Sunday, July 22, 2007

DE LA SOMBRÍA DESESPERANZA

De la sombría desesperanza…

 

 

El desencuentro*

 
Al Negrito Salas y al Moncho Porres, los júbilos, los riesgos y las reprimendas los habían hermanado. Y el pueblo, tan al alcance de los sueños como el barrio en que vivían.
La inocencia es muchas veces un estado necesario. Pero además, en esa edad de los primeros resplandores, nueve o diez años, ellos no tenían la menor idea del mañana. En todo caso era el ahora, prendidos del piolín de las cometas, como si el mundo comenzara justo en sus manos y se combara hasta los flecos más altos de las tardes.
Y no dejaban juego por hacer: las guerras entre bandos, con gomeras y frutitas de paraíso, las carreras de la vuelta a la manzana, remolcando los autitos que llamaban “cucarachas”, los aros manejados con alambres, a pura habilidad circense, la “chanta” a las bolitas, las excitantes escondidas en las sombras, las  figuritas en los recreos largos, en una celebración de tapaditas , bizcochos y sufridos guardapolvos .En fin: la infancia a pleno niño y sin fatigas.
Pero todas esas cosas parecían resumirse en las tardes en las que el ir a tomar la leche con tortas o facturas a la casa del amigo, era no sólo un codiciado honor, sino el gusto supremo.
Sin embargo, ninguno de estos goces ocurría antes de cumplir con los deberes de la escuela. “Primero la obligación, después la diversión”, pontificaba la madre del Negrito . Y esta premisa sacramental no permitía demoras ni claudicaciones.
Las travesuras y escapadas clandestinas tenían siempre algún componente imprevisto y especial, que sazonaba la aventura. Como aquella vez en que, a trío con el Tono Albornoz, se fueron hasta el puerto viejo y pescaron tanto como nunca después lo hicieran en sus vidas, y el Negrito no pudo llevar sus pescados a la casa, para no delatar la andanza por un lugar prohibido.
Cuando empezó a cursar su sexto y último grado del primario, al Negrito se le perdió de vista el Moncho. Pero esta sensación de pérdida no fue ni tan grave ni tan duradera, y sólo permaneció algún tiempo, sostenida en la curiosidad por saber qué habría sido de los pasos de su cómplice y amigo, después de tantos pasos juntos. Porque seguían habiendo las casas de otros amigos para ir a tomar la leche, y los paraísos, frutalmente pródigos en municiones, y los “picados” en el campito, hasta la ruina final de los zapatos.
Aquel sexto grado transcurrió como una fiesta para el Negrito. Pero, ¿qué hacer con el inminente secundario? Por primera vez, la silueta acuciante del mañana estaba allí.
Algunas estrecheces económicas determinaban los rumbos sencillos de la casa. Así es que los padres no tuvieron mejor idea que disponer su ingreso a un liceo militar cercano, con beca, si fuera posible.
No le alcanzaban los días del verano para estudiar y prepararse. Pero no era ésta la dificultad mayor. Sí lo era el peso mínimo de 45 kilos que había que tener para el ingreso.
De modo que aquella tarde de fines de febrero lo encontró al Negrito atragantándose con una docena de bananas, y naufragando en jarras de agua para alcanzar, a gatas, el peso requerido.
Después, en una secuencia que le pareció terrible, el anuncio de la media beca,  la despedida de sus padres en la puerta del liceo, y la inmersión en ese áspero mundo verdeoliva, con la tristeza subiéndole por todos los costados de sus trémulos trece años.
Al cabo del oleaje impetuoso de aquellos  cinco días, llegó a la orilla bendita de su primer franco semanal como si fuera la sombra de un alma en pena. Y no podía concebir su regreso al liceo en la noche del domingo. Como tampoco aceptar aquella disciplina absurda
                                                                                                                                     

2
 
 
-en realidad, casi ninguna disciplina-que tan eficazmente manejaba los códigos de castigos grupales, para expiar las culpas de uno solo.
En la segunda semana de liceo ya sólo le quedaban, si acaso, sus esmirriados  45 kilos. Porque el alma, los sueños y la vida le habitaban en otro lado, en un desdoblamiento insoportable.
Entonces, una noche, un golpe contra un armario de la cuadra, las bruscas luces en la cara, el descanso hecho pedazos, y los cadetes de segundo y tercer año descerrajando sus gritos : ¡arriba todo primer año!, ¡primer año, afuera!, ¡salto rana!, ¡cuerpo a tierra!, ¡alrededor mío, carrera march!, ¡veinte flexiones de brazos, ya!, y de nuevo ¡carrera, march!, ¡cuerpo a tierra!, y el Negrito cayendo desparramado a los pies de un par de borceguíes que allá, desde una altura inmensa, lo escrutaban con un gesto castrense, y sin embargo conocido, y por eso la inútil súplica, en un hilo ya de voz: ¡pará, Moncho!, ¿no me conocés?, ¡pará Monchito, que no damos más!, y la respuesta autoritaria, esta vez desde la cumbre del infierno: ¡qué Moncho ni Monchito!, ¡AQUÍ SOY EL CADETE PORRES, tagarna, y se me calla la boca!, y otra vez ¡carrera march!, ¡cuerpo a tierra!, entre pastos, abrojos y mosquitos, ya en los lindes exhaustos del asombro y de la madrugada.

……………….
 
Una semana después, con el cofre de sus enseres liceístas impecable, casi sin uso, y la primera inocencia devastada, el Negrito comenzaba su colegio secundario, civil hasta la médula, en aquel pueblo tan al alcance de los sueños, que parecía haber estado esperándolo desde siempre, con sus días, sus barrancas y sus cielos de par en par abiertos, como las alas de un abrazo.

