DE LA SOMBRÍA DESESPERANZA
De la sombría desesperanza...
El desencuentro*
Al Negrito Salas y al Moncho Porres, los júbilos, los riesgos y las reprimendas los habían hermanado. Y el pueblo, tan al alcance de los sueños como el barrio en que vivían.
La inocencia es muchas veces un estado necesario. Pero además, en esa edad de los primeros resplandores, nueve o diez años, ellos no tenían la menor idea del mañana. En todo caso era el ahora, prendidos del piolín de las cometas, como si el mundo comenzara justo en sus manos y se combara hasta los flecos más altos de las tardes.
Y no dejaban juego por hacer: las guerras entre bandos, con gomeras y frutitas de paraíso, las carreras de la vuelta a la manzana, remolcando los autitos que llamaban “cucarachas”, los aros manejados con alambres, a pura habilidad circense, la “chanta” a las bolitas, las excitantes escondidas en las sombras, las figuritas en los recreos largos, en una celebración de tapaditas , bizcochos y sufridos guardapolvos .En fin: la infancia a pleno niño y sin fatigas.
Pero todas esas cosas parecían resumirse en las tardes en las que el ir a tomar la leche con tortas o facturas a la casa del amigo, era no sólo un codiciado honor, sino el gusto supremo.
Sin embargo, ninguno de estos goces ocurría antes de cumplir con los deberes de la escuela. “Primero la obligación, después la diversión”, pontificaba la madre del Negrito . Y esta premisa sacramental no permitía demoras ni claudicaciones.
Las travesuras y escapadas clandestinas tenían siempre algún componente imprevisto y especial, que sazonaba la aventura. Como aquella vez en que, a trío con el Tono Albornoz, se fueron hasta el puerto viejo y pescaron tanto como nunca después lo hicieran en sus vidas, y el Negrito no pudo llevar sus pescados a la casa, para no delatar la andanza por un lugar prohibido.
Cuando empezó a cursar su sexto y último grado del primario, al Negrito se le perdió de vista el Moncho. Pero esta sensación de pérdida no fue ni tan grave ni tan duradera, y sólo permaneció algún tiempo, sostenida en la curiosidad por saber qué habría sido de los pasos de su cómplice y amigo, después de tantos pasos juntos. Porque seguían habiendo las casas de otros amigos para ir a tomar la leche, y los paraísos, frutalmente pródigos en municiones, y los “picados” en el campito, hasta la ruina final de los zapatos.
Aquel sexto grado transcurrió como una fiesta para el Negrito. Pero, ¿qué hacer con el inminente secundario? Por primera vez, la silueta acuciante del mañana estaba allí.
Algunas estrecheces económicas determinaban los rumbos sencillos de la casa. Así es que los padres no tuvieron mejor idea que disponer su ingreso a un liceo militar cercano, con beca, si fuera posible.
No le alcanzaban los días del verano para estudiar y prepararse. Pero no era ésta la dificultad mayor. Sí lo era el peso mínimo de 45 kilos que había que tener para el ingreso.
De modo que aquella tarde de fines de febrero lo encontró al Negrito atragantándose con una docena de bananas, y naufragando en jarras de agua para alcanzar, a gatas, el peso requerido.
Después, en una secuencia que le pareció terrible, el anuncio de la media beca, la despedida de sus padres en la puerta del liceo, y la inmersión en ese áspero mundo verdeoliva, con la tristeza subiéndole por todos los costados de sus trémulos trece años.
Al cabo del oleaje impetuoso de aquellos cinco días, llegó a la orilla bendita de su primer franco semanal como si fuera la sombra de un alma en pena. Y no podía concebir su regreso al liceo en la noche del domingo. Como tampoco aceptar aquella disciplina absurda
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-en realidad, casi ninguna disciplina-que tan eficazmente manejaba los códigos de castigos grupales, para expiar las culpas de uno solo.
En la segunda semana de liceo ya sólo le quedaban, si acaso, sus esmirriados 45 kilos. Porque el alma, los sueños y la vida le habitaban en otro lado, en un desdoblamiento insoportable.
Entonces, una noche, un golpe contra un armario de la cuadra, las bruscas luces en la cara, el descanso hecho pedazos, y los cadetes de segundo y tercer año descerrajando sus gritos : ¡arriba todo primer año!, ¡primer año, afuera!, ¡salto rana!, ¡cuerpo a tierra!, ¡alrededor mío, carrera march!, ¡veinte flexiones de brazos, ya!, y de nuevo ¡carrera, march!, ¡cuerpo a tierra!, y el Negrito cayendo desparramado a los pies de un par de borceguíes que allá, desde una altura inmensa, lo escrutaban con un gesto castrense, y sin embargo conocido, y por eso la inútil súplica, en un hilo ya de voz: ¡pará, Moncho!, ¿no me conocés?, ¡pará Monchito, que no damos más!, y la respuesta autoritaria, esta vez desde la cumbre del infierno: ¡qué Moncho ni Monchito!, ¡AQUÍ SOY EL CADETE PORRES, tagarna, y se me calla la boca!, y otra vez ¡carrera march!, ¡cuerpo a tierra!, entre pastos, abrojos y mosquitos, ya en los lindes exhaustos del asombro y de la madrugada.
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Una semana después, con el cofre de sus enseres liceístas impecable, casi sin uso, y la primera inocencia devastada, el Negrito comenzaba su colegio secundario, civil hasta la médula, en aquel pueblo tan al alcance de los sueños, que parecía haber estado esperándolo desde siempre, con sus días, sus barrancas y sus cielos de par en par abiertos, como las alas de un abrazo.
*de Abel Edgardo Schaller abelnegroschaller@yahoo.com.ar
Uno nunca sabe*
*de Roberto Fontanarrosa
Lo primero que le preguntó Mario apenas el Mochila se sentó, fue "¿La conoces a esa mina?".
-- ¿Cuál?
-- La que saludastes recién.
Mochila giró apenas la cabeza hacia atrás.
-- ¿La flaca?
-- Sí.
-- Sí, la conozco. Es amiga de mi jermu.
-- Me emputece esa mina --dijo Mario en voz baja.
-- ¿Mi jermu?
-- No, boludo. La Flaca, la que saludastes.
-- Ah... ¡Mirá qué boludo que sos vos! A todo el mundo lo enloquece la Flaca. ¡Qué te parece!
-- ¿Qué? --se alarmó Mario--. ¿Vos también estás jugado en ese palo? ¿Te anotás ahí también?
-- No. Yo no. ¿No te digo que es amiga de mi jermu? Estudiaban juntas en la Cultural. Tendría que ser muy loco para tirarme en esa. Pero... te digo...
-- Que ganas no te faltan.
-- Ganas no me faltan....
Se quedaron en silencio. Mochila controlando las otras mesas, viendo quién había. Mario tocándose cuidadosamente los dientes de adelante con la uña del dedo pulgar de la mano derecha.
-- Me tiene loco esa mina --repitió, como para sí mismo. Como si el tema fuese demasiado íntimo como para compartirlo y debatirlo en una mesa de cafe. Y asustado, quizá, por haber ido tan lejos.
-- Está buena la Flaca --dijo Mochila, que la tenía sentada a sus espaldas--. Y es una mina piola te cuento... Piola, inteligente. Anda suelta, además...
-- Medio histérica debe ser...
-- Sí. Eso sí... Lógico... --Mochila seguía sin meterse demasiado en la conversación, en tanto pasaba lista a los presentes-- ¡Bah! --se animó de pronto, ya terminado el control--. Como todas.
-- Esa jeta que tiene... --medio por sobre el hombro de Mochila, Mario la espiaba--. Los ojos...
-- Y encarala, boludo... ¿qué esperas? --lo animó Mochila, cruzándose de piernas, acomodándose en la silla para quedar de espaldas a la calle Santa Fe, mirando al mostrador. Mario hizo un gesto vago con la cabeza, negativo.
-- Está sola, boludo --apretó Mochila--. Andá... Si te quedas esperando, por ahí aparece algun vago, o alguna amiga, y se sienta con ella y cagaste.
Mario se encogió de hombros, mirando ahora hacia afuera, como desentendiéndose del problema.
-- ¿No lo viste al Sobo? -preguntó, cambiando de tema. Mochila negó con la cabeza--. Este boludo... --musitó Mario--. Le tengo que pedir un certificado y justo hoy no aparece.
-- Oíme --Mochila se incorporó, clavándole la vista--. Andá y sentate con ella, no seas otario... No te va a patear...
-- No la conozco --frunció la nariz, Mario.
-- ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Cómo que no la conocés? Te conoce de acá, pelotudo. Si acá nos junamos todos. No le sabrás el nombre pero la...
-- ¿Cómo se llama?
Mochila frunció el ceño.
-- Ehhh... --pensó--. Marina, Marta, María... No sé, no sé... Siempre la conocí por la Flaca.
-- Marta, Marta se llama --dijo Mario, que ya se había informado.
-- Escuchame Mario... --Mochila se inclinó sobre la mesa para darle privacidad a la propuesta--. Te la presento... Voy, me siento en la mesa de ella y te la presento...
Mario se tiró hacia atrás y agitó las manos y la cabeza, casi escandalizado.
-- ¡No! No, dejá. Ya está. Ya pasó. Ya fué.
-- No me cuesta nada, boludo.
-- Dejá, Mochila, dejá. Está bien.
Mochila se encogió de hombros.
-- Jodete --dijo. Y buscó a Moreyra con la vista--. ¡Negro! --gritó--. ¿Estás vos acá?
-- Además... --Mario, pese a todo, no quería desprenderse totalmente del tema y sabía que el lapso de privacidad con el Mochila podía ser corto--. No da bola, Mochi. No da bola.
Mochila casi se enojó.
-- ¿Y cómo sabes que no da bola si nunca la encaraste?
-- Porque uno se da cuenta, Mochila. ¿Sabés cuanto hace que la vengo mirando a esa mina? ¿Sabés cuanto hace? Dos años. Debe hacer como dos años...
-- ¿Y?
-- ¡Nada! Nada de nada. Una mina si te quiere dar bola se manda alguna señal, eso es sabido. Te mira una vez, aunque sea. Te mantiene un poco la mirada. O te sonríe. Te tira un cable.
-- No te engañes, no te engañes... Mirá que...
-- Sí... "La vida te da sorpresas".
-- La vida te da sorpresas...
-- Sí, pero acá es muy claro --se desalentó Mario--. ¿Viste que hay... cómo decirte... hay un lapso de duración en una mirada, en un cruce de miradas? Y después hay un plus, que es un milésimo... un milésimo de segundo... un ápice... un cícero... una infinitésima milésima de segundo en que se prolonga esa mirada más de lo normal... Es cuando una mina te mira y vos tenes un sensómetro, un sismógrafo, que registra que esa mirada ha durado esa milésima de segundo mas allá de lo necesario, y es lo que te está diciendo a las claras que esa no es una mirada común, que esa mirada está pidiendo otro cruce de comprobación, que te está diciendo algo... --Mochila afirmaba con la cabeza, algo fastidiado--. Bueno... --no se amilanó Mario--. Esa fracción supletoria de mirada debería tener un nombre. Porque es una medida patron... Es un exceso de intensidad... Debería haber algo como el "miradómetro"... Una unidad de vision, de calentura...
-- Bueno, bueno... Cortala... Dejá de hablar pelotudeces... --rogó Mochila--. ¿Y qué pasa? ¿Con esta mina no se dió nunca?
-- En la puta vida de Dios.
-- Ni te miró...
