Sunday, December 11, 2011

EDICIÓN DICIEMBRE 2011

Hoy me levanté con el día equivocado*

Mi pie izquierdo giró derecho
Recibí un ramo de rosas amarillas
Me reí de mis defectos
Canté con vos palpitante una melodía original
Me tire de la cornisa en parapente
No leí las noticias negras de los diarios
Las alas de mi sonrisa desplegaron
en golondrinas de corales

Me duché con el agua bendita
de los grandes maestros de la filosofía

El olfato de los perros me acercó
a la tibieza de su intuición

Probé el néctar de las nubes
Y  nadé por las cataratas del regocijo

No repasé en lo que dirán de mí
Ni detallé cuanta plata tenía en los bolsillos
Renuncié al candado de mis emociones
y camine por la playa sin un sostén prensado

Buceé por los mares del tiempo sin jadear
y presumí en los abrazos de mi abuela…

*De Azul. azulaki@hotmail.com
7/12/11

FOGATAS DE OCTUBRE*
 
 
“(…) Esta vez no habló, movió los labios y solamente cuando le recordé aquella costumbre de las fogatas en los rastrojos, levantó la cabeza.
CESARE PAVESE
 

Y era octubre.
No se quien fue la yesca y quien el pajonal.
 A lo lejos, una voz de fuego, nos reconoce
Nos reconoce y pronuncia  nuestros  nombres.
En silencio pronuncia nuestros nombres bautismales.
No, no era la primera fogata.
Pero si embargo, fue la única.
Única raíz, bengalas en el cielo.
Encendieron las noches y los dedos.
Y fuimos bocas, manos y señales.
 

Incendiamos ayeres y calendarios nuevos.
Y bebías el fuego de mi frente.
Y yo, toda yo, era fuente y origen.
Apenas cabías en mis manos.
Pero en sacrosanto perfil te dibujaba.
Y te hacía un lugar en mi lecho.
Castamente, como un niño de otoño.
Encendías luciérnagas en desgarradas noches.
Y  éramos una oración, un mantra.
Una gloriosa soledad compartida.
Y era octubre.
 

Y soplamos en azul adversos vientos.
Médanos, goteras en el techo.
Ahora las manos están frías.
Y me pregunto si acaso ronda el miedo.
Y el olvido, y la muerte y la vida.
Escucha, son las fogatas y es octubre. 
Y hay un memorial que riega nuestra sangre.
Y en mis pechos, vírgenes de ti.
Aun cabe un llanto, tan antiguo como el viento.
 

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

AQUELLOS ABUELOS*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
                                                                              

   A Miguel Fredi
 
      
     Mi abuelo –cuenta Miguel Fredi- se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba una taza de café negro, comía un pedazo de queso y salía al amanecer. Tocaba con sus manos callosas el mango de la azada que había dejado sumergida en un balde de agua para que la madera se hinchara y la azada quedara firme y se iba hasta la quinta a desmalezar los tomatales. Tenía ochenta años. Mi abuela lo seguía detrás, como una sombra. Con su delantal negro, que no se quitaba nunca. ¿Por qué iba a cambiar a esa edad, no es cierto? –Pregunta como afirmando sobre esa pasión casi religiosa que trajeron los inmigrantes del otro lado del mar. A veces estos hombres duros se hacían un tiempo  para poder caminar bajo los árboles, pero no siempre.
            Yo recuerdo a mi propio abuelo, cuando recorría las parvas o los chiqueros, y buscaba un asiento donde quedarse un rato. Podría ser un tronco, el asiento de un arado en abandono, ponía la mano en el bolsillo y sacaba una naranja. Del otro sacaba un cortaplumas y se ponía  a pelarla. Si yo estaba cerca me daba los primeros gajos, y luego de a uno se los iba metiendo en la boca, sin que el jugo le chorreara por la barba o le mojara los bigotes.
            En ocasiones era un pedazo de pan o de queso, pero se nota que a esa costumbre la traía del otro lado del mar, porque  lo vi en otros inmigrantes: todos  tenían la misma costumbre. Otras veces, sacaba una pequeña pipa, luego la tabaquera de cuero crudo, llenaba el hornillo con minucia y dedicación y encendía el tabaco con un fósforo hasta que la primera humareda subiera hacia el cielo y se  sentaba como mirando el mar. Sólo que aquí no era de agua sino de trigo, maíz o alfalfa.
            Pensar en esos hombres, es circunscribir aquellos años de la niñez en un aura que se agranda con el tiempo y la distancia, lo instala en un espacio casi mágico, que corre el albur de convertir algo tal vez simple, tal vez trivial, tal vez basto en una mitología digna de mejor causa para otros. No es mi caso, porque qué sería de tanta vida anónima si nadie recuperara en un gesto reparador todo aquel tiempo en que el trabajo estaba en primer término, estaba por sobre todas las cosas, la propia diversión estaba mal vista por los inmigrantes,  como si el sólo hecho de habilitar el goce estuviera prohibido en su biblia particular y la de sus ancestros.
            Mi padre me contaba alguna vez, que en el año cuarenta siendo mensual de la chacra de Domingo Cléreci, vino a la cancha de paleta  del Club Huracán un exitoso acordeonista llamado Antonio Bizio y como el baile era en verano se escuchaba la música en las chacras cercanas.
            Mi padre, que había ido al baile, al otro día tuvo que aguantase las reprimendas -no sin sonreírse- del viejo Chiquín.
            -Te creés que yo no escuchaba desde aquí “al acordeón del vicio” –le dijo, usando muy bien la fonética para entender esa ambigüedad semántica que la permitía su aparente confusión.
            A él, a  Chiquín, inmigrante sufrido y estoico le habrá parecido el colmo del desenfreno que en un lugar perdido de la pampa un grupo no  muy numeroso de muchachas y muchachos soñaran un rato haciendo un alto en sus tareas, a la que seguramente nadie era esquivo.
            Por eso la anécdota de mi amigo Miguel me gusta, por lo que cuenta de su abuelo ya octogenario que no sabía hacer otra cosa que trabajar, como lo habría hecho desde su aldea natal, en aquella península ya cada vez más difusa en su memoria. Y siempre seguido por esa sombra, su mujer. Por que trabajar para ellos no era un problema de sexo, todo se hacía a la par.
            Habían trocado entonces aquellas aldeas perdidas junto al mar o la montaña, algunos había hecho la guerra y en general venían perseguidos  por el hambre, un futuro incierto para sus hijos y en general llegaban a lugares donde tenían un ser querido, un pariente, algún paisano que le sirviera de referencia en este país tan lejano que veían como provisorio y para ellos seguro que lo era, aunque la estabilidad la consiguieran con seguros sacrificios y también es seguro que el abuelo de Miguel, el mío y el de tantos otros amigos hubieran elegido a su tierra natal estos cielos altos, estos soles anchos, esta luminosidad sobre el verde furioso de toda la llanura que ellos cultivaron con una pasión tan minuciosa y posesiva que me hace dudar si pudieron disfrutar del vuelo alto y seguro de aquella garza mora que cosió el horizonte para siempre delante de sus ojos.
 

 HEREDARÁS MIS ÓRDENES*

Sabía que faltaba poco, cualquier mañana o cualquier noche emprendería el viaje sin despedirse. ¿Sin despedirse? La idea le pareció incorrecta, debía dejar indicios, órdenes tal vez, porque si no harían las cosas diferentes a lo que era su voluntad.
Ese fue el comienzo de un diagrama bien planificado para que cuando ella ya no pudiese opinar se cumpliera el ritual según sus deseos.
Esa mañana cuando se despertó y supo que no era ese el día indicado para emprender vuelo, comenzó a utilizar su tiempo extra, anotó unos pocos nombres a quienes les dejaría una carta, muy simple, muy sincera, diciéndoles cuánto los había querido. Eso la emocionó y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Pero había que seguir sin sentimentalismos baratos y se repuso. Luego comenzó a redactar las instrucciones post-muerte: no quería que la  exhibieran en un ataúd, le parecía macabro y de muy mal gusto, las personas debían recordarla viva, sonriente y con el rostro sonrosado; así que ese acto quedaba prohibido. Tampoco debían enterrarla, la sola idea  de que la cubrieran de tierra la espantaba, prefería que la cremaran y desparramaran las cenizas en el jardín donde estaban los rosales. Tal vez para sus parientes no iba a ser agradable saber que ella seguía estando allí, pero era su deseo y debían cumplirlo.
Imaginó las protestas de Euclides, una de sus nueras que desde siempre soñó con ocupar la casa y que al quedar vacía lucharía con uñas y dientes para lograrlo.
- ¿Cómo van a expandir las cenizas allí? ¡Es horrendo! No voy a poder caminar tranquila por ese lugar. Esa vieja loca lo decidió a propósito, sabía que me haría mal.
No pudo menos que sonreír al imaginar la escena y intuía que luego no se animaría a hacer un hueco en la tierra  por miedo a que ella apareciera.
Acto seguido comenzó a pegar papelitos con nombres en todas sus pertenencias: el collar de perlas para su nieta mayor, el reloj de su marido para Alfredito, su único nieto varón, y así cada objeto tuvo su destinatario.
Fue una tarea que le llevó varios días y la hizo con el mayor de los disimulos para que nadie de los que concurrían a verla se diera cuenta. Lo último era averiguar cual era el costo de la cremación y poner el dinero en un sobre abrochado a las instrucciones. Cuando concluyó experimentó una gran paz, como si hubiera cerrado el círculo de su vida con todas las deudas saldadas.
Todavía le quedó tiempo para imaginar la distintas reacciones porque no era ilusa, la mayoría no iba a estar conforme con lo heredado y envidiaría la suerte del otro sintiendo que ella había sido injusta en el reparto, pero eso ya no era asunto suyo, estaba dentro de la naturaleza de cada uno, no era su responsabilidad.
La primer mañana de octubre amaneció luminosa como si cada elemento vivo reverenciara a la naturaleza, menos ella que sin apuro fue una más en el universo. La encontró Mario, su hijo menor, cuando llegó a la tarde y como no respondía a sus llamados utilizó sus llaves para entrar a la casa. Luego todo fue confusión, alboroto que se iba incrementando a medida que encontraban el legado.
Luis, su hijo mayor, fue quien halló la carta que su madre había dejado sobre la mesa de luz la noche anterior. Le costaba entender tanta lucidez y serenidad ante la inminencia de un hecho que a cualquiera hubiera aterrado, pero no hizo ningún comentario, sólo leyó el contenido.
Por supuesto y como ella lo había pensado, fue Euclides la primera en soltar su lengua al saber el destino que debía darse a las cenizas. El brillo de alegría que asomó en sus ojos cuando supo la noticia de la muerte desapareció cuando Luis llegó  esa cláusula.
- Yo no puedo habitar una casa que tiene restos de muerto desparramados en el jardín.
- ¿Y quién te dijo que vas a habitar la casa? – preguntó Lucy, la esposa de Mario.
- Porque Luis es el mayor y le corresponde. Además nuestra casa es muy chica, necesitamos más comodidades.
- Eso lo vamos a discutir después – insistió Lucy.
- ¿Por qué no se callan? – alzó la voz Mario mirando a su madre tendida en la cama.
Luis abrió el sobre que contenía el dinero para la cremación, lo contó, lo acarició y recordó sus deudas.
- ¿Hacemos lo que pide? – logró articular después de algunas vacilaciones. – No sé… me parece sin sentido gastar este dinero en eso. ¡Estamos tan apretados!
Algo estalló dentro de Mario, un dolor profundo que le dio a sus ojos un color rabioso; Luis sintió el impacto de esa mirada sobre su piel y volvió a colocar el dinero en el sobre.
Y el ritual se cumplió, sus dos hijos, sus nueras y sus nietos esperaron la urna en la funeraria y la llevaron a la casa. Nuevamente Euclides retomó la protesta y fue necesario un grito cargado de angustia de Mario para hacerla callar.
Al día siguiente estalló la guerra, cada hallazgo terminaba en pelea, cada etiqueta avivaba el infierno; los hermanos discutieron, las cuñadas se pelearon y los nietos dijeron pestes de su abuela. El final del pleito lo puso un abogado iniciando los trámites sucesorios y cobrando por ello, lo que determinó la venta de la casa. Las cenizas de su dueña reían a carcajadas por las noches cuando todo quedaba en silencio.
 
                       

*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar
 -Tercer premio. Concurso Internacional organizado por CENTRO ESCRITORES/AS NACIONALES – CEN EDICIONES 2011

LA FELICIDAD COMO DEBER*

    

Tenemos, dicen, el deber de ser felices.
     Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad
pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.
     Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso,  segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.
     Debemos ser felices.
     Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.
     Tenemos el deber de ser felices.
     Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.
Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento
gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.
     Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.
     Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.
     Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.
     Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.
     La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.
     Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.
     En “El Zoo de cristal” Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un
destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.
     Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.
     Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.

 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Cansancio*

 
Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta.
En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así.
Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.

De Prosas breves
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop

EL VIEJO TREN*

            
Saludo a Count Basie
               y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban

como a una aparición de lo lejano
con los sueños y los ojos.

Por estas mismas vías,
atravesando barriadas

somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren

echando densas bocanadas
contra el cielo

como un duende
que va rasgando el silencio

con un eco dolido
de trombón y clarinete.

Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,

pasó como una estrella
repentina,

pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero

y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,

con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,

y como una exhalación
de lo innombrable.

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
                   

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

 Desangrándose*

Entró corriendo en la tienda de lubricantes con otro robot en los brazos gritando con su voz metálica: “¡Rápido!¡ Una lata de Mobil 1,5 SAE 40!”

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

Antes de Navidad*

Ya lo habíamos hablado con el neurólogo.
El me contesto con cara de asombro: -Es para publicarlo.

He podido comprobar que el accidente cerebro vascular de mi madre ha mejorado su sentido del humor.
Más aun, le ha generado ocurrencias desopilantes que eran impensables en ella.
Si bien se queja de ciertas secuelas en el habla. Mi madre complementa el lenguaje con gestos y hasta con carteles sintéticos y elocuentes.

Tuvimos una discusión por un motivo claramente banal.
Ella dijo algo así como: a ver si te conseguís una novia y me dejas de joder.

No se quedo quieta.
Al rato salio con la silla plegable de lona a tomar fresco al jardín.

Cada tanto veía como vecinos y hasta gente desconocida se paraban a conversar con ella.
Y había risas.
-Que sociable esta mamá -pensé, que bien le hace enojarse conmigo.

Cuando llegué, le decía a la Marta que no quería que le sacara una foto con el cartel que llevaba colgado:

“BUSCO NUERA, SUEGRA A LA VISTA”
Con letra más chica, había agregado: “Urgente, si es posible antes de Navidad”

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

CUENTOS DE LA REALIDAD
 

Milagro en … el Muñíz …*
 

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

Hay que moler los sueños.
La gente no debe pensar.
¿En realidad, la gente piensa?
El ejercicio de pensar alucina.
¿Y que es alucinar?
 
Las preguntas se deslizan muellemente, un mediodía de domingo, en la cautelar y silenciosa molicie, donde se siente el aliento ardiente de Dios o el otro, si son la misma cosa y que obliga a creer “que todos se han ido”. Nadie te deja sólo en la víspera, pensé, un consuelo pobre pero excitante de puertas adentro.
 
- Vamos primero al Muñíz para ver a Jorge – ordenó con displicencia Yon, ese día y a esa hora, incómoda para salir, cuando el sol nos da una fiesta.
- ¿Que Jorge? – atiné a ganar tiempo -lo único que puedo ganar -.
- ¿Cuantos Jorge amigos, tenemos con SIDA? –
-  Ah… es cierto -, me disculpé.
- ¿Y como está? – quise reparar.
- Eso es lo que vamos a averiguar y como anda de remedios – agregó sin mirarme.
 
Estábamos en una mesa externa de “La Sextana” de Banfield. Dos Absolut con hielo granizado y jugo de naranja, nos hermanaban. Algunos bocaditos salados, dispersos, me parecieron apóstoles en retirada, mientras atacaba, implacable uno, adornado por majestuosa aceituna negra descansando sobre su capa de paté de ganso, apoyados en la meseta plana de una tostada “extra large”. Yon vigilaba mi dedicación, de ojos entrecerrados,. No había decidido si seguir llamándolo Yon Eibar, después de los vascos que como les cuadra, hicieron silencio místico.
 
- Vamos en tren porque el auto quedó en Constitución – informó detrás de la copa. No hice comentarios porque en realidad debía empezar por discutir su decisión inconsulta. Resigné, por supuesto y partimos rumbo a la estación.
 
La combinación “franquera” de control de pasajes y gendarmes, en el acceso al andén, nos dejó perplejos. Antes, en la boletería, eludimos el “tacle” de cuatro chicos que “piden” en ventanilla. Una adulta, a la izquierda “de su imagen”, vigilaba el desempeño de “los recaudadores”.
Esto chicos ya no tienen y es posible no hayan conocido, la inocencia.
Nacieron en un momento equivocado de un tiempo equivocado, de padres equivocados y en un mundo equivocado. Además, tampoco pidieron ser traídos y van a resistir para no irse. ¿Donde podrían haber encontrado la inocencia, con esa imagen como posibilidad?.
 
Banfield luce, todavía, “fronteras abiertas”. Lomas ya esta alambrada entre los andenes dos y tres. Trenes rigurosamente vigilados y sin Lista de Schindler ¿para qué?,  si estamos en un ghetto de límites imprecisos. Algunos se dan cuenta y hacen la vista gorda.
 
Accedimos a la plataforma y el “balita” blanco y verde, propios colores banfileños,  llegaba deslizando algo tortuosamente su oruga de vagones. Las puertas se abrieron y los escasos pasajeros entraron decididos a escapar del calor, rumbo al aire condicionado. ¿Porque?…  por la intermitencia  de su funcionamiento, complicada con pasajeros ariscos que abrían las ventanillas para “dejar entrar el sol”. Es difícil ponernos de acuerdo hasta para sobrevivir. Marcha y la nave va.
 
Escalada sigue igual. Ni un peldaño más. Tanto arriba como abajo. Los puentes mantienen su condición de ratoneras, ahora de verano. ¿Cómo salís de la estación hasta las avenidas de cada lado, después de las diez de la noche, si tienes que caminar? Es un acertijo heredado pero, con este sol, esa figura queda lejos.
 
Igual, todo lo que sirvió en un tiempo te amenaza en el siguiente; por eso, mejor seguir “soplando en el viento”.
 
Lanús, que ya consolidó la venta ambulante en los dos puentes, el metálico provoca mayor flujo de adrenalina, debe ser por “los fierros”.
 
Dicen que “los fierros” los portan quienes autorizan la instalación ilegal, más la vasta fauna, donde se mezclan jerarquías de la corrupción: política, seguridad y legal, en esa fracción que todos llaman “territorio federal”; allí donde se mira y no se toca. Un indicador del repunte económico para estudiosos.
 
La reactivación, en Lanús, está en marcha.
 
¡Ah¡ y hablando de rigurosidades, los baños públicos de la estación, siguen cerrados, seguramente para conservarlos limpios. Mientras tanto ancianos, embarazadas, y discapacitados, por citar solamente a quienes deben resignar y no tienen escapatoria, adoptan la posición de loto, practican meditación trascendental, se hacen encima, porque para llegar a un bar cercano, hay que atravesar  “el desierto de los tártaros”, con avenidas inclementes que, para estas instancias, hacen las veces de carrera de obstáculos.
 
La rueda de la fortuna es más segura que suponer una llegada a tiempo, sin olvidar que, con el pasaje aprobado, se corre el riesgo de no poder volver al andén; linduras del país del “master “.
 
La solución probable y no explorada es la venta dentro del tren y los andenes, de pañales descartables para adultos a precio de fábrica, si es que quedó alguna.
 
Se cerró la puerta automática, detrás del penúltimo vendedor que, por horario concedido por otra mafia comercial, tiene tres minutos “para hacer el vagón” y dejar su lugar al que sigue; si no creen, consulten con Diego, que da sus “recitales” de diez a trece, donde la fusión no es infusión, pero si está autorizada; no es lo mismo “hacer la gala” en un local que sale de Temperley, que intentar cantar Arjona a pasajeros varones del ramal Glew.
Lo cierto es que ese domingo, los cantautores se tomaron franco. Los vendedores, no.
 
Por suerte Gerli, una suerte de Iquique, meca del truchaje demente, reúne a  los vendedores porque allí funciona la Aduana. La estación Gerli lejos de todo, permite ajustar las cuentas de cualquier manera.
 
Avellaneda es una cita trasnochada para compradores de hiper, nostálgicos de otras épocas; ahora se puede uno encontrar con Gardel a bordo de una jirafa, por repetir la postal que he contado otras veces.
 
Hipólito Yrigoyen impresiona. Supo ser un lugar de laburantes y fabriqueras y ahora, los edificios cantan silencios desde el pasado turbulento que se rifó.
 
Por fin Constitución, bajo los influjos de un maquillaje impresionante y restaurador. ¿Que será cuando suceda?, es parte de la gran pregunta, para mirar mejor la miseria de cerca.
A toda esta reflexión el vasco la compartió con una respiración acompasada, certeza de sueño breve, aunque no me engaña y menos cuando le da el sol en la cara.
 
- Vamos hasta Huergo, porque el auto está en lo de Raúl, un lugar seguro por el momento -,  consignó antes de trepar al 62 rumbo a la parada de la imponente Facultad donde se mide con cuidado. Curiosamente Estados Unidos, Carlos Calvo parecen un muestrario de ausencias y catálogo de abandonos.
 
El Alfa gris, custodiado por expertos, reclamaba atención. Mentiras. El dueño de casa comía enfrente, Puerto Madero con la espalda al río se defiende como puede. Le hicimos avisar que regresábamos en breve y nos fuimos.
 
La guardia de un hospital es para mí un escollo insuperable. Le ofrecí esperarlo en el bar de enfrente. Yon me miró de una manera que me hizo
bajar  la mia y luego la cabeza. Así, contando baldosas, gastadas por tanta pesadumbre, lo acompañé y oí las consultas, las explicaciones de las enfermeras, el informe médico, la entrega de una caja cuidadosamente envuelta, que Yon entregó sin que me enterara de que medicamento se trataba, suponiendo que lo fuera y luego, lo más duro, esa charla con Jorge que yo no quería compartir. Cobardías imposibles de repasar. Jorge me palmeó comprensivo y su voz balsámica, fue un canto explicativo de la verdad, una charla didáctica, que Yon escuchó atento, como si nada supiera. El enfermo dijo
 
- El Vaticano polemiza y pelea desde hace 20 años por el SIDA. Un pastor y un jesuita con asiento en Africa, dijeron que “los carteles de las famaceuticas (laboratorios), decidieron el genocidio en Africa al no bajar el precio de los medicamentos contra el SIDA. 29 millones, son los africanos en riesgo. Los laboratorios ganaron en el 2002, 517 millones de dólares” -, tomó aliento, algo a su alcance, todavía, para seguir.
 
- La Organización Mundial de la Salud en ese año consigna tres millones de muertos; 42 millones de contagiados y 11 millones de huérfanos, sólo en Africa. ¿Y que hizo la Iglesia en esos mismos 20 años? Recomendar castidad y sexo sólo en el matrimonio. Condenar el uso de preservativos. Combatir la educación sexual en las escuelas y hospitales, salvo pregonar su “paternidad responsable” y obstaculizar campañas publicitarias apuntadas a evitar la propagación del mal – La mirada verde en la cara aniñada, guardaba expectativas. Yon lo tranquilizó.
 
- Tus medicamentos se los dí al médico -, respiró aliviado. El vasco lo abrazó estrechamente, yo no. Jorge volvió a palmearme en silencio. Soy negro, me dije, pero mi vergüenza enrojeció lo que quedaba de la tarde, salimos, el milagro estaba cumplido. Velozmente buscamos Puerto Madero y la vaca seguidora, así se llama el lugar o algo parecido, el viaje fue silencioso. Llegamos y estacionamos el Alfa gris, caminamos la elegante disposición de los adoquines grises, nos recibió la azafata de turno que, como siempre ocurre, se quedó prendada de las largas y sedosas pestañas del vasco, nos condujo a la mesa de Raúl que portaba una hermosa camisa tenuemente amarilla, pantalón tropical claro y zapatos caramelo pálido, un dechado de elegancia, propia del ejecutivo responsable que es, lástima que cultive nuestra amistad, me digo, en tanto ordenó con voz grave.
 
- La panceta con ciruelas; el lomo envuelto en el cinturón de panceta y una buena dosis de Cabernet Sauvignon, Catena Zapata cosecha 2000 -, pensé en el precio de cada botella y se me desengachó la mandibula, me sentí sediento como nunca, atravesé la estepa arenosa de ojos cerrados, para encontrar a la mujer dorada; lo que ellos tenían que hablar, ya es otra historia.

-Verano de 2005

UNA AGRADABLE REUNIÓN DE AMIGAS*
 
    

Mi amiga Solange llamó para invitarme a salir el domingo. Pasó a buscarme en su automóvil y apenas subí me pidió que no sacara el tema del consorcio porque quería estar tranquila.
     – No te pongas nerviosa – le dije – que con las frenadas podemos ir a parar a la morgue o al cementerio.
     Llegamos a una confitería y apenas nos sentamos  comenzó a contarme los problemas que tiene con el mencionado consorcio como de costumbre y sin parar. No sé como hace para respirar.
     Luego continuó con su viaje a Roma e Israel, detallando emocionada todo lo referente a la religión católica, contó que el Papa la bendijo, habló de la sepultura de Juan XXIII y aseguró que el cadáver no se iba a descomponer y le pidió a Dios que le diera vida para cuando lo beatificaran poder volver nuevamente a Roma.
     “Con un poco de suerte – pensé – podes besuquear el cadáver del Papa.”
     También comentó que la bautizaron nuevamente en el Río Jordán.
     Después de este monólogo se acordó que yo estaba allí y me preguntó:
     – Y… ¿tus cosas como van?
     – Y… como siempre… – contesté, – igual.
     Y ahí terminó el encuentro, nos levantamos y nos fuimos. Todo concluyó hasta la próxima agradable y cordial reunión de amigas a la que tal vez dentro de poco me volverá a convocar.

 

*De ELI RAF.

Todo en toda*

Me luce más con una flaca
me luce más con una flaca no muy alta
me luce más con una flaca no muy alta
de enormes pechos

Aunque perderme todo yo
en una toda enorme
conlleva apabullante
                                 vahído:

locura pasajera.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*
Inventren Próxima estación: Morea.

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Monday, November 21, 2011

ESTACIÓN DUDIGNAC

InvenTren.

EL VIEJO TREN*

             Saludo a Count Basie
               y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

 
Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban
como a una aparición
                               de lo lejano
con los sueños y los ojos.
 
Por estas mismas vías,
atravesando barriadas
somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren
echando densas bocanadas
contra el cielo
como un duende
que va rasgando el silencio
con un eco dolido
de trombón y clarinete.
 
Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,
pasó como una estrella
repentina,
pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero
y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,
con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,
y como una exhalación
de lo innombrable.
 
Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
                   

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

 
El Sur (Dudignac)*

 
Podría abrir los ojos, encogerme de hombros, decir: “no sé qué estoy haciendo aquí”. Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña…
Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: “Dudignac”, una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió… Otra voz, no la primera, apuntó: “eso está en Europa, en Francia, en el sur”, y la primera voz, tranquila, replicó, “no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito… y bueno, también es una estación abandonada…” un silencio expectante, un leve carraspeo “de aquellas del Midland, ya sabés”.
Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero… supe.
Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta… No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en ésta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo…

El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar… Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estás líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa…

Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo… Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, sólo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.

Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas… Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.

Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí…
Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia… Tal vez sólo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es tan sólo una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita.
Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop
http://twitter.com/S_Borao_Llop

 

EL TREN PASA CON LA NOSTALGIA DE SUS PAISAJES*

El tren pasa con la nostalgia de sus paisajes.
La muerte siempre nos espía.
Aunque gire la moneda
una manzana nos deforma.
El silencio es duro y no entendemos su idioma.
… Nadie espera.
Penélope ya no siembra sus girasoles
en la punta de la colina.
Los tiene ocultos en el cielo de la boca.
Los pájaros aletean.
Son inmensas sus alas,
y comienzan a sangrar.
No dejes que se anulen las aguas.
Los viejos son puentes que se levantan sobre el río.
No preguntes.
Dios está cerca.
Nada es nada y aun no lo sé.
El tren pasa
desde su dolor,
nos dice adiós.

*De KIMANY RAMOS. kimanyramos@yahoo.es

PASAJERA*
          

- No me gustan las despedidas – había dicho mi amigo Luis.
Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva… Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que
alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.
         Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren – pensé – lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.
         Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa… Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas…
         Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.
         Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)
         Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró
impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.
         Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. “Esta es – pensé – una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado”.
         Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.
         Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados… Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza.
Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.
         Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano.
Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.
         Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.
         Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos.
No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento.
En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.
         Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.
         Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía  y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades.
Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.
El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad  y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.
Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas.
El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de
las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.
En cambio, sólo atiné a decir: “Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa” El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.
         Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad.
Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.
         Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado
catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el
tránsito engañoso de los trenes.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

Lo que Sucedió con el Comunismo que nos Llegó del Cielo,
Pegado en un Asteroide Comunista*

¡Caminemos bajo la lluvia!
Que tus ojos y tu sonrisa mojen mis botas
Hasta dejarlas inservibles.

Caminemos bajo las lluvias,
Y en mente escribamos
Sobre una estación ferroviaria.

¡A caminar bajo el Sol!
Que tu cielo y tus estrellas
Brillen para mis ojos
Hasta reventarlos en astillas gelatinosas.

Y a oscuras escribiremos
Sobre estaciones de tren,
Que nunca hemos visto
Ni imaginado.

¡A salir y andar corriendo,
Cobijados con el viento!
Que tu cuerpo,
Entre delirios de ausencia,
Me posea y me levante por las noches
Hasta desgarrarme.

A salir corriendo
Para que mi cuerpo
Sirva de alimento
A la hierba que se aferra a recordarte,
Y tus manos terminen de escribir
Sobre estaciones de un tren lejano,
al que nunca hemos viajado.

¡Caminemos batidos de tierra mojada!
Que la sangre que adorna tu rostro
Termine por ahogarme,
Y seas tú
Quien termine escribiendo
Alguna historia
Sobre la Estación Dudignac,
Aquella en la que nunca hemos estado,
Y que sólo conozco
Porque alguien quiere escribir sobre ella,
Como si se empeñara
En no entregarla al olvido,
Como yo me empeño
A no entregar aún tus caricias…

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Aunque ella nunca pueda decir adiós*
 
     
  

*Por Aldima. licaldima@yahoo.com.ar   

Hacer feliz a un niño, al menos por un rato, y complacerse con la fugaz medialuna de su sonrisa, era una de las mayores satisfacciones que la vida podía brindarle a Ezequiel Dudignac. La otra era enamorar a una mujer.
            Desde su más tierna infancia le había fascinado la actuación. Le gustaba disfrazarse durante esas tórridas siestas, cuando nadie lo veía, e interpretar delante del extenso espejo vertical del baño una nutrida galería de personajes, algunos copiados de los que veía en el cine, y otros productos de su primitiva invención. Durante mucho tiempo sostuvo el deseo de ser actor, hasta que para unas Navidades, una tía solterona le regaló un títere, cuya cabeza de plástico ostentara la adusta mirada de un Príncipe Valiente y su vestimenta a cuadros le otorgase la mayor de las elegancias.
A partir de ese día, su vida llegaría a ser muy distinta.
            Participó de diversos cursos de actuación, pero lo que capturó su atención durante su errático devenir artístico fue el teatro infantil. Desde que ingresó por vez primera en semejante universo, la magia lo capturó, especializándose en el manejo de los títeres, ese sutil e intransferible arte de proyectar el alma sobre una mano, recubierta por un personaje muy particular, cruza mística de muñeco y de duende, dueño de una personalidad intransferible, y como dijeran sus queridos maestros de entonces, “hasta podría decirse que están dotados de vida propia”.
            Sin embargo, aunque los títeres –y por extensión las marionetas- lo hubiesen hechizado, Ezequiel no se resignaba a permanecer detrás de la cortina negra de la titería, leyendo los textos impresos con distintas clases de voces mientras alzaba los brazos o los desplazaba a un lado y al otro –cuando de marionetas se trataba-. También gozaba paseándose por un escenario, a la manera de un singular clown, aunque sin el absurdo y clásico maquillaje, que nunca toleró. Y si bien gustaba de desarrollar personajes propios, no terminaba de definirse por alguno en particular a la hora de mantener una identidad histriónica. Por lo tanto, la actuación en su vida era un desliz. Lo novedoso, lo imprevisto, lo central eran los títeres.
            Por eso, cuando alguien le comentó acerca del Vagón Infantil que transportaba el tren a Carhue, Ezequiel ni lo dudó. Encontró la manera de entrevistarse con el encargado ferroviario del proyecto, le presentó una carpeta con diseños de futuros trabajos a desarrollar a bordo del Vagón, y en menos de tres meses recorría no sólo el conurbano, sino también otros pueblitos por donde pudiese circular la entrañable trocha angosta, departiendo sonrisas infantiles por dondequiera que arribaban.
            Sin embargo, Ezequiel no estuvo solo en el proyecto. Un tal Marco Cazzolonghi, arrogante mago con aires de seductor de telenovela, también se hallaba aguardando a que lo atendieran en la desolada sala de espera de una burocrática oficina del Ferrocarril Midland. Ambos trabaron un contacto instantáneo, fascinados ante la idea de llegar a ser compañeros en  un movilizante espectáculo infantil. Y antes de conocer una toma de decisiones por parte de los encargados del Ferrocarril, ya se habían puesto a idear un show en conjunto, repartiéndose los tiempos de entrada y duración de cada escena. Tenían estilos un tanto diferentes –Ezequiel era más tierno y cálido con el público, Marco sostenía una rectitud distante no exenta de simpatía-, pero ambos compartían las mismas ganas de inventar, producir, cautivar…
            Una vez instalados en el Vagón Infantil, se proveyeron de todo lo necesario para desplegar una gira creativa. Tan equipados estaban, que aquello hasta les parecía su segunda casa; sobre todo para Ezequiel, a quien su espíritu de aventura podía llevarlo hacia límites insospechados. Para Marco en cambio, aquello sólo era una gira; sabía que volvería a su casa en algunas semanas –si todo funcionaba como lo habían planeado-, por lo que no quería hacerse ninguna idea de pertenencia respecto del Vagón.
A diferencia de su compañero, Lalo se sentía feliz, animosidad que se transmitía a pleno en sus funciones, llevándolo a improvisar más allá de los textos –circunstancia que a Marco siempre le molestó un poco, tan ceñido él al formato de su presentación-. Allí comenzaron a reconocer sus diferencias: Ezequiel era una usina creativa que se potenciaba con cada nueva ocurrencia, dejándose llevar por su propia alegría, imaginando por su cuenta al inventar un parlamento inexistente para uno de sus títeres o crear una exótica danza aborigen para que imite y comparta junto a él en el escenario ese risueño coro de chicos que solía venirlos a ver cada vez que arribaban a la estación de turno. Imprevisibilidad que causaba las risas iniciales de Marco, aunque también generaba en él cierto efecto residual, muy parecido a la envidia; de la peor clase.
Aquí es tiempo de citar el otro ítem que siempre dejaba satisfecho a Ezequiel, y que generó un motivo de disputa impensado –y silencioso- con su compañero de show. Las mujeres lo perdían… Y eso era algo inmanejable, que le quitaba concentración, que lo alejaba de lo infantil de manera inexorable. Como Jeckyll & Hyde, cara y cruz de una misma esencia, el tierno clown que se ganaba el corazón de todos y el irresistible amante que se excitaba con toda mujer bonita que se cruzase en su camino. Pero lo más grave del asunto era lo que ocurría en el mismo trayecto del Vagón Infantil.
Al hacer las reverencias de rigor, sobre el final de cada espectáculo, su atención comenzaba a bascular de manera irremediable entre las iluminadas sonrisas infantiles y las palmas femeninas que lo ovacionaban; palmas que poseían un rostro que gesticulaba pidiendo “¡¡¡O-tra-más!!! ¡¡¡Y no jodemos más!!!”; rostros que él inspeccionaba de soslayo, con una precisión casi quirúrgica, sondeando quién era la madre más hermosa que había llegado hasta allí, acompañando a sus hijos para disfrutar de una tarde mágica……en todo sentido. Mujeres que hasta se acercaban a saludarlo cuando se bajaba del escenario, y cuyas siluetas él admiraba de cerca, desbordante de piropos para con esas cálidas mamás que reían con picardía al saludarlo con un beso, dejándole impregnado su perfume y un breve pero suave contacto con su piel, aroma cuyo recuerdo lo excitaba por las noches. Y cuando no se trataba de las madres, no faltaban tampoco las maestras jardineras.… Dicha particularidad le había hecho ganar el mote de “Tero”, ya que al igual que el ave autóctona, solía chillar en un determinado paraje –con una madre que se mantenía sobre el límite de la aceptación de sus propuestas, por ejemplo, recibiendo con ostentosa gala las seductoras virtudes del titiritero-, pero depositando los huevos en otro lugar –manoseando a gusto a una risueña pero provocativa maestra jardinera que se entusiasmara con la idea de conocer el Vagón Infantil con las primeras horas de la noche, cuando los chicos ya se encontraban desde hacía rato en sus respectivos hogares-.
Sin embargo, aquel oculto arte amatorio le era sutilmente boicoteado por Marco –con excusas más que infantiles en un principio-, para quien la envidia se había ido transformando en sólido ataque de celos imposible de dominar. Sólo que Marco era incapaz de pronunciar palabra alguna al respecto. Ni siquiera podía confesarse semejantes sentimientos a sí mismo. ¿Cómo era posible que Ezequiel tuviese tales habilidades, y a él ni siquiera lo registrasen? ¿Sería a raíz de esa distancia que se imponía a si mismo respecto del público? 
            Por su parte, Ezequiel sentía que su suerte respecto de las mujeres venía siendo esquiva desde hacía tiempo. Y aunque desconociese –o ni siquiera reparase en- los reprimidos sentimientos de Marco, sostenía que no era fácil encontrar la manera de seducir a una mamá o maestra jardinera delante de todos, menos aún proponerle delante de sus compañeras de turno, sus alumnos o sus hijos, que la esperaba más tarde, para “enseñarle a sus muñecos”… Si bien había tenido algunos éxitos, no eran los que él hubiera deseado. Aún recordaba a aquella espectacular tetona que lo sedujera hasta límites imposibles cerca de San Sebastián, que lo excitase hasta la locura al abrazarlo, demorando el contacto de su voluminoso pecho contra el suyo al despedirse, y que luego no volviese a verla más, aunque le rogase que acudiera sin falta al Vagón en las próximas horas. De más está decir que aquella noche no pegó un ojo; que deambuló por el Vagón a oscuras, movilizado por una intensa calentura; que Marco lo oyó insultar en susurros ante el moroso discurrir de la madrugada, pero que nada refirió al respecto al levantarse a desayunar…
            Y así anduvieron por las vías, con andar errante, hasta que al culminar la función en la parada Ingeniero De Madrid, pretenciosamente llamada Estación, su suerte quedó echada bajo la forma de una murga uruguaya, con un ciclista como testigo.
            Lo divisaron algunas horas antes, vestido de colores chillones, con unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular, pedaleando por sobre una vereda de tierra, paralela a la vía, y arribaron juntos a la estación. Alcanzaron a oír que le pedía indicaciones al encargado –en ausencia sin aviso del habitual Jefe- sobre cómo llegar hasta la Estación Dudignac. El empleado le señaló que cruzara el paso a nivel que se divisaba a pocas cuadras de allí, y siguiera por ese sendero, que mejoraba notablemente respecto de los Km. que ya había hecho desde 9 de Julio. Por el camino, podía divisar a lo lejos el puente de la Ruta Provincial 65, y más adelante, una cantera inundada donde solían avistarse biguas, garzas y patos. El ciclista le agradeció entusiasta y se tomó un respiro, bebiendo un buen sorbo de Gatorade, sabor limón, proveniente de su cantimplora.
            Estaba a punto de reiniciar la marcha, luego de quedarse a presenciar la entrañable función de Dudignac & Cazzolonghi, mientras éstos se disponían a realizar un último bis delante de los niños congregados durante la tardecita alrededor del Vagón Infantil, cuando un súbito estruendo musical los dejó paralizados. Con las últimas luces diurnas vieron surgir, atónitos, sobre un recodo de la vía, a una movediza y colorida murga uruguaya, que danzaba bulliciosa hacia ellos. Silbatos, matracas, trompetas y redoblantes atronaban el espacio cercano a la Estación, mientras un estridente coro entonaba una bonita prosa de Don Jaime Roos:    
 
“En el tumulto de los húsares de Momo
Encandilado por las luces de otro barrio
Aquel murguista saludando con su gorro
Se despedía como siempre del tablado”
 
            Grandes y chicos, negros y blancos, danzaban vertiginosos, contagiando su alegría, impulsando a los espectadores a seguirlos en su trajín musical sin pensarlo siquiera. El ciclista batió palmas con los brazos en alto, sin bajarse del vehículo, y rió con ganas cuando unos niños disfrazados de arlequines se acercaron para hacerle cosquillas con unos coloridos plumeros de papel. Saludó con las manos en alto a su alrededor, y mientras seguía riendo, se marchó pedaleando hacia el recodo de la vía por donde había arribado la murga.
 
“Que no se apague nunca el eco de los bombos
Que no se lleve los muñecos del tablado
Quiero vivir en el reinado del Rey Momo
Quiero ser húsar de ese ejército endiablado”
 
           
Al ver aquello, Ezequiel quedó fascinado. Su costado más histriónico lo impulsó a sumarse al baile, al salto discordante, al arranque danzarín. Sin embargo, antes de que pudiese dar el primer paso hacia el centro de la murga, emergiendo por entre los coloridos murguistas, una visión lo paralizó.
            Era una morocha de rulos que cortaba el aliento. Aunque carecía de atributos físicos exuberantes, su sensualidad privaba de palabra alguna que pudiese opacarla con una triste descripción. Vestía como una Colombina, en la mejor tradición picaresca italiana, intentando eludir los constantes embates amatorios de un Pierrot que danzaba a su lado, pero que a su vez flirteaba con cualquier otra muchacha que perteneciera a la murga……y que le fuera ajena también. Ezequiel, embutido en su clásico traje de clown farsesco –un tanto distinto al que lucían los recién llegados-, quedó atónito al registrar una sonrisa en los carnosos labios de la morocha, y dudó si tal gentileza le era destinada especialmente a él. Por si acaso, y para despejar toda duda, metió mano dentro de su improvisada galería de recursos y le dedicó una teatralizada reverencia, que ella pareció no contemplar, o sencillamente ignoró.
            Marco también notó la deslumbrante presencia de la Colombina, sólo que la importancia de la misma creció en la medida en que pudo contemplar el hechizo que aquella hermosa muchacha había ejercido sobre Ezequiel. Sus celos lo arrasaron sin piedad, ruborizado por la impotencia, a pesar de lucir sus elegantes galas mágicas. Deseó tener algún magnífico truco a mano como para romper aquel maléfico hechizo deseante, pero sólo pudo contentarse con la inmovilidad de su compañero, incapaz de acercarse hasta ella, más allá de que ejecutase sus habituales monerías teatrales.
            Marco decidió esperar. Por lo visto, la murga había llegado para quedarse, y su inquietante bullicio cirquero constituía un complemento ideal para rematar el espectáculo de magia del flamante Vagón Infantil. Y sólo después, cuando se alejara el público, habría que ver quién de los dos, el mago o el titiritero, brillaba más lejos del escenario.
            Ezequiel, siendo más “Tero” que titiritero o clown, ajeno por completo a su show habitual, sólo pensaba en la morocha. Azorado contemplaba cada uno de sus movimientos, sus contoneos, sus sonrisas… De pronto deseó que todo el mundo conocido se extinguiese delante suyo, y desaparecieran el tren, la estación, los niños con sus madres –para nada atractivas, desde hacía un par de minutos-, la función, la murga, para que allí sólo quedasen ellos dos, en plena soledad campestre, dispuestos a conocerse mucho más intensamente que cualquier otro vínculo que hubieran podido establecer en el pasado.
            A pesar de ello, se lanzó fuera del escenario, mezclándose con los bullangueros integrantes de la murga, evitando cruzarse nuevamente con la filosa mirada de ojos negros de la morocha y su enigmática sonrisa, a fin de no volver a quedar paralizado…
 

*   *   *
 
           
El eco de los últimos aplausos y ovaciones aún perduraba en sus oídos cuando el tren volvió a ponerse en marcha. El armado y desarmado del escenario para la función de títeres, magia y humor era un ejercicio tan aceitado que apenas les demandó unos minutos. Mientras tanto el Pierrot, voz cantante de la murga, negociaba con el maquinista un viaje gratis hasta Dudignac para toda la compañía, ya que la bañadera oriental que los transportaba desde hacía meses había padecido sus últimos estertores de muerte unas pocas cuadras antes de arribar a Ingeniero De Madrid.
Al oír esto, Ezequiel se entusiasmó. Sus ilusiones se proyectaron de inmediato hacia un futuro encuentro ferroviario con la Colombina. Marco, por su lado, satisfecho por su -¿mágica?- intuición, se aprestó a tolerar esos egoístas sentimientos que afloraban más allá de su voluntad, …¿o no?
Un único vagón de pasajeros quedó unido a la formación, mientras la locomotora realizaba las maniobras correspondientes para acoplar un par de vagones más, uno que transportaba cargas varias -entre ellas, una partida de alimentos que donaba el gobierno provincial para unos recién estrenados comedores infantiles-, y otro perteneciente al correo y las encomiendas. Ambos fueron acoplados junto al de pasajeros y el Infantil, cuyo par de ansiosos pasajeros, en absoluto cansados por la reciente función, deseaban reanudar viaje cuanto antes.
El silbato del tren retumbó en la noche, mientras el potente faro de su morro desgarraba las tinieblas rumbo a Dudignac, y se oía el clásico golpe metálico de los vagones al iniciar la tracción. La noche prometía ser muy cálida para desaprovecharla yéndose a dormir…
Lalo tomó a uno de sus más preciados y entrañables personajes, el títere que en cada show presentaba como “el Caballero Mano de Fuego” –su mejor carta de presentación, sobre todo cuando lo embargaba un súbito acceso de timidez-, y avanzó hacia el vagón de pasajeros, con cierta incertidumbre pero miles de mariposas aleteando a lo largo de sus arterias, concentradas en su abdomen. Marco no quiso quedarse atrás, y sin que Ezequiel lo notase, provisto de la galera, la amplia capa negra y su gloriosa varita mágica, le siguió los pasos.
Al hacer su entrada, Ezequiel saludó en derredor, bromeando al pasar, contagiándose de la perenne bulla que emanaba de aquel simpático y heterogéneo grupo de gente. Así, fue acercándose hasta donde se hallaba sentada la Colombina, quien al ver al “Caballero Mano de Fuego” a la altura del hombro del titiritero, sonrió complacida, sin perder el aura misteriosa que la rodeaba, y le acarició el cabello rubio de lana con el dorso de su dedo índice. Ezequiel emitió un sonoro y trémulo falsete, dando a entender un imprevisto acceso de pudor, mientras el “Caballero Mano de Fuego” se volvía sobre su eje para ocultar el rostro contra la camisa de Lalo. Todos rieron complacidos.
Hasta que Marco interrumpió la escena, adelantándose al exclamar:
-¡Rescataré a este valeroso príncipe de las malditas garras de la vergüenza! -, convirtiendo su varita mágica en un precioso ramo de flores, que solícito le entregó a la morocha como regalo, ruborizándose hasta las orejas, pero contemplándola con mirada dura y distante.
Ella le agradeció el gesto con aire ausente, casi indiferente, como si el mero hecho de haber nacido hermosa, con los años hubiera llegado casi a fastidiarla.
La competencia establecida con ese imprevisto ramo de flores no se le escapó a Ezequiel, quien sintió una profunda y súbita decepción ante la fría acogida de la Colombina respecto del “Caballero Mano de Fuego”. Al mismo tiempo, deseó eliminar de inmediato a su compañero de tareas. “Pero, ¿qué te pasa?”, pensó para sus adentros. Y como cada vez que se encontraba en un mal trance, apeló a uno de sus mejores amigos para que lo defienda:
-¡Pero que inoportuno es este mago! -, exclamó la contagiosa voz de falsete del “Caballero Mano de Fuego”. -¡Siempre aparece con un antiguo truco de cuarta para estropearme la función!
Más risas murgueras, incluida la de la morocha. Sólo que entre las miradas de Ezequiel y Marco volaban letales dardos imaginarios.
            -Quizá nuestro príncipe necesite compañía esta noche -, sugirió el mago, y con un certero y veloz pase de magia hizo aletear una paloma blanca entre sus manos.
            Una exclamación de sorpresa se extendió a su alrededor, mientras estallaban los redoblantes, y la paloma revoloteaba inquieta para posarse sobre uno de los hombros de Marco. Aquello era competencia desleal.
Ezequiel frunció el ceño y subió la apuesta, olvidándose de su compañerismo, sin pensar en nada.
            -¡Prefiero la compañía de unos hermosos ojos negros, Cruel Hechicero de la Noche! -, lo desafió el mismo falsete anterior, extendiendo el brazo con elegancia hasta que los rubios cabellos de lana del “Caballero Mano de Fuego” rozaron la tersa mejilla de la Colombina, quien de súbito –sin dejar las flores ofrecidas por el mago- entrecerró los ojos con dulzura, volviendo a elevar su mano para acariciar aquella tierna cabecita de papel maché, esta vez con varios de sus dedos, gráciles y sutiles.
Sólo que Ezequiel, por una cuestión de profundo orgullo, no podía apartar la vista de Marco. Como si allí mismo, de manera impensada minutos antes, se definiese su mutuo y futuro acontecer laboral.
            -Si lo que deseas es conquistarla, te hará falta mucho amor -, y acto seguido, Marco hizo aparecer de debajo de su capa negra la inconfundible silueta de un corazón de chocolate, envuelto en un brillante papel colorado, que inmediatamente le entregó a la Colombina.
Ovaciones y aplausos, más el estallido de un platillo. La situación estaba complicada. Conocía la mayoría de los trucos que Marco desplegaba en su show –muchos otros que mantenía en secreto también-, y sabía que no podría competir contra él……a menos que cambiara las reglas de juego.
-Sólo un acto de valentía puede conquistar a una dama -, exclamó, estridente, el “Caballero Mano de Fuego”, apostando todo en una sola mano. –Y ese acto es el de mostrar las habilidades varoniles más intensas que cada uno posea.
Silbidos de entusiasmo, procaces ovaciones y sonidos de trompetas atronaron el vagón, para beneplácito de la sonriente Colombina –gozosa con el simpático duelo-, a quien algunos de sus compañeros murguistas rodearon en un teatral abrazo, a modo de bandeja que la sirviera para el ganador.
Marco tembló, ignorando hacia dónde correría el “Tero”. En estas lides, delante de una mujer, Ezequiel sabía actuar mejor que él. El corrosivo ácido de la envidia le roía las entrañas. Sintió por un instante que el combate, la noche, el mágico e ilusorio proyecto del show de Vagón Infantil se esfumaban en apenas unos segundos de irrupción erótica. El dolor y la furia fraguaban en su interior. La ambivalencia no lo dejaba pensar.
Ezequiel se impacientaba al experimentar sensaciones similares. Le resultaba incomprensible que su mejor compañero de shows hasta la fecha pudiera hacerle una escena de celos como ésta. Pero también recordó que Marco era un hombre, además de mago. Y que jamás le había conocido una pareja, estable u ocasional. “Cosas del destino”, se consoló a sí mismo, minimizando el posible dolor del otro. Pero sabía que era un engaño.
La murga bullía, expectante. La morocha los miraba alternativamente, pendiente del resultado, atraída -sin querer admitirlo- hacia tal original rivalidad en su honor. De nada valía conocer cuál era el as en la manga que podía ocultar cualquiera de los dos; y sin embargo, el suspenso aumentaba.
Hasta que el redoblante se dejó oír en demasía, y Marco estalló:
-¡Está bien! -. Y el tamborileo del redoblante cesó con un estruendo de platillos. –Si hay que demostrar habilidades, ¡pues que así sea!
Con un grandilocuente gesto teatral, ajeno a su persona, se cubrió la mitad inferior del rostro con su brazo izquierdo enrollado en la capa, mientras con su mano derecha se golpeaba apenas la cabeza con un extremo de la varita. Acto seguido, desapareció.
Un ahogo de asombro enmudeció al vagón, que contuvo el aliento, disipando cualquier sonrisa. Ezequiel quedó perplejo por un instante. “¡¿Cómo lo hizo?!”, chillaba una voz dentro de su mente. Hasta que con su último resto de cordura, conteniendo a duras penas una lengua vacilante, proclamó:
-¡Un aplauso, señoras y señores! -. El sonido de su propia voz lo sorprendió tanto como a los demás. -¡He ahí a un artista que sabe salir limpiamente de escena! -. Y con un murmullo apenas audible, sin poder reprimirse, agregó: -Y a un hombre que conoce sus propias limitaciones.
Los aplausos fueron muy trémulos, esporádicos, hasta que luego de unos instantes estallaron privilegiados, comprendiendo que se hallaban en presencia de un show nunca antes visto. Sólo que sus propios artistas lo desconocían hasta entonces.
            La Colombina se puso de pie, reponiéndose de la sorpresa, tomó la mano libre de Ezequiel entre las suyas, obligando al titiritero a regresar a la realidad, y le rozó los labios con los suyos. La murga explotó en un solo grito, liberando la tensión. Ezequiel parpadeó, incrédulo, como si aquello no fuese lo deseado. La morocha se hizo a un costado y besó en la nariz al “Caballero Mano de Fuego”, que tembló con vida propia en manos de Ezequiel, sin que éste pudiese articular palabra. Entonces ella, reteniéndolo con ambas manos, lo condujo fuera del vagón. Un malévolo coro de murguistas le deseó buena suerte, riendo y aplaudiendo a la vez.
            El silbato del tren se dejó oír, como proviniendo de otras épocas. La velocidad de la locomotora pareció disminuir. Algunos solitarios focos de la luz iluminaron brevemente la semipenumbra del pasillo, junto a los escalones del vagón. Ella le rodeó el cuello con los brazos, lo besó con la boca abierta, beso que Ezequiel apenas tuvo el impulso de responder, y le dijo con un tono áspero y sensual:
            -Es la primera vez que me seducen con magia. Pero como ya lo dijo el poeta, el único paraíso posible es el paraíso perdido.
            Dicho lo cual, el tren aplicó los frenos, deteniéndose en la Estación Dudignac. Ezequiel, desconcertado, sin ser él mismo desde la desaparición de Marco, giró la cabeza hacia el exterior. Más allá del andén divisó un almacén de ramos generales, digno de ser confundido con una pulpería; el pueblo parecía haberse detenido en el tiempo. La sensación de irrealidad se tornó aún más punzante al descubrir la insólita presencia de un ciclista pedaleando al cruzar bajo la solitaria luz de otro foco. El “Caballero Mano de Fuego” volvió a temblar con vida propia. Un súbito escalofrío lo adosó contra la pared del vagón. “¿Qué me pasa?”, alcanzó a preguntarse Ezequiel, sin darse una respuesta, aunque sintiéndose víctima de un ignominioso hechizo. Las manos de la Colombina yacían ardientes sobre su nuca, los ojos negros clavados en los suyos, a la espera de algo más, aunque sin animarse por el momento.
            Entonces, quebrando aquel maléfico hechizo como un cristal, el movedizo cuerpo de la murga arremetió contra ellos, obligándolos a descender a tropezones en una contracturada danza, mientras entonaban otra pegadiza rima de Don Jaime Roos:

“Era una retirada
Que al despedirse quiere regresar
Se va, se va la murga
Aunque ella nunca pueda decir adiós”
 
          
 Ezequiel trastabilló, a punto de perder el equilibrio al llegar al andén, sostenido apenas por el anónimo abrazo de la murga. La Colombina reía, secundada por Pierrot, quien la cortejaba burlescamente mientras bailaba a los saltos a su alrededor; “Nuevamente la Princesa se perdía entre la gente”, canturreó Ezequiel, recordando la rima murguera. Por un instante, aquel sentimiento de extrañeza lo abandonó, aunque no lograba sacarse de la cabeza la cruel imagen de Marco desvaneciéndose en el aire.
            Y aunque le era imposible recuperar la sonrisa, o aquel tórrido sentimiento de seducción que lo embargara al calzarse a su preciado “Caballero Mano de Fuego” a bordo de su entrañable Vagón Infantil, su corazón se agitó trémulo –con un sentimiento de pérdida mucho más incisivo que el experimentado por el alejamiento de la morocha-, mientras la murga se alejaba en la noche rumbo al pueblo, al escuchar aquella esperanzada rima de Don Jaime Roos, una vez más:
 

“Que no se apaguen las bombitas amarillas
Que no se vaya nunca más la retirada
Quiero cantarle una canción a Colombina
Quiero llevarme su sonrisa dibujada”

 

*

Inventren Próxima estación: MOREA.

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Posted by URBANOPOWELL in 02:37:35 | Permalink | Comments Off

EDICIÓN NOVIEMBRE 2011.

TRES TEOREMAS FUERTES*

Teorema 1: del proceso de liberación

El proceso de liberación no es placentero.
El proceso de liberación es doloroso:
Abre tus venas y te muestra que la sangre que corre no sólo es tuya,
Y muchos más antes que tú se han desangrado.

El proceso de liberación te muestra
Que a pesar de tu estúpida felicidad,
No eres libre.
El proceso de liberación te muestra
Que no sabemos qué es la libertad…

Y sólo los cobardes prefieren su inútil felicidad,
Pues sus corazones se amedrentan en sólo pensar
Que pueden vivir un proceso de liberación.

El proceso de liberación nos pone de frente
Ante el proceso histórico donde las relaciones de explotación
Ponen su pie sobre nuestras espaldas.

Y sin embrago,
El proceso de liberación debe darse,
Debe nacer en nosotros:
Sucio, áspero y para nada placentero…

El proceso de liberación se hace maravilloso y creativo
Si la ilusión por construir una identidad propia
(esa etérea fuerza que desconocemos dónde radica),
Alimenta y resana los cuerpos que han transitado el difícil comienzo
De un proceso de liberación.

Teorema 2: del cómo mirar tu sonrisa con calma

La ciudad me devora.
Me cubre con sus asfaltos,
Convierte mis piernas en apéndices suyos:
Me devora.

Su lluvia me ahoga.
Disuelve mi piel
Con el más dulce dolor
Que hay en sus sueños,
Me hace prisionero
De mi propio cuerpo:
Me devora.

Esta ciudad,
Acostumbrada al deambular
De los cuerpos sucios,
De los niños sin ropas:
En verdad me devora.

Toma mis venas y corazones
Y los mezcla con sus edificios,
Nos convierte en una masa
Informe y pestilente:
Me devora.

Teorema 3: el teorema de la redundancia

No te prometo el cielo,
Tampoco te prometo el infierno.

A lo único que llego,
Es a poder ofrecer mis manos.

No te ofrezco el día
Ni la noche,
Y mis manos
Sé que no son gran oferta.

Disculparás lo poco que prometo,
Pero aseguro
Que puedes hacer
Con ellas lo que quieras:

Puedes limpiar tus lágrimas,
Adornar tus risas,
Caminar con ellas entre tus manos…

Y lo más importante de todo:
Puedes contar hasta el número veinte,
En el momento que así lo decidas.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

 Sueño # 324. cub *
  

*Por Emilio Mozo.

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en el aeropuerto. “Seguro que se ha perdido”, dijo mamá sin convicción. El único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo de encaje heredado de la tía Carmelina.
Anuncian el descenso.
Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo. Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.
Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables. Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira sin demostrar ninguna emoción.

Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes. Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un individuo de seguridad:

- Juear go?

El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y finalmente me pregunta:

-Where do you want to go?

Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro “ábrete Sésamo”, y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo, aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote: es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.

Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos–. Repetición incesante. Silencio

Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si fuera a pronunciar un sermón:

-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en español. ¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿quién más vive en esta casa?

Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre, le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante atareado mañana. Good night.

Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno… dos… tres…

Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo. Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero. Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy observándolo todo desde el pasillo.

-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado (2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).

*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1034%3Asueno-324-cub&catid=81%3Apuro-cuento&Itemid=198

 

 EL BAUL DE “CHIQUIN” CANTONI*
 
     

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

      La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien todos llamaban “Chiquín”, y a quien conocí en la otra casa que tuvo la chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.
            En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus visitas, a la chacra de Domingo –como el gustaba decir- llevaba la escopeta y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva construcción estuviera  a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos metros por ese  campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por algunos escasos árboles –sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi padre “casa nueva”, cuya primera aproximación visual eran esos grandes árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y verde con sus jugos refrescantes.
            Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de los Bivi.
            En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña María, el sobrino de ésta, el inefable “Pichón” Bucelli y también “Chiquín”, que era tratado como si fuera de la familia.
            A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según  relato de mi padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de voluntario en la primera guerra, y me consta porque “Pichón” me acercó hace poco documentación que así lo certifica.
            Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.
            Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca “suiza” que guardaba en una vieja y despintada lata de té “Tigre” era toda su pertenencia.
            En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa, recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.
            Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don Marcos Markicich que estaba a la  entrada del pueblo y volvía al anochecer, absolutamente borracho.
            Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro. Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don “Chiquín” Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de  aquel cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca regresaron.
 
 

variedades verdades*

*

Escucho tus quejas por el vil metal
Como una niña con ojos sin parpadeo
Muñeca inflable destartalada
Por la creencia de ser amada.-

*

De ahora en más
No voy ha pensar en vos
Ni me voy a preocupar por tus sentencias
Esas que me hacen cobarde
Intentaré no ser sumisa en tu presencia
Ni ser la sombra de tus deseos.-

*

No me contamino
De tu impaciencia
Y no me halagan tus bostezos
No me achico ante tu necedad
Ni me muero si te vas.-

*

Las criticas del criticón
Se pegan en la piel de la mujer
Como lanzas del medioevo
Quieren violar la singularidad.-

*

El proyecto de él
No es la aspiración de ella
La seguridad de aquel
Es peligrosa para ella.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LOS OJOS DE TU MIEDO*
 

Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto mas encima del cielo”
MIGUEL DE CERVANTES
 

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que la puerta permanezca cerrada.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un bumerang.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.
 
Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.
 
Una cobardía  de vida se escinde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.
 
Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes…
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes
 
Son menos peligrosos que tus miedos

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VOZ*

 

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.
Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque  su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber las causas, simplemente lo catalogaron como el “raro”.
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y salir a la calle.
 La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato. Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión  que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz: 
-  ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
–    No necesitas gritar, estoy en ti.
-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo movimiento.
- – No me abandones ahora, por favor, – imploró moviendo sus manos como  queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo. Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu juego.
  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. – le susurró la voz al oído pero no la escuchó, esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes que siempre habían permanecido separadas.

DON PERICO*

A Pedro J. Jaunarena Oharriz,
nacido en 1885, en Iturren, Navarra

a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,
amigo y notable pepiniano, fallecido

Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado el ‘Pajarito Investigador’, que su afición a la locución fue por causa de Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás, último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.

El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro. Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado. Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don Perico, periquín a escucharle…

En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.

Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez y González.

Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador. Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde le vino el bastón de color aceituna.

A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos. El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del pasado.

El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí, con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.

*De Carlos Lopez Dzur.  baudelaire1998@yahoo.com
http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html

Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra…
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.

Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.

Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra “comunismo”,
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto…

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

EN EL CENTRO DEL MIEDO* 

 
Sabes amor, creo que ha llegado el olvido
Trae  su carro cargado de estiletes.
No me muevo ni muestro el centro  de mi miedo
Arden los leños,  el ojo piensa y la espalda descansa.
 

Ninguna golondrina  ha de regresar a su nido.
Se aleja la rivera y el camaleón se acerca
Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines
Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.
Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.
 
Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.
Y la lluvia  agoniza en las líneas de tus ausentes manos.
La abeja aun no dice en que orilla  está el néctar y donde la cicuta.
Nadie me ha enseñado cual  es el horizonte  de tu olvido
Tengo la forma que me han dado sus manos.
Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.
Y crece la pena y renueva el latido.
Temblorosa, se enciende la latitud del viento.
Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.
 
Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.
Países tan azules y pliegues en la almohada.
Y tus olores  y tus silencios y tus vahos.
 
Sabes amor, creo que ha partido el olvido.
Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.
 
 
*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sín título*
 

Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran, cambian de lugar.
 
Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más cálidos.
 
Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.
Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder sostenerse.
 
Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.
Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo que habían descubierto.
 
Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.
Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que había descubierto.
 
Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.
 
Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.
 
Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.
 
Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.
 

*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com
Santa Fe

¿Qué es el libro electrónico?

*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com

Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.

¿La revolución está aquí..?

En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.
Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya?   Las oportunidades hacen al cambio.

Primer síntoma de cambio:

Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.
Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.
Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar
adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.

Segundo síntoma:

En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de 2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales
duraran tanto (.)  El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet, concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos ejemplares en papel como  pedidos remotos se hayan formulado a través de la red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase
presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:

Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que impresos!

Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de 2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como Amazon, Apple y Barnes & Noble prosperan debido a su mercado de e-Books, editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en
bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad
resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro- ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos
digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple Bookstore, Barnes & Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la edición es prácticamente automática porque depende de una serie de operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de
librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red. Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.

Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.

¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital, donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la
novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un 50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449 metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el futuro?

Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica… ¿Increíble, no?

Oferta de mis libros electrónicos:
Tierra Regada
Cuerdas – El piquete y otros poemas
Avisos y señales – Poemas del amor que vence a la muerte

Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro sobre margen derecho.
O a través de la editorial eMOOBY:
http://www.emooby.com
O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y accediendo a más de cien librerías virtuales.

ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*

Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo

El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.

El tren   desarraiga su sollozo  en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.

El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

*

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FANTASMAS VESTIDOS CON LETRAS…

Bajo la alfombra*

Todo el mundo sabe
que a los poetas los carga el diablo.
Por eso todo el mundo
mete a sus poetas bajo la alfombra
cuando vienen visitas
o los encierra con llave
en una habitación sin fondo
a ver si hay suerte y al abrir la puerta
han desaparecido para siempre
tragados por los bosques de arena
o bifurcados en las intersecciones
de los puentes heptagonales.

Pero toda precaución es poca:
A través de alfombras y paredes,
de océanos y siglos, de barrotes,
la palabra se expande, primavera
de voces desgajadas por el valle,
río de aguas voraces que se acerca,
feraz enredadera trepándose a los muros,
penetrando ventanas, expandiéndose
por el aire de todas las estancias
y estallando en rotundas espirales
que estremecen lámparas y muebles
en nombre del poeta sepultado
bajo perversas lápidas de olvido.

-De Por si mañana no amanece
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/

FANTASMAS VESTIDOS CON LETRAS…

LA FELICIDAD COMO DEBER*

     Tenemos, dicen, el deber de ser felices.
     Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad
pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.
     Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso,  segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.
     Debemos ser felices.
     Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.
     Tenemos el deber de ser felices.
     Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.
Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento
gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.
     Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.
     Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.
     Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.
     Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.
     La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.
     Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.
     En “El Zoo de cristal” Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un
destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.
     Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.
     Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.

 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

SORDO MURMULLO*

Quieto el horizonte
verde a lo lejos,
y las sombras esperan colgadas de árboles
enhiestos

Sordo murmullo
colapsa el tiempo, escondido en lóbregas grietas,
agónico ve pasar fantasmas
y las caravanas de otras épocas,
cuando el sol
entibiaba dulcemente las praderas
y las ilusiones salpicaban de colores los sueños

Eran otras épocas

ajenas a los temblores

y al miedo ajenas

Quieto el horizonte aguarda un suspiro en la montaña,
y el clamor de paz desde el centro de la tierra,

donde el enigma del mundo aún no resuelto,
desgrana lamentos

y los ojos sordos
y los oídos ciegos.

Quieto el horizonte
negro a lo lejos.

*De Ruth Ana López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es

 

NOVIEMBRE DEL ’81 *

Escribí esta crónica hace 5 años, de modo que donde decía “veinticinco años después” ahora debe leerse “treinta años después”. Por lo demás, creo que el aniversario al que se hace alusión aquí bien vale volver a compartirla.
 

Crónicas del Hombre Alto (n° 24)
 
    
 En noviembre del ’81 yo era un adolescente muy flaco, muy miope y muy introvertido. Un solitario de 16 años cuyo rostro aniñado permanecía semioculto detrás de un grueso par de anteojos. Un alumno destacado que veía mucha tele, resolvía crucigramas y encauzaba sus dotes musicales sacando canciones de oído en un órgano “Fun Machine”. 
    
       En noviembre del ’81, si bien manejaba una cantidad considerable de datos sobre el mundo, no sabía casi nada de la vida, aunque a veces sentía que sabía casi todo. Poseía más certidumbres que dudas. Creía en Hollywood y en la revista Gente. No entendía hasta qué punto todo discurso implica necesariamente una manipulación de la realidad. Sobre varias cuestiones pensaba que los malos eran los buenos, y viceversa. No imaginaba que, en apenas un par de años, mis opiniones acerca de unos cuantos temas darían un vuelco de 180 grados.
     
       En noviembre del ’81 mis proyecciones sobre el futuro eran vagas. Las más concretas llegaban sólo hasta el año siguiente. 1982 iba a traer consigo tres acontecimientos relevantes: el final de mi escuela secundaria, el Mundial de España y el viaje de Quinto a Bariloche. Que cinco meses después la Argentina entrara en guerra con el Reino Unido, por supuesto, quedaba fuera de cualquier previsión, incluso para alguien fantasioso como yo.
    
      En noviembre del ’81 había empezado ya a formularme algunas inquietudes filosóficas acerca del sentido de mi presencia en este planeta. Pero, más allá de esas primeras reflexiones sobre el ser y la nada, mi gran angustia existencial estaba dada por tener que digerir el reciente descenso de Colón.
     
     En noviembre del ’81 no se pasaba rock nacional por las radios y yo le guardaba un inexplicable recelo a la música cantada en castellano. Estaba a años luz de ciertas voces, ritmos y sonidos que, pocos años más tarde, ayudarían a ampliar mis horizontes auditivos para siempre. Escuchaba a Alan Parsons, Supertramp y Queen… pero también a Abba y a Village People. 
    
       En noviembre del ’81 no había visto ninguna película de Woody Allen, “Brazil”, de Terry Gilliam  todavía no me había volado la cabeza, y no había experimentado tampoco el nudo en la garganta de cuando la bicicleta de ET levanta vuelo recortada contra la luna. Eso sí, los Superagentes me parecían geniales. 
    
      En noviembre del ’81 aún no había descubierto la obra de Cortázar. Ni siquiera había perdido todavía mi virginidad mental leyendo “Sobre héroes y tumbas”. Agotados hacía tiempo los clásicos infantiles (con el maravilloso Julio Verne a la cabeza), mis lecturas de entonces se concentraban en los ovnis y los fenómenos paranormales. Aún ignoraba que los misterios más apasionantes del universo no se hallan fuera del alma humana, sino precisamente en su interior.
     
      En noviembre del ’81, yo no era escritor ni soñaba con serlo. Lejos en el tiempo había quedado mi hábito infantil de garabatear cientos de hojas redactando crónicas de partidos de fútbol, intentando emular el estilo periodístico de la revista “Goles”. Atrás también había quedado mi efímera incursión de los 11 años por la ciencia-ficción, plasmada en una novelita llamada “Aventuras en las galaxias”, cuya escritura me había proporcionado una apasionante diversión veraniega.
     
      En noviembre del ’81, sin ninguna causa específica que lo justificara, sentí el impulso de poner por escrito alguna de las tantas historias imaginarias que solían poblar mi ajetreado mundo interior. E, influído quizás por la reciente lectura de “Los bufones de Dios”, de Morris West, tomé un bloc borrador y, empuñando una Sylvapen 78 -que aún conservo como reliquia- me largué a escribir una novela plagada de clichés best-selleristas y lenguaje de serie policial de TV, con espías de la CIA y de la KGB enfrentándose en tierras australianas, pugnando por llegar primeros al inhóspito sitio donde ha caído un satélite que, aparentemente, viola los tratados internacionales sobre armamento nuclear.
     
       No recuerdo cuánto tiempo me llevó escribir tamaño engendro, pero estimo que a fin de año la historia (a la que nunca puse título) estaba terminada. Sí recuerdo, en cambio, que me encantó escribirla. Sí recuerdo, también, que ese verano le comenté muy seriamente a mi amigo Patricio que, en adelante, me pondría a escribir cuentos, “porque escribir una novela cansa mucho”.
    
       Nunca, desde entonces, abandoné esta inefable tarea de perseguir infructuosamente fantasmas vestidos con letras. Es cierto, me tomó algunos años descubrir que la de escritor era la condición que mejor definía mi ser esencial, y me tomó algunos más poder asumirlo frente a los otros con naturalidad, pero esto no le quita a noviembre del ’81 su categoría histórica de fecha fundacional.
    
      Treinta años después, aún sigo ordenando palabras. Y aunque, en cierto modo, extraño ese irrecuperable candor de los inicios, aunque a esta altura ya no creo que alguna de mis obras vaya a alterar la historia universal de la literatura, aunque la distancia entre el escrito imaginado y el pobre resultado obtenido sea casi siempre abismal, cada vez que estoy terminando de corregir un texto vuelvo a experimentar ese cosquilleo, esa ansiedad. Y, una vez más, siento que es en esos momentos cuando soy más yo que nunca.
     
       Razón más que suficiente, me parece, para dedicarle estas líneas a aquel adolescente que, en noviembre del ’81, empezó a construir mi lugar en el mundo usando tan sólo una birome Sylvapen.
 
 

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernanrdo@fibertel.com.ar

Pensamientos  literarios*
 

Sentada frente a la ventana de la biblioteca, la bonita joven se dejaba llevar por sus divagaciones.
Pequeñas volutas celestes parecen disparar de sus ojos. Las empujan los pensamientos profundos, agudos, insondables.
-¿Qué puto vestido me pongo?- El negro está manchado, el rojo lo presté a Juli.
-Hum…podría ser la pollera gris y el top verde.- Ya está- Le pediré las botas a Pachi.- Huff, tengo que comprar champú ¡que horror!.
Los libros, en los estantes, temblaron ante el preciosismo del pensamiento. No podían con todos esos verbos exquisitos.
A Saramago y Cortazar les brotó sarpullido, Alfonsina  miró a Horacio con dolor,
Lorca ,Blainstein, Galeano, se arrimaron más, tratando de infundirse valor y arengando a los demás genios de la pluma a cerrar sus tapas y dormir, soñando, tal vez, con sus poemas o frases inmortales. Y perdonando a esa tonta lectora que se perdía en sus escasos recursos imaginativos.
 

*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar

Cucu*

cucu: del latín cucuchan especie animalis, genero femenino, dícese de una diosa que bajo del Olimpo para llevar a los nativos de lugar el fresco  color de sus ojos de cielos. 
Del griego cucuchan, cachuchan ,  especie angelus proveniente del Monte de Venus, se identifica por sus vellos cabellos castañun  arboreus tupidusm  y enruladusmm

Del turco. Cucu  dícese de una comida afrodisiaca a base de cucurucho, cuclillas , cuchufleta y chabomba, ideal para las noches  cachongas.

Del ruso kuckshak baile típico de la estepa de Rusia, sus movimientos armónicos y flexibles provocan un efectos de relajación.

Del Perú, cucu, cuquini y Cucufate, cosmético ideal para mejorar las arrugas. A base de flores de Santa Teresita, de aceite de Lubor y esencias de Aquilina.  
Del español cucu, dícese de la mujer de un gato Félix característico de la tierra madre. Su unión en pareja es perenne. Su fertilidad es fecunda y duradera.-. 

-Para mi hermana, que le dicen cucu en su cumple, Con la mejor onda y esprimiendo la cucuzza ja.

*De Azul. azulaki@hotmail.com
octubre 2011

El estornudo de una mosca (Kagelmüsik)*

 *Por Juan Forn

El niño Mauricio Kagel se cansó de que en la escuela y en las casas de sus compañeritos le dijeran que no había nacido un día cualquiera (su cumpleaños era el 24 de diciembre). Finalmente encaró a su madre y le preguntó: “¿Qué más pasó el día que nací?”. La madre le contestó: “Las mujeres no suelen leer el diario en la sala de parto”. No se piense que mamá Kagel era desamorada con su hijo. Todo lo contrario: la casa de los Kagel rebasaba de libros y revistas y diarios viejos (papá Kagel fue toda su vida librero,
editor, imprentero, leía hasta en la ducha, literalmente), pero mamá Kagel se las arregló para hacer entrar un piano en el atestado living de la casa y también un violoncello; y además, profesores particulares de ambos instrumentos, nada de Conservatorio para Mauricio: la madre quería que el
hijo se fuera inclinando naturalmente al instrumento con el que tuviera mayor empatía. Hubo también un arpa, después de que mamá Kagel viera una en la vidriera de la Casa Ricordi, un día que paseaba con su hijo, y convenciera a los empujones al pequeño Mauricio para que se colara en la vidriera y “sintiera” el instrumento. Es una escena sin par: el niño flequilludo y encorbatado acunando un arpa en la vidriera de Ricordi, contemplado por su madre con absoluto embeleso. Algo ve el hijo en los ojos de la madre en ese momento que hace completamente anecdótico el hecho de que abandonara las lecciones de arpa a los pocos meses y que después dejara el violoncello y años más tarde el piano y años después también el país, para irse a Alemania a los 27 años a inventar una nueva especie de música.
Mauricio Kagel fue un argentino de extramuros. Uno de esos tantos que se van a hacer afuera lo que no pueden hacer acá, lo logran (John Cage: “El mejor músico europeo que conozco es argentino y se llama Mauricio Kagel”) y se pasan la vida atónitos de que acá no les den ni pelota. El caso Kagel tiene
final feliz: dos años antes de su muerte, el Colón le dedicó una Semana Kagel, lo hicieron Ciudadano Ilustre de la Ciudad, y cómo no iban a hacerlo ilustre si el tipo acababa de darle un momento inmortal a Buenos Aires. La Semana Kagel coronaba con la ejecución de Una brisa, una gloriosa pieza musical para 111 ciclistas que consistía en lo siguiente: la concurrencia debía salir al foyer del Colón, a la entrada “linda” del teatro, la de la calle Libertad, y por ahí pasaban 111 ciclistas en compacto contingente,
unos silbando, otros entonando una vocal o una consonante, otros haciendo sonar rítmicamente el timbre de sus bocinas. Habían cortado la calle, se había juntado una multitud. El espectáculo duró menos de un minuto, pero las caras de los ciclistas, y las del público del Colón, y las de los transeúntes curiosos, y hasta las de los camarógrafos de la tele y de los policías que cortaban el tránsito, eran una y la misma. Si me permiten un símil delirante, pero en cierto modo afín, fue como si Kagel hubiera logrado
proyectar en el cielo nocturno de Buenos Aires la expresión que vio en la cara de su madre aquel día desde la vidriera de Ricordi. Me faltó agregar que, en la partitura de la pieza, Kagel dice que la alegría de los ciclistas se debe a que son músicos a quienes se ha otorgado una nueva sala de concierto largamente prometida y hacia allá marchan, pedaleando. Los músicos
y la audiencia no tienen que saber, aclara Kagel en una cáustica nota final, “que las mejores butacas para el concierto de apertura han sido concedidas a los políticos de la ciudad, precisamente aquellos que supieron obstaculizar el proyecto una y otra vez”.
Cuando cayó el Muro en 1989, Kagel estrenó una pieza que tituló Oda interrogadora, en la que se repetía: “¿Libertad? ¿Igualdad? ¿Fraternidad? ¿Cuándo?”, y en las notas de la partitura aclaraba a los intérpretes que el acento debía estar puesto siempre en la cuarta palabra. En El tribuno, una
pieza musical radiofónica “para orador político y altavoces”, de 1978, el cantante entona estentóreamente: “¡Somos una nación de fronteras abiertas! ¡Sin fronteras no hay nación! ¡He creado la policía para preservar la dicha! ¡Quién no se siente libre entre nosotros! ¡La policía son ustedes!”.
Decía que hacía esas cosas porque el arte de lo acústico debe ser tan sutil que permita oír el estornudo de las moscas. Decía que, con la electrónica temprana de los años ’50, se creyó que los sonidos sinusoidales y las máquinas habían abierto las puertas de un universo sonoro ilimitado, pero con el tiempo resultó que esos sonidos electrónicos se desgastaban mucho más rápido que el anticuado tañido de una flauta. Decía a sus colegas hiperintelectuales que no había que tenerle miedo a la armonía tradicional.
Decía que componer no sirve para nada si los compositores no tienen la fuerza de ser absolutamente francos en sus composiciones. Decía que la música iba hacia el teatro, pero que la manifestación perfecta de su idea de la música eran los ensayos generales con piano (es decir, sin orquesta y con
los intérpretes vestidos de civil: lo teatral de lo cotidiano y lo cotidiano de lo teatral hechos música). Decía que la enfermedad de la sociedad es la sociedad misma, que trata de curarse por medios que enferman. Decía que había que aprender a vivir acústicamente.
En su libro Palimpsestos se pregunta por qué escriben libros los compositores. ¿La música no les es suficiente? Y se contesta: “Jamás he pretendido ser escritor. Todo lo que he intentado formular en palabras habría sido imposible hacerlo por medio de notas. La música es un vaso comunicante tan políglota como ambiguo. Como decía Valéry, la palabra tiene la última palabra”. La mayor parte de lo que Kagel escribió lo hizo en alemán. El decía que expresarse en una lengua extranjera que no dominaba del todo le evitaba la tentación de la floritura intelectual: lo obligaba sin remedio a la síntesis, a la precisión. Dicen que hasta el fin de sus días habló alemán como un inmigrante y que su argentino hablado ya tenía rotundos ecos teutones. Se pasó la vida teniendo que contestar si era alemán o argentino. Terminó diciendo que era judío. Personalmente creo que debería haber dicho: judío de Buenos Aires, de las librerías y bares y cines de la calle Corrientes de los años ’50, que es lo que fue toda su vida. Sesenta años después de su nacimiento, en una cantata que él prefirió definir como “noticias truncas para barítono e instrumentos” y que tituló El 24 de diciembre de 1931, se dio el gusto de averiguar finalmente qué había pasado el día en que nació. El último de los hechos ocurridos durante aquella
jornada fue la noticia de que todas las campanas de las iglesias de Norteamérica habían sido sincronizadas con las de Jerusalén para anunciar juntas la Navidad. Kagel agrega en las notas de la partitura que la obra debe culminar al son de las campanadas desenfrenadas que se expanden de una
punta a la otra del norte del continente, mientras en Buenos Aires son las cinco de la mañana y las campanas locales se estremecen imperceptiblemente y un anónimo bebé nacido en la víspera cree oír por primera vez en su vida el sonido que hace una mosca cuando estornuda.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-181462-2011-11-18.html

GORRIONES EN EL FRESNO*

 
Sobre una parda rama del fresno se posa la gorriona.
Pronto viene a posarse a otra rama el gorrión.
Pueden volar
desde el nido de la multiplicación en el cielo de la vida
hasta su muerte,
pero ya están atados el uno al otro
por el hilo invisible del amor.
 
                                              

*De Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar

*

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Posted by URBANOPOWELL in 02:34:53 | Permalink | Comments Off

Tuesday, November 15, 2011

EDICIÓN NOVIEMBRE 2011

TRES TEOREMAS FUERTES*

Teorema 1: del proceso de liberación

El proceso de liberación no es placentero.
El proceso de liberación es doloroso:
Abre tus venas y te muestra que la sangre que corre no sólo es tuya,
Y muchos más antes que tú se han desangrado.

El proceso de liberación te muestra
Que a pesar de tu estúpida felicidad,
No eres libre.
El proceso de liberación te muestra
Que no sabemos qué es la libertad…

Y sólo los cobardes prefieren su inútil felicidad,
Pues sus corazones se amedrentan en sólo pensar
Que pueden vivir un proceso de liberación.

El proceso de liberación nos pone de frente
Ante el proceso histórico donde las relaciones de explotación
Ponen su pie sobre nuestras espaldas.

Y sin embrago,
El proceso de liberación debe darse,
Debe nacer en nosotros:
Sucio, áspero y para nada placentero…

El proceso de liberación se hace maravilloso y creativo
Si la ilusión por construir una identidad propia
(esa etérea fuerza que desconocemos dónde radica),
Alimenta y resana los cuerpos que han transitado el difícil comienzo
De un proceso de liberación.

Teorema 2: del cómo mirar tu sonrisa con calma

La ciudad me devora.
Me cubre con sus asfaltos,
Convierte mis piernas en apéndices suyos:
Me devora.

Su lluvia me ahoga.
Disuelve mi piel
Con el más dulce dolor
Que hay en sus sueños,
Me hace prisionero
De mi propio cuerpo:
Me devora.

Esta ciudad,
Acostumbrada al deambular
De los cuerpos sucios,
De los niños sin ropas:
En verdad me devora.

Toma mis venas y corazones
Y los mezcla con sus edificios,
Nos convierte en una masa
Informe y pestilente:
Me devora.

Teorema 3: el teorema de la redundancia

No te prometo el cielo,
Tampoco te prometo el infierno.

A lo único que llego,
Es a poder ofrecer mis manos.

No te ofrezco el día
Ni la noche,
Y mis manos
Sé que no son gran oferta.

Disculparás lo poco que prometo,
Pero aseguro
Que puedes hacer
Con ellas lo que quieras:

Puedes limpiar tus lágrimas,
Adornar tus risas,
Caminar con ellas entre tus manos…

Y lo más importante de todo:
Puedes contar hasta el número veinte,
En el momento que así lo decidas.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Sueño # 324. cub *

*Por Emilio Mozo.

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en
el aeropuerto. “Seguro que se ha perdido”, dijo mamá sin convicción. El
único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo
de encaje heredado de la tía Carmelina.
Anuncian el descenso.
Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y
desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre
Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo.
Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.
Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables.
Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la
incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela
rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que
estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus
parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me
adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira
sin demostrar ninguna emoción.

Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes.
Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un
individuo de seguridad:

- Juear go?

El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos
que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y
finalmente me pregunta:

-Where do you want to go?

Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de
superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en
la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus
manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área
de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro
“ábrete Sésamo”, y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los
recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí
para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo,
aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me
siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote:
es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.

Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco
que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la
ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos
semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos–. Repetición
incesante. Silencio

Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece
vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si
fuera a pronunciar un sermón:

-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas
corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que
estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que
asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único
que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe
tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se
matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en
la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir
que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en
español. ¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿quién más vive en esta casa?

Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre,
le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante
atareado mañana. Good night.

Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el
pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me
pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una
celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno… dos…
tres…

Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine
que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del
viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que
finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los
carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo.
Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de
policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero.
Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas
pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy
observándolo todo desde el pasillo.

-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en
lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los
requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue
honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of
Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños
traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los
cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado
(2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del
mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía
espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).

*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1034%3Asueno-324-cub&catid=81%3Apuro-cuento&Itemid=198

EL BAUL DE “CHIQUIN” CANTONI*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años
cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la
casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al
metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de
veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien
todos llamaban “Chiquín”, y a quien conocí en la otra casa que tuvo la
chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano
cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando
mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba
hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o
pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un
misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que
fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.
En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus
visitas, a la chacra de Domingo –como el gustaba decir- llevaba la escopeta
y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva
construcción estuviera a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir
por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del
lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta
podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero
había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de
cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos
metros por ese campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por
algunos escasos árboles –sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared
aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de
alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o
un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi
padre “casa nueva”, cuya primera aproximación visual eran esos grandes
árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino
tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería
en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los
potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y
verde con sus jugos refrescantes.
Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de
altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que
llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo
galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de
los Bivi.
En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña
María, el sobrino de ésta, el inefable “Pichón” Bucelli y también “Chiquín”,
que era tratado como si fuera de la familia.
A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy
mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según relato de mi
padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de
voluntario en la primera guerra, y me consta porque “Pichón” me acercó hace
poco documentación que así lo certifica.
Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo
que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo
hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las
chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en
época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en
el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía
en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.
Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una
ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su
altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca “suiza”
que guardaba en una vieja y despintada lata de té “Tigre” era toda su
pertenencia.
En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo
que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa,
recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el
pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.
Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su
ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don
Marcos Markicich que estaba a la entrada del pueblo y volvía al anochecer,
absolutamente borracho.
Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro.
Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don
“Chiquín” Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se
hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era
muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces
y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de aquel
cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca
regresaron.

variedades verdades*

*

Escucho tus quejas por el vil metal
Como una niña con ojos sin parpadeo
Muñeca inflable destartalada
Por la creencia de ser amada.-

*

De ahora en más
No voy ha pensar en vos
Ni me voy a preocupar por tus sentencias
Esas que me hacen cobarde
Intentaré no ser sumisa en tu presencia
Ni ser la sombra de tus deseos.-

*

No me contamino
De tu impaciencia
Y no me halagan tus bostezos
No me achico ante tu necedad
Ni me muero si te vas.-

*

Las criticas del criticón
Se pegan en la piel de la mujer
Como lanzas del medioevo
Quieren violar la singularidad.-

*

El proyecto de él
No es la aspiración de ella
La seguridad de aquel
Es peligrosa para ella.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LOS OJOS DE TU MIEDO*

Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo
de la tierra, cuanto mas encima del cielo”
MIGUEL DE CERVANTES

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que la puerta permanezca cerrada.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un bumerang.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.

Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.

Una cobardía de vida se escinde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.

Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes…
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes

Son menos peligrosos que tus miedos

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VOZ*

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un
niño muy imaginativo. Por eso cuando Ezequiel, a los cinco años rompió el
jarrón de porcelana, reliquia de la abuela, y dijo que la voz se lo había
ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un
elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera y
no permitía reflexionar demasiado sobre las conductas del grupo.
Ezequiel construyó su refugio protegido por una muralla que nadie podía
atravesar y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación que fue
favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres cada uno inmerso
en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque
su ensimismamiento llamó muchas veces la atención de sus profesores. En
cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber
las causas, simplemente lo catalogaron como el “raro”.
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la
voz hasta llegar a despertarlo en plena noche, obligarlo a levantarse y
salir a la calle.
La primera vez fue solo ese mandato: abandonar la cama, atravesar la
puerta de salida y caminar en la oscuridad hasta recibir la orden de
volver. Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de
peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un
monstruo que podía devorarlo, pero de todos modos cumplió con el mandato.
Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos
modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión
que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la
vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía
como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su
aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su
conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos
azules, decidió conquistarlo. Su interferencia ante cada intento de evasión
de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella
mostraba ante su éxito lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber hasta
donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación
lo desconcertaba haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días
y lo llevó a llegar hasta el borde del río y preguntar a viva voz:
- ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
– No necesitas gritar, estoy en ti.
- ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
- Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que
no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable
recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo
movimiento.
- – No me abandones ahora, por favor, – imploró moviendo sus manos como
queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil
colocarme fuera que aceptar la responsabilidad de unirme a tu propio yo.
Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu
juego.
Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó,
también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a
internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. – le susurró la voz al oído pero no la escuchó,
esta vez siguió adelante hasta que el abrazo del río unió esas dos partes
que siempre habían permanecido separadas.

DON PERICO*

A Pedro J. Jaunarena Oharriz,
nacido en 1885, en Iturren, Navarra

a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,
amigo y notable pepiniano, fallecido

Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado
el ‘Pajarito Investigador’, que su afición a la locución fue por causa de
Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás,
último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su
muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el
contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.

El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro.
Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro
homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra
fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que
acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las
diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado.
Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos
cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo
azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo
de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia
campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don
Perico, periquín a escucharle…

En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el
pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los
vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos
hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara
difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros
criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.

Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas
cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda
silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas
horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron
a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los
Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel
María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez
y González.

Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el
recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color
aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia
y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador.
Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí
está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con
su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde
le vino el bastón de color aceituna.

A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos.
El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace
camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica
difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le
pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del
pasado.

El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y
no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en
quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí,
con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.

*De Carlos Lopez Dzur. baudelaire1998@yahoo.com
http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html

Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra…
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.

Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.

Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra “comunismo”,
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto…

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

EN EL CENTRO DEL MIEDO*

Sabes amor, creo que ha llegado el olvido
Trae su carro cargado de estiletes.
No me muevo ni muestro el centro de mi miedo
Arden los leños, el ojo piensa y la espalda descansa.

Ninguna golondrina ha de regresar a su nido.
Se aleja la rivera y el camaleón se acerca
Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines
Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.
Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.

Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.
Y la lluvia agoniza en las líneas de tus ausentes manos.
La abeja aun no dice en que orilla está el néctar y donde la cicuta.
Nadie me ha enseñado cual es el horizonte de tu olvido
Tengo la forma que me han dado sus manos.
Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.
Y crece la pena y renueva el latido.
Temblorosa, se enciende la latitud del viento.
Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.

Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.
Países tan azules y pliegues en la almohada.
Y tus olores y tus silencios y tus vahos.

Sabes amor, creo que ha partido el olvido.
Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sín título*

Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran,
cambian de lugar.

Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más
cálidos.

Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que
necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.
Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos
sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder
sostenerse.

Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para
después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.
Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo
que habían descubierto.

Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.
Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que
había descubierto.

Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo
más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.

Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido
que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.

Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.

Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.

*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com
Santa Fe

¿Qué es el libro electrónico?

*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com

Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A
continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así
como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.

¿La revolución está aquí..?

En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once
millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de
libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once
millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio
o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones
de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este
informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.
Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los
especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el
futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya? Las oportunidades hacen al cambio.

Primer síntoma de cambio:

Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.
Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias
editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo
difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su
estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento
de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el
personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.
Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que
conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo
tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro
de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal
como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la
antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje
formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre
las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de
cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma
analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene
Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que
remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de
producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se
refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del
inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el
esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es
antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y
puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la
prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque
además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas
formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar
adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de
símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan
pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.

Segundo síntoma:

En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de
2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras
tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best
sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se
admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria
editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en
la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales
duraran tanto (.) El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y
publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su
incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la
impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de
prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet,
concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en
las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de
grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros
específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también
Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos
ejemplares en papel como pedidos remotos se hayan formulado a través de la
red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen
de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega
Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos
y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase
presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del
e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor
la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre
sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:

Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que
impresos!

Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de
2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como
Amazon, Apple y Barnes & Noble prosperan debido a su mercado de e-Books,
editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en
bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse
por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su
favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros
los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad
resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos
celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro-
ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos
digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple
Bookstore, Barnes & Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este
sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la
edición es prácticamente automática porque depende de una serie de
operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por
el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta
aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de
librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red.
Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga
absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de
tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si
todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro
electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.

Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la
Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de
Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.

¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición
del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre
nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la
nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas
especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital,
donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y
servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en
el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la
novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario
comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones
o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca
personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u
olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un
50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449
metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de
conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que
este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el
futuro?

Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una
alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para
contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica… ¿Increíble,
no?

Oferta de mis libros electrónicos:
Tierra Regada
Cuerdas – El piquete y otros poemas
Avisos y señales – Poemas del amor que vence a la muerte

Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del
autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro
sobre margen derecho.
O a través de la editorial eMOOBY:
http://www.emooby.com
O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y
accediendo a más de cien librerías virtuales.

ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*

Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo

El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.

El tren desarraiga su sollozo en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.

El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

*

Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.

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Monday, September 12, 2011

ENTRE EL TERROR Y LA GRACIA…

INOCENCIA LUMINOSA*

 
Tu ternura desmesurada derrumba las fronteras más inimaginables.
Corrompes el silencio mismo.

Remarcas libertad en tu mirada,
recurriendo a la hermosura.
Luminancia que incide, atraviesa y emerge
siguiendo una dirección determinada.

Entender lo que nunca debió pasarte.
Comprender que demonio te consumió.
Me desfigura, me rompe, me hace vulnerable.

Escupo tu fuego,
que quema y salpica horror…
Vivimos anestesiados;
Deformados, desnutridos de amor.

Todo es de verdad señores, no es una ilusión:
carnívoros sueltos y absueltos,
caminan a nuestro lado;
Viven en nuestro barrio;
secuestran nuestras niñas luminosas.

Nos miras:
                 Para que apelemos a la verdad;
                 en este agosto, incendiado de tristeza.
                 Para que gritemos con sangre caliente.
                 Porque un pueblo encendido
                                        NO PERMITIRÁ QUE TE APAGUEN…

                                                                          
 *De Victoria Llarens.
 02/09/2011

      (Candela Rodríguez 11 años. Desapareció el pasado 22 de agosto Apareció asesinada el 31/08/11)
http://www.facebook.com/notes/victoria-llarens/inocencia-luminosa/258831467471440

 

ENTRE EL TERROR Y LA GRACIA…

V O C E S*

    Larga y lenta turba de voces enraizadas
    van girando tras las manos,
    dolientes en sus ayes fantasmales,
    cuya corporatura ósea se anuda ancestral
    en las riberas.
    Dibujando mundos supuestos,
    los voy armando pieza a pieza
    en un barco y una lejanía
    que me deja sin herencia.
    Salí ventroso de mar con peces en el sombrero,
    el azul infinito de días en el rostro
    ateridas las manos sin monedas.
    Sabía, sí, que el idioma era ajeno,
    desgraciado en una tierra parturienta,
    belicosa pampa de la promesa
    Partí hacia ella,
    con mi pobreza y mis hijos a cuestas,
    la soledad ahondada en el agua
    recordando las canciones del terruño,
    el olor a paja en la molienda,
    el pan tibio y escaso del invierno,
    las voces aflautadas de nuestras mujeres,
    el llamado del domingo en su tañir los valles,
    el humo invernal de las chimeneas
    chorreando el cielo,
    dibujando caprichos que el viento envolvía.
    Y ahora el mar. El seco mar,
    su azul bochornoso,
    los olores de la bodega donde dormimos domesticados,
    el sol vertical siempre
    apoyando los hombres en la espera.
    Y esa voz se me asemeja sola,
    descreída de su historia,
    voz adánica expulsada del Edén,
    corrupta y salvaje. Desheredada.
    Había que ser fundante del suelo,
    de los hijos, de la raza,
    acorazada en esa esperanza nunca apagada
    de volver, tras el desierto azul,
    a las colinas originales de la cepa.
    Y me fui metiendo adentro de la pampa ancha,
    como alarido interminable de partos diarios,
    de horizontes sospechosos de ausencias;
    boca inmensa que exhalaba miedos,
    largas columnas de impotencia
    con el silencio aterrador de la noche
    y lo imprevisto. Siempre lo imprevisto,
    llevándose hijos, madres, padres. Entonces,
    nos abroquelábamos con la fuerza residual
    destilada del temor,
    encendiendo hogueras crepitantes que no dejábamos enmudecer
    en las noches hirientes de julio.
    Estas voces van mordiéndome las manos desde adentro,
    día a día, con mayor peso, mientras los años
    van escribiendo sus notas en mis células,
    acumulándose en mis huesos
    y no hago otra cosa que apuntar decires
    de mis memorias de oyente.
    Y es entonces cuando aflora   
    la profunda soledad metafísica,
    impronunciable, deshauciada en su estancia,
    dolorosa e inconsciente.
    Soledad embrutecida de soles
    con los recuerdos imposibles, retrotrayendo la infancia
    o los sueños de leche y miel.
    Soledad salvaje, lastimada,
    ahondada por una labor a destajo
    y el cansancio habitando el cuerpo,
    cual bestia decrépita.
    La lejanía se hizo aún más lejana
    y estaba ahí, clavado,
    estirado sobre la tierra virgen,
    copulando con ella, extenuado sin fin,
    creciendo el dolor secándome la garganta,
    partiéndome los labios, erizando mi piel
    sin poder gritarlo,
    como un pez fuera del agua dando bocanadas al aire tramposo.
    Cuando ya todo lo acabado,
    pisado, nacido,
    comenzaba a desmoronarse en el fracaso de la cosecha
    o en las manos furtivas,
    se fueron anudando los pueblos
    como oasis hospitalarios de la soledad campesina,
    donde el tañir de los valles se transfiguró
    en pampa.
    ­Teníamos la hora del rezo!.
    El domingo comenzaba a amanecer,
    endulzando con su murmullo
    la fatiga ósea crecida de la tierra.
    Entonces cantábamos y bailábamos
    nuestras canciones natales
    forzando que durasen la semana
    humedeciendo la rudeza de prohijar la tierra.
    Fue por esos tiempos, ya escasa la sed de volver,
    que nuestros hijos,
    llenos de soles planos,
    empezaron a amarse tras las tareas
    sin que nos diéramos cuenta
    del ciclo riguroso de la vida.
    Y así, nuestros sentimientos entrelazados
    de vuelta y amores nacientes,
    se fueron abroquelando en la promesa
    de la tierra nueva.

*De Oscar angel Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar

-Este poema lo leí hoy, 4 de septiembre, en la costanera de santo tomé, frente a un escultura que representa a los inmigrantes todos. Este poema, aparte, es del libro “Crónica de una herencia”, publicado hace unos años y con prólogo de Gastón Gori.

INMIGRANTES*

           
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

 
Yendo por el camino hacia la chacra del Beto Delmachio o la Capilla de Carmelo Mosso vivía en aquél entonces don Abraham Salí, a quien todos llamaban el “Turco sucio”, en una casita frente al gringo Agustinelli, que luego compró “Pichón” Bucelli.
            El “Turco sucio” vivía  allí solo, y al parecer no tenía familia. Jamás supe de qué vivía, pero su calva relumbraba por la tardes mientras recorría un pequeño maizal, buscando no sé que cosas. Tan
abstraído andaba. Tal vez pensara en su lejana tierra que dejara un día.
            Andaba siempre vestido de bombachas claras, una camiseta de frisa que nosotros llamábamos “Las cuatro estaciones” porque no se la sacaba en todo el año. Mal afeitado, siempre de alpargatas y un piolín un poco grueso era pasado debajo del abdomen voluminoso para sostener esa bombacha criolla que había adoptado para siempre. Esa bombacha cuya mugre la convertía en un color indefinido, y se podría decir sin exagerar que el color era el del tiempo: quiero decir, del tiempo que el agua y el jabón no
habían actuado en ella.
            El Turco Salí era uno de esos hombres que a mi infancia despreocupada agregaba siempre la incógnita que se me presentaba apenas me enteraba de su existencia. Eran numerosos los hombres solos, que nadie sabía si tenían familia ni de dónde venían, y en un caso como el de don Abraham, encima inmigrante, agregaba un plus de aventura a estos infortunados que terminaban muriendo solos, en  un  país que de todos modos había sido generoso con ellos,  que venían perseguidos por el hambre y tal vez en algunos casos por las persecuciones políticas y aún las guerras que producían diásporas pues a ello se le agregaba la falta de trabajo y aún el mero y simple yantar.
            Todas estas cavilaciones es probable que surgieran de mi aprensión de ver a la gente de mi familia sufriendo la tierra, pero al menos, teníamos padre, madre, hermanos, primos, abuelos y tíos conocidos, y hacíamos vida de familia de inmigrantes con grandes comilonas jubilosas aunque de vez en cuando alguien se ponía melancólico con el alcohol y cantaba una canción ultramarina, que ninguno de los primos entendíamos porque lo hacían en un dialecto, muy dulzón, pero desconocido para nosotros, que ellos nunca se ocuparon de enseñarnos. Sí nos trasmitieron las costumbres, ya que nunca se desprendieron de ellas.
            Mis cuatro abuelos llegaron del otro lado del mar con dos destinos unidos: analfabetos y campesinos. De los cuatro la única que aprendió a leer en castellano y a escribir fue la madre de mi padre, la dulce y activa nona Laura, quien había aprendido mirando el cuaderno de sus hijos, cuando alguna  maestra andaba por las chacras en tareas alfabetizadoras, no oficiales, por supuesto. Por allí se juntaban algunos arrendatarios, chacareros, inmigrantes y muy pobres con montones de hijos y le pagaban a alguna mujer práctica (no creo que haya sido maestra normal diplomada) y pasaba un temporada en cada chacra, donde le pagarían algún magro salario.
            Allí, los que aún estaban en edad de aprender eran sometidos al aprendizaje de “las primeras letras” como se les decía a los sufrimientos del idioma y las cuatro operaciones.
            Ninguno de mis tíos, ni mi padre cursó la escuela primaria, salvo mi tía menor, Teresa, que en edad justa fue beneficiada con el traslado al pueblo de mis abuelos.
            De parte materna mis tíos y mi madre tuvieron más suerte, porque a la edad escolar estaban en una chacra muy cercana al pueblo. Entonces iban a caballo y volvían en poco tiempo. Después ayudaban en el campo, a trabajar. Mi madre no terminó porque el hermano de mi abuela, que era viudo y dueño de la chacra, opinó que “como era mujer no lo necesitaba”. Viejo hijo de puta, decía mi padre a mi madre. “¿Para trabajar a la par de los hombres no eras mujer?”
            Bueno esta son las cosas. Así fueron.
Hablando con el poeta Arnaldo Calveyra – a quien conté esta anécdota- de cómo una mujer analfabeta puede dejar de serlo con sólo proponérselo, sin ayuda. La nona Laura era muy inteligente, y hoy lamento por qué no me interioricé más de esta historia.  Me consta que escribía porque siempre me mandaba cartas en mis primeros tiempos en Rosario.
Una vez me contó mi madre que andaba con mi primer libro publicado y con no poco orgullo lo mostraba diciendo:
-”Este libro lo escribió mi nieto. ¿Ud. sabe que el escribe “de memoria”? ¡Y claro! Si para eso es poeta”.
Si Ustedes creen que yo sé porque empecé con el “Turco” Salí y terminé con mi abuela que se alfabetizó sola, es decir el porqué de esta digresión, se equivocan.
Solo la reflexión de pensar adónde habría llegado una mujer inteligente en otro contexto, en otra clase social, con otras armas.
Y ahora me queda el recuerdo de verla cuando venía las siestas del domingo a tomar mate con mi madre, con unas monedas en el bolsillo de su tapado oscuro, y yo salía a la calle a esperarla, porque era “matinée” segura su presencia, y cuando divisaba su figura menuda, allá lejos, corría espantando
torcazas que picoteaban granos en el centro de la ancha calle solitaria o chocaba con nubes de mariposas en verano cuando el tiempo tenía exactamente mi edad y la desmesura de los sueños que sin cesar alimento desde entonces.

 

MUJER EN ALQUIMIAS DE LUNAS*

                                               
A Teresita Morán de Valcheff  (2005)

Un grito y un degüello de voces silenciosas
El cóndor se refugia vencido. Estigma de oro y plata.
Callan la voz de la tacuara una cruz y una espada.
Una mujer va descalza tras las huellas en sepia
Tatuado en  amapola una vincha y un nombre:
BRAVURA: “lanza y fuego”
No se detiene. Camina y camina en pisadas de luna.
La luna, maloqueando   “se hace astillas en los charcos.”
Cae el lamento pampero sobre pelada roca.
Hay Rocas que son mas duras que el corazón de  rocas
Una polvareda de tristeza suele demorar su paso.
 
Pero  la Historia no espera. No hay treguas, ni descanso.
 “Cuanto tengo, a no dudarlo a ellos se los entrego”
Un Chispeadero de soles alumbra la comarca del olvido.
El silbido ranquelino arrastra cardos de guerra-
Su arma de guerrera es la letra…Letra y piedra enamoradas
Un grito y un degüello de voces silenciosas.
 
Camina la mujer, vincha sangre amapola
 Camina, sin fatigas, sin pausa… sin desmayos
…el  tiempo del  descanso  aun no llega…
 
Y el fuego memorioso, arde en  lanza y en  luna…
Incendian de pasión india sus ojos de azucena.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

León, metafísico de la sensualidad*

 
*Por Horacio González

A León Rozitchner había que escucharlo. Incluso en el contestador de su teléfono había una muestra de las reticencias amorosas con las que trataba el idioma. Escuchar a León, en su propia voz, suponía percibir el sentimiento de un fraseo en el momento mismo en que se estaba haciendo. Su forma de colocar la frase con su escorzo interno creaba un cálido vacío ya preparado para el diálogo, conteniendo anticipadamente al dialogante, al prójimo. Era un juego previo de libertades en la conversación, que recorría la comprensión antropológica más que analítica, sin privarse nunca del anatema. Al mundo le ofrecía su dádiva y también lo estrujaba con sus blasfemias. Nunca una persona tan sensitiva y amatoria blasfemó tanto. Vivió en la calle Cuba y su estudio estaba en la calle Pampa. Eran las dos entidades sobre las que se interrogó con la pasión del herético que buscaba sus raíces en la tierra, la revolución y la conciencia lastimada.
Ninguna cuestión le era ajena. El tema que fuera, yacía en un mundo cuyos cuadrantes aparecían como drama de un amor y odio, de guerra y paz, de cosa y cruz, de terror y revelación, de cuerpo y creencia, de sangre y tiempo, de recuperación de un pensar de las izquierdas y ver la subsistencia de un error profundo en ellas, un error inscripto en toda lengua que no surgiera de un interior anímico capaz del autorreconocimiento doloroso de sus posibilidades. León fue la encarnación de una proteica izquierda argentina, pero sintió la íntima obligación de ser el máximo crítico de esa misma izquierda argentina. En La Rosa Blindada había aparecido, en discusión con su amigo John William Cooke, su célebre admonición a una izquierda que no sabía descender al “nido de víboras” de la subjetividad.
León no pudo nunca dejar de pulir el arte de la polémica. Pensó en el interior de ellas. No pensó antes y polemizó después, sino que se constituyó polemizando. Con Perón, con San Agustín, con los dichos de los invasores a Bahía de Cochinos, con Murena, con Mallea, con los generales de las Malvinas, y en muy otro plano, hasta con el propio Viñas, su antiguo compañero de aventuras, su viejo hermano de Contorno, que moría el mismo día en que lo internaban a León.
Las recámaras secretas en que León procesó sus grandes arquetipos admonitorios son las grandes religiones mundiales y las estupendas teorías del mundo moderno insatisfecho. Cristianismo, judaísmo, psicoanálisis, fenomenología, marxismo… gigantescas entidades del espíritu, desde las cuales y ante las cuales León realizó su fenomenología de la vida cotidiana y del desarraigo. Había nacido en Chivilcoy y fue un argentino universal, un judío argentino en cuya biografía está escrita una saga nacional de nuevo
tipo, abierta al sentido cósmico de una materialidad iniciática que ubicó en una filosofía de la sensualidad y del origen materno de toda lengua mundana.
Bastaba leerlo y escucharlo a León para percibir la dimensión de su drama teórico, presente en el permanente sobresalto de su voz. En el grano original de su escritura se hallaba el eco de sus grandes maestros, Lucien Goldman y Maurice Merleau-Ponty. Decisivos mitos de fuerza ancestral inspiraron su tarea, su crítica a los tres Edipos, el griego, el cristiano y el judío -al que prefería- surgían no de una teorización (aunque la contuvieran) sino en medio de sucintas efusiones del habla real y formas de
escritura de una gracia sensual, lo que era su sello. León polemizaba sobre la cercanía absoluta de lo que nos constituye como lenguaje, como historia vivida, como acontecer actual. Y como todo gran polemista, actuaba dentro de la piel de los pensamientos que cuestionaba. Como lo reconoció en una entrevista, como adversario del pensamiento agustiniano o del pensamiento peronista, tuvo que ser un poco San Agustín y un poco Perón.
Extraordinario ejemplo del pensar existencial de raíces judías libertarias, León estaba sostenido por heterogéneos componentes de un psicoanálisis con rastros del Max Scheler, al que criticara en sus tempranos trabajos; del joven Marx; del Freud al que había que salvar del individualismo burgués e
incluso, en los últimos tiempos, confrontándose con un Levinas al que le dirigió certeros reparos sin que dejara de haber en el crítico la misma sacralidad soterrada que no quería que aflorara tan plenamente, como en cambio era el caso de su criticado. Al distanciarse de Levinas, revelaba también sus nociones sobre el prójimo y elaboraba una proximidad de otra índole, una razón inmanente a los acontecimientos mundanos que es a la vez su crítica y que en los últimos años había denominado “el comienzo en la
experiencia del vivir materno, que es lo único inmanente histórico desde el vamos”.
No es necesario llamar la atención sobre el atrevimiento y sorpresa de este punto de partida, de este “desde el vamos”, forma coloquial argentina para nombrar los comienzos, con el cual León Rozitchner pasaba desde la natalidad del lenguaje hasta las imposibilidades de la historia. En su larga agonía,
en esos largos meses hospitalizado, donde sin hablar hablaba, León escuchaba todo. Había recibido en el hospital su última obra publicada, un largo comentario a La cuestión judía de Marx, nuevamente el tratamiento del asunto que lo obsesionaba y lo obligaba a medirse con el marxismo de los orígenes,
escribiendo y recuperando de otra forma lo que el joven Marx había desechado.
León Rozitchner fue un pensador del margen de las instituciones, a las que habitó como desterrado. En sí mismo era una institución, un fundador de idiomas filosóficos que parecían impropios, fuera de la circulación habitual o de los modos de pensar que cada época consagra apuradamente. Debemos
contarlo en el escaso número de los filósofos argentinos de nuestra época.
La Argentina, la Sensualidad y el Universo fueron su suelo, el sustento de una metafísica amorosa, de una cosmogonía del sujeto desgarrado que va desde el solicitante descolocado de la payada nacional hasta la persistencia, recurrente en él, de la refundación del impulso reparatorio que siempre
reclama la vida colectiva, “entre el terror y la gracia”. Ha concluido un ciclo en la vida intelectual argentina.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/176093-55542-2011-09-05.html

El amor, a pesar de las barreras*

*De Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com

Chiquita- bra seguía su paso lentamente. Le sobraba tiempo y no debía rendir cuentas a nadie. Su cerebro estaba bien protegido en el nido de estiércol que su madre creara en el hueco de la ventana de la estatua, bajo el aleteo del águila calva y la mirada  fría de esa mujer insensible, de belleza pétrea.
Pasó varias barreras que se levantaron a su paso sin necesidad de presentar permiso o documento alguno. Los hombres que administraban desde palacetes engalanados, mimaban a la bestia, ofreciéndole todo tipo de garantías, que de por sí,  no le hacían falta. Esos tipos eran muy fuertes sólo con quienes no tenían más que brazos ágiles, agujeros en sus bolsillos y el alma descascarada por  donde escapan las esperanzas cuando el destino clava tarugos de incertidumbre, impidiendo vislumbrar mañanas con pan para los niños.
Como pasa siempre, fueron los menos los que trataron de espantar al monstruo, el terror estaba instalado, motivo más que suficiente para que la serpiente descargara su furia acorde al designio de su ama.
A su paso, se llenaron los camposantos de cuerpos desgarrados.
De fosas comunes y llantos también comunes.
De rebeldías ahogadas arrancando, precipitadamente, hojas de calendarios impedidas de cumplir su ciclo.
De  adioses definitivos pegoteados entre las babas incendiarias de mañanas.
Sobraron muertos en esas geografías enlutadas para siempre.
Sobró dolor y sobraron incomprensiones.

Un mediodía, cuando el sol caía a plomo sobre la tierra, un quetzal inquieto lanzó su llamado melodioso cumpliendo el pedido de la mujer morena de hermosos ojos rasgados. La que llevaba sus cabellos sueltos acariciando sus hombros y una monja blanca entretejida entre la negritud de ese pelo, cuyo brillo opacaba el verde de los manglares.
Ella dejó por un momento su posta en la Ceiba, hacía tiempo que tenía ganas de compartir una charla con sus hermanas cercanas, cosa que sería posible a pesar de las barreras que pretendían separarlas.
Chiquita-bra hacía lo inimaginable por desunirlas, inconciente del tremendo poder   de la fuerza de la sangre caliente. Esa sangre  que no corría por su repugnante cuerpo escamoso.

Hacia el sur de la barrera, otra mujer morena, con los mismos rasgos que su hermana, acariciaba las hojas del pino donde acostumbraba mecerse, mientras  una guacamaya picoteaba con amor sus manos cálidas.
El ave, sobre cuyo plumaje parecía haber explotado un arco iris, revoloteaba alrededor del pino, dibujando sonrisas en el hermosísimo rostro de la mujer, tan pura como sus hermanas, con los mismos ojos aindiados y el mismo corazón ardiente como brasa encendida en las arterias de la memoria.

La guacamaya sintió el canto del quetzal y avisó de la llamada al venado cola blanca que descansaba luego de su andar noctámbulo y solitario. Ese bellísimo animal era el que agitaba su blanca cola alertando a la mujer cuando algún peligro acechaba. Dicen los que saben que todavía lo hace aunque también están exterminando su especie y su cola no alcanza para espantar la masacre. Chiquita-bra dejó   todo bien organizado como para que el crimen perdure de cualquier modo y bajo cualquier nombre, asesinando de la manera que quiera.

La mujer se preparó para acudir el llamado de su hermana, el corazón parecía galopar en la concavidad de su pecho, donde las púas del odio no pudieron clavarse pese a haberlo intentado durante tantos años, con fiereza, cayendo desarticuladas por la fuerza del amor.
La brisa de la mañana hizo flamear su túnica blanca. Ella, acomodó la faja que ceñía su cintura ancha, formada por dos franjas horizontales azul turquesa que parecían abrazar  a una tercera, blanca, donde reposaban cinco estrellas del mismo color que las franjas. Esas no fueron arrancadas a ningún cielo sangrante.

Recogió su pelo en el centro de la nuca, formando un rodete tan negro como la noche, colocó en el centro una enorme orquídea que la guacamaya picoteaba con la misma ternura que lo hiciera sobre las manos de la mujer.
El venado ofreció su tibio lomo para transportarla hacia la barrera donde esperaba su hermana.
-Tal vez también esté  la más pequeña, pensaba mientras acariciaba la cornamenta del animal que sólo olvidaba su hábito nocturno, anacoreta,  cuando la guacamaya daba el aviso de la llamada  del quetzal,  del otro lado de la barrera.

Luego de recorrer distancias llegaron donde estaba la primera, la convocante. El encuentro fue, como siempre, un canto al amor, a la fraternidad pero sobre todo a la memoria que ni la saña de la hermana que observaba desde la estatua, podría quebrar, aunque lo intentara continuamente.
El abrazo fue tan grande que hasta el sol pareció sonreír desde los ojos brillantes de las hermanas, mientras el quetzal y la guacamaya volaron hacia la otra barrera, la que las separaba de la tercera mujer.
Ambos cantaron fuerte para que la hermana más pequeña de cuerpo, pero tan grande de alma, como las anteriores,  se sumara al encuentro que la paz bendecía desde lo alto de la copa del follaje.

El primero en acudir  al llamado fue un torogoz, en cuyo cuerpecito también parecía haber estallado otro arco iris. ¡Como para no escucharlo si representaba el símbolo de la unidad familiar y adoraba esas reuniones de hermanas capaces de burlar esas  barreras absurdas!
Soñaba, como ellas, con la unión definitiva, con el derrumbe de las vallas y con una noche de fiesta, bajo un cielo deslumbrante, donde todas juntas bailaran su danza preferida, junto a sus hijos y a los hijos de sus hijos.
El torogoz, sorprendido, desesperado de ternura,   voló hasta el árbol del bálsamo tratando de  encontrar a su amiga inseparable que muchas veces trepaba hacia la más alta de sus ramas. Esa vez, en cambio, ella estaba al pie de un maquilishuat centenario, que pretendía refrescarla con suspiros de su copa enmarañada. El ave la encontró, por fin,  y le transmitió el aviso del quetzal y de la guacamaya.
Se deslizaban por la pendiente de sus mejillas,  lágrimas punzantes como agujas oxidadas en la membrana del tiempo, incrustadas en la brisa intoxicada por los venenos que arrojaban los hijos de la mujer en la estatua. La protectora del cerebro contaminado, imperativo sembrador de agónicos ayes en las vísceras del pasado y del presente.

Embargada de gozo comenzó a besar las ramas antes de partir hacia la convocatoria, tomó una flor de izote para colocarla en su cintura y otras dos para regalarles a las muchachas. Ella también vestía túnica blanca y llevaba una faja igual que las otras, herencia transmitida por los siglos, por los paisajes, por la memoria. Estaba formada por tres franjas horizontales iguales, azules las extremas, homenaje a los mares  que bañan a todas sus hermanas y a ella misma, ignorando los obstáculos e ignorando el veneno que descargara a su paso la serpiente. Esas franjas azules que perduran,   como marco protector de la del centro, tan blanco como la paz soñada. En ese centro la propia historia bordó con hilos de amor trocitos de la geografía y símbolos que nunca morirían pese a las muchas serpientes que transitaran su espacio.
Se destacaban, en esa faja, un triángulo, la cordillera de cinco volcanes desparramados por el suelo donde naciera esa mujer,  rodeada por los dos mares. Completaban la obra artesanal, un gorro frigio, un arco iris y una leyenda enmarcando al triángulo, bordada con hilos dorados. Cinco banderas y dos ramas de laurel entrelazadas con un listón azul y blanco. Aunque los colores de las fajas eran los mismos, su distintivo era el más ampuloso, como ella misma, que  pese a ser de contextura más pequeña, logró engendrar mayor cantidad de hijos en su paso sufrido por la vida.
Fue al encuentro de sus hermanas con la emoción que sólo pueden sentir quienes conocen el apego a su raza, quienes sienten que la sangre atropella frente al dolor de las otras y galopa como tierna melodía ante un triunfo, por pequeño que sea. Capaz de hincarse ante el milagro de la supervivencia en las condiciones más adversas, ante la desigualdad y ante el recuerdo de sus hijos mártires.
Lejos de allí, desde la estatua, la mujer bella, indolente aguzaba su mirada instigadora, incapaz de comprender que cuando el amor canta, el odio gime, se exacerba, contamina pero agoniza de a poco en las entrañas frágiles del mundo enternecido. Chiquita-bra, bestialmente indescriptible, seguía su camino zigzagueante  buscando más brazos fuertes para beber la sangre de sus venas.
La hermana del quetzal y la orquídea monja blanca, habló de sus hijos alcanzados por esos colmillos hirientes. La de la guacamaya, el pino y la orquídea, recordaba  a los bananos arrancados, antes de ser encajonados en láminas del cuerpo de sus árboles. Antes de ser depositados en vagones con rumbo hacia donde estaba la estatua enceguecida de codicia. Recordaban a la serpiente cuando su tamaño era el standard de cualquier viborato, así como recordaba con cuanto espanto la vieron crecer deglutiendo todo lo que encontrara, tratando de proteger las plantaciones.
Recordaban las máculas salpicadas sobre las fajas de todas ellas, y el lodazal en el que pretendieron convertir sus túnicas pese a los desesperados esfuerzos de sus hijos, por protegerlas.
 La de fisonomía más pequeña reafirmaba cada recuerdo y comenzó a llorar cuando irrumpió en su memoria su eterno duelo, la reminiscencia del momento que del interior de un huevo estalló una guerra entre sus propios hijos. Unos tratando de sostener el respeto por su historia, los otros asesinando según les ordenaran, convertidos en asalariados del encono. En ambos, el denominador común era el hambre. Unos con brazos al aire, los otros escondiendo su cobardía entre pertrechos. ¡Pero todos hermanos, devorándose entre ellos, multiplicando caínes con la fuerza del dinero!
La mujer del izote en la cintura bajó la voz para que los guardias de las barreras no escucharan los recuerdos. Los quetzales, la guacamaya y el torogoz actuaron como cómplices subiendo el tono de sus melodías. Hablaron, las tres, sobre el nuevo huevo estallado no hace muy poco tiempo, del que salieron nuevas serpientes. Otra vez, sus hijos, eran asfixiados, sus derechos pisoteados, el odio encarnizando las almas, oscureciendo los paisajes arrebatándole las hojas  al futuro.
Siguió la charla de las hermanas a pesar de las barreras y siguió Chiquita su camino hacia el sur, desovando y mudando su piel, dejando tras de sí bocas abiertas, vientres abiertos,  ojos abiertos e insoportables  gemidos de dolor imparables.
¡Impostergable designio el de Chiquita-bra y sus aliados de carne putrefacta!
Ese día, la tarde, pareció caer rendida ante la noche con más lentitud que siempre, ella también disfrutaba la escena fraternal. Cuando la noche se impuso y las sombras se abalanzaron sobre las barreras y sus guardias, cada mujer y su cortejo volvió al lugar del cual partieran. Los corazones de las tres, sin embargo, quedaron engarzados, como siempre, en las ramas que rodean las barreras.
A lo lejos,  montada en su águila calva, volaba la mujer su vuelo de arpía descompuesta. Defecando la naturaleza y las flores donde las hermanas tejieron  mantos de amor, secando lágrimas de olvidos. La rosa de su pecho en cada encuentro furtivo de las muchachas, empalidecía más, perdiendo brillo y lozanía circundada por tanto veneno genocida.
Cuentan también en voz baja,  los que vieron la escena inolvidable, que la mujer que habla idioma diferente, la de mirada aguda desde la estatua de cobre, acero y concreto, logró que un pentagrama de desprecio fuera formando los sonidos macabros de otra guerra fratricida. Estrujando bananos para convertirlos en divisa,  ella volvió a mirar hacia otro horizonte más lejano aún, haciendo un guiño desde sus hermosos ojos que parecen pedacitos de cielo arrancados a otros cielos. Ella, sabemos, todo lo que tiene es porque fue arrancado antes.
A lo lejos, su amiga asentía con su cabeza, mientras sus hijos continuaban erigiendo un muro del que hasta el momento, son pocos los que hablan. Como aporte al gran trabajo desempeñado por esa mujer y su Chiquita-bra, enviaba a otros hombres con ropa de sicarios para formar más sicarios.
Hombres con miradas sin luz, manos y almas descarnadas.
Máquinas de matar, adoradores de serpientes.
Bestias humanas refuerzos de otras bestias, llevando orden clara y concisa. Custodiar a Chiquita y marcarle el rumbo por si acaso llegara a desorientarse…

http://textosnechidorado.blogspot.com

La fotografía*

 
Buscó por toda la casa, desesperadamente. Revolvió los libros, los cajones, las estanterías. Miró en el desván, en las habitaciones, en el sótano. Por fin encontró la fotografía. Ahora ya sabía quien era.  Podía volver a ordenarlo todo e irse a la cama a descansar.

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

*

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Posted by URBANOPOWELL in 20:38:39 | Permalink | Comments Off

Y LOS OTROS RELATOS PARECEN ESTAR MUERTOS…

Desde las profundidades de la noche*

Desde las profundidades de la noche
surgimos como un sueño sin banderas.

Resucitados y anhelantes
resolvimos prendernos en el viento
y atravesar las nubes tormentosas
que amenazaban, negras, nuestro sueño.

A un horizonte inmenso nuestros ojos volaron;
como locas gaviotas errantes planeábamos,
pero eran nuestros títeres los que se arracimaban
en la alegre cubierta de un barco que zarpaba.

Toda costa escondía una sorda presencia.

Siempre creímos que el mar nos salvaría
pero el mar resultó una pantomima,
una niebla poblada de fantasmas
que a nadie revelaron su secreto.

Y llegaremos, si llegamos algún día,
a ese horizonte que nos prometieron,
sólo para descubrir, horrorizados,
una tierra en tinieblas, una vasta penumbra,
un hostil territorio que a nadie da cobijo,
una noche terrible sin velas ni azucenas,
un pábilo extinguido sin ventanas ni estrellas.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/

Y LOS OTROS RELATOS PARECEN ESTAR MUERTOS…

LA OTRA CONFESIÓN: *

*De Guillermo Camacho.  info@auroraboreal.dk
Twitter: @INFOBOREAL

¡Lo estamos observando!
Esas tres palabras, simples pero contundentes, estaban escritas en una caligrafía perfecta y con un estilógrafo de los de antes. La nota del papelito amarillo venía pegada a la carátula de la última versión del folleto sobre Acoso Sexual que había publicado la oficina unos años atrás.
¡Me quedé helado!
Tuve que sentarme y volver a leer pausadamente la nota.
Me volvió a parecer que las tres palabras eran categóricas, concluyentes.
Todo había pasado muy rápido en los últimos diez días. Esto era curioso, porque si hay algo que caracteriza a nuestra institución, además de ser tal vez la mayor organización internacional del mundo, es la lentitud en el ritmo de las acciones y la toma de decisiones. Dos semanas atrás se había decidido que mi división se mudaría tres pisos más arriba, a las antiguas oficinas del departamento de recursos humanos. A ellos los habían trasladado a un nuevo y hermoso edificio frente al río, donde también estaba ubicada la Secretaría General y los Consejos Generales, de Seguridad, Económicos y de Administración.
Me olvidé por completo de que a la mañana siguiente partiría en misión a un país caribeño. Estuve fácilmente media hora sentado, revisando mis veintitrés años de servicios en la organización. Repasando cuidadosamente episodios que pudieran ser la causa para que hubiera recibido aquella nota insinuante y atrevida con el folleto de pautas y comportamiento sobre Acoso Sexual. Aquel documento ya tenía sus años. Había sido presentado como parte de una serie de manuales sobre formas de actuar y seguridad después del ataque a las Torres Gemelas. Pero todo eso era pasado.
Sentado en aquella silla de mi nueva oficina, aún con la piernas temblorosas y la boca reseca, me vino a la memoria mi época de estudiante universitario y las apasionantes discusiones sobre la conciencia moral. Me enfrasqué una vez más en el concepto de que ciertas personas observan una determinada conducta moral y que otras se conducen de forma inmoral.
Pero yo, ¿cuál principio moral había violado?
No encontré en el archivo de mi memoria durante los años de servicio ningún acto que mi conciencia rechazara. Ninguna obligación a reparar algún mal. Aquella reflexión ayudó a que mis piernas dejaran de temblar, la saliva me volviera a fluir humedeciendo mi boca y la temperatura de mi cuerpo subiera otra vez. Descubrí con placer mi reflejo en el vidrio de la ventana. Ya no estaba lívido. Terminé de desempacar cajas, agarré mis notas para el viaje y me fuí al Caribe a mi misión de trabajo.
Las dos semanas de trabajo en el Caribe fueron intensas, pero gracias al clima tropical marítimo de la isla, que en esos días estuvo influido por unos vientos agradables, y su rica comida, una mezcla de sabores del África y de la India, me hicieron olvidar por completo el papelito amarillo con sus tres palabras contundentes.
Regresé del Caribe a mi nuevo despacho. A pesar de que lo encontré en orden -ya todo el equipo se había mudado a sus respectivos cubículos y lentamente cada cual empezaba a agregarle ese toque personal que humaniza la oficina-, había algo extraño en el ambiente que no pude identificar.
Tal vez al único que le noté un aire distinto, algo nervioso, fue a Huguito, el empleado de menor rango de mi unidad. Lo conocía de antaño. Huguito había estado encargado durante los últimos veintisiete años de los aspectos logísticos de mi unidad, llámese boletos aéreos, suministros de papelería, mantenimiento de fotocopiadoras, el café y hasta las flores de la sala de reuniones por mencionar tan sólo algunas de sus tareas más evidentes. Era querido por todos. Algunos incluso lo apodaban cariñosamente Don Hugo, porque efectivamente era un as para hacer milagros y solucionar problemas de última hora. Y gracias a Huguito siempre quedábamos bien. Con las mujeres del equipo era detallista, especial. Todo un caballero. Se acordaba de sus cumpleaños, les hacía favores personales. Realmente un gran elemento en el grupo. Estuve tentado de preguntarle qué le pasaba, pero me contuve concluyendo que debía estar exhausto después de la mudanza, porque éramos diez y seis hombres y diez y ocho mujeres en toda mi unidad. Supuse que durante mi viaje en misión al Caribe todos habían abusado de sus favores.
Para sorpresa mía, a los dos días de mi regreso Huguito me pidió audiencia. Al entrar a mi oficina se disculpó por interrumpirme, cerró la puerta y me aclaró que me iba a hablar como amigo y no como subalterno.
- Doctor llevo quince días que no pego un ojo, me dijo cuando se desplomó en la poltrona de cuero de mi despacho.
Su cara estaba demacrada. Unas bolsas debajo de los ojos daban fe de que llevaba días sin dormir. Su respiración estaba acelerada. Empezó a hablar, pero a la segunda palabra se deshizo en un llanto que me asustó. Lo dejé llorar en silencio, temiendo que me iba a anunciar lo peor, mientras le servía un poco de agua. Me juró por sus dos hijos a quien yo conocía desde el nacimiento que él no había hecho nada de mala intención. Él era incapaz; y a estas alturas de la vida, si llegaba a perder el puesto sería el fin. Todavía le quedaban doce años por pagar de la hipoteca de la casa. El menor acababa de empezar en la universidad. A la mayor le faltaba un año para graduarse de profesional. De hecho, me había nombrado padrino indirecto de la hija mayor. Me recordó el esfuerzo monumental que estaba haciendo por educar a los hijos, por darles una educación para que tuvieran un futuro mejor que el suyo, que aunque no se quejaba porque el salario era bueno, no le deseaba a los hijos que se quedaran sirviendo el café o preocupados porque el papel para las fotocopiadoras no había llegado a tiempo.
Dijo muchas otras cosas, algunas incongruentes, pero se detuvo y me miró fijo a los ojos cuando me confesó que las palmaditas en las nalgas que le daba a la secretaria de Sandro Trombatore eran de puro cariño. Después de esa confesión le volvió a dar rienda suelta al llanto.
Cuando se calmo abrió el puño y me lo mostró:
Un post-it de color amarillo, arrugado, con tres palabras simples pero contundentes escritas en una caligrafía perfecta y con un estilógrafo de los de antes:
¡Lo estamos observando!
Volvió a llorar a moco tendido como un niño indefenso mientras se le retenía la respiración y se ahogaba en unos suspiros. De repente dijo:
Este post-it me llegó pegado a la carátula del folleto de Acoso Sexual. Pero le juro Doctor que mis palmaditas en las nalgas de la secretaria del Doctor Trombatore son inocentes. ¡Si ella podría ser mi hija!
Cuando Huguito se volvió a calmar me pidió que intercediera ante los grandes jefes. Es más correcto decir que me rogó que abogara por él. No lo podían botar. Confesó que sí era cierto que cuando subía el papel de las fotocopiadoras hablaba con los otros empleados de las piernas de la Doctora Pinto -porque efectivamente las tenía muy buenas- pero que era ella la que le pegaba el culito en el ascensor cuando iba lleno. Él nunca le había dicho nada porque suponía que desde que el italiano la había dejado plantada a la Doctora Pinto le debería hacer falta un macho en casa. Además, él entendía que ella con la cara insinuaba que sí le gustaba ese roce del ascensor. Antes de dejar mi oficina y obligarme a jurar que intercedería por él ante la administración, aceptó que había tenido una aventura con una secretaria, pero que eso había durado unos pocos meses y sólo en una ocasión habían hecho el amor en las oficinas. Además recalcó que esa aventura no valía porque por aquellos años no existía el tal folleto de Acoso Sexual.
La historia de Hugo me dejó perplejo. No pude concentrarme en toda la mañana. Decidí salir a almorzar más temprano que de costumbre. En el ascensor me encontré con Roda, quien me preguntó si me importaba que fuéramos a comer juntos. Quería comentarme algo, pero como yo había estado en misión en el Caribe no había tenido oportunidad. Sugirió que no comiéramos en la cafetería del edificio porque lo que me iba a comentar era delicado y prefería un lugar más discreto y alejado de la oficina. Dijo que él invitaba. Me llevó a un restaurante costoso que usamos cuando tenemos invitados importantes. Ordenó una botella del mejor vino blanco sin preguntar y a pesar de que yo le dije que tenía que volver en la tarde a trabajar a la oficina.
No he hecho nada en toda la mañana. Tengo que volver a terminar el reporte del viaje al Caribe, pero no me escuchó. Cuando iba por la mitad de la botella, ya tenía las mejillas rojas y se había fumado cuatro cigarrillos desde que habíamos llegado, le pregunté:

Bueno Roda, ¿de qué se trata la vaina?
Después de un rodeo, en el cual me dijo que yo sabía que él era un verdadero amigo mío, que podía confiar en mí, que nuestras esposas también eran buenas amigas y que no era sólo porque jugaban al tenis juntas desde hace tantos años, tenía que confesarme que llevaba tres años enredado con la uruguaya de la unidad. Que no pensaba separarse porque eso destruiría a su señora y que él no pensaba dejar a sus hijos. Pero que tampoco estaba en sus planes dejar a la uruguaya. La uruguaya y él habían encontrado un equilibrio que no molestaba a nadie. Sólo se veían cuando estaban juntos de misión en el extranjero y que cuando volvían muy rara vez se veían por fuera de la oficina. Tomó una copa de vino de un sorbo y sacó del bolsillo de la chaqueta un papelito amarillo en el que pude leer claramente:
¡Lo estamos observando!
No había duda. Aquel post-it amarillo también había sido escrito con un estilógrafo de los de antes y con una caligrafía perfecta. Era contundente. Lo volví a leer en silencio y muy despacio. Una vez más me volvió a parecer categórico y concluyente.
Viejo, me dijo cariñosamente, llevo noches sin dormir. No me puedo concentrar. Me irrito por cualquier cosa. Stella se huele algo pero eso lo resuelvo yo. Lo que me tiene preocupado es este papelito de mierda que me llegó con el folleto de Acoso Sexual. Lo curioso es que nadie lo sabía en la oficina. Hemos sido muy cuidadosos conociendo las reglas. Alguien nos tuvo que haber delatado. Algún envidioso. Alguien que no tolera que tenga de amante a una uruguaya quince años más joven que yo. Tal vez es Lucía la del Consejo de Seguridad. Ella quiso tener algo conmigo pero yo la rechacé. Pero ahora creo que ella nunca lo superó y se está vengando. ¡Viejo me tienes que ayudar si hay una investigación!
No me quedé a tomar el café. Inventé cualquier disculpa y me fui asqueado. Desilusionado, sorprendido de mi ceguera. Mi incompetencia quedó demostrada. Durante las siguientes semanas el ambiente de la oficina empeoró. Catorce de los diez y seis hombres de mi unidad desfilaron por mi despacho con diferentes pretextos, pero todos confesaron un mismo delito. Por supuesto que hubo variaciones en los personajes, y en un caso, uno de los personajes era elemento central de varias historias simultáneamente; pero el delito y el detonante fueron siempre el mismo: una nota escrita con un estilógrafo de los de antes en una caligrafía impecable con tres palabras contundentes pegada al viejo folleto de Acoso Sexual de la oficina:
¡Lo estamos observando!
Todos de una u otra forma me pedían lo mismo, que abogara por ellos ante la administración central en el caso de que hubiera una investigación. El único que no había pasado por mi oficina era Sandro Trombatore. A Sandro lo conocía desde la época en que fuimos a Columbia e hicimos un posgrado juntos. Luego el destino nos volvió a juntar en la misma oficina. Desde entonces habíamos consolidado nuestra amistad. Estaba tan decepcionado de todos que no le quise comentar el asunto. Estuve tentado, pero lo vi tan contento y alejado de esa problemática decadente de nuestra unidad que no quise contaminarlo con ese ambiente negativo. Aunque debo confesar que sí le di tiempo, pues para ese momento estaba convencido de que todos los hombres de la unidad, incluido Sandro, habíamos recibido el famoso post-it con las tres palabras.
Pero Sandro Trombatore nunca se presentó en mi oficina. Y en cierta forma fue un descanso para mí. Al menos otro que podría decir que también tenía la conciencia tranquila.

La noticia de la muerte de Huguito nos llegó como un bombazo. Se desplomó una mañana en la sala de las fotocopiadoras. Un infarto fulminante acabó con él. En el entierro su mujer me confesó que su marido llevaba más de un mes sin dormir, preocupado por algo que nunca le quiso confesar.
Volvimos del entierro. Sandro vino a mi oficina a subirme la moral porque me vio muy afectado. Me dijo que esa era la vida, que es corta, que hay que gozarla, que hay que disfrutarla mientras tengamos salud. Que jamás hay que perder el sentido del humor, porque si no le puede pasar a uno lo mismo de Huguito. Quedarse tieso cuando uno menos lo espera. Que había que tener filosofía de vida.
Entonces me confesó la travesura. El día de la mudanza se encontró en su oficina con una pila de dos mil folletos sobre Acoso Sexual que los del departamento de recursos humanos nunca quisieron llevarse a pesar de que se cansó de pedirles el favor de que vinieran a retirarlos. Mientras yo lo miraba atónito me dijo:
Caro, imagino que los has visto. Es un folleto hermoso de cuatro paginas de instrucciones y pautas sobre lo que no se debe hacer y sí se puede hacer. Están impresos en ese papel semi mate fino. Cuando estaba a punto de tirarlos se me ocurrió la idea y escribí diez y seis notas. Hasta te mandé uno a ti.
¡Lo estamos observando!
Pero definitivamente parece que en esta oficina ya nadie tiene sentido del humor porque hasta la fecha de hoy absolutamente nadie me ha hecho un comentario al respecto. Ni siquiera tú, pícaro, que te conozco todo el recorrido.
Luego soltó una carcajada homérica que aún estoy escuchando en mis oídos.

EMBRUJOS MUSICALES*

“Por la música, las pasiones gozan de ellas mismas.”
FRIEDRICH NIETCHE

Dolorosos placeres. Incontestables goces.
Embrujos musicales.

Por mi piel desnuda, se deslizan.
Lentamente.
Siento que vienen desde antes del hechizo de enero.
De  anticipadas nanas.
Más acá de la negación de mi muerte.
Mas allá del dolor y del goce.
Vienen desde certeza de una entrega.
Desde un fuego entrañable.
Previo al  espacio incendiado de mi lengua.
Iniciadas  antes del tiempo del primate

Despueblan mi soledad y me nombran.
Y estoy preñada de sones y de tonos.
Y el goce  del embrujo musical me posee.
Patrimonio del cuerpo inmaterial que me habita.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

La mujer y el relato*

 
*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

Lunes. Son las siete y media de la mañana. En Budapest, donde no pasa nunca el camión regador y las calles de cemento ignoran el frescor milagroso. En Budapest la mujer que camina por la vereda a esa hora de la mañana recoge el relato que alguien dejó caer. Los pájaros están sobre los árboles, los
esposos están bajo la ducha y el relato huele a madera de cerezo. La mujer no es una maquinita de vivir, un algo, un aquello. Nunca ha estado más cerca de los hombres que de la luna. Jamás ha leído esa novela rusa en que una joven se casa con un viejo que tiene cuatro hijos y se lleva a vivir con ellos al amante. Tampoco está cubierta de una resina sagrada, pero camina por la vereda como una mujer cubierta de flores.
Martes. Son las siete y media de la mañana. En Bangladesh. La mujer que camina por la vereda toma el relato que dejó la mujer del día anterior y avanza. Cómo le impresiona el tigre del jardín zoológico. Anda de un lado para otro sin detenerse demasiado tiempo en ningún lugar. El tigre. A veces tiene el pelo rojo, a veces negro, la mujer. La mayor parte del tiempo se limita a escuchar las conversaciones ajenas. El tigre. Procura no mirarla a los ojos, el tigre. La mujer piensa que es una pena que esté lloviendo en Niza. En realidad está pensando en otra cosa, pero pensar eso le sirve para no pensar en otra cosa. El tigre camina por un sendero hecho a su medida.
Tiene un hermoso lomo inmensamente cautivo. El tigre. La mujer cierra los ojos en el momento en que el tigre le da por completo la espalda.
Miércoles. Son las siete y media de la mañana. En Dock Sud. La mujer que camina por la vereda toma el relato que ha dejado la mujer del día anterior y se lo mete en el hueco de su existencia. A esa hora de la mañana las moscas ya están libando las moras que crecen en los bordes de los caminos, lejos de Dock Sud. La mujer libada recuerda cómo la noche anterior se contrajo y se dilató. Algo misterioso, menos gris que Dock Sud anida en ella. El perfume de la tierra mojada por el camión regador. Algo más libado
que el lento naufragio cotidiano, por las calles de Dock Sud, anida en ella.
Jueves. Son las siete y media de la mañana. En Kioto. La mujer que camina por la vereda toma el relato que ha dejado la mujer del día anterior sobre el ala de una luciérnaga posada sobre el lomo del tigre. Ligeras brumas, densas nubes se desvanecen en la espalda del animal dorado que dejó la mujer del día anterior. La mujer toma el relato y se lo lleva sin hacer ruido por una vereda de terciopelo, nocturna. Se lo lleva al impresor-librero. Es tan acuciante como caer en un pozo. Tan suave como las dos muchachas que vuelven a besarse bajo la cara diminuta de un pequeño sol en una novela francesa.
Viernes. Son las siete y media de la mañana. En Jerusalén. La mujer que camina por la vereda toma el relato que ha dejado la mujer del día anterior, es un juego que comienza con la cabeza en la noche y termina con el cuerpo en el abismo. La mujer ha mojado los dedos tres veces en agua al despertar
porque los malos espíritus anidan en la segunda y tercera falange, según consta en el diario íntimo de un judío de verdad. Pero el judío cree que este rito ancestral previene que la mujer toque el rostro de su marido apenas despierta, porque en sueños puede haber tocado, sin posibilidad de dominarse, las axilas, el trasero o los órganos genitales.
Sábado. Son las siete y media de la mañana. En Paysandú. La mujer que camina por la vereda toma el relato que la mujer del día anterior sostenía con los dedos. Es un relato de mujer a oscuras. De mujer que se saca el pantalón en el dormitorio y busca un rincón mientras los vellos se le erizan y permanece
unos instantes sin moverse. Amarillo. Un relato de mujer que escucha pasos que suben por la escalera. Se apura. Anaranjado. Un relato de alguien que coloca la mano bruscamente sobre el picaporte. Rojo. Un relato de alguien que enciende la luz. Violeta. Y el relato de la mujer muere en su pequeña muerte. Asfixia.
Domingo. Son las siete y media de la mañana. En Malibú. La mujer que camina por la vereda toma el relato que ha dejado la mujer del día anterior y chasquea la lengua que huele a alcohol. El sol sale echando perfumes de damasco y melón. Con ese sol perfumado todo es más fácil, más difícil. La
mujer piensa fantasías que la fantasía no piensa. Se asusta mucho, poco, nada, mucho. Las diez mil maneras de nombrar a una mujer no alcanzan para nombrar a esta mujer que tiene el hábito de caminar a las siete y media de la mañana por cualquier ciudad del mundo, nos sirve la luna en un plato de azúcar, y llama al hombre para un trato íntimo con ella, y el hombre acude.
Y los otros hombres parecen estar rígidos. Y los otros relatos parecen estar muertos.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-30362-2011-09-10.html

Contrasentido*

 
Licencia
que encabeza
la arbitrariedad
Preludio
que amedrenta
la recuperación
Creencia
que evoca
el orgullo
 
Mutila
los cuerpos
el sicario
Domina
la soberbia
las vestiduras
 
El cíclope
agrupa
el instrumental
Desnudo
el nódulo
mendiga.
 
*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

*

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Posted by URBANOPOWELL in 20:36:08 | Permalink | Comments Off

SOBRE EL NAUFRAGIO DE LOS SUEÑOS GRANDES Y LAS PEQUEÑAS COSAS

DEFENSA DE LA POESÍA*

Palabras con mi hijo

Porque, aunque no lo creas
–plano más concreto–,
la luz de las estrellas
también vuela
y, además, el horizonte
es una línea tan cambiante
de acuerdo a cómo vires
el rumbo de tus pasos.

*

De esta arboleda
tomá tu color
o tu desdicha; y tomá
tu mar, tu vaso…
Todo suena, pareciera,
a nueces secas. Pero
también suena un río
       grandioso
que aún no escuchas.

A mis zapatos remendados
       yo los quiero;
mis zapatos con cartón debajo
       y nylon debajo
para que no entre el agua
       de la lluvia
ni el agua de cuando baldean
       las veredas.
Mis zapatos húmedos y tibios
de mí y con polvo de camino,
       mi camino.
Descansando ahora, debajo
       del mueble
–pueden verlos–,
y mirando gozosos cómo escribo
reclinado en la cama todo
       esto
y cómo abracé hace un momento
       al Caribe hondo y voraz
de Aimé Césaire y Saint-John
       Perse.
Zapatos, zapatos excedidos
       de mí
hasta deformarse, cuartearse
       y agujerearse.
Pero listos y hermanos
y comprendiendo, pareciera,
cuál es la estrella fugaz
y cuál es ésta. Y vamos,
yo adentro de ellos
en la parte que les toca.
Denostados, sin embargo,
       torpemente,
por una mujer, ciega mujer,
abandonada mujer, sola mujer.
Dejadme cruzar la calle,
       poesía,
poesía de los salones,
las rondas, los concilios,
que vengo de galope yo
       con mis zapatos!

   
Después del poema
el poema debe seguir y seguir
hasta el poema.
Mas si el poema no sigue
después del poema,
el poeta o bien flaquea
             o bien es de papel
             o bien de tinta.
No le creas al poeta
al que después del poema
se le concluye el poema.
No le creas
        o bien creé,
en el mejor de los casos,
        que flaquea
o que su ser tiene
        interferencias,
mutilaciones, o huesos
        indecisos
–sea Neruda o sea Thomas
        Eliot–.
Después, después del poema
el poema debe seguir y seguir
hasta el poema.

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
De Aguas vivas . Buenos Aires, 1993
http://www.eduardodalter.com/

SOBRE EL NAUFRAGIO DE LOS SUEÑOS GRANDES Y LAS PEQUEÑAS COSAS…

Naufragio*
 

Gravemente la lluvia está contando
el pausado suicidio de las gotas
sobre el naufragio de los sueños grandes
y las pequeñas cosas.
 

De pie entre los despojos, mi sonrisa
acepta las migajas de tus horas
y no ves que, privadas de tu savia,
se desprenden mis hojas.
 

Angustia de caer pendiente abajo
costumbre de la piel, que se demora
grilletes de miseria compartida…
 

se nos muere el amor.
Se desmorona.

                     
 *De María Amelia Schaller. masch@arnet.com.ar

Lapachos florecidos*

En memoria de Juan Carlos Medina [1]

En una de sus postreras reuniones del Café,  Juan Carlos nos había propuesto que escribiéramos sobre el tema de los lapachos en flor, justamente en aquella primavera nefasta, que terminó por llevárselo tan inesperadamente y para siempre… Quería que dejáramos retratada una postal en poesías diversas, de aquellos hermosos colores, de sus aromas, y de los sentires con que podrían motivarnos, a quienes manifestábamos asumir el compromiso de escribir sobre nuestra aldea; pero la mayoría dejamos pasar aquella primavera aquejados por su ausencia, y el tema quedó, al menos para mí, pendiente como un desafío inconcluso…, pero siempre vigente, y renovado en cada primavera que se fue sucediendo.
Si lo esencial es invisible a los ojos, lo bello es gratuito al espíritu; así al menos me hubiera dicho mi abuela, siempre oferente de sus consejos y sus sentencias.
Pero mi abuela en sus tiempos no se hubiera referido a los lapachos, al menos no a nuestros tan erguidos y coposos gigantes en flor; porque en aquellos días cuando ella venía, poquísimas veces, muy de vez en vez, al paso gallardo de los caballos de aquella volanta graciosa y escuálida; lo que veía bordeando las calles hundidas, cubiertas de polvo, eran paraísos amarillentos, y deformes por las podas urbanas, que convertían  sus ramas en miembros mutilados, que impotentes, ellos mostraban al cielo como una silenciosa y desgarrante protesta…
Todo aquello duerme en mis recuerdos, y sólo surge entre la niebla del tiempo, cuando por momentos vuelvo a ser aquel niño, y me mezclo entre sus sueños; pero me yergo y contemplo el paisaje, que Dios me regala cada primavera.
¡Qué lejos quedaron aquellos nudosos paraísos! 
Hoy cuando pasamos por nuestras calles actuales; no ya portados por mansos caballos de tiro, sino en modernos vehículos confortables y silenciosos, nos sorprenden los gigantescos lapachos, florecidos en una gama esplendorosa, que nos hinchan de alegría el pecho, por el goce de tenerlos en ese arbolado tan sereno y majestuoso.
No es sólo su sombra, no es sólo su porte ornamental e imponente; es sobre todo su generosa compañía, que como diría mi abuela: como todas las cosas que son verdaderamente hermosas, son gratuitas al espíritu…
Deduzco que somos una generación, que  obtuvo, y puede exhibir un logro elogiable, al ser posible que caminemos hoy a la sombra de estos soberbios guardianes; y pienso también que adornar nuestros paseos, calles y plazas, con un arbolado que asemeja cortinas luminosas, como una caricia de frescura y color, con ejemplares arraigados como nosotros a este suelo norteño; no sólo denota el cariño tributado a nuestra flora, sino también un mensaje altruista que grita nuestra fe en nosotros mismos. Y por sobre todo, devela un gran respeto humano y ofrece un verdadero mensaje, para cualquiera que nos visite, y transite a través de estas calles y avenidas, vestidas de flores, que en cada primavera, tributan generosamente a la vida.  
                                  

[1] Juan Carlos Medina. Poeta, docente, comunicador social, Director de Radio Municipal Reconquista. Miembro fundamental en la primera Comisión del Concurso Nacional de Pesca del Surubí. Destacado por su cordial personalidad, suelen recordarlo como “el chef” en sucesivos encuentros. Falleció el 29-10-2004 y en el primer aniversario, familiares y amigos realizaron un homenaje frente al panteón.

*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

El escritor Celso H. Agretti es uno de los integrantes del Café Literario Juan Carlos Medina que periódicamente se reúne en las instalaciones de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos de Reconquista. Desde ese norte santafesino envió “esta breve estampa ciudadana y primaveral”…

   VISITANDO CAÑADAS*

          

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

 

 Los chicos se alejaron del pueblo llevando sus tramperas en la mano derecha, las hondas al cuello y cruzado por un tirador  sobre sus pechos un bolsito de género con sus vitualles de comer, alguna botella con agua y los terribles “recortes” hechos de alambres de hierro aptos para usar como proyectiles.
            Cuando iniciaron el avance hacia el campo iban más presurosos, por la ansiedad de alcanzar los bañados  más cercanos y aprovechar el tiempo para preparar sus tramperas o tal vez porque en esta oportunidad no habían tenido la venia paterna y esta incursión se hacía a hurtadillas, con la asunción que tal responsabilidad acarrearía a sus pequeñas humanidades.
            A medida que ganaban el campo se iban alejando del pueblo, más bien un caserío desflecado que no tenía rutas ni más medio de locomoción para comunicarse con otras localidades que un tren diurno de ida y vuelta Rosario-Río Cuarto y esos caminos de tierra anchos y mal cuidados, que a cada lluvia producían el aislamiento por semanas, caminos que en buen romance eran mal aprovechados gran parte del año, en especial en las épocas de otoño e invierno donde los temporales los hacían realmente
intransitables.
   Ese día la intención de esta barrita entusiasta sería cazar algunos ejemplares de pechitos colorados, o jilgueros, o los hermosísimos chilenos o paraguayitos para engrosar la población que moraba en esos
grandes jaulones que metían  ruido bajo la sombra de los ceibos añosos.
            Tal vez ese día los esperara una bandada de chorlitos, tan mansos, tan tontos para hacer puntería con ellos, aunque su carne no merecía ser comida, y sus cadáveres quedaban para pasto de hormigas.
Lo cierto es que recién cuando se hubieron topado con el final del “Camino del Diablo”,  en el cruce de la capillita de la familia Cinel divisaron los espejos  de agua, con sus orillas festoneadas de juncos y espadañas, sus nidos de “alas de araña” y de “bichofeos” que los esperaban con sus huevitos espesos, prontos a ser perforados con un alambre y ser bebidos así, en crudo como corresponde a los niños que serán hombres fuertes y templados en esa pelea desigual con la vida.
A medida que se van acercando a esos grandes bañados que por comodidad llaman “lagunas”, descubren que toda esa población de aves que merodean sus orillas comienza a levantar vuelo con asombro, curiosidad y un poco de precaución, la que tienen siempre los animales salvajes.
La que dio la alarma fue esa bandada de cigüeñas, que hundía sus picos zancudos buscando pececillos minúsculos y de pronto avisada por el instinto levantó vuelo al unísono casi vertical y  llenó el cielo de grandes sábanas blancas cubriendo la quietad de noviembre. El griterío que había sido tímido al principio explotó por el aire con el vigor de una máquina que se descompone y estalla.
Los pueblos de llanura como éste son todos calcados, y en aquel tiempo remoto que se trata de resaltar, las ilusiones eran una desmesura que cubría como una nube flotante de acciones módica de todas las vidas.
Decir que todo era más simple es redundar en una notoria verdad, y la diferencia con las gentes que poblaban las grandes ciudades era a simple vista sideral. Nada de las comodidades de hoy existía en ningún pueblo de entonces.
Sin exagerar podríamos asegurar que estos chicos que son mirados a la distancia cuando hay tiempo y ausencia en el medio, vivían en un cuasi abandono inicial. Aunque las travesuras estaban siempre presentes nunca pasaban de lo que hoy sería tildado de ingenuidad, porque los padres de entonces eran severos hasta la temeridad, con un autoritarismo tan exigente que no era óptimo a veces para usar con esos niños sino con algún pelotón de hombres haciendo fajina en un regimiento.
Entonces esta estampa tan antigua no deja de tener una emoción al grato recuerdo.
Apenas entrecerramos los ojos  y los veremos volver con sus bolsitos vacíos, sus tramperas repletas de pájaros, y una despreocupación que no resaltaba cuando todos iban hacia los bañados en busca de aves.
También traían algunos patos pequeños y hasta una perdiz colgados de la cintura que aseguraba un piolín grueso. Fruto orgulloso de sus terribles gomeras. Carne que iría con seguridad a engrosar la olla con el guiso que la madre prepararía esa noche y que tal vez mitigara el reto por haber eludido pedir permiso para esta incursión de caza que había surgido  otra vez con la espontaneidad que contemple la hora de la siesta, cuando los mayores duermen, y el cielo es más alto y el sol cae más a plomo que nunca sobre la
quietud de los campos, cruzando esos callejones vacíos que solo es hollado por el paso presurosos de las iguanas soñolientas, los hurones rápidos y los más tontos cuises que vieron todos los tiempos.

 

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ

 
Un encuentro en invierno*

Eduardo Dalter es también un poeta que ha publicado 25 libros, y dictado cursos en el país y el continente.

Con Dalter nos fuimos al “Trote” allí, para los que no conocen, en el corazón de Adrogué. Nos juntamos para repasar momentos que han marcado buena parte de la poesía y fuerte réplica con huellas que pueden rastrearse en otros idiomas.
Es un hombre cuidadoso, reflexivo, por lo menos lo parece y lo cuenta. De sólidos arraigos, luce su lugar ganado en la historia.

–Eduardo, empezamos por donde quiera…

–Bueno, yo nací en el Barrio de Velez Sarfield, un barrio vecino al de Mataderos, con sus zanjones, sus mejorados y sus barros los días de lluvia. En mi casa, pensaban, soñaban, con que yo, algún día, pudiera ser ingeniero. A mí me resultaba realmente extraño ese gusto familiar.

–¿Alguna señal del rumbo?

–Incluso no sabía, ni de joven ni de adolescente, qué era lo que me atraía. Sí los juegos y ya de adolescente las muchachas.
Eso sí estaba seguro de que me atraía. Siendo muy joven, menos de 20 años, empecé a ir a la Escuela de Bellas Artes, por Cezanne (Paul), por Monnet (Claude), por Renoir (Pierre Auguste). Corría el año, en que se publicó “Cien años de soledad”.

–¿El momento de la fertilidad cultural?

–Y ahí noté que eso tenía que ver realmente con mi vida, con mis sueños, con mis dudas, conmigo mismo, fue una inclinación sin apresuramientos, que yo dejé que se fuera decantando.
En 1971 y 1973 publico dos cuadernos poéticos y comienzo a colaborar en distintos suplementos y revistas literarias y culturales del país. Esos podrían ser mis comienzos.

–¿Por qué eligió el lenguaje poético?

–Siento que yo no elegí a la poesía. Cuando me quise dar cuenta, ya la elección había sido realizada hacía algunos años. Es como en los grandes amores, nadie elige, es un viento que envuelve, es un clima que colma.

–¿Y esa forma?

–Las formas de la cosa, son la cosa misma. Si uno lo dice con otras palabras está diciendo otra cosa. Si alguien tiene algo que decir y le merece alguna duda con cuál lenguaje explicitarlo, no es una cuestión formal lo que le merece dudas. En realidad, lo que está en duda es la esencia del mensaje mismo.

 

–Si cada libro es un escalón, ¿notó que ascendía?

–A veces me parece que fuera una mentira que yo escribí y publiqué veinticinco libros, pero claro, hay una realidad que lo indica.

–¿Debió enfrentarse consigo?

–A veces me pregunté: “¿Estás contento con todo lo que escribiste?” Y a veces me digo que me estoy haciendo mal la pregunta. Quizás tendría que preguntarme, también equivocadamente: “¿Estás contento con lo que viviste?” La vida fue así, mis poemas fueron así y ni en la vida ni en los poemas publicados hay borradores.

–¿Y cómo le fue?

–Nunca dejé de hacer lo que quise hacer, y siempre amé lo que estaba haciendo, si no, no lo hacía. No estoy en condiciones de pensar, como hubiera sido mi vida sin poesía, cómo hubiera sido mi vida sin los libros, ni tampoco como hubiera sido mi vida si no hubiera vivido en las casas que viví, con los amigos, con las mujeres que amé.

–¿Por qué se exilió?

–Hubo años en que uno era culpable de ser joven, ese sólo hecho merecía desconfianza. Yo celebro estos días que, aún con injusticias, nadie persigue a nadie porque tenga un libro bajo el brazo. Esos años en Venezuela me sirvieron para descubrir otros horizontes.

–¿Y qué descubrió?

–Conocí la poesía del Caribe. La poesía de las colonias de habla francesa, me dediqué a estudiar todos los discursos de Bolívar, que conforman una obra literaria, de pensamiento latinoamericano, que tendría que estar en las aulas de todas las casas de enseñanza del continente.

–¿El viaje a Estados Unidos fue un propósito, una búsqueda?

–Yo desde los años ‘70 me carteaba con un poeta de la historia de la poesía americana como (Irving) Allen Ginsberg. A través de él, una parte de mi producción poética fue traducida al inglés, y cuando muere, al año se le hace un homenaje en el Central Park.
Su secretario hizo que me invitaran a un tributo que se le estaba haciendo en la ciudad de Nueva York. Voy y conozco a jóvenes artistas de teatro del Harlem.

–¿Hubo continuidad con ese escenario?

–Volví al año siguiente con mi esposa y estuvimos revisando libros, obras pictóricas, pero sobre todo la producción poética del Harlem.
Hicimos un trabajo de estudio, de selección y traducción, en un libro que publicamos el año pasado, que se llama “Harlem, los blues de la historia”, traducidos por primera vez al español y de poetas prácticamente desconocidos o soslayados, en los mismos Estados Unidos. Diez poetas negros traducidos al español.

–¿Cómo fue su trabajo en la UBA?

–La UBA se llega a un corralito interno, en la Facultad de Filosofía y Letras se llamaba y se llama “los baches programáticos”, los latinoamericanos, desde la época de la ultima dictadura militar, que fue borrado del horizonte de la enseñanza; es reiterado a partir de estos seminarios que diseñé y dicté durante dos años, eran seminarios cuatrimestrales que abordaban la enseñanza de la poesía del continente.

–¿Un título para esta nota?

–Un encuentro en invierno tras los vidrios.

*

De Estos vientos (1984)

Nadie estuvo en sus ropas, en su
patria, en sus raíces.
Un silencio de lobo avanzó y corcoveó
por estas calles.
El terror derribó puertas y espió
por las mirillas.
Una conmoción de muerte, de la
puerta para afuera
y de los ojos para adentro, nos
exilió del otro
y fuimos gente sola, de mirada
huidiza, en los rincones
como las hojas tristes que los
vientos amontonan

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 10/09/11 – http://www.launion.com.ar/?p=59060

INVIERNO EN BUENOS AIRES*

Junio en Buenos Aires
La oscuridad acaricia el semblante frío
De la alborada, pasos largos, temerosos,
Recorren las calzadas rumbo a Rivadavia

El silencio trepado en los edificios y casas
Y las luces automáticas prenden
Y apagan, la ciudad dormida
Comienza a despertar

Doce cuadras y algo más
El miedo traiciona la espalda,
Rostro entumecido, manos congeladas,
El colectivo abre las puertas,
Dificultad en los dedos para insertar
Las monedas y atrapar el boleto que se escapa,
En el fondo, algunos asientos vacíos
Y muchos rostros con sueñonada

Un viaje en silencio
Sólo el ruido del motor
Y la puerta que abre y cierra
-la próxima parada es la mía- piensa,
pasos largos baja del colectivo
y se interna en los pasillos sombríos del hospital

impresionante desfile de abrigos, gorros
y bufandas
y las miradas extrañas poblando el lugar,
en la fila, documento en mano
y obtener la ficha toda una hazaña,
la esperanza asoma las narices
cuando los de blanco inundan los consultorios

ficha número uno
pase por favor…

 
*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es

HAY QUE MATAR EL MENSAJERO*

“Si hay victoria en vencer al enemigo, la hay mayor, cuando el Hombre se vence a si mismo”
JOSÉ DE SAN MARTÍN
 

Había que matar al mensajero, amor.
Calcinar el mensaje. Lapidarlo.
Vaciar la memoria y las ideas.
Momificar la carne.
Apagar los relojes. Detener el tiempo.
Hoy es hoy. No hay ayer.
Hay que borrar las huellas.
“No hay muertos, solo desaparecidos”
Cerrar los ojos, los oídos, la boca.
No mires, no escuches, no hables.
Hay que talar árboles, raíces, frutos, brotes.
Matar al enemigo, amor.
Dejar vivo al Flautista de Hamelín.
Alimentar hocicos y cuidar el queso.
Apagar el sol. Tapar la luna con las manos.
Detener el río. El mar y las mareas.
 

Yo te visto, tristeza, de rodillas.
Abatida entre huertos de angustia.
También te he visto, levantarte.
Elevarte entre tristísimas naranjas.
Acariciar la desnudez de los duraznos.
Vencer al enemigo que hay en ti.
La luz, inmensa gira.
Entre molinos, vientos y revoluciones.
Gira, gira.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

*

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Posted by URBANOPOWELL in 20:34:17 | Permalink | Comments Off

Tuesday, September 6, 2011

LA ESCALERA DE LOS ESPEJOS…

EL  NOMBRE SIN PALABRAS*

“Palabra para nombrar lo tantas veces dicho
Y oído apenas como un son lejano de campana.”
ANGEL DARÍO OLIVA

Como nombrar al barco que no tiene nombre.
No tiene nombre, pero tiene, matriz y huevo fecundado.

Como nombrar tu barco.
Tu galeón, tu navío, tu palabra incierta.
Tu nave, tu vapor, tu grito ciego.
Tan iguales. Tan opuestos. Tan hallados.
Y tienen remos  y tienen quilla  y todos los aromas.
Y vientos clausurados y costas y arrecifes.
Como decirte, donde buscar a Argos.
Donde la mirada, si cuando cierra un ojo abre el otro

Como llamar a Argos: el constructor, el arquitecto.
El orfebre, el dador de la vida o de la muerte.
Como nombrarlo, si el pavo real no flota, tampoco la mentira.
Y el perro devora al cazador y al ciervo.

Como nombrarla a ella y no decir brújula.
Bitácora, saeta , cuadrante  desangrado.
Como contarte las cosas que no nombra la hiedra
Como decirte madre total, campana enfriada por el viento.

 
Como nombrarte, amor, el naufragio de palomas muertas.
Como nombrar tu grito más profundo y no decir milagro.
Vida, Vida. Vida.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

LA ESCALERA DE LOS ESPEJOS…

¿Por qué tú nunca estuviste en mi ciudad?*

¿Por qué tú nunca estuviste en mi ciudad?

Siempre otras luces, siempre otras aceras,
salpicando tu paso, siempre otras esquinas
alejándote de mí, como un destierro.

Y aquí en lo cotidiano mirándonos,
día a día mirándonos sin llegar a comprender,
día a día comprobando sin asombro el absurdo
que supone fingir que estamos vivos,
que nunca nada ocurrió, como un silencio cómplice
que parece negar las puertas entreabiertas del pasado.

Pero son otras puertas, otras habitaciones,
nunca es el mismo hotel, nunca la misma calle;
otras son tus palomas, otros tus soportales,
nunca es la misma plaza, aunque sea la misma.

¿Pero por qué jamás estuve en tu ciudad?

Yo quisiera habitar tus parques en secreto,
llenar tus galerías con el tono cansino
de mi voz que te nombra y te celebra
aun cuando nada escuchen tus cornisas;
vagar por los pasillos que nunca conocí
y que acaso ya nunca, nunca conoceré,
porque otra es mi ciudad,
aunque ahora y aquí, mis ojos en tus ojos
crean reconocerse y encontrarse,
pero sé que también esto es mentira,
que es tan sólo mi cruel esperanza de mendigo
y que esos ojos que me miran tristemente
tampoco son tus ojos ni soy yo lo que miran
y esta no es mi ciudad
y acaso tampoco sea tu ciudad, tan lejana,
o tan cercana, ¿cómo vamos a saberlo?
pero en todo caso, en otra parte,
en otro espacio o tiempo
                                              ya irreconciliable.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/

 

PIXINGUINHA Y LA INMORTALIDAD*

Crónicas del Hombre Alto n° 70

 
Si los lectores de estas líneas fuesen invitados a elaborar una lista de figuras relevantes de la música popular brasileña, de inmediato acudiría a su memoria una docena de nombres ilustres. Entre ellos, seguramente, no estaría el de mi tocayo Pixinguinha (Alfredo da Rocha Viana Jr.), compositor carioca que –al menos, a nivel internacional- no goza del reconocimiento masivo que sí ostentan monstruos sagrados más modernos como Vinicius de Moraes, Caetano Veloso o Chico Buarque, por citar sólo a algunos integrantes notables de ese hipotético catálogo.
 
Yo jamás había oído hablar de él hasta ese viernes en “La Tasca”, la noche del recital de Cacho Hussein y Nilda Godoy. Fue justamente Cacho quien lo mencionó, cuando antes de tocar el tema “Carinhoso” ilustró al público acerca de su autor, refiriéndose a él como una especie de precursor, situado cronológicamente varias décadas antes del fulgurante éxito de Jobim y la bossa nova. Gracias a esa misma introducción, nos enteramos también de que el tema que íbamos a escuchar había sido compuesto aproximadamente un siglo atrás.
 
La referencia histórica capturó mi atención al instante, abriéndome las puertas a uno de mis acostumbradas dispersiones mentales, de esos que la música suele propiciar. Mientras Nilda y Cacho nos deleitaban con la delicada cadencia de “Carinhoso”, una libre asociación de ideas me condujo a pensar que Pixinguinha había escrito ese tema cuando la menor de mis abuelas era todavía una niña. Imaginé los insondables laberintos de tiempo y espacio que habría atravesado esa melodía hasta llegar a nuestros oídos aquella noche y sentí que su antigüedad le brindaba un valor agregado a su indudable belleza.
 
El recital siguió adelante, engarzando joya tras joya. No fue “Carinhoso”, por cierto, el tema que más me gustó de todo el repertorio. Sin embargo, antojadizamente, o tal vez a causa de ser el de origen más remoto, fue el causante de que varias veces, a lo largo de la noche, me haya remontado hasta los inicios del siglo XX para seguir hilvanando especulaciones.
 
¿Habrá imaginado Pixinguinha, al componer su canción, que cien años después, una pareja de músicos extranjeros rescataría esos acordes desde el fondo de los tiempos y el silencio, y un grupo de personas aplaudiría con entusiasmo su interpretación? Desconozco si Pixinguinha era un optimista incurable o un escéptico consumado; desconozco también si fantaseaba con la gloria o si esas materias lo tenían sin cuidado. Poco ayudaría saberlo, de todos modos. Al fin y al cabo, cuando un artista lanza su obra al mundo en busca de quien la reciba, disfrute y valore, lo hace apostando a la posiblidad de que ella trascienda múltiples fronteras. Incluso, las que le impone la finitud de su propia existencia. No importa si lo manifiesta en forma explícita o si se trata de un impulso inconsciente: la pretensión de inmortalidad -tan presuntuosa como conmovedora- anida en el alma de todo creador. “Puesto que el hombre es mortal -nos dice Faulkner- la única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá”. Pues bien, haya sido Pixinguinha un soñador o un pesimista, allí estaban Cacho y Nilda para demostrarnos que lo que él dejó tras de sí se sigue moviendo.
 
El recital llegó a su fin. Miré a mi alrededor: la gente pagaba sus consumiciones, se paraba, se ponía su abrigo, saludaba a los conocidos, se despedía. Enredado aún en mis reflexiones, pensé que todos los que estábamos esa noche en “La Tasca” habíamos asistido a una experiencia conmocionante: habíamos comprobado -nada menos- la inmortalidad de un alma humana. Me pregunté si los demás también se habrian dado cuenta del prodigio pero no me animé a averiguarlo.
 
Salimos. La madrugada nos aguardaba afuera con un frío filoso que tajeaba las mejillas.
 
 

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 

Campeón de ajedrez*

 

He desarrollado un sistema para ganar siempre jugando al ajedrez. Me costó encontrar el truco, pero ahora, con el entreno necesario, cuento mis partidas por victorias.

Exijo jugar delante de un espejo. Si no hay espejo no hay partida. Como este juego siempre se me ha dado bien, normalmente gano sin aplicar el truco, pero si eventualmente pierdo, salto raudo dentro del espejo y allí, aprovechando que la partida está invertida, la acabo…  Ganando, claro.

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

La valija mágica*

 *Por Juan Forn

Borges le dice a Bioy: “Cuando le cuento sueños a madre, creyendo que son valiosísimos, ella se pone furiosa. Dice que, mientras ella duerme tranquila, yo estoy soñando disparates, que ni dormido la dejo en paz”. Lo que estaba soñando Borges era que alguien lo apuntaba con un arma y le decía: “Voy a matarlo, no puede hacer nada”. A lo que Borges contestaba: “Puedo hacer algo: despertarme”. Uno se lo imagina abriendo los ojos a las cuatro de la mañana y preguntando en la oscuridad, hacia el cuarto de al
lado: “Madre, ¿está despierta? ¿Sabe lo que acabo de soñar?”.
Sospecho no ser el único al que le emploman los sueños ajenos, sean por escrito, en películas o por vía oral. Pero, a diferencia de doña Leonor, los sueños de Borges me enganchan siempre, entre otras razones porque los cuenta tan sencillitos y breves que funcionan como haikus: terminan casi antes de empezar, relato e impacto son casi simultáneos. La otra cosa que me gusta es la combinación de desenfado y familiaridad con que Borges se los cuenta a Bioy. No por nada la recalcitrante doña Leonor le decía a su hijo: “Vos no sos reservado, sos indiscreto. Pero te salen bien las indiscreciones”. Véase este otro ejemplo, que ocurre después de un fugaz paso de Borges por el quirófano: “Soñé que era Inglaterra e interpreté unos tironeos en la barriga como el dolor de parir a Australia. Al despertar, me alarmé un poco por haber tenido un sueño así. La operación de la próstata hiere y perturba el amor propio”. Bioy, que ha ido a visitar al amigo, recuerda al oír esa confesión un comentario de Borges a la salida de una tarde de trabajo en la editorial Emecé: “Vamos a La Fragata, que tiene un mingitorio donde se logran pises excelentes”. Lo urinario es todo un tema entre los dos amigos.
Un día que comen en lo de Bioy, Borges espera que Martita, la hija de su amigo, se levante de la mesa para decir, llevándose a la nariz una rebanada de pan negro: “Ahora que se fue Marta, te voy a confesar que este pan me gusta tanto porque tiene olor a pis”.
Fritz Lang le dijo una vez a Godard: “Si me abrieran al medio, saldría un niño viejo, o un anciano joven. Uno cumple los veinticinco y no tuvo tiempo de conocer la vejez de la juventud. Lo mismo pasa cuando uno envejece: el período para conocer la juventud de la vejez es demasiado corto”. Borges y Bioy resolvieron ese problema a su manera: “Cometemos el error de creer que los demás son adultos, pero son tan pueriles como uno”, le dice Bioy a su amigo. Y éste contesta: “Si uno nació chico, sigue siendo chico. Habría que nacer adulto para ser adulto”. Como bien se sabe, Borges le llevaba quince años a Bioy, pero se hicieron amigos enseguida porque ninguno de los dos había nacido adulto: podían ser dos impenitentes niños viejos o dos ancianos púberes igual de impenitentes. En particular con el plúmbeo Manuel Peyrou,
que fue incurablemente adulto toda su vida y que solía decir: “Hay gente que te irrita de antemano por la estupidez que va a decir y te irrita después porque defraudó tu expectativa diciendo algo atinado”. Simulaba referirse al común de la gente, pero en realidad estaba hablando del irritante efecto que
le producían Borges y Bioy cuando estaban juntos.
A María Kodama le pasaba lo mismo, razón por la cual se aplicó a “alejar a Borges del señor Bioy”, como decía Fanny, la mucama correntina que fue mucho mejor sparring de sueños para Borges que la entonces difunta doña Leonor. Un día, justificándose, Kodama le dice a Fanny: “Es que le hablan mal de mí”.
Fanny le contesta: “Pero señora… ni hablan de usted” (es lapidariamente cierto; por la misma época, Silvina está una mañana leyendo el diario en el jardín de su casa en Mar del Plata, lee algo sobre Borges y le dice a Bioy, sin bajar el diario: “Qué caso extraordinario, alguien tan desdichado que llegó a la felicidad… porque mirá que ha sido desdichado”. Pausa. “Ahora está en la cúspide de su vida, le va bien, es feliz. Pobre, me da lástima”).
Fanny no contaba sus sueños, pero daba su opinión a Borges sobre los suyos, porque le parecían transparentes. En una de las raras visitas de Bioy al departamento de su amigo en la calle Maipú, Borges le cuenta que soñó que al comprar un libro se desplomaba, lo ayudaban a levantarse y descubría que era
un enano. Fanny, que pasa por ahí para llevarse la bandeja del té, dice con ecuanimidad: “Es claro, el señor Frías pasó por acá esta tarde” (Carlos Frías, uno de los directores históricos de Emecé, medía en sus mejores momentos del día un metro cincuenta). Fanny le explicaba cómo dormir a Borges: “Cuando yo me duermo, entro en el profundo. Yo digo que morir ha de ser un profundo más hondo, y creo que más descansado”. Doña Leonor le había dicho antes de morir que se le aparecería en sueños para contarle cómo era el otro mundo. “Nunca se me apareció, señor; así que no ha de haber otro mundo”. Eso le hace recordar a Borges una frase que parece venirle de un sueño. Se la oyó a su padre setenta años antes, parados los dos en la cubierta del barco que los traía a la Argentina: “Llueve en el mar. ¿Ves que
no hay Dios?”.
En 1981, cuando ya llevaban medio siglo de amistad cotidiana, Bioy resume distraídamente en su diario la mecánica de su vínculo con Borges: “A él le interesa todo más que a mí. Siempre está encontrando cosas para comentar: llega a casa como un viajante con su valijita y la abre para mostrar las riquezas que ha encontrado, rasgos absurdos o nobles de la gente, felicidades y paradojas de la literatura”. Durante cincuenta años anotó Bioy en su diario lo que Borges traía cada noche en su valijita. Con ningún auditorio se sintió Borges más cómodo que en aquellas noches en que se pagaba la comida en casa de su amigo con su valija mágica. A nadie le mostró tanto de su contenido. Borges es con Bioy como la mayoría de los escritores son sólo consigo mismos, adentro de sus cabezas, cuando se ríen solos, cuando se miran el calzón, cuando creen que nadie los ve, cuando no les importa la opinión ajena. Eso es lo más formidable y lo más impúdicamente escalofriante que tuvo su amistad, y que tiene el libraco sobre Borges que
Bioy dejó para publicar post-mortem. Hay una frase que lo resume en lo alto y lo bajo igual de gloriosamente, y que nadie pescó o nadie se atrevió a citar en las mil semblanzas sobre el libro que se han hecho. Dice Borges que, en medio de un sueño, descubre con furia repentina: “La más clara prueba de que Dios no existe es el acto de cagar. La persona que descubra un modo de sustituir el papel higiénico se hará rico. Entonces verán nuestra época como increíble y bárbara. Dirán: se pasaban papel por el culo y se ensuciaban la mano, qué gente sin Dios”. Tal cual. Qué extraordinaria gente sin Dios eran los dos cuando estaban juntos.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-175858-2011-09-02.html

AMANECER DEL TIGRE*    

“…desde pequeño me atrajeron los tigres, quizá por su color, ya que el amarillo era de mis colores preferidos, el del amanecer, el del ocaso…y uno de los primeros colores que me fueron arrebatados por su ceguera. Todo el mundo, piensa que los ciegos viven en la penumbra del negro y no es así, es un color azul grisáceo o gris azulado…extraña el color negro y también el granate. A veces entrevero una penumbra rosada, pero añoro el granate…”

-Testimonio de Borges obtenido de Canal Arte.

¿Qué duele más, el desamor, la muerte, la locura?
¿La fuga del girasol y la retama?
¿Del ocaso, de la aurora, del trigal en llamas?
Como un tigre enjaulado, la oscuridad.
Golpea  una y otra vez contra garfios de penumbra rosada.
Ronca la boca de la noche como  un  pez moribundo
Amordazan el grito azul del cuervo.
Solo queda “la vaga sombra, la inextricable sombra”
No ha sido un Polifemo devorador de hombres.
Sin embargo, los Dioses y una atávica herencia
Perforaron sus vertientes de luz, con una estaca ardiente.
Una clepsidra sideral ilumina los espejos perpetuos.
Regresa “el oro de los tigres” y la memoria eterna,
El ocaso, la aurora, los trigales.
….”y no hay fin “….
Como  un enemigo abochornado, vencido el crepúsculo huye.
 Ante tanta tormenta de amarillo
 El día se deshace en girasoles y retamas.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA ESCALERA DE LOS ESPEJOS*

Los pasos son generaciones
perdidas entre necedad
y mansedumbre,
repetidos encantos
duplicadas aberraciones
y la vida corre
como la misma sangre
por distintas venas,
y rostros parecidos
cubren las almas
con el mismo apellido

obras montadas
en el escenario de la vida,
donde los que aplauden
son fantasmas ambulantes
y los mismos aciertos
y los mismos errores,
van bordando
el manto que cubre
cada uno de los caminantes

escalera de espejos
interminable,
mire por donde mire
se divisa la propia imagen,
la de los padres, abuelos,
bisabuelos;
festival de historias
transcurridas en el tiempo,
y el telón
abre y cierra
después de cada acto,
y los aplausos confundidos
con lamentos

dramas y comedias
entrelazadas,
urdidas
por sigilosas manos:
el destino
y los pasos caminando a ciegas,
sobre los peldaños
crepitantes,
y los espejos reflejan
actores incautos,
hundidos hasta el cuello
en la trampa

sin reparos ni enmiendas
con la suerte echada
en el momento
del primer llanto, ingenuo,
y candoroso,
puesto el pie
no hay retorno,
escalera de espejos
cuesta arriba
o cuesta abajo

*De Ruth Ana López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es

 

¡Alumbranos, Candela! *

Que tu muerte sea la pólvora del pensamiento,
la sal de la voluntad,
para emprender una batalla incesante, indomable,
hasta lograr que ningún niño o niña,
ninguna adolescente y ningún joven,
sean víctimas de asesinatos mafiosos.
Sé que ahora vas a estar cerca de Soledad, de Marita
y de miles de otras criaturas.
Por favor, no se olviden de los que quedamos solos
sin ustedes,
los que quedamos débiles y oscuros,
sin ustedes.
¡Alumbranos, porque vas a ser la niña de todos
los que queremos una sociedad justa!
¡Hasta la Victoria Siempre, Candela!

*De Eugenia Cabral. ecabral54@yahoo.com.ar

Correo:

CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA
San Martin 1080 –Plaza Montenegro- 2000 Rosario
CICLO 2011
“Del derecho y del reves de letras en tiempos de oscuridad”
Declarado de interes Municipal por el Honorable Concejo Deliberante

Septiembre

Vi, a mi izquierda, un edificio que anunciaba una estación. (…) y yo se los conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente (…) : Auschwitz-Birkenau, eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Trate en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos.
Imre Kertész

Martes 06 /20:00
“La literatura de Imre Kertesz. El  dios Auschwitz es un padre encumbrado”
Ps. David Fuks,  psicologo, docente,  escritor, editor.
          Etica, existencia, tragedia y pensamiento antropologico en la literatura de Imre Kertesz (Budapest, 1929).La obra de Kertesz está signada por su deportacion (a la edad de 15 años) a Auschwitz-Birkenau y Buchenwald y por sus vivencias en la Europa Central totalitaria de posguerra .I.K. es el primer escritor hungaro galardonado con el Premio Nobel de literatura (2002). Tradujo ,entre otros,a Nietzsche y Freud.

Martes 13 /20:00
“La literatura de Imre Kertesz. La sobrevivencia jamás sobrevivida”
Ps. David Fuks,
psicologo, docente,  escritor, editor.

Martes 20/ 20:00
“Relato sobre la experiencia analítica. De escrituras, tiempos, claros y oscuros”
Dr. Mario Kelman, psicoanalista.
¡Que singular experiencia, la experiencia analitica! Parafraseando el titulo del ciclo:  “letras en tiempos de oscuridad”; conversaremos sobre las condiciones de la experiencia analitica.
Esta ultima, tambien incluye la escritura de letras a partir de lo que se dice; una relacion con los tiempos que nunca es simple ni lineal; asi como claros y oscuros que presentan lo sensible mas alla del lenguaje. Hechos que la tornan una experiencia particular y diferente a otras experiencias, que da lugar a la busqueda de una verdad que concierne a cada uno que se embarca en semejante travesia.

Martes 27/20:00
” Desde el psicoanalisis, un intento sobre la Creatividad ”
Jorge D’Angelo, psicoanalista
Si bien S. Freud definio como imposible acceder al misterio de la creacion artistica nos permitiremos algunos juegos con dicha cuestion. Sin pretender develacion alguna nos dedicaremos entonces al juego de palabras.
Sabemos que los juegos pueden devenir en trabajo productivo. ¿ Oh no ?

Creacion y coordinacion del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Martes 20 hs. Sala “C”
Entrada libre y gratuita
Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Blog: http://delderechoreves.com.ar
Cuenta facebook: Ciclo Delderechorevés

Auspician:
·         Facultad de Psicología, UNR
·         Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
·         CEIDH (Centro de Estudios e Investigación en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
·         IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Ética y Prácticas alternativas “Paulo Freire” – Facultad  de Derecho. UNR.)

CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA

*Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar

*

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Posted by URBANOPOWELL in 03:32:08 | Permalink | Comments Off

SOÑANDO EL SUEÑO DE LAS PALABRAS…

MINOTAUROS*

*Por Miriam Cairo.

 I.

Uno de nosotros es la pata de la silla que se escapa para vivir su vida. El
resto del mobiliario lo condena: dice que destruyó el asiento tan necesario
para que el mundo descanse de su propia nulidad. Pero la silla no ha dejado
de ser silla, sino que es silla de tres patas. La pata que quiere vivir su
vida, ha decidido no sostener más el pesado trasero del mundo. Todo aquel
que se siente sobre la butaca de tres patas caerá, se fracturará el tronco y
las monedas se le caerán de los bolsillos. Uno de nosotros sentirá el alivio
de no formar parte ya de ese living tapizado de gris oscuro.

II.

Este cielo me desmiente, me obliga a recordar al inocente amado fugitivo que
se recostó más allá de cualquier zona prohibida en la arena roja de mi alma.

III.

Una de nosotras raramente ve alguna cosa sin experimentar ese sentimiento
tan especial de haber sido alguna vez lo mirado. Pero las experiencias no le
sirven para nada, esa es la razón por la cual a una de nosotras le gustan
tanto las pinturas de Matisse.

IV.

Hay un espejo donde sabios animales nostálgicos visitan nuestra flamante
transparencia de cuerpos calientes, doblados en una hoja nervada, donde los
amantes comen lentamente su corazón de medianoche hasta pulverizarse el
sexo.

V.

Uno de nosotros ha de volver con sus huesos a la memoria del cuerpo y dejará
que su crepúsculo esté lleno de sudores. La noche temblará llena
decontentos. Nada de fotos íntimas en la portada del diario. Uno de nosotros
cree que debieran estar prohibidas las noticias y entrega a la señora de al
lado sus ahorros y su sangre. El alma humana es una bomba de tiempo. Pero en
tanto haya carne viva de uno de nosotros para que la señora de al lado
camine sobre el sangrado parquet y pague los impuestos, habrá paz en el
living de su casa aunque no haya amor en el mundo.

VI.

Doblemente iluminado ciega sus miembros con en salmos de luz. Dice que
abolirá la mañana ostentosa. Dice que las colosales intimidades lo abrigan
de las hogueras frías de sus noches. Dice que se ahogó, como Sansón, en un
rodete de su propio pelo. Dice que como una reina loca aulló desnudo y solo.
Dice que su fornicación de misántropo esposo no le trae ninguna gestación
humana. Dice que ya no es un espejo incendiado. Dice que sobre sus hilos
rígidos se duerme y se llora en sus propios funerales.

VII.

Una de nosotras podría morirse de una vez, pero como siempre pasa, una de
nosotras juzga que merece una vida nueva y no obstante, una de nosotras no
hace más que meter la pata y conducir la nueva vida hacia la más deslumbrada
perdición.

VIII.

En sus horas profanas de bestia eternamente anónima, ejerce el oficio de
sonámbulo y de transparente. Desacostumbrado ya del aleteo que para su
orgullo lo llevaba a sucumbir como un hombre, apenas si logra rememorar
aquellos momentos en que gozó a la luna tanto como quiso.

IX.

Uno de nosotros dijo vos y yo pero se refería a un silencio perfecto. Qué
broma cuando uno de nosotros dice vos y yo, pero nunca se decide a hacerse
hombre. Uno de nosotros tiene que ser sutil, tiene que reservarse los
calificativos porque de lo contrario uno de nosotros sería tan ínfimo que ni
siquiera podría emparentarse con el último aullido del último lobo.

X.

Alguien lo come y lo bebe. Alguien es fiel a un lecho malo en la nochebuena.
Alguien es el oceánico amante solitario. Alguien tiene miedo de ser el
animal liberado del laberinto. Alguien trata de despertar sus atontados
sentidos. Alguien no quiere ver que la estrella lo aguarda solitaria y
móvil. Alguien es un barco que parte de sí llevándolo dormido. Alguien está
a punto de entrar por el umbral de la noche que cae sin nombres.

XI.

Una de nosotras acepta trocarse siempre en animal que duerme en el país del
viento, y no habla. No es abortadora de silencios, ni de niños, ni de
esperanzas. Una de nosotras desapareció con entusiasmo. Y cuando todo ya
andaba dorándose al sol, se le ocurrió pensar que la otra era una oveja
encapuchada que da órdenes al carnero del rebaño. Aún antes de pensar esto,
una de nosotras, como quien no quiere la cosa, desapareció con entusiasmo.

XII.

No entres dócilmente en mi memoria. Estos recuerdos como piedras preciosas,
como huesos que brillan en la oscuridad, tienen que dejar de ensartarme
relámpagos, tienen que dejarme dormir dentro del cerebro de las flores
pequeñas.

XIII.

Uno de nosotros está parado sobre un mundo paralelo. Que el otro, pues,
lance un suspiro de alivio. También hubiera podido ser que uno de nosotros
fuera un sonámbulo en pleno día. Eso explicaría por qué uno de nosotros no
ve que la jornada es un campo de maniobras donde los hombres aprenden a
estar muertos. Uno de nosotros está parado sobre su propia amargura. ¿Qué
puede hacer el otro? ¿Pompones de urutaú? Uno de nosotros es blando, más
blando que el agua blanda y tiene un corazón de oro, una libación de oro, un
galope de oro, un chorreo de oro. Uno de nosotros no leyó a Krishnamurti o
bien lo leyó pero lo ha olvidado, o bien lo ejercita con matices raros. Para
uno de nosotros no hay espíritu más bello que un cuerpo desnudo.

XIV.

Por un minuto caerá la lluvia y borrará los pesares conyugales. Ya que la
luz relampagueó primero en la tormenta, estás a tiempo de cuidarte de la sed
y del silencio. A tiempo de ver la tristeza de lo que no nace. Por un minuto
tu hebra de agua, tu estrella polar, te traerá la memoria de la puntual
amazona iluminada por un sol de tu propio mundo. Por un minuto tirarás de
los rayos y distinguirás un enemigo entre muchos.

SOÑANDO EL SUEÑO DE LAS PALABRAS…

En ese giro*

*Por Miriam Cairo

Ahora que estamos cara a cara, atados con un hilo de oro, voy a contarte un
secreto. La fragosa compulsión imaginaria fue inaugurada a temprana edad, en
el ritual profano de leer lejanísimas narraciones contenidas en un título
que, a los nueve años, no significaba más que la belleza de un número
escrito en letras y el vértigo congénito que lleva consigo la palabra noche.
Como cualquiera aprende las sumas y las restas, yo aprendí cómo no perder la
cabeza. Con el corazón enhebrado en un collar de perlas y el cuerpo
adormecido como lagarto al sol, dejaba que las palabras punzaran la siesta
con sus alfileres de eclipse.
La violencia sobrenatural de aquellos relatos y la invención como recurso
para salvar la propia vida, sentaron las bases de una conciencia extramuros
y una corporalidad deliberada. La blandura de los labios se preparaba para
el oscuro beso. Los orificios del alma se llenaban con pequeños ángeles de
cabeza negra. Las piernas suponían viajes que iban más allá del camino.
Y eso no era todo. La imaginería voluptuosa cedía espacio a la dimensión
terrena. Mientras avanzaba hacia la pubertad con los pasos tentativos de la
infancia, me estremecía en torno a un tocadiscos poseído. La espiga del
cuerpo, flexible como el aire, se inclinaba hasta el instante designado por
el primer misterio y rebotaba en la precoz memoria para saltar hacia una
lejana polvareda. El cuerpo hecho llama a la deriva giraba porque era hoja
arrancada del árbol. En cada giro trataba de marear al dios verdugo para que
cayera en la ciénaga y admitiera que no podía resucitar a los muertos.
Giraba y giraba rabiosamente como la única hoja bailarina del mundo.
Acrobacias que signaron el destino carnal de la armonía.
Ahora que tu mirada se alarga como una inmensa cinta de seda y me enlaza al
árbol de la vida, puedo confiarte que los pasadizos secretos y las páginas
desde las cuales se veía a los veinte esclavos y las veinte esclavas en
concupiscente diversión con la esposa del soberano, signaron el irreprimible
destino de mirona. Deberán los teóricos reflexionar sobre los pérfidos
alcances del benéfico hábito de lectura.
He visto a los caballos alados morir y a la luna lamer el lomo del río. He
visto el largo cabello de las esposas y el sable mandarín de los maridos. He
visto el pinchazo en el pecho y el collar enrollado en la garganta del
tigre. He descubierto en pleno día, el paso oscuro de la noche. Envuelta en
mi propia manta pude pasar al otro lado de las cosas. Y con la misma
videncia me he entregado a la crudeza vinílica del sonido.
Esta historia es una historia más entre todas las historias. El cuerpo de
cimbreante soledad montado sobre imágenes y sandalias, naturalmente
provocaba el crepar de los escarabajos al contacto de las pinzas escabrosas,
cuando el pezón bajo la blusa era apenas una promesa de futura magnolia.
Recién bañada y con el cabello mojado aún, hacía vibrar el alma al ritmo más
virulento. Soltaba el goce de las caderas, luego de andar en puntas de pie
por las terrazas de los palacios, espiando ruiseñores enjaulados, flores
carnívoras adentro de un tazón de oro y jóvenes violadas por serpientes
humanas.
Yendo por un camino de transparencias, como un pez que se deshace con la
lluvia, recuerdo que por una cosa o por otra, esas doncellas zurcían los
bordes de la herida y nunca le hacían cara de asco aunque fuese prominente y
espantosa. Las niñas serán delgadas, serán lampiñas, serán flexibles pero no
son gallinas lacrimosas.
Las niñas bailan horas tras horas, con igual frenesí sobre montañas calvas o
sobre pestañas de reptil, bajo la sombra de una catástrofe o en la cabeza de
un alfiler. Como ellas bailaba yo, mientras urdía la minuciosa labor de la
existencia. Daba vueltas en puntas de pie y me detenía cuando el reflujo de
la lectura me aspiraba. Tenía bajo mis plantas el ritmo y el lenguaje. Tenía
la sombra de un árbol de brumario. Tenía el pájaro que llevaba el cielo en
la boca y tenía la curiosidad de las niñas que en otros mundos moran.
Poseer lo desposeído ha sido un privilegio divino y espantoso. Ahora que
tengo un pie descalzo sobre tu pecho, ¿estoy bailando? Ahora que arrullo una
música lejana, ¿estoy narrando? Ahora que tengo entre las manos una blandura
escandalosa, ¿estoy soñando? Ahora que sos mi musa desnudable ¿estoy
creando?

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ

“De chica entendí el sentido profundo de las palabras”*

La escritora Miriam Cairo cuenta que eso ocurrió a los siete años, cuando
aprendió un poema para el colegio.

-Miriam Cairo. Foto: diario La Unión de Lomas de Zamora.

Por regla general, se anda con el cuerpo asustado y el corazón vacío. La
vida bulle en los bares, hormiguea en las salas de redacción, se multiplica
en los cybers, se monta a las tormentas.
Está pendiente de los perros que han sido rechazados por sus perras. La vida
se precipita a la semejanza de los sueños y cruza los hilos para tejernos un
aire que podamos respirar”, escribe ella. Una luz en la niebla que se
detiene para violentar conciencias, rudamente.
Quizás es una percepción. Miriam Cairo nació y vive en San Nicolás, (1962).
Desde 2004 escribe en las contratapas de Rosario/ 12. Ha fundado una mirada
visceral que amerita saber de otras pistas.

–¿Hablarás de vos, tu vida, familia, estudios y aquello que desembocó en la
literatura?

–Según mi hermana mayor, además de leer libros, cuando éramos chicas leíamos
el diario con mi papá. Yo no lo recuerdo, porque aprendí a leer y escribir a
los cuatro años. Mi mamá nos lo enseñó como una forma de entretenimiento.
Escribir era el equivalente a jugar. Pero mi máxima experiencia literaria la
viví a los siete u ocho años, cuando tuve que aprender un poema de memoria
para el colegio, y mi mamá, cansada de escucharme (supongo) me dijo que
fuera a recitárselo al sauce, porque ese poema era para él.
Obviamente no tuvo idea de las consecuencias, porque al pie del árbol
experimenté algo así como una revelación, comprendí que las palabras tenían
un sentido profundo y al decirlas me conectaba con cosas que estaban más
allá.
Aún hoy creo que el escribir como un juego y ese recitado, como una oración,
un rezo junto al sauce, fueron definitorios para mí.

–¿Cuándo y cómo nace esa cuestión?

–La escritura comenzó a los once años. Entre mis amigas circulaba un
cuaderno en el que se alternaban versos de Cardenal, Neruda, Amado Nervo,
con otros anónimos.
Entonces me atreví a intercalar cuartetas propias, amparada por el
anonimato. Para mí era un gran placer escuchar a mis amigas diciendo que les
gustaban justamente las líneas que yo había escrito, pero por años mantuve
en secreto mi autoría.
Ya en el secundario inventé un seudónimo. Y a mis amigas les encantaba que
les leyera los relatos de “esa escritora” que sólo yo conocía.

–¿Qué has publicado?

–He publicado en antologías de Universidad Nacional de Rosario, antologías
de Los Lanzallamas, del Fondo Editorial de San Nicolás, y muchas otras.
También en revistas literarias de la región: San Nicolás, Rosario, Santa Fe.
En los ’80 había una estimulante actividad under en la zona y yo formaba
parte de grupos donde se hacía “poesía subterránea”.
En los ’90 quise hacer taller de narrativa porque ese costado de la
escritura había sido completamente descuidado y así entre al taller de una
escritora muy reconocida de Rosario, la poeta Celia Fontán sin relegar la
poesía con el poeta Mario Perone.
Ya en el 2000 me di cuenta de que estaba presa de las convenciones
literarias y que no escribía realmente lo que yo deseaba ni como lo deseaba.
Así que en el 2001 me desconecté del mundo literario y en la más absoluta
soledad solté la pluma. Aparecieron unos textos mínimos en su dimensión,
pero intensos en su contenido.
En el 2004 me animé a presentarlos en Página/12 Rosario y desde entonces
publico en la contratapa cada sábado. Allí me descubre el editor de la
Editorial Abrazos y publica mi primer y por ahora único libro “Culonas”.

–¿Qué lugares y qué comodidad de género elegiste para tu literatura y por
qué?

–Como he comentado antes, al soltar la pluma escribí los textos según las
exigencias de la escritura misma. Mientras escribía me daba cuenta de que me
salía también de los límites del microrrelato, pero estaba resuelta a
experimentar la escritura respetando el proceso creador y la resolución que
cada texto demandara, sin pensar en el deber ser de la academia y/o el
mercado.
Al comienzo me sentía en la más absoluta soledad, pero luego, leyendo,
investigando di con los trabajos de Graciela Tomassini y Stella Maris
Colombo, donde ellas hablan de la “minificción” como una forma que excede
los límites del micro-cuento o el micro-relato, y siempre digo que con ese
término a mí me han dado una patria.

–¿Qué sucede con la soledad del escritor?

–Me parece que de todas las soledades que rodean al escritor, la más dañina
es la del mercado editorial porque opera como un modo de censura. El mercado
te silencia en nombre del rédito económico.
Eso me parece perverso, antidemocrático y también de una gran desidia. En mi
caso, actualmente, no es una prioridad entrar en el mercado editorial.
Mi experiencia con la publicación de “Culonas” ha sido mágica, porque fue
una propuesta espontánea de un pequeño sello con base en Frankfurt Alemania,
que pretende hacerse un lugar en Argentina desde Córdoba. Pero esta falta de
interés por la edición se debe a que yo tengo el privilegio de ser leída
cada sábado desde el diario.
Y, a su vez, los textos son difundidos por innumerables sitios de Internet.
Por mis publicaciones en el diario y por “Culonas” he sido convocada al
Primer Encuentro Internacional de Escritores en Babahoyo, Ecuador, para
tratar el tema de la Minificción y presentar mi libro.
Voy en representación de Argentina y el trabajo teórico que expondré formará
parte de un libro que se editará en aquel país.

-Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 27/08/11.
http://www.launion.com.ar/?p=56630

Un cuento ecuatoriano*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

¿La pintura de una lámpara no ilumina? ¿La palabra fuego no se enciende?
Cada vez me convenzo más de que estamos inmersos en un mundo de falsas
apariencias. Cuando Manuel me invitó a un encuentro de escritores en su
ciudad, Babahoyo, creí que él era un escritor como tantos. Tuve que llegar
hasta allí para saber que era un quijote soñando el sueño de las palabras.
En el mundo equivocado en el que suelo vivir, pensaba que el núcleo de Los
Ríos era el equivalente de una provincia argentina. Por supuesto también me
equivoqué: era Macondo con sus plantaciones de banano, donde un solo hombre
tiene pulso y coraje para amar a nueve mujeres y procrear con ellas
cincuenta y cuatro hijos, sin plantearse que por un carril vaya el mundo de
las falsas apariencias devenidas verdades, y por otro, el mundo de los
libros.
Al llegar a Ecuador, pensé que en migraciones hacía trámites para ingresar
al país que figura en los mapas, el país encerrado en sus fronteras, con sus
habitantes de “carne y hueso”, esa carne y esos huesos que tanto me
confunden.
Digo, pues, que yo creí ingresar en el país del planisferio pero había
entrado en el país verdadero, guiada por la mano cálida de Macario, ya hecho
hombre de familia, liberado de la tutela opresora de la madrina y emancipado
de los amoríos clandestinos de la Felipa.
Siempre víctima de las falsas apariencias, estuve tentada de pensar que en
él ya no quedaban rastros del niño que acallaba las ranas para impedir el
insomnio de la madrina, pero la realidad se me imponía con todo su peso en
el eco de aquel repiqueteo perdurable en su memoria.
Al principio nos dimos la mano, como dos supuestos desconocidos, para estar
a tono con el mundo de las falsas apariencias, pero por mucho que su ropaje
fuera el propio de un alto funcionario del gobierno, y yo arribara al país
como escritora, antes que como lectora (no acabaré nunca de sorprenderme de
mis equivocaciones), nos reconocimos.
Naturalmente, ni siquiera hablamos acerca del tum tum del tambor, porque sus
movimientos espontáneos a la luz del sol me demostraron que la Felipa, tal
como se lo había prometido, había llegado hasta el mismísimo Dios santo para
rogarle que lo libere de la oscuridad a la que la propia madrina lo había
condenado.
A pesar de mi total incapacidad por percibir de la realidad su maravilla,
ella misma se encargaba de abrirme los ojos para que por una vez en la vida
me diera cuenta de que la existencia no es ese berenjenal de mezquindades y
correderas, de vanidades y podios, de desamor y preservativos, de florcitas
pequeñas sobreviviendo en las macetas. Pura ficción es El Cairo con sus
columnas y sus marquesinas. Pura ficción el potus diminuto con sus hojas
diminutas. Pura y vieja ficción el europeísmo baboso que queremos chupar
desde estas latitudes de Sudamérica. Apenas un cuento el menú de los
restaurantes donde no figura ni por asomo el arroz con menestra. Mis propios
excesos son una metáfora flaca del bolón de maíz, plátano verde y queso
criollo, por más que en mis esmeros mentales piense en freírlo en un aceite
de girasol argentino.
Y para que me quede claro que el mundo real no es el que creo habitar, sino
el que leo en los libros, llegó el momento inaugural del Encuentro de
Escritores, donde el maestro de ceremonias era la viva encarnación del
orador de “El día del derrumbe”. No cabían dudas de que él se sentía feliz
porque el auditorio era feliz y se abrazaba al micrófono con una excitación
sólo posible de ser descripta en un libro ya escrito.
A la hora de los discursos de los escritores invitados, el moderador perdió
toda moderación y habló, habló, habló tanto que no quedó tiempo para los
discursos de los asistentes. Por su boca pasaron todas las palabras nacidas
desde la colonia hasta el último congreso de la lengua y otra vez la
realidad me demostró que el tiempo no es más que un disimulo, y que el mundo
de los libros es más pragmático que el de los calendarios y los certificados
de asistencia: Manuel, ideólogo y mentor de este primer congreso, en menos
de que cantara el gallo reinventó el programa y agregó funciones para que
los catorce exponentes tuvieran ocasión de hacer un resumen más o menos
ajustado de sus conferencias. Y así fue que los escritores demostraron a un
auditorio fecundo y alegre, en qué consiste su rara, loca tarea. Los
aplausos expresaban el fervor real de los seres imaginarios.
Macario, en la primera fila de la platea, con su hermosa mujer, que apenas
se parecía a la Felipa en su gesto de amor, y junto a su pequeño hijo al que
yo he decidido llamar Juan en homenaje al Dios de este mundo creado, me
exigía que no tratara de volver estas páginas vividas en un texto meramente
inteligible.

*Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-30269-2011-09-03.html

Alguien sostiene un suspiro*

*Por Miriam Cairo

I. El tono de este texto no es recomendable. Pero tampoco es una opción la
intransigencia de aquellos que tienen el consentimiento de una multitud.

II. La felicidad de ellos se transporta en un carruaje tirado por linces,
seguido de estruendosos tambores, pífanos y panderos. Mi felicidad, en
cambio, viene en taxi y con una tristeza a cuestas.

III. La felicidad de aquellos llega siempre a la misma hora, todos los días
de sus vidas. Por su parte, mi felicidad llega cuando puede y es preciso
asirla en ese instante, antes de que se evapore su mínimo suspiro. No conoce
a mis vecinos. No atiende el teléfono fijo. Sus pasos dejan huellas
invisibles en mi jardín y escondo su aliento en el aire que respiro.

IV. El carruaje tirado por linces, conduce a la felicidad de los otros,
hasta que la muerte los separe, en cambio mi felicidad dura hasta que el
próximo taxi la retire. Aquel carruaje empuja una felicidad tan absoluta,
tan obvia, que ninguno de quienes la poseen atina a verificar si está viva.
Pueden pasar toda una vida durmiendo con su cadáver en el costado de la cama
porque en esa falta de vitalidad encuentran el alivio que necesitan.

V. La felicidad de los otros ostenta una impávida naturaleza de molusco. El
recorrido de sus días es una línea recta. Su atadura es un cordón umbilical
inextinguible. En su territorio, nunca se hunden los cielos ni emergen los
abismos. No hay ni siquiera un pliegue en la corriente inmóvil de sus días.
La felicidad que poseen es tan inocua que no necesita preservativos.

VI. A ellos, ningún sueño impúdico los sobresalta. Jamás les ha hecho falta
tampoco, apoyar los talones contra un mueble para embestir con más fuerza un
ano ceñido. Nunca han padecido un fuego abrasador que les dilate las
pupilas, ni han encontrado un motivo febril que les haga perder el
colectivo. Aclaro esto como una advertencia a muchas cosas improbables que
se nos pudieran ocurrir: la máquina perfecta de esa felicidad no se masturba
en las tardes de domingo.

VII. Por su parte, a mi felicidad le gusta la música y el vino. En el mundo
de los otros, esto es bien notorio, pero los otros no saben hasta qué punto
este placer puede convertirse en un encantamiento. A mi felicidad urgente,
la desvisto al son de la garganta de Martirio. Mi felicidad me obsequia la
imagen desnuda de su cuerpo y el olor inflamado de sus ingles. En mis huecos
mantecosos, ella derrama el jarabe del olvido. Como una pluma flota en la
punta de mi lengua. Bebemos lágrimas, sudores y orines. En pocos segundos ya
no quedan rastros de aquella cotidiana y tranquilizadora necrofilia.

VIII. El duro esqueleto de la felicidad de los otros es imperturbable. Nada
lo rompe. Ni una tristeza lo derrumba. Ni una sospecha de infidelidad lo
resquebraja. Se sostiene a sí mismo como una armadura mental. Quien posee
esa clase de dicha forma parte del mundo. Tiene los dos pies enterrados en
el mundo. Todos los relojes giran en torno a sus horas. Su poderío es
extraordinario. Ni siquiera necesitan decir algo encantador, lúbrico o
festivo, porque las palabras que prefieren petrifican el glacé antes de que
se chorree por debajo del ombligo. Mi felicidad, en cambio, me quita los
pies del mundo y me hunde el enterito de modal hasta el abismo.

IX. Cuando llega a casa, mi felicidad se hace fuerte. Se reconoce a sí
misma. Se permite la propia luminiscencia. Bebe mi vino, se desnuda y no
tiembla. La pesada osamenta de la felicidad ajena se vuelve fina y volátil.
La felicidad de los otros es de arena. Y por más golpee la pared con la
cabeza, por más que chille detrás de la puerta y nos quiera inhibir con el
resplandor de su alianza perpetua, mi felicidad no se inmuta. No profana el
momento en que es reina.

X. La gran felicidad de los otros, que sea para los otros. Yo sólo quiero la
mía, la pequeña y resplandeciente mía, la que inhala mis efluvios de amor y
perdición, la que sofoca mis temblores finales con nuevos comienzos. Hay un
mundo que está donde está ella y un mundo fuera de ella. Pero fuera de ella,
el mundo con sus lloronas, sus consortes y sus bellas durmientes, ni
siquiera es una cosa fiable o valedera.

El beso hondo cae*

*Por Miriam Cairo

Esencia. Yo elaboraba pensamientos embriagadores, perforaba luceros
hondísimos para extasiarte, para distraerte del camino que te condujera a
cualquier otra alma que no fuera la mía y sin saberlo, le dictaba a mi vida
su propósito.

Umbral. Hubiera sido más prudente, más seguro, fundar mi motivación en un
ser menos real, menos respirable. Me hubiera ahorrado todas las tendencias a
caer en la ensoñación de lo posible. Unas pocas palabras me habrían dicho
que temerle tanto al acostumbramiento es oscuro.
Con mis lentas piernas puedo dibujar un trayecto en línea recta hacia el
asombro. Un recorrido en espiral hacia la calma. Un extravío hacia tus
tierras temblorosas. Pero es cierto también que esta inclinación por los
distintos recorridos, traza en la conciencia un designio circular: vuelve
con toda su fuerza al origen y me estalla en las manos.

Lobos. Tu mano hecha enfermedad deja huella en mi muslo. Antes solías
esconderla en cualquier cuerpo húmedo, como una babosa, inofensiva. Ahora tu
mano es una jauría, una ferocidad. Más te hubiera valido no haberme
estimulado.

Silencio. El hueso de tu flauta lo ha tensado todo. Ha empenachado con
silbidos el camino de mi soledad. Yo ya no sé dónde han quedado mis
fronteras. Hablo de tu cuerpo como si hablara de mi corazón. ¿Qué provoca
tus viajes hacia mis infiernos? ¿Por qué escucho tu voz en todos mis
silencios? ¿Por qué el hueso de tu flauta canta siempre mi canción?

Desasosiego. Aclarámelo por mail o por teléfono, cuando me hablás de la
culona cuerpo de rana, de la tetona que te muestra sus delicias por cam, de
tus desnudas inclinaciones viriles ¿me ves como al capitán del equipo de
hockey? ¿como un eclipse de luna? ¿o como alguien que se enciende con tu
llama?
Me siento una manivela que gira como loca en torno a sí misma. Yo estoy
dispuesta a padecer mi amor por tus tropiezos. A engrudarme con tus
azúcares. A fabricar mi propio error. A verter sobre tu boca mi tormento.
Pero vos, querido idealizado, inventado, desconocido, no dejes de hacerme
conocer tu espanto. Decíme, una y otra vez: “estoy horriblemente inclinado
hacia vos”, y yo te aseguro que no te dejaré caer porque desde que tengo uso
de razón he fortalecido todo lo que he tocado.

Sima. Un beso no existe así como se da. A su alrededor se necesita tiempo,
gente, historias y lo inesperado. A lo largo de un beso hay un camino
recorrido para que lo previo no deje de existir. Todos los besos están
habitados.
Durante mucho tiempo creí que un beso era algo maquinal. Que había un lugar
donde poner la cara, la lengua, el mordisco. Lo reconocía como una conducta
adquirida, como una señal de pertenencia, como un acto de sumisión.
Cuando empecé a besar sólo a quién deseaba, el beso obtuvo una razón
renovadora. Un sabor a existencia. Se convirtió en un pasaje directo hacia
el eco de todos los besos soñados. Por la boca entraba y salía el alma
enloquecida. Y sobre todo, se destruían, en explosiones de desolación, los
peores recuerdos. Desde entonces, no malgastar besos se me hizo una
costumbre. El besar lleva a esto. Es inevitable. También se puede caer en la
sinrazón. Lo creo. La boca es una cueva oscura que puede tragar la noche
definitiva.

Razones. Si no fuera por esos rayos que salen de tus ojos, las cosas no
podrían ser tan mortales ni bellas.

Fulminación. Uno a uno vienen tus gestos a entretejer mis dichas.
Ya te he dicho, en otras páginas, en otros sueños, que mientras moría hice
una proclamación terrible de lo que existe. Un presente despacio y un
después con humo. ¿Ardió el verso? ¿Quemó los labios?
Nombre o soplo, volví a nacer como sed impura del agua que no he bebido.
Bajo el temblor de tu sexo nocturno, edénico, incendiado, es fácil cerrar la
memoria. Pero en el reposo, todas las puertas se vuelven a abrir. Estoy
luchando. Un corazón no es una cavidad cerrada al puñal ni al relámpago.

Ergo. He aquí la paradoja. ¿Cómo podrías ser parte de la realidad si estás
armado de sueños?

Lámparas. Yo te voy a dar trajes lavados en las orillas del río. Ahora que
te vez cansado, suavemente voy a dejar que se vuelque el chorro divino de
mis dioses sobre tu prematura vejez. Hay un día, una hora, en que nos
volvemos irremediablemente lúcidos y viejos. Es el día en que nos
preguntamos qué será de nosotros, y si supiéramos volver a lo que hemos
sido, no volveríamos.
Voy a nadar hasta tu orilla, toda la noche, con un puñal entre los dientes,
aunque no haya monstruos marinos por matar. Iré igual, amenazante, porque
esta es mi noche para el heroísmo.
Esta es la noche del primer juramento. De la primera vaharada del corazón.
Es el momento en que por fin somos viejos y libres.
Si yo no pudiera, si algún antiguo temor me atara las manos y no lograra
atravesar la vida, entonces vos podrías traerme vestidos recién lavados en
la orilla del río. Podrías volcar sobre mí el chorro divino de tus dioses.
El futuro no existe. El pasado está muerto. La eternidad es una estúpida
carcajada. Cada noche que nace soy una criatura reciente.
Las lámparas de la calle están encendidas. Nada humano les es ajeno. Estoy
avanzando. La ciudad es un océano de asfalto. Será muy fácil. Como sacarse
los guantes. Como ver un niño flotando en la dicha. Como llevar escondido
dentro de la carne el latido que entregamos.

Teros. Escribo por tantas razones. Por tantas sinrazones. ¿Qué otra cosa
podría hacer? Los teros cantan para espantar el miedo. Los teros cantan para
confundir a los cazadores. Los teros cantan para proteger sus crías. Los
teros cantan.

*

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Posted by URBANOPOWELL in 03:30:01 | Permalink | Comments Off