Sunday, December 28, 2008

DIOS NOS VA A PROTEGER…

DESMONTE*

 
Monte, coraza impenetrable. Barroca
fronda adusta
Corazón de espinillo, amor seco, miel de
lechiguanas.
Solamente accesible a la lluvia y
al sol.

Mi humanidad me alerta.
Mi sórdido animal, irreductible, avanza.
Mi pollera se engancha en los clavos del talar
que rechazan el hacha.
Frenan el ímpetu bravío.
Se detienen los pasos, el aire se detiene.
Los árboles, inmutables se deslizan,
las nubes acompañan.
Mi pollera cautiva, desafía los cuchillos
del monte.
El grito montaraz se diluye, estremecidamente
en la espesura:
¡Que su belleza no se manche con la sangre!
La sangre es resina que se escurre del cielo,
y no solo tu pollera se mancha,
sino la calma mansedumbre de la tarde.

Los árboles avanzan, mi pollera vuelve
en sigilosos pasos:
mi sórdido animal, redomón, descansa.

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

DIOS NOS VA A PROTEGER…

COSAS DE DIABLO*
 
 
 
          La ciudad había sido invadida por una euforia inusual, se festejaba los cien años de su fundación y seguía exhibiendo una planificación excepcional .
         En realidad fue el sueño de alguien que con un espíritu que volaba alto se colocó ante una gran hoja de papel y soñó diagramando,  midiendo, creando pero siempre soñando. Y un día llevó su proyecto a alguien que también soñaba y sobre una llanura abierta a la espera plantó una ciudad diferente a todas las del mundo.
          Por supuesto como todos los sueños diferentes despertó sus misterios que comenzaron a sobrevolarla desde sus comienzos. Entre cuchicheos se hablaba de una logia secreta, un cierto pacto con fuerzas extrañas que entraba por sus diagonales que recogían el viento limpiador de tormentas que soplaba del sur, también de ciertos pactos con fuerzas desconocidas que habían inspirado al planificador y de un mensaje secreto que yacía  en una urna en la plaza central junto con una botella de champagne que debía abrirse cuando llegara el centésimo año.
          Se comentó, se difundió, hasta se llegó a dejar testimonio escrito, pero todo en tono bajo como para no despertar a los demonios.
          Cuando llegó el día tan ansiado todos encaminaron sus pasos hacia la plaza central, las grandes confiterías donaron una torta inmensa para agasajar a la concurrencia, los grupos folclóricos se dispusieron a hacer vibrar su música y la gente, incentivada durante años por la profecía, allá corrieron en busca de la respuesta final.
          La hora señalada era a las 4 de la tarde por lo que a los que concurrieron muy temprano acicateados por su impaciencia, se les hizo muy larga la espera porque ya se sabe que esperar algo deseado distiende el tiempo de cada minuto convirtiéndolo en sensación de horas.
          A las 3 de la tarde llegó la comitiva oficial, el Excelentísimo Gobernador acompañado de su séquito se hizo presente en el predio.
          Una mujer mayor proclive a asimilar los miedos de los mitos se persignó y juntó sus manos en señal de rezo.
          - Tranquila, Raquel, - le dijo por lo bajo su compañera que rondaba la misma edad, - Dios nos va a proteger.
          - Amigos, - vociferó en tono solemne el Excelentísimo Gobernador, - cumplamos con el designio legado por el fundador de nuestra querida ciudad.
          Un silencio cubrió el sector como un manto implacable, hasta los pájaros dejaron de trinar, todo se detuvo y una masa humana expectante siguió a las autoridades hasta el lugar donde estaba la misteriosa urna.
          Muchos ojos fijaron su mirada en el sur como seguros de que por allí vendría a azote del maleficio.
          Dos obreros con mucho cuidado levantaron la tapa de mármol blanco y dejaron ver la urna del pacto; fue la máxima autoridad la encargada de abrirla mientras el silencio total  podía cortarse con un cuchillo. Las ancianitas rezaban  mientras la tapa de hierro era levantada y dejaba a la vista de centenares de ojos azorados un espacio totalmente vacío.
          Los que hacían de la lógica su credo diario dijeron que el diablo se había tomado el champagne después de destruir el documento de la profecía.
 
 
                                         
*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar
 

Como el país…*

-¡Gordo, sos un pelotudo! ¿Cómo no te diste cuenta que estaba descargada?
Luis corría por el terraplén agarrándose las sangrantes costillas del lado derecho, mientras el Gordo Nacho, resoplando como un caballo, se esforzaba por no tropezar con su bamboleante barriga. La tarde se hacía noche sobre el platense Barrio Los Hornos, y el frío comenzaba a hacerse sentir, implacable, presagiando un crudo invierno.
Había sido una pésima idea; como todas las del Gordo. Luis nunca había sabido por qué le llevaba siempre el apunte. Los negocios que le había propuesto Nacho, su amigo de la más tierna infancia, la mayoría de las veces habían terminado en desastre. Desde los cambios de figuritas a las peleas callejeras por una trampa en la “escondida”, como después los porros comprados cerca de la comisaría, o el debut con aquella puta que les contagió hasta lo que no existía, todo había tenido que ver con el Gordo. Habían sabido ganar también, pero la cantidad de bajezas y humillaciones superaban ampliamente las victorias; o al menos el simple hecho de conservar la dignidad.
Esta vez, podrían considerarse afortunados si se mantenían vivos.
“¿Por qué no nos desquitamos con este Gallego hijo de puta, que siempre nos caga con el precio de la birra, y le sacamos unos mangos?”, le había dicho el Gordo un par de días antes. Luis estaba harto de escucharlo, pero también lo hastiaba la soberbia de Manolo, el dueño del maxikiosco de la 59 y 140, que los basureaba a más no poder. No eran dueños ni siquiera de gozar del mínimo placer de tomarse una cerveza en paz, sentados en el cordón de la vereda, con los pibes de la barra.
“¡A boludear a otro lado, drogones!”, los echaba Manolo, escoba en mano, cada vez que podía. Y Luis, amargado por no encontrar laburo en ningún lado, rencoroso contra su padre por no haberse preocupado de que siguiera algún oficio, o con su madre por haber privilegiado al resto de sus mierdosos hermanos, sentía que cada provocación del Gallego era una puñalada en su propio orgullo. Varias veces lo había puteado de arriba abajo, y hasta una noche se había animado a lanzarle una pedrada, sin éxito. Pero la idea del Gordo, aunque descabellada, le había permitido imaginar, aunque sea por un rato, el método más efectivo de vengarse del Gallego de una buena vez. Pegarle donde más le doliera.
Nacho consiguió pronto un arma. Era un 32 bastante vapuleado, pero que amenazaba con abrir un agujero enorme en el cuerpo de quien tuviera la mala fortuna de cruzarse delante de su cañón. “Es fácil”, le dijo el Gordo, “Esperamos a que no haya nadie, y cuando esté desprevenido, vos entrás, lo encañonás, le exigís toda la guita, y salimos corriendo. Yo me quedo afuera haciendo de campana”.
“Te llevás la mejor parte”, se quejó Luis.
“¡Bueno, fiera! El fierro lo consigo yo, ¿no? Además, la idea es mía. Y a los dos nos hace falta la guita”, se atajó Nacho.
Luis protestó por lo bajo, pero estuvo de acuerdo. De un tiempo a esta parte, las cosas se venían poniendo cada vez más densas. No tenía un mango partido al medio, tampoco idea alguna para salir del bajón, y el gallego ya le tenía los huevos llenos. Era justo meterse a afanarle lo que el mismo Manolo les curraba cada vez que les pedía cinco pesos por cada birra.
Lo que no contaban era que el fierro no tenía balas. Luis, aunque anduviera por la calle desde muy pibe, nunca había tenido uno en la mano, y no tenía la menor idea sobre cómo se abría el tambor. Como lo había traído Nacho, se confió en que el Gordo lo hubiera revisado. Así como confiaron en que el Gallego no pudiera defenderse.
Ocurrió todo tan rápido, que ni siquiera tuvo tiempo de ponerse nervioso, hasta que ya fue muy tarde. La escopeta apareció detrás del mostrador como un espectro inesperado. Luis, que acababa de desenfundar y gritar dentro del reducido ámbito del local, ni siquiera se dio cuenta en dónde la tenía escondida. En esa fracción de segundo, mientras gatillaba como un acto reflejo –y en vano- el 32, tan asustado como parecía estarlo el Gallego, recordó haber escuchado días atrás que Manolo charlaba con los vecinos acerca de lo podrido que lo tenía el tema de la inseguridad, que lo que el país necesitaba era un gobierno fuerte que…
La detonación lo dejó sordo. Sólo después –nunca supo cómo fue posible semejante separación entre causa y efecto- sintió el tremendo golpe en el pecho, que afortunadamente lo agarró mal parado, cuando el cañón de la escopeta giró en arco y chocó contra uno de los barrotes de la reja del mostrador. Trastabilló de costado, se aferró del marco de la puerta, dejando caer el fierro, y saltó hacia la calle, manteniendo el equilibrio de milagro, mientras comenzaba a correr a los tumbos. El Gordo, incapaz de creer lo que ocurría delante suyo, lo siguió de cerca, y a los pocos pasos ya había tomado la delantera. Vaciló un segundo, se volvió, y aferró a Luis por el brazo izquierdo, ayudándolo a impulsarse. Ya habían entrado en el baldío, a unos 30 metros, cuando el Gallego salió a la vereda, doblando la escopeta para recargarla.
-¡Vuelvan acá, hijos de puta! ¿Quién mierda se creen que son, que me van a afanar?-, chilló, mientras introducía un nueva cartucho, cerraba la escopeta con un chasquido, y se echaba la culata al hombro para volver a disparar. En la cuadra, las cabezas que se asomaron a chusmear fueron muchas más que las que se agacharon para evitar el tiroteo.
Pero Luis y Nacho ya habían doblado la esquina, evitando el ángulo de tiro, y se refugiaban entre los pastizales, avanzando a los tropezones hacia las vías del antiguo ferrocarril. Se oían gritos dispersos; alguien clamaba por la policía, mientras otros querían saber hacia dónde se habían escapado, para así poder seguirlos y “reventarlos”. Luis resoplaba; le dolía mucho el costado, aferrándoselo con su mano derecha, que notaba muy caliente y empapada, a causa de su propia sangre. “Qué mala idea, qué te parió Gordo…”, mascullaba.
La estación estaba desierta. Los andenes eran una guarida de suciedad y basura desde hacía años. Oxidados rieles ya no transportaban ningún carguero, menos aún repletos vagones de pasajeros. Pero era el lugar justo para esconderse un rato, descansar, tomar aire, y seguir corriendo.
Luis se desplomó sobre uno de los bancos del andén, quejándose de dolor, sin aire suficiente para insultar al mal parido de su amigo. Nacho resoplaba como una locomotora, con el pecho agitado subiendo y bajando sin tregua. A la distancia, se dejaban oír algunos gritos, furiosos quizá. Se le ocurrió que a cada segundo sonaban más cerca, y quiso volver a correr. Pero al voltear hacia Luis, el semblante dolorido, la sangre derramándose sobre el sucio suelo del andén, no llegó a articular palabra alguna. Se puso muy pálido. La herida se veía muy fea. Demasiada sangre. Y eso que no le había dado de lleno. El tiro desviado lo había salvado de morir en el acto, aunque quizá no durara mucho tiempo más… La idea lo estremeció, obligándolo a arrodillarse junto a Luis.
-¿Cómo estás? -, alcanzó a decir.
-Para la mierda… -, masculló Luis, quien consiguió alzar a cabeza, más allá de la figura del Gordo.
La estación se estaba viniendo abajo. “Como el país”, se le ocurrió de pronto, aunque nunca supo de dónde le llegó semejante idea. La humedad y le herrumbre habían hecho estragos sobre las paredes y los escasos herrajes que aún nadie se había llevado para fundir, tal vez de tan oxidados. Sintió un frío que le calaba hasta los huesos, y de alguna manera, por encima del miedo que comenzaba a ganarle la conciencia, intuyó que nada tenía que ver aquello con la temperatura ambiente.
-Me estoy muriendo, Gordo -, balbuceó, y la frase quedó suspendida entre ambos mientras su mano se relajaba sobre la herida, como si su cuerpo comprendiese que ya de nada valía seguir luchando.
-¡No, carajo! -, chilló Nacho, tomándolo por el brazo izquierdo y tironeando sin fuerzas de él. -¡No te vas a morir, mierda!…… ¡Ya te estoy llevando a donde puedan curarte!
Sin embargo, los dos sabían que no era cierto. Luis, porque se estaba muriendo. Nacho, porque no tenía idea sobre cómo hacer para poder ayudar pronto a su amigo. Con la buena voluntad no alcanza para extraer perdigones que se alojan en un pulmón.
Más gritos, cada vez más cerca.
-¡Vámonos! -, le dijo Nacho, pero ya casi para convencerse a sí mismo.
-Anda, Gordo -, murmuró Luis. –Y la puta que te parió……por esa idea de mierda……que tuviste…
Nacho vaciló. Un par de sombras se recortaron sobre el horizonte del terraplén, blandiendo unos palos; o quizá, más escopetas. Ya estaban cerca. Tenía que decidirse. Era cuestión de segundos. Era vivir o morir.
-¡Qué boludo, carajo! ¡Qué boludo que fui! -, sollozó, tomándole una mano, tembloroso.
-Andate, Gordo -, murmuró otra vez Luis, sin mirarlo, incapaz de luchar contra lo inevitable. –Salió todo remal…
Y se soltó del apretón. Su cabeza cayó sobre el banco polvoriento. Su respiración sonaba quebrada. La sangre goteaba cada vez más.
Nacho tembló una vez más, evitó mirar a su amigo por última vez, ahogó las lágrimas, y salió disparado hacia el descampado, dominado por una eterna culpa, bamboleando de nuevo la barriga. Luis se estremeció. Había quedado solo, asustado y muy mal herido. Oyó gritos cerca suyo, corriendo en su busca. Sentía, desamparado, que algo se le escapaba inevitable entre los dedos. Además de que aquello había resultado una idea de mierda.
Y por última vez volvió a pensar que, al igual que la estación, él también se estaba viniendo abajo.
“Como el país”.

 *De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar

Las Navidades de Bongo*

 *Por José Pablo Feinmann

Nunca pude decidir si Bongo era judío o católico. Tenía que decidirlo yo, porque él, si lo tenía decidido, difícil que pudiera comunicármelo. Además, seamos francos: ¿cómo iba a decidir Bongo que, al fin de cuentas, aunque fuera el Bongo, era un perro, si era judío o no, si era católico o no, si yo, que no era un perro (aunque tampoco ocupara entre los humanos un lugar tan excepcional como el que Bongo ocupaba entre los perros), aún no lo había resuelto y ya tenía nueve o diez años. Sucede que la cosa era compleja. Bongo y yo vivíamos en medio de una confusión aceptada por toda nuestra familia como normal. Bastará narrar una Navidad en Belgrano R, en nuestra casa de Echeverría y Estomba, para que se entienda qué busco tornar claro.
La cena de Navidad era hermosa, una noche de plenitud, de regalos, de visitas, de familiares que veíamos de tanto en tanto pero que hoy estaban aquí, con nosotros, una noche de amor y de paz y de cohetes, rompeportones y cañitas voladoras. Una noche de Misa de Gallo. Una noche de mucha comida. De
puertas abiertas. Abiertas para los vecinos. Todos abrían sus puertas. Si uno quería visitar a otro podía hacerlo casi sin golpearla. ¿Cómo iba a golpearla si estaba abierta de par en par? Hasta la Sra. Gerlach, que era la villana del barrio, la que vivía justo frente a nosotros, de la vereda paralela, también en Echeverría y Estomba, en un chalet que siempre me pregunté si era o no más lindo que el nuestro, abría esa noche, la de Nochebuena, sus puertas. Y eso que, lo juro, no era buena. La Sra. Gerlach jamás devolvió una pelota que hubiera caído en su jardín, que era muy grande y ella, de egoísta y de engrupida que era, lo tenía protegido por verjas altas, puntiagudas, de madera verde o marrón o bordó oscuro, porque siempre andaba pintándolas de nuevo, como si ningún color le gustara. ¿Qué color iba a gustarle a esa bruja si no habría cosa en el mundo que le gustara? En Nochebuena, no. Hasta ella exhibía a los demás sus puertas abiertas. Si uno miraba hacia adentro podía verlo al Sr. Gerlach sentado en un sillón y leyendo un diario, seguro que en alemán. A nadie, jamás, se le ocurrió decir que el Sr. Gerlach había sido nazi. ¿Qué era eso, cómo iba a ser nazi alguien tan agradable como el Sr. Gerlach? ¿O no era él, nunca ella, el que si estaba en la casa y no en el trabajo, nos devolvía cualquier pelota que cayera en su jardín, con una sonrisa y dándole con ganas, como si supiera, hasta las manos de alguno de nosotros? ¿Un nazi iba a ser eso? Vamos, ¿qué se piensan, que nos chupábamos el dedo?
Nuestra cena de Navidad la presidía -por supuesto- papá. Que se llamaba Abraham y era hijo de Boris Feinmann y Raquel Aranovich. “Yo nunca tuve un problema en este país por ser judío”, decía papá. Una frase que, con el paso de los años, cada vez me resultó más extraña, increíble. Pero, ¿por qué no
creerle? No por el país sino por él. Se había recibido de médico en 1917 y siempre había sido un dandy y había ganado buena guita desde el inicio.
¿Quién se habría atrevido a decirle “judío de mierda” al doctor Feinmann?
Era tan suntuoso el viejo, tan seguro de sí y, sobre todo, se sentía tan argentino, tan merecedor de este país, tan dueño de él como, por ejemplo, cualquier cajetilla del Jockey Club, que debía imponer respeto hasta al cura Menvielle. Ahí estaba, entonces. En la cabecera de la mesa. A su derecha, mamá. Mamá era católica: Elena de Albuquerque. Siempre estaba muy linda en Navidad. Preparaba todo. La comida, el árbol (que lo hacíamos en un pino que había en el jardín), el lugar para poner los regalos, la lista de invitados, todo. Pero le era fácil: tenía dos sirvientas. Mi vieja siempre dijo “sirvientas”. En los cincuenta todos decían “la sirvienta”. Los judíos decían la “jikse”. Seguro que lo escribí mal. Pero así suena, cualquiera lo sabe. Las sirvientas eran Rosario, siempre joven y linda, visitada por el calentón de mi hermano si ella le abría la puerta de su cuarto, e Isabel, una gallega gordota, medio torpe pero muy trabajadora. En esta Navidad se agrega una chica que olvidé de dónde venía. Era muy simpática y solía
disfrazarse de Papá Noel. (Santa Claus no existía en los ‘50. Papá Noel y se acabó.) Le decían Cachirula. Por la historieta Pelopincho y Cachirula, de Fola, que salía en el Billiken. El resto era el batallón semita. Un primo al que llamaban el petiso. Y sobre todo las dos hermanas de papá. Eran
infaltables. Eran maravillosas. Menores que el viejo, se llamaba Sonia la mayor, la más seria o, mejor dicho, la menos loca, y la otra era Rosa, que era un regalo de la vida. Sonia, inteligente, se ganaba la vida jugando al póquer. Y Rosa, que era fea, para qué negarlo, fea sin apelación posible, era una atorranta irresistible. No sé cuánto, no sé qué habré heredado de Rosa, pero si hubo algo de polenta en mi vida, de ganas de vivir, de atorrantear, de aceptar la locura como parte esencial de la existencia, o de la razón, eso vino de ella, de Rosa, la gloriosa tía puta de la familia. No había Navidad en que no trajera un tío nuevo. En esta que hoy evoco se lo trajo al tío Angel, un buen tipo, tranquilo, resignado, feliz por tenerla a Rosa. Cuando Rosa le mostró a su sobrinito, cuando le dijo: “Vení, Angel, éste es el Josecito, el hijito menor de Abraham”, el Josecito dijo: “¡Cómo la quiero a la tía Rosa! Todas las Navidades me trae un tío nuevo”. Rosa me pateó un tobillo y (sé que no me van a creer) aún recuerdo su frase dura, dicha entre dientes: “No seas pelotudo, nene. No me arruinés la Navidad”.
Angel ni se mosqueó. Al contrario, ahí nomás me dio su regalo: ¡una gruesa de cañitas voladoras! En seguida estaban mi hermano y sus amigos sobre mí y me las sacaban y buscaban botellas para arrojarlas sobre la casa de la Sra. Gerlach. Algo que ocurrió después de la cena.
¿Qué busco decir? Que nuestra mesa de Navidad era tan judía como católica y hasta, si se descuidan, ganaban los judíos. Si no lo hacían es porque solían venir Doña Carmen y sus dos hijos, amigos de mi hermano, dos boludos en estado de coma. Uno, creo, terminó como abogado de De la Rúa. El otro hizo
el Liceo Militar. Una vez fuimos todos a verlo cómo saltaba vallas en una contienda entre milicos. Montaba un caballo marrón con manchas blancas, seguro más inteligente que él. Pero ahí estaban: engrosando la mesa navideña. Doña Carmen era la presidenta de la Acción Católica. No sé si necesito agregar algo más. Judío o católico, era papá el que decía su ya tradicional discurso. Nada del otro mundo, creo. O sí: todo del otro mundo.
Porque hablaba de Dios como si se lo hubiera cruzado esa tarde al bajar del colectivo 76, en Echeverría y avenida Forest. Y después de la amistad entre las razas, los pueblos y sus creencias. Mamá no decía nada. Bongo tampoco.
Estaba muy cómodo en un sillón, cerca de la mesa y miraba todo. No era de esos perros que abordan la mesa y andan mendigueando un cacho de comida. No, Bongo no solía comer mucho. Lo suyo era el sexo. No había perra o perrita en 20 cuadras a la redonda que desconociera sus artes de perro cogedor. Porque
eso era. Uno podía ir a Melián a caminar y ver los árboles en lo alto o al puente de Superí a cortar cañas y solía encontrárselo al Bongo atracándose a una perrita. Era un campeón. Yo era un pibe y no sabía casi nada de esas cosas. Pero por el modo en que aullaban las damas que el sexópata penetraba
era claro que ellas no estaban pasando un mal momento. El, mucho menos. Pero no era de expresarlo. Se concentraba en lo suyo. Serio, como si buscara, ante todo, complacer a la dama.
A medianoche, todas las damas iban a “misa de gallo”. Mi mamá, católica; Doña Rosa, católica; las dos sirvientas, católicas; Cachirula, católica, y las dos maravillosas tías recontrajudías, la tía Sonia y la tía Rosa.
También íbamos Bongo y yo. Pero nos sentábamos atrás. Cerca de la pila bautismal. A mí no me gustaba verlo de cerca al pobre Jesús, tan estropeado, con todos esos clavos, la sangre, con esa cara de dolor, de derrota. No me gustaba. A Bongo, creo, tampoco. Después la gente salía y nosotros los dejábamos salir. Nos íbamos al final. A quien más quería Bongo era a papá.
Pero después a mí. Eramos buenos amigos. “Vamos, Bongo”, dije sin mirarlo.
“Es tarde.” Me di vuelta y lo vi, con su pata levantada, con enorme convicción, echándole una meada a la pila bautismal. No tuve, entonces, ninguna duda: era judío el Bongo. Como papá.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117422-2008-12-28.html

Día de los Santos Inocentes*

 *Por Adrián Abonizio abonizio@hotmail.com

-!Brindemos, sí, pero hagamos silencio por los Santos Inocentes que mandó a matar el terrible Herodes!, explotó poniéndose de pie la tía Eulalia. -Esta boluda siempre arruinando las fiestas, dijo por lo bajo Diácono. -Te escuché. réprobo, oí tu insultante frase, pero sigamos y oremos, terminó con un abatimiento teatral. -!Saquenle el chupi, reclamó alguno. Era la previa del remanente de los festejos con las sobras navideñas: Parva de trozos de pollo, hectolitros de sidra, pilas de turrones yacían tapadas sobre el
mantel de hule de la casa de la Nona, mientras eran las once de la mañána de aquel 28 de diciembre y la tía Eulogía otra vez se había mamado tempranamente -!Soy una catequista de ley, una esclava del Señor!, gemía amparándose en sus fueros celestiales cuando fue arriada hacia una de las reposeras para que se aireara y soltara la copa que tenía en su garra como si fuera el Santo Grial.
Yo ya había tomado la Comunión y se me mezclaban los sentidos: El 8 de diciembre a la vez que era el cumpleaños de mi madre, era algo de la Virgen, ascensión, natalicio o descenso, no recuerdo. Aún tenía la entrepierna paspada pues el trajecito gris que me habían dado era de sarguilla y ningún adulto supuso lo que significaba el calor, los hilos de agua cayendo hacia el culo mismo, la verguenza de estar disfrazado y en el fondo, sentirse un pelotudo. Con mis primos decidimos huir al campito a quemarnos en los pastizales corriendo una pelota, sacudirnos las hilachas de la entrada a la religión y la adultez temida.
Ibamos con la número tres bajo el brazo. Comentábamos con risas el estado mental de la tía Eulalia. Pasamos por una tapicería: Nos debían allí el pago por la limpieza del patio y con él pretendíamos hartarnos de Coca familiar, luego del partido. Entramos; bajo el resplandor solar del mediodía las
pelusitas bailaban entre los chorros de luz que penetraban por las chapas agujereadas. Había ese olor a lustrín y sudor. Entonces lo vimos: El flaco dependiente, el clavador de sillones, sucio como siempre estaba al fondo sumergido en su tarea tan concentradamente que ni nos oyó acercarnos. Uno a uno, extraía de un cajón de manzanas sendos gatitos que iba ahogando en el piletón. Alguien hizo un ruido o una mueca. Se volvió como una fiera sorprendida en pleno asesinato. -!Eh, para afuera, váyanse!…tenía la sonrisa amarronada y el pelo le cubría los ojos. Transpiraba, como en cámara lenta las gotitas de sudor caían sobre el agua del crimen.
Corrimos hasta la canchita y poco dijimos. El sol nos echó una bocanada de dragón y nos expulsó hacia la sombra de los paraísos en un rato. Era imposible jugar. No pudimos tomar la Coca, pedimos agua en un lavadero de remolques y regresamos por las calles de tierra. Al llegar a la puerta, donde la sombra de un gigantesco plátano amparaba del infierno, la tía Eulalia era mecida por una niña vecina, una mano en la Biblia, la otra peinándose los largos cabellos grisados -!Infantes míos! !Santitos inocentes! ¿Habráis visto el pecado de la carne entre las piernas de las negritas que traen esas caras de espanto?. En la galería había un espejo y allí nos miramos. Sofocados, la claridad impedía ver las siluetas. En esas
condiciones nuestras facciones danzaban imperceptiblemente al son de esos gusanitos trasladándose de un punto al otro, aquellos que uno ve en el cielo si se mira mucho y fijamente. La gata barcina, la de nuestra Nona, maulló detrás nuestro, como preguntando algo. Entonces recordamos la matanza de ese
día y nos echamos apesadumbrados bajo la escalera que era el único sitio donde la humedad impedía el calor.
Nos llamaron a comer. En los restos del pollo alguno creyó ver la silueta de un gatito. El ventilador hacía un ruido de motor de avión. Había música de los Wawancó. Comimos con repugnancia, envueltos en el giterío y la alegría salvaje de los mayores disputándose los restos del festín. Tía Eulalia callaba, rezando por lo bajo. Tío Diácono hizo un chiste acerca de su sexualidad dudosa y hasta hubo un instante de descuido para robarse una botella de sidra helada que pasó de mano en mano por debajo nuestro hasta que el Dany la sacó afuera y subió con ella a la terraza. Al rato lo seguimos pero ya se la había tomado toda. Moqueaba, no sé si por el alcohol, por él, por nosotros, por la tía, por la familia entera o el mundo y sus pesares. Nos dió a entender en su lengua de borrachín asoleado que todos éramos como aquellos gatitos, santos inocentes y predijo en el mismo tono que la tía Eulalia las terribles batallas que sobrevendrían. -…por los siglos de los siglos, a todos nos van a ahogar algún día…y eructó después.
Al Dany lo tiraron desde un Hércules al Río de la Plata, cerca del año 1978.
La tía Eulalia seguía insistiendo que un ángel se lo había llevado hasta que se murió de vieja. Pidió ser momificada como una santa y exhibida en la casa de la Nona. Los tíos no lo permitieron.

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16623-2008-12-28.html

 LA OTRA*

 
    
     Camila se deslizaba por sus sueños, estaba expectante porque sabía que noche a noche la iban transportando hacia situaciones que nunca había imaginado. Pero una noche no fue igual que siempre; se había quedado sentada en la cama desafiando al sueño. Todo en ella era resolución, cambio, hambre de devorar la noche porque quería sentir despierta esas sensaciones que conseguía estando dormida.         
          Encendió la radio para ahuyentar las ganas de dormir, compenetrándose  en la música que brotaba precisa, atenuante. Se fijó en el reloj, habían pasado dos horas  desde que se había metido en la cama, pero nada. Por fin decidió acostarse y conciliar el sueño; era tarde y tenía que madrugar, no podía seguir pensando y haciendo cosas tan absurdas, se dijo, mientras bajaba el volumen de la radio.
          La noche estaba pesada, la luna llena casi formada en su totalidad, era cubierta de a ratos por nubarrones que amenazaban lluvia y se filtraban por la celosía de la ventaba que estaba algo levantada, Camila la miraba desde su lugar.
          De pronto sintió que no estaba sola, alguien se dirigía hacia la puerta del dormitorio. Bajó el volumen de la radio quedándose quieta; no sintió miedo, más bien una complicidad la embargó. Escuchó el ruido del picaporte, los pasos que se alejaban, se levantó, fue hacia la puerta que había quedado abierta y salió. Una brisa suave la envolvió.
          Desde ese lugar vio que una persona se alejaba, observó que tenía el mismo pijama, cabello claro como el suyo, todo igual, solo faltaba verle la cara.
          En esta ocasión tampoco sintió miedo, pero tampoco atinó a llamarla y volvió a entrar al dormitorio. Al descuido se encontró delante del espejo pero no se vio, entonces se miró las manos, recorrió  todo su cuerpo pero este no se reflejaba.
          Salió corriendo hacia fuera , quiso alcanzar a esa mujer, ella se llevaba su imagen. La radio seguía en la misma programación.
          - Quiero soñar – gritó – y siguió corriendo detrás de esa mujer pero no la alcanzó. La otra iba despacio pero cada vez más lejana,  lentamente se deslizaba hacia la boca de un supuesto túnel  que se abría más adelante.
          Camila siguió corriendo, cayéndose varias veces; el dolor que le causaba las heridas de las rodillas por momento se le hacía insoportable. La otra había desaparecido y el túnel se desdibujaba ante sus ojos.
          Volvió a su cuarto y subió el volumen de la radio; el pronóstico del tiempo indicaba lluvia. Con dificultad se dirigió hasta el espejo y se vio en su totalidad.
          - ¡Qué sueño tonto tuve – se dijo para sí y apagó la radio quedándose dormida.
          Por la mañana cuando se levantó sintió un dolor muy fuerte en las rodillas y comprobó el desorden de pisadas con barro sobre la alfombra.
 
                                                               

*de MARTA BEATRIZ MULTINI.

