Thursday, March 27, 2008

TE DOY LO QUE NO TENGO…

El estudiante del amor*

 
Había pasado toda su niñez en un colegio, su adolescencia en un instituto, su juventud en una universidad y unos masters específicos completaron su educación. Estaba preparado para afrontar la vida con bastantes garantías, pero tenía una laguna por cubrir: En el arte de amar era virgen.
A sus 25 años había dedicado tanto tiempo a los estudios que no había tenido tiempo para aprender a amar.
Como era eminentemente práctico, elaboró un plan para ponerse al día en la labores amatorias, y como no encontró academia en la Páginas Amarillas Telefónicas, buscó los servicios de una profesional que, con su experiencia y a través de una serie de clases prácticas, lo pusiera al día en estos menesteres.
Después de un curso acelerado, la Consuelo, su maestra, le otorgó el título de experto “cum laude” lo que le llenó de satisfacción y gozo. La elección de Consuelo con sus 30 años de experiencia fue todo un acierto.
Al cabo de tres meses, en su primer trabajo, conoció a Miriam, una chica encantadora de 19 años con la que formalizó una cita aun temiendo que, al ser ella de corta edad, debería enseñarle lo aprendido. Menos mal que Consuelo le había enseñado todo.

En su primera cita, después de una tarde de copas, se fueron a la cama. Suspendió.

*De Joan.  joan@cimat.es

TE DOY LO QUE NO TENGO…

*

1

El universo
es las constelaciones
de ojos que lo ven.
                                 

  2

La luna cae
junto con sus pétalos
de amadas sombras.       
                                    

3

Así te miro,
ahondando mis dedos
para detener, infinitesimalmente,
universos que van fluyendo.
                              
 
  4

Miro y espero,
a un lado del arroyo,
bambú fluyendo.
 
                              
 
   5

Quién pudiera detenernos
en un sorbo de constelaciones,
expandiéndose
junto a las estrellas,
expandiéndonos
junto al universo.
                                 

   6

Llorarlo todo
para que el mismo todo
llore por nada.
 
                                  
  7

Ahueco mis manos
y en ellas sostengo
infinitos caudales de agua
que van fluyendo.
 
                             
 
   8

La dura piedra
se hace agua tranquila
después del bambú.
 
                              

   9

Si llegas
yo me instalo en todo mapa,
en todas constelaciones.
 
                                

 10
 

Con la naturaleza estamos en paz
cuando por sus indiscriminantes ojos
nos vemos en paz…
 
                                   

11

Está la amada
en el medio del jardín,
creciendo soles.
 
                                

 12

Antes que nosotros
estaban nuestros caminos
y después que nos vamos
siguen ellos solos
buscando su destino.
 
 
                             
 13

Te doy lo que no tengo;
apenas te doy lo que jamás nadie tuvo  o tendrá.
Es más, te doy lo que no puedo;
te doy lo que tu crees que te doy
y que por eso a duras penas
lo sostengo en mis manos.
 
                                  

  14

El loto sueña
en su sueño celeste
entre amapolas.
 
                                   

 15

Te vas lejos,
tan distante de vos
que casi comprendo
que no te quedas conmigo
simplemente porque no estás en paz contigo.
                                 
 

 16

Dices, a esta altura,
que no crees.
Y, probablemente,
como cambian las creencias, los saberes,
es probable que a ciegas extiendas tus manos…
Y entonces crees.
 
                                
  
 17

Qué básico y qué sencillo:
cuando salgo por la vereda
del frente de la vida,
aunque piense
que no hay nadie;
aún así te encuentro en cada horizonte,
en cada desierto
y en todos los árboles.
 
                               

   18

Es púrpura y es salvaje
beberse el infinito
en un solo trago de universo.
 
 
                              
  19

Lloro por llorar,
porque ya lo sabía…
Es demasiado
tratar de asir
un poco de infinito.
 
                                

 20

Y yo que pensé que podía detenerte
un instante largo,
un tramo de sendero.
Y sin embargo apenas
puedo sostener tu libertad
en un soplo de viento.
 
 

  21

Siempre lloran
una alegre llovizna
las mariposas.

22

Para qué tantas carreteras,
tantas calles, vías,
caminos, huellas,
si andamos así, sin rumbo,
perdidos todos
de caminar juntos.

*De Sebastián Slobodjanac Iparraguirre. sloboseba@yahoo.com.ar
- San Juan- Argentina.

Esqueleto*

 
*de Ray Bradbury

Ya se le había pasado la hora de ver otra vez al doctor. El señor Harris se metió, desanimado, en el hueco de la escalera, y vio el nombre del doctor Burleigh en letras doradas y una flecha que apuntaba hacia arriba.
¿Suspiraría el doctor Burleigh cuando lo viese? En verdad, ésta era la décima visita en el año. Pero el doctor Burleigh no podía quejarse. ¡El señor Harris pagaba todas las consultas!
La enfermera miró por encima al señor Harris y sonrió, un poco divertida, mientras llamaba con las puntas de los dedos en la puerta de vidrio esmerilado, la abría y metía la cabeza. Harris pensó que le oía decir:
-¿Adivine quién está aquí, doctor?
Y en seguida le pareció que la voz del doctor replicaba, débilmente:
-Oh, Dios mío, ¿otra vez?
Harris tragó saliva, nerviosamente, entró en el consultorio, y el doctor Burleigh gruñó:
-¿Le duelen otra vez los huesos? ¡Ah! -Frunció el ceño y se ajustó los lentes-. Mi querido Harris, ha sido usted aderezado con los peines y cepillos más finos y antisépticos que conoce la ciencia. Usted está
nervioso. Veamos los dedos. Demasiados cigarrillos. Olamos el aliento.
Demasiadas proteínas. Mirémosle los ojos. Falta de sueño. ¿Mi receta? Váyase a la cama, menos proteínas, y no fume. Diez dólares, por favor.
Harris, enfurruñado, no se movió.
El doctor apartó brevemente los ojos de sus papeles.
-¿Todavía ahí? ¡Es usted un hipocondríaco! Ahora son once dólares.
-Pero, ¿por qué me duelen los huesos? -preguntó Harris.
El doctor Burleigh le habló como a un niño.
-¿Nunca ha tenido un músculo cansado, y se pasó las horas irritándolo, pellizcándolo, frotándolo? Cuanto más lo toca, más lo empeora. Al fin, si lo deja tranquilo, el dolor desaparece, y usted descubre que la causa principal del malestar era usted mismo. Bueno, hijo, ése es su caso. Quédese tranquilo. Tómese una dosis de sales. Váyase y haga ese viaje a Phoenix con el que está soñando desde hace meses. ¡Le hará bien viajar!
Cinco minutos después, el señor Harris hojeaba una guía de teléfonos en el bar de la esquina. ¡Bonita comprensión la que uno obtenía de los cegatones idiotas como Burleigh! Recorrió con el dedo una lista de ESPECIALISTAS DE HUESOS, y encontró uno que se llamaba M. Munigant. Munigant no tenía título
de médico, ni ningún otro; pero el consultorio estaba adecuadamente cerca.
Tres manzanas más allá, una hacia abajo…
M. Munigant, como el consultorio, era pequeño y oscuro. Como el escritorio, olía a cloroformo, yodo y otras cosas raras. Era un hombre que sabía escuchar, sin embargo, y mientras escuchaba, movía unos ojos brillantes y vivaces, y cuando le hablaba a Harris las palabras le salían como suaves silbidos, sin duda a causa de algún defecto en la dentadura.
Harris se lo contó todo.
M. Munigant asintió. Había visto casos semejantes. Los huesos del cuerpo.
Los hombres no tenían conciencia de sus propios huesos. El esqueleto.
Dificilísimo. Algo que concernía al desequilibrio, a una coordinación inarmónica entre alma, carne y esqueleto.
-Muy complicado -silbó suavemente M. Munigant.
Harris escuchaba fascinado. ¡Bueno, al fin había encontrado un doctor que lo entendía!
-Problema psicológico -dijo M. Munigant.
Fue rápidamente, delicadamente, hacia una pared oscura y apareció con media docena de radiografías que flotaron en el cuarto como objetos fantasmales arrastrados por una antigua marea.
-¡Mire, mire! ¡El esqueleto sorprendido! He aquí retratos luminosos de los huesos largos, cortos, grandes y pequeños.
El señor Harris no prestaba atención a la actitud correcta, al verdadero problema. La mano de M. Munigant golpeó, matraqueó, raspó, rascó las tenues nebulosas de carne donde colgaban espectros de cráneos, vértebras, pelvis, calcio, médula. ¡Aquí, allí, esto, aquello, éstos, aquellos y otros!
-¡Mire!
Harris se estremeció. Las radiografías y los cuadros volaron en un viento verde y fosforescente, que venía de un país donde habitaban los monstruos de Dalí y Fuseli.
M. Munigant silbó quedamente. ¿Deseaba el señor Harris que le… trataran los huesos?
-Depende -dijo Harris.
Bueno, M. Munigant no podía ayudar a Harás si Harris no se encontraba dispuesto. Psicológicamente uno tiene que necesitar ayuda, o el médico es inútil. Pero, y se encogió de hombros, M. Munigant «trataría».
Harris se acostó en una mesa, con la boca abierta. Las luces se apagaron, las persianas se cerraron. M. Munigant se acercó a su paciente.
Algo tocó la lengua de Harris.
Harris sintió que le desencajaban las mandíbulas, y le crujían y chirriaban. El cuadro de un esqueleto tembló y saltó en la pared. Harris sintió un estremecimiento, de pies a cabeza. Cerró involuntariamente la boca. M. Munigant gritó. Harris casi le había arrancado la nariz de un mordisco.
¡Inútil, inútil! ¡Todavía no era hora! Las persianas se abrieron susurrando.
La decepción de M. Munigant era tremenda. Cuando el señor Harris sintiera que podía cooperar psicológicamente, cuando el señor Harris necesitara ayuda realmente y tuviese confianza en M. Munigant, entonces quizá podría hacerse algo. M. Munigant extendió la manita. Mientras tanto, los honorarios eran sólo dos dólares. El señor Harris debía ponerse a pensar. Le daría un dibujo para que el señor Harris se lo llevara a su casa y lo estudiase. Tenía que familiarizarse con su propio cuerpo. Tenía que ser temblorosamente consciente de sí mismo. Tenía que mantenerse en guardia. Los esqueletos eran
cosas raras, imprevisibles. Los ojos de M. Munigant centellearon. Buenos días al señor Harris. Oh, ¿y no quería un palito de pan? M. Munigant le acercó al señor Harris un jarro de palitos de pan quebradizos y salados y se sirvió un palito él mismo diciendo que masticar palitos le servía para conservar… cómo decirlo…. la práctica. ¡Buenos días, buenos días al señor Harris! El señor Harris se fue a su casa.
Al día siguiente, domingo, el señor Harris se descubrió dolores y torturas innumerables y nuevas en todo el cuerpo. Se pasó la mañana con los ojos clavados en la estampa del esqueleto, anatómicamente perfecta, que le había dado M. Munigant.
En el almuerzo, Clarisse, la mujer del señor Harris, se apretó uno a uno los nudillos exquisitamente delgados, y al fin el señor Harris se llevó las manos a las orejas y gritó:
-¡Basta!
A la tarde, el señor Harris se enclaustró en sus habitaciones. Clarisse jugaba al bridge en el vestíbulo riendo y parloteando con otras tres señoras mientras Harris, oculto, se acariciaba y pesaba los miembros del cuerpo con creciente curiosidad. Al cabo de una hora se incorporó de pronto y llamó:
-¡Clarisse!
Clarisse entraba siempre como bailando, haciendo con el cuerpo toda clase de movimientos blandos y agradables para que los pies no tocaran ni siquiera la alfombra. Les pidió disculpas a sus amigas y fue a ver a Harris, animada. Lo encontró sentado en un extremo del cuarto y vio que clavaba los ojos en el
dibujo anatómico.
-¿Estás aún meditando, querido? -preguntó-. Por favor, deja eso.
Se sentó en las rodillas del señor Harris.
La belleza de Clarisse no alcanzó a distraer al señor Harris. Sintió la liviandad de Clarisse, le tocó la rótula. El hueso parecía moverse bajo la piel pálida y brillante.
-¿Está bien que haga eso? -preguntó, sorbiendo el aliento.
-¿Qué cosa? -rió Clarisse-. ¿Mi rótula, dices?
-¿Es normal que se mueva así, alrededor?
Clarisse probó.
-Se mueve así, realmente -dijo, maravillada.
-Me alegra que la tuya se deslice, también -suspiró el señor Harris-. Empezaba a preocuparme.
-¿De qué?
El señor Harris se palmeó las costillas.
-Mis costillas no llegan hasta abajo. Se paran aquí, ¡y he descubierto el aire!
Clarisse entrecruzó las manos bajo la curva de sus pequeños pechos.
-Claro, tonto. Las costillas de todos se detienen en un cierto punto. Y esas raras y cortas son las costillas flotantes.
-Espero que no se vayan flotando por ahí.
El chiste no era nada tranquilizador. El señor Harris deseaba ahora, sobre todas las cosas, quedarse solo. Nuevos descubrimientos arqueológicos, cada vez más sorprendentes, estaban al alcance de sus manos temblorosas, y no quería que se rieran de él.
-Gracias por haber venido, querida -dijo.
-Cuando quieras.
Clarisse frotó dulcemente su nariz contra la de Harris.
-¡Un momento! Espera… -El señor Harris extendió el dedo y tocó las dos narices-. ¿Te das cuenta? El hueso de la nariz crece sólo hasta aquí. ¡El resto es tejido cartilaginoso!
Clarisse arrugó la nariz
-¡Claro, querido!
Se fue bailando del cuarto.
Solo, sentado, Harris sintió que la transpiración se le acumulaba en los hoyos y arrugas de la cara y le fluía como una marea tenue mejillas abajo.
Se humedeció los labios y cerró los ojos. Ahora…. ahora…. ¿qué seguía ahora? La columna vertebral, sí. Aquí. Lentamente, el señor Harris se examinó la columna , moviendo los dedos como cuando operaba los botones de la oficina, llamando a secretarias y mensajeros. Pero ahora, al apretar la columna vertebral, las respuestas eran miedos y terrores que le entraban por un millón de puertas asaltando y sacudiendo la mente. La columna le parecía algo extraño…. horrible. Se tocó las vértebras nudosas. Como los huesitos quebradizos de un pescado recién comido, abandonados en un plato de porcelana fría.
-¡Señor! ¡Señor!
Le castañetearon los dientes. Dios todopoderoso, pensó. ¿Cómo no me di cuenta en todos estos años? ¡Todos estos años he andado por allí con un… esqueleto… adentro! ¿Cómo es posible que lo aceptemos así como así? ¿Cómo es posible que nunca pensemos en nuestros cuerpos?
Un esqueleto. Una de esas cosas duras, nevosas y articuladas. Una de esas cosas quebradizas, espantosas, secas, frágiles, matraqueantes, de dedos temblorosos, cabeza de calavera, ojos biselados, y que cuelgan de unas cadenas entre las telarañas de una alacena olvidada; una de esas cosas que hay en los desiertos y están ahí en el suelo desparramadas como dados.
Se incorporó, muy tieso, pues ya no podía soportar la silla. Dentro de mí, ahora, pensó, tomándose el estómago y la cabeza, dentro de mi cabeza hay un… cráneo. Uno de esos caparazones curvos que guardan la jalea eléctrica del cerebro. ¡Una de esas cáscaras rajadas con dos agujeros al frente como dos agujeros abiertos por una escopeta de dos caños! ¡Hay ahí grutas y cavernas de hueso, revestimientos y sitios para la carne, el olfato, la vista, el oído, el pensamiento! ¡Un cráneo que me envuelve el cerebro, con ventanitas abiertas al mundo exterior!
Harris tenía ganas de interrumpir la partida de bridge, entrar en la sala como un zorro en un gallinero y desparramar las cartas como nubes de plumas, todo alrededor. Se dominó trabajosamente, temblando. Vamos, vamos, hombre, tranquilízate. Has tenido una verdadera revelación, apréciala, disfrútala.
¡Pero un esqueleto!, le gritó el subconsciente. No lo aguanto. Es algo vulgar, terrible, espantoso. Los esqueletos son cosas horribles; crujen y rascan y traquetean en viejos castillos, colgados de vigas de roble, como largos péndulos susurrantes, indolentes, que se mueven al viento.
La voz de Clarisse llegó desde lejos, clara, dulce.
-Querido, ¿vienes a saludar a las señoras?
El señor Harris sintió que se mantenía en pie gracias al esqueleto. ¡Esa cosa interior, ese intruso, ese espanto, le sostenía los brazos, las piernas, la cabeza! Era como sentir a alguien detrás de uno, alguien que no debiera estar ahí. Adelantándose, comprendió con cada paso que daba hasta qué punto dependía de esa Cosa.
-Iré en seguida, querida -contestó débilmente.
¡Vamos, ánimo!, se dijo a sí mismo. Mañana tienes que volver al trabajo. El viernes tienes que ir a Phoenix. Es un viaje largo. Cientos de kilómetros.
Tienes que estar en buena forma para hacer ese viaje o el señor Creldon no invertirá dinero en tu negocio de cerámica. ¡Arriba esa cabeza! ¡Coraje!
Un instante después estaba entre las señoras, y Clarisse le presentaba a la señora Withers, la señora Abblematt y la señorita Kirthy, las que tenían, todas, esqueletos dentro, pero se lo tomaban con mucha calma, pues la naturaleza les había revestido cuidadosamente la calva desnudez de la clavícula, la tibia, el fémur, con pechos, muslos, pantorrillas, cejas y cabelleras satánicas, labios de aguijón, y.. ¡Dios!, gritó interiormente el señor Harris. Cuando hablan o comen muestran los dientes, ¡una parte del esqueleto! ¡Nunca se me había ocurrido!
-Excúsenme -jadeó, y salió corriendo del cuarto alcanzando apenas a arrojar la merienda por encima de la balaustrada del jardín, entre las petunias.
Esa noche, sentado en la cama mientras Clarisse se desvestía, Harris se arregló cuidadosamente las uñas de los pies y las manos. Esas partes, también, revelaban el esqueleto, que asomaba impúdicamente. Debió de haber enunciado en voz alta parte de la teoría, pues Clarisse, ya acostada y en camisón, le echó los brazos al cuello canturreando:
-Oh, mi querido, las uñas no son huesos. ¡Son sólo epidermis endurecida!
El señor Harris dejó caer las tijeras.
-¿Estás segura? Espero que tengas razón. Me sentiría más tranquilo. -Miró la curva del cuerpo de Clarisse, boquiabierto-. Ojalá toda la gente fuera como tú.
-¡Condenado hipocondríaco! -Clarisse lo sostuvo estirando el brazo, Vamos, ¿qué te pasa? Díselo a mamá.
-Algo que siento dentro -dijo Harris-. Algo que… comí.
A la mañana siguiente y durante toda la tarde en la oficina del centro de la ciudad, el señor Harris investigó los tamaños, las formas y la posición de varios de sus propios huesos con un desagrado cada vez mayor. A las diez de la mañana le pidió permiso al señor Smith para tocarle el codo un momento.
El señor Smith consintió, pero mirándolo de reojo. Después del almuerzo el señor Harris le dijo a la señorita Laurel que quería tocarle el omóplato, y la joven se apretó en seguida de espaldas contra el cuerpo del señor Harris ronroneando y entornando los ojos.
-¡Señorita Laurel! -gritó el señor Harris-. ¡Basta!
Solo, meditó sobre sus neurosis. La guerra acababa de terminar, y la tensión del trabajo y el futuro incierto tenían mucha relación probablemente con aquel estado de ánimo. Pensaba a veces en dejar la oficina, instalarse por su propia cuenta; tenía un talento nada común para la cerámica y la escultura. Tan pronto como pudiese iría a Arizona, le pediría dinero al señor Creldon, compraría un horno y pondría una tienda. Cuántas preocupaciones. En verdad era todo un caso. Pero por suerte había conocido a M. Munigant, que parecía decidido a comprenderlo y ayudarlo. Lucharía un tiempo solo, no iría a ver a Munigant ni al doctor Burleigh, mientras pudiera resistirlo. La extraña sensación desaparecería. El señor Harris se quedó mirando el aire.
La extraña sensación no desapareció. Creció.
El martes y el jueves se desesperó pensando que la epidermis, el pelo y otros apéndices eran manifestaciones de un grave desorden, mientras que el esqueleto desprovisto de tegumentos era en cambio una estructura limpia y flexible, bien organizada. A veces, cuando al resplandor de ciertas luces, sintiendo el peso de la melancolía, se le bajaban morosamente las comisuras de la boca, creía ver el cráneo que le sonreía desde detrás de la cara.
¡Suelta!, gritaba. ¡Déjame! ¡Los pulmones! ¡Basta!
Jadeaba convulsamente, como si las costillas lo apretaran quitándole el aliento.
¡Mi cerebro! ¡No lo aprietes!
Y unos dolores de cabeza terribles le quemaban el cerebro reduciéndolo a cenizas apagadas.
¡Mis entrañas, déjalas, por amor de Dios! ¡Apártate de mi corazón!
El corazón se le encogía bajo las costillas que se abrían en abanico, como arañas pálidas que acechaban la presa.
Una noche descansaba acostado empapado en sudor. Clarisse estaba afuera, en una reunión de la Cruz Roja. Harris trataba de conservar la calma, pero era más y más consciente de aquel conflicto: afuera ese sucio exterior, y adentro esa cosa hermosa, fresca, limpia y de calcio.
La tez, ¿no era oleosa, no tenía arrugas de preocupación?
Observa la perfección de la calavera: impecable y nívea. La nariz, ¿no era demasiado prominente?
Observa bien los huesecitos de la nariz en la calavera, antes que el monstruoso cartílago nasal formara la probóscide montañosa.
El cuerpo, ¿no era rollizo?
Bueno, examina el esqueleto, delgado, esbelto, la economía de las líneas y el contorno. ¡Marfil oriental exquisitamente tallado! ¡Perfecto, grácil como una manta religiosa blanca!
Los ojos, ¿no eran protuberantes, ordinarios, apagados?
Ten la amabilidad de examinar las órbitas en la calavera: tan profundas y redondas, sombrías, pozos de calma, sabias, eternas. Mira adentro y nunca tocarás el fondo de ese conocimiento oscuro. Toda la ironía, toda la vida, todo está ahí en esa copa de oscuridad.
Compara, compara, compara.
Harris rabió durante horas. Y el esqueleto, siempre un filósofo frágil y solemne, descansaba dentro, calmoso, sin decir una palabra, suspendido como un insecto delicado en el interior de una crisálida, esperando y esperando.
Harris se sentó lentamente.
-¡Un minuto! ¡Espera! -exclamó-. Tú también estás perdido. Yo también te tengo. ¡Puedo obligarte a hacer lo que se me antoje! ¡No puedes impedirlo!
Digo yo: mueve los carpos, los metacarpos y las falanges y, ssssss, ¡ahí se alzan, como si yo saludara a alguien! -Se rió-. Le ordeno a la tibia y al fémur que sean locomotoras y, jum, dos tres cuatro, jum, dos tres cuatro, allá vamos alrededor de la manzana. ¡Sí, señor!
Harris sonrió mostrando los dientes.
-Es una lucha pareja. Fuerzas iguales, y lucharemos, ¡los dos! Al fin y al cabo, ¡soy la parte que piensa! ¡Sí, Dios mío, sí! ¡Aunque no te domine; todavía puedo pensar!
Instantáneamente, una mandíbula de tigre se cerró de golpe, mordiéndole el cerebro. Harris aulló. Los huesos del cráneo apretaron como garras hasta que Harris tuvo horribles pesadillas. Luego, lentamente, mientras Harris chillaba, los huesos adelantaron el hocico y se comieron las pesadillas, una por una, hasta que la última desapareció y todas las luces se apagaron….
Al fin de la semana, Harris postergó el viaje a Phoenix por razones de salud. Pesándose en una balanza de la calle vio que la lenta flecha roja señalaba 75.
Gruñó. Cómo, he pesado ochenta kilos durante años y años. ¡He perdido cinco kilos! Se examinó las mejillas en el espejo sucio de moscas. Un miedo primitivo y helado le recorrió el cuerpo estremeciéndolo. ¡Tú, tú! ¡Sé muy bien qué te propones, tú!
Se amenazó con el puño la cara huesuda, hablándoles particularmente al maxilar superior, al maxilar inferior, al cráneo y a las vértebras cervicales.
-¡Maldito! Crees que puedes matarme de hambre, hacerme perder peso, ¿eh?
Sacarme la carne, no dejar nada, sólo huesos y piel. Tratas de echarme a la zanja, para ser el único dueño, ¿eh? ¡No, no!
Corrió a un restaurante.
Pavo, salsas, papas en crema, cuatro ensaladas, tres postres. No podía tragar nada, se sentía enfermo del estómago. Se obligó a comer. Los dientes empezaron a dolerle. Mala dentadura, ¿eh?, pensó, furioso. Comeré aunque los dientes se sacudan, se golpeen y crujan, y caigan todos en la sala.
Tenía fuego en la cabeza, respiraba entrecortadamente, sintiendo una opresión en el pecho, y un dolor en las muelas; pero ganó sin embargo una pequeña batalla. Iba a beber leche cuando se detuvo y la derramó en un florero de capuchinas. Nada de calcio para ti, muchacho, nada de calcio para ti. Nunca jamás comeré algo que tenga calcio o cualquier otro mineral que tonifique los huesos. Comeré sólo para uno de nosotros, muchacho, sólo para uno.
-Setenta kilos -le dijo la semana siguiente a su mujer-. ¿Notaste cómo he cambiado?
-Noto que estás mejor -dijo Clarisse-. Siempre fuiste un poco gordito para tu altura, querido. -Le acarició la barbilla-. Me gusta tu cara. Es mucho más elegante. Las líneas son ahora tan firmes y fuertes…
-No son mis líneas, son sus líneas, ¡maldita sea! ¿Quieres decir acaso que él te gusta más que yo?
-¿Él? ¿Quién es él?
En el espejo del vestíbulo, más allá de Clarisse, la calavera le sonrió al señor Harris desde detrás de una mueca carnosa de desesperación y odio.
Colérico, el señor Harris engulló unas tabletas de malta. Era un modo de ganar peso cuando uno no puede comer otras cosas. Clarisse vio las píldoras de malta.
-Pero, querido, realmente, yo no te pido que subas de peso -dijo.
-¡Oh, cállate! -dijo Harris entre dientes.
Clarisse lo obligó a que se acostara. Harris se tendió con la cabeza en el regazo de Clarisse.
-Querido -dijo Clarisse-. Te he estado observando últimamente. Estás tan… lejos. No dices nada, pero parece que te persiguieran. Te agitas en la cama, de noche. Quizá debieras ver a un psiquiatra. Pero ya sé qué te diría, puedo adelantártelo. Te he oído mascullar, una vez y otra, y he sacado mis conclusiones. Pues bien, te diré que tú y tu esqueleto son una sola cosa: «una nación indivisible, con libertad y justicia para todos». Unidos triunfarán, divididos fracasarán. Si no se pueden entender entre ustedes como un viejo matrimonio, ve a ver al doctor Burleigh. Pero antes distiéndete, tranquilízate. Estás viviendo en un círculo vicioso; cuanto más te preocupas, más sientes los huesos y más te preocupas. Al fin y al cabo,
¿quién inició esta batalla? ¿Tú o esa entidad anónima que según dices está acechándote detrás del canal alimentario?
Harris cerró los ojos.
-Yo. Creo que fui yo. Adelante, Clarisse, sigue hablándome.
-Descansa ahora -susurró Clarisse dulcemente-. Descansa y olvida.
El señor Harris se mantuvo a flote un día y medio y luego empezó a hundirse otra vez. La imaginación podía tener su parte de culpa, sí, pero este esqueleto particular, Dios mío, devolvía los golpes.
En las últimas horas de la tarde, Harris buscó el consultorio de M. Munigant. Caminó media hora antes de encontrar la dirección y descubrir el nombre M. Munigant, escrito con iniciales de oro viejo y descascarado en un letrero de vidrio. En ese momento, le pareció que los huesos le estallaban
rompiendo amarras, dispersándose en el aire en una erupción dolorosa.
Enceguecido, Harris retrocedió. Cuando abrió de nuevo los ojos ya estaba del otro lado de la esquina. El consultorio de M. Munigant había quedado atrás.
Los dolores cesaron.
M. Munigant era el hombre que podía ayudarlo. Si la visión del letrero provocaba una reacción tan titánica, indudablemente M. Munigant era el hombre indicado.
Pero no hoy. Cada vez que Harris trataba de volver al consultorio reaparecían los terribles dolores. Transpirando, renunció al fin y entró tambaleándose en un bar.
Mientras cruzaba el vestíbulo oscuro se preguntó brevemente si M. Munigant no tenía una buena parte de culpa. ¡Al fin y al cabo era M. Munigant quien lo había incitado a que se observara el esqueleto, desencadenando un tremendo impacto psicológico! ¿No estaría utilizándolo M. Munigant para algún propósito nefasto? Pero ¿qué propósito? Era una sospecha tonta. Un pobre médico, y nada más. Trataba de ayudarlo. Munigant y sus palitos de pan. Ridículo, M. Munigant estaba muy bien, muy bien.
El espectáculo del salón del bar era alentador. Un hombre corpulento, gordo, redondo como una bola de manteca, bebía una cerveza tras otra en el mostrador. La imagen del éxito, realmente. Harris reprimió el deseo de ponerse de pie, palmearle el hombro al gordo y preguntarle cómo había hecho para ocultarse los huesos. Sí, el esqueleto del hombre estaba lujosamente tapizado. Había almohadones de tocino aquí, bultos elásticos allí, y varias golillas redondas bajo la barbilla. El pobre esqueleto estaba perdido; nunca podría salir de ese tembladeral de grasa. Podía haberlo intentado una vez, pero ya no. Los huesos, abrumados, no se insinuaban en ninguna parte.
No sin envidia, Harris se acercó al gordo como alguien que cruza ante la proa de un transatlántico. Harris pidió una bebida, se la tomó, y se atrevió a hablarle al gordo.
-¿Glándulas?
-¿Me habla usted a mí? -preguntó el gordo.
-¿O una dieta especial? -comentó Harris-. Perdóneme, pero vea usted, me cuelga la piel. No puedo aumentar de peso. Me gustaría tener un estómago -Así es entonces -susurró, los ojos enrojecidos, las mejillas hirsutas-. De un modo o de otro me arrastras, me matas de hambre, de sed, acabas conmigo. -Tragó unas rebabas secas de polvo-. El sol me cocinará la carne para que puedas salir. Los buitres me almorzarán y tú quedarás tendido en el suelo, sonriendo. Sonriendo victorioso. Un xilofón calcinado donde unos buitres tocan una música rara. Te gusta eso. La libertad.
Harris caminó por un escenario que temblaba y burbujeaba bajo la cascada de la luz solar. Tropezaba, caía de bruces y se quedaba tendido alimentándose con bocados de fuego. El aire era una llama azul de alcohol, y los buitres se asaban, humeaban y chispeaban volando en círculos y planeando. Phoenix.
El camino. El coche. Agua. Un refugio.
-¡Eh!
Otra vez el grito. Crujidos de pasos, rápidos.
Gritando, aliviado, incrédulo, Harris corrió y se derrumbó en brazos de alguien que llevaba uniforme.
El coche tediosamente remolcado, reparado. Ya en Phoenix. Harris se encontró en un estado de ánimo tan endemoniado que la operación comercial fue una apagada pantomima. Aun cuando consiguió el préstamo y tuvo el dinero en la mano, no se dio mucha cuenta. La cosa interior, como una espada dura y blanca dentro de un escarabajo, le teñía los negocios, la comida, le coloreaba el amor por Clarisse, le impedía confiar en su automóvil. La cosa, en verdad, tenía que ser puesta en su sitio. El incidente del desierto había pasado demasiado cerca, le había tocado los huesos, podía decir uno torciendo la boca en una mueca irónica. Harris se oyó a sí mismo agradeciéndole el dinero al señor Creldon. Luego dio media vuelta con el coche y se puso de nuevo en marcha, esta vez por el camino de San Diego, para evitar la zona desértica entre El Centro y Beaumont. Marchó hacia el norte a lo largo de la costa. No confiaba en el desierto. Pero… ¡cuidado!
Las olas saladas retumbaban y siseaban en la playa de Laguna. La arena, los peces y los crustáceos podían limpiarle los huesos tan rápidamente como los buitres. Despacio en las curvas junto al mar.
Demonios, estaba realmente enfermo.
¿A quién recurrir? ¿Clarisse? ¿Burleigh? ¿Munigant? Especialistas de huesos.
Munigant. ¿Bien?
-¡Querido!
Clarisse lo besó. Harris sintió la solidez de los huesos y la mandíbula detrás del apasionado intercambio, y dio un paso atrás.
-Querida -dijo lentamente, enjugándose los labios con la manga, temblando.
-Pareces más delgado; oh, querido, el negocio…
-Salió bien, creo. Sí, todo marchó bien.
Clarisse lo besó de nuevo.
La cena fue morosa, trabajosamente alegre. Clarisse reía animándolo. Harris estudiaba el teléfono, y de cuando en cuando levantaba el auricular, indeciso, y lo colgaba otra vez.
Clarisse se puso el abrigo y el sombrero.
-Bueno, lo siento, pero tengo que irme. -Le pellizcó la mejilla a Harris-.
Vamos, ¡ánimo! Volveré de la Cruz Roja dentro de tres horas. Tú descansa.
Tengo que ir.
Cuando Clarisse desapareció, Harris marcó un número en el teléfono, nervioso.
-¿M. Munigant?
Una vez que Harris hubo colgado el auricular, las explosiones y los malestares del cuerpo fueron extraordinarios. Harris sintió que tenía metidos los huesos en todos los potros de tormentos que había imaginado o que se le habían aparecido en pesadillas terribles, alguna vez. Tragó todas las aspirinas que encontró, pero cuando una hora más tarde sonó el timbre de la puerta no pudo moverse. Se quedó tendido, débil, agotado, jadeante, y las lágrimas le corrieron por las mejillas.
-¡Entre! ¡Entre, por amor de Dios!
M. Munigant entró. Gracias a Dios la puerta no estaba cerrada con llave.
Oh, pero el señor Harris tenía muy mala cara., M. Munigant se detuvo en el centro del vestíbulo, menudo y oscuro. Harris asintió con un movimiento de cabeza. Los dolores le recorrían todo el cuerpo, rápidamente, golpeando con ganchos y enormes martillos de hierro. M. Munigant vio los huesos protuberantes de Harris y le brillaron los ojos. Ah, era evidente que el señor Harris estaba ahora psicológicamente, preparado. ¿No? Harris asintió de nuevo, débilmente, y sollozó. M. Munigant hablaba como silbando. Había algo raro en la lengua de M. Munigant y en esos silbidos. No importaba.
Harris creía ver a través de las lágrimas que M. Munigant se encogía, se empequeñecía. Obra de la imaginación, por supuesto. Harris lloriqueó la historia del viaje a Phoenix. M. Munigant mostró su simpatía. ¡Ese esqueleto era un traidor! Lo arreglarían de una vez por todas.
-Señor Munigant -suspiró apenas Harris-. No… no lo noté antes. La lengua de usted. Redonda, corno un tubo. ¿Hueca? Mis ojos. Deliro. ¿Qué pasa?
M. Munigant silbó suavemente, apreciativamente, acercándose. Si el señor Harris aflojaba el cuerpo y abría la boca… Las luces se apagaron. M. Munigant espió la mandíbula caída de Harris. ¿Más abierta, por favor? Había sido tan difícil, aquella primera vez, ayudar al señor Harris; el cuerpo y los huesos en rebelión abierta. Ahora en cambio la carne cooperaba, aunque el esqueleto protestara. En la oscuridad, la voz de M. Munigant se afinó, afinó, aflautándose, aflautándose. El silbido se hizo más agudo. Ahora.
Aflójese, señor Harris. ¡Ahora!
Harris sintió que le apretaban violentamente las mandíbulas, en todas direcciones, le comprimían la lengua con un cucharón y le ahogaban la garganta. Jadeó, sin aliento. Un silbido. ¡No podía respirar! Algo le retorcía las mejillas y le rompía las mandíbulas. ¡Como un chorro de agua caliente algo se le escurría en las cavidades de los huesos, golpeándole los oídos!
-¡Ahhh! -chilló Harris, gagueando. La cabeza, el carapacho hendido, le cayó flojamente. Un dolor agónico le quemó los pulmones.
Harris respiró al fin, un momento, y los ojos acuosos le saltaron hacia adelante. Gritó. Tenía las costillas sueltas, como un flojo montón de leña.
¡Qué dolor ahora! Harris cayó al suelo, resollando fuego.
Las luces chispearon en los globos oculares de Harris. Los huesos se le soltaron rápidamente.
Los ojos húmedos miraron el vestíbulo.
No había nadie en el cuarto.
-¿M. Munigant? En nombre de Dios, ¿dónde está usted, M. Munigant? ¡Ayúdeme!
M. Munigant había desaparecido.
-¡Socorro!
Y en ese momento Harris oyó.
Muy adentro, en las fisuras subterráneas del cuerpo, los ruidos minúsculos, inverosímiles: chasquidos leves, y torsiones, y frotamientos y hocicadas como si una ratita hambrienta allá abajo, en la oscuridad roja sangre, mordisqueara seriamente, hábilmente, algo que podía haber estado allí, pero no estaba…. un leño, sumergido…
Clarisse, alta la cabeza, iba por la acera directamente hacia su casa en Saint James Place. Llegó a la esquina pensando en la Cruz Roja y casi tropezó con el hombrecito moreno que olía a yodo.
Clarisse no le habría prestado atención, pero en ese momento el hombrecito sacó de la chaqueta algo blanco, largo y curiosamente familiar, y se puso a masticarlo, como si fuese una barra de menta. Se comió la punta, y metió la lengua rarísima en la materia blanca, succionándola, satisfecho. Cuando
Clarisse llegó a la puerta de su casa, movió el pestillo y entró, el hombrecito estaba absorto aún en su golosina.
-¿Querido? -llamó Clarisse, sonriendo y mirando alrededor-. Querido, ¿dónde estás? -Cerró la puerta, cruzó el pasillo y entró en el vestíbulo-.
Querido…
Se quedó mirando el suelo durante veinte segundos, tratando de entender.
De pronto, se puso a gritar.
Afuera, a la sombra de los sicomoros, el hombrecito abrió unos agujeros intermitentes en el palo blanco y largo; luego, dulcemente, suspirando, frunciendo los labios, tocó una melodía triste en el improvisado
instrumento, acompañando el canto agudo y terrible de la voz de Clarisse dentro de la casa.
Muchas veces, en la niñez, Clarisse había corrido por las arenas de la playa, y había pisado una medusa de mar, y había chillado entonces. No es tan horrible encontrar una medusa de mar gelatinosa en tu propio vestíbulo.
Puedes dar un paso atrás.
Es terrible cuando la medusa te llama por tu propio nombre.

