LA MIRADA DE LOS OTROS
Con ropas oscuras
Con iluminaciones momentáneas
Que engañen a la vista
Que solo desean resguardar de tanta sombra
Me pongo así cada día distintos vestidos
Cambio colores, texturas, adornos
Debe ser agradable a la mirada
¿O se traslucirá el vacío lleno de desazón?
Por si acaso no pregunto
Mas adornos cada día, mas colores a combinar
Miro la mirada de los otros, que a veces ni siquiera me ven
Algunas veces prefiero no se advertida
Y esas veces vuelvo corriendo al refugio
A renovar las investiduras
Otras no, me siento un cuadro donde todos, aunque sea de reojo,
Paran a mirar
Y ya no vuelvo corriendo
Camino por donde sea para alimentarme de esa energía
Me siento una mas, parecida a alguien.
Con mi ropaje de cada día
Con el ruedo descocido
Intento desesperadamente
Colocarme una combinación
Como la que usaba mi abuela
Es que a veces, abuela, la ropa no llega a cubrirme
Tanta angustia
*De Silvia Irigaray. silviairigaray@arnet.com.ar
La mirada de los otros…
Romina era una nena morena, gordita, no de las que descollan en la clase, no de las que son parte del grupo de las nenas que hacen, dicen, de las que uno recuerda. Era de las que están sentadas allá atrás, de las que llevan un taper con un sándwich, de las que no se compran coca cola en la cantina, de las que no suelen levantar la mano y de las que miran para abajo cuando les preguntan algo. Pelo grueso en trenza desordenada, alguna mancha en la remera, la falda demasiado ajustada, las medias de un azul desvaído
por mucho lavado.
En las aulas, como en el resto de la vida real, las mujeres se agrupan por cierta clasificación implícita. La forma de pertenecer al grupo de las elegidas es portar un rostro agradable, una personalidad vivaz, esa soltura que proporciona saberse adorable. Las niñas adorables siempre saben lucir algo original, ricas o pobres, una cinta en la muñeca, una caja de lápices, lo que sea, algo las distingue de las demás y es envidiado.
Romina no era adorable. Era una más entre las que hacen el montón, los personajes de relleno. Como los primeros que mueren en las películas de acción y uno olvida mientras sigue la trama con los que de veras importan.
No hubiese podido decirlo, pero lo sabía. Y lo sabía desde adentro y desde afuera, desde el espejo en el botiquín del baño hasta el espejo de los ojos del mundo que la miraba sin atención, sin odio, sin interés. Como si, estando, dolorosamente estando, no estuviera.
Pero una mañana, llegó a la escuela y dijo que era la hermana melliza de Romina. Dijo que se llamaba Yanina, que iba a otra escuela y que se habían intercambiado para hacer una broma.
Pasada la risa inicial, pasado el estupor de que mantuviese su afirmación pese a la pregunta repetida de si no estaba haciendo una broma, la maestra le tendió algunas trampas. Le pidió que hiciera un mandado, que fuera a darle un papel a la señorita María Rosa de la biblioteca. Romina no sabía cuál era la señorita María Rosa, no sabía adónde quedaba la biblioteca; en el recreo pidió que la acompañase otra chica porque no sabía en qué lugar estaban los baños.
Desconoció el nombre de sus compañeros, describió la escuela a la que asistía, dijo cómo se llamaban sus amiguitas allí. Desplegó toda la imaginación que nunca demostró tener para fabricarse la nueva identidad, y con tozudez y perseverancia fue salvando los obstáculos. Por un momento, logró que la maestra dudase frente a semejante resistencia.
Fue a la última hora, cuando había logrado ir zigzagueando entre las preguntas y las pruebas, cuando la llevaron a la dirección y se quebró frente a la autoridad.
Entonces se largó a llorar y lloró por todo, por ella y por el mundo injusto, por sus medias gastadas, por el desinterés humano, por su piel oscura y por la genética, por ser tan infeliz a los ocho años, por la letra desprolija y por no sentirse amada. Por todo lloró hasta que se quedó seca de lágrimas y tiritando de frío en noviembre.
Y si, dijo que si, que era Romina nomás, que no tenía hermana melliza, que ella era nada más que la Romina, esa nena sin amigas, la Romina morocha y gordita, sólo la Romina, sin gracia, torpe. La Romina.
Había creído que si era otra quizás las cosas saldrían mejor. Que a lo mejor si era Yanina le iban a prestar atención, y las nenas espléndidas, las nenas rubias, las nenas adorables jugarían, una vez, al menos una vez, a lo mejor las nenas espléndidas jugarían con ella. Que a lo mejor lograba salirse, sacar la cabeza fuera del agua, aferrarse a alguna tabla en su naufragio. Que a lo mejor y con la sola magia de cambiarse el nombre, podría ser feliz de prestado.
