Wednesday | March 26, 2008

TE DOY LO QUE NO TENGO...

El estudiante del amor*



 
Había pasado toda su niñez en un colegio, su adolescencia en un instituto, su juventud en una universidad y unos masters específicos completaron su educación. Estaba preparado para afrontar la vida con bastantes garantías, pero tenía una laguna por cubrir: En el arte de amar era virgen.
A sus 25 años había dedicado tanto tiempo a los estudios que no había tenido tiempo para aprender a amar.
Como era eminentemente práctico, elaboró un plan para ponerse al día en la labores amatorias, y como no encontró academia en la Páginas Amarillas Telefónicas, buscó los servicios de una profesional que, con su experiencia y a través de una serie de clases prácticas, lo pusiera al día en estos menesteres.
Después de un curso acelerado, la Consuelo, su maestra, le otorgó el título de experto "cum laude" lo que le llenó de satisfacción y gozo. La elección de Consuelo con sus 30 años de experiencia fue todo un acierto.
Al cabo de tres meses, en su primer trabajo, conoció a Miriam, una chica encantadora de 19 años con la que formalizó una cita aun temiendo que, al ser ella de corta edad, debería enseñarle lo aprendido. Menos mal que Consuelo le había enseñado todo.

En su primera cita, después de una tarde de copas, se fueron a la cama. Suspendió.


*De Joan.  joan@cimat.es





TE DOY LO QUE NO TENGO...






*


1


El universo
es las constelaciones
de ojos que lo ven.
                                 

  2

La luna cae
junto con sus pétalos
de amadas sombras.       
                                    


3

Así te miro,
ahondando mis dedos
para detener, infinitesimalmente,
universos que van fluyendo.
                              
 
  4


Miro y espero,
a un lado del arroyo,
bambú fluyendo.
 
                              
 
   5

Quién pudiera detenernos
en un sorbo de constelaciones,
expandiéndose
junto a las estrellas,
expandiéndonos
junto al universo.
                                 

   6

Llorarlo todo
para que el mismo todo
llore por nada.
 
                                  
  7

Ahueco mis manos
y en ellas sostengo
infinitos caudales de agua
que van fluyendo.
 
                             
 
   8

La dura piedra
se hace agua tranquila
después del bambú.
 
                              

   9

Si llegas
yo me instalo en todo mapa,
en todas constelaciones.
 
                                

 10
 

Con la naturaleza estamos en paz
cuando por sus indiscriminantes ojos
nos vemos en paz…
 
                                   

11


Está la amada
en el medio del jardín,
creciendo soles.
 
                                

 12

Antes que nosotros
estaban nuestros caminos
y después que nos vamos
siguen ellos solos
buscando su destino.
 
 
                             
 13


Te doy lo que no tengo;
apenas te doy lo que jamás nadie tuvo  o tendrá.
Es más, te doy lo que no puedo;
te doy lo que tu crees que te doy
y que por eso a duras penas
lo sostengo en mis manos.
 
                                  

  14


El loto sueña
en su sueño celeste
entre amapolas.
 
                                   

 15


Te vas lejos,
tan distante de vos
que casi comprendo
que no te quedas conmigo
simplemente porque no estás en paz contigo.
                                 
 

 16


Dices, a esta altura,
que no crees.
Y, probablemente,
como cambian las creencias, los saberes,
es probable que a ciegas extiendas tus manos...
Y entonces crees.
 
                                
  
 17


Qué básico y qué sencillo:
cuando salgo por la vereda
del frente de la vida,
aunque piense
que no hay nadie;
aún así te encuentro en cada horizonte,
en cada desierto
y en todos los árboles.
 
                               

   18


Es púrpura y es salvaje
beberse el infinito
en un solo trago de universo.
 
 
                              
  19


Lloro por llorar,
porque ya lo sabía...
Es demasiado
tratar de asir
un poco de infinito.
 
                                

 20

Y yo que pensé que podía detenerte
un instante largo,
un tramo de sendero.
Y sin embargo apenas
puedo sostener tu libertad
en un soplo de viento.
 
 

  21

Siempre lloran
una alegre llovizna
las mariposas.



22

Para qué tantas carreteras,
tantas calles, vías,
caminos, huellas,
si andamos así, sin rumbo,
perdidos todos
de caminar juntos.



*De Sebastián Slobodjanac Iparraguirre. sloboseba@yahoo.com.ar
- San Juan- Argentina.







Esqueleto*


 
*de Ray Bradbury


Ya se le había pasado la hora de ver otra vez al doctor. El señor Harris se metió, desanimado, en el hueco de la escalera, y vio el nombre del doctor Burleigh en letras doradas y una flecha que apuntaba hacia arriba.
¿Suspiraría el doctor Burleigh cuando lo viese? En verdad, ésta era la décima visita en el año. Pero el doctor Burleigh no podía quejarse. ¡El señor Harris pagaba todas las consultas!
La enfermera miró por encima al señor Harris y sonrió, un poco divertida, mientras llamaba con las puntas de los dedos en la puerta de vidrio esmerilado, la abría y metía la cabeza. Harris pensó que le oía decir:
-¿Adivine quién está aquí, doctor?
Y en seguida le pareció que la voz del doctor replicaba, débilmente:
-Oh, Dios mío, ¿otra vez?
Harris tragó saliva, nerviosamente, entró en el consultorio, y el doctor Burleigh gruñó:
-¿Le duelen otra vez los huesos? ¡Ah! -Frunció el ceño y se ajustó los lentes-. Mi querido Harris, ha sido usted aderezado con los peines y cepillos más finos y antisépticos que conoce la ciencia. Usted está
nervioso. Veamos los dedos. Demasiados cigarrillos. Olamos el aliento.
Demasiadas proteínas. Mirémosle los ojos. Falta de sueño. ¿Mi receta? Váyase a la cama, menos proteínas, y no fume. Diez dólares, por favor.
Harris, enfurruñado, no se movió.
El doctor apartó brevemente los ojos de sus papeles.
-¿Todavía ahí? ¡Es usted un hipocondríaco! Ahora son once dólares.
-Pero, ¿por qué me duelen los huesos? -preguntó Harris.
El doctor Burleigh le habló como a un niño.
-¿Nunca ha tenido un músculo cansado, y se pasó las horas irritándolo, pellizcándolo, frotándolo? Cuanto más lo toca, más lo empeora. Al fin, si lo deja tranquilo, el dolor desaparece, y usted descubre que la causa principal del malestar era usted mismo. Bueno, hijo, ése es su caso. Quédese tranquilo. Tómese una dosis de sales. Váyase y haga ese viaje a Phoenix con el que está soñando desde hace meses. ¡Le hará bien viajar!
Cinco minutos después, el señor Harris hojeaba una guía de teléfonos en el bar de la esquina. ¡Bonita comprensión la que uno obtenía de los cegatones idiotas como Burleigh! Recorrió con el dedo una lista de ESPECIALISTAS DE HUESOS, y encontró uno que se llamaba M. Munigant. Munigant no tenía título
de médico, ni ningún otro; pero el consultorio estaba adecuadamente cerca.
Tres manzanas más allá, una hacia abajo...
M. Munigant, como el consultorio, era pequeño y oscuro. Como el escritorio, olía a cloroformo, yodo y otras cosas raras. Era un hombre que sabía escuchar, sin embargo, y mientras escuchaba, movía unos ojos brillantes y vivaces, y cuando le hablaba a Harris las palabras le salían como suaves silbidos, sin duda a causa de algún defecto en la dentadura.
Harris se lo contó todo.
M. Munigant asintió. Había visto casos semejantes. Los huesos del cuerpo.
Los hombres no tenían conciencia de sus propios huesos. El esqueleto.
Dificilísimo. Algo que concernía al desequilibrio, a una coordinación inarmónica entre alma, carne y esqueleto.
-Muy complicado -silbó suavemente M. Munigant.
Harris escuchaba fascinado. ¡Bueno, al fin había encontrado un doctor que lo entendía!
-Problema psicológico -dijo M. Munigant.
Fue rápidamente, delicadamente, hacia una pared oscura y apareció con media docena de radiografías que flotaron en el cuarto como objetos fantasmales arrastrados por una antigua marea.
-¡Mire, mire! ¡El esqueleto sorprendido! He aquí retratos luminosos de los huesos largos, cortos, grandes y pequeños.
El señor Harris no prestaba atención a la actitud correcta, al verdadero problema. La mano de M. Munigant golpeó, matraqueó, raspó, rascó las tenues nebulosas de carne donde colgaban espectros de cráneos, vértebras, pelvis, calcio, médula. ¡Aquí, allí, esto, aquello, éstos, aquellos y otros!
-¡Mire!
Harris se estremeció. Las radiografías y los cuadros volaron en un viento verde y fosforescente, que venía de un país donde habitaban los monstruos de Dalí y Fuseli.
M. Munigant silbó quedamente. ¿Deseaba el señor Harris que le... trataran los huesos?
-Depende -dijo Harris.
Bueno, M. Munigant no podía ayudar a Harás si Harris no se encontraba dispuesto. Psicológicamente uno tiene que necesitar ayuda, o el médico es inútil. Pero, y se encogió de hombros, M. Munigant «trataría».
Harris se acostó en una mesa, con la boca abierta. Las luces se apagaron, las persianas se cerraron. M. Munigant se acercó a su paciente.
Algo tocó la lengua de Harris.
Harris sintió que le desencajaban las mandíbulas, y le crujían y chirriaban. El cuadro de un esqueleto tembló y saltó en la pared. Harris sintió un estremecimiento, de pies a cabeza. Cerró involuntariamente la boca. M. Munigant gritó. Harris casi le había arrancado la nariz de un mordisco.
¡Inútil, inútil! ¡Todavía no era hora! Las persianas se abrieron susurrando.
La decepción de M. Munigant era tremenda. Cuando el señor Harris sintiera que podía cooperar psicológicamente, cuando el señor Harris necesitara ayuda realmente y tuviese confianza en M. Munigant, entonces quizá podría hacerse algo. M. Munigant extendió la manita. Mientras tanto, los honorarios eran sólo dos dólares. El señor Harris debía ponerse a pensar. Le daría un dibujo para que el señor Harris se lo llevara a su casa y lo estudiase. Tenía que familiarizarse con su propio cuerpo. Tenía que ser temblorosamente consciente de sí mismo. Tenía que mantenerse en guardia. Los esqueletos eran
cosas raras, imprevisibles. Los ojos de M. Munigant centellearon. Buenos días al señor Harris. Oh, ¿y no quería un palito de pan? M. Munigant le acercó al señor Harris un jarro de palitos de pan quebradizos y salados y se sirvió un palito él mismo diciendo que masticar palitos le servía para conservar... cómo decirlo.... la práctica. ¡Buenos días, buenos días al señor Harris! El señor Harris se fue a su casa.
Al día siguiente, domingo, el señor Harris se descubrió dolores y torturas innumerables y nuevas en todo el cuerpo. Se pasó la mañana con los ojos clavados en la estampa del esqueleto, anatómicamente perfecta, que le había dado M. Munigant.
En el almuerzo, Clarisse, la mujer del señor Harris, se apretó uno a uno los nudillos exquisitamente delgados, y al fin el señor Harris se llevó las manos a las orejas y gritó:
-¡Basta!
A la tarde, el señor Harris se enclaustró en sus habitaciones. Clarisse jugaba al bridge en el vestíbulo riendo y parloteando con otras tres señoras mientras Harris, oculto, se acariciaba y pesaba los miembros del cuerpo con creciente curiosidad. Al cabo de una hora se incorporó de pronto y llamó:
-¡Clarisse!
Clarisse entraba siempre como bailando, haciendo con el cuerpo toda clase de movimientos blandos y agradables para que los pies no tocaran ni siquiera la alfombra. Les pidió disculpas a sus amigas y fue a ver a Harris, animada. Lo encontró sentado en un extremo del cuarto y vio que clavaba los ojos en el
dibujo anatómico.
-¿Estás aún meditando, querido? -preguntó-. Por favor, deja eso.
Se sentó en las rodillas del señor Harris.
La belleza de Clarisse no alcanzó a distraer al señor Harris. Sintió la liviandad de Clarisse, le tocó la rótula. El hueso parecía moverse bajo la piel pálida y brillante.
-¿Está bien que haga eso? -preguntó, sorbiendo el aliento.
-¿Qué cosa? -rió Clarisse-. ¿Mi rótula, dices?
-¿Es normal que se mueva así, alrededor?
Clarisse probó.
-Se mueve así, realmente -dijo, maravillada.
-Me alegra que la tuya se deslice, también -suspiró el señor Harris-. Empezaba a preocuparme.
-¿De qué?
El señor Harris se palmeó las costillas.
-Mis costillas no llegan hasta abajo. Se paran aquí, ¡y he descubierto el aire!
Clarisse entrecruzó las manos bajo la curva de sus pequeños pechos.
-Claro, tonto. Las costillas de todos se detienen en un cierto punto. Y esas raras y cortas son las costillas flotantes.
-Espero que no se vayan flotando por ahí.
El chiste no era nada tranquilizador. El señor Harris deseaba ahora, sobre todas las cosas, quedarse solo. Nuevos descubrimientos arqueológicos, cada vez más sorprendentes, estaban al alcance de sus manos temblorosas, y no quería que se rieran de él.
-Gracias por haber venido, querida -dijo.
-Cuando quieras.
Clarisse frotó dulcemente su nariz contra la de Harris.
-¡Un momento! Espera... -El señor Harris extendió el dedo y tocó las dos narices-. ¿Te das cuenta? El hueso de la nariz crece sólo hasta aquí. ¡El resto es tejido cartilaginoso!
Clarisse arrugó la nariz
-¡Claro, querido!
Se fue bailando del cuarto.
Solo, sentado, Harris sintió que la transpiración se le acumulaba en los hoyos y arrugas de la cara y le fluía como una marea tenue mejillas abajo.
Se humedeció los labios y cerró los ojos. Ahora.... ahora.... ¿qué seguía ahora? La columna vertebral, sí. Aquí. Lentamente, el señor Harris se examinó la columna , moviendo los dedos como cuando operaba los botones de la oficina, llamando a secretarias y mensajeros. Pero ahora, al apretar la columna vertebral, las respuestas eran miedos y terrores que le entraban por un millón de puertas asaltando y sacudiendo la mente. La columna le parecía algo extraño.... horrible. Se tocó las vértebras nudosas. Como los huesitos quebradizos de un pescado recién comido, abandonados en un plato de porcelana fría.
-¡Señor! ¡Señor!
Le castañetearon los dientes. Dios todopoderoso, pensó. ¿Cómo no me di cuenta en todos estos años? ¡Todos estos años he andado por allí con un... esqueleto... adentro! ¿Cómo es posible que lo aceptemos así como así? ¿Cómo es posible que nunca pensemos en nuestros cuerpos?
Un esqueleto. Una de esas cosas duras, nevosas y articuladas. Una de esas cosas quebradizas, espantosas, secas, frágiles, matraqueantes, de dedos temblorosos, cabeza de calavera, ojos biselados, y que cuelgan de unas cadenas entre las telarañas de una alacena olvidada; una de esas cosas que hay en los desiertos y están ahí en el suelo desparramadas como dados.
Se incorporó, muy tieso, pues ya no podía soportar la silla. Dentro de mí, ahora, pensó, tomándose el estómago y la cabeza, dentro de mi cabeza hay un... cráneo. Uno de esos caparazones curvos que guardan la jalea eléctrica del cerebro. ¡Una de esas cáscaras rajadas con dos agujeros al frente como dos agujeros abiertos por una escopeta de dos caños! ¡Hay ahí grutas y cavernas de hueso, revestimientos y sitios para la carne, el olfato, la vista, el oído, el pensamiento! ¡Un cráneo que me envuelve el cerebro, con ventanitas abiertas al mundo exterior!
Harris tenía ganas de interrumpir la partida de bridge, entrar en la sala como un zorro en un gallinero y desparramar las cartas como nubes de plumas, todo alrededor. Se dominó trabajosamente, temblando. Vamos, vamos, hombre, tranquilízate. Has tenido una verdadera revelación, apréciala, disfrútala.
¡Pero un esqueleto!, le gritó el subconsciente. No lo aguanto. Es algo vulgar, terrible, espantoso. Los esqueletos son cosas horribles; crujen y rascan y traquetean en viejos castillos, colgados de vigas de roble, como largos péndulos susurrantes, indolentes, que se mueven al viento.
La voz de Clarisse llegó desde lejos, clara, dulce.
-Querido, ¿vienes a saludar a las señoras?
El señor Harris sintió que se mantenía en pie gracias al esqueleto. ¡Esa cosa interior, ese intruso, ese espanto, le sostenía los brazos, las piernas, la cabeza! Era como sentir a alguien detrás de uno, alguien que no debiera estar ahí. Adelantándose, comprendió con cada paso que daba hasta qué punto dependía de esa Cosa.
-Iré en seguida, querida -contestó débilmente.
¡Vamos, ánimo!, se dijo a sí mismo. Mañana tienes que volver al trabajo. El viernes tienes que ir a Phoenix. Es un viaje largo. Cientos de kilómetros.
Tienes que estar en buena forma para hacer ese viaje o el señor Creldon no invertirá dinero en tu negocio de cerámica. ¡Arriba esa cabeza! ¡Coraje!
Un instante después estaba entre las señoras, y Clarisse le presentaba a la señora Withers, la señora Abblematt y la señorita Kirthy, las que tenían, todas, esqueletos dentro, pero se lo tomaban con mucha calma, pues la naturaleza les había revestido cuidadosamente la calva desnudez de la clavícula, la tibia, el fémur, con pechos, muslos, pantorrillas, cejas y cabelleras satánicas, labios de aguijón, y.. ¡Dios!, gritó interiormente el señor Harris. Cuando hablan o comen muestran los dientes, ¡una parte del esqueleto! ¡Nunca se me había ocurrido!
-Excúsenme -jadeó, y salió corriendo del cuarto alcanzando apenas a arrojar la merienda por encima de la balaustrada del jardín, entre las petunias.
Esa noche, sentado en la cama mientras Clarisse se desvestía, Harris se arregló cuidadosamente las uñas de los pies y las manos. Esas partes, también, revelaban el esqueleto, que asomaba impúdicamente. Debió de haber enunciado en voz alta parte de la teoría, pues Clarisse, ya acostada y en camisón, le echó los brazos al cuello canturreando:
-Oh, mi querido, las uñas no son huesos. ¡Son sólo epidermis endurecida!
El señor Harris dejó caer las tijeras.
-¿Estás segura? Espero que tengas razón. Me sentiría más tranquilo. -Miró la curva del cuerpo de Clarisse, boquiabierto-. Ojalá toda la gente fuera como tú.
-¡Condenado hipocondríaco! -Clarisse lo sostuvo estirando el brazo, Vamos, ¿qué te pasa? Díselo a mamá.
-Algo que siento dentro -dijo Harris-. Algo que... comí.
A la mañana siguiente y durante toda la tarde en la oficina del centro de la ciudad, el señor Harris investigó los tamaños, las formas y la posición de varios de sus propios huesos con un desagrado cada vez mayor. A las diez de la mañana le pidió permiso al señor Smith para tocarle el codo un momento.
El señor Smith consintió, pero mirándolo de reojo. Después del almuerzo el señor Harris le dijo a la señorita Laurel que quería tocarle el omóplato, y la joven se apretó en seguida de espaldas contra el cuerpo del señor Harris ronroneando y entornando los ojos.
-¡Señorita Laurel! -gritó el señor Harris-. ¡Basta!
Solo, meditó sobre sus neurosis. La guerra acababa de terminar, y la tensión del trabajo y el futuro incierto tenían mucha relación probablemente con aquel estado de ánimo. Pensaba a veces en dejar la oficina, instalarse por su propia cuenta; tenía un talento nada común para la cerámica y la escultura. Tan pronto como pudiese iría a Arizona, le pediría dinero al señor Creldon, compraría un horno y pondría una tienda. Cuántas preocupaciones. En verdad era todo un caso. Pero por suerte había conocido a M. Munigant, que parecía decidido a comprenderlo y ayudarlo. Lucharía un tiempo solo, no iría a ver a Munigant ni al doctor Burleigh, mientras pudiera resistirlo. La extraña sensación desaparecería. El señor Harris se quedó mirando el aire.
La extraña sensación no desapareció. Creció.
El martes y el jueves se desesperó pensando que la epidermis, el pelo y otros apéndices eran manifestaciones de un grave desorden, mientras que el esqueleto desprovisto de tegumentos era en cambio una estructura limpia y flexible, bien organizada. A veces, cuando al resplandor de ciertas luces, sintiendo el peso de la melancolía, se le bajaban morosamente las comisuras de la boca, creía ver el cráneo que le sonreía desde detrás de la cara.
¡Suelta!, gritaba. ¡Déjame! ¡Los pulmones! ¡Basta!
Jadeaba convulsamente, como si las costillas lo apretaran quitándole el aliento.
¡Mi cerebro! ¡No lo aprietes!
Y unos dolores de cabeza terribles le quemaban el cerebro reduciéndolo a cenizas apagadas.
¡Mis entrañas, déjalas, por amor de Dios! ¡Apártate de mi corazón!
El corazón se le encogía bajo las costillas que se abrían en abanico, como arañas pálidas que acechaban la presa.
Una noche descansaba acostado empapado en sudor. Clarisse estaba afuera, en una reunión de la Cruz Roja. Harris trataba de conservar la calma, pero era más y más consciente de aquel conflicto: afuera ese sucio exterior, y adentro esa cosa hermosa, fresca, limpia y de calcio.
La tez, ¿no era oleosa, no tenía arrugas de preocupación?
Observa la perfección de la calavera: impecable y nívea. La nariz, ¿no era demasiado prominente?
Observa bien los huesecitos de la nariz en la calavera, antes que el monstruoso cartílago nasal formara la probóscide montañosa.
El cuerpo, ¿no era rollizo?
Bueno, examina el esqueleto, delgado, esbelto, la economía de las líneas y el contorno. ¡Marfil oriental exquisitamente tallado! ¡Perfecto, grácil como una manta religiosa blanca!
Los ojos, ¿no eran protuberantes, ordinarios, apagados?
Ten la amabilidad de examinar las órbitas en la calavera: tan profundas y redondas, sombrías, pozos de calma, sabias, eternas. Mira adentro y nunca tocarás el fondo de ese conocimiento oscuro. Toda la ironía, toda la vida, todo está ahí en esa copa de oscuridad.
Compara, compara, compara.
Harris rabió durante horas. Y el esqueleto, siempre un filósofo frágil y solemne, descansaba dentro, calmoso, sin decir una palabra, suspendido como un insecto delicado en el interior de una crisálida, esperando y esperando.
Harris se sentó lentamente.
-¡Un minuto! ¡Espera! -exclamó-. Tú también estás perdido. Yo también te tengo. ¡Puedo obligarte a hacer lo que se me antoje! ¡No puedes impedirlo!
Digo yo: mueve los carpos, los metacarpos y las falanges y, ssssss, ¡ahí se alzan, como si yo saludara a alguien! -Se rió-. Le ordeno a la tibia y al fémur que sean locomotoras y, jum, dos tres cuatro, jum, dos tres cuatro, allá vamos alrededor de la manzana. ¡Sí, señor!
Harris sonrió mostrando los dientes.
-Es una lucha pareja. Fuerzas iguales, y lucharemos, ¡los dos! Al fin y al cabo, ¡soy la parte que piensa! ¡Sí, Dios mío, sí! ¡Aunque no te domine; todavía puedo pensar!
Instantáneamente, una mandíbula de tigre se cerró de golpe, mordiéndole el cerebro. Harris aulló. Los huesos del cráneo apretaron como garras hasta que Harris tuvo horribles pesadillas. Luego, lentamente, mientras Harris chillaba, los huesos adelantaron el hocico y se comieron las pesadillas, una por una, hasta que la última desapareció y todas las luces se apagaron....
Al fin de la semana, Harris postergó el viaje a Phoenix por razones de salud. Pesándose en una balanza de la calle vio que la lenta flecha roja señalaba 75.
Gruñó. Cómo, he pesado ochenta kilos durante años y años. ¡He perdido cinco kilos! Se examinó las mejillas en el espejo sucio de moscas. Un miedo primitivo y helado le recorrió el cuerpo estremeciéndolo. ¡Tú, tú! ¡Sé muy bien qué te propones, tú!
Se amenazó con el puño la cara huesuda, hablándoles particularmente al maxilar superior, al maxilar inferior, al cráneo y a las vértebras cervicales.
-¡Maldito! Crees que puedes matarme de hambre, hacerme perder peso, ¿eh?
Sacarme la carne, no dejar nada, sólo huesos y piel. Tratas de echarme a la zanja, para ser el único dueño, ¿eh? ¡No, no!
Corrió a un restaurante.
Pavo, salsas, papas en crema, cuatro ensaladas, tres postres. No podía tragar nada, se sentía enfermo del estómago. Se obligó a comer. Los dientes empezaron a dolerle. Mala dentadura, ¿eh?, pensó, furioso. Comeré aunque los dientes se sacudan, se golpeen y crujan, y caigan todos en la sala.
Tenía fuego en la cabeza, respiraba entrecortadamente, sintiendo una opresión en el pecho, y un dolor en las muelas; pero ganó sin embargo una pequeña batalla. Iba a beber leche cuando se detuvo y la derramó en un florero de capuchinas. Nada de calcio para ti, muchacho, nada de calcio para ti. Nunca jamás comeré algo que tenga calcio o cualquier otro mineral que tonifique los huesos. Comeré sólo para uno de nosotros, muchacho, sólo para uno.
-Setenta kilos -le dijo la semana siguiente a su mujer-. ¿Notaste cómo he cambiado?
-Noto que estás mejor -dijo Clarisse-. Siempre fuiste un poco gordito para tu altura, querido. -Le acarició la barbilla-. Me gusta tu cara. Es mucho más elegante. Las líneas son ahora tan firmes y fuertes...
-No son mis líneas, son sus líneas, ¡maldita sea! ¿Quieres decir acaso que él te gusta más que yo?
-¿Él? ¿Quién es él?
En el espejo del vestíbulo, más allá de Clarisse, la calavera le sonrió al señor Harris desde detrás de una mueca carnosa de desesperación y odio.
Colérico, el señor Harris engulló unas tabletas de malta. Era un modo de ganar peso cuando uno no puede comer otras cosas. Clarisse vio las píldoras de malta.
-Pero, querido, realmente, yo no te pido que subas de peso -dijo.
-¡Oh, cállate! -dijo Harris entre dientes.
Clarisse lo obligó a que se acostara. Harris se tendió con la cabeza en el regazo de Clarisse.
-Querido -dijo Clarisse-. Te he estado observando últimamente. Estás tan... lejos. No dices nada, pero parece que te persiguieran. Te agitas en la cama, de noche. Quizá debieras ver a un psiquiatra. Pero ya sé qué te diría, puedo adelantártelo. Te he oído mascullar, una vez y otra, y he sacado mis conclusiones. Pues bien, te diré que tú y tu esqueleto son una sola cosa: «una nación indivisible, con libertad y justicia para todos». Unidos triunfarán, divididos fracasarán. Si no se pueden entender entre ustedes como un viejo matrimonio, ve a ver al doctor Burleigh. Pero antes distiéndete, tranquilízate. Estás viviendo en un círculo vicioso; cuanto más te preocupas, más sientes los huesos y más te preocupas. Al fin y al cabo,
¿quién inició esta batalla? ¿Tú o esa entidad anónima que según dices está acechándote detrás del canal alimentario?
Harris cerró los ojos.
-Yo. Creo que fui yo. Adelante, Clarisse, sigue hablándome.
-Descansa ahora -susurró Clarisse dulcemente-. Descansa y olvida.
El señor Harris se mantuvo a flote un día y medio y luego empezó a hundirse otra vez. La imaginación podía tener su parte de culpa, sí, pero este esqueleto particular, Dios mío, devolvía los golpes.
En las últimas horas de la tarde, Harris buscó el consultorio de M. Munigant. Caminó media hora antes de encontrar la dirección y descubrir el nombre M. Munigant, escrito con iniciales de oro viejo y descascarado en un letrero de vidrio. En ese momento, le pareció que los huesos le estallaban
rompiendo amarras, dispersándose en el aire en una erupción dolorosa.
Enceguecido, Harris retrocedió. Cuando abrió de nuevo los ojos ya estaba del otro lado de la esquina. El consultorio de M. Munigant había quedado atrás.
Los dolores cesaron.
M. Munigant era el hombre que podía ayudarlo. Si la visión del letrero provocaba una reacción tan titánica, indudablemente M. Munigant era el hombre indicado.
Pero no hoy. Cada vez que Harris trataba de volver al consultorio reaparecían los terribles dolores. Transpirando, renunció al fin y entró tambaleándose en un bar.
Mientras cruzaba el vestíbulo oscuro se preguntó brevemente si M. Munigant no tenía una buena parte de culpa. ¡Al fin y al cabo era M. Munigant quien lo había incitado a que se observara el esqueleto, desencadenando un tremendo impacto psicológico! ¿No estaría utilizándolo M. Munigant para algún propósito nefasto? Pero ¿qué propósito? Era una sospecha tonta. Un pobre médico, y nada más. Trataba de ayudarlo. Munigant y sus palitos de pan. Ridículo, M. Munigant estaba muy bien, muy bien.
El espectáculo del salón del bar era alentador. Un hombre corpulento, gordo, redondo como una bola de manteca, bebía una cerveza tras otra en el mostrador. La imagen del éxito, realmente. Harris reprimió el deseo de ponerse de pie, palmearle el hombro al gordo y preguntarle cómo había hecho para ocultarse los huesos. Sí, el esqueleto del hombre estaba lujosamente tapizado. Había almohadones de tocino aquí, bultos elásticos allí, y varias golillas redondas bajo la barbilla. El pobre esqueleto estaba perdido; nunca podría salir de ese tembladeral de grasa. Podía haberlo intentado una vez, pero ya no. Los huesos, abrumados, no se insinuaban en ninguna parte.
No sin envidia, Harris se acercó al gordo como alguien que cruza ante la proa de un transatlántico. Harris pidió una bebida, se la tomó, y se atrevió a hablarle al gordo.
-¿Glándulas?
-¿Me habla usted a mí? -preguntó el gordo.
-¿O una dieta especial? -comentó Harris-. Perdóneme, pero vea usted, me cuelga la piel. No puedo aumentar de peso. Me gustaría tener un estómago -Así es entonces -susurró, los ojos enrojecidos, las mejillas hirsutas-. De un modo o de otro me arrastras, me matas de hambre, de sed, acabas conmigo. -Tragó unas rebabas secas de polvo-. El sol me cocinará la carne para que puedas salir. Los buitres me almorzarán y tú quedarás tendido en el suelo, sonriendo. Sonriendo victorioso. Un xilofón calcinado donde unos buitres tocan una música rara. Te gusta eso. La libertad.
Harris caminó por un escenario que temblaba y burbujeaba bajo la cascada de la luz solar. Tropezaba, caía de bruces y se quedaba tendido alimentándose con bocados de fuego. El aire era una llama azul de alcohol, y los buitres se asaban, humeaban y chispeaban volando en círculos y planeando. Phoenix.
El camino. El coche. Agua. Un refugio.
-¡Eh!
Otra vez el grito. Crujidos de pasos, rápidos.
Gritando, aliviado, incrédulo, Harris corrió y se derrumbó en brazos de alguien que llevaba uniforme.
El coche tediosamente remolcado, reparado. Ya en Phoenix. Harris se encontró en un estado de ánimo tan endemoniado que la operación comercial fue una apagada pantomima. Aun cuando consiguió el préstamo y tuvo el dinero en la mano, no se dio mucha cuenta. La cosa interior, como una espada dura y blanca dentro de un escarabajo, le teñía los negocios, la comida, le coloreaba el amor por Clarisse, le impedía confiar en su automóvil. La cosa, en verdad, tenía que ser puesta en su sitio. El incidente del desierto había pasado demasiado cerca, le había tocado los huesos, podía decir uno torciendo la boca en una mueca irónica. Harris se oyó a sí mismo agradeciéndole el dinero al señor Creldon. Luego dio media vuelta con el coche y se puso de nuevo en marcha, esta vez por el camino de San Diego, para evitar la zona desértica entre El Centro y Beaumont. Marchó hacia el norte a lo largo de la costa. No confiaba en el desierto. Pero... ¡cuidado!
Las olas saladas retumbaban y siseaban en la playa de Laguna. La arena, los peces y los crustáceos podían limpiarle los huesos tan rápidamente como los buitres. Despacio en las curvas junto al mar.
Demonios, estaba realmente enfermo.
¿A quién recurrir? ¿Clarisse? ¿Burleigh? ¿Munigant? Especialistas de huesos.
Munigant. ¿Bien?
-¡Querido!
Clarisse lo besó. Harris sintió la solidez de los huesos y la mandíbula detrás del apasionado intercambio, y dio un paso atrás.
-Querida -dijo lentamente, enjugándose los labios con la manga, temblando.
-Pareces más delgado; oh, querido, el negocio...
-Salió bien, creo. Sí, todo marchó bien.
Clarisse lo besó de nuevo.
La cena fue morosa, trabajosamente alegre. Clarisse reía animándolo. Harris estudiaba el teléfono, y de cuando en cuando levantaba el auricular, indeciso, y lo colgaba otra vez.
Clarisse se puso el abrigo y el sombrero.
-Bueno, lo siento, pero tengo que irme. -Le pellizcó la mejilla a Harris-.
Vamos, ¡ánimo! Volveré de la Cruz Roja dentro de tres horas. Tú descansa.
Tengo que ir.
Cuando Clarisse desapareció, Harris marcó un número en el teléfono, nervioso.
-¿M. Munigant?
Una vez que Harris hubo colgado el auricular, las explosiones y los malestares del cuerpo fueron extraordinarios. Harris sintió que tenía metidos los huesos en todos los potros de tormentos que había imaginado o que se le habían aparecido en pesadillas terribles, alguna vez. Tragó todas las aspirinas que encontró, pero cuando una hora más tarde sonó el timbre de la puerta no pudo moverse. Se quedó tendido, débil, agotado, jadeante, y las lágrimas le corrieron por las mejillas.
-¡Entre! ¡Entre, por amor de Dios!
M. Munigant entró. Gracias a Dios la puerta no estaba cerrada con llave.
Oh, pero el señor Harris tenía muy mala cara., M. Munigant se detuvo en el centro del vestíbulo, menudo y oscuro. Harris asintió con un movimiento de cabeza. Los dolores le recorrían todo el cuerpo, rápidamente, golpeando con ganchos y enormes martillos de hierro. M. Munigant vio los huesos protuberantes de Harris y le brillaron los ojos. Ah, era evidente que el señor Harris estaba ahora psicológicamente, preparado. ¿No? Harris asintió de nuevo, débilmente, y sollozó. M. Munigant hablaba como silbando. Había algo raro en la lengua de M. Munigant y en esos silbidos. No importaba.
Harris creía ver a través de las lágrimas que M. Munigant se encogía, se empequeñecía. Obra de la imaginación, por supuesto. Harris lloriqueó la historia del viaje a Phoenix. M. Munigant mostró su simpatía. ¡Ese esqueleto era un traidor! Lo arreglarían de una vez por todas.
-Señor Munigant -suspiró apenas Harris-. No... no lo noté antes. La lengua de usted. Redonda, corno un tubo. ¿Hueca? Mis ojos. Deliro. ¿Qué pasa?
M. Munigant silbó suavemente, apreciativamente, acercándose. Si el señor Harris aflojaba el cuerpo y abría la boca... Las luces se apagaron. M. Munigant espió la mandíbula caída de Harris. ¿Más abierta, por favor? Había sido tan difícil, aquella primera vez, ayudar al señor Harris; el cuerpo y los huesos en rebelión abierta. Ahora en cambio la carne cooperaba, aunque el esqueleto protestara. En la oscuridad, la voz de M. Munigant se afinó, afinó, aflautándose, aflautándose. El silbido se hizo más agudo. Ahora.
Aflójese, señor Harris. ¡Ahora!
Harris sintió que le apretaban violentamente las mandíbulas, en todas direcciones, le comprimían la lengua con un cucharón y le ahogaban la garganta. Jadeó, sin aliento. Un silbido. ¡No podía respirar! Algo le retorcía las mejillas y le rompía las mandíbulas. ¡Como un chorro de agua caliente algo se le escurría en las cavidades de los huesos, golpeándole los oídos!
-¡Ahhh! -chilló Harris, gagueando. La cabeza, el carapacho hendido, le cayó flojamente. Un dolor agónico le quemó los pulmones.
Harris respiró al fin, un momento, y los ojos acuosos le saltaron hacia adelante. Gritó. Tenía las costillas sueltas, como un flojo montón de leña.
¡Qué dolor ahora! Harris cayó al suelo, resollando fuego.
Las luces chispearon en los globos oculares de Harris. Los huesos se le soltaron rápidamente.
Los ojos húmedos miraron el vestíbulo.
No había nadie en el cuarto.
-¿M. Munigant? En nombre de Dios, ¿dónde está usted, M. Munigant? ¡Ayúdeme!
M. Munigant había desaparecido.
-¡Socorro!
Y en ese momento Harris oyó.
Muy adentro, en las fisuras subterráneas del cuerpo, los ruidos minúsculos, inverosímiles: chasquidos leves, y torsiones, y frotamientos y hocicadas como si una ratita hambrienta allá abajo, en la oscuridad roja sangre, mordisqueara seriamente, hábilmente, algo que podía haber estado allí, pero no estaba.... un leño, sumergido...
Clarisse, alta la cabeza, iba por la acera directamente hacia su casa en Saint James Place. Llegó a la esquina pensando en la Cruz Roja y casi tropezó con el hombrecito moreno que olía a yodo.
Clarisse no le habría prestado atención, pero en ese momento el hombrecito sacó de la chaqueta algo blanco, largo y curiosamente familiar, y se puso a masticarlo, como si fuese una barra de menta. Se comió la punta, y metió la lengua rarísima en la materia blanca, succionándola, satisfecho. Cuando
Clarisse llegó a la puerta de su casa, movió el pestillo y entró, el hombrecito estaba absorto aún en su golosina.
-¿Querido? -llamó Clarisse, sonriendo y mirando alrededor-. Querido, ¿dónde estás? -Cerró la puerta, cruzó el pasillo y entró en el vestíbulo-.
Querido...
Se quedó mirando el suelo durante veinte segundos, tratando de entender.
De pronto, se puso a gritar.
Afuera, a la sombra de los sicomoros, el hombrecito abrió unos agujeros intermitentes en el palo blanco y largo; luego, dulcemente, suspirando, frunciendo los labios, tocó una melodía triste en el improvisado
instrumento, acompañando el canto agudo y terrible de la voz de Clarisse dentro de la casa.
Muchas veces, en la niñez, Clarisse había corrido por las arenas de la playa, y había pisado una medusa de mar, y había chillado entonces. No es tan horrible encontrar una medusa de mar gelatinosa en tu propio vestíbulo.
Puedes dar un paso atrás.
Es terrible cuando la medusa te llama por tu propio nombre.



*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/bradbury/esquele.htm


 





Correo:

crónica: "vivel kempo, cara-jo" / silbando por el bulevard*

posiblemente yo también ya me haya vuelto incorregible a esta altura
así que de poco sirve mi análisis
si yo siempre estuve del lado incorrecto en la política..
podría decir: "siempre me equivoqué"..

por eso, cuando anoche volvía de otro mundo (estamos grabando un disco con mis compañeros de canto de Desalojados del Querer, y ayer grabábamos parte de los sólos), al llegar a casa y aprestarme para dos vueltas de caminata al parque, el mensaje de txt de mi hija que decía "el cacerolazo también les llegó a los K" me despertó de la mística cantora, y me volvió al mundo real (ésto es el mundo real..?)
ella, mi hija en Rosario, viendo por los medios (párrafo aparte para los medios) una protesta que crecía al son (perdón, el son es cubano), al tronar quería decir de las cacerolas, yo prendiendo la tele y enterándome de que hubo un mensaje presidencial, buscando ese mensaje por todos los canales a ver "qué dijo esta mina?!".. mientras sentía cuando bajaba la TV que sonaban también en el barrio las mismas cacerolas que en la tele y me fui a caminar igual, con un gusto raro en la boca y sintiendo -de incorregible debe ser- que se me empezaba a alinear la sangre como siempre, esa cosa maniquea que en situaciones como ésta (la gente en la calle..) me sube del estómago, no contempla grises, y se alinea.. se alinea inexorable, incontenible y presta a representar su habitual incorrección y que al fin, necesitaba esa caminata para no salir corriendo a Cabildo y Republiquetas, para no poder finalmente evitar ver detrás de los cacerolas de 20 IDIOTAS, a rugbiers y poderosos productores de la Sociedad Rural, y no lo que en realidad vería después.. unas señoras y unos señores y un par de chicas con el uniforme de la Inmaculada Secundaria de María que sumaban veinte

viene bien caminar, claro
pienso en el día de ayer, el lunes Día de la Memoria de otro 24 de marzo, (raramente?)opacado en la presencia de lucha y recuerdo al menos en lo que se transmite en los medios (...) por luchadores de otro signo y factor, y unas señoras preocupadísimas que empiezan a sumarse al corifeo del desabastecimiento, sin que ninuno de estos sectores haga una puta referencia al Día que se memora.. 
pienso también que necesito pensar que los que acabo de ver en la tele no son todos chicos-PRO ni poderosos ruralistas, y que el gobierno se viene equivocando en no diferenciar a los pequeños y medianos productores con la presión impositiva.. como se vienen equivocando los gobiernos en tantas cosas siempre, no?.. y este gobierno tampoco me la va a vender... que bien dice mi hija ".. tampoco se puede pagar lo que vale un kilo de carne, ni lo que están saliendo las cosas.."
y pienso que -como casi siempre- las cosas son mucho más complejas que lo que se ve...
incluso lo que estoy viendo desde la vereda de enfrente de Cabildo, porque no soporté al fin de la caminada no arrimarme a balconear la protesta "local"...
 
- - -
 
me bañé y cené todo junto mirando televisión, en loco zapping por todos los canales de noticias
la columna de D´Elía avanza dura y del otro lado los quieren contener con un cordón de periodistas y camarógrafos en el medio de ambas
y yo miro (y no me quiero alinear..) preguntándome que hace DElía allí cantando Patria sí Colonía No, como reeditando una antinomia supuestamente vencida (...??!!)
pero desde la columna de los "vecinos" (así se los denomina hoy en los medios, y en las oficinas de macri desde hace meses..) sale el grito de guerra: de la columna de Los Vecinos el tipo grita "Zurdos.. Negros de mierda.." mientras arroja una trompada al aire.. y yo que tiro el control remoto a la mierda y se me cambia a solita la tele a CrónicaTV y ahora estamo frente a la quinta de olivo.. y Las Masas con carteles preparados no se sabe por quién, exaltadas golpeando una puerta que lleva al palacio de invierno, defendida por 3 (TRES) policías
Carrió reina de la ética y el panqueque, en otro canal insiste con "La República" (de Vecinos ??), y llama a sus huestes -mahatma ghandis de nuevo tipo- a acompañar a sus casas a todos los manifestantes agredidos por los Negros de Mierda de D´Elia, y a condenar la soberbia de la Presidenta, que -asegura- no hay que prestarse a provocaciones porque  "el gobierno lo que quiere es reprimir" (yo a esta altura lo que quiere el gobierno no lo sé, pero LO QUE QUIERE es.. reprimir..?)
y un tipo enfrenta al camarógrafo de crónicaTeVe y le espeta "que se vayan, que se vayan" mientras por atrás aparece un señor muy señor, que nos aclara el fundamento: "comunistas, chavistas.. quieren hacer otra cuba.. no queremos eso en nuestra patria !! cerrando su proclama con el new grito de guerra: "vivel kempo cara-jo..!!" (traducción de esa fonética: viva el campo, carajo)
la palabra patria es la misma que usan los de DÉlia para "patria sí colonia no", pero parece que es otra patria la de este señor..
y remata un flaco de no más de 30 años: "basta, basta de montonerismo revanchista..!!"
ésto que acabo de transcribir. es textual. literal. lo tengo en mi retina, y en mis oídos.
y ya estoy febrilmente alineado
y ya lo llamé a juan y le pregunté "adónde hay que ir?", porque siento que hay que ir a algún lado ya, porque me cago en la sociedad rural, en el desabastecimiento, en los golpistas de todo signo (incluída la bandera del pcr esa que ví en una manifestación en tucumán... pero está bien.. los muchacho del pcr como siempre disponen de toda una viiiiida para explicar tooooodo..), como me cago en todos los/as IDIOTAS de la Tierra... y porque me cago en que haya que regalarle un carajo La Plaza a todos esta mescolanza de idiota y golpista y PRO´s toda junta..
 
 
y me explico, finalmente (por fin..!) me explico, qué cosa estaba haciendo en la vereda de enfrente de Cabildo y Republiquetas un par de horas antes, todo transpirado de mi caminata, silbando la marcha peronista sin ser peronista dios me libre y me guarde, sin ser oficialista ni sacar la cara por el gobierno, silbándola bien fuerte en posición de firmees, como para que me putearan los de la vereda CONTRARIA
 
y volviendo a casa, silbando ahora por garcía del río la marcha,
llenando el bulevár de silbiiiiiiido
un silbido incorrecto, incorregible, y seguramente -como siempre- silbado del lado equivocado.
 
salú
dió me libre y me guarde
 
*de FUNES. karfun@hotmail.com

"rotos, pero enteros.." (M. Benedetti)



*

Convocatoria abierta a poetas, narradores, cantores y luchadores*


Con la intención de elaborar una antología de poemas y textos respecto a los sucesos de la Masacre de Trelew, ocurrida el 22 de agosto de 1972, y actualmente la justicia está juzgando a los responsables, se solicita el envío vía mail, de poemas/textos/canciones/crónicas/reportajes/notas/recuerdos referidos a dicho suceso y una reseña bio-literaria personal del participante, de diez líneas de extensión.
Esta antología digital será publicada en importantes sitios de la red, con grandes posibilidades de editar a futuro un libro impreso de la misma.
La fecha límite para enviar los textos es el 31 de marzo de 2008.
Agradeciendo su participación y apoyo, les extiendo un abrazo solidario.


*Aldo Luis Novelli.-
Poeta-Narrador-Ensayista.-
Neuquén-Patagonia-Argentina.-
E-mail: aldonovelli@yahoo.com





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Posted by URBANOPOWELL at 21:17:18 | Permanent Link | Comments (0) |

Sunday | March 23, 2008

EN CADA BURBUJA...


*


En una pompa de jabón
Veo mil colores
Que se traducen
Cual día de sol
En todo su esplendor
Hay secretos escondidos
En cada burbuja
 Ilusiones de trepar
Hielos y castillos de la mitología
Esculpidos en  movimientos danzantes
En una estela de brillo
Encuentro secretos
De mis amigos
Y proyectos
Que anidan en sus movedizas
Y diáfanas bombitas
Que vuelan a mí alrededor
Y aquí en mi lado ingenuo
 De esperas y golondrinas
Estas vos en esa inmensa alegría
De tenerte y sentirte
Por momentos un poco mío.
Es la ilusión la que mueve
Los hilos de la esperanza
y el  milagro de poseerte
Cerca muy cerca
Pero también distante.-


*de Azul.  azulaki@hotmail.com






EN CADA BURBUJA...






 *

Hay un secreto que te dije al oído, en voz baja, casi inaudible. Era algo tan escondido, por eso era un secreto. Es un tesoro que te lo conté solamente a vos, porque sabía que lo entenderías. Al relatártelo, cruce los dedos, vos no te diste cuenta, estabas preocupado en escucharlo… Era imposible, era increíble creerlo. Pues era solamente, mio y de las estrellas. Ellas en su idioma de luz me confirmaron la existencia de la amistad, esa preciosa obra maestra que se encuentra entre pocas personas, en esa que se animan a confiar y a creer. Las que se acurrucan para espiar por el agujero de la cerradura porque las vence la curiosidad. El secreto esta en no decirlo, en tenerlo y  protegerlo. No importa el tiempo. Es necesario el compromiso y el saber que alguien que esta en otro lado del planeta también cree que puede guardarlo.-

Para Joan
*de Azul. azulaki@hotmail.com







Domingo, 23 de Marzo de 2008
Papafrita McCain*




*Por Santiago O'Donnell. sodonnell@pagina12.com.ar


 

¿Qué más se puede decir de Irak después de cinco años de guerra? Nada, que después de tantos muertos en lo importante todo sigue igual, no hay instituciones, no hay seguridad, no hay acuerdos básicos ni proyecto de país. Hay 140.000 invasores del ejército más poderoso del mundo que no se
pueden mover de ahí por temor a que se venga todo abajo. Y sigue estando Bush, que sigue inventando mentiras para justificar una guerra que sigue librando por impotencia y sed de venganza.
Por eso no sorprende que esta semana haya vuelto a pontificar sobre el tema, esta vez con renovados delirios de grandeza porque decayó el número de soldaditos muertos, y que lo haya hecho en plena campaña presidencial a sabiendas de que dos tercios de los votantes se declaran fuertemente
convencidos de que la guerra fue un error y que hay que terminarla.
Tampoco sorprende que el halcón mayor, el vicepresidente Dick Cheney, consultado en Good Morning America por la opinión de esa inmensa mayoría que exige una retirada, haya contestado: "¿Y qué?".
No se puede discutir con un frontón. Ya está. Quizá por eso la protesta en Washington DC por el quinto aniversario de la guerra apenas reunió cien personas, cuando el año pasado había juntado a cien mil. O quizá fue porque los medios dicen que las cosas mejoraron en el frente y con eso alcanza para calmar a las fieras. Según las encuestas, hoy en Estados Unidos los temas de interés son la economía, el seguro de salud y el precio del petróleo. Más abajo vienen la inseguridad, la inmigración ilegal y recién después la
guerra de Irak.
Lo que sí llama un poco la atención es que el sucesor de Bush, John McCain, se haya sumado a la movida de reinstalar el tema de la guerra en el debate electoral. Lo hizo con un viajecito por Bagdad e Israel, durante el cual se cansó de repetir la nueva mentira de Bush y de agrandarla al punto de dejarla en ridículo.
¿Y qué dijo esta semana Bush? Hace cinco años había dicho que la guerra era para voltear a un tirano que amenazaba al mundo con armas de destrucción masiva. Ahora dice que la guerra es para frenar al grupo terrorista Al Qaida y así evitar otro nueve-once. O sea, otra mentira. A pesar de todos los
intentos de la CIA por demostrar lo contrario, ya quedó ampliamente demostrado que los laicos baasistas de Saddam Hussein no tenían vínculos con los salafistas árabes de Osama bin Laden. Además, como señaló el jueves Dan Eggen del Washington Post, "muchos expertos en terrorismo dicen que hay
escasos contactos operativos entre el grupo de Bin Laden y el iraquí que lleva el mismo nombre, y señalan que Al Qaida-Irak sólo se formó después de la invasión norteamericana de marzo del 2003. Al Qaida-Irak es considerado un jugador menor en la constelación de fuerzas insurgentes que combaten a
los soldados estadounidenses e iraquíes, señalan fuentes militares y de inteligencia antiterrorista".
McCain se la pasó hablando de Al Qaida y Bin Laden durante su minigira por Medio Oriente. En Israel repitió tres veces que el gobierno de Irán estaba entrenando y abasteciendo a los terroristas de Al Qaida en Irak. Joe Lieberman, el vicepresidenciable que lo acompañaba, tuvo que susurrarle al
oído que los chiítas iraníes no tienen nada que ver con los sunnitas de Al Qaida. Recién entonces McCain se retractó.
Da un poco de pena verlo por la tele al viejo McCain, héroe de guerra, enemigo de la tortura, avanzar a paso firme entre las ruinas de Bagdad, mirando duro el horizonte, con su enjambre de guardaespaldas nerviosos zumbando alrededor, y después verlo hablando como un papafrita de iraníes y sunnitas para sostener las nuevas mentiras de Bush.
McCain es prácticamente el único político estadounidense que defendió la guerra en su peor momento y la sigue defendiendo. Con ese argumento consiguió la nominación del Partido Republicano. Pero en la elección general podría jugarle en contra. No sería la primera vez.
En marzo del 2004 el gobierno conservador de José María Aznar, aliado de Bush, perdió las elecciones en España. Tres meses más tarde volvían a casa los 1300 soldados españoles. En mayo del 2005 cayó el gobierno de Silvio Berlusconi y su sucesor, Romano Prodi, repatrió a los tres mil soldados con que Italia había contribuido a la coalición de Bush. En junio del año pasado cayó el gobierno de Tony Blair y su sucesor, Gordon Brown, redujo la presencia británica en Irak de 45 mil a cinco mil soldados, y promete
completar la retirada antes de fin de año. Otro aliado militar de Bush, el gobierno de los mellizos polacos Kaczynski, perdió las elecciones en octubre del año pasado contra un candidato que promete repatriar a los 900 soldados que Varsovia mandó a Irak.
Peor le fue al jefe de Estado que más fervientemente defendió la guerra y las políticas de Bush en el mundo, el australiano John Howard. En noviembre del año pasado sufrió una derrota aplastante tras diez años de gobierno con crecimiento y estabilidad económica. Además de los 1500 soldados que mandó a Irak contra la opinión mayoritaria de los australianos, Howard apoyó en soledad la postura de Bush de no hacer nada con el calentamiento global. Dos meses antes de las elecciones australianas Bush asistió a la cumbre económica de los países del Pacífico, la APEC, en ese país para darle una ayudita a su amigo Howard. El tiro le salió por la culata.
"Bush hizo el ridículo, y por extensión ridiculizó a su anfitrión, al confundir a la APEC con la OPEP (la alianza de productores de petróleo) y al llamar a las tropas australianas `tropas austríacas'. La supuesta ayuda electoral se convirtió en un salvavidas de plomo", escribió Hendrick Hertzberg en el New Yorker. Las tropas australianas permanecen en Irak hasta nuevo aviso, pero el primer acto de gobierno del sucesor de Howard fue firmar el Protocolo de Kioto.
Ahora que tiene el índice de popularidad más bajo de la historia de los presidentes estadounidenses, Bush consideró oportuno darle una manito a McCain y de paso reivindicar el supuesto éxito de su estrategia de llenar las calles de Bagdad con soldados norteamericanos. El miércoles dijo que no piensa reducir el número de tropas en Irak porque está ganando la guerra.
Como era previsible, Obama y Clinton no dejaron pasar la oportunidad. Hillary golpeó primero y en el mismo día en que habló Bush prometió que, de ser elegida presidenta, en 60 días empieza el retiro de tropas que tanto pide la gente. Jugando a dos bandas, buscó despegarse del triunfalismo de McCain y explotar la supuesta inexperiencia de Obama. Explicó que el retiro de tropas es un asunto delicado, más difícil todavía que invadir un país, y que va a llevar mucho tiempo, quizá varios años, completar la tarea si se hace bien.
Obama, el probable candidato demócrata, tardó un día más en reaccionar.
Señaló que la guerra de Irak duró más que la guerra civil y que la primera y la segunda guerras mundiales, recordó que es el único candidato que no votó a favor de la invasión y explicó que su plan consiste en un retiro masivo e inmediato hasta dejar un contingente para cuidar la embajada y una brigada de fuerzas especiales para perseguir terroristas.
McCain ni se inmutó. Sabe que su imagen del abuelo sabio y protector para navegar tiempos difíciles seduce a millones de norteamericanos. Le quedan seis meses para reinstalar el tema de la guerra en el debate electoral. En cualquier otro país del mundo sería una táctica suicida. Pero en Main Street, USA, a la carne picada le dicen Big Mac y el combo especial sale con fritas.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-101160-2008-03-23.html







Domingo, 23 de Marzo de 2008
El hombre que renunció a su destino*
 


1- Una de las pocas fotos conocidas de Ettore Majorana.
2- Sciascia a fines de los años 80, a orillas del mediterraneo, el mismo mar sobre cuyas aguas desapareció majorana el 27 de marzo de 1938, cuando fue visto por ultima vez a bordo del barco que unía napoles con palermo. su desaparición cifra, para sciascia, un misterio científico que presagia la guerra mundial, la bomba atómica y los límites eticos del conocimiento.
     


*Por Juan Forn


En abril de 1938, en la sección Personas Buscadas de todos los grandes diarios italianos, se pedía información sobre el paradero de Ettore Majorana, siciliano de treinta y un años, visto por última vez el 27 de marzo anterior, en el barco que cruzaba diariamente de Nápoles a Palermo. Majorana era por entonces, a pesar de su juventud, profesor titular de física teórica en la Universidad de Nápoles. Enrico Fermi, el físico italiano que ganaría el Premio Nobel ese mismo año y luego se exiliaría en Estados Unidos e integraría el núcleo duro de científicos que desarrollaron la bomba atómica, dijo al enterarse de la desaparición de quien había sido fugazmente su discípulo, en Roma, unos años antes: “Hay varias clases de científicos. Están los de segundo y tercer orden, que hacen correctamente su trabajo. Están los de primer orden, que hacen descubrimientos que abonan el progreso de la ciencia. Y luego están los genios como Galileo o Newton. Pues bien, Ettore Majorana era uno de ellos”.
Lo curioso del caso es que Majorana no protagonizó ningún descubrimiento en su breve trayectoria como investigador, apenas publicó un par de artículos en vida (menos por iniciativa propia que por insistencia de sus colegas) y no dejó otros papeles póstumos que un largo ensayo que tenía muy poco que ver con la física teórica (trataba sobre la estadística como herramienta política contra el determinismo).
De hecho, ni siquiera fue para estudiar física que Majorana se trasladó de Sicilia a Roma: cursaba la carrera de ingeniería cuando uno de sus compañeros lo convenció de cambiar de carrera y postularse para integrar el legendario grupo de trabajo que Fermi había formado en el Instituto de Física, los “ragazzi di Via Panisperna”.
Hay personas cuya timidez las hace invisibles. Y hay personas que precisamente por no hablar atraen de modo estruendoso la atención sobre sí mismos, involuntariamente. Ese era el caso de Ettore Majorana –desde pequeño hasta el día de su desaparición–. La última carta que envió a su familia el día en que se perdió su rastro para siempre decía: “No vistáis de negro. Si es por seguir la costumbre, poneos alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego recordadme con vuestro corazón y, si podéis, perdonadme”. Veintiocho años antes, cuando aún no sabía leer, los adultos de la familia le hacían hacer cálculos de tres y cuatro cifras (multiplicaciones, divisiones, raíces cuadradas y cúbicas) delante de las visitas. El pequeño Ettore se metía debajo de la mesa, para concentrarse y para evitarse la exhibición también, y desde ahí daba los resultados, a los pocos segundos.
La corta y excéntrica vida de Majorana, su enigmática desaparición, el perfil que dibujaban su genialidad y su incomodidad con esa genialidad, fueron como un rodillazo en los cojones para la Italia de Mussolini. En el legajo judicial del caso, después de las dos notas de despedida que dejó Majorana (una a su familia, otra a su colega Corelli de la universidad), se suceden una afirmación de Fermi (“Con lo inteligentísimo que era, tanto si hubiera decidido desaparecer como hacer desaparecer su cadáver, lo habría logrado sin ninguna duda”), un asombroso aforismo del jefe de la policía fascista Arturo Bocchini (“A los muertos se los encuentra; son los vivos los que desaparecen”) y, a continuación, una sorpresiva anotación de puño y letra del mismísimo Duce: “Quiero que lo encuentren”. Subrayado dos veces.
Nunca lo encontraron. A pesar de las sugestivas evidencias que acercó la familia (Majorana llevaba encima su pasaporte y todos sus ahorros, que eran considerables y que había retirado esa mañana del banco, el día en que subió al vapor que hacía el trayecto Nápoles-Palermo, el día de su presunto suicidio; y por lo menos dos personas juraban haberlo visto semanas después de aquella misteriosa jornada), la policía italiana cerró, archivó y olvidó para siempre el caso en agosto de 1938.
Nada que fuese a intimidar a Leonardo Sciascia: un caso cerrado cuarenta años, con la mayoría de los posibles testigos muertos, o seniles, o imposibles de rastrear. A lo que había que sumarle el elemento siciliano: ese precipitador ambiental que pocas personas en Italia han explorado y enfrentado y retratado como Sciascia. Y precisamente por ahí empezó la magistral lección narrativa que nos ofrece en La desaparición de Majorana, el último de sus libros llegado a estas costas: ¿quién mejor que Majorana, alguien “oriundo de un lugar donde vivir contra la ciencia, o al menos sin ella, ha sido siempre lo normal”, alguien devenido científico y transplantado a Roma exclusivamente por su propia genialidad precoz, quién mejor que alguien así podía con su desaparición dar lugar a un mito, a un mito preventivo?, como agrega Sciascia.
Sabemos que a Sciascia lo pudieron siempre los relatos morales. Por lúdico, cínico o decontracté que logre sonar a nuestro oídos, sabemos que por debajo, en el fondo, al final, desembocaremos en un relato moral. Esa es su magia. Ese es su sino siciliano. Otros manejan la lupara; él maneja como nadie ese registro de las cien páginas y el chicotazo final (esas cien páginas que dan ganas de leer en voz alta de principio a fin, tan bien escritas están, tan llenas de inteligencia y belleza y verdad). Calvino y Pasolini lo admiraban por eso (también lo admiraban muchos otros, pero teniendo a esos dos qué necesidad hay de otros).
El relato moral que propuso Sciascia en esa oportunidad (porque el libro se publicó en Italia en 1975, aunque la traducción acabe de llegar a nuestras librerías) consistió en considerar a Majorana uno de esos científicos que sintieron la zozobra religiosa ante lo que alcanzaría indefectiblemente la ciencia –porque la ciencia no se sabría detener, no se querría detener, eso lo sabía cualquier científico–. Por eso desapareció Majorana en 1938: para no tener que inventar la bomba atómica –porque sabía que, si no se iba, no podría no inventarla.
Sciascia empieza La desaparición de Majorana por las primeras víctimas que tiene toda desaparición: los familiares del ausente y la ansiedad, la impaciencia, la decepción que se siente en esos casos ante la escasa voluntad y sagacidad y eficiencia de una policía que, ante una “desaparición con propósito de suicidio” (como se caratuló el caso Majorana) tiende a pensar que su tarea, su problema, se reduce a encontrar un cadáver o un loco. Porque nadie que deja dos notas suicidas (una, la carta a la familia; la otra, la carta a Corelli) no cumple después su cometido, salvo uno que tenga varios tornillos sueltos.
Sciascia lamenta que la rama napolitana de la policía fascista no supiera coincidir con Proust: “Las enfermedades de las personas inteligentes son fruto, en su gran mayoría, de la inteligencia. Necesitan un médico que al menos sea consciente de eso”. Para Bocchini y sus secuaces, en cambio, para el propio Mussolini, la voluntad de desaparecer de Majorana sólo podía deberse a la debilidad mental, a la sinrazón: se la volara o no después, había evidentemente perdido la cabeza.
Sin embargo, no hay una señal de desequilibrio en toda la vida de Majorana. Más bien todo lo contrario. Aunque no pueda hablarse de “normalidad” en su caso, hay una asombrosa serenidad en Majorana en relación con su “don”, desde la infancia hasta el momento de su desaparición. Serenidad y hasta pasividad también. Majorana no fue de los que, una vez “descubierto”, no pararon de brillar y asombrar. Ya incorporado al círculo selecto del Instituto de Física (después de ser abducido de la facultad de ingeniería), Majorana no desarrolló ni un solo proyecto. Es más: todas sus anotaciones y cálculos los hacía con un lápiz ínfimo en la marquilla de sus cigarrillos Macedonia, y cada vez que terminaba un paquete y lo arrojaba hecho un bollo, se despedía también de todas aquellas anotaciones. La única vez que no pudo con su genio, y verbalizó delante de sus colegas de la Via Panisperna la teoría de los protones y neutrones que casi dos años después formularía Heisenberg en Leipzig, se negó empecinadamente a ponerla en papel. Hasta que el alemán lo hizo –y cuando eso ocurrió, en lugar de mostrar desdén o envidia por Heisenberg, pasó a considerarlo una especie de amigo desconocido, “alguien que sin saber de él lo hubiera salvado de un gran peligro”.
De hecho, la única vez que Majorana pidió algo mientras estuvo en el Instituto de Física fue una beca para estudiar con Heisenberg en Leipzig. “Para que nos entendamos –dice Sciascia al respecto–, Heisenberg vivía el problema de la física y su papel como físico dentro de un vasto y dramático contexto de pensamiento. Era un filósofo.” Majorana tenía veinticuatro años cuando estuvo en Leipzig. Nadie sabe de qué hablaba con Heisenberg en las caminatas que hacían los dos solos. Los miembros sobrevivientes del grupo de Leipzig sólo recuerdan en silencio a aquel joven italiano, o contestando con monosílabos, tanto en las jornadas de trabajo como en las pocas veladas sociales a las que asistió.
Sciascia se atreve a imaginar aquellas conversaciones (“¿para qué, si no, se esforzó tanto Majorana por aprender alemán?”). Y nos dice al respecto: “En un mundo más humano, más justo y cuidadoso a la hora de elegir sus valores y sus mitos, la figura de Heisenberg nos parecería más digna que la de otros físicos que por esas mismas fechas trabajaban en energía atómica. Heisenberg no sólo no desarrolló la bomba atómica para Hitler sino que se pasó la guerra aterrado de que los otros, los del otro lado, estuvieran haciéndolo”. Y, como bien se sabe (en el libro Monstruos de buenas esperanzas, de Nicholas Mosley, comentado en estas páginas el año pasado, hay uno de los mejores relatos del hecho), ya en 1933 envió Heisenberg ese mensaje a los físicos ingleses, a través de su maestro Niels Bohr (lamentablemente, el viejo y sabio Bohr, que se sumió en un creciente misticismo en sus últimos años, no transmitió el mensaje, fuese porque no lo registró o porque no le creyó a Heisenberg).
Lo cierto es que, desde su regreso de Leipizg en 1933 hasta que se fue a Nápoles en 1937, Majorana apareció sólo una vez por el Instituto de Física. Y lo hizo para presentarse a concurso por la titularidad del grupo de trabajo cuando Fermi dejó el puesto (decidido como estaba a emigrar a Inglaterra o Estados Unidos en cuanto se diera la ocasión). El revuelo fue mayúsculo. El propio Fermi había reconocido delante del grupo la genialidad de Majorana, ¿pero depositar el trabajo de todos en manos de él? La solución, gestionada a toda velocidad entre gallos y medianoche, fue un decreto del Ministerio de Educación nombrando “por mérito” a Majorana titular de la cátedra de física teórica de la Universidad de Nápoles. Mejor mantenerlo ocupado enseñando.
Después de la desaparición de su hermano, Maria Majorana recordó haberle oído decir varias veces “que la física (o los físicos) iban por mal camino”. Y Corelli, el decano de la facultad napolitana con el cual Majorana conversaba largamente después de dar clase, dice haber tenido la impresión de que su joven colega “estaba trabajando en algo que le absorbía gran parte de su energía y de lo que evitaba hablar”.
El 26 de marzo de 1938, tres meses después de la llegada de Majorana a Nápoles, Corelli recibe en su domicilio una carta y un telegrama. La carta anuncia: “He tomado una decisión a estas alturas inaplazable. No es por egoísmo. Pero te pido perdón por traicionar tu confianza”. El telegrama, remitido con carácter de urgente y llegado unos minutos después que la carta, dice: “El mar me rechaza. No creas que soy una de esas jovencitas ibsenianas, porque es distinto. Renuncio a la docencia. Seguiremos en contacto”.
En la misma fecha fue despachada la carta a la familia. Recordemos: “Poneos alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego recordadme con vuestro corazón y, si podéis, perdonadme”. A la policía le pareció evidencia suficiente: Ettore Majorana habría tenido sus dudas pero acabó cumpliendo su propósito de arrojarse al mar desde el barco-correo nocturno que unía Nápoles y Palermo. Las corrientes de la bahía impidieron que se recuperara el cuerpo. Caso cerrado.
Sciascia termina su libro con una visita a un monasterio de clausura en el centro de Italia. Lo lleva un viejo amigo, el periodista Vittorio Nisticò, director del periódico comunista de Palermo, L’Ora, quien pasó por ese mismo monasterio de muy joven, como integrante de las tropas aliadas, y recuerda que uno de los monjes, que le ofreció comida cuando la patrulla de Nisticò hizo un alto en aquel monasterio, le había contado que entre los monjes de clausura había “un gran científico” que había elegido “retirarse del siglo”. Por lealtad esencial, no diré otra palabra sobre el formidable final de La desaparición de Majorana.
Les propongo, en cambio, un drástico cambio de registro. Pasemos de la afilada prosa de Sciascia a ese aquelarre verbal y visual que es la RAI. El popular programa Chi l’ha visto? (precursor del Gente que busca gente de Franco Bagnato) dedicó una de sus emisiones en el año 2006 la desaparición de Ettore Majorana. Créase o no, un equipo del programa se trasladó hasta Buenos Aires (“La pista argentina”) para entrevistar a un inspector de policía retirado de apellido Giménez, quien tras mirar brevemente una foto de Majorana tomada cuando éste tenía veintitantos años declaró muy suelto de cuerpo que lo había visto unas cuantas veces en los años ’60 (es decir, cuando Majorana habría tenido más de cincuenta años). A continuación, la madre de un tal Tullio Magliotti aseguró haber oído a su hijo hablar del tal Majorana por la misma época y, luego, la esposa de un tal Carlos Rivera rememoró un presunto encuentro de su marido con Majorana que habría tenido lugar en el Hotel Continental, donde se habría hospedado el científico por entonces. Al volver a piso, la conductora del programa, Federica Sciarelli, aseguró que continuarían las indagaciones en torno de “la pista argentina” y que pronto habría una nueva emisión sobre Majorana con más resultados.
Como la investigación de Chi l’ha visto se consideraba a sí misma “seria”, no incluyó en el programa otra hipótesis que se maneja sobre el misterio Majorana: que habría sido L’OmuCani, el “hombre-perro”, un vagabundo que erraba por las calles del pueblo siciliano Mazara del Vallo hasta que apareció muerto por causas naturales la mañana del 9 de julio de 1973. L’OmuCani ayudaba a los jóvenes del pueblo con sus tareas de ciencias y se ayudaba para caminar de un bastón con la fecha 5-agosto-906 tallada en él. Ettore Majorana había nacido el 5 de agosto de 1906.



La desaparición de Majorana
Leonardo Sciascia
Traducción: Juan Manuel Salmerón
Tusquets
119 págs.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2986-2008-03-23.html





Puede*



*de Callejeros



¿Puede mi angustia ser tu alegría?
¿Puede esta melodía ser mejor?
¿Puede la astucia ser algún día, la salida a mi agonía de imaginación?

¿Puede mi infierno ser mucho más fiel que tu cielo?
¿Puede un momento amargo ser tan dulce consuelo?
¿Puede un silencio ser mucho más duro que el cemento?
¿Pueden las letras ser más sencillas?
¿Puede un La menor sonar por Do?
¿Puede una canción sacar de vos lo que brilla?
¿Puede una sola frase llenarte el corazón?

¿Puede la envidia ser tu alimento?
¿Puede "El Gran Suplemento" masturbar al pop?
¿Puede el locutor más gordo ser tan forro y siniestro?
¿Puede criticar el que no sabe quien sos?

¿Puede tu mirada ser mi guía?
¿Puede tu piel ser tatuada por mi sed?
¿Puede quedar en la nada esta vida?
¿Puede terminar sin llegar a ser?



*Fuente: http://callejeros.jubiiblog.com.es/index.php?date=200605




*


Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 23 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, El milagro de Guadalupe, del San Antonio Vocals Ensemble. Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Indoamérica (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg   AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


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Thursday | March 20, 2008

POR UN PUÑADO DE CENIZAS...

POR UN PUÑADO DE CENIZAS...


XXXIV*



La poesía
nunca habla
del futuro
porque testifica
el vuelo
del tordo
que se fue.
No habla
del amor
que viene
sino del que permanece
en el rescoldo
alerta
tapado
por un puñado de cenizas.



*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






POR UN PUÑADO DE CENIZAS...





UNA NOCHE INOLVIDABLE*





*de Roberto Fontanarrosa



El que conocía todos los piringundines era mi amigo, el Narigón Costoya. Hombre de la noche a pesar de su juventud, era para mí una imagen digna de admiración y envidia, cuando se entreveraba con gente avezada en el trajín algo turbio de boliches y reductos tangueros. Por eso, aquella vez en que me dijo: "Esta noche nos vamos al Tabarí", no puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza en el Narigón era completa.
Purretes todavía, a pesar del estímulo varonil que nos prestaban el cigarrillo con boquilla y la botita charolada, el ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las moscas.
—Canta un coso que no te podes perder —me confió Costoya. No teníamos mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos, pero sí podíamos ufanarnos de un atrevimiento a toda prueba. En especial de parte del Narigón, poseedor de un ángel y una soltura verdaderamente notables.
Años más tarde hablaría de él aquel inmortal bardo que fuera don Nicolás Casona.
La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí por Suipacha al 400, pasamos bajo la mirada entre severa y cómplice de "Lopecito", el portero, y nos mandamos para adentro. "Lopecito" no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre. Tiempo después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada, pobrecito, en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya.
Esa noche de sábado, el "Tabarí" estaba de bote en bote y corría la bebida entre la algarabía del gentío. Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró unas rupias) conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar y recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar de saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo pretendían un mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi amigo, no vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante la admiración de nuestras ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una hora cuando subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña orquesta y a renglón seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una porcelana. Hubo aplausos y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso silencio cuando el bandoneón rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el mutismo de aquel público de habitual mordaz y bullanguero! ¡Qué dominio sobre la audiencia poseía aquel cantor de fino bigotito y voz cristalina que a cada momento amenazaba quebrarse!
El artista finalizó sus canciones y no pudo abandonar el proscenio, ante los hurras y reclamos de la gente que pedía, a grito pelado, alargar su actuación. Fue cuando yo, intrigado por ese magnetismo increíble que irradiaba de esa garganta privilegiada, le toco el codo al Narigón y le pregunto: —Che, ¿Quién es?
—¿Cómo? ¿No lo conoce? —se adelanta, entonces, una de las pibas.
—Es Agustín Magaldi —dice la otra. Yo, recuerdo, hice un gesto de asentimiento sorprendido pero, en verdad, no conocía mucho sobre ese tal Magaldi. Había oído de sus condiciones, sí, pero sólo un par de veces, como de paso.
—El gran Agustín Magaldi —sentenció el Narigón, que había vuelto a sentarse, tras la euforia del agasajo. En el escenario, Magaldi estaba anunciando ante la ávida expectativa de la multitud, su última entrega. En eso, una voz estentórea interrumpe su soliloquio:
—¡Tenga mano, compañero! Giramos todos nuestras miradas hacia la puerta y vemos la silueta amenazadora de un hombre recortada frente a los vidrios de la entrada. Se hizo un silencio de muerte cuando el recién llegado comenzó a avanzar hacia el escenario a paso firme. Llevaba una daga impresionante en la mano. De más está decir que la gente se abrió, presurosa, en el camino de aquel malevo. Cuando trepó al tablado pude verlo mejor, un morocho grandote, aindiado, de rasgos nobles a pesar de su ferocidad, con el hombro derecho cubierto por un poncho y el toque elegante de unos gemelos de oro en el puño que sobresalía bajo la manga que cubría el brazo sostenedor de la faca amenazante. Se enfrentó a Magaldi y, ante el horror de todos, gritó:
—¡No me gustan los cantores de voz finita! —y le tiró una puñalada. Pero quiso Dios Todopoderoso que un segundo antes una mano femenina le propinara un empujón a Magaldi quitándolo del rumbo homicida del puñal. El fierro prosiguió su vuelo y se ensartó en el instrumento del primer bandoneonista.  Recuerdo  que  el  fuelle,  herido, exhaló un quejido profundo, como un lamento. El matón, defraudado, retiró el arma, miró con desprecio a Magaldi que había caído sobre el piano y se retiró a paso vivo, dejándonos con la boca abierta. No voy a contar, por extensos, los comentarios que entonces se sucedieron, el parloteo alarmado de las mujeres y el murmullo de asombro entre los varones. Pero Magaldi era un hombre de decisiones rápidas,   pidió   silencio   golpeando  sus palmas,  exclamó
"Aquí no ha pasado nada" y dijo que el espectáculo iba a continuar. Todos se animaron nuevamente hasta el momento en que cayeron en la cuenta de que el bandoneón agonizaba sobre las rodillas de su desconsolado dueño por la puñalada recibida. No había poder humano que le arrancase un sonido. El Narigón, con esa facilidad suya para apoderarse de las situaciones, saltó sobre la tarima y gritó:
—¡La fiesta recién comienza!   ¡No vamos a permitir que una cosa así nos amargue la noche!
Y  acto seguido, ante la mirada atribulada del gordito bandoneonista, tomó el herido instrumento diciendo:
—Vengan conmigo. Acá cerca hay una gomería.
Y  ahí salimos todos en manifestación, ante la mirada atenta de los presentes que aprobaban, entusiastas, la decidida acción de mi amigo. Habremos sido unos catorce los que nos movilizamos hacia la estación de servicio. Hacía frío, recuerdo, y el Narigón tuvo que explicarle a un policía qué era eso de andar a altas horas de la noche llevando un bandoneón en brazos como quien lleva un pibe accidentado. Debo confesar que, dentro del absurdo, la cosa tenía algo de trágica, de litúrgica procesión pagana tras la figura de un dios caído. El agente del orden comprendió —era un porteño, después de todo—, y nos dejó seguir nuestro camino. Cuando llegamos a la estación de servicio, la gomería estaba cerrada: eran como las tres de la mañana. Había un pibe, sin embargo, sentado en una pequeña caseta vidriada, haciendo  la  tediosa  guardia  nocturna, tomando mate.
—Queremos ponerle un parche a este fuelle —le dijo el Narigón. El pebete lo miró con ojos vivaces y contestó:
—Me parece difícil. La gomería está cerrada y don Hipólito está durmiendo.
En efecto, el pequeño galponcito que hacía las veces de gomería, tenía sus puertas de chapa cerradas.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté yo.
—Esperen —nos dijo el pibe, comedido—. Si don Hipólito se despierta, tal vez les hace el laburo.
Ante nuestra natural ansiedad, el muchacho se encaminó hasta el galpón y golpeó la puerta. Debo confesar que nosotros esperábamos por toda respuesta el insulto o el silencio más frío, pero de inmediato desde adentro se escuchó una voz áspera y somnolienta.
—¿Qué pasa?
En breves palabras el pibe que nos había atendido le contó al tal don Hipólito nuestro problema. Al rato se dio vuelta y nos hizo una seña con la mano: que esperáramos. Enseguida se abrió la puerta, se encendió la luz de adentro y vimos la silueta de un hombrón grandote poniéndose una bufanda.
—Pasen —dijo. Al gordito dueño del bandoneón se le iluminó la cara.
Nos metimos todos dentro de aquel tinglado y durante casi una hora presenciamos, en un silencio respetuoso, cómo el viejo y el muchacho emparchaban la herida del fuelle, con un cuidado, un amor y una dedicación dignas del equipo más refinado de cirugía. Cuando hubieron terminado le pasaron el instrumento al gordito, que temblaba como un padre ante el retorno de su hijo accidentado.
—¿Puedo tocarlo? —preguntó.
—Por supuesto —dijo don Hipólito. Y allí mismo, en ese galpón de chapa, ante nuestro grupo amontonado por la falta de espacio y emocionado hasta las lágrimas, el músico se mandó "Desde el alma" de Rosita Melo. Puedo jurar que lloramos todos y hubo abrazos y aplausos.
Como si eso fuera poco, ni el pibe, ni el viejo de la gomería a quien habíamos despertado de su sueño de laburante, nos quisieron cobrar un peso. Pero no estaba terminada esa noche memorable para mí.
Cuándo volvimos al Tabarí, entre la algazara de la gente que nos recibió como quien recibe a los soldados volviendo del frente, la cosa se prolongó hasta que empezó a amanecer. Después nos fuimos un grupito, el más aguantador, a desayunar esas medias lunas maravillosas al "Viejo Roma", el cafetín de Parador y Reconquista. Me parecía mentira estar en compañía de aquella gente de la noche, entre figuras legendarias, entre nombres que había sentido nombrar una y mil veces en boca de los mayores. Fue allí cuando Natalio Perinetti, el que fuera celebérrimo insider de la Academia, me pasó una mano sobre el hombro y me dijo:
—Pibe... de buena se salvó esta noche Agustín —haciendo referencia al suceso de la puñalada. Yo asentí con la cabeza.
—Ese malevo es muy peligroso —me dijo—. Muy peligroso.
—¿Quién era? —pregunté—. ¿Usted lo conoce?
—Cómo no voy a conocerlo, muchacho —dijo Natalio —¡ese hombre era ni más ni menos que Juan Moreira!
 
 
De más está decir que el recuerdo de aquella noche ha quedado impreso en mi memoria con caracteres indelebles, máxime cuando con los años me volví a encontrar con uno de sus protagonistas. Una noche, presenciando un espectáculo tanguero en el "Café de Miguel", reconocí a aquel gordito cuyo bandoneón había recibido el puntazo destinado al pecho canoro de Agustín Magaldi. El muchacho estaba un poco más rollizo aun, mantenía su expresión adormilada, pero su nombre ya era un crédito rutilante en las marquesinas de los bailongos porteños: Aníbal Troilo.
Pero sin duda los detalles de esta anécdota memorable estaban destinados a no agotarse tan fácilmente. El año pasado, en ocasión de mi viaje a Estocolmo, con motivo de ir a retirar el premio Nobel con que me galardonaron, tuvo lugar una recepción de festejos en la Embajada Argentina.
No eran muchos los invitados, pero había un ambiente de jolgorio ante la distinción que se me había concedido, a mi juicio, inmerecidamente. De pronto se me acerca un hombre no muy alto, semicalvo, con barba entrecana.
—Usted no se acuerda de mí —me dice.
—Para serle sincero. . . —me disculpo.
—Yo soy Astor Piazzolla —me dice. Es de imaginarse mi emoción ante la presencia de tamaña figura de nuestra música y su cordialidad en el saludo.
—Por supuesto que lo conozco —recuerdo que le dije—. Pero no creo que hayamos tenido oportunidad de vernos personalmente.
—Se equivoca —me dijo el gran maestro, que se hallaba casualmente en la capital sueca brindando una serie de recitales—. ¿Se acuerda de una noche en que usted y unos amigos llevaron un bandoneón a una gomería para emparcharlo?
Mi asombro entonces no tuvo límites. Me quedé mirando a Astor con la boca abierta, sin atinar a soltar su diestra que aún estrechaba.
—Yo era el pibe de la gomería —me dijo.
¡Después dicen que el destino no suele manifestarse en formas evidentes!
—Y le digo más —me dice Piazzolla sin darme respiro—. El viejo, el viejo a quien desperté para que les arreglara el bandoneón, don Hipólito, era ni más ni menos que don Hipólito Yrigoyen. El mismo que con el tiempo se convirtió en caudillo del movimiento radical.
Aquello fue demasiado para mí. Estreché a Piazzolla en un abrazo y ambos lloramos como niños.
La semana pasada, nomás, leo en un reportaje que la valiente mujercita que apartó el cuerpo de Agustín Magaldi del curso mortal de la hoja del puñal agresor, supo también dejarnos, años más tarde, piezas que se enraizaron en lo más granado de nuestra verba: esa mujer no era otra que doña Juana de Ibarbourou.



*Fuente: NO SE SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS
EDICIONES DE LA FLOR. 1998
 
 





Nunca aprendemos*


 
Por Robert Fisk *


Pacifistas se manifiestan en la estación Union, ayer en Washington en la víspera de cumplirse cinco años de la guerra en Irak. Han pasado cinco años y todavía no aprendemos. Con cada aniversario los escalones se desmoronan bajo nuestros pies, las piedras se agrietan más, la arena se vuelve más fina. Cuatro años de catástrofe en Irak y pienso en Churchill, que al final llamó a Palestina un "desastre infernal". Pero ya antes nos hemos valido de estos paralelismos y se han dispersado en la brisa del Tigris. Irak está
empapado en sangre. Sin embargo, ¿cuál es nuestro estado de contrición?
¡Claro, tendremos una consulta pública, pero todavía no! Ojalá la inadecuación fuera nuestro único pecado.
Hoy estamos empeñados en un debate inútil. ¿Qué salió mal? ¿Cómo fue que los miembros del Senado romano de nuestra era no se rebelaron cuando les contaron mentiras sobre armas de destrucción masiva, sobre vínculos de Saddam Hussein con Osama bin Laden y el 11 de septiembre? ¿Cómo dejamos que
ocurriera? ¿Y cómo fue que no previmos lo que vendría después de la guerra?
Cuando los estadounidenses entraron a sangre y fuego en Irak, en 2003, con sus misiles crucero zumbando sobre la tormenta de arena hacia un centenar de poblados y ciudades, yo solía sentarme en mi sucia habitación del hotel Bagdad Palestina, incapaz de dormir por el estruendo de las explosiones, y
hojeaba los libros que había comprado para sortear esas horas oscuras y peligrosas. La guerra y la paz de Tolstoi me recordaba que un conflicto puede ser descrito con sensibilidad, gracia y horror
-recomiendo la batalla de Borodin-, junto con un archivo de recortes de periódico. En esa pequeña
carpeta hay una larga arenga de Pat Buchanan, escrita cinco meses antes, y todavía siento su poder, su premonición y su absoluta honestidad histórica: "Con nuestra regencia estilo McArthur en Bagdad, la pax americana llegará a su apogeo. Pero luego la marea bajará, porque la única empresa en la que los
pueblos islámicos sobresalen es en expulsar a las potencias imperiales mediante el terrorismo o la guerra de guerrillas.
"Sacaron a los británicos de Palestina y Adén, a los franceses de Argelia, a los estadounidenses de Somalia y Beirut, a los israelíes de Líbano. Hemos emprendido el camino hacia el imperio y pasando la próxima colina nos encontraremos con quienes fueron antes que nosotros. La única lección que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia."
Con cuánta facilidad los hombrecitos nos llevaron al infierno, sin ningún conocimiento de historia o al menos sin ningún interés por ella. Ninguno leyó de la insurgencia iraquí contra la ocupación británica de 1920, ni del brusco y brutal arreglo que dio Churchill al conflicto el año siguiente.
Con su monumental arrogancia, esos hombrecitos que nos llevaron a la guerra hace cinco años ahora demuestran que no han aprendido nada. Anthony Blair -como siempre debimos llamar a ese abogado de ciudad pequeña- debería ser sometido a juicio por su mendacidad. En cambio, presume de llevar la paz
a un conflicto árabe-israelí que tanto ha contribuido a exacerbar. Y ahora el hombre que cambió de parecer sobre la legalidad de la guerra -y que lo hizo en una sola hoja de papel carta- se atreve a sugerir que deberíamos examinar a los inmigrantes que solicitan la ciudadanía británica. La pregunta 1, propongo, debería ser: ¿qué procurador general empapado en sangre ayudó a enviar 176 soldados británicos a la muerte por una mentira?
Pregunta 2: ¿cómo salió impune de ese acto?
¿Los primeros ataques aéreos en Irak llegarán a la televisión estadounidense en horario triple A? Por fortuna sí. ¿Las primeras tropas estadounidenses en Bagdad aparecerán en los noticieros de la hora del desayuno? Desde luego.
¿La captura de Saddam Hussein será anunciada simultáneamente por Bush y Blair?
Pero todo esto es parte del problema. Cierto, Churchill y Roosevelt discutieron sobre la hora del anuncio de que la guerra en Europa había terminado. Y los rusos se les adelantaron. Pero dijimos la verdad. Cuando los británicos se replegaban hacia Dunquerque, Churchill anunció que los alemanes habían "penetrado profundamente y sembrado alarma y confusión en sus filas".
¿Por qué Bush o Blair no nos dijeron eso cuando los insurgentes iraquíes comenzaron a asaltar a las fuerzas de ocupación? Vaya, estaban muy ocupados diciéndonos que las cosas iban a mejorar, que los rebeldes no eran más que "desesperados".
El 17 de junio de 1940, Churchill dijo al pueblo británico: "Las noticias de Francia son muy malas y estoy consternado por el galante pueblo francés, que ha caído en esta terrible desgracia". ¿Por qué Blair o Bush no nos dijeron que las noticias de Irak eran muy malas y que estaban consternados -bueno,
siquiera unas lágrimas durante un minuto- por el pueblo iraquí?
Porque ésos fueron los hombres que tuvieron la temeridad, el genuino descaro de vestirse como Churchill, como héroes que escenificarían una redición de la Segunda Guerra Mundial, en tanto la BBC obedientemente llamaba "los aliados" a los invasores y pintaba al régimen de Saddam Hussein como el
Tercer Reich.
Desde luego, cuando yo iba a la escuela nuestros líderes -Attlee, Churchill, Eden, Macmillan o Truman, Eisenhower y Kennedy en Estados Unidos- habían tenido experiencia real de guerra. Ni un solo líder occidental actual tiene experiencia de primera mano del conflicto. Cuando comenzó la invasión angloestadounidense de Irak, el opositor europeo más prominente a la guerra era Jacques Chirac, quien combatió en el conflicto argelino. Pero ahora ya no está. También Colin Powell, veterano de Vietnam, que fue hecho a un lado por Rumsfeld y la CIA.
Sin embargo, una de las terribles ironías de nuestros tiempos es que los más sedientos de sangre de los políticos estadounidenses -Bush y Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz- jamás han escuchado un disparo hecho con furia y se aseguraron de no tener que combatir por su patria cuando tuvieron oportunidad de hacerlo. No es extraño que títulos de Hollywood como "conmoción y pavor" resulten atractivos para la Casa Blanca. Las películas son su única experiencia de conflicto humano; lo mismo se puede decir de
Blair y Brown.
Churchill tuvo que rendir cuentas por la pérdida de Singapur ante una Cámara atestada. Brown ni siquiera rendirá cuentas por Irak hasta que la guerra termine.
Es grotesco que hoy, después de todas las posturas de nuestros enanos políticos hace cinco años, se nos permita tener siquiera un encuentro espiritista válido con los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial. Las estadísticas son el médium y la habitación tendrá que estar a oscuras. Pero es un hecho que el total de muertos estadounidenses en Irak (3978) está muy por encima del número de bajas estadounidenses sufridas en los desembarcos iniciales del día D en Normandía (3384 entre muertos y desaparecidos), el 6 de junio de 1944, o más de tres veces las bajas totales británicas en Arnhem, ese mismo año (1200).
Representan poco más de un tercio de las muertes totales (11.014) de toda la fuerza expedicionaria británica desde la invasión alemana de Bélgica hasta la evacuación final de Dunquerque, en junio de 1940. El número de británicos caídos en Irak (176) es casi igual al total de las fuerzas británicas
perdidas en la batalla del Bolsón en 1944-45 (poco más de 200). El número de estadounidenses heridos en Irak -29.395- es más de nueve veces el de los lesionados el día D (3184) y más de la cuarta parte de la cuota total de heridos en la guerra de Corea de 1950-53 (103.284).
Las bajas iraquíes permiten una comparación aún más cercana con la Segunda Guerra Mundial. Aun si aceptamos la más conservadora de las estadísticas sobre civiles muertos -van de 350 mil a un millón-, ésta rebasó hace mucho tiempo el número de civiles británicos muertos en los bombardeos alemanes a
Londres en 1944-45 (6000) y ahora excede con mucho la cifra total de bajas civiles en bombardeos en todo el Reino Unido -60.595 muertos, 86.182 heridos graves- de 1940 a 1945.
De hecho, la cuota mortal iraquí desde nuestra invasión es hoy más grande que el número total de bajas militares británicas en la Segunda Guerra Mundial, que llegó a la asombrosa cifra de 265 mil muertos (algunos historiadores hablan de 300.000) y 277.000 heridos. Las estimaciones mínimas de iraquíes muertos significan que los civiles de Mesopotamia han sufrido seis o siete Dresdes o -más terrible aún- dos Hiroshimas.
Y, sin embargo, en cierto sentido todo esto es una distracción respecto de la terrible verdad de la advertencia de Buchanan. Hemos despachado nuestros ejércitos a la tierra del Islam. Lo hicimos con el solo respaldo de Israel, cuyos propios informes falsos sobre Irak han sido discretamente olvidados
por nuestros amos mientras derraman lágrimas de cocodrilo por los miles de iraquíes muertos hasta ahora.
El enorme prestigio militar estadounidense ha sufrido un daño irreparable. Y si hoy, como ahora calculo, se encuentra en el mundo musulmán 22 veces la cifra de soldados occidentales que fueron allá durante las cruzadas de los siglos XI y XII, debemos preguntarnos qué estamos haciendo. ¿Estamos allá
por el petróleo? ¿Por la democracia? ¿Por Israel?
Alegremente conectamos Afganistán con Irak. Según se dice, si Washington no se hubiera distraído con Irak, el talibán no se habría restablecido. Pero Al Qaida y el nebuloso Osama bin Laden no se distrajeron. Y eso explica por qué expandieron sus operaciones en Irak y luego usaron esta experiencia para acosar a Occidente en Afganistán con el atacante suicida, del cual no se había sabido antes en aquel país.
Voy a aventurar una presunción terrible: que hemos perdido Afganistán como sin duda hemos perdido Irak y como de seguro vamos a "perder" Pakistán. Es nuestra presencia, nuestro poder, nuestra arrogancia, nuestra renuencia a aprender de la historia y nuestro horror -sí, horror- al Islam lo que nos
precipita al abismo. Y en tanto no aprendamos a dejar en paz a esos pueblos musulmanes, nuestra catástrofe en Medio Oriente se volverá más grave. No hay conexión entre el Islam y el "terror". Pero sí hay conexión entre nuestra ocupación de tierras musulmanas y el "terror". No es una ecuación tan
complicada. Y no necesitamos una consulta pública para entenderla bien.

 

*De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Jorge Anaya.


-FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/100980-31819-2008-03-20.html





 

*


A la madre de todos los vicios
la sirve regularmente el padre
de todos los fornicios.


*


A la madre tolos vicios
sirve-y regularmente'l padre
de tolos fornicios.



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducción al bable o lengua asturiana de Xosé Lluis Campal







Poesía*



Por Eduardo "Tato" Pavlovsky *


Hay que inventar un lenguaje que no produzca belleza - sino hambre infinita, mortalidad infantil donde nuestros ojos se desorbiten como estos monstruos sin lactancia.
Palabras traídas por las olas donde podamos sentirnos raquíticos -Lenguajes nuevos - alegres en las desgracias - obsceno por subversivo -- porque la desgracia es resignación -tristeza- la acción es la esperanza. Eso, nuevo lenguaje de nuevas esperanzas. Todos juntos. Alguna vez aprendamos a hablar
otra vez, olvidando el lenguaje anterior, impotente para intensidades.
Barroco - Infiel. Quema de saberes viejos - tiene que sonar pornográfico, que el lenguaje vomite y excrete realidades, que las olas traigan nuevas palabras barrenadas y nos hagan sentir en el cuerpo sólo un poco de hambre - solo un poco de salud - solo un poco de todo. Las palabras sensaciones.
Convulsiones como respuestas. Eso -que las nuevas palabras del nuevo lenguaje nos hagan epilépticos por un rato.
Para confirmar que las palabras han llegado y nos maltratan, nos cadaverizan. Quien sabe hay muertes por reflujo. Es bueno. Pero estemos seguros que llegaron, que no son palabras muertas - Edificios con ladrillos de lenguaje que no sirven más para expresar nada. Palabras que significan - que quieren abarcar el mundo ya no abarcan nada - Palabras que describen conferencias y reunión que no que no que no que no.
Balbuceemos las otras, las que no significan - pero expresan los ojos reventados - los dolores infinitos... los aullidos. Aprender todo de nuevo... aprender a ignorar todo lo aprendido. Que explote toda la
impostura. Toda -pero toda junta. Y de esos escombros el lenguaje nuevo.
La palabra interdicta, obscenidad de los goces infinitos y de los dolores que ya no caben en lenguajes viejos. Inventemos. Inventemos todo. Pero que sea loco loco loco. Enterremos el sentido común. Una gran tumba a la belleza - A los grandes gestos que nos vaciaron el sentido de algo.
Un gran entierro de todo aquello que llamamos humano, todavía que de las olas venga el resto - las palabras nuevas - los pedazos, lo que quedó afuera, las sílabas barrenadas que arrojamos al mar del desperdicio.
Sólo de allí -la gran resurrección obscena. De cunas escondidas. Que no signifique nada. Que exprese el hoy. El hoy de todos. Blu - blu - blu blu.
Blus blus. Ya vienen, atención. Vienen las olas. Blus. Blus. Blue. No significan nada. Sólo blug blug blug. Nada nada nada. Belleza de los restos de las sobras. Poesía de los escombros. Intensidad del mar embravecido. Nada más que eso.
A la hoguera con los lenguajes viejos -ya no nos sirven- olor a trampa y a impudicia, no soñemos con el hombre nuevo - rescatemos de las sobras - de los restos - de los desperdicios - de los escombros y de las cunas palabras que hemos arropado y que las olas traen - y construyamos un lenguaje nuevo
con fuerza de obscenidad - inventemos la potencia de las nuevas palabras - no cambiemos a los hombres - cambiemos su lenguaje - su retórica encallecida - que envejece, que hace vivir a medias con tristeza - Un nuevo lenguaje alegre - potente - para un nuevo ho