*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/bradbury/esquele.htm

 

Correo:

crónica: “vivel kempo, cara-jo” / silbando por el bulevard*

posiblemente yo también ya me haya vuelto incorregible a esta altura
así que de poco sirve mi análisis
si yo siempre estuve del lado incorrecto en la política..
podría decir: “siempre me equivoqué”..

por eso, cuando anoche volvía de otro mundo (estamos grabando un disco con mis compañeros de canto de Desalojados del Querer, y ayer grabábamos parte de los sólos), al llegar a casa y aprestarme para dos vueltas de caminata al parque, el mensaje de txt de mi hija que decía “el cacerolazo también les llegó a los K” me despertó de la mística cantora, y me volvió al mundo real (ésto es el mundo real..?)
ella, mi hija en Rosario, viendo por los medios (párrafo aparte para los medios) una protesta que crecía al son (perdón, el son es cubano), al tronar quería decir de las cacerolas, yo prendiendo la tele y enterándome de que hubo un mensaje presidencial, buscando ese mensaje por todos los canales a ver “qué dijo esta mina?!”.. mientras sentía cuando bajaba la TV que sonaban también en el barrio las mismas cacerolas que en la tele y me fui a caminar igual, con un gusto raro en la boca y sintiendo -de incorregible debe ser- que se me empezaba a alinear la sangre como siempre, esa cosa maniquea que en situaciones como ésta (la gente en la calle..) me sube del estómago, no contempla grises, y se alinea.. se alinea inexorable, incontenible y presta a representar su habitual incorrección y que al fin, necesitaba esa caminata para no salir corriendo a Cabildo y Republiquetas, para no poder finalmente evitar ver detrás de los cacerolas de 20 IDIOTAS, a rugbiers y poderosos productores de la Sociedad Rural, y no lo que en realidad vería después.. unas señoras y unos señores y un par de chicas con el uniforme de la Inmaculada Secundaria de María que sumaban veinte

viene bien caminar, claro
pienso en el día de ayer, el lunes Día de la Memoria de otro 24 de marzo, (raramente?)opacado en la presencia de lucha y recuerdo al menos en lo que se transmite en los medios (…) por luchadores de otro signo y factor, y unas señoras preocupadísimas que empiezan a sumarse al corifeo del desabastecimiento, sin que ninuno de estos sectores haga una puta referencia al Día que se memora.. 
pienso también que necesito pensar que los que acabo de ver en la tele no son todos chicos-PRO ni poderosos ruralistas, y que el gobierno se viene equivocando en no diferenciar a los pequeños y medianos productores con la presión impositiva.. como se vienen equivocando los gobiernos en tantas cosas siempre, no?.. y este gobierno tampoco me la va a vender… que bien dice mi hija “.. tampoco se puede pagar lo que vale un kilo de carne, ni lo que están saliendo las cosas..”
y pienso que -como casi siempre- las cosas son mucho más complejas que lo que se ve…
incluso lo que estoy viendo desde la vereda de enfrente de Cabildo, porque no soporté al fin de la caminada no arrimarme a balconear la protesta “local”…
 
- - -
 
me bañé y cené todo junto mirando televisión, en loco zapping por todos los canales de noticias
la columna de D´Elía avanza dura y del otro lado los quieren contener con un cordón de periodistas y camarógrafos en el medio de ambas
y yo miro (y no me quiero alinear..) preguntándome que hace DElía allí cantando Patria sí Colonía No, como reeditando una antinomia supuestamente vencida (…??!!)
pero desde la columna de los “vecinos” (así se los denomina hoy en los medios, y en las oficinas de macri desde hace meses..) sale el grito de guerra: de la columna de Los Vecinos el tipo grita “Zurdos.. Negros de mierda..” mientras arroja una trompada al aire.. y yo que tiro el control remoto a la mierda y se me cambia a solita la tele a CrónicaTV y ahora estamo frente a la quinta de olivo.. y Las Masas con carteles preparados no se sabe por quién, exaltadas golpeando una puerta que lleva al palacio de invierno, defendida por 3 (TRES) policías
Carrió reina de la ética y el panqueque, en otro canal insiste con “La República” (de Vecinos ??), y llama a sus huestes -mahatma ghandis de nuevo tipo- a acompañar a sus casas a todos los manifestantes agredidos por los Negros de Mierda de D´Elia, y a condenar la soberbia de la Presidenta, que -asegura- no hay que prestarse a provocaciones porque  “el gobierno lo que quiere es reprimir” (yo a esta altura lo que quiere el gobierno no lo sé, pero LO QUE QUIERE es.. reprimir..?)
y un tipo enfrenta al camarógrafo de crónicaTeVe y le espeta “que se vayan, que se vayan” mientras por atrás aparece un señor muy señor, que nos aclara el fundamento: “comunistas, chavistas.. quieren hacer otra cuba.. no queremos eso en nuestra patria !! cerrando su proclama con el new grito de guerra: “vivel kempo cara-jo..!!” (traducción de esa fonética: viva el campo, carajo)
la palabra patria es la misma que usan los de DÉlia para “patria sí colonia no”, pero parece que es otra patria la de este señor..
y remata un flaco de no más de 30 años: “basta, basta de montonerismo revanchista..!!”
ésto que acabo de transcribir. es textual. literal. lo tengo en mi retina, y en mis oídos.
y ya estoy febrilmente alineado
y ya lo llamé a juan y le pregunté “adónde hay que ir?”, porque siento que hay que ir a algún lado ya, porque me cago en la sociedad rural, en el desabastecimiento, en los golpistas de todo signo (incluída la bandera del pcr esa que ví en una manifestación en tucumán… pero está bien.. los muchacho del pcr como siempre disponen de toda una viiiiida para explicar tooooodo..), como me cago en todos los/as IDIOTAS de la Tierra… y porque me cago en que haya que regalarle un carajo La Plaza a todos esta mescolanza de idiota y golpista y PRO´s toda junta..
 
 
y me explico, finalmente (por fin..!) me explico, qué cosa estaba haciendo en la vereda de enfrente de Cabildo y Republiquetas un par de horas antes, todo transpirado de mi caminata, silbando la marcha peronista sin ser peronista dios me libre y me guarde, sin ser oficialista ni sacar la cara por el gobierno, silbándola bien fuerte en posición de firmees, como para que me putearan los de la vereda CONTRARIA
 
y volviendo a casa, silbando ahora por garcía del río la marcha,
llenando el bulevár de silbiiiiiiido
un silbido incorrecto, incorregible, y seguramente -como siempre- silbado del lado equivocado.
 
salú
dió me libre y me guarde
 
*de FUNES. karfun@hotmail.com

“rotos, pero enteros..” (M. Benedetti)

*

Convocatoria abierta a poetas, narradores, cantores y luchadores*

Con la intención de elaborar una antología de poemas y textos respecto a los sucesos de la Masacre de Trelew, ocurrida el 22 de agosto de 1972, y actualmente la justicia está juzgando a los responsables, se solicita el envío vía mail, de poemas/textos/canciones/crónicas/reportajes/notas/recuerdos referidos a dicho suceso y una reseña bio-literaria personal del participante, de diez líneas de extensión.
Esta antología digital será publicada en importantes sitios de la red, con grandes posibilidades de editar a futuro un libro impreso de la misma.
La fecha límite para enviar los textos es el 31 de marzo de 2008.
Agradeciendo su participación y apoyo, les extiendo un abrazo solidario.

*Aldo Luis Novelli.-
Poeta-Narrador-Ensayista.-
Neuquén-Patagonia-Argentina.-
E-mail: aldonovelli@yahoo.com

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Sunday, March 23, 2008

EN CADA BURBUJA…

*

En una pompa de jabón
Veo mil colores
Que se traducen
Cual día de sol
En todo su esplendor
Hay secretos escondidos
En cada burbuja
 Ilusiones de trepar
Hielos y castillos de la mitología
Esculpidos en  movimientos danzantes
En una estela de brillo
Encuentro secretos
De mis amigos
Y proyectos
Que anidan en sus movedizas
Y diáfanas bombitas
Que vuelan a mí alrededor
Y aquí en mi lado ingenuo
 De esperas y golondrinas
Estas vos en esa inmensa alegría
De tenerte y sentirte
Por momentos un poco mío.
Es la ilusión la que mueve
Los hilos de la esperanza
y el  milagro de poseerte
Cerca muy cerca
Pero también distante.-

*de Azul.  azulaki@hotmail.com

EN CADA BURBUJA…

 *

Hay un secreto que te dije al oído, en voz baja, casi inaudible. Era algo tan escondido, por eso era un secreto. Es un tesoro que te lo conté solamente a vos, porque sabía que lo entenderías. Al relatártelo, cruce los dedos, vos no te diste cuenta, estabas preocupado en escucharlo… Era imposible, era increíble creerlo. Pues era solamente, mio y de las estrellas. Ellas en su idioma de luz me confirmaron la existencia de la amistad, esa preciosa obra maestra que se encuentra entre pocas personas, en esa que se animan a confiar y a creer. Las que se acurrucan para espiar por el agujero de la cerradura porque las vence la curiosidad. El secreto esta en no decirlo, en tenerlo y  protegerlo. No importa el tiempo. Es necesario el compromiso y el saber que alguien que esta en otro lado del planeta también cree que puede guardarlo.-

Para Joan
*de Azul. azulaki@hotmail.com

Domingo, 23 de Marzo de 2008
Papafrita McCain*

*Por Santiago O’Donnell. sodonnell@pagina12.com.ar

 

¿Qué más se puede decir de Irak después de cinco años de guerra? Nada, que después de tantos muertos en lo importante todo sigue igual, no hay instituciones, no hay seguridad, no hay acuerdos básicos ni proyecto de país. Hay 140.000 invasores del ejército más poderoso del mundo que no se
pueden mover de ahí por temor a que se venga todo abajo. Y sigue estando Bush, que sigue inventando mentiras para justificar una guerra que sigue librando por impotencia y sed de venganza.
Por eso no sorprende que esta semana haya vuelto a pontificar sobre el tema, esta vez con renovados delirios de grandeza porque decayó el número de soldaditos muertos, y que lo haya hecho en plena campaña presidencial a sabiendas de que dos tercios de los votantes se declaran fuertemente
convencidos de que la guerra fue un error y que hay que terminarla.
Tampoco sorprende que el halcón mayor, el vicepresidente Dick Cheney, consultado en Good Morning America por la opinión de esa inmensa mayoría que exige una retirada, haya contestado: “¿Y qué?”.
No se puede discutir con un frontón. Ya está. Quizá por eso la protesta en Washington DC por el quinto aniversario de la guerra apenas reunió cien personas, cuando el año pasado había juntado a cien mil. O quizá fue porque los medios dicen que las cosas mejoraron en el frente y con eso alcanza para calmar a las fieras. Según las encuestas, hoy en Estados Unidos los temas de interés son la economía, el seguro de salud y el precio del petróleo. Más abajo vienen la inseguridad, la inmigración ilegal y recién después la
guerra de Irak.
Lo que sí llama un poco la atención es que el sucesor de Bush, John McCain, se haya sumado a la movida de reinstalar el tema de la guerra en el debate electoral. Lo hizo con un viajecito por Bagdad e Israel, durante el cual se cansó de repetir la nueva mentira de Bush y de agrandarla al punto de dejarla en ridículo.
¿Y qué dijo esta semana Bush? Hace cinco años había dicho que la guerra era para voltear a un tirano que amenazaba al mundo con armas de destrucción masiva. Ahora dice que la guerra es para frenar al grupo terrorista Al Qaida y así evitar otro nueve-once. O sea, otra mentira. A pesar de todos los
intentos de la CIA por demostrar lo contrario, ya quedó ampliamente demostrado que los laicos baasistas de Saddam Hussein no tenían vínculos con los salafistas árabes de Osama bin Laden. Además, como señaló el jueves Dan Eggen del Washington Post, “muchos expertos en terrorismo dicen que hay
escasos contactos operativos entre el grupo de Bin Laden y el iraquí que lleva el mismo nombre, y señalan que Al Qaida-Irak sólo se formó después de la invasión norteamericana de marzo del 2003. Al Qaida-Irak es considerado un jugador menor en la constelación de fuerzas insurgentes que combaten a
los soldados estadounidenses e iraquíes, señalan fuentes militares y de inteligencia antiterrorista”.
McCain se la pasó hablando de Al Qaida y Bin Laden durante su minigira por Medio Oriente. En Israel repitió tres veces que el gobierno de Irán estaba entrenando y abasteciendo a los terroristas de Al Qaida en Irak. Joe Lieberman, el vicepresidenciable que lo acompañaba, tuvo que susurrarle al
oído que los chiítas iraníes no tienen nada que ver con los sunnitas de Al Qaida. Recién entonces McCain se retractó.
Da un poco de pena verlo por la tele al viejo McCain, héroe de guerra, enemigo de la tortura, avanzar a paso firme entre las ruinas de Bagdad, mirando duro el horizonte, con su enjambre de guardaespaldas nerviosos zumbando alrededor, y después verlo hablando como un papafrita de iraníes y sunnitas para sostener las nuevas mentiras de Bush.
McCain es prácticamente el único político estadounidense que defendió la guerra en su peor momento y la sigue defendiendo. Con ese argumento consiguió la nominación del Partido Republicano. Pero en la elección general podría jugarle en contra. No sería la primera vez.
En marzo del 2004 el gobierno conservador de José María Aznar, aliado de Bush, perdió las elecciones en España. Tres meses más tarde volvían a casa los 1300 soldados españoles. En mayo del 2005 cayó el gobierno de Silvio Berlusconi y su sucesor, Romano Prodi, repatrió a los tres mil soldados con que Italia había contribuido a la coalición de Bush. En junio del año pasado cayó el gobierno de Tony Blair y su sucesor, Gordon Brown, redujo la presencia británica en Irak de 45 mil a cinco mil soldados, y promete
completar la retirada antes de fin de año. Otro aliado militar de Bush, el gobierno de los mellizos polacos Kaczynski, perdió las elecciones en octubre del año pasado contra un candidato que promete repatriar a los 900 soldados que Varsovia mandó a Irak.
Peor le fue al jefe de Estado que más fervientemente defendió la guerra y las políticas de Bush en el mundo, el australiano John Howard. En noviembre del año pasado sufrió una derrota aplastante tras diez años de gobierno con crecimiento y estabilidad económica. Además de los 1500 soldados que mandó a Irak contra la opinión mayoritaria de los australianos, Howard apoyó en soledad la postura de Bush de no hacer nada con el calentamiento global. Dos meses antes de las elecciones australianas Bush asistió a la cumbre económica de los países del Pacífico, la APEC, en ese país para darle una ayudita a su amigo Howard. El tiro le salió por la culata.
“Bush hizo el ridículo, y por extensión ridiculizó a su anfitrión, al confundir a la APEC con la OPEP (la alianza de productores de petróleo) y al llamar a las tropas australianas `tropas austríacas’. La supuesta ayuda electoral se convirtió en un salvavidas de plomo”, escribió Hendrick Hertzberg en el New Yorker. Las tropas australianas permanecen en Irak hasta nuevo aviso, pero el primer acto de gobierno del sucesor de Howard fue firmar el Protocolo de Kioto.
Ahora que tiene el índice de popularidad más bajo de la historia de los presidentes estadounidenses, Bush consideró oportuno darle una manito a McCain y de paso reivindicar el supuesto éxito de su estrategia de llenar las calles de Bagdad con soldados norteamericanos. El miércoles dijo que no piensa reducir el número de tropas en Irak porque está ganando la guerra.
Como era previsible, Obama y Clinton no dejaron pasar la oportunidad. Hillary golpeó primero y en el mismo día en que habló Bush prometió que, de ser elegida presidenta, en 60 días empieza el retiro de tropas que tanto pide la gente. Jugando a dos bandas, buscó despegarse del triunfalismo de McCain y explotar la supuesta inexperiencia de Obama. Explicó que el retiro de tropas es un asunto delicado, más difícil todavía que invadir un país, y que va a llevar mucho tiempo, quizá varios años, completar la tarea si se hace bien.
Obama, el probable candidato demócrata, tardó un día más en reaccionar.
Señaló que la guerra de Irak duró más que la guerra civil y que la primera y la segunda guerras mundiales, recordó que es el único candidato que no votó a favor de la invasión y explicó que su plan consiste en un retiro masivo e inmediato hasta dejar un contingente para cuidar la embajada y una brigada de fuerzas especiales para perseguir terroristas.
McCain ni se inmutó. Sabe que su imagen del abuelo sabio y protector para navegar tiempos difíciles seduce a millones de norteamericanos. Le quedan seis meses para reinstalar el tema de la guerra en el debate electoral. En cualquier otro país del mundo sería una táctica suicida. Pero en Main Street, USA, a la carne picada le dicen Big Mac y el combo especial sale con fritas.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-101160-2008-03-23.html

Domingo, 23 de Marzo de 2008
El hombre que renunció a su destino*
 

1- Una de las pocas fotos conocidas de Ettore Majorana.
2- Sciascia a fines de los años 80, a orillas del mediterraneo, el mismo mar sobre cuyas aguas desapareció majorana el 27 de marzo de 1938, cuando fue visto por ultima vez a bordo del barco que unía napoles con palermo. su desaparición cifra, para sciascia, un misterio científico que presagia la guerra mundial, la bomba atómica y los límites eticos del conocimiento.
     

*Por Juan Forn

En abril de 1938, en la sección Personas Buscadas de todos los grandes diarios italianos, se pedía información sobre el paradero de Ettore Majorana, siciliano de treinta y un años, visto por última vez el 27 de marzo anterior, en el barco que cruzaba diariamente de Nápoles a Palermo. Majorana era por entonces, a pesar de su juventud, profesor titular de física teórica en la Universidad de Nápoles. Enrico Fermi, el físico italiano que ganaría el Premio Nobel ese mismo año y luego se exiliaría en Estados Unidos e integraría el núcleo duro de científicos que desarrollaron la bomba atómica, dijo al enterarse de la desaparición de quien había sido fugazmente su discípulo, en Roma, unos años antes: “Hay varias clases de científicos. Están los de segundo y tercer orden, que hacen correctamente su trabajo. Están los de primer orden, que hacen descubrimientos que abonan el progreso de la ciencia. Y luego están los genios como Galileo o Newton. Pues bien, Ettore Majorana era uno de ellos”.
Lo curioso del caso es que Majorana no protagonizó ningún descubrimiento en su breve trayectoria como investigador, apenas publicó un par de artículos en vida (menos por iniciativa propia que por insistencia de sus colegas) y no dejó otros papeles póstumos que un largo ensayo que tenía muy poco que ver con la física teórica (trataba sobre la estadística como herramienta política contra el determinismo).
De hecho, ni siquiera fue para estudiar física que Majorana se trasladó de Sicilia a Roma: cursaba la carrera de ingeniería cuando uno de sus compañeros lo convenció de cambiar de carrera y postularse para integrar el legendario grupo de trabajo que Fermi había formado en el Instituto de Física, los “ragazzi di Via Panisperna”.
Hay personas cuya timidez las hace invisibles. Y hay personas que precisamente por no hablar atraen de modo estruendoso la atención sobre sí mismos, involuntariamente. Ese era el caso de Ettore Majorana –desde pequeño hasta el día de su desaparición–. La última carta que envió a su familia el día en que se perdió su rastro para siempre decía: “No vistáis de negro. Si es por seguir la costumbre, poneos alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego recordadme con vuestro corazón y, si podéis, perdonadme”. Veintiocho años antes, cuando aún no sabía leer, los adultos de la familia le hacían hacer cálculos de tres y cuatro cifras (multiplicaciones, divisiones, raíces cuadradas y cúbicas) delante de las visitas. El pequeño Ettore se metía debajo de la mesa, para concentrarse y para evitarse la exhibición también, y desde ahí daba los resultados, a los pocos segundos.
La corta y excéntrica vida de Majorana, su enigmática desaparición, el perfil que dibujaban su genialidad y su incomodidad con esa genialidad, fueron como un rodillazo en los cojones para la Italia de Mussolini. En el legajo judicial del caso, después de las dos notas de despedida que dejó Majorana (una a su familia, otra a su colega Corelli de la universidad), se suceden una afirmación de Fermi (“Con lo inteligentísimo que era, tanto si hubiera decidido desaparecer como hacer desaparecer su cadáver, lo habría logrado sin ninguna duda”), un asombroso aforismo del jefe de la policía fascista Arturo Bocchini (“A los muertos se los encuentra; son los vivos los que desaparecen”) y, a continuación, una sorpresiva anotación de puño y letra del mismísimo Duce: “Quiero que lo encuentren”. Subrayado dos veces.
Nunca lo encontraron. A pesar de las sugestivas evidencias que acercó la familia (Majorana llevaba encima su pasaporte y todos sus ahorros, que eran considerables y que había retirado esa mañana del banco, el día en que subió al vapor que hacía el trayecto Nápoles-Palermo, el día de su presunto suicidio; y por lo menos dos personas juraban haberlo visto semanas después de aquella misteriosa jornada), la policía italiana cerró, archivó y olvidó para siempre el caso en agosto de 1938.
Nada que fuese a intimidar a Leonardo Sciascia: un caso cerrado cuarenta años, con la mayoría de los posibles testigos muertos, o seniles, o imposibles de rastrear. A lo que había que sumarle el elemento siciliano: ese precipitador ambiental que pocas personas en Italia han explorado y enfrentado y retratado como Sciascia. Y precisamente por ahí empezó la magistral lección narrativa que nos ofrece en La desaparición de Majorana, el último de sus libros llegado a estas costas: ¿quién mejor que Majorana, alguien “oriundo de un lugar donde vivir contra la ciencia, o al menos sin ella, ha sido siempre lo normal”, alguien devenido científico y transplantado a Roma exclusivamente por su propia genialidad precoz, quién mejor que alguien así podía con su desaparición dar lugar a un mito, a un mito preventivo?, como agrega Sciascia.
Sabemos que a Sciascia lo pudieron siempre los relatos morales. Por lúdico, cínico o decontracté que logre sonar a nuestro oídos, sabemos que por debajo, en el fondo, al final, desembocaremos en un relato moral. Esa es su magia. Ese es su sino siciliano. Otros manejan la lupara; él maneja como nadie ese registro de las cien páginas y el chicotazo final (esas cien páginas que dan ganas de leer en voz alta de principio a fin, tan bien escritas están, tan llenas de inteligencia y belleza y verdad). Calvino y Pasolini lo admiraban por eso (también lo admiraban muchos otros, pero teniendo a esos dos qué necesidad hay de otros).
El relato moral que propuso Sciascia en esa oportunidad (porque el libro se publicó en Italia en 1975, aunque la traducción acabe de llegar a nuestras librerías) consistió en considerar a Majorana uno de esos científicos que sintieron la zozobra religiosa ante lo que alcanzaría indefectiblemente la ciencia –porque la ciencia no se sabría detener, no se querría detener, eso lo sabía cualquier científico–. Por eso desapareció Majorana en 1938: para no tener que inventar la bomba atómica –porque sabía que, si no se iba, no podría no inventarla.
Sciascia empieza La desaparición de Majorana por las primeras víctimas que tiene toda desaparición: los familiares del ausente y la ansiedad, la impaciencia, la decepción que se siente en esos casos ante la escasa voluntad y sagacidad y eficiencia de una policía que, ante una “desaparición con propósito de suicidio” (como se caratuló el caso Majorana) tiende a pensar que su tarea, su problema, se reduce a encontrar un cadáver o un loco. Porque nadie que deja dos notas suicidas (una, la carta a la familia; la otra, la carta a Corelli) no cumple después su cometido, salvo uno que tenga varios tornillos sueltos.
Sciascia lamenta que la rama napolitana de la policía fascista no supiera coincidir con Proust: “Las enfermedades de las personas inteligentes son fruto, en su gran mayoría, de la inteligencia. Necesitan un médico que al menos sea consciente de eso”. Para Bocchini y sus secuaces, en cambio, para el propio Mussolini, la voluntad de desaparecer de Majorana sólo podía deberse a la debilidad mental, a la sinrazón: se la volara o no después, había evidentemente perdido la cabeza.
Sin embargo, no hay una señal de desequilibrio en toda la vida de Majorana. Más bien todo lo contrario. Aunque no pueda hablarse de “normalidad” en su caso, hay una asombrosa serenidad en Majorana en relación con su “don”, desde la infancia hasta el momento de su desaparición. Serenidad y hasta pasividad también. Majorana no fue de los que, una vez “descubierto”, no pararon de brillar y asombrar. Ya incorporado al círculo selecto del Instituto de Física (después de ser abducido de la facultad de ingeniería), Majorana no desarrolló ni un solo proyecto. Es más: todas sus anotaciones y cálculos los hacía con un lápiz ínfimo en la marquilla de sus cigarrillos Macedonia, y cada vez que terminaba un paquete y lo arrojaba hecho un bollo, se despedía también de todas aquellas anotaciones. La única vez que no pudo con su genio, y verbalizó delante de sus colegas de la Via Panisperna la teoría de los protones y neutrones que casi dos años después formularía Heisenberg en Leipzig, se negó empecinadamente a ponerla en papel. Hasta que el alemán lo hizo –y cuando eso ocurrió, en lugar de mostrar desdén o envidia por Heisenberg, pasó a considerarlo una especie de amigo desconocido, “alguien que sin saber de él lo hubiera salvado de un gran peligro”.
De hecho, la única vez que Majorana pidió algo mientras estuvo en el Instituto de Física fue una beca para estudiar con Heisenberg en Leipzig. “Para que nos entendamos –dice Sciascia al respecto–, Heisenberg vivía el problema de la física y su papel como físico dentro de un vasto y dramático contexto de pensamiento. Era un filósofo.” Majorana tenía veinticuatro años cuando estuvo en Leipzig. Nadie sabe de qué hablaba con Heisenberg en las caminatas que hacían los dos solos. Los miembros sobrevivientes del grupo de Leipzig sólo recuerdan en silencio a aquel joven italiano, o contestando con monosílabos, tanto en las jornadas de trabajo como en las pocas veladas sociales a las que asistió.
Sciascia se atreve a imaginar aquellas conversaciones (“¿para qué, si no, se esforzó tanto Majorana por aprender alemán?”). Y nos dice al respecto: “En un mundo más humano, más justo y cuidadoso a la hora de elegir sus valores y sus mitos, la figura de Heisenberg nos parecería más digna que la de otros físicos que por esas mismas fechas trabajaban en energía atómica. Heisenberg no sólo no desarrolló la bomba atómica para Hitler sino que se pasó la guerra aterrado de que los otros, los del otro lado, estuvieran haciéndolo”. Y, como bien se sabe (en el libro Monstruos de buenas esperanzas, de Nicholas Mosley, comentado en estas páginas el año pasado, hay uno de los mejores relatos del hecho), ya en 1933 envió Heisenberg ese mensaje a los físicos ingleses, a través de su maestro Niels Bohr (lamentablemente, el viejo y sabio Bohr, que se sumió en un creciente misticismo en sus últimos años, no transmitió el mensaje, fuese porque no lo registró o porque no le creyó a Heisenberg).
Lo cierto es que, desde su regreso de Leipizg en 1933 hasta que se fue a Nápoles en 1937, Majorana apareció sólo una vez por el Instituto de Física. Y lo hizo para presentarse a concurso por la titularidad del grupo de trabajo cuando Fermi dejó el puesto (decidido como estaba a emigrar a Inglaterra o Estados Unidos en cuanto se diera la ocasión). El revuelo fue mayúsculo. El propio Fermi había reconocido delante del grupo la genialidad de Majorana, ¿pero depositar el trabajo de todos en manos de él? La solución, gestionada a toda velocidad entre gallos y medianoche, fue un decreto del Ministerio de Educación nombrando “por mérito” a Majorana titular de la cátedra de física teórica de la Universidad de Nápoles. Mejor mantenerlo ocupado enseñando.
Después de la desaparición de su hermano, Maria Majorana recordó haberle oído decir varias veces “que la física (o los físicos) iban por mal camino”. Y Corelli, el decano de la facultad napolitana con el cual Majorana conversaba largamente después de dar clase, dice haber tenido la impresión de que su joven colega “estaba trabajando en algo que le absorbía gran parte de su energía y de lo que evitaba hablar”.
El 26 de marzo de 1938, tres meses después de la llegada de Majorana a Nápoles, Corelli recibe en su domicilio una carta y un telegrama. La carta anuncia: “He tomado una decisión a estas alturas inaplazable. No es por egoísmo. Pero te pido perdón por traicionar tu confianza”. El telegrama, remitido con carácter de urgente y llegado unos minutos después que la carta, dice: “El mar me rechaza. No creas que soy una de esas jovencitas ibsenianas, porque es distinto. Renuncio a la docencia. Seguiremos en contacto”.
En la misma fecha fue despachada la carta a la familia. Recordemos: “Poneos alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego recordadme con vuestro corazón y, si podéis, perdonadme”. A la policía le pareció evidencia suficiente: Ettore Majorana habría tenido sus dudas pero acabó cumpliendo su propósito de arrojarse al mar desde el barco-correo nocturno que unía Nápoles y Palermo. Las corrientes de la bahía impidieron que se recuperara el cuerpo. Caso cerrado.
Sciascia termina su libro con una visita a un monasterio de clausura en el centro de Italia. Lo lleva un viejo amigo, el periodista Vittorio Nisticò, director del periódico comunista de Palermo, L’Ora, quien pasó por ese mismo monasterio de muy joven, como integrante de las tropas aliadas, y recuerda que uno de los monjes, que le ofreció comida cuando la patrulla de Nisticò hizo un alto en aquel monasterio, le había contado que entre los monjes de clausura había “un gran científico” que había elegido “retirarse del siglo”. Por lealtad esencial, no diré otra palabra sobre el formidable final de La desaparición de Majorana.
Les propongo, en cambio, un drástico cambio de registro. Pasemos de la afilada prosa de Sciascia a ese aquelarre verbal y visual que es la RAI. El popular programa Chi l’ha visto? (precursor del Gente que busca gente de Franco Bagnato) dedicó una de sus emisiones en el año 2006 la desaparición de Ettore Majorana. Créase o no, un equipo del programa se trasladó hasta Buenos Aires (“La pista argentina”) para entrevistar a un inspector de policía retirado de apellido Giménez, quien tras mirar brevemente una foto de Majorana tomada cuando éste tenía veintitantos años declaró muy suelto de cuerpo que lo había visto unas cuantas veces en los años ’60 (es decir, cuando Majorana habría tenido más de cincuenta años). A continuación, la madre de un tal Tullio Magliotti aseguró haber oído a su hijo hablar del tal Majorana por la misma época y, luego, la esposa de un tal Carlos Rivera rememoró un presunto encuentro de su marido con Majorana que habría tenido lugar en el Hotel Continental, donde se habría hospedado el científico por entonces. Al volver a piso, la conductora del programa, Federica Sciarelli, aseguró que continuarían las indagaciones en torno de “la pista argentina” y que pronto habría una nueva emisión sobre Majorana con más resultados.
Como la investigación de Chi l’ha visto se consideraba a sí misma “seria”, no incluyó en el programa otra hipótesis que se maneja sobre el misterio Majorana: que habría sido L’OmuCani, el “hombre-perro”, un vagabundo que erraba por las calles del pueblo siciliano Mazara del Vallo hasta que apareció muerto por causas naturales la mañana del 9 de julio de 1973. L’OmuCani ayudaba a los jóvenes del pueblo con sus tareas de ciencias y se ayudaba para caminar de un bastón con la fecha 5-agosto-906 tallada en él. Ettore Majorana había nacido el 5 de agosto de 1906.

