INVENTIVASocial
Edición OCTUBRE 2007
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Matrioska*
Alma
cautiva en un cuerpo
anclado en una celda
la más oscura celda de una prisión infinita
arraigada en el corazón de una ciudad sin nombre
la más anónima de todas las ciudades
de aquel mundo perdido entre millones
de planetas
estrellas
nebulosas
en constante movimiento.
Y sin embargo, todo
parece suspendido en el instante.
*de Sergio Borao Llop.
sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com
http://www.aragonesasi.com/sergio
XXVI*
Tus muslos
derivan en un cielo
de espuma
apeándose
en mi boca
donde Octubre
no entraba.
En ese verano
que adelantaba
sus huestes
desplegaba su mar de cigarras
su devenir
de mariposas lecheras
su mediomundo
que trazó ese tordo
solitario
como un tonto
carbón
por el cielo.
Tus muslos
ese Otoño
se abrieron
y yo entré
al mundo más feliz
desde entonces.
*de Jorge Isaías
jisaias46@yahoo.com.ar
LA PREÑEZ DEL CANIBAL*
Conocía los secretos del pabilo,
La ciencia del sándalo y la quietud del agua.
Hablaba sin embargo la curva del humo
deslizándose sobre el aire.
Con el tiempo había aprendido a mixturar
El instante con algunas ideas consistentes,
Logrando la soltura de los yoguis.
Sin paciencia enhebraba el azar
Para levantar la bandera de seda
Sobre el techo de su casa.
El caníbal, un tiempo anduvo sin rumbo:
Casi perdido.
Hasta que al fin,
Levantó su mano con tierra,
Como un puñado de dioses que agazapados
Esperaban el segundo
Para volar clavándose en el odio.
Y comenzarán a brotar risas en su boca.
Y el corazón le crecerá hasta la altura de la tarde.
Y desde el centro de la Luna en cuarto creciente,
Un sonido de aire de reloj bajará hasta la tierra.
Convidado con creces beberá solitario su última
Contracción,
Puesto de rodillas pujará la criatura.
Y la vieja cicatriz, la sutura,
Detendrá un poco más el llanto de la cría,
Y desde adentro sonará mansa.
Asimismo la duda,
Vendrá con su facón a chancletear ante el sitio.
Convidará ginebra en tanto canto.
La guitarra en otro puño
Con la cinta del color azud.
Azud. Blanco y Azud.
El caníbal debió nacer antes,
Pero aun no ha nacido.
Su figura se ve en sueños.
Es un presentimiento de luces efímeras.
Un fuego fatuo en la boca del Padre.
Un tanto verde al madurar
Para llevarse las señas,
Un tanto más cerca de las vueltas de la llave.
Beberá el saludo y el aire del mar.
La duda le empezará a nacerle
Justo en el instante del cordón umbilical,
Pero la velita encendida en la casa
Ante la estampita de la Inmaculada Concepción
Evitará los quebrantos.
Luego silbará mansa
el sonido de lo que viene
sin prejuicio alguno.
Su babero será el norte de los astros
Y su baba el poema de lo oculto.
*de EDUARDO "BLUES" VILLALBA.
-Fuente:
http://www.barcoebrio.com.ar/blues.htm
¡A escena, actores!*
Helia Pérez Murillo, mi compañerita en las clases de interpretación, así
como en las de expresión corporal, enseñaba literatura inglesa en un colegio
religioso. Religiosa ella, rara avis, buen humor y mal aliento, no respondía
a los cánones usuales de quien se prepara para ejercer de actor. Se anexaba
a los grupúsculos más laburadores sin desestimar a los que apuntaban hacia
un destino de reviente. No todos la querían (nunca ocurre) y menos aún, la
comprendían. Detalles simpáticos la adornaban: en substancioso revoltijo
portabas tijerita, carreteles de hilo blanco e hilo negro, dedal, aguja,
alfileres de gancho. Costurera ambulante, un botón me cosiste apenas nos
conocimos. Por años trazamos un mismo derrotero estudiantil. Realizamos, a
propuesta mía, los seminarios de maquillaje y de foniatría. Hicimos "de
pueblo" (categoría "figurante"), bajo contrato, en la tragedia campestre
"Donde la muerte clava sus banderas" de Omar del Carlo, en el Cervantes.
Vos, como "mujer ribereña"; yo, detrás de una decena de ursos también
disfrazados de montoneros, en un cuadro secundábamos a Venancio Soria
(Alfredo Duarte) peleando a facón con su padre, el general Dalmiro Soria
(Fernando Labat), en el segundo acto. Se te veía en el escenario. A mí, en
cambio, como dije, cubriendo las espaldas del pelotón, con barba y gorro, el
más bajo, sólo se me hubiera distinguido con la perspicacia de la que mi
padre y su primo Boche carecieron cuando recibíamos los aplausos. De ese
saludo en la función del estreno, conservo una foto: allí estamos: vos,
sobre la derecha, empollerada y con pañuelo en la cabeza; yo, en el otro
lateral, inclinado, con poncho y lanza, respetuosamente.
Nunca olvidaré aquella friega entusiasta que me propinaras con linimento
Sloan, antes de irnos a comer Traviatas al barcito de la galería de la Sala
Planeta. Ese calambre fue de lo más genuino, y por mí la pantorrilla hubiera
podido quedarse agarrotada. Me dulcificaste. De qué buen grado te habría
ofrecido todo mi territorio recontracontracturado. Te deseé con continuidad.
Me enfebrecitabas al cerrarte el sacón de vizcacha o cuando te instilabas el
colirio. Virginidad agazapada, Helia, vos, transida y amagante con tus
treinta y cuatro años en ristra, mientras yo, con ocho menos, te alcanzaba
mis versos esotéricos, mis silvas a la metalurgia y a la agricultura, mi
única lectora, siempre una palabra amable, como una novia. También siempre
tuviste hermanos mayores, todos machitos, y siempre confundía yo la voz de
tu mamá con la tuya, por teléfono. Tu padre, siempre, además, fue un anciano
delicado de salud. Vivías en una mansión de ésas que emputecen a un pequeño
burgués que como yo la otearía desde afuera y de noche, a bordo de su Ami a
dos tonos de colorado, bien de chapa, con vos sin terminar de despedirse ni
de nada, en una callejuela de Adrogué, mucho árbol y parejo empedrado,
mucho, muchísimo parque alrededor de la casona. Yo te dejaba, Helia,
precisamente en el portón que se abría a toda esa manzana lóbrega y rodeada
por ligustro.
Estuve casado durante los dos primeros años de tratarnos. La conociste a
Viviana. Te amedrentaba su independientismo enérgico, y su desconcertante
labilidad. Por entonces, con Antonieta y Alejandro concurríamos a los
café-concert, previa presentación de nuestros modestos carnés de la
Asociación de Estudiantes de Teatro. Sucesos que acontecían cuando te
mandaste con Samuel Gomara esa atrevida improvisación en clase, incorporando
los diálogos de Ionesco en "Delirio a dúo". No te notamos más que
ligeramente turbada cuando tu ducho partenaire te lamía a través de la malla
amarronada y te besuqueaba en la nuca y se entretenía en tus nalgas y hasta
en el perineo con los avispados dedos de su pie derecho, el mocoso. Nos
quedamos boquiabiertos, y encima el texto no molestaba, abstrusas líneas que
habían logrado justificar, ustedes, el adolescente aventurado y la
ex-catequista. El recuerdo de tus desmandadas acrobacias me impulsó a la
paja, admito, las nítidas imágenes de aquel recíproco adobe juguetón.
Durante un tiempillo disfrutaste de popularidad, pero tus remilgos,
opiniones y falta de swing te remitieron a tu primitiva ubicación.
María Palacini me informó de tu presencia en una velada de gala en el Teatro
Colón con un joven británico, alto y rubio, con el que platicabas en su
idioma. Al salir, con levedad, él te había tomado del brazo, según la
chismosa que los siguiera hasta una parada de taxis.
Nos extasiabas recitando en inglés los sonetos de Shakespeare. Y no te
hacías rogar. Ya más nacionales (Dragún, Gambaro, Monti), nos divertíamos
memorizando escenas, tirándonos almohadones, para automatizar la
incorporación de la letra.
No me gustaba ni medio que te trataras con un psiquiatra, que fueras a
recibir consejos y medicación de ese vetusto chanta catolicón, amigo de tu
padre. Te costaba dormirte, tenías sacudidas en la cama, súbita sudoración,
lipotimia y taquicardia de origen emocional. Circulabas también con la
farmacia a cuestas, y el kiosco: pastillas de menta y mandarina, Genioles
por las dudas, Efortil, antiespasmódico, Curitas, terrones de azúcar,
saquitos de té. ¿Qué no he visto salir de tus carterones? ¡Ah, y el asma! El
asma que habías superado tratándote con ese doctor, lo que hacía que
sintieras por él una gratitud incondicional. Eras, en cierto modo, su
cautiva. ¿Nunca de una pasión descontrolada?... En tus jornadas de retiro
espiritual te imaginaba incandescente, aunque fuera por el divino Jesús, y
después retornando a mí, aún sin el alivio procurado. Retornando, digo, vos,
la no siempre macilenta. Cada tanto algo ocurría y tu cabellera lucía limpia
y alborotada, vestías una ropa fantástica, calzabas zapatos acordes y todo
así.
Remanida en expresión corporal, tus progresos fueron magros al principio.
Allí se expuso ejemplarmente tu confusión. El profesor soslayó la calentura
larvada que resumabas. No por tus pies planos y jirones de pintoresquismo,
menos eras un volcán. Gocé cuando me embadurnabas y desembadurnabas mientras
realizabas las prácticas cosmetológicas y de caracterización: Ratón Mickey,
villano, mariquita; cíclope, linyera, marciano, bucanero. Jamás desprovista
de ahínco deslizabas tus algodones por mi cara.
Cuando en pleno auge grotowskiano, Guido y Jorge se desnudaron recreando las
circunstancias de un cuento originariamente infantil, vos eras observada al
menos por mí: impávida, simulando, negándote al impacto visual. Retaceaste,
luego, el imprescindible comentario.
Vivía solo cuando me insinué y me disuadiste: nada cambiaría entre nosotros.
Yo, en broma atropellaba: "Soy el hombre de tus..." Y apelabas a mi
compostura. Me descubriste besando a un minón por el obelisco; y ciñendo de
la cintura a una espigada pendejita del Bellas Artes, en la esquina de
Quintana y Libertad. Y de esos encontrones, ni una palabra.
Astuto, te sugerí preparar para el fin del cuarto año lectivo una pieza
corta de Tennessee Williams: "Háblame como la lluvia y déjame escuchar..."
Aceptaste de inmediato, conmovida. "La mujer alarga el brazo, un brazo
delgado que sale de la deshilachada manga de su kimono de seda rosa y coge
el vaso de agua, cuyo peso parece inclinarla un poco hacia adelante. Desde
la cama el Hombre la observa con ternura mientras ella bebe agua."
Ensayaríamos en mi departamento una vez por semana. Con el texto nos
meteríamos cuando la etapa de improvisaciones estuviera avanzada. En los dos
primeros sábados estuvimos trabados. En el tercero ubiqué mi cabeza en tu
regazo y me amparaste. "En la ciudad le hacen a uno cosas terribles cuando
está inconsciente. Me duele todo el cuerpo, como si me hubieran tirado a
puntapiés por una escalera. No como si me hubiera caído, sino como si me
hubieran dado puntapiés." En el siguiente sábado me acariciaste, no sin
algún grado de entrega, breve, claro está. En el quinto, te retrajiste:
previsible. "Me metieron en un cubo de basura que había en un callejón, y
salí de allí con cortes y quemaduras en todo el cuerpo. La gente depravada
abusa de uno cuando se está inconsciente. Cuando desperté estaba desnudo en
una bañera llena de cubitos de hielo medio derretidos." En el sexto sábado,
como había mucho ruido en el palier, nos mudamos al dormitorio. Incluimos el
borde de la cama (matrimonial). En el séptimo, y habiendo adoptado ya ese
ambiente, apagué la luz y susurré, mi voz entrecortada, la tuya opaca,
neutra. "Recorreré mi cuerpo con las manos y percibiré lo asombrosamente
delgada e ingrávida que me he quedado. ¡Oh, Dios mío, qué delgada estaré!
Casi transparente. Apenas real, ya." En el otro fin de semana nos reunimos,
además, el domingo. Vos arderías subrepticiamente, y yo, agitado sufría y
cerraba la puerta, te invitaba a trastornarte con el auténtico temporal que
zarandeaba la persiana, apagaba la luz y en completa oscuridad intercalaba
frases de Williams, mientras con impericia me libraba del gastado pantalón
de corderoy (de bastones anchos) y de la polera. Algo se me anunciaba desde
la médula, al tantearte; sofrenado me encimé y desgarré de indeseado semen,
todo mi ser ridículo y perentorio, me ofrendé al slip de nailon. Destemplado
justifiqué el recule, atiné a desdecirme y vos te adaptabas, Helia querida,
módica, en lo tuyo. Me fui vistiendo con ocultado desdoro, encendí la luz,
alegué desconcentración y desánimo, tomamos mate con bizcochitos de anís en
la cocina.
Durante los días subsiguientes recobré ímpetus. Un tropezón no es caída. Mis
antecedentes de eyaculación precoz habían sido aislados y en circunstancias
atípicas o calamitosas. El ensayo de la obra, no obstante lo viciado del
procedimiento, nos conformaba. Y fuimos consubstanciándonos con el texto.
"Tendré una habitación grande, con postigos en las ventanas. Habrá una
temporada de lluvia, lluvia, lluvia. Y me sentiré tan agotada después de mi
vida en la ciudad, que no me importará estar sin hacer nada, simplemente
oyendo caer la lluvia. Estaré tan tranquila. Las arrugas desaparecerán de mi
cara. No se me inflamarán nunca los ojos. No tendré amigos. No tendré ni
siquiera conocidos": tu largo monólogo final, el poético y enrarecido clima
de la pieza. El punto era cómo enajenarte, cómo enajenarte y mandar, mandar
la escena al carajo. "Sus dedos recorren la frente y los ojos de ella. Ella
cierra los ojos y levanta una mano como para tocarle. El le coge la mano y
la mira volviéndola, y después oprime los dedos contra sus labios. Cuando se
la suelta ella le roza con los dedos. Acaricia su pecho delgado y liso, como
el de un niño, y luego sus labios. El levanta la mano y desliza sus dedos
por el cuello y el escote de su kimono a medida que se afirma el sonido de
la mandolina." Creadas las condiciones de río revuelto, pescar, arrebatar
los numerosos peces, los peces de tu soterrada lujuria. Y así, otra vez a
oscuras la escena, impregnado, mórbido, con suavidad te bordeo, nictálope,
busco tu boca con mis dedos, rozo tu nariz, beso tus párpados con alevosía,
me desenvaso de las incordiosas prendas, doy contra tus dientes
interceptando mi lengua, sin arredrarme aplasto tu mano con mi sexo, te
aplasto, tenaz y corroído, te encepo los pies, girás la cabeza como que te
dispararías, pero yo te sigo en el giro sin separarme, y resistís también
con las piernas, aunque tu mano no pugna por zafarse de mi aplastamiento. Es
más: me siento aferrado; advertirlo me nutre de renovadas ínfulas, no cejo,
y tu boca y tus piernas algo se distienden; yo confío, me arrellano, tu
lengua soliviantada no atina a organizarse; ¿qué es esto?: esto es mi
nobilísimo tironeo de tu ropa, la cual desparramo, te quito las medias, te
dejo en aros y en crucecita. ¿Y quién piensa en el inmenso dramaturgo
norteamericano, si hiendo tus pezones y debajo te tenemos, transpirada y
silenciosa?; "...el viento limpísimo que sopla desde el confín del mundo,
desde más lejos aun, desde los fríos límites del espacio ultraterrestre,
desde más allá de lo que haya más allá de los confines del espacio"; y tus
brazos a los lados, como desmembrada, y a no distraerme, que esto en
cualquier momento se quema, ya adviene lo superlativo, y se quemó cuando
subiste las rodillas. Costó un poquito pero percibí que me alentabas.