-- Ni me miró ni... --Mario había sacado un encendedor y golpeteaba con él sobre el nerolite buscando la descripción mas gráfica--. O me mira y no me ve. Esa es la cosa. Por ahí me mira, pero lo que hace es solamente dirigir su vista hacia mí. Pero la sensación que yo tengo es como que yo fuera transparente. Que mira a traves mío. Que mira lo que está detrás mío. Digamos, que la profundidad de campo de la cámara de ella está situada seis metros detrás mío... Esa es la sensación que tengo...
Mochila se rascó la cabeza.
-- ¡Mirá que sos antiguo! --dijo.
-- ¿Por qué? --se ofuscó Mario.
-- Andar fijándote en eso de las miradas y esas cosas... Eso es del tiempo en que los pedos se tiraban con gomera.
-- ¿Y qué querés que haga? ¿Que vaya y le toque el culo?
-- No, boludo. No te digo eso...
-- ¿Cómo carajo hacés vos?
-- ¿Cómo hago? ¿Cómo hago yo? ¡Voy y me siento con ella! Eso hago. Mirá que difícil. Y le empiezo a hablar de cualquier cosa... No podés entrar en la histeria de las minas, querido... Que te miro, que no te miro, que la profundidad de campo y todas esas pelotudeces...
-- Es que... --Mario apoyó el mentón sobre sus manos cruzadas y vaciló. Por momentos lo asaltaba la idea de que no era un tema para hacer publico--. ¿Sabes qué pasa?... ¿Vos te acordás de "El Eternauta"?
-- Sí, me acuerdo... Lo que no me acuerdo es quién trabajaba...
-- ¿Cómo?
-- ¿Quién trabajaba?
-- No, boludo. No era una película. Era una historieta.
-- Ah, sí... "El Eternauta". Algo me acuerdo...
-- Esa que caía una nevada en Buenos Aires, una nevada radioactiva y morían todos...
-- Algo. Algo me acuerdo --mintió el Mochila.
-- Bueno, en "El Eternauta", aparecían unos tipos de otro planeta, que se llamaban los "Manos", que tenían...
-- Mejicanos. "Manito", se decían...
-- No, gil. No seas hijo de puta.
-- Ah, no. Esa era "Cisco Kid".
-- No te acordás de un sorete. Los Manos, que tenían una mano derecha llena de dedos...
-- Como cualquiera --Mochila mostró su mano.
-- No, muchos mas. Como hasta acá --Mario tiró una línea imaginaria desde la punta de sus propios dedos hasta el codo--. Bueno, esos tipos dirigián a varias especies de bichos extraterrestres que invadían la Tierra. Pero ellos, a su vez, estaban controlados por otra especie superior. Entonces. estos "Manos", que eran igual que nosotros salvo por esos dedos, tenían insertada en el cuerpo una glándula, una glándula que le llamaban "Glándula del Terror" y que les habían insertado esos cosos que los dirigían a ellos. Y... ¿para qué les habían insertado esa glándula? Porque los Manos, igual que los humanos, al sentir temor segregaban una especie de adrenalina y ésta, a su vez, activaba la glándula. Y entonces la glándula dejaba escapar un veneno y el veneno los mataba en minutos, nomás. ¿Me entendés? Si ellos se intentaban rebelar contra la especie superior, sentían miedo y, ahí nomás, cagaban la fruta. Linda idea, ¿no? Porque, además, había otra cosa, fijate. Algunos de ellos habían intentado operarse para sacarse de allí esa glándula pero, al operarse, sentían miedo, y de nuevo la misma cosa, activaban la glándula, ésta largaba el veneno, etc., etc., etc... Era ingenioso, ¿no? Piola como idea. De... ¿cómo se llamaba?... Oesterheld.
Mochila se lo quedó mirando un instante, con expresión confundida.
-- Y.... ¿Qué queres decir con todo esto? --preguntó--. ¿Ahora me vas a salir con que vos tenés una de esas glándulas? ¿Me vas a pedir guita para operarte?
-- No. No. No --Mario pegó con la punta de su dedo índice sobre la mesa--. Yo tengo una glándula pero de la pelotudez. Ese es el asunto. Una glándula de la pelotudez. Cuando a mí una mina me gusta mucho, como ésta, Marta... me pongo pelotudo. El mismo hecho de que la mina me guste mucho, me paraliza. Me pone tan nervioso que me pongo hecho un pelotudo, no sé lo que digo, hago boludeces... La glándula segrega algo que me idiotiza. Después pienso en las cosas que he dicho, o en las que debería haberle dicho y me quiero morir. Las minas deben pensar que uno es un retardado total. Y es precisamente porque me gustan demasiado. Es increíble. Con las minas que no me gustan no me pasa nada. Ahí soy un duque, soy Dean Martin. Jodo, soy ocurrente, hasta puedo ser brillante. Al pedo. Porque a quien yo quiero gustar no es a los escrachos.
-- Mario... Mario... --Mochila trató de ser comprensivo--. Yo sé que esto pasa... Pero te puede pasar al principio, la primera hora, la primera...
-- Década.
-- No seas pelotudo. Si vos...
-- Si yo me quedo solo con esta mina te juro que no me sale una palabra. La glándula me...
-- Anda a la concha de tu madre vos y la glándula...
Se quedaron en silencio. Mochila miraba sin ver hacia la caja registradora, pegaba repetidas veces con la suela del pie derecho sobre el piso, fastidiado.
-- ¿Sabes qué le dijeron a Pelé cuando debutó en Suecia? --preguntó de pronto. Mario negó con la cabeza, algo desacomodado.
-- "Andate al medio campo y tocala corta." Eso le dijeron --agregó el Mochila. Mario entrecerró un poco los ojos, como buscando la metáfora--. O sea. Hasta que se te pasen los nervios, no tratés de deslumbrar, no tratés de ser brillante, no tratés de meter el pase de gol...
-- Pero él era negro, Mochila...
-- Es negro.
-- ¡Es que ni siquiera pretendo ser brillante! Me bastaría con no ser tan imbécil...
-- Tocá corto.
-- Una teta le voy a tocar... --musitó Mario--. Además... además, Mochila, comprendeme --se irguió de pronto como para seguir hablando pero calló, prudente. El Pochi había entrado por la puerta de Santa Fe y Sarmiento, pero se quedó enganchado en la mesa de los fotógrafos. Mario retomó el tema--. Yo creo que las cosas se tienen que dar naturalmente. Vos vistes como es este boliche. Vos, por ejemplo, no conocés a alguien. Pero, de pronto, por ahí, mañana, estás sentado en la misma mesa con él. ¿Por qué? Porque te llama un amigo común. Porque viene a tu mesa a charlar con un amigo tuyo. Porque está en un grupo donde vos te acercás a preguntar algo. Es así... Entonces eso es mas natural, menos forzado. Yo me sentiría mucho más cómodo si se diera algo así con esta mina...
-- Oíme Mario... Oíme... --Moreyra había pasado como una ráfaga, dejando un cortado sobrante, al tanteo, enfrente de Mochila--. Cuanto...
-- Porque... ¿viste como es este boliche? --arremetió Mario--. Yo creo que el secreto de este boliche está en la proximidad de las mesas. Están muy juntas. Ahí radica el éxito de este boliche. Vos estás sentado en esta mesa y casi casi estás escuchando la charla de los de la mesa de atrás. Y se tocan las sillas, incluso --Mario se tiró hacia atrás sobre el respaldo y sonrió, ejemplificando--. Vos estás en una mesa y por ahí girás un poquito y ya te integras a la de al lado...
-- Un conventillo.
-- Un conventillo. Un día... --Mario se lanzó de golpe con el torso hacia adelante, confidente--. Un día yo estaba sentado en una mesa, y atrás, acá mismo, atrás, estaba la Flaca con unas amigas --bajó la voz--. Si yo me inclinaba para atrás la tocaba, con los hombros, o con la cabeza. La tocaba...
-- Mario... --insistió Mochila con los ojos entrecerrados--. ¿Cuanto hace que decís que la venís marcando a esta mina?
-- ¿A la flaca? Y... desde que la descubrí... Cuando era novia del barba... No sé. Un año... Un año y medio...
-- Cuando era novia del barba... Vos te referís al Tito, al Tito Aramayo.... Bueno, te cuento, eso fue hace más de tres años, porque hace más de tres años que el Tito está en Porto Alegre. Casi cuatro años hace, por lo menos.
-- Y... sí...
-- Y en esos cuatro años.. --Mochila enarcó las cejas y cerró su mano derecha como si empuñara un cuchillo, señalando a Mario--. Escuchame bien, en esos cuatro años, esa situación que vos decís, que vos estás esperando, no se ha dado nunca. Nunca hubo un amigo sentado en la mesa con ella, ni ningún amigo te la trajo a la mesa con vos, ni se dió vuelta para pedirte fuego, ni estaba en un grupo donde vos podías haberte integrado... Nada...
-- Nada... es verdad... Nada.
-- ¿Y hasta cuando vas a esperar, Marito? --hirió de nuevo, Mochila--. Vas a ser un viejo choto y vas a venir acá con un bastón, con boina, con una cánula de suero puesta, para ver si alguna vez se da la puta casualidad de que te podés sentar con esa mina...
-- Y... --se encogió de hombros, Mario.
-- Oíme --Mochila giró la cabeza y pegó una rápida mirada hacia la mesa de la Flaca que, sola, estaba anotando cosas en una agenda--. Mirá, está sola. Al pedo. Voy, me siento con ella, hablo con ella y después te llamo...
Mario se secó la transpiración de la nariz, meneó la cabeza, pareció atacarlo la desesperación y estar a punto de ponerse a llorar.
-- No, Mochila... No...
-- Yo puedo hacerlo, pelotudo --se enojó el Mochila--. Te digo que soy amigo de ella. Lo he hecho un montón de veces. No va a quedar como algo forzado o...
-- No, Mochila... Está llena de machos esa mina...
-- ¿Cuando? ¡Ahora está sola, pelotudo!
-- Ahora no. Pero... ¿Vos te creés que no la veo? La miro constantemente, te digo. Todos los días con un macho nuevo. Pendejos...
-- Mejor para vos, mejor para vos. Si anda todos los días con un macho nuevo es que no anda con ninguno. Aparte, no te engañés, Mario. No te engañés. Yo conocía una mina que estaba buenísima. No podía ni caminar de buena que estaba. Lindísima, además. Y esta mina, me decía --hará un par de meses nomás, está casada ahora, tiene como cuatro hijos-- me decía que cuando ella era joven, había fines de semana que se quedaba en casa como una boluda porque nadie la llamaba para salir. Los tipos la veían tan linda, tan rebuena estaba esa hija de puta, que todos pensaban lo mismo, eso que vos pensás también, que estaba llena de machos. Que la llamaban de todas partes del país para invitarla a salir, que Rainiero de Mónaco le ponía un télex para salir de joda. Entonces, no la llamaban. Y la pobre santa se quedaba como una boluda los sábados a la noche viendo televisión con una tía rechota que tenía...
-- Este no es el caso... Este no es el caso... --negó Mario. Mochila volvió a darse vuelta, mirando sin discreción alguna hacia la mesa de la Flaca.
-- Está sola, boludo. Está haciendo tiempo. Aprovechá ahora --volvió a su postura anterior restregándose la cara con una mano, casi con desesperación--. Decí que yo no puedo...Pero...
-- Además... Además... --buscó las palabras Mario--. No se puede. Yo no puedo ir y encararla así a esta mina, en frío... Hay convenciones. Hay convenciones que se juegan entre un hombre y una mujer y que hay que respetar.
Mochila lo miraba con una expresión cada vez mas atormentada.