*de Abel Edgardo Schaller abelnegroschaller@yahoo.com.ar

Uno nunca sabe*

*de Roberto Fontanarrosa

    Lo primero que le preguntó Mario apenas el Mochila se sentó, fue “¿La conoces a esa mina?”.
    — ¿Cuál?
    — La que saludastes recién.
    Mochila giró apenas la cabeza hacia atrás.
    — ¿La flaca?
    — Sí.
    — Sí, la conozco. Es amiga de mi jermu.
    — Me emputece esa mina –dijo Mario en voz baja.
    — ¿Mi jermu?
    — No, boludo. La Flaca, la que saludastes.
    — Ah… ¡Mirá qué boludo que sos vos! A todo el mundo lo enloquece la Flaca. ¡Qué te parece!
    — ¿Qué? –se alarmó Mario–. ¿Vos también estás jugado en ese palo? ¿Te anotás ahí también?
    — No. Yo no. ¿No te digo que es amiga de mi jermu? Estudiaban juntas en la Cultural. Tendría que ser muy loco para tirarme en esa. Pero… te digo…
    — Que ganas no te faltan.
    — Ganas no me faltan….
    Se quedaron en silencio. Mochila controlando las otras mesas, viendo quién había. Mario tocándose cuidadosamente los dientes de adelante con la uña del dedo pulgar de la mano derecha.
    — Me tiene loco esa mina –repitió, como para sí mismo. Como si el tema fuese demasiado íntimo como para compartirlo y debatirlo en una mesa de cafe. Y asustado, quizá, por haber ido tan lejos.
    — Está buena la Flaca –dijo Mochila, que la tenía sentada a sus espaldas–. Y es una mina piola te cuento… Piola, inteligente. Anda suelta, además…
    — Medio histérica debe ser…
    — Sí. Eso sí… Lógico… –Mochila seguía sin meterse demasiado en la conversación, en tanto pasaba lista a los presentes– ¡Bah! –se animó de pronto, ya terminado el control–. Como todas.
    — Esa jeta que tiene… –medio por sobre el hombro de Mochila, Mario la espiaba–. Los ojos…
    — Y encarala, boludo… ¿qué esperas? –lo animó Mochila, cruzándose de piernas, acomodándose en la silla para quedar de espaldas a la calle Santa Fe, mirando al mostrador. Mario hizo un gesto vago con la cabeza, negativo.
    — Está sola, boludo –apretó Mochila–. Andá… Si te quedas esperando, por ahí aparece algun vago, o alguna amiga, y se sienta con ella y cagaste.
    Mario se encogió de hombros, mirando ahora hacia afuera, como desentendiéndose del problema.
    — ¿No lo viste al Sobo? -preguntó, cambiando de tema. Mochila negó con la cabeza–. Este boludo… –musitó Mario–. Le tengo que pedir un certificado y justo hoy no aparece.
    — Oíme –Mochila se incorporó, clavándole la vista–. Andá y sentate con ella, no seas otario… No te va a patear…
    — No la conozco –frunció la nariz, Mario.
    — ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Cómo que no la conocés? Te conoce de acá, pelotudo. Si acá nos junamos todos. No le sabrás el nombre pero la…
    — ¿Cómo se llama?
    Mochila frunció el ceño.
    — Ehhh… –pensó–. Marina, Marta, María… No sé, no sé… Siempre la conocí por la Flaca.
    — Marta, Marta se llama –dijo Mario, que ya se había informado.
    — Escuchame Mario… –Mochila se inclinó sobre la mesa para darle privacidad a la propuesta–. Te la presento… Voy, me siento en la mesa de ella y te la presento…
    Mario se tiró hacia atrás y agitó las manos y la cabeza, casi escandalizado.
    — ¡No! No, dejá. Ya está. Ya pasó. Ya fué.
    — No me cuesta nada, boludo.
    — Dejá, Mochila, dejá. Está bien.
     Mochila se encogió de hombros.
    — Jodete –dijo. Y buscó a Moreyra con la vista–. ¡Negro! –gritó–. ¿Estás vos acá?
    — Además… –Mario, pese a todo, no quería desprenderse totalmente del tema y sabía que el lapso de privacidad con el Mochila podía ser corto–. No da bola, Mochi. No da bola.
    Mochila casi se enojó.
    — ¿Y cómo sabes que no da bola si nunca la encaraste?
    — Porque uno se da cuenta, Mochila. ¿Sabés cuanto hace que la vengo mirando a esa mina? ¿Sabés cuanto hace? Dos años. Debe hacer como dos años…
    — ¿Y?
    — ¡Nada! Nada de nada. Una mina si te quiere dar bola se manda alguna señal, eso es sabido. Te mira una vez, aunque sea. Te mantiene un poco la mirada. O te sonríe. Te tira un cable.
    — No te engañes, no te engañes… Mirá que…
    — Sí… “La vida te da sorpresas”.
    — La vida te da sorpresas…
    — Sí, pero acá es muy claro –se desalentó Mario–. ¿Viste que hay… cómo decirte… hay un lapso de duración en una mirada, en un cruce de miradas? Y después hay un plus, que es un milésimo… un milésimo de segundo… un ápice… un cícero… una infinitésima milésima de segundo en que se prolonga esa mirada más de lo normal… Es cuando una mina te mira y vos tenes un sensómetro, un sismógrafo, que registra que esa mirada ha durado esa milésima de segundo mas allá de lo necesario, y es lo que te está diciendo a las claras que esa no es una mirada común, que esa mirada está pidiendo otro cruce de comprobación, que te está diciendo algo… –Mochila afirmaba con la cabeza, algo fastidiado–. Bueno… –no se amilanó Mario–. Esa fracción supletoria de mirada debería tener un nombre. Porque es una medida patron… Es un exceso de intensidad… Debería haber algo como el “miradómetro”… Una unidad de vision, de calentura…
    — Bueno, bueno… Cortala… Dejá de hablar pelotudeces… –rogó Mochila–. ¿Y qué pasa? ¿Con esta mina no se dió nunca?
    — En la puta vida de Dios.
    — Ni te miró…
    — Ni me miró ni… –Mario había sacado un encendedor y golpeteaba con él sobre el nerolite buscando la descripción mas gráfica–. O me mira y no me ve. Esa es la cosa. Por ahí me mira, pero lo que hace es solamente dirigir su vista hacia mí. Pero la sensación que yo tengo es como que yo fuera transparente. Que mira a traves mío. Que mira lo que está detrás mío. Digamos, que la profundidad de campo de la cámara de ella está situada seis metros detrás mío… Esa es la sensación que tengo…
    Mochila se rascó la cabeza.
    — ¡Mirá que sos antiguo! –dijo.
    — ¿Por qué? –se ofuscó Mario.
    — Andar fijándote en eso de las miradas y esas cosas… Eso es del tiempo en que los pedos se tiraban con gomera.
    — ¿Y qué querés que haga? ¿Que vaya y le toque el culo?
    — No, boludo. No te digo eso…
    — ¿Cómo carajo hacés vos?
    — ¿Cómo hago? ¿Cómo hago yo? ¡Voy y me siento con ella! Eso hago. Mirá que difícil. Y le empiezo a hablar de cualquier cosa… No podés entrar en la histeria de las minas, querido… Que te miro, que no te miro, que la profundidad de campo y todas esas pelotudeces…
    — Es que… –Mario apoyó el mentón sobre sus manos cruzadas y vaciló. Por momentos lo asaltaba la idea de que no era un tema para hacer publico–. ¿Sabes qué pasa?… ¿Vos te acordás de “El Eternauta”?
    — Sí, me acuerdo… Lo que no me acuerdo es quién trabajaba…
    — ¿Cómo?
    — ¿Quién trabajaba?
    — No, boludo. No era una película. Era una historieta.
    — Ah, sí… “El Eternauta”. Algo me acuerdo…
    — Esa que caía una nevada en Buenos Aires, una nevada radioactiva y morían todos…
    — Algo. Algo me acuerdo –mintió el Mochila.
    — Bueno, en “El Eternauta”, aparecían unos tipos de otro planeta, que se llamaban los “Manos”, que tenían…
    — Mejicanos. “Manito”, se decían…
    — No, gil. No seas hijo de puta.
    — Ah, no. Esa era “Cisco Kid”.
    — No te acordás de un sorete. Los Manos, que tenían una mano derecha llena de dedos…
    — Como cualquiera –Mochila mostró su mano.
    — No, muchos mas. Como hasta acá –Mario tiró una línea imaginaria desde la punta de sus propios dedos hasta el codo–. Bueno, esos tipos dirigián a varias especies de bichos extraterrestres que invadían la Tierra. Pero ellos, a su vez, estaban controlados por otra especie superior. Entonces. estos “Manos”, que eran igual que nosotros salvo por esos dedos, tenían insertada en el cuerpo una glándula, una glándula que le llamaban “Glándula del Terror” y que les habían insertado esos cosos que los dirigían a ellos. Y… ¿para qué les habían insertado esa glándula? Porque los Manos, igual que los humanos, al sentir temor segregaban una especie de adrenalina y ésta, a su vez, activaba la glándula. Y entonces la glándula dejaba escapar un veneno y el veneno los mataba en minutos, nomás. ¿Me entendés? Si ellos se intentaban rebelar contra la especie superior, sentían miedo y, ahí nomás, cagaban la fruta. Linda idea, ¿no? Porque, además, había otra cosa, fijate. Algunos de ellos habían intentado operarse para sacarse de allí esa glándula pero, al operarse, sentían miedo, y de nuevo la misma cosa, activaban la glándula, ésta largaba el veneno, etc., etc., etc… Era ingenioso, ¿no? Piola como idea. De… ¿cómo se llamaba?… Oesterheld.
    Mochila se lo quedó mirando un instante, con expresión confundida.
    — Y…. ¿Qué queres decir con todo esto? –preguntó–. ¿Ahora me vas a salir con que vos tenés una de esas glándulas? ¿Me vas a pedir guita para operarte?
    — No. No. No –Mario pegó con la punta de su dedo índice sobre la mesa–. Yo tengo una glándula pero de la pelotudez. Ese es el asunto. Una glándula de la pelotudez. Cuando a mí una mina me gusta mucho, como ésta, Marta… me pongo pelotudo. El mismo hecho de que la mina me guste mucho, me paraliza. Me pone tan nervioso que me pongo hecho un pelotudo, no sé lo que digo, hago boludeces… La glándula segrega algo que me idiotiza. Después pienso en las cosas que he dicho, o en las que debería haberle dicho y me quiero morir. Las minas deben pensar que uno es un retardado total. Y es precisamente porque me gustan demasiado. Es increíble. Con las minas que no me gustan no me pasa nada. Ahí soy un duque, soy Dean Martin. Jodo, soy ocurrente, hasta puedo ser brillante. Al pedo. Porque a quien yo quiero gustar no es a los escrachos.
    — Mario… Mario… –Mochila trató de ser comprensivo–. Yo sé que esto pasa… Pero te puede pasar al principio, la primera hora, la primera…
    — Década.
    — No seas pelotudo. Si vos…
    — Si yo me quedo solo con esta mina te juro que no me sale una palabra. La glándula me…
    — Anda a la concha de tu madre vos y la glándula…
    Se quedaron en silencio. Mochila miraba sin ver hacia la caja registradora, pegaba repetidas veces con la suela del pie derecho sobre el piso, fastidiado.
    — ¿Sabes qué le dijeron a Pelé cuando debutó en Suecia? –preguntó de pronto. Mario negó con la cabeza, algo desacomodado.
    — “Andate al medio campo y tocala corta.” Eso le dijeron –agregó el Mochila. Mario entrecerró un poco los ojos, como buscando la metáfora–. O sea. Hasta que se te pasen los nervios, no tratés de deslumbrar, no tratés de ser brillante, no tratés de meter el pase de gol…
    — Pero él era negro, Mochila…
    — Es negro.
    — ¡Es que ni siquiera pretendo ser brillante! Me bastaría con no ser tan imbécil…
    — Tocá corto.
    — Una teta le voy a tocar… –musitó Mario–. Además… además, Mochila, comprendeme –se irguió de pronto como para seguir hablando pero calló, prudente. El Pochi había entrado por la puerta de Santa Fe y Sarmiento, pero se quedó enganchado en la mesa de los fotógrafos. Mario retomó el tema–. Yo creo que las cosas se tienen que dar naturalmente. Vos vistes como es este boliche. Vos, por ejemplo, no conocés a alguien. Pero, de pronto, por ahí, mañana, estás sentado en la misma mesa con él. ¿Por qué? Porque te llama un amigo común. Porque viene a tu mesa a charlar con un amigo tuyo. Porque está en un grupo donde vos te acercás a preguntar algo. Es así… Entonces eso es mas natural, menos forzado. Yo me sentiría mucho más cómodo si se diera algo así con esta mina…
    — Oíme Mario… Oíme… –Moreyra había pasado como una ráfaga, dejando un cortado sobrante, al tanteo, enfrente de Mochila–. Cuanto…
    — Porque… ¿viste como es este boliche? –arremetió Mario–. Yo creo que el secreto de este boliche está en la proximidad de las mesas. Están muy juntas. Ahí radica el éxito de este boliche. Vos estás sentado en esta mesa y casi casi estás escuchando la charla de los de la mesa de atrás. Y se tocan las sillas, incluso –Mario se tiró hacia atrás sobre el respaldo y sonrió, ejemplificando–. Vos estás en una mesa y por ahí girás un poquito y ya te integras a la de al lado…
    — Un conventillo.
    — Un conventillo. Un día… –Mario se lanzó de golpe con el torso hacia adelante, confidente–. Un día yo estaba sentado en una mesa, y atrás, acá mismo, atrás, estaba la Flaca con unas amigas –bajó la voz–. Si yo me inclinaba para atrás la tocaba, con los hombros, o con la cabeza. La tocaba…
    — Mario… –insistió Mochila con los ojos entrecerrados–. ¿Cuanto hace que decís que la venís marcando a esta mina?
    — ¿A la flaca? Y… desde que la descubrí… Cuando era novia del barba… No sé. Un año… Un año y medio…
    — Cuando era novia del barba… Vos te referís al Tito, al Tito Aramayo…. Bueno, te cuento, eso fue hace más de tres años, porque hace más de tres años que el Tito está en Porto Alegre. Casi cuatro años hace, por lo menos.
    — Y… sí…
    — Y en esos cuatro años.. –Mochila enarcó las cejas y cerró su mano derecha como si empuñara un cuchillo, señalando a Mario–. Escuchame bien, en esos cuatro años, esa situación que vos decís, que vos estás esperando, no se ha dado nunca. Nunca hubo un amigo sentado en la mesa con ella, ni ningún amigo te la trajo a la mesa con vos, ni se dió vuelta para pedirte fuego, ni estaba en un grupo donde vos podías haberte integrado… Nada…
    — Nada… es verdad… Nada.
    — ¿Y hasta cuando vas a esperar, Marito? –hirió de nuevo, Mochila–. Vas a ser un viejo choto y vas a venir acá con un bastón, con boina, con una cánula de suero puesta, para ver si alguna vez se da la puta casualidad de que te podés sentar con esa mina…
    — Y… –se encogió de hombros, Mario.
    — Oíme –Mochila giró la cabeza y pegó una rápida mirada hacia la mesa de la Flaca que, sola, estaba anotando cosas en una agenda–. Mirá, está sola. Al pedo. Voy, me siento con ella, hablo con ella y después te llamo…
    Mario se secó la transpiración de la nariz, meneó la cabeza, pareció atacarlo la desesperación y estar a punto de ponerse a llorar.
    — No, Mochila… No…
    — Yo puedo hacerlo, pelotudo –se enojó el Mochila–. Te digo que soy amigo de ella. Lo he hecho un montón de veces. No va a quedar como algo forzado o…
    — No, Mochila… Está llena de machos esa mina…
    — ¿Cuando? ¡Ahora está sola, pelotudo!
    — Ahora no. Pero… ¿Vos te creés que no la veo? La miro constantemente, te digo. Todos los días con un macho nuevo. Pendejos…
    — Mejor para vos, mejor para vos. Si anda todos los días con un macho nuevo es que no anda con ninguno. Aparte, no te engañés, Mario. No te engañés. Yo conocía una mina que estaba buenísima. No podía ni caminar de buena que estaba. Lindísima, además. Y esta mina, me decía –hará un par de meses nomás, está casada ahora, tiene como cuatro hijos– me decía que cuando ella era joven, había fines de semana que se quedaba en casa como una boluda porque nadie la llamaba para salir. Los tipos la veían tan linda, tan rebuena estaba esa hija de puta, que todos pensaban lo mismo, eso que vos pensás también, que estaba llena de machos. Que la llamaban de todas partes del país para invitarla a salir, que Rainiero de Mónaco le ponía un télex para salir de joda. Entonces, no la llamaban. Y la pobre santa se quedaba como una boluda los sábados a la noche viendo televisión con una tía rechota que tenía…
    — Este no es el caso… Este no es el caso… –negó Mario. Mochila volvió a darse vuelta, mirando sin discreción alguna hacia la mesa de la Flaca.
    — Está sola, boludo. Está haciendo tiempo. Aprovechá ahora –volvió a su postura anterior restregándose la cara con una mano, casi con desesperación–. Decí que yo no puedo…Pero…
    — Además… Además… –buscó las palabras Mario–. No se puede. Yo no puedo ir y encararla así a esta mina, en frío… Hay convenciones. Hay convenciones que se juegan entre un hombre y una mujer y que hay que respetar.
    Mochila lo miraba con una expresión cada vez mas atormentada.
    — Sí, claro –dijo Mario–. Vos sabés, y ella sabe, y vos sabés que ella sabe que vos sabés, que si vas y la invitás a una mina a tomar un café, en realidad lo que le estás proponiendo es ir a cojer.
    — No es tan así.
    — Esa es la verdad. Esa es la realidad de las cosas. La verdad de la milanesa. Pero vos no podés ir, acercarte a la mesa y decirle “¿Vamos a cojer?”. Porque aunque encierre el mismo significado, no es lo mismo. Para una mina no es lo mismo y tiene todo el derecho del mundo de mandarte a la reputísima madre que te parió, Mochila, es la verdad. Puede decirte “¿Usted por quién me ha tomado?” y hacerse la ofendida y tiene toda la razón. Hay que guardar ciertas normas de urbanidad. Vos dirás que es un hipocresía y todo eso, pero…
    — Yo no digo que sea una hipocresía –expiró Mochila, agotado.
    — … vos tenés que dejarle una puerta abierta a la mina. No podes encerrarla, no podes dejarla sin opciones. Fijate vos, cuando yo anduve con la Zulema… –se entusiasmó Mario–. Hay minas con las que vos tenés ya todo conversado, todo claro, y no hay más que hablar. Cuando le decís de salir, te tomás un tacho y te vas al mueble derecho viejo, porque sabés que la mina no se va a descolgar con “¿Pero… adonde vamos? ¿Adonde me llevas?”.
    — “¿Qué son esas luces rojas?”
    — “¿Qué son esas luces rojas?” ¡Nada de eso! Pero, por ejemplo, con Zulema, yo me las rebusqué para que me prestaran un departamento. Entonces fuimos a cenar, hablamos un rato y despues yo le pude decir “¿Querés venir a mi departamento a tomar algo?”, con lo que le estás dando a la mina la opción de ir al departamento y después, si no le gusta la mano, negarse. No sé… decir… “Se me hizo tarde” o… “Vos me interpretastes mal”…
    — Oíme… Vos sos una antigualla… Si la mina acepta ir a tu departamento es porque le gusta la mano y ya sabe como viene la cosa… No son tan boludas, Mario… ¿O te crees que somos nosotros los que atracamos?
    — De acuerdo, de acuerdo –se apuró Mario–. Pero vos le estás dando la opción con el departamento. Si vos le tenés que decir “¿Vamos a un mueble?” ¿Qué opción tiene la mina? Vos le estás diciendo “vamos a cojer”, lisa y llanamente. No le das salida.
    — Si vos le decís “Vamos al departamento” también le estás diciendo “Vamos a cojer”, querido. ¿O con quién estás saliendo? ¿Con Heidi?
    — Ya sé… Ya sé… –Mario se mordió los labios, transpirando–. Pero no es lo mismo. Es una cuestión de elegancia. Si vos invitás a una mina a un hotel, estás dando por sentado que vos no tenías ninguna duda de que a esa mina te la ibas a pirobar, que era fácil, que era una fija. Es una cuestión de… dignidad, digamos…
    Mochila meneaba la cabeza, negando.
    — Sos una antigualla –suspiró–. Un relicario…
    — Es difícil de explicar –insistió Mario–. Es como si vos vas a un bodegón y el mozo ve que vos tenés tal pinta de pordiosero que viene y, sin preguntarte nada, te pone en la mesa un pingüino de vino tinto de la casa. ¿Qué te queda por hacer en ese momento? Levantarte e irte, querido. Ese mozo te está ofendiendo. Porque aunque vos seas un pordiosero y se vea a la legua que no te podes bancar ni por puta un vino más o menos pasable, el tipo tiene la obligación moral de alcanzarte la lista de vinos y preguntarte “¿El señor tiene alguna preferencia? ¿Desea algún vino gran reserva?”. Entonces ahí sí, vos podés devolverle la lista y decirle, tranquilo “No, muchas gracias. Tráigame un pingüino con tinto de la casa” porque la verdad es que no tenés ni un mango partido por la mitad para elegir otra cosa… ¡Porque es un problema de dignidad, mi viejo! ¡Te tienen que dar la oportunidad de elegir, ese es el asunto! Pueblos enteros han ido a la guerra por eso…
    — ¿Porque vino el mozo y les sirvió un pingüino de…?
    — No. Por dignidad.
    — Oíme, Mario… –Mochila pareció animarse de repente–. Yo me levanto y voy a la mesa de la mina y le hablo.
    La expresión de Mario fue de pánico. Advertía un atisbo de determinación inquebrantable en la voz del Mochila.
    — No, Mochi, no jodas –se enojó.
    — Voy, boludo. ¿No puedo ir, acaso? Todos los días hablo con ella…
    — Vos tomás medio pingüino de tinto de la casa y te ponés a hacer boludeces, Mochila… Dejame de joder… No me gusta tanto despues de todo…
    Mochila se puso de pie. Mario se tapó la cara con la mano. Luego la destapó y habló mirando hacia otro lado. Transpiraba.
    — Dejáme de joder, Mochila. Sentate –rogó–. Yo no voy. Si vos me llamas yo no voy. Me voy a la mierda. Me voy al baño. Te juro que no voy…
    — Oíme, boludo –se agachó un tanto, Mochila–. Hoy puede ser un dia histórico para vos. A veces las minas que menos bola parece que te dan son las que más te vienen marcando, al final de cuentas. No seas ingenuo. Las minas son muy histéricas, y ésta es de las más histéricas que conozco…
    — Te juro que no voy, Mochila… Sentate, no seas boludo… No me hagas pasar un mal rato…
    — Por lo menos te sacas la duda de encima, pelotudo. Si te da pelota, perfecto. Si no te da pelota, bueno, al menos te sacastes ese quilombo de la cabeza y ya no te andas preocupando si anda con un macho, o con cuatro, o con cinco mil…
    — Dejáme vivir con la ilusión, Mochila… De veras… Sentate…
    Mochila giró sobre sus talones y enfiló hacia la mesa de la Flaca. Mario, automáticamente, pivoteó sobre su silla primero hacia la calle Santa Fe y luego en sentido contrario, hacia el mostrador, como si estuviese sobre un sillón giratorio, fingiendo mirar hacia el teléfono público, los baños y las botellas expuestas sobre los estantes de vidrio. Se pasaba repetidamente las yemas de los dedos sobre las cejas.
    Mochila se dejó caer, despreocupado, sobre la silla vacía enfrente de la Flaca y, al punto, ésta, sonriendo, cerró la agenda y comenzaron a charlar. No dejo pasar mucho tiempo, Mochila, y tras algunas preguntas livianas de rigor, encaró el tema con la practicidad de un ejecutivo joven.
    — Che, Flaca… –casi anunció–. No mires ahora… ¿Vos lo conocés al muchacho que está sentado conmigo, el de lentes?
    Ella dió una pitada larga a su cigarrillo, lanzó algo de humo por la nariz y dijo: “Sí, de acá. Del boliche”.
    — Bueno. Está muerto por vos.
    Marta miró al Mochila con expresión entre dura e inquisidora.
    — ¿Ese pajero? –preguntó luego, casi airada. Mochila asimiló, apenas, el golpe.
    — ¿Por qué, “pajero”?
    — Hace como mil años que se la pasa mirándome y jamás se ha atrevido a decirme nada.
    — Lo que pasa es que… ehh… Es muy tímido…
    — ¡Por favor! –la Flaca sacudió la cabeza revoleando un mechón de pelo– ¡Es un pajero!
    — No, Flaca –Mochila estaba casi acostado sobre la mesa, apoyando el brazo izquierdo desde la axila hasta el codo, buscando buenas razones con cautela de minero–. Es muy tímido… Te digo que es muy buen tipo… es un tipo interesante…
    Marta extendió su mano derecha y la apoyó en el antebrazo de Mochila. Suavizó su tono y su mirada.
    — Mirá, Mochila, te agradezco. Pero estoy cansada de la histeria de los tipos. Ya somos grandecitos. Ya no soy una pendeja…
    — Pero lo parecés…
    Marta estiró una sonrisa forzada.
    — Te agradezco –repitió.
    Mochila se quedó mirando un rato hacia la esquina de Sarmiento y Santa Fe. Como no encontró nuevos argumentos para su propuesta, se levantó cansinamente, saludó a la Flaca y se fue. Desandó cuatro pasos y volvió a su silla de la mesa compartida con Mario. Este, demudado, había pedido una medialuna de “La Nuria” y otro café, como para hacer algo.
    — Ehhhh… –vaciló Mochila, mirando perdidamente hacia el baño.
    — ¿Qué…? ¿Qué pasó? –tragó saliva Mario, intuyendo, quizá, lo peor.
    — Dice que está esperando al novio…
    Mario mordió un nuevo pedazo de medialuna. Meneó la cabeza.
    — Te dije… –dijo.
    — Qué cagada –musitó Mochila.
    — ¿Viste? –Mario parecía aliviado.
    — Pero, al menos, lo intentamos…
    — Te dije… –Mario se acomodó los lentes, mirando hacia la calle, mientras apuraba el último bocado, limpiándose los dedos con una servilleta.
    — Qué va a ser…
    — ¿Será posible, este boludo del Sobo? –se quejó Mario–. Justo hoy que lo necesito y no aparece…