Respirabas mejor, acordáte, después de los espasmos.
Aún hoy, años después, ensayamos de vez en cuando la escena. Nunca
presentamos en el curso nuestra versión libérrima. Nunca toleraste que
encendiera la luz ni que subiera la persiana. Nunca me permitiste pasar a
los papeles sin el ritual de "el suelo de aquel departamento junto al
río...cosas, ropas... esparcidas... Sostenes... pantalones... camisas,
corbatas, calcetines... y muchas cosas más..." Nunca te permitiste fuera de
contexto un ademán extra-compañeril. Nunca aludimos al diafragma que
aportaras a nuestros encuentros. Nunca me dejaste ni un mísero recado en la
mensajería, en fin, ni un mísero recado de tinte qué ganas que tengo, y
siempre arreglaste con prontitud para reunirte conmigo a ensayar cuando,
como hasta ahora, te lo propongo.
Helia: siento urgencia por descristalizar esta trama. No te amo. Todo es
perfecto. Quiero más con vos. Ansío secuestrarte. Variados argumentos. El
epitalamio, el epitalamio. Pronto me mudo. Ensayemos otra obra. Proponé vos:
Beckett, Jean Genet, Arrabal, Harold Pinter, Sartre, Schiller, García Lorca,
Osborne, Ibsen, Armando Discépolo, Strinberg, Pirandello, Eurípides,
Valle-Inclán, Racine, Benavente, Adellach, Camus, Albee, Leroi Jones,
Aristófanes...
*De Rolando Revagliatti.
revadans@yahoo.com.ar
XXVIII*
Hace poco
cabía
un vendaval
en un vaso
un agosto
en un árbol
un caballo
en un techo.
Hace poco yo
volaba
en un barrilete
desbordaba
corpiños de nubes
simulaba un océano
extraño
mientras mi padre
solitario
por el campo
cazaba.
*de Jorge Isaías
jisaias46@yahoo.com.ar
Oda al agua*
En los canteros de mi mente
florecen los pensamientos
que te recuerdan en silencio
y exaltan tu presencia.
Me zambullo en tu esencia
y repaso tu historia
para hacer un balance
de tu larga vida.
Eres la bonita reina
en los inmensos mares,
juegas en los ríos
bañando las piedras.
Dibujas en los pisos
una cálida sonrisa,
riegas las plantas
con tus lágrimas espesas.
Alivias las bocas sedientas
con tus húmedas caricias
y tus masajes relajan
los músculos del cuerpo.
El universo resplandece
con tu brillo azulado,
tus gotas se deslizan
con infinita belleza.
*de María Griselda García Cuerva.
mg_cuerva@yahoo.com.ar
DETENER LA INUNDACIÓN*
La escena transcurre en un salón de tercer grado, la maestra ha dado
el tema de los seres vivos y no vivos. Una vez finalizada la explicación,
indica a los niños que levanten la mano para dar ejemplos y comprobar si han
comprendido.
Seres vivos: Los conejos, las plantas, las mariposas, dicen los chicos.
Seres no vivos: Las piedras, las casas..... los pobres.
¿Cómo los pobres? Cómo los pobres, pregunta la maestra que ha comenzado
a reír. El nene, con seriedad, explica, "mi papá siempre dice que la vida de
los pobres no es vida".
No es un chiste, ocurrió realmente en una de esas escuelas donde la
ciudad se mezcla con los basurales y se degrada paulatinamente en la miseria
de las casillas de cartón y chapa, en una de esas escuelas donde no se
entregan las libretas de calificación porque los chicos no tienen un lugar
seco, no tienen un mueble donde guardarlos.
Tiempo ha pasado desde que Borges narraba la belleza de la ciudad
perdiéndose en el amplio horizonte del campo, las últimas casas confundidas
con el atardecer de un cielo limpio y gigantesco.
Ahora las ciudades, todas las ciudades, se rodean de un amplio cinturón
de odio. Un odio que brota como el humo de las quemas, como el hedor de los
desechos descompuestos y el vaho amargo de las zanjas. Y de gente que no
sabe de dónde viene, que solamente posee la seguridad de que su destino la
forzará a permanecer dentro de esos paisajes, marcada por la pobreza que la
estigmatiza con sus signos.
¿Cómo eran los indios? Preguntó un niñito en el mismo salón. Cómo
decirle que los aborígenes eran morenos como él, tenían el mismo pelo lacio,
los mismos ojos rasgados. Cómo decirle que él es un descendiente de esos
indios por los que pregunta, si decirle esto es una especie de insulto. Si
ser un aborigen es un insulto.
Y cómo decirles que ni siquiera son pobres, que la pobreza pertenece a
tiempos mejores, y que se ha añadido un peldaño más a la escalera
descendente, se ha colocado un escalón suplementario hacia abajo, y tal como
los basurales inconfesados rodean las ciudades, la indigencia rodea la
sociedad. Y ninguno, ni el lugar físico ni el social tienen salida. Tal como
en la caritativa Inglaterra de las leyes azules se marcaba la mejilla de los
mendigos con la "s" de slave, esclavo, la indigencia marca el cuerpo y
cierra la posibilidad de escapar.
Un adolescente era animado por sus profesores, que entusiasmados por
sus logros lo instaban a continuar sus estudios. Demostrando su temprana
comprensión del mundo, el chico les preguntó si realmente creían que valía
la pena el esfuerzo, porque cuando fuese a buscar trabajo nadie lo iba a
contratar. No con esta cara, no con el dialecto de la villa miseria prendido
en el habla.
No hay folklore porque lo que los arrasa es la desesperación. La postal
pintoresca del niñito barrigudo y el perro flaco no nos debería provocar
ternura sino vergüenza. Con horror pensamos en esos europeos que seguían su
vida cotidiana mientras a unas cuadras salía de las chimeneas de los campos
un humo denso. No entendemos que no hayan irrumpido en las barracas, que los
pueblos no hayan derribado las alambradas para detener el espanto.
Nosotros tampoco hacemos nada. Nos condolemos por la suerte de los
pequeños que nos ofrecen estampitas, algunas veces somos tan generosos como
para depositar una moneda en las manos ávidas. Nos apena que no hayan tenido
la fortuna de nacer en una familia con comida sobre la mesa, que no hayan
tenido una biblioteca en sus casas, que no hayan tenido casa. Qué pena. Pero
consideramos con juicio la propiedad privada como un derecho inalienable, y
nos parece natural que todo se nos haya dado por un nacimiento afortunado.
Es más fácil así, es más seguro para conservar la paz mental.
Y nos dan miedo. "Ellos", los otros, nos dan miedo.
Quizás sea absolutamente razonable temerles, como los cortesanos
temieron a las hordas de villanos que desató la revolución en las calles de
París, como los habitantes de Río de Janeiro que saben que una avalancha de
brazos y piernas finalmente enfurecidos, finalmente conducidos por su odio
puede descolgarse de los morros.
"Ellos", los otros, nos dan miedo, porque sentimos que tenemos algo que
les pertenece. En el fondo sabemos que disfrutamos de una situación injusta,
que el haber quedado dentro de los muros es una suerte y no un derecho,
porque sabemos que en algún momento la muralla puede caer como finalmente
caen todas las murallas, y esos hombres que despreciamos se tomarán la
revancha de los esclavos. No nos engañemos, no son los pobres amables y
simpáticos de Dickens, con sus mejillas sonrosadas y sus sonrisas serviles.
A los indigentes no les dejamos nada de nada, y no nos asiste el derecho de
demandarles más piedad de la que les hemos demostrado.
