Sunday | December 23, 2007

CAMBIAMOS OJOS POR CIELO...


El ángel de la bicicleta*


*Música: Luis Gurevich / Letra: León Gieco



 Cambiamos ojos por cielo
Sus palabras tan dulces, tan claras
Cambiamos por truenos
Sacamos cuerpo, pusimos alas
Y ahora vemos una bicicleta alada, que viaja
Por las esquinas del barrio, por calles
Por las paredes de baño y cárceles
Bajen las armas!!
Que aquí solo hay pibes comiendo.

Cambiamos fe por lágrimas
Con qué libro se educó esta bestia
Con saña y sin alma
Dejamos ir a un ángel
Y nos queda esta mierda
Que nos mata sin importarle de donde venimos
Que hacemos, qué pensamos
Si somos obreros, curas o médicos
Bajen las armas!!
Que aquí solo hay pibes comiendo.

Cambiamos buenas por malas
Y al ángel de la bicicleta lo hicimos de lata
Felicidad por llanto
Ni la vida ni la muerte se rinden
Con cunas y cruces
Voy a cubrir tu lucha más que con flores
Voy a cuidar tu bondad más que con plegarias
Bajen las armas!
Que aquí solo hay pibes comiendo.

Cambiamos ojos por cielo
Sus palabras tan dulces, tan claras
Cambiamos por truenos
Sacamos cuerpo, pusimos alas
Y ahora vemos una bicicleta alada, que viaja
Por las esquinas del barrio, por calles
Por las paredes de baño, y cárceles
Bajen las armas!!
Que aquí solo hay pibes comiendo



*Fuente:
http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=print&sid=2604






CAMBIAMOS OJOS POR CIELO...




Domingo, 23 de Diciembre de 2007
CELESTE LEPRATTI, HERMANA DE POCHO

"Un montón de gente tomó su bandera"*

Claudio "Pocho" Lepratti fue asesinado hace seis años, en Rosario, durante la represión del 19 y 20 de diciembre. Era profesor, trabajaba en un comedor y con microemprendimientos. "Un militante social", lo define su hermana.
León Gieco le dedicó la canción "El ángel de la bicicleta". El policía que lo mató está preso y fue condenado. Celeste pide que "los que dieron las órdenes, los jefes policiales y los responsables políticos" también rindan cuentas.

Imagen: Télam


*Por Adriana Meyer


Celeste Lepratti tiene la mirada clara y la voz serena, pero se le empañan con un velo de tristeza cuando recuerda a su hermano. Claudio "Pocho" Lepratti fue asesinado hace seis años en Rosario durante la represión desatada por el gobierno delarruista, que en su sangrienta retirada provocó casi cuarenta muertos en todo el país, nueve de ellos en la provincia de Santa Fe. "A Pocho no lo mataron, lo multiplicaron", afirmó esta mujer -docente, soltera, 30 años, sin hijos- que tomó la posta de la militancia social sembrada por su hermano en las barriadas de la periferia de esa ciudad. Celeste le dijo a Página/12 que "sólo habrá justicia cuando paguen tanto los autores materiales como políticos de cada uno de los casos", denunció que el poder político "nunca escuchó los reclamos de los familiares" y se lamentó de que los jefes policiales de entonces hayan sido ascendidos.
-¿Qué pasó ese día? ¿Cómo vivió ese momento?
-Nosotros somos de Entre Ríos, en 2001 estábamos todos en Concepción del Uruguay. Pocho es el más grande de los seis hermanos y estaba viviendo desde hacía unos cuantos años en Rosario. Me acuerdo que habían empezado los saqueos, ya el 18. Y el 19 a la noche sus compañeros de trabajo nos avisan
de su asesinato.
-¿Qué hacía Claudio?
-Un montón de cosas. En ese momento en la escuela Mariano Serrano estaba como ayudante de cocina, preparaba los alimentos para los chicos del comedor. También trabajaba en otra escuela del barrio donde vivía, Ludueña, era profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación. Y estaba en una dependencia municipal con microemprendimientos como huertas o crianza de animales. Era un militante social.
-Lo reconocían, además, porque andaba siempre en bicicleta. ¿Es así?
-Sí. Tenía un trayecto bastante largo entre su casa y la zona sur. Daba esa vuelta todos los días hasta la escuela.
-¿Qué le contaron que pasó ese 19 de diciembre?
-Rosario era un caos, como otros lugares. Ya se había desatado la represión en distintas barriadas, ya había un muerto. El estaba con un compañero de trabajo con el que subió a la terraza de la escuela para ver qué pasaba alrededor. A pocos metros de ahí había vecinos reclamando por comida. La policía pasaba disparando a mansalva. Poco antes de las seis de la tarde pasó de nuevo el móvil policial en contramano, Pocho les grita que dejen de tirar, que ahí hay chicos. Y la respuesta fue que el auto paró, bajaron dos de los policías y dispararon. Uno de esos disparos fue certero y le quitó la vida a Claudio.
-Fue un fusilamiento.
-Sí, sí. Y se subieron al auto y se fueron. Claudio fue asistido por sus compañeros, la ambulancia no llegaba y lo llevaron en un auto de ellos. Pero el tiro fue fatal, la hemorragia era muy grande y en el hospital no hubo forma de salvarlo, aunque lo intentaron. (Se le quiebra la voz.)
-¿Cuántos años tenía?
-Treinta y cinco.
-¿Qué pasó con esos policías?
-Horas más tarde fueron detenidos porque los identificaron los compañeros de Claudio. El que dio el tiro certero es Esteban Velázquez, y él junto con Rubén Pérez, que también disparó, fueron detenidos. Pérez fue sobreseído mientras que a Velázquez lo procesaron, y este año quedó firme la condena: catorce años de prisión. Pero nosotros decimos que Pérez también tuvo que ver.
-El caso de Pocho es el único que tiene un condenado. ¿Qué pasó con el resto de los asesinatos?
-En la provincia de Santa Fe murieron nueve personas y no hay responsables políticos que hayan pagado por eso. A De la Rúa lo procesaron por cinco homicidios culposos. Más allá de cómo vaya a terminar eso, acá nunca ocurrió nada por el estilo. Carlos Reutemann jamás tuvo que dar explicaciones. No fue llamado por la Justicia ni siquiera a declarar por el accionar que tuvo su policía, por las órdenes que se emitieron esos días. ¿Por qué la policía disparó con balas de plomo? En la causa de Pocho no sentimos que haya justicia aún, faltan los que dieron las órdenes, los jefes policiales, los responsables políticos que más tarde o más temprano tendrán que rendir cuentas. Y hasta que no rindan cuentas cada uno de los implicados en esta masacre, materiales y políticos, por cada una de las muertes, no podemos pensar que haya habido justicia.
-¿Qué cambió en la provincia?
-Esa gente sigue participando de la política como si nada hubiera pasado. El ex gobernador (Jorge) Obeid nunca nos recibió, nos dio la espalda a todos los familiares de Santa Fe. Además, la Fiscalía de Estado pidió la libertad para Velázquez argumentando que no había pruebas en su contra.
-¿El Estado pretendía salvar al policía que disparó?
-Así es. Nunca tuvimos explicaciones sobre esto. El Estado tuvo que optar entre dos trabajadores del Estado: uno era Claudio, docente, que trabajaba en la cocina, y Velázquez, que era policía y asesino. Y eligió al segundo.
Nunca escucharon los reclamos de los familiares. Alguien que se opuso a la comisión investigadora no gubernamental que pedíamos fue Domingo Pochettino, un legislador del PJ. Y durante la gestión de Obeid fue el secretario de Derechos Humanos. Todos los que tuvieron actitudes como esa recibieron algún beneficio. Los jefes policiales, que fueron ascendidos.
-¿Piensan que con Hermes Binner esto puede cambiar?
-Tenemos expectativas. Si volvía a ganar un gobierno justicialista no íbamos a tener ninguna posibilidad, como ya ocurrió con Reutemann y Obeid. Hay cosas cristalizadas, era muy difícil avanzar. Pensamos que ahora puede haber algún tipo de respuesta. Hay un montón de cosas que se pueden hacer, así que vamos con ese reclamo otra vez y esperamos ser escuchados.
-¿Cómo siguió su vida?
-A todos nos cambió. Hace casi tres años que vivo en Rosario, mi familia sigue en Entre Ríos. Mi papá falleció y fue muy simbólico porque se muere cuando se cumplen los tres años del asesinato de Pocho. Más allá de sus problemas cardíacos, no pudo resistir a tanta impunidad (le tiembla la voz).
Soy docente, doy clases. Y me fui sumando a lo que continúan otros, a lo que era el trabajo de Claudio. A su casita en el barrio Ludueña los pibes la transformaron en el Bodegón Cultural Casa de Pocho, donde hay talleres y los jóvenes con los que trabajaba siguen ahí abriendo posibilidades a otros
adolescentes.
-Una forma de continuar con su espíritu.
-Sí, por eso decimos que a Pocho no lo mataron sino que lo multiplicaron.
Hoy vemos que hay un montón de gente que tomó como bandera lo que él hacía para salir adelante.
-¿Por qué le decían "Pocho hormiga"?
-En Entre Ríos estaba en la Juventud Peronista. Pero le quedó ese sobrenombre cuando vino al seminario en Santa Fe, y dicen que sus anotaciones cuando estudiaba las hacía en boletas partidarias. Y lo de
hormiga surgió luego de su muerte, de un texto que escribió Gustavo Martínez, con quien eran compañeros en ATE, queriendo asemejar el trabajo de Pocho con el de las hormigas.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/reportajes/25-96596-2007-12-23.html







*

 De todo, quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba
siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería
interrumpido antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera,
del sueño, un puente,
de la búsqueda...un encuentro.