-- Sí, claro --dijo Mario--. Vos sabés, y ella sabe, y vos sabés que ella sabe que vos sabés, que si vas y la invitás a una mina a tomar un café, en realidad lo que le estás proponiendo es ir a cojer.
-- No es tan así.
-- Esa es la verdad. Esa es la realidad de las cosas. La verdad de la milanesa. Pero vos no podés ir, acercarte a la mesa y decirle "¿Vamos a cojer?". Porque aunque encierre el mismo significado, no es lo mismo. Para una mina no es lo mismo y tiene todo el derecho del mundo de mandarte a la reputísima madre que te parió, Mochila, es la verdad. Puede decirte "¿Usted por quién me ha tomado?" y hacerse la ofendida y tiene toda la razón. Hay que guardar ciertas normas de urbanidad. Vos dirás que es un hipocresía y todo eso, pero...
-- Yo no digo que sea una hipocresía --expiró Mochila, agotado.
-- ... vos tenés que dejarle una puerta abierta a la mina. No podes encerrarla, no podes dejarla sin opciones. Fijate vos, cuando yo anduve con la Zulema... --se entusiasmó Mario--. Hay minas con las que vos tenés ya todo conversado, todo claro, y no hay más que hablar. Cuando le decís de salir, te tomás un tacho y te vas al mueble derecho viejo, porque sabés que la mina no se va a descolgar con "¿Pero... adonde vamos? ¿Adonde me llevas?".
-- "¿Qué son esas luces rojas?"
-- "¿Qué son esas luces rojas?" ¡Nada de eso! Pero, por ejemplo, con Zulema, yo me las rebusqué para que me prestaran un departamento. Entonces fuimos a cenar, hablamos un rato y despues yo le pude decir "¿Querés venir a mi departamento a tomar algo?", con lo que le estás dando a la mina la opción de ir al departamento y después, si no le gusta la mano, negarse. No sé... decir... "Se me hizo tarde" o... "Vos me interpretastes mal"...
-- Oíme... Vos sos una antigualla... Si la mina acepta ir a tu departamento es porque le gusta la mano y ya sabe como viene la cosa... No son tan boludas, Mario... ¿O te crees que somos nosotros los que atracamos?
-- De acuerdo, de acuerdo --se apuró Mario--. Pero vos le estás dando la opción con el departamento. Si vos le tenés que decir "¿Vamos a un mueble?" ¿Qué opción tiene la mina? Vos le estás diciendo "vamos a cojer", lisa y llanamente. No le das salida.
-- Si vos le decís "Vamos al departamento" también le estás diciendo "Vamos a cojer", querido. ¿O con quién estás saliendo? ¿Con Heidi?
-- Ya sé... Ya sé... --Mario se mordió los labios, transpirando--. Pero no es lo mismo. Es una cuestión de elegancia. Si vos invitás a una mina a un hotel, estás dando por sentado que vos no tenías ninguna duda de que a esa mina te la ibas a pirobar, que era fácil, que era una fija. Es una cuestión de... dignidad, digamos...
Mochila meneaba la cabeza, negando.
-- Sos una antigualla --suspiró--. Un relicario...
-- Es difícil de explicar --insistió Mario--. Es como si vos vas a un bodegón y el mozo ve que vos tenés tal pinta de pordiosero que viene y, sin preguntarte nada, te pone en la mesa un pingüino de vino tinto de la casa. ¿Qué te queda por hacer en ese momento? Levantarte e irte, querido. Ese mozo te está ofendiendo. Porque aunque vos seas un pordiosero y se vea a la legua que no te podes bancar ni por puta un vino más o menos pasable, el tipo tiene la obligación moral de alcanzarte la lista de vinos y preguntarte "¿El señor tiene alguna preferencia? ¿Desea algún vino gran reserva?". Entonces ahí sí, vos podés devolverle la lista y decirle, tranquilo "No, muchas gracias. Tráigame un pingüino con tinto de la casa" porque la verdad es que no tenés ni un mango partido por la mitad para elegir otra cosa... ¡Porque es un problema de dignidad, mi viejo! ¡Te tienen que dar la oportunidad de elegir, ese es el asunto! Pueblos enteros han ido a la guerra por eso...
-- ¿Porque vino el mozo y les sirvió un pingüino de...?
-- No. Por dignidad.
-- Oíme, Mario... --Mochila pareció animarse de repente--. Yo me levanto y voy a la mesa de la mina y le hablo.
La expresión de Mario fue de pánico. Advertía un atisbo de determinación inquebrantable en la voz del Mochila.
-- No, Mochi, no jodas --se enojó.
-- Voy, boludo. ¿No puedo ir, acaso? Todos los días hablo con ella...
-- Vos tomás medio pingüino de tinto de la casa y te ponés a hacer boludeces, Mochila... Dejame de joder... No me gusta tanto despues de todo...
Mochila se puso de pie. Mario se tapó la cara con la mano. Luego la destapó y habló mirando hacia otro lado. Transpiraba.
-- Dejáme de joder, Mochila. Sentate --rogó--. Yo no voy. Si vos me llamas yo no voy. Me voy a la mierda. Me voy al baño. Te juro que no voy...
-- Oíme, boludo --se agachó un tanto, Mochila--. Hoy puede ser un dia histórico para vos. A veces las minas que menos bola parece que te dan son las que más te vienen marcando, al final de cuentas. No seas ingenuo. Las minas son muy histéricas, y ésta es de las más histéricas que conozco...
-- Te juro que no voy, Mochila... Sentate, no seas boludo... No me hagas pasar un mal rato...
-- Por lo menos te sacas la duda de encima, pelotudo. Si te da pelota, perfecto. Si no te da pelota, bueno, al menos te sacastes ese quilombo de la cabeza y ya no te andas preocupando si anda con un macho, o con cuatro, o con cinco mil...
-- Dejáme vivir con la ilusión, Mochila... De veras... Sentate...
Mochila giró sobre sus talones y enfiló hacia la mesa de la Flaca. Mario, automáticamente, pivoteó sobre su silla primero hacia la calle Santa Fe y luego en sentido contrario, hacia el mostrador, como si estuviese sobre un sillón giratorio, fingiendo mirar hacia el teléfono público, los baños y las botellas expuestas sobre los estantes de vidrio. Se pasaba repetidamente las yemas de los dedos sobre las cejas.
Mochila se dejó caer, despreocupado, sobre la silla vacía enfrente de la Flaca y, al punto, ésta, sonriendo, cerró la agenda y comenzaron a charlar. No dejo pasar mucho tiempo, Mochila, y tras algunas preguntas livianas de rigor, encaró el tema con la practicidad de un ejecutivo joven.
-- Che, Flaca... --casi anunció--. No mires ahora... ¿Vos lo conocés al muchacho que está sentado conmigo, el de lentes?
Ella dió una pitada larga a su cigarrillo, lanzó algo de humo por la nariz y dijo: "Sí, de acá. Del boliche".
-- Bueno. Está muerto por vos.
Marta miró al Mochila con expresión entre dura e inquisidora.
-- ¿Ese pajero? --preguntó luego, casi airada. Mochila asimiló, apenas, el golpe.
-- ¿Por qué, "pajero"?
-- Hace como mil años que se la pasa mirándome y jamás se ha atrevido a decirme nada.
-- Lo que pasa es que... ehh... Es muy tímido...
-- ¡Por favor! --la Flaca sacudió la cabeza revoleando un mechón de pelo-- ¡Es un pajero!
-- No, Flaca --Mochila estaba casi acostado sobre la mesa, apoyando el brazo izquierdo desde la axila hasta el codo, buscando buenas razones con cautela de minero--. Es muy tímido... Te digo que es muy buen tipo... es un tipo interesante...
Marta extendió su mano derecha y la apoyó en el antebrazo de Mochila. Suavizó su tono y su mirada.
-- Mirá, Mochila, te agradezco. Pero estoy cansada de la histeria de los tipos. Ya somos grandecitos. Ya no soy una pendeja...
-- Pero lo parecés...
Marta estiró una sonrisa forzada.
-- Te agradezco --repitió.
Mochila se quedó mirando un rato hacia la esquina de Sarmiento y Santa Fe. Como no encontró nuevos argumentos para su propuesta, se levantó cansinamente, saludó a la Flaca y se fue. Desandó cuatro pasos y volvió a su silla de la mesa compartida con Mario. Este, demudado, había pedido una medialuna de "La Nuria" y otro café, como para hacer algo.
-- Ehhhh... --vaciló Mochila, mirando perdidamente hacia el baño.
-- ¿Qué...? ¿Qué pasó? --tragó saliva Mario, intuyendo, quizá, lo peor.
-- Dice que está esperando al novio...
Mario mordió un nuevo pedazo de medialuna. Meneó la cabeza.
-- Te dije... --dijo.
-- Qué cagada --musitó Mochila.
-- ¿Viste? --Mario parecía aliviado.
-- Pero, al menos, lo intentamos...
-- Te dije... --Mario se acomodó los lentes, mirando hacia la calle, mientras apuraba el último bocado, limpiándose los dedos con una servilleta.
-- Qué va a ser...
-- ¿Será posible, este boludo del Sobo? --se quejó Mario--. Justo hoy que lo necesito y no aparece...
*Fuente: http://www.literatura.org/Fontanarrosa/uno_nunca_sabe.html
Bibliografía Vínculos filiales
HIJOS DIFICILES, PADRES DESORIENTADOS. PADRES DIFICILES, HIJOS DESORIENTADOS*
*Por Eva Rotenberg-(Lugar)-286 páginas-($ 36)
Domingo 22 de julio de 2007 | Publicado en la Edición impresa
Hijos difíciles-padres desorientados. Padres difíciles-padres desorientados , de Eva Rotenberg, revela los años de experiencia clínica e investigación teórica de la autora, además de una amplia formación en los Grupos de Psicoanálisis Multifamiliar, creados por el doctor Jorge García Badaracco, y en su Escuela para Padres.
Uno de los objetivos de la obra es "poder establecer relaciones que sirvan para que las personas puedan utilizarlas para sí mismas y no como poderes rectificadores y controladores". La idea es que este libro les permita pensar en sí mismos en relación a los otros, y pueda servir también para desarrollar la "virtualidad sana" de cada lector.
Eva Rotenberg reconoce los aportes de Frida Fromm-Reichmann, que en 1948 describió a las madres esquizo-frenógenas, agresivas, dominantes, inseguras y rechazantes, y por contraste a los padres ausentes e inadecuados que enferman a sus hijos. Todos estos aportes al psicoanálisis con las familias,
que comenzaron en la década del 50 -con Pichon-Rivière, Margaret Mahler, Anna Freud, entre otros -, pueden considerarse aspectos parciales, como si la familia no constituyera una totalidad.
Aunque Rotenberg señala que estas teorías fueron muy revolucionarias en los años 50 y 60, porque pusieron el acento en la dinámica vincular entre las relaciones familiares, fue recién a partir de su asistencia a los Grupos de Psicoanálisis Multifamiliar, y a su encuentro con García Badaracco, que pudo
ver en vivo y en directo la dinámica familiar patógena. Vio también cómo madres aparentemente "encantadoras" enfermaban a sus hijos. Para su sorpresa descubrió que estos padres sufrían mucho y realmente no sabían cómo ayudar a sus hijos.
La autora añade que no podía entender cómo se sometía a los niños a largos años de terapia sin trabajar con los padres. Trabajar únicamente con los hijos resultó una tarea dolorosa, pues, a medida que éstos iban cambiando, se iban dando cuenta de que sus padres no realizaban el mismo cambio. Es más, sentían que si cambiaban corrían el riesgo de ser rechazados por su propia familia. Quedaban así atrapados en un círculo vicioso. Todo esto la llevó a crear una Escuela para Padres. A partir del Psicoanálisis
Multifamiliar permitió que estos padres pudieran sentirse acompañados en ese proceso y pudieran también pasar por experiencias enriquecedoras y gratificantes, simultáneamente con sus hijos.
El texto transmite sus ideas de manera eficaz. Despierta vivencias, y resulta terapéutico, porque uno va descubriendo lo que hizo y no hizo con sus propios hijos, y lo que hicieron y no hicieron nuestros padres, con las mejoras intenciones, con nosotros.
El libro, a través de relatos vivenciales, permitirá a muchos lectores abrir espacios mentales para que los padres puedan descubrir por sí mismos las dificultades que tienen o han tenido. Como dice Rotenberg, los padres pueden darle consejos a sus hijos, pero si no les transmiten la alegría de vivir, y
no dan el espacio para que ellos lo experimenten, las palabras pierdan sentido.
El índice de este libro es pormenorizado y no deja nada afuera: qué significa tener un hijo; la función de los abuelos, de la familia; la construcción de la mente del niño, el llanto, las pataletas, los miedos, la
angustia de la separación, el significado de los límites.
La autora parte del hecho de que las interdependencias recíprocas comienzan desde antes del nacimiento mismo. Hasta hace poco se pensaba que el bebe era "completamente pasivo y que funcionaba a nivel biológico sin estar conectado por el medio". Actualmente se considera a la madre y al bebe como una díada en la cual ambos interactúan influyendo activamente uno sobre otro. La autora dice, por ejemplo, que la mirada de los padres sobre el hijo tiene un poder muy fuerte sobre éste e influirá como una "marca" en el modo que podrá "mirarse a sí mismo". Aporta una observación fundamental que, en cierto
modo, vale para toda la vida. Se sabe que los pacientes mentales que sufren mucho se sienten muy pertubados por ser mirados como "enfermos" o como "locos" por sus padres.
El libro propone comprender y acompañar a los padres en el crecimiento y asistencia de su hijo. Sostiene que en el momento de separación del hijo, vivido con más angustias y dificultades por los padres de lo que parece, se puede descubrir que ser autónomo no equivale a ser egoísta, que en este
enfoque simultáneo de ayudar a padres e hijos, los padres también van a ir desarrollando recursos propios para sentir la angustia de separación, no como una muerte, sino como un proceso que tiene que darse naturalmente.
*María Elisa Mitre
-Fuente: La Nación.
http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/cultura/Nota.asp?nota_id=927551
Aviso Natural*
Yo soy la Sudestada
Del este traigo el viento solar
Desde el sur un viento de Patria
De sangre inocente
De recios mártires
De cruces de hierro
Yo soy la Sudestada
Someto de rodillas
barcos piratas árboles y pájaros
Para que en el fragor despierten
una convicción de país
Yo soy la Sudestada
madrugo pescadores
serenos canillitas y embarcados
habitantes costeros
de un río que se embarra los codos
en medio de su labor gigante
Yo soy la Sudestada
Agito pejerreyes
Y hamaco alevinos
con mi rugido de cuna
Desoriento cansados ballenatos
Pongo en aprieto y adormezco
baqueanos que se precian
y arrastro hacia mí vestigios
de todos los hombres
Yo soy la Sudestada
Visité a Moreno
A San Martín
Al Almirante Brown
Y a Rosas
Los he visto llegar y partir
desdeñosos de mi presencia
como los que le sucedieron.
Por eso azoto año tras año
vuestros egos
vuestra indiferencia no me rinde
e inundo estas costas bonaerenses
para que estén alertas
por si mi padre interviene
El tiene hombros mas anchos.
*de Victor M. Falco vittoriofa9@hotmail.com
Hasta que la muerte nos separe*
*por Beatriz Sarlo bsarlo@viva.clarin.com.ar
Como sucede con los temas sobre los que se precipitan los medios, los zarandean un poco, y luego los abandonan porque algún ruido anuncia la llegada del tema siguiente, hace mucho que no se escucha hablar de los celulares en la escuela. El año pasado, el tema estuvo en los talk-shows de la media tarde y la medianoche, en el periodismo gráfico y en las páginasde Internet. No daba para mucho más y se pasó a uno nuevo. Quizás cuando los Blackberry, esos telefonitos múltiples de última generación, con e-mail,
agenda y acceso a Internet, sean un poco más baratos, demos vuelta las páginas hacia atrás y
comencemos de nuevo a discutir si está bien que los chicos ricos, o hijos de padres sensibles a todos los caprichos, los lleven a la escuela y se conecten a Internet durante una clase aburrida para jugarse una partidita de pókeren algún casino virtual.
Estos temas, por su naturaleza precisamente cotidiana, van y vienen. Nadie puede estar seguro de lo que será importante dentro de diez años. Nadie puede afirmar taxativamente que las escuelas, en vez de discutir el celular en las aulas, deberían discutir qué cantidad de trabajo deben hacer los chicos dentro de ellas. Cuando lo cotidiano es la tecnología, la cuestión se impone por el carácter amenazador que tiene sobre muchos adultos atribulados. Nadie quiere parecer un dinosaurio milagrosa e injustamente salvado de la extinción; nadie quiere decir sin más trámite que, así como los chicos no deben leer historietas durante las horas de clase, no pueden manipular ni tener encendido un celular. Pero, en vez de analizar la ocupación que no permite estar verdaderamente en clase, la discusión se remite a las llamadas "nuevas necesidades" generadas por las nuevas tecnologías.
Los padres, además, creen que sus chicos llevan un celular a la escuela para estar allí más seguros, como si la presencia de miles de celulares en las dos torres neoyorquinas hubiera sido capaz de evitar su destrucción. Es verosímil que los chicos anden con sus celulares por la calle, y las escuelas deberían tener un lugar donde ellos depositen sus telefonitos durante las horas de clase, como deben tener un lugar para que pongan sus bicicletas, ya que no parece conveniente que el derecho de llegar a la escuela en bicicleta se extienda a guardarla en el aula, apoyada contra el pizarrón.
De todos modos, no vale la pena razonar sobre el celular en el aula porque el tema fue olvidado, barrido y deslizado bajo la alfombra hasta que algún periodista vuelva a tropezarse con un caso extravagante, tan simple como olvidable: un chico, imaginemos, que recibe la resolución de sus problemas de álgebra a través de mensajes de texto enviados por un primo que estudia ingeniería.
Este rasgo jadeante de los temas en los medios, que gozan de unos días de rating antes de desvanecerse o ser empujados hacia el margen, donde permanecen al acecho hasta regresar, tiene algo que ver con la atención dispersa de la comunicación. Los diarios, por ejemplo, siempre han vivido de la rotación de las noticias, cada vez más intensa a medida que competían con la rotación de la radio y, en el último medio siglo, con la fantasmagórica nube de contenidos que se desliza por la pantalla de televisión. O sea que el hecho de que el tema "celulares en el aula" se haya diluido temporariamente tiene que ver con esa
rotación de los almácigos de noticias y comentarios. En cualquier momento puede reaparecer, no desesperemos.
Esto tiene que ver también con la atención al mismo tiempo absorbente y dispersa con que usamos las nuevas tecnologías. Quienes, los siete días de la semana, todavía leemos diarios sobre papel (y a veces más de uno), de todos modos, después de las cuatro o cinco de la tarde, sentimos la pulsión irrefrenable de ir a mirar las actualizaciones de esos diarios en Internet.
Por experiencia, sé que, una vez que entro a esas páginas, las recorro con una displicencia que no puede compararse con la atención con que he mirado la primera plana impresa a la mañana de ese mismo día. Sin embargo, la visita de las actualizaciones es difícil de evitar: ¿cómo no enterarse de algo que, casi siempre, puede esperar hasta el día siguiente y que, sin embargo, parece caracterizado por una urgencia de última batalla?, ¿cómo no mantener una ventanita abierta en el escritorio de la computadora con los resultados en vivo de un partido de tenis o de fútbol? Nada importante depende de esa noticia, excepto que alguien la está emitiendo y yo sé que está siendo emitida. El sólo hecho de que yo sepa que la noticia existe presiona mi deseo de enterarme: pasión de conectividad.
De eso, precisamente, hablan quienes se refieren al paisaje tecnológico contemporáneo donde los dueños de celulares creen vivir en comunidad estrecha; a quienes se obliga a mantenerlos apagados (a los desdichados alumnos de profesores exigentes o de colegios donde no se valora la conectividad continua en tiempo real) se los está maltratando moralmente. Quien acepte la premisa de la conectividad
ininterrumpida debe hacerse cargo de la sombría desesperanza que produciría una breve desconexión.
*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/07/22/sociedad/s-01460794.htm
*
A veces pienso
no es tan difícil de que esto ocurra
pienso en las cosas que se han perdido
sin yo notarlas, sin yo notarlas
que se han perdido
Fueron quedando
algo pequeñas y retrasadas
aquellas cosas
Basta pensarlas
pero no mucho
Basta fijarse
cuando uno anda
en las pavadas tontas y quietas
tontas pavadas
que los caminos ponen delante
a los que andan
Y vuelven solas,
aquellas cosas
incluso algunas muy tonterías
muy pocas cosas.
*Poema de Roberto Fontanarrosa,
citado de memoria, de ese libro de humor gráfico que llegó a mis manos allá por el año 72.
-Fuente: http://arguellestinta.blogspot.com/2006/10/del-negro-fontanarrosa.html
Correo:
Una verdadera injusticia*
Breton decía que el humor era una rebelión superior del espíritu.
Para mi es una forma de ver desde otro lugar, alumbrar lo que otros no ven, deshacer los frases hechas, los lugares comunes .Una manera de luchar contra la muerte y todas las impotencias humanas, el me de los que no pueden entrar en ciertos consuelos menos elaborados. Todo esto lo digo para no llorar
porque se murió Fontanarrosa y eso es a todas luces injusto si uno sabe que tantos, que lo único que hicieron fue causar dolor, siguen vivos. Me refiero a esas instituciones pomposas, uniformadas que siempre supieron cual era el ser nacional y estuvieron dispuestos a defenderlo con todas las armas. En
cambio el sabía del ser humano y tenía una ternura bondadosa con sus personajes y con las personas. Era brillante y modesto y era nuestro.
Sensible frente a todos los males sociales supo investigar sus causas y descubrió el motivo de tanta violencia en la crueldad de levantar a los niños pequeños a horas infames para ir a la escuela, en invierno, una tortura . Acaso no sabemos a quienes representa la ideología contraria, temprano aunque sea para nada. Profundo ese descubrimiento, nada menos que desestimar el sufrimiento inútil y aceptar el placer como motor del crecimiento No el placer egoísta, tan ensalzado en estas épocas, el de la
charla con los amigos, el del café y las historias compartidas, el de juntarse con los otros, en la cancha o para ver la nieve y emocionarse de a muchos.
Lo necesitamos tanto, el consuelo es que nos dejo mucho para leer y recordar.
Pero el también necesitaba la vida y para eso no hay consuelo.
*Cristina Villanueva, narradora oral, gracias a Fontanarrosa "Yo fui la amante del Yety"
pluma@velocom.com.ar
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 22 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Cesar Guerra Peixe, Marta García Renart, Carlos A Vázquez y Mariza Rezende. Las poesías que leeremos pertenecen a
Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Wankamaru
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
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El desencuentro*
Al Negrito Salas y al Moncho Porres, los júbilos, los riesgos y las reprimendas los habían hermanado. Y el pueblo, tan al alcance de los sueños como el barrio en que vivían.
