Sunday, December 28, 2008

DIOS NOS VA A PROTEGER…

DESMONTE*

 
Monte, coraza impenetrable. Barroca
fronda adusta
Corazón de espinillo, amor seco, miel de
lechiguanas.
Solamente accesible a la lluvia y
al sol.

Mi humanidad me alerta.
Mi sórdido animal, irreductible, avanza.
Mi pollera se engancha en los clavos del talar
que rechazan el hacha.
Frenan el ímpetu bravío.
Se detienen los pasos, el aire se detiene.
Los árboles, inmutables se deslizan,
las nubes acompañan.
Mi pollera cautiva, desafía los cuchillos
del monte.
El grito montaraz se diluye, estremecidamente
en la espesura:
¡Que su belleza no se manche con la sangre!
La sangre es resina que se escurre del cielo,
y no solo tu pollera se mancha,
sino la calma mansedumbre de la tarde.

Los árboles avanzan, mi pollera vuelve
en sigilosos pasos:
mi sórdido animal, redomón, descansa.

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

DIOS NOS VA A PROTEGER…

COSAS DE DIABLO*
 
 
 
          La ciudad había sido invadida por una euforia inusual, se festejaba los cien años de su fundación y seguía exhibiendo una planificación excepcional .
         En realidad fue el sueño de alguien que con un espíritu que volaba alto se colocó ante una gran hoja de papel y soñó diagramando,  midiendo, creando pero siempre soñando. Y un día llevó su proyecto a alguien que también soñaba y sobre una llanura abierta a la espera plantó una ciudad diferente a todas las del mundo.
          Por supuesto como todos los sueños diferentes despertó sus misterios que comenzaron a sobrevolarla desde sus comienzos. Entre cuchicheos se hablaba de una logia secreta, un cierto pacto con fuerzas extrañas que entraba por sus diagonales que recogían el viento limpiador de tormentas que soplaba del sur, también de ciertos pactos con fuerzas desconocidas que habían inspirado al planificador y de un mensaje secreto que yacía  en una urna en la plaza central junto con una botella de champagne que debía abrirse cuando llegara el centésimo año.
          Se comentó, se difundió, hasta se llegó a dejar testimonio escrito, pero todo en tono bajo como para no despertar a los demonios.
          Cuando llegó el día tan ansiado todos encaminaron sus pasos hacia la plaza central, las grandes confiterías donaron una torta inmensa para agasajar a la concurrencia, los grupos folclóricos se dispusieron a hacer vibrar su música y la gente, incentivada durante años por la profecía, allá corrieron en busca de la respuesta final.
          La hora señalada era a las 4 de la tarde por lo que a los que concurrieron muy temprano acicateados por su impaciencia, se les hizo muy larga la espera porque ya se sabe que esperar algo deseado distiende el tiempo de cada minuto convirtiéndolo en sensación de horas.
          A las 3 de la tarde llegó la comitiva oficial, el Excelentísimo Gobernador acompañado de su séquito se hizo presente en el predio.
          Una mujer mayor proclive a asimilar los miedos de los mitos se persignó y juntó sus manos en señal de rezo.
          - Tranquila, Raquel, - le dijo por lo bajo su compañera que rondaba la misma edad, - Dios nos va a proteger.
          - Amigos, - vociferó en tono solemne el Excelentísimo Gobernador, - cumplamos con el designio legado por el fundador de nuestra querida ciudad.
          Un silencio cubrió el sector como un manto implacable, hasta los pájaros dejaron de trinar, todo se detuvo y una masa humana expectante siguió a las autoridades hasta el lugar donde estaba la misteriosa urna.
          Muchos ojos fijaron su mirada en el sur como seguros de que por allí vendría a azote del maleficio.
          Dos obreros con mucho cuidado levantaron la tapa de mármol blanco y dejaron ver la urna del pacto; fue la máxima autoridad la encargada de abrirla mientras el silencio total  podía cortarse con un cuchillo. Las ancianitas rezaban  mientras la tapa de hierro era levantada y dejaba a la vista de centenares de ojos azorados un espacio totalmente vacío.
          Los que hacían de la lógica su credo diario dijeron que el diablo se había tomado el champagne después de destruir el documento de la profecía.
 
 
                                         
*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar
 

Como el país…*

-¡Gordo, sos un pelotudo! ¿Cómo no te diste cuenta que estaba descargada?
Luis corría por el terraplén agarrándose las sangrantes costillas del lado derecho, mientras el Gordo Nacho, resoplando como un caballo, se esforzaba por no tropezar con su bamboleante barriga. La tarde se hacía noche sobre el platense Barrio Los Hornos, y el frío comenzaba a hacerse sentir, implacable, presagiando un crudo invierno.
Había sido una pésima idea; como todas las del Gordo. Luis nunca había sabido por qué le llevaba siempre el apunte. Los negocios que le había propuesto Nacho, su amigo de la más tierna infancia, la mayoría de las veces habían terminado en desastre. Desde los cambios de figuritas a las peleas callejeras por una trampa en la “escondida”, como después los porros comprados cerca de la comisaría, o el debut con aquella puta que les contagió hasta lo que no existía, todo había tenido que ver con el Gordo. Habían sabido ganar también, pero la cantidad de bajezas y humillaciones superaban ampliamente las victorias; o al menos el simple hecho de conservar la dignidad.
Esta vez, podrían considerarse afortunados si se mantenían vivos.
“¿Por qué no nos desquitamos con este Gallego hijo de puta, que siempre nos caga con el precio de la birra, y le sacamos unos mangos?”, le había dicho el Gordo un par de días antes. Luis estaba harto de escucharlo, pero también lo hastiaba la soberbia de Manolo, el dueño del maxikiosco de la 59 y 140, que los basureaba a más no poder. No eran dueños ni siquiera de gozar del mínimo placer de tomarse una cerveza en paz, sentados en el cordón de la vereda, con los pibes de la barra.
“¡A boludear a otro lado, drogones!”, los echaba Manolo, escoba en mano, cada vez que podía. Y Luis, amargado por no encontrar laburo en ningún lado, rencoroso contra su padre por no haberse preocupado de que siguiera algún oficio, o con su madre por haber privilegiado al resto de sus mierdosos hermanos, sentía que cada provocación del Gallego era una puñalada en su propio orgullo. Varias veces lo había puteado de arriba abajo, y hasta una noche se había animado a lanzarle una pedrada, sin éxito. Pero la idea del Gordo, aunque descabellada, le había permitido imaginar, aunque sea por un rato, el método más efectivo de vengarse del Gallego de una buena vez. Pegarle donde más le doliera.
Nacho consiguió pronto un arma. Era un 32 bastante vapuleado, pero que amenazaba con abrir un agujero enorme en el cuerpo de quien tuviera la mala fortuna de cruzarse delante de su cañón. “Es fácil”, le dijo el Gordo, “Esperamos a que no haya nadie, y cuando esté desprevenido, vos entrás, lo encañonás, le exigís toda la guita, y salimos corriendo. Yo me quedo afuera haciendo de campana”.
“Te llevás la mejor parte”, se quejó Luis.
“¡Bueno, fiera! El fierro lo consigo yo, ¿no? Además, la idea es mía. Y a los dos nos hace falta la guita”, se atajó Nacho.
Luis protestó por lo bajo, pero estuvo de acuerdo. De un tiempo a esta parte, las cosas se venían poniendo cada vez más densas. No tenía un mango partido al medio, tampoco idea alguna para salir del bajón, y el gallego ya le tenía los huevos llenos. Era justo meterse a afanarle lo que el mismo Manolo les curraba cada vez que les pedía cinco pesos por cada birra.
Lo que no contaban era que el fierro no tenía balas. Luis, aunque anduviera por la calle desde muy pibe, nunca había tenido uno en la mano, y no tenía la menor idea sobre cómo se abría el tambor. Como lo había traído Nacho, se confió en que el Gordo lo hubiera revisado. Así como confiaron en que el Gallego no pudiera defenderse.
Ocurrió todo tan rápido, que ni siquiera tuvo tiempo de ponerse nervioso, hasta que ya fue muy tarde. La escopeta apareció detrás del mostrador como un espectro inesperado. Luis, que acababa de desenfundar y gritar dentro del reducido ámbito del local, ni siquiera se dio cuenta en dónde la tenía escondida. En esa fracción de segundo, mientras gatillaba como un acto reflejo –y en vano- el 32, tan asustado como parecía estarlo el Gallego, recordó haber escuchado días atrás que Manolo charlaba con los vecinos acerca de lo podrido que lo tenía el tema de la inseguridad, que lo que el país necesitaba era un gobierno fuerte que…
La detonación lo dejó sordo. Sólo después –nunca supo cómo fue posible semejante separación entre causa y efecto- sintió el tremendo golpe en el pecho, que afortunadamente lo agarró mal parado, cuando el cañón de la escopeta giró en arco y chocó contra uno de los barrotes de la reja del mostrador. Trastabilló de costado, se aferró del marco de la puerta, dejando caer el fierro, y saltó hacia la calle, manteniendo el equilibrio de milagro, mientras comenzaba a correr a los tumbos. El Gordo, incapaz de creer lo que ocurría delante suyo, lo siguió de cerca, y a los pocos pasos ya había tomado la delantera. Vaciló un segundo, se volvió, y aferró a Luis por el brazo izquierdo, ayudándolo a impulsarse. Ya habían entrado en el baldío, a unos 30 metros, cuando el Gallego salió a la vereda, doblando la escopeta para recargarla.
-¡Vuelvan acá, hijos de puta! ¿Quién mierda se creen que son, que me van a afanar?-, chilló, mientras introducía un nueva cartucho, cerraba la escopeta con un chasquido, y se echaba la culata al hombro para volver a disparar. En la cuadra, las cabezas que se asomaron a chusmear fueron muchas más que las que se agacharon para evitar el tiroteo.
Pero Luis y Nacho ya habían doblado la esquina, evitando el ángulo de tiro, y se refugiaban entre los pastizales, avanzando a los tropezones hacia las vías del antiguo ferrocarril. Se oían gritos dispersos; alguien clamaba por la policía, mientras otros querían saber hacia dónde se habían escapado, para así poder seguirlos y “reventarlos”. Luis resoplaba; le dolía mucho el costado, aferrándoselo con su mano derecha, que notaba muy caliente y empapada, a causa de su propia sangre. “Qué mala idea, qué te parió Gordo…”, mascullaba.
La estación estaba desierta. Los andenes eran una guarida de suciedad y basura desde hacía años. Oxidados rieles ya no transportaban ningún carguero, menos aún repletos vagones de pasajeros. Pero era el lugar justo para esconderse un rato, descansar, tomar aire, y seguir corriendo.
Luis se desplomó sobre uno de los bancos del andén, quejándose de dolor, sin aire suficiente para insultar al mal parido de su amigo. Nacho resoplaba como una locomotora, con el pecho agitado subiendo y bajando sin tregua. A la distancia, se dejaban oír algunos gritos, furiosos quizá. Se le ocurrió que a cada segundo sonaban más cerca, y quiso volver a correr. Pero al voltear hacia Luis, el semblante dolorido, la sangre derramándose sobre el sucio suelo del andén, no llegó a articular palabra alguna. Se puso muy pálido. La herida se veía muy fea. Demasiada sangre. Y eso que no le había dado de lleno. El tiro desviado lo había salvado de morir en el acto, aunque quizá no durara mucho tiempo más… La idea lo estremeció, obligándolo a arrodillarse junto a Luis.
-¿Cómo estás? -, alcanzó a decir.
-Para la mierda… -, masculló Luis, quien consiguió alzar a cabeza, más allá de la figura del Gordo.
La estación se estaba viniendo abajo. “Como el país”, se le ocurrió de pronto, aunque nunca supo de dónde le llegó semejante idea. La humedad y le herrumbre habían hecho estragos sobre las paredes y los escasos herrajes que aún nadie se había llevado para fundir, tal vez de tan oxidados. Sintió un frío que le calaba hasta los huesos, y de alguna manera, por encima del miedo que comenzaba a ganarle la conciencia, intuyó que nada tenía que ver aquello con la temperatura ambiente.
-Me estoy muriendo, Gordo -, balbuceó, y la frase quedó suspendida entre ambos mientras su mano se relajaba sobre la herida, como si su cuerpo comprendiese que ya de nada valía seguir luchando.
-¡No, carajo! -, chilló Nacho, tomándolo por el brazo izquierdo y tironeando sin fuerzas de él. -¡No te vas a morir, mierda!…… ¡Ya te estoy llevando a donde puedan curarte!
Sin embargo, los dos sabían que no era cierto. Luis, porque se estaba muriendo. Nacho, porque no tenía idea sobre cómo hacer para poder ayudar pronto a su amigo. Con la buena voluntad no alcanza para extraer perdigones que se alojan en un pulmón.
Más gritos, cada vez más cerca.
-¡Vámonos! -, le dijo Nacho, pero ya casi para convencerse a sí mismo.
-Anda, Gordo -, murmuró Luis. –Y la puta que te parió……por esa idea de mierda……que tuviste…
Nacho vaciló. Un par de sombras se recortaron sobre el horizonte del terraplén, blandiendo unos palos; o quizá, más escopetas. Ya estaban cerca. Tenía que decidirse. Era cuestión de segundos. Era vivir o morir.
-¡Qué boludo, carajo! ¡Qué boludo que fui! -, sollozó, tomándole una mano, tembloroso.
-Andate, Gordo -, murmuró otra vez Luis, sin mirarlo, incapaz de luchar contra lo inevitable. –Salió todo remal…
Y se soltó del apretón. Su cabeza cayó sobre el banco polvoriento. Su respiración sonaba quebrada. La sangre goteaba cada vez más.
Nacho tembló una vez más, evitó mirar a su amigo por última vez, ahogó las lágrimas, y salió disparado hacia el descampado, dominado por una eterna culpa, bamboleando de nuevo la barriga. Luis se estremeció. Había quedado solo, asustado y muy mal herido. Oyó gritos cerca suyo, corriendo en su busca. Sentía, desamparado, que algo se le escapaba inevitable entre los dedos. Además de que aquello había resultado una idea de mierda.
Y por última vez volvió a pensar que, al igual que la estación, él también se estaba viniendo abajo.
“Como el país”.