*Fernando Pessoa






Domingo, 23 de Diciembre de 2007
Caballero de la noche*



*Por Mariana Enriquez


Se dice que obtuvo el don para la narrativa de chico, cuando a los 12 años tuvo que vender medias por las calles de Buenos Aires. La familia Bajarlía, otrora muy acomodada, había caído en una importante bancarrota económica, y Juan Jacobo tuvo que salir a trabajar. Pero los Bajarlía pronto se recuperaron, y el chico pudo estudiar derecho y especializarse en criminología. Además, pudo dedicarse con auténtica pasión a la poesía y la literatura. Era, aseguran quienes lo conocieron, una rara mezcla de
callejero y ratón de biblioteca.
La ocasión actual es que se acaba de publicar El placer de matar (Alción Editora), uno de sus libros inéditos de investigaciones criminológicas, y una muestra impecable de su talento y su gusto por lo insano, lo marginal, lo macabro; gustos y obsesiones que, inevitablemente, lo convirtieron en un autor atesorado por lectores jóvenes. Liliana Heer fue su amiga y compañera de charlas literarias, y cuenta: "En los setenta leí Fórmula al Antimundo, un libro de cuentos centrados en la pluralidad del tiempo y la problemática de la destrucción. Categorías básicas de la parapsicología y de la ciencia ficción, género dominado ampliamente por Bajarlía y sobre el cual mantuvimos luego algunas conversaciones. Recuerdo el día en que escritores amigos me hicieron conocer a Jean Jacques en un bar cercano a su despacho. Una suerte de iniciación en el campo literario (yo aún era inédita). Para jóvenes de mi generación y de otras varias, Bajarlía funcionó como referente de entredichos artísticos, maestro, brújula, amigo incondicional, gran lector y narrador maravilloso de anécdotas de todo calibre. Jean Jacques poseía
numerosos rasgos que atraían a los artistas en formación, simplemente porque él siempre fue joven, abierto, espontáneamente deleuziano, amante del devenir. Fue un precursor del cyberpunk, de los seres electrónicos, no en el sentido de la repetición de la máquina por el hombre sino del desarrollo del hombre a través de las máquinas para recuperar la memoria perdida".
Uno de sus admiradores, el periodista Emilio Fernández Cicco, escribió en un texto publicado cuando Bajarlía murió, en 2005: "No es frecuente encontrarse con un anciano de traje y corbata, calvo como una rodilla, grandes anteojos de insecto, que hable sobre sexo anal y asesinos seriales, y que escriba
poemas al demonio en el hospital mientras espera la muerte".
Bajarlía era tan polifacético que su currículum resulta apabullante. Fue poeta (Estereopoemas, 1950; Nuevos límites del infierno, 1972). Fue uno de los principales difusores de las vanguardias de principios del siglo XX en Argentina con libros como Literaturas de vanguardia (1956) y El vanguardismo poético en América y España (1957); entre 1948 y 1956 dirigió la revista Contemporánea y formó parte, en 1944, del Movimiento de Arte Concreto-Invención, junto con Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado, entre otros. Fue ensayista crítico de poesía (La polémica Reverdy Huidobro/El origen del ultraísmo, 1964, o Fijman, poeta entre dos vidas, 1992); fue investigador histórico, criminólogo y curioso de lo oscuro y lo erótico (Sadismo y masoquismo en la conducta criminal, 1959; Drácula, Bram Stoker y el vampirismo, 1992; Breve diccionario de periodismo y poemario satírico, 1997). Fue narrador y dramaturgo: escribió novelas policiales con el seudónimo de John J. Batharly como Los números de la muerte, 1972, y El endemoniado Sr. Rosetti, 1977. Fue periodista: trabajó para Clarín y Playboy, y el día antes de su muerte a los 91 años salió publicado un artículo suyo en La Gaceta de Tucumán. "Pero en los últimos años, aunque conservaba un humor excelente, estaba dolido", cuenta Diego Arandojo, escritor, cineasta y discípulo-amigo de Bajarlía, quien prologó su
libro de relatos Cuentos macabros para sonámbulos. "Se lamentaba porque no podía publicar sus libros y tenía que andar pidiendo por las editoriales, como si fuera un autor novel. No se quejaba, no era eso; se sentía menospreciado. 'Me mataron con balas de silencio', decía siempre."
El otro lado
Un breve repaso por el índice de El placer de matar es suficiente para dar cuenta de la condición de arqueólogo tenebroso de Bajarlía: "Los profanadores de Tumbas", "Lesage, el Mago de Satanás", "Sexo y antropofagia".
Un fragmento también puede dar cuenta de su estilo: "El crimen es la convocación de las sombras, el placer de diluirse en las tinieblas. El victimario es el hijo ignorado del viejo Harpócrates, el dios homicida que se alimenta de oscuridad y silencio". Sin embargo, no es posible encasillarlo. "Es difícil elegir una faceta", dice Liliana Heer, "por momentos en su obra resuenan diferentes zonas, registros, disciplinas, géneros. Su curiosidad permanente, el entusiasmo investigador hacen que sus
poemas estén atravesados por detalles y escansiones del buen periodismo".
Tono Truman Capote en El placer de matar y en poemas como "El sueño de Luther King" de Nuevos límites del Infierno: "Fue el 4 de abril, en Memphis./ las naves orbitales recogían la eternidad/ y tu risa llena de ríos devoraba el odio blanco y la violencia. / Venías de Deep South donde los esclavistas enumeraban y marcaban cuerpos negros para acuñar moneda..."...
"Pero, como temprano seguidor de Werner Heisenberg y de Einstein, se apasionaba hablando de las relaciones de incertidumbre y el indeterminismo del universo físico, en contraposición a todo tipo de causalismos y clichés.
Veía al lenguaje como un mundo material de incertidumbre y exploración permanente. Era adicto a la libertad de transponer un género en otro, sin olvidar jamás la premisa del humor como una forma de poesía".
Esa faceta, en la cual el centro de su universo creativo era la experimentación con el lenguaje, se desarrolló en la época del grupo Arte Concreto Invención. El propio Juan-Jacobo cuenta en el documental Bajarlía (2005), de Diego Arandojo, que se presentó en la sala Leonardo Favio de la Biblioteca del Congreso. "Habíamos establecido que teníamos que liquidar todo el lenguaje que se utilizaba hasta ese momento porque considerábamos que estaba gastado. Tratamos de hacer una poesía totalmente distinta. La hice yo en Nuevos límites del infierno, donde inclusive pensando que en algún momento los robots se iban a comunicar con el ser humano, e iban a tener su lenguaje propio, redacté varios robot-poemas adjudicándoles el lenguaje específico que desde mi punto de vista podrían tener los robots." Consideraba, además, que habían logrado una revolución con el grupo Arte Concreto Invención. "Una revolución en el sentido de la estructura del verso. Porque habíamos liquidado la rima, habíamos liquidado la combinación estrófica cerrada. No nos interesaba el soneto. El soneto tan cacareado por Leopoldo Lugones. Los muchachos jóvenes estaban tomando contacto con la vanguardia y el verso libre. Y este Lugones, entre nosotros, que es considerado como el mejor poeta de la Argentina, de alguna manera
retrasó la poesía argentina."
Bajarlía también se desempeñaba como criminólogo en su estudio de abogado de la calle Cerrito ("llegué al relato fantástico por los relatos que me hacían mis defendidos") y daba clase en la Escuela de Periodismo. Allí conoció a quien fue su célebre novia: Alejandra Pizarnik. "Era 1954", cuenta en la
entrevista del documental. "Comencé mi primera clase con Alejandra frente a mí, citando algunos términos muy interesantes del dadaísmo y el surrealismo.
Refiriéndome a Tristán Tzará dije que, por ejemplo, el arte era un producto farmacéutico apto para imbéciles. Esa misma noche, Alejandra me esperó a la salida de la escuela de periodismo y me dijo dónde podía conseguirse una bibliografía que repitiera lo que yo había dicho. La invité entonces a la confitería La Real que después se convirtió en Banchero, en Corrientes y Talcahuano. Y allí comenzó nuestra gran amistad. Desde ese día en adelante Alejandra se servía de todos los libros que yo tenía en el estudio. Se
acostaba, o nos acostábamos, en el estudio y hacíamos una vida totalmente irregular.
Durante dos años hicimos esa vida de pareja, hasta que un día, cansado yo por una serie de, digamos, infidelidades, traté de cortar con ella. Pero antes de cortar, recuerdo que yo estaba corrigiendo la traducción de La lección de Ionesco, y vino a verme al bar en donde yo trabajaba sobre ese texto, con una valija, la puso sobre mi mesa y me dijo, de buenas a primeras: 'Mañana me caso con vos'. Entonces la miré y le pregunté si estaba trastornada. En la valija llevaba un par de ropas íntimas, dos o tres ejemplares del primer libro que yo le hice publicar a Arturo Cuadrado, y algunos lápices. Era todo lo que traía. Le dije que yo entendía que ella estaba trastornada, porque ninguna persona se casa en 24 horas, se necesita un tiempo especial para preparar, digamos, todo lo que le va a servir a la pareja para el matrimonio. Y comenzó una discusión que duró toda la noche, por los bares de Buenos Aires y de Avellaneda, donde la fui llevando de a poco, hasta dejarla en la puerta de su casa en Avellaneda."
Poco después de la ruptura con la poeta se casó con la que sería su esposa hasta la muerte: "Era, desde mi punto de vista, la joven más hermosa de la época. A tal punto que la llevé un día a la casa del teatro, donde yo tenía que verme con Leónidas Barletta. Y Barletta, al verla a ella quedó tan impresionado por su figura que me dice, nos dijo: 'Dejáme a Enriqueta y hacemos La dama de las camelias'".
De esa época data también su cercana amistad con Leopoldo Marechal -que lo llamaba "zoólogo de la monstruosidad"- y Jacobo Fijman. "Yo llegué a conocer a Fijman mucho antes de conocerlo a Leopoldo Marechal, que era muy amigo mío, estábamos continuamente en su casa, hablábamos de poesía y de un montón de cosas. Y ya Marechal, por la época en que yo lo frecuentaba, lo había descrito a Jacobo Fijman como un ser de doble personalidad, digamos. Algo así como un hermafrodita, pero no desde el punto de vista sexual, sino desde el punto de vista corporal. En Adán Buenosayres lo describe diciendo que la mitad de su cuerpo era femenina y la otra mitad masculina. Cuando lo agredían, él siempre contestaba con citas literarias, por elevación, igual que Borges."
La niebla del olvido
Bajarlía nunca dejó de escribir, ni de actualizar sus libros (agregó capítulos sobre Anne Rice y autores de los años '90 a su clásico ensayo sobre vampirismo) ni actualizarse él mismo. Según su hijo, no le gustaba mucho la compañía de gente de su edad que, según él, "estaban totalmente chotos", y usaba laptop e Internet. "Los amigos le decíamos que tenía hipervínculos, que era una wikipedia con patas." Claro, se podía pasar de un tema a otro en conversación, una conversación que además estimulaba porque, según se cuenta, su casa estaba abierta para todos. Uno de sus más famosos invitados fue Federico Andahazi, que recibió ayuda de Bajarlía para la investigación de la novela Las piadosas. Y otro amigo célebre, aunque de cuño completamente distinto, fue Antonio Di Benedetto: cuenta la leyenda que
una persona transportó hasta el estudio de Bajarlía un rollo de papel escrito por Di Benedetto, que estaba preso en Mendoza bajo la dictadura, y que le pedía ayuda". Diego Arandojo confirma su papel como abogado que atendía casos de presos políticos con frecuencia.
Después de la edición de El placer de matar, hubo varios planes frustrados de reeditar los libros que no se consiguen, y de terminar de publicar su extensa obra inédita. Por ahora, los proyectos han fracasado. Entre esos libros se adivinan una cuantas perlas: el ensayo biográfico Antonio Di Benedetto: Diario de una agonía; Nuestra Señora de los Basurales, una peculiar obra centrada en los cadáveres arrojados a basurales durante las dictaduras argentinas, libros de poemas como Te espero al amanecer, Poemas del abismo o Nadie te ha visto, Satanás. También un ensayo sobre los "martinfierristas", grupo cuya trayectoria estudió con detenimiento, y La novela que escribió Borges, la literatura cyberpunk y otros ensayos donde está la famosa teoría de Bajarlía acerca de que Borges habría escrito una novela policial con seudónimo, de la que nunca se quiso hacer cargo.
"También están los diarios del juicio a las Juntas", cuenta Arandojo. "El estuvo presente en la sala como periodista y tomó apuntes de los asesinos desde el punto de vista de la criminología: los observó desde lo anatómico y lo gestual; cómo hablaban, cómo se movían, una suerte de perfil criminal."
La suerte de estas obras es todavía incierta. Liliana Heer lamenta esa oscuridad, pero no se sorprende: "Bajarlía tiene un lugar muy importante entre los escritores no reconocidos. Pienso en una serie improvisada que incluiría a Libertad Demitrópulos, Leopoldo Marechal y Néstor Sánchez. Han tenido un mísero reconocimiento, sobre todo comparados con otros. Creo que innumerables razones intervienen en la exclusión, desde marcas políticas, exilios 'voluntarios', ruptura de jerarquías hasta una singular relación con el arte fuera de la infatuación, experimentalista. En pocas palabras, ajena al canon y al bronce".