La inocencia es muchas veces un estado necesario. Pero además, en esa edad de los primeros resplandores, nueve o diez años, ellos no tenían la menor idea del mañana. En todo caso era el ahora, prendidos del piolín de las cometas, como si el mundo comenzara justo en sus manos y se combara hasta los flecos más altos de las tardes.
Y no dejaban juego por hacer: las guerras entre bandos, con gomeras y frutitas de paraíso, las carreras de la vuelta a la manzana, remolcando los autitos que llamaban “cucarachas”, los aros manejados con alambres, a pura habilidad circense, la “chanta” a las bolitas, las excitantes escondidas en las sombras, las figuritas en los recreos largos, en una celebración de tapaditas , bizcochos y sufridos guardapolvos .En fin: la infancia a pleno niño y sin fatigas.
Pero todas esas cosas parecían resumirse en las tardes en las que el ir a tomar la leche con tortas o facturas a la casa del amigo, era no sólo un codiciado honor, sino el gusto supremo.
Sin embargo, ninguno de estos goces ocurría antes de cumplir con los deberes de la escuela. “Primero la obligación, después la diversión”, pontificaba la madre del Negrito . Y esta premisa sacramental no permitía demoras ni claudicaciones.
Las travesuras y escapadas clandestinas tenían siempre algún componente imprevisto y especial, que sazonaba la aventura. Como aquella vez en que, a trío con el Tono Albornoz, se fueron hasta el puerto viejo y pescaron tanto como nunca después lo hicieran en sus vidas, y el Negrito no pudo llevar sus pescados a la casa, para no delatar la andanza por un lugar prohibido.
Cuando empezó a cursar su sexto y último grado del primario, al Negrito se le perdió de vista el Moncho. Pero esta sensación de pérdida no fue ni tan grave ni tan duradera, y sólo permaneció algún tiempo, sostenida en la curiosidad por saber qué habría sido de los pasos de su cómplice y amigo, después de tantos pasos juntos. Porque seguían habiendo las casas de otros amigos para ir a tomar la leche, y los paraísos, frutalmente pródigos en municiones, y los “picados” en el campito, hasta la ruina final de los zapatos.
Aquel sexto grado transcurrió como una fiesta para el Negrito. Pero, ¿qué hacer con el inminente secundario? Por primera vez, la silueta acuciante del mañana estaba allí.
Algunas estrecheces económicas determinaban los rumbos sencillos de la casa. Así es que los padres no tuvieron mejor idea que disponer su ingreso a un liceo militar cercano, con beca, si fuera posible.
No le alcanzaban los días del verano para estudiar y prepararse. Pero no era ésta la dificultad mayor. Sí lo era el peso mínimo de 45 kilos que había que tener para el ingreso.
De modo que aquella tarde de fines de febrero lo encontró al Negrito atragantándose con una docena de bananas, y naufragando en jarras de agua para alcanzar, a gatas, el peso requerido.
Después, en una secuencia que le pareció terrible, el anuncio de la media beca, la despedida de sus padres en la puerta del liceo, y la inmersión en ese áspero mundo verdeoliva, con la tristeza subiéndole por todos los costados de sus trémulos trece años.
Al cabo del oleaje impetuoso de aquellos cinco días, llegó a la orilla bendita de su primer franco semanal como si fuera la sombra de un alma en pena. Y no podía concebir su regreso al liceo en la noche del domingo. Como tampoco aceptar aquella disciplina absurda
2
-en realidad, casi ninguna disciplina-que tan eficazmente manejaba los códigos de castigos grupales, para expiar las culpas de uno solo.
En la segunda semana de liceo ya sólo le quedaban, si acaso, sus esmirriados 45 kilos. Porque el alma, los sueños y la vida le habitaban en otro lado, en un desdoblamiento insoportable.
Entonces, una noche, un golpe contra un armario de la cuadra, las bruscas luces en la cara, el descanso hecho pedazos, y los cadetes de segundo y tercer año descerrajando sus gritos : ¡arriba todo primer año!, ¡primer año, afuera!, ¡salto rana!, ¡cuerpo a tierra!, ¡alrededor mío, carrera march!, ¡veinte flexiones de brazos, ya!, y de nuevo ¡carrera, march!, ¡cuerpo a tierra!, y el Negrito cayendo desparramado a los pies de un par de borceguíes que allá, desde una altura inmensa, lo escrutaban con un gesto castrense, y sin embargo conocido, y por eso la inútil súplica, en un hilo ya de voz: ¡pará, Moncho!, ¿no me conocés?, ¡pará Monchito, que no damos más!, y la respuesta autoritaria, esta vez desde la cumbre del infierno: ¡qué Moncho ni Monchito!, ¡AQUÍ SOY EL CADETE PORRES, tagarna, y se me calla la boca!, y otra vez ¡carrera march!, ¡cuerpo a tierra!, entre pastos, abrojos y mosquitos, ya en los lindes exhaustos del asombro y de la madrugada.
...................
Una semana después, con el cofre de sus enseres liceístas impecable, casi sin uso, y la primera inocencia devastada, el Negrito comenzaba su colegio secundario, civil hasta la médula, en aquel pueblo tan al alcance de los sueños, que parecía haber estado esperándolo desde siempre, con sus días, sus barrancas y sus cielos de par en par abiertos, como las alas de un abrazo.
*de Abel Edgardo Schaller abelnegroschaller@yahoo.com.ar
Uno nunca sabe*
*de Roberto Fontanarrosa
Lo primero que le preguntó Mario apenas el Mochila se sentó, fue "¿La conoces a esa mina?".
-- ¿Cuál?
-- La que saludastes recién.
Mochila giró apenas la cabeza hacia atrás.
-- ¿La flaca?
-- Sí.
-- Sí, la conozco. Es amiga de mi jermu.
-- Me emputece esa mina --dijo Mario en voz baja.
-- ¿Mi jermu?
-- No, boludo. La Flaca, la que saludastes.
-- Ah... ¡Mirá qué boludo que sos vos! A todo el mundo lo enloquece la Flaca. ¡Qué te parece!
-- ¿Qué? --se alarmó Mario--. ¿Vos también estás jugado en ese palo? ¿Te anotás ahí también?
-- No. Yo no. ¿No te digo que es amiga de mi jermu? Estudiaban juntas en la Cultural. Tendría que ser muy loco para tirarme en esa. Pero... te digo...
-- Que ganas no te faltan.
-- Ganas no me faltan....
Se quedaron en silencio. Mochila controlando las otras mesas, viendo quién había. Mario tocándose cuidadosamente los dientes de adelante con la uña del dedo pulgar de la mano derecha.
-- Me tiene loco esa mina --repitió, como para sí mismo. Como si el tema fuese demasiado íntimo como para compartirlo y debatirlo en una mesa de cafe. Y asustado, quizá, por haber ido tan lejos.
-- Está buena la Flaca --dijo Mochila, que la tenía sentada a sus espaldas--. Y es una mina piola te cuento... Piola, inteligente. Anda suelta, además...
-- Medio histérica debe ser...
-- Sí. Eso sí... Lógico... --Mochila seguía sin meterse demasiado en la conversación, en tanto pasaba lista a los presentes-- ¡Bah! --se animó de pronto, ya terminado el control--. Como todas.
-- Esa jeta que tiene... --medio por sobre el hombro de Mochila, Mario la espiaba--. Los ojos...
-- Y encarala, boludo... ¿qué esperas? --lo animó Mochila, cruzándose de piernas, acomodándose en la silla para quedar de espaldas a la calle Santa Fe, mirando al mostrador. Mario hizo un gesto vago con la cabeza, negativo.
-- Está sola, boludo --apretó Mochila--. Andá... Si te quedas esperando, por ahí aparece algun vago, o alguna amiga, y se sienta con ella y cagaste.
Mario se encogió de hombros, mirando ahora hacia afuera, como desentendiéndose del problema.
-- ¿No lo viste al Sobo? -preguntó, cambiando de tema. Mochila negó con la cabeza--. Este boludo... --musitó Mario--. Le tengo que pedir un certificado y justo hoy no aparece.
-- Oíme --Mochila se incorporó, clavándole la vista--. Andá y sentate con ella, no seas otario... No te va a patear...
-- No la conozco --frunció la nariz, Mario.
-- ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Cómo que no la conocés? Te conoce de acá, pelotudo. Si acá nos junamos todos. No le sabrás el nombre pero la...
-- ¿Cómo se llama?
Mochila frunció el ceño.
-- Ehhh... --pensó--. Marina, Marta, María... No sé, no sé... Siempre la conocí por la Flaca.
-- Marta, Marta se llama --dijo Mario, que ya se había informado.
-- Escuchame Mario... --Mochila se inclinó sobre la mesa para darle privacidad a la propuesta--. Te la presento... Voy, me siento en la mesa de ella y te la presento...
Mario se tiró hacia atrás y agitó las manos y la cabeza, casi escandalizado.
-- ¡No! No, dejá. Ya está. Ya pasó. Ya fué.
-- No me cuesta nada, boludo.
-- Dejá, Mochila, dejá. Está bien.
Mochila se encogió de hombros.
-- Jodete --dijo. Y buscó a Moreyra con la vista--. ¡Negro! --gritó--. ¿Estás vos acá?
-- Además... --Mario, pese a todo, no quería desprenderse totalmente del tema y sabía que el lapso de privacidad con el Mochila podía ser corto--. No da bola, Mochi. No da bola.
Mochila casi se enojó.
-- ¿Y cómo sabes que no da bola si nunca la encaraste?
-- Porque uno se da cuenta, Mochila. ¿Sabés cuanto hace que la vengo mirando a esa mina? ¿Sabés cuanto hace? Dos años. Debe hacer como dos años...
-- ¿Y?
-- ¡Nada! Nada de nada. Una mina si te quiere dar bola se manda alguna señal, eso es sabido. Te mira una vez, aunque sea. Te mantiene un poco la mirada. O te sonríe. Te tira un cable.
-- No te engañes, no te engañes... Mirá que...
-- Sí... "La vida te da sorpresas".
-- La vida te da sorpresas...
-- Sí, pero acá es muy claro --se desalentó Mario--. ¿Viste que hay... cómo decirte... hay un lapso de duración en una mirada, en un cruce de miradas? Y después hay un plus, que es un milésimo... un milésimo de segundo... un ápice... un cícero... una infinitésima milésima de segundo en que se prolonga esa mirada más de lo normal... Es cuando una mina te mira y vos tenes un sensómetro, un sismógrafo, que registra que esa mirada ha durado esa milésima de segundo mas allá de lo necesario, y es lo que te está diciendo a las claras que esa no es una mirada común, que esa mirada está pidiendo otro cruce de comprobación, que te está diciendo algo... --Mochila afirmaba con la cabeza, algo fastidiado--. Bueno... --no se amilanó Mario--. Esa fracción supletoria de mirada debería tener un nombre. Porque es una medida patron... Es un exceso de intensidad... Debería haber algo como el "miradómetro"... Una unidad de vision, de calentura...
-- Bueno, bueno... Cortala... Dejá de hablar pelotudeces... --rogó Mochila--. ¿Y qué pasa? ¿Con esta mina no se dió nunca?
-- En la puta vida de Dios.
-- Ni te miró...