Quizás haya tiempo. A lo mejor aún es posible desarticular la bomba que
marca la cuenta regresiva en el cinturón de edificios degradados alrededor
de París, desarmar los slums alrededor de Londres, desmontar Latinoamérica,
ese gigantesco río que si se desborda puede inundar el mundo.
No será con caridad, será con justicia.
No será con represión y vallas de alambre y equipos especiales de la
policía, será cuando se permita que cada hombre y cada mujer y cada niño
acceda a la dignidad que requiere su condición humana.
Si no lo hacemos, si no comenzamos a favorecer el cambio, entonces
quizás sea mejor que suba la marea, que los volcanes que ya están
secretamente encendidos liberen su fuerza devastadora, que los anillos se
vuelquen hacia adentro y estrangulen los centros, que haya un cataclismo
social para que se comience de nuevo.
Y que no hallen los alumnos a sus maestras, los mendigos a los dueños
de las casas donde fatigan sus súplicas, los aborígenes a aquellos que les
quitaron sus tierras. Porque entonces ya no habrá tiempo de explicarles lo
que es la economía de mercado, el neoliberalismo, la globalización, de
explicarles que nosotros no tenemos nada que ver con su hambre o su
ignorancia. No habrá tiempo de explicarles que nosotros estábamos en
nuestros asuntos, ocupados en nuestras cosas. No habrá tiempo de decir que
no sabíamos, de mentirles, de elaborar teorías, de culpar al orden mundial,
al gobierno, a nuestros vecinos.
Si alguna vez el río de llanura, el río de brazos y piernas marrones se
desborda, si alguna vez esto ocurriese, en el momento de ser arrastrados por
las aguas vociferantes y de ahogarnos no podremos sentir que es una
injusticia ni clamar por nuestra inocencia.
*de Mónica Russomanno.
russomannomonica@hotmail.com
Olvido en su Periplo a lo Contrario de lo Adverso*
Olvido se mece en un punto en el cual su boca es un radar que capta palabras
interiores que van hablando desde el lugar catapultado y sus menudencias
instalan el acecho de lo que oyen, como si fueran un gran dado de palabras
que surgen cuando el este golpea sobre alguna superficie.
Se acerca a los bordes de la tarde, pero se acuesta luego con un cigarro en
la boca radar y se lo devora con ligereza de gacela en medio del silencio de
su monte interior con el candil de la noche todavía intacto en su pabilo.
Ella lo mira. Le da esas escaramuzas que junta en los bares y los dancing
para
incitarlo a salir. Pero Olvido no acusa recibo, se topa consigo mismo y
pocas veces le da por las andanzas.
Comienza su lucha interior a mediados del día. En la mañana cobija dulces
Espasmos en movimientos de pluma y escribe sin saber qué decir, yendo hacia
un ahora que no tiene principio, pero sí la continuidad de su respiración en
el cuadrante del día con sus pulmones henchidos de bocanadas de aire.
Sabe que en algún lugar existe un río que lleva su nombre, pero no recuerda
el cómo ni el cuándo. Se para y silba nudos, sin acusar a su interior que
cae sobre su frente desde algún lugar parecido a la imagen de Recuerdo, pero
que es un vestigio de costumbres acicateadas por sus fibras de músculos.
Olvido era otro, en tiempos remotos llevaba su sombrero emplumado y
cortejaba doncellas en lugar cualquiera y en cualquier tiempo, hasta que una
vez oyó hablar de aquél árbol y del encanto de su néctar. Preparó su
pasaporte a una nueva identidad. En una acción inesperada, Olvido se subió
al precio
de un dios que lo marcó borrando sus miradas y sus posturas más particulares
para convertirlo en algo así como un ave de lagunas inmensas y persistentes,
de pasado desconocido, de umbrales sin aceptación de su dama más compañera:
Memoria, su madre.
Recuerdo es padre de Olvido, y jamás lo tuvo tan cerca como cuando danzaba
por los ríos en torno a las fronteras.
Memoria y recuerdo se precipitan en torno a un círculo que jamás a los
mortales les es posible ver el lugar donde se cierra, cuando recae en el
ahora.
Ahí permanecen días y meses en torno a algunos signos poco conocidos,
mareando hasta la ebriedad a los que intentan descifrar un ápice de sus
devenires.
Olvido conoce por haberlo aprendido en sus juegos de niñez, el recorrido
completo del círculo de Memoria y Recuerdo. Para él es un pasatiempo
descifrarlo en las noches cuando Luna Completa lo incita a cantar. La casa
se llena entonces de velas con luces tibias mortecinas, encendiendo en un
aire quedo y calmo, las notas que suenan de las canciones de los tiempos en
los que Olvido solía ser un joven atractivo, jamás otro amante más deseado
que él: vestidura flemática; la misma tentación vestida de implacable en el
vaivén de sus ojos sencillos; sincero y colmado de secretos que desgranaría
desnudo sobre los cuerpos elegidos; enamorando asimismo, cuellos de botellas
de vino blanco.
De niño, Olvido iba de la mano de Memoria, Recuerdo los llevaba a veces
Sobre un carro a pasear por la rivera del río, o en su canoa, contornos
inimaginados solían cobijar los árboles del camino, los pájaros más exóticos
cantaban a su paso, leyendas de la Siesta y el Pombero se mezclaban entonces
en sus oídos y él comía cocos que guardaba en sus bolsillos.
Olvido fue educado como uno que no iba a ser igual al común de la gente.
Hablaba el guaraní como un idioma dulce y el castellano con saña, para
tomarlo como una espada de dos filos: razón y lógica. Conoció también las
historias del Chaco, de aparecidos y cuentos de la guerra, pero jamás miró
el cetro del poder como algo suyo. Así fue como preparado y listo para las
altas casas de estudio, prefirió encerrarse en la cabaña paterna de la
campaña y leer hasta que sus largas pestañas se incendiaran.
Más de una vez, Olvido, en la noche de San Juan, caminó sobre las brasas,
subió al palo enjabonado y sacó la moneda con la boca sobre la paila
empavonada. Sabía pescar anguilas y taralilas con gracia inusual.
Olvido fue un buen niño y su nombre era una promesa para el pueblo que lo
quería y adulaba.
Pero todo fue distinto cuando comenzó su juventud, se hizo andarín y dejó
su Pueblo, Memoria le había advertido que no llegaría lejos, que se cuidara
de los territorios de la magia porque a él no le cuadrarían los hados de
ésta.
Recuerdo le ofreció la oportunidad de estudiar el arte de la guerra o de la
música, pero Olvido eligió por si mismo. Eligió el hermetismo y pasó de un
lugar a otro, iniciando una carrera que lo incitaba tanto como lo seducía.
Realmente notable fue la vez que Perurimá le habló de aquel árbol, acaso
herido por algún sueño malhadado en busca del saber, aquella vez su andanza
fue a buscar un anzuelo que sería una cruz cincelada a modo de tamborón que
extrañamente sonaría unísono al ritmo de su corazón, para ingerir en el
néctar de ese mismo árbol, la celada de la propia cárcel de sus impulsos
neuronales más lúcidos y singulares.
Perurimá le dio el mapa del sitio y señaló los atajos con una pluma de tinta
negra hecha con caburé. En el ñandutí de Clementina, él guardó celosamente
el papel, cobijando quien sabe qué esperanza semejante quizás al canto en
vuelo de aves boreales trinándole al lucero, luego de que Orión se hubo
marchado en su prosecución inútil de las Pléyades delante de la cabra que
iba empujando el pesado día en ese Chaco insondable, aun no refulgente de
cielo acerado y duro de fragua vesperal.
Así mismo, iba insuflado de una cordura inusitada otorgada por lo que él
entendió como señales de la causa y el efecto, sin intuir siquiera que al
perder su arraigo en la fe, estaba perdiendo lo más valioso de su espíritu.
A la manera de Psique con la lumbre de la lámpara de aceite ante el cuerpo
de cupido, buscando la certeza del conocimiento, iba hacia el mágico árbol:
"El Torcido Comedor", el de la sabiduría.
Con el último sorbo de mate cocido atizó el exquisito gusta de la primer
chipá de la madrugada, y caminó bajo el trinar de las calandrias, zorzales y
tortolas, ingresando al enmarañado monte, casi impenetrable.
Lacú lo saludó en las afueras del pueblo con una leve sonrisa, sin decir
nada, casi inmutable con su cara de santo, pero siguió fumando su cigarro
ante el aljibe, adivinando ya las intenciones de Olvido. Los perros le
lamieron los tobillos, y moviendo la cola sin ladrar, lo vieron alejarse por
la picada.
Caminó horas y días entre marañas de matorrales, bichos y arbustos para
llegar al borde del estero que señalaba en el mapa la pequeña isla donde
estaba el árbol del presunto conocimiento, patos siriris, loros, cigüeñas,
garzas, teros, nutrias y cientos de insectos voladores habitaban la laguna.
En medio de la maraña de la superficie del agua se elevaban las maravillosas
flores de Irupé, a modo de lotos perfectos, que se erguían inmaculadas en el
aire todavía fresco de la mañana. Se arrodilló en la orilla y bebió
largamente luego de apoyar su pequeño bolso con avíos y luego se sentó calmo
y comenzó a cantar el "Ñeé", el Om guaraní que aprendiera con Policarpo Roa
y solían practicar junto al León Mocoví, Ben Cotaro y el resto de los
hermanos. Fue entonces cuando apareció una manada de jabalíes
la costa y salpicaba agua. Él se mantuvo calmo y advirtió que sobre la isla
blancos que bufaban sedientos y entraron a la laguna en una hilera que
mordía comenzaron a volar caranchos que la cubrían en forma de espiral, al
rato, siete pumas se aproximaron agazapados y se echaron a su derecha, y al
tiempo otros siete yaguaretés hicieron lo propio a su izquierda a unos siete
metros de distancia. Un calor de melcocha picoteó su pecho sujeto a su
camisa en la emoción de ver aproximarse un arco diminuto de colibríes de
alas batientes que formaron un halo sobre su cabeza. Un picaflor zumbó en su
oreja
izquierda algo que él descifró como una alerta, luego los pumas y los
yaguaretés rugieron a coro el sermón del propósito, de la intención
perseguida en el momento crucial, mientras desde lejos oía el chirrido de
los caranchos cantando la canción del deseo:
"Dónde pescas hasta hoy
avatares del vino.
Qué lógicas te traen
a las luces sin brillo".
"Si bebes hoy el néctar
no sabrás tu pasado.
A cambio de los nortes
De la certeza misma,
Entregarás tus doxas
Rumiadas con mate.
Reemplazarás por citas
tus siete afirmaciones."
"Tu deseo pescará
en este mismo árbol,
una mente de radar,
lejos de ser un gran don."
"Vuelve sobre tus pasos.
Intenta con arte.
Acusa mansamente
el dolor de la razón."
Perurimá le había hablado algo del cáliz de la flor, y de cómo desnudo nadar
en el estero con brazadas en el templo de un universo de dogmas
interminables sin confundir el rumbo hacia el islote.
Unos loros comenzaron a cantar:
"Herida cerrada..."
Y todo el monte respondía:
"Herida cerrada..."
Olvido desnudó su cuerpo, rezó tres padres nuestros, extendió sus brazos de
pleno hacia los costados, respiró profundamente, luego pausadamente los
llevó hacia arriba de su cabeza y aterrizó sus palmas juntas en su frente
mientras pensaba.
*de EDUARDO "BLUES" VILLALBA.
-Fuente:
http://www.barcoebrio.com.ar/blues.htm
¿Elecciones en Cuba?*
*De Miguel Crispín Sotomayor.
arcomar@cubarte.cult.cu
Desde Cuba.
Varios amigos argentinos se sorprenden cuando les comento que en Cuba nos
encontramos ahora en las elecciones parciales y que en el primer trimestre
del año próximo habrá elecciones generales. Alegan estar desinformados sobre
cómo son nuestras elecciones y me solicitan que les explique, cosa que haré
con la sencillez de un elector que ha participado en varias de ellas, pero
que no es especialista en la materia.
Para hacer más sencilla la explicación debo aclarar algunos términos:
¿En qué consisten las elecciones parciales y las elecciones generales?
En las elecciones parciales los electores nominamos y elegimos nuestros
delegados a las asambleas municipales del Poder Popular, y éstos, los
delegados, eligen al Presidente y Vicepresidente de éstas, así como aprueban
las candidaturas para delegados provinciales y diputados a la Asamblea
Nacional del Poder Popular. Se realizan cada dos años y medio.
En las elecciones generales, elegimos a los delegados a la Asamblea
Provincial y a los Diputados. Los diputados eligen al Presidente,
Vicepresidente y Secretario de la Asamblea Nacional; así como al Presidente,
Primer Vicepresidente, Vicepresidentes, Secretario y demás miembros del
Consejo de Estado. Se realizan cada cinco años.
¿Quién designa las comisiones electorales?
La Comisión Electoral Nacional es designada por acuerdo del Consejo de
Estado y a partir de ésta se van designando las de niveles inferiores hasta
llegar a la de Circunscripción, que es designada por la Comisión Electoral
Municipal.
¿Qué son las Circunscripciones Electorales?
Son divisiones territoriales que tienen los municipios. En caso necesario se
pueden constituir circunscripciones especiales para los que residan
permanentemente en unidades militares, internados escolares o colectivos que
deben permanecer un tiempo prolongado fuera de sus domicilios. Por cada
circunscripción se elige un delegado a la asamblea municipal y es un
representante directo del pueblo.
Los miembros de las fuerzas armadas gozan de los mismos derechos al voto que
el resto de los ciudadanos.
El proceso electoral comienza con las asambleas de vecinos de la
circunscripción, electores, para nominar un mínimo de dos y un máximo de
ocho candidatos a delegados. Cualquier elector que no sea nominado puede
auto proponerse y si obtiene los votos necesarios forma parte de la
candidatura. Todos los mayores de 16 años en posesión de sus derechos
civiles pueden ser nominados En estas asambleas el elector vota a mano
alzada y se hace el conteo públicamente. Las fotos y biografías de los
nominados se colocan en lugares públicos y por ley está prohibido que los
candidatos realicen campañas proselitistas ni de descrédito contra otros
candidatos. También se expone en lugares públicos la lista de los electores,
los que pueden reclamar a la comisión electoral de circunscripción la
subsanación de cualquier error en la misma.
En la circunscripción a la que pertenezco se realizaron cinco asambleas de
nominación, en las que los electores propusieron dos candidatos: una joven y
un joven, o sea, una mujer y un hombre. En todo el país se han realizado
miles de reuniones similares y este año las nominaciones concluyen el
próximo 26 septiembre.
El segundo paso en estas elecciones lo tendremos el 21 de octubre, en la que
elegiremos a uno de los candidatos como delegado nuestro a la Asamblea
Municipal.
Como en ocasiones anteriores, este día se habilitan, como colegios
electorales, varios locales de centros de trabajo o escuelas para facilitar
el ejercicio del voto. Cada colegio tendrá un presidente, dos vocales y un
secretario, que también son vecinos de la Circunscripción. El voto es
secreto. No es obligatorio votar, es un derecho, un deber, pero no una
obligación. Las urnas son custodiadas simbólicamente por niños y
adolescentes, generalmente en uniforme escolar.
Una vez terminada la votación la mesa electoral procede a abrir las urnas y
a contar públicamente los votos, delante de todos los electores que estemos
interesados en presenciar el conteo, incluso de extranjeros, prensa nacional
e internacional u otros no electores del lugar. El elegido tiene que obtener
más del 50 % de los votos, en caso contrario se hace una segunda vuelta con
los dos que más votos hayan obtenido.
Elegidos todos los delegados constituyen la asamblea municipal, y ejercen
sus facultades para elegir los principales cargos a ese nivel y la
aprobación de las candidaturas para delegados provinciales y diputados.
Paralelo al desarrollo de estas elecciones y formando parte de ella, se
constituyen las Comisiones de Candidaturas nacional, provincial y
municipales. Ellas elaboran los proyectos de candidaturas a delegados a las
asambleas provinciales, de diputados a la Asamblea Nacional del Poder
Popular, y para cubrir los cargos que eligen éstas y las asambleas
municipales.
¿Quiénes integran las Comisiones de Candidaturas?
Están presididas a cada nivel por un representante de la Central de
Trabajadores de Cuba (CTC) e integradas por los Comités de Defensa de la
Revolución (CDR), La Federación de Mujeres Cubanas (FMC), La Asociación
Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), la Federación Estudiantil
Universitaria (FEU) y la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media
(FEEM). Las propuestas de cada organización siguen un proceso desde la base
hasta el nivel nacional y cada una de ellas es libre de proponer como
candidato a quien considere. Para ser candidato a diputado se debe tener 18
o más años de edad.
Debo reiterar que estas comisiones solo proponen candidatos, la aprobación
de los candidatos que irán a elecciones, por cada lugar, las aprueban las
asambleas municipales, o sea, los delegados elegidos por el pueblo en las
circunscripciones. Y éstos tienen que constituir por ley hasta el 50% de los
candidatos.
¿Cómo se desarrollan las elecciones generales?
La Comisión Electoral Nacional establece la fecha en que se realizará.
En ella elegiremos a los delegados provinciales y diputados que corresponden
a nuestro municipio, según la cantidad de electores.
La organización y procedimiento para llevar a cabo las votaciones es
semejante al de las elecciones parciales. O sea, el voto es secreto, el
conteo es público y aunque no es obligatorio votar siempre hay una alta
participación del pueblo en las elecciones. En todos los procesos
electorales que se han celebrado desde el año 1976, han participado más del
95% de los electores.
Se puede apreciar que en Cuba tenemos un solo Partido, pero este Partido no
propone, ni designa candidatos para las elecciones y tampoco interfiere o
dirige ese proceso.
Los miembros del Partido y demás revolucionarios que son elegidos, es porque
han sido nominados por la población y recibido sus votos. Cualquier persona
puede hasta auto proponerse en las asambleas de selección de candidatos y si
obtiene la aprobación de los electores integra la candidatura para las
elecciones.
Si los elementos contrarrevolucionarios que viven en Cuba gozaran de apoyo
popular podrían también ser elegidos y hasta ahora ninguno lo ha sido. ¿Por
qué será? También pudiera llamarlos "mercenarios" o "traidores", y no
"disidentes" o "luchadores por la libertad", como los llaman los enemigos de
la Revolución, porque cualquiera puede acudir a Internet y comprobar que
reciben salarios y otras prebendas de un gobierno extranjero, el de los
Estados Unidos, y no lo digo en forma de metáfora, hasta documentos
oficiales de ese gobierno lo dicen.
Otros aspectos que pudieran resultarles de interés: Los delegados ni los
diputados son profesionales en su función, no reciben salario por ello. Por
lo que mantienen la actividad laboral que desempeñaban al momento de ser
elegidos Todos son trabajadores o estudiantes. Además, rinden cuenta ante
sus electores, pueden ser revocados en cualquier momento de su mandato por
quienes los eligieron y siempre están disponible para cualquier elector que
desee hacerle algún planteamiento.
Nuestros diputados no hacen campañas políticas ni tampoco necesitan ser
ricos para entrar en una campaña política, sólo sirven al pueblo.
Por supuesto que a este sistema electoral pudieran encontrárseles defectos.
¿Cuál no lo tiene? , pero seguramente es más democráticos que otros que se
desarrollan en otras partes, y durante el mismo no desaparecen urnas, no se
asesina a los candidatos, no se beneficia a uno u otro candidato ni tampoco
se alteran los números, y sobre todo no se nominan ni eligen corruptos.
No creo haber cubierto todas las expectativas sobre el Sistema Electoral
Cubano ni reflejado cabalmente lo que entendemos por democracia. Si el
interés en este tema persiste, los remito a la página web de la Asamblea
Nacional de Cuba,
http://www.asanac.gov.cu/ y si no es suficiente, visiten
Cuba durante las elecciones, les juro que no es mi intención hacer una
promoción al turismo, pero valga, ni soy uno de los nominados.
LAS LANGOSTAS Y LA LUZ MALA*
Así como algunos pájaros construyen sus nidos con todo lo que encuentran,
así él había hecho su casa, o mejor dicho su rancho, con pedazos de tablas,
chapas, palos; y los agujeros más grandes los tapó con barro.- La hizo en un
pequeño claro del monte, bajo los algarrobos y chañares del borde, por lo
que estaba un poco en el monte y un poco en la limpiada. Adentro no tenía
casi nada. Dormía en un camastro hecho con palos cortados del monte, y en
principio diría que no he visto otra cosa. Media docena de perros lo
rondaban, lánguidos y flacos como él mismo.
Menudo de cuerpo, de mediana edad aunque con marcadas y largas arrugas en su
cara curtida, de tez oscura, ojos pequeños negros y escurridizos bajo sus
cejas pobladas e hirsutas, de escaso cabello lacio que tiraba hacia atrás;
armonizaba todo con una boca generosa de gruesos labios, aún más oscuros,
que formaban a causa de su grosor una división, al medio, a lo largo de cada
uno, que llamaban la atención cuando en su confusa tartamudez trataba de
explicarse en ese idioma nuevo y tan difícil para él, de esa patria extraña
a la que recién llegaba.
Labraba un pequeño pedazo de campo, un abra entre el monte, que un vecino le
había cedido; con un viejo arado mancera y dos caballos de tiro, que así
como los arreos y hasta la ropa, eran aportes de los colonos de los
alrededores, que habían sentido pena de la miseria de este recién llegado de
la guerra, y viendo sus ganas de trabajar coincidieron todos en ayudarlo. Al
comienzo le daban incluso de comer, hoy aquí, mañana en la casa de otro
colono.
Todos estaban bastante retirados unos de otros porqué allí en el norte de
Santa Fe, en ese entonces, los campos eran grandes extensiones que los
colonos iban sembrando parcialmente, ya que eran tierras circundadas y
cubiertas en gran parte por montes e isletas, que poco a poco, y cada vez
más, fueron ganando para el cultivo.
Mis tíos, que también eran colonos, eran los más cercanos. Todas las mañanas
temprano, antes de comenzar sus tareas de la chacra, venía a buscar leche
recién ordeñada y un pan casero, que era parte de su alimentación, y a veces
la única de todo el día; otras sentía ganas de conversar y llegaba ya
anochecido, se agregaba e iba prendiéndose al mate que adoptó pronto,
mientras iba venciendo su timidez y mejoraba lenta, muy lentamente, su
lenguaje, y comenzaba a animarse, y entonces poco a poco hablaba de la
guerra.
Era polaco, llegó tras la segunda gran guerra, escapado, como decíamos
entonces. Había sufrido mucho, eso se veía y se conocía luego por sus
relatos. Trabajador riguroso, derecho, simple, humilde y agradecido, se fue
adaptando y luego pasó a ser un legendario personaje de la zona, conocido y
querido por todos. Generó anécdotas y circunstancias que los mayores aún
mencionan, especialmente por su característica apariencia que llamaba tanto
la atención, su lenguaje que lo hacía tan pintoresco e incluso lo aguerrido
y encarador que resultó luego, cuando su situación material comenzó a
cambiar, fruto indudable de su incansable trabajo.
Yo tendría seis años y mi hermano mayor once. Estábamos pasando unos días
en el campo durante las vacaciones, nos divertíamos y también ayudábamos en
algunas tareas. Acompañábamos a alguno de mis dos tíos en sus faenas: arar,
sembrar, arrear los bueyes o las vacas. Todavía usaban una yunta de bueyes
para tirar el arado,. Yo iba en el asiento de hierro dominando toda la
acción, mientras uno de mis tíos caminaba con las riendas en la mano, y las
rejas volteaban las lotas de tierra casi virgen y un vaho vaporoso con olor
a tierra húmeda y cálida se levantaba entre el crujiente romperse del suelo.
Detrás venían y alborotaban palomas, gaviotines, alguna perdiz y un
revoloteo de otros pájaros diversos que hacían su suculento almuerzo de
isocas y gusanos. Alguna vez la reja cortaba víboras que sorprendía en sus
nidos, y por un momentos ambas mitades quedaban revolviéndose entre los
terrones removidos.
Una tarde desde ese trono tan chacarero que era mi asiento del arado, vi a
uno de los perros, un manto negro, el más inteligente que tenían; peleando
contra algo que no podía distinguir al principio, luego supimos que era una
víbora y a la tardecita llegó extraño, silencioso y la cara hinchada, la
boca babeante; la "yarará" lo había picado, y el magnífico "boyero" murió
unas horas después, de un modo tan lastimero que no voy a olvidar nunca. Se
llamaba Prince, era manso y obediente, él sólo a un único silbo de mi tío,
se ponía en marcha y buscaba hasta el último de los animales que estaban
pastando, vacas, bueyes, terneros, a todos iba juntando entre las isletas
del monte y los reunía en un claro para arrearlos hasta el corral donde uno
de mis tíos los encerraba. Si uno o más de ellos por mañeros se retrasaban o
se perdían en lo más enmarañado, no sé cómo lo llevaba en cuenta, si los
contaba o algo así, pero se las arreglaba para que todos sin excepción
volvieran en el grupo. Después se arrimaba feliz a buscar el premio de una
caricia.
En ese tiempo habían llegado las langostas. Cubrieron el cielo con una nube
color violeta, parecía una terrible tormenta que se levantaba por el sur,
luego el cielo se fue obscureciendo y a medida que la extraña nube fue
tomando color se empezaron a ver movedizos puntos obscuros que pronto se
agrandaban y se convertían en las primeras langostas que llegaban, y se
hacían miles y millones revoloteando y aterrizando tambaleantes, y cuando
se asentaron en las plantas y en el suelo, taparon los montes y las chacras.
Las ramas se quebraban al no soportar la pesada carga de las langostas
encimadas que las engrosaban. Revoloteaban por miles y miles en todas
partes, llenaban el patio, entraban en la casa. No había como pararlas, y se
comían todo, hasta pelaban la corteza de las plantas. Los cultivos
desaparecían. Dejaban a cambio una cubierta de bostitas como pequeños y
cortos palitos verdes. Cuando comieron todo, al cabo de unos días,
comenzaban a levantarse e iban volando otra vez rumbo al norte como tras una
misteriosa orden de partida, y en medio día no quedaba casi ninguna.
Pero antes de partir habían desovado. Perforaban pequeños agujeros en el
suelo, millones, que llenaban de huevos, y tapaban. Sólo había que esperar
unos días. y los agricultores tenían una nueva amenaza: Las langostas
saltonas, las recién nacidas, que a su vez tenían que comer hasta estar en
condiciones de volar y marcharse en nuevas y gigantescas mangas, ya que
todas y paulatinamente se iban juntando y emprendiendo su interminable
viaje.
Las pérdidas en las cosechas eran cuantiosas. La desolación y la amargura
era total.
En aquel entonces el Gobierno aún cumplía su parte, quizás porqué su
economía era directamente perjudicada. Movilizó el ejército y los cuerpos
especiales del ministerio de agricultura, con una parafernalia de elementos
en la lucha contra la plaga; helicópteros, flotas de camiones "guerreros",
lo que hoy serían todo terreno, jeeps, y agentes con equipos especiales,
pulverizó los campos, los montes, cubrió el territorio afectado con los
últimos productos químicos disponibles y en pocos años logró exterminarla.
Pero entretanto en cada chacra había que librar una lucha propia. Para eso
los colonos recibían todo tipo de ayuda.
Recibían unas chapas galvanizadas lisas, con las que armaban barreras para
atajar la langosta saltona. Cientos y miles de chapas se disponían unidas
cercando cientos y miles de metros en todo tipo de terreno. Disponían
también un lanzallamas y combustible. Las pequeñas recién nacidas saltaban y
marchaban e iban avanzando y convergiendo por millones.- Parecía el
repiquetear de un aguacero, cuando las gotas por miles caen unas sobre
otras, en un silencioso, continuo, y tembloroso tableteo.
Salían de todas partes, pero las barreras las detenían y contra ellas se
iban amontonando a todo lo largo de las chapas, en un montón continuo, que
los lanzallamas repasaban continuamente haciéndolas brasas a medida que
seguían llegando. Así decenas de colonos se reunían para acabarlas en los
lugares de desove, día tras día en larguísimas jornadas, sin respiro; porqué
no debían dejar que traspasaran las líneas defensivas.
Un verdadero trabajo solidario.
Fue por eso que uno de los tíos le pidió a mi hermano que a una hora de sol
nos fuéramos a lo del polaco a decirle no sé bien qué cosa que trajera a la
mañana siguiente, algo del lanzallamas, quizás un bidón con kerosén. Pero mi
hermano se acordó cuando el sol estaba bajando, y salimos corriendo antes
que mis tíos advirtieran que nos habíamos olvidado. Esa fue la vez que
visitamos su casa, media metida en el monte.
Cuando volvíamos se fue cerrando la noche y había un buen trecho para
hacerlo en la oscuridad y con bastante miedo, asustándonos de nosotros
mismos. Se hacía largo el regreso, además era evidente que se hizo de noche
por habernos olvidado de salir más temprano. Más adelante mis tíos venían a
buscarnos con un buen farol y algunos perros., pero no nos regañaron como
tal vez pensamos; al contrario, se alegraron de que estuviéramos bien.
Los acompañábamos también cuando repasaban las barreras o íbamos a llevarles
un refrigerio. Cruzando por encima me hice un corte considerable en la
pierna con el canto de una chapa. Yo veía a los demás pasar sin esfuerzo,
pero mis piernas eran cortas entonces, y mis pantalones también cortos no me
resguardaron para nada. Con pañuelos me fueron parando la sangre y me
llevaron a upa hasta la casa, donde me atendieron con métodos caseros, hasta
que la herida terminó sanándose, como todas las cosas, con el tiempo y el
cuidado suficiente. Lo que sí guardo de aquella vez es una imborrable
cicatriz en la pierna izquierda, un poco debajo de la rodilla.
Con el tiempo la langosta, la plaga, fue quedando atrás; si bien el temor a
que volvieran perduró muchísimo tiempo. Primero porqué se decía que
volverían cada siete años; luego porqué nadie creía que se hubieran
terminado así como así. Hoy parece mentira que esa pesadilla hubiera
existido; y también lo parece que nunca hayan regresado.
Los colonos aprendieron a acanalar las chapas y se fueron usando para techar
galpones y hasta las casas en el campo, en un uso similar a las chapas de
cinc, tan comunes.
Creo que en esa etapa en que los colonos iban de casa en casa luchando todos
juntos en esa descomunal tarea comunitaria es cuando "Don Pablo" como
comenzaron a llamarlo, deja de ser "el polaco" y se fue convirtiendo en
personaje. Tras la tarea era frecuente que apareciera una damajuana de vino
tinto, y él estimulado, comenzaba a contar historias de miserias y
privaciones, de sufrimiento, crueldad y hasta de heroísmo; cosas de la
guerra. Pero contadas por él, en su media lengua, con sus gestos ampulosos
que exageraba quizás para hacerse entender, su cara desdibujada con sus
labios anchos y ojos entrecerrados ya un tanto por el vino mismo, tenían una
carga propia que era tomada más por el lado burlesco que por el drama que
contenía en realidad, y terminaba provocando hilaridad, mientras él se
enjugaba una lágrima. Tan poco lo entendían.
En una de esas un vecino que recién lo conocía, divertido, y entre risotadas
le dice a mí tío, codeándolo con el jarro de vino en la mano.: "- Viodi tu
al' â cuatri labris chel càn dal osti.."- una expresión en
dialecto del norte italiano; que es como decir: -"¡Mirá vos!, ¡tiene cuatro
labios este desgraciado!". Y si bien una mayoría era tan extranjero como él,
nadie lo hubiera admitido, Don Pablo era el polaco, el extranjero, no como
ellos que se sentían poco menos que criollos.
A veces venía con alguno de mis tíos a nuestra casa, y quedaba a cenar, y
entre vaso y vaso de tinto comenzaba a contar de la guerra. ¡pobre hombre
tuvo que huir de su patria! Contaba que dejó su familia, y un hijo pequeño.
Contaba tantas cosas, terribles. Pero nosotros, los más pequeños junto con
mis hermanas, nos tentábamos de risa, porqué no entendíamos nada. Nada de
nada. Alguna palabra o frase suelta que más aún nos tentaba. No podíamos
aguantar la risa porqué nos parecía todo muy cómico.-¡Éramos mas bien
crueles!... El no nos prestaba atención, se excitaba, se posesionaba,
gesticulaba, imitaba las explosiones, los tiros; Se agachaba como si se
protegiera, o esquivara balazos, hacía ademanes a falta de palabras, y sólo
entendíamos:
-"BRINM., BRAMM., BRONM.., BRINNNG.!!!, A viva voz en cuello, y eran tantos
los aspavientos que el pobre hacía que terminaban todos riéndose, porqué era
imposible no reírse. Pienso que él no lo advertía, o necesitaba transmitirlo
sea como fuera. ¡Pobre!
El caballo lo volteó una vez por el alambrado de púa haciéndose un feo corte
en la pierna. Se levantaba la bombacha campera y mostraba la herida,
comentando en su media lengua; y queriendo decir que temía le diese el
tétanos, dijo, recuerdo:
-"Dotor decir que vacular, sinó gararme la teta"- era tan sorpresivo su
accidentado lenguaje que era imposible comportarse sin terminar riéndose,
máxime si uno ya se tentaba de entrada.
Con el tiempo fue disponiendo de algún dinero. Entonces los sábados y
domingo solía emborracharse con vino tinto de su ya tan familiar damajuana.
Compró un revólver y una escopeta. La escopeta era para cazar, perdices,
palomas, liebres, que abundaban; o tirarle a los zorros que llegaban vuelta
a vuelta a comerle algunas gallinas. Pero el revólver lo llevaba al ciento
y cuando se emborrachaba llegaba al pueblo, un pueblo rural muy pequeño, y
daba vueltas con su carro a todo el galope de sus caballos tirando tiros en
plena noche y desafiando a los gritos.
Hasta que el comisario comenzó a apresarlo y tenerlo encerrado hasta el día
siguiente. Pasada la borrachera volvía a ser el mismo Don Pablo de siempre y
en paz saludaba sin rencores al comisario y a todo el mundo y volvía a su
semana de trabajo. Pero ese fin de semana, o a lo sumo al siguiente, Don
Pablo volvía a sus andanzas: Galopes y carreras, gritos, tiros, amenazas. y
de nuevo a dormir en la comisaría. El comisario, Don Sindo, y él, iban
siendo casi como viejos conocidos; lo encerraba y se iba a dormir, al lado,
en su casa, pegada a la comisaría, y a la mañana lo soltaba., y amigos como
siempre.
Una noche el vino fue demasiado y el polaco se descompuso.- Tenía que ir al
baño.- Llamaba pero el comisario dormía bastante lejos, no lo oía, y Don
Pablo se retorcía gritando cada vez más fuerte.- Despertó a todo el
vecindario con su letanía:
-"¡Don Sindo.!, ¡DON SIIINDOOO!...¡Abra porta!...¡Mira que sinó lo cago qui
drento .!
También lo tentó el amor.- Conoció una compañera de la cual no se supo
origen o procedencia, de allí no era, apareció un día y se afincó en el
rancho.- Mis tíos quisieron saber qué proyectos tenía, sobre todo mis tías
que pensaban en qué debía casarse, -"¡y no vivir en pecado!"-; por Don Pablo
tenía ideas propias.:
-"Mira "Yaco", mira vos "Tito", a mujer lo traje .¡DE PRUEBA!".- Aquella vez
una respuesta así escandalizaba al más prevenido o hasta al más libertino.-
Pero evidentemente la mujer no pasó la prueba, porqué dos semanas después el
polaco volvió a quedar sólo en su rancho, como siempre había sido.
Algunos rumoreaban que en su casa guardaba ahorros y había quienes pensaban
que era una fortuna, eso le dio cierto halo de prestigio, como cierta fama
que inspiraba algo que iba más del familiar respeto. Gente de mala entraña,
nunca se supo quienes, lo asaltaron una noche sorprendiéndolo dormido. Lo
golpearon, revolvieron sus cosas, buscaron la fortuna como quién va en busca
de un tesoro legendario, pero no había tal, entonces le quitaron hasta la
ropa, lo ataron al camastro con alambres apretados, y escaparon dejándolo
allí desguarnecido, sólo en medio de la nada.
Cuando lo encontraron, muchos días después, con heridas infectadas, medio
muerto; de milagro pudieron salvarle apenas la vida, y le llevó un buen
tiempo sanar y superar tan feo trance.
Pero era hombre duro, la vida lo había curtido de cuerpo y alma. Al cabo de
un tiempo volvía a ser el Don Pablo de siempre.
Una noche cerrada, de nubes bajas, volvía del pueblo en
su carro, sosteniendo las riendas con una mano, rumiando recuerdos de su
patria, de lo que dejó en Polonia, de su nueva tierra; abrazando su
damajuana, cuando de pronto vio algo espantoso, y sintió miedo por lo
desconocido y por la tremenda soledad que lo rodeaba, una profunda y obscura
picada entre el monte.-
Una luz, un resplandor surgió de pronto entre las nubes, pasó una y al
tiempo otra vez sobre su cabeza, bajo el cielo negro y encapotado. Y esa
luz, esa mancha luminosa surgía del horizonte y enseguida daba vueltas
encima, sobre él y volvía haciendo un círculo hasta perderse de nuevo en el
horizonte; pero al momento volvía y hasta juró que la luz le silbaba cada
vez que pasaba. Temblando se tumbó en el carro y le tiró los dos tiros de
su escopeta cuando pasaba arriba, recargó a tientas y volvió a tirar hasta
que terminó los cartuchos y luego vació el cargador de su revolver y al
final se puso a rezar temblando. Así lo contaba días después.
En verdad no era el único asustado. El que estuvo
afuera aquella noche seguro que no quedó indiferente. Nadie había visto cosa
así que se tuviera memoria, ni los más viejos, ni los más sabios. Se habló
de luces malas, de una señal divina, del fin del mundo, de ánimas, de
avisos.
La base aérea, instalada en aquellos años había utilizado un poderoso
reflector que rastreaba aviones en la noche, con un alcance de decenas de
kilómetros. Estarían haciendo un ejercicio nocturno, o localizando un avión
extraviado.
El efecto de que el rayo de luz no se divisara pero sí se veía cuando
alumbraba la capa de nubes tan compacta y obscura. Una mancha luminosa en
una noche negrísima, que surgía de la nada y giraba pasando por encima, era
para asustar a cualquiera.
Pasaron decenas de años y otras veces se vio el reflector de la base, pero
nunca se dieron las condiciones de esa noche, ni volvió a verse un efecto
semejante.
¡Cómo no se iba a asustar el polaco, Don Pablo, sólo con su damajuana y
perdido en un picada obscura del monte norteño!
*de Celso H.Agretti.
celsoagr@arnet.com.ar
Avellaneda, Provincia de Santa Fe.
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