Sentadita en la silla en la dirección de la escuela, con la cara mojada y la espalda vencida, con sus pequeñas palabras reveló, a los ocho años, la desventura de ser quien no quería ser. Ella misma. Pero aquella vez al llorar, lloró por todos, y ese llanto aún nos abarca.
Sí que tuvo novios la señorita Calistri: cuantiosas simpatías. Pero, a menudo, cuando le atraía el fondo humanitario del candidato, no se sentía conmovida por lo físico o lo facial. Y, si llegado el caso, el pretendiente respondía a mis cánones de presencia varonil, aparecíanle desdibujadas las facetas espirituales. Enamoradísima de Juan Mateo Ovalle, resistía sus ímpetus pasionales, el vigor de sus instintos. La señorita Calistri valoriza sin énfasis: Nadie obtuvo lo que tantos ansiaban. Ella es hoy la fraseología con la que rememora: Yo no carecía de una límpida mirada; Mis atributos no pasaban inadvertidos; Papá vaticinó mi futuro; Me consagré a mis arraigadas convicciones; Destilé coraje en los tiempos duros, en la tiranía; Nunca estimé en Nené sus propensiones afectivas; Es que todo ha sido tan fugaz…
Algún día, próxima a expirar, quizá consigne: En aquella desfloración infausta de mil novecientos cincuenta y uno, otoño, creí morir: repugnante, bajo, indigno: única vez, última vez.
Para LA NACION
Se cuenta la historia de una niña de ocho años que preguntó a su madre si el mundo era en blanco y negro cuando ella era pequeña. “¿Por qué preguntas?”, indagó la madre. “Todas las fotos de cuando eras chica están en blanco y negro. Las viejas películas están en blanco y negro. ¿Cuándo fue que el mundo adquirió color?” Que sea el mundo que haya adquirido color y no su medio de transmisión muestra cómo se experimenta el mundo antes de que las coordenadas de la adultez lo fijen provisoriamente. Resta imaginar qué experimenta un chico que observa las fotos del cadáver ensangrentado de Dalmasso, en horario de protección al menor. En las guerras contemporáneas se ven asesinatos teledirigidos y nunca cadáveres; a la inversa, en este caso el asesinato es la conjetura, pero el cadáver es lo exhibido.
Lo que el noticiero repitió, en otro plano, fue el gesto de violación y atropello de la mujer. Sólo que, parafraseando una línea célebre, la primera vez se produjo como tragedia, y ahora se reprodujo como farsa. El cadáver de Nora Dalmasso en la pantalla de América TV ya no fue un cadáver sino su
parodia, de la misma manera que el noticiero ya no fue un noticiero sino su parodia. Bajo la búsqueda de escandalizar la visión, una operación obscena crea en realidad un manto de insensibilidad sobre la visión. El subrayado de las imágenes, el zoom que las exalta, crea el efecto contrario al de vehiculizar la realidad. No estamos ante la reproducción ni representación de la realidad, sino ante su excremento.
Es casi una confesión: al igual que la experiencia de su hermano mayor, este pequeño hermano es una forma cadavérica de la televisión misma. Es la superficie pura y sin vida de los acontecimientos. O no pasa nada, y se trata de una forma parasitaria que devora, como un agujero negro, a quienes se abisman sobre ella, o se exalta un hecho trágico hasta lograr su banalidad absoluta. Dijo la reportera involucrada: “La lógica de la TV no hace análisis”. Y en cierto modo, hay también una impenetrabilidad de la televisión a toda crítica. Arendt decía que el mal jamás era radical, sino solamente extremo, porque no posee profundidad. Y como el pensamiento busca llegar a lo profundo, se frustra ante su trivialidad. Toda reflexión crítica resbala también, como una gota de agua, contra la impávida superficie del lucro televisivo.
http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/enfoques/Nota.asp?nota_id=921736
La esquina que ocupaba el hombre está a una cuadra de una gran avenida y también una cuadra la separa del puesto de floresmás próximo. Las flores que vendía el hombre no eran más lindas, más frescas
o más baratas que las de ese puesto. Sin embargo, por alguna razón, casi in esforzarse en lo más mínimo, conseguía venderlas. Los que comprábamos las flores del vendedor informal sabíamos que eran mejores, pero insistíamos en creer que eran más baratas. pensábamos que el hombre tenía más necesidad de vender su mercancía que el florista regularmente establecido sobre la avenida.
Antes de la aparición del hombre con sus baldes, un viejo vendía flores en la misma esquina los sábados por la mañana. Loque ofrecía ese viejo era peor que la mercadería del florista de la avenida,
pero sus precios eran más bajos y, además, comprarle equivalía, imaginariamente, a ayudarlo. El viejo tenía buena memoria y, cuando se le había comprado una vez, reconocía al eventual cliente y le clavaba la vista como si estuviera recordándole sus deberes morales.