-- Ni me miró ni... --Mario había sacado un encendedor y golpeteaba con él sobre el nerolite buscando la descripción mas gráfica--. O me mira y no me ve. Esa es la cosa. Por ahí me mira, pero lo que hace es solamente dirigir su vista hacia mí. Pero la sensación que yo tengo es como que yo fuera transparente. Que mira a traves mío. Que mira lo que está detrás mío. Digamos, que la profundidad de campo de la cámara de ella está situada seis metros detrás mío... Esa es la sensación que tengo...
Mochila se rascó la cabeza.
-- ¡Mirá que sos antiguo! --dijo.
-- ¿Por qué? --se ofuscó Mario.
-- Andar fijándote en eso de las miradas y esas cosas... Eso es del tiempo en que los pedos se tiraban con gomera.
-- ¿Y qué querés que haga? ¿Que vaya y le toque el culo?
-- No, boludo. No te digo eso...
-- ¿Cómo carajo hacés vos?
-- ¿Cómo hago? ¿Cómo hago yo? ¡Voy y me siento con ella! Eso hago. Mirá que difícil. Y le empiezo a hablar de cualquier cosa... No podés entrar en la histeria de las minas, querido... Que te miro, que no te miro, que la profundidad de campo y todas esas pelotudeces...
-- Es que... --Mario apoyó el mentón sobre sus manos cruzadas y vaciló. Por momentos lo asaltaba la idea de que no era un tema para hacer publico--. ¿Sabes qué pasa?... ¿Vos te acordás de "El Eternauta"?
-- Sí, me acuerdo... Lo que no me acuerdo es quién trabajaba...
-- ¿Cómo?
-- ¿Quién trabajaba?
-- No, boludo. No era una película. Era una historieta.
-- Ah, sí... "El Eternauta". Algo me acuerdo...
-- Esa que caía una nevada en Buenos Aires, una nevada radioactiva y morían todos...
-- Algo. Algo me acuerdo --mintió el Mochila.
-- Bueno, en "El Eternauta", aparecían unos tipos de otro planeta, que se llamaban los "Manos", que tenían...
-- Mejicanos. "Manito", se decían...
-- No, gil. No seas hijo de puta.
-- Ah, no. Esa era "Cisco Kid".
-- No te acordás de un sorete. Los Manos, que tenían una mano derecha llena de dedos...
-- Como cualquiera --Mochila mostró su mano.
-- No, muchos mas. Como hasta acá --Mario tiró una línea imaginaria desde la punta de sus propios dedos hasta el codo--. Bueno, esos tipos dirigián a varias especies de bichos extraterrestres que invadían la Tierra. Pero ellos, a su vez, estaban controlados por otra especie superior. Entonces. estos "Manos", que eran igual que nosotros salvo por esos dedos, tenían insertada en el cuerpo una glándula, una glándula que le llamaban "Glándula del Terror" y que les habían insertado esos cosos que los dirigían a ellos. Y... ¿para qué les habían insertado esa glándula? Porque los Manos, igual que los humanos, al sentir temor segregaban una especie de adrenalina y ésta, a su vez, activaba la glándula. Y entonces la glándula dejaba escapar un veneno y el veneno los mataba en minutos, nomás. ¿Me entendés? Si ellos se intentaban rebelar contra la especie superior, sentían miedo y, ahí nomás, cagaban la fruta. Linda idea, ¿no? Porque, además, había otra cosa, fijate. Algunos de ellos habían intentado operarse para sacarse de allí esa glándula pero, al operarse, sentían miedo, y de nuevo la misma cosa, activaban la glándula, ésta largaba el veneno, etc., etc., etc... Era ingenioso, ¿no? Piola como idea. De... ¿cómo se llamaba?... Oesterheld.
Mochila se lo quedó mirando un instante, con expresión confundida.
-- Y.... ¿Qué queres decir con todo esto? --preguntó--. ¿Ahora me vas a salir con que vos tenés una de esas glándulas? ¿Me vas a pedir guita para operarte?
-- No. No. No --Mario pegó con la punta de su dedo índice sobre la mesa--. Yo tengo una glándula pero de la pelotudez. Ese es el asunto. Una glándula de la pelotudez. Cuando a mí una mina me gusta mucho, como ésta, Marta... me pongo pelotudo. El mismo hecho de que la mina me guste mucho, me paraliza. Me pone tan nervioso que me pongo hecho un pelotudo, no sé lo que digo, hago boludeces... La glándula segrega algo que me idiotiza. Después pienso en las cosas que he dicho, o en las que debería haberle dicho y me quiero morir. Las minas deben pensar que uno es un retardado total. Y es precisamente porque me gustan demasiado. Es increíble. Con las minas que no me gustan no me pasa nada. Ahí soy un duque, soy Dean Martin. Jodo, soy ocurrente, hasta puedo ser brillante. Al pedo. Porque a quien yo quiero gustar no es a los escrachos.
-- Mario... Mario... --Mochila trató de ser comprensivo--. Yo sé que esto pasa... Pero te puede pasar al principio, la primera hora, la primera...
-- Década.
-- No seas pelotudo. Si vos...
-- Si yo me quedo solo con esta mina te juro que no me sale una palabra. La glándula me...
-- Anda a la concha de tu madre vos y la glándula...
Se quedaron en silencio. Mochila miraba sin ver hacia la caja registradora, pegaba repetidas veces con la suela del pie derecho sobre el piso, fastidiado.
-- ¿Sabes qué le dijeron a Pelé cuando debutó en Suecia? --preguntó de pronto. Mario negó con la cabeza, algo desacomodado.
-- "Andate al medio campo y tocala corta." Eso le dijeron --agregó el Mochila. Mario entrecerró un poco los ojos, como buscando la metáfora--. O sea. Hasta que se te pasen los nervios, no tratés de deslumbrar, no tratés de ser brillante, no tratés de meter el pase de gol...
-- Pero él era negro, Mochila...
-- Es negro.
-- ¡Es que ni siquiera pretendo ser brillante! Me bastaría con no ser tan imbécil...
-- Tocá corto.
-- Una teta le voy a tocar... --musitó Mario--. Además... además, Mochila, comprendeme --se irguió de pronto como para seguir hablando pero calló, prudente. El Pochi había entrado por la puerta de Santa Fe y Sarmiento, pero se quedó enganchado en la mesa de los fotógrafos. Mario retomó el tema--. Yo creo que las cosas se tienen que dar naturalmente. Vos vistes como es este boliche. Vos, por ejemplo, no conocés a alguien. Pero, de pronto, por ahí, mañana, estás sentado en la misma mesa con él. ¿Por qué? Porque te llama un amigo común. Porque viene a tu mesa a charlar con un amigo tuyo. Porque está en un grupo donde vos te acercás a preguntar algo. Es así... Entonces eso es mas natural, menos forzado. Yo me sentiría mucho más cómodo si se diera algo así con esta mina...
-- Oíme Mario... Oíme... --Moreyra había pasado como una ráfaga, dejando un cortado sobrante, al tanteo, enfrente de Mochila--. Cuanto...
-- Porque... ¿viste como es este boliche? --arremetió Mario--. Yo creo que el secreto de este boliche está en la proximidad de las mesas. Están muy juntas. Ahí radica el éxito de este boliche. Vos estás sentado en esta mesa y casi casi estás escuchando la charla de los de la mesa de atrás. Y se tocan las sillas, incluso --Mario se tiró hacia atrás sobre el respaldo y sonrió, ejemplificando--. Vos estás en una mesa y por ahí girás un poquito y ya te integras a la de al lado...
-- Un conventillo.
-- Un conventillo. Un día... --Mario se lanzó de golpe con el torso hacia adelante, confidente--. Un día yo estaba sentado en una mesa, y atrás, acá mismo, atrás, estaba la Flaca con unas amigas --bajó la voz--. Si yo me inclinaba para atrás la tocaba, con los hombros, o con la cabeza. La tocaba...
-- Mario... --insistió Mochila con los ojos entrecerrados--. ¿Cuanto hace que decís que la venís marcando a esta mina?
-- ¿A la flaca? Y... desde que la descubrí... Cuando era novia del barba... No sé. Un año... Un año y medio...
-- Cuando era novia del barba... Vos te referís al Tito, al Tito Aramayo.... Bueno, te cuento, eso fue hace más de tres años, porque hace más de tres años que el Tito está en Porto Alegre. Casi cuatro años hace, por lo menos.
-- Y... sí...
-- Y en esos cuatro años.. --Mochila enarcó las cejas y cerró su mano derecha como si empuñara un cuchillo, señalando a Mario--. Escuchame bien, en esos cuatro años, esa situación que vos decís, que vos estás esperando, no se ha dado nunca. Nunca hubo un amigo sentado en la mesa con ella, ni ningún amigo te la trajo a la mesa con vos, ni se dió vuelta para pedirte fuego, ni estaba en un grupo donde vos podías haberte integrado... Nada...
-- Nada... es verdad... Nada.
-- ¿Y hasta cuando vas a esperar, Marito? --hirió de nuevo, Mochila--. Vas a ser un viejo choto y vas a venir acá con un bastón, con boina, con una cánula de suero puesta, para ver si alguna vez se da la puta casualidad de que te podés sentar con esa mina...
-- Y... --se encogió de hombros, Mario.
-- Oíme --Mochila giró la cabeza y pegó una rápida mirada hacia la mesa de la Flaca que, sola, estaba anotando cosas en una agenda--. Mirá, está sola. Al pedo. Voy, me siento con ella, hablo con ella y después te llamo...
Mario se secó la transpiración de la nariz, meneó la cabeza, pareció atacarlo la desesperación y estar a punto de ponerse a llorar.
-- No, Mochila... No...
-- Yo puedo hacerlo, pelotudo --se enojó el Mochila--. Te digo que soy amigo de ella. Lo he hecho un montón de veces. No va a quedar como algo forzado o...
-- No, Mochila... Está llena de machos esa mina...
-- ¿Cuando? ¡Ahora está sola, pelotudo!
-- Ahora no. Pero... ¿Vos te creés que no la veo? La miro constantemente, te digo. Todos los días con un macho nuevo. Pendejos...
-- Mejor para vos, mejor para vos. Si anda todos los días con un macho nuevo es que no anda con ninguno. Aparte, no te engañés, Mario. No te engañés. Yo conocía una mina que estaba buenísima. No podía ni caminar de buena que estaba. Lindísima, además. Y esta mina, me decía --hará un par de meses nomás, está casada ahora, tiene como cuatro hijos-- me decía que cuando ella era joven, había fines de semana que se quedaba en casa como una boluda porque nadie la llamaba para salir. Los tipos la veían tan linda, tan rebuena estaba esa hija de puta, que todos pensaban lo mismo, eso que vos pensás también, que estaba llena de machos. Que la llamaban de todas partes del país para invitarla a salir, que Rainiero de Mónaco le ponía un télex para salir de joda. Entonces, no la llamaban. Y la pobre santa se quedaba como una boluda los sábados a la noche viendo televisión con una tía rechota que tenía...
-- Este no es el caso... Este no es el caso... --negó Mario. Mochila volvió a darse vuelta, mirando sin discreción alguna hacia la mesa de la Flaca.
-- Está sola, boludo. Está haciendo tiempo. Aprovechá ahora --volvió a su postura anterior restregándose la cara con una mano, casi con desesperación--. Decí que yo no puedo...Pero...
-- Además... Además... --buscó las palabras Mario--. No se puede. Yo no puedo ir y encararla así a esta mina, en frío... Hay convenciones. Hay convenciones que se juegan entre un hombre y una mujer y que hay que respetar.
Mochila lo miraba con una expresión cada vez mas atormentada.
-- Sí, claro --dijo Mario--. Vos sabés, y ella sabe, y vos sabés que ella sabe que vos sabés, que si vas y la invitás a una mina a tomar un café, en realidad lo que le estás proponiendo es ir a cojer.