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2858-2007-12-23.html








A FONDO: ENTREVISTA AL ANTROPOLOGO
José Garriga Zucal:

"Todas las barras bravas son iguales: las une la cultura del aguante"*


La pasión por un club separa a las hinchadas. Pero todas se unen en los códigos de la violencia, el machismo exacerbado, la intolerancia hacia el otro y los vínculos oscuros con los dirigentes.


*Claudio Martyniuk. cmartyniuk@clarin.com



Todos los ojos no ven lo mismo, y la mirada de un antropólogo sobre el fútbol es capaz de brindar aportes para conocer cómo circula la pasión y se conforman los lazos personales entre los hinchas. La violencia, el machismo y la intolerancia son rasgos de los barrabravas, pero una visión más profunda es capaz de reconocer las bases sociales de estos valores y el giro que tomó en las últimas décadas el modo de manifestar la lealtad a un club de fútbol.
Investigador participante, José Garriga Zucal se sumó a la barra brava de Huracán para explorar sus patrones y, sobre todo, para determinar el lugar que ocupa la violencia en el fútbol argentino.

¿El fervor del barrabrava es diferente al de otros actores del fútbol?

Son diferencias de grado. De hecho, conocemos muchos dirigentes que antes fueron barrabravas. La pasión, en muchos casos, puede ser la misma. Es un problema reducir la violencia sólo a los barrabravas. El escenario del fútbol es mucho más complicado. Los barrabravas son los más violentos, pero no los únicos. Hay dirigentes que también tienen actitudes patoteriles.

¿Hay una tipología de los barrabravas?
Es muy difícil hacer una tipología porque es un grupo muy heterogéneo. Vamos a encontrar desde desempleados hasta profesionales; gente que roba y gente que trabaja. Hay adictos y personas que no consumen drogas. Una particularidad que los aglutina es la cuestión del "aguante". Son aguantadores. Y el "aguante" tiene que ver con la violencia. Estos hinchas heterogéneos se hacen homogéneos al ser aguantadores, peleadores.

¿El "aguante" se define por oposición a un adversario?
Hay una idea de diferenciación a través del "aguante", pero no es tanto con la otra barra brava rival, sino con los otros actores sociales del ambiente del fútbol que no hacen del "aguante" su marca distintiva. Por ejemplo, con los otros espectadores que no se pelean. Entonces, se genera una diferencia
entre las barras bravas y el resto de los espectadores; entre las barras bravas y los jugadores, dirigentes y técnicos.

¿Entonces una barra brava no se diferencia de otra?
Todas las barras bravas son iguales: las une la cultura del aguante. El "aguante", como característica definitoria, está presente en las distintas barras bravas. Comparten los mismos códigos, la misma lógica. La barra brava de Huracán tiene la misma cultura que la de San Lorenzo.

¿Qué conductas se manifiestan en la práctica del "aguante"?
Para ser miembro de una barra brava, hay que pelearse. "Los pibes" -como se llaman ellos mismos- se definen por "bajar cuando hay que bajar". No se puede ser un cobarde. Después, como todo grupo, tienen códigos, pero también los violan. Es muy común que, por ejemplo, digan que no se usan armas de
fuego en los enfrentamientos entre hinchadas. Pero a veces las usan. Es muy común que digan que las banderas se roban en un enfrentamiento, pero a veces las roban en otras situaciones. Mienten, como el resto de la sociedad.
Nosotros sabemos que el semáforo se cruza cuando está en verde, pero a veces lo cruzamos en rojo. Hay un código que respetan bastante: no denuncian.
Cuando los hinchas de Boca golpearon brutalmente a los de Chacarita, éstos desistieron de hacer la denuncia. Lo aguantaron con los códigos del grupo.

Pero esas conductas se vengan, ¿no?
Por supuesto. Y así se genera un ciclo de violencia infinita, precisamente porque no se denuncia pero sí se venga. Porque siempre hay que demostrarle al otro que se tiene más "aguante". Siempre se están buscando para pelearse, o quedó una deuda que no está paga y hay que cobrar.

¿Estos grupos están vinculados al barrio?
Sí. Se reúnen en una esquina, se consideran garantes de la seguridad de ese barrio. Suponen que mientras ellos estén ahí, no va a haber robos. Funcionan como reguladores de la paz social en ese espacio. Por supuesto que son reguladores entre comillas, porque ellos mismos generan trastornos. Están
consumiendo drogas, orinan las calles, pintan las casas, se pelean con los mismos vecinos... Pero tienen la convicción de que regulan el espacio social.

¿La policía negocia con ellos?
Negocia con ellos, y también sabe que mientras la hinchada esté en ese espacio, ahí se está tranquilo, porque la hinchada misma no permite que haya un robo, porque si no, con los primeros que se la van a agarrar es con ellos. No es que no roben; no permiten que roben otros. Pero, a la vez, suelen establecer una relación duradera con los vecinos. Duradera no significa armónica ni pacífica, pero es una relación. Hay relaciones que no pasan por la cordialidad, pero que igualmente son estables.

¿Cómo se construyen los liderazgos de una barra brava?
Uno no puede llegar a ser líder de la hinchada si no se pelea. Aquel que no tiene "aguante", no puede llegar a ser uno de los "capos", como dicen ellos. Pero además, tiene que tener otras particularidades. No puede ser solamente un buen peleador. Además tiene que saber distribuir, porque los líderes de las hinchadas tienen una gran capacidad para conseguir recursos, y hay que saber distribuirlos entre la tropa. Si los distribuye mal, dura muy poco. Y además, tiene que tener una dosis de carisma, cierta capacidad de marcar una dirección estratégica, política.

¿Cuántos miembros tiene una barra brava?
Las de River y Boca son las más grandes. Pueden tener quinientos, cuatrocientos miembros. Y las de Huracán o de San Lorenzo deben tener doscientos, trescientos miembros.

¿Cómo juega la lealtad entre ellos?
Es importantísima. Tiene que ver con la solidaridad. Como es un grupo que está casi constantemente fuera de la legalidad, eso los hace ser muy compañeros hacia dentro del grupo. Cuando uno de ellos cae preso, hay actos de solidaridad específicos. Cuando alguien es herido, se encarga la hinchada de llevarle medicamentos o conseguirle dinero a la familia. De la misma manera, si una hinchada se cruza con otra, aquel que no baja del micro a pelear recibe una sanción dura, porque ha violado el código que dice que
todos los que suben al micro de una hinchada deben pelearse. ésa es una falta de lealtad para con los compañeros.

¿El machismo sigue siendo un valor dominante en estos grupos?
El machismo aquí es exacerbado. Porque la cultura del "aguante" se construye en la masculinidad: pelearse es una cuestión de machos. El que no se pelea está "amariconado", dicen ellos, aun cuando también dicen que no tienen nada contra los putos. En verdad, hay homosexuales entre ellos. No es una
cuestión de machos -en términos de roles sexuales-, sino que es una cuestión de prácticas en el enfrentamiento contra otra hinchada. Hay que pelearse. Y el que no se pelea va a ser sancionado y va a ser alejado de la hinchada.

¿Hay chicas?
Son pocas. Hay novias, alguna hermana. Pero en el micro de la hinchada hay muy pocas chicas.

¿Son xenófobos?
Dentro de las hinchadas hay bolivianos, paraguayos... Más que xenofobia, hay una intolerancia increíble hacia el otro, que en algún contexto puede ser boliviano, paraguayo o judío. Pero es una cuestión de intolerancia hacia el otro, no de xenofobia en función de los valores de lo argentino o de una cierta particularidad racial.

¿Son todos jóvenes?
Buena parte de los hinchas son jóvenes, pero los líderes de las hinchadas suelen tener entre treinta y cincuenta años. En la juventud hay una fascinación especial por ser parte de la hinchada. Es el momento en que ingresa la mayor parte de los hinchas. La violencia, el "aguante" genera fascinación. Después, algunos se quedan.

¿Qué influye en el permanecer o retirarse?
Intervienen cuestiones de clase. Aunque esta fascinación por la violencia es común a grupos sociales muy distintos. No solamente están fascinados por la hinchada los sectores populares, sino también las clases medias. Lo más común es que estos grupos de clase media, como tienen un abanico mayor de oportunidades, dejen la hinchada. En cambio, los sectores populares, que no tienen tantas posibilidades en términos identitarios, siguen perteneciendo a la hinchada. Pero no siempre se da así, como lo muestra el liderazgo de la barra brava de River: todos miembros de la clase media alta. Eso nos permite romper el concepto -sumamente grave, política e ideológicamente-, de que violencia es igual a pobreza.



Copyright Clarín, 2007.

Cuatro años entre el micro y la tribuna
Garriga Zucal investigó desde adentro a la barra brava de Huracán, para lo cual tuvo que superar desconfianzas y filtros. "Son grupos muy cerrados, afirma, porque están más allá de los límites de la legalidad. Uno supone que los barrabravas están excluidos del mapa social, pero son actores sociales
como nosotros. Están, mantienen relaciones con periodistas, dirigentes, políticos. Un dirigente me fue abriendo las puertas hacia ciertos barrabravas. Porque todos tienen un barrabrava amigo. Los barrabravas no son marcianos que llegan a la cancha sábados y domingos para hacer disturbios: son parte de la vida social del club. Se los puede encontrar jugando al ping-pong o llevando a su hijo a hacer algún deporte; en la plaza charlando o trabajando. No es tan difícil conocerlos. Lo difícil es que lo dejen a uno ingresar al grupo. Y el punto clave tiene que ver con quién habilita el contacto. Si es alguien de confianza, se puede entrar".
"Aceptaron ser observados. Sabían el trabajo que estaba haciendo. Varios de los jefes no quisieron hablar nunca conmigo. Pero con los que establecí relación, fue cordial. Me sentí hasta cuidado y protegido por muchos. Pero siempre estuvo claro que yo no era un integrante, sino alguien que estaba
haciendo un trabajo para la facultad. Tuve que medir las palabras: me cuidé de decir investigación, por la connotación policial del término. Y tampoco dije antropólogo, porque les suena muy extraño. El tema de la presentación es sumamente importante para ver qué rol le dan a uno. Y yo siempre quedé afuera, yo nunca fui de la hinchada. Fui, por cuatro años, el otro. Y en muchos momentos tuve miedo".