El viejo se ubicaba entre el indigente y el vendedor informal. El hombre que ocupaba la vereda durante el verano, en cambio, era un informal pero no un indigente; exploró las posibilidades de esas cuadras, aumentó su negocio a medida que tuvo señales de ser bien recibido (o sea que podía conseguir más
baldes y más flores, multiplicación que no parecía al alcance del viejo), y comenzó a llegar muy temprano para ocupar toda la esquina de modo que nadie pudiera soñar con instalarseallí. En lo más álgido del mediodía cabeceaba su siesta serenamente, escuchando una pequeña radio, y su tranquilidad se correspondía con la firmeza de quien ha llegado decidido a quedarse.
Cuando comenzó el otoño ya no volvió. En cambio, desde abril, algunos días de la semana una chica o un hombre extiendensu alfombrita y la cubren de cds truchos, justo en la esquina enfrentada con
la que ocupaba el florista. Lo que ofrecen es una falsificación producida por la industria de la piratería casera con sus máquinas: una computadora y una fotocopiadora color. No hay nada más sencillo que fabricar cds truchos.
Además la idea de que lo que la técnica hace posible es legalmente neutro sostiene la relación entre vendedores y compradores. La técnica es persuasiva; si algo puede hacerse y, más aún, si puede hacerse con rapidez y facilidad, se genera la ilusión de que también es lícito hacerlo. Abrir la caja de seguridad de un banco es dificilísimo y eso contribuye a que la acción se interprete como un delito: es tan difícil
para evitar que alguien lo intente. Copiar discos, en cambio, es técnicamente algo que hacemos todo el tiempo y cualquiera que trabaje con una computadora lo considera una acción normal.
Como sea, los vendedores de cds truchos no se manejan como si estuvieran ofreciendo una mercancía prohibida. La chica o el hombre disponen sus ofertas con una prolijidad geométrica, en filas
perfectamente ortogonales, sin amontonar nada, y procurando que cada cd se vea por completo. Están parados frente su alfombrita, generalmente mirándola, como si esperaran descubrir algún defecto en la disposición de los cds para corregirlo de inmediato. Son vendedores prolijos en la gestión de su negocio de un metro cuadrado. A diferencia del florista, que se expandía por toda la vereda con una especie de fuerza de la naturaleza estival, los que trafican cds truchos se contraen, con la conciencia de que,
aunque sus potenciales clientes consideran la actividad completamente legítima, podría llegar a suceder alguna intervención exterior no calculada, algún azar impreciso y adverso, un competidor sin escrúpulos, vaya uno a saber.
Algunos vecinos comparten esta sensación de peligro con los vendedores de cds. Escuché comentarios opuestos a que se estacionaran en la esquina, algo que jamás se había dicho del florista, ni de la familia que pide a cincuenta metros de allí, ni de los cartoneros. Entre esos vecinos y los vendedores de
cds truchos hay un conflicto asordinado que me parece adivinar en los siguientes términos: un florista no deteriora el barrio; los cds truchos, en cambio, pueden alterar el delicado equilibrio que hace que un lugar que quiere seguir siendo de capas medias caiga hasta rozarse con el temido fantasma del Once. Batalla imaginaria por la hipotética calidad del espacio.
Mirta Zaida Lobato, historió el trabajo de las mujeres. “Hubo que hacer lecturas distintas a las tradicionales”.
Imagen: Sebastián Granata
*Por Paula Kearney
las trabajadoras argentinas a lo largo de casi un siglo signado por la modernización. Así, en diálogo con Rosario/12, explicó que “hay un efecto de invisibilidad sobre el trabajo de las mujeres, y para poder encontrar el trabajo, el tipo de experiencia en las formas de representación, hay que hacer una relectura de las fuentes que tradicionalmente usaban los historiadores del trabajo, y hay que leer también a contrapelo algunas fuentes que habitualmente los historiadores no usamos. Por ejemplo, en el
libro hay una foto sobre unos esquiladores, y a mí lo que me fascinó fue jugar con el Fotoshop, porque con eso iba ampliando las figuras hasta que encontré a las mujeres con las tijeras de esquilar. Entonces ese trabajo me parece que lo pude hacer porque tenía en mi cabeza la idea y la necesidad de hacer esto visible, lo que aparecía en los bordes, en los márgenes, detrás de la escena, y al mismo tiempo leer de un modo distinto lo que era muy evidente. Por ejemplo en la literatura, toda la cuestión del trabajo femenino está visto como una espiral donde el trabajo termina siempre en la violencia y la anulación, y eso era demasiado evidente”.
-¿Le parece que esa violencia se ha ido atenuando a lo largo de este período que abarca, o que ha ido tomando diferentes formas?
-Hay una cosa que es interesante: las mujeres pueden reclamar ciertos derechos, que es una cosa que me parece que a principios del Siglo XX no estaba suficientemente claro. Sobretodo en las últimas décadas hubo todo un debate sobre la condición femenina que permite que las mujeres puedan articular mejor sus voces. Ahora, los cambios en algunos planos no son tan visibles. Por ejemplo, uno puede decir que las mujeres están más presentes en la vida política, y de hecho hoy tenés una gobernadora en Tierra del
Fuego, pero no podemos decir que el trabajo de la mujer en el hogar está compartido con los varones.
-Con respecto a inserción laboral asalariada de la mujer, particularmente en Rosario, ¿recuerda alguna característica en especial?
-No, porque las mujeres de los sectores populares tienen un patrón común de inserción laboral: la mayoría son costureras, trabajan en la industria textil, o en el servicio doméstico, entonces no podría decir que hay una especificidad regional. Y también depende de las épocas.
-En el libro nombra mucho las diferencias entre el campo y las grandes ciudades, entre las que puntualiza Buenos Aires, Rosario y Córdoba, ¿qué se puede decir de estos cambios con respecto a la inserción laboral de las mujeres en las ciudades, y qué pasa en el campo?
-Justamente yo voy mostrando en qué actividades se van insertando las mujeres en función de la mayor complejidad de la actividad económica del país. Es decir, si a principios de siglo podían ser tejedoras, teleras, o personas que trabajaban en el servicio doméstico -algunas se transforman en costureras- a medida que se desarrollan actividades industriales vas viendo cómo empiezan a entrar algunas de esas mujeres a esa actividad. La propia tapa del libro muestra como en 1958 tenés mujeres trabajando adonde se fabrican lamparitas y tubos de electricidad. Entonces, a medida que la actividad económica se va haciendo más compleja, y una puede encontrar que algunas actividades se desarrollan más en algunas zonas que en otras, se puede ver adónde están las mujeres. En cambio el trabajo rural es un trabajo
más difícil de encontrar, porque me parece que está articulado alrededor de la familia. Por eso yo en el libro planteo prácticamente un debate, que es que el trabajo familiar y en trabajo en el hogar también son trabajo, aunque no reciban un salario.
-Hacia el final del libro, ya en el período correspondiente, cita textos de Eva Perón que justamente hacen eje en la familia, ¿le parece que ese trabajo ya estaba reconocido como tal en ese período?
-Ahí me parece que hay una idea de que el trabajo dignifica, y que el trabajo también dignifica a las mujeres, porque lo que voy mostrando en el libro es la tensión entre honra y deshonra, entre trabajo y virtud. Las mujeres que salen a trabajar fuera del hogar en realidad están expuestas a la cuestión de la deshonra, a perder su virtud. Y por otro lado trabajo con la idea de la pobre obrera madre, que la desarrollo a partir de las ideologías radicalizadas, y cómo el peronismo también cambia eso, porque la
obrera puede ser bella. Hay una oposición entre trabajo y virtud, y hay una oposición entre trabajo y belleza. La mujer que trabaja no puede ser bella, y el peronismo rompe con esto. El problema es si eso cambia la condición laboral de una mujer, y ahí es adonde estoy planteando ciertas contradicciones, porque el problema de la discriminación salarial, que es de largo plazo, no se resuelve con el peronismo y tampoco se resolvió hoy.
-Mencionaba durante la presentación el compañerismo entre hombres y mujeres, lo que decían los hombres de las mujeres, y que muchas veces no salían a defenderlas, ¿qué diría que es lo dicho y qué estaba como no dicho?.
-No sé si hay algo no dicho, no sé si lo pensé. En todo caso me parece que los varones tienen una posición ambigua, que ellos debían sentir ese peso de las cosas que circulaban, que esas mujeres estaban expuestas al peligro, y mucho más si se convertían en militantes. Me parece que hay en ese punto una
serie de discursos que muestran esa contradicción, eso de desear que las mujeres también los acompañen en las luchas.
Allí donde el amor se astilla
quebrantado por un hálito,
por un sismo de sed y sombras.
Allá donde la desnudez es joven
y los amantes yacen y la voz que despierta tinieblas
mueve sus miembros
como una espina y una flor y un cielo inmóvil.
Allá, hasta que se rompa la vida,
Hasta que la luz se arrodille
En campanas y muerte y nacer:
Allá donde la voz
Es un ciego
Leyendo de un manotazo el infinito.
*de MARIO MORALES.
-De “PLEGARIAS O EL ECO DE UN SILENCIO”
El domingo 1 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música antigua brasilera interpretada por el grupo Quadro Cervantes. Las poesías que leeremos pertenecen a Oscar Ángel Agú (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
Cordial saludo!
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores. Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación. Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato. Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor. Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura