente a las mercancías, pregunta profunda por quien es el otro.
Escenas arriba de otras escenas antiguas y repetidas, en una sociedad que solo ve y escucha detrás de cortinas de humo, como en Hamlet, donde la verdad solo puede escucharse, desprovista y oculta de un rostro moviendo los labios, abriendo el sonido de su propia voz.
Pienso en la verdad esencialmente intolerable por uno y otros. En la permanencia de palabras dichas que ya no nos pertenecen: atornilladas como quedan en el oído propio y el de los otros. En esas otras palabras, negadas y hundidas en el cuerpo, fantasmas que agitan aire en alas de mariposa o tornados que abren un después.
Quizá sólo sean imágenes sin relato posible, breves destellos para pensar en una sociedad de brumas donde la regla es no ver, no oír y no saber para siempre la verdad, ni propia ni ajena. Máscaras puestas sobre el deseo de no reconocerse en una historia.

Sigo viendo al Llanero en el galope de mi hija en el patio, ya es de noche, escucho atentamente y me parece oír ruido de cascos.
Allá, esta tío Piruco, dándome consejos con el rostro casi descarnado, y aunque yo no lo entienda, diciendo cosas que le surgen en ese resplandor de última vez:
-Pibe, nunca digas la verdad....
-Porqué tío?
- No van a escucharte y menos entenderte.


El Llanero, único actor que figura en el paseo de las estrellas de Hollywood unido a su personaje de ficción, murió días después del tío, el 28 de de diciembre de 1999, a los 85 años.



*De Eduardo F. Coiro.  inventivasocial@hotmail.com

 




Correo:



DOS CARTAS A OSVALDO BAYER*



Un gobierno popular nunca
      podría
equivocarse otra vez
     y confundir
     a un chacarero
de poncho al viento, con
     un hacendado
o estanciero, y empujarlo
     ciegamente,
o groseramente, a la
     banquina.
Nunca, nunca podría
     confundir
a propios con ajenos
     y proclamar
     y arreciar
con tanta ligereza.
     Nunca podría,
nunca, nunca podría,
     un gobierno popular
maltratar, herir y
     desconocer
a tanto pueblo, y a la
     vez
proseguir sin comenzar
     un mea culpa.


             
  *


La obediencia debida,
      de la que usted
mucho escribió y algo
      entiende,
nunca es conveniente,
      tampoco
en el Senado; además,
      por suerte
o por historia, el pueblo
      no la acepta
así como no cree en
      esa afiebrada
idea de que por aquí
      hubo algún
rumor "destituyente"
      o de golpe.
La gente, don Bayer,
      está cansada,
eso sí, de mentira y
      de soberbia,
de inequidad y necia
      propaganda.
La vida, a esta hora
      angustiosa,
también es derecho
      humano.
Las falacias caen,
      las impudicias,
y no basta con decir
      o declamar
en este contienente
      inclinado
y estafado; es
      necesario
siempre un nervio
      cierto
para sostener al
      viento
las banderas y los
      corazones,
que, lo sé, no
      cesarán
ni habrán de
      abandonarnos.


 
      *de Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Gran Buenos Aires, julio, 2008




*

Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 20 de julio del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores Cesar Guerra Peixe, Marta García Renart, Carlos A Vázquez und Mariza Rezende. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Mendoza Castaño
(Colombia) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44    A-5020 Salzburg    AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067



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Que es Inventiva Social ?
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Cuales son sus contenidos ?
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Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.
Posted by URBANOPOWELL at 18:26:38 | Permanent Link | Comments (0) |

Thursday | July 17, 2008

TANTA HUELLA SUELTA AL VIENTO...

QUÉ HABLA ESE HOMBRE*


         A los Intelectuales K




Qué habla ese hombre,
       por Dios,
que en sólo una década
       en ejercicio
de gobierno se hizo
       millonario.
Qué cree, qué quiere
       hacernos
creer, en medio de
       esta polvareda
de enfrentamiento
       que él mismo
fogoneó entre negocios,
       humos y falacias.
Cómo es posible tanta
       zanja,
tanta huella suelta al
       viento,
bajo este horizonte
       sin salida,
ciego, y cuesta abajo.


         
*de Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar




 


TANTA HUELLA SUELTA AL VIENTO...





Resistencia*

 

Uno de estos dias, me levanto temprano.
Miro por la ventana y me resisto.
Digo, hoy, resisto, o sea,
a ver amigo si me explico:
resisto a los que vienen por mi pellejo,
aguanto los rebencazos que me propinan,
resisto las ganas de mandar todo al carajo,
me visto y resisto, y me voy para el trabajo.
Subo al bondi y resisto, el empujón agrio.
Bajo y camino, y resisto, el frío que me acobarda.
Llego a la fábrica y resisto, a la sirena que me apremia.
Resisto frente a la máquina, me meo y resisto,
a parar la producción me resisto, aguanto ¿Vió?
Las ganas de mandar todo a la mierda, resisto.
El dolor en la espalda, lo resisto. Al dolor,
al grito del capanga, lo resisto. ¿Me explico?
A comer mal y poco y de parado, lo resisto.
A correr por un baño sucio, lo resisto.
Una hora y otra más, las resisto. No sea cosa.
Que la quincena venga flaca, lo resisto.
Espero en la esquina, es de noche y resisto.
Resisto dormirme de parado, sin putear resisto.
Me alquilo y resisto. No me vendo y resisto.
Y asi termino mi dia, lo resisto. Me duermo,
pero antes, como en un sueño, me digo:
Hoy me resisto.



*de Udi, udi.cuatro.catorce@gmail.com

 





El cine*


Salí corriendo alocadamente del cine. Estaba aterrorizado y lo único que quería era poder escapar. Había poca gente ya que era la última sesión, pero no me entretuve en mirar si los demás me seguían. En mi pasión por salir a la calle no me di cuenta de que en una de las dos puertas de la salida ya habían puesto la reja. Choqué violentamente contra ella y caí al suelo de espaldas. Me hice tanto daño, tantísimo daño, que mientras me retorcía de dolor pensé que hubiera sido preferible morir entre las garras de los leones que habían salido de la pantalla.



