Thursday, March 20, 2008

POR UN PUÑADO DE CENIZAS…

POR UN PUÑADO DE CENIZAS…

XXXIV*

La poesía
nunca habla
del futuro
porque testifica
el vuelo
del tordo
que se fue.
No habla
del amor
que viene
sino del que permanece
en el rescoldo
alerta
tapado
por un puñado de cenizas.

*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

POR UN PUÑADO DE CENIZAS…

UNA NOCHE INOLVIDABLE*

*de Roberto Fontanarrosa

El que conocía todos los piringundines era mi amigo, el Narigón Costoya. Hombre de la noche a pesar de su juventud, era para mí una imagen digna de admiración y envidia, cuando se entreveraba con gente avezada en el trajín algo turbio de boliches y reductos tangueros. Por eso, aquella vez en que me dijo: “Esta noche nos vamos al Tabarí”, no puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza en el Narigón era completa.
Purretes todavía, a pesar del estímulo varonil que nos prestaban el cigarrillo con boquilla y la botita charolada, el ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las moscas.
—Canta un coso que no te podes perder —me confió Costoya. No teníamos mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos, pero sí podíamos ufanarnos de un atrevimiento a toda prueba. En especial de parte del Narigón, poseedor de un ángel y una soltura verdaderamente notables.
Años más tarde hablaría de él aquel inmortal bardo que fuera don Nicolás Casona.
La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí por Suipacha al 400, pasamos bajo la mirada entre severa y cómplice de “Lopecito”, el portero, y nos mandamos para adentro. “Lopecito” no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre. Tiempo después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada, pobrecito, en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya.
Esa noche de sábado, el “Tabarí” estaba de bote en bote y corría la bebida entre la algarabía del gentío. Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró unas rupias) conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar y recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar de saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo pretendían un mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi amigo, no vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante la admiración de nuestras ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una hora cuando subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña orquesta y a renglón seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una porcelana. Hubo aplausos y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso silencio cuando el bandoneón rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el mutismo de aquel público de habitual mordaz y bullanguero! ¡Qué dominio sobre la audiencia poseía aquel cantor de fino bigotito y voz cristalina que a cada momento amenazaba quebrarse!
El artista finalizó sus canciones y no pudo abandonar el proscenio, ante los hurras y reclamos de la gente que pedía, a grito pelado, alargar su actuación. Fue cuando yo, intrigado por ese magnetismo increíble que irradiaba de esa garganta privilegiada, le toco el codo al Narigón y le pregunto: —Che, ¿Quién es?
—¿Cómo? ¿No lo conoce? —se adelanta, entonces, una de las pibas.
—Es Agustín Magaldi —dice la otra. Yo, recuerdo, hice un gesto de asentimiento sorprendido pero, en verdad, no conocía mucho sobre ese tal Magaldi. Había oído de sus condiciones, sí, pero sólo un par de veces, como de paso.
—El gran Agustín Magaldi —sentenció el Narigón, que había vuelto a sentarse, tras la euforia del agasajo. En el escenario, Magaldi estaba anunciando ante la ávida expectativa de la multitud, su última entrega. En eso, una voz estentórea interrumpe su soliloquio:
—¡Tenga mano, compañero! Giramos todos nuestras miradas hacia la puerta y vemos la silueta amenazadora de un hombre recortada frente a los vidrios de la entrada. Se hizo un silencio de muerte cuando el recién llegado comenzó a avanzar hacia el escenario a paso firme. Llevaba una daga impresionante en la mano. De más está decir que la gente se abrió, presurosa, en el camino de aquel malevo. Cuando trepó al tablado pude verlo mejor, un morocho grandote, aindiado, de rasgos nobles a pesar de su ferocidad, con el hombro derecho cubierto por un poncho y el toque elegante de unos gemelos de oro en el puño que sobresalía bajo la manga que cubría el brazo sostenedor de la faca amenazante. Se enfrentó a Magaldi y, ante el horror de todos, gritó:
—¡No me gustan los cantores de voz finita! —y le tiró una puñalada. Pero quiso Dios Todopoderoso que un segundo antes una mano femenina le propinara un empujón a Magaldi quitándolo del rumbo homicida del puñal. El fierro prosiguió su vuelo y se ensartó en el instrumento del primer bandoneonista.  Recuerdo  que  el  fuelle,  herido, exhaló un quejido profundo, como un lamento. El matón, defraudado, retiró el arma, miró con desprecio a Magaldi que había caído sobre el piano y se retiró a paso vivo, dejándonos con la boca abierta. No voy a contar, por extensos, los comentarios que entonces se sucedieron, el parloteo alarmado de las mujeres y el murmullo de asombro entre los varones. Pero Magaldi era un hombre de decisiones rápidas,   pidió   silencio   golpeando  sus palmas,  exclamó
“Aquí no ha pasado nada” y dijo que el espectáculo iba a continuar. Todos se animaron nuevamente hasta el momento en que cayeron en la cuenta de que el bandoneón agonizaba sobre las rodillas de su desconsolado dueño por la puñalada recibida. No había poder humano que le arrancase un sonido. El Narigón, con esa facilidad suya para apoderarse de las situaciones, saltó sobre la tarima y gritó:
—¡La fiesta recién comienza!   ¡No vamos a permitir que una cosa así nos amargue la noche!
Y  acto seguido, ante la mirada atribulada del gordito bandoneonista, tomó el herido instrumento diciendo:
—Vengan conmigo. Acá cerca hay una gomería.
Y  ahí salimos todos en manifestación, ante la mirada atenta de los presentes que aprobaban, entusiastas, la decidida acción de mi amigo. Habremos sido unos catorce los que nos movilizamos hacia la estación de servicio. Hacía frío, recuerdo, y el Narigón tuvo que explicarle a un policía qué era eso de andar a altas horas de la noche llevando un bandoneón en brazos como quien lleva un pibe accidentado. Debo confesar que, dentro del absurdo, la cosa tenía algo de trágica, de litúrgica procesión pagana tras la figura de un dios caído. El agente del orden comprendió —era un porteño, después de todo—, y nos dejó seguir nuestro camino. Cuando llegamos a la estación de servicio, la gomería estaba cerrada: eran como las tres de la mañana. Había un pibe, sin embargo, sentado en una pequeña caseta vidriada, haciendo  la  tediosa  guardia  nocturna, tomando mate.
—Queremos ponerle un parche a este fuelle —le dijo el Narigón. El pebete lo miró con ojos vivaces y contestó:
—Me parece difícil. La gomería está cerrada y don Hipólito está durmiendo.
En efecto, el pequeño galponcito que hacía las veces de gomería, tenía sus puertas de chapa cerradas.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté yo.
—Esperen —nos dijo el pibe, comedido—. Si don Hipólito se despierta, tal vez les hace el laburo.
Ante nuestra natural ansiedad, el muchacho se encaminó hasta el galpón y golpeó la puerta. Debo confesar que nosotros esperábamos por toda respuesta el insulto o el silencio más frío, pero de inmediato desde adentro se escuchó una voz áspera y somnolienta.
—¿Qué pasa?
En breves palabras el pibe que nos había atendido le contó al tal don Hipólito nuestro problema. Al rato se dio vuelta y nos hizo una seña con la mano: que esperáramos. Enseguida se abrió la puerta, se encendió la luz de adentro y vimos la silueta de un hombrón grandote poniéndose una bufanda.
—Pasen —dijo. Al gordito dueño del bandoneón se le iluminó la cara.
Nos metimos todos dentro de aquel tinglado y durante casi una hora presenciamos, en un silencio respetuoso, cómo el viejo y el muchacho emparchaban la herida del fuelle, con un cuidado, un amor y una dedicación dignas del equipo más refinado de cirugía. Cuando hubieron terminado le pasaron el instrumento al gordito, que temblaba como un padre ante el retorno de su hijo accidentado.
—¿Puedo tocarlo? —preguntó.
—Por supuesto —dijo don Hipólito. Y allí mismo, en ese galpón de chapa, ante nuestro grupo amontonado por la falta de espacio y emocionado hasta las lágrimas, el músico se mandó “Desde el alma” de Rosita Melo. Puedo jurar que lloramos todos y hubo abrazos y aplausos.
Como si eso fuera poco, ni el pibe, ni el viejo de la gomería a quien habíamos despertado de su sueño de laburante, nos quisieron cobrar un peso. Pero no estaba terminada esa noche memorable para mí.
Cuándo volvimos al Tabarí, entre la algazara de la gente que nos recibió como quien recibe a los soldados volviendo del frente, la cosa se prolongó hasta que empezó a amanecer. Después nos fuimos un grupito, el más aguantador, a desayunar esas medias lunas maravillosas al “Viejo Roma”, el cafetín de Parador y Reconquista. Me parecía mentira estar en compañía de aquella gente de la noche, entre figuras legendarias, entre nombres que había sentido nombrar una y mil veces en boca de los mayores. Fue allí cuando Natalio Perinetti, el que fuera celebérrimo insider de la Academia, me pasó una mano sobre el hombro y me dijo:
—Pibe… de buena se salvó esta noche Agustín —haciendo referencia al suceso de la puñalada. Yo asentí con la cabeza.
—Ese malevo es muy peligroso —me dijo—. Muy peligroso.
—¿Quién era? —pregunté—. ¿Usted lo conoce?
—Cómo no voy a conocerlo, muchacho —dijo Natalio —¡ese hombre era ni más ni menos que Juan Moreira!
 