La desaparición de Majorana
Leonardo Sciascia
Traducción: Juan Manuel Salmerón
Tusquets
119 págs.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2986-2008-03-23.html

Puede*

*de Callejeros

¿Puede mi angustia ser tu alegría?
¿Puede esta melodía ser mejor?
¿Puede la astucia ser algún día, la salida a mi agonía de imaginación?

¿Puede mi infierno ser mucho más fiel que tu cielo?
¿Puede un momento amargo ser tan dulce consuelo?
¿Puede un silencio ser mucho más duro que el cemento?
¿Pueden las letras ser más sencillas?
¿Puede un La menor sonar por Do?
¿Puede una canción sacar de vos lo que brilla?
¿Puede una sola frase llenarte el corazón?

¿Puede la envidia ser tu alimento?
¿Puede “El Gran Suplemento” masturbar al pop?
¿Puede el locutor más gordo ser tan forro y siniestro?
¿Puede criticar el que no sabe quien sos?

¿Puede tu mirada ser mi guía?
¿Puede tu piel ser tatuada por mi sed?
¿Puede quedar en la nada esta vida?
¿Puede terminar sin llegar a ser?

*Fuente: http://callejeros.jubiiblog.com.es/index.php?date=200605

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 23 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, El milagro de Guadalupe, del San Antonio Vocals Ensemble. Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Indoamérica (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg   AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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Thursday, March 20, 2008

POR UN PUÑADO DE CENIZAS…

POR UN PUÑADO DE CENIZAS…

XXXIV*

La poesía
nunca habla
del futuro
porque testifica
el vuelo
del tordo
que se fue.
No habla
del amor
que viene
sino del que permanece
en el rescoldo
alerta
tapado
por un puñado de cenizas.

*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

POR UN PUÑADO DE CENIZAS…

UNA NOCHE INOLVIDABLE*

*de Roberto Fontanarrosa

El que conocía todos los piringundines era mi amigo, el Narigón Costoya. Hombre de la noche a pesar de su juventud, era para mí una imagen digna de admiración y envidia, cuando se entreveraba con gente avezada en el trajín algo turbio de boliches y reductos tangueros. Por eso, aquella vez en que me dijo: “Esta noche nos vamos al Tabarí”, no puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza en el Narigón era completa.
Purretes todavía, a pesar del estímulo varonil que nos prestaban el cigarrillo con boquilla y la botita charolada, el ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las moscas.
—Canta un coso que no te podes perder —me confió Costoya. No teníamos mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos, pero sí podíamos ufanarnos de un atrevimiento a toda prueba. En especial de parte del Narigón, poseedor de un ángel y una soltura verdaderamente notables.
Años más tarde hablaría de él aquel inmortal bardo que fuera don Nicolás Casona.
La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí por Suipacha al 400, pasamos bajo la mirada entre severa y cómplice de “Lopecito”, el portero, y nos mandamos para adentro. “Lopecito” no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre. Tiempo después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada, pobrecito, en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya.
Esa noche de sábado, el “Tabarí” estaba de bote en bote y corría la bebida entre la algarabía del gentío. Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró unas rupias) conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar y recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar de saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo pretendían un mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi amigo, no vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante la admiración de nuestras ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una hora cuando subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña orquesta y a renglón seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una porcelana. Hubo aplausos y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso silencio cuando el bandoneón rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el mutismo de aquel público de habitual mordaz y bullanguero! ¡Qué dominio sobre la audiencia poseía aquel cantor de fino bigotito y voz cristalina que a cada momento amenazaba quebrarse!
El artista finalizó sus canciones y no pudo abandonar el proscenio, ante los hurras y reclamos de la gente que pedía, a grito pelado, alargar su actuación. Fue cuando yo, intrigado por ese magnetismo increíble que irradiaba de esa garganta privilegiada, le toco el codo al Narigón y le pregunto: —Che, ¿Quién es?
—¿Cómo? ¿No lo conoce? —se adelanta, entonces, una de las pibas.
—Es Agustín Magaldi —dice la otra. Yo, recuerdo, hice un gesto de asentimiento sorprendido pero, en verdad, no conocía mucho sobre ese tal Magaldi. Había oído de sus condiciones, sí, pero sólo un par de veces, como de paso.
—El gran Agustín Magaldi —sentenció el Narigón, que había vuelto a sentarse, tras la euforia del agasajo. En el escenario, Magaldi estaba anunciando ante la ávida expectativa de la multitud, su última entrega. En eso, una voz estentórea interrumpe su soliloquio:
—¡Tenga mano, compañero! Giramos todos nuestras miradas hacia la puerta y vemos la silueta amenazadora de un hombre recortada frente a los vidrios de la entrada. Se hizo un silencio de muerte cuando el recién llegado comenzó a avanzar hacia el escenario a paso firme. Llevaba una daga impresionante en la mano. De más está decir que la gente se abrió, presurosa, en el camino de aquel malevo. Cuando trepó al tablado pude verlo mejor, un morocho grandote, aindiado, de rasgos nobles a pesar de su ferocidad, con el hombro derecho cubierto por un poncho y el toque elegante de unos gemelos de oro en el puño que sobresalía bajo la manga que cubría el brazo sostenedor de la faca amenazante. Se enfrentó a Magaldi y, ante el horror de todos, gritó:
—¡No me gustan los cantores de voz finita! —y le tiró una puñalada. Pero quiso Dios Todopoderoso que un segundo antes una mano femenina le propinara un empujón a Magaldi quitándolo del rumbo homicida del puñal. El fierro prosiguió su vuelo y se ensartó en el instrumento del primer bandoneonista.  Recuerdo  que  el  fuelle,  herido, exhaló un quejido profundo, como un lamento. El matón, defraudado, retiró el arma, miró con desprecio a Magaldi que había caído sobre el piano y se retiró a paso vivo, dejándonos con la boca abierta. No voy a contar, por extensos, los comentarios que entonces se sucedieron, el parloteo alarmado de las mujeres y el murmullo de asombro entre los varones. Pero Magaldi era un hombre de decisiones rápidas,   pidió   silencio   golpeando  sus palmas,  exclamó
“Aquí no ha pasado nada” y dijo que el espectáculo iba a continuar. Todos se animaron nuevamente hasta el momento en que cayeron en la cuenta de que el bandoneón agonizaba sobre las rodillas de su desconsolado dueño por la puñalada recibida. No había poder humano que le arrancase un sonido. El Narigón, con esa facilidad suya para apoderarse de las situaciones, saltó sobre la tarima y gritó:
—¡La fiesta recién comienza!   ¡No vamos a permitir que una cosa así nos amargue la noche!
Y  acto seguido, ante la mirada atribulada del gordito bandoneonista, tomó el herido instrumento diciendo:
—Vengan conmigo. Acá cerca hay una gomería.
Y  ahí salimos todos en manifestación, ante la mirada atenta de los presentes que aprobaban, entusiastas, la decidida acción de mi amigo. Habremos sido unos catorce los que nos movilizamos hacia la estación de servicio. Hacía frío, recuerdo, y el Narigón tuvo que explicarle a un policía qué era eso de andar a altas horas de la noche llevando un bandoneón en brazos como quien lleva un pibe accidentado. Debo confesar que, dentro del absurdo, la cosa tenía algo de trágica, de litúrgica procesión pagana tras la figura de un dios caído. El agente del orden comprendió —era un porteño, después de todo—, y nos dejó seguir nuestro camino. Cuando llegamos a la estación de servicio, la gomería estaba cerrada: eran como las tres de la mañana. Había un pibe, sin embargo, sentado en una pequeña caseta vidriada, haciendo  la  tediosa  guardia  nocturna, tomando mate.
—Queremos ponerle un parche a este fuelle —le dijo el Narigón. El pebete lo miró con ojos vivaces y contestó:
—Me parece difícil. La gomería está cerrada y don Hipólito está durmiendo.
En efecto, el pequeño galponcito que hacía las veces de gomería, tenía sus puertas de chapa cerradas.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté yo.
—Esperen —nos dijo el pibe, comedido—. Si don Hipólito se despierta, tal vez les hace el laburo.
Ante nuestra natural ansiedad, el muchacho se encaminó hasta el galpón y golpeó la puerta. Debo confesar que nosotros esperábamos por toda respuesta el insulto o el silencio más frío, pero de inmediato desde adentro se escuchó una voz áspera y somnolienta.
—¿Qué pasa?
En breves palabras el pibe que nos había atendido le contó al tal don Hipólito nuestro problema. Al rato se dio vuelta y nos hizo una seña con la mano: que esperáramos. Enseguida se abrió la puerta, se encendió la luz de adentro y vimos la silueta de un hombrón grandote poniéndose una bufanda.
—Pasen —dijo. Al gordito dueño del bandoneón se le iluminó la cara.
Nos metimos todos dentro de aquel tinglado y durante casi una hora presenciamos, en un silencio respetuoso, cómo el viejo y el muchacho emparchaban la herida del fuelle, con un cuidado, un amor y una dedicación dignas del equipo más refinado de cirugía. Cuando hubieron terminado le pasaron el instrumento al gordito, que temblaba como un padre ante el retorno de su hijo accidentado.
—¿Puedo tocarlo? —preguntó.
—Por supuesto —dijo don Hipólito. Y allí mismo, en ese galpón de chapa, ante nuestro grupo amontonado por la falta de espacio y emocionado hasta las lágrimas, el músico se mandó “Desde el alma” de Rosita Melo. Puedo jurar que lloramos todos y hubo abrazos y aplausos.
Como si eso fuera poco, ni el pibe, ni el viejo de la gomería a quien habíamos despertado de su sueño de laburante, nos quisieron cobrar un peso. Pero no estaba terminada esa noche memorable para mí.
Cuándo volvimos al Tabarí, entre la algazara de la gente que nos recibió como quien recibe a los soldados volviendo del frente, la cosa se prolongó hasta que empezó a amanecer. Después nos fuimos un grupito, el más aguantador, a desayunar esas medias lunas maravillosas al “Viejo Roma”, el cafetín de Parador y Reconquista. Me parecía mentira estar en compañía de aquella gente de la noche, entre figuras legendarias, entre nombres que había sentido nombrar una y mil veces en boca de los mayores. Fue allí cuando Natalio Perinetti, el que fuera celebérrimo insider de la Academia, me pasó una mano sobre el hombro y me dijo:
—Pibe… de buena se salvó esta noche Agustín —haciendo referencia al suceso de la puñalada. Yo asentí con la cabeza.
—Ese malevo es muy peligroso —me dijo—. Muy peligroso.
—¿Quién era? —pregunté—. ¿Usted lo conoce?
—Cómo no voy a conocerlo, muchacho —dijo Natalio —¡ese hombre era ni más ni menos que Juan Moreira!
 
 
De más está decir que el recuerdo de aquella noche ha quedado impreso en mi memoria con caracteres indelebles, máxime cuando con los años me volví a encontrar con uno de sus protagonistas. Una noche, presenciando un espectáculo tanguero en el “Café de Miguel”, reconocí a aquel gordito cuyo bandoneón había recibido el puntazo destinado al pecho canoro de Agustín Magaldi. El muchacho estaba un poco más rollizo aun, mantenía su expresión adormilada, pero su nombre ya era un crédito rutilante en las marquesinas de los bailongos porteños: Aníbal Troilo.
Pero sin duda los detalles de esta anécdota memorable estaban destinados a no agotarse tan fácilmente. El año pasado, en ocasión de mi viaje a Estocolmo, con motivo de ir a retirar el premio Nobel con que me galardonaron, tuvo lugar una recepción de festejos en la Embajada Argentina.
No eran muchos los invitados, pero había un ambiente de jolgorio ante la distinción que se me había concedido, a mi juicio, inmerecidamente. De pronto se me acerca un hombre no muy alto, semicalvo, con barba entrecana.
—Usted no se acuerda de mí —me dice.
—Para serle sincero. . . —me disculpo.
—Yo soy Astor Piazzolla —me dice. Es de imaginarse mi emoción ante la presencia de tamaña figura de nuestra música y su cordialidad en el saludo.
—Por supuesto que lo conozco —recuerdo que le dije—. Pero no creo que hayamos tenido oportunidad de vernos personalmente.
—Se equivoca —me dijo el gran maestro, que se hallaba casualmente en la capital sueca brindando una serie de recitales—. ¿Se acuerda de una noche en que usted y unos amigos llevaron un bandoneón a una gomería para emparcharlo?
Mi asombro entonces no tuvo límites. Me quedé mirando a Astor con la boca abierta, sin atinar a soltar su diestra que aún estrechaba.
—Yo era el pibe de la gomería —me dijo.
¡Después dicen que el destino no suele manifestarse en formas evidentes!
—Y le digo más —me dice Piazzolla sin darme respiro—. El viejo, el viejo a quien desperté para que les arreglara el bandoneón, don Hipólito, era ni más ni menos que don Hipólito Yrigoyen. El mismo que con el tiempo se convirtió en caudillo del movimiento radical.
Aquello fue demasiado para mí. Estreché a Piazzolla en un abrazo y ambos lloramos como niños.
La semana pasada, nomás, leo en un reportaje que la valiente mujercita que apartó el cuerpo de Agustín Magaldi del curso mortal de la hoja del puñal agresor, supo también dejarnos, años más tarde, piezas que se enraizaron en lo más granado de nuestra verba: esa mujer no era otra que doña Juana de Ibarbourou.

*Fuente: NO SE SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS
EDICIONES DE LA FLOR. 1998
 
 

Nunca aprendemos*

 
Por Robert Fisk *

Pacifistas se manifiestan en la estación Union, ayer en Washington en la víspera de cumplirse cinco años de la guerra en Irak. Han pasado cinco años y todavía no aprendemos. Con cada aniversario los escalones se desmoronan bajo nuestros pies, las piedras se agrietan más, la arena se vuelve más fina. Cuatro años de catástrofe en Irak y pienso en Churchill, que al final llamó a Palestina un “desastre infernal”. Pero ya antes nos hemos valido de estos paralelismos y se han dispersado en la brisa del Tigris. Irak está
empapado en sangre. Sin embargo, ¿cuál es nuestro estado de contrición?
¡Claro, tendremos una consulta pública, pero todavía no! Ojalá la inadecuación fuera nuestro único pecado.
Hoy estamos empeñados en un debate inútil. ¿Qué salió mal? ¿Cómo fue que los miembros del Senado romano de nuestra era no se rebelaron cuando les contaron mentiras sobre armas de destrucción masiva, sobre vínculos de Saddam Hussein con Osama bin Laden y el 11 de septiembre? ¿Cómo dejamos que
ocurriera? ¿Y cómo fue que no previmos lo que vendría después de la guerra?
Cuando los estadounidenses entraron a sangre y fuego en Irak, en 2003, con sus misiles crucero zumbando sobre la tormenta de arena hacia un centenar de poblados y ciudades, yo solía sentarme en mi sucia habitación del hotel Bagdad Palestina, incapaz de dormir por el estruendo de las explosiones, y
hojeaba los libros que había comprado para sortear esas horas oscuras y peligrosas. La guerra y la paz de Tolstoi me recordaba que un conflicto puede ser descrito con sensibilidad, gracia y horror
-recomiendo la batalla de Borodin-, junto con un archivo de recortes de periódico. En esa pequeña
carpeta hay una larga arenga de Pat Buchanan, escrita cinco meses antes, y todavía siento su poder, su premonición y su absoluta honestidad histórica: “Con nuestra regencia estilo McArthur en Bagdad, la pax americana llegará a su apogeo. Pero luego la marea bajará, porque la única empresa en la que los
pueblos islámicos sobresalen es en expulsar a las potencias imperiales mediante el terrorismo o la guerra de guerrillas.
“Sacaron a los británicos de Palestina y Adén, a los franceses de Argelia, a los estadounidenses de Somalia y Beirut, a los israelíes de Líbano. Hemos emprendido el camino hacia el imperio y pasando la próxima colina nos encontraremos con quienes fueron antes que nosotros. La única lección que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia.”
Con cuánta facilidad los hombrecitos nos llevaron al infierno, sin ningún conocimiento de historia o al menos sin ningún interés por ella. Ninguno leyó de la insurgencia iraquí contra la ocupación británica de 1920, ni del brusco y brutal arreglo que dio Churchill al conflicto el año siguiente.
Con su monumental arrogancia, esos hombrecitos que nos llevaron a la guerra hace cinco años ahora demuestran que no han aprendido nada. Anthony Blair -como siempre debimos llamar a ese abogado de ciudad pequeña- debería ser sometido a juicio por su mendacidad. En cambio, presume de llevar la paz
a un conflicto árabe-israelí que tanto ha contribuido a exacerbar. Y ahora el hombre que cambió de parecer sobre la legalidad de la guerra -y que lo hizo en una sola hoja de papel carta- se atreve a sugerir que deberíamos examinar a los inmigrantes que solicitan la ciudadanía británica. La pregunta 1, propongo, debería ser: ¿qué procurador general empapado en sangre ayudó a enviar 176 soldados británicos a la muerte por una mentira?
Pregunta 2: ¿cómo salió impune de ese acto?
¿Los primeros ataques aéreos en Irak llegarán a la televisión estadounidense en horario triple A? Por fortuna sí. ¿Las primeras tropas estadounidenses en Bagdad aparecerán en los noticieros de la hora del desayuno? Desde luego.
¿La captura de Saddam Hussein será anunciada simultáneamente por Bush y Blair?
Pero todo esto es parte del problema. Cierto, Churchill y Roosevelt discutieron sobre la hora del anuncio de que la guerra en Europa había terminado. Y los rusos se les adelantaron. Pero dijimos la verdad. Cuando los británicos se replegaban hacia Dunquerque, Churchill anunció que los alemanes habían “penetrado profundamente y sembrado alarma y confusión en sus filas”.
¿Por qué Bush o Blair no nos dijeron eso cuando los insurgentes iraquíes comenzaron a asaltar a las fuerzas de ocupación? Vaya, estaban muy ocupados diciéndonos que las cosas iban a mejorar, que los rebeldes no eran más que “desesperados”.
El 17 de junio de 1940, Churchill dijo al pueblo británico: “Las noticias de Francia son muy malas y estoy consternado por el galante pueblo francés, que ha caído en esta terrible desgracia”. ¿Por qué Blair o Bush no nos dijeron que las noticias de Irak eran muy malas y que estaban consternados -bueno,
siquiera unas lágrimas durante un minuto- por el pueblo iraquí?
Porque ésos fueron los hombres que tuvieron la temeridad, el genuino descaro de vestirse como Churchill, como héroes que escenificarían una redición de la Segunda Guerra Mundial, en tanto la BBC obedientemente llamaba “los aliados” a los invasores y pintaba al régimen de Saddam Hussein como el
Tercer Reich.
Desde luego, cuando yo iba a la escuela nuestros líderes -Attlee, Churchill, Eden, Macmillan o Truman, Eisenhower y Kennedy en Estados Unidos- habían tenido experiencia real de guerra. Ni un solo líder occidental actual tiene experiencia de primera mano del conflicto. Cuando comenzó la invasión angloestadounidense de Irak, el opositor europeo más prominente a la guerra era Jacques Chirac, quien combatió en el conflicto argelino. Pero ahora ya no está. También Colin Powell, veterano de Vietnam, que fue hecho a un lado por Rumsfeld y la CIA.
Sin embargo, una de las terribles ironías de nuestros tiempos es que los más sedientos de sangre de los políticos estadounidenses -Bush y Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz- jamás han escuchado un disparo hecho con furia y se aseguraron de no tener que combatir por su patria cuando tuvieron oportunidad de hacerlo. No es extraño que títulos de Hollywood como “conmoción y pavor” resulten atractivos para la Casa Blanca. Las películas son su única experiencia de conflicto humano; lo mismo se puede decir de
Blair y Brown.
Churchill tuvo que rendir cuentas por la pérdida de Singapur ante una Cámara atestada. Brown ni siquiera rendirá cuentas por Irak hasta que la guerra termine.
Es grotesco que hoy, después de todas las posturas de nuestros enanos políticos hace cinco años, se nos permita tener siquiera un encuentro espiritista válido con los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial. Las estadísticas son el médium y la habitación tendrá que estar a oscuras. Pero es un hecho que el total de muertos estadounidenses en Irak (3978) está muy por encima del número de bajas estadounidenses sufridas en los desembarcos iniciales del día D en Normandía (3384 entre muertos y desaparecidos), el 6 de junio de 1944, o más de tres veces las bajas totales británicas en Arnhem, ese mismo año (1200).
Representan poco más de un tercio de las muertes totales (11.014) de toda la fuerza expedicionaria británica desde la invasión alemana de Bélgica hasta la evacuación final de Dunquerque, en junio de 1940. El número de británicos caídos en Irak (176) es casi igual al total de las fuerzas británicas
perdidas en la batalla del Bolsón en 1944-45 (poco más de 200). El número de estadounidenses heridos en Irak -29.395- es más de nueve veces el de los lesionados el día D (3184) y más de la cuarta parte de la cuota total de heridos en la guerra de Corea de 1950-53 (103.284).
Las bajas iraquíes permiten una comparación aún más cercana con la Segunda Guerra Mundial. Aun si aceptamos la más conservadora de las estadísticas sobre civiles muertos -van de 350 mil a un millón-, ésta rebasó hace mucho tiempo el número de civiles británicos muertos en los bombardeos alemanes a
Londres en 1944-45 (6000) y ahora excede con mucho la cifra total de bajas civiles en bombardeos en todo el Reino Unido -60.595 muertos, 86.182 heridos graves- de 1940 a 1945.
De hecho, la cuota mortal iraquí desde nuestra invasión es hoy más grande que el número total de bajas militares británicas en la Segunda Guerra Mundial, que llegó a la asombrosa cifra de 265 mil muertos (algunos historiadores hablan de 300.000) y 277.000 heridos. Las estimaciones mínimas de iraquíes muertos significan que los civiles de Mesopotamia han sufrido seis o siete Dresdes o -más terrible aún- dos Hiroshimas.
Y, sin embargo, en cierto sentido todo esto es una distracción respecto de la terrible verdad de la advertencia de Buchanan. Hemos despachado nuestros ejércitos a la tierra del Islam. Lo hicimos con el solo respaldo de Israel, cuyos propios informes falsos sobre Irak han sido discretamente olvidados
por nuestros amos mientras derraman lágrimas de cocodrilo por los miles de iraquíes muertos hasta ahora.
El enorme prestigio militar estadounidense ha sufrido un daño irreparable. Y si hoy, como ahora calculo, se encuentra en el mundo musulmán 22 veces la cifra de soldados occidentales que fueron allá durante las cruzadas de los siglos XI y XII, debemos preguntarnos qué estamos haciendo. ¿Estamos allá
por el petróleo? ¿Por la democracia? ¿Por Israel?
Alegremente conectamos Afganistán con Irak. Según se dice, si Washington no se hubiera distraído con Irak, el talibán no se habría restablecido. Pero Al Qaida y el nebuloso Osama bin Laden no se distrajeron. Y eso explica por qué expandieron sus operaciones en Irak y luego usaron esta experiencia para acosar a Occidente en Afganistán con el atacante suicida, del cual no se había sabido antes en aquel país.
Voy a aventurar una presunción terrible: que hemos perdido Afganistán como sin duda hemos perdido Irak y como de seguro vamos a “perder” Pakistán. Es nuestra presencia, nuestro poder, nuestra arrogancia, nuestra renuencia a aprender de la historia y nuestro horror -sí, horror- al Islam lo que nos
precipita al abismo. Y en tanto no aprendamos a dejar en paz a esos pueblos musulmanes, nuestra catástrofe en Medio Oriente se volverá más grave. No hay conexión entre el Islam y el “terror”. Pero sí hay conexión entre nuestra ocupación de tierras musulmanas y el “terror”. No es una ecuación tan
complicada. Y no necesitamos una consulta pública para entenderla bien.

 

*De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Jorge Anaya.

-FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/100980-31819-2008-03-20.html

 

*

A la madre de todos los vicios
la sirve regularmente el padre
de todos los fornicios.

*

A la madre tolos vicios
sirve-y regularmente’l padre
de tolos fornicios.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducción al bable o lengua asturiana de Xosé Lluis Campal

Poesía*

Por Eduardo “Tato” Pavlovsky *

Hay que inventar un lenguaje que no produzca belleza - sino hambre infinita, mortalidad infantil donde nuestros ojos se desorbiten como estos monstruos sin lactancia.
Palabras traídas por las olas donde podamos sentirnos raquíticos -Lenguajes nuevos - alegres en las desgracias - obsceno por subversivo — porque la desgracia es resignación -tristeza- la acción es la esperanza. Eso, nuevo lenguaje de nuevas esperanzas. Todos juntos. Alguna vez aprendamos a hablar
otra vez, olvidando el lenguaje anterior, impotente para intensidades.
Barroco - Infiel. Quema de saberes viejos - tiene que sonar pornográfico, que el lenguaje vomite y excrete realidades, que las olas traigan nuevas palabras barrenadas y nos hagan sentir en el cuerpo sólo un poco de hambre - solo un poco de salud - solo un poco de todo. Las palabras sensaciones.
Convulsiones como respuestas. Eso -que las nuevas palabras del nuevo lenguaje nos hagan epilépticos por un rato.
Para confirmar que las palabras han llegado y nos maltratan, nos cadaverizan. Quien sabe hay muertes por reflujo. Es bueno. Pero estemos seguros que llegaron, que no son palabras muertas - Edificios con ladrillos de lenguaje que no sirven más para expresar nada. Palabras que significan - que quieren abarcar el mundo ya no abarcan nada - Palabras que describen conferencias y reunión que no que no que no que no.
Balbuceemos las otras, las que no significan - pero expresan los ojos reventados - los dolores infinitos… los aullidos. Aprender todo de nuevo… aprender a ignorar todo lo aprendido. Que explote toda la
impostura. Toda -pero toda junta. Y de esos escombros el lenguaje nuevo.
La palabra interdicta, obscenidad de los goces infinitos y de los dolores que ya no caben en lenguajes viejos. Inventemos. Inventemos todo. Pero que sea loco loco loco. Enterremos el sentido común. Una gran tumba a la belleza - A los grandes gestos que nos vaciaron el sentido de algo.
Un gran entierro de todo aquello que llamamos humano, todavía que de las olas venga el resto - las palabras nuevas - los pedazos, lo que quedó afuera, las sílabas barrenadas que arrojamos al mar del desperdicio.
Sólo de allí -la gran resurrección obscena. De cunas escondidas. Que no signifique nada. Que exprese el hoy. El hoy de todos. Blu - blu - blu blu.
Blus blus. Ya vienen, atención. Vienen las olas. Blus. Blus. Blue. No significan nada. Sólo blug blug blug. Nada nada nada. Belleza de los restos de las sobras. Poesía de los escombros. Intensidad del mar embravecido. Nada más que eso.
A la hoguera con los lenguajes viejos -ya no nos sirven- olor a trampa y a impudicia, no soñemos con el hombre nuevo - rescatemos de las sobras - de los restos - de los desperdicios - de los escombros y de las cunas palabras que hemos arropado y que las olas traen - y construyamos un lenguaje nuevo
con fuerza de obscenidad - inventemos la potencia de las nuevas palabras - no cambiemos a los hombres - cambiemos su lenguaje - su retórica encallecida - que envejece, que hace vivir a medias con tristeza - Un nuevo lenguaje alegre - potente - para un nuevo hombre.
Pero necesitamos arrasar con todo - arrasar - arrasar - arrasar.