-- No es tan así.
-- Esa es la verdad. Esa es la realidad de las cosas. La verdad de la milanesa. Pero vos no podés ir, acercarte a la mesa y decirle "¿Vamos a cojer?". Porque aunque encierre el mismo significado, no es lo mismo. Para una mina no es lo mismo y tiene todo el derecho del mundo de mandarte a la reputísima madre que te parió, Mochila, es la verdad. Puede decirte "¿Usted por quién me ha tomado?" y hacerse la ofendida y tiene toda la razón. Hay que guardar ciertas normas de urbanidad. Vos dirás que es un hipocresía y todo eso, pero...
-- Yo no digo que sea una hipocresía --expiró Mochila, agotado.
-- ... vos tenés que dejarle una puerta abierta a la mina. No podes encerrarla, no podes dejarla sin opciones. Fijate vos, cuando yo anduve con la Zulema... --se entusiasmó Mario--. Hay minas con las que vos tenés ya todo conversado, todo claro, y no hay más que hablar. Cuando le decís de salir, te tomás un tacho y te vas al mueble derecho viejo, porque sabés que la mina no se va a descolgar con "¿Pero... adonde vamos? ¿Adonde me llevas?".
-- "¿Qué son esas luces rojas?"
-- "¿Qué son esas luces rojas?" ¡Nada de eso! Pero, por ejemplo, con Zulema, yo me las rebusqué para que me prestaran un departamento. Entonces fuimos a cenar, hablamos un rato y despues yo le pude decir "¿Querés venir a mi departamento a tomar algo?", con lo que le estás dando a la mina la opción de ir al departamento y después, si no le gusta la mano, negarse. No sé... decir... "Se me hizo tarde" o... "Vos me interpretastes mal"...
-- Oíme... Vos sos una antigualla... Si la mina acepta ir a tu departamento es porque le gusta la mano y ya sabe como viene la cosa... No son tan boludas, Mario... ¿O te crees que somos nosotros los que atracamos?
-- De acuerdo, de acuerdo --se apuró Mario--. Pero vos le estás dando la opción con el departamento. Si vos le tenés que decir "¿Vamos a un mueble?" ¿Qué opción tiene la mina? Vos le estás diciendo "vamos a cojer", lisa y llanamente. No le das salida.
-- Si vos le decís "Vamos al departamento" también le estás diciendo "Vamos a cojer", querido. ¿O con quién estás saliendo? ¿Con Heidi?
-- Ya sé... Ya sé... --Mario se mordió los labios, transpirando--. Pero no es lo mismo. Es una cuestión de elegancia. Si vos invitás a una mina a un hotel, estás dando por sentado que vos no tenías ninguna duda de que a esa mina te la ibas a pirobar, que era fácil, que era una fija. Es una cuestión de... dignidad, digamos...
Mochila meneaba la cabeza, negando.
-- Sos una antigualla --suspiró--. Un relicario...
-- Es difícil de explicar --insistió Mario--. Es como si vos vas a un bodegón y el mozo ve que vos tenés tal pinta de pordiosero que viene y, sin preguntarte nada, te pone en la mesa un pingüino de vino tinto de la casa. ¿Qué te queda por hacer en ese momento? Levantarte e irte, querido. Ese mozo te está ofendiendo. Porque aunque vos seas un pordiosero y se vea a la legua que no te podes bancar ni por puta un vino más o menos pasable, el tipo tiene la obligación moral de alcanzarte la lista de vinos y preguntarte "¿El señor tiene alguna preferencia? ¿Desea algún vino gran reserva?". Entonces ahí sí, vos podés devolverle la lista y decirle, tranquilo "No, muchas gracias. Tráigame un pingüino con tinto de la casa" porque la verdad es que no tenés ni un mango partido por la mitad para elegir otra cosa... ¡Porque es un problema de dignidad, mi viejo! ¡Te tienen que dar la oportunidad de elegir, ese es el asunto! Pueblos enteros han ido a la guerra por eso...
-- ¿Porque vino el mozo y les sirvió un pingüino de...?
-- No. Por dignidad.
-- Oíme, Mario... --Mochila pareció animarse de repente--. Yo me levanto y voy a la mesa de la mina y le hablo.
La expresión de Mario fue de pánico. Advertía un atisbo de determinación inquebrantable en la voz del Mochila.
-- No, Mochi, no jodas --se enojó.
-- Voy, boludo. ¿No puedo ir, acaso? Todos los días hablo con ella...
-- Vos tomás medio pingüino de tinto de la casa y te ponés a hacer boludeces, Mochila... Dejame de joder... No me gusta tanto despues de todo...
Mochila se puso de pie. Mario se tapó la cara con la mano. Luego la destapó y habló mirando hacia otro lado. Transpiraba.
-- Dejáme de joder, Mochila. Sentate --rogó--. Yo no voy. Si vos me llamas yo no voy. Me voy a la mierda. Me voy al baño. Te juro que no voy...
-- Oíme, boludo --se agachó un tanto, Mochila--. Hoy puede ser un dia histórico para vos. A veces las minas que menos bola parece que te dan son las que más te vienen marcando, al final de cuentas. No seas ingenuo. Las minas son muy histéricas, y ésta es de las más histéricas que conozco...
-- Te juro que no voy, Mochila... Sentate, no seas boludo... No me hagas pasar un mal rato...
-- Por lo menos te sacas la duda de encima, pelotudo. Si te da pelota, perfecto. Si no te da pelota, bueno, al menos te sacastes ese quilombo de la cabeza y ya no te andas preocupando si anda con un macho, o con cuatro, o con cinco mil...
-- Dejáme vivir con la ilusión, Mochila... De veras... Sentate...
Mochila giró sobre sus talones y enfiló hacia la mesa de la Flaca. Mario, automáticamente, pivoteó sobre su silla primero hacia la calle Santa Fe y luego en sentido contrario, hacia el mostrador, como si estuviese sobre un sillón giratorio, fingiendo mirar hacia el teléfono público, los baños y las botellas expuestas sobre los estantes de vidrio. Se pasaba repetidamente las yemas de los dedos sobre las cejas.
Mochila se dejó caer, despreocupado, sobre la silla vacía enfrente de la Flaca y, al punto, ésta, sonriendo, cerró la agenda y comenzaron a charlar. No dejo pasar mucho tiempo, Mochila, y tras algunas preguntas livianas de rigor, encaró el tema con la practicidad de un ejecutivo joven.
-- Che, Flaca... --casi anunció--. No mires ahora... ¿Vos lo conocés al muchacho que está sentado conmigo, el de lentes?
Ella dió una pitada larga a su cigarrillo, lanzó algo de humo por la nariz y dijo: "Sí, de acá. Del boliche".
-- Bueno. Está muerto por vos.
Marta miró al Mochila con expresión entre dura e inquisidora.
-- ¿Ese pajero? --preguntó luego, casi airada. Mochila asimiló, apenas, el golpe.
-- ¿Por qué, "pajero"?
-- Hace como mil años que se la pasa mirándome y jamás se ha atrevido a decirme nada.
-- Lo que pasa es que... ehh... Es muy tímido...
-- ¡Por favor! --la Flaca sacudió la cabeza revoleando un mechón de pelo-- ¡Es un pajero!
-- No, Flaca --Mochila estaba casi acostado sobre la mesa, apoyando el brazo izquierdo desde la axila hasta el codo, buscando buenas razones con cautela de minero--. Es muy tímido... Te digo que es muy buen tipo... es un tipo interesante...
Marta extendió su mano derecha y la apoyó en el antebrazo de Mochila. Suavizó su tono y su mirada.
-- Mirá, Mochila, te agradezco. Pero estoy cansada de la histeria de los tipos. Ya somos grandecitos. Ya no soy una pendeja...
-- Pero lo parecés...
Marta estiró una sonrisa forzada.
-- Te agradezco --repitió.
Mochila se quedó mirando un rato hacia la esquina de Sarmiento y Santa Fe. Como no encontró nuevos argumentos para su propuesta, se levantó cansinamente, saludó a la Flaca y se fue. Desandó cuatro pasos y volvió a su silla de la mesa compartida con Mario. Este, demudado, había pedido una medialuna de "La Nuria" y otro café, como para hacer algo.
-- Ehhhh... --vaciló Mochila, mirando perdidamente hacia el baño.
-- ¿Qué...? ¿Qué pasó? --tragó saliva Mario, intuyendo, quizá, lo peor.
-- Dice que está esperando al novio...
Mario mordió un nuevo pedazo de medialuna. Meneó la cabeza.
-- Te dije... --dijo.
-- Qué cagada --musitó Mochila.
-- ¿Viste? --Mario parecía aliviado.
-- Pero, al menos, lo intentamos...
-- Te dije... --Mario se acomodó los lentes, mirando hacia la calle, mientras apuraba el último bocado, limpiándose los dedos con una servilleta.
-- Qué va a ser...
-- ¿Será posible, este boludo del Sobo? --se quejó Mario--. Justo hoy que lo necesito y no aparece...
*Fuente: http://www.literatura.org/Fontanarrosa/uno_nunca_sabe.html
Bibliografía Vínculos filiales
HIJOS DIFICILES, PADRES DESORIENTADOS. PADRES DIFICILES, HIJOS DESORIENTADOS*
*Por Eva Rotenberg-(Lugar)-286 páginas-($ 36)
Domingo 22 de julio de 2007 | Publicado en la Edición impresa
Hijos difíciles-padres desorientados. Padres difíciles-padres desorientados , de Eva Rotenberg, revela los años de experiencia clínica e investigación teórica de la autora, además de una amplia formación en los Grupos de Psicoanálisis Multifamiliar, creados por el doctor Jorge García Badaracco, y en su Escuela para Padres.
Uno de los objetivos de la obra es "poder establecer relaciones que sirvan para que las personas puedan utilizarlas para sí mismas y no como poderes rectificadores y controladores". La idea es que este libro les permita pensar en sí mismos en relación a los otros, y pueda servir también para desarrollar la "virtualidad sana" de cada lector.
Eva Rotenberg reconoce los aportes de Frida Fromm-Reichmann, que en 1948 describió a las madres esquizo-frenógenas, agresivas, dominantes, inseguras y rechazantes, y por contraste a los padres ausentes e inadecuados que enferman a sus hijos. Todos estos aportes al psicoanálisis con las familias,
que comenzaron en la década del 50 -con Pichon-Rivière, Margaret Mahler, Anna Freud, entre otros -, pueden considerarse aspectos parciales, como si la familia no constituyera una totalidad.
Aunque Rotenberg señala que estas teorías fueron muy revolucionarias en los años 50 y 60, porque pusieron el acento en la dinámica vincular entre las relaciones familiares, fue recién a partir de su asistencia a los Grupos de Psicoanálisis Multifamiliar, y a su encuentro con García Badaracco, que pudo
ver en vivo y en directo la dinámica familiar patógena. Vio también cómo madres aparentemente "encantadoras" enfermaban a sus hijos. Para su sorpresa descubrió que estos padres sufrían mucho y realmente no sabían cómo ayudar a sus hijos.
La autora añade que no podía entender cómo se sometía a los niños a largos años de terapia sin trabajar con los padres. Trabajar únicamente con los hijos resultó una tarea dolorosa, pues, a medida que éstos iban cambiando, se iban dando cuenta de que sus padres no realizaban el mismo cambio. Es más, sentían que si cambiaban corrían el riesgo de ser rechazados por su propia familia. Quedaban así atrapados en un círculo vicioso. Todo esto la llevó a crear una Escuela para Padres. A partir del Psicoanálisis
Multifamiliar permitió que estos padres pudieran sentirse acompañados en ese proceso y pudieran también pasar por experiencias enriquecedoras y gratificantes, simultáneamente con sus hijos.