Señas particulares
Es magister en antropología social (IDES-IDAES/UNSAM) e investigador del CONICET. Publicó el libro "Haciendo amigos a las piñas. Violencia y redes sociales de una hinchada de fútbol" (Prometeo).
NACIONALIDAD: ARGENTINO
EDAD: 31 AÑOS
ACTIVIDAD:PROFESOR EN LA UBA Y EN LA UNIV. DE SAN MARTIN


*Clarín.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2007/12/23/z-04215.htm





*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 23 de diciembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ariel Ramírez (La Misa Criolla). La música de fondo serán villancicos del Coro de Lia Molina. Comentarios sobre la navidad en Latinoamérica y Austria de Walkala, Maximilian Schönberger y Johannes Rössler.
¡Les deseamos una feliz audición, unas alegres fiestas de fin de año y un feliz inicio del 2008!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg   AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
        



Los escritos del año...*



Les propongo que cada cual elija un texto.
Uno solito de aquellos textos que le hayan conmovido más entre aquellos publicados en Inventiva durante el 2007. Asi despedimos y recibimos un año con una antología construida entre todos.

(Hasta el 30 de diciembre inclusive, espero vuestra elección)

Abrazo fuerte y lo mejor al porvenir para cada uno.


*Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com



 



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"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

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Friday | December 21, 2007

ENTRE ILUSIONES Y DERRUMBES...

XXII*




No pudo ser
que estuviéramos
alguna vez
entre uno de dos
iguales
no pudo ser
que el aire
fuera aire
sino ese fuego
ardiente
que nos caló los huesos.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
-Donde supura el aire. Poemas.
Nos y Otros Editores. Madrid. 2007.






ENTRE ILUSIONES Y DERRUMBES...






Mediterránea*


No la veía hacía seis años. Estaba un poquito más flaca, espigada, y tenía los brazos y las piernas tonificadas, bronceadas, como si las hubiese trabajado en un gimnasio. Me impresionó verla tan arreglada, con los labios pintados, un collar de piedras de colores bailándole sobre el escote, camisita de color salmón y pollera blanca, toda una secretaria del micro centro, sin medias, tacos, un andar sólido, seguro, muy femenino. Lo que no había cambiado ni un poco era su polenta: seguía intacta, avasallante. Nos pasamos los teléfonos y arreglamos para almorzar.

- ¿Cuando fue la última vez que nos vimos? - se vino de ejecutiva de nuevo, colores claros, todos al tono. Estamos frente a frente en una mesa pegada a la ventana.
- A ver, pará -dice, y arruga la cara, piensa, las pupilas de sus ojos claros se contraen, parecen de plomo, con el dedo índice se toca la nariz -, el primero de enero del 2002.
- ¿El día que asumió Duhalde?
-  Si, no te acordas que en un momento fuimos al comedor a mirar la tele - dice, y toma un trago de sprite.
- Si, es verdad.
- Y yo me fui al día siguiente - con los dedos de la mano se acaricia los pelitos rubios del brazo, apoyado sobre la mesa -, cinco presidentes en diez días, coño, ¿donde se ha visto?
- ¿Qué te decían allá cuando les contabas?
- No entendían - dice, y se corre el mechón de pelo rubio que le cae sobre la cara: en el cuello tiene tatuados un par símbolos, me parece, incas o mayas -, no les entra en la cabeza semejante cuadro institucional.
La confitería queda sobre la Diagonal Sur, justo en la esquina, frente al Cabildo, a metros de la Plaza de Mayo. "El baño es para uso exclusivo de los clientes", avisa un cartel pegado en el vértice de la ventana. Son las dos de la tarde de un jueves.
- Qué van a entender los gallegos si ni siquiera nosotros podíamos hacer una lectura de todo lo que nos estaba pasando - está más rubia que antes, y los ¿treinta?, ¿treinta y uno? le quedan justos.
- Y en el medio de todo eso nuestro viaje -dice, como a la pasada. Sus pestañas negras son enormes: parecen los toldos de una tienda de ropa para mujer.
- Que limados, ¿no? -reflexiono.
- ¿Limados? -pone carita como de asco.
- Que bolados, digo, el país se venía abajo y vos y yo enroscados como dos nenes.
Le hago una seña al mozo para que nos traiga la carta. El diminuto piercing que tiene del lado izquierdo de la nariz, cuando mira hacia la calle, y me muestra su perfil, saca destellos de luz.
La conocí la semana que le siguió a esos dos días de furia que fueron el diecinueve y veinte de diciembre. En Colegiales, donde yo vivía, alguien imprimió unos folletos con dos o tres consignas, los pegaron en los
semáforos y a la primera convocatoria fuimos casi doscientas personas. Nos juntamos en Lacroze y Zapiola.
El clima estaba enrarecido como nunca, la gente andaba sacada, irreconocible, verborragica: el pueblo unido jamás será vencido. Casi todos le habían pegado a las cacerolas desde el balcón, todos habían puteado a Cavallo y algunos habían cortado las calles y pedido por sus ahorros. La sensación generalizada era que nos podíamos llevar puesto a cualquiera, que el destino del país estaba en nuestras manos y ya no en la de los políticos, una figura desprestigiada, enemiga del ciudadano común que trabajaba y pagaba sus impuestos. En lo personal, y a pesar de que esos días caminé por el aire, tanta catarsis clase mediera me intranquilizaba.
- ¿Qué querés comer? -ella está atenta al menú, abierto de par en par sobre la mesa.
- Ésta ensalada - me señala con el dedo la Mediterránea: queso, palmitos, rúcula, aceitunas verdes y negras, salsa golf.
- ¿Todavía sos vegetariana? -tiene ojos levemente achinados, verdes, la boca grande, los labios gruesos. Está tostada por el sol.
- Todavía -dice. Me mira y se vuelve a reír. En lugar del collar de piedras del otro día, hoy se vino con una soga llena de semillas rojas y negras, muy sobria, de feria de buen nivel.
- Volviendo a aquel primero de enero del 2002, ¿tenías conciencia de lo que estabas haciendo o te mandaste de kamikaze que eras -que sos-?
- Ya lo venía pensando, no tenía demasiado para dejar acá, y cuando la mierda explotó para todos lados, pues me decidí.
- No fuiste la única.
- Ya sé, hombre -su tonadita gallega me resulta muy exótica.
Hacemos el pedido: una ensalada mediterránea, un bife a la romana, dos sprite -la de ella con limón-, y hielo.
- Y un poquito pan, ¿puede ser, buen hombre?
El mozo dice como no, señorita, y se aleja hacia la barra.

El diecinueve a la noche salimos a la calle con mis viejos y mis hermanos: prácticamente todo el barrio, incluidos aquellos y aquellas que nunca habían movido un dedo por nadie, ni por nada, participaba de un acontecimiento que, de mínima, era diferente, exuberante, nunca visto, y de máxima, histórico, nacional y popular. Cortamos Cabildo y Lacroze. Llegaba gente de los cuatro costados con retazos de sabanas pintadas a mano, banderas argentinas, silbatos, cacerolas, tachos de basura del gobierno de la ciudad: era como el mundial pero con una carga de bronca muy fuerte. Era emocionante la reacción de la gente, la piel de gallina con cada canto, la recepción con aplausos cuando aparecía un grupo de gente, vivas, gritos, confianza, poder. Al rato unas dos mil personas marchamos hasta la puerta del departamento de Videla y lo puteamos como una hora: increíble. Muchos y muchas pasaron por debajo del puente de Carranza hacia el lado de Plaza Italia: ahí se juntaban con los vecinos de Palermo y arrancaban para la Plaza de Mayo, sumando gente a medida que la columna avanzase por avenida Santa Fe.
Ya de madrugada, en casa, todavía en estado de ebullición, comiendo un par de salchichas frías que saqué de la heladera, vi por la televisión la represión en la plaza de mayo, los gases, las corridas, el fuego, la
indignación.
Al otro día fui a trabajar: programaba para una empresa que estaba por la zona de Retiro, frente a las torres vidriadas de Movicom e IBM. Mis compañeros y compañeras contaron la experiencia de la noche anterior: yo estuve acá, no sabés lo que fue por allá, en mi barrio salieron a la calle hasta los más conchetos, con mí mujer encarábamos para la plaza cuando tiraron los gases. La charla duró los diez minutos que tardamos en bajarnos la tacita de café de la maquina expendedora. Al rato cada uno sumergió la cabeza en su código fuente.
A las doce del mediodía no aguanté más y arranqué para la plaza.

- ¿Qué onda Barcelona? -Vanesa sonríe, como si guardase muchos secretos.
Come su ensalada con mucha parsimonia: un dado de queso, una rodajita de palmito.
- Barcelona es maravillosa -vuelve a sonreír, suspira, infla el escote-, todo el mundo está en la suya, nadie te jode, el trabajo se corta a la seis de la tarde y a las siete están todos los bares llenos, hay arte en todos los rincones, hay mucha noche, y nos ves miseria.
- El problema de ellos es la inmigración -me mando un pedazo de bife que me obliga a masticar varios segundos sin poder abrir la boca.
- Si, principalmente los que llegan del África. También desde Sudamérica.
- ¿Dónde paraste los primeros meses?
- Estuve un mes exacto en lo de una prima de mamá y después me alquilé algo con dos colombianas.
Silencio.
Los dos a la vez, como en una coreografía, la nuca estirada para atrás, el codo en el aire, tomamos de nuestros vasos -el de ella con su rodaja de limón-: hubo un segundo en el nos cruzamos la mirada. Pusimos los vasos sobre la mesa y nos reímos.

El veinte hacía mucho calor, yo estaba con una camisa blanca de mangas largas. Cuando llegué a la plaza, una hilera de vallas de hierro negro fundido impedía el paso hacia la Casa de Gobierno. De un lado de las vallas, un ejercito de uniformados con los bastones cruzados en el pecho, del otro, en la zona de la pirámide de Mayo, dos mil personas, en su mayoría gente suelta, oficinistas que habían decidido, como yo, darse una vuelta, todavía calientes por los sucesos de la noche anterior. También había gente que se
había venido desde su casa con escarapelas, banderitas argentinas, carteles escritos a mano, cacerolas, cucharas soperas gigantes. Había mucha bronca, se cantaba el himno, se puteaba a Ruckauf, a Duhalde, a Menem, a la corte suprema y a De La Rua: que se vayan todos.
En un momento, de la nada, porque si, por la Diagonal Sur, desde la casa Rosada, apareció un camión hidrante que enfiló decidido hacia la gente. El chorro de agua dispersó a muchos y a otros los dejó tirados sobre el pavimento. El ruido del motor del camión era infernal. Empezaron a volar las primeras piedras.
Corrí unos metros hacia la Avenida de Mayo, frené y me di vuelta. La gente estaba enfurecida, se acercaban al hidrante por atrás y lo cascoteaban hasta quedarse sin fuerza. Todos corrían de un lado para el otro, había gente grande, nenes. Un tipo que tenía una cruz de bronce del tamaño de una caja
de naranjas se arrodilló sobre la calle y enfrentó al camión, otros lo acompañaron: resistieron la primera embestida de agua, pero en seguida apareció un grupo de policías de civil que se llevó a los manifestantes de los pelos. La gente les gritaba que se vayan a la concha de su madre, asesinos, ustedes son como nosotros, trabajadores, no repriman al pueblo. Un pelotón de la infantería se adelantó a paso firme y empezó con las balas de goma y las bombas de gases lacrimógenos: tiraron como diez en menos de un minuto. Parecía la guerra. Retrocedimos a las corridas, la gente se caía al suelo. Uno de los proyectiles cayó a mis pies y la nube de humo me cerró el pecho: corrí con los ojos cerrados, sin aire, los pulmones intoxicados.
Pensé que no iba a resistir.
Encaré para el local político de unos conocidos, sobre la calle Venezuela.
En el camino me paré a ver los televisores prendidos dentro de los bares, almacenes, casa de quiniela: la represión era feroz. En el local la temperatura ambiente era agobiante, todos a las corridas, a los gritos, algunos recién llegaban de la plaza con los ojos irritados, la presión baja, lastimaduras en las piernas y brazos: reinaba el temor y el desconcierto.
Llegaban voces que hablaban de balas de plomo, heridos y hasta muertos. Me senté en el suelo, la espalda contra la pared, me mojé la cabeza, tomé agua, cerré los ojos unos minutos.
Cuando alguien entró gritando que les estaban pegando a las madres de Plaza de Mayo, fuimos todos hasta el bar de al lado. Las imágenes eran durísimas, los caballos, los rebenques, las viejas superadas, la paliza desmedida a la gente: no lo podíamos creer. Algunos comensales, parados al costado de la
mesa, se agarraban la cabeza, como podía ser, hijos de mil puta, la puta que los parió.
Encaramos para la plaza. Los vecinos de San Telmo bajaban de los conventillos con el torso desnudo, la remera atada a la cabeza, algo en la mano para hacer ruido. Por la avenida Belgrano venían columnas enormes de gente. Miré mi reloj: eran más de las tres de la tarde. Entre el nudo en la garganta, pecho y panza por el cagazo, la obligación de volver al trabajo, decidí volver a la oficina -nunca me perdoné esa concesión-.
Los televisores mostraban a la policía llevándose de los pelos a la gente, apuntando al cuerpo, los tiros, la sangre, desesperación, la locura: una hora más tarde, todo el centro y micro centro de la ciudad sería un polvorín, un campo de batalla.
En la puerta de mi oficina, sobre la avenida L.N.Alem, me crucé con un cuerpo de la policía montada que enfilaba para la plaza de mayo: rígidos, armados, dispuestos a todo. En mi trabajo nadie estaba enterado de nada: al rato, haciendo un círculo en el medio de la oficina, el dueño de la empresa,
sonriente, levantó la copa y deseó un buen 2002: feliz año para todos.

- ¿Seguís tocando la batería? - dice ella.
Vanesa se fue a España aquel primero de enero y nunca más supe de ella. Sólo una vez me llegó el dato por una conocida suya de que estaba viviendo en un playita perdida, cerca de Málaga.
Uno de los mozos sale a calle y baja el toldo de la confitería: la sombra se come al sol.
- Ya no me dedico a la música: cambié por la escritura.
- Que linda la literatura, joder, me alegro por ti - dice, y se manda las últimas hojitas de rúcula con el tenedor, los labios grasosos con aceite de oliva -, ¿y se te puede leer?
- Podes entrar a mi blog.
- Casi no uso la Internet -se disculpa-, sólo para cuestiones de trabajo: prefiero la presencia, el cara a cara.
- Muy bien.
Le hace una seña al mozo y le pide el menú:
-Tengo ganas de comer algo dulce -me confía, casi al oído, medio cuerpo sobre la mesa: colonia de verano, suave, fresco.
- El resto, que se yo -hablo rápido, de mi, mis pasos durante estos años que pasaron-, me casé en el 2003 y me separé en el 2004, de la relación quedó una nena que se llama Violeta -ella se enternece, sonríe -, va a una sala de tres -hago una pausa, limpio con un pedacito de pan francés mi plato pelado, ella me mira, espera que siga con mi relato, dejo entre mis dedos el pancito -, trabajo en la Secretaría de Desarrollo Social de Nación, hago terapia, y estoy militando.
- Qué energía, hombre, te felicito -tiene las manos sobre la mesa, juega con sus dedos llenos de anillos, algunos de verdad, otros tatuados -, cuando me fui estabas un poco más aplacado.
- Es cierto -asumo, y ahora sí me mando el pancito a la boca.
- Que bueno lo de la militancia -dice. Se agarra el mecho de pelo rubio y lo ajusta con una hebillita de nena, austera, de color plata.
- Si, es un buen momento para hacer cosas.
- ¿Muy diferente a la experiencia de la asamblea?
- Bastante.

Vanesa, el veinte de diciembre, encaró para la plaza después del mediodía, como la mayoría de la gente. No se aguantó un minuto más sentada en el comedor de la casa de la tía, se tomó un colectivo que la dejó en el Congreso. De ahí caminó por Avenida de Mayo en dirección a la Casa de Gobierno. Cuando desde adentro del HSBC que está en el cruce de la calle Chacabuco, dispararon impunemente contra los manifestantes, ella estaba ahí: no le pegaron de casualidad, pero a pocos metros de ella caía asesinado
Gustavo Bennedeto, uno de los chicos que cayeron bajas las balas policiales esa tarde.
La conocí en la primera asamblea que se hizo en Lacroze y Zapiola. Ella estaba viviendo en el departamento de su tía, por ahí cerquita, y fue. Se armó una lista de oradores, de todo tipo y color: militantes de los setenta con caras y gestos de haber vuelto a nacer, chicos y chicas que provenían de
organizaciones sociales y culturales, o bandas de rock, señoras que querían que les arreglen las calles, parejas jóvenes que venían a escuchar, a sacar conclusiones, y Vanesa.
Se acercó hasta el muchacho que armaba la lista de oradores, y se anotó.
Fueron pasando de a uno, expusieron, arengaron, pensaron en voz alta.
Algunos estuvieron más lúcidos que otros, tenían cancha, no era la primera vez que hablaban en público, otros, en cambio, salieron a decir algunas cosas impresentables, nada inclusivas, o estructurales, problemas de alumbrado y limpieza, ruidos molestos, que los yanquis se vayan de Afganistán. Cuando le tocó el turno a Vanesa, a penas agarró el micrófono y se dispuso a hablar, temí sentir vergüenza ajena, pero a medida que fue hablando, gesticulando, me enterneció. A los tres o cuatro minutos algunas
personas la empezaron a retrucar, a bajarle línea: se armó tal cruce de opiniones a los gritos que hubo que hacer un parate: ella, en ningún momento se achicó ni cambió de idea. Era rubia, como ahora, y tenía puesto un vestidito negro, muy suelto, y sandalias de cuero: "tenemos que pensar en el futuro, en el medio ambiente, en la ecología, empezar a separar la basura, reciclar, darle trabajo a la gente, yo vengo de hacer algunos viajes y en muchos de esos lugares incorporaron la práctica con resultados muy positivos".
Esa noche terminamos durmiendo juntos: fue un sueño, pegarle a esa mitológica posibilidad dentro de un millón. La encaré, le dije que me había gustado lo que había dicho, y al rato nos estábamos contando nuestras vidas en el umbral de una casa antigua, de techos altos, ya de noche. A partir de ahí, lo único que hice fue dejarme llevar: una mina con tal determinación y auto suficiencia que quedé dando vueltas como un trompo por varios meses.

Le suena el teléfono con una canción de los Beatles. Saca el juguete de la cartera, se lo lleva al oído, arruga la cara, de repente se da vuelta, mira hacia la calle, la ve parada en la esquina y le hace señas, exagerada, contenta.
- ¿Quién es? - una chica de rasgos orientales, me parece, menudita, con la cabeza rapada, un pantalón de tipo capri, remerita de tipo musculosa, hojotas.
- Una amiga -dice-, quedamos en vernos por acá.
La amiga de Vanesa entra a la confitería, el mozo la mira de arriba abajo, encara hacia la mesa, sonríe, me da un beso, Vanesa me presenta, se saludan entre ellas con un beso en la boca, se abrazan, se acarician la espalda, se vuelven a reír. La japonesa -me di cuenta por los ojos bien grandes, redondos, sus rasgos finos, su tono de voz pausado, su sonrisa tímida - toma asiento, frente a mí, pegada a Vanesa.
- La conocí acá -me cuenta Vanesa, mientras le acaricia el pelo -en el hostel de Palermo donde estoy parando.
- Che, y no me contaste que estás haciendo allá -tengo mucho calor, siento la transpiración de mis piernas, debajo del jean-, nada que ver con lo que hacías antes, supongo.
- Trabajo con una gente que tiene una web de turismo alternativo, aproveché que traíamos un contingente de europeos para Buenos Aires y me vine. No tengo a nadie aquí, pero la verdad es que extrañaba un poco el calor de la gente.
- ¿Y antes que hiciste?
- Estudié unos dos años, trabajé en algunos restaurantes y después encaré un emprendimiento propio de preparación de comidas con harina integral, a domicilio
- Bárbaro, ¿no?
- La verdad que si, no me puedo quejar.
Pequeño silencio.
- ¿Cómo está la situación, aquí, en la Argentina? -dice la japonesa, en un perfecto español.
- Mucho mejor que antes.
- Si, algo nos han contado.
- Cuando tu amiga se las tomó esto era el infierno.
- Muy mal no me fue -dice Vanesa, y le da un pico a su amiga, se ríen.
- Ya veo.

Al rato el mozo nos trae la cuenta, Vanesa dice que paga ella, ni siquiera permite que saque mi billetera, nos levantamos, me tomo el culo de sprite que queda en mi vaso, saludamos al mozo, adios, hasta la próxima, y salimos.
- Che, hablemos antes de que te vayas, quizás te podes venir, se pueden venir -me rectifico - a una peña buenísima que se hace en el río, en Vicente Lopez.
- Ay, sería genial -le dice una a la otra.
La gente camina a nuestro lado, estamos entorpeciendo la circulación. Abre el semáforo de la esquina y un colectivo y varios autos salen hacia el bajo.
En la plaza, un importante número de turistas preparan las camaritas digitales para llevarse una foto de las Madres de Plaza de Mayo, que en un rato hacen su ronda.
- Muy lindo encontarte, Vane - le acaricio los brazos, siento la delicada alfombra de pelitos rubios-, estas muy linda -digo a modo de despedida.
- Gracias, vos también -me abraza, apoya su cara en uno de mis hombros, su respiración sobre mi cuello. Por encima del hombro de Vanesa la veo a la japonesa: mira hacia la plaza, los edificios públicos, enormes, la bandera argentina flameando al sol.
Nos soltamos, las vuelvo a saludar. Antes de irse, me dice:
 - La próxima, tráeme alguno de tus escritos.
            - Vale.
            Me hace chau con la manito y se van.
- Aguante la asamblea de Colegiales - me grita Vanesa a los pocos segundos, dada vuelta, un brazo levantado, el otro sobre los hombros de su amiga.
- Aguante -levanto mi brazo, los dedos en V.



*de Mariano Abrevaya Dios. marianodios@hotmail.com









Viernes, 21 de Diciembre de 2007
daniel guebel y las ideas que motorizaron "derrumbe", una novela que investiga el mundo interno de un autor
"Soy completamente afín al mito del escritor fracasado"*

 
"Sabía que estaba rozando ciertas 'zonas prohibidas' de la intimidad del escritor", señala Guebel, aunque tiene claro que el límite fue "la intimidad de los demás". A partir de hechos de la vida de un personaje, Derrumbe indaga sobre las imposibilidades del lenguaje para reproducir y representar
el dolor.

"El que narra expone lo peor de sí de una manera tan exasperada y grotesca que causa risa", dice Guebel del protagonista de Derrumbe.
Imagen: Alfredo Srur


 
*Por Silvina Friera


La mañana siguiente a la Navidad todo se desmorona en la vida del protagonista de Derrumbe (Mondadori), la nueva novela de Daniel Guebel. En una semana su mujer y su hija se irán; no es la mejor manera de terminar el año. El dolor por la separación lo convierte en "un animal ciego que choca contra todo". Con una entonación rabiosa y descontrolada, ese animal ciego expone sin rodeos su intimidad; registra, como si se tratara de un diario, sus percepciones inmediatas de la hecatombe: su desconcierto, su angustia, su soledad. "Soy un escritor fracasado, eso ya se sabe", dice. "Pienso que el talento a lo sumo me alcanza para escribir una obra maestra de segunda categoría. Y hasta llego a creer que incluso esa pretensión es absurda." No para de pensar, de lamentarse, y de contar bajo un impulso emocional que sorprende por la contundencia con la que se mantiene de principio a fin.
"Soy una versión metafísica del judío religioso que gimotea ante el Muro de los Lamentos después de que se lo retiraron; ahora ni siquiera tiene dónde apoyarse y ganó un nuevo motivo para llorar y tirarse de las barbas. A la hora de la queja, no hay nadie como yo." No puede evitar afligirse ante la paradoja de que aunque escribe para todos, no es leído por nadie; confiesa que siempre supo que su mujer lo abandonaría, "desde el primer día en que vino a vivir conmigo"; que ha perdido las esperanzas y, por lo tanto, la ilusión ("en la lápida de mi tumba debería escribirse: 'No soy'"). Sólo su hija es capaz de conectarlo con la vida, la única que puede sustraerlo de la basura en la que se hunde.
Guebel señala a Página/12 que empezó a escribir Derrumbe apenas su mujer y su hija se fueron de su casa. "Me moría, quería gritar y no podía", recuerda. "Me senté a escribir la verdad de los hechos; quería hacer una especie de registro completamente torrencial y demencial de cada momento de mi vida cotidiana de recién separado. Cinco minutos después, me di cuenta de que el texto se desviaba en otra dirección, que aparecía el mito del escritor fracasado porque ese dolor arrastraba las bajas pasiones de mi vida." Guebel aclara que utiliza el material confesional de manera estética.
"En el primer capítulo, ante la inminencia de su ruptura matrimonial, el personaje se exaspera contra su propio yo y contra las expectativas que tuvo a lo largo de su vida. Es como un animal ciego que choca contra todo lo que ve: contra su posición de escritor, contra su universo sentimental, contra los demás escritores, contra la propia insignificancia de su yo. El marco general de la novela es: la mierda está afuera, la mierda está adentro; el hombre que lo da todo y se convierte en el peor de los desechos, el hombre como resto, un escritor genial que se considera nada, y a la vez esa nada está carcomida por los gusanos de la ambición y del reconocimiento."
-En un momento se cuentan dos historias: la del saxofonista Paul Desmond, más cercano al mito romántico del artista, y la de Primm Ramírez, que responde al mito del artista fracasado. ¿Con qué mito siente más afinidad?
-Soy completamente afín al mito del escritor fracasado. El fracaso es el lugar desde el cual se puede escribir, independientemente de los resultados personales. Me parece que el mejor lugar para escribir es el lugar donde no hay nada que perder. Después, si el propalador de la ética del fracaso gana el Premio Nobel, ya es otro asunto, en el sentido de que el premio recae sobre el autor, no sobre la materia con la que trabaja el artista.
-¿Por qué el narrador afirma que es imposible contar el dolor, que sólo se puede contar a través de escenas?
-En la novela esbozo una teoría sobre la imposibilidad de que el lenguaje reproduzca el dolor, porque el lenguaje es una articulación convencional, no es fonética, y porque la narración es estructura de hechos. En mi novela, el dolor se articula en una sucesión que respeta bastante la cronología de los hechos, no importa si es mi separación o la de cualquier otro. Por otra parte, se expone el dolor del artista en sus distintas expresiones por no haber sido quien quiso, o por haber descubierto que hay otro que hizo más de lo que él quería o podía. Los límites del dolor son la ley del lenguaje, pero mi novela lo que articula es la incapacidad del lenguaje para "expresar" ese dolor.
-¿Serían variaciones sobre el dolor de la separación?
-Sí, creo que el libro es una serie de variaciones sobre el dolor sentimental y la pérdida. Cuando lo escribí, pensaba en música todo el tiempo. Estaba trabajando un tema principal, la sucesión melódica, la
historia de la separación, los encuentros con la hija, las reflexiones sobre el derrumbe matrimonial y, por otro lado, las variaciones, las improvisaciones sobre el tema del fracaso en el arte.
-¿En qué tipo de música pensaba?
-En el jazz, en Miles Davis, en Chet Baker, músicos de pocas notas. Cuando estoy escribiendo, tengo la impresión de que soy un saxofonista que toca rápido porque en el momento en que aparece un punto se tiene que detener y ya no puede seguir. Estaba escribiendo el derrumbe íntimo, y las variaciones, las improvisaciones, eran los sonidos particulares.
-La novela elude el riesgo de caer en lo sentimental y lacrimógeno que puede generar el tema. ¿Qué decisiones tomó para evitar ese peligro?
-No me importaba nada de lo que fuera a pensar la gente. Tenía la impresión de estar trabajando de manera cruda sobre mi autobiografía, sin ningún deseo de construir a mi alter ego como un personaje "mejor que yo", sin tratar de generar ninguna especie de imagen exaltatoria de mí. Sabía que estaba
rozando ciertas "zonas prohibidas" de la intimidad del escritor: la ambición, el deseo de reconocimiento, la competencia, el egoísmo, la envidia, la zona basura de la intimidad de un escritor. Al mismo tiempo que estaba trabajando sobre la zona dolorosa de la pérdida sentimental, era plenamente consciente de que en ese momento terrible estaba escribiendo un texto que disfrutaba, y donde se condensó, además, buena parte de mis deseos de los últimos años, que era escribir una novela en constante tensión emocional respecto del material con el que estaba trabajando. El que narra expone lo peor de sí de una manera tan exasperada y grotesca que causa risa, y lo que cuenta es tan desesperante y está tan llevado al extremo, que conmueve.
-Por eso, al final, la hija le dice: "Por favor, papá, dejá de dar lástima".
-Sí, en ese sentido es un texto impúdico sobre la exasperación de un sujeto dolido.
-¿Se planteó algún límite?
-Dentro del marco de una novela impúdica, el límite era la intimidad de los demás, pero no la mía. Sí la intimidad de mi ex mujer, no la de mi hija, porque en el momento en que escribí el libro no había un yo que exigiera reservas.
Guebel admite que Derrumbe es una obra rara. "Se lee más como un texto confesional que como una novela", dice. Siempre resulta sorprendente escuchar los primeros comentarios de los lectores. "Cuando mi vieja leyó la novela, muy discretamente, me dijo: 'Me mataste'. En un blog alguien dijo que escribí ese capítulo del viaje a Mar de Ajó, donde aparecen mi vieja y mi viejo, como una especie de Céline reblandecido. Y un primo mío que lo leyó me comentó: 'Muy lindo tu capítulo Harry Potter'. Son los efectos de la lectura, y en ese sentido este texto genera fuerte identificación o rechazo", sintetiza el escritor.
-Se podría decir que Derrumbe genera un efecto similar al de las novelas de Fernando Vallejo...
-La verdad es que leí media página del libro sobre la Iglesia y me pareció un enfático profesional de la indignación, un texto encabalgado, donde no veía nada puesto en juego, salvo la máquina de la injuria, lo cual no quiere decir que defienda a la Iglesia católica. Tampoco leí nada de Kureishi, por lo tanto tampoco sé si mi novela se parece o no a Intimidad, como dijeron.
-Hay una coincidencia con la última novela de Sergio Bizzio, también sobre una separación. El narrador de Era el cielo plantea que un hijo es una industria de producir miedos. El protagonista de Derrumbe dice que es evidente que el amor a los hijos produce ideología, y que la paternidad es como instruirse en "las aulas de la escuela de la angustia y el terror".
¿Cómo explicaría este punto de contacto?
-El mayor temor de la vida adulta es que los padres entierren a los hijos, ¿no? Con la paternidad, los terrores sobre la propia identidad se desplazan al miedo sobre el destino de los hijos. Desde que soy padre, no me importa nada de mí, simplemente pienso mi vida en términos del tiempo en que con suerte voy a existir para ver crecer a mi hija, no en términos de mi propia duración. Cuando el narrador dice que la paternidad produce ideología, es porque cumple una función en la novela: invierte la perspectiva sobre la relación entre el arte y la vida.
-Para el artista no habría futuro, para el padre sí.
-Esa sería la conclusión de la ética del narrador, lo cual es un efecto novelesco. En ese sentido a mí no me importa nada si creo lo mismo que el narrador. Las creencias del escritor son insignificantes y, en general, son bastante cínicas, porque el escritor construye una ideología a posteriori de los libros que escribe. Soy un escritor bastante programático que está escribiendo los libros que siempre quiso escribir en términos secuenciales.
Hay un programa que está formulado en Derrumbe: escribir infinitos libros, perderme detrás de esa variedad, recuperar esa variedad con mi firma, pero producir libros infinitamente diversos. Al menos como lectura hay que aceptar que casi ninguno de mis libros anticipa el que va a venir. No estoy
trabajando el condado de Yoknapatawpha, no soy faulkneriano. Mi apuesta, si se la piensa en términos épicos, es un triple salto mortal, y si se la piensa en términos peyorativos, es siempre una pirueta nueva, aunque en la serie se vea que hay algunas figuras que se espejan entre sí. Mi programa es la indeterminación, la indistinción, siempre más allá, siempre más lejos, hasta no aparecer. Es curioso que siendo ése mi programa todo el tiempo me comparen con otros escritores, lo cual, en el mejor de los casos, demuestra que no soy un lector atento a lo que se produce en mi época.
Guebel subraya que en la novela trabaja a la vez la singularidad extrema de una obra y la posibilidad de que esa obra haya sido hecha antes por otro.
"La condición epigonal es más o menos consciente respecto de una producción anterior. La anécdota que cuento en la novela sobre Henry James está en la biografía de León Edel. Lo único que aporté -precisa el escritor- fue mi percepción de que lo que estaba escribiendo James en su momento de desvarío era la estructura, infinitamente comatosa, pero jamesiana, del monólogo interior de Joyce. Estaba anticipando a otro escritor, había creado un salto mortal en su delirio; su escritura se había disparado a otro lado". El escritor observa que en la novela el narrador se ubica en condición epigonal. "Dice que es la sombra de otro, casi una textualidad borgeana, y cita la frase, que no sé si es cierta o apócrifa, de Esquilo: 'Escarbo en los restos del festín de Homero', y se pregunta: '¿Con qué sobras puedo alimentarme yo?', que en realidad es una paráfrasis de La angustia de las influencias, de Bloom", ejemplifica Guebel. "Una constante es la ilusión de la extraordinaria singularidad de la obra y también la evidencia de la
condición epigonal, una tensión no resuelta. Y en ese sentido me parece que mi libro trabaja, mal o bien, las tensiones y oposiciones no resueltas."



*FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-8710-2007-12-21.html



LA FICHA

Daniel Guebel (1956), escritor y periodista, publicó, entre otras, las novelas Arnulfo o los infortunios de un príncipe (1987), La perla del emperador (Premio Emecé, 1991), Los elementales (1992), Matilde (1994), El terrorista (1998), Nina (2000), El perseguido (2001), La vida por Perón (2004, realizada en cine por Sergio Bellotti), Carrera y Fracassi (2005), El día feliz de Charlie Feiling (2006, en coautoría con Sergio Bizzio); los cuentos de El ser querido (1992) y la obra de teatro Adiós mein Führer (1999). Escribió el guión de la película Los aventureros de Rosario, basada en un hecho policial de la vida real. Este año debutó como director con Dos cirujas, pieza de su autoría, protagonizada por Romina Ricci y Azul Lombardía.



TEXTUAL

Me derrumbo. Me derrumbo. Me derrumbo. Copiaría y pegaría la frase eternamente, pero no soporto esa facilidad. Una posición cómoda: el sufrimiento injustificado. Claro que mi mujer acaba de abandonarme. Pero yo siempre supe que eso ocurriría, desde el mismo día en que vino a vivir conmigo. De hecho, me esforcé como un condenado para producir su partida y enterrarme luego en este infierno de dolor. ¿Y? Hay maneras y maneras de morir en la vida y yo elegí la mía. Lo pienso. Lo acepto, al menos. Querría otra cosa, seguro que sí. Pero no sé cómo hacer. El fracaso despliega sus alas gigantescas sobre todos los rincones de mi vida. Oscuro, oscuro. Ser para llorar.
(...) Estoy solo y tengo que sobrevivir. Entro en mi casa, me tiembla la mandíbula. Empiezo a llorar, quiero gritar pero que no me escuchen los vecinos. Abrazo la pared, de golpe el dolor desaparece. Mi hija y mi ex mujer se borran en el aire. Siempre estuve solo, no hay nada, nunca hubo nada. Ese cuerpito frágil y alegre diciéndome adiós. Mi hija tiende el puente de plata con la vida. Tengo que ir a comprar cosas: la casa no debe estar vacía cuando ella venga a visitarme.


*Fragmentos de Derrumbe (Mondadori).







Semillas*

 

*Por Cristina Castello.  christinacastello@yahoo.fr
 
 


Presas. Van a encarcelarnos. A ellas y a mí.
Ellas. Las miles más miles de almas esbeltas
que conmigo son contrabandistas.
De valores. De utopías posibles. De Arte.
Arte. Negación de la finitud humana.
Vivir sin máscara es un deseo de belleza.
 
Es mi sueño de siempre vigilia por los sueños.
Es sed de manos abiertas.
Esta sed mía grande tanto ya que ahoga.
Quiero que cada ventana alumbre un violín un piano un arpa.
Que en todas las avenidas del mundo
esculturas de Giacometti miren en deleite a La Piedad.
Quiero que en todas las sedes de los gobiernos todos
un Cristo de Velázquez aborte el horror.
 
Esta sed. Sed bendita que agosta y reverdece el alma.
Vida ésta prodigiosa que alarga el deseo de asirla. Toda.
Y la tregua que viene con pasos demorados.
Quiero que Fra Angélico escape de El Prado
y su Anunciación recorra al mundo en Luz.
Quiero que Redon y Mantegna, Ucello, Leonardo y Monet
sean huella. Faro. Y deroguen verdugos para que Nunca Más.
 
Quiero que sepamos de una vez por Dios ya es hora
que en amor la entrega absoluta es certidumbre de libertad.
Que por las mañanas en lugar de noticias de almas sin ángeles
Bach, Poulenc, Mahler, Debussy, Schubert y Chopin
estallen sobre un Río de la Plata que se transmute en mar.
 
Mar azul de amor que en noche arrulle almohadas
con madrigales, adagios y claros de luna.
 
Quiero. Quiero y siembro. Quiero.
Que enseñemos bondad con bondad.
Que el cielo esté siempre pecoso de estrellas.
Quiero adultos con risa virgen
y ángeles que retraten en niños.
Que los impiadosos respiren a Blake.
Que Rilke exorcice la obviedad.
Que los viejitos vivan en honor.
Que el País el Continente el Mundo el Universo
sean para iguales y sin discriminación.
 
Quiero. Quiero que Eluard, Desnos y Rimbaud, Quasimodo, Yeats,
Lorca, Kavafis y Celan dancen en  poesía sobre todas las almas.
Y que entonces la Canción de la Alegría de Schiller
La Oda a la Libertad la Novena de Beethoven
sean el Himno de todos los Justos de la Tierra.
Para vivir con sed sagrada sed.
Para amanecer en víspera.
Para sembrar arte y amor.
Para no ver ya.
Máscaras.
 
Sólo luz sólo verdad.
 
 

-Del libro «Soif», («Sed»)
Francés –  español. Publicado  París en octubre de 2004
www.cristinacastello.com






Los escritos del año...*



Les propongo que cada cual elija un texto.
Uno solito de aquellos textos que le hayan conmovido más entre aquellos publicados en Inventiva durante el 2007. Asi despedimos y recibimos un año con una antología construida entre todos.

(Hasta el 30 de diciembre inclusive, espero vuestra elección)

Abrazo fuerte y lo mejor al porvenir para cada uno.


*Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com



 



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Saturday | December 15, 2007

NO VEN EL DESEO QUE LLEVA EL VIENTO...

AHORA*

 
 
Ahora
que mi cuerpo
esta desnudo de tus manos.
 
Ahora
Que mis ojos
no ven el deseo que lleva
                            el viento.
 
Ahora
que mis besos
despedazan el tiempo
                   a empujones.
 
Ahora
sin sosiego
mi corazón distraído
                   no canta.
 


*de CARLOS CARBONE.  ccarbone71@hotmail.com


 

 


NO VEN EL DESEO QUE LLEVA EL VIENTO...





Dejar a Matilde*

 

*De Alberto Moravia


Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: "Mujeres y motores, alegrías y dolores". No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.
La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino.
Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación.
Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta:
-Esta vez se acabó, vaya si se acabó.
Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono.
Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:
-¿Cómo estás?
-Estoy bien -contesté, duro.
-Perdóname por anoche..., pero no pude, de verdad.
-No importa -le dije-, así que adiós... Nos veremos mañana... Te diré una cosa...
-¿Qué cosa?
-Una importante.
-¿Una cosa buena?
-Según... Para mí sí.
-¿Y para mí?
Dije tras un momento de reflexión:
-Claro, también para ti.
-¿Y qué cosa es?
-Te la diré mañana.
-No, dímela hoy.
-No me mates...
-Está bien... ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?
Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:
-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.
Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto.
Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: "Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo", y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:
-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?
Contesté huraño:
-Vamos, monta.
Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.
Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: "Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos". Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si
hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna:
-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso.
Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: "Sigue, sigue... Ya es demasiado tarde".
Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.
-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No mires.
Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:
-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.
Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:
-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?
Y yo contesté espontáneamente:
-Pienso en lo que tengo que decirte.
-Pues dilo.
Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:
-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.
Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:
-Me duermo. ¡No me molestes!
Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle.
Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:
Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua.
Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el
estruendo de mar: "Ahora te digo esa cosa". Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: "Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer". De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo:
-Y ahora comemos.
Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano.
Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:
-Bueno, dime ahora esa cosa.
Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:
-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho?
-No -respondí.
-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?
-No.
-Entonces, ¿que nos casaremos pronto?
-No.
-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada.
-No, tengo que decirte que...
Pero ella, tapándome la boca con la mano:
-Chitón, si quieres que te dé un beso.
¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.
Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me
levanté y dije con voz natural:
-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.
Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: "Matilde", pero no obtuve respuesta. Grité
entonces: ¡Matilde!", y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se
sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:
-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.
La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo:
-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.
Pero ella no se levantó en seguida y dijo:
-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.
Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados.
En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: "También yo". Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo.
Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:
-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.
Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:
-Pero, ¿por qué?
Y ella, con una buena carcajada:
-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.
Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.



*Fuente: CIUDAD SEVA
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/moravia/dejar.htm






“Claude”*
 
 

Cómo circula la francesa con un carrito
por la vida
Cómo descubre el muchachote local sus cuernos
irreducibles en las fotografías
 
El muchachote local es un desprendimiento
tal vez la continuación de un desprendimiento innominado
acaso una protuberancia en el llano devenir
La francesa también es un desprendimiento
o la continuación de un desprendimiento
o, por qué no, otra protuberancia
 
La francesa considera que no hallándose ella en su propio cuerpo
cuando esto acontece
se halla (no atina a notar dónde) destartalada
O en migraciones
 
El muchachote local apunta a servicial
y la francesa visitante es apuntada
 
El muchachote no sólo incorrectamente cava de costado
sino que levanta lomitas de tierra de costado
y se arrellana correctamente de costado
allí donde se deja volver al cuerpo
la francesa.


*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
“CLAUDE”, filme dirigido por Cindy Lou Johnson.






 Sábado, 15 de Diciembre de 2007

DIBUJITOS DEL CORAZÓN*



*Por Hugo Alberto Ojeda


Toda mujer tiene algo que le falta.
Me gusta escribir de mañana, respirar el inmediato aire fresco llegando del río, creer en la melodía del silencio quebrada por la respiración de una mujer.
La naturaleza no sabe mentir.
Es un placer que jamás se ofrecerá en la góndola de los supermercados.
Perder la mirada por la ventana buscando en la otra orilla del Paraná lo que no se sabe ver. Dejar que mis manos hagan lo suyo sobre el teclado mientras una mujer sueña.
El universo no pregunta.
Escribo, las palabras (Borges remix) como puñadito de arena cayendo en la nada y el infinito modificándose. La tormenta terminó, el sol no va a salir.
Acontecimiento íntimo y absoluto Esta mañana el horizonte de las islas aparece despejado en el gris, casi como la línea de Times New Roman en la pantalla.
Letras, carta de un recuerdo feliz. Brunito estrenando su pilotín de los Power Rangers. Ayer tarde, turno de mi hijo con la cardióloga, examen de rutina, certificado de salud para presentar en el Normal 2. Mis zapatillas Topper de lona negra, mojadas. Las bocas de tormenta de Santa Fe y Santiago
estaban tapadas. La clínica queda en calle Santa Fe al dos mil 400. Ayer era jueves y llovía, habíamos llegado 15 minutos tarde a la cita, todos los taxis ocupados, un sesentista 140 nos había dejado en la esquina de Alvear.
Cerrar el paraguas, buscar la tarjeta plástica que es el carnet y la secretaria dejando su caligrafía gorda en la orden de papel rectangular, para después decir:
-Suban, la doctora los espera.
Lo primero que vi fue su sonrisa iluminada. Estábamos subiendo la escalera circular de madera, la puerta abierta de su consultorio ofreció su gesto resplandeciendo en la penumbra gris.
Instante Da Vinci.
Después del breve y bobo trámite social, hizo sentar a Brunito en la camilla. Con esa dulzura que a veces roza la estupidez, ella le puso los electrodos con plásticos de colores primarios. Y contándole el cuento de los dibujitos del corazón, hizo el electro.
El tiempo es materia, nube y posibilidad.
Fue menos de un segundo. La tirita de papel con los garabatos impresos de los latidos de mi hijo, la doctora agachándose para buscar un frasco de alcohol en el armario y algo volviendo a resplandecer en la tarde gris. Un maravilloso culo extremando el motivo de la belleza, el abismo perfecto entre su remerita y la leyenda de su elástico íntimo. Tan cerca y tan lejos, la hembra y la matrícula profesional. Momento único donde podría haberse condensado toda la ola de felicidad.
Tenía piel gringa. No sé si registró mi placer, me turbé cuando miró mis zapatillas mojadas. En el mismo instante en que yo imaginaba que haría el amor como una cubanita bailando reggaetone.
La ruta del deseo está asfaltada por realidades ajenas y falsas.
Puse cara de poker, me dio el certificado y nos despedimos reiterando el absurdo ritual. La lluvia nos recibió en la vereda y otra vez el paraguas.
Corrimos con Brunito hasta el super de calle Pueyrredón, el que fue vaciado por el ladrón Ragunaschi. ¿Se escribía así el apellido del pichón de Yabrán?
El viernes amanece, escribo, una mujer duerme y vos me estás leyendo. El cuarteto perfecto para la intemperie.
La potra que duerme despatarrada en la cama tiene un culo más alucinante que el de la cardióloga. Pero no me conmueve tanto porque está cerca y es cotidiano.
La posesión arruina la magia.
Las mujeres después de hacer el amor respiran distinto. En ese aire hace rincón la música.