* Psicoterapeuta. Autor, director y actor teatral. Entre sus numerosas obras se encuentran El Señor Galíndez, Potestad y La muerte de Marguerite Duras.

-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-101013-2008-03-20.html

LA VERDAD SOBRE EL TRANSBORDADOR COLUMBIA*
 
 
 

*de Roberto Fontanarrosa

Hoy, a casi tres años de aquel maravilloso día del 24 de octubre de 1981, llego a la conclusión de que debo contar toda la verdad sobre lo sucedido. No creo, al hacerlo, que transgreda ninguna norma de seguridad ni tampoco que revele secreto importante alguno.
Habrá sí, lo sé, quien sienta, tal vez, en parte menoscabado ese acendrado orgullo nacional que tenemos los americanos desde el instante mismo en que de pequeños vimos en nuestros textos colegiales esa maravillosa lámina que muestra a George Washington cruzando el Potomac, de pie sobre la inestable horizontalidad de aquella barca, envuelto, en un capote y sin atisbo de mareo ni náusea en su rostro altivo.
Pero pienso que no yo, sino todos los norteamericanos guardamos una deuda de gratitud con alguien hasta hoy anónimo y olvidado. Y se trata de una deuda que, de no mediar mi determinación de escribir este artículo, quedaría por siempre sin saldar.
No habría alcanzado a dormir ni media hora cuando Meck Sanduway llamó a mi puerta. Debían haber sido las tres de la tarde cuando caí derrumbado sobre mi litera confiado en que el cansancio y el ronroneo confortable del aire acondicionado colaborarían a que me durmiese de inmediato. Sin embargo, los nervios y el desgaste físico tironeaban compulsivamente de los músculos de mis piernas y me sorprendía a mí mismo pegando puntapiés contra la cucheta de arriba, por fortuna desocupada desde la noche en que Nat Pallukah se cayó de ella ante la excitación que le produjo el estar a punto de completar unas palabras cruzadas.
A pesar de mi desasosiego físico, anímicamente me invadía una inmensa tranquilidad. Por fin, luego de tres larguísimos e infernales meses, había quedado listo, terminado, completo, sellado y aprobado, el Proyecto Opalo. Y allí nomás, a escasos tres kilómetros de nuestras barracas, esperaba, calmo y deslumbrante bajo el sol calcinante del desierto de Najove, el transbordador Columbia.
No era gratuito mi desvelo. El meticuloso plan de trabajo pergeñado por mi grupo de ingenieros a través de cuatro años, había sufrido una demora de casi seis meses. Y todo aquel que haya estado asignado a un proyecto espacial sabe bien del enorme costo adicional en dólares que representa la más mínima demora, el obstáculo más pequeño.
Lo cierto es que se nos había atascado el sistema de gasificación de ozono y no había poder humano que lo pusiera en sus trece. Por lo tanto, los dos carretes centrales que alimentaban la inyección de parafina comprimida a la primera (y más grande) de las toberas, no tenían autoridad alguna para impulsar los propergoles sólidos del segundo sistema. En principio supuse que todo radicaba en la baja potencia de las cargas de hidracina y etanol, lo que me costó que William Congreve me arrojara por dos veces el mismo doughnout a la cara. Finalmente Congreve me convenció, con ayuda de Sato Saigo, de revisar totalmente los vectores del difusor de entrada en relación con la expansión de energía térmica en el primer sistema. Así lo hicimos durante casi un mes, enterrados día y noche en un silo subterráneo. Salvo un pequeño error (que detectó Saigo) en un componente del logaritmo neperiano de R y que en nada modificaba el detestable comportamiento de la gasificación del ozono, no hallamos en nuestra búsqueda las claves de la falla.
Dos meses después, a mi juicio el problema residía en el encendido de la segunda sección (lo que traería aparejado un desfasaje en el perigeo).
Para el danés Odgen había una fuga no computada a partir de un desequilibrio en el variómetro. Según Congreve, la cosa podía estar circunscripta en el radiador de uranio. Y Max Althoughter se hallaba empecinado en que todo consistía en que la propulsión de una fase no puede medirse por la reacción si la fuerza de empuje se mide por la intensidad que el caudal específico de eyección de gases desplaza a la energía cinética perdida por unidad de tiempo. Debo confesar que nunca entendí la seducción que ejercía sobre Althoughter la unidad de tiempo.
Muy a pesar nuestro, admitimos que debía pedirse ayuda. Hablamos con Woollie Pat Sullivan (director general del proyecto) y concluimos que debíamos dejar de lado nuestro orgullo y entender que el éxito del Proyecto Opalo era una causa de interés nacional y así lo entenderían, también, los científicos consultados. Por otra parte, el presidente Ronald Reagan ya había hablado un par de veces por teléfono con Sullivan preguntando por la salud del “nene”, nombre clave que se le había conferido al transbordador.
Se habló, entonces, con gente de la Convair y Martin, de la Chrysler, de la Pratt y Whitney, de la Boeing y de la Thiokol. La mayoría de las compañías había licenciado a su personal dado que se iniciaba la temporada de la trucha. Por último, la Lockheed trajo alivio a nuestra inquietud: nos remitirían a Bernard Pseberg Lindon, artífice de la misión Viking, padre de las sondas Mariner y amigo cercano de un ingeniero que había sido verdadero cerebro gris del proyecto Skylab.
Pseberg debió ser rastreado por toda Europa Central ya que, para ese entonces, se hallaba visitando a un primo suyo que nada tenía que ver con los proyectos espaciales, pero que había contribuido grandemente a las comunicaciones humanas mediante la codificación de sombras chinescas sobre paredes.
Aún pienso que la Lockheed aceptó ayudarnos para cabalgar sobre la cresta de la ola de nuestro posible triunfo, y algo así debió pensar también Pseberg, para acceder a volar hasta nuestra ratonera de White Sands.
Debo admitir que la llegada de Pseberg apresuró la solución. Enérgico hasta la crueldad, de una actividad rayana en el fanatismo y con un método analítico más cercano a la pianola que al matemático, Pseberg nos puso frente a la solución del problema en sólo 25 días de trabajo: había que liberar los gases del ozono a través de las toberas de la tercera fase, pero sin contactarlos con los propergoles sólidos del segundo sistema. Y si éstos entraban en pérdida o desprotegían la dirección giroscópica, bastaba con inyectar una mayor proporción de flúor en la masa molar.
El árbol nos había impedido ver el bosque.
El 22 de octubre de 1981 se realizó la prueba final y todo anduvo a la perfección. De allí en más se completaron algunos detalles menores, se chequeó por milésima vez el encendido y todo quedó listo para el tan demorado momento del despegue definitivo. Fue cuando ante una sugerencia de Silvie Mortimer, quien me vio revolviendo el café con la visera de mi gorra, marché en procura de un reparador descanso. Y fue cuando, media hora después de revolverme en la cama como un poseso, Meck Sanduway llamó a mi puerta.
—La tobera del segundo sistema se atascó —me disparó Sanduway apenas le hube abierto la puerta. Sentí como si millones de pequeños alfileres se clavasen en mi cuerpo. Las piernas se me aflojaron y de no mediar el apresurado sostén de Meck me hubiese destrozado la cabeza contra el piso.
—¿Se lo has dicho a alguien? —atiné a preguntarle apenas pude recuperar el dominio de mis cuerdas vocales.
—No —me tranquilizó Meck, con esa austeridad de vocabulario que hace tan rústicos a los hombres del bajo Tennessee.
Para el lector que no conozca los entretelones de un proyecto interespacial, informo que una tobera no tiene actividades intermedias: o funciona o no funciona. No se admiten en una tobera ni falsos encendidos ni ronquidos, ni carrasperas, como tampoco producción a “media máquina”.
“Cinthya”, la tobera del segundo sistema estaba bajo mi completa responsabilidad y ahora, a sólo 14 horas del lanzamiento del Columbia, se había empacado como un asno. Era un problema tres veces más complejo que el anterior suscitado con la gasificación del ozono. Y el problema de la gasificación del ozono nos había demorado durante medio año.
—Vuelve al centro de cómputos —recomendé a Meck—.Y no digas a nadie nada de esto.
Tomé el casco, salté sobre un jeep, y abandoné las barracas rumbo al transbordador. Afortunadamente a esa hora, cuando el sol era un soplete sobre la arena, sólo me crucé con algunos operarios menores.
Los ingenieros y científicos se habían refugiado en sus habitaciones disfrutando de hallarse, por fin, en vísperas de la cuenta regresiva. En tanto ascendía mediante el ascensor interno hacia las visceras del Columbia, pensaba en qué palabras emplearía para comunicar a nuestro jefe Woollie Pat Sullivan, el nuevo drama que se había desatado. Lo recordaba, un año atrás, masticando, transpuesto de odio, una minicalculadora Sharp ante la noticia de la quemadura de una bujía de su coche. Además, debería ser yo, en persona, quien explicara al presidente Reagan, el flamante e incalculable retraso del Proyecto Opalo. Y yo conocía bien al presidente. Por mucho menos que eso lo había visto hacer cosas terribles con los indios, largo tiempo atrás, en el cine de Tollucah, mi ciudad natal.
Cuando llegué al compartimento que hacía las veces de antesala, sólo encontré a un empleado de mantenimiento, quien se había refugiado en la tranquililidad de esa sección para apurar su emparedado de tocino y maní. Le ordené, perentoriamente, que se fuera. El hombre, sin decir palabra, envolvió su merienda y se alejó.
Con el alma en un hilo, oprimí el encendido de “Cinthya”. Me respondió un silencio funerario. Repetí la acción cinco o seis veces. Ni un chasquido. Nada. “Cinthya” estaba muerta, fría y yerta. Me dejé caer, vencido, sobre el piso de metal. Entonces me encontré, de nuevo, con la mirada del empleado de mantenimiento. No se había ido. Estaba sentado sobre el sistema de apertura de compuertas externas, junto a la salida que no había transpuesto, masticando con poco entusiasmo su comida, observándome con expresión indiferente.
En aquel momento, con ese pudor lógico de todo científico egresado de Denver, deseé que aquel desconocido confundiese mis lágrimas con posibles gotas de transpiración. Lo que iba a ser difícil de explicarle eran mis berridos animaloides y los puñetazos que propinaba contra el blindaje de las mamparas. Con la tobera de la sección superior atascada, el soñado despegue del transbordador Columbia en 1981 era utópico.
La preeminencia de la carrera espacial volvería a manos de los comunistas y podía decirse que el mundo libre estaría al borde de la destrucción, el holocausto atómico y ¿por qué no? la contaminación de los ríos.
Controlar, chequear y verificar todas y cada una de las 573.829 piezas mecánicas y electrónicas encerradas en aquella cúpula cilindrica de 38 metros de largo por 11,07 de ancho que constituía la médula energética del Columbia podía insumir de uno a dos quinquenios de planes galácticos. Reagan no lo soportaría.
Dentro de mi desesperación vi que el operario, sin dejar de comer, adelantaba un par de veces el mentón hacia mí, en mudo interrogante.
—¿No le dije que se fuera? —le grité, desde el suelo, furioso. Frunció el entrecejo y volvió a avanzar su mentón, inquisidor. Comprendí que no entendía bien el idioma.
—¿No habla inglés? —le pregunté, más enojado aún.
—Sí, sí —dijo. Se puso de pie, tiró desaprensivamente los restos del sandwich en un rincón y limpió con energía las palmas de sus manos golpeándolas contra los fundillos de su pantalón en tanto se me acercaba. Sin dejar de hurguetearse los dientes con la punta de la lengua y el reborde de los labios, me tomó de un brazo y me ayudó a ponerme de pie. Allí pude leer, entonces, el nombre de aquel sujeto moreno y bajo, en el solapero que lo identificaba: “Artemio Pablo Sosa”. Un hispanoparlante.
—Hablo inglés —me explicó—. Pero si me habla muy rápido. . . —se quedó en silencio mirando fijamente hacia un punto ubicado en las cercanías de mi hombro derecho y yo pensé que buscaba palabras para completar la frase. Chasqueó los labios y escupió un residuo de carne.
—¿Qué pasa, maestro? —preguntó luego.                       
—¿Qué es usted?—me interesé—. ¿Mejicano?
—Argentino —me dijo. Yo apoyé mi empapada espalda contra una mampara y meneé la cabeza con desaliento.      
—La tobera —señalé con gesto vago, baja la vista.
—¿Qué pasa? ¿Qué tiene la tobera?
Oscilé mis manos, con las palmas hacia abajo, a la altura de mi cintura.
—Reventó —sólo atiné a decir—. Fin.
—¿No camina? —dijo el hombre. Estuve tentado de explicarle, pero me frenó el ridículo de enredarme en una charla técnica con un auxiliar electricista que no sólo no detentaba cargo relevante alguno, sino que ni siquiera era sajón. Por otra parte ya el desprolijo personaje me había dado la espalda y, mientras se rascaba los dorsales lentamente con el pulgar de la mano derecha, atisbaba hacia lo alto de la tobera a través del triple cristal atérmico que nos separaba de ella, sobre la consola de mandos.
Sosa volvió hacia mí. Ahora se estiraba hacia abajo, impudorosamente,  la tela que le recubría la entrepierna.
—¿Está abierto? —señaló a sus espaldas la puerta que accedía a la tobera. Asentí con la cabeza. Pero no volvió hacia allí. Caminó hasta donde había estado sentado y comenzó a revolver en un bolso de trabajo abandonado junto a los restos de su merienda. Sacó una manzana y entonces sí, pasó de nuevo junto a mí, hacia la puerta de entrada a la tobera.
Yo permanecí quieto en el mismo lugar, como vacío de hálito vital, pensando tan sólo en el sombrío futuro que acechaba a mis hijos, en el hipotético caso de que llegase a tenerlos.
Habrían pasado seis minutos cuando apareció de nuevo el argentino.
—¿Tiene un alambre? —me preguntó. Sacudí la cabeza, negando.
—Me parece que yo. . . —masculló—. Algo me queda. . .
Fue hasta su bolso, revolvió en él y sacó un trozo de alambre de unos veinte centímetros. Mientras procuraba enderezarlo (había estado plegado en secciones de unos seis centímetros) me miró y enarcó las cejas.
—Vamos a ver, dijo un ciego —informó, serio. Pasó de nuevo frente a mí y se metió en la tobera. Por quince minutos sólo lo escuché silbar una música extraña. Yo, en tanto, sopesaba la posibilidad de salir al exterior de la nave, ganar la superficie de una de sus cortas alas y de allí lanzarme de cabeza a la pista, distante lo suficiente como para hacer estallar una bóveda craneana.
Apareció de nuevo el argentino: se estaba frotando las manos con un trapo.
—A ver, maestro —me dijo.
—¿Qué?
—Préndala —me indicó, señalando con un movimiento de cabeza hacia la tobera.
Ahora sí, lo miré como comprendiendo que se trataba de un ser viviente quien me hablaba.
—Préndala. Dele —insistió, mientras volvía hacia su bolso y metía el trapo en su interior. Caminé cuatro lentos y arrastrados pasos hacia el encendido, apoyé un dedo sobre el botón y giré mis ojos para mirar al argentino, compasivamente. Apreté el botón y se escuchó un ronroneo suave y parejo primero, y luego un rugido saludable. Casi estrello mi cara contra el triple cristal en procura de ver desde más cerca lo que no podía creer. ¡Aquella maldita tobera funcionaba! Me di vuelta, incrédulo, hacia ese sudamericano providencial. El hombre había corrido el cierre relámpago de su bolso, había metido éste bajo su brazo izquierdo y miraba hacia el techo, prestando atención al sonido trepidante de “Cinthya”.
—No —pareció contradecirse—. Va andar bien. Luego, sí, se dirigió a mí:            —Le va aguantar bastante. Por lo menos para sacarlo del paso. Eso sí. . .                                —advirtió— . . . capaz que de aquí a un par de años le tenga que pegar una revisada. Pero. . . por ahora. . . —pareció conformarse.
Se tocó luego la ceja derecha en un remedo de desmañado saludo militar, cabeceó para despedirse, abrió la compuerta neumática que daba a la escalera externa y se fue. Yo, en tanto, escuchaba a mis espaldas el dulce canto de “Cinthya”, funcionando.
Al día siguiente, el transbordador Columbia, tras corta cabalgata sobre su avión-madre, salió disparado hacia el límpido cielo de Najove y de allí en más la historia es conocida.
De Artemio Pablo Sosa, nunca jamás tuve conocimiento. Superada la efervescencia del éxito de la misión Opalo, lo busqué por las distintas dependencias, talleres y barracas de White Sands. Finalmente, en la oficina de personal me informaron que había viajado la misma tarde del lanzamiento, posiblemente a New York, con un nuevo contrato.
Un año después, una agencia de averiguaciones privada me informó que Sosa había trabajado cuatro meses como lavacopas en un restaurante italiano sobre la Séptima Avenida.
Alguien me contó, también, que una persona de ese mismo apellido había estado trabajando como iluminador en un teatro de quinta categoría donde ponían piezas musicales para público latino, en Broadway. Pero nunca más pude encontrarlo.

*Fuente: NO SE SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS
EDICIONES DE LA FLOR. 1998

Correo:

*

INVENTIVA SOCIAL. Gracias por brindarnos este espacio de comunicación que refleja formas de pensar, desear y decir a cerca del arte literario, nosotras somos mujeres trabajadoras sociales de los barrios de Salta Cap. y algunas de las compañeras viven en el interior de la Pcia. Por su puesto tenemos experiencias con mucho humor dolor de lo que padecen las mujeres y sería muy bueno publicarlas en esta páginas de escritores y lectores ya estaré comunicandoles esta novedad para animarnos a relatarlos.
GRACIAS. UN ABRAZO DE LAS COMPAÑERAS DE
 

*FORO DE MUJERES POR LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES- SALTA- ARGENTINA
foro_genero@hotmail.com

*

El jueves 27 de marzo a las 19,30 horas en el Museo de la Memoria -A. del Valle y Callao, Ex Estación Rosario Norte- se presentarán dos libros, en el marco de los actos por el 32 aniversario de la instauración de la última dictadura militar en la Argentina. Se trata de textos escritos por mujeres pertenecientes a dos generaciones atravesadas por el terrorismo de Estado: la de los desaparecidos y la de sus progenitores.
En primer lugar se presentará un libro de poesía, editado por la Editorial municipal: “Todo te sobrevive/Poemas” cuyas autoras Elena Belmont (fallecida) y Claverie –Marta- Hernández Larguía, son integrantes de “Madres de la Plaza 25 de mayo de Rosario”. La presentación estará a cargo del Director del Museo, el prof. Rubén Chababo y el escritor Rafael Ielpi. 
A continuación se presentará la narración de Susana Romano Sued: “Procedimiento. Memoria de La Perla y La Ribera”, que aparece  en el sello editorial cordobés  El Emporio Ediciones. Oriunda también de Córdoba, la autora, es además poeta, traductora y psicoanalista.
¿Cómo narrar una de las experiencias subjetivas más devastadoras, la del campo de exterminio? Susana Romano Sued ha podido poner palabras no sólo a su propia experiencia del horror en centros de detención clandestinos, ha podido hacerlo ficcionalizando, tomando también la voz de otros; ficcionalizando para que la verdad sea soportable. ¿Cómo narrar el goce del perverso por antonomasia, aquel que confunde su goce con una razón de estado? ¿Aquel que se postula como dueño absoluto de vidas y muertes? Filósofos como  T.Adorno se preguntaron si era posible seguir escribiendo poesía después del Holocausto  y poetas como Paul Celan- este último traducido del alemán al español por la propia Romano Sued- respondieron en acto, escribiendo.  Tal vez no sólo sea posible, sino necesario y una condición de sostenimiento.
Susana Romano Sued posee una amplia obra poética entra las que se destacan: Verdades como criptas (1981, primer premio Luis de Tejeda), El corazón constante (1989), Escriturienta (1994 Córdoba), Nomenclatura/Muros (1997) Algesia (2000, España), Mal del siglo (2000, Mención especial de la Secretaría de Derechos Humanos) y El Meridiano (2004 y 2007, Córdoba).Tradujo el volumen Poesía contra poesía de Jean Bollack (2005, España) y Devolver el fuego, antología de la joven poesía alemana (2006). Se recomienda consultar: www.susanaromanosued.com
“Procedimiento, Memoria de La Perla y La Ribera” es como anuncia su título mismo una memoria, es decir literalmente una activa construcción sobre el pasado y no una mera crónica de hechos desgarradores. En el delicado equilibrio entre ese pasado individual y este presente, aparece una voz narradora que desarticula la sintaxis tradicional de la lengua para poder encontrar un discurso posible.
El libro será presentado por la Ps.Laura Capella y la Lic. María Inés Laboranti. El evento cuenta además con los auspicios del Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2ª Circ.y su Foro en Defensa de los DDHH.

 
*Enviado para compartir por Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar
 …hacer de la caída un paso de danza, Pessoa

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Thursday, March 13, 2008

COMO ESPIA DEL TIEMPO

Apuntes para este libro*

La juventud que huye como un ciervo herido
la libertad que muere como un viejo patriarca
el destino que mira como espia del tiempo
la aventura que tiene la llave de la calle
el albatros que vuela sobre el navío náufrago
la botella arrojada al mar con un mensaje
los sueños de los niños inventando países
el secreto que oculta la guitarra en su caja
los ojos de los muertos que ven nacer las lilas
la luna allá esperando la primera visita
aquello del pasado que mantiene vigencia
y el porvenir que nace como un niño, desnudo.

Nostalgia - devenir - soledad - multitud -
Ah Hölderlin, ya encontraremos
el rumbo de las islas perdidas.

*Raúl González Tuñon
-de El rumbo de las islas perdidas 1969.

COMO ESPIA DEL TIEMPO…

El Ferrocarril es una cuestión nacional, en el 60 aniversario de su nacionalización

SE HA SANCIONADO LA LEY DE REORDENAMIENTO FERROVIARIO*

Sanción que conduce al camino de la tupacamarización definitiva de los Ferrocarriles Argentinos. El mandato del imperio fue cumplido por legisladores cipayos y vendepatrias que votaron sin vergüenza.

Cuando la Patria esta en peligro, todo esta permitido excepto no defenderla
José de San Martín

*Por Juan Carlos Cena ferrocena@villacrespomibarrio.com.ar

Que el proyecto aprobado para constituir una Agencia Nacional de Transporte es una mala fotocopia de los ferrocarriles españoles, es indudable. La primera diferencia es que los ferrocarriles españoles, llamados RENFE son estatales. Están inscriptos en la Constitución española como un bien nacional, desde su primera puesta en marcha. Nadie nunca se animó a tocar ese articulado.
En un proceso de reorganización, la RENFE se dividió en dos entes: RENFE, propiamente dicho, que sería la operadora de los ferrocarriles, y la otra es ADIF que se encargaría de la infraestructura. Las dos estatales. Ambas estructuras controladas por el Ministerio de Fomento.
Pero para que ocurra esta reestructuración, antes, hubo un proceso de transformación integral de toda la RENFE, luego una posterior consolidación integral de la red ferroviaria española. Proceso que se inicia con Felipe González, la continúo José María Aznar y la prosigue José Luís Rodríguez
Zapatero, siendo los ferrocarriles españoles cada vez más eficientes. Es decir, la decisión de reestructurar los ferrocarriles en España fue una decisión política, no técnica, de conveniencia a un sector en particular.
Primaron los intereses nacionales por sobre todos los demás. Los sindicatos ferroviarios, tanto Comisiones Obreras como la UGT (socialistas) acompañaron este proceso sugiriendo y criticando, capacitando a sus afiliados para poder enfrentar los nuevos cambios tecnológicos por venir. Soy testigo de ese proceso por haber participado en la capacitación de los cuadros gremiales y técnicos. Nuevas discusiones gremiales ante nuevas formas de laborar. Digo todo esto, por si los precursores de este reordenamiento ferroviario en la Argentina se olvidaron. De paso recordarles a los gremialistas argentinos, en forma integral, cual es su rol.
Luego de ese afianzamiento, instalaron recién los trenes de alta velocidad.
Han divido RENFE en dos unidades pero siempre dependiendo del Ministerio de Fomento, que coordina y planifica con la RENFE y ADIF los objetivos trazados son de acuerdo a las necesidades del Estado español inscripto en un proyecto de nación integrada a la Comunidad Europea. Es necesario remarcar que todo lo que se transporta en la península ibérica es controlado por el Estado. El Estado interviene en el reordenamiento del Sistema Nacional de Transporte.
El Estado español no es el Estado de un país colonizado.
A pesar de saber estas diferencias sustanciales, el gobierno lanza, en forma espasmódica, después de los sucesos de la Estación Constitución, un proyecto para la creación de dos empresas que se encargarán de la administración ferroviaria; donde tendrán participación los gobiernos provinciales y municipales, también serán tenidos en cuenta los actuales concesionarios de cargas y pasajeros, no podría ser de otra manera, si son socios a través de la UGOFESA (Unión de Gestión Operativa Ferroviaria S.A) Corporación o cartelización entre el Estado Nacional y los concesionarios. La decisión se tomó apenas dos semanas después de los incidentes en Constitución y a una semana de haber rescindido la concesión de los ramales Roca y Belgrano Sur, que gerencia el vaciador Taselli.
Sistema mixto (¿?). Según indicó el ministro De Vido, las dos sociedades serían 100 por ciento del Estado. Sin embargo, las concesiones privadas seguirán funcionando normalmente y podría haber concesiones mixtas. (No se entiende) Los casi 15 años de prestaciones fracasadas por estos concesionarios no le dicen nada al Poder Ejecutivo Nacional. ¿O sí? Y se calla  ¿Total, quién se dará cuenta? Deben de creer que este es un país de jardín de infantes, como dice María Elena Walsh. O somos entupidos. Afirmó, entre otras cosas, que el control público se hará a través de la SIGEN (Sindicatura General de la Nación) y de la Auditoria General de la Nación. Reafirmó con fuerza que: ‘En principio, el Estado no se desprenderá de la operación de estas concesiones sobre las empresas que están trabajando actualmente’. Y que se analizará si estas empresas están cumpliendo los contratos.
¡Recién van analizar el cumplimiento de contratos!, después de más de 4 años de gobierno y su continuidad! Lo prometió Néstor Kirchner en la campaña electoral, en su discurso de Cruz del Eje. Su continuidad, o sea, la presidenta Cristina Fernández de K. ni mencionó la inquietud de la revisión.
A declaración de partes, relevo de pruebas. ¿Qué podemos agregar? Que todo seguirá igual, que la opinión de los pasajeros, usuarios, habitantes de este país no son tenidos en cuenta, ni hablar de que los escuchen.
La constitución de estas dos empresas estatales, una que se llamará Administración de Infraestructuras Ferroviarias AIF y la otra, Operadora Red Ferroviaria ORF serán las herramientas para implementar el retorno de los muertos vivos. Pero además, y es lo grave entre otras cosas, pasaran a su dominio todos los bienes de la ex empresa Ferrocarriles Argentinos que controla en la actualidad el ENABIEF. Donde podrán disponer de sus bienes, como la de vender muebles, inmuebles, tierras, instalaciones sin llamar a
concurso. Es decir, la sociedad entre gobierno y los empresarios parásitos continúa por otras formas. Todo cambia para que todo siga igual.

Funciones de las empresas
La AIF será la encargada de administrar y mantener la infraestructura vial actual y futura; los sistemas de control, circulación y seguridad; y el desarrollo de inversiones (art. 2).
Expresamente puede delegar sus funciones en un tercero (art. 3 inc. c).
Por el artículo 6 se transfiere a la AIF el patrimonio ferroviario actualmente afectado al ONABE. El ONABE forma parte de la administración pública (depende del Ministerio de Planificación), por lo que está sujeto a una serie de requisitos que no rigen para las sociedades del estado. Así, por ejemplo, la AIF va a poder vender los bienes que se les transfieran como cualquier empresa privada.

Las Tierras Ferroviarias
Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los bienes ferroviarios del ONABE son terrenos (en muchos casos muy extensos) que rodean las antiguas estaciones ferroviarias del interior. Son tierras que hoy valen fortunas.

**

La sumatoria de ambos cuadros nos da la friolera cantidad de 4.721.208 de metros cuadrados, nada más que de Capital federal y gran Buenos Aires.
Lo único que le queda a los Ferrocarriles Argentinos como patrimonio de alto valor son las tierras y los inmuebles de una gran valía como Retiro, Constitución, Estación Córdoba, Santa Fe, Belgrano - Mendoza, entre otras estaciones talleres, depósitos, etc), todo lo demás se puede comprar, si se pierden las tierras se acabo el ferrocarril.
 Las ventas de tierras se vienen haciendo desde hace varios años, cuando se levantaron los ramales en el transcurso de la aplicación del Plan Larkín., casi 10.000 km de vías.  Los terrenos correspondientes a ese recorrido, según un cálculo estimado realizado en 1980, eran, aproximadamente, 420.000.000 de metros cuadrados, con sus respectivos talleres galpones, estaciones, playas etc., esas tierras se perdieron para siempre. Escalofriante cifra.  Alarmante robo sin investigar.

El papel conciente de los trabajadores del riel
 La resistencia de los ferroviarios a través de la huelga de 42 días en 1961 impidió la continuación del saqueo y la destrucción de los ferrocarriles.
Parece ser que el tema no se agotó, porque continuaron las luchas de resistencias en todos los gobiernos.
Es dable destacar que el ONABE sólo puede transferir sus inmuebles a las provincias, municipios o entidades sin fines de lucro (eso, más allá de los negociados que se puedan hacer bajo la máscara de una asociación civil). La AIF no tiene esa limitación, puede vender o donar a quien quiera. Esa es la
diferencia sustancial.
La ORF será la encargada de prestar los servicios ferroviarios que se le asignen, aquellos concesionados que vuelvan al Estado y los nuevos servicios que se creen. Expresamente puede delegar esta actividad (art. 10 inc. 1). Como no se le aplica el régimen general de la administración pública, para delegar en terceros (concesionar) la prestación de los servicios ferroviarios ni siquiera tiene que llamar a licitación. Esta ley legaliza un gran negocio inmobiliario. Deja impune e inmune a sus actores. El parlamento ha sancionado cipayamente una ley para que la utilicen los vende patrias junto con la asociación de los cartelizados concesionarios.