 

 

Convocatoria*

El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante” (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
 Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
 Cordial saludo,

*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Posted by URBANOPOWELL at 23:47:01 | Permalink | Comments (1) »

Friday, December 26, 2008

CAEN COMO PEDACITOS DE ESTRELLAS…

“Nunca dejes de creer”*

A veces nuestros sueños caen al suelo como pedacitos de estrellas que poco a poco se apagan. Nuestro corazón llora en silencio y cuando las lágrimas caen, el acto del cuerpo y el corazón de tanto amar, se convierte en hielo, para no sufrir más, para ya no llorar. Pero si volteas al cielo te darás cuenta que quedan millones de estrellas y cada una sí suele sufrir, y la fuerza en tu interior respira aire en tu corazón. Solo nunca dejes de creer, porque el amor y tus sueños son la única puerta hacia la eternidad.

 

*Texto de Camila Díaz Hernández, 11 años.

-Grupo de creación literaria JAJAJA, asesor José Miguel Rodríguez Ortiz.
Tomado de la web Desdelcorazon.
-Enviado para compartir por Marié Rojas.

 

CAEN COMO PEDACITOS DE ESTRELLAS…

 

DES-EMBRUJANDO*

 

Mikilo está embrujado
No hay siesta sin Mikilo
El corazón del monte se desangra.
Se han robado las sombras
¡Ay, pausa de la siesta!,
clama el clavel del aire.
Solo descansan los huesos de los muertos,
las piedras y uno que otro lagarto
refugiado en las pajas.
Mikilo yace, exhausto, al pié de los cardones
Vigilantes, alertas, los viejos centinelas
inertes, lo acompañan.
Crepitan ambos y en rescoldos de luna
se consumen.
El río se evapora. El sol, con un tridente
se disfraza de gnomo.
Intermitente. Agudo. Con prisa inenarrable
asola el vendaval de fuego.
Deshace las estrellas, en lluvia incandescente
se derraman

…y el bosque es una hoguera…

Detrás de un tronco adusto, el sapo enamorado,
viejo conocedor de embrujos y de lunas,
asoma su cabeza.
Le habla al oído al viento.
Le canta al viejo río.

Su lágrima es una perla suspendida
… y una alquimia de sombras se posa en los cardones…

¡Ay, pausa de la siesta!
Goza el clavel del aire.

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

ELEGIDOS*

 

*Por Antonio Dal Masetto

 Le hago una visita a mi viejo conocido el licenciado Almayer, director y alma mater de Zeus S.A., Instituto de Formación para el Exito.
-Almayer -le digo-, estoy cansado de andar penando en el llano, quiero estar en la cima de la colina.
-Vino al lugar indicado, mi querido amigo -me dice-, lo felicito por la decisión de abandonar la planicie, su sitio son las alturas.
Me siento reconfortado.
-Por favor, instrúyame -le digo-. La verdad que ando más tirado que el perejil.
-Mi Instituto está perfectamente pertrechado para resolver su problema.
Tengo bajo mis órdenes un equipo de profesores de altísimo nivel, gente muy afilada, especializada en sociología, psicología, oratoria, comunicación y supervivencia en situaciones límites. Le voy a enumerar las reglas básicas para que vea cómo funciona nuestro entrenamiento. Regla número uno: debe hacerse amigo de todos sus compañeros, ganarse su confianza y su corazón e inmediatamente traicionarlos.
-¿Sin más ni más? A mí siempre me enseñaron que el que tiene un amigo tiene un tesoro.
-Recuerde el viejo dicho: amigos son los testículos y también se golpean. La segunda regla se deduce de la primera: todos los que lo rodean son sus enemigos, ódielos, destrípelos sin asco.
-¿Me está hablando metafóricamente?
-Nada de metáforas, en el Instituto Zeus tripas quiere decir tripas y ninguna otra cosa.
-Comprendido, maestro.
-La tercera regla se deduce de la primera y la segunda: a los adversarios, que son todos, tiene que devorarles los sesos.
-¿Intelectualmente?
-Nada de intelecto, les tiene que hacer un agujero en el cráneo y chuparles los sesos, para que no les quede ni una sola idea. No le haga asco a nada. A los débiles de estómago y a las almas dubitativas se los comen los chimangos.
-Comprendido, maestro.
-Ultima regla y regla de oro: en la olla del guiso, si está bien condimentado, la verdad y la mentira tienen el mismo gusto. Apréndaselas de memoria y, cuando termine su preparación, podrá acometer con éxito el ascenso a la colina.
-Entendí, maestro, sin duda es un curso muy estricto y puntilloso. Pienso que sería perfecto si yo aspirara a ser un killer eficiente, un sicario desalmado, un despiadado profesional del crimen. Pero me asalta una duda: ¿para qué le sirve todo ese entrenamiento a un tipo como yo que solamente quiere dejar de penar en el llano y alcanzar la cúspide de la colina?
-Mi buen amigo, los que se acomodaron en la cúspide llegaron utilizando reglas parecidas a las nuestras. Si usted quiere asegurarse una subida rápida, no dude, aplique al pie de la letra las enseñanzas. A saber, elija uno o dos de los que están arriba y dedíquese a demolerlos sistemáticamente.
Indague sus costumbres sexuales, consiga pruebas de las más bochornosas, las que no resisten la luz del sol, y desparrámelas. Revise prolijamente sus finanzas, aunque tenga que revolver los tachos de basura, busque hasta encontrar las pruebas de alguna matufia económica y pregónelas a tambor batiente. Con mirada de entomólogo investigue las relaciones afectivas de los fulanos, las posibles fallas en su grupo familiar, elija las más dolorosas, las que producen vergüenza, y échelas a los cuatro vientos con toda la voz que tenga. Y lo que no encuentre, invéntelo. De todos modos, seguramente algo de cierto habrá. Todos esconden algún secreto.
-Pero me van a hacer pomada.
-De ninguna manera. Si usted llega a ser un rufián lo suficientemente ruidoso, que pega justo y difama con convicción, comenzarán a prestarle atención. Cuando hagan sus cálculos y vean que acallarlo resulta caro, incómodo y trabajoso, lo aceptarán como uno de sus iguales y le tenderán una escalerilla para que ascienda a la cima de la colina, se mezcle con ellos y se convierta en uno más de los elegidos, los intocables, los que están más allá del bien y del mal.

UN CUENTO DE NAVIDAD
Délo por hecho*

 *Por Mempo Giardinelli

La noche del 22, justo cuando el calor baja de los 35 grados y parece un alivio dispuesto por los dioses, Rafa y Cardozo se encuentran en el “Bar La Estrella”.
-Pero no es duda que me carcoma -avisa Rafa, recolocando hielos en el whisky.
-La duda es una ventaja -concede Cardozo-. Al menos sirve para entretenerse.
-Usted también podría. Va y escribe un cuento y se raja de la menesunda.
Desde las ocho y pico, discuten títulos de libros que no escribirán. Cada dos por tres les da por esa especie de juego -ellos no lo llaman así-, como si el “Bar La Estrella” y los varios whiskies que ya tienen encima los inspiraran.
-”No repare en gastos” -dice Cardozo-. Mire qué título para un libro sobre la estupidez de los ricos.
-No funcionaría -opina Rafa, revolviendo el hielo con el índice derecho-.
Ese debería ser un ensayo y un ensayo con ese título no lo lee nadie. Me gusta más “El que se mueve no sale”: buen título para un libro de cuentos.
-Qué le parece “Mañana quién sabe”.
-Va mejorando, aunque es muy de policiales. Recuerda a Ellery Queen, a Hadley Chase. Escuche éste: “El fantasma de Donna Kay”.
-Explíquese.
-Amparado en una trama policial clásica, con toques froidianos, una novela sobre la reaparición siempre maravillosa del más memorable fracaso masculino. Ambientada en Boston, Massachussetts, en noviembre del ‘78, con la tragedia de la dictadura en difuso segundo plano, el detective es un argentino traspapelado que reflexiona: “Se me entregó la mujer más hermosa del mundo y yo no supe hacerla mía”.
-No se le para.
-Usté lo ha dicho.
-Hum. Demasiado fálico el asunto, Rafa. No estaría a la moda.
-Otra posibilidad sería “Micción imposible”. ¿Qué le parece? Podría ser un cuento sobre los padecimientos de un macho prototípico el día que se entera de que tiene cáncer de próstata.
Y se larga a reir de su propio chiste, como esos animadores de asados de amigos de la secundaria.
-”Al final de la calle” -dice Cardozo.
-Ese me gusta. ¿De qué va?
-No sé, quizás un militante de barrio al que todos aprecian: hace carrera política, pero se corrompe y eso se ve años después en la fría mirada cargada de dolor de Angelita, su novia de adolescencia.
-Se le dispara para culebrón. Buen título pero culebrón.
-Se lo regalo.
-Mejor se lo cambio por “Cuando era lindo morir”. Sobre las formas aparatosas y divertidas que teníamos de morir histriónicamente cuando éramos chicos y jugábamos a los cow-boys.
-Eso no da ni para cuento de Navidad, que son los más simples.
-Cómo sería eso.
-Que cualquiera tiene un cuento de Navidad. Desde Dickens se echaron a perder.
-¿Y qué le parece un tipo que tartamudea raro, Cardozo, uno que sólo repite las sílabas con “pe”? Dice Pépero, y poporeso, y prépresidente. Sin embargo, cuando debe decir “papá” lo dice como todo el mundo. Y como es tarta pero no tonto, y consciente de su problema, elige siempre oraciones en las que no existen las “pe”. Experto en eufemismos, por ejemplo en vez de decir: “Hay que preprepapararse poporque hay popoco vino papara poponer en la mesa”, él dice: “Hay que alistarse ya que estamos carentes del vino que hará falta en la mesa”.
-Tá bueno, Rafa.
-Lo mejor es que el tipo es peronista pero no puede decirlo.
-¿Y eso cómo se titula?
-”El whisky que nos parió a los dos” -se ríe Rafa, y encendiendo un cigarrillo ordena a Midori, por señas que imitan a un ridículo jinete, que repita la dosis de caballito blanco.
-Título vulgar. Inadmisible -dice Cardozo en voz alta.
-No era título. Apenas un comentario impresionista.
Cuando la japonesa deja los vasos llenos y se retira, Rafa comenta:
-Va a ser una Navidad de mierda -y mira hacia afuera, hacia un chibato florecido que es un poema en bermellón y verde.
Cardozo lo mira de reojo pero no dice nada. Es obvio que ahora que Rafa regresó de México y se gana los garbanzos como publicista, anda viendo cómo y con quiénes pasar la noche del 24.
-”Discurso por el 25 aniversario” -anuncia Rafa.
Cardozo sigue en silencio, viéndolo venir.
-Un escritor debe pronunciar un discurso para el aniversario de su promoción del Colegio Nacional. Alegría por el reencuentro, orgullo, una generación especial, etc., etc. Pero tiene un problema de conciencia: no puede traicionarse con un discurso plagado de lugares comunes, como todos esperan de él, pero a la vez comprende que no tiene sentido escribir un texto conceptual y denso. El auditorio no aguarda calidad, sólo nostalgias fáciles y uno que otro pedorreo. El escritor juega a sustituir los lugares comunes por formas alternativas más o menos crípticas, cada vez más rebuscadas y exigentes. Lo divierte pensar en las infinitas maneras de decir las cosas.
Cardozo lo escucha con genuino desinterés.
-El desenlace del cuento es cuando el lector advierte que el escritor en efecto está leyendo un complejo y filosófico discurso ante sus viejos compañeros, que lo aplauden a rabiar, a la vez que se siente solo, desolado, porque es consciente de que eligió burlarse de sus compañeros. El cuento termina cuando advierte que su propia erudición lo deja solo, lo desampara.
El final es abierto, pura tristeza paradojal.
Cardozo se mueve en la silla como un arquero a punto de atajar un penal.
Sigue en silencio.
-No dice nada -dice Rafa-. Título: “Un obtuso silencio”.
-¿Qué quiere que le diga, si a ésta ya la vi, Rafa? Cuando usté empieza a hablar de la tristeza y la soledad, y pone esa cara… Siempre lo mismo.
Rafa se manda un trago y después se pasa la lengua por el bigote. Tiene, en efecto, y como a pleno, la cara de desamparo que le quedó de cuando estuvo en cana durante la dictadura, cinco años y pico y después exiliado otros tantos. Lo único que quiebra el efecto desolador de ese hombre es la colección de ridículos anillos baratos que usa en cada uno de los dedos.
-Ma sí -dice Cardozo-, yo sabía que iba a terminar invitándolo: venga nomás a pasar el 24 en casa…
-Si quiere, no voy nada.
-No, está bien, la patrona a usté lo banca.
-Chasgracias. A qué hora.
-Qué sé yo, venga a la hora que quiera. Pero por lo menos tráigase un whisky paraguayo, con lo que chupa usté…
Rafa piensa un ratito.
-Eso délo por hecho -dice, y sonríe como un niño-. Mire qué título: “Délo por hecho”.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117259-2008-12-24.html

De countrys en la estación Canning*

Siempre le gustaron las plantas y los jardines, y aunque también se daba maña para hacer arreglos de albañilería y así ganarse unos mangos con la changa, Néstor decidió que tomaría la podadora, la pala y el rastrillo para ganarse “el pan nuestro de cada día”. Por esas cosas de la vida, alguien lo puso en contacto con las autoridades del Country “Arboleda del Monte” donde, entrevista mediante, tuvo que dar cuenta de sus habilidades cortando el pasto y arreglando el jardín de una de las casas, bastante descuidado después de algunos meses de ausencia vacacional de sus inquilinos. Su trabajo agradó mucho a las autoridades del consorcio, y muy pronto quedó contratado en forma efectiva para el mantenimiento general del predio.
En un principio le costó acostumbrarse al entorno. La imagen de las casas recortadas contra el horizonte le parecía extraída de alguna revista de decoración que viera en la sala de espera del traumatólogo de su hija. Esos colores chillones que herían la vista, modeladas con el antiguo estilo de los ladrillitos de juguete, y unas puertas y ventanas que parecían construidas en plástico, aunque al tocarlas uno tuviera la desagradable sensación de percibir la consistencia y el sonido del metal. Néstor sentía cierto escozor al contemplarlas, como si fueran ajenas al lugar donde se encontraban. Pero la tarea era abundante, y con el correr del tiempo se fue tornando indiferente a ciertos detalles, concentrándose exclusivamente en los parques y jardines.
Se fue haciendo conocer por todos. Y si bien le pagaban un sueldo fijo por mes, fue haciendo una diferencia al aceptar distinta clase de changuitas de parte de los residentes: cambiar el cuerito de una canilla, encolar una silla, reparar una ventana de enrollar… Tareas que hasta hacía unos años parecían impensables en un country, hoy se habían tornado cosa de todos los días. Había que contemplar la posibilidad de ahorrar unos pesos, con el dólar tan alto…
Pero también recibía algunas donaciones, de ropa que los dueños de casa ya no usaban, o de libros que podían servirle para sus hijos en la escuela, elementos que agradecido guardaba en el carrito que arrastraba detrás de la bicicleta, y que generalmente representaban una alegría cuando llegaba a su casa. Apenas le servía la mitad de las cosas que llevaba, pero nada era despreciable; su mujer bien que sabía darse corte con la aguja y el hilo, y si no, su cuñado sabría vender bien los libros usados. Todo funcionaba en equilibrio.
Néstor vivía cruzando el antiguo terraplén donde, casi treinta años antes, existiera la vía del Ferrocarril General Manuel Belgrano, que unía La Plata con San Eladio, y del cual hoy no quedaban ni rastros; los rieles y los durmientes habían desaparecido, robados por manos anónimas, o bien sepultados por el paso del tiempo. Cada vez que pasaba en bicicleta por aquel lugar, abundante de ralos pastizales, evocaba aquellas entrañables épocas de su infancia, cuando se escondía entre la maleza que circundaba la vía, para ver pasar aquellos imponentes trenes cargueros, arrastrando una fila infinita de vagones, transportando las más diversas y a la vez misteriosas mercancías.
Recordaba con nostalgia ciertos juegos: cómo solía depositar monedas de cinco o diez centavos sobre los ardientes rieles de la tarde, esperando que el mastodonte metálico llegara en hora y aplastara con su potencia colosal aquella diminuta monedita, revoleándola en el aire y –en caso de encontrarla, luego del impacto- palpando la cruel curvatura que le había impreso a su superficie. Lo mismo hacía con las latas de conserva vacías que encontraba por ahí, contemplando luego con sumo interés el efecto devastador que podían producir tantas toneladas de metal lanzadas a toda velocidad.
Ignoraba por qué, pero esas imágenes habían ido resurgiendo del fondo de sus recuerdos en los últimos días. “Me estaré volviendo viejo”, pensaba, con una tenue sonrisa asomando entre sus labios, y la profunda sensación de evocar un pequeño fragmento de su vida donde recordaba haber sido feliz, sin preocupaciones ni dolores en el alma. Esas angustias que luego sedimentan en el corazón, provocando la -quizá inevitable- pérdida de cierta infantil ingenuidad.
Hasta que una fría tarde de invierno lo comprendió todo.
Estaba casi terminando de quitar los yuyos de un cantero, luego de podar una planta que Miss Mary, la dueña de casa, ya no quería ver más, cuando vio llegar a Mister Steven, a bordo de su flamante Jaguar color azul. Se saludaron cortésmente, y apenas unos minutos después, Néstor lo vio salir otra vez. Se dirigió hacia el cobertizo, luciendo un impecable tweed bordeaux, contrastando con la circunstancial desprolijidad de las ramas de la planta recién podada, desperdigadas a su alrededor, y un par de minutos después regresó, cargando algo bastante pesado.
-Néstor, ¿sería tan amable de ayudarme? -, preguntó al pasar junto a él. –El estudio está helado, y quisiera prender la salamandra…
Él estuvo a punto de aceptar, como de costumbre, cuando vio lo que aquel hombre llevaba entre sus manos: un taco perteneciente a un aserrado durmiente de ferrocarril.
Se quedó petrificado; un escalofrío le recorrió la espalda. Quebracho puro; como el que aserraban cuando era chico cerca de su casa, una vez concluidas las tareas de reparación del ramal, que no tardó mucho en cerrarse, ante la inminencia del cambio económico generado por la dictadura militar. El estupor se vio reflejado en su cara, porque Mister Steven volvió a pedirle:
-¡Néstor! ¿Sería tan amable? Hace mucho frío acá afuera, y esto está muy pesado…
Él actuó de manera automática; le quitó el taco de entre las manos y lo entró en la casa, dejándolo junto a la salamandra del estudio. Mister Steven le pidió que hiciera un par de viajes más, y finalmente, encendieron juntos el primer fuego. Una vez que comenzó a arder, Mister Steven encendió su pipa y le dio las gracias, además de un módico billete por el servicio.
-Gracias -, dijo él, y señaló hacia los tacos restantes. -¿Dónde la consiguió? Es buena madera.
-Me la vendió un pibe por acá cerca, a unos metros de la autopista. Dijo que la conseguía fácil. Era mucho más barata que comprarla en otro lado. Y por lo que vi, me pareció que prendería bien.
Al salir, pleno de congoja, recogió sus enseres de manera mecánica, juntó las ramas con el rastrillo, limpió todo con rapidez, y se alejó. Mientras avanzaba por el parque, en las últimas luces de la tarde, reparó en unos juegos infantiles que regularmente había visto desde hacía meses, pero que recién ahora le llamaban la atención. Sobre todo, su estructura.
Tanto en las hamacas, como en la viga del tobogán, o el conjunto entero de las vigas paralelas para colgarse, habían utilizado rieles de ferrocarril. Pulidos y sin óxido, pintados de diversos colores, pero rieles al fin y al cabo. Preservados de la muerte, más no de la rapiña…
Desde esa tarde, aceptó muy poco, casi nada, de las tareas que pudieran ofrecerle como changa. Menos aún, las dádivas que solía agradecer con tanto entusiasmo, pensando en sus hijos. Notó que comenzaba a trabajar con menor entusiasmo, así como a faltar bastante, pretextando cualquier excusa.
Y a pensar seriamente que debería buscarse otro barrio donde poder trabajar en paz. Bien lejos de Canning…

*de Aldima licaldima@yahoo.com.ar

Ninguna casa es duradera (lección de economía política)*

 
*Por Sergio Mansilla Torres.

El gobierno multiplica empleos y sueldos
para tener partidarios;
no para producir más riqueza para todos,
sino para tener partidarios.

Como buenos alumnos de la escuela de los caníbales:
comerse los unos a los otros
(en eso somos expertos), y el gobierno sirve a los poderosos
las cabezas cortadas en bandeja de plata:
les sirve los bosques completos, vertientes
todavía cristalinas,
delfines, plancton, algas para hacer shampoo japonés.

Entonces viene el gerente de operaciones de la gran empresa;
dice:

“hay que bajar los costos de producción
para ser competitivo (o sea, para hacer mejores negocios
para el bolsillo de los accionistas y sus batallones de negreros);
la materia prima es cara,
la tecnología es cara,
los impuestos son caros,
el transporte es caro
(no hay, pues, manera de ahorrar en estos ítemes).
Quedan los obreros: reducción de personal,
menos sueldo, más producción; que trabajen 10 horas ó 12,
que tengan 2 días al mes para descansar
¡ah! y no quiero mujeres, se lo pasan pariendo para no trabajar…
10% del personal mañana está fuera,
en 6 meses llegaremos al 50%
Y exhibiremos nuestros altos índices de eficiencia”.

Y el gobierno multiplica empleos y sueldos
para tener partidarios,
y las empresas son partidarias del gobierno
por conveniencia (porque el gobierno mantiene la paz social).
Y los pobres diablos apoyan al gobierno
por conveniencia.
Todo por conveniencia, por cálculos de ganancias.
Una casa bien construida se ve desde lejos (Pound lo dijo),
y la cobardía también
y la fetidez de las oficinas públicas también.

Que no hable el príncipe, sino lo justo para decir
que el dinero circulará
entre el pueblo;
lo demás es basura, cantos de sirena a lo más
entonados con notas desafinadas.

Pero está además el aspecto especulativo:
comprar y vender dinero;
no comprar zapatos, comida (“economía del pasado”, dicen).
Ahora conviene comprar dinero y vender dinero
con altos intereses a favor,
sin ver siquiera los billetes; sólo números
en las pantallas de los computadores: la nueva
economía de las transacciones virtuales.
Mas quien compra dinero no paga con dinero;
paga con sangre, con hambre, con sudor,
de los que trabajan produciendo bienes esenciales
(que nunca sobran)
y de los que no trabajan porque no tienen lugar en la fábrica
de los bienes esenciales
(que, como dijimos, nunca sobran).

Y mientras unos ponen monedas en el Tesoro Público,
otros sacan las monedas y las ponen en su tesoro particular,
y sin salir de sus asientos de cuero bien curtido,
sin un resfrío siquiera debido a bruscos cambios de temperatura
que nunca padecen.
Nada.

¿Quien almacenará el trigo contra el hambre?
Porque es incomible el dinero plástico,
y no compra lo que no existe.
¿Quién guardará los códices de los ávidos depredadores?
¿En qué biblioteca climatizada?
(y no en una habitación oscura llena de hongos y ratones).
No da rédito escribir la verdad
ni da rédito leerla.

Pero sí da mucho rédito transformar campos de cultivo
que demoraron millones de años en formarse,
en pedregales o en factorías para celulosa
o para aluminio
o en condominios para gerentes, accionistas de grandes Cías.
y hay generales que no han ganado batalla alguna.

¿Quién reestablecerá el amor a la sabiduría, literalmente,
congregando a los sabios
en el palacio del canto, en el palacio del pensar?

“Ninguna casa es duradera
si ha sido edificada sobre las ruinas de tu vecino” (Pound).

Y la agricultura y las manufacturas y las caricias
no se pueden perder,
y los individuos podrán pensar más tranquilos,
hacer arte para banquete de los ojos,
poesías para recuperar el lenguaje malbaratado
en el mercado de las chucherías inútiles.
Y revertir el embargo de que han sido objeto
nuestros cuerpos.

Hacer arte para banquete de los ojos y oídos.

Y pensar más y mejor, más y mejor.

 *Referencia
*Sergio Mansilla Torres.  “Ninguna casa es duradera (lección de economía política).”  Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   24 de octubre de 2008.
-Enviado para compartir por Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar

Kraft*

 
*Por Antonio Dal Masetto,
Crónicas argentinas
Editorial Sudamericana

Estoy acodado en el mostrador del bar, haciendo cuentas en mi libreta: impuestos, facturas, servicios, la pesadilla de costumbre.
- Veo que está muy embalado con los números, ¿algún negocio en vista?- me dice el parroquiano Carmelo, que está a mi lado.
- Las cuentas de siempre, cada vez me cuesta más llegar a fin de mes.
- ¿No le queda alguna reserva?
- Me quedan unos manguitos guardados bajo el colchón, poca cosa, para casos de extrema necesidad. Hasta ahora logré no tocarlos, pero en cualquier momento voy a tener que echarles mano.
- Me parece que el destino nos juntó. Puedo ofrecerle un negocio redondo, rápido y con una utilidad extraordinaria. Seguro que le va a interesar.
- La verdad que me interesa cualquier cosa que me saque del apuro.
- Me está haciendo falta un socio ágil que tenga unos pesos.
- ¿Cuántos pesos?
- Es una inversión mínima.
- Disculpe la pregunta, pero si la inversión es poca y el negocio es tan redondo, ¿por qué no lo hace usted solo?
            - Me quedé sin capital. Con los bancos ya no se puede contar, no quiero caer en manos de prestamistas porque me van a arrancar la cabeza.
            - ¿Cuál sería el negocio?
            - Bolsas de papel.
            - ¿Para vendérselas a quién?
            - Para que la gente se las meta por la cabeza y se tape la cara después de las próximas elecciones.
            - ¿Los que pierdan?
            - Todos. Pasada la expectativa, cuando la gente se dé cuenta de en qué estado está y dónde está parada, gane quien gane, el sentimiento general será de absoluta vergüenza por el voto que metieron en la urna. No va a quedar uno que no quiera su bolsa personal para ocultarse la cara antes de salir a la calle.
            - ¿Cómo sería esas bolsas?
            - Comunes, de papel madera. Con dos agujeros para los ojos y otro para la nariz. También uno para la boca, todos tienen que seguir fumando o tomando café o comiendo algo.
            - ¿Y dónde las fabricaríamos?
            - Tengo un tallercito en Lugano, con la guillotina, el sacabocados y lo que haga falta. El taller me está dando pérdida desde hace años, pero ahora llegó la reivindicación. Solamente se necesita dinero para la materia prima, o sea el papel Kraft, liviano, de 70 gramos, y la cola vinílica.
            - ¿De qué tamaño serían las bolsas? ¿Una sola medida o varias?
¿Diferentes para hombres y mujeres?
            - Tamaño estándar, unisex.
            - ¿Qué porcentaje calcula de gente que no quiera usarla?
            - Cero. Todos van a estar avergonzados.
            - ¿Y la distribución?
            - Ya hablé con el Sindicato de Canillitas. La mañana siguiente a las elecciones los quioscos del país entero vana estar inundados de nuestras bolsas. Vendemos y cobramos. Todo contado. Plin caja.
            - ¿Cómo dividimos las ganancias?
            - Cincuenta y cincuenta.
            - ¿Ya pensó en alguna partida de bolsas de reserva?
            - Por supuesto. Algunos se van a llevar varias bolsas. Mi cálculo es que cada votante va a consumir como mínimo tres bolsas de manera inmediata. Además está la lluvia, las rupturas, el desgaste, etcétera.
Después vienen las reposiciones a largo plazo. El bochorno puede durar mucho tiempo.
            - Tenemos que estar preparados para que no haya demoras en las entregas.
            - Eso déjelo por mi cuenta.
            - Me convenció. Trato hecho.
            - Lo espero mañana en el taller. Hay que meterle para, pedir el papel, mandarlo a máquina, troquelar, pegar y empaquetar.
            - Choque los cinco.
            Me despido de mi socio. Esta vez parece que zafé.

*Fuente: http://www.cuentosymas.com.ar/cuento.php?idstory=560

José María Gatica: Un odio que no conviene olvidar*

*Por Osvaldo Soriano
(1974)

A Julio Cortázar

[Poco después del "rodrigazo", que nos dejó a todos en la miseria, Roberto Cossa me hizo entrar en El Cronista Comercial, donde volví a ser redactor de deportes. Esta semblanza de José María Gatica se publicó a fines de 1975.]

“No me dejés solo, hermano”. Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban esa piltrafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María Gatica, uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino.
Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de sangre y ovaciones.
El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como semifondista profesional. Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca.
Había sufrido la violencia desde su nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de Mayo de 1925. A los siete años llegó a Buenos Aires en un tren de carga, con su madre y un hermano mayor.
A los diez había ganado un lugar en Plaza Constitución, donde lustró miles de zapatos. De rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Un peluquero que vivía por allí lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado con el boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio.
The Sailor’s Home era la casa de la misión inglesa para marineros. Estaba en Paseo Colón y San Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí paraban los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos de una borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin cuchillo. Todo se resolvía a puñetazos. Un hombre de agallas podía ganarse allí veinte pesos si era capaz de vencer en tres rounds al marinero más fuerte.
Lázaro Koczi apareció una noche con Gatica, le mostró el ring y le habló de los veinte pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó varias peleas, que agachó a corpulentos marineros y luego dejó su parada de Constitución. Había ganado el derecho a más.
El 7 de diciembre de 1945 -ese año singular en la historia argentina- debutó en el Luna Park. Sus ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona. En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios pusieron sus ojos en él.
Al año siguiente ganó las siete peleas que hizo, una de ellas con Alfredo Prada, quien sería su más rival encarnizado.
Por entonces el público se había dividido: el ring-side abucheada a Gatica, quería verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que miraba con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies levantaba los brazos tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos de la tribuna eran
diversos, según de dónde provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. A los periodistas les gustaba más Mono y así lo recuerdan aún.
Mientras duró su grandeza tuvo un rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo Prada. Ya se habían enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los iba a unir en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia. Los enfrentamientos entre Gatica y Prada dividieron al público como nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada era campeón argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó. Cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaraban al ocaso. Prada dejó el boxeo con algún dinero en el banco. Afrontó la vida como un ciudadano recompensado. El Mono volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida hubiera sido una parábola restallante, una explosión de luces que lo
iluminaron hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad.
Volvió a una villa miseria. Vivió de la caridad junto a su segunda mujer y dos hijas. Fue una fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la puerta de su casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento.
Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios elogiaron: abrió un restaurante en calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó quince mil pesos por mes y lo puso en la puerta del negocio para exhibirlo. El gesto compasivo de Prada era otra humillación que Gatica soportó porque no podía sino aceptar su derrota.
Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos -los lustradores- y les destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park. Unos
pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de él.
Desde que Alfredo Prada lo venció en 1953, en la última pelea, no dejó de caer. Siguió tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como hombre le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio, el odio, el revanchismo de las buenas conciencias.
Era, para ellas, un analfabeto despreciable, un “lumpen”. Perdió todo lo que tenía pero jamás se lamentó. Fue noticia para los diarios el día que una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas colmadas de aleccionadora compasión. Curiosamente, el Mono sonreía.
Adhirió fervorosamente al peronismo y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma parábola en el almanaque: levantó su brazos en 1945 y lo bajó, vencidos, en 1956. Había sido el preferido de Perón mientras brillaba.
Aficionado al boxeo, el Presidente apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una pelea con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con Ike Williams, dueño de la corona mundial, en 1951. Medio país estuvo pendiente de la suerte del Mono que iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Subió a la lona sobrador, fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos y puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche.
Pero Gatica no sabía de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a los tres minutos de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces perdió los favores oficiales y dejó de ser el hombre que se fotografiaba junto a Perón.
Entre 1952 y 1953 ganó trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson, pero la última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva; caualmente, esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos años antes del día que estalló el pronunciamiento militar contra el peronismo.
No sólo Prada usó al Mono para exaltar la beneficencia. Martín Karadagián, un empresario del espectáculo que había montado una troupe de luchadores, lo llevó a parodiar una final. También allí tenía que perder. En “sensacional encuentro” Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo sometió por unos pocos pesos.
La última derrota ocurrió el 10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de aquel colectivo. Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación; “una bala perdida”, como solía decir él.
No tuvo amigos. Apenas dos o tres compañeros de aventuras en los momentos en que regalaba su pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle Herrera, de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos puestos en otro vendedor de muñecos, repitió: “No me dejés solo, hermano; levantáme, no quiero estar tirado”.
Cuando murió, La Prensa dijo: “La popularidad que adquirió Gatica por sus éxitos y por su característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada por el régimen de la dicatdura, que lo adoptó como en el caso de otros campeones deportivos como instrumento de propaganda. Y esta publicidad extradeportiva y el aplauso obsecuente de personajes encumbrados no fueron ajenos por cierto a que él cayera en actos de inconducta dentro y fuera del ring”. Fué un recuerdo político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado. Pero no; aún muerto sería molesto: nunca llegó tanta gente a la Federación Argentina de Box como para su velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y compraron una corona que decía: “El pueblo a su
ídolo”. El féretro tardó siete horas en llegar al cementerio de Avellaneda.
Cuando la última palada de tierra cubrió el modesto cajón, los cronistas anotaron esta frase de Jesús Gatica: “La única miseria qe vivió mi hermano fue consecuencia de su desesperado afán de querer vivir la vida”.

Se cumplen tres décadas de la que fue, quizá, su primera alegría, cuando tenía veinte años. Gatica es, todavía, un símbolo contradictorio, arbitrario; la vida le fue quitada poco a poco, con un odio que conviene no olvidar.

 

Convocatoria*

El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante” (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
 Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
 Cordial saludo,

*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37    A-5020 Salzburg   AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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Wednesday, December 3, 2008

EDICIÓN DICIEMBRE 2008

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Edición DICIEMBRE 2008
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Hojas muertas*

Cuando amaneció, el bosque era un gran cementerio. Nadie sabía el motivo de tanta mortandad. Los árboles estaban caídos unos sobre otros en una informe montaña de cadáveres. Hablaban de una guerra nuclear, algunos de un ataque con pesticidas, otros simplemente se horrorizaban en silencio.

Sin embargo todo el mundo sabía que eso podía pasar porque año tras año, el bosque iba avisando. Cada otoño las hojas caían de los árboles dejándolos desnudos. Era el cementerio de las hojas muertas. Era el aviso. Sólo era cuestión de tiempo que también los árboles murieran.

*De Joan Mateu joan@cimat.es

Fábula del Árbol de Azúcar*

Dedicado a mi mascota (Tily) que,
pese a mis inagotables esfuerzos,
aún no comprende estas cosas de la vida.

Cuando desde abajo pedimos mejoras salariales,
Nos dicen que no hay dinero.

Cuando marchamos por una mejor educación,
Nos dicen que no hay dinero.

Cuando decimos que los servicios de salud pública
Pueden ser mejores para todos,
Nos dicen que se requiere de dinero,
Y no lo hay.

Si no hay dinero
¿Porqué reforzar con novedoso armamento al ejército?

Cuando las calles se inundan en tiempos de lluvia,
Nos dicen que es que no hay dinero para remediarlo.

Cuando el frío llega
Golpeando las paredes
De laminas de alumínio nos dicen:
¿Qué se le va a hacer, si no hay dinero?

Pero cuando los bancos ven aproximarse
Algún peligro,
El dinero aparece de todas partes
Y les cae del cielo
Como un verdadero milagro.

Si el Estado ve por el bien de todos,
Y si es verdad que no tiene
Un carácter de clase social,
¿Porqué para unos no hay dinero,
Y para otros la ayuda nunca falta?

*de Hugo Ivan Cruz-Rosas. quetzal.hi@gmail.com

El viejo capitán*

Día tras día a la misma hora.
Cuando el sol pasaba por su ventana del living de su departamento en el cuarto piso.
El hombre se sentaba a fumar su pipa mirando al este. La vista fija. Una estatua que apenas cobraba vida por debajo del movimiento del humo.
Para nosotros que lo veíamos cada tanto desde nuestra ventana del 8º piso era un viejo capitán de mar. Quizá por la pipa y la barba enrulada y blanca.
En invierno se colocaba una gorra gris de abrigo igual a la que usaba mi padre y que un día de 1996 decidió regalarme.
 Un loro grande del color de los loros que cada tanto se paraba sobre el hombro derecho a tomar sol con su dueño. A su izquierda se veía una gran jaula con un canario amarillo que saltaba de un palillo al otro, de este a oeste.
El loro y el canario parecían ser sus únicas compañias.
No podíamos ver la figura completa de ese hombre al que sólo veíamos y conocíamos sentado de cabeza a la cintura, pero imaginábamos que tenia una pata de palo y como en las películas de los piratas podíamos oír un lejano eco del golpeteo de su pata de palo cuando se alejaba del timón por la cubierta de su fragata.
Era sólo eso. La imagen de un hombre viejo y sólo viendo por la ventana hacia donde unos kilómetros más allá el río de la plata inunda las costas del balneario de Quilmes en las sudestadas. Durante la hora u
hora y media en que el sol bañaba de luz y calor su ventana. Luego, en su camino al oeste el sol quedaba oculto por la altura del edificio -15 pisos- dejaba luz pero ya no rayitos en invierno ni latigazos en verano.

Una semana completa de invierno llovió y llovió y no tuvimos sol.
Cuando volvimos a buscarlo con la mirada atenta al ventanal del 4 piso, la persiana estaba baja.
Así uno y otro día y meses también, hasta que ya no esperamos encontrarlo en su puesto de lucha.
Se habrá muerto, -dijo mi hijo.
No se. Quizás volvió a navegar. Y está en su nave persiguiendo al horizonte.
Hasta descubrir con sus propios ojos el nacimiento del sol emergiendo desde el fondo del mar -dije yo, con mi habitual negación a la muerte.

Lo cierto, es que también desapareció el enorme bote colgado de gruesas cadenas que el hombre tenía a la altura de su ventana. Y que según supe tiempo después, le había traído más de un disgusto en las reuniones del consorcio de propietarios del edificio.

*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

EL RÍO*

Hondo
lejano el cielo
es de añil
y zafiro,
aguamarina
 y turquesa.
Y luego el verde,
verde pino
verde oliva.
Verde
verdoso
verduzco.
Sumergido,
ondulado el río,
se pierde
sube
baja
contonea.
Entre blanco
pedregullo,
de nácar
de marfil.
El río
musical
en la tarde.
Todo el mundo
lo sabe:
El río
nombra a Heráclito.
Lo nombra.

-De: Inventario en Otoño. Poemas

*de Ana María Broglio. anabroglio2@yahoo.com.ar

Te Extraño y No Supe Cómo Escribirlo*

No hay escaleras para subir,
Solo para bajar;
Si usted cree estar arriba:
Piénselo bien, medítelo;
Puede estar en un error.

Los padres sueñan con ver a sus hijos
Volar con alas de plomo,
Para poder repeler las balas.

Policías parecidos a robles
Devastan el concreto con sus raíces.

De pronto:
Un disparo:
Cae un cuerpo.

Al partir los cantos
Una persona murió,
No importa si cayó de este lado
O si cayó del otro:
Una persona muerta,
Es una persona muerta,
Por extraño que parezca.

No hay suficientes escaleras para subir:
¿Quién las construirá?

Seguramente arriba
También hay lodo,
Pasto, rocas, flores.
De esas extrañas maravillas
Que nacen y mueren
Cuando deben hacerlo.

Consigámonos un Dios pagano,
Con todo y su Demonio pagano;
Que nos prometa la muerte
Después de la vida
Y que su credo lleve por título
“Revolución para un Dios Pagano”,
Y que se especialice
En el milagro de las escaleras.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

El banquete*

Después de la gran hecatombe nuclear los Plumkier, aristócratas de cuna, se reúnen cada tercer viernes de mes alrededor de una mesa, tal como venían haciendo desde el principio de los siglos. Cubertería de plata, copas de cristal de Murano y vajilla de porcelana de Sèvres. Etiqueta y traje largo.
Una enorme bandeja de plata con un asado de carne en el centro de la mesa.

Intentan que las cosas sigan como siempre y que las tradiciones se mantengan. Únicamente hay tres cambios que no pueden obviar: No hay pan, la carne no es de ternera sino de animales más pequeños y se ha instaurado un rezo antes de comenzar las comidas:

“Te damos las gracias señor por los alimentos que vamos a tomar y te rogamos que no sean tan radioactivos como el mes pasado”, recitan mientras se contemplan las terribles quemaduras, las pústulas y la perdida de dientes.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

A ciertas y precisas edades *

A ciertas y precisas edades
el mundo que laboramos y nos contiene
se desgrana, se desliza, se esfuma
y no hay manera, forma, gesto …
Es un tejido hecho a mano
                   colorido
                   con trazos varios
                   con texturas diferentes
que se disuelve para quedar en la memoria:
tul transparente, vaporoso
       poblado de gestos que importan.
Es lo que queda en el arcaico rescoldo
lo que humedece el aire del cada día
lo que sostiene cualquier hacer.
A ciertas y precisas edades …

*de Oscar Angel Agu.  cachoagu@yahoo.com.ar

VUELO DE LÁGRIMAS*

Salen en silencio
pequeños pájaros de mis ojos.
Abrí las compuertas de mi angustia
para que no mueran
mis últimos ensueños.
¡Cuánta resaca recogen mis manos!
Todas las mieses las planté a destiempo.
En nada brotará una flor,
los frutos se ahogarán
en su desaliento.
Sobre ese desierto sofocante
me tiendo en cruz.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

CONDENA*

No me preguntes, no, no me preguntes
por qué  mi voz se ha oscurecido.
No me preguntes por qué mi sombra no refleja mis horas
Y no hay mirada, solo cuencas vacías.
Y la piel se ha esfumado
y aferrada a los huesos, una jungla de desoladas lianas
y el latido del viento ¡Ah, el latido del viento que me agobia!
Juro que lo he intentado.
No he podido acallar, sin embargo,
su latido en mi sangre.
El viento empuja las antiguas velas,
e indefectiblemente
mi pobre corazón,
condenado a ser una barcaza abandonada,
zozobra, mas no se hunde.

Tanta agua y morir de sed.
Tanta luz estelar y morir de noche.
Tanto viento y morir de calma.