 *De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar

Las Navidades de Bongo*

 *Por José Pablo Feinmann

Nunca pude decidir si Bongo era judío o católico. Tenía que decidirlo yo, porque él, si lo tenía decidido, difícil que pudiera comunicármelo. Además, seamos francos: ¿cómo iba a decidir Bongo que, al fin de cuentas, aunque fuera el Bongo, era un perro, si era judío o no, si era católico o no, si yo, que no era un perro (aunque tampoco ocupara entre los humanos un lugar tan excepcional como el que Bongo ocupaba entre los perros), aún no lo había resuelto y ya tenía nueve o diez años. Sucede que la cosa era compleja. Bongo y yo vivíamos en medio de una confusión aceptada por toda nuestra familia como normal. Bastará narrar una Navidad en Belgrano R, en nuestra casa de Echeverría y Estomba, para que se entienda qué busco tornar claro.
La cena de Navidad era hermosa, una noche de plenitud, de regalos, de visitas, de familiares que veíamos de tanto en tanto pero que hoy estaban aquí, con nosotros, una noche de amor y de paz y de cohetes, rompeportones y cañitas voladoras. Una noche de Misa de Gallo. Una noche de mucha comida. De
puertas abiertas. Abiertas para los vecinos. Todos abrían sus puertas. Si uno quería visitar a otro podía hacerlo casi sin golpearla. ¿Cómo iba a golpearla si estaba abierta de par en par? Hasta la Sra. Gerlach, que era la villana del barrio, la que vivía justo frente a nosotros, de la vereda paralela, también en Echeverría y Estomba, en un chalet que siempre me pregunté si era o no más lindo que el nuestro, abría esa noche, la de Nochebuena, sus puertas. Y eso que, lo juro, no era buena. La Sra. Gerlach jamás devolvió una pelota que hubiera caído en su jardín, que era muy grande y ella, de egoísta y de engrupida que era, lo tenía protegido por verjas altas, puntiagudas, de madera verde o marrón o bordó oscuro, porque siempre andaba pintándolas de nuevo, como si ningún color le gustara. ¿Qué color iba a gustarle a esa bruja si no habría cosa en el mundo que le gustara? En Nochebuena, no. Hasta ella exhibía a los demás sus puertas abiertas. Si uno miraba hacia adentro podía verlo al Sr. Gerlach sentado en un sillón y leyendo un diario, seguro que en alemán. A nadie, jamás, se le ocurrió decir que el Sr. Gerlach había sido nazi. ¿Qué era eso, cómo iba a ser nazi alguien tan agradable como el Sr. Gerlach? ¿O no era él, nunca ella, el que si estaba en la casa y no en el trabajo, nos devolvía cualquier pelota que cayera en su jardín, con una sonrisa y dándole con ganas, como si supiera, hasta las manos de alguno de nosotros? ¿Un nazi iba a ser eso? Vamos, ¿qué se piensan, que nos chupábamos el dedo?
Nuestra cena de Navidad la presidía -por supuesto- papá. Que se llamaba Abraham y era hijo de Boris Feinmann y Raquel Aranovich. “Yo nunca tuve un problema en este país por ser judío”, decía papá. Una frase que, con el paso de los años, cada vez me resultó más extraña, increíble. Pero, ¿por qué no
creerle? No por el país sino por él. Se había recibido de médico en 1917 y siempre había sido un dandy y había ganado buena guita desde el inicio.
¿Quién se habría atrevido a decirle “judío de mierda” al doctor Feinmann?
Era tan suntuoso el viejo, tan seguro de sí y, sobre todo, se sentía tan argentino, tan merecedor de este país, tan dueño de él como, por ejemplo, cualquier cajetilla del Jockey Club, que debía imponer respeto hasta al cura Menvielle. Ahí estaba, entonces. En la cabecera de la mesa. A su derecha, mamá. Mamá era católica: Elena de Albuquerque. Siempre estaba muy linda en Navidad. Preparaba todo. La comida, el árbol (que lo hacíamos en un pino que había en el jardín), el lugar para poner los regalos, la lista de invitados, todo. Pero le era fácil: tenía dos sirvientas. Mi vieja siempre dijo “sirvientas”. En los cincuenta todos decían “la sirvienta”. Los judíos decían la “jikse”. Seguro que lo escribí mal. Pero así suena, cualquiera lo sabe. Las sirvientas eran Rosario, siempre joven y linda, visitada por el calentón de mi hermano si ella le abría la puerta de su cuarto, e Isabel, una gallega gordota, medio torpe pero muy trabajadora. En esta Navidad se agrega una chica que olvidé de dónde venía. Era muy simpática y solía
disfrazarse de Papá Noel. (Santa Claus no existía en los ‘50. Papá Noel y se acabó.) Le decían Cachirula. Por la historieta Pelopincho y Cachirula, de Fola, que salía en el Billiken. El resto era el batallón semita. Un primo al que llamaban el petiso. Y sobre todo las dos hermanas de papá. Eran
infaltables. Eran maravillosas. Menores que el viejo, se llamaba Sonia la mayor, la más seria o, mejor dicho, la menos loca, y la otra era Rosa, que era un regalo de la vida. Sonia, inteligente, se ganaba la vida jugando al póquer. Y Rosa, que era fea, para qué negarlo, fea sin apelación posible, era una atorranta irresistible. No sé cuánto, no sé qué habré heredado de Rosa, pero si hubo algo de polenta en mi vida, de ganas de vivir, de atorrantear, de aceptar la locura como parte esencial de la existencia, o de la razón, eso vino de ella, de Rosa, la gloriosa tía puta de la familia. No había Navidad en que no trajera un tío nuevo. En esta que hoy evoco se lo trajo al tío Angel, un buen tipo, tranquilo, resignado, feliz por tenerla a Rosa. Cuando Rosa le mostró a su sobrinito, cuando le dijo: “Vení, Angel, éste es el Josecito, el hijito menor de Abraham”, el Josecito dijo: “¡Cómo la quiero a la tía Rosa! Todas las Navidades me trae un tío nuevo”. Rosa me pateó un tobillo y (sé que no me van a creer) aún recuerdo su frase dura, dicha entre dientes: “No seas pelotudo, nene. No me arruinés la Navidad”.
Angel ni se mosqueó. Al contrario, ahí nomás me dio su regalo: ¡una gruesa de cañitas voladoras! En seguida estaban mi hermano y sus amigos sobre mí y me las sacaban y buscaban botellas para arrojarlas sobre la casa de la Sra. Gerlach. Algo que ocurrió después de la cena.
¿Qué busco decir? Que nuestra mesa de Navidad era tan judía como católica y hasta, si se descuidan, ganaban los judíos. Si no lo hacían es porque solían venir Doña Carmen y sus dos hijos, amigos de mi hermano, dos boludos en estado de coma. Uno, creo, terminó como abogado de De la Rúa. El otro hizo
el Liceo Militar. Una vez fuimos todos a verlo cómo saltaba vallas en una contienda entre milicos. Montaba un caballo marrón con manchas blancas, seguro más inteligente que él. Pero ahí estaban: engrosando la mesa navideña. Doña Carmen era la presidenta de la Acción Católica. No sé si necesito agregar algo más. Judío o católico, era papá el que decía su ya tradicional discurso. Nada del otro mundo, creo. O sí: todo del otro mundo.
Porque hablaba de Dios como si se lo hubiera cruzado esa tarde al bajar del colectivo 76, en Echeverría y avenida Forest. Y después de la amistad entre las razas, los pueblos y sus creencias. Mamá no decía nada. Bongo tampoco.
Estaba muy cómodo en un sillón, cerca de la mesa y miraba todo. No era de esos perros que abordan la mesa y andan mendigueando un cacho de comida. No, Bongo no solía comer mucho. Lo suyo era el sexo. No había perra o perrita en 20 cuadras a la redonda que desconociera sus artes de perro cogedor. Porque
eso era. Uno podía ir a Melián a caminar y ver los árboles en lo alto o al puente de Superí a cortar cañas y solía encontrárselo al Bongo atracándose a una perrita. Era un campeón. Yo era un pibe y no sabía casi nada de esas cosas. Pero por el modo en que aullaban las damas que el sexópata penetraba
era claro que ellas no estaban pasando un mal momento. El, mucho menos. Pero no era de expresarlo. Se concentraba en lo suyo. Serio, como si buscara, ante todo, complacer a la dama.
A medianoche, todas las damas iban a “misa de gallo”. Mi mamá, católica; Doña Rosa, católica; las dos sirvientas, católicas; Cachirula, católica, y las dos maravillosas tías recontrajudías, la tía Sonia y la tía Rosa.
También íbamos Bongo y yo. Pero nos sentábamos atrás. Cerca de la pila bautismal. A mí no me gustaba verlo de cerca al pobre Jesús, tan estropeado, con todos esos clavos, la sangre, con esa cara de dolor, de derrota. No me gustaba. A Bongo, creo, tampoco. Después la gente salía y nosotros los dejábamos salir. Nos íbamos al final. A quien más quería Bongo era a papá.
Pero después a mí. Eramos buenos amigos. “Vamos, Bongo”, dije sin mirarlo.
“Es tarde.” Me di vuelta y lo vi, con su pata levantada, con enorme convicción, echándole una meada a la pila bautismal. No tuve, entonces, ninguna duda: era judío el Bongo. Como papá.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117422-2008-12-28.html