Atribuciones de las empresas
 Estas empresas por ser sociedad del Estado pueden vender, alquilar, donar y así, sin control de los órganos correspondientes. Es decir, esta Ley prepara un marco legal para implementar un gran negocio inmobiliario. El ejemplo del ‘Negociado de las tierras de El Palomar’, marca un hito en la historia de la
corrupción argentina. Marca el hito del suicidio de los corruptos descubiertos. No esperen que en estos tiempos los corruptos se avergüencen y avergüencen de sus tropelías a la familia. La corrupción supera y arrasa todo tipo de códigos. Las tierras del Palomar, el negociado de la CHADE-Compañía Hispano Argentina de Electricidad, luego CADE, Compañía Argentina de Electricidad, el tema de las carnes, los frigoríficos La Anglo, Swift, con la postura ética de Lisandro de La Torre y su suicidio. Todo un
símbolo ético.  O el gran negociado de la construcción, instalación y explotación de la red de subterráneos de Buenos Aires, manejado por la entonces CHADE, participando Siemens, y Geopé, entre otros. Las sombras de las tierras del Palomar aún sobrevuelan nuestro territorio como un gigantesco buitre carroñero. Para mayor información ver: ¡Tierras ferroviarias a la vista!: Gritó desde la cofa el Pinzón de las inmobiliarias buitres, en: www.villascrespomibarrio.com.ar y www.argenpress.info

*Juan Carlos Cena - Ferroviario - Ex Secretario general APDFA, seccional 0rganismo Central - Capital Federal, autor de El Guardapalabras, memoria de un ferroviario, El Ferrocidio (dos ediciones), Crónicas del Terraplén y El Cordobazo, una rebelión popular. - Miembro Fundador del Mo.Na.Re.FA.

*

Por la sanción de la Ley de Reordenamiento Ferroviario me es ineludible referenciarme en Juan Domingo Perón, el que nacionalizó los ferrocarriles y recuperó las tierras. Perón decía en tiempos que condenaba a los cipayos y vendepatrias de su partido cuando rindieron armas, bandera y banda a los píes del enemigo que lo derrotó con el golpe de 1955: El mandato dictatorial viene de afuera y se realiza dentro. Nada mejor que conocer cuáles son las reales relaciones de causas y efectos entre la metrópoli y los “vendepatrias” y “cipayos”  Historia de una traición.  Hoy, en el Parlamento los congresales colonizados han cumplido con ese mandato colonial.
 
El que decía esto era el Perón del 57, repito, el que nacionalizó hace 60 años los Ferrocarriles Argentinos, es el que fustiga a los cipayos y vendepatrias de ese entonces. ¿Qué diría hoy?  Refutaba por esos tiempos, entre otras cosas, al Informe Verrier, que hablaba del déficit ferroviario.
Hoy la sanción de esta Ley, es toda una paradoja histórica. Porque los precursores de este proyecto esgrimen la misma iconografía y simbología utilizada por Perón para la nacionalización de los ferrocarriles. El cipayaje parlamentario, manipula las mismas representaciones pictóricas  para aprobar la nefasta Ley de Reordenamiento Ferroviario. Ley que legalizará impunemente el saqueo y destrucción definitiva de los ferrocarriles. Ley que es ilegal en si misma, porque lleva en las entrañas de su naturaleza la enajenación, comercialización y el desvalijamiento de la soberanía nacional.
Repito, con la nacionalización de los Ferrocarriles Argentinos se recuperaron las tierras cedidas a los ingleses y franceses, hoy, serán enajenadas al mejor postor, a precio vil, donadas o regaladas. Como los talleres Rosario, estación de pasajeros de Santa Fe,  F.C. Belgrano, la Planta de Llantas y Ejes en Córdoba, entre algunas ventas. Todo ocurre en estos tiempos donde la mediocridad política ha perforado en forma insondable la conciencia de los dirigentes políticos y gremiales. ¡Cuánta hipocresía y mentiras juntas! La historia se repite, una vez como tragedia y otra como farsa. Dice C. Marx  en el Dieciocho Brumario
 
¿A quién beneficia?                         
  
    Los pillos son tantos, que no es difícil que
terminen por ahorcar a la gente honrada.
Shakespeare
 
La Industria del Transporte Automotor ha festejado; ha sido honrada con la aprobación de la Ley de Reordenamiento Ferroviario. Su representante en el gobierno es el Secretario de Industria, Fraguío, ex presidente de ADEPA (Asociación de Empresas de la Industria Automotor) y ex-Director de IVECO (multinacional italiana que fabrica vehículos para transporte de carga). Este hombre, del riñón de esa organización corporativa que obra como un “cartel” y es parte de los factores de poder, está satisfecho.
La corporación de inmobiliarias, que han esperado como aves de rapiña la liberación de las propiedades del ferrocarril, también festeja este engendro que comenzó a constituirse en tiempos de Menem. Por entonces el interventor de los Ferrocarriles Argentinos era Ordóñez Giménez Zapiola, hombre de estirpe, que pertenece a la corporación inmobiliaria, como su nombre lo indica.
La ley fue aprobada por 153 votos afirmativos de cipayos y vendepatrias, contra 73 que representan diferentes corrientes políticas e ideológicas y 3 abstenciones cobardes.
Esta aprobación de la Cámara de Diputados pone todo el sistema ferroviario en manos del titular de Planificación Julio de Vido. Coloca el control bajo este personaje. Es el garante de los que se beneficiarán. Es decir, han enviado al zorro a cuidar a las gallinas para sepultar definitivamente el sistema nacional ferroviario, va a implementar el remate final.
Esa ley es la empaquetadura final del proyecto entreguista del gobierno de Carlos Menem, que cumplió a rajatabla los mandatos del imperio. Proyecto presentado durante la gestión de Néstor Kirchner. 

¿A quién perjudica?
A los trabajadores ferroviarios y al pueblo de la Nación

Esta ley elevada  por el gobierno progresista de Kirchner y aprobada por el parlamento cipayo, no va a considerar a los trabajadores de estas empresas como empleados públicos. Se les aplica la ley de contrato de trabajo, que rige para el ámbito privado (art. 14). 
¿Qué dicen los sindicatos, comisiones de reclamos, comisiones ejecutivas, sobre esto? Silencio. Nada.
Veamos: La separación definitiva no significa necesariamente el despido. Según la ley de contrato de trabajo, cuando un trabajador no pueda cumplir con sus tareas normales y habituales, el empleador le tiene que dar otras acorde a sus nuevas capacidades (art. 212 LCT). Igualmente, es obvio que esto puede usarse como medio de persecución para separar a un activista de determinado sector.
Por el art. 16 inc. e) se faculta al Ministerio de Planificación a proponer modificaciones a los contratos de concesión de transporte ferroviario, para “resolver todas las cuestiones generadas durante la ejecución de los contratos” y para “satisfacer las necesidades de interés público no previstas en la contratación original y que han surgido durante su vigencia”. Esta última frase es una aplicación de la llamada teoría de la imprevisión, esta consiste en que cuando ocurren circunstancias extraordinarias e imprevisibles durante la ejecución de un contrato que tornan excesivamente onerosa la prestación a cargo de una de las partes, puede plantear la rescisión del contrato o el reajuste de las cláusulas.
En el caso de las concesiones, se usa siempre para favorecer a los concesionarios, sea reduciéndole el canon, extendiendo el plazo de la concesión, quitándole obligaciones, etc. El art. 18 inc h) faculta a la CNRT a ordenar a las empresas ferroviarias la suspensión de cualquier trabajador cuando una inspección (el proyecto no dice a cargo de quién, ni qué derecho va a tener el trabajador de controlarla o de defenderse) determine que no se encuentra en condiciones de prestar el servicio. Cuando se determine la peligrosidad de una infracción o la responsabilidad o inhabilidad de un trabajador, la CNRT puede ordenar a la empresa la separación definitiva del cargo.
A los trabajadores se les aplicará la ley de contrato de trabajo, que rige para el ámbito privado. ¿Qué dicen los sindicatos, comisiones de reclamos, comisiones ejecutivas sobre este engendro de desordenamiento ferroviario que satisface a los concesionarios y empresarios cartelizados? ¿Están preparando o capacitando a sus militantes por lo que vendrá? Digo, pregunto.
El silencio sindical continúa. Las reivindicaciones economicistas de los dirigentes con vocación paritaria predominan. Esos son sus reclamos, están por sobre las políticas. Por estas consideraciones no podemos hablar de una derrota del movimiento obrero ferroviario por su resistencia a la Ley. No, ni mucho menos, porque no resistieron y lucharon como en las huelgas de 1961 contra el Plan Larkín, la resistencia al onganiato que nos militarizó con el decreto 5324, o como en 1991 y 1992. Dos formidables huelgas resistentes dirigidas por los jóvenes sin el peso de la burocracia a cuesta, para rechazar la política menemista; en la que fuimos derrotados al final del enfrentamiento.
Nos derrotaron defendiendo la ciudadela ferroviaria codo con codo, espalda contra espalda. No gimiendo ni llorando. Fue una derrota honrosa. No se lucha en los salones compartiendo discursos con el progresismo pacato, se lucha en los rieles, en los talleres, en los andenes, en los terraplenes, en las estaciones junto al pueblo, todos juntos. En los salones se claudica.
No se lucha compartiendo tribunas con los que son funcionales al Proyecto de marras como la Asociación del Personal de Dirección de los Ferrocarriles Argentinos. Toda una cuestión  lastimosa y vergonzante la de esa Asociación, a la cual pertenezco.
Hoy festeja con un reparo hipócrita la aprobación del proyecto. Ver páginas WEB de APDFA, CTA, (junio 2007) y Frente Transversal Nacional y Popular (febrero 2008)
Titulado: Reestructuración ferroviaria: una gran oportunidad. La Asociación del Personal de Dirección de Ferrocarriles (APDFA-CTA) le envió una carta al ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, en la que afirma que los anuncios oficiales para avanzar en una reestructuración del sistema ferroviario argentino abren una nueva oportunidad para recomponer al sector que hoy se encuentra colapsado y en gran parte destruido.
 Al respecto, Elido Veschi, secretario general de APDFA aseguró que la creación de dos empresas del Estado Nacional una a cargo de la infraestructura y otra operadora de servicios ferroviarios está en la línea que desde hace unos 10 años viene proponiendo APDFA; por eso afirmó que no solo apoyamos esta iniciativa, sino que nos congratulamos de que una idea basada en los ferrocarriles exitosos y eficientes del mundo por lo que implica desde el punto de vista económico, social, cultural y territorial, además del empuje a las economías regionales más retrasadas que esto significaría y desde el punto de vista industrializador. Firmado por el Ing. Elido Veschi, dirigente de esa Asociación desde el año 1974 hasta la fecha. Sin más comentario.
 
Sintetizando
Perón nacionalizó, hace 60 años, los Ferrocarriles Argentinos. Toda una paradoja histórica con la realidad actual. Porque con la misma iconografía y simbología utilizada por Perón para su nacionalización, hoy es utilizada para la aprobación de la nefasta Ley de Reordenamiento Ferroviario. Ley que legalizará impunemente el saqueo y destrucción definitiva de los ferrocarriles y la explotación de sus trabajadores.
Vuelvo a repetir, con la nacionalización se recuperaron las tierras cedidas a los ingleses, y franceses, hoy serán enajenadas a precio vil, donadas o regaladas. Todo esto y más ocurre en estos tiempos, cuando esa iconografía se esgrime y se utiliza también para la reorganización del Partido Justicialista. ¡Cuánta hipocresía y mentiras juntas!
 
Esta Ley no soluciona el grave problema de los ferrocarriles en la Argentina, ni contribuye a la solución de los problemas en el sistema nacional de transporte que está colapsado.
El Mo.Na.Re.FA rechaza enfáticamente el proyecto de ley del kirchnerismo, que bajo una retórica “progresista” profundiza la privatización, la entrega y el saqueo vil de los ferrocarriles iniciada en la década menemista.
 

Desde el Mo.Na.Re.FA decimos que el ferrocarril no tiene solución si no vuelve al Estado, se caen las concesiones otorgadas tanto de pasajeros como de carga, y se vuelve a constituir un Sistema de Integrado de Transporte Ferroviario, de Industria y de Comunicación.

 

*Juan Carlos Cena – Ferroviario – Ex Secretario general APDFA, seccional 0rganismo Central – Capital Federal, autor de El Guardapalabras, memoria de un ferroviario, El Ferrocidio (dos ediciones), Crónicas del Terraplén y El Cordobazo, una rebelión popular. – Miembro Fundador del Mo.Na.Re.FA.

   

Correo:

ESCUELA DE CONDUCTORES*

El instructor, sentado detrás del aspirante que manejaba el ómnibus, dijo “¿Me pasa un cigarrillo?” “Sí” dijo el aspirante a conductor. “Está eliminado” dijo el instructor. Esto fue relatado por un ex - instructor de la Escuela de Conductores de la Corporación de Transportes de Buenos Aires. Él tomaba examen a los aspirantes hasta 1961, cuando en el Gobierno de Frondizi desintegró la Empresa y, con ella, su Escuela de Conductores.
Corría la década de 1980 y, todavía, si en la cola de aspirantes a un puesto de Chofer de colectivos urbanos o de larga distancia había uno con carné expedido por aquella Escuela, era incorporado sin más miramientos y dejando de lado a todos los otros propuestos.
La capacitación y entrenamiento eran rigurosos y tanto mas firmes y severos los exámenes teóricos y prácticos. Así lo cuentan choferes y empresarios que supieron de esa Escuela. Así también, un ex suboficial de la Fuerza Aérea, dado de baja en el ‘55 por negarse a participar en la Libertadora con su avión, contaba que tanto oficiales como suboficiales eran capacitados para volar y que, de unos 400 aspirantes, no pasaban de 100 los que se graduaban para la función. En 1983, cuando él relataba esto, afirmaba que de 200 cadetes que ingresaban para piloto, se graduaban 200 pilotos.
Hay alguna que otra institución no gubernamental o privada que se presenta como “Escuela de Conductores”, pero ninguna responde a lo que hoy necesitamos para los choferes de micros y camiones y que deberían estar diseminadas por todas las grandes ciudades.
¿Cómo puede generarse una escuela de conductores en un País que parece no entender nada de transportes y vías de comunicación? Difícil. Muy difícil.
Es como que necesitamos una serie de escuelas especializadas para que los políticos entiendan que, para ser ESTADISTA, debe entender para qué necesita transportes una Sociedad. Una escuela que les haga entender a los empresarios cuanto dinero ganarían haciendo bien las cosas del transporte. Una escuela para montones de especialidades DIRIGENCIALES de modo que los actores y conductores (Políticos y empresarios), entiendan al menos algo de para qué los romanos hicieron sus caminos. Para qué los generales bombardean, primero que nada, los puentes. Para qué los generales cuidan, primero que nada, los puentes.
Sí, para que aparezcan las verdaderas escuelas de choferes, primero, necesitamos una ESCUELA SOCIAL donde los CONDUCTORES de la SOCIEDAD aprendan de una vez por todas lo que los estadistas como Sáenz Peña, Hirigoyen o Perón sabían y entendían muy bien sobre las vías de comunicación y transportes.

*Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
 Marzo 12 de 2008 – Ingeniero White - PBA

CIRCUITO CULTURAL EN MERIDIANO V

 Domingo 16 de Marzo en 17 y 71 La Plata :

Feria de la Esquina 15.30 hs Feria en los bares
Tango abierto 16 hs en la estación
Teatro Aéreo 17.30 hs en el Anden
La isla del paseante (música ambiente) 18.30 hs en el Playón
Espectáculo Murga (Fulana de Tal) 19 hs en el Playón
Espectáculos 21.30 hs cine en la estación, música en vivo en los bares

El Circuito Cultural Meridiano V
El Circuito Cultural Barrio Meridiano V es una iniciativa de los distintos agentes de la zona con la colaboración de la Municipalidad de La Plata  para potenciar distintas actividades culturales fomentando un modelo abierto que vincule la vida cultural no solo con el arte y el espectáculo sino con el turismo, la industria, y como factor de integración y transformación social.
Al sur del casco urbano platense, Meridiano V nació junto con la estación cabecera del Ferrocarril Provincial, que funcionó como tal entre 1910 y 1977. En el año 1998, los vecinos recuperaron el edificio de la terminal, otorgándole un nuevo destino como centro cultural; cada fin de semana, la música, el teatro y diversas actividades vuelven a dar vida a un barrio en el que el empedrado de las calles, los bares instalados en casonas recicladas, el imponente arbolado y las farolas antiguas protegen un aire de otro tiempo.
El “Provincial al Meridiano V” terminó por darle su nombre a una populosa y activa barriada que conoció su mayor auge entre los años 1935 y 1960, tiempos en que corría un tren cada 55 minutos. Por entonces, los turistas se alojaban en el importante hotel que estaba ubicado en la esquina de 71 y 18, y el extenso centro comercial que se había formado sobre la avenida 71 era la gran puerta por la que ingresaban a La Plata.
Pero en 1961, el ramal fue interrumpido para el traslado de pasajeros, y posteriormente se canceló el transporte de cargas sobre sus vías de trocha angosta. En 1977 pasó el último tren. Fue así como la estación La Plata -construida en 1910 por el ingeniero Enrique Dengremont, con una arquitectura sencilla, de rasgos clásicos de origen francés- cerró sus puertas.
En 1998, un grupo de vecinos de la zona, en muchos casos hijos y nietos de ferroviarios, gestó en el enorme edificio abandonado el Centro Cultural Estación Provincial, con la finalidad de preservar la identidad del barrio, difundir la historia del ferrocarril y transformar el lugar en núcleo generador de actividades.
A partir de esa iniciativa, el barrio comenzó a despertar de su letargo: con tres centros culturales (Estación Provincial, La Grieta , Viejo Almacén El Obrero) y bares (Ciudad Vieja, Mirapampa, Imperio, Bronson, Edgardo)  que se modernizan respetando las lecciones del pasado, el circuito Meridiano V ofrece cada fin de semana recitales musicales de todos los ritmos, espectáculos teatrales, de acrobacia aérea, cine, feria de artesanías, diseño y muestras artísticas. Aire nuevo para las viejas ventanas, y una puesta en valor que recupera el lugar como punto de encuentro y esparcimiento, vinculando la vida cultural como factor de integración,  transformación social, generando puestos de trabajo y un atractivo turístico tanto para los platenses como para quienes visitan la ciudad.

Meridiano V, con aire de otros tiempos

Organiza: Circuito Cultural Meridiano V
 Mas información:
www.meridianocultural.com.ar
 (0221)15-5474194 Juan
estacionprovincial@yahoo.com.ar

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Posted by URBANOPOWELL at 20:38:17 | Permalink | No Comments »

Monday, March 10, 2008

Y ERA VERDAD QUE POR ÉL CAMINABA…

*

En esta casa alguien vivió antes.
Dejó clavos de punta en las paredes
la forma de sus manos en un viejo jabón
olores a tabaco, el lavadero sucio.
Huellas poco confiables.
Vivió esperando un ruido que lo llame
desde el amanecer?
Lo imaginó esperando?
Lloró también de frente, aquí,
contra estas puertas?
Qué lloró cómo qué hizo
cuando el sol se le secó en el horizonte?
Qué sintió de esta lluvia debajo del papel?
Humedeció sus miedos el cielo de este techo?
Dudó del calendario con las manos cerradas?
Del amor?
Compró pan en el barrio y fue observado?
Vio sonrisas por él y no hacia él?
Nombró con el silencio?
De qué cielo llegaba?
Escribió cartas?
En qué idioma dijo, señor no puedo más?
Era extranjero acaso?

*de José Antonio Cedrón.

Nació en Buenos aires en 1945. Vivió más de dos décadas en México, donde fue
columnista de la revista Plural y del diario El Universal. Actas (1986),
editado en este país, se destaca entre su obra.
*Fuente: LA HOJA CARMIN. Dirección: Eduardo Dalter. cuadcarmin@yahoo.com.ar

Y ERA VERDAD QUE POR ÉL CAMINABA…

La Loca De Amherst*

*Por Paola Kaufmann

Una palabra muere
cuando es dicha,
dicen.
Yo digo
que recién empieza a vivir
ese día.
Emily Dickinson

   En el siglo XIX vivió en Nueva Inglaterra una mujer a la que llamaban “el
mito”. La Poeta Reclusa le decían, y también la Monja de Amherst, la Mujer
de Blanco, la Bella de Amherst: Emily Dickinson. Una mujer que escribió, en
el dorso de una receta de cocina, que Amherst, su pueblo, era “la definición
de Dios”, y que sin embargo, en medio del más puritano de los entornos,jamás
abrazó la religión.
   Contemporánea de Walt Whitman, de Edgar Alan Poe, de Nathaniel Hawthorn,
de Mark Twain, fue considerada una de las grandes poetas americanas recién a
cuatro años de su muerte, con la publicación del primer tomo de “Poemas” en
1890. Algunos de sus biógrafos la describen como un ser solitario, casi
enfermizo: una mujer-niña extremadamente tímida, frágil y etérea, encerrada
en su cuarto, escribiendo febrilmente día y noche, ajena al mundo y a todo
lo que no fuera la Literatura. Otros, en cambio, como una mujer rebelde y
excéntrica, con un extraordinario sentido del humor, alguien que fue
fabricando voluntariamente su imagen y moldeando un destino de fama a
sabiendas de que, en vida, ese destino sería imposible de alcanzar, entre
otras cosas, por ser mujer. Hay quienes aseguran que todo, su poesía y su
reclusión, fue el fruto de un amor imposible hacia un hombre casado. En
realidad, de varios amores imposibles hacia varios hombres casados. Hay
quienes dicen que sostuvo durante toda su vida una relación lesbiana con Sue
Gilbert Huntington, posteriormente Sue Dickinson, su amiga más querida, su
vecina de siempre, y por añadidura, su cuñada. Hay quienes dicen que su arte
no era genuino, sino más bien una capacidad magistral para copiar lo ajeno y
transformarlo en algo completamente distinto. Hay quienes opinan que de esto
se trata, en definitiva, la literatura, y que Shakespeare hizo mas o menos
lo mismo. Pese a las innúmeras opiniones e interpretaciones literarias y
psicológicas, su vida fue y sigue siendo una suerte de emboscada para los
curiosos de las biografías, y de enigma perpetuo para los críticos de su
obra.
La vida en cuestión de Emily Dickinson puede resumirse muy brevemente: nació
en Amherst, Massachusset, el 10 de Diciembre de 1830. Tuvo dos hermanos,
Austin, un año mayor, y Lavinia Dickinson, tres años menor que ella; un
padre autoritario cuyo interés primordial era la educación, y una madre que
siempre estuvo presente, si bien no fue una figura preponderante para
ninguno de los hermanos. Fue una adolescente normal, que participaba de las
fiestas y los bailes, de las caminatas y paseos a caballo y de las amistades
del colegio. A los 17 años supo, según sus propias palabras, que nunca se
transformaría en “la bella de Amherst”, que su “cara de gitana, de labios
anchos y ojos oscuros” no cambiaría a las facciones suaves y elegantes que
había soñado para sí, y desde entonces, dejó de preocuparse por su
apariencia. Enamorada de las hermanas Bronte, se identificaría primero con
la poco agraciada pero independiente Jane Eyre; más tarde, cuando sobrevino
la fiebre por escribir, con Emily Bronte, y finalmente, casi sin
proponérselo, con Berta, la esposa demente de Mr. Rochester encerrada en el
ático de Thornfield. De esa primera época data el único daguerrotipo que se
conoce, ya que nunca más Emily Dickinson permitió que su imagen quedara
plasmada en ningún lado. De 1847 a 1848 estudió en el Seminario para Mujeres
de Mount Holyoke; en 1850 conoció a Sue Huntington, que sería su segunda
hermana por el resto de su vida, y la mujer de Austin. En 1852 aparece
publicado el primer poema en un diario local, y en 1862 le envía varios
poemas a Thomas W. Higginson, una eminencia de las letras, para someterse a
su veredicto y también con la intención de publicarlos. Higginson, si bien
encuentra en su poesía algo magnético e inexplicable, también la considera
imperfecta, inaprehensible en la rima, y recomienda fervorosamente no
publicar. El mismo veredicto recibió, vale la pena apuntarlo, Hojas de
Hierba, de Walt Whitman. En 1854 viaja con su familia a Washington para
acompañar a su padre en la tarea política. En 1864-65 permanece por varios
meses en Boston, para hacerse tratar de la vista. No volvió a salir de
Amherst, y durante los últimos quince años antes de morir, no salió siquiera
de su casa. Vivía la mayor parte del tiempo en su habitación del primer piso
en la casa paterna, junto con su hermana Lavinia, quien tampoco se casó
nunca y era la encargada de las tareas “sociales y externas”. Tuvo al menos
un amor, el Juez Otis Lord, amigo y compañero de estudios de su padre, con
quien empezó un romance tardío pero apasionado cuando éste quedó viudo, y
que se continuó hasta la muerte de Lord en 1884. Si bien planeó casarse e ir
a vivir con Lord a Salem, Massachusset, el matrimonio nunca se concretó.
Durante los últimos años prácticamente no escribió nada, y se dedicó a
cuidar a su madre inválida por un derrame cerebral, y a cocinar, puertas
adentro siempre. Cuando en 1882 murió de tifus su sobrino Gilbert, de apenas
8 años, ella enfermó del mal de Bright, una deficiencia renal crónica pero
mortal. Murió el 15 de Mayo de 1886. Un par de meses más tarde, limpiando su
cuarto y a punto de cumplir la tradición de quemar todos los papeles de los
muertos, Lavinia encuentra en un cajón del bureau donde Emily solía escribir
casi 2000 poemas, muchos de ellos atados en fascículos, como si hubiesen
sido preparados para publicarse así. A pesar de las opiniones en contra,
Lavinia mueve cielo y tierra hasta que consigue que la poesía de Emily salga
a la luz. Sin embargo, la publicación de los tres volúmenes de poesía, y de
las cartas de Emily Dickinson, acarreó además de la fama, el escándalo.
   En 1882, cuatro años antes de la muerte de Emily, llegó a Amherst Mabel
Loomis Todd, una joven de veintitantos años, casada con David Todd, profesor
invitado del Amherst College. Mabel, además de joven, era lo que puede
llamarse una mujer de mundo: tocaba el piano y cantaba muy bien, escribía
ensayos menores sobre sus viajes, pintaba decentemente, odiaba cualquier
tarea doméstica pero, por sobre todas las cosas, era en extremo sociable, y
de inmediato conquistó a los Dickinson, especialmente a Sue y Austin,
quienes vivían en una mansión llamada “Evergreens” ubicada detrás de la casa
paterna de los Dickinson, y quienes, además, acostumbraban a dar fiestas
“culturales” con cierta asiduidad. Un año más tarde, Mabel Todd y Austin
Dickinson eran amantes, y esta relación, que perduró en el tiempo, incluía
también a David Todd, conformando un ménáge at trois que no pasó
desapercibido en la puritana Nueva Inglaterra de Emily Dickinson. Para
entonces, Emily era ya “el mito” viviente de Amherst, la mujer que hacía
quince años no salía de su casa, y vestía exclusivamente de blanco. Hasta
qué punto estuvo involucrada en el romance de su hermano con Mabel Todd no
puede saberse con certeza, sin embargo, a partir de entonces, la relación
con Sue, su cuñada y amiga íntima, empezó a deteriorarse. Emily Dickinson,
tal vez como una prueba de lealtad y de amistad, nunca recibió personalmente
a Mabel Todd, esto significa que Mabel nunca la vio. Ni siquiera en el
cajón, antes de enterrarla, se le permitió verla. Austin Dickinson, a
sabiendas de su esposa y de toda la ciudad (y, presumiblemente, de sus dos
hermanas) fue un adúltero respetado, o más bien prolijamente ignorado, hasta
su muerte. Cuando Emily murió, Vinnie quedó a cargo de la casa paterna, y
allí siguió viviendo junto a sus treinta gatos. Desde que descubrió los
poemas de su hermana, se dedicó con un empeño y una devoción casi fanáticas
a publicar la poesía de Emily, y para esto recurrió primero a Sue, quien,
por motivos no del todo entendidos
-aparentemente habría intentado mandar poemas sueltos a distintas revistas,
que fueron rechazados-, decidió entonces que lo mejor sería una publicación
casera, local, o no publicar nada. Vinnie, defraudada por Sue, recurrió
entonces a Mabel para copiar uno a uno los poemas manuscritos de Emily, y
seleccionarlos para su publicación.
Thomas Higginson, el hombre que treinta años atrás había cortado de cuajo
las ilusiones de fama de Emily, esta vez decidió que publicar era lo
correcto. El primer volumen de poesía llevó en la tapa el nombre de Thomas
Higginson y de Mabel Todd, como editor y coeditor respectivamente. Lavinia
Dickinson no fue siquiera mencionada.
   El affair de Austin y Mabel estaba en boca de todos cuando apareció el
libro de Emily con el nombre de Mabel como editora, y esto terminó destrozar
la relación entre Sue por un lado y Austin y Vinnie por el otro. A partir de
entonces, de un modo extraño, Mabel Todd se convirtió en la referencia
obligada sobre vida y obra de Emily Dickinson. Durante años dio charlas y se
dedicó a la selección de poemas para los siguientes dos tomos de poesía, más
un tomo de cartas, que fueron apareciendo entre 1890 y 1896. Antes de
entregar el manuscrito para el tercer tomo, consiguió que Vinnie firmara la
donación de un terreno aledaño a la casa de los Todd, terreno que le había
sido prometido por Austin pero que, por supuesto, nunca había sido
explicitado en el testamento. Con la firma de la donación, Mabel entregó el
manuscrito final a Higginson, y el último libro de poesía de Emily Dickinson
fue publicado inmediatamente. Sin embargo, unos meses después, Vinnie
presentó una acusación ante la justicia alegando que había sido estafada por
el matrimonio Todd, obligándola a firmar un papel cuyo contenido desconocía.
El escándalo llegó finalmente a la corte donde, contra todas las
expectativas, el juez falló en favor de Vinnie, obligando a los Todd a
devolver el terreno. Unos meses después del veredicto, Vinnie murió, a los
sesenta y seis años: la persona que más cerca estuvo siempre de Emily, y la
responsable directa de la publicación de los poemas, pasó a la historia como
la hermana mediocre y rencorosa de la excéntrica y genial reclusa de
Amherst. Los Todd siguieron viviendo en Amherst, aunque nunca volvieron a
cruzarse en el camino de los Dickinson. De hecho, Mabel guardó en un arcón
todo lo que todavía poseía de Emily, y no volvió a tocarlo hasta 1930,
cuando su única hija Millicent Todd decidió contar la verdad sobre la
misteriosa vida de Emily Dickinson. La única sobreviviente de la familia,
Martha Dickinson, hija de Sue y Austin, dedicó también su vida a contar la
vida y obra de su tía a partir de las memorias propias y de su madre. Los
dos libros son hoy obras capitales de referencia para cualquier
investigación seria sobre Emily Dickinson, si bien ambos cargan con el sesgo
que el rencor y la historia de los padres les impusieron.
   Hoy ya no queda ningún sobreviviente de los Dickinson en Amherst. La casa
paterna, conocida como el Dickinson Homestead, a dos cuadras del centro de
la ciudad, se mantiene exactamente igual, probablemente gracias a la
construcción de ladrillos que le valió en otro tiempo el rótulo de “la
mansión”. En el cementerio, Edward Dickinson, Emily Norcross Dickinson y sus
dos hijas, Emily y Lavinia, yacen en el mismo cuadrado de tierra, cercado
por una reja. La gente suele dejar flores, pero, salvo que uno se detenga a
leer las inscripciones de las piedras, nada indica especialmente que allí se
encuentra la tumba de una de las mayores poetas de América. Al contrario que
en los demás epitafios de la familia, la lápida de Emily Dickison dice:
“Born in 1830, Called Back in 1886″. Esta frase, “called back” (reclamada, o
llamada de vuelta) fue escrita en una breve carta a sus sobrinos, unos días
antes de morir, y posiblemente hayan sido las últimas palabras escritas.
Como para darle el gusto a todos los que, mucho más tarde, la acusarían de
apropiarse de las palabras ajenas, éstas tampoco le pertenecían: “Called
back” era el título de un thriller psicológico, un best seller de la época,
hallado sobre su mesa de luz la mañana siguiente a su muerte. Nunca se supo
quién ordenó tallar esas palabras en la piedra, aunque probablemente haya
sido Vinnie, siguiendo las órdenes expresas que Emily Dickinson había dejado
para su propio funeral: un cajón blanco, un vestido blanco, lilas sobre el
pecho, y que nadie, nadie en este mundo, tuviera la oportunidad de verla, ni
siquiera muerta. Y que sacaran el cajón por la puerta trasera de la casa.

*Fuente: http://www.lamaquinadeltiempo.com/Mujeres/dickinson01.htm

 La parodia, el melodrama, don Quijote, (un infante en el infierno) en el
campo de Montiel*

*de Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com

  “¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la
verdadera historia de mis
famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a
contar esta mi primera salida
tan de mañana, desta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por
la faz de la ancha y
espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los
pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con
dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la
blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego
horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote
de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo
Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel».Y
era la verdad que por él caminaba.” (.)
Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII
Georges-Louis Leclerc, conde de
Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”. Pero,
¿cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el
párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del
personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere
imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere”. “Sabio” que no
aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes,
hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese
sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien
redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote
en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser
leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es,
borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en
bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última
oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don
Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el
caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa
y verídica” historia,
dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y
conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.
Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado
en la ciudad de Toledo, que de
manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de
Cervantes. El recorrido, en este
caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura
en la Baja Edad Media. Un
extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas
interpolaciones, abundante
en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el
siglo XIII, en la misma ciudad
de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la
dirección de esa escuela a
judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que
le plantea a la cultura, a la
filosofía y la religión, la letra escrita.
Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su
conformación básica guarda una
estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos.
Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”,
originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y
estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas,
hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por
judíos, a lo largo de un período que duró siglos.
Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja
realidad cultural constituida
por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular
de la trascripción. Las
novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y
esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición
y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como
“el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar
una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo
la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la
interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama
melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos
del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la
parodia en su sentido moderno, el
melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y
eso ocurre porque la
literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición,
transformó la antigua
representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula
moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio
eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos
implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de
Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante.) y sagrada
(La Biblia, Santo Tomás.).
El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo
moderno, la llegada del
reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae
consigo, por su parte, la muerte
del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el
nacimiento prosaico del lector
moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la
filosofía como distracción
mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo
decorado, ameno oropel donde el
drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama
acecha en los viejos
entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose
en entredicho la existencia
misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la
escritura. Y las gentes
cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la
pasión y la expresión fingidas de
los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida
imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido
con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la
literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y
natural contacto con lo sagrado.
Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su
ser y el artista cumplirá
desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela:
figurar, representar y
distraer.
La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se
resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y
unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para
engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.
Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora
vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de
Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados
dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del
amanecer.
Lo más curioso que se desprende de todo lo anterior es el criterio que la
Modernidad dejó bien constituido, mediante el desarrollo de la nueva
expresión literaria, el valor positivo de lo falso.
Comprendiendo esto podemos comprender mejor la lógica angustia interior
padecida por Cervantes, colocando en los entresijos de su literatura a un
personaje como Quijote, quien refleja de la forma más aguda su propia
tragedia: una conciencia que, aunque no ignora que el ser debió ser siempre
el eje axial de cualquier modo de existencia y que sólo la verdad puede ser
el fundamento moral de una vida, ha concedido a explicarse ante los hombres
por medio del lenguaje, la prosa, la historia de ficción. Y hasta ese mismo
instante en que Quijote cabalgó por el campo de Montiel, fue a la poesía que
le tocó expresar la verdad más íntima, la más intrínseca condición del ser.
¿Cuál es entonces el ser de Don Quijote? Aquel que pueda enunciar su más
profunda e intransferible
verdad. Su ser lo encuentra únicamente en la vida y en la honestidad de la
prosa de Cervantes, él es quien le entrega su mejor palabra y lo coloca en
una geografía que, sin dejar de ser la de la polvorienta España de
principios del siglo XVII, es la geografía imposible, insustancial, de las
novelas de caballería, de personajes como Amadís de Gaula, Tirante el
Blanco: la del caballero que va afanoso en busca de su virtud, que como su
ser sólo se puede encontrar localizada en algún remoto y exótico lugar de la
existencia.
Cervantes intentará allí paradójicamente su mejor escritura, compuesta de
sucesivas máscaras, diversas
interpolaciones, continuos juegos al escondite con el lector; personajes que
mienten y se burlan y una
Dulcinea que jamás aparece y que sin embargo se hace omnipresente en cada
comentario, en cada acento
altisonante del caballero, en cada requiebro, en cada burla sufrida, en cada
escarnio: Dulcinea la
escurridiza, Dulcinea la porqueriza, Dulcinea del Toboso, la grande. Don
Quijote asume así, sin miedo y
sin mancha, el terrible juego de la parodia, toda la fragilidad ontológica,
abisal, del tipo de literatura
que empieza a nacer con él, de mano de diversos textos y de distintos
autores. Porque es la época en su
conjunto la que interpreta, posee, entrega, como un ejercicio de espadas, el
modo melifluo de hablar del
melodrama (antes y después de Cervantes) puesto a ratos en boca del más
casto y contradictorio personaje de ficción que jamás haya existido, el cual
deviene paradójicamente en actualidad literaria, en comentario periodístico,
en disputa. Y don Quijote concibe a Dulcinea como “el ideal”, pero menciona
a su amada del mismo modo en que serán mencionadas las majas del teatro
vernáculo, las hermosas voces femeninas, dolientes y sin par, protagonistas
de la novela del aire. De esta manera Quijote transita entre nosotros, y por
toda la Modernidad, en medio del alborotado transito que va de la tragedia a
la tragicomedia, al melo.
¿Finge, mistifica, sobreactúa don Quijote? Desde luego. Crea para ello el
autor retablos, decorados,
galerías, pone en boca de otros lo que jamás él hubiese dicho y convierte su
obra en un gran
divertimento en el que a suspiros y golpes sobrevive la esforzada ánima de
Quijote, pero al terminar es su propia alma la que queda agotada y vencida.
Ha conjurado allí a los demonios de sus sueños, a la
fanfarria y mentira del mundo, a los grandes falsarios de la moral. Y es que
el autor se sabe culpable por haber escrito un drama en el que se dibuja en
ciernes el grotesco perfil de la tragedia moderna: No hemos sabido ser
honestos, pues no hemos mantenido la necesaria identidad entre nuestras
palabras y la vida.
Es mejor entonces fingir o creer que se finge; mistificar, sobreactuar,
creyéndonos lo opuesto. Ese
es el único consuelo del artista moderno. Ningún personaje de la literatura
universal ha encarnado con
tanta amargura este brutal desconcierto; ese juego estrafalario de
identidades; esa fatal asimetría entre literatura y condición humana. Quien
único se acerca al Quijote, en la fuerza vacua de su dormida
existencia, es el príncipe Segismundo, el de “La vida es sueño”. Pero
Segismundo no nos hace reír, no
provoca tampoco nuestras burlas. No es suficientemente patético, por eso es
menos grande. Con don Quijote se alza y muere la parodia y queda entre
nosotros su hermana menor, el melodrama.
¿Estaba loco don Quijote? Hay algo que los teólogos llamaban “la locura de
Dios” que es, según ese
razonamiento, principio y fundamento del mundo. Hay una mañana horrible que
el poeta Rimbaud encontró en su adolescencia y el poeta Federico Hôlderlin
en su ancianidad. Creíamos que podíamos quedar intactos luego de haber
zaherido al mundo mediante el escarnio y la ironía. No es posible.
El escritor “británico” Cabrera Infante se refiere literariamente a esa
misma mañana, como una noche
novelística, infernal creada artificialmente en la sala del cinematógrafo,
en la que el protagonista se
hunde inesperadamente en la honda sima de la vagina de su tan desconocida
como silente compañera de luneta.
El escritor de origen cubano Guillermo Cabrera Infante, con su obra
construida mediante la sorna, la
ironía y sucesivas adiciones de elementos literarios y extraliterarios, lo
que hace es advertirnos de los
peligros reales que nos amenazan desde la escritura, que no son otros que
los pecados cometidos en la
región de lo imaginario. El del hombre que, como el personaje de Quijote,
representa a conciencia,
mediante la palabra, un drama que no es el suyo. No le está permitido hacer
otra cosa. Una escritura incluso en la que el plagio disputa la autoría. Una
literatura, de este autor, edificada como supremo don
moderno de la re - creación, hecha, por tanto, a retazos, poniendo el
proceso de creación a la vista de
todos, exponiendo al lector a las zancadillas del público espectador y
elaborada como un gran collage
donde se inserta el comentario periodístico; el sueño por el premio mayor de
la lotería; la apoteosis del
género vernáculo cubano encontrado una tarde cualquiera en el obsceno teatro
Shangay. El
trabalenguas en español, el gusto por la cacofonía (más difícil de lograr en
español que en inglés) y una
cita impostergable con un “tigre” en el “cabaret” Monseñor. Y es por esos
vericuetos donde la parodia
cubana cumple su mejor función no siempre alusiva, puramente representativa,
esencialmente elusiva.
Un ejemplo mayor de ambigüedad e indefinición lo podemos encontrar en “La
Odisea” de Homero: nunca
sabremos si el astuto Odiseo miente o no cuando narra, en distintos
escenarios del poema, su fantástico
periplo marino. Es que en gran medida “La Odisea” es narrada, ante oyentes,
por su personaje principal.
¿Será la muy bien establecida y literariamente remarcada astucia de Odiseo,
bifurcada alusión a la
esgrimida por el propio autor, que nos dejará su añagaza perfectamente
inserta en la más alta
tradición, que nos haría comprender la literatura como cuestión de astucia?
Las complejas relaciones
desarrolladas siglos después por Cervantes entre su principal personaje y la
literatura se vuelven, desde ese entonces, eminente asiento sobre el cual se
desliza todo el discurso literario moderno. Y es que hay una raíz
existencial, portadora de un código de ambigüedad fundamental, que está
destinada a
desorientar al lector en torno a la  identidad de la voz narrativa que posee
toda trama.
Los hombres mienten, sobre esa concreta circunstancia antropológica que
complejiza enormemente las
relaciones entre el pensamiento y la vida, entre naturaleza y lenguaje, es
que se hace no sólo posible,
sino imaginable, edificable, la existencia en cuanto tales de la literatura
y el arte.
El infierno, al que alude Cabrera Infante en la traducción, en la
transliteración que él mismo hiciera
de la mencionada novela al idioma inglés (“Infante’s Inferno”) deviene así,
fiel al progresivo juego
moderno de la ambigüedad, en la edad del hombre sin nombre. Del paradójico
hombre paródico. Y es que la angustia existencial de Cervantes y la
constante extemporaneidad de Quijote, asumidas desde un
horizonte eminentemente histórico, permiten comprender mejor el significado
socio - cultural de la parodia.
La parodia en el Quijote, en Cabrera Infante, es la parodia de lo que acaso
ha sido siempre la historia
ejecutada por los hombres: un juego real de falsificaciones. Porque el
dramático personaje de
Cervantes es quien denuncia, sublimemente encaramado en el tablado de la
farsa, a todo el imaginario
escénico en su conjunto, a cualquier gesto, literario e histórico, no
auténticamente humano.
Cualquier nivel de ambigüedad humana reclama para sí su propio infierno. La
inmersión del escritor -
personaje, en el momento clímax de “La Habana para un infante difunto”, en
las aguas lúgubres de una vagina presupone un ritual de ahogamiento; un
fatal descendimiento al ojo de la tempestad. Por  su parte,
la aventura de “La cueva de Montesinos”, uno de los pasajes menos
esclarecidos de la novela cervantina,
donde Quijote desciende y cuenta después haber encontrado allí a una
hambrienta Dulcinea que lo que
hace es pedirle al caballero una hogaza de pan, parece relatar el clímax al
que conducen la prosa y el
realismo innegociable de Cervantes. Tal vez sea cierto lo que sobre esto
apunta Mirta Aguirre, significativa hispanista y marxista cubana, España
como Dulcinea están hambrientas, más que héroes que mueran por ellas
necesitan agricultores que satisfagan sus necesidades básicas. Pero sin
embargo, este prosaísmo de la interpretación alegórica no implica la
cancelación de la poética del Quijote. Dulcinea transfiere su condición de
princesa cristiana a mito pagano: ella es ahora Proserpina, la esposa infiel
de la noche plutónica, que le señala al caballero, que ha descendido al
averno en su auxilio, la futura espiral
de las germinaciones; los próximos festivales áticos en la época de la
cosecha del trigo.
Don Quijote fue un personaje que caminaba infatigable en busca de su autor,
del mismo modo que la existencia padece por la carencia del ser. Un
personaje que camina hacia el hondón donde acechan los enormes peligros que
rondan al ser en su aventura: La desrealización, la nausea, el vértigo, el
olvido, el
emborronamiento  de la existencia, enclaustramiento, secuestro de la
identidad en el castillo de marfil
donde el oscuro autor fue alguna vez llamado a realizar “toda la patencia de
su verdad”. No hay por
tanto ejemplos que por sus contenidos parezcan diferir más que el de la
obscura inmersión, propuesta por Cabrera Infante, en las aguas albañales de
una Habana, entendida como una mujer desconocida y lacustre, y la noche
pasada por Alonso Quijano en la húmeda alcoba interior de su amada. La cueva
de Montesinos no es una evocación del infierno es, según Unamuno, el
descenso a los orígenes de la sangre y de la raza, pero para mí es mucho más
simple: La inmersión del Quijote se nos vuelve en el rito de los desposorios
más arcanos; esa noche Don Quijote copuló con Dulcinea de la única manera en
que pueden copular los símbolos; simbólicamente. Ya lo he dicho: El pasaje
de Montesinos relata el viaje alegórico de una noche del caballero a la
caverna interior de Dulcinea. A don Quijote no le ha sido dado conocer la
fiebre de la concupiscencia; su amor y su pasión son esencialmente paulinas.
Por su parte, la aventura infernal de Cabrera Infante sólo puede conducir a
la noche de la locura, porque para el individuo moderno, hijo infeliz de la
parodia, lo real se desrealiza mientras lo irreal deviene en fantasma que
asola inclemente el paso de los hombres.
Cuestión que nos hace ver, exponiéndose nítidamente a la luz del campo de
Montiel, que los dos niveles de exposición discursiva del Quijote, el de la
prosa amena de Cervantes y el engolado estilo puesto
coyunturalmente en boca de su principal personaje, desde el cual el
caballero cuenta su particular visión
de los hechos, no solamente componen parte de la estructura narrativa de la
novela y de las
concepciones literarias que en ella toman forma, sino que expresan dos focos
básicos de la estructura de la existencia humana, sobre las cuales la
narración entera depende. Uno es puramente ficcional, el otro,
en cambio, se vuelve revelación esencial del sentir  y el ser de esa gran
persona que fue sin dudas
Cervantes. Y si bien es cierto que don Quijote jamás existió ni puede llegar
a existir, y que, por ende, la
existencia del caballero a la que aludimos es puramente simbólica, no por
eso, ese tipo de existencia deja de contener innumerables aristas y pliegues
que implican contenidos reales.
Pienso que todavía continúa siendo un misterio la razón de por qué los
hombres fabulan. Si partiéramos
del criterio que el complejo proceso de la trascripción de textos es parte
de un fenómeno
histórico, sobre el cual fue estableciéndose un modo en particular de
construir el pensamiento y la
literatura, tendríamos que llegar con eso a la certidumbre de que aquello
que nombramos tarea
fabulativa, ejercida por la especie humana desde milenios, está directamente
supeditada a la realidad
histórica de la transliteración. Es decir, al montaje y yuxtaposición
heterogénea de módulos que componen el proceso de creación, la edificación
de una escritura en particular donde se logra el acoplamiento de diversas
fuentes culturales y textos de la más disímil condición.
“El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” contiene un modo  definido
de relacionarse con los
grandes textos de la tradición literaria. El poeta y pensador cubano José
Lezama Lima dijo en una ocasión que los grandes escritores poseen la
capacidad de generar su propia tradición; una manera en específico de
relacionarse con el pasado eminentemente creadora.
Eso que hoy llamamos el realismo de Cervantes se sitúa, en principio, como
una crítica a las novelas de
caballería que devinieron en parodia del viejo pasado medieval; género
literario extemporáneo pues alcanza su desarrollo cuando la auténtica
caballería andante tiene siglos de estar desaparecida de Europa y de la
propia España. Cervantes convoca a su personaje a moverse dentro de los
límites de una parodia en la que se trasluce su propia tragedia: ya el mundo
no es el mismo, los grandes arcontes del pasado medieval han sido movidos de
sitio, la caballería no puede volver a nacer si no es de manos de un loco,
de un poeta que penetre, en su disloque, la esencia de su tiempo e intuya la
llegada de nuevos valores, un modo diferente de entender las relaciones del
hombre con la realidad por un lado grosera y por el otro sublime; “ese doble
espacio, apunta perspicaz el poeta Antonio Machado, real e imaginario.” en
que están destinadas a existir las figuras que pueblan el Quijote.
Mientras tanto Cabrera Infante refleja en su obra formas básicas de
composición  literaria en las que el ejercicio de fabulación no ha sido
ajeno al propio menester histórico en el que se ha venido
desarrollando, durante siglos, la actividad cultural en Occidente. Fingir,
dramatizar, sobreactuar, seudo
intelectualizar como lo hiciera Violeta del Valle, personaje fundamental de
“La Habana para un infante
difunto”, conforman un excelente correlato con la parodia. Aunque cabe
enfatizar que a Don Quijote y a Cervantes no los venció la parodia, los
venció la tristeza.
Violeta del Valle, la muchacha de nombre apócrifo, llegada de provincias con
afán de ser actriz radial
queda inserta, merced a la obra de Cabrera Infante, en un significativo
renglón de nuestra propia aventura nacional. Hay algo en el juego de los
nombres que acerca a Dulcinea a Violeta, pero hay un contenido sustancial
que las aleja, del mismo modo que la irrealidad acecha en los entresijos de
lo cotidiano.
Lo curioso para los lectores de Cervantes, es que Dulcinea jamás aparece en
la obra señalada, ella es
allí la siempre omitida, la eterna aludida. Violeta, en cambio, carece de
omisiones y hace del acto de
imitar el sentido de su existencia, del mismo modo que Quijote busca en la
imitación un nuevo sentido, una rara claridad que socave “la negra noche del
ser”.
La parodia nunca podrá ser sublime, sin embargo, hay algo en el Quijote,
aceptando aun todo lo anterior,
que lo es de un modo formidable. El fin de lo sublime en literatura no sólo
evoca la muerte cultural del
hombre trágico, sino que señala el gran dilema en ciernes de la Modernidad.
Porque contradictoriamente
no hay mayor tragedia que “la muerte trágica”; no hay mayor percance que el
fin del mundo del significado, de los valores que ya no se corresponden; no
hay mayor hundimiento que el de nuestra consciencia en el género formal de
la parodia.
La literatura moderna comprendida como contraproyecto cultural de la vida
original y la espontaneidad de la naturaleza, como falsificación humana de
la palabra, le debe mucho más a la parodia que a cualquier otro género
alguna vez inventado. Pero la muerte de Don Quijote no señala el triunfo
eventual de lo paródico, es, por el contrario, el perceptible síntoma
crítico de que hay algo en la realidad de las cosas, denunciado
admirablemente en la prosa de Cervantes, que trasluce un sentido mucho más
profundo de la existencia humana. Y hay obras como la de Cabrera Infante
que, a pesar de haber interactuado con cuestiones básicas de la vida y la
cultura, solamente son capaces de rondar en la periferia el sentido y el
valor sustancial de eso que llamamos ser. Es que hay algo insustancial que
rige a toda parodia y algo
egregio y esencial que rige a todo hombre dolorosamente implicado en el
reflejo paródico de su
propia existencia, como un gesto único, ejemplar que se resiste a fingir, a
imitar, a reproducir.
Tratando de ser fiel al realismo de Cervantes debo expresar lo siguiente: es
cierto que Don Quijote
imita, sobreactúa mientras trata de captar armonías, intuir nuevos órdenes
en el cielo y sobre la tierra, y es que él se concibe a sí mismo como
heredero de antiguas verdades y por eso diserta, intelectualiza,
mas es sólo a la hora de la muerte que se nos vuelve completamente auténtico
y sencillo. Nunca antes. No
hay en todo su anterior periplo un gesto del caballero que haya sido
espontáneo. Tal es su tragedia. Y si
bien es también cierto que Quijote no habita el infierno de la
concupiscencia, debemos entender que el
personaje ha apurado de un sólo trago el infierno todavía más terrible de la
irrealidad. Pero aun
aceptando esto en desmedro del caballero, deberíamos comprender que don
Quijote es el héroe a quien su propio juicio le ha asignado imperativamente
una tarea. Y un hombre a quien se le asigna un rol ante el
resto de los hombres no puede permitirse la debilidad de ser espontáneo.
Por eso es que aquí cuestiones literariamente recurrentes como tensión
dramática, estilo,
sobreactuación, se disparan hacia límites completamente opuestos. Cervantes
inició con su
Quijote un estudio sobre la condición humana valorada en múltiples aristas
que abrió espacio a la parodia; a la conciencia ambigua de representar un
drama muy viejo (el de la vida misma); a la ambigüedad de la existencia
doblada hacia su propio decir, fragmentada en sus modos de aparecer ante el
resto de los hombres; un modo específico de formalizar las ideas, los
contratos, los empeños.
Dice sin embargo don Quijote en el Capítulo IX de la obra:
“(.) la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las
acciones, testigo de lo
pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.
Si la verdad como afirma Cervantes es hija de la historia, ¿podríamos, por
nuestra parte, afirmar que
la crisis histórica que en la actualidad nos sacude debe culminar en el
fracaso de la lucha existencial
que libra el escritor por su autenticidad? Porque, ¿qué es sino la parodia
la forma elegida para
desnuclear al ser de su conciencia y amalgamar la existencia? ¿No es acaso
el símbolo de un mago
(Frestón) que persigue a Quijote trastocando sus empresas, directa alusión
cervantina de los desmanes
de la parodia cometidos inmisericordes en los predios de la existencia?
El papel que el caballero interpreta, al modo de una misión histórica
asumida ante la España del siglo
XVII, tiene mucho de empeño político y está contenida, alzada, dentro de los
marcos de su propia
representación y de su voluntad. Don Quijote no está loco, representa,
fuerza, proyecta, aquello que él
quiere para España. Quien único ha sabido rescatar, desde el fondo de su
imaginaria existencia, esta
sublime condición de Alonso Quijano, su cordura esencial, es Don Miguel de
Unamuno. Muchos de los
intelectuales y académicos que ensalzan a Cervantes, lo hacen para
defenestrar a Don Quijote, cuestionar su estilo engolado, el gesto iracundo
estudiado en sus lecturas del gran Palmerin. E ignoran cuánta voluntad y
talento representativo se debe poner en la balanza para levantar el pesado
cuerpo y ponerlo a cabalgar siguiendo la romanza de los héroes de antaño.
La mañana en el campo de Montiel devela una verdad que puede llegar a ser
histórica, una misión que cumplir y un lenguaje de doble perfil sobre el
cual establecer el contrapunto entre ser y existencia, palabras y realidad,
hechos y ficción. Mas don Quijote no es prisionero del lenguaje, lo es, en
cambio, de su misión. Con su célebre personaje encarnando un anciano que
luchó por restablecer en su patria de principios del siglo XVII, el lado
gentil, sensitivo y justiciero de la antigua orden de caballería andante,
Cervantes condujo la parodia hasta su punto límite y con ella a su hidalgo
que se vio de esta manera envuelto en la peor de las lisas y en el mayor de
los infortunios.
Jorge Luís Borges comentó en una ocasión, no es textual: Clásico no es el
libro que tenga tales o más
cuales virtudes; clásico es el libro al que las generaciones de los hombres
acuden con idéntico
fervor.
Si hoy el Quijote, fruto intrínseco de la Modernidad, se nos ofrece como un
libro clásico es porque ha
sabido realizar las preguntas vitales y que, poniendo en entredicho, para
empezar, a la condición humana no ha hecho si no enaltecerla. Por el
contrario, cuando la fraternidad universal que porta el Quijote queda rota y
el cielo especular de la naturaleza del hombre deja de ser inteligible para
la razón, es que irrumpe la parodia como género propicio.
El consabido procedimiento paródico, como el viejo espíritu clásico, gustan
respectivamente de establecer una relación de contrapunto con la historia,
entendida como el espacio en que se expresa, en su más variada diversidad,
el significado cultural de nuestra especie. Lo radicalmente diferente, es
que lo clásico sabe operar como nervio fundamental de todo pensamiento
devenido en agente develador de esencias y de realidades primordiales
llamadas a constituir los vínculos originarios entre el mundo y su esencia,
entre el artista, su conducta moral y su irrenunciable vocación; entre la
aventura formal que posee la literatura y el contenido histórico de la
misión del escritor.

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg
(107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro
programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor
argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena
Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar
online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede
bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia
horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se
repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en
la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst,  Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44    A-5020 Salzburg    AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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Posted by URBANOPOWELL at 13:27:03 | Permalink | No Comments »

Friday, March 7, 2008

GAVIOTAS…

GUITARRA*
 
 
*de Nicolás Guillén

Fueron a cazar guitarras,
bajo la luna llena.
Y trajeron ésta,
pálida, fina, esbelta,
ojos de inagotable mulata,
cintura de abierta madera.
Es joven, apenas vuela.
Pero ya canta
cuando oye en otras jaulas
aletear sones y coplas.
Los sonesombres y las coplasolas.
Hay en su jaula esta inscripción:
                                                      
                             “Cuidado: sueña”.

*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
 

GAVIOTAS…

EL QUE SIEMPRE DA LA RAZÓN*

 
*Roberto Arlt.

Hay un tipo de hombre que no tiene color definido, siempre le da a usted la razón, siempre sonríe, siempre está dispuesto a condolerse con su dolor y a sonreír con su alegría, y ni por broma contradice a nadie, ni tampoco habla mal de sus prójimos, y todos son buenos para él, y, aunque se le diga en la
propia cara: “¡Usted es un hipócrita!” es imposible hacerle abandonar su estudiada posición de ecuanimidad.
Incluso cuando habla parece llenarse de satisfacción, y da palmaditas en las espaldas de los que escuchan como si quisiera hacerse perdonar la alegría con que los agasaja.
Esta efigie de hombre me produce una sensación de monstruo gelatinoso, enorme, con más profundidades que el mismo mar.
No por lo que dice, sino por lo que oculta. Obsérvelo.
Siempre busca algo con que halagar la vanidad de sus prójimos. Es especialista en descubrir debilidades, no para vituperarlas o corregirlas, sino para elogiarlas y echarles aceite como a la ensalada.
Es usted haragán. Pues el tipo le dirá:
-¡Qué macanudo “fiacún” es usted! Lo envidio, Jefe…
En cambio, usted tiene la pretensión de ser buen mozo. El fulano lo encuentra, y, parándolo, le pone las dos manos en las coyunturas de los brazos, lo mira dulcemente y exclama:
-¡Qué elegante está usted hoy! ¡Qué bien! ¿Dónde compró esa magnífica corbata? Hombre dichoso.
Usted camina preocupado de encontrarse enfermo. Mi monstruo localiza su obsesión y exclama, casi indignado:
-¿Enfermo usted? No chacotee. ¡Qué va a estar enfermo! Enfermo estoy yo.
E ipso facto desembucha tal colección de enfermedades, que usted casi lo mira con terror… y contento de hallarse doliente de una sola enfermedad.
Se me dirá: “Son características de individuo enfermo, débil”.
Más que hombre mi individuo es una enredadera, lenta, inexorable, avanzadora. Puede cortarle todos los retoños que quiera, puede ofender a esta enredadera, del mejor modo que le dé la gana. Es inútil. El monstruo no reaccionará.
Crece con lentitud aterradora. Clava las raíces y crece. Inútil que el medio le sea adverso, que nadie quiera ayudarlo, que lo desprecien, que le den a entender que lo peor puede esperarse de él. Tiempo perdido. La enredadera, a cambio de injurias, le devolverá flores, perfume, caricias. Usted lo
despreció y él se detendrá un día asombrado ante usted, exclamando:
-¿Quién es su sastre? ¡Qué magnífico traje le ha cortado! Sinvergüenza, no hay derecho a ser tan elegante.
Usted dice un mal chiste; el hombre se ríe, lo “lomea” y después de ser casi víctima de una congestión por exceso de risa, dice:
-¡Qué gracioso es usted!… ¡Qué bárbaro!…
Y nuevamente vuelve a ser víctima de un ataque de risa, que le sube desde el vientre hasta la nuca.
Está bien con todos. Algunos lo desprecian, otros lo compadecen, rarísimos lo estiman, y a la mayoría le es indiferente. El, más que nadie, tiene perfecto conocimiento de la repulsión interna que suscita, y avanzacon más precauciones que una araña sobre la red que extrae de su estómago.
Está bien con todos. Puede usted comunicarle un secreto, en la seguridad que él lo embuchará más celosamente que una caja de hierro.
Puede usted hacerle una barrabasada. Antes de que tenga tiempo de disculparse, él le dirá:
-Comprendo. Olvidemos. Somos hombres. Todos fallamos. ¡Ja, ja! ¡Qué rico tipo!
Imperceptiblemente sus gajos van prendiendo. Enroscándose a las defensas fijas. No es necesario verle a él, para comprender dónde se encuentra. Más aceitoso que una biela, se corre de un punto a otro con tal eficacia de elasticidad, que allí donde haya alguien a quien festejar o adular allí tropezaréis con su sonrisa amplia, ojos encandilados y sonrientes, y manos beatíficamente cruzadas sobre el pecho.
No le sorprenderán en ninguna contradicción; salvo las contradicciones inteligentes en que él mismo incurre para darle razón a su adversario y dejarlo más satisfecho de su poder intelectual.
Otros se quejan. Hablan mal de la gente, del destino, de los jefes, de los amigos. El, de la única persona de quien habla mal es de sí mismo. Los demás, para los demás, exuda no sé de qué zona de su cuerpo tal extensión de aceite, que en cuanto alguien encrespa una palabra él ahoga la tempestad del vaso de agua con un barril de grasa.
Dije que este hombre era un monstruo, y que me infundía terror, terror físico, igual que una pesadilla, porque adivinaba en él más profundidades que las que tiene el mar.
Efectivamente: ¿se lo imaginan ustedes a este bicharraco enojado? ¿O tramando una venganza?
“La procesión va por dentro.” Exteriormente sonríe como un ídolo chino, eternamente.
¿Qué es lo que desenvuelve dentro de él? ¿Qué tormentas? No me lo imagino… puede estar usted seguro que en la soledad, en ese semblante que siempre sonríe, debe dibujarse una tal fealdad taciturna, que al mismo diablo se le pondrá la piel fría y mirará con prevención a su esperpento sobre la tierra:
el hipócrita.

*Fuente: http://www.elortiba.org/arlt.html

La tierra incomparable*

 (fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

CUARENTA Y DOS.

Antes del mediodía Agata se dirigió a la casa de Carla.
Habían quedado en almorzar juntas. Tina no estaba, por lo tanto Agata se encargó de cocinar. Le gustó adueñarse du­rante un rato de la cocina de su amiga. Puso la mesa, sirvió y se ubicaron frente a frente. El almuerzo era una ceremo­nia de despedida, pero no hablaron de eso. Charlaron so­bre el viaje de Agata a Venecia. También sobre Silvana y aquella situación con Vito que no se terminaba de definir. Agata se dio cuenta de que ése era un terreno en el que Carla se movía con cautela, se notaba que la preocupaba.
-Lo que más deseo en la vida es verlos juntos. No pido otra cosa -dijo.
Agata ignoraba si estaba enterada de lo que había sucedido en los últimos días y no lo mencionó. Le preguntó: -¿Cómo es Vito?
Carla tardó en volver a hablar. Después solamente dijo: -Para mí son un misterio.
Agata levantó la mesa y se puso a lavar los platos. Carla trató de impedírselo, protestó:
-Tina llega en cualquier momento.
Agata no le hizo caso:
-Son dos minutos.
-Cuando estés en la Argentina te vas a acordar que lo último que hiciste en mi casa fue lavar los platos
-se la­mentó Carla.
Tina apareció cuando estaba terminando y les preparó café. Agata miró la hora y comentó que quería ir a ver su casa.
-Quedáte un poco más -dijo Carla-. Tenés tiempo.
-Mientras voy y vuelvo se va a hacer noche, camino despacio.
Agata se colocó su abrigo y Carla insistió en pararse y acompañarla hasta la puerta.
-Aunque se vayan temprano, mañana pasen a saludar­me -dijo.
-Claro que pasamos.
-De todos modos -ahora Carla sonreía y apretaba con fuerza el brazo de Agata-, hoy o mañana, quiero que nos despidamos así nomás, muy sencillamente, porque estoy segura de que nos volveremos a ver.
Era un domingo plácido y destemplado, sin gente en la calle a esa hora. El cielo estaba cubierto. Agata no eligió el camino de atrás, por donde había ido con Silvana el pri­mer día y después a rescatar el tesoro. Tomó por la calle ancha y recién después del orfanato y algunas construccio­nes nuevas que tapaban la vista pudo ver la casa sobre la loma. Había pasado varias veces por ahí, con Silvana, pero siempre en coche.
Ahora avanzaba por la vereda opuesta a la subida hacia la casa. Cuando llegó a la altura de los escalones de piedra se detuvo para cruzar. Los escalones, el pilar y un par de metros de muro a cada costado
-piedras ennegrecidas, ar­bustos en las grietas- eran de las pocas cosas que no habían cambiado en ese tramo de la calle. En el pilar todavía quedaba el cuadrado de mármol con el número: 77. La pa­ta del segundo siete se había borrado. Desde donde Agata estaba no se veía la casa. Antes de que cruzara apareció un chico, arriba, en el sendero. Bajó saltando y se sentó en el primer escalón. Aquella presencia la detuvo. Fue como si el chico hubiese tomado posesión del lugar, excluyéndola. No quería cruzar con ese testigo ahí, deseaba estar sola cuan­do se acercara a los escalones. El chico se metió un dedo en la nariz, sacó algo del bolsillo -una pastilla, un chi­cle-, y se lo llevó a la boca. Agata decidió esperar a que se fuera. ¿En cuál de las casas de allá arriba viviría? Pasaron algunos minutos. No se veía a nadie más, estaban solos, enfrentados, uno en cada vereda. De tanto en tanto aparecía un coche y la cabeza del chico giraba de un lado al otro y a veces sus ojos se detenían en Agata. En el cielo apare­ció una avioneta, ambos siguieron sus evoluciones y, cuan­do el zumbido se esfumó, el chico volvió a mirada. ¿Qué pensaría de esa anciana detenida del otro lado de la calle? Las nubes se abrieron y un golpe de luz iluminó las ramas, el muro y los escalones. Agata seguía esperando. ¿Va a quedarse todo el día sentado ahí? Después en el sendero apareció una chica, un poco mayor, bajó y ambos se fue­ron por la calle ancha hacia el pueblo. Tal vez el chico hizo algún comentario, porque Agata los vio darse vuelta una vez para mirada.
Esperó que se alejaran aún más y entonces cruzó. Tocó la pared y deslizó los dedos por las piedras. Había subido y bajado esos escalones durante casi cuarenta años: de niña, de adolescente, de mujer. Para ir y volver del colegio, de la fábrica, para ir a casarse, para huir del toque de queda. La última vez para partir a América. Ahora, en esta tarde de domingo, a punto de irse de nuevo, quiso subirlos y bajarlos una vez más. Se paró en el primer escalón, pasó al se­gundo, al tercero. Juntaba los pies en cada uno. Cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Eran nueve. También aquel ritual le devolvía un viejo sabor familiar. Era como si sus piernas hubiesen conservado, al cabo de tanto tiempo, la memoria y la medida exacta de la distancia entre escalón y escalón. Cuando alcanzó el último se dio vuelta y, sin tran­sición, empezó a bajar, lenta, cuidadosa. Pisó la vereda y subió de nuevo: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Se demoró unos minutos arriba, para descansar. Miró hacia el fondo de la calle que llevaba al pueblo y otra vez la golpearon los recuerdos. Vio a Mario en la bicicleta nueva, a los chicos regresando del colegio, a las banderas de los partisanos el día de la liberación. Hubiese podido quedarse toda la tarde recuperando y recuperando.
Siguió por el sendero, pasó frente a una casa nueva y a otra de su época que con las refacciones estaba irreconocible. No pudo avanzar más. A su lado, casi tocándola, aso­mandose entre los ligustros y el alambrado, apareció la ca­ra de un perro. Al principio no ladró, emitía gemidos desesperados y todo su esfuerzo estaba dedicado a empu­jar y tratar de salir. Era un animal enorme, negro, la ca­beza tan grande como la de un ternero crecido. El cerco temblaba. Agata retrocedió, dio media vuelta y regresó hacia los escalones. Entonces el perro ladró. Seguía la­drando cuando ella llegó a la calle. Agata permaneció unos minutos con la espalda apoyada al muro, para reponerse del susto. Después buscó un lugar desde donde, aunque fuese de lejos, pudiese mirar la casa.
Camino un trecho corto, calle abajo, bordeando un cer­co de alambre tejido. En su época toda esa zona era terre­no abierto y en el invierno, por la pendiente que bajaba desde la casa, se deslizaban los trineos. Ahora ya casi no se veían espacios libres. Apenas una cuña de tierra con un huerto descuidado, un manzano, un laurel, ropa tendida. Había un feo edificio de cuatro pisos, color ladrillo sucio. Y detrás otras construcciones del mismo estilo. En el decli­ve, muritos de piedra, escalonados, para aprovechar las partes planas. No alcanzaba a distinguir qué habían sem­brado en esos escalones. Y allá arriba estaba su casa. En las paredes, revocadas, sin pintura, se veían grandes man­chas oscuras. Las persianas estaban pintadas de marrón, igual que el alero del techo. Los marcos de las ventanas, color crema. Detrás de los vidrios cerrados se adivinaban cortinas blancas. Sobre el techo, plateada, una antena de televisión. En el frente, las ramas sin hojas de una planta de caquis, cargadas de frutos anaranjados, tocaban la baranda de hierro del balcón. Viéndola desde abajo, la casa aparecía todavía más oprimida por las dos construcciones que la flanqueaban, la superaban en altura y le quitaban espacio y luz. Agata se quedó ahí, con los dedos de una mano enganchados en el alambrado, mientras detrás de ella aparecían, crecían y luego se perdían los motores. De cuando en cuando cerraba los ojos unos segundos y los volvía a abrir para comprobar si había grabado bien la imagen. Después ya no los cerró. Los mantuvo fijos hasta que se le nublaron y entonces sólo existieron la casa y ella. Y comenzó a ver la casa como era en el momento de partir, y antes todavía, cuando ella era joven, cuando era una ne­na. En la figura clara de la casa hubo un parpadeo y allá arriba las ventanas se poblaron de fantasmas. Entonces la casa le habló. Agata se esforzó por identificar la voz. Se quedó quieta, sin moverse, sin distraerse, por temor a que la visión y la voz se esfumaran. Al principio fue un mur­mullo tenue y confuso. Pero después fue creciendo y se impuso a todo. Lo que surgía de la casa era un llamado en el que había cansancio y cosas distantes y nostalgias. Agata prestaba atención. Aquella voz se parecía a la suya. Sintió que era el corazón de la casa el que le hablaba. Y el cora­zón de la casa estaba amasado con tantas cosas: nacimien­tos, muertes, tribulaciones, miedo de los años de guerra. Y trabajo, trabajo: el de sus abuelos, el de su padre, el suyo, el de Mario. Todo eso era la casa. En la tarde de domingo, no hubo más que esa voz. Y entonces Agata percibió que en el largo y uniforme discurso de la casa había, además, un reclamo. Era como si la casa albergara una queja por el abandono de años y años a que había sido sometida. Aho­ra Agata la estaba percibiendo como un ser vivo que había sufrido abandono y olvido. Entonces sintió pena por la ca­sa y por sí misma.
Hubo un silencio que fue como una señal de despedida y otros llamados llenaron el aire quieto de las montañas. Allá arriba, detrás de aquellas ventanas, resonaban otras historias, vivía gente que ignoraba la existencia de ese viejo corazón de la casa. Agata se quedó un tiempo largo miran­do hacia la cima de la loma, mientras los motores seguían pasando y pasando a sus espaldas. En las ramas de la plan­ta de caquis se movían algunos pájaros oscuros. Después Agata regresó hasta los escalones y se sentó a descansar en el primero, igual que el chico un rato antes.

 

 *de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

Viernes, 07 de Marzo de 2008
Gaviotas*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Dublín y Barcelona

UNO

Empiezo a escribir esto en Dublín y voy a terminar de escribirlo en Barcelona, y es lunes por la noche y me doy cuenta de que es el segundo (y último) debate entre Zapatero y Rajoy que me pierdo por estar con un escritor. No me parece una mala situación lo de cambiar a dos políticos por dos escritores. Elijo eso en tiempos de elecciones.

DOS

Mientras el pasado lunes 25 de febrero trece millones de españoles sintonizaban sus televisores para contemplar cómo los candidatos del PSOE y del PP se tiraban por la cabeza datos falsos y estadísticas cuestionables (y Rajoy invocaba eso de “la niña” angelical e ibérica por cuyo futuro hay que velar y cuya fantasmal y jocosa presencia ha llenado páginas y sites y comentarios en los noticieros), yo estaba entrevistando en público al escritor inglés Martin Amis. En un momento le pregunté a Amis si un escritor alguna vez llegaba a alguna parte o si moría, siempre, en el camino. Amis respondió algo así: “Mi padre falleció a los 73 años y hacia el final de su vida estuvo muy enfermo. Digamos que se volvió loco. Se debatía entre la razón y la locura, y hubo un momento en que ya no pudo escribir. Aun así, hasta su último día se sentaba frente a su máquina de escribir. Y sólo tecleaba una palabra: gaviota. Yo ahora tengo 58 años y durante mis 40 tuve la crisis que tenemos todos, la de la madurez. Esa crisis donde descubrimos que la muerte ya no es un rumor. Entonces todo se viene abajo y sufrimos y pensamos que todo terminó. Sin embargo, ya en los 50 descubrimos un empuje inesperado en algo que hasta entonces desconocíamos: el peso del pasado.
Arribamos a un punto de la vida donde nuestro pasado es tan grande que nos revitaliza y conmueve. Luego, al final de los 50, tenemos otra crisis: el miedo a envejecer. Y me imagino que luego viene una última crisis que combina a las dos primeras y que acaba con la muerte. Alguien dijo que la juventud es ese estado en el que te miras al espejo y piensas que todo el mundo envejece menos tú. Pero ese estado no dura. Cuando uno es joven, antes de tener 20 años, llega un momento de la vida donde uno se vuelve muy
consciente de sí mismo y empieza a investigarse a sí mismo y a escribir sobre uno. Se escriben pequeñeces, cuentos, poemas, y hacia los 21 o 22 deja de hacerlo. Los escritores son esa clase de ser que nunca supera esa etapa, que siempre sigue narrándose, que atraviesan todas las crisis y que nunca se
dan por vencidos, aun cuando alcanzan ese momento terrible en que, una y otra vez, sólo pueden escribir nada más que una palabra”.
Me acordaba de eso mientras, una semana después, caminaba por las calles de Dublín junto al escritor irlandés John Banville. Había gaviotas en el cielo y -en la tapa del último número de Newsweek- aparecía una foto de Zapatero y un título donde se leía “El fiasco español: de cómo Zapatero pasó de ser una estrella europea a convertirse en desilusión nacional”, y yo pensé entonces en que los políticos envejecen tanto más rápido que los escritores y en que, ya desde el principio, repiten una y otra vez la misma cosa. Más como loros que como gaviotas.

TRES

John Banville y yo miramos dos portadas de Time. Una de 1934 y una de 1939, y en las dos está James Joyce. “Eran otros tiempos… Un escritor de verdad era cover-story de un semanario internacional”, me dice Banville. “Ahora, cada tanto ponen a un escritor. Pero suele ser un escritor más internacional
que verdadero”, comenta.
Banville y yo estamos en el James Joyce Museum, en Sandycove, donde se alza la Martello Tower y transcurren las primeras páginas del Ulysses de James Joyce. Una construcción circular de piedra, no muy alta, erguida allí para contener a una posible invasión napoleónica que nunca tuvo lugar y en cuya
cima ondea una bandera azul con tres coronas doradas. Ahora, ahí adentro, hay una recreación poco fiable del recinto en el que conversan Stephen Dedalus y Buck Mulligan y Haine en el amanecer del 16 de junio de 1904, día en que Joyce salió por primera vez con la arrolladora Nora Barnacle. Más
parafernalia joyceana: primeras ediciones, fotos, manuscritos, una de las dos máscaras mortuorias y postales que se agotan cada junio de cada año cuando hordas de turistas que jamás leyeron ni leerán la novela llegan muy temprano por la mañana del 16 para iniciar, sobrios, la ruta del llamado Bloomsday que concluirán borrachos y abrazando a sus respectivas Penélopes o Mollys Blooms sin siquiera sospechar lo que pasa por las cabezas de esas mujeres que piensan sin puntos ni comas mientras, en España, los machos del país siguen matando hembras. En España casi todos los días son Bloodday.

CUATRO

De regreso en Dublín, Clinton le ganó a Obama y se perpetúa el tenso duelo entre la supuesta novedad y la supuesta experiencia. O algo así. Aunque están los que dicen que Obama es más novedoso que novedad y ya se sabe: los juguetes novedosos duran poco y se rompen rápido. O los rompen. Ulysses, está claro, fue una novedad y sigue siéndolo. Leo que Rajoy -quien ya es añejo y se juega sus últimas cartas- cometió el error (esta vez ante 12 millones de espectadores, Debate II) de sacar el tema de la guerra de Irak y de sacar a pasear a Aznar para sus últimos mitines. Y Aznar no hace otra cosa que lamentarse por la injusticia de su destino y se presenta casi como un mártir de la historia. Aznar. Graznar. Gaviotas y… ¿es una gaviota el pájaro que vuela en el logotipo del Partido Popular? Llamo por teléfono a mi mujer y le pregunto si Rajoy mostró la tapa de Newsweek durante el segundo debate y me contesta que no lo vio, que ya está agotada de todo el asunto, que estuvo viendo a House quien, pienso, sería un gran jefe de gobierno o, lo que es lo mismo, un eficiente y nada piadoso diagnosticador de la crisis económica que ahora padece España y para la que cada candidato propone diferentes tratamientos. Zapatero dice que no es para tanto y sana-sana.
Rajoy dictamina que el paciente se muere y que la cosa no pasa por cambiar de medicina sino por cambiar de médico. Y millones de españoles, cansados, son como esa enfermera que se lleva el dedo a los labios y pide un poco de silencio en las paredes de los hospitales.

CINCO

Y falta menos para el domingo de elecciones y ahora estoy en la terminal del aeropuerto de Madrid esperando que se presente la tripulación (retrasada) del vuelo de Iberia a Barcelona. Llegué aquí vía Dublín y no me sorprendió descubrir que el adaptador de enchufes que en el avión de Aer Lingus (viaje
de ida) costaba 15 euros, en el de Iberia cuesta 25. Y mis amigos ya están preocupados por mi obsesión casi patológica con la línea aérea española. Y, sí, tal vez de aquí a unos años yo termine en un asilo tecleando una y otra vez la palabra Iberia, quién sabe. En cualquier caso, hago tiempo leyendo
Newsweek y hojeando la muy linda edición conmemorativa de Ulysses que me compré en Martello Tower.
Y horas antes, almorzando, Banville me contó que varios años después de la muerte de Joyce, las autoridades del lugar decidieron invitar a los festejos del Bloomsday a su hijo Giorgio. Así que lo llevaron allí, le mostraron la torre y esperaron a que pronunciara unas emotivas palabras por estar en el sitio exacto de uno de los dos más grandes Big Bang literarios del siglo XX.
Parece ser que entonces Giorgio sonrió, agradeció a la concurrencia, dijo que el sitio le parecía hermoso, pero -para pasmo de joycecitas y bloomófilos- añadió algo así como “lo que no entiendo muy bien es por qué me han traído a esta torre… ¿Pasó algo importante aquí? ¿Hay algo interesante para ver?”.
Arriba, sobre sus cabezas en crisis, debatían como locas las gaviotas y sí, decían, sí quiero. Sí.

*Fuente: Página/12.
 http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-100252-2008-03-07.html

MÚSICA*

Como se sabe, la música es extremadamente peligrosa: Incita a la evasión. Por eso los presos la tenemos prohibida.
Es cierto que no podemos hablar de una prohibición explícita, pero en ninguna celda hay aparatos capaces de reproducir música ni se recuerda que tales objetos hayan existido aquí alguna vez; tampoco se tiene constancia de que haya sonado entre estos muros una sola nota musical (si omitimos que todo sonido lo es); para los más antiguos en la institución, cuyos recuerdos han ido erosionando a partes desiguales el transcurso del tiempo y la rutina de la reclusión, el mero concepto resulta extraño. 
Otro detalle significante es la actitud del carcelero ante la menor amenaza de ejecución musical por mi parte. Siempre que he tarareado algunas notas (principalmente algunas mañanas en que mi estado de ánimo denotaba los evidentes rastros de haber soñado con Ella) ha aparecido en la entrada de la celda con una expresión severa y ha permanecido allí, firme e imperturbable, hasta ver bruscamente truncada mi pequeña serenata privada. Nunca dice una palabra, pero su sola presencia hace que desaparezca cualquier deseo de seguir en el empeño. Así, la música se arrincona de nuevo en su propia celda y el perenne silencio retorna como una maldición. A veces, ni fue necesario que mis labios emitieran sonido alguno: la simple intención de silbar unos compases provocaba la inmediata comparecencia del carcelero.
Por eso supuso una inexplicable sorpresa escuchar, en medio de la tediosa calma que rige nuestras noches -tan parecidas, en el fondo, a nuestros días- unos acordes provenientes del piso de arriba, donde, según los rumores, se halla la habitación del carcelero (si es que hemos de suponer que existe un sitio semejante). Tuve la perturbadora sensación de haber escuchado antes aquellas notas, que no fui capaz de identificar.
Como hecho aislado, resultaba anecdótico, casi gracioso, pues vendría a demostrar que también el carcelero posee cierta sensibilidad, teoría jamás reconocida por el gremio de carceleros ni tenida siquiera en cuenta por el de presos; pero cuando la audición nocturna se convirtió en costumbre, hubo que tomar medidas: Así, cada vez que la noche se llena de música lejana, -tan tenue que resulta imposible disfrutar de ella, pero no lo bastante como para poder ignorarla- me refugio en mi propio claustro interior hasta anular por completo todo sonido.
Entonces, aterrado por el silencio, el carcelero se aleja con tristeza de su tocadiscos y se pierde entre las galerías en busca de las palabras de aliento de cualquier otro funcionario.

Capítulos anteriores en: http://www.aragonesasi.com/sergio/celda.htm

*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com

 

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst,  Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44    A-5020 Salzburg    AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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Thursday, March 6, 2008

POSTALES DE UN ESTADO DE COSAS…

MONOS*
 
 

*de Nicolás Guillén

 
El territorio de los monos.
De acuerdo con los métodos modernos
están en libertad provisional.
 
El de sombrero profesor.
Con su botella el del anís.
Los generales con sus sables de cola.
En su caballo estatua el héroe mono.
El mono oficinista en bicicleta.
Mono banquero en automóvil.
Decorado mono mariscal.
El monocorde cordio
fásico cotiledón.
Monosacárido.
Monoclinal.
Y todos esos otros que usted ve.

Para agosto
nos llegarán seiscientos monosmonos.
(La monería fundamental).

*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

 
 
 
 
 
 

POSTALES DE UN ESTADO DE COSAS…

Mi amigo Correa*

Por Fidel Castro *

Recuerdo cuando nos visitó, meses antes de la campaña electoral donde pensaba presentarse como candidato a la presidencia de Ecuador. Había sido ministro de Economía del gobierno de Alfredo Palacio, médico cirujano con prestigio profesional que también nos había visitado en su condición de
vicepresidente, antes de acceder a la presidencia, por situaciones imprevistas que se dieron en Ecuador. Este había sido receptivo a un programa de operaciones oftalmológicas que le ofrecimos como forma de
cooperación. Existían buenas relaciones entre ambos gobiernos.
Correa, no hacía mucho, había renunciado al Ministerio de Economía. Estaba inconforme con lo que calificó de corrupción administrativa promovida por Oxy, empresa extranjera que exploró e invirtió importantes sumas, pero que se quedaba con cuatro de cada cinco barriles de petróleo extraído. No habló de nacionalizar, sino de cobrarle elevados impuestos que asignaba de antemano a inversiones sociales pormenorizadas. Ya había aprobado las medidas y un juez las declaró válidas.
Como no mencionaba la palabra nacionalizar, pensé que experimentaba temor al concepto. No me extrañaba, porque era economista graduado con grandes reconocimientos por una conocida universidad de Estados Unidos. No me ocupé mucho en profundizar, lo acosaba con preguntas del arsenal acumulado en la lucha contra la deuda externa de América latina en 1985 y de la propia experiencia cubana.
Existen inversiones de riesgo sumamente altas y de sofisticada tecnología, que ningún país pequeño como Cuba y Ecuador podría asumir.
Como estábamos ya en el año 2006 decididos a impulsar la revolución energética, que fuimos el primer país del planeta en proclamar como cuestión vital para la humanidad, le había abordado el tema con especial énfasis. Me detuve, había comprendido una de sus razones.
Le conté la conversación que hacía poco había sostenido con el presidente de la empresa española Repsol. La misma, asociada a otras empresas internacionales, acometería una operación costosa para perforar en el fondo del mar, a más de 2000 metros de profundidad, con empleo de sofisticadas
tecnologías, dentro de las aguas jurisdiccionales de Cuba. Dije al jefe de la empresa española: ¿Cuánto vale un pozo exploratorio? Le hago la pregunta porque queremos participar aunque sea en el uno por ciento del costo, deseamos saber lo que ustedes quieren hacer con nuestro petróleo.
Correa, por su parte, me había contado que de cada cien dólares que extraían las compañías, solamente veinte iban para el país; ni siquiera entraban en el presupuesto, expresó, se dejaban en un fondo aparte para cualquier cosa menos para mejorar las condiciones de vida del pueblo.
Yo derogué el fondo, me dijo, y asigné 40 por ciento para educación y salud, desarrollo tecnológico y vial, el resto para recomprar la deuda si el precio de la misma nos favorecía, o de lo contrario invertirlo en otra cosa más útil. Antes teníamos que comprar cada año una parte de esa deuda que se encarecía.
En el caso del Ecuador -me añadió- la política petrolera rayaba en traición a la patria. ¿Por qué lo hacen?, le pregunto. ¿Por miedo a los yanquis o presión insoportable? Me responde: Si tienen un ministro de Economía que les dice que privatizando mejora la eficiencia, usted puede imaginarse. Yo no
hice eso.
Lo estimulo a seguir y me explica con calma. La compañía extranjera Oxy es una empresa que ha roto su contrato y de acuerdo con la ley ecuatoriana se requiere la caducidad. Significa que el campo operado por esa empresa tiene que pasar al Estado, pero por presiones de los yanquis el gobierno no se atreve a ocuparlo, se crea una situación no contemplada por la legislación.
La ley dice caducidad y nada más. El juez de primera instancia, que era presidente de Petroecuador, lo hizo así. Yo era miembro de Petroecuador y nos llamaron de urgencia a una reunión para expulsarlo del cargo. Yo no asistí y no pudieron despedirlo. El juez declaró la caducidad.
¿Qué querían los yanquis?, pregunto. Querían una multa, explica él rápido.
Escuchándolo comprendí que lo había subestimado.
Yo estaba apurado por multitud de compromisos. Lo invité a presenciar el encuentro con un numeroso grupo de profesionales cubanos altamente calificados que partirían para Bolivia, a fin de integrarse a la Brigada Médica; esta cuenta con personal para más de 30 hospitales, entre otras actividades 19 posiciones quirúrgicas que pueden realizar más de 130 mil operaciones oftalmológicas por año; todo bajo forma de cooperación gratuita.
Ecuador dispone de tres centros similares con seis posiciones oftalmológicas.
La cena con el economista ecuatoriano fue ya entrada la madrugada del 9 de febrero de 2006. Apenas hubo puntos de vista que yo no abordara. Le hablé hasta del mercurio tan dañino que las industrias modernas esparcen por los mares del planeta. El consumismo fue, por supuesto, un tema enfatizado por
mí; el alto costo del kilowatt/hora en las termoeléctricas; las diferencias entre las formas de distribución socialista y comunista, el papel del dinero, el millón de millones que se gasta en publicidad sufragado forzosamente por los pueblos en los precios de las mercancías, y los estudios realizados por brigadas sociales universitarias que descubrieron, entre los 500 mil núcleos de la capital, el número de personas ancianas que vivían solas. Expliqué la etapa de universalización de los estudios universitarios en que estábamos envueltos.
Quedamos muy amigos, aunque tal vez se llevara la imagen de que yo era autosuficiente. Si eso ocurrió, fue realmente involuntario por mi parte.
Desde entonces observé cada uno de sus pasos: proceso electoral, enfoque de los problemas concretos de los ecuatorianos, y victoria popular sobre la oligarquía.
En la historia de ambos pueblos hay muchas cosas que nos unen. Sucre fue siempre una figura extraordinariamente admirada junto a la del Libertador Bolívar, quien para Martí lo que no hizo en América está por hacer todavía, y como exclamó Neruda, despierta cada cien años.
El imperialismo acaba de cometer un monstruoso crimen en Ecuador. Bombas mortíferas fueron lanzadas en la madrugada contra un grupo de hombres y mujeres que, casi sin excepción, dormían. Eso se deduce de todos los partes oficiales emitidos desde el primer instante. Las acusaciones concretas contra ese grupo de seres humanos no justifican la acción. Fueron bombas yanquis, guiadas por satélites yanquis.
A sangre fría nadie absolutamente tiene derecho a matar. Si aceptamos ese método imperial de guerra y barbarie, bombas yanquis dirigidas por satélites pueden caer sobre cualquier grupo de hombres y mujeres latinoamericanos, en el territorio de cualquier país, haya o no guerra. El hecho de que se
produjera en tierra probadamente ecuatoriana es un agravante.
No somos enemigos de Colombia. Las anteriores reflexiones e intercambios demuestran cuánto nos hemos esforzado, tanto el actual presidente del Consejo de Estado de Cuba como yo, a atenernos a una política declarada de principios y de paz, proclamada desde hace años en nuestras relaciones con los demás Estados de América Latina.
Hoy que todo está en riesgo, no nos convierte en beligerantes. Somos decididos partidarios de la unidad entre los pueblos de lo que Martí llamó Nuestra América.
Guardar silencio nos haría cómplices. Hoy a nuestro amigo, el economista y presidente del Ecuador Rafael Correa, quieren sentarlo en el banquillo de los acusados, algo que no podíamos siquiera concebir aquella madrugada del 9 de febrero de 2006. Parecía entonces que mi imaginación era capaz de abarcar sueños y riesgos de todo tipo, menos algo parecido a lo que ocurrió la madrugada del sábado 1º de marzo de 2008.
Correa tiene en sus manos los pocos sobrevivientes y el resto de los cadáveres. Los dos que faltan demuestran que el territorio de Ecuador fue ocupado por tropas que cruzaron la frontera. Puede exclamar ahora como Emilio Zola: ¡Yo acuso!

- Reflexión del líder cubano publicada en Granma.

-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/100206-31596-2008-03-06.html

LYNCH*
 
 

*de Nicolás Guillén

Lynch en Alabama.
Rabo en forma de látigo
y pezuñas terciarias.
Suele manifestarse
con una gran cruz en llamas.
Se alimenta de negros, sogas,
fuego, sangre, clavos,
alquitrán.
 
                                       Capturado
junto a una horca. Macho.
Castrado.