El texto transmite sus ideas de manera eficaz. Despierta vivencias, y resulta terapéutico, porque uno va descubriendo lo que hizo y no hizo con sus propios hijos, y lo que hicieron y no hicieron nuestros padres, con las mejoras intenciones, con nosotros.
El libro, a través de relatos vivenciales, permitirá a muchos lectores abrir espacios mentales para que los padres puedan descubrir por sí mismos las dificultades que tienen o han tenido. Como dice Rotenberg, los padres pueden darle consejos a sus hijos, pero si no les transmiten la alegría de vivir, y
no dan el espacio para que ellos lo experimenten, las palabras pierdan sentido.
El índice de este libro es pormenorizado y no deja nada afuera: qué significa tener un hijo; la función de los abuelos, de la familia; la construcción de la mente del niño, el llanto, las pataletas, los miedos, la
angustia de la separación, el significado de los límites.
La autora parte del hecho de que las interdependencias recíprocas comienzan desde antes del nacimiento mismo. Hasta hace poco se pensaba que el bebe era "completamente pasivo y que funcionaba a nivel biológico sin estar conectado por el medio". Actualmente se considera a la madre y al bebe como una díada en la cual ambos interactúan influyendo activamente uno sobre otro. La autora dice, por ejemplo, que la mirada de los padres sobre el hijo tiene un poder muy fuerte sobre éste e influirá como una "marca" en el modo que podrá "mirarse a sí mismo". Aporta una observación fundamental que, en cierto
modo, vale para toda la vida. Se sabe que los pacientes mentales que sufren mucho se sienten muy pertubados por ser mirados como "enfermos" o como "locos" por sus padres.
El libro propone comprender y acompañar a los padres en el crecimiento y asistencia de su hijo. Sostiene que en el momento de separación del hijo, vivido con más angustias y dificultades por los padres de lo que parece, se puede descubrir que ser autónomo no equivale a ser egoísta, que en este
enfoque simultáneo de ayudar a padres e hijos, los padres también van a ir desarrollando recursos propios para sentir la angustia de separación, no como una muerte, sino como un proceso que tiene que darse naturalmente.
*María Elisa Mitre
-Fuente: La Nación.
http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/cultura/Nota.asp?nota_id=927551
Aviso Natural*
Yo soy la Sudestada
Del este traigo el viento solar
Desde el sur un viento de Patria
De sangre inocente
De recios mártires
De cruces de hierro
Yo soy la Sudestada
Someto de rodillas
barcos piratas árboles y pájaros
Para que en el fragor despierten
una convicción de país
Yo soy la Sudestada
madrugo pescadores
serenos canillitas y embarcados
habitantes costeros
de un río que se embarra los codos
en medio de su labor gigante
Yo soy la Sudestada
Agito pejerreyes
Y hamaco alevinos
con mi rugido de cuna
Desoriento cansados ballenatos
Pongo en aprieto y adormezco
baqueanos que se precian
y arrastro hacia mí vestigios
de todos los hombres
Yo soy la Sudestada
Visité a Moreno
A San Martín
Al Almirante Brown
Y a Rosas
Los he visto llegar y partir
desdeñosos de mi presencia
como los que le sucedieron.
Por eso azoto año tras año
vuestros egos
vuestra indiferencia no me rinde
e inundo estas costas bonaerenses
para que estén alertas
por si mi padre interviene
El tiene hombros mas anchos.
*de Victor M. Falco vittoriofa9@hotmail.com
Hasta que la muerte nos separe*
*por Beatriz Sarlo bsarlo@viva.clarin.com.ar
Como sucede con los temas sobre los que se precipitan los medios, los zarandean un poco, y luego los abandonan porque algún ruido anuncia la llegada del tema siguiente, hace mucho que no se escucha hablar de los celulares en la escuela. El año pasado, el tema estuvo en los talk-shows de la media tarde y la medianoche, en el periodismo gráfico y en las páginasde Internet. No daba para mucho más y se pasó a uno nuevo. Quizás cuando los Blackberry, esos telefonitos múltiples de última generación, con e-mail,
agenda y acceso a Internet, sean un poco más baratos, demos vuelta las páginas hacia atrás y
comencemos de nuevo a discutir si está bien que los chicos ricos, o hijos de padres sensibles a todos los caprichos, los lleven a la escuela y se conecten a Internet durante una clase aburrida para jugarse una partidita de pókeren algún casino virtual.
Estos temas, por su naturaleza precisamente cotidiana, van y vienen. Nadie puede estar seguro de lo que será importante dentro de diez años. Nadie puede afirmar taxativamente que las escuelas, en vez de discutir el celular en las aulas, deberían discutir qué cantidad de trabajo deben hacer los chicos dentro de ellas. Cuando lo cotidiano es la tecnología, la cuestión se impone por el carácter amenazador que tiene sobre muchos adultos atribulados. Nadie quiere parecer un dinosaurio milagrosa e injustamente salvado de la extinción; nadie quiere decir sin más trámite que, así como los chicos no deben leer historietas durante las horas de clase, no pueden manipular ni tener encendido un celular. Pero, en vez de analizar la ocupación que no permite estar verdaderamente en clase, la discusión se remite a las llamadas "nuevas necesidades" generadas por las nuevas tecnologías.
Los padres, además, creen que sus chicos llevan un celular a la escuela para estar allí más seguros, como si la presencia de miles de celulares en las dos torres neoyorquinas hubiera sido capaz de evitar su destrucción. Es verosímil que los chicos anden con sus celulares por la calle, y las escuelas deberían tener un lugar donde ellos depositen sus telefonitos durante las horas de clase, como deben tener un lugar para que pongan sus bicicletas, ya que no parece conveniente que el derecho de llegar a la escuela en bicicleta se extienda a guardarla en el aula, apoyada contra el pizarrón.
De todos modos, no vale la pena razonar sobre el celular en el aula porque el tema fue olvidado, barrido y deslizado bajo la alfombra hasta que algún periodista vuelva a tropezarse con un caso extravagante, tan simple como olvidable: un chico, imaginemos, que recibe la resolución de sus problemas de álgebra a través de mensajes de texto enviados por un primo que estudia ingeniería.
Este rasgo jadeante de los temas en los medios, que gozan de unos días de rating antes de desvanecerse o ser empujados hacia el margen, donde permanecen al acecho hasta regresar, tiene algo que ver con la atención dispersa de la comunicación. Los diarios, por ejemplo, siempre han vivido de la rotación de las noticias, cada vez más intensa a medida que competían con la rotación de la radio y, en el último medio siglo, con la fantasmagórica nube de contenidos que se desliza por la pantalla de televisión. O sea que el hecho de que el tema "celulares en el aula" se haya diluido temporariamente tiene que ver con esa
rotación de los almácigos de noticias y comentarios. En cualquier momento puede reaparecer, no desesperemos.
Esto tiene que ver también con la atención al mismo tiempo absorbente y dispersa con que usamos las nuevas tecnologías. Quienes, los siete días de la semana, todavía leemos diarios sobre papel (y a veces más de uno), de todos modos, después de las cuatro o cinco de la tarde, sentimos la pulsión irrefrenable de ir a mirar las actualizaciones de esos diarios en Internet.
Por experiencia, sé que, una vez que entro a esas páginas, las recorro con una displicencia que no puede compararse con la atención con que he mirado la primera plana impresa a la mañana de ese mismo día. Sin embargo, la visita de las actualizaciones es difícil de evitar: ¿cómo no enterarse de algo que, casi siempre, puede esperar hasta el día siguiente y que, sin embargo, parece caracterizado por una urgencia de última batalla?, ¿cómo no mantener una ventanita abierta en el escritorio de la computadora con los resultados en vivo de un partido de tenis o de fútbol? Nada importante depende de esa noticia, excepto que alguien la está emitiendo y yo sé que está siendo emitida. El sólo hecho de que yo sepa que la noticia existe presiona mi deseo de enterarme: pasión de conectividad.
De eso, precisamente, hablan quienes se refieren al paisaje tecnológico contemporáneo donde los dueños de celulares creen vivir en comunidad estrecha; a quienes se obliga a mantenerlos apagados (a los desdichados alumnos de profesores exigentes o de colegios donde no se valora la conectividad continua en tiempo real) se los está maltratando moralmente. Quien acepte la premisa de la conectividad
ininterrumpida debe hacerse cargo de la sombría desesperanza que produciría una breve desconexión.
*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/07/22/sociedad/s-01460794.htm
*
A veces pienso
no es tan difícil de que esto ocurra
pienso en las cosas que se han perdido
sin yo notarlas, sin yo notarlas
que se han perdido
Fueron quedando
algo pequeñas y retrasadas
aquellas cosas
Basta pensarlas
pero no mucho
Basta fijarse
cuando uno anda
en las pavadas tontas y quietas
tontas pavadas
que los caminos ponen delante
a los que andan
Y vuelven solas,
aquellas cosas
incluso algunas muy tonterías
muy pocas cosas.
*Poema de Roberto Fontanarrosa,
citado de memoria, de ese libro de humor gráfico que llegó a mis manos allá por el año 72.
-Fuente: http://arguellestinta.blogspot.com/2006/10/del-negro-fontanarrosa.html
Correo:
Una verdadera injusticia*
Breton decía que el humor era una rebelión superior del espíritu.
Para mi es una forma de ver desde otro lugar, alumbrar lo que otros no ven, deshacer los frases hechas, los lugares comunes .Una manera de luchar contra la muerte y todas las impotencias humanas, el me de los que no pueden entrar en ciertos consuelos menos elaborados. Todo esto lo digo para no llorar
porque se murió Fontanarrosa y eso es a todas luces injusto si uno sabe que tantos, que lo único que hicieron fue causar dolor, siguen vivos. Me refiero a esas instituciones pomposas, uniformadas que siempre supieron cual era el ser nacional y estuvieron dispuestos a defenderlo con todas las armas. En
cambio el sabía del ser humano y tenía una ternura bondadosa con sus personajes y con las personas. Era brillante y modesto y era nuestro.
Sensible frente a todos los males sociales supo investigar sus causas y descubrió el motivo de tanta violencia en la crueldad de levantar a los niños pequeños a horas infames para ir a la escuela, en invierno, una tortura . Acaso no sabemos a quienes representa la ideología contraria, temprano aunque sea para nada. Profundo ese descubrimiento, nada menos que desestimar el sufrimiento inútil y aceptar el placer como motor del crecimiento No el placer egoísta, tan ensalzado en estas épocas, el de la
charla con los amigos, el del café y las historias compartidas, el de juntarse con los otros, en la cancha o para ver la nieve y emocionarse de a muchos.
Lo necesitamos tanto, el consuelo es que nos dejo mucho para leer y recordar.
Pero el también necesitaba la vida y para eso no hay consuelo.
*Cristina Villanueva, narradora oral, gracias a Fontanarrosa "Yo fui la amante del Yety"
pluma@velocom.com.ar
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 22 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Cesar Guerra Peixe, Marta García Renart, Carlos A Vázquez y Mariza Rezende. Las poesías que leeremos pertenecen a
Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Wankamaru
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
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INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a: inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar
Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión los escritos que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas, solo verificar que un autor con nombre Y/o seudonimo , y una dirección personal de mail nos envia un trabajo.
Respuesta a preguntas frecuentes
Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.
Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.
Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.
Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.
Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.
Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura