Wednesday, June 27, 2007

LA TIERRA. EL HOMBRE. EL CIELO.

SEÑOR DE LA NOCHE*
 

 
Hemos atravesado el aire y las estrellas
 
En busca de un comienzo o un fin,
 
Y sólo hemos hallado el espacio y el silencio infinito.
 
 
 
SEÑOR DE LA NOCHE
 
HÁGASE TU VOLUNTAD/VENGA A NOSOTROS TU REINO:
 

las manos vacías, 
 
                                EL FIN DE TODOS LOS SUEÑOS.
 
 
 
Y LA POBREZA ESPLÉNDIDA
 
                                                     DE LA IMAGEN

 
 

*de MARIO MORALES
 
-de “LA TIERRA  EL HOMBRE  EL CIELO”, 1983
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti.  revadans@yahoo.com.ar

LA TIERRA  EL HOMBRE  EL CIELO

Miércoles, 27 de Junio de 2007
Galaxia Galeano*

*Por Sandra Russo

Galeano es conocido como Galeano, y rara vez se pronuncia su nombre de pila.
No hay otros Galeano en la vida pública, así que uno no debe estar aclarando que se trata de Eduardo y no de otro. Y ese accidente de la realidad hace que Galeano sea nombrado sólo por su apellido que, yo creo, para muchos suena como el nombre de un planeta.
Leí hace poco que decía John Berger que cuando un escritor tiene un estilo fuerte y depurado, lo que dice y cómo lo dice no pueden separarse. Hay una cópula entre forma y sentido cuando el escritor hace del estilo lo mejor y lo más difícil que se puede hacer con él: construir un mundo.
Si uno menciona el estilo de Galeano, los interlocutores, y ni siquiera hace falta que lo hayan leído, comprenden que uno habla de textos transparentes y oscuros al mismo tiempo, muy cortos, casi sin músculo: Galeano trabaja con las palabras como huesos. Las elige quizá sin elegirlas, no sé cómo es su
método de trabajo, pero probablemente Galeano se haya ido conociendo a sí mismo a medida que les sacaba palabras a los textos después de haberlos escrito. Probablemente ese ejercicio de desmalezamiento en sus textos le haya venido de una necesidad estética y al mismo tiempo ética. Dejar el hueso de la palabra, el hueso chupado y lavado, el hueso con el sentido último de la palabra, aquello que la palabra no puede dejar de ser: es a través de esa operación de máxima limpieza que la prosa de Galeano es generosa; muestra hueso de palabra para que en los ojos de quien lo lee florezca espléndida la carne. Galeano no busca lectores: busca con quién tomar su comunión. Y estoy segura de que aunque ésta sea una palabra que tiene enagua católica, Galeano comprenderá a qué me refiero. Del hueso de la
palabra comunión necesitamos todos agarrarnos, antes que nada, para entrar en el universo Galeano.
En ese universo hay olores y climas y conversaciones a veces sin sentido, como de parábola china, que lo dejan a uno desacomodado. Hay viejos y mendigos, pobre gente que sin embargo no se autocompadece y es protagonista, muchas veces, de historias mágicas, aunque la magia del universo Galeano tiene poco que ver con magos que convocan palomas. Esta magia que sobrevuela a las criaturas vulnerables de Galeano es de otro orden. Quizá del orden de la justicia. O de la libertad.
Su mirada concentrada en la América pre o poscolombina, su mirada concentrada en la guerra de Irak. Dos escenarios y tiempos completamente distintos, y no obstante qué placer encontrar esa misma mirada, atenta siempre a los detalles que nos narran la verdadera historia.
Sus textos breves, o sus textos brevísimos, no hacen más que profundizar el estilo que nombra su apellido. Los huesos de las palabras pesan mucho, y a veces no le hacen falta más que tres o cuatro líneas para crear una situación completa, con pasado, presente y futuro, con perspectiva y foco, con ideología, con piedad o con rabia.
Si algo puede afirmarse de Galeano es que de los escritores de su generación y de varias otras, es el que más ha esculpido la palabra. Las ha tomado de a una. Homeopáticamente, quizá para devolverles, con muchos anticuerpos, el sentido que les fue arrebatado por el tiempo, claro, pero sobre todo por el
poder.
En ese sentido, el trabajo político que ha hecho Galeano con las palabras todavía está por reconocerse. Alguna vez se tendrá en cuenta, al hablar de él, que además de ser un escritor magnífico, Galeano jamás ha dejado de escribir una línea sin operar sobre el lenguaje y desenmascararlo, sin liberar para sus lectores las palabras que eran rehenes de otros significados.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-87218-2007-06-27.html

Esta noche se verá la conjunción de la Luna, Júpiter y la estrella Antares*

El fenómeno se podrá apreciar a simple vista. Desde la perspectiva de la Tierra, los tres cuerpos aparecerán muy juntos. Los astrónomos explicaron que la Luna estará “muy brillante” y Antares, “rojiza”.

La Luna , Antares y Júpiter, los tres cuerpos juntos se destacarán esta noche en el cielo de Argentina. Un fenómeno que, según el astrónomo Diego Hernández, “no es atípico pero sí muy lindo de ver”.
La conjunción se produce por el movimiento natural que tienen, y a pesar de los contrastes de tamaño y distancia que hay entre ellos. A diferencia de la Luna, sólo un satélite, Antares es una estrella supergigante roja. Y Júpiter, el planeta más grande del Sistema Solar, 1.300 superior a la Tierra.
“Si miramos hacia el Este, esta noche, se podrá apreciar a la Luna muy brillante; a Júpiter, y a la estrella Antares, muy rojiza”, dijo Hernández.
Y agregó: “Esto sucede cada tanto, porque los planetas y la tierra se mueven. Hoy se aproximan la Luna, Júpiter y la estrella Antares y, aparentemente se juntan, pero es la perspectiva la que hace que lo veamos así”
Según detalló la Liga Iberoamericana de Astronomía, “la Luna estará brillante en un 95% de su superficie y junto a ella se encontrará la estrella Antares, que es Alfa del Escorpión; y al lado de ambos brillará Júpiter, que en esta época del año es visible a simple vista”.
El organismo agregó que “las distancias de los tres cuerpos en esta conjunción son muy distintas. La Luna estará a 398.200 kilómetros de la Tierra, el planeta Júpiter se sitúa a 654 millones, y la estrella Antares a 440 años luz, es decir a unos 4200 billones de kilómetros”.
Por otra parte, Hernández adelantó otro fenómeno: “Si el próximo sábado miramos para el noroeste, vamos a poder apreciar otra conjunción. Se trata de Saturno y Venus, que es el que más brilla después del Sol y la Luna. El 30 de junio va a ser el día que más cerca se encuentren entre ellos”.

*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/06/27/um/m-01446403.htm

La noche boca arriba*

 
*Julio Cortázar

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
 le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los
pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el
choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas
sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina.
Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”;
Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy
estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían
cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo
pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida.
Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales
palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto,
entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando
blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida.
Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies
se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo
apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los
guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir
pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche.
Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el
pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta.
Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta.
Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y
en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo.
Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de
la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza.
Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha.
Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales.
Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían
por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

*Fuente:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/nocheboc.htm

No Olvides Que Una Vez Tu Fuiste Sol*

*Juan Carlos Baglietto

No olvides que una vez tu fuiste sol
no olvides ni la tapia ni el laurel
no dejes de asombrarte al asistir
a un nuevo nacimiento en tu jardín.
No pierdas una ventana
no entregues tus mañanas
de aguaceros y juegos
ni desentierres tesoros, viejos.
No ocultes lo que ayer se te ofreció
no escondas ni la pena ni el dolór
no dejes que una nube diga adios,
no saltes en pedazos,
no ocultes tu diamante,
no entregues tu perfecto amanecer
ni tus estrellas, ni tu arena, ni tu mar
ni tu incansable caminar,
vete de nuevo hasta el arroyo
donde esta tu mejor canto.

Y ve, calmale la sed a tus enormes prados
no permitas que se pierda tu cosecha
hoy que hasta la lluvia fiel no te ha escuchado
y busca tu raiz
Y dale la caricia a la que siempre espera
la única manera de hacerla que vuelva
a ofrecerte frutos hasta en el invierno
y no olvides que una vez,tu fuiste sol
Y ve, desata esos diques de corrientes presas
dejate llevar y vuelve a ser jinete
vaja hasta tus valles de palomas sueltas
que este es tu pais
Donde estan tus riendas
donde esta tu espuma
donde abandonaste tu camino entonces
donde naufragaste haz crecer mil rosas,
y no olvides que una vez tu fuiste sol.

*FUENTE: www.letras.mus.br

*

Esas lucecitas de la noche, ¿nos están espiando? Las estrellas tiemblan de estupor y de miedo. Ellas no consiguen entender cómo sigue dando vueltas, todavía vivo, este mundo nuestro, tan fervorosamente dedicado a su propia aniquilación. Y se estremecen de susto, porque han visto que ya este mundo anda invadiendo otros astros del cielo.

*De Eduardo Galeano.
-Fuente:http://www.patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/sos.htm

 

 
*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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Tuesday, June 26, 2007

LOS TESTIGOS

Persistencia*

   
Dentro de cien años
cuando reine el olvido
cuando ya nada importe…

persistirá la lluvia
sobre el antiguo Alcázar;
persistirán el musgo,
la piedra humedecida,
la caricia del sol sobre los arcos;
persistirán las sierras
y su olor a esperanza;
persistirá la tenue
noche mediterránea
con su rumor de arenas
entregándose amantes
a la mar misteriosa;

persistirá el susurro
del viento entre las ruinas…

pero nosotros, díme
¿que será de nosotros
cuando sólo el olvido
pronuncie nuestros nombres?

*De Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es

                                      
Los testigos…

NOS ALCANZA LA VIDA*

 
   No quiero estar aquí, pero nadie quiere, supongo. Me dicen de mujeres golosas de sufrimiento, deseosas de hacer el oficio de santas, limpiar llagas y respirar pestilencias. Me dicen que no sólo lo hacen con resignación sino con felicidad. Pero no creo que lo disfruten realmente, será que dice eso la mala conciencia de los que las dejaron con el fardo y salieron corriendo. No creo que nadie quiera verdaderamente caminar por estos corredores impregnados de gritos.
    Me bajé mal del colectivo, dos cuadras antes. Me regalé entonces unos minutos de demora y respiraba el aire frío de la madrugada y la soledad, y la paz de no estar aquí todavía. Caminé despacio, era a las seis que tenía que estar y me quedaban cinco minutos. En la calle había gente, alguno pasaba en bicicleta, hacía frío, me veía la respiración blanca.
    No vale la pena robar cinco minutos, no me descuentan nada porque allá en la calle es como si ya estuviese acá. En estos días estoy acá aún cuando me caliento la comida en la hornalla de mi cocina o me baño en mi ducha.
Avivé el paso.
    En la entrada también me equivoqué. En vez de usar la puerta normal ingresé por la entrada de servicio. Se prendió la luz cuando pasé entre las bicicletas y las garrafas. Me miró el guardia. No me dijo nada, ya debe de entender estas cosas. Quizás no sabe nada de nada, pero de tanto ver sabe
que los que entramos lo hacemos siempre por la puerta equivocada, aunque algunos usen esa de vidrio, la oficial. También se equivocan, porque vienen para algo que nunca es finalmente lo que esperaban.
    Hay mucha gente. Afuera es de noche, pero los pasillos estos son como los gallineros, siempre es de día pero nunca es el día verdadero. Afuera cambian las horas y las estaciones, aquí el tiempo, la vida, las sonrisas, todo es artificial.
    La gente transcurre sin ruido. Sentados, parados, caminando, todos tienen ese silencio de quien no quiere ser advertido. Sigilosos. Yo también camino con suela de goma y la sensación de que nos acechan.
    Pasillo, escalera gastada, pasillos, peceras de vidrio con las enfermeras o los médicos que viven unas vidas ajenas. Ellos están habituados, charlan, se ríen, dicen que el sábado es el cumpleaños de la
Martita, se pasan recetas. Y me acerco a la habitación deseando que esté dormido, que no se haya orinado, que no venga justo el médico, que las cuatro horas que empiezan ahora sean un paréntesis de nada entre el afuera que recién dejé y el afuera que me prometo y está tan tan tan lejos.
    Se va la mujer que se quedó a la noche. Toma su bolsito y sale disparada. Huye y me deja acá, en la habitación en penumbras. Siento que me abandona a mi suerte, que me traiciona como un soldado que deja al compañero herido en la trinchera y corre a campo traviesa. Ahora me toca a mi estar para lo que pase o que ojalá, ojalá no pase.
    Cambio la silla de lugar. La pongo contra la pared de enfrente, me saco la campera y el pulóver, con mucho cuidado me siento y recuesto la cabeza contra el muro.
    Los tres hombres duermen. Alguno sufre, se queja en sueños. Otro tose y temo que se despierten pero no. Voy esquivando el desastre. Yo también dormito. Miro el reloj y me alegro. Pasó una hora, faltan tres y hasta ahora voy bien.
    Viene la hija del señor de la derecha. Hablan quedo pero me alarmo igual. Que no hagan olas, que no enciendan el día. Prenden la luz del baño para anotar un teléfono en un papel. No, es la clave del cajero para que la chica saque dinero, hay que pagar los descartables. En ese momento son mis enemigos, los odio. Que apaguen esa luz, que no rompan la noche que se extiende y me va salvando.
    La chica se va y todo se aquieta. Siguen dormidos. Alivio. Las enfermeras hablan fuerte detrás de la puerta, se escuchan los timbres que suenan en la salita reclamándolas. Son las ocho de la mañana pero aquí sigue la noche. Faltan dos horas.
    Empiezan los ruidos del desayuno. Se terminó la gracia concedida. En cualquier momento se abrirá la puerta y dejaré de ser invisible. Y se abre la puerta, la mucama prende las luces, corre las cortinas y deja las tazas con galletitas por ahí arriba, no hay mucho espacio.
    La señora de la izquierda, que estaba debajo de una frazada como un bulto informe sale del capullo y le pone la mesita ladera al marido. Nos saludamos apenas. Sólo hay una bandeja para otro desayuno, menos mal que el hombre de la derecha no quiere tomar su té. Tomo la bandeja y despierto a mi
padre. No es fácil. Tampoco es sencillo incorporarlo en la cama. Le doy vueltas a la manija de la cama ortopédica y por supuesto me equivoco, los pies se van alzando. Deshago lo hecho, le doy vueltas a la otra manija ¿para qué lado? Hay que probar, nada es conocido, hasta lo más sencillo se me dificulta y me hace consciente de mi inutilidad.
   Le doy el té, come dos de las tres galletitas. Nunca le había dado el té así. En casa se lo ponía arriba de la mesa, le alcanzaba las galletitas, nunca había tenido que ponerme aquí tan cerca, tan de arriba, tan lejana y diferente. La boca tiene forma de pico, las bocas de los viejos se van haciendo puntudas en el medio. Me pregunto si siempre tuvo los ojos tan claros. Ahora la cara es puro ojos saltones, no se parece a él sino a mi abuela, su madre. O será que era la misma cama, las mismas sábanas, el mismo tubito transparente en el brazo, esa cosa de estar desapareciendo de a poco que deja algunos rasgos fundamentales y piel vacía.
   Veo que el pañal está despegado en un costado. Cuando pasa la enfermera le pregunto si me puede ayudar a cambiarlo. Me dice que sí, pero cuando termine la ronda. Deseo que la ronda sea larga y vuelva cuando ya me haya ido. Falta una hora. El tiempo se comprime y se expande aquí. No tiene la lógica del afuera.
    Espera al revés, esperar que no ocurra en vez de esperar que ocurra algo. Ese deseo fuerte que duele, desear con todo el cuerpo que se demore, que venga cuando me haya ido. Que no me obliguen a estar acá cuando venga con apuro y celeridad para ayudarme a cambiarlo. Yo no quiero, saben, no, no
quiero. Pero ya aprendí que querer no significa nada.
    La mucama limpia la habitación. Salgo y vigilo desde afuera, pero está tranquilo, dormitando después de comer, los pelos blancos formando una cresta sobre la cabeza. Mamá dice que tiene la cabeza con forma de rabanito, me acuerdo y me da risa a pesar de la angustia.
    Han abierto un poco las ventanas para ventilar. Me acerco a una en un pasillo y abajo en un patio interno hay macetas con arbolitos. Se los ve bien, altos y frondosos, pero es enorme la tristeza de esas macetas sobre las baldosas. Todo está sostenido con artificio aquí, gentes y vegetales.
Ninguno en su lugar. A los arbolitos les falta tierra y a la gente morir en paz quizás. Recuerdo el horror que me siguió en sueños y en años cuando vi una película, de niña, donde recrearon “El caso del señor Valdemar” de Poe.
Esto está lleno de señores Valdemar, entre la vida y la muerte, torturados, imposibilitados de un descanso, mantenidos en una zona de espanto. Sale una viejita en silla de ruedas de otra habitación, la acompaña el camillero, ningún familiar está con ella. Pero no se queja. No dice nada, se deja rodar
con los piecitos diminutos sobre los apoyos de la silla. “Los brazos  adentro”, dice el muchacho. Claro, los viejos se quieren agarrar a cualquier cosa, lo que sea. Se aferran.
    Vuelvo a asomarme. Mi padre sigue sin moverse. Me quedan cuarenta y cinco minutos, pasa la enfermera y me dice que ya viene. Le agradezco y espero que tarde. Le dicen que tiene que bañar a una anciana de la “D”. Al lado. ¿Cuánto tardará? No tanto, seguro, pero quién sabe.
    Ahora miro el reloj cada cinco minutos, cada tres, a medida de que se va acercando la huida el tiempo se hace más lento, se detiene casi. Espero que la enfermera no venga por un rato más. Pido poco, que se demore quince minutos, que aguanten las nubes y comience a llover justo cuando ponga la llave en la cerradura.
    No, se larga la lluvia y me encuentra en descampado, siempre ocurre eso, viene la enfermera con la sábana y los guantes. No podía tener tanta suerte.
Nunca tengo tanta suerte. Viene y yo tengo que fingir que la ayudo. Es lo que se espera. Yo misma le pedí que me ayude a cambiarle los pañales, me avergüenza decirle cámbiele los pañales, por favor, déjeme salir y pasar de esto. Entonces me paro al lado y estorbo, porque sólo puedo hacer los gestos aproximados, me falta solvencia.
    Le saca los pañales, lo deja desnudo sobre la cama y quedamos desnudos todos en la habitación de pesadilla. Y no es para tanto al fin y al cabo.
Con firmeza y celeridad lo lava, le saca la sábana, le cambia el pañal y lo deja listo y tapado. Ya está.
    Pero yo no quería. De verdad que no quería verlo desnudo arriba de la cama, un animal asustado que se deja dar vuelta y colabora torpemente. No, no quería. Y no fue para tanto.
    Justo entonces se abre la puerta y entra el relevo. Me puedo ir. Salgo por pasillos y escaleras y esta vez por la puerta correcta y piso las baldosas de la calle debajo de un cielo de veras, y me digo que no fue para tanto, que casi zafo y ojalá la enfermera hubiese tardado un rato más o mi mamá hubiese llegado un cuarto de hora más temprano, pero que al fin y al cabo no fue para tanto. Y una empieza a morir cuando estas cosas al fin y al cabo no son para tanto.
    Vuelvo caminando. Estoy cansada, regreso bajo las nubes iluminadas por la crueldad de la vida que nos alcanza.

                                                                         

*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com

Los Testigos*

*Julio Cortázar

Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Olver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas.
Al principio a mí no me pareció tan raro que una mosca volara patas arriba si le daba la gana, porque aunque jamás había visto semejante comportamiento, la ciencia enseña que eso no es una razón para rechazar los datos de los sentidos frente a cualquier novedad. Se me ocurrió que a lo mejor el pobre animalito era tonto o tenía lesionados los centros de orientación y estabilidad, pero poco me bastó para darme cuenta de que esa mosca era tan vivaracha y alegre como sus dos compañeras que volaban con gran ortodoxia patas abajo. Sencillamente esta mosca volaba de espaldas, lo que entre otras cosas le permitía posarse cómodamente en el cielo raso; de tanto en tanto se acercaba y se adhería a él sin el menor esfuerzo. Como todo tiene su compensación, cada vez que se le antojaba descansar sobre mi caja de habanos se veía precisada a rizar el rizo, como tan bien traducen en Barcelona los textos ingleses de aviación, mientras sus dos compañeras se posaban como reinas sobre la etiqueta «made in Havana» donde Romeo abraza enérgicamente a Julieta. Apenas se cansaba de Shakespeare, la mosca despegaba de espaldas y revoloteaba en compañía de las otras dos formando esos dos insensatos que Pauwels y Bergier se obstinan en llamar brownianos. La cosa era extraña, pero a la vez tenía un aire curiosamente natural, como si no pudiera ser de otra manera; abandonando a la pobre Nancy en manos de Sykes (¿qué se puede hacer contra un crimen cometido hace un siglo?), me trepé al sillón y traté de lidiar más de cerca un comportamiento en el que rivalizaban lo supino y lo insólito. Cuando la señora Fotheringham vino a avisarme que la cena estaba servida (vivo en una pensión), le contesté sin abrir la puerta que bajaría en dos minutos y, de paso, ya que la tenía orientada en el tema temporal, le pregunté cuánto vivía una mosca. La señora Fotheringham, que conoce a sus huéspedes, me contestó sin la menor sorpresa que entre diez y quince días, y que no dejara enfriar el pastel de conejo. Me bastó la primera de las dos noticias para decidirme -esas decisiones son como el salto de la pantera- a investigar y a comunicar al mundo de la ciencia mi diminuto aunque alarmante descubrimiento.
Tal corno se lo conté después a Polanco, vi en seguida las dificultades prácticas. Vuele boca abajo o de espaldas, una mosca se escapa de cualquier parte con probada soltura aprisionada en un bocal e incluso en una caja de vidrio puede perturbar su comportamiento o acelerar su muerte. De los diez o quince días de vida, ¿cuántos le quedaba a este animalito que ahora flotaba patas arriba en un estado de gran placidez, a treinta centímetros de mi cara? Comprendí que si avisaba al Museo de Historia Natural, mandarían a algún gallego armado de una red que acabaría en un plaf con mi increíble hallazgo. Si la filmaba (Polanco hace cine, aunque con mujeres), corría el doble riesgo de que los reflectores estropeasen el mecanismo de vuelo de mi mosca, devolviéndolo en una de esas a la normalidad con enorme desencanto de Polanco, de mí mismo y hasta probablemente de la mosca, aparte de que los espectadores futuros nos acusarían sin duda de un innoble truco fotográfico. En menos de una hora (había que pensar que la vida de la mosca corría con una aceleración enorme si se la comparaba con la mía) decidí que la única solución era ir reduciendo poco a poco las dimensiones de mi habitación hasta que la mosca y yo quedáramos incluidos en un mínimo de espacio, condición científica imprescindible para que mis observaciones fuesen de una precisión intachable (llevaría un diario, tomaría fotos, etc.) y me permitieran preparar la comunicación correspondiente, no sin antes llamar a Polanco para que testimoniara tranquilizadoramente no tanto sobre el vuelo de la mosca como acerca de mi estado mental.
Abreviaré la descripción de los infinitos trabajos que siguieron, de la lucha contra el reloj y la señora Fotheringham. Resuelto el problema de entrar y salir siempre que la mosca estuviera lejos de la puerta (una de las otras dos se había escapado la primera vez, lo cual era una suerte; a la otra la aplasté implacablemente contra un cenicero) empecé a acarrear los materiales necesarios para la reducción del espacio, no sin antes explicarle a la señora Fotheringham que se trataba de modificaciones transitorias, y alcanzarle por la puerta apenas entornada sus ovejas de porcelana, el retrato de lady Hamilton y la mayoría de los muebles, esto último con el riesgo terrible de tener que abrir de par en par la puerta mientras la mosca dormía en el cielo raso o se lavaba la cara sobre mi escritorio. Durante la primera parte de estas actividades me vi forzado a observar con mayor atención a la señora Fotheringham que a la mosca, pues veía en ella una creciente tendencia a llamar a la policía, con la que desde luego no hubiese podido entenderme por un resquicio de la puerta. Lo que más inquietó a la señora Fotheringham fue el ingreso de las enormes planchas de cartón prensado, pues naturalmente no podía comprender su objeto y yo no me hubiera arriesgado a confiarle la verdad pues la conocía lo bastante como para saber que la manera de volar de las moscas la tenía majestuosamente sin cuidado; me limité a asegurarle que estaba empeñado en unas proyecciones arquitectónicas vagamente vinculadas con las ideas de Palladio sobre la perspectiva en los teatros elípticos, concepto que recibió con la misma expresión de una tortuga en circunstancias parecidas. Prometí además indemnizarla por cualquier daño, y unas horas después ya tenía instaladas las planchas a dos metros de las paredes y del cielo raso, gracias a múltiples prodigios de ingenio, “scotchtape” y ganchitos. La mosca no me parecía descontenta ni alarmada; seguía volando patas arriba, y ya llevaba consumida buena parte del terrón de azúcar y del dedalito de agua amorosamente colocados por mí en el lugar más cómodo. No debo olvidarme de señalar (todo era prolijamente anotado en mi diario) que Polanco no estaba en su casa, y que una señora de acento panameño atendía el teléfono para manifestarme su profunda ignorancia del paradero de mi amigo. Solitario y retraído como vivo, sólo en Polanco podía confiar; a la espera de su reaparición decidí continuar el estrechamiento del “habitat” de la mosca a fin de que la experiencia se cumpliera en condiciones óptimas. Tuve la suerte de que la segunda tanda de planchas de cartón fuera mucho más pequeña que la anterior, como puede imaginarlo todo propietario de una muñeca rusa, y que la señora Fotheringham me viera acarrearla e introducirla en mi aposento sin tomar otras medidas que llevarse una mano a la boca mientras con la otra elevaba por el aire un plumero tornasolado.
Preví, con el temor consiguiente, que el ciclo vital de mi mosca se estuviera acercando a su fin; aunque no ignoro que el subjetivismo vicia las experiencias, me pareció advertir que se quedaba más tiempo descansando o lavándose la cara, como si el vuelo la fatigara o la aburriera. La estimulaba levemente con un vaivén de la mano, para cerciorarme de sus reflejos, y la verdad era que el animalito salía como una flecha patas arriba, sobrevolaba el espacio cúbico cada vez más reducido, siempre de espaldas, y a ratos se acercaba a la plancha que hacía de cielo raso y se adhería con una negligente perfección que le faltaba, me duele decirlo, cuando aterrizaba sobre el azúcar o mi nariz. Polanco no estaba en su casa.
Al tercer día, mortalmente aterrado ante la idea de que la mosca podía llegar a su término en cualquier momento (era irrisorio pensar que me la encontraría de espaldas en el suelo, inmóvil para siempre e idéntica a todas las otras moscas) traje la última serie de planchas, que redujeron el espacio de observación a un punto tal que ya me era imposible seguir de pie y tuve que fabricarme un ángulo de observación a ras del suelo con ayuda de los almohadones y una colchoneta que la señora Fotheringham me alcanzó llorando. A esta altura de mis trabajos el problema era entrar y salir: cada vez había que apartar y reponer con mucho cuidado tres planchas sucesivas, cuidando no dejar el menor resquicio, hasta llegar a la puerta de mi pieza tras de la cual tendían a amontonarse algunos pensionistas. Por eso, cuando escuché la voz en el teléfono, solté un grito que él y su otorrinolaringólogo calificarían más tarde severamente. Inicié entonces un balbuceo explicativo, que Polanco cortó ofreciéndose a venir inmediatamente a casa, pero como los dos y la mosca no íbamos a caber en un pequeño espacio, entendí que primero tenía que ponerlo en conocimiento de los hechos para que más tarde entrara como único observador y fuera testigo de que la mosca podía estar loca, pero yo no. Lo cité en el café de la esquina de su casa, y ahí, entre dos cervezas, le conté.
Polanco encendió la pipa y me miró un rato. Evidentemente estaba impresionado, y hasta se me ocurre que un poco pálido. Creo haber dicho ya que al comienzo me preguntó cortésmente si yo estaba seguro de lo que le decía. Debió convencerse, porque siguió fumando y meditando, sin ver que ya no quería perder tiempo (¿y si ya estaba muerta, y si ya estaba muerta?) y que pagaba las cervezas para decidirlo de una vez por todas.
Como no se decidía me encolericé y aludí a su obligación moral de secundarme en algo que sólo sería creído cuando hubiera un testigo digno de fe. Se encogió de hombros, como si de pronto hubiera caído sobre él una abrumadora melancolía.
-Es inútil, pibe -me dijo al fin-. A vos a lo mejor te van a creer aunque yo no te acompañe. En cambio a mí…
-¿A vos? ¿Y por qué no te van a creer a vos?
-Porque es todavía peor, hermano -murmuró Polanco-. Mirá, no es normal ni decente que una mosca vuele de espaldas. No es ni siquiera lógico si vamos al caso.
-¡Te digo que vuela así! -grité, sobresaltando a varios parroquianos.
-Claro que vuela, así. Pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto -dijo Polanco-. Ya te podés dar cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de la pensión, no te parece.

*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/testigos.htm

Mapas*

Durante muchos años mi padre se esmero en contar una y otra vez de sus viajes en camión por las rutas italianas. Contaba ciudad por ciudad y pueblo por pueblo por donde había pasado manejando un camión con provisiones en la última etapa de la guerra, con los alemanes en retroceso y esa extraña fauna de tropas aliadas que incluía indios de la India, ingleses, africanos y norteamericanos a los que solo escuchaba decir “I love you girl” a las italianas.
Faltaba comida pero había abundancia de chocolates y cigarrillos para las tropas, mi padre trocaba los cigarrillos y chocolates por comida. Era -según cuenta- un gran chofer en esos caminos de montaña.
No recuerdo sus rutas, aunque las repitió mientras tuvo memoria y vida, y no logro reconstruirlas ni con  mapas encontrados en Internet.

Pero siempre voy a recordar ese esquema de ciudades que hicimos juntos en una madrugada de octubre del 2000, él había estado internado en terapia intensiva en una pequeña clínica de PAMI.
 La terapia lo desoriento. Después de 24 horas estabamos en una habitación, el me conocía pero me decía que estabamos en Quequén, miraba al paciente de la cama contigua y decía cuanta gente viene a este hotel, no intenté hacerle notar su equivoco. En la noche , desvelados, tratamos de reconstruir la ubicación de izquierda a derecha y de arriba abajo de los pueblos cercanos a su pueblo italiano.
Es el reverso de un folleto de propaganda de la clínica donde anuncian un plan social de salud al alcance de todos, una hoja pequeña y veo mi letra mezclada con la suya, son puntos de birome trazados en espiral con los nombres de las ciudades, a pesar de todo su esfuerzo sigo sin poder descifrar esas huellas invisibles.
 Los recuerdos mi padre en sus caminos italianos, como huellas en el pasto, se han borrado detrás de sus pisadas, derretidas como la nieve que cubría los caminos y obligaba a cruzar cadenas en las cubiertas del Guerrero a gas que manejaba.
Paterno Di lucania, su pueblo, atravesado por la ruta, apenas un descanso breve entre las montañas, ahí nomás el camino a Raia, donde vive uno de sus sobrinos. Al otro extremo del pueblo la ruta a Marsiconuovo, el pueblo donde nació mi padre, a la izquierda subiendo montañas por bosques de castaños y lobos salvajes por esta Padula y después Montesano…. más arriba esta Atana y aquí no quedo ningún imaginario trazo que pueda decirme como se llega o se va.. A la derecha de Marsiconuovo - Paterno y Raia se termina el papel .
Después están Pedale y Viggiano, mi papá pronunciaba “villano” y hay un “1º” escrito con mi letra….. seguramente el me contó que primero estaba villano arriba más alto y más alto todavía la Madonna de Viggiano a la que visitaba llevando a sus fieles en el camión, el tenía también fe en la Virgen y cuando le desesperaba y enojaba el mundo y la gente decía “Madonna santa”. Camino a Pedale hay alguien que le dio trabajo y albergue, mi padre lo recuerda con gratitud, me dice el nombre y apellido, en esa noche de octubre donde en la penumbra de esa habitación nos creemos hospedados y refugiados del frío del mar y podemos ,por última vez creo, tratar de reconstruir algunas de sus rutas conocidas. Bien a la izquierda están listadas con mi letra imprenta de industrial casi cursiva: Bari-Brindisi-Lecce, luego una B que quedo allí desairada como un objeto o un botón irrecuperable que perdió hace años su lugar en el traje.
Sé que sus ojos claros se hacían vivaces e iluminaban esa penumbra cuando hablaba de sus caminos de infancia y juventud, de alguna manera él seguía viviendo allí y una parte de él no quería dejar morir ese tesoro, aun en la enfermedad y el olvido de los años. Siempre pense que se vive para defender una memoria viva que se lleva hasta el último minuto y mi viejo siempre me lo demostró con sus mapas contados en el aire, repetidos hasta el desinterés o la frustración de su querido oyente. Muchos habrán dicho antes que yo, que la muerte es cesar la lucha por la propia memoria hundida en el cuerpo, poro por poro erizado al detonante del recuerdo-palabra-imagen y gestos. En estos mapas del aire pensaba hoy, cuando abriendo el libro de Antonio Dal Masetto La tierra incomparable apareció como señalador el mapa que hicimos aquella noche resistiendo olvidos y dolores mi padre y yo.

-Año 2002-

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com
 
 

 

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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Posted by URBANOPOWELL in 12:50:56 | Permalink | No Comments »

Monday, June 25, 2007

RELOJES DE AGUA

RELOJES DE AGUA…

LA CLEPSIDRA JUNTO A LA CAMA*

   Otro territorio, de camillas, sillas de rueda, gente que habla bajo, enfermeras que gritan. Viejos, viejos acostados, sentados, viejos que boca abierta se mueren de a poco o a borbotones.
    Corredores, puertas con números, puertas con letras, escaleras y ascensores, laberintos para gente que no quiere llegar o no puede irse. Olor a hervido, olor a desinfectante. Personas que llevan bolsas, carteras, papeles, hormigas de cara inexpresiva y misterioso derrotero. Que se cruzan sin percatarse del aire de familia que nos da el oficio de visitantes o cuidadores. Carceleros a veces.
    Cuarto en penumbras, puerta entornada, la nítida charla de las enfermeras que cuentan del marido que tiene las vértebras aplastadas de llevar las bolsas de cemento en la cabeza, de las milanesas en la heladera, del perro, que come las cáscaras de papa que son tan buenas para algo, quizás el pelo. Y en el cuarto los viejos respirando trabajosamente, dormidos los tres, acomodando la garganta con carrasperas que no los despiertan. Bocas desdentadas. Suero goteando cristalino, marcando el tiempo que no transcurre en los relojes. Clepsidras al fin y al cabo, relojes de agua y agonías transparentes.
   Mi padre convertido en un cuerpo con ojos grandes. Mi padre desnudo sobre la cama, mientras la enfermera le pone los pañales. Desvalidos todos de pronto.
   Médicos misteriosos. Llega y parte la divinidad sin aviso y sin huellas. Ordenan un poco el caos como si fuese cierto que ordenan algo. Vanas las súplicas, hay mandatos incognoscibles, nombres extraños de extraños aparatos agazapados en los pisos de abajo.
    Cuerpos que ensucian. Termómetro único, tensiómetro alarmante. Calor sofocante en un aire compartido. Extrañeza es la palabra. Todos quieren volver a casa. A casa. Esperamos el alta como sea y no importa salir igual que se ingresó. La cosa es escapar.
    Mujeres, siempre mujeres al pie de la cama. El duro mandato de estar ahí y hacer como que una supiera. El deseo de que cuando pase algo esté algún otro. Y estar ahí justo cuando una quisiera haber huído.
    Los viejos que se mueren de a poco o a borbotones.
    La pregunta. La pregunta de si estaré yo en esa cama. El horror por el futuro.
    Ese olor a hospital que se pega a los sueños mientras las enfermeras hablan del hijo que pesa ciento veinte kilos y no va al gimnasio. La visita del hombre de la otra cama, las bromas repetidas ¿esta noche va al baile?
    No, esta noche nadie va a bailar.

                                                   
*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com

Cuento corto*

 

En sus cuentos -me refiero a mi hija-, que son breves, hay misterio, suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y en ese, moría el protagonista. Le dije: ¿Por qué no hacés que siga vivo? Ella me explicó: No me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve mucho rato. Le sugerí: Seguí escribiéndolo mañana. Dijo: No; porque es un cuento corto.

*de Rolando Revagliatti.  revadans@yahoo.com.ar

Nostálgico animal*

Nostálgico animal que como yo te atreves
a la inmensa grandeza del deseo
de mirar con ternura hacia el pasado
sabiéndolo ya muerto
ya marchito.

Nostálgico animal que como yo te asumes
catarata de luz despedazada
y anhelas la llegada de la noche
para fundir tu llanto con las sombras.

Nostálgico animal que como yo te entregas
al censo de mañanas y tardes ya perdidas
cuando trenzando el aire fuimos brisa,
fuimos nido trinchera bosque río.

Nostálgico animal que como yo agonizas
frente al paso del tiempo.
                                          Cada hora
te aleja de mis ojos.
                                 Cada hora
me hiere en el silencio inhabitado.

Nostálgico animal que como yo confiesas
con un hilo de pena tu derrota
y como yo te apagas y apagas y sumerges
en ese oscuro mar que es la apatía.

Nostálgico animal cargado de tristeza,
de tristeza fatal como un labio tronchado,
como un viento funesto de tragedia,
como un cielo abrasado por los rayos.

Pero una luz de fuego,
fundiendo tu pupila con los cielos,
estalla en mi retina.

¡Despierta, anda, combate!
Aún es posible andar hacia adelante.

Allende el calendario alguien espera
ecos de nuestros pasos en la arena.

Zaragoza, 1990.

*Sergio Borao Llop sergiobllop@yahoo.es

ACERCA DE LOS “EXCEPCIONALES”
“Yo merezco un trato especial”*

Hay personas que, por sentir que han recibido determinados perjuicios en su infancia, actúan como si se les adeudara un trato privilegiado, ya que son “excepcionales”. Claro que esta posición subjetiva es difícil de sostener.

Por Norberto Giarcovich *

En los tres ensayos que Freud escribió bajo el título “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico”, se interroga sobre ciertas conductas que resultan sorprendentes y que tienen un rasgo en común: no soportan alcanzar el éxito. De estos tres ensayos, los dos últimos -”Los que fracasan cuando triunfan” y “Los que delinquen por conciencia de culpa”- fueron los que llamaron más la atención, ya sea porque aportaron una nueva lectura del acto delictivo o porque el sentimiento de culpa inconsciente dio cuenta de esos “fracasos” que hasta ese momento resultaban inexplicables. El restante, denominado “Las excepciones”, pasó más desapercibido y se diferencia de los anteriores, entre otros motivos, porque no se encuentra en las manifestaciones de los sujetos allí descriptos culpa alguna. Freud
describe allí un tipo muy particular de carácter que solemos encontrar a veces en la experiencia, el de aquellos que se sienten víctimas, que están aferrados a privilegios y se niegan a resignarlos; son personas que suponen que la vida les debe algo, por lo tanto se ubican de una manera opuesta a “Los que fracasan…”, ya que estos últimos siempre están en deuda.
Este lugar privilegiado les genera complicaciones, por ejemplo cuando intentan comenzar un análisis, debido a que en su demanda predominan los reclamos al analista; suponen que éste debería darles la solución a sus problemas sin que ellos hagan nada para conseguirlo. Freud señala lo difícil del trabajo psicoanalítico cuando, al tratar a estos pacientes, tiene que instarlos a que renuncien a una ganancia de placer fácil o inmediata frente a la promesa de hallar otra más segura aunque pospuesta. Se ve llevado a aclarar que, a diferencia de la religión, no pide la renuncia a todo placer sino sólo de aquellas satisfacciones a las que inevitablemente sigue un perjuicio. Pese a esto, la respuesta que obtiene es la siguiente: dicen que ya han sufrido bastante y que tienen derecho a ser excusados, que son excepciones y que van a seguir siéndolo.
En realidad, la primera parte de sus explicaciones pareciera acercarse al comienzo de una melancolía (en la condición de víctimas) o incluso de una paranoia (en la condición de perjudicados), pero lo propio del caso es que no se quejan en absoluto ni acusan a otros de perjudicarlos, sino que exigen privilegios.
Si bien para cualquiera resultaría tentador presentarse como una excepción y reclamar privilegios sobre los demás, hace falta algún fundamento particular para que esto pueda justificarse. La justificación puede brindarla el haber padecido alguna enfermedad o haber sufrido un daño importante en la primera infancia, que a posteriori fue estimado como un injusto perjuicio inferido a su persona. Luego, plantea Freud, los privilegios que se arrogaron, y la rebeldía que se suscitó, agudizaron los conflictos que más tarde llevaron al estallido de la neurosis.
Freud presenta sucintamente dos casos donde lo expuesto se vio corroborado: una paciente había sufrido un doloroso padecimiento orgánico, que sobrellevaba con resignación pero, cuando se enteró de que era una afección hereditaria, se alzó en rebeldía; un joven, que se creía tutelado por una Providencia particular, había sido, de lactante, víctima de una infección que le había trasmitido la nodriza y, por el resto de sus días, vivió de sus reclamos de resarcimiento, sin saber ni por asomo el fundamento de su pretensión.
Freud no comunica mucho más de esas historias; tampoco profundizará, como dice, en la sugerente analogía entre “la deformación del carácter tras un prolongado achaque en la infancia y la conducta de pueblos enteros”, analogía que sin duda remite al trauma. En cambio, aclara, la pretensión de
excepcionalidad se enlaza íntimamente con los factores del daño congénito y es motivada por este último, como ocurre en la tragedia de Shakespeare Vida y muerte del rey Ricardo III.
Allí, en el monólogo introductorio, Ricardo, duque de Gloucester, dice que, al no poder actuar como amante, al haber sido temprana y arteramente perjudicado por la Naturaleza, privado de la bella proporción, sin poder cortejar un amoroso espejo, se ha resuelto a actuar como villano. Vemos
plasmada en estas afirmaciones una suerte de reivindicación por un daño sufrido tempranamente, aunque nada de ello parece justificar la decisión de actuar como villano. ¿Cuál es, entonces, el estatuto de ese daño congénito que suministra motivos para suponerse una excepción?
En lo que hace a su valor patogénico, un determinismo orgánico congénito puede ser asimilado a una fijación, aunque la diferencia mayor radica en que la fijación deja siempre lugar para lo traumático, lo que puede ser evocado históricamente y traducido en huellas psíquicas, mientras que la rebeldía
frente a lo congénito puede ser, en el fondo, el rechazo a un determinismo familiar cuyo origen siempre es mítico.
La obra teatral a la que Freud nos envía ocupa el lugar de un mito, en tanto inscribe poéticamente algo que opera en el límite y muestra crudamente dos manifestaciones de lo fálico: el defecto y el exceso. El primero estaría representado por el daño que sufrió Ricardo en forma temprana, mientras que el segundo, el exceso, aparece cuando él procura por todos los medios que lo nombren rey, aunque no le corresponda.
En este ejemplo encontramos descriptos tres puntos principales que caracterizan a las excepciones: 1) el perjuicio ocurrido en su infancia (común), que provocó resignación; 2) un daño congénito (excepcional), que desató la rebeldía; 3) el reclamo de privilegios.
Con respecto al primero, Freud afirma que los motivos por los cuales este villano obtiene las simpatías del lector residen en esa idea de desdicha, común en nuestra infancia, precisamente por haber sufrido afrentas en nuestro narcisismo. El perjuicio ocurrido en la infancia se relaciona entonces con la caída del ideal, de esa supuesta perfección que se gozó una vez y se perdió por efecto de la castración. Freud se detiene en este punto, y afirma que Ricardo es una magnificación gigantesca de este aspecto que
descubrimos también en cada uno de nosotros.
No lo somos
Esta interpretación de Ricardo III aclara la causa del primero de los reclamos, pero, al mismo tiempo, genera las mayores dificultades para ubicar la estructura de lo que está describiendo. Tratándose del ideal del yo, del intento para recuperar la perfección perdida del yo ideal, entenderíamos que se refiere a los dos narcisismos, lo cual remite al campo de las depresiones, con predominio del registro imaginario. Sin embargo, la insistencia de Freud en el segundo punto, en el daño congénito como un
suceso que efectivamente ocurrió, más el hecho de que, en Ricardo, no encontramos el menor vestigio de depresión, avala la presunción de que también queda incluido algo real.
Cuando Freud alude a Ricardo III, no trata sólo de eso que nos pasa a “cada uno” de nosotros: querer ser una excepción (lo cual deja en claro que no lo somos); se refiere a aquellos que, como Ricardo, sí se comportan como si fueran una excepción.
Ese daño sufrido tempranamente remite a una afrenta que, cuando ocurrió, no se estaba preparado para recibirla, lo cual presenta una cierta similitud con el trauma. Además, el hecho de que las excepciones manifiesten su rebeldía cuando descubren que ese daño es congénito, pone de manifiesto un rechazo a aceptar quedar ubicados dentro de determinada cadena generacional.
Esto que, en el relato del paciente, aparece en segunda instancia, puede estar en verdad en primer término y operar luego como un equivalente imaginario de la castración.
En los sueños infantiles encontramos una diferencia entre los conflictos producidos por el sentimiento de culpa inconsciente y aquello que es producto de algo real. Freud va a plantear dos “excepciones” a la tendencia de la realización del deseo del sueño: la aparente y la efectiva. La excepción aparente va a estar dada por los sueños punitorios, generados por el sentimiento de culpa inconsciente, mientras que la excepción efectiva va a ser producto de una neurosis traumática.
Estos sueños que reproducen el trauma generan un montón de angustia tal que llevan al despertar, y su objetivo no es el cumplimiento de deseo sino provocar esa angustia que faltó cuando el trauma se produjo.
Así, en las excepciones se hace referencia, tanto a la frustración, producto de un daño imaginario, como a un daño efectivo, equiparable a aquello que Freud interrogó en las neurosis de guerra. Un exceso de libido que el aparato psíquico no pudo asimilar, situado en esa etapa precoz, donde “aún no se estaba preparado”.
En este sentido, deja de tener importancia comprobar si el hecho efectivamente ocurrió o no. De lo real sólo restará su huella mnémica, y no necesariamente un daño físico; de lo imaginario, quedarán las
reivindicaciones.
A su vez, el sujeto intentará recuperar el dominio sobre ese estímulo cumpliendo una función que es independiente del principio del placer, más originaria, tratando de ligar esas impresiones a través de la compulsión de repetición. Resta indagar la llegada de la neurosis.
Freud entiende que el hecho de persistir en el reclamo de privilegios, la no aceptación de ser uno más entre todos, es lo que lleva al estallido de la neurosis. Es evidente que esta posición “privilegiada” de las excepciones es difícil de sostener, al tiempo que potencia su rebeldía y aislamiento.
Aislamiento que puede ser uno de los componentes que llevan a contraer la enfermedad, al conducirlo a la frustración duradera de la satisfacción, a un estancamiento e introversión de la libido cuyas fijaciones infantiles entrarían en conflicto con la realidad.
Estos casos de “frustración duradera de la satisfacción” conllevan un componente inhibitorio que termina por reproducir el hecho traumático en el punto de “nunca estar preparado”.
Sin embargo, en Ricardo III no nos encontramos con una fijación de características negativas, sino, en todo caso, positivas, donde la escena que se repite compulsivamente presenta algunas modificaciones respecto de la original. En ella, el sujeto ya no está padeciendo sino que hace padecer a los otros, y no sufre algo injustamente sino que se siente justificado para alcanzar sus objetivos por cualquier medio.
Vemos que en esta repetición se produjo una inversión en los términos; sin embargo, esto no le posibilita al sujeto una salida del conflicto sino que, en cierto modo, lo reproduce. Ricardo, al eliminar no sólo a sus rivales sino también a su mujer, a aliados y colaboradores, termina por quedar tan aislado como al principio. Incluso, al imputar sistemáticamente la causa de sus padecimientos al daño sufrido tempranamente, queda en una posición que supone poseer “un saber” sobre la verdad que se contrapone con el “no saber” del inconsciente, lo cual lo condena, como veíamos, a reproducir lo padecido o a hacerlo padecer a los demás.
El hecho de que Freud, para hablar de las excepciones, proponga una obra literaria, avala la hipótesis de que se trata de algo primario. Al mismo tiempo, si decimos que Ricardo remeda el trauma y éste es previo al Edipo, no afirmamos que es exterior al mismo. Cuando Freud recurre a Shakespeare para dar sustento a su conjetura, utiliza la tragedia moderna en lugar de la antigua y pone en juego la Condena en vez del Destino.
Ricardo III da cuenta del Edipo de manera atípica; prepara el terreno, pero no tratará allí la deuda simbólica sino el daño imaginario. Sus demandas serán compulsivas, sus exigencias desenfrenadas, sin ley ni culpa, y la rivalidad lo transformará en el verdugo de sus hermanos.
Esta crisis de la ley, matanza entre hermanos, es precisamente lo que Shakespeare describe que ocurría en Inglaterra durante la Guerra de las Rosas.
Al finalizar el trabajo, Freud indica que la excepción atañe también a las mujeres y es una posición específicamente femenina. Sus pretensiones a ciertas prerrogativas descansan en el mismo fundamento “congénito”: haberse sentido perjudicadas en su infancia por haber nacido niñas y no varones, es decir que, para Freud, la cuestión de la “excepción” se juega en el complejo de castración.

* El texto completo, titulado “Las excepciones”, se publicó en Conjetural, revista Psicoanalítica, Nº 45.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-86876-2007-06-21.html

La isla a mediodía*

*de Julio Cortázar

La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja
dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada.
Corrigiendo la posición defectuosa del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. «Las islas griegas», dijo. «Oh, yes, Greece», repuso la americana con un falso interés. Sonaba brevemente un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional se borrara de su boca de labios finos. Empezó
a ocuparse de un matrimonio sirio que quería jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar otra vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con un intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste, lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente mediodía.
A Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán, porque el paisaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las muchachas parecían siempre felices de ir a Oriente o de conocer Italia. Cuatro días después, mientras ayudaba a un niño que había perdido la cuchara y mostraba desconsolado el plato del postre, descubrió otra vez el borde de la isla.
Había una diferencia de ocho minutos pero cuando se inclinó sobre una ventanilla de la cola no le quedaron dudas; la isla tenía una forma inconfundible, como una tortuga que sacara apenas las patas del agua. La miró hasta que lo llamaron, esta vez con la seguridad de que la mancha plomiza era un grupo de casas; alcanzó a distinguir el dibujo de unos pocos campos cultivados que llegaban hasta la playa. Durante la escala de Beirut miró el atlas de la stewardess, y se preguntó si la isla no sería Horos. El
radiotelegrafista, un francés indiferente, se sorprendió de su interés.
«Todas esas islas se parecen, hace dos años que hago la línea y me importan muy poco. Sí, muéstremela la próxima vez.» No era Horos sino Xiros, una de las muchas islas al margen de los circuitos turísticos. «No durará ni cinco años», le dijo la stewardess mientras bebían una copa en Roma. «Apúrate si
piensas ir, las hordas estarán allí en cualquier momento, Gengis Cook vela.»
Pero Marini siguió pensando en la isla, mirándola cuando se acordaba o había una ventanilla cerca, casi siempre encogiéndose de hombros al final. Nada de eso tenía sentido, volar tres veces por semana a mediodía sobre Xiros era tan irreal como soñar tres veces por semana que volaba a mediodía sobre
Xiros. Todo estaba falseado en la visión inútil y recurrente; salvo, quizá, el deseo de repetirla, la consulta al reloj pulsera antes de mediodía, el breve, punzante contacto con la deslumbradora franja blanca al borde de un azul casi negro, y las casas donde los pescadores alzarían apenas los ojos
para seguir el paso de esa otra irrealidad.
Ocho o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de Nueva York con todas sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de acabar con esa manía inocente y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro donde un vago geógrafo de nombre levantino daba sobre Xiros más detalles que los habituales en las guías. Contestó negativamente, oyéndose como desde lejos, y después de sortear la sorpresa escandalizada de un jefe y dos secretarias se fue a comer a la cantina de la compañía donde lo esperaba Carla. La desconcertada decepción de Carla no lo inquietó; la costa sur de Xiros era inhabitable pero hacia el oeste quedaban huellas de una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor Goldmann había encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores empleaban como pilotes del
pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se marchó casi enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de habitantes, cada cinco días llegaba un barco para cargar la pesca y dejar algunas provisiones y géneros.
En la agencia de viajes le dijeron que habría que fletar un barco especial desde Rynos, o quizá se pudiera viajar en la falúa que recogía los pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos donde la agencia no tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días en la isla no era
más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas que siguieron hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después empezó una huelga y Carla se volvió a casa de sus hermanas en Palermo. Marini fue a vivir a un hotel cerca de Piazza Navona, donde había librerías de viejo; se entretenía sin muchas ganas en buscar libros sobre Grecia, hojeaba de a ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la palabra kalimera y la ensayó en un cabaret con una chica pelirroja, se acostó con ella, supo de su abuelo en Odos y de unos dolores de garganta inexplicables. En Roma empezó a llover, en Beirut lo esperaba siempre Tania, había otras historias, siempre parientes o dolores; un día fue otra vez a la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini se quedó tanto tiempo pegado a la ventanilla que la nueva
stewardess lo trató de mal compañero y le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió que ella prefería el vodka-lime del Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en infinitas bandejas de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el pasajero. En los viajes de
vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la mañana; el sol daba contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida, sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla mientras Lucía
(y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo. Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió dos sueldos y pensó que el resto no le alcanzaría para las vacaciones. Carla aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se casaría
con el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo).
Con el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo comprendía un poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del pasaje a mediodía, apenas él se instalaba junto a la ventanilla de la cola.
La isla era visible unos pocos minutos, pero el aire estaba siempre tan limpio y el mar la recortaba con una crueldad tan minuciosa que los más pequeños detalles se iban ajustando implacables al recuerdo del pasaje anterior: la mancha verde del promontorio del norte, las casas plomizas, las redes secándose en la arena. Cuando faltaban las redes Marini lo sentía como un empobrecimiento, casi un insulto. Pensó en filmar el paso de la isla, para repetir la imagen en el hotel, pero prefirió ahorrar el dinero de la
cámara ya que apenas le faltaba un mes para las vacaciones. No llevaba demasiado la cuenta de los días; a veces era Tania en Beirut, a veces Felisa en Teherán, casi siempre su hermano menor en Roma, todo un poco borroso, amablemente fácil y cordial y como reemplazando otra cosa, llenando las horas antes o después del vuelo, y en el vuelo todo era también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a inclinarse sobre la ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario donde lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.
Ese día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera jurado que el punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador que debía estar mirando el avión. «Kalimera», pensó absurdamente. Ya no tenía sentido esperar más, Mario Merolis le prestaría el dinero que le faltaba
para el viaje, en menos de tres días estaría en Xiros. Con los labios pegados al vidrio, sonrió pensando que treparía hasta la mancha verde, que entraría desnudo en el mar de las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres, entendiéndose por señas y por risas. Nada era difícil una vez
decidido, un tren nocturno, un primer barco, otro barco viejo y sucio, la escala en Rynos, la negociación interminable con el capitán de la falúa, la noche en el puente, pegado a las estrellas, el sabor del anís y del carnero, el amanecer entre las islas. Desembarcó con las primeras luces, y el capitán lo presentó a un viejo que debía ser el patriarca. Klaios le tomó la mano izquierda y habló lentamente, mirándolo en los ojos. Vinieron dos muchachos y Marini entendió que eran los hijos de Klaios. El capitán de la falúa
agotaba su inglés: veinte habitantes, pulpos, pesca, cinco casas, italiano visitante pagaría alojamiento Klaios. Los muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini, ya amigo de los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos oscuro que desde el aire, una habitación pobre y
limpia, un jarro de agua, olor a salvia y a piel curtida.
Lo dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a manotazos la ropa de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas sandalias, echó a andar por la isla. Aún no se veía a nadie, el sol cobraba lentamente impulso y de los matorrales crecía un olor sutil, un poco ácido mezclado con
el yodo del viento. Debían ser las diez cuando llegó al promontorio del norte y reconoció la mayor de las caletas. Prefería estar solo aunque le hubiera gustado más bañarse en la playa de arena; la isla lo invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era capaz de pensar o de elegir. La piel le quemaba de sol y de viento cuando se desnudó para tirarse al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien; se dejó llevar por corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió mar afuera, se abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de conciliación que era también un nombre para el futuro. Supo sin la menor duda que no se iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en la isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los había olvidado cuando giró sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.
El sol lo secó enseguida, bajó hacia las casas donde dos mujeres lo miraron asombradas antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en el vacío y bajó hacia las redes. Uno de los hijos de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini le señaló el mar, invitándolo. El muchacho vaciló, mostrando sus pantalones de tela y su camisa roja. Después fue corriendo hacia una de las casas, y volvió casi desnudo; se tiraron juntos a un mar ya tibio, deslumbrante bajo el sol de las once.
Secándose en la arena, Ionas empezó a nombrar las cosas. «Kalimera», dijo Marini, y el muchacho rió hasta doblarse en dos. Después Marini repitió las frases nuevas, enseñó palabras italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se iba empequeñeciendo; Marini sintió que ahora estaba realmente solo
en la isla con Klaios y los suyos. Dejaría pasar unos días, pagaría su habitación y aprendería a pescar; alguna tarde, cuando ya lo conocieran bien, les hablaría de quedarse y de trabajar con ellos. Levantándose, tendió la mano a Ionas y echó a andar lentamente hacia la colina. La cuesta era
escarpada y trepó saboreando cada alto, volviéndose una y otra vez para mirar las redes en la playa, las siluetas de las mujeres que hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y lo miraban de reojo, riendo. Cuando llegó a la mancha verde entró en un mundo donde el olor del tomillo y de la salvia era una misma materia con el fuego del sol y la brisa del mar. Marini miró su reloj pulsera y después, con un gesto de impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón de baño. No sería fácil
matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol y de espacio, sintió que la empresa era posible. Estaba en Xiros, estaba allí donde tantas veces había dudado que pudiera llegar alguna vez. Se dejó caer de espaldas entre las piedras calientes, resistió sus aristas y sus lomos encendidos, y miró verticalmente el cielo; lejanamente le llegó el zumbido de un motor.
Cerrando los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla. Pero en la penumbra de los párpados imaginó a Felisa con las bandejas, en ese mismo instante distribuyendo las bandejas, y su reemplazante, tal vez Giorgio o alguno nuevo de otra línea, alguien que también estaría sonriendo mientras alcanzaba las botellas de vino o el café. Incapaz de luchar contra tanto pasado abrió los ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala derecha del avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de sonido de las turbinas, la caída casi vertical sobre el mar. Bajó a toda carrera por la colina, golpeándose en las rocas y desgarrándose un brazo entre las espinas. La isla le ocultaba el lugar de la caída, pero torció antes de llegar a la playa y por un atajo previsible franqueó la primera estribación de la colina y salió a la playa más pequeña. La cola del avión se hundía a unos cien metros, en un silencio total. Marini tomó
impulso y se lanzó al agua, esperando todavía que el avión volviera a flotar; pero no se veía más que la blanda línea de las olas, una caja de cartón oscilando absurdamente cerca del lugar de la caída, y casi al final, cuando ya no tenía sentido seguir nadando, una mano fuera del agua, apenas un instante, el tiempo para que Marini cambiara de rumbo y se zambullera hasta atrapar por el pelo al hombre que luchó por aferrarse a él y tragó roncamente el aire que Marini le dejaba respirar sin acercarse demasiado.
Remolcándolo poco a poco lo trajo hasta la orilla, tomó en brazos el cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara llena de espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme herida en la garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con cada
convulsión la herida parecía abrirse un poco más y era como una boca repugnante que llamaba a Marini, lo arrancaba a su pequeña felicidad de tan pocas horas en la isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no era capaz de oír. A toda carrera venían los hijos de Klaios y más atrás las mujeres. Cuando llegó Klaios, los muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la arena, sin comprender cómo había tenido fuerzas para nadar a la orilla y arrastrarse desangrándose hasta ahí. «Ciérrale los ojos», pidió llorando una
de las mujeres. Klaios miró hacia el mar, buscando algún otro sobreviviente.
Pero como siempre estaban solos en la isla, y el cadáver de ojos abiertos era lo único nuevo entre ellos y el mar.

*FUENTE: http://www.juliocortazar.com.ar/cuentos/laisla.htm

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Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 24 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor uruguayo Daniel Stefani. Las poesías que leeremos pertenecen a Saturnino Rodríguez Riverón (Cuba) y la música de fondo será de Llaqtaymanta (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

 

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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LA HUELLA IMPERDONABLE

Angel mendigo*

¿Adónde irás, pequeño
ángel mendigo de sol y de silencio?
¿Acaso han de juzgarte las estrellas
por haber merendado sonrisas de oreja a oreja
de simpáticos vendedores a comisión
de sepulcros llameantes metalizados en gris?
¿Quién te buscará entre las paginas amarillentas
de un polvoriento libro de poemas?
¿Qué será de tus juegos infantiles
archivados en la noche de los tiempos?
¿Adónde irás cuando el sol te abandone
y te arrebaten el silencio que te acompaña?
¿Adónde con tu soledad de vampiro?
¿Dónde sepultarán tus trenzas imaginarias
de astronauta abandonado entre las flores?

Tu expresión conspirante de una juventud negada,
la huella imperdonable del trabajo,
el polvo y el sudor y el esfuerzo rutinarios,
la sonrisa triste de tus labios resquebrajados,
¿Adónde irán? ¿Adónde
desesperadamente viejos y cansados
nos conducirás cuando tus manos encallecidas
no puedan ya elevarse sobre nuestras cabezas
y tu voz oscurecida no pueda ser escuchada
ni aun por aquellos escasos oídos que en la tarde
se postraban ante tus vírgenes quimeras
haciendo del espacio un bosque fiero
donde escapar contigo del asfalto?

¿Quién besará tus labios más allá de la noche?

Antes serás demonio sobre el sueño
pero cada despedida es una paletada de tierra
y crepúsculos tormentosos se ciernen amenazantes
sobre nosotros los desesperados
soñadores de galaxias entrelazadas.

De “La Estrecha Senda Inexcusable”

 
*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es

La huella imperdonable…

Acueducto*

Cuántas cosas se veían desde el acueducto. Era muy alto, una cinta clara en el cielo, sostenido por una doble hilera de columnas, y cruzaba el valle por encima de las copas de los árboles. Estaba cubierto por planchas de cemento y se lo podía usar como atajo para ir desde la salida del pueblo hasta la
base de un cerro. Se ahorraba tiempo yendo por ahí, porque no había que bajar ni subir y se avanzaba siempre en línea recta. Se oía el agua correr bajo los pies.
El día que anduvimos con mi padre por aquel camino aéreo había mucho sol y se veían nítidas las cimas de las montañas. Yo caminaba bien por el medio, con los brazos abiertos, haciendo equilibrio. ¿Qué ancho tenía el acueducto? ¿Un metro? ¿Más de un metro? ¿Menos? Imposible establecerlo. La memoria está
condicionada por el recuerdo del vértigo que me provocaba la altura.
Mirando de reojo, descubría abajo los nidos en las ramas, reconocía los sitios donde sabía que crecía el mejor musgo para el pesebre de Navidad, cada pozo de agua profunda en el río correntoso donde iba a pescar, la casa de un pariente, la de un amigo, campanarios, alguna silueta de hombre o mujer en el camino de la otra orilla. Se veían muchas cosas y sin duda aquel paseo hubiese sido un gran placer si el vértigo no me hubiese impedido disfrutar.
Mi padre me precedía. Una mochila vacía le colgaba del hombro. No se daba vuelta. Llevaba las manos en los bolsillos. De tanto en tanto, sin detenerse, giraba la cabeza hacia un lado y hacia el otro para seguir el vuelo de un pájaro. Tal vez silbara. Íbamos a buscar hongos y a recoger castañas en los bosques.
Yo, unos metros atrás, miraba su espalda y me preguntaba: ¿cómo hace para moverse tan tranquilo acá arriba y con las manos en los bolsillos? ¿Cómo hace para caminar sin hacer equilibrio? ¿Cómo hace? Y así lo seguía en aquel aire puro, alto sobre el valle, siempre con mis brazos abiertos, cuidadoso,
tratando de colocar los pies en las huellas invisibles que dejaban los suyos.

*de Antonio Dal Masetto.
Incluido en “El padre y otras historias” Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2002.

“Leleque no pagar”*

*Por Osvaldo Bayer

Cuando uno viaja por este increíble país queda anonadado por sus bellezas y por sus problemas. Pareciera que estamos peleados definitivamente con la palabra racionalidad. “Todo se vende, nada se conserva”, podría ser nuestro lema. Pero hay algo diferente: los pueblos no se rinden. De Esquel a
Chilecito, por ejemplo, se pelea firme contra las mineras envenenadoras de aguas y tierras. Los responsables sonríen como si todo fuese un chiste. Pero la gente está en las calles. No se queda mirando el caño. Leleque es un lema. Llego a Esquel y me regalan fotocopia completa de mi periódico La
Chispa, que edité hace medio siglo. (Al que le puse sin problemas el subtítulo de “Primer periódico independiente de la Patagonia”, nada menos.
Así me fue: me echó la Gendarmería Nacional -que para eso está- por “razones de seguridad”. Le pregunté al oficial actuante: “¿La seguridad de quién?” “La seguridad de la Nación”, me respondió.) Pero la Historia triunfa: esa colección de La Chispa con tales denuncias juveniles está hoy en la
biblioteca de Esquel y la joven generación esquelense la lee. Nada es superfluo ni en vano. Bien, leo la tapa de La Chispa del 24 de enero de 1959 y el título de tapa es “Leleque no pagar”. Como si lo hubiese escrito hoy.
Relato ahí una asamblea de los estancieros patagónicos. Digo que en esa asamblea se puso en descubierto una vez más “la falta de respeto por la ley en que se actuó contra los intereses de los trabajadores argentinos”. “Entre los ’sacrificados ganaderos’ -prosigo- se discutía el pago del aumento a los
peones del campo. No había acuerdo, cuando de pronto una figura larga y flaca como un fideo en salsa inglesa emergió para pronunciar estas definitivas tres palabras: ‘Leleque no pagar’.”
Era el administrador de la estancia de un millón de hectáreas de propiedad británica en medio de la tierra mapuche, allí, en la bella Chubut.
“Un atronador coro de voces aprobatorias se levantó en todos los estancieros. Si Leleque lo dice, si el inglés lo dice, no se paga y se acabó. Y como aplastante frase final, el inglés agregó: ‘Leleque no tener
plata.”
Y escribí entonces esta frase final de mi artículo: “Así es. Los latifundistas ingleses dicen no tener plata para pagar el pan de los trabajadores criollos que con el sudor de sus frentes mantienen a todos
estos misters y ladies de Londres, que se hallan prendidos como garrapatas en nuestra sangre. ‘Leleque no pagar’, esa frase pasará a la historia de la explotación inglesa de la tierra argentina”.
Ha pasado medio siglo de ese artículo y de mi expulsión por gendarmes argentinos del territorio chubutense. Pero Leleque sigue igual. “Leleque no pagar.” Sí, ya cambió de dueño esa tierra de un millón de hectáreas. No están más los ingleses, pero ahora está Benetton, de la italiana Treviso, que se compra todo. Ha desalojado a los mapuches Curiñanco y Nahuelquir, habitantes desde hace 14 mil años de estas tierras que conquistó Roca a balazo limpio de los Remington norteamericanos. Todo un símbolo. Pero los
Curiñanco y los Nahuelquir no se rinden. Han vuelto allí, a Leleque, de donde fueron sacados a garrotazos y puntapiés por orden de la Justicia benettoniana, perdón, argentina. Esos solícitos gendarmes, además de los garrotazos, destruyeron todos los sembrados de los Nahuelquir y los
Curiñanco. Doña Rosa Nahuelquir me muestra con sumo dolor: de los centenares de plantitas de frutillas sembradas por ella sólo dejaron cuatro plantitas.
Y me las muestra. Cuatro plantitas que sobrevivieron al arado uniformado del poder. Allí están, frescas, erguidas como muestras de la vida que no se entrega. De la verdad que no se rinde.
Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir han regresado ahora a la tierra donde fueron desalojados. Don Atilio, con su rostro de esas latitudes, me dice: “Yo soy un hijo de la tierra y le voy ser fiel a esta tierra. Ella me ha dado el alimento y yo seguiré acariciándola con las semillas. No me voy a ir, volveré siempre, por fidelidad a mis antepasados, que por siempre vivieron aquí. No voy a aceptar lo que manda un capitalista europeo y su Justicia y Gendarmería argentinas. Voy a estar aquí, fiel a esta tierra de
mis antepasados, a este viento que nos habla desde hace siglos”.
Lo miro sorprendido. El hombre de la tierra se ha vuelto poeta sin saberlo.
Me habla desde dentro. Los ojos se le ponen rojos, pero no llora.
Pero Mariano Grondona dice que son “indios chilenos”, mientras Benetton es occidental y cristiano. Europeo. Católico. Ahí está la diferencia. Los términos argentino y chileno se inventaron hace menos de doscientos años, mientras los mapuches vivieron 14 mil años sin fronteras elaboradas por los
occidentales y cristianos.
“Leleque no pagar”, con acento británico. Leleque desalojar, con acento italiano. Pero con palabras argentinas aprobadas por su Justicia, por sus políticos y por sus gendarmes.
Pero allí están los Curiñanco y los Nahuelquir en su choza hecha de cajones y con todos los fríos. El juez no les permite hacer fuego en invierno, porque la estancia es de Benetton, el millonario que se compra todo. Los hombres de la tierra no pueden hacer fuego para entibiar sus manos como lo hicieron desde aquellos tiempos en que no había dólares, ni Remington, ni conquistadores del desierto, ni Justicia y política, ni argentina ni chilena. Pero, como dice el papa Ratzinger, hay que rezar el rosario.
El administrador inglés de Leleque grita en la Sociedad Rural: “Leleque no pagar”. Benetton se mira en el espejo todas las mañana y se golpea el pecho gritando: “Leleque es mío, mío, mío”. El sabio Alexander von Humboldt escribe en 1800, maravillado, que “los pueblos originarios de América no tienen sentido de la propiedad. Todo es de todos”. Los jueces y políticos argentinos sonríen en el espejo de Benetton. Hoy han despuntado en la tierra cuatro nuevas plantitas de frutillas de Rosa Nahuelquir.
Pero no es todo así en la Argentina. Hay jueces valientes en estas tierras.
Valientes porque se basan en el verdadero Derecho y no en el poder del dólar. El martes pasado, el presidente del tribunal de Zapala, Héctor Luis Manchini, reconoció a las comunidades aborígenes el derecho a impedir que empresas exploten sus recursos naturales. Así lo hizo la comunidad Logko
Purín, cerca de Cutral-Có, que se movilizó para impedir perforaciones de su tierra por la empresa estadounidense Apache Corporation. Que entonces inició juicio y pidió prisión para los habitantes que protestaron. No, dijeron
estos jueces valientes de Zapala. Se inicia así un nuevo capítulo que demuestra que las luchas no siempre son en vano. Que dentro del consenso en que “sólo tiene razón el de más plata” hay mentes honradas y corazones con latidos de justicia en nuestra sociedad.
Y seguimos con nuestra Justicia. También hay jueces que no podrían justificar sus procederes ante un Tribunal de Etica. Tenemos el increíble hecho de la prisión de seis trabajadores paraguayos que pidieron refugio en la Argentina después de ser torturados y vejados por la policía paraguaya.
Si ellos hubieran tenido algún delito que esconder, jamás se hubiesen presentado pidiendo refugio, sino que habrían huido por sus medios. Pero hete aquí que se les permite entrar a territorio argentino y cuando están en el Cepare (el organismo argentino que es el Comité para la Elegibilidad de los Refugiados) son detenidos por la policía argentina. Una barbaridad bien
argentina, considerando que ése es el lugar donde debe existir protección a los que solicitan refugio (sinceramente, en mis largos años de vida, nunca escuché algo así, la detención de refugiados en la propia organización que debería protegerlos o por lo menos aconsejarlos). Se ha demostrado que Paraguay es un país donde se transgreden a diario los derechos humanos, por sus crímenes políticos oficiales, la persecución de trabajadores que luchan por sus derechos, etcétera. Países como Brasil han reconocido a esos refugiados, pero el juez, doctor Lijo, señala algo que no podría creerse en un debate racional. Al hacérsele saber que en Paraguay hay torturas y crímenes políticos oficiales, respondió: “La tortura en las cárceles paraguayas es común a todo Latinoamérica, por lo que no puede resultar una particular razón para impedir la extradición”. Y que “Paraguay es un estado de derecho y por más que la defensa haya acreditado determinados casos (con persecución y tortura) ello debe discutirse allá, no acá, porque sería violar la soberanía paraguaya”. Fíjese el lector la aberración de esta opinión del juez: es lo mismo que en el gobierno de Isabel Perón, jueces de todos los países donde buscamos refugio por ser perseguidos por las Tres A, algún juez extranjero hubiera negado ese refugio empleando el argumento de este curioso juez Lijo. Lo más cruel es que estos humildes trabajadores paraguayos hace ya más de un año que están presos en la Argentina, separados de sus familias, con hijos pequeños. Aquí debemos reaccionar todos, se trata del derecho a la vida contra regímenes de una crueldad indescriptible.
Parece que en todos lados se trata de destruir las plantitas de frutillas.
Pero siempre por lo menos cuatro de ellas van a seguir creciendo. A la vida no la podrán matar ni los asesinos pagados ni los que compran todo, hasta las conciencias.
Cuando anochezca en tu porteña soledad*

*Por Beatriz Sarlo  bsarlo@viva.clarin.com.ar

Hace muchísimos años, cuando los argentinos de capas medias no viajaban a Estados Unidos ni a ninguna otra parte, es decir antes de la dictadura militar de 1976, al regresar de un excepcional viaje a Nueva York, un amigo nos comunicó, entre otras novedades, dos observaciones.
La primera estaba referida a que, en Nueva York, todo parecía formar parte de un inmenso set de cine donde los neoyorquinos trabajaban como extras. ¡Están filmando todo el tiempo! Como el cine
norteamericano es más o menos realista, se pensó al revés y en lugar de concluir que el cine captaba un clima, se afirmó que esa realidad había sido preparada para el cine. La segunda observación de mi amigo era que mucha gente común, sin signos exteriores de demencia, hablaba sola por la calle.

Diez años después, yo fui por primera vez a Nueva York y viví allí algunos meses. Conocí bastante bien Manhattan y lo que me habían dicho sobre decenas de neoyorquinos hablando solos no quedó
confirmado por mi experiencia empírica. En Nueva York, como en casi todas las grandes ciudades, hay locos sueltos que eventualmente pueden hablar solos, pero no revistan en un número más alto que los solitarios que monologan en Buenos Aires.

En cambio, en 1985, me impresionó que todo el mundo estuviera hablando en continuado por los teléfonos públicos, en los andenes de subterráneo, en las calles, debajo de autopistas, en trenes, grandes tiendas, edificios de oficinas, plazas. Yo llegaba de Buenos Aires, donde los teléfonos públicos estaban siempre descompuestos y, por lo tanto, nadie los usaba; si se veía una cola y se escuchaban peleas cerca de un teléfono, era porque ése, en particular, estaba en servicio. Por supuesto, en Manhattan rápidamente me
acostumbré a hablar todo el tiempo por teléfono desde los lugares y en los horarios más variados.
Recuerdo que una noche llamé a Buenos Aires, sólo para informar a mi sorprendido interlocutor que estaba escuchando tal música tocada por tal pianista en un bar. La llamada me costó treinta o cuarenta centavos de dólar, pero mi interlocutor porteño no podía creer que yo simplemente había levantado el auricular y discado.
O sea que la gente hablaba por teléfono tanto como hoy habla por celular, pero sería inexacto decir que estaba “hablando sola”, como había informado mi amigo. Es cierto que en Manhattan es sencillo establecer una conversación con un desconocido; si se comparte el bar, una cola, la cafetería de una
biblioteca, lo más probable es que uno termine conferenciando con alguien.
Así como la gente trata de no mirarse por la calle, se afloja en cambio cuando está junta en un lugar que tiene signos de una cultura común. Pero gente más o menos amistosa o dispuesta a intercambiar unos párrafos con casi cualquiera, no quiere decir gente confiada. Y gente conversadora no equivale precisamente a gente que habla sola. Muy por el contrario.
Una lectora me envía preguntas sobre este tema, dando por sentado que de un tiempo a esta parte la gente tiende más que antes a hablar sola y que existe una razón social, económica y política para que esto suceda. También me pregunta si yo hablo sola y, si lo hago, dónde. Me quedo pensando un rato en la exigente amplitud de la segunda pregunta. Es evidente que quien realizó el cuestionario sabe que eventualmente algunos locos pueden hablar solos. Pero da la impresión de que no está interesado en la locura, sino en estados más indefinidos de marginalidad o desesperación.
Por eso las preguntas incorporan la hipótesis de que hay motivos sociales o económicos para que alguien se ponga a hablar solo. ¿De dónde pueden salir hipótesis como ésa? De la idea de que las sociedades enferman a sus miembros, y fórmulas de ese estilo. Las preguntas tienden a demostrar esta creencia y han elegido el monólogo solitario como ejemplo.
¿Qué pasará si uno o varios estudiantes, de los que tienen que trabajar con el tema, no encuentran personas hablando solas por la calle? Convengamos que es más fácil pasarse una semana entera sin
encontrarlas que lo contrario. Si me preguntaran por mi experiencia, diría que no hay muchos que hablen solos en público.
Cuando lo hacen son tan excepcionales que los rodea una especie de aura, una palpitación de la atmósfera en la que  quedan encerrados, como invisibles. No son marginados eventuales, sino que están dolorosamente perdidos.
Es cierto que los que hablan solos parecen no simplemente locos sino pobres.
Si fueran menos pobres, probablemente no estarían solos en la calle. Allí sí podría encontrarse el motivo social: cuanto más pobre el loco, mayor exposición pública de su locura hasta que se lo saca de circulación, sin mediaciones: de la calle al loquero.

Están también los que a veces monologan y a veces encuentran quien tiene la decisión de responder y armar un diálogo o su simulacro. También estos momentos de comunicación desgarrada por los
obstáculos pueden verse por la calle. Todos los días alguien puede tener la costumbre de responder un soliloquio monótono o desesperado, como si esa respuesta estableciera una tenue ilusión comunicativa, un resto humano en el naufragio.
 los pajaritos en la cabeza de renata schussheim
Hará nido en tu pelo*
Después de la muestra antológica con la que el año pasado deslumbró en el Museo Nacional de Bellas Artes, Renata Schussheim decidió ampliar una idea que se insinuaba en dos cuadros de esa exposición: las complejas relaciones que las damas de antes mantenían con sus sombreros de pájaros embalsamados.
Entre el catálogo de costumbres, el catálogo de mujeres y la psicología de la moda, Pajaritos en la cabeza deja ver, sugerentemente, mucho de lo que se esconde bajo el sombrero.

*Por Cecilia Sosa
Pájaros en la cabeza. La expresión siempre le causó risa a Renata Schussheim. “Es una frase muy femenina pero también inquietante. Puede tener que ver con muchas cosas: con la imaginación pero también con la locura. No sólo es algo frívolo, también habla de una posibilidad de volar. Los pájaros
no son un adorno, hay algo mucho más íntimo”, dice la pintora, escultora y diseñadora de vestuarios que deslumbra escenarios con creaciones que no se asustan de ninguna vanguardia.
La muestra Pajaritos en la cabeza de Renata Schussheim puede visitarse hasta el 18 de julio en la galería Lila Mitre, Guido 1568, de lunes a viernes, de 12 a 20. Gratis
Pero también estaban aquellos sombreros que, inspiradas en alguna revista parisina, las damas de fin de siglo XIX sacaban a pasear por las calles porteñas. Sombreros con aves, pequeños pajaritos embalsamados, en el borde de sus copas que asomaban sus picos afilados desde lo alto. Entonces Renata
se sentó a dibujar y en un delirante catálogo de sociología de la moda nunca escrita, imaginó damas con sombreros y pájaros. Las primeras exponentes fueron La metzo y La soprano, dos mujeres que revolotearon por Epifanía, la fabulosa retrospectiva de su obra que se realizó el año pasado en el Museo Nacional de Bellas Artes. Pero Renata se quedó con ganas de más. De más pájaros y universos alados. Y ahora en Pajaritos en la cabeza muestra lo que siempre quiso: casi un historial avícola de modelos femeninos, que no modelan pero que viven aferradas a sus pájaros, a sus caprichos, a sus
deseos.
En total son 16 retratos que van perfecto en la blanca galería Lila Mitre.
Todas mujeres, todas con pájaros, realizados todos en unos pocos meses del año, en “un bache de producciones teatrales”, justo después de que su último trabajo como vestuarista para la opereta El cantor de México, estrenada en el Théâtre du Châtelet de París, fuera señalado como “maravilloso” por el diario Le Monde y comparado con los míticos espectáculos parisinos de la década del ‘80.
Renata no aclara mucho. Prefiere recordar, burlona, esa moda “finísima” de Buenos Aires, cuando “había mujeres que llevaban pájaros enteros embalsamados en la cabeza. Se usaba muchísimo. Yo tenía uno que se fue desarmando con el tiempo. Me acuerdo de que mi tía tenía un prendedor con un colibrí y un pico de oro”, cuenta. “La frase me divertía mucho y también poner los títulos a las obras: son muy Puig”, sonríe pícara. Y sí: Cabeza de chorlito, Pelusa, Mabel, por allí parecen navegar los personajes del autor
de Boquitas pintadas y La traición de Rita Hayworth con el que Schussheim compartió amistad y trabajo. “Me encantó titular a esas mujeres que salieron de mi imaginación pero que bien podrían existir en algún barrio.”
¿Prototipos de mujer?, ¿ángeles de la guarda?, ¿alter egos plumíferos?, ¿fantasmas de sueños imposibles?
Algunas tan atemporales y misteriosas como La pelada, que salvo algún arranque al estilo Britney Spears, no parece seguir moda alguna y es la única que no tiene un pájaro en la cabeza sino que lo aprieta entre sus manos cual tenaza. Otras vienen envueltas y casi abrazadas a una nube del tiempo: Blanca, muy de los años ‘20 con sus garzas inmaculadas de picos inquietantemente ensangrentados, vestido (¿o son vendas?, ¿o es mortaja?). O Mabel, escotadísima y sin sombrero, con sus cuatro pájaros en la cabeza, de colores brillantes, que anidan sobre sus bucles acolchonados tal como mandaba la moda de los ‘40.
Algunas parecen hablar de una comunión perfecta con los fantasmas. Rubí, sombrero y vestido rojo, la colas de las aves tímidas como ella y el cabello que se enlazan en un rojo apenas menos intenso que el del vestido de su dueña. O Cabeza de chorlito, que lleva sus pájaros anaranjados como un accesorio más de su figura ingrávida, suavemente extasiada y en total compossé con su abrigo de chocolate. Pero también hay otras que parecen estar en llamas: Dorita, que parece querer callarlo todo, salvo lo que se le
escapa a gritos al ave negra que lleva en lo alto. O La rubita, apenas una niña de rouge corrido (¿viene de besar?) y su pájaro que se despide, rasguñando el aire con las garras apretadas. ¿Qué terribles secretos compartirán los pájaros de la Madame, tan negros como el vestido y la mirada de su dueña contra el cielo estallado? ¿Qué ocultará el silencio de Terciopelo, tan oscura, señorial y altiva como sus pájaros? ¿Qué promesas lejanas habrán sellado las aves que cruzan sus picos sobre la cabeza de
Olga, la rusa?
Algunas como La ciega (casi una efigie blanca, de perfil alado, con sombrero y vestido blanco) no ven. En cambio, se deja auscultar por la noche negra y los pájaros. La distraída casi no se dio cuenta de que lleva un nido en su pelo… ¿o acaso disimula? ¿Y quién no habrá oído cantara los pájaros de su cabeza mientras el vestido se desliza hacia abajo como el de la hermosa Señora Nido?
¿Hubo una investigación previa de las modas, de las épocas, de los accesorios?
-Nooooo, todo eso me lo conozco de memoria.
El que sí investigó un poco más fue Alejandro Urdapilleta. O al menos consultó la enciclopedia de pájaros. Fue cuando Renata lo llamó por teléfono para contarle de la muestra y él, sin más, se puso a escribir el texto que ahora forma parte del catálogo (ver aparte). “El poema me encanta. Me lo
imagino a él recitándolo, pronunciando fuerte las erres. Estoy harrrrrrrta”, se ríe Schussheim.
Hay quienes dicen que algunos de los retratos recuerdan a su autora. “No, no me dibujé a mí, y si lo hago me dibujo bien -aclara ella-. No soy ninguna de esas mujeres o a lo mejor todas juntas. Cada uno ve una película, cada uno ve sus propios pájaros”, dice Schussheim.
De regalo, hay dos dibujos más: En la playa I y II. Con los pájaros enterrados en la arena y unos minúsculos, pequeñísimos cuerpos de mujer han sido disparados al cielo. Nadan en un cielo limpio, cielo de estrellas. Una, por suerte, lleva traje de baño.
Esta vez las que vuelan son las mujeres.
Pajaritos en la cabeza*

*Por Alejandro Urdapilleta

En el rumor del baile supuesto de la vida, con engañifas, oropeles que se deshacen por las gotas de una lluvia, apenas cuatro o cinco alegrías disimuladas y un collar de disgustos, las Doñas pasean descoloridas, atadas a cien lazos de chismorreo. Sus ojos bizcos de envidia en racimos y la lengua colgando chorreando saliva, tacotean sus esqueletos sombreados, y se me vienen encima como perras de emperifolle: -Perdoná querida… pero…
¿Qué tenés en la cabeza? ¿Pajaritos?
Sin ton ni son y al tun tun la instantánea contestó:
Es como un nido
verán
y es un huevo.
En él hay universos alados.
Al abrir la tapa vidriada
emperlada
salen oropéndulas quejumbrosas
roncos manantiales azabache
alamedas lloronas
una vaca gris de ojos claros
y un musgo
todo con alas
¿y qué?
un minúsculo colibrí fluorescente
otro y otro y otro más
que al instante se van
pero que vuelven
cuando crece la luna
siempre
Además, lo siguiente:
carcajeos de urracas
el venteveo veteyateví
el desembarco del telendrón
las dendritas en sinapsis
calandrias remojadas en leche
y el aletear misterioso
el soplo del abanico
en mi frente,
la frescura deliciosa
de mi ángel sonriente
¿qué más?
Acá en la crisma: el oasis
con flamencos desplegados
el ejército de cuervos
de picos rojos
garzas, cisnes, horneros
zorzales cristalinos
trenzados en tul carmesí
chotacabras, luciérnagas
hielo, hiel, hueso, y caracú
y plumas y plumas
y plumas, más plumas
y después
la cola del pavo real
que me cae toda así hasta las patas
y se despliega
si me ponen ardorosa
¡Y guarda con mis arpías!
parecen hidras
¡mas mi tropel de avestruces!
¿y?
Tengo un huevo bendito
de un aroma que emana
de mi corazón encantado
porque se me canta
¿alguna queja?
Por supuesto poseo tiaras
y el mar
engarzado en flamencos
a la orilla de las orejas
y los aretes pendientes
de gavilanes áureos egipcios
¿qué tal?
Y aún esto:
me florecen aves del paraíso
a raudales
y en un rincón del jardín
tengo esa jaulita brillante
(mi tesoro de anís)
adoro encierro
los pies de mi Mercurio,
para beberle los mensajes
cada tanto
porque soy pájara
que viene desde una Enorme Risa
a revolotear el globo terráqueo
a dar néctar en jugo
a regurgitar colorinches
en los picos de los que duermen
se entumecen, se ahúman
para posarme
en sus cabezas
un instante
y después otra vez
volarme
robándoles el rubí azul
de sus tristezas
¿y qué? ¿no lo ven?
El que pintó al mundo
y al ángel Gabriel
al darme forma
tomó el mismo pincel
¡¡Y ahora!! ¡¡A volar!!
¡¡Urracas!!
¡¡Que me tienen harta!!
¡¡Que se me vuelan los pájaros!!

Romance*
 
 
1

Lo primero que al hombre le llama la atención, cuando llega a la casa de su viejo amigo Camargo   
-inventor-, es la gallina. Un animal gordo y vivaracho, pese a todo lo que le falta. Al verla, dispuesto a hacer comparaciones, lo primero que a uno se le ocurriría es que se parece a alguien que acaba de volver de la guerra. El hombre sabe que Camargo ama desmedidamente los animales. Su casa no es un zoológico por una simple razón: no soporta los ruidos. Ningún ruido. Las paredes están revestidas con planchas aislantes. Las ventanas y las puertas son dobles y están tapadas con gruesas cortinas. Acá se habla en voz baja. El amor que Camargo siente por los animales choca con esta imposición de silencio. Porque, desgraciadamente -según él mismo se lamenta-, casi no hay bicho que no ladre, bale, maúlle, rebuzne, ruja, silbe, muja y demás variantes. Ruidos y ruidos. Esta fatal contradicción entre su necesidad y su afecto es lo que condena a Camargo a la soledad. El hombre sabe todo esto y se dice que la presencia de la gallina dentro de la casa debe tener su historia.
Es así como más tarde, entre mate y mate, cuando la gallina se desliza con paso incierto frente a la puerta, el hombre, con voz distraída, pregunta: “Y esa gallina?” El relato no es simple, pero sí creíble. Un día, en una de sus escasas salidas, Camargo presenció como un coche atropellaba a una gallina. La levantó, comprobó que estaba viva y se la llevó. En su casa, después de revisarla, llegó a la conclusión de que sólo tenía una pata rota. Se la entablilló. Depositó la gallina en un canasto de mimbre y se dedicó a alimentarla, mientras esperaba la lenta curación. Seguramente agradecida, la gallina soportaba su dolor y guardaba silencio.
Pasó el tiempo y Camargo advirtió alarmado que la quebradura no soldaba. Al contrario, la infección amenazaba extenderse. Tomó una decisión drástica. Decidió amputar. con un brebaje de su invención atontó al animal y después, con una tijera de podar, cortó donde consideró conveniente. Volvió a desinfectar y a vendar. Abandonada en el fondo del canasto, la gallina callaba. Poco a poco, se fue animando. Camargo supo que estaba salvada. Quitó el vendaje. Buscó una varilla de madera, la cortó a la medida adecuada y la ató firmemente al muñón de la gallina. En pocas palabras, le colocó una pata de palo.
Al comienzo, la gallina no se animaba a moverse. A lo sumo, se arrastraba un poco. Siguió un período de aprendizaje. Camargo la paraba, la sostenía de las alas, le hablaba, la alentaba, la impulsaba a caminar. Y así, primero a los tropezones, luego con más seguridad, la gallina fue aprendiendo a desplazarse con su pata artificial.
Acá surgió el primer problema. Durante el día, durante la noche, comenzó a oírse por los pasillos de la casa el toc-toc-toc de la patita de palo. Y es probable que el animal estuviese realmente entusiasmado con la nueva adquisición, por que no paraba de moverse. Mientras tanto, Camargo se volvía loco. Individuo de amplios recursos, encontró una rápida solución. Colocó debajo de la patita un taco de goma y el golpeteo desapareció. A partir de ese momento siguió una larga temporada de pacífica y amorosa convivencia. Hasta que llegó la primavera. La gallina, impulsada por el aire nuevo y vaya a saber por qué extraño arrebato de rebeldía, comenzó a cantar. No ponía huevos, pero los anunciaba a cada rato, de día y de noche. La casa se había convertido en un infierno. Camargo se había encariñado demasiado con la gallina como para echarla a la calle. Y menos podía hacerlo en esas condiciones. una noche, arrancado violentamente del sueño por un estruendoso cocorocó, se levantó, tomó a la gallina, puso a funcionar la piedra esmeril y le limó el pico. Se lo limó hasta la mitad. La gallina anduvo varios días muy desconcertada. Pero después, Camargo comprobó que con lo que le quedaba de pico volvía a alimentarse. Seguramente había aprendido la lección y ya no se la oyó cantar. Con lo cual la convivencia volvió a ser grata.
Esa es la historia. Camargo le alcanza otro mate. El hombre mira hacia el extremo del pasillo y ve lo que había visto al entrar. una gallina caminando con una pata de palo y con el pico por la mitad. Piensa que, sea en el nivel que sea, en este mundo no hay relaciones fáciles.
 
 
 

2
 
Aunque no se lo confiese, es probable que la razón por la que el hombre vuelve a visitar rápidamente a su viejo amigo Camargo sea la presencia de aquella gallina con una pata de palo y el pico cortado. Apenas llega, después de los saludos, echa un par de miradas alrededor: el animal no está a la vista. El hombre no hace preguntas, evita ser indiscreto. Por lo tanto se sienta y escucha al amigo Camargo hablar pausadamente de esto y lo otro mientras va preparando el mate. Pero su atención está puesta en otra parte. No pasa mucho tiempo antes de que su oído alerta detecte que algo se está moviendo en el pasillo. Es la gallina, sin duda. Tarda en aparecer. Lo que finalmente el hombre ve asomarse es algo que no se parece a una gallina ni a nada que haya visto antes de esta tarde. Pasada la sorpresa, logra recomponer la imagen del ave y se dice que buena parte de su desconcierto ha sido provocado por el hecho de que el bicho no camina hacia adelante sino para atrás. Al moverse se contorsiona todo el tiempo, como si algo le molestara. Y ya no se trata solamente de la pata de palo. Hay más novedades.
Salvo la cabeza y la cola, todo el cuerpo de la gallina está cubierto por una gruesa camiseta de frisa. Debajo de la camiseta, por lo que se puede adivinar, no hay plumas. solamente aparecen dos mechones en las partes descubiertas: cabeza y cola. Aparentemente se ha quedado pelada. Ante esta nueva pérdida, como compensación, su pico ya no está cortado por la mitad, sino que luce entero, afilado, firme y lustroso. La gallina pasa junto a ellos, desplazándose siempre hacia atrás y retorciéndose. Desaparece por la otra puerta.
El hombre mira a Camargo de reojo y se aguanta la pregunta. Prefiere esperar a que el amigo toque el tema. Camargo le pasa un mate y, con tono fingidamente distraído, dice: “¿La viste?” El hombre asiente: “La vi.” “¿Qué opinás?”  El hombre no sabe qué contestar, ignora lo sucedido, pero si algo está pensando es que ese animal, últimamente, no anda con mucha suerte. De todos modos, calla. Evita correr el riesgo de parecer irrespetuoso. Finalmente se anima: “¿Qué pasó?” Camargo confirma lo que ya había percibido: “Se quedó pelada.” “¿Repentinamente?” “Repentinamente” El hombre ensaya un gesto que pretende ser de comprensión. Pregunta: “¿Por qué le pusiste esa camiseta?” “Primero para que no pasara frío y segundo por un problema estético. Me pareció que era una forma de ayudarla a superar el mal momento. ¿Qué te pasaría a vos si te quedaras pelado de un día para el otro?” “No sé” “Te sentirías avergonzado. ” “Seguramente.” “A ella le pasa lo mismo.”
Durante un rato, el hombre conserva un prudente silencio. Busca en su cabeza alguna frase adecuada para acompañar los sentimientos de Camargo. Dice: “Pero no se le cayeron todas, le quedó un mechón sobre la cabeza y otro en la cola.” “Perdió absolutamente todo -explica  Camargo-. Con sus propias plumas le fabriqué una peluca y con un pegamento le coloqué ese mechón en la cola.”
Ahora, cada vez más, el hombre se siente obligado a hablar. Dice: “Le quedan bien.” Camargo no contesta. El hombre pregunta: “¿Por qué camina para atrás?” Camargo: “Tomó esa costumbre desde que la vestí. Además hace todos esos movimientos extraños, ya viste, parece una contorsionista. Estuve pensando en eso. La camiseta se la coloco por la cabeza. Tal vez ella piense que retrocediendo pueda llegar a desembarazarse de la ropa.” “¿Y si probaras a colocarle la camiseta por la cola?” “Es una idea, se podría intentar.” “Noté que ahora tiene el pico entero, ¿cómo hiciste?” “Fabriqué la parte que faltaba y se la pegué.” “Casi ni se nota.” Camargo asiente, seguramente reconfortado por la observación.
Vuelve a entrar la gallina, con su pata de palo, la peluca, la cola postiza y la camiseta de frisa. Cruza la habitación, siempre reculando y contorsionándose. Desaparece hacia el pasillo. Camargo deja pasar unos segundos y confiesa: “Ya sé que no tiene muy buena pinta, pero yo la quiero igual.” El hombre acepta otro mate y piensa que sobre la tierra no hay sentimiento más poderoso ni más noble que el amor.
 
 
 
 

3
 

El hombre visita nuevamente a su amigo Camargo. Apenas cruza la puerta mira alrededor, tratando de descubrir a la gallina. No la ve. paciente, acepta el ritual del mate. Después, tímidamente, pregunta: “¿y la gallina?” el amigo sacude la cabeza, en un gesto que el hombre interpreta como una señal funesta. Se prolonga el silencio. Finalmente, se atreve de nuevo:
“¿que paso?”
La que sigue es la historia contada por Camargo.
Todo iba bien. La gallina había superado el peso de sus calamidades y se había adaptado maravillosamente al ritmo de la casa y a las exigencias de su dueño. Iba y venia con su pata de palo, tenía recorridos fijos, horarios, tal vez también aburrimientos. Hubiese sido difícil intentar adivinar lo que pasaba en su pequeña cabeza, bajo aquella peluca fabricada con sus propias plumas. De todos modos, Camargo estaba seguro de una cosa: la gallina no se sentía infeliz. Y así pasaban las semanas y la vida se iba deslizando en un clima de apacible medio tono, agradable para el amigo inventor, que tanto odiaba los ruidos y las estridencias. Hasta la mañana en que la gallina canto. No había vuelto a hacerlo desde aquella vez en que Camargo se había visto obligado a limarle la mitad del pico.
Desde el fondo de la casa, desde aquella habitación donde estaba el canasto de mimbre, llego el ronco sonido triunfal. Impreciso todavía, tembloroso, debido seguramente a la falta de practica y quizás a una incontrolable emoción.
Después, la gallina canto por segunda vez. Entonces, el amigo Camargo acudió para ver que ocurría.
Y ahí estaba, la desplumada, la mutilada, detenida en el centro del cuarto, en actitud solemne y marcial, igual que si estuviese en una parada militar, firme como nunca sobre su pata de palo. Y canto por tercera vez. El amigo Camargo se asomo al canasto de mimbre y se topo con lo inesperado: Un huevo.
A partir de ahí todo cambio. Una nueva realidad acababa de instalarse en la casa. La gallina comenzó a empollar el huevo. De tanto en tanto, Camargo llegaba hasta la puerta de la habitación y espiaba. Si la descubría en las escasas oportunidades en que salía para comer, se acercaba y miraba el huevo. No era un huevo diferente de todos los demás, pero ahí, en ese canasto, tan blanco, solo, desvalido, era como un descubrimiento, como un testimonio de los primeros días del mundo. Millones de huevos antes de ese huevo. Pero, para esa gallina, un huevo único. Y ella se obstinaba noche y día en su puesto, derramando torrentes de amor sobre él.
Ahí seguía el animal quieto, los ojos fijos, viendo más allá de las cosas y del tiempo.
Ahí estaba la gallina sin plumas, con su camiseta de frisa, su peluca, su pico emparchado, su pata de palo, la gallina con todas sus carencias, lanzada sin embargo hacia la vida, obedeciendo el mandato primordial de su especie. El amigo Camargo no ignoraba que, sin la participación previa de un gallo, aquel huevo jamás daría a luz una cosa viva. Pero no quería detener aquella historia, lo conmovía esa maternidad sin esperanza.
Hasta que un día ocurrió la catástrofe. Por distracción, por exceso de confianza, al volver al canasto, la gallina manejo mal su pata de palo, piso el huevo y lo rompió. De aquella promesa de vida no quedaron más que pedazos de cáscara y los restos de la clara y de la yema filtrándose a través de las varillas de mimbre. Consciente del desastre, la gallina salió de ahí, se arrastro hasta un rincón del cuarto y se echo. Un par de veces pareció intentar caminar, pero ya no supo manejarse y se desplomo. Rechazo todo alimento y, seguramente agobiada por la culpa de su crimen involuntario, ya no hizo un solo esfuerzo para seguir viviendo. Ella, que había superado la amputación de una pata, la pérdida de medio pico y todas sus plumas. No duro mucho. Una mañana, Camargo la encontró muerta.
Esa es la historia. El hombre ha escuchado con atención. En un gesto de solidaridad, estira la mano y pega un golpecito en la rodilla del amigo Camargo. Llega la hora de irse. En la puerta de calle, gira la cabeza y mira el pasillo vació que lleva a la pieza del fondo. Se despide, se marcha.
En su cabeza ronda una frase como un patético estribillo: el destino es insondable y no existe felicidad que no este amenazada.
 
 
*de Antonio Dal Masetto.
 -Publicado en “Ni Perros ni Gatos” Torres Agüero Editor, Buenos Aires. 1987

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Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 24 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor uruguayo Daniel Stefani. Las poesías que leeremos pertenecen a Saturnino Rodríguez Riverón (Cuba) y la música de fondo será de Llaqtaymanta (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067 
 
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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