Día de los Santos Inocentes*

 *Por Adrián Abonizio abonizio@hotmail.com

-!Brindemos, sí, pero hagamos silencio por los Santos Inocentes que mandó a matar el terrible Herodes!, explotó poniéndose de pie la tía Eulalia. -Esta boluda siempre arruinando las fiestas, dijo por lo bajo Diácono. -Te escuché. réprobo, oí tu insultante frase, pero sigamos y oremos, terminó con un abatimiento teatral. -!Saquenle el chupi, reclamó alguno. Era la previa del remanente de los festejos con las sobras navideñas: Parva de trozos de pollo, hectolitros de sidra, pilas de turrones yacían tapadas sobre el
mantel de hule de la casa de la Nona, mientras eran las once de la mañána de aquel 28 de diciembre y la tía Eulogía otra vez se había mamado tempranamente -!Soy una catequista de ley, una esclava del Señor!, gemía amparándose en sus fueros celestiales cuando fue arriada hacia una de las reposeras para que se aireara y soltara la copa que tenía en su garra como si fuera el Santo Grial.
Yo ya había tomado la Comunión y se me mezclaban los sentidos: El 8 de diciembre a la vez que era el cumpleaños de mi madre, era algo de la Virgen, ascensión, natalicio o descenso, no recuerdo. Aún tenía la entrepierna paspada pues el trajecito gris que me habían dado era de sarguilla y ningún adulto supuso lo que significaba el calor, los hilos de agua cayendo hacia el culo mismo, la verguenza de estar disfrazado y en el fondo, sentirse un pelotudo. Con mis primos decidimos huir al campito a quemarnos en los pastizales corriendo una pelota, sacudirnos las hilachas de la entrada a la religión y la adultez temida.
Ibamos con la número tres bajo el brazo. Comentábamos con risas el estado mental de la tía Eulalia. Pasamos por una tapicería: Nos debían allí el pago por la limpieza del patio y con él pretendíamos hartarnos de Coca familiar, luego del partido. Entramos; bajo el resplandor solar del mediodía las
pelusitas bailaban entre los chorros de luz que penetraban por las chapas agujereadas. Había ese olor a lustrín y sudor. Entonces lo vimos: El flaco dependiente, el clavador de sillones, sucio como siempre estaba al fondo sumergido en su tarea tan concentradamente que ni nos oyó acercarnos. Uno a uno, extraía de un cajón de manzanas sendos gatitos que iba ahogando en el piletón. Alguien hizo un ruido o una mueca. Se volvió como una fiera sorprendida en pleno asesinato. -!Eh, para afuera, váyanse!…tenía la sonrisa amarronada y el pelo le cubría los ojos. Transpiraba, como en cámara lenta las gotitas de sudor caían sobre el agua del crimen.
Corrimos hasta la canchita y poco dijimos. El sol nos echó una bocanada de dragón y nos expulsó hacia la sombra de los paraísos en un rato. Era imposible jugar. No pudimos tomar la Coca, pedimos agua en un lavadero de remolques y regresamos por las calles de tierra. Al llegar a la puerta, donde la sombra de un gigantesco plátano amparaba del infierno, la tía Eulalia era mecida por una niña vecina, una mano en la Biblia, la otra peinándose los largos cabellos grisados -!Infantes míos! !Santitos inocentes! ¿Habráis visto el pecado de la carne entre las piernas de las negritas que traen esas caras de espanto?. En la galería había un espejo y allí nos miramos. Sofocados, la claridad impedía ver las siluetas. En esas
condiciones nuestras facciones danzaban imperceptiblemente al son de esos gusanitos trasladándose de un punto al otro, aquellos que uno ve en el cielo si se mira mucho y fijamente. La gata barcina, la de nuestra Nona, maulló detrás nuestro, como preguntando algo. Entonces recordamos la matanza de ese
día y nos echamos apesadumbrados bajo la escalera que era el único sitio donde la humedad impedía el calor.
Nos llamaron a comer. En los restos del pollo alguno creyó ver la silueta de un gatito. El ventilador hacía un ruido de motor de avión. Había música de los Wawancó. Comimos con repugnancia, envueltos en el giterío y la alegría salvaje de los mayores disputándose los restos del festín. Tía Eulalia callaba, rezando por lo bajo. Tío Diácono hizo un chiste acerca de su sexualidad dudosa y hasta hubo un instante de descuido para robarse una botella de sidra helada que pasó de mano en mano por debajo nuestro hasta que el Dany la sacó afuera y subió con ella a la terraza. Al rato lo seguimos pero ya se la había tomado toda. Moqueaba, no sé si por el alcohol, por él, por nosotros, por la tía, por la familia entera o el mundo y sus pesares. Nos dió a entender en su lengua de borrachín asoleado que todos éramos como aquellos gatitos, santos inocentes y predijo en el mismo tono que la tía Eulalia las terribles batallas que sobrevendrían. -…por los siglos de los siglos, a todos nos van a ahogar algún día…y eructó después.
Al Dany lo tiraron desde un Hércules al Río de la Plata, cerca del año 1978.
La tía Eulalia seguía insistiendo que un ángel se lo había llevado hasta que se murió de vieja. Pidió ser momificada como una santa y exhibida en la casa de la Nona. Los tíos no lo permitieron.

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16623-2008-12-28.html

 LA OTRA*

 
    
     Camila se deslizaba por sus sueños, estaba expectante porque sabía que noche a noche la iban transportando hacia situaciones que nunca había imaginado. Pero una noche no fue igual que siempre; se había quedado sentada en la cama desafiando al sueño. Todo en ella era resolución, cambio, hambre de devorar la noche porque quería sentir despierta esas sensaciones que conseguía estando dormida.         
          Encendió la radio para ahuyentar las ganas de dormir, compenetrándose  en la música que brotaba precisa, atenuante. Se fijó en el reloj, habían pasado dos horas  desde que se había metido en la cama, pero nada. Por fin decidió acostarse y conciliar el sueño; era tarde y tenía que madrugar, no podía seguir pensando y haciendo cosas tan absurdas, se dijo, mientras bajaba el volumen de la radio.
          La noche estaba pesada, la luna llena casi formada en su totalidad, era cubierta de a ratos por nubarrones que amenazaban lluvia y se filtraban por la celosía de la ventaba que estaba algo levantada, Camila la miraba desde su lugar.
          De pronto sintió que no estaba sola, alguien se dirigía hacia la puerta del dormitorio. Bajó el volumen de la radio quedándose quieta; no sintió miedo, más bien una complicidad la embargó. Escuchó el ruido del picaporte, los pasos que se alejaban, se levantó, fue hacia la puerta que había quedado abierta y salió. Una brisa suave la envolvió.
          Desde ese lugar vio que una persona se alejaba, observó que tenía el mismo pijama, cabello claro como el suyo, todo igual, solo faltaba verle la cara.
          En esta ocasión tampoco sintió miedo, pero tampoco atinó a llamarla y volvió a entrar al dormitorio. Al descuido se encontró delante del espejo pero no se vio, entonces se miró las manos, recorrió  todo su cuerpo pero este no se reflejaba.
          Salió corriendo hacia fuera , quiso alcanzar a esa mujer, ella se llevaba su imagen. La radio seguía en la misma programación.
          - Quiero soñar – gritó – y siguió corriendo detrás de esa mujer pero no la alcanzó. La otra iba despacio pero cada vez más lejana,  lentamente se deslizaba hacia la boca de un supuesto túnel  que se abría más adelante.
          Camila siguió corriendo, cayéndose varias veces; el dolor que le causaba las heridas de las rodillas por momento se le hacía insoportable. La otra había desaparecido y el túnel se desdibujaba ante sus ojos.
          Volvió a su cuarto y subió el volumen de la radio; el pronóstico del tiempo indicaba lluvia. Con dificultad se dirigió hasta el espejo y se vio en su totalidad.
          - ¡Qué sueño tonto tuve – se dijo para sí y apagó la radio quedándose dormida.
          Por la mañana cuando se levantó sintió un dolor muy fuerte en las rodillas y comprobó el desorden de pisadas con barro sobre la alfombra.
 
                                                               

*de MARTA BEATRIZ MULTINI.

 

 

Convocatoria*

El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante” (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
 Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
 Cordial saludo,

*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

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InventivaSocial
“Un invento argentino que se utiliza para escribir”
Plaza virtual de escritura

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Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión las colaboraciones literarias que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

Posted by URBANOPOWELL in 23:47:01 | Permalink | Comments (1) »