*de Amelia Arellano  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA LOMBRIZ Y LA TUERCA*

Un caluroso día de verano, descansando un momento a la sombra de un frondoso lapacho que ocupa buena parte de mi jardín; veía a dos metros, donde ésta terminaba, en pleno sol; la lenta marcha de una lombriz que sorteaba uno tras otros los tallos de la hierba, manteniendo, eso sí, una imaginaria línea recta, un vector, que conduciría vaya a saber a qué sitio de las cercanías.
Era indudable que tenía un objetivo y un propósito, aunque ciertamente nunca podría yo conocerlo. No sería más que algunas pulgadas, ya que el sol fuerte debía perjudicarla; o tal vez protegida entre el césped los cálidos rayos no la afectarían tanto como yo estaba suponiendo. La marcha a su escala era
agobiante, lenta y penosa.
Al tiempo perdí interés y cuando dejaba ya de observarla, me llamó la atención un objeto semienterrado en el piso que estaba a centímetros delante, en el camino del pequeño animalito. Era una tuerca de hierro del color del óxido, del tamaño de un buen durazno, al menos.
¿Rodearía la mole; a su escala, gigantesca? ¿Retomaría la misma trayectoria por la imaginaria recta en que transitaba? ¿O la retomaría más adelante tras hacer un atajo después de rodearla parcialmente?
¡Nada de eso! Llegó frente al obstáculo, pareció medirlo, estudiarlo., e irguió su cuerpo como un largo pescuezo; mientras se apoyaba en el resto, se balanceó un momento, como afirmándose. se levantó más, y aún  más, todo lo que increíblemente era posible para su tremendo esfuerzo, y apoyó su húmedo
y delicado cuerpo en la superficie hirviente del metal. y si bien yo no pude oírlo, debió escucharse como un chirrido, como una fritura, en aquel inmenso bosque de gramillas., y la lombriz cayó encogida, retorciéndose, víctima inocente de una naturaleza totalmente extraña para ella.
Apenas un desecho, un elemento despreciado, una tuerca insignificante que los hombres dispersan como basura sin cuidar mucho, y sin pensar lo más mínimo en los pequeños seres del jardín, en la pequeña vida que teje todos los instantes, tanto como nosotros mismos, las redes de la Creación.

*De  Celso H Agretti.  celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda. Santa Fe.

AMANECER DEL TIGRE*

¿Qué duele  más, el desamor, la muerte, la locura?
¿O la fuga del  girasol y la retama?
¿Del ocaso, de la aurora, del trigal en llamas?
Como  un tigre  enjaulado, la oscuridad
se  golpea  una y otra vez contra  garfios de  penumbra rosada.
Ronca  la boca  de la noche como   un  pez moribundo
Amordazan   el  grito  azul del cuervo.
Solo queda “la vaga sombra, la inextricabe sombra”
No ha sido un Polifemo devorador de hombres.
Sin embargo, los Dioses y una atávica herencia
Perforaron sus vertientes de luz, con una estaca ardiente
Una clepsidra sideral ilumina los espejos perpetuos.
Regresa “el oro de los tigres”y la memoria eterna,
el ocaso, la aurora, los trigales.
..”y no hay fin “..
Como  un enemigo abochornado, vencido el crepúsculo huye
 ante tanta tormenta de amarillo
que deshace el día en girasoles y retamas.

*de Amelia Arellano  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sofía*

Para Marié

Ella no busca llegar a las estrellas
ni pide que se las alcancen, sabe
con solo levantar sus pies un poquito
sobre la vereda y estirar la mano bien alto,
lograra arrancar estrellas tiernamente
y crear su propio cielo sobre el suelo.
No le han dicho que estamos lejos
y nuestras manos son ínfimas.
Ni que al otro lado del tiempo alguien cae olvidada y en sus manos aprieta
estrellas muertas.
No le han dicho que queda tonto reírse una y otra vez.
Ni han roto la barrera de la ilusión, exterminando sus sueños.
Ella con sus manos llenas de estrellas de papel, crea el universo para todas
sus noches.

*De Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com

VUELO*

Abre tus alas,
Cual pétalos de rosa,
Hija mía.
No temas a la fragilidad de la belleza,
Eres más fuerte de lo que el mundo piensa.

Déjalas remontarte en suave aleteo.
¿Será este trozo de firmamento
que admiramos
demasiado pequeño
para tantas ansias de vuelo?

Toma pues, el universo,
Que brota de mis manos,
El tiempo que gotea de un viejo reloj de arena,
La marcha apurada de los cuatro vientos,
El polvo de las más antiguas estrellas…

Y ve tan lejos como quieras,
Sin dudas ni remordimientos.
Parte ya, dulce viajera,
Llevas contigo
Mi beso.

*de Marié Rojas.

Tu voz de cuentos*

traza callecitas
en mi cuerpo
indaga  sus templos dormidos   allí
donde  Cristos niños
soplaban pájaros de barro
que de súbito salían
volando
pone cigüeñas en los campanarios
y tocan a rebato las asediadas
campanas del sentido
como el agua busca su cauce
       lo encuentra
       lava toda opacidad
y crecen en lujuria enredaderas
de flores blancas que nos nacen
            nos abrazan
Va tu voz de cuentos
por  recónditas  escaleras
trepa  la piel en un aliento
tibio
va por ángeles hace tiempo
desterrados
los llama por sus nombres
los arropa
los angela a puertas
del paraíso perdido.

*de  Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

XVI*

Qué noche deshecha
cierne sombra
en tu pelo
qué pájaros
cantan en tu balcón
por las mañanas
qué rubor te ilusiona
con principes lejanos.

¿Y yo quién soy?
Tal vez ese gorrión
que sobrevuela tu labio
tan suave tu pupila
de mar
tu rodilla de arena.

 
*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

*

No hay amor en el vacío
Ni hay corazón
que lata tan fuerte
en el abandono.
No hay razón para
El olvido
ni recuerdo
en las memorias
No hay nostalgia
de las paginas no escritas
Ni humanos tan comprensivos
Que entiendan el dolor.

*De Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com

Pequeñeces*

Ella a veces me devuelve a la infancia.
Dice que será motociclista, violinista, aviadora.
Dice que tendrá una fábrica de chocolates y una calesita propia para andar
hasta que se aburra sin pagar boleto.
Dice que cuando crezca será así de alta, jugará basket y no irá a la
escuela.

Ella es todo proyecto en su cumpleaños número ochenta y siete.
Yo soy todo el silencio.

*de Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar

Los monstruos*

Surgen de lo más profundo del armario. Son unos gritos guturales, horripilantes y continuados que a veces se trasladan debajo de la cama.
Incomprensiblemente se detienen cuando entran mis padres o cuando se enciende la luz.

Tengo mucho miedo. Cada noche retraso todo lo que puedo la hora de ir a la cama, pero mis padres son inflexibles y cuando se acercan las diez ya empiezo a temblar. Tampoco me dejan tener la puerta abierta ni la luz encendida porque dicen que un niño de siete años ya es demasiado mayor para
creer en fantasmas, monstruos y estas cosas.

Lo peor de todo es que mi miedo va creciendo y, aterrorizado, me hago pis en la cama. Ayer volvió a ocurrir y mis padres entraron en la habitación muy enfadados. Mi madre me arrancó las sábanas mientras gritaba que un niño no debe inventarse cosas y mi padre me metió en la ducha con agua fría,
amenazándome con que si eso se volvía a repetir me encerraría en el armario una semana.

Ahora estoy en la cama mucho más tranquilo. Ya no me hago pis y no es que no tenga miedo a los sonidos y gritos del armario, es que tengo mucho más miedo a los gritos y amenazas de mis padres. Ellos están contentos porque dicen haber conseguido curar mi “cuentitis”

*De Joan Mateu joan@cimat.es

Viento tostado y garapiñado*

Estos son días en que se habla de festejos
Y libertad,
Pero bien cabría preguntarnos si la deuda externa,
Las valiosas recomendaciones
Que nos hace el Banco Mundial,
O los tratados de libre comercio
También venían en el mismo paquete
O si nos los han regalado por pura cordialidad.

Ahora se habla de los héroes que dieron su vida
Para heredarnos Tierra, Justicia y Libertad;
Y también de los revoltosos de hoy
Que no entienden que la Revolución
Solo es el nombre con que se pide
Una monografía en las papelerías,
Para la tarea escolar.

Hoy son esos tiempos
En que todos se enorgullecen
De los grandes rebeldes
Y se cuenta de cómo en su tiempo eran tachados
De locos irreverentes,
Peligrosos para la paz y el bienestar
Y se hace,
Por supuesto,
La aclaración de que en nada se parecen
A los inconformes de hoy.

Hoy son los tiempos de los ricos y de los pobres,
Antes también lo eran.

Son los días para salir a las calles celebrando
Que las cosas han cambiado,
Aunque andemos igual.

Son estos tiempos de festejo
Donde las balas del Pueblo son aplaudidas,
Y hasta salen en televisión,
Se les montan exposiciones
Y todos quieren salir en la foto con ellas.

Mientras tanto,
Nosotros miramos.

Hoy son estos tiempos de recuerdos
Que parecen presentes,
Y somos los mismos:
Somos los olvidados,
Los que de vez en cuando son encontrados,
Los mismos de entonces,
Los que recordamos el pasado
Y que a veces levantamos la voz a unos oídos sordos
Que se asustan si escuchan balazos.

Somos los mismos de ayer
Con otros nombres;
Y festejamos desde abajo,
En silencio,
Entre los libros,
Fatigados por el trabajo,
Con nuestros corazones latiendo,
Con nuestros presos,
Nuestros muertos.

Pero estamos en estos días de festejo
Y júbilo nacional,
Donde parece nuevamente
Que a nadie importamos.

*de hugo ivan cruz-rosas.  quetzal.hi@gmail.com

En el año de 1910, durante la dictadura del Gral. Porfirio Díaz, se iniciaron los levantamientos armados en la llamada Revolución Mexicana. Cada 20 de noviembre es conmemorado el inicio de esta revolución, que nunca fue terminada.

HACERSE MAGOS*

Ese ahuecarse el corazón
Y hacerse magos…
Violín que desespera,
Hora no devela su escondite.

Hora juega a acunarse entre la hierba,
Dibuja caracoles, sombras,
Deja asomar la aurora y parte…
Dejando cenizas tras la escarcha de sus juegos.

Violín ha llegado tarde,
Ya no es tiempo de danzar junto a la hoguera,
Solo rescoldos, mudos.
Lo contemplan.

Toma una brizna de viento, canta,
Esparce una nueva melodía
De adiós y soledades.
A cien millas de distancia, hora muere.

*de Marié Rojas.

Convocatoria*

El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante” (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
 Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
 Cordial saludo,

*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37    A-5020 Salzburg   AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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Posted by URBANOPOWELL at 14:10:11 | Permalink | No Comments »