*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

 

La tierra incomparable*

 (fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

CUARENTA

Al día siguiente, sábado, Agata y Silvana se encontraron para ir a caminar por el mercado que se armaba una vez por semana en aquella gran plaza frente al departamento de Elvira. Agata pensó que volverían a hablar de Vito. Que­da hacer algunas preguntas y esperaba la oportunidad. Pe­ro Silvana no tocó el tema y ella no se animó a mencionar­lo. Después la atrapó la actividad y el colorido del mercado. Aquello era una fiesta y daba gusto andar entre los puestos y los gritos de los vendedores. Había de todo: comestibles, ropas, artesanías, flores, muebles, zapatos, re­lojes, antigüedades, pájaros. Se detenían acá y allá, conver­saban con los puesteros, saboreaban un pedacito de queso, acariciaban una tela. Agata disfrutaba.
-Me compraría todo -decía. Silvana la alentaba:
-Esto es bonito, está a buen precio. ¿Quiere llevarlo?
-Todavía no. Después volvemos.
Ya tenía los regalos para su regreso. También tenía uno para Carla. Le faltaba el de Silvana. Desde hacía varios
días miraba vidrieras. Quería que fuese un lindo regalo, una cosa especial. Pensó que en el mercado quizá lo en­contraría. De todos modos, si compraba estando Silvana presente se perdía la sorpresa. Así que decidió esperar.
Siguieron caminando y averiguando precios. Silvana se cruzaba con conocidos, se saludaban o se detenían para in­tercambiar un par de frases. Le presentó algunas amigas a Agata. Una se les unió. Agata oyó que preguntaba por Vito y Silvana contestó que lo vería esa tarde.
El mercado seguía por un tramo de calle que desembo­caba en otra plaza, también llena de puestos. Agata se de­tuvo. Algo -una voz, la luz, el empedrado, una pared, no supo qué- le trajo a la memoria una escena de cuando era chica, y que había olvidado. La anécdota carecía de impor­tancia, pero se sintió tentada de contarla por la sorpresa que le causaba haberla recuperado. Cierta vez, le dijo a Sil­vana y a la amiga, su padre y su padrino la habían llevado al parque de diversiones que se instalaba en esa plaza para las fiestas patronales. Había un puesto circular en cuyo centro se exhibían frascos con peces de colores. La gente arrojaba unas pelotitas blancas y los que embocaban en al­guno de los frascos se llevaban un pez como premio. Logró que su padrino le pagara una jugada y fue tirando sus pe­lotas -eran seis- sin acertar. Después, resignada, sabien­do que no habría otra oportunidad, se quedó junto al pues­to mirando cómo la gente probaba y probaba. No era fácil. Casi nadie acertaba. A su lado, una señora le pidió que ti­rara una pelota por ella, a ver si le traía suerte. Agata tiró, embocó, la señora dio un grito, aplaudió, la besó y se llevó su frasco con un pez rojo.
Agata señaló con el dedo:
-Fue justo ahí. Qué frustración.
La amiga de Silvana rió con ella. La historia le causó mucha gracia y volvió a mencionarla y a reírse cuando se despidió y se fue.
Ya habían dado una  vuelta completa a las dos plazas cuando oyeron que alguien las llamaba. Era Toni. Agata no había vuelto a verlo después de aquella tarde de los hongos y la discusión con Carla. Tenía el mismo aire socarrón y el mismo entusiasmo en la voz, Dijo:
-¿Cómo están, muchachas?
Las invitó a tomar un café. Se sentaron en un bar que tenía mesas afuera. Desde ahí vieron como la gente aban­donaba poco a poco el mercado, los vendedores comenza­ban a guardar sus mercancías y los puestos se cerraban.
-Al final-dijo Silvana-, no compró nada.
-Igual me divertí -dijo Agata.
-Para compras consulte conmigo -dijo Toni-. Sé  dónde están los mejores precios.
Pasó un coche con una bandera cruzada sobre el techo .Y dos muchachos asomados a las ventanillas y gritando:
- Trani, Trani.
Toni levantó una mano y los saludó. Se volvió hacia Agata:
-Señora, hoy hay partido, ¿no le gustaría ir?
-¿Adónde? -preguntó Agata sorprendida.
-A la cancha.
-Nunca fui a una cancha.
-Alguna vez tiene que ser la primera.
-No entiendo nada de fútbol.
-Es el equipo de su pueblo, tiene que vedo.
Agata, divertida, miró a Silvana.
-Jugamos contra Aduino, nuestros rivales eternos, no se lo puede perder -insistió Toni.
Agata movió la cabeza dubitativa. -No sé -dijo.
Toni se dirigió a Silvana: -Se van a entretener.
-¿Quiere? -preguntó Silvana.
Agata se encogió de hombros, todavía indecisa. -Si quiere ir, yo la acompaño -dijo Silvana.
-Entonces vamos.
Silvana fue a buscar el coche.
Tuvieron que estacionar bastante lejos del estadio. Un policía cortaba el tránsito. Después caminaron entre gente muy apurada, algunos corrían. El frente de la cancha no había sufrido modificaciones. El mismo portón, las colum­nas para las banderas, las ventanillas de hierro. Todo esta­ba más o menos igual que antes. Sólo dos cabinas telefóni­cas contra el muro gris marcaban la diferencia de época. Había también tres grandes recipientes para residuos, con las inscripciones: para vidrio, para latas, para papel. La gen­te, amontonada frente a las ventanillas, protestaba y exigía que se apuraran con las entradas porque ya empezaba el partido. Toni hizo cola y discutió con alguien que quiso adelantársele. Por fin entraron. Había una sola tribuna, de cemento, en uno de los costados. Treparon unas gradas y se sentaron.
Agata miró el campo todavía vacío, el césped cuidado, y pensó en lo que había significado ese terreno para ellos, cuando los alemanes se habían instalado con sus tanques y sus cañones. Para el pueblo ésos fueron los peores días, con los rastrilleos, los fusilamientos, las escuelas que fun­cionaban como cárceles, llenas de hombres que después eran deportados a Alemania. Desde ese terreno los cañones disparaban hacia las montañas y alrededor temblaba todo.
Agata se sobresaltó. La gente se había parado y gritaba.
En el campo de juego acababan de aparecer los jugadores. Toni estaba un escalón más abajo. Se dio vuelta e informó:
Los de azul son los nuestros.
Agata asintió.
La gente se calmó. Los jugadores se distribuyeron de un lado y del otro del terreno y después sonó un silbato. -Empezó -dijo Toni.
Agata volvió a asentir.
La pelota iba y venía, de vez en cuando se producía un encontronazo y un jugador o dos quedaban tendidos en el suelo durante un rato. Los otros intercambiaban manota­zos y en la tribuna la gente se enfurecía.
A la izquierda de Agata se produjo un tumulto. Había un grupo de pie, aislado del resto de los espectadores. No eran demasiados, pero hacían mucho ruido.
-La hinchada rival-informó Toni.
Había varios policías rodeándolos, no se sabía si para protegerlos o contenerlos. Se fueron tranquilizando, me­nos uno, que seguía de espaldas al campo e insultaba hacia la parte alta de la tribuna. Un policía lo tomó de un brazo, lo obligó a darse vuelta y le ordenó:
-Mire el juego.
Después, alrededor de Agata hubo más gritos y aplau­sos. Los jugadores de azul se abrazaban. Toni giró hacia la hinchada rival y, sin emitir palabra, les mostró el dedo ín­dice y lo mantuvo en alto, en un gesto que evidentemente queda significar: uno. Se volvió hacia Agata:
-Vamos ganando. Agata asintió.
-¿Cuál le gusta de los nuestros? -preguntó Toni.
Agata buscó con la mirada y señaló a un jugador:
-Ese muchacho de pelo largo. ¿.Por qué ése?
Se parece a mi nieto.
Hubo un nuevo estallido y más abrazos.
-¿Gol? -preguntó Agata.
Toni giró otra vez hacia la hinchada de Aduino, levantó dos dedos y los mantuvo arriba, siempre sin hablar.
En la cancha seguían los encontronazos y las caídas.
Agata estaba impresionada con tantos golpes. Toni, con­tento como un chico, bromeaba, se hacía el gracioso: -¿Por qué se estarán peleando tanto por una pelota? ¿Por que no le dan una pelota a cada uno y así se quedan tranquilos? ¿Verdad, señora?
-Claro -dijo Agata.
Después algo debió andar mal en el partido, porque en el término de minutos, en dos oportunidades, la gente pa­reció volverse loca, bramaba, sacudía la alambrada y algu­nos se trepaban. Agata nunca había oído insultar y blasfe­mar tanto. Detrás de ella, una mujer gritaba:
-Arbitro arruinafamilias.
Le resultó curioso el insulto y se dio vuelta para verle la cara.
Hacia la izquierda, en cambio, los de la hinchada rival habían comenzado a cantar. Parecían ignorar la amenaza que los rodeaba. Cantaban mirando el cielo, agrupados y solemnes, como entonando el himno.
Toni estaba junto a un hombre de lentes, alto y elegan­te, de sombrero, que hasta ese momento se había manteni­do en calma. Ahora los dos se desgañitaban hombro con hombro y el elegante arrojaba el sombrero al piso, lo le­vantaba y lo volvía a tirar. Toni, la cara roja, los ojos extraviados, miró a Agata y dijo: -Señora, los delincuentes más grandes de este mundo son los árbitros de fútbol.
-Sí -dijo Agata.
Inmediatamente los jugadores abandonaron el campo y Agata preguntó si el partido había terminado.
-El primer tiempo -dijo Silvana-. Pero si quiere po­demos irnos.
Saludaron a Toni, que se mostró decepcionado por la deserción, compraron castañas asadas al pie de la tribuna y salieron del estadio.
-En mi época también era así -dijo Agata-. Desde mi casa se oían los gritos. Me acuerdo que cuando termi­naban los partidos la gente se quedaba esperando que sa­liera el árbitro para lincharlo.
 Tomaron hacia la derecha y pasaron por el terreno que separaba la cancha de fútbol del cementerio. En el medio, bajo los grandes árboles de hojas doradas, había un carro­mato y un cartel que anunciaba la próxima instalación de un circo. Ahí era donde se fusilaba al finalizar la guerra. Lo hacían junto al cementerio, para no tener que trasladar los cadáveres. El declive que en aquella época bajaba del camino al terreno había sido nivelado. Por ese declive em­pujaban a los hombres antes de dispararles.
Desembocaron en el acceso al puente de hierro. Comen­zaron a cruzarlo y se detuvieron en la mitad. Ahí el río se ensanchaba y se aquietaba en un remanso donde el agua parecía inmóvil. Cincuenta metros más allá, superadas las piedras que formaban un dique de contención, se producía una cascada breve y recomenzaba la correntada. Había una liebre ahogada en aquel remanso. Flotaba de perfil, las pa­tas delanteras encogidas y las traseras estiradas, en la acti­tud del salto. La liebre tenía la misma tonalidad rojiza de los bosques y era una mancha neta en aquel estanque color verde botella. Casi no se movía. Tardaría mucho en llegar a la cascada. Agata y Silvana la miraron durante un rato.
-A las seis cruzo a Coseno -dijo Silvana-. Me quedo hasta mañana. Vito ya está bien. Vaya preparando sus co­sas. El lunes salimos rumbo a Venecia.
Agata tardó en hablar. Por fin dijo: -¿Todavía querés ir?
-Seguro. ¿Usted no?
-Yo sí.
-Entonces vamos.
Nuevamente, Agata esperó que Silvana mencionase a Vito. Pero Silvana no volvió a hablar. Se trepó a la baranda del puente, se paró y se alejó de Agata, haciendo equilibrio con los brazos abiertos. Agata contuvo la respiración y apretó con fuerza los barrotes de la baranda. Silvana llegó hasta una de las gruesas vigas oblicuas, la abrazó y comen­zó a subir. Pasó a otra viga que cruzaba la primera, des­pués a otra y siguió trepando en zigzag. Alcanzó la parte superior del puente, se tomó con ambas manos de la últi­ma viga horizontal, separó el cuerpo y los pies del punto de apoyo y quedó colgando. “¿Qué hace?”, se preguntó Agata. No se animaba a moverse, no se animaba a hablar, estaba paralizada. Pasaron los segundos y Silvana seguía allá arri­ba, quieta, colgada de sus brazos, una mancha clara entre la estructura negra del puente. Había mucha calma alrededor, en los bosques, en la monotonía del agua. Agata hu­biese querido gritarle que bajara. Pero tenía miedo. Le pa­recía que, en tanta paz, cualquier señal de desorden, inclusive su voz, hubiese alterado el equilibrio en que se apoyaba la seguridad de Silvana. Seguía apretando los ba­rrotes oxidados y enviaba hacia arriba órdenes mentales. “Basta, basta, ¿hasta cuando vas a resistir?”. Por fin, una de las piernas de Silvana se separó de la otra, tanteó y en­contró dónde apoyarse. Silvana se deslizó hacia la viga oblicua y comenzó a bajar. Pisó la baranda en el mismo punto donde había comenzado el ascenso y vino hacia el centro del puente con los brazos abiertos. Saltó al piso y se colocó junto a Agata.
-¿.Por qué hiciste eso? -preguntó Agata.
Silvana no contestó y de nuevo se pusieron a mirar el agua. La liebre seguía en el mismo sitio. Después Silvana dijo:
-Me parece que nunca vaya poder perdonarle a Vito lo que me hizo. Sobre todo que haya tomado las pastillas es­tando yo ahí.
En el puente ya no daba el sol y a Agata le pareció que el silencio se había agrandado todavía más. Ahora su atención estaba dividida entre las recientes palabras de Silvana y el movimiento de la liebre que, muy despacio, había comen­zado a girar sobre sí misma.

 *de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

Jueves, 06 de Marzo de 2008
A PROPOSITO DEL DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Postales de un estado de cosas*

 
La posición actual de la mujer es un claro ejemplo de cómo lo establecido, lo dolorosamente estatuido puede y debe interpelarse. Así, los cambios impactan en la sociedad toda.

Simone de Beauvoir escribió en “El segundo sexo”: “No se nace mujer: se llega a serlo”. Aspiraba que alguna vez estuviera perimido, pero lamentaba que sostuviera su vigencia.

Por Laura Capella *

El “Día Internacional de la Mujer” fue establecido por las Naciones Unidas en 1975. Su origen se remonta al 8 de marzo de 1857 cuando se produjo la primera huelga de trabajadoras de la industria textil y del vestido en la ciudad de Nueva York. En la misma ciudad, en 1908 las obreras iniciaron una
huelga en la Fábrica Colton y tomaron el establecimiento. Ellas pedían igualdad de salario entre hombres y mujeres, descanso dominical y reducción de la jornada laboral. Las huelguistas fueron encerradas y el edificio fue incendiado. Murieron quemadas ciento veintinueve mujeres.
El año en que esas mujeres fueron masacradas en Nueva York, hace cien, nacía en Francia Simone de Beauvoir. En su obra El segundo sexo, dice: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es
el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino”. Simone de Beauvoir aspiraba que ese libro alguna vez estuviera perimido, pero lamentaba que por el contrario, sostuviera su vigencia.
Del 29 al 31 de diciembre pasados, más de ciento cincuenta voces femeninas y morenas le explicaban al mundo por qué luchan, desde el encuentro de mujeres en La Garrucha, territorio rebelde zapatista. Estas mujeres, en la última década del siglo XX comenzaron a recorrer junto a los hombres de su pueblo, pero también en muchos aspectos, en contra de los mismos, un camino de subjetivación que las colocaba más allá de propios y ajenos; ya que al derecho de pernada que practicaban sobre ellas los patrones se unía a la naturalidad con que el maltrato, violación y desprecio era ejercido por sus padres, maridos y hasta hijos. Ellas cuentan en ese encuentro, que nacer niñas era motivo de desprecio y hasta las comadronas cobraban menos si traían al mundo a una niña que a un niño.
Por otro lado en la ciudad de Montevideo, este carnaval, cincuenta y cuatro mujeres de diversas profesiones, entre ellas una carpintera, integran la primera cuerda de tambores “totalmente femenina”. Este grupo, “La melaza” nació cuando un grupo de amigas se reunió en los actos por el día de la mujer en marzo de 2005.
Postales de un estado de cosas que no es simple ni debemos simplificar; creo que la posición de la mujer actualmente es un claro ejemplo de cómo lo establecido, lo dolorosamente estatuido puede y debe interpelarse, de cómo el trabajo del alquimista es una bella metáfora para pensar estos procesos
personales y sociales en los que, como dicen las mujeres zapatistas se ha “transformado en purito gusto lo que antes era vergüenza de hablar”.
Que como ocurrió a esas mujeres uruguayas, el 8 de marzo se constituya en punto de partida de un acto de creación y de toma de palabra; sabiendo que los cambios que las mujeres produzcamos en nosotras mismas impactan en la sociedad toda, y pasan a formar parte de la obra colectiva de la humanidad
de la que gustaba sentirse parte Sigmund Freud.

*Psicoanalista. Foro en defensa de los DDHH del Colegio de Psicólogos Rosario.

-Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-12612-2008-03-06.html

EL HAMBRE*

*de Nicolás Guillén

Éste es el hambre. Un animal
todo colmillo y ojo.
Nadie le engaña ni distrae.
No se harta en una mesa.
No se contenta
con un almuerzo o una cena.
Anuncia siempre sangre.
Ruge como león, aprieta como boa,
piensa como persona.
 
El ejemplar que aquí se ofrece
fue cazado en la India (suburbios de Bombay),
pero existe en estado más o menos salvaje
en otras muchas partes.
 
No acercarse.

*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
 
 

Jueves, 06 de Marzo de 2008

Los gatos de Rivadavia*

*Por Enrique Medina

Terminan de jugar al ajedrez y echan una caminata para reacomodar los huesos del atascado cuerpo. La plaza está en su esplendor. Hay gente de todo pelaje y por donde sea. Buscas a la pesca. Colas de dinosaurios reventando colectivos. Maltraído, un arrebatador con portafolios cruza la avenida corrido a los gritos por el asaltado. Otros miserables controlan a sus minas. Minas negras, minas teñidas, minas feas, gordas-regordas, sentadas con la misma hidalguía que las alemanas de Francfurt y Osaka, y en ello el atractivo. Conversan, ríen, se las ve simpáticas. Educados, con elegante discreción los ajedrecistas saludan y ellas les hacen el guiño correspondiente y agradecido. Los amigos son jubilados y con amistad de años. Wilde, uruguayo, harto en toda la vida de tener que aguantar siempre a algún atento pelotudo que le pregunta si Wilde es apellido. Y él que no, que es nombre, y no sé por qué carajo me llamo así y basta. En cambio, Escopeta, que es apodo asimilado en la infancia cuando le decían “Flaco escopeta”,
acepta, sin alterar su chicha-calma: Si sigo siendo flaco tengo derecho al apodo, y sonríe. Se sientan en el borde de los canteros, frente al monumento. Son tan veteranos en la plaza que tranquilamente pueden
abstraerse de la existencia misma que agita el caótico espacio. Ven sin ver, eso. Y charlan, cuando charlan. Y están en silencio, cuando ídem. No por nada especial, tienen su propio mundo, como cualquiera. Un chico le pregunta a su madre: “¿Qué es eso que está lleno de gatos?”. Y la madre tardando en
la duda, intenta: “Y… una casa… para gatos, como el Jardín Zoológico…”.
Acostumbrado a salir en defensa de los símbolos, Wilde mueve su cabeza y explica a la madre y el chico que “eso” es el Mausoleo a Bernardino Rivadavia, primer presidente de nuestro querido país y esos gatos son su guardia pretoriana. La mujer promedia su enjuto rostro, seco y sin gracia, y sigue chupando el helado, como si en ello le fuera el esfuerzo del día. El chico se anima: “Guardia ¿qué?…”. Y Wilde se despacha porque el chico le cae bien: “Pre-to-riana…, ¿eh?… Pretoriana, ¿sí?”. El chico como que no,
como que es un poco mucho para él, así que, igual que la madre, chupa el helado para hacer tiempo. Y Wilde le dice que el fulano se llamaba Bernardino de la Trinidad González Rivadavia, conocido como Bernardino Rivadavia solamente y mucho más conocido porque la avenida Rivadavia es la más larga del mundo, y dentro del monumento está él; muerto, claro. El chico sonríe, mueve los ojitos y pregunta: “¿Arriba o abajo?”. Wilde piensa que si ese chico fuera su hijo podría tallar un ser excepcional: “Arriba, la parte de abajo es la plataforma, el pedestal del monumento, monumento que hizo uno
de los grandes escultores argentinos, Rogelio Yrurtia”. Hay un silencio en el que el chico deja que el helado se le derrita por un costado y dice: “¿Y los gatos?”… Wilde se acomoda mejor, como para enseñar, y larga el rollo sobre la guardia pretoriana, el César, el pretorio, el imperio romano y
termina con que los gatos vienen a ser un símbolo, el equivalente de nuestro tiempo, de aquellos valientes soldados que defendían con su vida al César.
“Son 574 gatos, ¡bien contados!, incluidos los 18 que nacieron este fin de semana.” El chico lame el costado que se está derritiendo, mira al hombre en silencio, no está seguro si entendió algo o no entendió nada, pero sí sabe que le gustaría tener a ese hombre como padre, o abuelo; y le pregunta cómo sabe tanto. El no contesta, lo hace Escopeta: “Fue maestro y director de escuela”. La mujer, que nada ha escuchado porque está pendiente de otra cosa, dice: ya llegaron; y se lleva al chico sin saludar. El chico al menos sacude la mano libre. “Cayeron los evangelistas”, advierte Wilde. Se quedan en silencio. Al rato, Escopeta le dice: “¿Hacemos la revancha?”. Wilde está de acuerdo: “Dale, vamos…”.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-100201-2008-03-06.html

Jueves, 06 de Marzo de 2008
Legado de sabiduria de Emilio Rodrigue

“Decidí celebrarme todo el día”*

 

En el recuerdo de Tato Pavlovsky, preciso y emocionado, Emilio Rodrigué se ofrece como el caso de un hombre capaz de dedicar un día entero a la celebración de ese otro que, en tercera persona, es él mismo. Rodrigué, psicoanalista y escritor, falleció el jueves 21 de febrero de este año.

Hernán Kesselman, Tato Pavlovsky y Emilio Rodrigué, en 1980.

*Por Eduardo Pavlovsky

En 1972, vivíamos juntos con el psicoanalista Emilio Rodrigué, en Libertador y Oro. El se iba a su consultorio de Ayacucho muy temprano a la mañana en una bicicleta vieja que se había comprado, y volvía a la noche. Yo trabajaba en Esmeralda y Libertador, y la mitad de la semana iba al teatro Payró a actuar en mi obra El señor Galíndez y volvía tarde. La mayoría de las noches cuando llegaba lo veía a Emilio con alguna señorita en el sillón de nuestro living. Yo pasaba rápidamente, temiendo importunar alguna intimidad. Pero él me saludaba cordialmente, presentándome a la señorita de la noche. Lo que me
asombraba de la situación -Emilio siempre tuvo la facultad de asombrar- era que las jóvenes variaban según los días, pero Emilio mantenía siempre una misma posición física. Piernas cruzadas y su brazo izquierdo tocando suavemente el hombro derecho de la joven. Las jóvenes siempre estaban ubicadas a su derecha. La posición era extraña pero invariable. Lo que variaba eran las jóvenes. Debo aclarar que la posición de Emilio estaba distante de cualquier encuadre erótico. Por sus características yo presumía
que era un juego preerótico de estilo emiliano. Intraducible. Tenía algo de resabios de vieja alcurnia franelera.
Una noche, después de mi función de teatro, al entrar noté con sorpresa que el sillón estaba vacío, y escuché desde el baño la voz de Emilio que me gritaba: “Vení Tato, estoy solo”. Emilio estaba totalmente sumergido en la bañadera, colmada de espuma y desde donde sólo emergía su cabeza. La espuma en la bañadera al estilo de Lana Turner o Marilyn Monroe. En un borde de la bañadera había varios Gráficos, la mejor revista deportiva de la época, y él tomaba simultáneamente un gin tonic con una larga pajita que desembocaba en el vaso y que el otro extremo culminaba en su boca. Como los dos somos de Independiente, me empezó a mostrar viejas fotos de aquella inolvidable delantera del ‘40 -Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla- pero, como había comprado 40 Gráficos viejos, también teníamos fotos de Michelli, Cecconato, Lacacia, Grillo y Cruz. ¡Era una fiesta roja! De repente Emilio me miró fijamente y me dijo: “Me jubilé por hoy y decidí celebrar a Emilio Rodrigué todo el día”. Por la seriedad con que me lo dijo me di cuenta de que había que escucharlo y decidí sentarme en una silla cercana a la bañadera. Algún nuevo contexto de descubrimiento se avecinaba. Habló:
“Hoy me levanté temprano a la mañana y resolví festejar a Emilio Rodrigué. Pensé que se lo merecía después de tantos años de trabajo y con una abultada producción literaria y psicoanalítica. No usé la bicicleta y resolví llevarlo al Plaza Hotel en taxi para desayunar. Me parecía un buen comienzo.
Un buen desayuno siempre es bueno para empezar el día con energías. Después de las lecturas de los diarios, que no fue precipitada sino gozosamente saboreada, y hasta leyendo secciones de los diarios que nunca leo en días de trabajo, por ese apuro imperioso de leer el diario en diez minutos entre paciente y paciente. A las 11 de la mañana lo invité a caminar por la calle Florida pero muy lentamente, como gozando la calle en esa nueva armonía cadenciosa. Respiraba profundamente mientras miraba libremente y sin apuro las bellezas femeninas que pasaban a mi lado. A algunos culos les dedicaba el tiempo que merecían. A las 12 tuve una imperiosa necesidad de leer Gráficos viejos y lo llevé a la calle Azopardo, donde los vendían. El primero que abrí tenía la foto de Capote De la Mata en el famoso gol a River
en el Monumental, de 1937. Era una foto de museo. Ahí fue cuando decidí llevarme todos los Gráficos que podía. La sensualidad de esas hojas amarillentas me enloquecía. El vendedor, un hombre maduro, me señaló al pasar: ‘Parece que el señor es de Independiente’; salió rápidamente hacia otra oficina y volvió con una foto de Erico del día que le ganamos 7 a 1 a Boca en Avellaneda. ‘Tome, es suya, se la merece, llévela’. Me hizo un enorme paquete y salí de la calle Azopardo emocionado. Tomamos un taxi y
volvimos a casa para dejar los Gráficos bien guardados. Te confieso Tato que tuve miedo de que si llegabas por la tarde me los pudieses robar, una foto de Erico para un hincha fanático como vos es una pieza de museo muy deseable. Guardé todo el paquete y cerré con llave la puerta del cuarto.
“Almorzamos en un restaurante japonés en la calle Mendoza cerca de Libertador. Buen vino, buen postre y un buen coñac. Nunca gocé tanto en no tener que trabajar por la tarde. Fuimos a casa y dormimos una saludable siesta. A las 5 lo invité a correr y accedió. Hablaba muy poco. Casi nada.
Tenía algo de autista funcional que me atraía. No invadía. Sólo acompañaba autísticamente. No hinchando las pelotas con preguntas boludas. Eso es lo mejor de los autistas.
“Al volver a casa a eso de las 7, vimos algún noticiario por televisión y al rato le ofrecí cocinar para los dos un buen lomo que tenía en la heladera con papas fritas y acompañado por un Bianchi Borgoña. Después de la cena estaba contento de haber festejado a Emilio Rodrigué. No es un hombre que
expresara mucho, pero sus ojos delataban la alegría de haber pasado un buen día. Creo que llegó a decir gracias. Mucho para su reserva habitual. Para su autismo funcional e instrumental. Gracias a su autismo instrumental, James Dean se cogió a todas las minas de Hollywood.
“Cuando me quedé solo, llené la bañadera con agua caliente y le puse espuma de baño que una mina me había regalado. Traje todos los Gráficos y los apilé cerca de la bañadera. Traje también una botella de gin y cuatro tónicas y una pajita japonesa de 40 centímetros para ocasiones como ésta y me metí en
la bañadera.
“La lectura de los Gráficos viejos tomando gin tonic sin reserva me producía un éxtasis excepcional. No era éxtasis de yerba. Era éxtasis de gin, Gráficos y espuma. Todo junto. Suspiré profundo y dije: ‘Qué bueno haberme celebrado así’. En ese momento llegaste vos y tuve la imperiosa necesidad de relatarte la experiencia. Te veo llegar con cara de soldado del frente de Stalingrado que ha cumplido bien su faena militar. Yo no niego que hacer teatro pueda ser para vos una manera de celebración, pero es todavía
demasiado exigente. Hay que hacerlo bien. Hay que trabajar. Vos te celebrás poco, Tato. Las que saben celebrarse son tus minas, por lo menos las que conozco. A ver si la entendés: Tato tiene que celebrar más a Tato, tiene que festejarlo más, tiene que exigirle menos, tiene que enseñarle a perder el tiempo. Vos no sabés perder el tiempo. Sos un ruso de batalla. Siempre en la línea de combate. Celebrate, amigo mío. Yo necesito que vos te festejes más, te mimes más, como lo hice hoy conmigo. Date un día para vos; sin minas, que exigen tanto. Un tiempo de puro festejo tatista, de celebración pura”.
Mientras escribo esto estoy llorando.
Rodrigué continuó:
“Sin exigencias. Dejá Stalingrado por un día, pedí licencia”. Yo estaba emocionado. Nunca Emilio me había hablado así, con tanto cariño explícito.
Empezó a buscar entre los Gráficos y sacó la foto de Erico. “Tomá, te la regalo, que la foto sirva para tu primera celebración. Celebrate hermano, que te lo merecés” y, de repente, como si yo no estuviera, tomo un Gráfico y siguió leyendo, ensimismado. Yo me levanté lentamente de la silla, me fui a mi cuarto con la foto de Erico en la mano y me senté en la cama. Pensé: ¿podré realmente celebrarme como este hijo de puta? Me resultaba difícil tanto placer junto. Pero la experiencia fue importantísima en mi vida. Lo mire a Erico en la foto y me puse a llorar. Erico ya había muerto, como hoy está muerto Emilio Rodrigué. Pero sus recuerdos siguen vivos en todos los que lo quisimos tanto.
Celebrarse, ¡qué palabra inventada! ¡Qué palabra tan emiliana!

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-100180-2008-03-06.html

Más años es tal vez más felicidad*

 
La conciencia de los límites, el peso de la experiencia e incluso ciertos cambios en la actividad cerebral pueden redundar, en la vejez, en una mayor satisfacción frente a lo cotidiano como también en la capacidad de desestimar emociones negativas.

*Por  Ricardo Lacub
Fuente: PROFESOR ASOCIADO DE PSICOLOGIA DE LA TERCERA EDAD Y VEJEZ

Es posible pensar la felicidad por fuera de los ideales sociales que nos auguran logros, reconocimiento y poder? ¿En qué medida la consciencia de los límites nos permite acercarnos al goce de lo cotidiano?
La felicidad, que aparece hoy como un nuevo tópico de investigación científica, aun cuando siga generando suspicacias y dudas por su complejidad conceptual, nos arroja datos cada vez más sustantivos y consolidados que nos acercan a temáticas abordadas desde hace siglos por filósofos y pensadores
que buscaban “ese oscuro objeto del deseo”.
Cuando se aborda esta cuestión en relación con el envejecimiento, se produce una especial curiosidad y sorpresa.
Recientemente, en un estudio de la Universidad de Warwick y Dartmouth College, se recolectaron datos de 2 millones de personas, en 80 países (inclusive el nuestro). Los resultados mostraron que las personas de mediana edad disminuían los niveles de felicidad; un dato curioso indicaba que para volver a alcanzar los niveles de los 20 años había que esperar hasta los 70.
Este dato es consistente con otras investigaciones, entre las que se destaca la de Pond Lacey (Journal of Happiness Studies, 2006), donde fueron evaluadas personas de aproximadamente 30 y 70 años y se descubrió que éstas últimas eran más felices. Son resultados que parecen sorprender hasta los
más optimistas.
Las explicaciones son variadas, aunque se remarca el peso de la experiencia y el paso del tiempo, los cuales permitirían un punto de vista diferente de la vida. La intensidad de las emociones parece suavizarse particularmente frente a las experiencias negativas, lo que muchas veces se denominó la
serenidad de la vejez. Esto no implica la no intensidad de los goces, sino un manejo más adecuado de lo molesto o nocivo.
Aun cuando las explicaciones sean predominantemente de orden psicológico, existe una fuerte evidencia sobre los cambios de la actividad cerebral en la percepción de los hechos negativos en las personas mayores. Por ejemplo, imágenes registradas por un resonador magnético revelaron que la amígdala, que es la parte del cerebro responsable de las reacciones emocionales y la memoria, no reacciona con la misma intensidad que en otras edades cuando se muestran escenas negativas.
Los investigadores Stacey Wood y Michael Kisley (Psychological Science, 2007) grabaron la actividad cerebral de adultos a quienes se les mostraron una serie de imágenes positivas y negativas, tales como un helado o un animal muerto. Mientras que los jóvenes (entre 18 y 25) dieron más importancia a las imágenes emocionalmente negativas, los adultos mayores (55 y más) prestaron más atención a las positivas. Otros estudios agregaron a estas conclusiones la más rápida recuperación frente a eventos negativos.
Stacey Wood (Los Angeles Times, 2007) sostiene que se produce un manejo diferente de la información emocional en el procesamiento cerebral. Esto podría remitir a la antigua noción de sabiduría, interpretada como la habilidad para integrar la información que proveen las emociones, siendo más
capaces de sopesar y no hallar tan disruptivo lo negativo o discordante.
Mientras que algunos consideran que “los golpes de la vida” podrían enseñarnos lo esencial -es decir, lo que tiene valor para el sujeto-, otras perspectivas complejizan las explicaciones. La psicóloga estadounidense Laura Carstensen viene desarrollando investigaciones sobre las emociones en la vejez en el Centro de Longevidad de la Universidad de Stanford, tratando de comprender “la predisposición a lo positivo”.
La explicación es que el control emocional, que redunda en un más amplio nivel de satisfacción, se debe a la creciente consciencia de finitud y la percepción de un tiempo limitado por vivir, lo que tiende a generar una mayor selectividad emocional, generalmente asociada a objetivos más afectivos, personalizados y con una fuerte focalización en el presente (Psychology and Aging, 2002)
Esta misma perspectiva, en la que la sensación de cierta provisionalidad es más real y palpable, permite darle a la vida más valor y sentir más agradecimiento, así como también enfocarse más sobre los aspectos positivos y promover con ello una mayor satisfacción vital.
La paradoja de la vejez parece radicar, según Carstensen, en que a pesar de que existe cierto declive físico y cognitivo, se incrementa el bienestar psicológico.
Esto no implica que sea una experiencia de todos los mayores. Ciertos niveles de padecimientos físicos o económicos podrían limitar estas vivencias, así como las características neuróticas del sujeto no disminuyen con la edad.
Borges, en el cuento “El inmortal”, siguiendo una tradición existencialista, describía el aburrimiento que generaba la falta de prisa de aquellos cuyas vidas carecían de un límite de tiempo. La cercanía del fin puede producir pánico o puede hacer brotar la experiencia más rica del ser humano: el goce
de lo cotidiano.

*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/03/06/opinion/o-03101.htm

*

Aquí
entre algún tunal perdido,
sembrando pájaros al borde del barro
 alarmando lágrima.
En su cintura cósmica del paisaje
Horizontal y maíz dice el silencio.
Un vino de su raíz en tu  palabra compadre
En el  Cuyo que amo
 por hembra madre.
Que una gota de este vino dispare futuro,
por el barro frío de tus madrugadas,
sor el sueño país en labios hermanos.
Por grito incomprendido.
Porque Jorge no bebía ginebra,
 nosotros áspero vino de jornal.
Porque entre rejas somos y fuimos libres.

Vos,
 dura sangre andina
Yo áspero litoral.

*de ricardo d. mastrizzo.

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst,  Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44    A-5020 Salzburg    AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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