DETRÁS DE LA FEROCIDAD…
Un ramillete de yo
¿En plural será yos?
Tengo en mi repertorio
Como las plumas del
Pavo real
Despliego mis yos
verdes y fosforescentes
Con sabores festivos
Quizás sea mi yo creativo
Otras tantas
Cordones oscuros
Que consumen mi carne
Será el yo depresivo
En ocasiones
Lunas abrillantadas
Renuevan mimándome
Será mi yo combativo…
Y en oportunidades
Entre fiebre amarilla
Y arenas movedizas
Se ahoga y sobrevive
Mi yo mediocre y
Sumamente pesado,
Que no sabe de si
Y se aleja de mí.-
*de Azul. azulaki@hotmail.com
Detrás de la ferocidad…
Martes, 07 de Agosto de 2007
pablo ramos y las ideas detras de “la ley de la ferocidad”, su nueva y potente novela
“Yo me tuve que mostrar el infierno para ver la salida”*
En una historia cargada de furia y dolor, el alter ego del escritor evoca la relación con un padre violento y alcohólico ante la encrucijada de su muerte y narra los dos días de velatorio que lo desbarrancan en su propio infierno.
“Yo escribo a los golpes. Y eso también está en cómo organizo mi escritura, frase por frase, no sólo por los temas”, explica.
“La literatura es hacer que el otro sienta lo que vos sentís en determinadas circunstancias”, dice Ramos.
*Por Angel Berlanga
Inaguantable. Deslumbrante. Así es la novela que Pablo Ramos acaba de publicar, La ley de la ferocidad, protagonizada por su alter ego, Gabriel, aquel de su primera novela, El origen de la tristeza, aquí en trance ante la muerte de su padre y la perspectiva de dos noches de velatorio. Porque Gabriel, empresario en ascenso desde una clase media baja, tenía en su padre, dirigente sindical peronista alcohólico y distante, al gran adversario por derrotar. “Nadie podía imaginar cómo ni por qué se encendía mi padre”, escribe Ramos. “Mucho menos éramos capaces de adivinar cuándo eso podía suceder. Podía empezar arrojando un plato contra la pared, en medio de una cena, por algo que le pasaba por la cabeza y que mi madre se encargaba de activar con una palabrita que diera en la tecla y acabara por detonar la bomba.” Escribe Ramos y también su narrador-protagonista, a cinco años de distancia de aquel par de jornadas de descenso a infiernos varios, morbo y abyecciones, misoginia y homofobia, cinismo irrefrenable y recaídas en escabio y merca a lo bestia. “Borges aconseja escribir distanciado: yo hice todo lo contrario”, comenta Ramos en un bar de Colegiales. De allí se va al psiquiatra, dice. “Escribí atravesado por la emoción del momento, tratando de incluirla en mi literatura”, explica. “Un año en la máquina de escribir, prácticamente sin revisar lo que hacía, y luego cuatro o cinco meses de
corrección. Me dolía mucho volver sobre algunas cosas, aunque lo hice; en otros libros corregí hasta la perfección de la página, acá quizá no. Cada página de este libro intenta llevar al lector a algún lugar fuerte, arrebatarlo, arrebatarle la atención. Soy consciente de que esa locura, esa energía con la cual escribí, está plasmada.”
Y sí. Ese maldito narrador cuenta cómo, en tratativas ultracínicas con el dueño de la funeraria que lo atiende en persona porque se trata de un empresario que quiere el funeral más caro posible, se dirige a ver cómo preparan el cuerpo de su padre para que aguante las dos noches de velatorio, a la espera de que llegue un tío desde Sicilia. Y cuenta cómo compra ingredientes para amasar un par de panes, cómo prepara uno de ellos con el agregado de vidrio molido y veneno para ratas y cómo lo esparce en una
azotea para ver qué efecto hace en unas palomas. Y cuenta su visita a lo del Gitano para comprar cocaína: “No, querida Iglesia Católica, no hay Dios en este mundo más poderoso que Ella”, escribe. “No hay Padre, padre, que tenga más fuerza que Ella. No hay Virgen, no hay santos, no hay una puta mierda.