*Fuente: http://www.literatura.org/Fontanarrosa/uno_nunca_sabe.html

 Bibliografía  Vínculos filiales
HIJOS DIFICILES, PADRES DESORIENTADOS. PADRES DIFICILES, HIJOS DESORIENTADOS*

 
*Por Eva Rotenberg-(Lugar)-286 páginas-($ 36)
Domingo 22 de julio de 2007 | Publicado en la Edición impresa

Hijos difíciles-padres desorientados. Padres difíciles-padres desorientados , de Eva Rotenberg, revela los años de experiencia clínica e investigación teórica de la autora, además de una amplia formación en los Grupos de Psicoanálisis Multifamiliar, creados por el doctor Jorge García Badaracco, y en su Escuela para Padres.

Uno de los objetivos de la obra es “poder establecer relaciones que sirvan para que las personas puedan utilizarlas para sí mismas y no como poderes rectificadores y controladores”. La idea es que este libro les permita pensar en sí mismos en relación a los otros, y pueda servir también para desarrollar la “virtualidad sana” de cada lector.
Eva Rotenberg reconoce los aportes de Frida Fromm-Reichmann, que en 1948 describió a las madres esquizo-frenógenas, agresivas, dominantes, inseguras y rechazantes, y por contraste a los padres ausentes e inadecuados que enferman a sus hijos. Todos estos aportes al psicoanálisis con las familias,
que comenzaron en la década del 50 -con Pichon-Rivière, Margaret Mahler, Anna Freud, entre otros -, pueden considerarse aspectos parciales, como si la familia no constituyera una totalidad.
Aunque Rotenberg señala que estas teorías fueron muy revolucionarias en los años 50 y 60, porque pusieron el acento en la dinámica vincular entre las relaciones familiares, fue recién a partir de su asistencia a los Grupos de Psicoanálisis Multifamiliar, y a su encuentro con García Badaracco, que pudo
ver en vivo y en directo la dinámica familiar patógena. Vio también cómo madres aparentemente “encantadoras” enfermaban a sus hijos. Para su sorpresa descubrió que estos padres sufrían mucho y realmente no sabían cómo ayudar a sus hijos.

La autora añade que no podía entender cómo se sometía a los niños a largos años de terapia sin trabajar con los padres. Trabajar únicamente con los hijos resultó una tarea dolorosa, pues, a medida que éstos iban cambiando, se iban dando cuenta de que sus padres no realizaban el mismo cambio. Es más, sentían que si cambiaban corrían el riesgo de ser rechazados por su propia familia. Quedaban así atrapados en un círculo vicioso. Todo esto la llevó a crear una Escuela para Padres. A partir del Psicoanálisis
Multifamiliar permitió que estos padres pudieran sentirse acompañados en ese proceso y pudieran también pasar por experiencias enriquecedoras y gratificantes, simultáneamente con sus hijos.

El texto transmite sus ideas de manera eficaz. Despierta vivencias, y resulta terapéutico, porque uno va descubriendo lo que hizo y no hizo con sus propios hijos, y lo que hicieron y no hicieron nuestros padres, con las mejoras intenciones, con nosotros.
El libro, a través de relatos vivenciales, permitirá a muchos lectores abrir espacios mentales para que los padres puedan descubrir por sí mismos las dificultades que tienen o han tenido. Como dice Rotenberg, los padres pueden darle consejos a sus hijos, pero si no les transmiten la alegría de vivir, y
no dan el espacio para que ellos lo experimenten, las palabras pierdan sentido.

El índice de este libro es pormenorizado y no deja nada afuera: qué significa tener un hijo; la función de los abuelos, de la familia; la construcción de la mente del niño, el llanto, las pataletas, los miedos, la
angustia de la separación, el significado de los límites.
La autora parte del hecho de que las interdependencias recíprocas comienzan desde antes del nacimiento mismo. Hasta hace poco se pensaba que el bebe era “completamente pasivo y que funcionaba a nivel biológico sin estar conectado por el medio”. Actualmente se considera a la madre y al bebe como una díada en la cual ambos interactúan influyendo activamente uno sobre otro. La autora dice, por ejemplo, que la mirada de los padres sobre el hijo tiene un poder muy fuerte sobre éste e influirá como una “marca” en el modo que podrá “mirarse a sí mismo”. Aporta una observación fundamental que, en cierto
modo, vale para toda la vida. Se sabe que los pacientes mentales que sufren mucho se sienten muy pertubados por ser mirados como “enfermos” o como “locos” por sus padres.
El libro propone comprender y acompañar a los padres en el crecimiento y asistencia de su hijo. Sostiene que en el momento de separación del hijo, vivido con más angustias y dificultades por los padres de lo que parece, se puede descubrir que ser autónomo no equivale a ser egoísta, que en este
enfoque simultáneo de ayudar a padres e hijos, los padres también van a ir desarrollando recursos propios para sentir la angustia de separación, no como una muerte, sino como un proceso que tiene que darse naturalmente.

*María Elisa Mitre
-Fuente: La Nación.
http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/cultura/Nota.asp?nota_id=927551

Aviso Natural*

Yo soy la Sudestada
Del este traigo el viento solar
Desde el sur un viento de Patria
De sangre inocente
De recios mártires
De cruces de hierro

Yo soy la Sudestada
Someto de rodillas
barcos piratas árboles y pájaros
Para que en el fragor despierten
 una convicción de país

Yo soy la Sudestada
madrugo pescadores
serenos canillitas y embarcados
habitantes costeros
de un río que se embarra los codos
en medio de su labor gigante

Yo soy la Sudestada
Agito pejerreyes
Y hamaco alevinos
con mi rugido de cuna

Desoriento cansados ballenatos
Pongo en aprieto y adormezco
baqueanos que se precian
y arrastro hacia mí vestigios
de todos los hombres

Yo soy la Sudestada
Visité a Moreno
A San Martín
Al Almirante Brown
Y a Rosas
Los he visto llegar y partir
desdeñosos de mi presencia
como los que le sucedieron.

Por eso azoto año tras año
vuestros egos
vuestra indiferencia no me rinde
e inundo estas costas bonaerenses
para que estén alertas
por si mi padre interviene
El tiene hombros mas anchos.

*de Victor M. Falco  vittoriofa9@hotmail.com

Hasta que la muerte nos separe*

*por Beatriz Sarlo  bsarlo@viva.clarin.com.ar

 

Como sucede con los temas sobre los que se precipitan los medios, los zarandean un poco, y luego los abandonan porque algún ruido anuncia la llegada del tema siguiente, hace mucho que no se escucha hablar de los celulares en la escuela. El año pasado, el tema estuvo en los talk-shows de la media tarde y la medianoche, en el periodismo gráfico y en las páginasde Internet. No daba para mucho más y se pasó a uno nuevo. Quizás cuando los Blackberry, esos telefonitos múltiples de última generación, con e-mail,
agenda y acceso a Internet, sean un poco más baratos, demos vuelta las páginas hacia atrás y
comencemos de nuevo a discutir si está bien que los chicos ricos, o hijos de padres sensibles a todos los caprichos, los lleven a la escuela y se conecten a Internet durante una clase aburrida para jugarse una partidita de pókeren algún casino virtual.

Estos temas, por su naturaleza precisamente cotidiana, van y vienen. Nadie puede estar seguro de lo que será importante dentro de diez años. Nadie puede afirmar taxativamente que las escuelas, en vez de discutir el celular en las aulas, deberían discutir qué cantidad de trabajo deben hacer los chicos dentro de ellas. Cuando lo cotidiano es la tecnología, la cuestión se impone por el carácter amenazador que tiene sobre muchos adultos atribulados. Nadie quiere parecer un dinosaurio milagrosa e injustamente salvado de la extinción; nadie quiere decir sin más trámite que, así como los chicos no deben leer historietas durante las horas de clase, no pueden manipular ni tener encendido un celular. Pero, en vez de analizar la ocupación que no permite estar verdaderamente en clase, la discusión se remite a las llamadas “nuevas necesidades” generadas por las nuevas tecnologías.

Los padres, además, creen que sus chicos llevan un celular a la escuela para estar allí más seguros, como si la presencia de miles de celulares en las dos torres neoyorquinas hubiera sido capaz de evitar su destrucción. Es verosímil que los chicos anden con sus celulares por la calle, y las escuelas deberían tener un lugar donde ellos depositen sus telefonitos durante las horas de clase, como deben tener un lugar para que pongan sus bicicletas, ya que no parece conveniente que el derecho de llegar a la escuela en bicicleta se extienda a guardarla en el aula, apoyada contra el pizarrón.

De todos modos, no vale la pena razonar sobre el celular en el aula porque el tema fue olvidado, barrido y deslizado bajo la alfombra hasta que algún periodista vuelva a tropezarse con un caso extravagante, tan simple como olvidable: un chico, imaginemos, que recibe la resolución de sus problemas de álgebra a través de mensajes de texto enviados por un primo que estudia ingeniería.

Este rasgo jadeante de los temas en los medios, que gozan de unos días de rating antes de desvanecerse o ser empujados hacia el margen, donde permanecen al acecho hasta regresar, tiene algo que ver con la atención dispersa de la comunicación. Los diarios, por ejemplo, siempre han vivido de la rotación de las noticias, cada vez más intensa a medida que competían con la rotación de la radio y, en el último medio siglo, con la fantasmagórica nube de contenidos que se desliza por la pantalla de televisión. O sea que el hecho de que el tema “celulares en el aula” se haya diluido temporariamente tiene que ver con esa
rotación de los almácigos de noticias y comentarios. En cualquier momento puede reaparecer, no desesperemos.

Esto tiene que ver también con la atención al mismo tiempo absorbente y dispersa con que usamos las nuevas tecnologías. Quienes, los siete días de la semana, todavía leemos diarios sobre papel (y a veces más de uno), de todos modos, después de las cuatro o cinco de la tarde, sentimos la pulsión irrefrenable de ir a mirar las actualizaciones de esos diarios en Internet.
Por experiencia, sé que, una vez que entro a esas páginas, las recorro con una displicencia que no puede compararse con la atención con que he mirado la primera plana impresa a la mañana de ese mismo día. Sin embargo, la visita de las actualizaciones es difícil de evitar: ¿cómo no enterarse de algo que, casi siempre, puede esperar hasta el día siguiente y que, sin embargo, parece caracterizado por una urgencia de última batalla?, ¿cómo no mantener una ventanita abierta en el escritorio de la computadora con los resultados en vivo de un partido de tenis o de fútbol? Nada importante depende de esa noticia, excepto que alguien la está emitiendo y yo sé que está siendo emitida. El sólo hecho de que yo sepa que la noticia existe presiona mi deseo de enterarme: pasión de conectividad.

De eso, precisamente, hablan quienes se refieren al paisaje tecnológico contemporáneo donde los dueños de celulares creen vivir en comunidad estrecha; a quienes se obliga a mantenerlos apagados (a los desdichados alumnos de profesores exigentes o de colegios donde no se valora la conectividad continua en tiempo real) se los está maltratando moralmente. Quien acepte la premisa de la conectividad
ininterrumpida debe hacerse cargo de la sombría desesperanza que produciría una breve desconexión.

*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/07/22/sociedad/s-01460794.htm
 

*

A veces pienso
no es tan difícil de que esto ocurra
pienso en las cosas que se han perdido
sin yo notarlas, sin yo notarlas
que se han perdido
Fueron quedando
algo pequeñas y retrasadas
aquellas cosas
Basta pensarlas
pero no mucho
Basta fijarse
cuando uno anda
en las pavadas tontas y quietas
tontas pavadas
que los caminos ponen delante
a los que andan
Y vuelven solas,
aquellas cosas
incluso algunas muy tonterías
muy pocas cosas.

*Poema de Roberto Fontanarrosa,
citado de memoria, de ese libro de humor gráfico que llegó a mis manos allá por el año 72.
-Fuente: http://arguellestinta.blogspot.com/2006/10/del-negro-fontanarrosa.html

Correo:

Una verdadera injusticia*

Breton decía que el humor era una rebelión superior del espíritu.
Para mi es una forma de ver desde otro lugar, alumbrar lo que otros no ven, deshacer los frases hechas, los lugares comunes .Una manera de luchar contra la muerte y todas las impotencias humanas, el me de los que no pueden entrar en  ciertos consuelos menos elaborados. Todo esto lo digo  para no llorar
porque se murió Fontanarrosa y eso es a todas luces injusto si uno sabe que tantos, que lo único que hicieron fue causar dolor, siguen vivos. Me refiero a esas instituciones pomposas, uniformadas que siempre supieron cual era el ser nacional y estuvieron dispuestos a defenderlo con todas las armas. En
cambio el sabía del ser humano  y  tenía una ternura bondadosa con sus personajes y con las personas. Era brillante  y modesto y era nuestro.
Sensible frente a todos los males sociales supo investigar sus causas y descubrió el motivo de tanta violencia en la crueldad de levantar a los niños pequeños a horas infames para ir a la escuela, en invierno, una tortura . Acaso no sabemos a quienes representa la ideología contraria, temprano aunque sea para nada. Profundo ese descubrimiento, nada menos que desestimar el sufrimiento  inútil y aceptar el placer como motor del crecimiento No el placer egoísta, tan ensalzado en estas épocas, el de la
charla con los amigos, el del café y las historias compartidas, el de juntarse con los otros, en la cancha o para ver la nieve y emocionarse de a muchos.

Lo necesitamos tanto, el consuelo es que nos dejo mucho para leer y recordar.
Pero el también necesitaba la vida y para eso no hay consuelo.

*Cristina Villanueva, narradora oral, gracias a Fontanarrosa  “Yo fui la amante del Yety”
pluma@velocom.com.ar

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 22 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Cesar Guerra Peixe, Marta García Renart, Carlos A Vázquez y Mariza Rezende. Las poesías que leeremos pertenecen a
Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Wankamaru
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44    A-5020 Salzburg      AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

 

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar

InventivaSocial
“Un invento argentino que se utiliza para escribir”
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/

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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un  principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
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Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas, solo verificar que un autor con nombre Y/o seudonimo , y una dirección personal de mail nos envia un trabajo.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura

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Wednesday, July 18, 2007

HASTA LO HÚMEDO DE TU CORAZÓN

*

La hiedra de tus ojos invade de rocío mi cuerpo
Siento fresco     menta     y citronella
Tus pétalos se deshojan en mis labios       uno a uno
Desprendiendo  un perfume que me llena
El de tu aroma
Las rosas envidian
Las ciruelas quieren ser mordidas
Y los azahares se desvanecen
Cavo profundo  con mis manos en tu tierra
Voy hasta lo húmedo de tu corazón                  donde  echo mis raíces
Y me nutro
Reverdezco
Y descanso

*de Iván Silvero  untalivan2001@yahoo.com.ar

Hasta lo húmedo de tu corazón…

EL TIGRE DE AGUA*

    Una extensa ciudad de calles de agua. Ciudad abierta, casas rodeadas de
jardines agrestes, islas, puentes sutiles que unen las manzanas trazadas por
el capricho de los arroyos.
    Los juncos de las orillas danzando al paso de las embarcaciones, en
oleadas vegetales que cambian el tono de verde al inclinarse bellamente,
dulce, acompasadamente acompañando el hincharse del agua. Aguas marrones, se
diría espesas, con el trazado complejo de los flujos y reflujos que le tejen
una superficie de dibujo perfecto y móvil.
    Las casas sobre pilotes, subidas a sus largas patas de garza. Casas con
cenefas de latón, casas con tejados, casas de chapa y madera. Ricos y
pobres, con correspondientes embarcaderos: embarcaderos de bancos lustrosos,
embarcaderos de palitos atados con soga y clavos. Todos compartiendo el
paisaje.
    La lancha colectivo, el autobús que se desliza atracando donde la gente
parada en la escalerita reclama transporte. Los perros que despiden o
saludan con alegría canina, desbordante en saltitos, ladridos y corridas
alrededor del dueño que retorna y camina con una mano que revolea una oreja
o la indiferencia de la costumbre.
    El conductor de la lancha que lleva una garrafa al lado del timón, y la
pava siempre caliente para el mate imprescindible. La mujer y la hija al
lado, los pasajeros en sus cosas, la maestra corrigiendo cuadernos mientras
por las ventanillas se pierde el paisaje maravilloso. Pero ellos tienen los
ojos llenos de agua, ya no necesitan mirar para verla. Son los habitantes de
este extraño mundo donde todo ocurre en torno y sobre los ríos que ajedrezan
la llanura.
    Pasa la lancha almacén con las bolsas de papas y cebollas, las garrafas
de gas, el aceite y la harina. Pasa la lancha ambulancia a todo correr, pasa
la lancha basurera con sus bultos negros, pasa la prefectura, policía del
camino que él también, el camino, pasa.
    Las casitas con sus ropas tendidas y los patos en su corral. El cielo
blanco donde el encaje de las ramas desnudas dibuja nubes difusas.
    Y de pronto el Paraná. La enorme infinitud de un horizonte que se abre,
y allá lejos un barco transatlántico. Da miedo la sensación de pequeñez que
nos invade. Y, como hemos quedado sólo nosotros y el piloto con su familia,
mi mamá manejando el barquito entre carcajadas. “Más a la derecha, ahora,
mueva el timón más a la derecha”. La fotografía para capturar la magia, como
si fuese necesario.
    Y la vuelta mientras la luz se pierde, y el reflector sobre la cabina
ilumina los muelles buscando pasajeros que retornen. Las casas con sus
cuadraditos de luz en las ventanas. La lancha que llega a buscar a los
obreros de una construcción. El día que se va como las aguas bautizadas con
nombres para reconocer los cauces, aunque el río, los arroyos, el agua es la
misma agua de tierra y juncos y relieve de melaza. Carapachay diremos,
Guayraca, Reyes, Capitán. Le daremos nombres al agua para creer que es ella
la que pasa y no nosotros los que nos vamos.
    Volvemos en el tren, otra magia. Si existe magia en los transportes,
cómo dudar de que trenes y barcos son los hechiceros de la imaginación y
quienes se aferran a los recuerdos.
    Hemos estado en una ciudad de agua. El Tigre le dicen. Cuando miro el
mapa veo el espinazo del Paraná, y las rayas de los cauces surcando el lomo
de la pampa.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Novios*

Temblequean las sillas, roñosísimos y quemados los mantelitos, las paredes,
rugosas y coherentemente húmedas, así como el techo, con ondas. El olor
ambiente casi se oye. Sobre el mostrador campean sándwiches de pan francés
envueltos en un plástico transparente, aunque no lo bastante, y en otro
envoltorio de idéntico material e inconfundible aspecto, se exhiben facturas
apelmazadas. En la mesita aquella, fumando, mientras aguarda el comienzo del
show, mi novio lee el capítulo onceavo de “Las Alas de la Paloma”. Soy una
de las potras en bikini maquillándose en un cuartucho con insignificantes
pretensiones de camarín.

*de Rolando Revagliatti  revadans@yahoo.com.ar

Martes, 17 de Julio de 2007
La Protesta*

*Por Carlos A. Solero  casolero_1@hotmail.com

Fundado en 1897, por dos proletarios Gregorio Inglán Lafargue y Antonio
Pellicer Paraire, el periódico anarquista La Protesta siempre fue mucho más
que una publicación. Fue un ámbito de iniciativas de organización para la
lucha, un frente de confluencia de escritores, periodistas y una
incandescente llama productora de ideas a la que nadie pudo ni puede
detener.
Nacido como La Protesta Humana, el médico irlandés Juan Creaghe, antiguo
editor de El Perseguido, compró nuevas máquinas que permitieron ampliar la
tirada y le cambió el nombre para tornarlo más fácil al pregón de los
canillitas, más de una vez efectuaba la distribución personalmente en su
mateo para evitar las requisas de “orden social”.
En la huelga de inquilinos de 1907, La Protesta fue el vocero de los
desheredados, maltratados por las clases dominantes y sus lacayos de sotana
y uniforme.
Los talleres de La Protesta padecieron múltiples atentados en las cruentas
jornadas de huelga. A pesar de esto siempre salía puntualmente publicado por
la valiente e ingeniosa labor de sus editores.
En la huelga de 1909, recordada por la masacre de obreros llevada adelante
por la soldadesca de Figueroa Alcorta, su sala sirvió para el velatorio del
marítimo Juan Ocampo, asesinado por las fuerzas policiales al mando del
Coronel Ramón Falcón.
Escribieron en las páginas de La Protesta: Eduardo Gilimón, Alberto
Ghiraldo, Florencio Sánchez, Rodolfo González Pacheco, Virginia Volten,
entre otros.
La Protesta tuvo diversas etapas quizás la más prolífica fue bajo la
dirección de Emilio López Arango y Diego Abad de Santillán, con dos
ediciones diarias, de mañana La Protesta y por la tarde el vespertino La
Batalla. Un suplemento semanal y otro quincenal con notas sobre anarquismo y
sus tendencias, literatura latinoamericana y universal, sociología,
filosofía y psicología. Además una editorial que publicaba libros y folletos
de Bakunin, Proudhon, Malatesta, Luiggi Fabbri, etc.
La Protesta polemizaba con el periódico Cúlmine de Di Giovanni, sobre
cuestiones tácticas de la lucha social, medios y fines. El uso de la
violencia en las luchas de masas, los atentados, etc.
Desde La Protesta se denunciaron las matanzas de la semana de enero de 1919,
las huelgas contra La Forestal, La Patagonia Trágica y los fusilamientos de
1500 obreros a manos de los esbirros de Varela y Anaya, enviados por
Yrigoyen. Propulsaba la campaña pro liberación de Sacco y Vanzzetti.
Con el advenimiento en 1930 de la dictadura uriburista, en primer término y
luego la década infame y la andanada fascistoide del 43, las dificultades de
edición crecieron las persecuciones a los militantes ácratas, espaciaban las
salidas del periódico.
El gobierno peronista con su férrea censura atacó a la prensa revolucionaria
y La Protesta no fue la excepción. Luego la heroica huelga de los obreros
navales, hallará a La Protesta junto a los trabajadores enfrentando a
capitalistas y dictadores.
La década del 60, fue un renacer de polémicas ideológicas y acciones. Por
aquel tiempo escribían en las columnas de La Protesta: Angel Cappelletti,
Oscar y César Milstein, Eduardo Colombo, Herbert Marcuse.
Al finalizar al década del 70 un grupo de jóvenes extasiados con la lucha
armada promueve un debate al interior de la publicación anarquista, pero el
Grupo Editor marca con claridad la línea anarquista en desacuerdo con la vía
del foco guevarista y la confluencia con las tendencias autoritarias del
socialismo.
La Protesta denuncia las maniobras de la dictadura de Lanusse y alerta sobre
la masacre en ciernes de la mano de la maquinaria estatal, los burócratas
sindicales y las fuerzas armadas.
Un editorial de La Protesta de junio de 1976, titulado “Nosotros acusamos”
elabora un certero y dramático análisis de coyuntura, denuncia la represión
militar, los secuestros, torturas y desapariciones.
La noche negra se abate sobre la región con secuela de horror y espanto.
En junio de 1982, reaparece La Protesta, denunciando los asesinatos de
Cambiasso y Pereyra Rossi, sigue hasta nuestros días la lucha y la prédica
el insobornable paladín libertario, del vocero de los oprimidos que hace
historia con sus páginas rojinegras, sin concesiones ni medias tintas con
debates e ideas polémicas y reflexión en pro de una sociedad anarquista, sin
explotación ni injusticias: socialista y libertaria.

* Miembro de la Biblioteca y Archivo Histórico Social “Alberto Ghiraldo”.
-Fuente: Rosario-12

HAGAMOS COMO QUE EXCLUIMOS*

Excluyamos a los que se casan con alguien
por más o menos la única razón
de que los calienta
o de que los calienta advertir al contrayente
apetecido rabiosamente por otros

Excluyamos a los que se casan con alguien
por más o menos la única razón
de que el contrayente es “lindo” o “simpático”
o “trabajador”
o “presentable”
o “dispone de un buen pasar”
en fin, etcétera

Excluyamos a los que se casan con alguien
por más o menos la única razón
de que “no toleran la soledad”, es decir, quedarse
en la horrorosa compañía que ellos
son para sí mismos

Si a todos éstos excluimos:
¿cuántos quedan?

*de Rolando Revagliatti  revadans@yahoo.com.ar

Ecología | 17.07.2007
Bichos en la ciudad*

 Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift:  “Porcellio scaber
isopod”, conocida como cochinilla o chanchito de suelo.

Las bondades del trabajo de los insectos que pueblan las ciudades despierta
el interés de los zoólogos. El valor ecológico de los habitantes de los
suelos de ciudad es más importante de lo hasta ahora se ha creído.
Tan pronto como sale el sol no sólo los humanos queremos salir a pasear por
los parques y alamedas de la ciudad. Mientras los citadinos hacen deporte,
preparan un almuerzo o simplemente descansan al aire libre, hay armadas de
animales que trabajan febrilmente debajo del césped que nos sirve de
almohada.
Según la bióloga Silvia Pieper, “en un metro cuadrado de una profundidad de
20 centímetros viven decenas de miles de animales cuyo hábitat es el suelo”.
Cierto es que “la mayoría de pobladores del suelo y subsuelo son conocidos
por nombre por los científicos, más no tanto su trabajo y, sobre todo, los
bondadosos efectos que éste genera”, continúa la zoóloga Pieper, en la
página virtual de la Universidad Libre de Berlín.
En cooperación con el profesor Gerd Weigmann, director de Zoología de Suelos
y Ecología, de la Universidad libre de Berlín, Silvia Pieper ha desarrollado
el proyecto investigativo  “Fauna” de la Sociedad de Investigaciones (DFG).

Pequeños grandes colaboradores de las plantas

Cochinillas, ácaros y gusanos cortan, recortan y digieren hojas de árboles
que caen, aran los suelos con sus movimientos y le proporcionan alimento a
bacterias y hongos. Estos organismos, a su vez, concentran los materiales
orgánicos de tal manera que le facilitan a las raíces de las plantas la
absorción de sustancias alimenticias.
Pero también para los insectos la vida puede ser dura en las grandes
ciudades. La contaminación ambiental es mayor, por lo que las consecuencias
de la polución también llegan hasta los más pequeños pobladores de los
suelos. El agua además, está mal distribuida en las ciudades, por la
profusión de las superficies construidas y pavimentadas.

La misión ecológica de las cochinillas

A mayor urbanismo, mayor contaminación y mayor “parcelación” de los hábitat
de los insectos. El uso de los lugares públicos o privados para el ocio es
también más frecuente en las ciudades. Una sola tarde de picnic y asado al
aire libre interfiere enormemente en el trabajo de miles de insectos que
favorecen, a su vez, el crecimiento de los árboles que ayudan a limpiar el
aire en las ciudades.  ¿Puede hoy una cochinilla de ciudad cumplir a
cabalidad con su misión ecológica?, es por ello la pregunta de los
científicos, así la interrogante parezca lo más banal del mundo.
Seis años consecutivos investigó el grupo de zoólogos el acontecer en los
suelos de Berlín, tanto en la realidad como en laboratorios. “Nos hemos
sorprendido del grado de influencia de la fauna de los suelos”, reconoce
Silvia Pieper. Camas de paja o desechos orgánicos con presencia de insectos
se reducen dos veces más rápido. Los mismos insectos ayudan a producir  30%
del nitrógeno que necesitan las plantas como fertilizante.

A menos asfalto, más aire puro

En laboratorio, por su lado, se demostró que son suficientes unos cuantos
insectos para elevar en 40% el contenido de calcio en los sistemas
ecológicos más pequeños. La fauna trae otra ventaja a los suelos: el agua
permanece por más tiempo en la tierra, ofreciendo mejor y mayor irrigación.
Así se podrían superar etapas de sequía que, al parecer, son cada vez más
frecuentes en los tiempos del cambio climático.
La fauna de los suelos es pues un factor no desdeñable de conservación de la
naturaleza. No en vano algunas ciudades quieren reducir poco a poco las
superficies cubiertas con cemento y asfalto. Un metro menos de vía asfaltada
es un metro que no pierde la naturaleza para su proceso de autoreparación,
del cual nos beneficiamos todos.

*José Ospina Valencia.
-Fuente:
http://www.dw-world.de/dw/article/0,,2695427,00.html?maca=spa-Titulares-640-html

Nota II y última
Viaje al punto más bajo de la línea de pobreza*

La familia que vive en las vías visitó Tucumán, su provincia

SAN MIGUEL DE TUCUMAN.- “Todo es más lindo en los recuerdos”, dice Elvira
Robles, que llega a esa conclusión mientras recorre las empobrecidas calles
del barrio El Colmenar, donde creció, en las afueras de la capital
provincial.

Después de estar un mes junto con ella y su familia en el asentamiento de la
curva que hace el ferrocarril San Martín entre Paternal y Chacarita, en
Buenos Aires, LA NACION los acompañó en un viaje a la tierra de sus
orígenes. Quizás, andar en sus zapatos un trecho ayudaría a comprender por
qué, para ella, vivir al margen de una vía y con la muerte como vecina es
mejor que volver a los pagos en los que están familiares y amigos.

El viaje se hizo en tren, con Elvira y Luis, su marido, y Kevin, de cinco
años, que era el más ansioso por conocer Tucumán, aquella tierra de la que
partieron sus padres en busca de una vida mejor. Tanto, que la adrenalina no
lo dejó dormir.

Durante las 25 horas que duró el trayecto, el tren pasó por varios
asentamientos junto a las vías. “Mirá, acá están peor que nosotros, más
pegados a la vía”, dijo Luis, cuando el tren pasó por Villa Constitución,
cerca de Rosario.

La última vez que Elvira y Luis hicieron ese camino, Ivana, que hoy tiene
once años, y Carolina, de nueve, eran bebas. Por eso, el regreso fue todo un
acontecimiento para el barrio. Allí esperaban el padre de Elvira, Miguel
Angel Robles, y Elvecia Dioque, su mujer.

También “Flopi”, la hija de Elvira y Luis, que tiene tres años. Cuando era
beba, Elvira enfermó de tuberculosis y quedó internada. “Flopi” se quedó con
la bisabuela, que estaba de visita en Buenos Aires, y después se la llevó a
Tucumán.

El reencuentro fue difícil. Elvira corrió a abrazarla; la nena se asustó y
lloró. Sólo varias horas más tarde pudo alzarla y darle un beso. “Flopi”
miraba con ojos de no comprender mucho. Pero fue sólo un breve contacto;
después, regresó con la bisabuela a su hogar, en Alderetes, donde no sólo es
la reina de la casa, sino la razón de vivir que tienen su bisabuela y el
marido.

Desde que bajó del tren, Kevin miraba con el entrecejo fruncido. “¡Mentira!
Esto no es Tucumán”, dijo enojado. Evidentemente, la ciudad que tenía ante
los ojos era distinta de la que había imaginado. Recorrer los barrios en los
que Elvira y Luis nacieron y crecieron fue elocuente. Aunque cueste
imaginarlo, existe un escalón más bajo en la línea de la pobreza que aquel
en el que Luis y Elvira viven junto a las vías, en la Capital.

Margarita Poma es media hermana de Elvira y subsiste a orillas de un canal,
en una casa de cuatro chapas. Hace tres años, tuvo a su último hijo, que no
sobrevivió al parto. Lo tuvo en la Maternidad Nuestra Señora de las
Mercedes, la principal de la provincia. Estuvo internada en la misma cama
que otra mujer. Parada junto al canal, cuenta: “Hace un tiempo, vino ayuda
del gobierno. Cuando fuimos a anotarnos, nos dijeron que era para gente más
necesitada”. Y pregunta: “¿Quiénes vendrían a ser gente más necesitada?”

Aquí, la falta de perspectivas parece escrita en la frente de los
habitantes. A los 14 años, Lorenzo, el hermano menor de Elvira, ya no
estudia. En cambio, trabaja pesando y embolsando carbón, y es el principal
sustento de la casa. El padre es beneficiario de un plan social y la madre
cobra una pensión por viudez, de su primer marido.

Cuando Elvira y Luis eran chicos, aquellas tierras eran parte de una finca.
Hoy, el casco de estancia está en ruinas y adentro se instalaron varias
familias, aunque el techo está a punto de caerse. Aquellas tierras en que
crecían limoneros, había un tambo y se fabricaba ladrillo se convirtieron en
barriada. Allí, la línea de pobreza desciende aún más, hasta niveles
impensados.

En una casilla desvencijada, sin puerta, viven Jorgito, de 5 años y Lourdes,
de 3. Están al cuidado de su tío. Dos veces por mes, el hombre viaja a
Bolivia para pasar ropa en balsa y burlar controles aduaneros. El sujeto
relata las peripecias del viaje por el que, según dice, le pagan 45 pesos.
Mientras, los chicos comen arroz aguado, de una misma bandeja y con una sola
cuchara.

Elvira y Luis parecen, en ese contexto, gente de otra clase, ubicada mucho
más adelante en la escala social. Por eso sienten que, a pesar de todo,
ellos progresaron. Y que Tucumán no es un lugar para volver. Ese fue su
punto de partida. Ahora quieren hacer algo para que sus hijos puedan vencer
esa falta de perspectivas que sume a la gente cada vez más abajo de la
indigencia.

“Hija, ustedes tampoco pueden vivir así, junto a las vías. Tienen que salir,
tienen que cambiar”, les dijo el padre de Elvira. “Estuvimos hablando con
Luis. Quiero que deje de cartonear. Porque el cartón da plata pero eso es
estar en la basura y trae enfermedades”, confiesa. Cuando regresen a Buenos
Aires quiere buscar un trabajo en blanco. Una amiga le dijo que en Jumbo, de
Soldati, estaban tomando gente para limpieza.

Ahora es el anhelo que tiene. El camino que cree posible para empezar a
salir de la marginalidad. “Quiero cambiar de clase. Tengo que hacerlo por
mis hijos, porque ellos preguntan, necesitan cosas y nosotros tenemos que
darles el ejemplo de que se puede salir”.

* * *

BUENOS AIRES.- Dos semanas después, el panorama es otro. Elvira tiene una
tristeza muy grande. Se seca las lágrimas pero no puede contenerse. Del
traslado que prometió el gobierno de la ciudad no hay noticias. Pero es otra
cosa lo que la tira abajo.

Luis se fue de casa. En realidad, nunca volvió de Tucumán. El último día,
antes de regresar, le dijo que no iba a volver. Elvira piensa que se fue con
una ex novia. “Nos dejó que volviéramos solos”, cuenta en un sollozo, y se
abraza a esta cronista. No es el único que falta en la casa. Kevin se quedó
con el papá. “Luis me prometió que iba a venir a buscar sus cosas y que lo
iba a traer”, dice, dolorida por tener lejos otro hijo más. En el fondo,
Elvira piensa que Kevin presentía algo y que por eso no le gustó Tucumán, y
que Luis no quería cambiar de vida, salir de la condición en la que viven
para buscar una mejor.

El día anterior, Talía había cumplido años. Como Luis no está, en la casa no
hay dinero y apenas algo de comida. “Hoy cumplo años, mami”, le dijo la
nena. “Sí, ya sé, pero no tengo nada para hacerte…”, lamentó Elvira. “No
importa, ya sé, pero igual es mi cumpleaños”, respondió Talía.

A Elvira le duele la tristeza de sus hijas. “Quiero irme de acá porque tengo
miedo de hacer una locura. Ayer estaba mirando el tren y pensé: «¿Y si me
tiro? Voy a sufrir menos, pero los que van a sufrir son mis hijos».
Entonces, tengo que juntar fuerzas para salir adelante yo sola y para irme
de acá”, cuenta. Esa noche, antes de acostar a las hijas más grandes, Elvira
se sentó con ellas y les contó que su papá no iba a volver. Les dijo que a
partir de ahora ella iba a salir por las noches con el carro a buscar
cartones, que se iban a quedar solas en la casa y que se tenían que portar
bien y no salir a las vías.

“Mami, no te preocupes. Vamos a salir adelante, vas a ver. Yo te voy a
ayudar; voy a cuidar a mis hermanos”, le dijo Ivana. Tiene 11 años y desde
el martes pasado, por las noches, está a cargo de su familia.

Para el próximo sábado está planeando ir con la abuela a la feria del
Retiro. Quiere vender algunos de los juguetes y cadenitas que su mamá
encuentre en la basura. “Vas a ver, entre las dos vamos a salir adelante”,
promete.

*Por Evangelina Himitian
Enviada especial

-Fuente: La Nación.
http://www.lanacion.com.ar/EdicionImpresa/informaciongeneral/nota.asp?nota_id=926396

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear
noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono
noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten
el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la
injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple.
Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable)
y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve
(alrededor de 2000 caracteres).

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Posted by URBANOPOWELL at 02:02:15 | Permalink | No Comments »

Sunday, July 8, 2007

SUPERHÉROES

*

Tu boca sonriente
(¿de minutos?,
¿de cielos?) y tus
pies
con polvo asomando
en tus sandalias.
Y tu mar encendido,
y ferroso,
que ondula y se
pierde
entre huellas,
entre tus pechos
y tus ojos, y donde
siempre
navegaste, y soñaste,
hora
a hora, rumbos
abiertos,
entre flores encarnadas
de chivato,
sin cadenas y sin
anclas.
Y tu boca triste
un momento,
o como oscurecida
por un viento
secreto o una
brisa
en los caminos,
las orillas,
y en todas las líneas
de la geografía y
de las manos,
sudadas, ya
sudadas,
al sol, a los días,
y tomadas
de sí y de mis
manos,
sudadas de vos,
de mí,
en los senderos,
en la imaginación,
en el beso
a beso,
en los olvidos…

*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com
-En “Nidia”. Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007

SUPERHÉROES…

A FONDO: PABLO DE SANTIS - ESCRITOR

“Amamos en los héroes de historietas la vitalidad que suele faltarnos”*

La seducción de los comics cruza edades y generaciones. Para atrapar, se valen de rasgos tan austeros como potentes, y de personajes que conmueven por su capacidad de no temer a la acción.

*Claudio Martyniuk. cmartyniuk@clarin.com

Lo sabemos: las historietas son iniciáticas. Las primeras lecturas autónomas, no escolares, suelen ser historietas. Las fantasías juveniles más intensas, las que le brindan al lector los rasgos de los héroes y la más penetrante idea de aventura, se originan también en las historietas. La eficacia de este género surge de la conjunción de dibujo y texto, que parece armonizar las dimensiones del mirar y el hablar.
El escritor Pablo De Santis -quien recientemente obtuvo, en Bogotá, el Premio Planeta-Casa de América de Narrativa, en su primera edición, por su novela El enigma en París, dotado con 200.000 dólares y considerado el galardón literario iberoamericano de mayor cuantía- conoce íntimamente el mundo de las historietas. A los 21 años comenzó a trabajar en la revista Fierro como guionista y nunca se apartó de ese mundo deslumbrante.

¿La historieta es, como creen algunos, un género menor?

Obviamente, no. Pero es menos peligrosa la desconsideración que algunos hacen de la historieta que la entronización absurda -que también ocurre- de cualquier cosa dibujada. Como cualquier disciplina artística, hay obras geniales, extraordinarias, y obras mediocres, olvidables.

La historieta es un género austero, pero de gran vitalidad expresiva. ¿Eso produce mayores efectos de identificación entre los lectores?

Yo creo que sí. Uno suele identificarse con las cosas que contrastan más con uno. Es que como lector, uno está quieto y tiene una vida poco heroica. Es lógico entonces que se identifique, por sus hazañas, con héroes que nunca están quietos. Uno ama a los héroes porque nunca están quietos. O casi nunca. En algún momento, Sandokán iba a la isla de la Tortuga y vivía algunos instantes de reflexión. Pero duraban poco tiempo; en el capítulo siguiente ya el héroe encaraba una nueva aventura. Es que en la historieta
siempre alguien está haciendo algo. En la literatura puede haber más inmovilidad, pero en la historieta apenas se pone a alguien en el cuadrito, ya tiene que hacer algo. Creo que amamos en los héroes de historietas la vitalidad que suele faltarnos. Los personajes son dinámicos, están siempre en movimiento. Por eso el héroe de los relatos policiales de enigma no tuvo su versión en historieta. El policial de enigma presentaba un detective quieto, que está solo en un cuarto e investiga la pista. Ese no es un héroe
de acción: nunca resuelve algo agarrándose a las trompadas.

Ese detective, por su relación con el alcohol, el problemático vínculo con las mujeres y la soledad que lo rodea, ¿no tiene rasgos melancólicos?

Sí. Los policiales clásicos siempre son solitarios, melancólicos. Nunca existe una familia, o en todo caso arman esa familia provisoria con su asistente. Con él van hacia las aventuras y nunca se sabe de qué viven. Pero la historieta sí tomó al detective norteamericano, el de la novela negra, que ama la pelea. Por ejemplo, Dick Tracy. Eran detectives que iban en auto, siempre urgidos. No eran los detectives quietos del policial inglés, cuya versión más extrema y paródica es el personaje de Borges y Bioy Casares,
Isidro Parodi, que está preso y resuelve los casos a través del análisis, sin ninguna acción.

Pero la historieta también se extendió al campo de las ideas. Hay libros para principiantes que usan el formato de la historieta para divulgar posiciones científicas y filosóficas. ¿Puede la historieta exponer la reflexión?

Siempre me interesó todo lo que tiene que ver con la divulgación, con la posibilidad de que mucha gente entienda algo. Hay un libro llamado Kafka para principiantes, con dibujos fabulosos de Robert Crumb, que muestra cómo la historieta puede comunicar y llegar a más lectores.

Parece fácil hacer una historieta, pero ¿lo es?

No, para nada. Es fácil de leer, pero es un género muy complicado de ejecutar.

Además, no se hace de a uno…

Claro. Tiene que haber alguien que piensa la historia. Un guionista que tiene que hacer cuadro por cuadro los diálogos y saber cómo comunicarlos al dibujante. Tiene que haber una buena relación entre los dos. Tampoco es fácil dibujar una historieta, requiere una serie de destrezas técnicas particulares. Es muy común que excelentes ilustradores se pierdan a la hora de hacer historietas, porque olvidan lo imprescindible que es la acción.

Las imágenes que recordamos de las revistas escolares presentaban a los héroes históricos en historietas. ¿Qué capacidad tiene la historieta para construir una narrativa histórica?

Las ilustraciones de esas revistas escolares eran muy vívidas, creaban intensas anécdotas visuales. Y nosotros, lo que recordamos de la historia del colegio, siempre es una anécdota. Porque es mucho más fácil recordar una anécdota, y mucho más edificante también. Siempre se opuso la historia de la
anécdota a la historia de los procesos. Pero los hechos individuales también hacen a la historia, porque en esos episodios hay cosas que se resuelven o se condensan en una acción, una muerte o un rescate.

¿Por qué tiene tanta potencia erótica el dibujo de la historieta?

Es muy curioso. En un momento en que la historieta tenía problemas para subsistir en nuestro país, en Europa la historieta erótica era un éxito, con esas chicas tan pulposas. Es increíble, pero en un contexto de mucha producción de películas pornográficas, la historieta erótica triunfa. En definitiva, siempre son dibujos, nunca son reales, y sin embargo tienen una capacidad de potenciar la fantasía que quizá las películas y las fotografías de sexo explícito no tengan. La historieta desarrolla siempre la fantasía.

Una de las fantasías más poderosas es la del justiciero. ¿Qué rasgos tiene esa lucha por la justicia?

En cierto modo, en las historietas siempre hay una separación entre la ley y la justicia; o digamos, entre las leyes de los hombres y la justicia. El mundo de las leyes se muestra insuficiente, por la actitud de los
gobernantes o porque los policías a veces son ineficaces. Entonces aparece el héroe, que es el que se ocupa de hacer justicia. Batman, por ejemplo, está por fuera de las instituciones. El superhéroe es un personaje nacido dentro del género de la historieta; no existía antes en la literatura.
Muchos otros personajes, sí. Por ejemplo, Dick Tracy venía de la novela policial; el mismo Batman debe mucho a algunos rasgos de los folletines y ciertos personajes que aparecían en las novelas populares. Superman es un personaje que nace de la historieta; en la literatura popular no había nada parecido, nació para ser dibujado. Superman no es el que más me gusta; para mí es el más desabrido de todos los héroes. Quizás el más interesante sea Batman, con esos rasgos oscuros, nocturnos, en esa ciudad también oscura. Es un héroe en permanente correspondencia con su entorno.

La historieta también puede ser humorística. ¿Se confunde con el humor gráfico?

No. En una historieta narrativa -una historia larga, por ejemplo, El Corto Maltés-, vemos que hay muchos elementos: el personaje, el mar detrás, el barco…. Si nosotros vemos una historieta humorística, vemos que sólo aparece lo significativo: Mafalda o Inodoro Pereyra. El dibujante sólo dibuja lo que es significativo para el humor de la historia. No hay elementos de más, porque distraen la atención. El humor siempre necesita la concentración en un punto. En una historieta hay una escena de acción -el
héroe le da una trompada al villano de turno-, pero siempre hay otra en el fondo, sin que eso nos distraiga ni complique la lectura. Insisto: en el humor gráfico siempre necesitamos que nuestra atención vaya a un solo punto, porque el humor es algo que depende del instante.

En las historietas también están los villanos. ¿Es bueno que las historietas tengan un alto contenido moral?

Creo que sí. Me parece que es bueno tener una visión moral de la vida. No es necesario que cada persona esté identificada con el bien o con el mal, pero sí es importante pensar en el bien y el mal.

¿Los videojuegos tienen vínculos con las historietas? ¿El jugador es una especie de lector participante?

No, en la lectura hay un mecanismo interpretativo que siempre es más sofisticado que jugar videojuegos. Me parece que en la literatura hay algo fundamental: algo ocurre. Usted puede interpretarlo de distintas maneras, pero eso pasó y no puede elegir otro final. Si uno tiene cualquier final posible, se le arruina el efecto literario. Porque en él hay una fatalidad irreductible. La literatura siempre trasmite una sensación de destino, de que las cosas son así, que es indispensable para el efecto artístico. Si no,
ya es otra cosa. Por eso los videojuegos son juegos, no formas artísticas, de la misma manera que jugar al truco no es una forma artística, sino un juego. Atrapante, pero juego al fin.

*

De Batichica a Las Superpoderosas

Entre la historieta y los dibujos animados, hay muchas conexiones, inclusive una gramática gráfica bastante común. “A mí hay dos que me fascinan -confiesa De Santis-, que son Dexter y Las Chicas Superpoderosas.
Son dibujitos de una gran complejidad intelectual, tanto en los guiones como por los dibujos. Usan, a veces, dibujos que parecen de un trazo rápido; si uno los mira asiduamente, se da cuenta de que quien los hizo está pensando las cosas sobre el papel”.
“Por otro lado -agrega-, siempre hubo vinculaciones muy fuertes entre los personajes de Disney y la historieta. Disney mismo tenía, para su revista de historietas, dibujantes extraordinarios”.
De Santis insiste en la particularidad de Las Chicas Superpoderosas. “Los héroes tradicionales de los dibujitos eran masculinos-explica. Las Chicas Superpoderosas lograron promover la idea de que las chicas también pueden serlo. Aunque es cierto que hay dificultades con las mujeres heroínas. Uno
lo ve con los muñecos en una juguetería: los que quedan de oferta son mujeres. Batichica se vende con más dificultad que Batman. Es muy gracioso ver las diferencias de precio también. Hay algunos personajes que permanecen, como La Mujer Maravilla. Pero, en sí, el personaje del superhéroe pertenece al mundo de la identificación masculina. Los hombres siempre buscan héroes para identificarse. Pero me parece que para las mujeres no es tan estricto. No tienen problema, a veces, de identificarse
con una figura masculina”.

Señas particulares:
Entre sus novelas se cuentan “La traducción”, “Filosofía y Letras”, “El teatro de la memoria” y “El enigma de París” (Premio Planeta-Casa de América).

EDAD:44 AÑOS
NACIONALIDAD:ARGENTINO
ACTIVIDAD: FUE GUIONISTA Y JEFE DE REDACCION DE LA REVISTA “FIERRO”. ES
ESCRITOR.

Copyright Clarín, 2007.

*Fuente: Clarín. http://www.clarin.com/suplementos/zona/2007/07/08/z-03615.htm

Soloman*

Cuando descubrí el dibujo del superhéroe en el cuaderno de clase de Paula, no supe como reaccionar. Me surgió una sonrisa, pero contuve unas ganas locas de llorar. No por el título de la tarea que con ayuda de un buscador Web, logre enseguida relacionar con “Soloman”, cuento de Ramón García Domínguez. Sino por la ficción que desato en mí.
El tema es entonces la construcción subjetiva de la soledad que hace cada cual, la que hago yo a partir de ver el dibujo tierno de mi hija. La que casi me hace llorar a baldes, pero no, no delante de
Ella, mi hija de 8 años que enseguida me deja el cuaderno entre las manos y se va a saltar la soga y como parte de la regla salta y cuenta hijos en cada salto exitoso, Un hijo por salto cuando el futuro esta lejano todavía y más abierto que un azar de acontecimientos.
Y yo que quise llorar y no pude. Cerré el cuaderno y seguí imaginando a “Soloman” como el superhéroe de la soledad que algo tiene que ver conmigo.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com

Ese día en que todo lo perdido vuelve*

La juventud termina, dice Isak Dinesen, cuando comprendemos que nuestro destino es exactamente igual al de los otros. Entonces empiezan a importar los ritos.
El año pasado, para las fiestas, yo me fui, solo, a Lisboa. Anduve largamente por callejones empinados, bajo guirnaldas de lucecitas; me sentaba melancólico a tomar café con la estatua de Fernando Pessoa; veía pasar familias con regalos y coros de niños que interrumpían sus villancicos bajo el abucheo de la llovizna y, aunque me preguntaba qué cuernos hacía tan lejos, no conseguía comprender. Hasta que una mañana, mientras buscaba la salida del laberinto del barrio árabe, se desató una tormenta y sin saber bien lo que hacía me refugié en la Iglesia de la Concepción, la más antigua de la ciudad, la única que se salvó del terremoto de 1775. Estaban celebrando misa. Como era día laborable, en la inmensa nave en sombras y ante un cura vestido de dorado y blanco, tiritaban sólo unos cuantos ancianitos. Pero cuando uno de ellos avanzó hasta el púlpito y empezó a leer las Escrituras, tratando de imponer su voz por sobre el trueno y el diluvio, de pronto, digo, comprendí. Arrullado por la música de los versículos me distraje de lo que decían; y pensé en el Cristo lacerado de la entrada, pensé en el Cristo lacerado de la entrada, pensé en la tormenta y en la ciudad inhóspita, pensé en los barcos azotados contra el muelle y pensé en el mar que más de cien años atrás habían cruzado mis bisabuelos portugueses. Pensé, en fin, en ese rito que como durante siglos seguía acogiendo a ancianos y extranjeros, a aquellos que no tienen con quién compartir su memoria, y me dije, de pronto: “Esto es la poesía”. Y no me pregunten por qué, pero también pensé: “Esto soy yo”. Comprendí, digo, y fue mi forma de comulgar.
Por favor, entiéndanme: aquí, en la Argentina, Jamás piso una iglesia: soy, si Borges no me engaña, agnóstico. Y la mayoría de los curas me parecen similares a aquel sacerdote lisboeta que se impacientaba a cada vacilación del viejito lector y que luego recitó la liturgia con la desgana de cualquier burócrata. Tampoco hablo de las ceremonias patrióticas. Después del genocidio, de la guerra de Malvinas, de las leyes que consagraron la impunidad, me repugna toda fiesta que incluya a los culpables, y si alguna vez me llevan por confusión o por fuerza, seré aquellos que arriman la silla vacía a la mesa de los saciados, quienes devuelven a su fuente “la fruta podrida con que lacayos quieren envenenar mendigos”.
Hablo de los ritos privados, secretos, que inventamos cuando volvemos de los pocos sitios en que el recuerdo revive, un jueves en Plaza de Mayo, una madrugada en el boliche cuando nuestra misma conversación parece una manta de retazos, el cumpleaños de un hijo huérfano que se vuelve, de pronto, la celebración de un antiguo deseo de dos. Hablo, en fin, de esos ritos que nos inventamos para que en nuestra soledad, como en el día de la creación, vuelva a escucharse el Verbo, porque nos sentíamos perdidos y estalló la tormenta, porque acabó la juventud y ya no tenemos con quién compartir nuestros recuerdos, y porque sólo volver a actuar como antes da sentido a esto que somos.
Sé de gente que pone a girar viejos discos de vinilo, y hay quien arregla su jardín y reparte en macetitas gajos de árbol antiguo. Hay quien prepara pan dulce tan sólo para resucitar una antigua artesanía y hay quienes se preocupan por conseguir uvas para comerlas una a una a las doce del 31 al ritmo del viejo reloj de un abuelo gallego que inició la tradición. En cuanto a mí, este año que tengo menos dinero y menos trabajo también, he estado desarmando y limpiando, pintando y volviendo a armar una cajita de madera balsa, tapa de vidrio y fondo de corcho, que un estudiante de zoología fabricó para clasificar insectos hacia 1975, y que su madre me ofreció hace un tiempo y yo acepté para guardar mis lápices. Bajo la caricia de la lija, tantos años después, la madera estuvo soltando para mí, como un secreto, su perfume de savia, y yo me acordé de aquel fin de año en que él y sus compañeros se preguntaban cuál sería la bandera que empuñarían el día de los grandes festejos, el Día de la Revolución, y un amigo proponía izar el delantal con que su madre, cada mes, limpiaba la silla donde se sentaba brevemente el patrón que venía a cobrar el alquiler. Yo, en cambio, para la fiesta eterna elijo, no el dolor que protejo en mí con el pudor del amor y el cuerpo, sino la breve fajita de letras blancas que identifica a la caja con un nombre científico: Familia Chrisomelidae.
La elijo como bandera, digo, sin saber si la cajita guardó insectos o mariposas, porque siento que es una buena forma de nombrar esta nueva familia que fuimos construyendo, este lazo que nos reúne en la tormenta como un templo disperso, este rito en el que todo lo perdido vuelve, vuelve, desde allí en donde esté. Familia Crisomelidea, sí: vos, yo, nuestros muertos y nuestros hijos, nuestra poesía y nuestro inmenso silencio. No un museo: un antiguo deseo en marcha. Familia Chrisomelidae, y ya no importan nuestros nombres.
El año pasado, en Lisboa, conocí mi primer fin de año en invierno. Mientras iba solo, recorriendo monumentos llovidos con una guía turística y un paraguas maltrecho, comprendí con cierta envidia para qué se sirven turrones, nueces, chocolates, en las fiestas: para esperar, para invitar, para acoger a las visitas ateridas de frío y de misterio. Y ahora que dejo de escribir y vuelvo a poner mi lápiz en la caja, ahora que cierro su tapa de vidrio, siento que escribo, sí, para volver a esperar, que acabo de tender mi mesa y la fiesta recomienza.
Y llaman a la puerta.

*De Leopoldo Brizuela.
Publicado en la edición de Clarín del viernes 29 de diciembre del 2000.

Domingo, 08 de Julio de 2007
Finalmente*

*Por Juan Gelman

La máscara de la llamada guerra antiterrorista y en pro de la democracia y la libertad ha caído por completo como hoja seca en otoño. El rostro es negro: la Casa Blanca y Downing Street imponen a Irak contratos leoninos en materia de petróleo. Los favorecidos serán los de siempre: BP-Amoco, Shell,
ExxonMobil, Chevron, la francesa Total y la italiana ENI. Sus representantes integran el Centro Internacional de Impuestos e Inversiones (CIII) que presiona al gobierno títere de Bagdad para que adopte la Ley iraquí de hidrocarburos (LIH). Nuri al Maliki aceptó su primera versión en enero de
este año, un texto preparado por la empresa consultora gigante Bearing Point por encargo del Departamento de Estado norteamericano. El primer ministro no contaba con la reacción contraria que provocó en el Parlamento colaboracionista, y menos con la de los 26.000 trabajadores del sector
petrolero iraquí.
El periodista Arthur Lepic recuerda en el Réseau Voltaire (20-6-07) que el 4 de junio pasado aquéllos lanzaron una huelga que paralizó la zona productora principal del sur del país y cortó durante varios días las exportaciones de petróleo, que llegan a dos millones de barriles diarios, según cifras
oficiales. Antes de la invasión, se elevaban a 3,5 millones, un 50 por ciento más, y Paul Wolfowitz, uno de los arquitectos de la intervención, predecía que la producción de energéticos de Irak financiaría rápidamente los costos de la guerra. Se equivocó, claro, como cuando le aumentó el sueldo a la novia ya de presidente del Banco Mundial. La guerra ha entrado en su quinto año y no parece cercano el final, pero Irak posee el 10 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y hay que saciar el apetito de
las megaempresas del ramo, especialmente en momentos en que se comprueba que la producción mundial de oro negro declinará en los próximos años por agotamiento de las reservas hoy explotadas.
La Federación iraquí de sindicatos del petróleo exige que se anule el aumento del precio interno de los hidrocarburos, que agrava una situación económica casi insostenible, y denuncian que la LIH privatizaría los ingresos del país procedentes del petróleo “en condiciones escandalosamente beneficiosas” para las compañías extranjeras. Al Maliki ordenó cercar a los huelguistas con tropas iraquíes y lanzó órdenes de arresto contra los líderes del movimiento, mientras cazas norteamericanos sobrevolaban las
manifestaciones. No pudo quebrar la huelga e hizo vagas promesas que, se sabe, están destinadas a la errancia. El proyecto de ley, que el Parlamento iraquí no termina de aprobar, es absurdo y aun increíble.
La LIH sancionaría el método del “contrato de coparticipación en la producción” (PSA, por sus siglas en inglés) que no existe en Medio Oriente desde las nacionalizaciones de los años ‘70. Algo saben de los PSA los dolores de cabeza de Putin, que los heredó del gobierno corrupto de Boris Yeltsin. El proyecto de ley para Irak estipula que los monopolios extranjeros, a cambio de inversiones -reales o no-, recibirán del 60 al 70 por ciento de los ingresos petroleros durante un período de amortización de
40 años y el 20 por ciento después. Las compañías aducen que la inseguridad imperante aumenta riesgos y costos. Olvidan un pequeño detalle: la ocupación ha generado esa inseguridad y se mantiene precisamente para garantizar la obtención de ganancias con el petróleo iraquí, que Hussein nacionalizó en 1972.
Este plan es viejo. El Departamento de Estado diseñó en abril del 2002 -un año antes de la invasión- el proyecto “Futuro de Irak” y en su elaboración participaron altos funcionarios del gobierno Bush, representantes de las megacompañías petroleras y exiliados iraquíes como Ibrahin Bahr al Ulum,
casualmente nombrado ministro del Petróleo después de la invasión. Una de las conclusiones de tal proyecto es que Irak “debe abrirse a las compañías internacionales lo más rápidamente posible al terminar la guerra”. Que ya estaba prevista. Otra conclusión: “El país debe crear una atmósfera propicia a fin de atraer las inversiones en los recursos del petróleo y el gas natural” (www.gwu.edu, 1-9-06). John Negroponte, el segundo del Departamento de Estado, acaba de visitar Bagdad para apurar la promulgación de la LIH: lo respaldaban 160.000 efectivos militares estadounidenses y un ejército de
civiles contratados aún mayor. ¿Alguien suponía que esta guerra es por petróleo? ¿Eh?

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-87765-2007-07-08.html

 

*
 

 Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 8 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Miguel del Aguila, Milton Esteves, Carlos Sánchez-Gutierrez y Ricardo Zohn-Muldoon. Las poesías que leeremos pertenecen a Vicente Girarte Martínez (México) y la música de fondo será de Alma del Sur (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44       A-5020 Salzburg        AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar

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Wednesday, July 4, 2007

EDICIÓN JULIO

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Edición JULIO 2007
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*

Rosados los malvones,
rojo,
esta tarde es rojo
tu deseo,
y altos, desean brillar
aún
más altos, los racimos
morados
del arbusto que se abre
en el jardín.
Pero rojo, rojo,
y color
llaga o color lengua,
no silencio,
soledad,
acaso encías,
boca,
vísceras removidas
de volcán,
o de mujer que
mira
el reloj, el cielo
y las brumas,
pronta a abrir
una puerta,
la mirada,
y decir una palabra
y repetirla
hasta olvidarla,
ante un horizonte
que arde
a su hora -aún
sin estrellas,
aún con sus leños,
su contraste-,
más acá de la
muerte
y de los hechos
más comunes
o más sórdidos.
Como otra flor
abismada y rosada
que se abre.

*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com
-En “Nidia”. Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007

PÁJAROS Y MEMORIA*

    Laurie Anderson escribió en su espectáculo “Homeland” una historia con la que comienza el show. En ella los pájaros, que existían antes de que el mundo exista, vuelan sin tener más que aire y ningún lugar donde posarse. El problema surge cuando el padre de una de las aves muere, y no saben qué hacer con el cadáver ya que es una nueva cuestión, algo que los sorprende por ser la primera vez que algo así les ocurre. Finalmente, un pájaro decide sepultarlo en la parte trasera de su propia cabeza, y ello marca el inicio de la memoria.
    Magnífica poeta, maravillosa creadora Laurie, que nos muestra los cadáveres de nuestros padres en las nucas abultadas.
    Historias, olores, sabores de antes, pasado y putrefacción, dichas que ya fueron y dolores que retornan. Las voces que no murieron, los asombros, las caricias de manos que no conocimos. Todo detrás de la cabeza, todo allí apretadamente emplumado, tibio y gélido, maravilloso y atroz.
     El cadáver del padre. El cuerpo muerto de las generaciones. Los días que gastaron otros, los que pasamos sin advertirlos, las tramas sobre lo minucioso cotidiano, los hilos que conectan continentes, las palabras de las que desconocemos el significado y sin embargo siguen allí, en la nuca, peso y alivio.
    Tan cerca que lo sentimos detrás de las orejas, tan lejos como esa propia nuestra espalda que no podemos ver. La memoria.
    Cuántas veces habrá deseado el pájaro arrancarse el cadáver de su padre.
Tantas como las que le llevó comprender que ya no hay retorno cuando el hombre comienza a conocer cuando reconoce.
    Y llevamos, es cierto, más cadáveres de los que sabemos detrás de los ojos. Alegrémonos si nos ayudan a mirar.

*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com

Suspiro*

Mujer-agua, suspiro de noche,
viento que galopa como caballo exaltado,
mujer que late como remolino
y nadie la escucha.
Hablas para ti,
y dilatas tu cuerpo todas las mañanas
como cíclope cansado de vagar en la penumbra.
Te tiendes al Sol con la nostalgia de junio,
del camino por las calles largas, del fruto en la mesa,
del calor en tus manos.
Nada se ha dicho y estás aquí -tan pequeña-,
con rostro de madera y alas de pino,
y me miras con tus ojos fatigados por la vigilia,
inventas signos y exhalas en mi pecho.
Mujer, te reconozco tras el espejo-agua
porque te traigo dentro,
como lluvia de mi sed.

*de Lady López Zepeda.  ladylz954@yahoo.es

En un instante la vida gira*

Aquí en mis plegarias
Empañada la zozobra
Aún mi hijo está asustado

Huye del dolor escondiéndose
En el recuerdo de su prisión
Conectado a un drenaje:
Su pulmón se desinfló
Y otras manos estudiosas
Cocieron sus membranas.

Tantas noches sin dormir
Demasiadas esperanzas
Deshacían en sonidos metálicos
De hospital
Y yo,
En medio de ese surco
Entre la vida y la muerte
Estuve encendida como robot
No era yo, no era nadie,
Nada, ninguno.
La intranquilidad llevó su aire
Por alguna razón
El destino casi casi
A mi hijo  lo robó.-

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Caballo en el salitral*

 
*de Antonio Di Benedetto

El aeroplano viene toreando el aire.
    Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
    Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
    ­¿Será Zanni…, el volador?
    ­No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
    ­¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
    ­Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
    Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al “tren del rey”.
    Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
    Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
    Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
    Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque… Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática.
Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: “…este es el rey, porque le da olor al campo”.
    ¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede ser; sin embargo, la gente dice…
    Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado , como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el
campo? Sí, pero… su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
    La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
    Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El “tren del rey”, el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
    Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
    La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja.
Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
    Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: “¡ Será ! . . . “
    Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.

    Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
    A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
    Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
    Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
    El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.

    Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
    Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
    El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
    Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
    El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
    No es difícil ­todavía­ beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
    El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
    El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
    La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
    Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
    Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
    Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
    El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
    La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
    Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal.
Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los
tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
    El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
    El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las “islas” de monte que suelen encofrarla.
    Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
    Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
    El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.
    De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
    No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
    A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
    La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
    En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
    Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
    Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
    Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.
    Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa.
Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
    Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón
    Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
    Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante.
Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
    Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
    Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.

Un setiembre
    Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
    Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo.
Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
    Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
    Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana.
Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
    Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
    No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.

*de “El cariño de los tontos”, de Antonio Di Benedetto. 1961. © Herederos de Antonio Di Benedetto.

*Fuente: http://www.literatura.org/DiBenedetto/adbTexto2.html

Investirme*
 
 

Con ropas oscuras
Con iluminaciones momentáneas
Que engañen a la vista
Que solo desean resguardar de tanta sombra
 
Me pongo así cada día distintos vestidos
Cambio colores, texturas, adornos
Debe ser agradable a la mirada
¿O se traslucirá el vacío lleno de desazón?
 
 
Por si acaso no pregunto
Mas adornos cada día, mas colores a combinar
Miro la mirada de los otros, que a veces ni siquiera me ven
 
Algunas veces prefiero no ser advertida
Y esas veces vuelvo corriendo al refugio
 A renovar las investiduras
 
Otras no, me siento un cuadro donde todos, aunque sea de reojo,
 Paran a mirar
 
Y ya no vuelvo corriendo
Camino por donde sea para alimentarme de esa energía
Me siento una mas, parecida a alguien.
 
Con mi ropaje de cada día
Con el ruedo descocido
Intento desesperadamente
Colocarme una combinación
Como la que usaba mi abuela
Es que a veces, abuela, la ropa no llega a cubrirme
Tanta angustia
 
 
 
*De Silvia Irigaray.  silviairigaray@arnet.com.ar

El milagro secreto*

 
*Jorge Luis Borges

Y Dios lo hizo morir durante cien años
y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.

Alcorán, II, 261.
La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.
El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.
El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola “repetición” para demostrar que el tiempo es una falacia… Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.)
Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt… Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.
Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.
Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau…
El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.
El universo físico se detuvo.
Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro “día” pasó, antes que Hladík entendiera.
Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.
No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora… Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.
Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.

*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/milagro.htm

  

*

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Monday, July 2, 2007

LA MIRADA DE LOS OTROS

Investirme*

 

 

Con ropas oscuras

Con iluminaciones momentáneas

Que engañen a la vista

Que solo desean resguardar de tanta sombra

 

Me pongo así cada día distintos vestidos

Cambio colores, texturas, adornos

Debe ser agradable a la mirada

¿O se traslucirá el vacío lleno de desazón?

 

 

Por si acaso no pregunto

Mas adornos cada día, mas colores a combinar

Miro la mirada de los otros, que a veces ni siquiera me ven

 

Algunas veces prefiero no se advertida

Y esas veces vuelvo corriendo al refugio

 A renovar las investiduras

 

Otras no, me siento un cuadro donde todos, aunque sea de reojo,

 Paran a mirar

 

Y ya no vuelvo corriendo

Camino por donde sea para alimentarme de esa energía

Me siento una mas, parecida a alguien.

 

Con mi ropaje de cada día

Con el ruedo descocido

Intento desesperadamente

Colocarme una combinación

Como la que usaba mi abuela

Es que a veces, abuela, la ropa no llega a cubrirme

Tanta angustia

 

 

 

*De Silvia Irigaray.  silviairigaray@arnet.com.ar

La mirada de los otros…

EL LLANTO DE LA ROMINA*

    Romina era una nena morena, gordita, no de las que descollan en la clase, no de las que son parte del grupo de las nenas que hacen, dicen, de las que uno recuerda. Era de las que están sentadas allá atrás, de las que llevan un taper con un sándwich, de las que no se compran coca cola en la cantina, de las que no suelen levantar la mano y de las que miran para abajo cuando les preguntan algo. Pelo grueso en trenza desordenada, alguna mancha en la remera, la falda demasiado ajustada, las medias de un azul desvaído
por mucho lavado.
    En las aulas, como en el resto de la vida real, las mujeres se agrupan por cierta clasificación implícita. La forma de pertenecer al grupo de las elegidas es portar un rostro agradable, una personalidad vivaz, esa soltura que proporciona saberse adorable. Las niñas adorables siempre saben lucir algo original, ricas o pobres, una cinta en la muñeca, una caja de lápices, lo que sea, algo las distingue de las demás y es envidiado.
    Romina no era adorable. Era una más entre las que hacen el montón, los personajes de relleno. Como los primeros que mueren en las películas de acción y uno olvida mientras sigue la trama con los que de veras importan.
    No hubiese podido decirlo, pero lo sabía. Y lo sabía desde adentro y desde afuera, desde el espejo en el botiquín del baño hasta el espejo de los ojos del mundo que la miraba sin atención, sin odio, sin interés. Como si, estando, dolorosamente estando, no estuviera.
    Pero una mañana, llegó a la escuela y dijo que era la hermana melliza de Romina. Dijo que se llamaba Yanina, que iba a otra escuela y que se habían intercambiado para hacer una broma.
    Pasada la risa inicial, pasado el estupor de que mantuviese su afirmación pese a la pregunta repetida de si no estaba haciendo una broma, la maestra le tendió algunas trampas. Le pidió que hiciera un mandado, que fuera a darle un papel a la señorita María Rosa de la biblioteca. Romina no sabía cuál era la señorita María Rosa, no sabía adónde quedaba la biblioteca; en el recreo pidió que la acompañase otra chica porque no sabía en qué lugar estaban los baños.
    Desconoció el nombre de sus compañeros, describió la escuela a la que asistía, dijo cómo se llamaban sus amiguitas allí. Desplegó toda la imaginación que nunca demostró tener para fabricarse la nueva identidad, y con tozudez y perseverancia fue salvando los obstáculos. Por un momento, logró que la maestra dudase frente a semejante resistencia.
    Fue a la última hora, cuando había logrado ir zigzagueando entre las preguntas y las pruebas, cuando la llevaron a la dirección y se quebró frente a la autoridad.
    Entonces se largó a llorar y lloró por todo, por ella y por el mundo injusto, por sus medias gastadas, por el desinterés humano, por su piel oscura y por la genética, por ser tan infeliz a los ocho años, por la letra desprolija y por no sentirse amada. Por todo lloró hasta que se quedó seca de lágrimas y tiritando de frío en noviembre.
    Y si, dijo que si, que era Romina nomás, que no tenía hermana melliza, que ella era nada más que la Romina, esa nena sin amigas, la Romina morocha y gordita, sólo la Romina, sin gracia, torpe. La Romina.
     Había creído que si era otra quizás las cosas saldrían mejor. Que a lo mejor si era Yanina le iban a prestar atención, y las nenas espléndidas, las nenas rubias, las nenas adorables jugarían, una vez, al menos una vez, a lo mejor las nenas espléndidas jugarían con ella. Que a lo mejor lograba salirse, sacar la cabeza fuera del agua, aferrarse a alguna tabla en su naufragio. Que a lo mejor y con la sola magia de cambiarse el nombre, podría ser feliz de prestado.
     Sentadita en la silla en la dirección de la escuela, con la cara mojada y la espalda vencida, con sus pequeñas palabras reveló, a los ocho años, la desventura de ser quien no quería ser. Ella misma. Pero aquella vez al llorar, lloró por todos, y ese llanto aún nos abarca.

                                                         

 *de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com
Señorita*
 
 
Sí que tuvo novios la señorita Calistri: cuantiosas simpatías. Pero, a menudo, cuando le atraía el fondo humanitario del candidato, no se sentía conmovida por lo físico o lo facial. Y, si llegado el caso, el pretendiente respondía a mis cánones de presencia varonil, aparecíanle desdibujadas las facetas espirituales. Enamoradísima de Juan Mateo Ovalle, resistía sus ímpetus pasionales, el vigor de sus instintos. La señorita Calistri valoriza sin énfasis: Nadie obtuvo lo que tantos ansiaban. Ella es hoy la fraseología con la que rememora: Yo no carecía de una límpida mirada; Mis atributos no pasaban inadvertidos; Papá vaticinó mi futuro; Me consagré a mis arraigadas convicciones; Destilé coraje en los tiempos duros, en la tiranía; Nunca estimé en Nené sus propensiones afectivas; Es que todo ha sido tan fugaz…
Algún día, próxima a expirar, quizá consigne: En aquella desfloración infausta de mil novecientos cincuenta y uno, otoño, creí morir: repugnante, bajo, indigno: única vez, última vez.
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
 
La lógica de la televisión*
*Por Enrique Valiente Noailles. evnoailles@yahoo.com.ar

Para LA NACION

Se cuenta la historia de una niña de ocho años que preguntó a su madre si el mundo era en blanco y negro cuando ella era pequeña. “¿Por qué preguntas?”, indagó la madre. “Todas las fotos de cuando eras chica están en blanco y negro. Las viejas películas están en blanco y negro. ¿Cuándo fue que el mundo adquirió color?” Que sea el mundo que haya adquirido color y no su medio de transmisión muestra cómo se experimenta el mundo antes de que las coordenadas de la adultez lo fijen provisoriamente. Resta imaginar qué experimenta un chico que observa las fotos del cadáver ensangrentado de Dalmasso, en horario de protección al menor. En las guerras contemporáneas se ven asesinatos teledirigidos y nunca cadáveres; a la inversa, en este caso el asesinato es la conjetura, pero el cadáver es lo exhibido.
Lo que el noticiero repitió, en otro plano, fue el gesto de violación y atropello de la mujer. Sólo que, parafraseando una línea célebre, la primera vez se produjo como tragedia, y ahora se reprodujo como farsa. El cadáver de Nora Dalmasso en la pantalla de América TV ya no fue un cadáver sino su
parodia, de la misma manera que el noticiero ya no fue un noticiero sino su parodia. Bajo la búsqueda de escandalizar la visión, una operación obscena crea en realidad un manto de insensibilidad sobre la visión. El subrayado de las imágenes, el zoom que las exalta, crea el efecto contrario al de vehiculizar la realidad. No estamos ante la reproducción ni representación de la realidad, sino ante su excremento.
Es casi una confesión: al igual que la experiencia de su hermano mayor, este pequeño hermano es una forma cadavérica de la televisión misma. Es la superficie pura y sin vida de los acontecimientos. O no pasa nada, y se trata de una forma parasitaria que devora, como un agujero negro, a quienes se abisman sobre ella, o se exalta un hecho trágico hasta lograr su banalidad absoluta. Dijo la reportera involucrada: “La lógica de la TV no hace análisis”. Y en cierto modo, hay también una impenetrabilidad de la televisión a toda crítica. Arendt decía que el mal jamás era radical, sino solamente extremo, porque no posee profundidad. Y como el pensamiento busca llegar a lo profundo, se frustra ante su trivialidad. Toda reflexión crítica resbala también, como una gota de agua, contra la impávida superficie del lucro televisivo.

Ganarse la vida entre flores y cds truchos*

*por Beatriz Sarlo  bsarlo@viva.clarin.com.ar

 

Al comenzar el verano pasado, el hombre llegó con un balde y media docena de ramos de flores, que vendió antes de las once de la mañana. Regresó al día siguiente con dos baldes; volvió a vender todo. Ya el tercer día su ocupación de la esquina se había formalizado: se instaló con una sillita de playa, una heladerita portátil de plástico y ocho baldes con flores. Se quedó hasta el atardecer y volvió, más o menos con el mismo equipo, los días y meses siguientes. Cuando hizo más detreinta grados, el hombre sufrió el calor como todo el mundo; sin embargo, entre sus baldes llenos de agua, con su apropiada sillita bajo la sombra de los plátanos, parecía un vecino cuya cercanía con la calle le brindaba el mejor lugar para pasar las horas calcinadas de la siesta.
La esquina que ocupaba el hombre está a una cuadra de una gran avenida y también una cuadra la separa del puesto de floresmás próximo. Las flores que vendía el hombre no eran más lindas, más frescas
o más baratas que las de ese puesto. Sin embargo, por alguna razón, casi in esforzarse en lo más mínimo, conseguía venderlas. Los que comprábamos las flores del vendedor informal sabíamos que eran mejores, pero insistíamos en creer que eran más baratas. pensábamos que el hombre tenía más necesidad de vender su mercancía que el florista regularmente establecido sobre la avenida.
Antes de la aparición del hombre con sus baldes, un viejo vendía flores en la misma esquina los sábados por la mañana. Loque ofrecía ese viejo era peor que la mercadería del florista de la avenida,
pero sus precios eran más bajos y, además, comprarle equivalía, imaginariamente, a ayudarlo. El viejo tenía buena memoria y, cuando se le había comprado una vez, reconocía al eventual cliente y le clavaba la vista como si estuviera recordándole sus deberes morales.
El viejo se ubicaba entre el indigente y el vendedor informal. El hombre que ocupaba la vereda durante el verano, en cambio, era un informal pero no un indigente; exploró las posibilidades de esas cuadras, aumentó su negocio a medida que tuvo señales de ser bien recibido (o sea que podía conseguir más
baldes y más flores, multiplicación que no parecía al alcance del viejo), y comenzó a llegar muy temprano para ocupar toda la esquina de modo que nadie pudiera soñar con instalarseallí. En lo más álgido del mediodía cabeceaba su siesta serenamente, escuchando una pequeña radio, y su tranquilidad se correspondía con la firmeza de quien ha llegado decidido a quedarse.
Cuando comenzó el otoño ya no volvió. En cambio, desde abril, algunos días de la semana una chica o un hombre extiendensu alfombrita y la cubren de cds truchos, justo en la esquina enfrentada con
la que ocupaba el florista. Lo que ofrecen es una falsificación producida por la industria de la piratería casera con sus máquinas: una computadora y una fotocopiadora color. No hay nada más sencillo que fabricar cds truchos.
Además la idea de que lo que la técnica hace posible es legalmente neutro sostiene la relación entre vendedores y compradores. La técnica es persuasiva; si algo puede hacerse y, más aún, si puede hacerse con rapidez y facilidad, se genera la ilusión de que también es lícito hacerlo. Abrir la caja de seguridad de un banco es dificilísimo y eso contribuye a que la acción se interprete como un delito: es tan difícil
para evitar que alguien lo intente. Copiar discos, en cambio, es técnicamente algo que hacemos todo el tiempo y cualquiera que trabaje con una computadora lo considera una acción normal.
Como sea, los vendedores de cds truchos no se manejan como si estuvieran ofreciendo una mercancía prohibida. La chica o el hombre disponen sus ofertas con una prolijidad geométrica, en filas
perfectamente ortogonales, sin amontonar nada, y procurando que cada cd se vea por completo. Están parados frente su alfombrita, generalmente mirándola, como si esperaran descubrir algún defecto en la disposición de los cds para corregirlo de inmediato. Son vendedores prolijos en la gestión de su negocio de un metro cuadrado. A diferencia del florista, que se expandía por toda la vereda con una especie de fuerza de la naturaleza estival, los que trafican cds truchos se contraen, con la conciencia de que,
aunque sus potenciales clientes consideran la actividad completamente legítima, podría llegar a suceder alguna intervención exterior no calculada, algún azar impreciso y adverso, un competidor sin escrúpulos, vaya uno a saber.
Algunos vecinos comparten esta sensación de peligro con los vendedores de cds. Escuché comentarios opuestos a que se estacionaran en la esquina, algo que jamás se había dicho del florista, ni de la familia que pide a cincuenta metros de allí, ni de los cartoneros. Entre esos vecinos y los vendedores de
cds truchos hay un conflicto asordinado que me parece adivinar en los siguientes términos: un florista no deteriora el barrio; los cds truchos, en cambio, pueden alterar el delicado equilibrio que hace que un lugar que quiere seguir siendo de capas medias caiga hasta rozarse con el temido fantasma del Once. Batalla imaginaria por la hipotética calidad del espacio.
“Hay un efecto invisible sobre el trabajo femenino”*
Así lo ve la historiadora Mirta Zaida Lobato que presentó en Rosario su libro “Historia de las Trabajadoras en la Argentina (1869-1960)”. Las cosas que cambiaron y las que no tanto.

Mirta Zaida Lobato, historió el trabajo de las mujeres. “Hubo que hacer lecturas distintas a las tradicionales”.
Imagen: Sebastián Granata

*Por Paula Kearney

La historiadora Mirta Zaida Lobato pasó por Rosario para presentar Historia de las Trabajadoras en la Argentina (1869-1960), su último libro, en el que a partir de relatos, obras literarias, fotografías, artículos periodísticos y películas, entre otras cosas, analiza las “continuidades y rupturas” de
las trabajadoras argentinas a lo largo de casi un siglo signado por la modernización. Así, en diálogo con Rosario/12, explicó que “hay un efecto de invisibilidad sobre el trabajo de las mujeres, y para poder encontrar el trabajo, el tipo de experiencia en las formas de representación, hay que hacer una relectura de las fuentes que tradicionalmente usaban los historiadores del trabajo, y hay que leer también a contrapelo algunas fuentes que habitualmente los historiadores no usamos. Por ejemplo, en el
libro hay una foto sobre unos esquiladores, y a mí lo que me fascinó fue jugar con el Fotoshop, porque con eso iba ampliando las figuras hasta que encontré a las mujeres con las tijeras de esquilar. Entonces ese trabajo me parece que lo pude hacer porque tenía en mi cabeza la idea y la necesidad de hacer esto visible, lo que aparecía en los bordes, en los márgenes, detrás de la escena, y al mismo tiempo leer de un modo distinto lo que era muy evidente. Por ejemplo en la literatura, toda la cuestión del trabajo femenino está visto como una espiral donde el trabajo termina siempre en la violencia y la anulación, y eso era demasiado evidente”.
-¿Le parece que esa violencia se ha ido atenuando a lo largo de este período que abarca, o que ha ido tomando diferentes formas?
-Hay una cosa que es interesante: las mujeres pueden reclamar ciertos derechos, que es una cosa que me parece que a principios del Siglo XX no estaba suficientemente claro. Sobretodo en las últimas décadas hubo todo un debate sobre la condición femenina que permite que las mujeres puedan articular mejor sus voces. Ahora, los cambios en algunos planos no son tan visibles. Por ejemplo, uno puede decir que las mujeres están más presentes en la vida política, y de hecho hoy tenés una gobernadora en Tierra del
Fuego, pero no podemos decir que el trabajo de la mujer en el hogar está compartido con los varones.
-Con respecto a inserción laboral asalariada de la mujer, particularmente en Rosario, ¿recuerda alguna característica en especial?
-No, porque las mujeres de los sectores populares tienen un patrón común de inserción laboral: la mayoría son costureras, trabajan en la industria textil, o en el servicio doméstico, entonces no podría decir que hay una especificidad regional. Y también depende de las épocas.
-En el libro nombra mucho las diferencias entre el campo y las grandes ciudades, entre las que puntualiza Buenos Aires, Rosario y Córdoba, ¿qué se puede decir de estos cambios con respecto a la inserción laboral de las mujeres en las ciudades, y qué pasa en el campo?
-Justamente yo voy mostrando en qué actividades se van insertando las mujeres en función de la mayor complejidad de la actividad económica del país. Es decir, si a principios de siglo podían ser tejedoras, teleras, o personas que trabajaban en el servicio doméstico -algunas se transforman en costureras- a medida que se desarrollan actividades industriales vas viendo cómo empiezan a entrar algunas de esas mujeres a esa actividad. La propia tapa del libro muestra como en 1958 tenés mujeres trabajando adonde se fabrican lamparitas y tubos de electricidad. Entonces, a medida que la actividad económica se va haciendo más compleja, y una puede encontrar que algunas actividades se desarrollan más en algunas zonas que en otras, se puede ver adónde están las mujeres. En cambio el trabajo rural es un trabajo
más difícil de encontrar, porque me parece que está articulado alrededor de la familia. Por eso yo en el libro planteo prácticamente un debate, que es que el trabajo familiar y en trabajo en el hogar también son trabajo, aunque no reciban un salario.
-Hacia el final del libro, ya en el período correspondiente, cita textos de Eva Perón que justamente hacen eje en la familia, ¿le parece que ese trabajo ya estaba reconocido como tal en ese período?
-Ahí me parece que hay una idea de que el trabajo dignifica, y que el trabajo también dignifica a las mujeres, porque lo que voy mostrando en el libro es la tensión entre honra y deshonra, entre trabajo y virtud. Las mujeres que salen a trabajar fuera del hogar en realidad están expuestas a la cuestión de la deshonra, a perder su virtud. Y por otro lado trabajo con la idea de la pobre obrera madre, que la desarrollo a partir de las ideologías radicalizadas, y cómo el peronismo también cambia eso, porque la
obrera puede ser bella. Hay una oposición entre trabajo y virtud, y hay una oposición entre trabajo y belleza. La mujer que trabaja no puede ser bella, y el peronismo rompe con esto. El problema es si eso cambia la condición laboral de una mujer, y ahí es adonde estoy planteando ciertas contradicciones, porque el problema de la discriminación salarial, que es de largo plazo, no se resuelve con el peronismo y tampoco se resolvió hoy.
-Mencionaba durante la presentación el compañerismo entre hombres y mujeres, lo que decían los hombres de las mujeres, y que muchas veces no salían a defenderlas, ¿qué diría que es lo dicho y qué estaba como no dicho?.
-No sé si hay algo no dicho, no sé si lo pensé. En todo caso me parece que los varones tienen una posición ambigua, que ellos debían sentir ese peso de las cosas que circulaban, que esas mujeres estaban expuestas al peligro, y mucho más si se convertían en militantes. Me parece que hay en ese punto una
serie de discursos que muestran esa contradicción, eso de desear que las mujeres también los acompañen en las luchas.
POEMA*

Allí donde el amor se astilla

quebrantado por un hálito,

por un sismo de sed y sombras.

Allá donde la desnudez es joven

y los amantes yacen y la voz que despierta tinieblas

mueve sus miembros

como una espina y una flor y un cielo inmóvil.

Allá, hasta que se rompa la vida,

Hasta que la luz se arrodille

En campanas y muerte y nacer:

Allá donde la voz

Es un ciego

Leyendo de un manotazo el infinito.

*de  MARIO MORALES.
-De “PLEGARIAS O EL ECO DE UN SILENCIO”

-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*

 Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 1 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música antigua brasilera interpretada por el grupo Quadro Cervantes. Las poesías que leeremos pertenecen a Oscar Ángel Agú (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44       A-5020 Salzburg      AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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