 
De más está decir que el recuerdo de aquella noche ha quedado impreso en mi memoria con caracteres indelebles, máxime cuando con los años me volví a encontrar con uno de sus protagonistas. Una noche, presenciando un espectáculo tanguero en el “Café de Miguel”, reconocí a aquel gordito cuyo bandoneón había recibido el puntazo destinado al pecho canoro de Agustín Magaldi. El muchacho estaba un poco más rollizo aun, mantenía su expresión adormilada, pero su nombre ya era un crédito rutilante en las marquesinas de los bailongos porteños: Aníbal Troilo.
Pero sin duda los detalles de esta anécdota memorable estaban destinados a no agotarse tan fácilmente. El año pasado, en ocasión de mi viaje a Estocolmo, con motivo de ir a retirar el premio Nobel con que me galardonaron, tuvo lugar una recepción de festejos en la Embajada Argentina.
No eran muchos los invitados, pero había un ambiente de jolgorio ante la distinción que se me había concedido, a mi juicio, inmerecidamente. De pronto se me acerca un hombre no muy alto, semicalvo, con barba entrecana.
—Usted no se acuerda de mí —me dice.
—Para serle sincero. . . —me disculpo.
—Yo soy Astor Piazzolla —me dice. Es de imaginarse mi emoción ante la presencia de tamaña figura de nuestra música y su cordialidad en el saludo.
—Por supuesto que lo conozco —recuerdo que le dije—. Pero no creo que hayamos tenido oportunidad de vernos personalmente.
—Se equivoca —me dijo el gran maestro, que se hallaba casualmente en la capital sueca brindando una serie de recitales—. ¿Se acuerda de una noche en que usted y unos amigos llevaron un bandoneón a una gomería para emparcharlo?
Mi asombro entonces no tuvo límites. Me quedé mirando a Astor con la boca abierta, sin atinar a soltar su diestra que aún estrechaba.
—Yo era el pibe de la gomería —me dijo.
¡Después dicen que el destino no suele manifestarse en formas evidentes!
—Y le digo más —me dice Piazzolla sin darme respiro—. El viejo, el viejo a quien desperté para que les arreglara el bandoneón, don Hipólito, era ni más ni menos que don Hipólito Yrigoyen. El mismo que con el tiempo se convirtió en caudillo del movimiento radical.
Aquello fue demasiado para mí. Estreché a Piazzolla en un abrazo y ambos lloramos como niños.
La semana pasada, nomás, leo en un reportaje que la valiente mujercita que apartó el cuerpo de Agustín Magaldi del curso mortal de la hoja del puñal agresor, supo también dejarnos, años más tarde, piezas que se enraizaron en lo más granado de nuestra verba: esa mujer no era otra que doña Juana de Ibarbourou.