Comulgar con la Dama es comulgarlo todo. Y ahí voy ahora, curas chupapijas de huérfanos y mogólicos del mundo, monjas estúpidas y bragueteras de la humanidad”; el anfitrión, en la villa, le ofrece una gitana “nuevita, recién desvirgada, un regalo de la madre tierra”. Un monstruo. Acaso tenga que ver
con esto, que también escribe Ramos: “Los golpes de un adulto contra la cabeza de un niño suenan internamente como el impacto de rocas gigantescas chocando entre sí oídas desde un puente en un derrumbe de montaña; como la campana mayor de la iglesia que llama a misa, oída desde el mismo
campanario, oída desde dentro del niño mismo como si el niño mismo fuera martillo y campana”.
Dos páginas cargadas de formas en las que suenan los golpes de un adulto sobre el pibe que fue en el Viaducto de Sarandí, en los ecos que persisten durante ese velorio interminable en el barrio de su familia, en el que escribe y rememora antepasados, internaciones, borracheras, miserias, humillaciones. Un animal loco que apenas encuentra paz en hijos, sobrinos, madre y hermana. “Un tipo como yo -escribe Ramos- podría asesinar a otro por el simple desgano que le produce la vida; y me justifico todo el tiempo, a través de mi padre me justifico.” “La literatura es hacer que el otro sienta lo que vos sentís en determinadas circunstancias”, dice el escritor. “Para eso hay que inventar una gran mentira, arquitectónicamente perfecta, que no le permita dar un paso atrás, para tomar perspectivas que evidencien el artificio. Aunque esta novela también muestra los alambres que la estructuran.”
-¿Por qué le interesa llevar al lector a un lugar tan jodido?
-Para mí fue una novela necesaria, no pude no haberla escrito. Me tuve que mostrar el infierno para mostrarme que tengo una puerta de salida; está dirigida a cualquier lector, pero aquel que estuvo en un infierno parecido la va a leer de otra manera. Y el tipo al final tiene una salida, puede ponerse en cero y reencontrarse con su madre, con su hijo. Puede decir, finalmente, “basta de padre, basta de castigarse”. Creo que corro riesgos de ser truculento, de caer en el lugar común y vulgar, pero trato de quedarme
de este lado de eso. Me animo a caminar por esa cuerda floja.
-En un momento el protagonista alude, indirectamente, a El que tiene sed, de Abelardo Castillo. ¿Cómo se relaciona su novela con la de él?
-Y, hay una gran influencia. Es una de las grandes novelas; está entre las cinco que me cambiaron la vida. Sería una impertinencia compararlas: Castillo siempre va a ser el maestro, el que esté ahí arriba. Me tranquilizó en cuanto a mostrarme que no era necesaria una “estructura perfecta”; ésta es la reconstrucción de un padre que no estuvo, es un jarrón roto que se encuentra cinco años después, al que le faltan pedazos.
-Y hay pedazos que encontró dos veces y le pareció bien reutilizarlos.
-Sí, sí, porque son pedazos que reaparecen. Es parte de la búsqueda del hombre que escribe. De hecho, la novela es un espejo, todo el tiempo, entre los momentos de la muerte del padre y los momentos en los que escribe.
“Recaí en mi vida, recae el personaje en la novela”, dice Ramos. “No podía dejar de pensar en la lectura familiar: escribí con ese sufrimiento. ‘¿Cómo hablo de un padre violento, si mi vieja es una negadora?’ En las terapias de las internaciones le decía: ‘Pero mamá, ¿no te acordás de nada? Si volaban
los placards…’. Las cosas que pasaron, pasaron; yo me trago las palabras que me toca tragar, palabras que pudren el alma y no tienen sinónimo. Ahí empiezan las metáforas sobre los golpes de un adulto contra la cabeza de un niño. No podía parar. Cuando lo leyó, mi vieja me dijo: ‘Es lo mejor que
escribiste. Tengo que saltearme partes, pero gracias a lo que me estás haciendo ver empecé a escribir unos cuadernos que te voy a dejar’. Supongo que serán ‘pasó esto y esto’. Podrás decir: ¿qué tiene que ver con la literatura? En mí sí tiene que ver.”
-Suscribe esa línea de la contratapa: hace de su vida literatura.
-Sí… y también no. ¿Quién es el protagonista de El que tiene sed si no Abelardo Castillo? Suscribo a Sartre cuando dice que un escritor dinamita su vida y construye con los escombros su biografía y los ladrillos de su literatura.
-¿Así que fue empresario?
-Sí, eso lo sabe Liliana Heker: yo tenía plata e iba a sus talleres. Ella me alentó a escribir. Yo creo que logré algo con esta novela: convertir el tema del dinero en un tema existencial. Y fue así, porque largué todo para escribir. Tenía 150 obreros a cargo, ganaba 20 mil dólares por mes, facturé 9 millones en 1999. Eran las putas, la merca y la guita, para olvidarse de todo. Hice la plata desde la nada, desde el odio, desde una pensión con una caja de herramientas, tocando timbres para cambiar enchufes. Me compré la casa, una casa para cada hijo, un bar, levanté la hipoteca de mi vieja. Y todo para demostrarle a mi viejo.
-También plantea, muy en segundo plano, una tensión entre el peronismo setentista, sindical, y el modelo menemista.
-Era delegado gremial, lo cagaban a palos, un sindicalista peronista común, pero honesto: nunca se llevó un mango de la Siam. Mi personaje se quiere reír de todo eso, pero no puede: “Me meto a jugar con cosas y no me da el cuero para ser menemista”. Y a mí no me dio el cuero para tener una empresa,
hice una cooperativa entre los mejores obreros y la regalé. Todo el mundo me robaba y yo no tenía huevos para ser patrón para decir: “A ver, vos, ¿qué te robás? Revisá”.
-Su estilo vendría a estar en la cara opuesta de “lo cool”, ¿no? Ese cartelito pavo del delarruismo…
-Yo escribo a los golpes. Y eso también está en cómo organizo mi escritura, frase por frase, no sólo por los temas. Semántica y gramaticalmente: la contundencia, la fuerza, va al final de la frase. Creo mucho en eso: el orden de los factores altera el producto. Acá, aparte, me di todos los lujos. Cuando decían “el lenguaje aséptico de Pablo Ramos”… “Se van todos a cagar”, dije. Yo quiero ser el poeta que también soy en esta novela.
Porque está la ferocidad, pero mi personaje también se derrite cuando habla de los hermanos o cuando les cuenta historias a sus sobrinos. Yo creo que la literatura tiene que arder en preguntas: eso decía Artaud de la vida.
LA FICHA
Pablo Ramos nació en 1966 en un suburbio del sur del Gran Buenos Aires.
Escribió los libros Lo pasado pisado (poemas), El origen de la tristeza (novela) y Cuando lo peor haya pasado (cuentos, primer premio del Fondo Nacional de las Artes y de Casa de las Américas). “Mientras escribía La ley de la ferocidad, pensaba: acá están esperando para dármela”, dice. “Me condicionó mucho tener cierto reconocimiento. Me dio miedo. No podía escribir un libro malo, aunque sé que eso no sería el fin de mi carrera de escritor. Le tengo terror al fracaso, no me lo permito. Eso es bien del tipo
de la calle que se hizo solo, autodidacta. Yo no tengo ni secundaria y es un complejo, aunque leí un montón. Me siento por ahí como un monstruo, aunque los demás no me vean así; en los grupos de alcohólicos me lo dijeron: ‘Vos no sos un monstruo, vos tenés una enfermedad’. Yo toda mi vida pensé que tenía una deficiencia moral.”
TEXTUAL
Casi nada me gusta. Pero ojalá en esos momentos yo pudiera expresarlo así.
Yo no digo “no me gusta”, yo digo “es una mierda, es lo peor de lo peor”. Y sin embargo querría decir “ayudame por favor”, porque es lo que quiere decir el que quiere frenar. Haceme más blando, dame un trago de ácido para baterías, un veneno que neutralice este veneno. Matame antes de que pronuncie la última palabra. No ves que no soy yo, soy el Increíble Hulk, soy una tormenta de arena y mierda y padre loco muerto en el cajón. No ves que quiero ser tu amigo y no me sale. Y quiero ser amigo de tu amiga, y de tu hermana y de la hermana de tu hermana y de tu puto padre y de la concha de tu putísima madre y del cadáver putrefacto de tu reputísima abuela. No ves que me estoy muriendo sin parar ni un segundo, hace toda una vida que me estoy muriendo, serpiente retorcida de ira, atragantada de ratas que apenas
se durmieron, de carne cruda, de dolor, de rencor, de odio. El hijo de la ferocidad, el descendiente de la venganza es el que te habla. Soy yo, Gabriel, el arcángel del abismo, de la soledad, de la incomunicación, yo ahora, yo antes de ahora, en el ahora en que lo escribo, en el ahora en que lo vivo, en el ahora en que lo seguiré viviendo hasta que muera de una vez si no hago algo para no morirme de una vez.
* Fragmento de La ley de la ferocidad (Alfaguara).
-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-7194-2007-08-07.html
Martes, 07 de Agosto de 2007
teatro|monica viñao y las relaciones de pareja
“Es imposible dejar que salga todo lo que tenemos dentro”
La directora teatral vuelve sobre uno de sus ejes temáticos, aunque ahora en tono de comedia. En Derrame, obra de Susana Torres Molina, Viñao aborda con ironía los cruces entre la amistad, la traición y el desengaño.
Viñao estrenó Derrame en el Teatro del Pueblo.
*Por Cecilia Hopkins
El eterno tema de las relaciones afectivas entre hombres y mujeres sigue convocando a Mónica Viñao a la dirección teatral. Si en 2004, cuando estrenó su obra De todas las noches, se había propuesto indagar acerca de las razones por las cuales una pareja queda anclada en una situación de agresión, al año siguiente, con Ana querida, quiso dar a conocer una “traducción teatral” del cuento de Chejov “La dama del perrito”, el cual desarrolla una historia de un amor entre dos personas que, a pesar de la
culpa y el sufrimiento, deciden no romper con sus respectivos matrimonios.
También sobre la conflictiva relación de pareja, pero esta vez en tono de comedia, Viñao acaba de estrenar en el Teatro del Pueblo (Av. Roque Sáenz Peña 943) Derrame, obra de Susana Torres Molina, interpretada por Silvina Bosco, Claudio Da Passano, Silvia Dietrich y Néstor Sánchez.
En torno de un living clásico, Iván y Lucía, Moira y Juan, cuatro amigos que han compartido unas memorables vacaciones en común, se dan cita, al parecer, con el objeto de blanquear los amores cruzados de dos de ellos. Pero el desenmascaramiento no se produce y, en cambio, los acontecimientos pegan un
giro inusitado, que encuentra a los cuatro pactando una nueva y tranquilizadora convivencia, sobre la base de la necesidad, que en forma tácita todos comparten, de liberar sus deseos inconfesables. Como en las obras antes mencionadas, en este texto también se impone el soliloquio de los personajes como estrategia para conocer sus ambiciones y motivos de aburrimiento. Tal vez sea ése -la casi ausencia de diálogo y la abundancia de reflexiones solitarias por parte de los personajes- uno de los rasgos que
podrían definir los últimos espectáculos de Viñao: el año pasado estrenó en Estados Unidos una versión de El médico de su honra, de Calderón de la Barca -más soliloquios, pero al estilo del siglo XVII-, y su próximo proyecto (aparte de la dirección de Morite, gordo, texto policial de Claudia Piñeiro) consistirá en darle forma escénica al diálogo epistolar entre Chejov y Olga Knipper, otro modo de eludir un diálogo frontal en el abordaje de “una gran historia de amor, pero también una gran conversación sobre el
teatro”, según define ante Página/12.
-¿En Derrame hay una vuelta al teatro de living de los años ‘70?
-Tal vez el vestuario (obra de Mora Monteverde) remarca los años ‘70 para dar cuenta de que en esos años el tema de las relaciones de pareja era muy común. Pero a mí, más que la temática de la obra, lo que me interesó es su estructura. La obra se va armando a partir del monólogo de los personajes
sobre retazos de recuerdos y transcurre cierto tiempo antes de que se arme el diálogo que remite al presente. Me interesó mucho que, si bien todos los personajes comparten el mismo espacio, no siempre registran la presencia de los otros. Y lo que ocurre entre ellos es una intensa partitura que debí
armar con los actores durante los ensayos. De todas formas, Susana Torres Molina tiene una mirada irónica y ácida. Y con la excusa de “hablemos de esto que nos pasa” hay referencias a la amistad, a la traición y al deterioro general. Igual, no es el cruce de parejas -que no es un conflicto novedoso hoy en día- lo principal aquí, aunque todo adquiera una cierta densidad, dado que los cuatro son amigos íntimos. El asunto se vuelve más interesante a través de ese espacio y ese tiempo ambiguo que se crea. Porque
lo novedoso en lo teatral, en general, no está en la temática, sino en cómo se cuenta.
-¿Por qué le interesa tanto el soliloquio?
-No me había planteado antes las razones, pero me parece que es porque me interesa mucho subrayar que lo que uno siente y piensa es mucho más privado que lo que finalmente dice. Es imposible dejar que salga todo lo que está dentro de uno. Esa voz interior revela algo profundo, muy doloroso y, a veces, muy ridículo o vergonzoso. No se puede evitar elaborar un discurso en la cabeza, más allá del que se explicita verbalmente. En la versión de La dama del perrito me interesaba el modo en que Chejov manejaba la narrativa para hacer su traslado al teatro y trabajar los pensamientos y sentimientos
de los personajes, hasta llegar a los que los sorprendía realmente. En cambio, Derrame tiene un tono de comedia. Tampoco Susana intentó profundizar sobre los temas que trata: la decadencia del cuerpo, el aburguesamiento de las relaciones, el hastío. Ninguno de los cuatro personajes tiene una pasión
verdadera. Una es una actriz sin trabajo, su marido es un escritor que no logra escribir, y la otra pareja la componen un psicoanalista desencantado de lo que hace y una mujer que juega el juego que el otro decide. Pero hay sobre ellos una mirada juguetona, que no pretende analizar nada en profundidad. El desenlace también es una humorada.
-Es su obra más liviana…
-Sí, tenía ganas de probarme haciendo algo cercano a lo humorístico. Me gusta ver cómo se establece una complicidad entre el público y la escena, mientras estos personajes intelectuales cavilan en forma decadente sobre lo que puede suceder en esa reunión que van a celebrar. Pero todo queda en la
diletancia de sus propias cabezas, mientras el tiempo se derrama y continúa transcurriendo. Sus propias vidas se pierden sin aprovecharse. Como decía John Lennon, demuestran que la vida es eso que ocurre mientras uno está ocupado en otros planes.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/10-7193-2007-08-07.html
Martes, 07 de Agosto de 2007
Tradición y sentencias*
*Por Eva Giberti
Cuando tratamos de comprender lo inexplicable de algunos procedimientos jurídicos, una alternativa para entenderlos reside en rastrear la tradición.
Podría empezar citando la nutrida bibliografía internacional que relata cómo los violadores, los padres incestuosos y los abusadores de niños y de niñas sistemáticamente fueron y son dejados en libertad o sancionados con penas benevolentes.
¿Y entre nosotros? Omito los datos del Buenos Aires colonial y avanzo en el 1800, según lo describe una rigurosa investigación.
Al juzgado del Dr. Iriarte llegó la denuncia de un vecino, José Martínez, quien cuenta que dos niñas (de 8 y 10 años), que habían sido entregadas por sus padres a Juana Auriau para ocuparse de su servicio doméstico, “eran torpemente explotadas por ésta, entregándolas a una vergonzosa prostitución”.
Las niñas, conducidas al tribunal, contaron qué les hacían los adultos, describiendo su victimización y concluían: “Nos daban cinco o diez pesos y 100 o 200 a la patrona”.
Por su parte, Juana Auriau se descargaba acusando a una de las niñas: “La había visto en la calle con un vigilante que la solicitaba (…) y que en otra oportunidad había visto a la otra niña y al retarla la niña le habría respondido que ella también quería hacer sus changuitas, como su mamá”. El 27 de marzo de 1877, Juana Auriau quedó en libertad porque el defensor de pobres, Juan Passo, en ese momento defensor de la imputada, sostuvo que los hechos “no fueron fehacientemente probados”.
Otra historia: una niña de 12 años, trasladada desde Mendoza hasta Buenos Aires a cargo de Rosa Moreno, de profesión rufiana regenta del prostíbulo propiedad de Juan Sabaté. La rufiana queda en libertad porque “no se pueden comprobar los hechos”, debido a que “la menor es colocada a disposición del defensor de menores y se pierde su rastro”. En cuanto a Felisa Martínez, de 14 años, tramitada por la rufiana Angela Lasso, colocada en una casa de “buena familia” después de su rescate del lupanar, no se presentó a declarar y en consecuencia la rufiana -que había sido detenida- quedó en libertad sin
que se haya podido probar el cargo en su contra. No obstante, el jefe de policía anteriormente había apercibido a la mujer porque hacía muchos años que “ella se ganaba el pan solicitando la perdición de las jóvenes”. O sea, se sabía que contrataba a adolescentes y niñas. Pero estas voces no se escucharon. La relación siempre se establece entre adultos: los que entregan, los que explotan, los clientes, los que escuchan, los que sentencian, los que detienen. O no.
Rufianes, incestuosos y abusadores, todos en libertad por falta de pruebas, porque las palabras de las víctimas no constituyeron prueba.
Dadas las circunstancias actuales por las que atraviesan algunas niñas y niños, quizá sea posible pensar que se ha conformado una tradición jurídica en materia de víctimas de prostitución, de incesto y de abuso, alentada por algunos magistrados; lo cual nos conduciría a reconocer el respetuoso comportamiento dedicado a mantener la tradición que sostiene, como paradigma, la anulación o el descreimiento de las narraciones que niños y niñas víctimas aportan. No sería necesario que desde la posición de quien juzga se eligiesen los textos de un autor estadounidense, Richard Gardner, para desestimar los relatos de los niños y niñas (en una perspectiva infanticida que este autor utiliza como variable), sino que revisando nuestra historia podríamos encontrar antecedentes.
Una tradición no se construye fácilmente; es preciso contar no sólo con la decisión de unas pocas personas; precisa de varios componentes, en primer término, persistencia. Con ella contamos: los sujetos que explotan sexualmente a las niñas conforman un universo en aparente desarrollo y crecimiento que mantiene su actividad siglo tras siglo.
En segundo lugar es necesario que la comunidad se mantenga indiferente o se escandalice y haga estallar algunos volcanes que, según la oportunidad política, se enciendan, inauguren o sostengan decisiones contra estas formas de corrupción. Más allá de lo cual la costumbre continúa prostituyendo niñas
y abusando de ellas en distintos órdenes.
Tercero: también hace falta el acompañamiento de mitos capaces de crear principios destinados a circular como verdades indiscutibles, por ejemplo, “los padres quieren lo mejor para sus hijos” y “las necesidades sexuales de los varones precisan alivio”. La familia que entrena a la niña para que sea
explotada sexualmente cuenta con las necesidades sexuales de los varones. La combinatoria de ambos mitos -me refiero a la deformación y derivación del sentido profundo de lo que un mito sea- cierra perfectamente y tranquiliza a las comunidades que huyen de este saber. Las familias que aportan el capital de una niña para que sea prostituida no dudan de la eficacia de su elección para el futuro de la hija y de ellos mismos (sin eludir la pobreza extrema que regula algunas circunstancias).
Pero con estos componentes tenemos una costumbre, sin llegar a gestar una tradición. Para que ella exista es preciso que el hecho sea retransmitido de unos a otros y de generación en generación. Esta parte ya ha sido cumplida: se juzga con descreimiento de la palabra de la víctima, niño o niña, como en
1800.
Aun así no alcanza para crear tradición. Es necesario incorporar el sentido filosófico de lo que se transmite, el cual conlleva el reconocimiento de la verdad de lo transmitido, de allí la fuerza y la importancia de las tradiciones. Así lo creía Plotino (filósofo griego), que la considera una garantía de seriedad mientras Aristóteles la pensaba desde una posición crítica.
La Teología incorporó la idea de “la verdad revelada”, que circula de boca en boca, de la cual se imaginan poseedores quienes descuentan que el ejercicio del derecho los coloca en ese camino. A partir de allí, “saben” que no se puede creer en lo que dicen los niños y las niñas víctimas porque, si se les creyese, las víctimas serían los adultos tan sólo por haber ejercido aquello que la costumbre sostiene (“las necesidades sexuales de los varones”). Al fin y al cabo ejercitadas en niños y niñas proporcionadas como material de uso por sus padres, si de prostitución se trata. O descuidados por sus padres, si de abusos se trata. Y si de incesto hablamos, al fin y al cabo el padre es el padre y siempre es mejor tener un padre que no tener ninguno, de modo que se debe suponer que la niña inventa la violación.
Las que se eligen como verdades y de ese modo son transmitidas de generación en generación se inscriben como tradición, incluyendo mitos, consensos, complicidades y persistencias cronológicas,
Quizás algunas sentencias que actualmente horrorizan a un sector reflexivo de la comunidad provengan del afanoso ejercicio destinado a conservar las tradiciones que el Buenos Aires del 1800 había recibido de una Europa experta en desconocer las voces de niños y niñas víctimas. Claro que servir a esta tradición me autoriza a preguntarme si no existirá alguna sintonía moral entre quienes la cultivan y los violadores y abusadores que precisan silenciar las palabras de los niños y las niñas víctimas.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-89289-2007-08-07.html
*
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