Todo hombre tiene algo que le falta.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11556-2007-12-15.html








Jueves/06-Dic-2007
LAS RELACIONES DE PAREJA EN EL MUNDO DE HOY

¡Uy, me olvidé de casarme!"*

 
"Nos encontramos ante un desorden de las pautas del cortejo", señala la autora, en el marco de situaciones como "la posibilidad de demorar la edad del matrimonio"; "la desidealización de la alianza conyugal" o "la tendencia hacia la búsqueda 'racionalizada' de un o una compañera adecuada".


Por Irene Meler *


Asistimos a un nuevo tipo de consulta, donde mujeres jóvenes, atractivas, educadas y exitosas, recuerdan de pronto que el tiempo pasa y... ¡han olvidado que debían casarse! Esta postergación del propósito de constituir una pareja estable y de tener hijos revela hasta qué punto el vínculo amoroso, pese a los reclamos manifiestos, ocupa un espacio psíquico secundario en el sistema de ideales propuestos para el yo de las nuevas mujeres. Vemos, entonces, una modalidad de malestar cultural propia de la modernidad tardía. Hoy en día, los jóvenes educados e insertos en el mercado laboral coinciden, en términos generales, en considerar que su construcción como sujetos socialmente autónomos es una prioridad con respecto al establecimiento de relaciones amorosas. En el caso de los varones, esta tendencia no hace sino continuar con un criterio que ya estaba en vigencia a comienzos del siglo XX. Un hombre debía formarse e insertarse en el mundo social y productivo, antes de decidir que estaba en condiciones de casarse y de tener descendencia. Lo novedoso es que hoy muchas mujeres elaboran, de modo implícito, un proyecto de vida semejante. La construcción de una subjetividad compleja, apta para competir en el sofisticado mercado de las empresas transnacionales, lleva tiempo y esfuerzo.
La tendencia hegemónica en el capitalismo contemporáneo, si bien ha incorporado a las mujeres al mercado, consiste en una universalización del estilo subjetivo masculino. Encontramos una liberación femenina cuyo costo ha sido resignar los ancestrales valores de la feminidad para incorporarse,
aunque sea como socias menores, al club androcéntrico. Esta integración tiene un aspecto jubiloso, en tanto implica superar el estatuto subordinado de las abuelas y de algunas madres, pero también ocasiona problemas subjetivos e interpersonales inesperados.
Las parejas modernas, las que se unieron hasta la década de 1960, estuvieron sostenidas, en gran medida, por la mistificación del amor por parte de las mujeres. Durante la modernidad, mientras que el trabajo fue el gran asunto de los varones, el amor era preocupación central de las subjetividades femeninas. Esta actitud no resulta sorprendente, ya que la ubicación social de las mujeres dependía por partes iguales de su nacimiento y de la alianza conyugal que lograran concertar. El camino de los logros personales estaba cerrado, y conquistar a un varón exitoso hacía de ellas "la esposa del doctor, del ingeniero o del empresario", una forma de compartir el estatus alcanzado por el marido, cuya carrera sostenían con convicción, ya que formaba parte de una sociedad conyugal indisoluble. Si bien todavía existen muchas parejas establecidas sobre este tipo de contrato (Ana María Fernández, La mujer de la ilusión, 1993), se observa que tienden a desaparecer.
El correlato de la dependencia social y económica de las mujeres que integraban aquellas parejas que he denominado "tradicionales" ("Parejas de la transición. Entre la psicopatología y la respuesta creativa", revista Actualidad Psicológica, 1994) fue la idealización de la masculinidad y la estructuración de un proyecto de vida cuyo eje era seducir y retener a un marido. Emilce Dio Bleichmar (El feminismo espontáneo de la histeria, 1985) señaló que tener un hombre exitoso, o al menos algún hombre, fue un ideal central en el sistema de ideales del yo de las mujeres tradicionales.
En ese sistema simbólico, los varones deseaban a las mujeres, pero sus reaseguros narcisistas derivaban del grupo de pares: sus referentes eran los otros varones. Un líder político o un empleador exitoso que abriera oportunidades laborales podía (y aún puede) gozar del mismo tipo de lealtad y admiración, por parte de sus seguidores, que aquella que las mujeres dedicaban a sus compañeros. Mientras que ellas eran "mujeres de un solo hombre", ellos eran "hombres de..." tal o cual líder político o económico.
El amor se nutría, tal como lo describió Freud (Introducción al narcisismo, 1914), de la satisfacción de las grandes necesidades vitales. Los sujetos hegemónicos se mostraban remisos a comprometerse, ya que su capital simbólico (Pierre Bourdieu, El sentido práctico, 1980) era elevado. Las mujeres, bien lejos de la inaccesibilidad narcisista descrita por Freud en 1914, sostenían la institución conyugal con su dependencia y con la idealización de su proveedor.
Pero llegaron los tiempos del desencanto. En la llamada posmodernidad, los dioses han caído, pese a los espasmódicos intentos fundamentalistas por reciclar su culto. Este proceso puede abrir un camino hacia una existencia social menos mistificada, pero sin duda entraña riesgos que han sido descritos por Dany-Robert Dufour (El arte de reducir cabezas, ed. Paidós, 2007) como "desimbolización".
Los ideales laicos que consistían en utopías de paridad social se han revelado difíciles de alcanzar. El mundo del mañana se parece de modo algo siniestro al de ayer, en tanto las relaciones de dominación, de explotación y su versión innovadora, la exclusión, continúan generando pobreza. Un correlato de esta situación se observa en el campo de las relaciones amorosas. El lema de las mujeres anarquistas, "Ni Dios, ni patrón, ni  marido", parece cumplirse, y como todo sueño, presenta en ocasiones ribetes de pesadilla.
En algunos casos, la estrategia para superar la amenaza de soledad es una especie de reciclado de la subordinación de género acotada al ámbito privado. Así como algunas jóvenes disimulan sus credenciales universitarias a la hora de seducir, al elegir pareja impostan una dependencia que no existe de modo efectivo; y aceptan varones con menores atributos fálicos de lo que sus aspiraciones demandan. He planteado que las relaciones tradicionales entre los géneros pueden modificarse con mayor facilidad en el ámbito público y que, por el contrario, es en el terreno de la intimidad amorosa, de la constitución del deseo, donde el nexo entre erotismo y dominación resulta más resistente al cambio ("El ejercicio de la sexualidad en la posmodernidad. Fantasmas, prácticas y valores", en Psicoanálisis y género. Debates en el Foro, Lugar Editorial, 2000). Esto se expresa en lo que comúnmente se denomina "una cierta necesidad de admiración hacia el varón", que sustenta el deseo femenino. Pero admirar no es tarea fácil para mujeres que han obtenido considerables logros personales y que encuentran varones severamente fragilizados.
En efecto, la masculinidad contemporánea atraviesa por una de sus crisis periódicas (Elizabeth Badinter, XY La identidad masculina, ed. Alianza, 1993): la retracción del empleo y lastransformaciones del mercado laboral han afectado de modo adverso las ocupaciones masculinizadas. Los emblemas fálicos de los varones resultan insuficientes, a lo que se suma que la apreciación de las jóvenes sobre los logros masculinos se genera desde una experiencia donde las realizaciones educativas y laborales ya no parecen metas inaccesibles para ellas.Nos encontramos entonces ante un desorden de las pautas del cortejo, o sea de la articulación moderna entre dominación masculina y producción de deseo.
En relación con la disminución de la presión social hacia la conformidad, la creciente aceptación de la diversidad que abre la posibilidad de demorar la edad del matrimonio, y la desidealización de la alianza conyugal, se observa una tendencia hacia la búsqueda racionalizada de un o una compañera adecuada. Es lo que François de Singly ha denominado "un nuevo matrimonio de razón" ("Un nouveau mariage de raison", Dialogue Nº 77, 1982). Ese autor observa en los jóvenes franceses una sucesión de convivencias ensayadas a título experimental, tendencia que se encuentra también entre nosotros. Si los integrantes de la pareja no se sienten satisfechos, esa relación caduca y se busca otro ensayo, con el objetivo de encontrar, finalmente, una persona adecuada para formalizar un proyecto en conjunto. Una vez
cuestionado el prestigio del amor-pasión, se reflota así la racionalidad para la elección de pareja. Pero esta vez no se trata de una razón patrimonial, ni, como en tiempos premodernos, de aportar para el
engrandecimiento del linaje. Los individuos posmodernos intentan ser razonables como una estrategia para evitar los traumas derivados de las rupturas amorosas, con los que estos hijos de la generación del divorcio se han familiarizado (en su sentido más literal).
Los fracasos conyugales de la generación de sus padres los han traumatizado y ellos son cautelosos a la hora de comprometer sus afectos y desplegar ilusiones. No es necesario que haya existido un divorcio maligno entre sus padres. En muchos casos, la experiencia de amigos o parientes basta para alertar a esta generación contra los padecimientos derivados de las ilusiones totalizadoras, y el odio que con frecuencia surge cuando éstas claudican. La reserva puede derivar en ocasiones en una actitud
especulativa, donde las consideraciones sobre las dotes físicas de los candidatos o candidatas se unen con reflexiones sobre la familia de origen de la posible pareja, su salud mental, su situación económica y su prestigio. Cuanto mayores sean los logros personales en la educación y en el trabajo, más caro se vende el sujeto en el mercado matrimonial. Esta tendencia se observa sobre todo entre algunos jóvenes varones exitosos, que requieren un proceso terapéutico que los ayude a superar, ya no, como antes,
la represión del deseo sexual, sino la desestimación del afecto.
Esta dificultad para el vínculo amoroso que se puede observar en lo que constituye el sector central de las generaciones jóvenes, o sea aquellos que están calificados, insertos en el sistema y que pueden considera