*Joan Mateu. joan@cimat.es







El misterio de la alfombra: *




En un diario matutino, apareció una noticia sorprendente.
Se busca alfombra perdida. Su nombre: mágica. Al que pueda encontrarla será gratificado con una valiosa recompensa.  Remitir información a esta dirección, ciudad de las diagonales calle del silencio entre los tilos y las jacarandas. Mantener máxima discreción.
Intrigada por el aviso me puse a investigar de inmediato. Llame por teléfono a la persona que había realizado la solicitud y me dio detalles de su objeto perdido y/o robado.
Con voz  deformada para que no la reconociera me dijo que esa moqueta había sido su testigo durante tantos años de pasión jugando a las escondidas. Entre llamadas en clave y mensajitos de texto, ella la alfombra había sostenido  sus ardientes encuentros con su don Juan. Era suave, no muy limpia pero si mullida, por lo cual las escenas de amor se desarrollaban con gran habilidad y maestría.
Luego agregó casi llorando, que de no encontrar su tan codiciado fetiche, tendría que ir a visitar a un traumatólogo, porque le dolían todas las coyunturas, que los años no venían solos, que no quería quedar en silla de ruedas y qué explicación le iba a dar a sus familiares y amigos.
Me quedé en silencio, intentando darle una pista, un consuelo, no conocía el paradero de su objeto perdido.
Solo tenía una explicación sobre la desaparición del valorado tapiz: habría volado
Al país del nunca jamás.
Moraleja: “si han de disfrutar a escondidas, que les duelan los huesos”.  Párrafo extraído del Manual del matrimonio perfecto, capitulo 3  Saber inconsciente de alguna parte engañada.




*de Azul. azulaki@hotmail.com
Idea central. Azul. Asesor legal y correctorrr! Eduardo Coiro.





*



El hombre añora. Extraña. Intuye que ya nada será lo mismo.
No es por un objeto en sí mismo, sino por esa oculta señal que a veces en la vida es previa a que se desencadenen hechos imprevisibles.
Por un momento, piensa si esto puede solucionarse con dinero.
-Compro otra y listo.
Quiere convencerse de que es posible, que nada va a cambiar.
Que todo seguirá siendo como fue hasta la última vez.
Ella llegando a última hora, cuando la recepcionista ya se había retirado.


Puede ver ahora mismo la imagen: esa desesperación que hace que se toquen y se quiten solo lo esencial de la ropa y se revuelquen en la alfombra hasta penetrarse y acabar furiosamente, dichosamente al mismo tiempo.
Ese orgasmo es un lujo. –se dice.
Ni con su mujer, ni con otras amantes puede lograr eso.
Celia y él sobre la alfombra. Literalmente vuelan por el aire.
Esta alfombra es mágica –dice ella cada vez que tiene ocasión.
Pensar que era regalo de casamiento de mi suegra que la compro en una feria de El Cairo, si supiera –que en paz descanse- los placeres que nos brinda. –dice el hombre buscando la sonrisa cómplice de Celia.
Pero de todo esto ya pasaron tres interminables meses.
Fue en el último vuelo y mientras se daba el orgasmo de ambos como de costumbre, cuando sintió que la alfombra los había llevado más allá de los límites estrechos del consultorio.
 
Quizá haya sido una venganza de su suegra –El sabía que las coloradas como ella eran todas unas brujas-
Entonces sintió la caída.
Y la mano y después el grito de Celia alejándose.
Y ese aterrizaje con suerte sobre la palmera. Las roturas y los yesos.

El hombre espera a su mujer en el horario de las visitas.
Y de la pobre Celia, ni noticias.



*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial@hotmail.com
-En base a la idea de Azul-
 
 





Punto de partida*


 
Qué será ahora de tus ramas, Sauce
a quién le llorarás tu pena
yo, la que te escuchaba
conteniendo tu frenética huida
también me fui
crucé montañas
batallé con la nieve
adopté bosques
entrevisté arrayanes y radales
que mintieron ser abedules
y una tarde
recordé tu despedida sin palabras ni adiós
vos, mi confidente
mi amigo con fidelidad de perro
vos, que esperabas elevándome sin reproches
transformando mi vida en una leyenda celta
adonde los árboles fueron energía
protección
y el bosque un templo
para hablar en murmullos
que no despertasen malhumorados duendes
trocando nuestra vida en tempestad.
Estoy de regreso
¿por qué no me advertiste, Sauce?
¿te creías inexperto?
aún hoy escucho las palabras de un árbol.

En este desencuentro vos y yo hemos perdido
dos mil cuatrocientos atardeceres de soles
rojos naranjas y azules
dejando entre paréntesis mis ampollas
recorrer tanto camino
para elegir el comienzo.



*De Diana Poblet.  soydian@yahoo.com.ar







Mudanzas*



Mi padre siempre estaba yéndose a otra parte, a algún lugar imposible donde no pudiera alcanzarlo su sombra. Desplegaba sobre la mesa el mapa de la República y apoyaba el dedo en algún rincón que no hubiera sido fundado todavía.
Así era él: tenía hormigas en los pies y una mirada cortante que me helaba la respiración cada vez que se enojaba. "Acá", decía de pronto, y apretaba el mapa hasta hacerle un agujero allí donde íbamos a pasar las mil y una hasta que se le ocurriera dar otro salto.
Fueron tantas las veces que nos mudamos que ya confundo trenes y épocas. Ahora, al cambiar de barrio, me parece que voy de un continente a otro aunque las voces sean iguales y las mismas lluvias mojen los mismos árboles. Veo una casa desierta que es ésta y es otra, una de mi infancia. Por las ventanas entra una luz de invierno que colorea el polvillo suspendido en el aire. Ya no hay olores y los fantasmas flotan por ahí, me asustan como antes, me avisan que el tiempo pasa y en alguna parte, adentro mío, van mi padre con la vieja corbata azul y mi madre con aquel pañuelo al cuello.
Atrás voy yo con el pantalón corto y el echarpe con los colores de San Lorenzo.
En cada mudanza una pérdida. En la última, entre la Boca y Palermo Viejo se me extravió el Omega a cuerda que me había dejado mi padre. Quizá me lo robaron y vaya a saber en la muñeca de qué brazo andará. Me lo había entregado una enfermera en una clínica de Flores la tarde en que él murió. También me entregó el anillo de matrimonio y unos anteojos. Yo usaba a veces el Omega, aunque adelantaba cinco minutos y se me resbalaba bajo el puño de la camisa. Después lo dejaba en un cajón de la cómoda y me ponía otro cualquiera de los tantos que la vida nos deja. El de los quince años, el de la novia aquella, el primero que compramos a crédito en tiempos en que eran caros y estaban cargados de sentido.
Tendría nueve o diez años aquel invierno en que nunca llegó a Río Cuarto la pelota de tiento que me había mandado Perón. No sé cuál tristeza es más folletinesca, si aquella de la pelota o esta del reloj. Mi padre debe haber metido la pelota en un cajón mal cerrado o tal vez la tiró a la basura porque en ella veía la monstruosa cara del general gesticulando ante las masas. No quiero ser mal pensado: tanto detestaba al Conductor que una huella suya en nuestra casa era como otra mano en la cintura de mi madre.
Pero por encima de todo lo que yo más lloraba eran los gatos perdidos. Hubo uno que no apareció a la hora de la partida y todavía lo estoy esperando. Ni bien huelen mudanza los gatos se ponen mustios y dejan de comer. Me acuerdo de otro, negro y blanco, encerrado en un cajón para recorrer mil kilómetros en un Ford de los años cuarenta. Nosotros llegábamos siempre antes que los muebles y esperábamos con ansiedad las cacerolas y los juguetes. "Por ahí mañana aparece el camión", susurraba mi madre en la oscuridad del hotel. "Para qué querés muebles", le contestaba mi padre y enseguida la brasa de su cigarrillo marcaba de rojo el recuerdo que tengo de aquellos otros fantasmas. A la llegada, nadie nos daba la bienvenida y tampoco iban a despedirnos. De entre los papeles de la última mudanza se desliza al suelo una carta que mi madre me escribió cuando yo vivía en una pensión de la calle Uriburu. "En Cipolletti no nos acompañaron ni nos hicieron despedida, así es la gente de agradecida. Dormimos en la oficina de Obras Sanitarias que tenía una pieza con dos camas para los inspectores que venían de Buenos Aires, que la hizo hacer tu padre pero hasta allí nos llevo Desiderio en una camioneta que tenía."
No fue nadie a decirle adiós a mi padre, nadie le dio las gracias por las noches en blanco y los domingos perdidos. No sé si esperaba otra cosa. Nunca fue un tipo muy popular y lo que más recogía eran puteadas y sarcasmos. Conocía a la gente y pensaba que Perón se aprovechaba de su ingenuidad. Siempre fue así de gorila. Pero no creo que haya sido por eso que nadie fue a despedirnos. Más bien habrá sido porque el tren pasaba muy de madrugada y era un sacrificio salir a esa hora de la cama. Vagamente recuerdo aquella última noche en el cuarto de Obras Sanitarias que menciona mi madre. Era la sexta o séptima vez que cambiábamos de pueblo pero esta vez era distinto porque yo era grande y me obligaba a separarme de mi primera novia. Me vienen a la memoria el frío y la bronca que tenía con mi padre. Nos pasa que alguna vez queremos matarlo y para no hacerlo huimos hacia lo desconocido. Lo veo todavía recostado en la cama, con un pulóver descosido, hojeando un libro en inglés. En la muñeca llevaba el Omega que a mí me iban a robar treinta años después. ¿En qué pensaba? Me parece que empezaba a sentirse viejo porque había pedido el traslado a Tandil donde vivía la familia de mi madre. Allí había empezado su aventura y volvía tan pobre como al principio. No le importaban los pocos muebles que se iban en el camión y si tuvo alguna amante no le dolió dejarla. Era, definitivamente, un hombre solo, sentado en una silla incómoda. Indiferente a otra cosa que no fueran el agua con cloro, los cacharros que inventaba y su imaginario combate con Perón.
El día que dejamos Mar del Plata para ir a San Luís perdió el sombrero que más quería y desde entonces no volvió a ponerse otro. A veces, bajo el sol más hiriente, se calzaba un rancho de paja de Italia que había encontrado en un andén vacío. No era un intelectual pero a veces decía cosas que atribuía a Plutarco o a Dante: "Qué duro es el camino, Osvaldito", y se quedaba mirándome a los ojos a ver qué decía yo. ¿Qué iba a contestarle? Un día me lo encontré a la salida del hospital en que lo habían dejado cuando volcó con el coche y me dijo algo así como Eccovi l'uom ch'e stato all'inferno. ahora intuyo a qué infierno se refería. Igual, nunca me pareció un hombre angustiado. Era débil, sin duda. Inseguro. Tan inestable que cada vez que terminaba de construir una casa la abandonaba corriendo. Una vez apareció en Chilecito y otra en El Bolsón. Hasta ahí no lo seguimos, pero fuimos a visitarlo a una pensión de viajantes. Mi madre se condolía: sólo tenía una cama chica, unos libros en el suelo, la regla de cálculos, una Parker y el compás sobre la mesa. Apenas le llegaba luz de un ventanuco y la dueña lo sermoneaba porque había cambiado la bombita de veinticinco por una de sesenta. El Omega aún estaba en su brazo y ahora que no lo tengo más siento que mi padre empieza a alejarse de mí. Al verlo más distante, me parece que acerca el dedo al mapa y me señala un lugar en el que tarde o temprano vamos a encontrarnos para charlar largo de sus mudanzas y las mías.
 



*De Osvaldo Soriano.
-De "Piratas, fantasmas y dinosaurios”. Editorial Norma, edición de 1996.








Jesús estuvo en Buenos Aires*




*Reynaldo Sietecase
17.07.2008
 

Es andaluz, nació en Granada no en Belén. Es bajito, no tiene barba. No parece un rockstar. Todo lo contrario: su cabello está perdiendo la batalla contra el tiempo. Usa anteojos con vidrios gruesos. Igual se parece mucho al Nazareno. Incluso, cuando siente que sus pedidos no son atendidos, se crucifica. Como si todo su cuerpo fuese una señal desesperada con destino al cielo y a la tierra, se crucifica.

El padre Jesús Olmedo es el párroco de la iglesia Nuestra Señora del Socorro de La Quiaca. Llegó al país en 1971, tenía 25 años y su imagen de la Argentina se resumía a una postal con vacas, pampa, abundancia, cultura y desarrollo. El flamante sacerdote no tardó mucho en comprobar que había llegado a uno de los lugares más pobres de Latinoamérica, donde lo único que sobra es la intemperie.

Años después tuvo que volver a España y, a comienzos de los 90, regresó a La Quiaca para quedarse definitivamente. Como el otro Jesús, el tipo es un peleador y los niños del norte argentino le habían ganado el corazón. “Había venido a evangelizar y ellos me habían evangelizado a mí”, repite. Comprendió además que los integrantes de los pueblos originarios están en el último escalón de la pobreza. ¿En qué otro lugar debería estar Jesús?

En dos décadas de trabajo intenso, el padre Olmedo ayudó a establecer una decena de comedores. Es que el hambre es la necesidad más urgente. Según su propio diagnóstico, la mitad de los niños de esa zona de Jujuy están desnutridos. Por esa razón, la imagen de la leche derramada en la ruta, en mitad del conflicto entre el Gobierno y el campo, lo indignó de manera especial y salió a decirlo: “Mientras se pelean por las retenciones los pobres siguen pasando hambre”. Unos días antes, a comienzos de junio, una movilización de pobres y desocupados fue reprimida de manera brutal por la policía provincial. Hubo varios heridos de bala, entre ellos, el propio Olmedo.

Jesús sabe que el peor enemigo de los pobres es el silencio. Escribió un libro sobre ese tema: La cultura del silencio. “Cuando un pueblo calla durante tanto tiempo es porque ha sido silenciado”, y sugiere: “Desde la cultura del silencio hay que pasar al grito de los excluidos”. Con esa idea, en la semana de los dos actos, bajó a Buenos Aires. En medio de la peor disputa de poder de los últimos años, Jesús bajó a la Capital. Aquí, como dicen en el interior, atiende Dios. Aunque él cree que si lo dejan, “si no lo encadenan, Dios está en todos lados”.

El padre logró algunas cosas en medio de la disputa por la soja: la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, le prometió hacer un relevamiento de la zona y ayuda oficial inmediata. El líder chacarero Alfredo De Angeli, que lo cruzó en un canal de televisión, le garantizó el envío de alimentos. También recibió apoyo de distintas parroquias y organizaciones sociales de todo el país.

Jesús agradece pero sabe que nada será suficiente si no se remueven las causas profundas de la iniquidad. Por eso sigue exigiendo a las autoridades políticas la generación de puestos de trabajo, más escuelas, cloacas, agua potable, obra pública, subsidios para los desempleados. También pide que se controle el contrabando de artículos de primera necesidad desde La Quiaca hacia Villazón, en Bolivia, que mezcla corrupción y carencias. Y que la Legislatura jujeña declare a La Quiaca zona de emergencia.

Uno de los mayores desafíos asumidos por Olmedo es que la sociedad tome conciencia. Quiere que se asuma que en “La Quiaca comienza la Argentina” y para eso debe enfrentar los muros de silencio que imponen los prejuicios y la indiferencia hacia los coyas, hacia los antiguos dueños de la tierra, hacia los habitantes del norte profundo que están entre los argentinos más olvidados. Esos compatriotas que deben mendigar por lo que les pertenece por derecho propio.

Es por eso que a Jesús le cuesta entender algunas cosas de este país, al que considera suyo: “En 2001 veíamos por televisión cómo se hablaba de la crisis argentina por la plata que se había quedado dentro de los bancos y no se hablaba de la crisis argentina por el hambre y la miseria”. Un periodista porteño le pidió una definición: “¿Usted está con el campo o con el Gobierno?” y el padre respondió: “Con ninguno de los dos. Yo estoy con los pobres”.

Jesús estuvo en Buenos Aires. No organizó ningún acto.



*Fuente: Crítica de la Argentina
http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=8224



 



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Wednesday | July 02, 2008

DE HISTORIAS EN LA HISTORIA...

PRESIDENTES MILLONARIOS*


...No son recomendables,
      menos aún
si hicieron el gran
      amasado
en ejercicio del gobierno.
      Ven mal,
ven poco, o por encima,
      como capangas
de un ruedo, y ordenan,
      chillan y acusan,
y la gente pasa a ser
      algo extraño;
así queda graficado,
      todo herido,
entre voces, disfraces
      vastos
y al borde. La historia
      ya desnudó
y engulló a muchos de
      ellos.
      

*de Eduardo Dalter.  eduardodalter@yahoo.com.ar




DE HISTORIAS EN LA HISTORIA...



La revuelta*




El pasillo noventa y siete de la Biblioteca Central amaneció con montones de páginas tiradas por el suelo. Este hecho había ocurrido por primera vez en la sección de "Novela corta" hacía un par de meses. En aquella ocasión se achacó a la acción de un perturbado con ansias destructivas, pero al repetirse  en los pasillos de "Infantiles", en la sección de "Inventos" y en el área de "Descubrimientos" se inició una investigación.

Poéticamente, el caso se abrió como "el otoño de la literatura", nombre poco afortunado, pero como el comisario era amante de los poemas y escogía el nombre, se mantuvo así.

Se iniciaron las pesquisas mientras cada mañana amanecían más pasillos llenos de hojas. Se interrogó a multitud de ejemplares sobre todo lo que pudiera estar relacionado con el momento en que desaparecieron los libros de los estantes FU y GA, cosa que parecía una premonición.  Después de medio año de investigación se procedió a detener a un comando de 120 libros entre los que se encontraban  Miguel Strogoff, Viriato, Carlomagno, Atila y  El Che, imputándoles cargos como cabecillas del movimiento.

En los interrogatorios manifestaron que los libros estaban cansados de ir de mano en mano, de ser maltratados , de que sus paginas fueran dobladas..." Te vas un día a casa de un tío, no te devuelve y te marchitas en cualquier rincón", "Te ponen bajo la pata de una mesa para que no se tambalee", los dibujos de los niños, los mordiscos de los perros…

Adujeron que todo ello había traído consigo graves daños colaterales. "Guerra y paz " fue devuelto sin nieve, "Mujercitas" con dos hermanas casadas, el "Talmut" con fotos eróticas, "La perfecta casada" con un amante, "Marco" con un mono de más y "Heidi" en estado. Y habían muchos más casos terribles e imperdonables; motivos más que suficientes como para iniciar una huelga de hojas caídas.



*Joan Mateu. joan@cimat.es

 






LA OCTAVA MARAVILLA*



*De Vlady Kociancich.


43



La chaqueta roja de la azafata de Austrian Airlines flotó un segundo delante de mis ojos. Luego vi la mano apoyada en mi hombro. Y por fin la redonda cara pecosa y el gesto preocupado.
-¿Se siente bien, señor?
-¿Eh? Ah, sí, creo que me dormí.
-Ajústese el cinturón, por favor, vamos a aterrizar.
La conciencia de donde me encontraba llegó en pequeñas cuotas. El DC-9 de Austrian Airlines, el aeropuerto de Viena abajo, un campo blanco de nieve. Había olor a buen café en el avión.
-Estoy en Viena.
Estaba en la ciudad que era como mi casa. De pronto me sentí protegido y cuidado. Pero unos minutos después, cuando bajaba la escalerilla y a pesar del frío hiriente que debía despertarme del todo, tuve ganas de sentarme en un escalón y dormir. Alguien detrás de mí preguntó en inglés si estaba enfermo. Sacudí la cabeza, me reí. No estaba enfermo, tenía sueño.
Y qué sueño. Dos veces estuve a punto de caer sobre la cinta transportadora mientras esperaba el equipaje. a tientas pasé por inmigración, tironeando el carrito y tambaleándome llegué a la parada de taxis, subí a uno, le di el nombre del hotel al chofer y me dormí inmediatamente.
Desperté cuando el coche llegaba a la fuente de Mozart niño. Mozart, grácil y feliz, hacía música en la nieve bajo su capa invernal de polietileno. Unos metros más adelante estaba el Hotel Rainer.
No pude evitar que el conserje llamara al dueño del hotel para avisarle de mi arribo. me moría de sueño, pero al cabo de tantos viajes y tantas estadías en el Rainer, la amistad con Peter exigía el abrazo de bienvenida.
-¡Grüss Gott, Alberto!
Un oso de mediano tamaño se arrojó sobre mí, acribillándome a preguntas. Bostezando, le dije que no me quedaría mucho, dos días a lo sumo. Trabajo, como siempre. Y la ITB.
-¿De dónde vienes?
El piso se movió.
-¿Cómo?
Dios, no me acordaba. ¿de Bucarest? ¿De Milán?
-Alberto, ¿estás bien?
El piso dejó de balancearse. Sonreí. Oh sí, perfectamente bien. Sólo muy cansado y con un resfrío que me tenía a mal traer.
Exclamó, gesticuló, se disculpó, llamó a un botones, le ordenó que subiera mi equipaje, me me metió a mí en el ascensor, entró él, hablando sin parar.
Debía acostarme ahora, luego almorzaríamos juntos. ¿Dos días en Viena? Qué vergüenza, yo siempre de paso, ¿para cuándo las vacaciones? Muy cerca de Viena, había un hotelito tranquilo, el dueño muy amigo de Peter, buena pista de esquí, qué escándalo no esquiar, aplaca los nervios, mirá qué tranquilos nosotros los austríacos, eso sí, el segundo puesto en la estadística mundial de suicidios, no por el esquí, tampoco por la economía, menos por el trabajo, vaya a saber por qué, ¿ y el pobre Wilkins? ¿Me había enterado de lo del pobre Wilkins? Ah, tanto que contar. Y ese loco de Janez se había casado por quinta vez, y bien, un yugoslavo, un insensato de nacimiento, pero la chica era una belleza y veinte años más joven que Janez, no, tal vez no tan loco...
Se interrumpió para abrir la puerta de mi cuarto y lo examinó con aire severo. Todo en orden. ¿Quería tomar café? No, café no. Con esa cara, mejor chocolate caliente. O cognac.
Se alejaba trotando por el pasillo cuando recordé.
-Peter.
-¿Sí?
-Vengo de Berlín.
Mi cuarto en el Rainer. Blanco. Tibio. Mullida la cama. No había botella de Kirsch esta vez. No le había dado tiempo a Peter y me lo reprocharía durante el almuerzo. La avenida con tranvías silenciosos y veloces. Wiedner Haupstrasse. esa dirección la recuerdo. Era la de mi casa en Europa. Nevaba. Es bueno mirar la nieve que cae. Porque adormece. Acuna.
Me desvestí, dejé la ropa sobre una silla. Y me acosté. El perfume de las sábanas limpias, el peso del edredón, la honda almohada, me absorvieron. Estaba tan cansado. Sin embargo, no lograba dormirme. La tibieza primera se convirtió en calor. "La calefacción es exagerada. Tengo que abrir la ventana". No me moví ni para quitarme de encima el edredón.
Cada vez que creía que iba a dormirme, algo me despertaba. pero no era la campanilla de los tranvías en Wiedner Haupstrasse. Era un ruido similar al que hacen las barajas cuando las mezcla el jugador. Y no eran barajas sino fotografías. Fotos grandes, reveladas en un papel muy duro, de grano grueso, apostadas una a una, con golpe seco y breve, sobre una mesa imposible.
Vi la corriente nerviosa de luces de la Kudam, el muñon de la catedral bombardeada, las puertas del Hotel Kempinski. La calle de tierra, la lluvia y en el centro la bondadosa cara de mi padre, la cara que tenía cuando yo era chico, los ojos grises en la cara de un chofer de taxi. había una foto de la pensión de Frieda Preutz y otra del balcón y de la escalera. Dos seguidas de una misma mujer. La primera era el retrato de Victoria que tanto le gustaba y del que nunca pude desprenderme. La segunda era Victoria sentada, con un libro sobre la falda, pensativa y muy quieta. Luego venía una mesa de restaurante con un mantel a cuadros, un florerito, una vela. En la misma fotografía, un poco en sombras, había una muchacha rubia. La constructora de lápidas, la estudiante de Düsseldorf. En el largo cuello brillaban unos puntos de luz. Ese hombre sonriente, con las manos en los bolsillos de su campera de cuero, era Juan Pablo Miller, que esperaba debajo de un reloj de hierro en un patio desierto. Y ésa, amenazándome con una aguja de tejer, autoritaria y burlona, Frieda Preutz.
Las fotografías me marearon. Tenía mucho calor ahora, me faltaba el aire. Cerré los ojos. Si pudiera dormirme... Una foto grande en colores. Francisco Uriaga. An, el guión para la película. Vi la mesa de "Giulio" y a Juan Pablo Miller, Ramón Segura, Carlitos pavoni y yo, muertos de risa, festejando las páginas entregadas. Oí la voz del director de cine: "Cuando vuelvas de Viena, podrás ver la primera copia. Y cobrarás tu parte". Y más baja, más triste, la de Carlitos: "Ya le compaginé las panorámicas, tres palmeras de fondo, altas y finas, las cabezas desgreñadas en un solo racimo".
Ahora confundía todo. Me veía en Ezeiza, esperando el avión, y en seguida descubría que era el aeropuerto de francfort y partía a Berlín. Le pagaba la cuenta a Frieda Preutz, pero salía de la pensión a Jonte y los paraísos florecían. Estrechaba la mano de Juan Pablo Miller y su sonrisa era la de paco Stein, que me decía que este mundo es muy raro. Lo único que no confundía era la gran imagen en colores de Francisco Uriaga y las páginas donde conté su historia.
Sentí náuseas. Supe, infinitamente asombrado, que iba a desmayarme. Con enorme esfuerzo logré sacar una mano de abajo de la sábana y tomé el teléfono. El tubo resbaló de mi mano floja, cayó al piso.



*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-








Dos historias*


 
*Por Hugo Soriani


En 1978 Juan, que tenía 22 años y llevaba casi cuatro detenido, fue trasladado junto con otros quince presos políticos desde la cárcel de Sierra Chica hasta el campo de concentración de La Perla, en Córdoba, en calidad de rehén, para ser fusilado si la guerrilla cometía algún atentado durante el
desarrollo del Mundial de fútbol.
Ese grupo de 16 personas fue mantenido durante el tiempo que duró el campeonato con las manos esposadas a la espalda y los ojos vendados, sentados en el suelo, contra la pared, pero con un raro privilegio: si jugaba Argentina sus custodios los esposaban con las manos hacia adelante para que pudieran festejar, agitándolas, cuando nuestra Selección convertía los goles que el relato de José María Muñoz llevaba hasta sus oídos.
Luego de la consagración argentina, y felices de seguir aún con vida, tuvieron otro premio: sus verdugos les permitieron bañarse y les ofrecieron, como broma macabra, cambiar sus ropas por otras que habían pertenecido a los desaparecidos asesinados en ese centro clandestino.
En junio de 1978 Ernesto, que tenía 23 años y llevaba tres como preso político en la cárcel de Magdalena, fue arrancado de su celda durante la noche, molido a palos, bañado en agua helada y sometido a varios simulacros de fusilamiento, para luego ser arrojado en una celda de castigo en la que
permaneció diez días en cuclillas porque sus dimensiones le impedían pararse.
Desde esa celda, Ernesto escuchaba los gritos de sus verdugos que hacían estallar la cárcel cada vez que Mario Kempes perforaba las redes adversarias.
Ernesto, futbolero al fin, también festejaba, pero intuyendo que cada gol argentino era una ficha a favor de la dictadura que podía prolongar su cautiverio.
Sólo años después, y ya liberado, vería la vieja y conocida foto de la junta militar festejando el título en el palco del Monumental y recordó entonces esos goles que festejó, y padeció, en la oscuridad de su calabozo.
Hoy Juan y Ernesto pasan los cincuenta años, son sobrevivientes y pudieron reconstruir sus vidas y sus afectos. Ambos, junto a sus familias, estuvieron en "La otra final", esa que el domingo organizó el Instituto Espacio para la Memoria en la cancha de River, con la intención de empezar a cerrar una
herida entre los futbolistas que ganaron la copa y las víctimas de los genocidas que los usaron para tratar de limpiar la imagen del régimen militar.
De aquellos jugadores estuvieron Luque, Villa y Houseman, quienes, como gran parte de la sociedad argentina, en aquellos años no fueron conscientes de la magnitud de la masacre, pero hoy tienen el coraje y la dignidad de decir presente y recordar, prendidos de la bandera con la foto de los desaparecidos, a quienes murieron mientras multitudes festejaban el campeonato del mundo.
Otros jugadores de aquella Selección adhirieron al acto y algunos prefirieron no hacerlo, incluso hasta hicieron declaraciones públicas en contra, como si ejercer la memoria y la autocrítica fuera en desmedro de sus éxitos deportivos.
El inefable Menotti, que suele desgranar conceptos "progres" en cada uno de sus apariciones, sigue sin aparecer cuando se trata de comprometerse con la justicia y la memoria. Una vez más desperdició la oportunidad de ponerse al frente de una convocatoria que pudo tenerlo como protagonista. Como ocurrió en aquel mundial donde sí permitió que la dictadura usara su carisma, su prestigio y su figura para que los asesinos escondieran ante el mundo la magnitud de sus crímenes.
Nora Cortiñas, Taty Almeida, Adolfo Pérez Esquivel, Ana María Careaga, Mabel Gutiérrez, entre otros dirigentes de organismos defensores de derechos humanos, entregaron medallas a los participantes. Las medallas dicen: "En reconocimiento a su participación en 'la otra final'. El partido por la vida y los derechos humanos". Y también la recibieron los jugadores de la Selección Sub-20 que jugaron un minipartido con sobrevivientes, como simbólico homenaje a todas las víctimas de aquellos años.
A Houseman se le caían las lágrimas en su abrazo con Nora Cortiñas. A Luque se lo notaba emocionado cuando se puso los cortos para jugar unos minutos, y a Villa, pionero en reconocer aquel horror, se lo disputaban todos los micrófonos.
Caía la tarde sobre el monumental cuando el flaco Spinetta dejaba los primeros versos de "Laura va".
Joaquín, Manuel y Sebastián, los pequeños hijos de Ernesto y Juan, ya tenían sus camisetas argentinas con las firmas de los jugadores presentes. Ojalá no tengan que esperar otros treinta años para completar las que faltan.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-107057-2008-07-02.html








5 de julio*



El hombre avanza con andar cansino y tembloroso sobre el suelo de grava. Un inusual sol de invierno le pega con sus tímidos rayos sobre la nuca, amortiguando apenas aquel escalofrío existencial que lo embarga desde hace ya mucho tiempo. Esa sensación de vacío que experimenta en cada aniversario, cuando el calendario indica que promedia la primera semana de julio, y sus recuerdos se fugan sin aviso hacia aquellas viejas épocas de gloria, cuando aún pertenecía a la gloriosa institución ferroviaria. Cuando aún tenía cuarenta años, y era el eficiente guarda de trenes Carlos Ruíz.

         El entorno ha ido cambiando a lo largo de los años. Y sólo la memoria –junto al recorrido de los colectivos que rodean la zona- consigue ubicarlo en el mismo espacio geográfico que abandonara hace casi treinta años, ya que si fuera por las reminiscencias del paisaje, bien podría haberse perdido hacía ya varias horas. Ya casi no quedan vestigios de la antigua estación. Y la sensación de angustia y soledad es tan grande que ni siquiera es capaz de derramar una lágrima, al menos para atenuar tanto dolor.

         En un gesto casi mecánico, mientras abarca con su mirada aquel paisaje tan extraño como familiar, de características casi siniestras, hunde una de sus manos en el bolsillo del saco y aferra ese fragmento de papel tan antiguo como manoseado; contacto que de alguna manera lo mantiene cuerdo, trayéndolo nuevamente a la realidad, un espacio que mixtura diferentes planos, del ayer y del hoy, conformando algo tan rico como incomprensible, y hasta casi aterrador.

         Intenta avanzar, pero la emoción lo inmoviliza en el lugar. El tiempo parece haberse detenido. Aún le parece oír los distantes silbatos de las locomotoras, el paso fragoroso de las formaciones, el traqueteo de los vagones sobre las juntas de las vías. Y siente calzada sobre la cabeza su vetusta gorra gris, y la chaqueta color crema sobre los hombros, y el silbato siempre presto junto a su boca, anunciando la salida en horario del tren…

         Las imágenes del pasado se confunden con este disímil paisaje actual, en el que apenas consigue divisar una silueta que se acerca.

         -¿Qué tal? -, saluda el recién llegado, con las manos en los bolsillos, haciendo una inclinación de cabeza, y ganando confianza para comentar:. –Está lindo al sol, ¿no?

         -Y, sí… -, responde Don Carlos, casi ausente. –Sobre todo, cerca de este lugar, tan lleno de recuerdos…

         El otro pasea la mirada sobre el paisaje, para luego volver a mirarlo, detenidamente. De pronto, Don Carlos repara en esa mirada que lo escruta, y se la devuelve, un tanto extrañado. El recién llegado esboza una media sonrisa, quizá gratificado por el encuentro, y le pregunta:

         -Usted no se acuerda de mí, ¿no?

         Don Carlos duda.

         -No… La verdad que no. A mis años, mire… Hay cosas que no se tienen tan presentes.

         -Éramos más jóvenes, es cierto. Pero a pesar de la rutina y de la inmovilidad del final, compartimos varias cosas en este lugar. Sobre todo los mates, que Usted me hacía ensillar a cada rato…

         Don Carlos da un par de pasos y se acerca, para mirarlo más detenidamente. Es cierto, han pasado los años, pero detrás de ese rostro curtido, de esa apariencia de hombre cincuentón, se ilumina la misma mirada sensible, desbordante de utópicas ilusiones, que contemplara treinta años antes. Alza su dedo índice, apuntándole al rostro, y le dice:

         -El sociólogo señalero…

         -Jesús Corrado, el mismo -, responde el otro, ensanchando la sonrisa, y tendiéndole la mano, que Don Carlos estrecha sin mirar, halagado y sorprendido al mismo tiempo, como si acabase de haber visto un fantasma.

         -¡¿Pero cómo está?!

         -Y, aquí andamos… De regreso en el “lugar de trabajo”, como cada tatos años…

         -No me diga que viene seguido…

         -No tanto como quisiera, pero de vez en cuando, para esta fecha, me doy una vuelta, y veo cómo quedó todo. Aunque, claro, no es lo mismo.

         -No somos los mismos. Tenemos los achaques propios de la edad. Y en todo este tiempo, nos pasaron muchas cosas.

         -Dígamelo a mí, que por haber estado en la “Jotapé” tuve que esconderme, y laburar de lo que fuera durante los años de plomo. Ni por asomo me tomaron de vuelta en el ferrocarril; nadie quería líos con las botas. ¿Y Usted?

         -Y, ¿qué le puedo contar? Me puse a trabajar en una panadería, la de mi cuñado, durante muchos años. Después compartí un puesto de diarios. Pero nunca me sentí tan a gusto como acá en la estación. Esta era mi vida, Jesús. El día que lo cerraron fue para mí como si me amputasen un brazo.

         -¡Ya lo creo! Sé lo que sintió. Para mí, aunque estuve poco tiempo, fue un remanso entre tanta confusión. Me sirvió de refugio intelectual, para empezar a cerrar conceptos sobre mi vida que no tenía claros al abandonar la facultad. No sabe cómo extrañé nuestras mateadas. Con decirle que aún conservo en mi casa la calabacita que solíamos usar en la oficina…

         -¿De veras? -, y Don Carlos se estremece de la emoción. –Mire, voy a confesarle algo. Me da cierto pudor hacerlo, pero es la única persona a quien puedo contarle esto. A los demás, bueno…, creo que a mis 75 años pensarían que ya estoy senil, que no puedo aferrarme a estas cosas, que tengo que hacer algo para disfrutar tranquilo mis últimos años… En fin…

         -¿De qué se trata?

         -Desde aquel último día en que estuvimos en la estación, cuando llegó a la sala de espera aquel cadete en bicicleta, trayendo el telegrama de cierre, ¿se acuerda?…

         -Claro, hombre. ¡Cómo olvidarlo!

         -…bueno, desde ese día… -, hace una pausa, aclarándose la garganta, presa de una emoción tan antigua como devastadora, -…desde aquel maldito día conservo esto que para mí es un tesoro, una reliquia nefasta, pero que cada vez que lo tomo entre mis manos me recuerda que no todo se ha perdido, que al menos algo he podido conservar, aunque más no fuera un fragmento del final…

         Y con mano temblorosa, aún dudando de enseñar ese placer que se le antoja secreto, imposible de compartir con miradas ajenas, extrae del bolsillo del saco ese papel antiguo y manoseado, oscuro de tanto trajín, pegado con innumerables cintas adhesivas, y se lo extiende casi con culpa, como si no se atreviera a desprenderse de él, como si se le fuese una parte de la vida al separarse de aquella reliquia.

         -¿Puedo? -, pide permiso Corrado antes de tomarlo, adivinando las emociones del viejo, quien asiente repetidas veces con la cabeza, sin la fuerza suficiente para responderle con palabras.

         El antiguo señalero del Ferrocarril General Belgrano despliega el papel con suma delicadeza, temeroso de estropearlo con algún movimiento apresurado, y lee aquellas líneas ya desdibujadas, apenas legibles, pero demoledoras como mazazo en el corazón:

“CIERRE RAMAL PUNTO

JUNTAR HERRAMIENTAS PUNTO

CERRAR ESTACIÓN CORONEL DOCTOR MARCOS PAZ PUNTO

PONER CANDADOS OFICINAS PUNTO

PRESENTARSE ESTACIÓN LA PLATA

COBRO DE HABERES PUNTO

CINCO DE JULIO 1977”

         -Es el mismo… -, balbucea Corrado. –El telegrama que trajo aquel cadete que…

         -Sí, hombre. Es el del final -, asevera el ex guarda de trenes, con el llanto atravesado en la garganta. -El que tiene fecha de hoy, cinco de julio, pero de hace casi treinta años atrás…

         -Don Carlos… -, continúa balbuceando el antiguo señalero, volviendo a pedir permiso, -…¿no se ofende? 

         Y ambos hombres se funden en un único abrazo, cálido y fraternal, cómplice y sin edad.



*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar







El hermano*




*Josefina Licitra
02.07.2008
 

–Soy una vedette en cuerpo ajeno –dice Jaime García Márquez luego del sexto cuba libre, su mano en mi mano, el cuerpo reclinado sobre la mesa de un bar casi vacío–. Todos esperan ver a Gabito pero me encuentran a mí, y yo hago lo que puedo.
Son las cuatro de la mañana de un jueves y Cartagena de Indias es apenas sus luces. Los zapatos de Jaime son blancos. También su guayabera, su pantalón y sus dientes.
–Hace unos días le decía a Gabito: “Tú lo tienes todo: dinero, fama, prestigio, una obra. Pero si tienes tanto, seguro que eres mal polvo”. Él me miró con esa cara que tiene cuando se despierta de algo. “¿Ah…?”, dijo y luego la llamó a su mujer: “Oye, ¿yo soy mal polvo?”. Mercedes no contestó, así que yo lo tomo como un sí.
Es la segunda vez que me encuentro con Jaime. La primera sucedió hace cuatro años, durante un evento de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, presidida por Gabriel García Márquez. En ese entonces –como siempre– la estrella del lugar había sido Gabo. Pero los verdaderos anfitriones detrás de ese despliegue habían sido, también como siempre, Jaime Abello Banfi (director de la FNPI) y Jaime García Márquez: ingeniero, comunista explícito, hacedor de caminos, subdirector ejecutivo de la Fundación y hombre dueño de una religiosidad extraña. “¿Conociste a Gabito?” “Siéntate cerca de Gabito.” “¿Te has sacado foto con Gabito?” “Ven que te presento a Gabito, el tesoro de la familia.”

Jaime hablaba de Gabito como si estuviera entrando a un templo. Y lo raro es que esa admiración, contra cualquier prejuicio, encerraba un amor dolorosamente honesto. No debe ser fácil ser hermano de Gabriel García Márquez. Sus padres, Gabriel Eligio y Rosa Santiaga, parieron quince hijos y hay veces que la sede de la Fundación –en Cartagena de Indias– está llena de Garcías que saltan de los zócalos con la promiscuidad de un virus. Por algún motivo, sin embargo, de toda esa madeja de parientes es sólo Jaime quien carga la cocarda y las responsabilidades de ser el hermano de un Nobel.

Si en términos existenciales el éxito y el fracaso son el resultado de un humor cósmico (que da las mieles sólo a algunos), tener un hermano genial debería vivirse con el sinsabor exasperante del que compra el billete 100 y luego escucha que el Gordo de Navidad fue el 101. Tener la posibilidad del éxito, en términos formales, a un palmo de distancia puede destruirte mucho más que tenerlo en la otra punta de tu planeta privado. Pasa en las familias, pero también en los mundos mayores. En San Pedro de Macorís, por ejemplo, un puerto dominicano ubicado a quinientos kilómetros de Estados Unidos, la posibilidad del sueño americano hace que cientos de chicos se lancen al mar y terminen tragados por los tiburones. El problema, esa vez, no es el modelo sino la falsa cercanía de la victoria; la sensación de que basta un solo paso para estar adentro.

¿Hay forma de salvarse? ¿Hay forma de no llenarte de fracasos cuando sos el hermano, el marido, la periferia del éxito? Ahora, en Cartagena de Indias, Jaime García Márquez da señales de que sí. Y dice a su modo –que es: sin siquiera necesitar decirlo– que la única manera de seguir entero es haciéndose amigo de las propias fisuras. Jaime disfruta hablando de sus grietas y ofreciendo con nobleza lo que él supone que todos queremos tener: historias de Gabito, secretos de Gabito, foto con Gabito, tour de Gabito. “En esta plaza se filmó una escena de El amor y otros demonios, ¿lo has leído? Para el papel de la muchacha trajeron a una cubana que Dios mío: casi me da un infarto, no sabía qué se me podía parar primero”, me dijo Jaime hace un rato, tomándome del brazo, cuando paseábamos por Cartagena de Indias y la ciudad era, en esas horas, un sueño interminable: las casas antiguas, la noche, la plaza triangular, y los ojos felices y espejados de don Jaime hablando de Gabo, Gabito, su hermano del alma, su tesoro.

–Todavía no se ha hecho un trabajo sobre el pensamiento político de García Márquez –advierte ahora sobre la mesa del bar.

–¿Por qué no lo hacés vos?

–Nooo –frunce la frente–. Ya van a pensar que quiero hacerme el escritor.

La sonrisa de Jaime es blanca. Una hilera de edificios fuertes, en la boca de un hombre que se cree pequeño.



*Fuente: Crítica digital
http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=7229






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Crónicas del Hombre Alto (el blog)*



       Este blog reúne las crónicas, artículos de opinión y otras divagaciones en prosa que he venido escribiendo desde el 2004 a la fecha, más algunos otros textos previos que he rescatado de la prehistoria.
       Casi todos estos escritos han sido publicados en las revistas virtuales "Inventiva Social" y  "La Máquina de Escribir", y unos cuantos lo fueron en "Gaceta Literaria". También, por carácter transitivo, aparecieron en varios blogs y/o páginas de Internet que acostumbran reproducir lo que se publica en los medios ya mencionados. En dimensión papel, varios de estos textos han encontrado alojamiento en las páginas de "El Arca del Sur". Y por supuesto, también han circulado por mail gracias a la generosidad de mis colegas y la amabilidad de mis amigos. A todos los que han colaborado en esta tarea de d