*Fuente: NO SE SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS
EDICIONES DE LA FLOR. 1998
 
 

Nunca aprendemos*

 
Por Robert Fisk *

Pacifistas se manifiestan en la estación Union, ayer en Washington en la víspera de cumplirse cinco años de la guerra en Irak. Han pasado cinco años y todavía no aprendemos. Con cada aniversario los escalones se desmoronan bajo nuestros pies, las piedras se agrietan más, la arena se vuelve más fina. Cuatro años de catástrofe en Irak y pienso en Churchill, que al final llamó a Palestina un “desastre infernal”. Pero ya antes nos hemos valido de estos paralelismos y se han dispersado en la brisa del Tigris. Irak está
empapado en sangre. Sin embargo, ¿cuál es nuestro estado de contrición?
¡Claro, tendremos una consulta pública, pero todavía no! Ojalá la inadecuación fuera nuestro único pecado.
Hoy estamos empeñados en un debate inútil. ¿Qué salió mal? ¿Cómo fue que los miembros del Senado romano de nuestra era no se rebelaron cuando les contaron mentiras sobre armas de destrucción masiva, sobre vínculos de Saddam Hussein con Osama bin Laden y el 11 de septiembre? ¿Cómo dejamos que
ocurriera? ¿Y cómo fue que no previmos lo que vendría después de la guerra?
Cuando los estadounidenses entraron a sangre y fuego en Irak, en 2003, con sus misiles crucero zumbando sobre la tormenta de arena hacia un centenar de poblados y ciudades, yo solía sentarme en mi sucia habitación del hotel Bagdad Palestina, incapaz de dormir por el estruendo de las explosiones, y
hojeaba los libros que había comprado para sortear esas horas oscuras y peligrosas. La guerra y la paz de Tolstoi me recordaba que un conflicto puede ser descrito con sensibilidad, gracia y horror
-recomiendo la batalla de Borodin-, junto con un archivo de recortes de periódico. En esa pequeña
carpeta hay una larga arenga de Pat Buchanan, escrita cinco meses antes, y todavía siento su poder, su premonición y su absoluta honestidad histórica: “Con nuestra regencia estilo McArthur en Bagdad, la pax americana llegará a su apogeo. Pero luego la marea bajará, porque la única empresa en la que los
pueblos islámicos sobresalen es en expulsar a las potencias imperiales mediante el terrorismo o la guerra de guerrillas.
“Sacaron a los británicos de Palestina y Adén, a los franceses de Argelia, a los estadounidenses de Somalia y Beirut, a los israelíes de Líbano. Hemos emprendido el camino hacia el imperio y pasando la próxima colina nos encontraremos con quienes fueron antes que nosotros. La única lección que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia.”
Con cuánta facilidad los hombrecitos nos llevaron al infierno, sin ningún conocimiento de historia o al menos sin ningún interés por ella. Ninguno leyó de la insurgencia iraquí contra la ocupación británica de 1920, ni del brusco y brutal arreglo que dio Churchill al conflicto el año siguiente.
Con su monumental arrogancia, esos hombrecitos que nos llevaron a la guerra hace cinco años ahora demuestran que no han aprendido nada. Anthony Blair -como siempre debimos llamar a ese abogado de ciudad pequeña- debería ser sometido a juicio por su mendacidad. En cambio, presume de llevar la paz
a un conflicto árabe-israelí que tanto ha contribuido a exacerbar. Y ahora el hombre que cambió de parecer sobre la legalidad de la guerra -y que lo hizo en una sola hoja de papel carta- se atreve a sugerir que deberíamos examinar a los inmigrantes que solicitan la ciudadanía británica. La pregunta 1, propongo, debería ser: ¿qué procurador general empapado en sangre ayudó a enviar 176 soldados británicos a la muerte por una mentira?
Pregunta 2: ¿cómo salió impune de ese acto?
¿Los primeros ataques aéreos en Irak llegarán a la televisión estadounidense en horario triple A? Por fortuna sí. ¿Las primeras tropas estadounidenses en Bagdad aparecerán en los noticieros de la hora del desayuno? Desde luego.
¿La captura de Saddam Hussein será anunciada simultáneamente por Bush y Blair?
Pero todo esto es parte del problema. Cierto, Churchill y Roosevelt discutieron sobre la hora del anuncio de que la guerra en Europa había terminado. Y los rusos se les adelantaron. Pero dijimos la verdad. Cuando los británicos se replegaban hacia Dunquerque, Churchill anunció que los alemanes habían “penetrado profundamente y sembrado alarma y confusión en sus filas”.
¿Por qué Bush o Blair no nos dijeron eso cuando los insurgentes iraquíes comenzaron a asaltar a las fuerzas de ocupación? Vaya, estaban muy ocupados diciéndonos que las cosas iban a mejorar, que los rebeldes no eran más que “desesperados”.
El 17 de junio de 1940, Churchill dijo al pueblo británico: “Las noticias de Francia son muy malas y estoy consternado por el galante pueblo francés, que ha caído en esta terrible desgracia”. ¿Por qué Blair o Bush no nos dijeron que las noticias de Irak eran muy malas y que estaban consternados -bueno,
siquiera unas lágrimas durante un minuto- por el pueblo iraquí?
Porque ésos fueron los hombres que tuvieron la temeridad, el genuino descaro de vestirse como Churchill, como héroes que escenificarían una redición de la Segunda Guerra Mundial, en tanto la BBC obedientemente llamaba “los aliados” a los invasores y pintaba al régimen de Saddam Hussein como el
Tercer Reich.
Desde luego, cuando yo iba a la escuela nuestros líderes -Attlee, Churchill, Eden, Macmillan o Truman, Eisenhower y Kennedy en Estados Unidos- habían tenido experiencia real de guerra. Ni un solo líder occidental actual tiene experiencia de primera mano del conflicto. Cuando comenzó la invasión angloestadounidense de Irak, el opositor europeo más prominente a la guerra era Jacques Chirac, quien combatió en el conflicto argelino. Pero ahora ya no está. También Colin Powell, veterano de Vietnam, que fue hecho a un lado por Rumsfeld y la CIA.
Sin embargo, una de las terribles ironías de nuestros tiempos es que los más sedientos de sangre de los políticos estadounidenses -Bush y Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz- jamás han escuchado un disparo hecho con furia y se aseguraron de no tener que combatir por su patria cuando tuvieron oportunidad de hacerlo. No es extraño que títulos de Hollywood como “conmoción y pavor” resulten atractivos para la Casa Blanca. Las películas son su única experiencia de conflicto humano; lo mismo se puede decir de
Blair y Brown.
Churchill tuvo que rendir cuentas por la pérdida de Singapur ante una Cámara atestada. Brown ni siquiera rendirá cuentas por Irak hasta que la guerra termine.
Es grotesco que hoy, después de todas las posturas de nuestros enanos políticos hace cinco años, se nos permita tener siquiera un encuentro espiritista válido con los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial. Las estadísticas son el médium y la habitación tendrá que estar a oscuras. Pero es un hecho que el total de muertos estadounidenses en Irak (3978) está muy por encima del número de bajas estadounidenses sufridas en los desembarcos iniciales del día D en Normandía (3384 entre muertos y desaparecidos), el 6 de junio de 1944, o más de tres veces las bajas totales británicas en Arnhem, ese mismo año (1200).
Representan poco más de un tercio de las muertes totales (11.014) de toda la fuerza expedicionaria británica desde la invasión alemana de Bélgica hasta la evacuación final de Dunquerque, en junio de 1940. El número de británicos caídos en Irak (176) es casi igual al total de las fuerzas británicas
perdidas en la batalla del Bolsón en 1944-45 (poco más de 200). El número de estadounidenses heridos en Irak -29.395- es más de nueve veces el de los lesionados el día D (3184) y más de la cuarta parte de la cuota total de heridos en la guerra de Corea de 1950-53 (103.284).
Las bajas iraquíes permiten una comparación aún más cercana con la Segunda Guerra Mundial. Aun si aceptamos la más conservadora de las estadísticas sobre civiles muertos -van de 350 mil a un millón-, ésta rebasó hace mucho tiempo el número de civiles británicos muertos en los bombardeos alemanes a
Londres en 1944-45 (6000) y ahora excede con mucho la cifra total de bajas civiles en bombardeos en todo el Reino Unido -60.595 muertos, 86.182 heridos graves- de 1940 a 1945.
De hecho, la cuota mortal iraquí desde nuestra invasión es hoy más grande que el número total de bajas militares británicas en la Segunda Guerra Mundial, que llegó a la asombrosa cifra de 265 mil muertos (algunos historiadores hablan de 300.000) y 277.000 heridos. Las estimaciones mínimas de iraquíes muertos significan que los civiles de Mesopotamia han sufrido seis o siete Dresdes o -más terrible aún- dos Hiroshimas.
Y, sin embargo, en cierto sentido todo esto es una distracción respecto de la terrible verdad de la advertencia de Buchanan. Hemos despachado nuestros ejércitos a la tierra del Islam. Lo hicimos con el solo respaldo de Israel, cuyos propios informes falsos sobre Irak han sido discretamente olvidados
por nuestros amos mientras derraman lágrimas de cocodrilo por los miles de iraquíes muertos hasta ahora.
El enorme prestigio militar estadounidense ha sufrido un daño irreparable. Y si hoy, como ahora calculo, se encuentra en el mundo musulmán 22 veces la cifra de soldados occidentales que fueron allá durante las cruzadas de los siglos XI y XII, debemos preguntarnos qué estamos haciendo. ¿Estamos allá
por el petróleo? ¿Por la democracia? ¿Por Israel?
Alegremente conectamos Afganistán con Irak. Según se dice, si Washington no se hubiera distraído con Irak, el talibán no se habría restablecido. Pero Al Qaida y el nebuloso Osama bin Laden no se distrajeron. Y eso explica por qué expandieron sus operaciones en Irak y luego usaron esta experiencia para acosar a Occidente en Afganistán con el atacante suicida, del cual no se había sabido antes en aquel país.
Voy a aventurar una presunción terrible: que hemos perdido Afganistán como sin duda hemos perdido Irak y como de seguro vamos a “perder” Pakistán. Es nuestra presencia, nuestro poder, nuestra arrogancia, nuestra renuencia a aprender de la historia y nuestro horror -sí, horror- al Islam lo que nos
precipita al abismo. Y en tanto no aprendamos a dejar en paz a esos pueblos musulmanes, nuestra catástrofe en Medio Oriente se volverá más grave. No hay conexión entre el Islam y el “terror”. Pero sí hay conexión entre nuestra ocupación de tierras musulmanas y el “terror”. No es una ecuación tan
complicada. Y no necesitamos una consulta pública para entenderla bien.

 

*De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Jorge Anaya.

-FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/100980-31819-2008-03-20.html

 

*

A la madre de todos los vicios
la sirve regularmente el padre
de todos los fornicios.

*

A la madre tolos vicios
sirve-y regularmente’l padre
de tolos fornicios.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducción al bable o lengua asturiana de Xosé Lluis Campal

Poesía*

Por Eduardo “Tato” Pavlovsky *

Hay que inventar un lenguaje que no produzca belleza – sino hambre infinita, mortalidad infantil donde nuestros ojos se desorbiten como estos monstruos sin lactancia.
Palabras traídas por las olas donde podamos sentirnos raquíticos -Lenguajes nuevos – alegres en las desgracias – obsceno por subversivo — porque la desgracia es resignación -tristeza- la acción es la esperanza. Eso, nuevo lenguaje de nuevas esperanzas. Todos juntos. Alguna vez aprendamos a hablar
otra vez, olvidando el lenguaje anterior, impotente para intensidades.
Barroco – Infiel. Quema de saberes viejos – tiene que sonar pornográfico, que el lenguaje vomite y excrete realidades, que las olas traigan nuevas palabras barrenadas y nos hagan sentir en el cuerpo sólo un poco de hambre – solo un poco de salud – solo un poco de todo. Las palabras sensaciones.
Convulsiones como respuestas. Eso -que las nuevas palabras del nuevo lenguaje nos hagan epilépticos por un rato.
Para confirmar que las palabras han llegado y nos maltratan, nos cadaverizan. Quien sabe hay muertes por reflujo. Es bueno. Pero estemos seguros que llegaron, que no son palabras muertas – Edificios con ladrillos de lenguaje que no sirven más para expresar nada. Palabras que significan – que quieren abarcar el mundo ya no abarcan nada – Palabras que describen conferencias y reunión que no que no que no que no.
Balbuceemos las otras, las que no significan – pero expresan los ojos reventados – los dolores infinitos… los aullidos. Aprender todo de nuevo… aprender a ignorar todo lo aprendido. Que explote toda la
impostura. Toda -pero toda junta. Y de esos escombros el lenguaje nuevo.
La palabra interdicta, obscenidad de los goces infinitos y de los dolores que ya no caben en lenguajes viejos. Inventemos. Inventemos todo. Pero que sea loco loco loco. Enterremos el sentido común. Una gran tumba a la belleza – A los grandes gestos que nos vaciaron el sentido de algo.
Un gran entierro de todo aquello que llamamos humano, todavía que de las olas venga el resto – las palabras nuevas – los pedazos, lo que quedó afuera, las sílabas barrenadas que arrojamos al mar del desperdicio.
Sólo de allí -la gran resurrección obscena. De cunas escondidas. Que no signifique nada. Que exprese el hoy. El hoy de todos. Blu – blu – blu blu.
Blus blus. Ya vienen, atención. Vienen las olas. Blus. Blus. Blue. No significan nada. Sólo blug blug blug. Nada nada nada. Belleza de los restos de las sobras. Poesía de los escombros. Intensidad del mar embravecido. Nada más que eso.
A la hoguera con los lenguajes viejos -ya no nos sirven- olor a trampa y a impudicia, no soñemos con el hombre nuevo – rescatemos de las sobras – de los restos – de los desperdicios – de los escombros y de las cunas palabras que hemos arropado y que las olas traen – y construyamos un lenguaje nuevo
con fuerza de obscenidad – inventemos la potencia de las nuevas palabras – no cambiemos a los hombres – cambiemos su lenguaje – su retórica encallecida – que envejece, que hace vivir a medias con tristeza – Un nuevo lenguaje alegre – potente – para un nuevo hombre.
Pero necesitamos arrasar con todo – arrasar – arrasar – arrasar.

* Psicoterapeuta. Autor, director y actor teatral. Entre sus numerosas obras se encuentran El Señor Galíndez, Potestad y La muerte de Marguerite Duras.

-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-101013-2008-03-20.html

LA VERDAD SOBRE EL TRANSBORDADOR COLUMBIA*
 
 
 

*de Roberto Fontanarrosa

Hoy, a casi tres años de aquel maravilloso día del 24 de octubre de 1981, llego a la conclusión de que debo contar toda la verdad sobre lo sucedido. No creo, al hacerlo, que transgreda ninguna norma de seguridad ni tampoco que revele secreto importante alguno.
Habrá sí, lo sé, quien sienta, tal vez, en parte menoscabado ese acendrado orgullo nacional que tenemos los americanos desde el instante mismo en que de pequeños vimos en nuestros textos colegiales esa maravillosa lámina que muestra a George Washington cruzando el Potomac, de pie sobre la inestable horizontalidad de aquella barca, envuelto, en un capote y sin atisbo de mareo ni náusea en su rostro altivo.
Pero pienso que no yo, sino todos los norteamericanos guardamos una deuda de gratitud con alguien hasta hoy anónimo y olvidado. Y se trata de una deuda que, de no mediar mi determinación de escribir este artículo, quedaría por siempre sin saldar.
No habría alcanzado a dormir ni media hora cuando Meck Sanduway llamó a mi puerta. Debían haber sido las tres de la tarde cuando caí derrumbado sobre mi litera confiado en que el cansancio y el ronroneo confortable del aire acondicionado colaborarían a que me durmiese de inmediato. Sin embargo, los nervios y el desgaste físico tironeaban compulsivamente de los músculos de mis piernas y me sorprendía a mí mismo pegando puntapiés contra la cucheta de arriba, por fortuna desocupada desde la noche en que Nat Pallukah se cayó de ella ante la excitación que le produjo el estar a punto de completar unas palabras cruzadas.
A pesar de mi desasosiego físico, anímicamente me invadía una inmensa tranquilidad. Por fin, luego de tres larguísimos e infernales meses, había quedado listo, terminado, completo, sellado y aprobado, el Proyecto Opalo. Y allí nomás, a escasos tres kilómetros de nuestras barracas, esperaba, calmo y deslumbrante bajo el sol calcinante del desierto de Najove, el transbordador Columbia.
No era gratuito mi desvelo. El meticuloso plan de trabajo pergeñado por mi grupo de ingenieros a través de cuatro años, había sufrido una demora de casi seis meses. Y todo aquel que haya estado asignado a un proyecto espacial sabe bien del enorme costo adicional en dólares que representa la más mínima demora, el obstáculo más pequeño.
Lo cierto es que se nos había atascado el sistema de gasificación de ozono y no había poder humano que lo pusiera en sus trece. Por lo tanto, los dos carretes centrales que alimentaban la inyección de parafina comprimida a la primera (y más grande) de las toberas, no tenían autoridad alguna para impulsar los propergoles sólidos del segundo sistema. En principio supuse que todo radicaba en la baja potencia de las cargas de hidracina y etanol, lo que me costó que William Congreve me arrojara por dos veces el mismo doughnout a la cara. Finalmente Congreve me convenció, con ayuda de Sato Saigo, de revisar totalmente los vectores del difusor de entrada en relación con la expansión de energía térmica en el primer sistema. Así lo hicimos durante casi un mes, enterrados día y noche en un silo subterráneo. Salvo un pequeño error (que detectó Saigo) en un componente del logaritmo neperiano de R y que en nada modificaba el detestable comportamiento de la gasificación del ozono, no hallamos en nuestra búsqueda las claves de la falla.
Dos meses después, a mi juicio el problema residía en el encendido de la segunda sección (lo que traería aparejado un desfasaje en el perigeo).
Para el danés Odgen había una fuga no computada a partir de un desequilibrio en el variómetro. Según Congreve, la cosa podía estar circunscripta en el radiador de uranio. Y Max Althoughter se hallaba empecinado en que todo consistía en que la propulsión de una fase no puede medirse por la reacción si la fuerza de empuje se mide por la intensidad que el caudal específico de eyección de gases desplaza a la energía cinética perdida por unidad de tiempo. Debo confesar que nunca entendí la seducción que ejercía sobre Althoughter la unidad de tiempo.
Muy a pesar nuestro, admitimos que debía pedirse ayuda. Hablamos con Woollie Pat Sullivan (director general del proyecto) y concluimos que debíamos dejar de lado nuestro orgullo y entender que el éxito del Proyecto Opalo era una causa de interés nacional y así lo entenderían, también, los científicos consultados. Por otra parte, el presidente Ronald Reagan ya había hablado un par de veces por teléfono con Sullivan preguntando por la salud del “nene”, nombre clave que se le había conferido al transbordador.
Se habló, entonces, con gente de la Convair y Martin, de la Chrysler, de la Pratt y Whitney, de la Boeing y de la Thiokol. La mayoría de las compañías había licenciado a su personal dado que se iniciaba la temporada de la trucha. Por último, la Lockheed trajo alivio a nuestra inquietud: nos remitirían a Bernard Pseberg Lindon, artífice de la misión Viking, padre de las sondas Mariner y amigo cercano de un ingeniero que había sido verdadero cerebro gris del proyecto Skylab.
Pseberg debió ser rastreado por toda Europa Central ya que, para ese entonces, se hallaba visitando a un primo suyo que nada tenía que ver con los proyectos espaciales, pero que había contribuido grandemente a las comunicaciones humanas mediante la codificación de sombras chinescas sobre paredes.
Aún pienso que la Lockheed aceptó ayudarnos para cabalgar sobre la cresta de la ola de nuestro posible triunfo, y algo así debió pensar también Pseberg, para acceder a volar hasta nuestra ratonera de White Sands.
Debo admitir que la llegada de Pseberg apresuró la solución. Enérgico hasta la crueldad, de una actividad rayana en el fanatismo y con un método analítico más cercano a la pianola que al matemático, Pseberg nos puso frente a la solución del problema en sólo 25 días de trabajo: había que liberar los gases del ozono a través de las toberas de la tercera fase, pero sin contactarlos con los propergoles sólidos del segundo sistema. Y si éstos entraban en pérdida o desprotegían la dirección giroscópica, bastaba con inyectar una mayor proporción de flúor en la masa molar.
El árbol nos había impedido ver el bosque.
El 22 de octubre de 1981 se realizó la prueba final y todo anduvo a la perfección. De allí en más se completaron algunos detalles menores, se chequeó por milésima vez el encendido y todo quedó listo para el tan demorado momento del despegue definitivo. Fue cuando ante una sugerencia de Silvie Mortimer, quien me vio revolviendo el café con la visera de mi gorra, marché en procura de un reparador descanso. Y fue cuando, media hora después de revolverme en la cama como un poseso, Meck Sanduway llamó a mi puerta.
—La tobera del segundo sistema se atascó —me disparó Sanduway apenas le hube abierto la puerta. Sentí como si millones de pequeños alfileres se clavasen en mi cuerpo. Las piernas se me aflojaron y de no mediar el apresurado sostén de Meck me hubiese destrozado la cabeza contra el piso.
—¿Se lo has dicho a alguien? —atiné a preguntarle apenas pude recuperar el dominio de mis cuerdas vocales.
—No —me tranquilizó Meck, con esa austeridad de vocabulario que hace tan rústicos a los hombres del bajo Tennessee.
Para el lector que no conozca los entretelones de un proyecto interespacial, informo que una tobera no tiene actividades intermedias: o funciona o no funciona. No se admiten en una tobera ni falsos encendidos ni ronquidos, ni carrasperas, como tampoco producción a “media máquina”.
“Cinthya”, la tobera del segundo sistema estaba bajo mi completa responsabilidad y ahora, a sólo 14 horas del lanzamiento del Columbia, se había empacado como un asno. Era un problema tres veces más complejo que el anterior suscitado con la gasificación del ozono. Y el problema de la gasificación del ozono nos había demorado durante medio año.
—Vuelve al centro de cómputos —recomendé a Meck—.Y no digas a nadie nada de esto.
Tomé el casco, salté sobre un jeep, y abandoné las barracas rumbo al transbordador. Afortunadamente a esa hora, cuando el sol era un soplete sobre la arena, sólo me crucé con algunos operarios menores.
Los ingenieros y científicos se habían refugiado en sus habitaciones disfrutando de hallarse, por fin, en vísperas de la cuenta regresiva. En tanto ascendía mediante el ascensor interno hacia las visceras del Columbia, pensaba en qué palabras emplearía para comunicar a nuestro jefe Woollie Pat Sullivan, el nuevo drama que se había desatado. Lo recordaba, un año atrás, masticando, transpuesto de odio, una minicalculadora Sharp ante la noticia de la quemadura de una bujía de su coche. Además, debería ser yo, en persona, quien explicara al presidente Reagan, el flamante e incalculable retraso del Proyecto Opalo. Y yo conocía bien al presidente. Por mucho menos que eso lo había visto hacer cosas terribles con los indios, largo tiempo atrás, en el cine de Tollucah, mi ciudad natal.
Cuando llegué al compartimento que hacía las veces de antesala, sólo encontré a un empleado de mantenimiento, quien se había refugiado en la tranquililidad de esa sección para apurar su emparedado de tocino y maní. Le ordené, perentoriamente, que se fuera. El hombre, sin decir palabra, envolvió su merienda y se alejó.
Con el alma en un hilo, oprimí el encendido de “Cinthya”. Me respondió un silencio funerario. Repetí la acción cinco o seis veces. Ni un chasquido. Nada. “Cinthya” estaba muerta, fría y yerta. Me dejé caer, vencido, sobre el piso de metal. Entonces me encontré, de nuevo, con la mirada del empleado de mantenimiento. No se había ido. Estaba sentado sobre el sistema de apertura de compuertas externas, junto a la salida que no había transpuesto, masticando con poco entusiasmo su comida, observándome con expresión indiferente.
En aquel momento, con ese pudor lógico de todo científico egresado de Denver, deseé que aquel desconocido confundiese mis lágrimas con posibles gotas de transpiración. Lo que iba a ser difícil de explicarle eran mis berridos animaloides y los puñetazos que propinaba contra el blindaje de las mamparas. Con la tobera de la sección superior atascada, el soñado despegue del transbordador Columbia en 1981 era utópico.
La preeminencia de la carrera espacial volvería a manos de los comunistas y podía decirse que el mundo libre estaría al borde de la destrucción, el holocausto atómico y ¿por qué no? la contaminación de los ríos.
Controlar, chequear y verificar todas y cada una de las 573.829 piezas mecánicas y electrónicas encerradas en aquella cúpula cilindrica de 38 metros de largo por 11,07 de ancho que constituía la médula energética del Columbia podía insumir de uno a dos quinquenios de planes galácticos. Reagan no lo soportaría.
Dentro de mi desesperación vi que el operario, sin dejar de comer, adelantaba un par de veces el mentón hacia mí, en mudo interrogante.
—¿No le dije que se fuera? —le grité, desde el suelo, furioso. Frunció el entrecejo y volvió a avanzar su mentón, inquisidor. Comprendí que no entendía bien el idioma.
—¿No habla inglés? —le pregunté, más enojado aún.
—Sí, sí —dijo. Se puso de pie, tiró desaprensivamente los restos del sandwich en un rincón y limpió con energía las palmas de sus manos golpeándolas contra los fundillos de su pantalón en tanto se me acercaba. Sin dejar de hurguetearse los dientes con la punta de la lengua y el reborde de los labios, me tomó de un brazo y me ayudó a ponerme de pie. Allí pude leer, entonces, el nombre de aquel sujeto moreno y bajo, en el solapero que lo identificaba: “Artemio Pablo Sosa”. Un hispanoparlante.
—Hablo inglés —me explicó—. Pero si me habla muy rápido. . . —se quedó en silencio mirando fijamente hacia un punto ubicado en las cercanías de mi hombro derecho y yo pensé que buscaba palabras para completar la frase. Chasqueó los labios y escupió un residuo de carne.
—¿Qué pasa, maestro? —preguntó luego.                       
—¿Qué es usted?—me interesé—. ¿Mejicano?
—Argentino —me dijo. Yo apoyé mi empapada espalda contra una mampara y meneé la cabeza con desaliento.      
—La tobera —señalé con gesto vago, baja la vista.
—¿Qué pasa? ¿Qué tiene la tobera?
Oscilé mis manos, con las palmas hacia abajo, a la altura de mi cintura.
—Reventó —sólo atiné a decir—. Fin.
—¿No camina? —dijo el hombre. Estuve tentado de explicarle, pero me frenó el ridículo de enredarme en una charla técnica con un auxiliar electricista que no sólo no detentaba cargo relevante alguno, sino que ni siquiera era sajón. Por otra parte ya el desprolijo personaje me había dado la espalda y, mientras se rascaba los dorsales lentamente con el pulgar de la mano derecha, atisbaba hacia lo alto de la tobera a través del triple cristal atérmico que nos separaba de ella, sobre la consola de mandos.
Sosa volvió hacia mí. Ahora se estiraba hacia abajo, impudorosamente,  la tela que le recubría la entrepierna.
—¿Está abierto? —señaló a sus espaldas la puerta que accedía a la tobera. Asentí con la cabeza. Pero no volvió hacia allí. Caminó hasta donde había estado sentado y comenzó a revolver en un bolso de trabajo abandonado junto a los restos de su merienda. Sacó una manzana y entonces sí, pasó de nuevo junto a mí, hacia la puerta de entrada a la tobera.
Yo permanecí quieto en el mismo lugar, como vacío de hálito vital, pensando tan sólo en el sombrío futuro que acechaba a mis hijos, en el hipotético caso de que llegase a tenerlos.
Habrían pasado seis minutos cuando apareció de nuevo el argentino.
—¿Tiene un alambre? —me preguntó. Sacudí la cabeza, negando.
—Me parece que yo. . . —masculló—. Algo me queda. . .
Fue hasta su bolso, revolvió en él y sacó un trozo de alambre de unos veinte centímetros. Mientras procuraba enderezarlo (había estado plegado en secciones de unos seis centímetros) me miró y enarcó las cejas.
—Vamos a ver, dijo un ciego —informó, serio. Pasó de nuevo frente a mí y se metió en la tobera. Por quince minutos sólo lo escuché silbar una música extraña. Yo, en tanto, sopesaba la posibilidad de salir al exterior de la nave, ganar la superficie de una de sus cortas alas y de allí lanzarme de cabeza a la pista, distante lo suficiente como para hacer estallar una bóveda craneana.
Apareció de nuevo el argentino: se estaba frotando las manos con un trapo.
—A ver, maestro —me dijo.
—¿Qué?
—Préndala —me indicó, señalando con un movimiento de cabeza hacia la tobera.
Ahora sí, lo miré como comprendiendo que se trataba de un ser viviente quien me hablaba.
—Préndala. Dele —insistió, mientras volvía hacia su bolso y metía el trapo en su interior. Caminé cuatro lentos y arrastrados pasos hacia el encendido, apoyé un dedo sobre el botón y giré mis ojos para mirar al argentino, compasivamente. Apreté el botón y se escuchó un ronroneo suave y parejo primero, y luego un rugido saludable. Casi estrello mi cara contra el triple cristal en procura de ver desde más cerca lo que no podía creer. ¡Aquella maldita tobera funcionaba! Me di vuelta, incrédulo, hacia ese sudamericano providencial. El hombre había corrido el cierre relámpago de su bolso, había metido éste bajo su brazo izquierdo y miraba hacia el techo, prestando atención al sonido trepidante de “Cinthya”.
—No —pareció contradecirse—. Va andar bien. Luego, sí, se dirigió a mí:            —Le va aguantar bastante. Por lo menos para sacarlo del paso. Eso sí. . .                                —advirtió— . . . capaz que de aquí a un par de años le tenga que pegar una revisada. Pero. . . por ahora. . . —pareció conformarse.
Se tocó luego la ceja derecha en un remedo de desmañado saludo militar, cabeceó para despedirse, abrió la compuerta neumática que daba a la escalera externa y se fue. Yo, en tanto, escuchaba a mis espaldas el dulce canto de “Cinthya”, funcionando.
Al día siguiente, el transbordador Columbia, tras corta cabalgata sobre su avión-madre, salió disparado hacia el límpido cielo de Najove y de allí en más la historia es conocida.
De Artemio Pablo Sosa, nunca jamás tuve conocimiento. Superada la efervescencia del éxito de la misión Opalo, lo busqué por las distintas dependencias, talleres y barracas de White Sands. Finalmente, en la oficina de personal me informaron que había viajado la misma tarde del lanzamiento, posiblemente a New York, con un nuevo contrato.
Un año después, una agencia de averiguaciones privada me informó que Sosa había trabajado cuatro meses como lavacopas en un restaurante italiano sobre la Séptima Avenida.
Alguien me contó, también, que una persona de ese mismo apellido había estado trabajando como iluminador en un teatro de quinta categoría donde ponían piezas musicales para público latino, en Broadway. Pero nunca más pude encontrarlo.

*Fuente: NO SE SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS
EDICIONES DE LA FLOR. 1998

Correo:

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INVENTIVA SOCIAL. Gracias por brindarnos este espacio de comunicación que refleja formas de pensar, desear y decir a cerca del arte literario, nosotras somos mujeres trabajadoras sociales de los barrios de Salta Cap. y algunas de las compañeras viven en el interior de la Pcia. Por su puesto tenemos experiencias con mucho humor dolor de lo que padecen las mujeres y sería muy bueno publicarlas en esta páginas de escritores y lectores ya estaré comunicandoles esta novedad para animarnos a relatarlos.
GRACIAS. UN ABRAZO DE LAS COMPAÑERAS DE
 

*FORO DE MUJERES POR LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES- SALTA- ARGENTINA
foro_genero@hotmail.com

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El jueves 27 de marzo a las 19,30 horas en el Museo de la Memoria -A. del Valle y Callao, Ex Estación Rosario Norte- se presentarán dos libros, en el marco de los actos por el 32 aniversario de la instauración de la última dictadura militar en la Argentina. Se trata de textos escritos por mujeres pertenecientes a dos generaciones atravesadas por el terrorismo de Estado: la de los desaparecidos y la de sus progenitores.
En primer lugar se presentará un libro de poesía, editado por la Editorial municipal: “Todo te sobrevive/Poemas” cuyas autoras Elena Belmont (fallecida) y Claverie –Marta- Hernández Larguía, son integrantes de “Madres de la Plaza 25 de mayo de Rosario”. La presentación estará a cargo del Director del Museo, el prof. Rubén Chababo y el escritor Rafael Ielpi. 
A continuación se presentará la narración de Susana Romano Sued: “Procedimiento. Memoria de La Perla y La Ribera”, que aparece  en el sello editorial cordobés  El Emporio Ediciones. Oriunda también de Córdoba, la autora, es además poeta, traductora y psicoanalista.
¿Cómo narrar una de las experiencias subjetivas más devastadoras, la del campo de exterminio? Susana Romano Sued ha podido poner palabras no sólo a su propia experiencia del horror en centros de detención clandestinos, ha podido hacerlo ficcionalizando, tomando también la voz de otros; ficcionalizando para que la verdad sea soportable. ¿Cómo narrar el goce del perverso por antonomasia, aquel que confunde su goce con una razón de estado? ¿Aquel que se postula como dueño absoluto de vidas y muertes? Filósofos como  T.Adorno se preguntaron si era posible seguir escribiendo poesía después del Holocausto  y poetas como Paul Celan- este último traducido del alemán al español por la propia Romano Sued- respondieron en acto, escribiendo.  Tal vez no sólo sea posible, sino necesario y una condición de sostenimiento.
Susana Romano Sued posee una amplia obra poética entra las que se destacan: Verdades como criptas (1981, primer premio Luis de Tejeda), El corazón constante (1989), Escriturienta (1994 Córdoba), Nomenclatura/Muros (1997) Algesia (2000, España), Mal del siglo (2000, Mención especial de la Secretaría de Derechos Humanos) y El Meridiano (2004 y 2007, Córdoba).Tradujo el volumen Poesía contra poesía de Jean Bollack (2005, España) y Devolver el fuego, antología de la joven poesía alemana (2006). Se recomienda consultar: www.susanaromanosued.com
“Procedimiento, Memoria de La Perla y La Ribera” es como anuncia su título mismo una memoria, es decir literalmente una activa construcción sobre el pasado y no una mera crónica de hechos desgarradores. En el delicado equilibrio entre ese pasado individual y este presente, aparece una voz narradora que desarticula la sintaxis tradicional de la lengua para poder encontrar un discurso posible.
El libro será presentado por la Ps.Laura Capella y la Lic. María Inés Laboranti. El evento cuenta además con los auspicios del Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2ª Circ.y su Foro en Defensa de los DDHH.

 
*Enviado para compartir por Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar
 …hacer de la caída un paso de danza, Pessoa

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Posted by URBANOPOWELL in 16:18:22
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